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domingo, 19 de junio de 2011

Mohamed VI se queda corto

La reforma constitucional que el rey de Marruecos ha propuesto a sus súbditos supone un apreciable avance en la senda hacia la democratización del régimen, pero arrastra todavía diversas rémoras absolutistas que ni calman las protestas de los jóvenes ni colman las ansias reformadoras de amplios sectores de la sociedad. El hecho de que el llamado movimiento 20-F, de corte similar a los que en Túnez y en Egipto han tumbado a sus respectivos gobernantes autoritarios, haya convocado para hoy manifestaciones de protesta en las principales ciudades del país pone de manifiesto la insatisfacción ante una reforma que se considera corta e insuficiente. También son reveladoras, por lo que tienen de acto reflejo de los viejos usos semifeudales, las manifestaciones organizadas desde Palacio a favor del nuevo texto constitucional. Resulta inverosímil una explosión de júbilo porque el rey pase de ser «sagrado» a «inviolable». Cierto es que, si bien la división de poderes y la independencia judicial brillan por su ausencia, los cambios impulsados por Mohamed VI son positivos, pues dan cierta autonomía al primer ministro para nombrar a los ministros, salvo el de Defensa; refuerzan la Cámara de Representantes, que podrá reformar la Constitución, decretar amnistías o formar comisiones de investigación; y recortan al rey pequeñas parcelas de poder, aunque sigue dirigiendo las Fuerzas Armadas y la política exterior, amén de apuntalar su papel como cabeza religiosa o «comendador de los creyentes» musulmanes. Precisamente es en este terreno, en el religioso, donde la nueva Constitución marroquí hace agua estrepitosamente y muestra sus graves carencias democráticas, hasta el punto de que no se pueda homologar a los estándares occidentales. Es verdad que se reconoce la libertad de culto, que ya existía anteriormente, pero se declara el islam como religión del Estado y no se admite la llamada libertad de conciencia, en virtud de la cual el ciudadano es muy libre de practicar la religión que desee, cambiarla o, simplemente, no practicar ninguna ni someterse a sus ritos públicos. En el anteproyecto de reforma se recogía esta salvaguarda de conciencia, pero las amenazas de los islamistas llevaron a Mohamed VI a suprimirla. Precisamente porque en Marruecos no hay libertad de conciencia, lo que convierte en papel mojado la libertad religiosa, el régimen ha expulsado ya a casi dos centenares de cristianos, la mayoría evangelistas, pero también sacerdores católicos, bajo la acusación de hacer proselitismo e incitar a la conversión de musulmanes al cristianismo. Pero más allá de esta política represiva, destinada a satisfacer a los radicales, la cuestión de fondo es que la nueva Constitución niega la libertad individual de la persona en el ámbito religioso, de modo que es obligada a practicar la religión del Estado y a no convertirse a otra confesión, pues de hacerlo incurriría en grave delito legal. En resumen, al prohibir la libertad de conciencia, Mohamed VI sigue tratando a los marroquíes como súbditos, en vez de como ciudadanos libres e iguales. Mucho camino le queda aún al régimen alauita para ser tenido como democrático.

La Razón - Editorial

sábado, 18 de junio de 2011

Las virtudes de la angustia. Por Hermann Tertsch

Muchos serán los que desprecien con cansado mohín las nuevas promesas de apertura y reforma del Rey Mohammed VI.

Muchos serán los que desprecien con cansado mohín las nuevas promesas de apertura y reforma del Rey Mohammed VI. Primero porque en las monarquías absolutistas, y la marroquí lo sigue siendo, las modificaciones en el trato a los súbditos son concesiones y no derechos reclamables. Así ha sido también en Marruecos con este rey como con sus antecesores. Y porque no son pocos los que discuten a este rey la capacidad y autoridad para imponer una voluntad de cambio real, en caso de tenerla. Muchos creen que si vinieran mal dadas y tuviera que enfrentarse a un levantamiento, sería tan reo de su entorno como lo es Bashar Al Asad, ese heredero republicano que lleva meses matando por sobrevivir en Siria.

Y sin embargo, hay motivos para darle crédito a Mohammed VI con esta nueva Constitución que anuncia. De la angustia generada a los poderosos han surgido virtudes inesperadas. Y deberá aplicar con urgencia por la presión que el tsunami emancipador en el mundo árabe ha impuesto a todos. El Rey de Marruecos no es uno mas. No es un arribista golpista ni su heredero, sino la cabeza de una monarquía de tradición centenaria. Quizás por eso le resulte más fácil que a otros dar pasos significativos en forma y contenido sin creer tener que temer una descomposición de su autoridad. Que la persona del Rey deje de ser «sagrada» para ser «inviolable», no es ni mucho menos un paso baladí como pensarán algunos en la descreída Europa. Pero fundamental será en todo caso el trasvase de poder de la Corona al Gobierno, hasta ahora poco menos que un cuerpo administrativo. Si un Gobierno electo pasa a tener poder político estaríamos ante poco menos que una revolución de palacio. Si el Rey renuncia en su favor a la potestad en todos los nombramientos de las autoridades del Estado, el cambio será muy prometedor. Por supuesto que la independencia de la justicia es aun una quimera. Pocas lecciones podremos darles algunos. Y el país será una «monarquía islámica». Pero reconoce por primera vez derechos a su componente amazigh (bereber) así como una referencia expresa al elemento hebreo en Marruecos. Tampoco suena mal que el rey, en su función civil pase a ser «protector de la opción democrática y árbitro entre las instituciones del Estado». Nadie espere milagros y quien se quiera tomar libertades sin esperar los cambios ni guardar las formas comprobará que la voluntad represiva, implacable, sigue intacta. Pero es evidente que el Rey y su entorno han entendido que no basta una declaración de intenciones para desactivar un movimiento histórico que, de ignorarlo ahora, se lo podría llevar por delante no muy tarde.


ABC - Opinión

jueves, 9 de diciembre de 2010

La pusilanimidad alienta nuevas provocaciones

No exigimos a nuestro Gobierno que mate moscas a cañonazos, pero sí, desde luego, que impida que estas se conviertan en halcones animados a llevar las cosas a más por falta de una respuesta mínimamente firme por nuestra parte.

Se atribuye a Lenin la máxima de "pincha y si notas blando, sigue profundizando". Esta es, en cualquier caso, la pauta del régimen marroquí, ante la pasividad y condescendencia que nuestro Gobierno brinda a cada una de sus provocaciones. La última ha sido la que ha protagonizado un grupo de marroquíes, encabezado por el alcalde de la localidad de Beni Enzar, el también senador Yahyia Yahyia, y el regidor de Beni-Chicar Mohamed Aurag, que han intentado apoderarse de dos manantiales que abastecen a la ciudad autónoma de Melilla como forma de protesta por que el parlamento español condenara la violación marroquí de los derechos humanos en el Sahara. Se trata de las fuentes de Trara y Yasinen, que surten de agua del Monte Gurugú a la ciudad autónoma desde hace por lo menos medio siglo, en tiempos del Protectorado español. Aunque los bravucones mandatarios marroquíes no consiguieran su propósito de cortar un suministro tan esencial gracias a que los guardas españoles que vigilan las citadas fuentes no se marcharan nunca de allí, es bochornoso que nuestro Gobierno no haya elevado la menor queja ante unas amenazas como las proferidas por estos cargos públicos de Marruecos.

La pasividad española ante esta nueva provocación marroquí es aun más deplorable cuando esta última se suma a las que grupos marroquíes han venido haciendo desde hace unos días al convocar una marcha "por la liberación" de Melilla para este sábado o la reciente declaración del propio parlamento marroquí instando a su Gobierno a que exija la soberanía de Ceuta y Melilla.

Naturalmente, ante es último incidente, no exigimos al nuestro que mate moscas a cañonazos, pero sí, desde luego, que impida que estas se conviertan en halcones animados a llevar las cosas a más por falta de una respuesta mínimamente firme por nuestra parte. Precisamente para evitar males mayores, el Gobierno español debería no sólo hacer una protesta pública sino incrementar las dotaciones policiales, incluso militares, en una zona donde las tensiones pueden ir a más en los próximos días.

En cualquier caso, lo que es evidente es que la indigna renuencia del Ejecutivo español a condenar actos tan execrables como los perpetrados por Marruecos hace escasas semanas en el Sahara no se borra con la tibia y tardía condena que finalmente tuvo que suscribir el PSOE para no quedarse solo en el Congreso. Y, desde luego, esa pusilanimidad, como ha quedado por enésima vez en evidencia, lejos de aplacar las provocaciones de Rabat, no hace otra cosa que alentarlas. Esperemos que el Gobierno español no prosiga haciendo el avestruz con Marruecos ni espere a reaccionar, tal y como es su costumbre, a que el problema se haya hecho tan grande que difícilmente tenga solución.


Libertad Digital - Editorial

martes, 7 de diciembre de 2010

El soldadito de El Aaiún. Por Arturo Pérez-Reverte

Lo que voy a contarles ocurrió hace treinta y cinco años exactos, casi día por día, en diciembre de 1975; pero me acuerdo bastante bien. Es una historia que en su momento -yo era un jovencísimo reportero, enviado especial del diario Pueblo en el Sáhara desde hacía ocho meses- no me dejaron publicar. No eran buenos tiempos ni para la libertad de prensa ni para otras libertades, pero uno se las apañaba allí lo mejor que podía. Aunque en esta ocasión no pude. Recuerdo el episodio con mucho sentimiento, por varias razones. De una parte, los últimos sucesos en el Sáhara le dan, para mí, especial significado. De otra, algunos testigos fueron muy queridos amigos míos. Casi todos de los que tengo memoria están muertos, excepto el entonces capitán Yoyo Sandino, de la Policía Territorial, que creo estaba presente. Yo mismo viví la última parte del episodio; pero ya no recuerdo quién más estaba allí, aparte del teniente coronel López Huerta y el comandante Labajos, ya fallecidos. Acababa de morir Franco, y España entregaba el Sáhara a Hassán II. El Aaiún era una ciudad en estado de sitio, con toque de queda, cuarteles y barrios en poder de los marroquíes, y otros aún bajo autoridad española. Uno de éstos era Casas de Piedra, feudo del Polisario; la custodia de cuyo perímetro, rodeado de alambradas y caballos de Frisia, correspondía a la Policía Territorial. En sus sectores, la gendarmería real y las tropas marroquíes se comportaban con extremo rigor. Había innumerables detenidos. Y cada día, muchos jóvenes saharauis, así como veteranos de Tropas Nómadas y de la Territorial, huían al desierto para unirse a la guerrilla que ya combatía en las zonas abandonadas del este.

Aquella noche, una patrulla marroquí que pasaba cerca de Casas de Piedra fue tiroteada desde el otro lado de la alambrada. Los dos soldaditos españoles de guardia a la entrada del barrio -reclutas de mili obligatoria, destinados forzosos al Sáhara como policías territoriales- se apartaron de la luz, inquietos, y se quedaron allí hasta que hubo ruido de motores con resplandor de faros, y varios vehículos se detuvieron en el puesto de control. De ellos bajó nada menos que el coronel Dlimi, comandante general de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, acompañado por todo su estado mayor y una sección de soldados de las fuerzas reales. Todos, incluido Dlimi, venían armados con fusiles de asalto, y estaban dispuestos a entrar en Casas de Piedra y arrasar el barrio como represalia por los tiros de media hora antes. Imaginen la escena: la noche, los faros iluminando la alambrada, el coronel en contraluz con todas sus estrellas y galones, y los dos soldaditos con todo aquello encima. Acojonados.

Lamento no recordar sus nombres, o tal vez no los supe nunca. Pero esto fue lo que hicieron: mientras uno de ellos echaba a correr hacia donde tenían la radio para avisar a sus jefes, el otro tragó saliva, se cuadró y les dijo a los marroquíes que no pasaban -yo conocí a su oficial superior, el eficaz y duro teniente Albaladejo, y estoy seguro de que el chico prefirió vérselas con ellos antes que con el teniente-. Como pueden ustedes suponer, Dlimi se puso hecho una pantera. A gritos, descompuesto, mandó al territorial que se quitara de allí o le iban a pasar por encima. Tengo órdenes de no dejar entrar a nadie, dijo éste. No sabes con quién estás hablando, etcétera, aulló el otro. Luego blandió su arma e hizo ademán de cruzar la alambrada, seguido por todos los suyos. Fue entonces cuando el soldadito dejó de ser lo que era, un humilde recluta forzoso que hacía la mili en el culo del mundo, para convertirse en otra cosa. En lo que juzguen ustedes que fue. Porque en ese momento, casi con lágrimas en los ojos y temblándole la voz, montó su fusil -clac, clac, chasqueó el cerrojo al meter una bala en la recámara- y le dijo en su cara al poderoso coronel Dlimi, jefe de las fuerzas marroquíes en el Sáhara, estas palabras extraordinarias: «Mi coronel, por mi pobre madre que, como alguien pase de ahí, le pego un tiro».

El aviso me pilló en el bar del cuartel de los territoriales, y a Casas de Piedra me fui, quemando neumáticos en el Seat 600 con el cartel Prensa que teníamos alquilado a medias Pedro Mario Herrero, del diario Ya, y el arriba firmante. Tuve así oportunidad de asistir al último acto del episodio, cuando llegaron los jefes españoles y tras una tensa negociación lograron que Dlimi se retirase con su gente. En cuanto al soldadito que le paró los pies salvando el barrio de una represalia, no eran, como digo, tiempos para la lírica. Me temo que la única recompensa que obtuvo aquella noche fue el cigarrillo Coronas que el comandante Labajos le ofreció de su paquete, la palmada en la espalda del teniente coronel López Huertas y esta página en la que hoy lo recuerdo.


XL Semanal

Bucle marroquí

Los desaires de Rabat frente a la contención de Madrid aconsejan un cambio de estrategia.

Los sucesos en el Sáhara Occidental siguen marcando las relaciones entre España y Marruecos. La pasada semana, el Parlamento marroquí consideró necesario revisarlas en su conjunto, instando al Gobierno de Rabat a reclamar Ceuta y Melilla. Una marcha sobre la primera de las ciudades autónomas fue implícitamente autorizada, y suspendida luego.

Llegados a este punto, tal vez lo mejor sea, en efecto, revisar las relaciones. No porque lo exija el Parlamento marroquí, sino porque resulta contraproducente para los intereses españoles prolongar la actual indefinición. La diplomacia de Zapatero no ha logrado asegurarse un imprescindible margen de maniobra para gestionar la vecindad con Marruecos. De ahí que sus intentos de no irritar al Gobierno de Rabat por errores que ha cometido este solo reciban reiterados gestos inamistosos como respuesta, generando un bucle de desencuentros sin salida.

Marruecos no puede amagar con romper la baraja con España en cada ocasión en que necesita encontrar un culpable exterior para sus problemas. Pero aun en el supuesto de que la rompiera, solo sería un dato más a la hora de abordar el problema de fondo al que se enfrenta España, que es definir un modelo de relaciones con el Magreb y no solo con Marruecos. O bien las mantiene como hasta ahora, buscando una aproximación alternativa a Argel o a Rabat según quien gobierne en Madrid, o bien fija una posición propia ante los riesgos y contenciosos existentes en la región.


Por lo que se refiere a los riesgos, Marruecos desempeña un papel decisivo con respecto a España y la Unión Europea, particularmente en materia de terrorismo e inmigración; pero no menos decisivo que el que desempeñan España y la Unión Europea con respecto a Marruecos y, más en concreto, a su régimen político, cuyas insuficiencias y puntos débiles son sobradamente conocidos. La disposición a tratar con él no responde al deseo de convalidar sus prácticas, algunas de las cuales han quedado al descubierto con la filtración de Wikileaks, sino al de facilitar una evolución política sin sobresaltos, ni para la región, ni para los propios marroquíes.

España no puede conformarse con solventar de forma provisional esta crisis y esperar la siguiente. Es necesario, por el contrario, replantearse la actuación en el Magreb desde hace más de una década, cuando el Gobierno de Aznar echó por la borda con sus baladronadas frente a Marruecos un trabajo diplomático desarrollado desde los inicios de la Transición. Ahora es Marruecos quien se habría dejado llevar por las baladronadas, amparándose en la debilidad del modelo de relaciones por el que optó la diplomacia de Zapatero con el solo propósito de marcar distancias con la de Aznar. En lugar de acelerar este bucle cada vez más vertiginoso, parece llegado el momento de que la diplomacia española amplíe el foco de sus preocupaciones y, a continuación, vuelva a marcarse un rumbo propio en función de sus intereses. Y ello, con independencia de los gestos de Rabat.


El País - Editorial

sábado, 4 de diciembre de 2010

El enemigo impropio. Por Edurne Uriarte

Tras el enésimo papelón del Gobierno respecto a Marruecos, ayer, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, la pregunta de las últimas semanas se repite. Por qué. Por qué un político como Rubalcaba se pone en evidencia unas horas después de las amenazas de Marruecos y en vísperas de la marcha marroquí sobre Ceuta afirmando que las relaciones con Marruecos se han mejorado y reforzado desde que Zapatero llegó al poder.

A falta de un Wikileaks que nos revele algún día secretos inconfesables de esta curiosa relación de amor no correspondido entre nuestro entregado Gobierno y el marroquí, hay una explicación más sencilla. Que no es, ciertamente, lo de la relación estratégica, que también repetía ayer Rubalcaba, pues igualmente lo es la de Estados Unidos y no le importó a Zapatero cuestionarla cuando Bush mandaba. Se trata más bien de la definición de amigos-enemigos realizada por Zapatero cuando estaba en la oposición que no ha querido ni ha podido cambiar. El enemigo era la derecha nacional y el amigo, cualquiera que hubiera tenido problemas con el enemigo. Aunque fuera un régimen autoritario como el marroquí.


Así lo ha entendido Marruecos y por eso organizó hace unos días una manifestación contra el PP y no contra España o contra el Gobierno. Porque, en cuestión de amigos y enemigos, Zapatero se ha explicado, al parecer, muy bien.

Sólo esta ofuscación ideológica en clave nacional puede explicar la persistencia de los socialistas en el error. Pues el balance de la estrecha amistad socialista marroquí es evidente para todos. Agresividad creciente del Gobierno marroquí contra España y escalada de provocaciones sobre Ceuta y Melilla.

Menos mal que «tenemos» una relación de confianza y podemos influir en Marruecos, como dijo Zapatero. Olvidó especificar que el «tenemos» se refería exclusivamente a él y a su partido, no a España.


ABC - Opinión

viernes, 3 de diciembre de 2010

Ya está bien con Rabat

Tras varios días de manifestaciones, agitadas y financiadas por Rabat, contra dirigentes políticos españoles del PP, de insultos y expulsiones de varios periodistas españoles, de amenazas a turistas españoles y, finalmente, de campañas en la Prensa oficialista contra España, el Gobierno marroquí dio ayer un paso más hacia la provocación y el chantaje que sobrepasa los límites admisibles de una buena vencindad. Por un lado, convocó para el próximo sábado una «marcha de liberación» -referencia directa a la «Marcha Verde» de hace 35 años- sobre la ciudad de Ceuta para reclamar el fin de la «ocupación española». Y, por otro, el ministro de Comunicación y portavoz gubernamental, Jalid Naciri, anunció que Marruecos «reevaluará el conjunto de sus relaciones con España» a tenor de las últimas «circunstancias». Naciri se refiere a la declaración institucional aprobada ayer por el Congreso, en la que se condena la violencia en el desalojo del campamento saharaui de El Aaiún. Resulta del todo inaceptable e intolerable la actitud chulesca de un régimen semifeudal que viola sistemáticamente los derechos humanos más elementales y que ni siquiera sabe apreciar el esfuerzo del Gobierno español por mantener las buenas relaciones con gestos tan elocuentes como haber impedido que se cite a Marruecos en la declaración del Congreso, haber evitado una mayor dureza en la condena del Parlamento Europeo o contener a un amplio sector de la izquierda que está reclamando más contundencia contra Rabat. Nada de todo esto, como tampoco la paciente actitud de la sociedad española, parece bastarle al régimen alauita. Sus amenazadoras declaraciones, que preceden al enésimo chantaje sobre Ceuta y Melilla, no pueden quedar sin respuesta. Es posible que sea España la que, a la vista del matonismo político del Gobierno de Mohamed VI, deba replantearse sus relaciones. Rabat parece despreciar el hecho de que en nuestro país se ganan la vida y disfrutan de las libertades democráticas más de un millón de súbditos marroquíes. También parece ignorar dónde se encuentra la puerta de entrada a Europa, única vía de progreso económico para una sociedad depauperada y con grandes diferencias de clase. Y es evidente que no sabe valorar en su justa importancia la ecuanimidad con que la sociedad española acoge, trata y considera al pueblo marroquí. Si lo que pretenden los levantiscos servidores del monarca alauita es irritar a la opinión pública española y reavivar recelos que estaban superados, lo están consiguiendo con su demagogia irresponsable y su prepotencia feudal. Es evidente que los paños calientes, las cesiones y los miramientos diplomáticos que el Gobierno de Zapatero ha empleado desde que estalló la crisis sólo han servido para envalentonar a Mohamed VI y sus validos, que se han instalado en el chantaje y la amenaza permanentes ante unos gobernantes españoles que consideran débiles, erráticos y acomplejados. El presidente español está obligado a enviar al otro lado del Estrecho, sin demora, un mensaje inequívoco y contundente. Y si para ello necesita el apoyo de la oposición, que lo pida, que se lo dará.

La Razón - Editorial

Marruecos: nuestro enemigo, no el de Zapatero

Del mismo modo que la diplomacia marroquí emplea todo lo que tiene para chantajearnos, España debería hacer lo mismo. El primer paso, y el más evidente, sería volcarnos de nuevo hacia Argelia, el vecino que más daño puede hacer a Marruecos.

La diplomacia es en parte retórica, y seguramente todos los embajadores estadounidenses cuyos cables poniendo a caldo a dirigentes extranjeros se han hecho públicos se deshacían en elogios de todo tipo hacia esos mismos políticos a los que despreciaban. De ahí que sea razonable que, en circunstancias normales, cualquier Gobierno de España no deje de hablar de la buena relación que nos une con nuestros vecinos del sur y de lo bien que nos tratan y los tratamos. Pero una cosa es decirlo y otra creerlo. Y todo apunta a que Zapatero se lo cree.

No hay nada más peligroso para un país que los que tiene alrededor, y cualquier ciego vería que Marruecos, una teocracia que no respeta los derechos humanos, es el vecino del que tenemos que preocuparnos. Además, nuestras obligaciones para con los saharauis, que no con el Polisario, nos obligan a un enfrentamiento permanente con el reino alauita. Su avezada diplomacia nos ha chantajeado con todo: derechos de pesca, emigración, narcotráfico, presión sobre Ceuta y Melilla; así nos ha neutralizado mientras cultivaba sus relaciones con Estados Unidos y Francia. Se ha salido con la suya en casi todo durante las últimas décadas exceptuando Perejil, un episodio del que, naturalmente, se carcajean los mismos progres que se desgañitan por el Sahara.


Zapatero y los suyos vienen de donde vienen, de esa misma cultura política que apoya al Polisario más que al Sahara. Pero cuando la ideología ha quedado reducida a retazos, a meros apoyos a distintos grupos con intereses muchas veces incompatibles entre sí, alguno ha de quedar al final damnificado. Y por la fe en que iríamos tirando afrontando las relaciones internacionales desde la debilidad y el sectarismo, el buen rollito y la alianza de civilizaciones, el cortoplacismo y el evitarse problemas, es por lo que el Sahara ha sido abandonado en el camino.

El sultán es consciente de que ningún otro Gobierno de España pasado, presente o futuro ha tratado a Marruecos tan bien. De ahí que tras haber medido mal las consecuencias de sus crímenes contra los saharauis, su reacción sea montar manifestaciones contra el PP. Sabe que a Zapatero nada le aterra más que tener que enfrentarse con cualquier problema que pueda perjudicar a su imagen o a sus expectativas electorales. Así que actúa con total descaro y sin preocuparse de unas consecuencias que sabe inexistentes.

Las relaciones internacionales deben llevarse con cabeza. Tampoco sería excesivamente útil, aunque sí mucho más satisfactorio, empezar a decir en público lo que cualquiera con dos dedos de frente pensaría de Mohamed VI. Pero del mismo modo que la diplomacia marroquí emplea todo lo que tiene para chantajearnos, España debería hacer lo mismo. El primer paso, y el más evidente, sería volcarnos de nuevo hacia Argelia, el vecino que más daño puede hacer a Marruecos. Pero Zapatero no va a abandonar su buenrrollismo, por más que eso suponga apoyar a un régimen infame que apalea y expulsa a nuestros periodistas. Sabe que las relaciones internacionales no le harán perder votos, a no ser que se las pueda vincular a un problema nacional. De modo que, como en tantas otras cosas, nada hará que favorezca los intereses de España. Para los saharauis, como para los españoles, lo mejor que puede pasar es que abandone su cargo lo antes posible.


Libertad Digital - Editorial

lunes, 22 de noviembre de 2010

Dificilísimo. Por Ignacio Camacho

La desastrosa cadena de errores del zapaterismo en el conflicto del Sahara solo admite comparación con la de la crisis de 1975.

RESOLVER el contencioso del Sahara es, en efecto, muy difícil, como ha diagnosticado con aguda clarividencia —¡cráneo previlegiao!, que decía Valle— el presidente Zapatero en sus primeras palabras públicas al respecto desde los incidentes de El Aaiún, pero mientras se encuentra una fórmula de solucionarlo conviene no estropear más lo que ya está suficientemente embrollado. Eso, complicar una situación de por sí muy enredada, es lo que ha hecho el Gobierno español bajo su augusta presidencia al transformar la actitud de ambigüedad pasiva de sus predecesores en una abierta toma de posición a favor del expansionismo marroquí y su política de hechos consumados, desequilibrando la ya desfavorable relación de fuerzas que soporta la causa saharaui y mostrándose connivente con una manifiesta violación de los derechos humanos. La cadena de errores cometidos por el zapaterismo en apenas dos semanas es tan desastrosa que solo admite comparación con la que cometió el franquismo terminal durante la crisis de 1975. Y con el mismo resultado, por cierto: la consolidación de factode los intereses de Marruecos, respaldados por Estados Unidos, sobre un territorio que el derecho internacional no le ha adjudicado.

Esa serie de despropósitos —descoordinación diplomática, anuencia con la brutalidad represiva marroquí, conchabamiento público de los ministerios de Interior, amedrentamiento expreso ante las amenazas veladas del sultanato, tolerancia y cooperación con la censura de prensa, desprecio hacia el Polisario y renuncia al ejercicio del papel de referencia de España como antigua potencia metropolitana— no sólo ha liquidado la credibilidad española para mediar en el conflicto sino que ha triturado la maltrecha coherencia de la política exterior zapaterista al chocar frontalmente con los principios retóricos que la sustentaban. El presidente ha vulnerado su propia doctrina internacional, la que aplicó con tanto éxito electoral en la guerra de Irak, poniéndose de parte de quienes atropellan con victoriosa arrogancia la legalidad de la ONU. Y ha volteado la tradicional simpatía prosaharaui de la izquierda, culminando un vertiginoso giro pragmático de su política que empezó con la forzosa aceptación del ajuste fiscal y económico. En pocos meses Zapatero ha completado una enmienda a la totalidad de sí mismo, simbólicamente atornillada con el sumiso visto bueno a un atropello flagrante, violento y unilateral que su antiguo avatar de progresismo buenista no habría dudado en condenar como un atentado inaceptable, y que ahora ha aceptado sin una mala palabra, siquiera de consuelo humanitario, para la causa bruscamente abandonada.

Sí, el problema del Sahara es «dificilísimo», pero ahora está peor que antes. Y lo está porque quienes no lo saben arreglar muestran además una excelente disposición para agravarlo.


ABC - Opinión

domingo, 21 de noviembre de 2010

Uno. Por Alfonso Ussía

El Gobierno de Marruecos ha reaccionado después de los enérgicos rapapolvos de Rubalcaba y Trini. Y para demostrar su respeto al derecho de información, opinión y expresión, ha autorizado a dos periodistas españoles a entrar en el Sáhara. Rubalcaba ha aplaudido la medida calificándola de «un primer paso» hacia la normalidad informativa. Sólo dos periodistas de medios españoles. En realidad, uno. Porque el corresponsal de «El País», por lógica, será un corresponsal de Rubalcaba. No lo escribo con ánimo de crítica, sino como consecuencia de la trayectoria del periódico gubernamental, último clavo con el que cuenta el Gobierno socialista para esquivar el desastre que se le viene encima. Mi respeto al sentido de la libertad del diario «El Mundo» es absoluto. Pero por muy buena corresponsal que sea Ana Romero, le van a faltar ojos, y manos y sensaciones para conseguir cubrir en soledad la tragedia sahariana y saharaui.

Póngase en otro escenario. En similares circunstancias, un Gobierno del Partido Popular se humilla ante Marruecos. Su ministro de Asuntos Exteriores aguanta una rueda de prensa en la que su colega de una dictadura coronada insulta a los medios de comunicación españoles sin replicar al cónsul del tirano. Posteriormente, otro enviado de Mohamed convence al ministro del Interior de que todo lo que se ha dicho y escrito es mentira, y que en prueba de buena voluntad, se va a permitir la entrada en el Sáhara a dos periodistas españoles. Uno de «El Mundo», y otro de La Razón «ABC» o «La Vanguardia». Y para colmo, el ministro califica esa media con optimismo y satisfacción, considerándola un «primer paso». ¿Se figuran los lectores la reacción de los de Prisa?


«El Mundo» ha criticado la medida, y a pesar de la indignación del resto de los medios, enviará a su corresponsal. Entiendo su decisión. Al menos llegará a España la noticia diaria del Sáhara de la prensa independiente, no sólo de la prensa independiente de la mañana, que en palabras del inolvidable Santiago Amón no es más que eso, la prensa que se independiza de la mañana. Para el resto de los periódicos, con La Razón en primera fila, «el primer paso» es una burla más del Gobierno marroquí al «acojonaíto» Gobierno de España, además de un lacerante agravio comparativo. Ni Fidel Castro se hubiera atrevido a tan ridícula propuesta. «De acuerdo, que informen, pero sólo un periodista», en el caso que nos ocupa, una periodista del diario «El Mundo». Trabajo tiene por delante. Y además se sentirá continuamente vigilada, molestada y trampeada por el rígido sistema policial impuesto por el que convence a Rubalcaba. Mejor uno que ninguno, y en ésas estamos.

Pero considerar tamaña desfachatez como «un primer paso» se me antoja una desfachatez mayor. Este Gobierno nuestro ha perdido completamente los fondos y las formas. No estamos lejos de las depuraciones. El Gobierno cuenta con el apoyo incondicional de poderosos medios de comunicación que se dedican a señalar a periodistas libres con el dedo acusador del poder establecido. Medios castristas dirigidos por el ultracapitalismo de izquierdas, que ya me dirán ustedes en qué consiste.

Feliz estancia a Ana Romero, de «El Mundo», en El Aaiún. En su soledad, no podrá con todo. Bastante tendrá con intentar esquivar a quienes estarán las veinticuatro horas del día siguiendo sus pasos o sus sueños. Pero mejor algo que nada. La libertad, en manos de una periodista. El «primer paso».


La Razón - Opinión

De la irresponsabilidad a la complicidad con Marruecos

Si el Presidente del Gobierno u otras altas instituciones tienen algún peaje que pagar al sátrapa norteafricano es su problema. Que encuentren algún otro modo de agradecer lo que hayan recibido de aquél régimen.

La increíble inacción del actual Gobierno de España ante las agresiones intolerables de Marruecos contra la población de un territorio sometido a nuestra tutela por mandato de la ONU, está convirtiendo a nuestro país en cómplice necesario de los delitos contra la legalidad internacional y los derechos humanos que Mohamed VI está llevando a cabo impunemente fuera de sus fronteras.

El papelón de los socialistas en este trágico episodio que está cubriendo de vergüenza a nuestro país no tiene parangón en la izquierda de cualquier otro país civilizado, donde hasta los socialistas anteponen la dignidad nacional a su perversa ideología.

En España, lamentablemente, tenemos a la izquierda más propensa a la traición del panorama occidental, como están comprobando en sus carnes los españoles de origen saharaui que, para mayor escarnio, todavía deben recordar a los mismos que ahora les entregan a las armas marroquíes bramando en la plaza pública por sus derechos cuando estaban en la oposición.


Con una contumacia que entra ya directamente en el terreno de lo delictivo, el Gobierno de Zapatero se niega siquiera a denunciar a un país que agrede a los ciudadanos de un territorio sobre el que, en contra de lo que afirman los socialistas de todo pelaje repitiendo la consigna promarroquí, España sí tiene una clarísima responsabilidad en tanto nación comisionada por la ONU para hacer cumplir su mandato descolonizador.

Trinidad Jiménez, que se está revelando para asombro de todos como muy capaz de superar a su aturdido predecesor en el terreno del ridículo, debería defender la necesidad de hacer cumplir las resoluciones de la ONU que obligan a España a convocar un referéndum de autodeterminación en el Sáhara. Hasta tanto no se sustancie ese proceso democrático, la obligación de nuestro país es impedir que Marruecos utilice ese territorio como una posesión más en la que imponer el totalitarismo propio de esa dictadura.

Si el Presidente del Gobierno u otras altas instituciones tienen algún peaje que pagar al sátrapa norteafricano es su problema. Que encuentren algún otro modo de agradecer lo que hayan recibido de aquél régimen, pero, por dignidad, que terminen ya de mercadear con la sangre de unas personas que, hasta hace muy poco, eran tan españoles como Zapatero y su ministra de exteriores.


Libertad Digital - Editorial

sábado, 20 de noviembre de 2010

Sahara Occidental. España sí es responsable. Por Carlos Ruiz Miguel

España es la potencia administradora del Sahara Occidental. España es responsable. Y precisamente por eso, España debe exigir un referéndum de autodeterminación del territorio.

La crisis actual en el Sahara Occidental tiene un primer responsable directo: el Gobierno marroquí. Pero eso no exime de investigar qué otras responsabilidades existen.

La nueva ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, ha dicho que "España no tiene responsabilidades en el Sahara Occidental". Lamento decir que miente. España sí, tiene responsabilidades.

El primer dato que conviene tomar en consideración es que desde 1960 España empezó a informar a Naciones Unidas sobre el Sahara Occidental. Antes de que Argelia fuera independiente. A partir de 1966, las Naciones Unidas han exigido a España, como potencia administradora del Sahara Occidental, que celebre un referéndum de autodeterminación. Antes de que naciera el Frente Polisario en 1973.

España confeccionó en 1974 un censo para celebrar el referéndum exigido. Ese referéndum se suspendió a petición de Naciones Unidas hasta que el Tribunal Internacional de Justicia decidiera si este procedimiento era el exigible o si bien habría que proceder a una entrega del territorio a Marruecos y Mauritania. El Tribunal Internacional de Justicia dejó claro como el agua que la descolonización del Sahara Occidental debía hacerse mediante un referéndum de autodeterminación entre las poblaciones originarias del territorio. Por tanto, no dicen la verdad Moratinos antes y Trinidad Jiménez ahora cuando afirman que la autodeterminación puede hacerse "de otra manera" si así lo aprueban las partes.


Una vez pronunciado el Tribunal, no había excusas para que España celebrara el referéndum. Sin embargo, Marruecos chantajeó a España y, mediante los acuerdos de Madrid, el Gobierno español quiso desligarse de sus responsabilidades. Ese intento no ha sido reconocido por Naciones Unidas. El dictamen del asesor jurídico de Naciones Unidas de 29 de enero de 2002 no deja lugar a dudas: "El Acuerdo de Madrid no transfirió la soberanía sobre el Territorio niconfirió a ninguno de los signatarios la condición de Potencia administradora, condición que España, por sí sola, no podía haber transferido unilateralmente". O sea, que España sigue siendo potencia administradora aunque no tenga el control efectivo del territorio.

La situación no es nueva ni tampoco presenta problemas insolubles. Lo mismo le aconteció a Portugal cuando Indonesia invadió su colonia de Timor Este. Cuando Portugal decidió asumir las responsabilidades que le incumbían como potencia administradora la descolonización de Timor Este se aceleró y hoy es un Estado independiente miembro de Naciones Unidas. Indonesia, Naciones Unidas y Portugal, cada uno por su parte, tenía responsabilidades. Pero la responsabilidad mayor fue la de Portugal. Y el haberla asumido dio a Portugal respetabilidad como Estado.

España es la potencia administradora del Sahara Occidental. España es responsable. Y precisamente por eso, España debe exigir un referéndum de autodeterminación del territorio; y precisamente por eso, España debe condenar cualquier atentado al bienestar de una población sobre la que la Carta de las Naciones Unidas le hace responsable; y precisamente por eso, España no puede firmar acuerdos pesqueros que supongan un expolio de la riqueza de la colonia en beneficio del ocupante; y precisamente por eso, el Gobierno de España no puede permitir que empresas españolas (como FMC Foret con los fosfatos o Jealsa con la pesca) expolien los recursos naturales.

Es cierto que al no tener la presencia efectiva en el territorio, España hay cosas que no puede hacer. Pero hay muchas cosas que sí puede hacer. Y el Gobierno de España es responsable si no hace lo que puede y debe hacer.


Libertad Digital - Opinión

viernes, 19 de noviembre de 2010

Sahara Occidental. El tío de la pistola. Por Emilio Campmany

Aquí hay otros intereses más prosaicos y menos generales que proteger. Y Dios y Anson sabrán por qué han de emplearse en defenderlos el Gobierno, el Rey y él mismo.

El asalto al campamento saharaui levantado en las afueras de El Aaiún ha tenido la virtud de hacer que la prensa española contara lo que realmente es Marruecos. Lo que no consiguieron los intentos de entrar ilegalmente por la fuerza en Ceuta y Melilla, la humillación a las agentes españolas de servicio en la frontera o el homicidio de un adolescente saharaui, lo ha hecho la brutalidad con la que se han empleado las fuerzas del sultanato en el Aaiún.

Naturalmente, a la mayoría tan sólo les ha preocupado la aparatosa y torpe violación de los derechos humanos que los marroquíes han llevado a cabo en las carnes de la población saharaui. Sin embargo, tales atropellos se vienen produciendo desde hace más de treinta años. Ocurre que ahora lo han hecho tan burdamente que nadie, salvo el Gobierno español, ha podido seguir haciéndose el distraído.


Pero más allá de esas vergonzosas violaciones, la cuestión es, ¿por qué nuestro Gobierno y nuestro Rey han de doblar una y otra vez la cerviz ante el sátrapa marroquí? Luis María Anson nos explicó el martes que hay que llevarse bien con "la Monarquía de Mohamed VI", que reconoce que está "en los aledaños de la dictadura", para evitar que Marruecos caiga en manos del fundamentalismo islámico. Este argumento es una sandez. Vale para llevarse bien con cualquiera, pues siempre es posible imaginar a alguien peor que pudiera sucederle. Ocurrió con Hitler, que fue considerado útil para frenar el avance del comunismo y desencadenó una guerra mundial. Y ocurrió con Stalin, que fue tenido por una herramienta para acabar con el fascismo y lo que hizo fue someter a toda Europa Oriental. Y nosotros lo hacemos con Mohamed VI con la excusa de que sirve para conjurar el terrorismo islámico. Patrañas. Aquí no hay una sutil diplomacia encargada de desenvolver una complicada estrategia arduamente diseñada para defender intereses generales de los españoles. Aquí hay otros intereses más prosaicos y menos generales que proteger. Y Dios y Anson sabrán por qué han de emplearse en defenderlos el Gobierno, el Rey y él mismo.

Hay múltiples pruebas de lo que afirmo, pues todas las humillaciones a las que voluntariamente nos venimos sometiendo desde que Zapatero nos malgobierna son gratuitas e innecesarias. Ahora, voy a llamarles la atención sobre la penúltima. Si observan la foto de portada de El Mundo de este miércoles, verán en primer plano el severo perfil de un escolta del ministro del Interior marroquí mientras Rubalcaba y Taib Cherkaui departen amigablemente en la antesala del despacho del ministro. ¿Qué hace ahí ese tío? Si es del servicio de seguridad marroquí, llevará pistola, pues si no ¿de qué serviría? ¿Cómo es que se permite que un hombre armado, que no pertenece a las fuerzas de seguridad españolas, acceda hasta el despacho de nuestro ministro del Interior. ¿Se imaginan a un escolta de un mandatario extranjero acompañar a su jefe hasta el despacho oval de Obama? ¿Creen que a los guardias civiles que escoltan a Rubalcaba en sus viajes a Rabat se les permite acceder hasta el despacho de Cherkaui?

Si el ministro del Interior marroquí no se fía de la seguridad que le puedan prestar los guardias civiles de servicio en nuestro ministerio, las reuniones con Rubalcaba deberían ser en un lugar neutral al que cada uno acudiera con su propia seguridad. Todo es sencillamente indignante.


Libertad Digital - Opinión

jueves, 18 de noviembre de 2010

Foto de camello con faisán. Por Hermann Tertsch

Rubalcaba y Taib Cherkaui se entienden. Hablan el mismo idioma. Y tienen intereses comunes. Quizás demasiados.

HAGAN memoria. A ver, a bote pronto, ¿cuántas fotografías históricas recuerdan de un encuentro entre dos políticos o estadistas que se revelaría como una cita aciaga para terceros, con trágicas consecuencias? Tenemos decenas del siglo XX europeo en la retina. No voy a citar ninguna para no quitarle enjundia a la que se hicieron juntos los ministros del Interior de España y Marruecos en Madrid el martes. Nos muestra a dos políticos grises —gris oscurantista— en escena de sofá ministerial, con aspecto serio y competente —«meaning business»—. Dedicados a sus negocios, en sentido estricto. Sabemos que están hablando de nosotros, de la opinión pública española. También algo de los saharauis. Y todo hace suponer que a ambos les preocupa más la primera que los segundos. Los dos ministros, Alfredo Pérez Rubalcaba y Taib Cherkaui, se entienden. Hablan el mismo idioma. También el mismo lenguaje. Y tienen intereses comunes. Quizás demasiados. ¿Por qué esta tremenda comunión en un momento de evidente conflicto entre la razón de Estado de la monarquía alauí y los principios democráticos de la democracia española, entre ellos la defensa de los derechos humanos? Las sospechas pueden llevar muy lejos. Claro está que se han propuesto estar de acuerdo. El ministro del Interior marroquí asegura que todo lo sucedido en el campamento saharaui y en El Aaiún fue muy distinto a lo relatado por las víctimas saharauis y los pocos observadores que evitaron la caza y expulsión por parte de la policía de Rabat. El ministro español asegura que cree a su colega. Y confía en que la policía marroquí se investigue a sí misma. Reunión armónica entre amigos.

El problema radica en que no les creemos. Si no fuera así, el cambalache sería perfecto. El silencio y la paz —de los cementerios— se impondrían, así en nuestras relaciones como en el desierto. Pero mal que les pese, no se les cree. Dos maestros de la ocultación se ponen de acuerdo en la versión más inverosímil de unos hechos imposibles de contrastar. Uno se ha encargado de vetar a los testigos potenciales y aterrorizar a los existentes. Y el otro acepta y defiende su versión, descalifica a los que la contradicen y acata implícitamente el derecho marroquí a decidir quién nos cuenta a los españoles los hechos. Al marroquí cabe decirle que si tan terrible fue el trato dispensado a su aguerrida gendarmería por miles de mujeres y niños y unos hombres armados de piedras y algún cuchillo, fue un inmenso error por su parte no haber llevado testigos independientes a mansalva. Para dejar claro que, como asegura, el campamento de familias saharaui era gran guarida del crimen organizado y cuartel general de Al Qaeda. Lo cierto es que la foto de los dos especialistas en sombras, silencios y desinformación —el del GAL y del Faisán y el de los muertos, desaparecidos o torturados en El Aaiún— no solo es siniestra. Es contraproducente. No presta ningún servicio a los intereses de España, ni siquiera a los de Marruecos. La democracia reformista marroquí se revela como una cruel satrapía que se enfanga más si cabe. Y el Gobierno democrático español aparece como cómplice necesario en la ocultación de crímenes de estado. Y nos advierten, —Rubalcaba, Jáuregui, Jiménez— que si no nos tragamos su historia y condenamos lo intolerable, la seguridad de los españoles, a la que tanto ayuda Marruecos, puede verse mermada. Si esto no es una amenaza, convendría que cuanto antes los ministros reformulen el planteamiento. Porque lo parece. Y las sospechan podrían dispararse.

ABC - Opinión

Sahara Occidental. El PSOE y el Polisario. Por Cristina Losada

Desde el repudio a la política exterior de Aznar, Zapatero optó por relajar la tensión necesaria y, para coronar la insensatez, mostró a Estados Unidos que no era un aliado fiable, privándose así de su influencia sobre el régimen marroquí.

Los socialistas han querido hacer el trayecto político de Tinduf a Rabat sin sufrir ningún percance. Sin que se notara. Pretendían sostener con una mano las banderas del Frente Polisario mientras le daban la otra a Mohammed VI. Cierto que mantener dos posiciones incompatibles no resulta un ejercicio novedoso en política. Pero, a la larga, se revela insostenible. Los violentos incidentes en El Aaiún han colocado al PSOE ante sus contradicciones y ante las consecuencias de una conducta irresponsable como la que representaba la actual ministra de Exteriores desde la oposición a Aznar. Entonces, Jiménez exigía, en encendidas arengas, que el Gobierno removiera el mundo para dar satisfacción al derecho a la libre autodeterminación del pueblo saharaui. Y proclamaba en un acto de apoyo al Polisario: "Desde luego, nuestro compromiso lo vais a tener y, sobre todo, nuestro apoyo, nuestra colaboración y nuestra solidaridad". Nada, ay, es para siempre.

Lejos de aquel lenguaje de agit-prop, y aún más lejos de la promesa de acompañar al Polisario "hasta la victoria final" que formuló en Tinduf un joven González, los socialistas se han puesto ahora traje de Gobierno adulto. Están desconocidos. Así, apelan a la responsabilidad, a la prudencia y a la necesidad de conocer los hechos con propiedad antes de pronunciarse. A normas, en fin, que son muy razonables, pero que jamás cumplen cuando "los hechos" involucran a alguno de sus países non gratos. Ahí, primero condenan y luego, si acaso, preguntan. Todo un contraste con los modales que emplean con tal de no incomodar a Rabat. Ni siquiera han sido capaces de emitir el clásico pronunciamiento que a nada compromete, pero salva la cara, que es lo que ha hecho Francia, principal aliada y valedora de Marruecos.

Cualquier Gobierno español se ve abocado a un papel difícil a fin de conllevar las buenas malas relaciones con el vecino del Sur. Desde el repudio a la política exterior de Aznar, Zapatero optó por relajar la tensión necesaria y, para coronar la insensatez, mostró a Estados Unidos que no era un aliado fiable, privándose así de su influencia sobre el régimen marroquí. Como remate, ha tenido que darle la espalda, de un modo ya ostensible y grosero, a esa "causa saharaui" a la que su partido había prometido lealtad. Ha llegado al final del trayecto. No se podía estar, a la vez, con el sultán y con el Polisario, y se está con el sultán.


Libertad Digital - Opinión

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Temores. Por Eduardo San Martín

El Sáhara no es Irak, pero pasará factura al Gobierno.

Puestos a creer, ¿en quién deberíamos depositar nuestra fe? ¿En el ministro de un gobierno que muestras fotos y videos de supuestas agresiones pero impide la información libre de esos acontecimientos e insulta, detiene y veja a quienes tratan de obtenerla; o a una joven canaria que ha escapado del infierno, sin otra arma que la cámara oscura de su retina, y relata con la fuerza expresiva de quien dice verdad la historia del asalto violento y desproporcionado de un campamento pacífico y el pogromo organizado contra la población autóctona de la capital saharaui? Hasta en el PSOE saben que el veredicto de la opinión pública no puede ser más que uno.

La contumacia del Gobierno, que se obstina en evitar cualquier pronunciamiento molesto contra los agresores, debe obedecer a razones muy poderosas. Que no pueden ser las que explica en público. Nadie discute que España está obligada a mantener buenas relaciones con Marruecos. Lo que se objeta es que se pague cualquier precio por hacerlo. Esas contundentes razones deben justificar también que Rubalcaba recibiera ayer al ministro de los videos y las fotos; una visita que le desaconsejaban desde sus propios aledaños mediáticos. ¿A qué tiene miedo el Gobierno?

Marruecos se comporta con el desparpajo de quien se sabe aliado preferente de EE.UU., Francia y España; y juega al ratón y al gato con el socio menor de esa alianza estratégica, porque los contenciosos existentes entre ambos hacen la función, como en todo régimen autoritario, de argamasa interna. Marruecos tensa la cuerda lo justo porque sabe que arriesgaría mucho en un choque abierto con España. Y el gobierno español, como paralizado por el temor, acepta la relación en esos términos. El Sáhara no es Irak, pero pasará factura.


ABC - Opinión

Sin discurso. Por Edurne Uriarte

El Sahara destruye el discurso que Zapatero construyó sobre política internacional precisamente a partir de su interpretación de Irak.

Como José María Aznar perdió el apoyo de una parte de sus votantes a su política internacional por las decisiones respecto a Irak, de la misma forma está perdiendo Zapatero el apoyo de sus votantes a su política internacional por las decisiones respecto al Sahara. Por razones completamente diferentes, eso sí. Porque Aznar quería hacer una política basada en los principios, la defensa de la libertad, a costa de sacrificios que muchos españoles no estaban dispuestos a asumir. Y porque Zapatero ha sacrificado sus principios para hacer una política de defensa de intereses que muchos españoles no acaban de entender.

El Sahara destruye el discurso que Zapatero construyó sobre política internacional precisamente a partir de Irak o a partir de su interpretación de Irak. Aquello de los derechos humanos, del pacifismo, de la legalidad internacional, de Naciones Unidas. De los principios, diferentes a los de Aznar, pero principios al fin y al cabo que Zapatero decía sostener. Principios cuya aplicación práctica sus votantes han entendido con dificultades, cuando Zapatero ha hecho en Afganistán lo mismo que Aznar en Irak. Y que no han entendido en absoluto, cuando el Gobierno los ha dejado completamente a un lado para apoyar a Marruecos. En contra de los derechos humanos, de la legalidad internacional y de Naciones Unidas.

Por eso se quedó ayer sin palabras hasta el gran comunicador Rubalcaba. En la rueda de prensa que no quiso convocar y que no tuvo más remedio que convocar, cuando un periodista le preguntó si el Gobierno persistía en su actitud de no condenar a Marruecos. «No hemos hablado de eso», respondió Rubalcaba.

Media hora antes, también se quedó sin palabras Trinidad Jiménez en el Senado: «No consideramos los datos fehacientes, tenemos que esperar», «No debemos especular», «No podemos reaccionar ante opiniones».
Es decir, nos hemos quedado sin discurso.


ABC - Opinión

Rubalcaba y el Sáhara: rueda de prensa para olvidar. Por Antonio Casado

El vicepresidente del Gobierno y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba -en rueda de prensa posterior al encuentro con su colega marroquí, Taib Cherkaui-, y la ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez -en el Senado-, se acogieron a las generales de la ley: confianza mutua entre países vecinos y amigos. Los amigos se hablan con “sinceridad” y con “claridad”, según previa declaración de principios que no ayuda a moverse entre la niebla de un asunto tan sórdido.

A todos los efectos, el Gobierno de Marruecos se convierte en la primera y principal fuente de información del Gobierno de España para conocer lo ocurrido en el asalto policial al campamento de Gdeim Izik. Allí se instaló hace varias semanas como protesta social de los saharauis de El Aaiún por las malas condiciones de vida que llevan en su propia tierra, gobernada de hecho -sin ningún título de soberanía- por Marruecos.


Por lo tanto, y salvo que el ministro marroquí le haya contado a Rubalcaba algo distinto de lo que luego contó en vehemente y multitudinaria rueda de prensa, el Gobierno de España da por bueno que la intervención de las fuerzas marroquíes fue “pacífica”; que la muerte del ciudadano español Baby Hamday Buyema,se debió a un atropello accidental, y que los policías marroquíes fueron agredidos “brutalmente” al intentar rescatar a ciudadanos inocentes “secuestrados” por “milicias armadas” que se habían adueñado del asentamiento.
El Gobierno da por bueno que la intervención de las fuerzas marroquíes fue “pacífica”; que la muerte del ciudadano español Baby Hamday Buyema se debió a un atropello accidental, y que los policías marroquíes fueron agredidos “brutalmente”.
¿Seguro que el Gobierno español da por buena esta versión? La pregunta, formulada de tres o cuatro maneras distintas (“¿Se lo cree el Gobierno?”, “¿Se lo cree usted?”, se le preguntó a Rubalcaba) no tuvo respuesta. Visiblemente incómodos en la doctrina oficial, tanto Trinidad Jiménez frente al senador Juan Van Halen (PP) como Pérez Rubalcaba frente a los periodistas se remitieron a la versión de Marruecos. Hasta el punto de hacer aún más insoportable la sensación de desfallecimiento en una cuestión de principios. Como si se hubiese renunciado al deber de conjugar intereses con valores, que es propio de un gobernante. La derrota de los valores es, en este caso, clamorosa.

Si la percepción de nuestra opinión pública sobre los sucesos de estos días no coincide con la versión expuesta ayer en Madrid por el ministro Cherkaui, no impugnada por Rubalcaba ni por Jiménez, se debe a que la prensa española los ha “tergiversado” con el propósito de “denigrar a Marruecos”. Ni disparos, ni genocidio, ni violación de derechos humanos, como han informado los periodistas españoles, sino una “intervención completamente pacífica en el marco del respeto a la ley y bajo la supervisión de los jueces”, del que solo se ha derivado la muerte de diez agentes marroquíes y la del ciudadano español atropellado por un coche policial.

Y si se hubiera cometido algún exceso por parte marroquí, o quedase algún cabo suelto de difícil explicación en el relato “detallado” y “minucioso”del ministro Cherkaoui, no tenemos más que pedir una investigación suplementaria y el Gobierno marroquí la hará encantado, según declaró ayer el ministro Rubalcaba en una rueda de prensa para olvidar. Nos dejó un amargo sabor de boca.


El Confidencial - Opinión

Fechas. Por Alfonso Ussía

España, empujada por Marruecos, Francia y los Estados Unidos, abandonó el Sahara en 1976. Para el portavoz del PSOE, don Marcelino Iglesias, aquello sucedió en 1973 o 1974. Es decir, que Franco falleció en 1969 o1970, para ser exactos. El PSOE, en 1982, arrasó en las elecciones generales, si bien podría haberlo hecho en 1980 o 1981, según don Marcelino. Al portavoz de un partido político de la importancia del PSOE no se le puede pedir que aplique con precisión la fecha en la que Alfonso X El Sabio pernoctó por vez primera en el Puerto de Santa María. Tampoco que acierte –a pesar de ser aragonés–, el día en el que Agustina de Aragón merendó con sus padres en Calatayud, y menos aún que sepa con exactitud la fecha en la que Hernán Cortés se vio obligado a desprenderse de su armadura por los picores que le producía un extraño sarpullido epidérmico que le tuvo frito durante una semana en la llanura donde hoy se alza Jalisco o Xalisco, que con la jota y la equis los mejicanos o mexicanos llevan decenios confundiéndonos. El crítico y poeta Ricardo Bada se lo escribió al político Ordaz, que escribía «México» y pronunciaba «Méjico». «Señor licenciado Ordaz:/ si usted lo escribe con equis/ y lo pronuncia con jota,/ ¿por qué no me pide un taji/ a su manera ortodoja?». Presiento que me he ido por las ramas.

Decía que ignorar las fechas en las que se produjeron los anteriormente referidos hechos históricos, no puede ser motivo de crítica ni razón de acusación de incultura. Pero errar en dos y tres años la salida de España del Sahara, tan cercanita ella y con las repercusiones políticas y sociales que dicho abandono han arrastrado hasta la actualidad, merece la exhibición de unas enormes orejas de burro, como las que antaño se usaban en los colegios para burlarse de los alumnos torpes. Se trata de una fecha histórica triste y reciente, y recordarla es obligatorio para todo aquel que quiera presentarse como una persona bien informada, que en un portavoz de partido político se da por hecho, aunque esa responsabilidad venga heredada de Leire Pajín.

Lo que hoy sucede en el Sahara es consecuencia de aquella fecha trágica, el 14 de noviembre de 1975, cuando, con Franco en plena agonía, se firma el Acuerdo de Madrid, por el que España entrega a Marruecos y Mauritania sus territorios saharianos. Y es en 1976, cuando nuestros últimos soldados, arrían la bandera de España y embarcan rumbo a la península dejando una tierra querida que fue provincia española y a un pueblo, el saharaui, que pretendía crear un Estado independiente. Cierto que el Polisario hizo todo lo posible para perjudicar sus propios intereses, entregándose a la todavía URSS y al enemigo natural de Marruecos, Argelia. Por Madrid pululaban sus representantes y saltaban de Bogomolov a Khelladi, los embajadores de la URSS y Argelia, respectivamente, hecho que alarmó sobemanera a los franceses y americanos. El PSOE juró lealtad y ayuda a los saharauis, y en 14 años de gobiernos socialistas no llegó a los abandonados del Sahara ni ayuda ni lealtad. Pocos años atrás, con Zerolo de la mano, Trinidad Jiménez no paró de dar el tostón con la independencia del «Sahara Libre». Ahora está con Marruecos «por razones de Estado». Esta mujer es de lo que no hay. Todo sucedió antesdeayer, aunque Marcelino Iglesias nuble las fechas y se equivoque.


La Razón - Opinión

El Gobierno cree a Rabat

Lo más hospitalario que se puede decir de la visita a España del ministro del Interior de Marruecos, Taib Charkaui, es calificarla de inoportuna. No parece que el principal responsable de las fuerzas policiales que protagonizaron los sangrientos episodios de El Aaiún sea el más indicado ni el más decoroso para explicar lo sucedido con objetividad. Sobre todo si se tiene en cuenta que previamente puso en circulación un video con versiones tan peregrinas como que el campamento saharaui desmantelado albergaba terroristas de Al Qaida. Si a lo que aguardaba el Gobierno español para adoptar una postura nítida y contundente era que se esclareciera la verdad de los hechos, debería haber aplazado esta visita. O si accede a recibir al representante de una parte, está obligado a hacer lo mismo con la otra. Lo que de ningún modo es aceptable es darle credibilidad al mismo que censura a la Prensa y expulsa a los periodistas que pretendían informar verazmente. Sin embargo, el Gobierno sigue empantanado desde que estalló la crisis, hace dos semanas, y cada día que pasa incurre en nuevos despropósitos, incoherencias y ambigüedades. El guirigay de los dirigentes socialistas va en aumento, y al desliz inicial del ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, atribuyendo la soberanía del Sáhara a Marruecos, se han sumado media docena de opiniones dispares, como la de Marcelino Iglesias confundiendo con indolencia las fechas de la «Marcha Verde», los balbuceos de una Trinidad Jiménez claramente sobrepasada por los acontecimientos y la inaudita irrupción de la ministra Sinde exigiendo que sobre este asunto sólo «opinen los expertos», entre los que cuenta naturalmente a sus actores afines. La falta de coordinación, ese mal que parece endémico en los equipos de Zapatero, es el síntoma visible de una política exterior confusa, acomplejada y víctima de unos prejuicios ideológicos que el PSOE arrastra como un pecado original desde que hace tres décadas apoyó al Frente Polisario, sin que entonces primaran los intereses de España sobre los de partido. Por eso, si ya resulta chocante que el estallido del conflicto sorprendiera a la ministra de Exteriores perdida en una visita muy menor a Bolivia, como si este país fuera su prioridad diplomática, lo es aún más que haya ido a remolque de los dictados de Rabat, dando la imagen de que Madrid carece de ideas y reniega de su compromiso moral en el contencioso saharahui. El vicepresidente Pérez Rubalcaba trató ayer de enderezar el desaguisado, no sin antes ser presionado por el PP para que explicara ante la Prensa la entrevista con su homólogo marroquí. Pero es muy dudoso que lo haya conseguido. Al afirmar que la versión oficial de Marruecos, «detallada y minuciosa», refuta las graves acusaciones de los saharauis, Rubalcaba le ha dado carta de naturaleza y verosimilitud a Rabat. También ha sugerido el vicepresidente que el régimen alauita autorizará en breve la entrada y libre circulación de periodistas españoles en el Sáhara. Precisamente por ello, Rubalcaba podría haber esperado a emitir su veredicto absolutorio. Nunca antes la causa saharaui había sufrido en España tal humillación.

La Razón - Editorial