martes, 26 de julio de 2011

Racionalizar

El déficit sanitario exige mejorar aún más la eficiencia y analizar cómo elevar los ingresos.

Los ingresos de las Administraciones públicas se han reducido de manera drástica debido a la crisis y políticos y expertos, como no podía ser de otra forma, dirigen su mirada hacia uno de los capítulos presupuestarios más voluminosos: la sanidad pública. Las comunidades autónomas, principales prestadoras del servicio, al que dedican el 35% de sus presupuestos, están especialmente afectadas por un déficit que aumenta mes tras mes. Tal situación ha generado un debate sembrado de minas. La primera de ellas versa sobre la propia sostenibilidad del sistema. La sanidad es un pilar básico del Estado de bienestar y la española en particular, universal y gratuita, es equitativa, de buena calidad y eficiente (si bien hay margen para optimizar los recursos).

La sanidad pública española es muy apreciada por los ciudadanos y es barata. Con relación al PIB (el 6,1%) está por debajo de la media de la OCDE y, por supuesto, de Estados Unidos y de los grandes países europeos. Las principales causas del aumento del déficit son el envejecimiento de la población, la carestía de las nuevas tecnologías y el abuso en la utilización de los recursos, pero también y de manera notable, el bajo nivel presupuestario, que aún tiene recorrido hasta equipararse a los países de nuestro entorno. De ahí que el expresidente Felipe González propusiera hace unas semanas elevar dicho presupuesto y, a cambio, eliminar instituciones de tan discutible utilidad como las diputaciones. Como era de esperar, algunos políticos, como el gallego Alberto Núñez Feijóo, han recibido de buen grado la primera propuesta, pero han hecho oídos sordos a la segunda. Las diputaciones son órganos de poder, como lo son las televisiones autonómicas, que merman de manera importante las finanzas públicas.


No obstante, la mayoría de los Gobiernos autónomos, con el central al frente, ya están aplicando medidas de racionalización del gasto sanitario que están dando frutos. Las gestiones centralizadas de compras, aún en ciernes, y la reducción de la factura farmacéutica, imponiendo recortes de precios y subvencionando solo los más baratos, son algunas de las principales. Pero hay recorrido para mejorar la eficiencia con iniciativas aún pendientes, como la venta de fármacos en unidosis, y otras más complejas, como la de incentivar a los médicos con una mayor proporción de sueldo variable o una reorganización de servicios siempre difícil dado el inmovilismo sindical. Es más difícil de entender el cierre de quirófanos y centros de salud (al menos 40 este verano) acometido por Artur Mas en Cataluña, la amenaza de Esperanza Aguirre de reducir los servicios de restauración de los hospitales de Madrid o dejar sin cubrir sustituciones o bajas como hace José Antonio Griñán en Andalucía. Medidas de este tipo son todavía más incomprensibles cuando van acompañadas de reducciones o promesas de reducción de impuestos, como sucede en Asturias, además de en Cataluña y Madrid.

Elevar el presupuesto sanitario como propone González puede realizarse vía impuestos, pero también a través del copago. Italia va a introducir una modalidad de copago muy duro, junto al paquete de medidas de reducción del déficit público, que puede dejar fuera del sistema a los más necesitados. El copago ya existe en los fármacos, aunque aparentemente no ha sido un freno para que se disparase la factura. Aplicarlo al conjunto de las prestaciones sanitarias puede ser factible y recomendable si sirve precisamente para salvaguardar el sistema público sin mermar la equidad del propio sistema. Esto sería así si se impusieran pagos simbólicos, pero de fuerte efecto disuasorio, para reducir el número de visitas al médico por habitante, que es el más alto de Europa; un dato que es imprescindible tener en cuenta en el ya abierto camino racionalizador.


El País - Editorial

La retórica de un presidente sin sentido del ridículo

Ajeno por completo al más elemental sentido del ridículo, Zapatero ha aprovechado su reunión con el primer ministro británico para ofrecer otra dosis de la retórica que ha caracterizado sus dos lamentables legislaturas al frente del Gobierno español..

Aunque la contribución de Zapatero a la superación de la crisis económica ha sido nula en lo que respecta a Europa y perversa para España, el todavía presidente continúa presentándose ante el mundo como el gobernante que sabe qué es lo que hay que hacer en cada momento, razón por la cual debe ser escuchado con atención en los distintos foros internacionales en que participa como presidente del Gobierno de España.

Ajeno por completo al más elemental sentido del ridículo, Zapatero ha aprovechado su reunión con el primer ministro británico para ofrecer otra dosis de la retórica que ha caracterizado sus dos lamentables legislaturas al frente del gobierno español.

A estas alturas del desastre, el presidente del Ejecutivo de España ha anunciado al mundo que la recuperación de la crisis será "larga, dura y difícil", lo que no está mal para un personaje que negó su existencia por ineptitud y cálculo electoral hasta que ésta se convirtió en recesión y los efectos comenzaron a ser devastadores.

José Luis Rodríguez Zapatero ha sido el gobernante más nefasto en el manejo de una crisis financiera que su incompetencia ha extendido al resto de los órdenes sociales, pero esa realidad no le impide blasonar de egregio gestor cada vez que aparece en algún sarao internacional como ha ocurrido en su visita al Reino Unido.


En este caso concreto, resulta muy ilustrativa la manera en que el conservador Cameron y el socialista Zapatero han enfrentado los retos de sus respectivos países para superar las dificultades extremas de una recesión de dimensiones internacionales. Así, mientras el premier británico adoptó de inmediato medidas de contención del gasto público, muchas de ellas especialmente impopulares como las referidas al empleo público, sanidad o educación, Zapatero agravó las consecuencias de la crisis mediante sucesivos planes de gasto público con sus famosos "planes E" y decenas de otras iniciativas del mismo cariz destinadas a inyectar fondos estatales en distintos sectores.

El resultado es que España aumentó su déficit hasta el 11 por ciento del Producto Interior Bruto, a partir de lo cual las fatigas para encontrar financiación exterior no han hecho más que sucederse, obligando al contribuyente español a hacerse cargo de unos intereses desbordados por la escasa confianza que el Ejecutivo ofrece a los mercados de forma más que merecida.

Exhibir en estas circunstancias como una conquista meritoria y un ejemplo a seguir su deseo de rebajar hasta el 6% ese descuadre financiero, es algo sólo al alcance de un gobernante tan lamentable como el todavía presidente del Gobierno de España.

La salida de la crisis será "larga, dura y difícil" dice ZP, lo cual resulta en cierto sentido oportuno. Sería complicado encontrar tres adjetivos que definieran mejor su mandato.


Libertad Digital - Editorial

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ABC - Opinión

lunes, 25 de julio de 2011

Noruega. Sociedades abiertas, sociedades inseguras. Por Agapito Maestre

Desde que Olof Palme, el primer ministro sueco, fue asesinado a la salida de un cine de Estocolmo, un 28 de febrero de 1986, estas sociedades perdieron buena parte de su atractivo..

Las sociedades abiertas son inseguras. Es el riesgo de la libertad. Independientemente de la crítica que pueda hacerse a los sistemas de seguridad noruegos, la extrema vulnerabilidad al que están sometidas las sociedades abiertas provoca ambigüedad y desasosiego, especialmente a la hora de combatir el terrorismo sin que perdamos libertades. Pareciera que el Mal sigue siendo el emblema de lo Político. La tranquilidad, la calma y la seguridad de la sociedad noruega han sido rotas por un extremista. Un fanático ultraderechista ha asesinado a 93 personas y ha dejado herida a toda una sociedad. El miedo hará el resto, a pesar de las declaraciones retóricas de los políticos en el poder.

Las sociedades abiertas también contienen muchas "sociedades cerradas" y opacas. La novela negra nórdica viene poniendo en evidencia, desde hace más de tres décadas, la tragedia que se encerraba detrás de esas sociedades aparentemente pacíficas y sin problemas económicos. El criminal de Oslo y Utoya parece sacado de una novela negra de Henning Mankell o Stieg Larsson. Estos grandes novelistas supieron mostrar con gran pericia literaria cómo las conductas más desviadas y anómicas podían pasar desapercibidas, casi como normales, en sociedades que se presentaban como modélicas al resto del mundo. El mal no estaba en la aparición de esos fenómenos patológicos sino en su aparente convivencia pacífica con formas normales de hacer política.


En efecto, formas de vida extrema, patológica y al borde del delirio convivían, por decirlo con suavidad, con actitudes más o menos normales. En fin, la novela negra nórdica se ha cansado de denunciar la aparición de fenómenos políticos vinculados a la extrema derecha y a movimientos neonazis sin que nadie les hiciera caso, pero que, al final, se han revelado trágicos. La literatura se ha adelantado a la realidad, dirán algunos; pero, en verdad, no es así, porque desde que Olof Palme, el primer ministro sueco, fue asesinado a la salida de un cine de Estocolmo, un 28 de febrero de 1986, estas sociedades perdieron buena parte de su atractivo. Más aún, ese crimen dejó perfectamente claro que ninguna sociedad, por muy democrática y abierta que sea, está exenta del terrorismo.

La respuesta del primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, ha sido impecable: "Más y mejor democracia serán las únicas maneras de acabar con el terrorismo". Estoy de acuerdo con la medicina. Y, sin embargo, serán millones de noruegos los que seguirán preguntándose: ¿qué ha hecho mal nuestra democracia para dar lugar a este tipo de fanatismo político? También les asiste la razón.


Libertad Digital - Opinión

Zapatero inicia un desvaído mutis. Por Inocencio Arias

Ayer, el prestigioso Financial Times, un periódico que viene siendo bastante benévolo con nuestro gobierno y su presidente, publicaba toda una página dedicada al delicado momento actual, a las perspectivas de la espinosa reunión europea de hoy etc., e insertaba en recuadros desperdigados pequeñas fotos de las personas que tienen algo que hacer o decir en la crisis, la señora Merkel, Berlusconi, Trichet etc. Nuestro Presidente, una vez más, estaba ausente. A semejanza de otras reuniones internacionales, incluso en la que es meritorio que estemos como en la del G-20, su presencia pasa desapercibida. Sus comentarios, si los hay, que debe haberlos, ni emergen en la prensa internacional ni son mencionados por sus colegas.

La difuminación internacional de Zapatero viene ahora acompañada por la nacional. No sabemos si debido a la acumulación de noticias de relieve, la inculpación de los mandos policiales en el caso Faisán y la sombra que proyecta sobre Rubalcaba, el descubrimiento una deuda mucho mayor de lo que se pensaba en las autonomías que dejan los socialistas, la sonada dimisión de Camps por el sofocante asunto de los trajes, el caso es que Zapatero sólo ha sido noticia esta semana en una ocasión y de forma fatídica. Nada menos que el periódico El País lo empitonaba en un editorial y, oh cielos, el mismo día, en un artículo del influyente Juan Luis Cebrián. Era una primicia dolorosa, el periódico que siempre ha tenido escasas contemplaciones con el partido popular, que ha sido sólo esporádicamente crítico con el partido de Zapatero dándole un tratamiento global por el que suspirarían próximos gobiernos, le perdía ya el respeto descaradamente y pedía la convocatoria de prontas elecciones por el bien de la sociedad. Justamente lo que viene sosteniendo el PP y muchos “antipatriotas”


Zapatero, aunque siempre tuvo algunos remilgos hacia El País, no ha debido de creérselo. ¿Era un rejón de Rubalcaba o 'fuego amigo' de F. González dado que quienes conocen al sevillano repiten que el añorado Felipe ha llegado a la conclusión de que ZP es ya, por aplicar la descripción que de Arias Navarro hizo nuestro Rey, un “desastre sin paliativos”. Nuestro Presidente habrá descubierto lo que sostiene George Orwell al cavilar sobre la tragedia shakesperiana del Rey Lear : “Lear renuncia al trono pero espera que todo el mundo lo siga tratando como rey”. No se percata de que si entrega el poder otros se aprovecharán de su flaqueza y algunos de los que lo adulaban más burdamente son los que luego lo herirán más. No significa que todo el mundo se volverá contra él, en el caso de Lear tanto el personaje de Kent como el bufón siguen a su lado hasta el final pero será un pequeño puñado; resultará interesante ver quienes son aquí el leal Kent y el leal bufón. Es irónico que fuera casi ayer mismo cuando diversos jerifaltes del PSOE, no era el caso, ciertamente, de Felipe, decían que “Zapatero es nuestro mejor activo”. Inefable afirmación.

Ceguera partidista ésta parecida a la de Lear dado que ya hace un par de años cualquier analista imparcial podía percatarse de que Zapatero no era en absoluto hombre para manejar la crisis que teníamos encima. Esta ha sido su tragedia y la de España: nuestro país ha enfrentado la MAYOR CRISIS del último medio siglo con el dirigente menos capacitado de las últimas décadas para gestionarla. Hace ya tiempo que diversos analistas extranjeros, al quejarse como ahora de que en Europa hay penuria de líderes, dictaminaban perentoriamente : "el español Zapatero no da la talla”.

Un amigo me decía con sorna que echaremos de menos a Zapatero aunque sólo sea por sus sentencias y me citaba a bote pronto aquella antológica de que “España no está cuajada”. Puede que nos venga la morriña, lo que no se es si recordaremos el lado cómico o el dramático de sus insólitas frases y de sus consecuencias.


El Mundo - Opinión

Terror en Noruega. Por José María Marco

Los crímenes o los ataques de Oslo y de Utoya se imponen a nuestra sensibilidad de por sí, por su magnitud, su salvajismo. Es difícil, por no decir imposible, entender el grado de inhumanidad que lleva a alguien a cometer tales atrocidades. A medida que se conoce la vida del presunto asesino, todo va apuntando, además, a un abismo de perturbación mental que le otorga la categoría de lo impredecible o lo fatal.
Claro que hay elementos en la tragedia que deben llevar a la reflexión, tanto a los noruegos como al resto del mundo. Hablamos mucho –y es la frase que a mucha gente se le vino a la cabeza con las primeras noticias– de la «pérdida de la inocencia» de Noruega, como si Noruega fuera un país apartado de los conflictos de nuestro mundo. No es así. A pesar de su fama de pacifista, Noruega no es un país neutral. Es miembro fundador de la OTAN y ahora mismo tiene 400 soldados, con fama de eficaces, en Afganistán.

Ha habido amenazas directas contra Noruega por parte de al-Zawahiri, el número uno de Al Qaeda tras la muerte de Ben Laden, y alguna detención de yihadistas en Oslo. Se entiende mal, por tanto, que en una concentración como la de la isla de Utoya, un rito tradicional para las futuras elites del Partido Laborista, no hubiera ni un solo profesional de seguridad. Tampoco se comprende bien que la policía tardara en llegar hora y media... Hay una extraña dicotomía entre la forma en que una sociedad actúa y la forma en la que se esfuerza por reflejar un ideal ajeno a la realidad de su acción.


Más allá de estas reflexiones de índole muy general, y con repercusiones prácticas que en muchos otros países ya se han tomado hace tiempo, cualquier consideración acerca del carácter político de la tragedia de Noruega debería ser cuidadosamente medida. Y no sólo por razones de ética y de exigencia personal. Habrá quien tienda, por ejemplo, a relacionar al autor de estas atrocidades –aunque sea muy indirectamente– con el supuesto resurgir de movimientos radicales de ultraderecha. Y habrá en cambio quien lo interprete como una deriva monstruosa de los retos que plantea la diversidad o el pluralismo en sociedades homogéneas hasta hace poco.

En los dos casos, y en muchos otros, el no medir bien la forma en la que se relaciona un análisis general con unos hechos tan atroces puede dificultar el intento de aclarar una situación. También puede contribuir a crear un problema donde no lo había y, peor aún, a enquistarlo de tal forma que en vez de propiciar posibles medidas de solución, fomente una división a largo plazo de la sociedad. En Noruega, con un 10 por ciento de inmigración, no había un auténtico problema de integración… hasta ahora. Los españoles, que tenemos una experiencia considerable en actos de violencia y sabemos lo profundamente negativo de este tipo de manipulaciones, deberíamos extremar la prudencia en nuestros juicios.


La Razón - Opinión

Noruega. Estrechamente vigilados por la locura. Por José García Domínguez

Obsesionados todos en buscar razones a la sinrazón. Empecinados en ignorar que vivimos bajo el mismo sol que la locura. Simplemente.

Un orate que se dice fundamentalista luterano, otro habitual de esas zahúrdas de internet tan caras a fanáticos e iluminados de cualquier pelaje, pasa a la acción y da en asesinar a más de noventa personas, gentes a las que de nada conocía. Un loco que piensa como un loco y siente como un loco, acaba actuando como un loco y cometiendo una gran locura. Hasta ahí, en muy precisa síntesis, lo acontecido en Noruega. Y si acaso procediese añadir apostilla alguna a la desnuda evidencia de los hechos, ésa sería recordar que el Mal existe. Que siempre ha existido. Y que siempre existirá porque forma parte indisociable del mísero barro con que fue moldeada la condición humana. Cualquier otra consideración resultaría ociosa.

Sin duda, eso es lo que hubiera ocurrido en otros tiempos, cuando los que escribían en los papeles solían haber frecuentado a Dostoievski y sus demonios. Pero parece que el Millennium del tal Larsson ya es a lo máximo que llegamos ahora. Si es que llegamos. Y solo los que van para nota devienen capaces de tirar, a lo sumo, de Henning Mankell. Así el patio, a nadie debieran extrañar los sesudos análisis de bombero que en España ha suscitado el proceder de ese perturbado. Empezando por las cábalas de los conspiranoicos de guardia, tropa a la que ha faltado tiempo para entrever la larga mano de "grupos nazis" tras el crimen.

Será que Larsson olvidó explicar en su trilogía que el nazismo fue un movimiento neopagano, asunto en verdad difícil de conciliar con las enseñanzas de cierto judío de Nazaret. Y siguiendo por la legión de peritos en advertir la paja en el ojo ajeno. Tan alarmados ellos ante la "eclosión" de los ultranacionalistas en los países nórdicos. Como si en Italia no gobernaran los herederos de Mussolini junto a los xenófobos de la Liga Norte; en Francia no existiera el Frente Nacional; o delante de sus narices, en Guipúzcoa, no mandasen las falanges de Batasuna. Por no hablar, en fin, de los sociólogos de baratillo y sus sesudas cuitas a cuenta de "patologías sociales" y otras hierbas retóricas. Obsesionados todos en buscar razones a la sinrazón. Empecinados en ignorar que vivimos bajo el mismo sol que la locura. Simplemente.


Libertad Digital - Opinión

Mejor con mayoría absoluta

Todas las opciones sobre el calendario electoral están abiertas. Aunque el Gobierno se mantiene en que no habrá adelanto y que se agotará la legislatura, entre bastidores se manejan alternativas, incluida la cita con las urnas en otoño. No será el interés general el factor que decante la balanza, sino los cálculos del candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno, porque si el primero fuera definitivo, los españoles habrían elegido nuevo Ejecutivo hace tiempo. Ante esta incertidumbre, el PP se prepara para afrontar cualquier escenario. Su programa electoral está muy avanzado y, en buena medida, recoge el intenso trabajo de estos años de oposición y las propuestas alternativas planteadas en las Cortes.

Dentro de la estrategia de los populares el objetivo de la mayoría absoluta no parece inalcanzable. Todas las encuestas de intención de voto concluyen que están en disposición de alcanzar los escaños necesarios. La más importante de todas, las elecciones del 22 de mayo, reafirmó las opciones reales del partido de Mariano Rajoy de contar con un respaldo suficiente. Pese a todo, y aunque el PP ha hecho méritos para contar con esa confianza del electorado, los populares cometerían un error si se acomodaran y entendieran que el trabajo está hecho. La historia de las elecciones está repleta de vuelcos inesperados y el PP ha sufrido algunos de ellos. Pero, además, la situación del país requiere rigor, seriedad y esfuerzo y no tácticas de política menor tan del gusto de la izquierda.


Mariano Rajoy debe pertrechar a su partido para buscar la mayoría absoluta. Las ventajas de ese resultado de privilegio se antojan abrumadoras frente a los inconvenientes que no se atisban en una encrucijada como la que padece la economía española. El país necesita un Gobierno fuerte, capaz de gestionar un horizonte exigente sin ataduras ni hipotecas, y será más sencillo con una estabilidad parlamentaria. El futuro Ejecutivo requerirá de todas sus energías para sacar adelante reformas dolorosas e incluso impopulares, pero imprescindibles. Sin esa fortaleza, el desgaste parlamentario en busca de votos minaría a un Ejecutivo con enormes desafíos por delante.

Una mayoría absoluta, sin embargo, no puede traducirse de forma automática en imposición y falta de diálogo. Mariano Rajoy ha demostrado su capacidad para articular consensos en etapas de gobierno en las que el PP disponía de más de la mitad de la Cámara. La relación con los grupos nacionalistas es otro factor a tener en cuenta. La experiencia de distintos gobiernos demuestra que la negociación con Cataluña o País Vasco siempre es más eficaz y positiva desde una posición de fortaleza política en el Congreso. Hay una relación extensa de concesiones a los nacionalistas en coyunturas de gobiernos débiles en las que han sacado buen provecho. Evidentemente, no se trata de buscar la confrontación sin más ni de crispar las relaciones con grupos que deben jugar su papel en la política nacional, sino de alcanzar acuerdos claros y transparentes en función del interés general y no del de unos pocos.


La Razón - Editorial

Del juez al fiscal

El proceso penal que plantea el Gobierno cede al ministerio público la investigación del delito.

Que el fiscal investigue el delito y que el juez garantice los derechos del investigado. Ese es, en esencia, el objetivo del nuevo proceso penal que propugna el Gobierno en la más ambiciosa reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal acometida en la democracia. Que el ministerio fiscal investigue el delito supone dar mayor relevancia al principio acusatorio que define al proceso penal y potenciar los rasgos de inmediatez y oralidad que la Constitución demanda y que solo muy parcial y circunstancialmente se han aplicado en los procedimientos por delitos menores, con ensayos del tipo de los llamados "juicios rápidos".

Sorprende que una reforma de tal envergadura se plantee en el tramo final de una legislatura que no se sabe si llegará a su término oficial. Su tramitación requiere los informes previos del Consejo del Poder Judicial y del Consejo Fiscal, antes de su debate en la correspondiente comisión parlamentaria y en el pleno del Congreso. Lo más probable es que no haya tiempo. Su mérito será, en todo caso, haber situado en el Congreso el texto de una reforma de la que se viene hablando desde hace años y que no había salido de los despachos ministeriales. Puede ser la última iniciativa de este Gobierno -una buena herencia- al que le suceda, sea cual sea su signo.


El principal argumento empleado para cuestionar la atribución al ministerio público de la investigación del delito es la dependencia del fiscal general del Estado respecto del Gobierno. Es un argumento que ha perdido peso. El fiscal del Estado sigue siendo nombrado a propuesta del Gobierno, pero desde hace algún tiempo solo puede cesar por causas tasadas por ley, una de ellas el cese del Ejecutivo que lo propuso. Su nombramiento tiene, además, un cierto control parlamentario: el candidato debe comparecer en el Congreso para que se valoren sus méritos e idoneidad. Su autonomía e independencia respecto del ejecutivo tienen hoy mayor sustento legal. No tiene sentido que el PP se siga refiriendo al actual fiscal Anticorrupción, en relación con el caso Gürtel, como "fiscal del Gobierno" que, de serlo, lo sería más bien del último Gobierno de Aznar que lo propuso.

No hay que minusvalorar la posible oposición de los jueces a ese intercambio de papeles con los fiscales. Y no porque aprecien especialmente la función instructora -la función del juez es ante todo juzgar-, sino por lo que puede suponer de disminución de poder corporativo. Si la función del juez es juzgar y ser garante de los derechos fundamentales, esta sale reforzada en el nuevo proceso penal. Se les encarga específicamente de velar por los derechos del investigado, en especial cuando actuaciones con frecuencia necesarias para descubrir el delito -intervenciones telefónicas, pruebas de ADN, registros domiciliarios...- pueden vulnerarlos. En esa tarea tendrían ocasión de desterrar la imagen del juez instructor prepotente, dueño y señor del procedimiento que en ocasiones han dado.


El País - Editorial

El golpe de gracia contra Montesquieu

Produce escalofríos pensar qué habría ocurrido con el caso del Bar Faisán de haber quedado la instrucción en manos del Ejecutivo socialista.

Sabido es que la izquierda ha visto con buenos ojos esa invención burguesa que es la separación de poderes. Por eso, siempre que alcanza el poder, ingenia mecanismos para volver a concentrarlos en torno al Ejecutivo. Lo hizo Felipe González en 1985, cuando enterró la independencia del Consejo General del Poder Judicial, y lo vuelven a hacer Zapatero y Rubalcaba con el Anteproyecto de la Ley de Enjuiciamiento Criminal.

Las novedades más relevantes de esta reforma en lo que atañe al Estado de Derecho son dos: por un lado, la investigación del proceso penal deja de estar en manos de los jueces de instrucción y, por otro, el ejercicio de la acción popular queda seriamente limitada.

En cuanto a lo primero, el PSOE ha tratado de justificar que el fiscal ostente el monopolio de la investigación alegando que, de este modo, nuestro sistema judicial se aproxima al estadounidense, donde, en efecto, es éste quien dirige las pesquisas. Claro que existe una diferencia no menor entre Estados Unidos y España: allí los fiscales son independientes, al ser elegidos por los ciudadanos; aquí, en cambio, dependen jerárquicamente del fiscal general del Estado, escogido a conveniencia por el Gobierno de turno. Produce escalofríos pensar qué habría ocurrido con el caso del Bar Faisán de haber quedado la instrucción en manos del Ejecutivo socialista.

Erradicada la autonomía de esclarecimiento y fijación inicial de los hechos, parecería que el Ejecutivo ya no puede ponerle muchos más palos a las ruedas de la justicia. Pero, por desgracia, sí es capaz: la limitación de la acusación popular –restringida ahora a los delitos públicos en los que el juez aprecie un interés legítimo, y sólo si fiscal y víctima no piden el sobreseimiento– también supone una nueva vuelta de tuerca a la impunidad de una casta política a la que no le interesa someterse al tercer poder.

En un país con auténtica separación de poderes, es posible que muchas de las disposiciones de la presente reforma sirvieran para mejorar el funcionamiento de nuestro sistema judicial. En España, donde casi todo el poder ya emana del Ejecutivo, supondrá el último clavo en el ataúd de Montesquieu.


Libertad Digital - Editorial

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ABC - Opinión

domingo, 24 de julio de 2011

Grecia. Necesario pero insuficiente. Por Emilio J. González

Sí, la UE se ha dotado con mecanismos financieros de los que antes carecía y advierte a los mercados que ellos también tienen que pagar los platos que rompan.

El acuerdo alcanzado por los líderes de la UE para salvar a Grecia supone el reconocimiento de facto de la suspensión de pagos del país heleno. Este es el primer paso necesario para poder resolver el problema y, por fin, unos y otros se han decidido a darlo. El acuerdo contiene elementos positivos. Sin embargo, no entra en las cuestiones de fondo que han llevado a los griegos al colapso económico y han puesto en serias dificultades a Irlanda, Portugal y Grecia.

Lo mejor del acuerdo del jueves es que, por fin, se implica al sector privado en la solución del problema. La banca europea ha actuado de forma imprudente, prestando y prestando a Grecia a pesar de saber desde hace tiempo que su situación fiscal no era buena. Pero como nunca creyeron que la UE fuera a dejar caer a ningún país del euro, siguieron asumiendo riesgos. Ahora van a tener que pagar parte de la factura, mediante reestructuraciones de la deuda griega, con intereses más bajos, plazos de pago más amplios y, además, un periodo de carencia de diez años antes de que el país heleno tenga que empezar a hacer frente a estos compromisos. Esperemos que con ello aprendan la lección.


La otra parte buena del acuerdo es que la reestructuración de la deuda y la moratoria en su pago, sin las cuales el país nunca podría salir adelante: conceden a Grecia una oportunidad para que las reformas que tiene que llevar a cabo surtan efecto, permitan sanear su economía y que ésta crezca para que los griegos puedan pagar lo que deben, porque el Gobierno de Atenas ya sabe que el día en que abandone la senda reformista, la UE y el FMI le cerrarán el grifo del dinero. Por tanto, o aprovecha la oportunidad o se atiene a las consecuencias en forma de catástrofe socioeconómica monumental.

El problema es que el acuerdo en sí no impide que situaciones como la griega vuelvan a darse en el futuro. Sí, la UE se ha dotado con mecanismos financieros de los que antes carecía y advierte a los mercados que ellos también tienen que pagar los platos que rompan. Pero los problemas de Grecia, de Irlanda, de Portugal y de España resultan de una idea equivocada cuando se puso en marcha el euro: que bastaba con la coordinación de las políticas económicas para que los países de la zona euro no tuvieran problemas tras haber perdido la independencia en política monetaria. Todo quedaba, de esta forma, en manos de la buena voluntad de los Estados y de la confianza en que todos ellos actuarían de manera racional y conforme a la ortodoxia económica. Pero como no ha sido así, nos hemos metido en el lío en el que nos hemos metido. Esta es la gran cuestión que tendrá que abordar la UE en los próximos meses para que una experiencia como la actual no vuelva a repetirse.


Libertad Digital – Opinión

¡Pobre Arniches! Por Alfonso Ussía

Se hallaban reunidos en un café de la calle de Alcalá don Carlos Arniches, don Pedro Muñoz-Seca, don Pedro Pérez Fernández, don Antonio Paso y don Enrique García Álvarez. Celebraban la presidencia de la SGAE de don Pedro Muñoz-Seca. Lo tiene contado García Álvarez en un artículo del tiempo pasado. En aquellas calendas, la presidencia de la SGAE la ocupaban sin sueldo ni prebendas personas decentes. Las siglas SGAE respondían a la Sociedad General de Autores de España, y el presidente se comprometía a gestionar con honestidad el dinero de los autores. Sociedad de gestión, nunca de inversión. «Lo único que funciona bien en España es la Sociedad de Autores», comentó Arniches. ¡Pobre don Carlos! La gestión de la SGAE era muy sencilla. Recaudaba el dinero de los teatros y las salas de música, y con una escuálida cifra de gastos de gestión, guardaba el dinero de los autores para que éstos dispusieran de él cuando les viniera en gana. Dinero recibido, dinero repartido, dinero adjudicado, dinero custodiado. En los tiempos posteriores a la Transición, la SGAE perdió el significado de la «E». Se sabe la terrible alergia que padece la retroprogresía con la palabra «España», para mí la más bella de nuestro idioma. Y se convirtió en la Sociedad General de Autores y Editores. Muy pronto, esa Sociedad que don Carlos Arniches consideraba inmaculada y perfecta en su labor de gestión, se convirtió en una guarida de extraños inversores. Con el dinero de los autores y editores se invertía, se hacían negocios, y aumentaban hasta porcentajes más que sospechosos los gastos de gestión. Perdió la SGAE la «E» de España y la confianza de muchos de sus socios. Se celebraban elecciones continuamente para que siempre siguieran mandando los mismos, Eduardo Bautista a la cabeza. Los sueldos millonarios volaban de amigo a amigo, de correligionario a correligionario. El último Presidente de la SGAE –todavía «Española»–, en su despacho, el maestro Torroba, nos aleccionó a un grupo de socios con su pesimismo. Estaba con nosotros quien había sido un gran Presidente, Juan José Alonso Millán, también gestor y no inversor, y que ganó mucho dinero con sus derechos de autor en el Teatro. Torroba, a un paso del final, lo advirtió: «Esto se nos va de las manos y el cielo está colmado de buitres».

La SGAE, ya de editores y no de España, quedó en poder de un grupo muy próximo al PSOE. Se celebraban periódicamente elecciones, de acuerdo con sus estatutos y reglamento interno, pero eran elecciones a la búlgara. Teddy Bautista se convirtió en su director eterno, su mandamás perpetuo, y nadie ajeno a su círculo de amistades pudo meter la mano en sus cuentas. La SGAE que nació con la sencillez de una empresa de gestión se convirtió en un antipatiquísimo conglomerado de enchufes, inversiones dudosas, sueldos altísimos y gastos inaceptables, olvidando su origen y su función fundamental. Gestionar –que no administrar–, y repartir –que no invertir–, el dinero de sus socios.

La SGAE cuenta con casi cien mil socios, de los que ocho mil tienen derecho al voto. En los últimos años, mi exiguo derecho –un voto–, nunca lo he utilizado. ¿Para qué si siempre ganaban los mismos? Ahora sobrevuelan sobre la SGAE toda suerte de denuncias, querellas y actuaciones judiciales. Se desmoronan los inversores, que no gestores, que han hecho lo que han querido durante decenios. La honestidad y la decencia en la gestión y su perfecto funcionamiento es memoria histórica.
Se han llenado bolsillos con el esfuerzo de los demás. Y nos vamos a llevar muchas sorpresas. Me consuela que la «E» de España haya desaparecido de esa sociedad perseguida por sus propias irregularidades. La ceja se está quedando sin pelos.


La Razón – Opinión

Grecia. El coste de la debilidad. Por José T. Raga

En contra de los discursos al uso, cuando se rescata la economía de un país para evitar su quiebra, lejos de fortalecer el euro, se le debilita, desplazando sobre él las consecuencias de la mala administración de la cosa pública.

Un principio económico resulta inapelable: de la existencia de un coste se deriva la necesidad de soportarlo; quién lo soporta y en qué concepto son cosas diferentes. Y, en esa determinación de quién y por qué, se contravienen principios, se protege a quienes no lo merecen y pagan las consecuencias quienes nada tuvieron que ver en el asunto.

El espectáculo de nuestra Europa tratando el problema griego, o el portugués, o en su momento puede que el español, el italiano... merece un comentario: ante todo, por la desconsideración a los principios y, después, por convertir la debilidad de la Unión en protagonista del coste. Pretender salvar del naufragio a quien provocó una vía en el casco de la nave es un acto irresponsable de necedad política. Quien no fue capaz o no quiso administrar correctamente los recursos públicos, debe asumir el coste de su gestión, tanto en lo político como en lo económico y, en su caso, en lo penal. Encubrir su mala gestión –y me quedo en ese suave calificativo– mediante ayudas de toda la Unión Monetaria Europea es una forma de complicidad que favorece a los demagógicos, manirrotos y corruptos, y penaliza a los sabios y prudentes administradores.


Los esfuerzos de la Unión para evitar que un Gobierno tenga que enfrentarse ante su pueblo por la gestión, incluso que se vea obligado a salir del concierto monetario europeo para, desde una moneda propia, ajustar sus cuentas mediante inflación y devaluaciones, con el consiguiente empobrecimiento de sus habitantes, es tanto como afirmar que la administración torpe y demagógica no tiene coste, pues éste se asume por la propia Unión. ¿Qué incentivo queda para quien actuó con orden, diligencia, prudencia y honestidad? Todo lo que le queda es sufragar los desmanes de quien lo hizo en contra de estos principios.

Aumentar los recursos del Banco Central Europeo con un nutrido Fondo de Rescate es establecer un fármaco para impedir una enfermedad grave; cuando la realidad es que la enfermedad y el enfermo existen. Además, el principio de la creación del BCE no fue el de acudir cual bombero a sofocar el incendio, sino la de vigilar la masa monetaria en la Unión, para que se disponga del dinero necesario, y sólo necesario, a fin de que las transacciones se desenvuelvan con agilidad, manteniendo la estabilidad de precios.

En contra de los discursos al uso, cuando se rescata la economía de un país para evitar su quiebra, lejos de fortalecer el euro, se le debilita, desplazando sobre él las consecuencias de la mala administración de la cosa pública por el Gobierno del país quebrado. No soy capaz de entender, por qué es un problema para Europa que un país abandone la moneda única, forzado por su falta de disciplina financiera. La fortaleza del euro no se consigue encubriendo la quiebra de algunos y, mucho menos, asumiendo su coste por debilidad del gobierno de la Unión.


Libertad Digital - Opinión

En defensa de la democracia

El mundo se encuentra conmocionado por la magnitud de la matanza perpetrada en Noruega. Tras varias horas de confusión y falta de información, en las que las autoridades nórdicas parecieron colapsadas, el último balance de la Policía elevó a 92 el número de muertos como consecuencia del doble ataque registrado en Oslo y en la isla de Utoya. En concreto, la gran explosión que sacudió el distrito gubernamental de la capital causó siete víctimas mortales y el tirador que abrió fuego en un campamento juvenil del gobernante Partido Laborista en la isla acabó con la vida de 85 personas. Aunque la confusión es importante y las investigaciones progresan muy lentamente, el arresto del terrorista de Utoya puede ser definitivo para averiguar lo ocurrido en detalle y si se trató de la actuación de un fanático o la de una estructura terrorista. La personalidad del presunto atacante, Anders Behring Breivik, de 32 años, parece la de un desequilibrado que podría asemejarse, por ejemplo, a los jóvenes de la escuela Columbine, que asesinaron a trece personas en 1999, o al terrorista de Oklahoma City que detonó un camión bomba contra el Edificio Federal Alfred P. Murrah y causó 168 muertos en 1995.

Sean perturbados con móvil político o no, el acto vil y brutal ocurrido en Noruega demuestra que cualquier sociedad, por idílica que sea, puede engendrar un monstruo o alumbrar actos brutales contra la convivencia y la paz. Ninguna sociedad está a salvo. Ni siquiera una como la noruega que tiene un bajísimo porcentaje de delitos y violencia en las calles y cuya Policía no va ni siquiera armada. Es imprescindible que el país y el resto de las democracias sepan extraer las conclusiones precisas de una tragedia así. En los próximos días y semanas será necesario revisar y extremar la seguridad interior y los trabajos de inteligencia para entender y conocer cómo se pudo organizar un ataque de esa magnitud, con una logística compleja, sin que los servicios de seguridad fueran capaces no ya de evitarlo, sino siquiera de sospecharlo. Si existió un exceso de confianza, una falsa apariencia de seguridad o sencillamente un cúmulo de infortunios, imprudencias o negligencias que favorecieron al o a los terroristas, constituyen detalles imprescindibles para intentar que un drama así no vuelva a repetirse.

Noruega no es sólo una de las naciones más ricas del mundo e ícono del éxito del Estado del Bienestar, sino que también constituye un ejemplo por sus compromisos internacionales y su grado de implicación en la lucha contra el terrorismo y los totalitarismos. El terror desafía constantemente los principios de la democracia y pone a prueba a sus sociedades. Y la respuesta debe ser mantener la confianza en el sistema y la convicción de que los criminales no lograrán sus objetivos. Por esa razón, Noruega y el resto de naciones libres están en la obligación de preservar sus valores y no ceder ante quienes pretenden subyugar sus libertades. Es una cuestión de supervivencia. Si se flaquea, los terroristas habrán conseguido lo que querían: inocular el pánico y la inseguridad en las sociedades y resquebrajar su moral y convicciones. Todas las respuestas están en el Estado de Derecho y hay que aferrarse a él.


La Razón - Editorial

Fanatismo criminal

Si el atentado de Oslo es obra de una sola persona, la seguridad noruega queda en entredicho.

Mientras la policía noruega busca posibles cómplices de Anders Behring Breivik, detenido como supuesto autor de la doble matanza que hasta el momento ha causado 92 muertos en Oslo (por la explosión de un coche bomba y por disparos en la isla de Utoya), la sociedad noruega despertaba ayer con el convencimiento de que la sensación de confortable seguridad propia de una de las sociedades más avanzadas del mundo había estallado en pedazos. El atentado del viernes, por la siniestra coordinación de acciones criminales y por el número de víctimas está en el mismo nivel de brutalidad e impacto sobre una sociedad inerme que los de Madrid y Londres. Como explicó uno de los testigos de los asesinatos de Utoya, "tendré miedo de por vida".

El perfil del detenido Behring Breivik revela una ideología ultraderechista, una tenacidad obsesiva por conseguir sus objetivos (compró seis toneladas de fertilizantes con cuyos componentes químicos se pueden fabricar explosivos) y una ausencia total de barreras psicológicas morales que impidieran los crímenes. La definición de "fundamentalista cristiano", incluida en el perfil policial, indica que era conocido su grado de fanatismo. Que no era un secreto, por otra parte, como prueban las invectivas racistas que difundía en la Red. El sangriento ataque a las Juventudes Laboristas en Utoya (difícilmente podrán olvidarse las imágenes de los cadáveres de quienes fueron abatidos por el asesino mientras trataban de esconderse tras las rocas de la costa) serían congruentes con el delirio ultrarradical de Behring.


Si se confirma en todos sus extremos la responsabilidad única de Behring surgirán incómodas preguntas que ya se pueden esbozar sobre la seguridad noruega. En primer lugar, los hechos habrían confirmado algo que ya se pudo advertir con las matanzas provocadas por incontrolados en Finlandia y Alemania: que la prevención de los ataques terroristas no puede ni debe orientarse solamente hacia el frente yihadista. Hay patologías sociales, quizá con un componente religioso más impreciso, pero recargadas de la fiebre racista, la soledad y la frustración, que pueden aterrorizar a las sociedades más avanzadas. Parte de estas patologías, por su carácter narcisista, se exhiben en las redes sociales. Una vez más, las amenazas latentes en las páginas web no se han tenido en cuenta o, sencillamente, no se disponía de los medios necesarios para controlarlas.

Además (si se confirma la autoría única de Behring), hay que poner énfasis en la aparente facilidad con que se ejecutaron ambos atentados. Existe un esfuerzo de coordinación evidente en las matanzas casi paralelas (Utoya dista unos 40 kilómetros de Oslo) puesto que Behring fue visto por la policía en las proximidades del barrio administrativo de la capital poco antes de la explosión. Una conclusión evidente es que los sistemas de seguridad noruegos fueron sorprendidos por un ataque procedente de un flanco inesperado, aunque la temprana detención de Behring revela que fueron capaces de reaccionar con celeridad. Para los ciudadanos de sociedades que ya han sufrido el terrorismo resulta insólita la ausencia de seguridad organizada en la convención laborista de Utoya; pero hay que tener en cuenta que Noruega es un país políticamente adscrito casi por definición a las causas en favor de la paz y, hasta el viernes, confiado en la seguridad de la inocencia.

Después de la tragedia de Oslo, parece evidente que volverán a alzarse voces que reclamen más seguridad, más controles y disposiciones represivas más eficaces. En su primera reacción pública, el primer ministro, el laborista Jens Stoltenberg, educado políticamente en Utoya, subrayó que Noruega combatirá el terrorismo con democracia. Es una respuesta acertada mientras se aclaran los hechos que aterrorizaron el país el viernes pasado.


El País - Editorial

La Sección de Opinión de ABC "se ha vuelto de pago".

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ABC - Opinión

sábado, 23 de julio de 2011

Esa insoportable levedad de ser González Sinde. Por Federico Quevedo

En este país llamado España hemos tenido toda clase de ministros de Cultura, de izquierdas, de derechas, mejores unos, peores otros… Dentro de la mediocridad general de la que se han caracterizado los sucesivos Gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero, destacaba por su aportación intelectual César Antonio Molina. Por eso, y porque durante su breve mandato demostró que era posible conciliar el cargo con un comportamiento tolerante. Hubo incluso quien llegó a decir que podría haber sido ministro del PP… No sé si eso influyó en Zapatero a la hora de cambiarlo, pero desde luego, si fue así, lo que consiguió con el nombramiento de Ángeles González Sinde fue dejar el pabellón del Ministerio de Cultura a la altura del betún: nunca ha habido un ministro/a tan profundamente sectario, tan increíblemente inútil y tan espantosamente mediocre.

Sí, lo sé, es una pasada por mi parte, pero es lo que siento ante una ministra que de manera sistemática actúa bajo un prisma tan estrechamente cerrado y tan tozudamente partidista que le lleva a perder los papeles y a demostrar su incapacidad para ostentar el cargo allá donde va. La razón de este desahogo tiene que ver con lo ocurrido el jueves en el Museo del Prado, a saber, la pinacoteca española recibía proveniente del Vaticano la obra de Caravaggio El descendimiento, un gesto hacia Madrid por acoger este mes de agosto la Jornada Mundial de la Juventud y contar con la presencia de Benedicto XVI. La pintura de Caravaggio forma parte de una muestra específica que El Prado ha organizado coincidiendo con la JMJ, titulada La Palabra hecha imagen. Pinturas de Cristo en el Museo del Prado, una iniciativa sin duda muy interesante que va a permitir a los madrileños y turistas contemplar otras 13 pinturas más de contenido religioso.


No hay que olvidar que en todas las culturas la religión ha aportado un enorme patrimonio histórico-artístico, y el cristianismo lo ha hecho de manera singular allá donde está presente. Bien, nada de esto tendría mayor relevancia si no fuera porque, como siempre, en el acto de recibimiento de la pintura del maestro italiano, la ministra hizo lo que suele hacer: demostrar que nunca sabe estar y miccionar fuera del tiesto. Habló primero Rouco Varela en representación de la Iglesia que, en definitiva, es la que hace la cesión temporal de la pintura, y como cabe esperar de un prelado se refirió al sentido religioso tanto de la obra como del acontecimiento por el que nos visita durante dos meses. Y le tocó el turno a la ministra de Cultura. Lo lógico era esperar un discurso mínimamente respetuoso con quien acaba de tener un gesto hacia nuestro país cediendo una de las obras más importantes del arte religioso mundial, unas palabras de agradecimiento y, si no quería entrar a valorar el hecho que motiva esta cesión por su militancia laicista, un simple repaso a la importancia de la obra de Caravaggio y en general de la aportación a la cultura universal del arte sacro.
«Hace ya más de un año que Sinde debía haber dejado el Ministerio, desde que empezó su lucha sin cuartel contra la libertad en la Red.»
No necesitaba extenderse mucho más, ni hacer grandes aspavientos… Se trataba solo de recibir el cuadro. Pero, lejos de eso, la ministra optó por tocarle los bemoles al cardenal que estaba presente y, por extensión, a quienes habían cedido la obra para que se pudiera contemplar en Madrid, y se dedicó a hacer un panegírico de la condición homosexual de Caravaggio… Oiga, que yo no tengo nada contra el hecho de que Caravaggio fuera homosexual, entre otras cosas porque probablemente eso le dotaba de una sensibilidad especial que se traducía en la hermosura de su obra, y también es un hecho que siendo homosexual nos dejó un legado de arte sacro imposible de valorar… Pero no era el momento ni el lugar… No era esa la razón de que la obra visite estos días nuestro país... Se podría haber hecho una exposición centrada en la obra de artistas homosexuales y entonces las palabras de Sinde tendrían sentido, pero en aquel momento sobraban.

Miren, la cuestión es que esta mujer no tiene ni la altura intelectual ni la talla política que se requiere para un cargo de esas características… Hace ya más de un año que debía haber dejado el Ministerio, desde que empezó su lucha sin cuartel contra la libertad en la Red, siguiendo por su obsesión por declararnos a todos culpables de piratería, y concluyendo por su empatía con una organización que se ha demostrado fraudulenta y cuyos responsables acabarán sentados en el banquillo. También en eso hay una responsabilidad política, en la medida que o se ha sido complaciente con el delito, o se ha sido indolente en el deber de control de un organismo que gestionaba dinero público. Todo, absolutamente todo, le ha salido mal a la ministra Sinde, y ha dejado, como decía, el pabellón de ese Ministerio por los suelos… Dimita ya, señora Ministra, aunque a este Gobierno le quede poco, sería un gran gesto por la cultura y por la higiene de este país.


El Confidencial - Opinión

Cataluña. Rubalcaba, especie protegida. Por Maite Nolla

Estos recurren ahora lo que en su día aprobaron en las Cortes. Este Gobierno consideró que el catalán debía ser preferente en Cataluña. No sólo lo aprobó así, sino que llamó anticatalanes odiosos a los del PP.

El Consejo de Ministros ha decido interponer recurso de inconstitucionalidad contra una ley del Parlamento de Cataluña que otorga carácter preferente al aranés en el Valle de Arán. Y lo hace por considerar que vulnera el artículo 3 de la Constitución respecto al régimen de cooficialidad; es decir, que en España ninguna lengua oficial tiene carácter preferente. Y si eso no estaba lo suficientemente claro, la sentencia del Estatuto de Cataluña lo puso por escrito. Fenomenal, el Gobierno de España haciendo de Gobierno de España. Pero, claro, estos recurren ahora lo que en su día aprobaron en las Cortes. Este Gobierno consideró que el catalán debía ser preferente en Cataluña. No sólo lo aprobó así, sino que llamó anticatalanes odiosos a los del PP que en su día presentaron un recurso bastante parecido al que ahora presenta el Gobierno respecto al aranés. La ministra Chacón, cuando aún dejaba volar su imaginación pensando que podía ser presidenta, llegó a decir que si el PP no retiraba el recurso estaría atacando a Cataluña. Y cuando llegó la sentencia, y cuando llegaron otras sentencias diciendo que ninguna lengua oficial tiene carácter preferente, Gabilondo, Rubalcaba y el resto de ministros se ofrecieron a colaborar con la Generalitat de Montilla y con la presente, para no cumplir nada que tuviera que ver con la lengua en la educación, en la función pública o dónde fuera.

Y ahora va el Gobierno y decide recurrir la ley del "occitano" por lo mismo que recurrió el PP el Estatut que aprobó el Gobierno. Vamos, que el Gobierno se autorrecurre. Lo cual convierte a este Gobierno en antioccitano. Aranófobo. Un Gobierno que pretende llevar el odio al Valle y romper la pacífica convivencia de los esquiadores de Baqueira, osos incluidos. En fin, la política tiene estas cosas, que te llevan a hacer lo mismo que hicieron otros, aunque en su momento se les señalara con el dedo y se buscara su exclusión política y social.

La gracia del asunto es que la interposición de este recurso ha pillado a Rubalcaba de gira por Cataluña. Esta semana apareció en la tevetrés defendiendo la inmersión lingüística, hasta el punto de atribuirse su puesta en marcha; como Al Gore con internet. Dijo que él había acuñado el término "catalanofobia" para describir la conducta del PP respecto a Cataluña; también como Al Gore con internet. Y que nadie como él defendía lo catalán –nacionalista, quiso decir- pese a la incomprensión de Madrid, y prueba de ello fue el Estatut. Llegó a decir que comprendía el ficticio avance del independentismo porque no puede ser que insultes a tu vecino por "cómo viste o cómo habla". Y va Zapatero y recurre lo del occitano. Y Rubalcaba hace la pena. Porque venir a Cataluña a insultar al PP a costa de la lengua, mientras el Gobierno recurre la ley del aranés, es hacer la pena.


Libertad Digital - Opinión

La dimisión de Francisco Camps no es el final de la comedia. Por Antonio Casado

Va a dar mucho juego esta comedia de puertas que aún no ha bajado el telón. Continuará. En lo judicial, con una vista pública ante jurado en la que dos procesados (Camps y Costa) defienden su inocencia mientras que otros dos (Campos y Betoret), sobre una misma relación de hechos y las mismas pruebas, reconocen su culpabilidad. Cuanto menos, surrealista. En vísperas de unas elecciones generales. O en plena campaña. Suficiente para desengañar a Rajoy de que la dimisión de Camps, no pedida desde Génova, marca la salida del laberinto.

Aún así me parece más coherente la posición de Camps que la de la dirección nacional del PP. Si el ya expresidente valenciano está convencido de su inocencia y dispuesto a defenderla “donde sea” (sería más creíble si hablase de demostrar y no de defender), hizo bien en rechazar el allanamiento (reconocimiento de culpabilidad) aunque significase renunciar al cargo.


Menos acomodo mental tiene la posición de Génova, inspirada en los análisis político-judiciales de su enviado especial a Valencia, el ex ministro Federico Trillo. Por la mañana le pide a Camps que se reconozca culpable y por la tarde le declara inocente. Eso ocurrió el miércoles, mientras se acosaba al presidente valenciano con el argumento de que el PP se estaba jugando el Gobierno de España. Y ahora no sirven los distingos del portavoz, González Pons, entre justicia material y justicia formal, para poder decir que Camps está formalmente procesado pero es materialmente inocente (“o no culpable”, matiza).
«Es como si los votos de los ciudadanos tuvieran valor absolutorio o condenatorio, en relación con las malas prácticas de un gobernante.»
Tampoco sirven los esfuerzos orientados a minimizar la conducta supuestamente delictiva de Camps mediante el socorrido argumento de los “cuatro trajes”. El presunto delito por el que va a ser juzgado es bastante más grave de lo que decía el Código Penal cuando se produjeron los hechos (entre 2005 y 2008), según doctrina oficial del PP. Así se desprende de la reforma pactada hace un año con el PSOE para castigar el cohecho impropio con penas de un año de cárcel y tres de inhabilitación.

El endurecimiento de penas ya no alcanzará a Camps y los otros tres procesados, si todos resultaran condenados por sentencia o por reconocimiento previo de culpabilidad. Tendrían que pagar una multa cuantiosa, pero sin cárcel ni inhabilitación, lo cual no oculta la opinión que al PP, o a su brazo parlamentario, le merecen quienes en el ejercicio de su cargo aceptan regalos hechos en razón del cargo que ocupan.

También ha decaído la apelación a los resultados de las últimas elecciones autonómicas, en las que Camps fue mayoritariamente elegido para un nuevo periodo de cuatro años, a pesar de haber perdido 70.000 votos. Doctrina Berlusconi pura y dura. Como si los votos de los ciudadanos tuvieran valor absolutorio o condenatorio, en relación con las malas prácticas de un gobernante.

Por higiene democrática hemos de saludar el apagón de aquel “las urnas me absolverán” instalado en la mente de Camps antes del 22 de mayo, mimetizando al sentencioso Fidel Castro de 1953 que, después del asalto al cuartel de Moncada, pronunció ante el tribunal la célebre frase: “La historia me absolverá”.


El Confidencial - Opinión

Después de Camps. Por Alfonso Ussía

Francisco Camps ha dimitido. Me recuerda un poco al asunto de los guerristas con Pilar Miró. Consiguieron expulsarla de TVE por unos trapos. El problema de Camps –al que yo creí y del que espero contundencia en su defensa– es que no supo reconocer a tiempo la bobada. La bobada de recibir tres trajes de regalo y la bobada de insistir en el engaño al personal. No es un delincuente. Y revalidó de manera brillante su triunfo en las urnas. A los valencianos, lo de los trajes no les influyó en absoluto. Con la victoria aún caliente, Camps ha dimitido. ¿Y ahora qué?

A Rubalcaba se le antoja «odiosa» la comparación entre el asunto de Camps y el caso «Faisán». Me figuro que odiosa para Camps, que no para Rubalcaba. Lo de Camps son tres trajes y lo del «Faisán» es colaboración con el terrorismo. No puede establecerse comparación entre una memez y una traición a todos los españoles. Chaves y los negocios de sus hijos en Andalucía han recuperado el interés de la actualidad. Nadie pone en duda que es un buen padre, pero la confirmación de las comisiones percibidas por su niño le obligan a mirar a Camps. También es más grave lo de Chaves que lo de Camps, al menos en mi humilde opinión. Y nada. Griñán y los ERE falsos. Centenares de millones de euros públicos, es decir, de todos, regalados a los amigos de un sistema socialista corrupto que se creía invencible. Tanto Chaves, como Griñán, como Zarrías conocían el atropello. Los trajes de Camps no alcanzan un valor como el de los ERE, a no ser que sean trajes de diamantes, perlas, rubíes, esmeraldas y zafiros. Griñán, para colmo, obstaculiza la acción de la Justicia y se pitorrea de la juez que lleva el caso. Pero caerá, como Chaves y como Rubalcaba. Caerá como Zapatero, que intenta cortarse todos los días las plumas de la cola de faisán que le emergen del traspuntín.

Más de un centenar de políticos del PSOE están procesados, imputados o relacionados con el delito. Todos ellos por faltas y abusos mucho más graves que tres trajes mentidos. La dimisión de Camps, pocas semanas después de haber revalidado su triunfo y el apoyo de los valencianos, tendría que mover las alcantarillas socialistas. Pero nadie mueve un dedo. Zapatero no puede exigirle a Rubalcaba nada, porque ambos comparten plumaje. Si a Chaves se le ocurre angustiar a Griñán, Griñán le va a responder con datos escandalosos. Y lo mismo al contrario. La dimisión de Francisco Camps, necesaria e ineludible, ha colocado al Gobierno y a su partido en un lugar incomodísimo. Cuentan con el apoyo de poderosas empresas dedicadas a la información, pero nadie va a ofrecerles su apesebrada lealtad incondicional. Cuando un edificio se desmorona, los cobistas y pelotilleros, los enriquecidos y apesebrados, son los primeros en correr y cruzar la calle para ponerse a salvo. Y la dimisión de un político que ha vuelto a ganar con mayoría absoluta en las urnas –eso, la democracia real– ha descolocado sus futuros. Francisco Camps ha manifestado que gastará todo su tiempo en defenderse y reponer su honor puesto en duda. Se espera que así sea. Pero España no puede permitirse el lujo de tener como candidato a la presidencia a un político que coincidió con los GAL y ahora vuela entre faisanes. España no puede permitirse el lujo de tener en la vicepresidencia vacía del Gobierno a un buen padre de sus hijos que vela por sus futuros con mejunjes de comisiones. España no puede permitirse el lujo de tener un presidente autonómico que oculta un escándalo mayúsculo y se ríe de la Justicia. Camps se ha ido con sus tres trajes y estos se han quedado en pelotas.


La Razón - Opinión

Grecia. ¿Dónde está la gracia, ZP?. Por Pablo Molina

Dado que la casta dirigente no piensa dejar de gastar lo que no es suyo, este segundo rescate va a servir más bien para confirmarla en el error y seguir con la fiesta keynesiana hasta que sea necesaria una tercera operación de salvamento.

Los burócratas europeos están en estos momentos exultantes por el acuerdo económico que va a permitir a Grecia continuar unos añitos más sin declararse en quiebra, que es la condición objetiva que arroja el balance de sus finanzas públicas. ¿El remedio? Pues seguir inyectando dinero en la tradicional ortodoxia keynesiana que sigue a pies juntillas el cotarro europeo, y eso a pesar de que los resultados de esta política están más que contrastados con el ejemplo griego como referente de su perversidad.

Zapatero es tal vez el más satisfecho con este segundo rescate griego, pues las condiciones extremadamente laxas que el Eurogrupo ha impuesto a los Papandreu y Karamanlis van a permitirle seguir vegetando los escasos meses que le quedan de mandato sin afrontar los graves problemas de nuestra economía.


Si las autoridades europeas se niegan a dejar quebrar a un país devastado por sus políticos como Grecia, mucho más lo harán con España, cuyo volumen hace imposible un rescate al modo griego teniendo en cuenta, además, que las primeras víctimas de un default español serían las instituciones financieras centroeuropeas, especialmente expuestas a nuestra deuda.

En todo caso, si este rescate sirviera únicamente para solventar circunstancias adversas coyunturales, con el compromiso de la clase política de revertir la espiral de gasto público que han alimentado durante todos estos años, los contribuyentes europeos podríamos también felicitarnos. Sin embargo, dado que la casta dirigente no piensa dejar de gastar lo que no es suyo, este segundo rescate va a servir más bien para confirmarla en el error y seguir con la fiesta keynesiana hasta que sea necesaria una tercera operación de salvamento, así que los que pagamos impuestos no estamos precisamente para tirar cohetes.

Los primeros efectos de esta segunda solución de emergencia a los problemas griegos ya se han hecho notar en la bolsa y en nuestro diferencial financiero. Por tanto, lejos de ahondar en la imprescindible disciplina de gasto y cortar de raíz el despilfarro autonómico, nuestros socialistas interpretarán que todo va bien, de hecho muy bien, y que no hay que preocuparse demasiado por la ruina que han provocado a todos los españoles puesto que en última instancia ya están el FMI, el FEEF y el BCE para condonarnos parte de los préstamos y mejorarnos las condiciones de amortización llegado el caso.

Si Zapatero está contento, los españoles deberíamos preocuparnos en la misma proporción. Hasta que no aprendamos de memoria esta sencilla equivalencia los sobresaltos continuos están garantizados.


Libertad Digital - Opinión

El golpe de Oslo. Por Hermann Tertsch

Este artículo se les ha escapado 'sin pagar'.

Si algo caracteriza a Noruega es su enorme confianza social y tranquilidad. Pero ayer se produjo lo inconcebible.

Una inmensa explosión junto a los edificios gubernamentales en pleno centro de Oslo y un salvaje atentado en una isla cercana llevaron ayer el terrorismo más brutal a un país que jamás lo había sufrido.

Si algo caracteriza a Noruega es su enorme confianza social y tranquilidad. Pero ayer se produjo lo inconcebible. Medios de comunicación noruegos hablaban ayer ya abiertamente de terrorismo islamista en el caso de la bomba.

Aun no así sobre el suceso de la isla de Utoya, donde un hombre de nacionalidad noruega con uniforme de policía emprendió con armas automáticas la caza de jóvenes concentrados allí en un campamento de las juventudes del partido del Gobierno, que el primer ministro Jens Stoltenberg iba a visitar hoy.

Noruega es un país muy significado en la OTAN, que ha tenido presencia significativa en todos los frentes de la Alianza, ahora en Afganistán y Libia. Tiene una colonia paquistaní considerable. Es una nación defensora de los valores occidentales, lejos de los relativismos culturales en boga en otros lares.

Plenamente solidaria con Dinamarca en la crisis de las caricaturas de Mahoma. Y con un imán de Al Qaida en la cárcel. Estas son probablemente las claves.


ABC - Opinión

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PORTADA.

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ABC - Opinión

El listón de la dignidad

Rajoy exige explicaciones por el «Faisán» y los ERE porque los españoles tienen derecho a conocer la verdad.

La dimisión de Francisco Camps ha descolocado al PSOE y ha resquebrajado su discurso y buena parte de la estrategia política de su candidato a la presidencia de cara a las elecciones generales. La coherencia y la credibilidad de un partido como el socialista no se edifican ni se refuerzan desde una retórica vana ni desde la demagogia simplista del que predica pero nunca da ejemplo, sino con gestos de responsabilidad política difíciles como el de Camps, pero que a la larga dignifican a una clase dirigente no sobrada de reconocimiento ciudadano.

Como desde el comienzo de este asunto, Mariano Rajoy estuvo ayer en su sitio. En un episodio de enorme complejidad, no se precipitó y mantuvo el pulso firme. Ayer, reconoció con justicia el gesto del ex presidente de la Generalitat valenciana y alabó su «grandeza» por la «difícil decisión» de renunciar. Aseguró que, «desde luego, después de lo que ha pasado», es una persona que tendrá «futuro en la vida pública y privada». Dejó una más que merecida puerta abierta a Camps pues el país no anda sobrado de gobernantes con su capacidad y su experiencia y con un balance en la gestión de lo público tan positivo como el suyo. El gesto de Rajoy fue una respuesta adecuada a una encrucijada nada sencilla y un acto de cercanía a una personalidad muy importante en el proyecto del Partido Popular que hace sólo unas semanas contó con un refrendo popular abrumador.


Rajoy se mostró exigente con el partido en el Gobierno y apremió al PSOE a tomar decisiones. Los socialistas se han quedado sin coartadas ni parapetos ni excusas para no dar la cara ante tanto escándalo, abuso e irresponsabilidad. Además, reclamó explicaciones al PSOE por el «caso Faisán» y por impedir que el Parlamento andaluz investigue los ERE irregulares, y el requerimiento estaba cargado de razón. La opinión pública tiene derecho a saber la verdad y los implicados el deber de rendir cuentas. A estas alturas, con tres antiguos altos cargos policiales procesados por colaborar con ETA, es inadmisible que los entonces responsables políticos del Ministerio del Interior no sólo se nieguen a dar explicaciones, sino que presenten su actitud obstruccionista como ejemplar. Que Pérez Rubalcaba acusara ayer al PP de tender una «cortina de humo» con el «caso Faisán» para evitar que se hable de corrupción y concretamente del «caso Gürtel» es una estrategia dilatoria estéril que no le eximirá de su relación con uno de los episodios más graves de la historia de la democracia. Dar toda la relevancia a un asunto de regalos no probado y restársela a un chivatazo contrastado a terroristas, como hizo el candidato socialista, es una decepcionante defensa. Por eso, el PP acierta en su ofensiva para que el Congreso vote y exija responsabilidades políticas a Rubalcaba y al ministro Antonio Camacho. La opinión pública no entendería que no se hicieran todos los esfuerzos posibles para conocer toda la verdad.

El PP y Camps han elevado el listón de la responsabilidad política hasta el nivel que exige la dignidad democrática y que quieren los ciudadanos. Por lo visto, el PSOE está muy lejos de alcanzarlo.


La Razón - Editorial

Terror en Oslo

El brutal atentado de la capital noruega marca un hito en un país sin violencia política.

La confirmación de que fue una bomba, quizá un coche bomba, la causa de la gran explosión que sacudió ayer el céntrico distrito gubernamental de Oslo, incluida la propia oficina del primer ministro, y mató al menos a siete personas, abre, a falta de datos precisos, una serie de graves interrogantes a propósito del atentado.

Noruega es uno de los países más pacíficos y tolerantes del mundo, y el ataque, no reivindicado y de gran magnitud, iba dirigido contra su corazón político, la oficina del jefe del Gobierno Jens Stoltenberg, a quien inicialmente se consideró herido por la explosión, y los ministerios aledaños. Sus consecuencias se han visto aminoradas por tratarse de un viernes de verano, con la zona semivacía, pero Oslo era anoche lo más parecido a una ciudad en estado de sitio, con soldados en las calles y la policía buscando nuevos explosivos.

La violencia de raíz política era un fenómeno prácticamente desconocido en el país escandinavo, uno de los de mayor nivel económico del mundo y una sociedad ejemplarmente abierta. Cualquier conclusión sobre un atentado que marca un hito es, por tanto, prematura mientras las autoridades noruegas no avancen en su investigación.


Entre las hipótesis abiertas se abre camino la de una acción terrorista de "grupos locales antisistema", según la versión de la policía, sobre todo por la detención de un sospechoso de nacionalidad noruega, conectado a su vez con un tiroteo posterior, con víctimas, en un campamento juvenil del partido gubernamental en una isla próxima a la capital.

Aunque esta detención aleja la teoría del atentado con vinculaciones a grupos terroristas islámicos, es pertinente, sin embargo, señalar que el atentado de Oslo, aunque mucho más grave, tiene similitudes con los registrados en Estocolmo en diciembre pasado, reivindicados después como una venganza por el papel de Suecia en Afganistán. Noruega mantiene a través de la OTAN una activa participación militar en la guerra que libra la Alianza contra los talibanes y Al Qaeda, así como contra las tropas de Gadafi en Libia. Esa presencia del país nórdico en Afganistán, considerada modélica por Washington, ha sido causa de repetidas amenazas por parte de la organización yihadista. Hace un año fueron arrestadas en Oslo tres personas acusadas de preparar ataques terroristas. La fiscalía reveló que los detenidos, pertenecientes a la franquicia de Osama bin Laden, estaban vinculados a desbaratados atentados en Nueva York y Manchester.

Sea el yihadismo quien ha ejecutado la matanza de Oslo, o sea en su nombre o en nombre propio un grupo o un individuo vinculado a grupos extremistas, de derecha o de izquierda, estos atentados demuestran que los Gobiernos europeos no deben bajar la guardia en la prevención y el combate contra esta plaga que sigue abatiéndose sobre nuestras sociedades.


El País - Editorial

Una intervención esperada pero tardía

Del mismo modo que la salida a bolsa de alguna de nuestras entidades más robustas ha apuntalado su solidez y la credibilidad exterior de nuestra economía, también lo hace el saneamiento de las partes más endebles de nuestra banca.

Desde que el pasado mes de marzo se frustrara el acuerdo de fusión fría entre la Caja de Ahorros del Mediterráneo (CAM) y el Banco Base (integrado por Cajastur, Caja Cantabria y Caja Extremadura), era vox populi que la entidad alicantina podía ser intervenida por el Banco de España en cualquier momento. Al cabo, si las asambleas generales de Banco Base declinaron unir sus destinos a los de la CAM fue por juzgar que ésta necesitaba de 2.784 millones del FROB para mantenerse a flote, lo que habría colocado al Estado como accionista mayoritario del banco resultante.

Los test de estrés europeos que se han publicado en estos últimos días no han venido más que a reforzar el temor de que la CAM era una entidad tremendamente frágil, con un capital que apenas le permitía absorber unas pérdidas equivalentes al 5% de sus activos. La alicantina era una de las cinco entidades que suspendieron estas pruebas, aun cuando el resto del sistema financiero español mostró unos resultados más que notables.


La intervención de ayer, pues, entraba dentro de lo previsible. Por supuesto, que alguna de nuestras cajas, sobre todo una con semejante tamaño, no disponga de unos fondos propios suficientes como para sobrevivir en el mercado constituye una mala noticia. Pero, constatada la insuficiencia de capital, la intervención permite clarificar y atajar la situación del eslabón más débil de nuestro sistema financiero. Del mismo modo que la salida a bolsa de alguna de nuestras entidades más robustas ha apuntalado su solidez y la credibilidad exterior de nuestra economía, también lo hace el saneamiento de las partes más endebles de nuestra banca. Aun cuando, como es probable, la intervención de la CAM no sea la última a la que asistamos, no debería mover a la alarma el que, dentro de un sistema que está mejorando a marchas agigantadas, sigan apareciendo algunas cajas con problemas que requieran de la asistencia puntual del FROB.

Si acaso, lo que cabe reprochar al Gobierno y al Banco de España es que, mientras el sector privado está realizando ingentes esfuerzos para superar una de las mayores crisis de nuestra historia, el sector público esté desatendiendo sus obligaciones de contribuir al rápido y eficaz saneamiento de las entidades más endebles. Desde finales de 2008, el Ejecutivo cuenta con los instrumentos para recapitalizar a nuestra banca, pero los está usando con suma lentitud y a regañadientes. Como de costumbre, si bien el sector privado está haciendo sus deberes, el público se olvida de sus responsabilidades. No parece de recibo que casi tres años después de estallar la crisis, todavía haya entidades potencialmente insolventes. La intervención de ayer, por esperada, llega tarde; no es necesario esperar a que las manzanas terminen de pudrirse para pasar a actuar con decisión.


Libertad Digital - Editorial