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domingo, 9 de octubre de 2011

"Andalucía y Madrid, controversia sobre la enseñanza". Por Miguel Higueras

Aunque el objetivo de la enseñanza debería ser espolear la curiosidad y guiar al alumno para que descubra lo que quiere saber, su fracaso se calibra en el porcentaje de estudiantes que abandonan sin completar el ciclo académico en que estén matriculados.
Es un recurso meramente estadístico para medir el acierto político de los gestores del sistema educativo, sin tener en cuenta la satisfacción del estudiante por lo que ha aprendido ni la idoneidad del conocimiento teórico adquirido para desenvolverse en el mundo real que lo espera fuera de las aulas.

El sistema de enseñanza, como está montado, se mide por la proporción de alumnos que consiguen el título académico al que aspiren. Su fracaso, por los que desisten de obtenerlo.

Es también otra herramienta estadística—la cantidad que se invierte por alumno—la que usan los burócratas políticos y sindicales de la enseñanza para valorar el sistema educativo.

A mayor inversión por alumno, enseñanza de mayor calidad.

La realidad desmiente ese axioma.

Desde finales del verano, coincidiendo con el arranque de la inminente campaña electoral, la aportación pública al sistema educativo la están presentando los burócratas de la enseñanza como piedra de toque para inclinar el voto hacia sus mentores del Partido Socialista y disuadir a los electores de que se inclinen por el Partido Popular.


Andalucía, el feudo que todavía queda a los socialistas, es para los burócratas de la enseñanza el ejemplo a imitar. Madrid, donde el Partido Popular prepondera, es ejemplo de gestión pública de la enseñanza que debería evitarse por todos los medios.

Datos de un estudio de de Juan M. Lacasa en Magisnet, órgano del magisterio, con datos del ministerio de educación:

Fracaso escolar en Andalucía, 34 por ciento (34 alumnos de cada cien abandonan el ciclo en que están matriculados antes de obtener el título acreditativo)
Fracaso escolar en Madrid: 29 por ciento.

Inversión por alumno, según estudio en el mismo órgano informativo firmado por Adrián Arcos: Andalucía, 3.988,76 euros por alumno/ Madrid, 3.875,82 euros por alumno.

El abandono antes de acabar el ciclo en que el alumno esté matriculado es un baremo tan arbitrario para calificar de éxito o fracaso el sistema educativo como el del gasto por alumno: lo demuestra que Andalucía, gaste casi cien euros más que Madrid y el abandono es cinco puntos porcentuales más elevado.

Está claro que a mayor asignación por alumno no corresponde necesariamente una educación de mejor calidad.

Hay una duda razonable basada en el desvío de fondos para otros fines que los presupuestados: ¿todo el dinero asignado a gastos educativos se destina a la enseñanza?

Es posible también que la evanescencia del carácter derivada de ameno clima andaluz, en contraste con el hosco entorno ambiental de los madrileños, empuje a los primeros a la sensualidad del ocio y a los segundos los comprima en el rigor conceptual del aprendizaje teórico.

Puede que la disciplina académica sea más estricta en Madrid que en Andalucía o, a lo mejor, la actividad docente de los enseñantes de Madrid encuentran menos amparo en los burócratas políticos y sindicales para justificar su ineficacia.


Periodista Digital – Opinión

sábado, 24 de septiembre de 2011

Medias mentiras y mentiras gruesas. Por Francisco Muro de Iscar

La inversión en educación es una apuesta segura para salir de la crisis. Bueno, y el cambio de un modelo productivo que nadie se atreve a abordar. Pero más dinero en educación, más profesores y más medios no garantizan una mejor educación ni mejores resultados. Gastamos igual que Finlandia, Japón o Corea del Norte y no mucho menos que otros grandes países europeos y nuestros resultados educativos son radicalmente inferiores. No sólo eso, son de los peores, con unos índices de abandono, de fracaso escolar, de repetidores y de absentismo que deberían hacer enrojecer de vergüenza a todos los ciudadanos. También a cierta parte de los profesores.

No es de ahora, ni es culpa de Esperanza Aguirre -que ni mucho menos ha sido la mejor ministra de Educación, pero tampoco el/la peor- aunque ahora todos los que nunca protestaron por el fracaso escolar, por la marginación del profesorado, por los continuos cambios legales o por una educación que anuló el esfuerzo de los alumnos y premió la incompetencia, han tomado la calle contra una política que no se caracteriza por tener el don de la oportunidad.


No es verdad que no se puedan obtener mejores resultados educativos con los recursos que empleamos. En la concertada, con muchos menos medios, con profesorado peor pagado y con un veinte por ciento más de horas lectivas, los resultados son claramente superiores. Y el coste del puesto escolar en la escuela concertada es un tercio menor que en la escuela pública. No se retira dinero de la pública para dárselo a la concertada. No es verdad. Y no lo es desde hace décadas. Y la escuela concertada, creación del PSOE, no sólo ha ahorrado mucho dinero al Estado, que no hubiera podido crear ni mantener los centros de enseñanza necesarios, sino que ha sido la que ha sostenido las reformas educativas que han puesto en marcha gobiernos socialistas -Rubalcaba lo sabe- que la escuela pública no apoyó por razones estructurales y de falta de compromiso.

Hay tanto miedo en enfrentarse al problema, que hasta Gabilondo abandona la idea del MIR de los profesores que daría más calidad a nuestra educación. Que Aguirre diga que hay que pensar en si podemos sostener la enseñanza que no es ni pública ni obligatoria no es sólo una provocación, que seguramente lo es, sino muestra de sentido común. No es de recibo que los universitarios -los ricos y los que no tienen medios- estén financiados en un 90 por ciento por los ciudadanos, porque sólo pagan un diez por ciento del coste de la enseñanza. Menos cuando se cierran hospitales o ambulatorios- en Cataluña, no en Madrid-, no hay dinero para pagar las nóminas de los profesores universitarios -en Cataluña, no en Madrid-, las Administraciones acumulan más de 4.000 empresas públicas, muchas ineficientes e innecesarias, han cerrado más de 67.000 empresas y la morosidad se carga a los autónomos. La vaca del Estado del Bienestar está ordeñada y sin leche. Podemos optar por recortar para salvar lo fundamental y no dejar de atender a los más desfavorecidos o seguir el ejemplo de Grecia. No hay más.


Periodista Digital – Opinión

viernes, 23 de septiembre de 2011

Las fases de la esperanza. Por Rafael Torres

Como se sabe, la esperanza se desarrolla en diversas fases hasta que se consume, instante en el que sobreviene lo que se ha dado en llamar la muerte de la esperanza. Entonces, desaparecida toda ansiedad, pues ya nada se espera, sobreviene la serenidad absoluta. Con Esperanza Aguirre y sus fases lo que pasa, por el contrario, es que nos mata, y que, en vez de quedarnos serenos, se nos siguen llevando los demonios con sus ocurrencias. Que no son simples ocurrencias, sino designios, planes, proyectos, como se verá cuando sus pares del PP controlen todos los espacios y los resortes políticos, y se jaleen los unos a los otros en la destrucción de lo público, de las conquistas sociales y de los restos del Estado del bienestar, si es que el PSOE ha dejado algo de todo eso por destruir.

Esperanza Aguirre, que no puede, ni sabe, ni quiere disimular el yuyu que le dan los pobres, pues pertenece a un mundo cuya divisa es el "tanto tienes, tanto vales", carece, por eso mismo, de toda capacidad para regir y administrar una sociedad democrática e interclasista. Su sectarismo es total, no percibe su cargo ni como de servicio (lo de servicio le debe de sonar a chacha), ni mucho menos como de servicio a todos los ciudadanos, incluidos esos indignados, sindicalistas y "de la ceja" que tanto desprecia. Y por ello, más que por ahorrar en maestros lo que nunca ahorraría en enchufados, opta por esa siega de la hierba bajo los pies que representa la miserabilización del sistema educativo público, hasta convertirlo en algo como de beneficencia para marginales. Para ella, los marginales son, resulta innecesario aclararlo, los que no tienen dinero para montarse (en salud, en educación...) un Estado para ellos solos.

Hay fases de la educación, afirma Esperanza, que lo mismo no debieran ser ni obligatorias ni mucho menos gratuitas. Tales son las fases de esta Esperanza. Las masas (pues la mujer tiene también ese poco de cosa marxista y antigua de considerar a la gente como masa), a currar y a apencar con lo que se les eche, bien que a los niños superdotados que contenga se les puede instruir aparte, gratis, para ponerles en su día al servicio de los intereses que ella tan unívocamente defiende y representa.


Periodista Digital – Opinión

jueves, 22 de septiembre de 2011

Educación. El ejemplo irlandés. Por Emilio J. González

Salir del atraso y converger con los países centrales de la UE pasaba necesariamente por impulsar una formación de calidad que permitiera a los irlandeses subirse al carro de la industria y los servicios de vanguardia.

Irlanda es un país que me gusta mucho, pero si por algo le envidio es por sus sindicatos. Cuando tuvo que afrontar el reto de dejar de ser uno de los países más pobres de Europa Occidental, sus sindicatos colaboraron en algo tan fundamental como la reforma del sistema educativo. Salir del atraso y converger con los países centrales de la UE en un país poco industrializado y con escasos recursos naturales, pasaba necesariamente por impulsar una formación de calidad que permitiera a los irlandeses subirse al carro de la industria y los servicios de vanguardia. Los sindicatos fueron una parte tan importante como activa de ese pacto en pro de un capital humano de primera que rindió importantes frutos hasta el punto de que, antes de que estallara la crisis financiera internacional, la renta per cápita de Irlanda, en paridad de poder adquisitivo, era del 120% de la media de la UE. Ningún país miembro, ni siquiera la España de los avances tan impresionantes de la era Aznar, había logrado semejante resultado, lo que demuestra la importancia de un sistema educativo de calidad.

Aquí, sin embargo, la educación se ha ido deteriorando de forma tan progresiva como escandalosa desde que los socialistas llegaron al poder en 1982, porque lo que primó fue la ideología y no otra cosa. El deterioro se ha agudizado todavía más en la etapa Zapatero hasta el punto de que muchas personas que llegan a la universidad apenas saben hacer la ‘o’ con un canuto, todo por primar la ideología frente a lo que debe ser realmente un sistema educativo. Aquellos padres conscientes de la realidad de la educación pública han hecho todos los esfuerzos posibles por llevar a sus hijos a colegios privados, cuyos resultados educativos, por término medio, son mejores que los de los centros públicos. De esta forma, lo que se está consiguiendo es crear una nueva desigualdad de clases entre quienes se pueden permitir pagar por la enseñanza privada y aquellos que no disponen de los recursos necesarios para ellos. Y, por supuesto, la economía española y su capacidad para generar empleo y bienestar se resienten, y mucho, por ello.

¿Qué dicen los sindicatos al respecto? A estos colectivos que tanto dice preocuparles la igualdad social esta situación debería preocuparles, y mucho. Sin embargo, ninguno alzó la voz cuando los socialistas perpetraron el asalto al sistema educativo español para ideologizarlo porque como lo hacían los suyos, y para difundir su ideología, no había nada que decir o hacer al respecto. ¿Qué hacen ahora que se les pide a los profesores que den dos horas más de pizarra a la semana, pagadas aparte pese a que lo que pide la Comunidad de Madrid entra dentro de la ley? Protestar todo lo que pueden, porque lo que les importa no es el saneamiento presupuestario ni la calidad de la educación. Lo que les importa es desgastar a Esperanza Aguirre y, a través de ella, al PP porque lo que les guía es la ideología y la política del no pasarán. Cuanto ganaríamos si aprendieran algo de sus homólogos irlandeses.


Libertad Digital – Opinión

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Docentes en armas

Las declaraciones políticas y la sobreactuación sindical avivan la convulsión por los recortes.

Las protestas por los recortes presupuestarios en la educación pública, que han suscitado un amplio seguimiento, están marcando el inicio del curso escolar. Los primeros tijeretazos que se aplican en 30 años alarman a los docentes y padres de alumnos. Es evidente que el aumento de horas lectivas y la consiguiente reducción del número de profesores interinos en 10 comunidades autónomas puede afectar a la calidad de la enseñanza. Afirmar lo contrario solo sería posible si las consejerías de Educación que han aplicado los recortes hubieran presentado un proyecto paralelo para aumentar la eficiencia del sistema. Que no lo hayan hecho, que no hayan sopesado recortes en partidas menos cruciales y solo apelen a la necesidad de reducir gastos, es un indicador demasiado explícito sobre la importancia que esas comunidades -en manos del PP en su mayoría- otorgan a la educación pública.

Lejos de ello, los políticos se han lanzado a un cruce de sonrojantes declaraciones que han caldeado el ambiente. Entre ellas destacan de nuevo las de la presidenta de la Comunidad de Madrid y exministra de Educación, Esperanza Aguirre, que explicó primero que los profesores solo trabajaban 20 horas a la semana, confundiendo las horas lectivas con las laborales, y ahora plantea analizar el fin de la gratuidad de la educación no obligatoria, entre la que se encuentra la formación profesional y el bachillerato. A estas declaraciones, siempre respaldadas por su partido, se ha sumado la portavoz parlamentaria, Soraya Sáenz de Santamaría, culpando de todos los males a la ley socialista, la LOGSE. De modo que es esperable que el PP, en la misma línea argumental que le permite afirmar que un cambio de Gobierno resolverá la crisis económica, confíe en una derogación normativa para mejorar la educación.

Claro que había sobradas razones para la inquietud sobre la calidad de la enseñanza pública. Pero los recortes llegan cuando se percibían los primeros síntomas de mejora en un sistema que sufre déficits endémicos. Ello no justifica, sin embargo, sobreactuación alguna de los sindicatos, que deberían medir la proporcionalidad de sus protestas y evitar interferir en la campaña electoral. Tal actitud solo da alas a políticos como Aguirre, daña su propio crédito y hace un flaco favor al ya maltrecho sistema educativo.


El País – Editorial

Ministros huelguistas

Los sindicatos de la enseñanza prestaron ayer un flaco favor a los estudiantes, sus familias y al propio sistema escolar. Más allá de la guerra de cifras sobre el seguimiento de los paros en los institutos de Educación Secundaria de la Comunidad de Madrid, lo relevante de la jornada de ayer es la instrumentalización política de la escuela pública por parte de la izquierda. No existía razón académica para promover un conflicto en un sector estratégico en estos momentos. La decisión de la Consejería de Educación de ampliar en dos –hasta 20– el número de horas lectivas, dentro del rango establecido por la Ley, y de reducir por consiguiente el número de interinos, no suponía recorte presupuestario alguno en la partida destinada a Educación, pues los fondos ahorrados se destinarán a centros bilingües o a becas. Por tanto, estamos ante una huelga política para desgastar a una administración del PP a dos meses de unas decisivas elecciones generales. El carácter de la movilización se encargó de remarcarlo no sólo el activismo del candidato socialista a la Presidencia, sino, lo que es todavía más grave, el de los ministros. Fue especialmente significativo que el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, aprovechara ayer el acto de apertura del curso académico para alinearse con los paros y asegurar ante Esperanza Aguirre y la Reina Doña Sofía que no se debe «debilitar» la educación pública, reproche que adquiere tintes partidistas cuando hay una huelga en marcha. En esa misma línea, Elena Salgado y José Blanco prestaron argumentos a los sindicalistas al criticar los supuestos recortes mientras la Comunidad de Madrid rechaza el Impuesto de Patrimonio. Que un Gobierno aliente una movilización contra otra administración conlleva no sólo alterar las reglas del juego democrático, sino también trasladar a la sociedad el orden de sus prioridades. A estas alturas el Ejecutivo está más interesado en desestabilizar a los gobiernos populares que en combatir el fracaso escolar. La consigna de los huelguistas de evitar la destrucción de la escuela pública es pura demagogia. Si su preocupación fuera real, se habrían movilizado también contra la Junta de Andalucía del socialista Griñán, que ha impuesto una jornada lectiva de 21 horas «si la distribución horaria del instituto lo exige». Si alguien no ha respetado ni ha cuidado esta enseñanza ha sido la izquierda, con leyes que han generado un empobrecimiento paulatino en formación y una desnaturalización del sistema, incluidos los recortes en los sueldos de los docentes. Frente a ello, es conveniente recordar hoy que la Comunidad de Madrid se encuentra al nivel de los mejores en el último informe PISA. No hay duda de que cualquier sacrificio es doloroso y que es de justicia reconocer el trabajo de esa mayoría de profesores comprometida con un servicio público esencial. Pero todos estamos obligados a realizar un esfuerzo y arrimar el hombro en este escenario de crisis, más todavía aquellos que tienen mayor seguridad en el trabajo, a los que, al fin y al cabo, sólo se les pide que acerquen su contribución a la que realizan desde hace años sus compañeros de la escuela concertada, que imparten 25 horas lectivas.

La Razón – Editorial

El fracaso de una huelga política

La impostura de los sindicatos a la hora de cuantificar el seguimiento de la huelga palidece ante la nula justificación a la hora de convocarla.

Mucho se podría hablar de la desfachatez de los sindicatos al elevar nada menos que al 80% el seguimiento de la huelga en los Institutos de Educación Secundaria de la Comunidad de Madrid que la Consejería de Educación y Empleo ha cifrado en el 43%. Pero ya habrá tiempo de desinflar la cifra cuando se tenga que descontar el salario del día a los huelguistas. Mayor aún es su impostura al intentar justificar su convocatoria. Por mucho que los sindicatos vociferen contra un supuesto "recorte" y una supuesta "agresión a la educación pública", lo que el Gobierno autonómico madrileño ha llevado a cabo no es más que una tímida reordenación en la actividad del profesorado que básicamente se limita a elevar de 18 a 20 horas las horas lectivas que los profesores dedican a la semana.

Cuando cinco millones de trabajadores han perdido el empleo entre la incompetencia del gobierno socialista y la muda condescendencia sindical, el que haya profesores que decidan no ir a su puesto de trabajo como forma de protesta ante lo que no es más que un limitado ajuste en sus privilegios resulta un pésimo ejemplo para cualquier ciudadano, incluidos los alumnos. Más aun cuando este aumento de horas lectivas a la semana entra dentro de lo establecido en el reglamento derivado de la LOE, que establece la jornada lectiva de los profesores hasta 21 horas, y que no produjo rechazo sindical alguno cuando el gobierno socialista y sus aliados parlamentarios la aprobaron.


A todo lo anterior hay que sumar la ausencia de protestas similares ante recortes de verdad como los de la Junta de Andalucía, que incluyen, entre otros, un gasto no ejecutado de 347,2 millones de euros en materia educativa en el presupuesto de 2011 que, a su vez, era inferior en 219 millones al aprobado para 2010. Eso, por no hablar del recorte del salario aprobado por el Gobierno socialista que los profesores madrileños han tenido que sufrir, como todos los funcionarios de España, por culpa de un Gobierno que, al igual que los sindicatos, primero negó la existencia de la crisis y después defendió que la forma de salir de ella era que el Estado gastará mucho más de lo que ingresa.

De aquellos polvos vienen ahora estos lodos; sólo que en el caso de la Comunidad de Madrid el ajuste ha tenido que ser menor gracias a que ha contado con un Gobierno que, a diferencia del andaluz, ha mantenido durante estos años mucho más equilibrados sus presupuestos, no derrochando el dinero en cosas menos importantes que la educación. Sin embargo, la protesta sindical se dirige contra Esperanza Aguirre, dejando en evidencia que se trata de una huelga política en beneficio del PSOE, auténtico compañero de viaje de UGT y CCOO, corresponsables todos ellos de la situación ruinosa que padecemos.

Ya podrán los huelguistas llenarse la boca con proclamas como la de la "escuela pública de todos, para todos", pero lo que están defendiendo, en realidad, son ilegítimos e insostenibles intereses particulares espoleados por el interés electoral de la izquierda política.


Libertad Digital – Editorial

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Sanidad y educación: igual pero diferente. Por Francisco Muro de Iscar

Si el sistema financiero tuviera un "fracaso" del 30 o el 40 por ciento -no estamos tan lejos-, ¿deberíamos preocuparnos, tomar medidas urgentes? Si en el sistema sanitario, se muriera el 30 por ciento de los pacientes, ¿consideraría que funciona bien? En la educación sucede desde hace décadas y no pasa nada. Es más, en los últimos años, no ha habido apenas protestas de los sindicatos, de los indignados, de los profesores y de los partidos-al revés- por ese terrible fracaso que arrastramos desde la LODE, la LOGSE y compañía en las que Rubalcaba tuvo importantes responsabilidades. Y eso que fue un ministro de Educación dialogante y con voluntad de buscar soluciones.

Xavier Pomés, que fue consejero de Sanidad en el último Gobierno de Jordi Pujol ha escrito un constructivo artículo en La Vanguardia sobre el futuro del sistema de salud pública. Dice que es excelente y elogiado en todo el mundo, que no debería ser desvirtuado ni destruido, pero que viene sufriendo graves carencias económicas. Dada la situación de crisis, añade, forzosamente hay que proceder a reformas estructurales, que deben ser explicadas pedagógicamente y asumidas por los ciudadanos, en las que deben participar los profesionales y, entre todos fijar qué prestaciones no vamos a poder seguir manteniendo y que líneas rojas del modelo sanitario no debemos traspasar bajo ningún concepto. Fija algunas: equidad, acceso a las tecnologías y tratamientos modernos y eficientes, innovación e investigación. Reclama un debate sereno y amplio de miras, pero afirma que aunque la crisis pase, nada volverá a ser como antes. No habrá más barra libre.


Si no lo tocamos, dice, será inviable a corto plazo. Si le quitamos la calidad, sólo lo utilizarán los económicamente más débiles. Y eso es injusto e indeseable, pero posible. ¿Vale eso para el sistema educativo? Sí y no. Vamos a tener que tocar el sistema, quieran o no los que siempre han estado preocupados por la calidad de la educación y los que sólo lo están ahora. A diferencia del sistema público de salud, nuestra modelo educativo es un desastre, ha fracasado y hay que cambiarlo por otro que hable de esfuerzo, de trabajo, de calidad. Y mientras tenemos unos profesionales sanitarios excelentes -pasados por un MIR exigente- contamos con profesores excelentes, regulares y malos. Deberían ser los mejores, porque a ellos les confiamos lo más importante, la educación de los más jóvenes, pero no es así.

¿Cómo se puede decir que peligra la calidad del sistema educativo si no existe esa calidad ni se la ha visto por la mayoría de las aulas españolas en las últimas décadas? Hemos mejorado en la escolarización, en los edificios, en los medios, pero todos los indicativos revelan que nuestro sistema educativo es deficiente. No es culpa exclusiva ni fundamental del profesorado, pero los docentes deberían reflexionar y reconocer que tampoco lo están haciendo bien. O que pueden hacerlo mejor. No es sólo ni fundamentalmente un problema de medios. Es un problema de un modelo, debatido serenamente y entre todos. Sobre todo, entre todos los profesionales.


Periodista Digital – Opinión

Turbio panorama educativo

El arranque del curso académico en la educación pública está marcado por la decisión de los sindicatos y la izquierda de utilizar la enseñanza al servicio de una estrategia electoral. La huelga en las aulas madrileñas y las jornadas de protesta a nivel nacional no pueden entenderse según otros parámetros cuando comprobamos el respaldo a las movilizaciones por parte del Gobierno, el PSOE y los pintorescos de la «ceja». Esta escenografía la hemos visto en otras ocasiones y en ámbitos distintos, y siempre dirigida contra administraciones del PP, especialmente la Comunidad de Madrid y Esperanza Aguirre, y ante citas con las urnas. Hoy, la cantinela sindical de la agresión a la escuela pública es insostenible en una región como Madrid, que superó el promedio de los países de la OCDE y se situó a la altura de los mejores en el último informe PISA. La retórica demagógica de los recortes no soporta el mínimo análisis, pues si bien es cierto que el decreto madrileño de Educación aumenta en dos el número de horas lectivas de los profesores, pasando de 18 a 20 –como contempla la Ley–, no lo es menos que el supuesto ahorro se destinará a mejorar la calidad con más escuelas bilingües, más auxiliares para idiomas y más becas para libros de texto. Hablamos, por tanto, de reestructuración y eficiencia, no de recortes. En este punto, queda patente la hipocresía de una izquierda que guardó un silencio cómplice cuando el Gobierno socialista redujo un mínimo de un 5% el sueldo de los profesores. Es cierto que las medidas de Educación supondrán un sacrificio para los docentes, pero no lo es menos que la crisis requiere esfuerzos de todos. La calidad de la enseñanza es una asignatura pendiente en nuestro país, incapaz de abandonar el furgón de cola de los países de la OCDE en los últimos diez años. La cultura pedagógica sembrada y desarrollada por los ejecutivos socialistas ha empobrecido la escuela pública y ha hipotecado a generaciones. El informe «Panorama de la Educación 2011», presentado ayer por el Gobierno y la OCDE, describe una radiografía de la situación muy preocupante. Aunque los profesores y los alumnos españoles dedican más horas lectivas que la media de los países de la OCDE y los docentes cobran un salario superior, España tiene una de las tasas de rendimiento más bajas en enseñanza secundaria. Estamos ante un panorama complejo que recoge en buena medida la patología endémica de nuestra aulas. Más horas lectivas, mejor nómina y peores resultados es una ecuación igual a fracaso. Combatir esa dinámica es lo que debería haber preocupado a los sindicatos todos estos años, pero ellos han estado y están en otra guerra: la electoral contra el PP. El futuro de la enseñanza pública sólo puede pasar por el regreso a una cultura del esfuerzo, el mérito y la exigencia. La Comunidad de Madrid está recogiendo los frutos de una política que ha apostado por los colegios bilingües, la consideración del profesor como autoridad pública, la Prueba de Conocimientos y Destrezas Indispensables de los alumnos, los programas de excelencia y las becas, entre otras medidas. La huelga política no se fija en los alumnos ni sirve a una educación de calidad, sólo a intereses electorales.

La Razón – Editorial

domingo, 11 de septiembre de 2011

Del calentón de la Asamblea al frío de la soledad. Por Andrés Aberasturi

A ver; la tendencia natural, lo que le pide el cuerpo y el alma a uno, es cerrar filas con los maestros, alinearse con los profesores y acompañarles hasta el final del camino. Pero justo entonces, te dicen que van reventar el pregón de las fiestas de mi querida Guadalajara y montan tal bulla en el teatro Buero Vallejo, que la pobre Almudena de Arteaga no puede dar lectura a los folios que estoy seguro había escrito desde el amor a esa tierra a la que pertenece por familia. ¿Qué culpa tiene la ciudad de los problemas de los profesores y por qué esa falta de educación de los que son, por definición, educadores?

Y buscando argumentos para apoyarles, te metes a estudiar informes comparativos con lo que ocurre con sus colegas en Europa y resulta que en primaria y secundaria, los maestros españoles no están nada mal ni en horas lectivas y ni en remuneración. Y planteas estas dudas a algún sindicalista y te dice que de dónde has sacado semejantes disparates; hay informes de la Comisión Europea, de la OCDE... Inútil, el sindicalista asegura que todo es mentira y que estás manipulando.


e vuelven a confirmar lo que aseguran los informes. De cualquier forma se me sigue apareciendo la figura de don Cruz, mi primer maestro -que yo creo que no bajaba de las treinta horas lectivas, el pobre- y pese al boicoteo nada elegante de Guadalajara y las informaciones de de la UE, vuelvo a intentar alinearme con ellos. Miro el mapa de los conflictos y donde más radicalmente se anuncian son en la Comunidad de Madrid, en Castilla-La Mancha y en la Galicia. Debe ser casualidad que sean las tres del PP.

Pero en Madrid se decide algo verdaderamente contundente: tres días a la semana de huelga indefinida. Y se decide -al parecer- un poco en contra de los sindicatos que proponían una manifestación para el día 14. Pero la asamblea no estaba por la labor de esa bobada y después de muchos abucheos y muchas intervenciones -muy al estilo 15-M- salen con el acuerdo de los tres días de huelga a la semana. Un fracaso más de los sindicatos que -aunque lo nieguen- están superados por todos sitios.

No sé que pasará en otras comunidades pero el peligro es siempre el mismo: el efecto bumerán de estas actuaciones. Llevamos 20 años de fracaso escolar, 20 años a la cola de Europa, 20 años de abandono de los estudios antes de tiempo, 20 años de todos los males habidos y por haber. ¿Convencerán los profesores a los padres de que todo este lío lo montan porque al tener que dar dos horas más de clase por semana se deteriora la calidad de la enseñanza? ¿Pero es que se puede deteriorar aun más? Y si al final hacen los tres días de huelga ¿convencerán que todo el lío en el se van a ver inmersas las familias es sólo por el bien de sus hijos?

Sólo queda esperar que se imponga la sensatez y el diálogo, que de los calentones de las asambleas se pasa al escalofrío de la soledad y que todos estamos bajo la misma crisis; que lo que ahora se jalea, en un par de semanas se vuelve contra sus protagonistas y entonces es muy difícil dar marcha atrás.


Periodista Digital – Opinión

sábado, 10 de septiembre de 2011

Un registro, señor Ministro. Por Alfonso Ussía

Jamás saludé ni intercambié palabra alguna con Franco. No tengo, por ello, la experiencia de mantener su mirada, que dicen era directa y perforante, aún en los últimos años de su vida. En su tramo final, Franco recibió en el Palacio del Pardo, en una de sus audiencias de los miércoles, a la Junta Rectora del Colegio de Arquitectos de Madrid. En las palabras de su presidente, Franco interpretó una distancia con el régimen, un entusiasmo descriptible y un deseo de independencia política e ideológica de los arquitectos que no le hicieron puñetera gracia. De inquebrantable adhesión, nada de nada. Cuando se hacían la fotografía de rigor, Franco le preguntó de sopetón al presidente de los arquitectos: «¿Cuantos arquitectos están registrados en Madrid actualmente?». El presidente no tenía los datos exactos, y tiró por aproximación. «No lo sé, excelencia, pero seis mil a siete mil quinientos, más o menos». Franco asintió, y cuando parecía que no iba a insistir en el asunto, y en alta voz, le reprochó al presidente: «A la próxima audiencia venga usted más preparado. O eche un vistazo al registro».

A cualquier pastor se le pregunta por el número de cabezas de su rebaño y no tarda un segundo en ofrecer la cifra exacta. Es más, ya puede llevar un rebaño con dos mil cuatrocientas diecisiete ovejas, que reconoce una a una a todas. Él las ayuda a parir y suma, y las entierra, y resta. El campo es así cuando se vive en soledad. El viejísimo y divertido cuento de los vaqueros de la caravana que se ven sorprendidos por un ataque al galope de los apaches encaja con la anécdota de los arquitectos. «¿Son muchos, Spencer?». «Sí, Willy. Tres mil tres». «¿Y cómo sabes que son tres mil tres?». «Porque delante vienen tres y detrás unos tres mil». Un pariente de mi padre, poco aficionado a su condición de abuelo, respondió a un amigo que le preguntó cuántos nietos tenía. «Aproximadamente, veintidós».


Tenía catorce, pero al verlos juntos se agobiaba y veía nietos por todas partes. En esta vida, todo es relativo, pero las matemáticas, según me han informado, son exactas e incuestionables. La suma de dos más dos da como resultado cuatro. No «aproximadamente cuatro». Se dió un caso especial. Visitaba un manicomio un conocido aristócrata, de gran generosidad y excentricidad extrema, que financiaba el establecimiento por tener allí ingresado a uno de sus hijos, víctima de una rareza peculiar. Creía ser una breva. Se subía a un árbol, y cuando consideraba que estaba madura la breva, se soltaba y se daba unos morrones impresionantes. Le acompañaba el director y surgió la pregunta de siempre. «Doctor, ¿cuantos internos tiene actualmente?». «Cuarenta y seis, señor duque, pero no me extrañaría nada que esta noche hubiera cuarenta y siete». «¿Espera a uno nuevo?». «Todo depende de usted, señor duque».

Nuestro ministro de Educación, aunque parezca mentira que tengamos un ministro de Educación, don Ángel Gabilondo, ha reconocido que ignora por completo el número de docentes con los que cuenta la enseñanza. Otro como el presidente de los arquitectos, los vaqueros atacados por los apaches y el abuelo que veía nietos por todas partes. Existe un sistema de control que se llama Registro. Por lógica, todos los docentes tienen que estar registrados para poder ejercer su benéfica labor. Pero el ministro parece ignorar su existencia, o lo que es peor, podría darse el caso de que no existiera un registro y diera clases en España cualquier desgarramantas. De ser más listo, se da una cifra falsa y pelillos a la mar. Pero reconocer una ignorancia con el registro tan a mano dice mucho del señor ministro. Más que invistiendo a un asesino como «Doctor Honoris Causa», como hizo antes de ser ministro.


La Razón – Opinión

viernes, 9 de septiembre de 2011

Huelga de maestros. Por Fermín Bocos

Empezar el curso con una huelga es un fracaso. De quienes inducen las condiciones que generan la chispa del paro y de quienes, al secundar la huelga y hacerlo en un momento de extraordinaria precariedad económica, transmiten a la sociedad un mensaje de egoísmo porque anteponen sus intereses personales a los del común.

En España tenemos alrededor de 70.000 docentes con contratos interinos. A doce mil no les renovarán. Esta es la madre del problema. No la ampliación de horas de clase como interesadamente vienen argumentando quienes pretenden desacreditar la protesta de los maestros que, a su vez, por boca de algunos líderes sindicales, tampoco admiten que éste es el verdadero motor del anunciado paro.

Falta, pues, sinceridad por las dos partes. A los dirigentes políticos autonómicos que han decidido el recorte de contratos hay que pedirles que hablen claro; que asuman la poda y con ella el desgaste de popularidad que apareja, estando como estamos, en vísperas de unas elecciones.

A mi juicio, también es una exigencia para los sindicalistas y maestros que hablan con los medios: que no disfracen los hechos; que no hablen de despidos porque, técnicamente hablando, el contrato de un interino es un contrato temporal y, como es sabido, dichos contratos tienen un fecha de caducidad. Son cientos de miles los españoles que en otros trabajos y profesiones tienen este tipo de contratos -muy encomiados, por cierto, no hace mucho por el ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, con quien parece disentir su colega de Gabinete, Angel Gabilondo-.

Debate aparte, sería ponernos de acuerdo en si es en el sector de la enseñanza donde hay que meter la primera tijera -personalmente, creo que no-, en vez de iniciar los recortes de presupuestos en cargos públicos (duplicados y hasta triplicados), en subvenciones a partidos, sindicatos y patronal, en propaganda institucional o en empresas y entes públicos, también prescindibles. Tener más maestros no es un lujo, es una necesidad. Por eso digo que una huelga de maestros es un fracaso. De todos.


Periodista Digital – Opinión

Maestros. Por Alfonso Ussía

Los profesores de enseñanza pública están en huelga. No quieren trabajar unas pocas horas más a la semana. Cuentan con la benevolencia del sistema, y se han enfrentado –los de Madrid–, a Esperanza Aguirre y su consejera de Educación, Lucía Figar. Para mí, que habría que examinar de nuevo a la mayor parte de ellos, responsables en buena medida del nivel de analfabetismo de nuestros jóvenes, que abandonan el colegio con las faltas de ortografía en la cabeza y el sesgo histórico en el hígado. Los profesores, muchos de ellos víctimas de la falta de educación y violencia de sus alumnos, no se imponen porque han roto la línea del respeto. No se puede ir a los colegios a dar clases como si se fuera a jugar al tenis. Tuve en mi infancia dos colegios, opuestos y formidables. El Pilar y el Alameda de Osuna. Recuerdo a mis profesores con veneración por lo mucho que les debo. En el Pilar de la calle Castelló, aquellos don Genaro, don Eladio, don Antonio Apaolaza... Marianistas y grandes educadores. Así una mañana me presenté en el colegio con unas botas de baloncesto. Jugaba con el equipo de mi clase a la una de la tarde, terminadas las clases. Don Eladio reparó en mi calzado. «Váyase a casa, meta el calzado deportivo en una bolsa, póngase los zapatos y vuelva». Nos trataban de usted. Lo hice y al entrar en clase, don Eladio me tenía preparada una sorpresa. «El jueves por la tarde –tarde libre en el Pilar–, recuperará usted la clase que ha perdido». En 4º de bachillerato emigré, con tristeza y agradecimiento, a otro colegio, el Alameda de Osuna, fundado por don José Garrido, el que fuera preceptor del Rey y de su hermano, el malogrado infante Don Alfonso. Las clases no superaban los quince alumnos, y los profesores eran auténticos maestros. Destaco a don Santiago Amón, mi profesor de todo, con el que mantuve posteriormente una estrechísima amistad, y al que comencé a tutear cuando nos encontramos en la inolvidable Antena 3 de Radio liderada por Manuel Martin Ferrand. Don Adolfo, doña Marisa Mallol, don Luis Adiego... y aquel concepto nuevo de la enseñanza impuesto por don José Garrido, gracias al cual el alumno contaba con la plena confianza de sus profesores. Los exámenes escritos los hacíamos sin vigilancia, porque se daba por hecho que nadie copiaría. Y tanto en el Pilar como en el Alameda de Osuna, dos faltas de ortografía determinaban el suspenso, por muy bien que se redactara el escrito. Y tanto en el Pilar como en el Alameda de Osuna, los alumnos llevábamos corbata, como los profesores, y nos poníamos en pie cuando nuestros maestros entraban en el aula. Y a nadie se le pasó por la cabeza, ni en los peores momentos, en uno como en otro colegio, faltar al respeto al profesorado, que era intocable por la distancia establecida entre la sabiduría y la ignorancia, distancia que hoy puede darse por borrada. La nostalgia es un error, pero en el presente caso, es una lección continua de disciplina y respeto.

Hoy, los profesores de enseñanza pública acuden a los colegios atemorizados y vestidos de senderistas. Y los alumnos, que lo saben y no distinguen la distancia, tratan a sus maestros con desprecio y hasta violencia y se visten como ellos. Los padres tampoco respetan a los profesores, a los que llegan a agredir por suspender a sus hijos, y el sistema «buenista» ha dado como resultado un analfabetismo aberrante. Aquí nadie quiere trabajar. Por unas horas más a la semana van a la huelga los que tienen que enseñar que el trabajo es el futuro. El profesorado ha perdido un sentido de la autoridad que hay que reponérselo inmediatamente. Pero tienen que dar ejemplo. Además de ser un buen profesor, hay que parecerlo.


La Razón – Opinión

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Madrid. Los sindicatos de profesores se quejan. Por Carlos Jariod

Mucho me temo que lo que vuelve a pasar es que alguien desea convertir la educación en un instrumento de agitación social.

Nuestros sindicatos de profesores se quejan. No, no es por llamar la atención sobre nuestro fracasado sistema educativo. Tampoco se quejan por la falta de autoridad y prestigio del profesorado ante los alumnos y la sociedad. Bien calladitos han estado ante la sistemática entrada del peor pedagogismo en nuestras aulas. Con las debidas excepciones, nada hemos sabido de ellos cuando generaciones enteras de jóvenes terminaban la ESO o el bachillerato sin saber hacer la o con un canuto.

Hay que reconocer que hay que hacer grandes filigranas intelectuales para explicar a la sociedad española la anunciada huelga de docentes en la Comunidad de Madrid. La razón que se da es que habrá un significativo descenso de la calidad de la enseñanza. En efecto, eso de obligar a trabajar dos horas más a la semana a los profesores –dicen– es un atentado contra la calidad de enseñanza: además los tropecientos mil millones de interinos que se dejarán de contratar.... Los sindicatos hablan de tres mil o más.

Vayamos a los hechos. Trabajar más no quiere decir trabajar peor. Basta ya de sofismas. Trabajar más es trabajar más. Y quizá sea esto lo que moleste. En principio nadie desea trabajar más; no obstante, en Madrid, su presidenta ha prometido un incremento retributivo a los docentes (a lo que, por cierto, no está obligada). La calidad de la enseñanza no depende sólo de las condiciones materiales o laborales de los docentes, sino del compromiso personal del maestro con el alumno que tiene delante. Por supuesto que las condiciones laborales son importantes, pero un buen maestro, siempre, ha superado las dificultades profesionales con su amor –si digo bien: amor– a su vocación y a la persona a la que enseña.


Lo que les pasa a muchos profesores –no todos, afortunadamente– es que en ellos se ha instalado una mentalidad funcionarial que ha sustituido al deseo desinteresado por enseñar su materia; ven en el alumno un cliente o un ciudadano al que se le presta un servicio público y no una persona abierta a la verdad, al bien y a la belleza.

Seguimos pensando que la calidad de la enseñanza se mide por la cantidad de dinero invertido en las partidas educativas. Es una falacia. Si así fuera, nuestra enseñanza pública tendría un prestigio y unos resultados mucho mejores de los que tiene. Si así fuera, los padres no preferirían matricular a sus hijos en centros concertados, cuyos profesores en secundaria imparten veinticinco horas semanales de clase; centros que malviven con unos conciertos insuficientes, con unas instalaciones muchas veces obsoletas, sin departamentos didácticos, sin reuniones de coordinación recogidas en los horarios de los docentes, etc. Cuanto más dinero mejor, sí, pero no invirtamos el orden. Lo principal es un claustro unido e identificado con un proyecto educativo; lo esencial es un grupo de maestros y profesores comprometidos con vocación de entrega. Profesores que les fastidiará trabajar dos horas más, pero que saben muy bien por qué y para quién trabajan. Una huelga de profesores es como una huelga de médicos: un disparate lógico y moral, una contradictio in terminis, puesto que nadie en su sano juicio se niega a enseñar al que no sabe o a curar al enfermo.

Los sindicatos de profesores afirman además que más de tres mil interinos en Madrid dejarán de ser contratados. Faltan a la verdad. Desean trasladar la idea de que el Gobierno prescindirá de todos los interinos. Pero Lucía Figar, con sentido común, lo que ha afirmado es que, una vez que las plantillas de los centros se hayan revisado con los nuevos criterios, se contratarán los interinos necesarios. Nadie puede saber exactamente cuántos interinos se necesitarán, pero lo que es seguro es que se contratarán interinos. Insinuar lo contrario o dar cifras de miles de interinos que de repente no tienen trabajo es demagogia.

Mucho me temo que lo que vuelve a pasar es que alguien desea convertir la educación en un instrumento de agitación social. Como profesor, la sensación personal que tengo es que la mayoría de los docentes sabe muy bien que estamos en unas circunstancias excepcionales y que se nos pide un esfuerzo que en absoluto es desmesurado. Quien es buen profesor lo seguirá siendo; quien no lo es, seguirá siendo mediocre.

Los alumnos que tendremos delante de nosotros la próxima semana no saben de sindicatos, ni de luchas laborales. Esperan de nosotros, sus profesores, que seamos ventanas abiertas al conocimiento por las que ellos puedan asomarse. También lo esperan sus familias. No podemos defraudarlos.


Libertad Digital – Opinión

La solidaridad... de los demás. Por Luis del Val

Creo que la mayoría de los españoles estamos de acuerdo en que no se puede gastar más de lo que se recauda, y que habrá que hacer recortes. Que pintan bastos lo saben millones de personas que están en el paro o lo han estado en los tres últimos años, y le han visto el rostro auténtico de la crisis, cuando el piso que compraron con tanta ilusión fue embargado al no poder hacerse cargo de los plazos de la hipoteca. En teoría, hay una cierta aceptación para asumir que vivíamos por encima de nuestras posibilidades -sobre todo algunos- y que son necesarios algunos recortes. Repito: en teoría. Cuando de la teoría pasamos a la práctica desaparece la solidaridad y comienza "lo mío es fundamental e intocable".

Es muy probable que los trabajadores de la enseñanza tengan razón en sus reivindicaciones y en sus quejas. Y que, si en lugar de trabajar 34 horas a la semana -según el convenio- van a tener que dedicar dos horas más, no es un regalo, porque a nadie le gusta cobrar lo mismo por trabajar ciento veinte minutos más a la semana. Ahora bien, ya les hubiera gustado a muchos de los cientos de compañeros míos periodistas, que hoy se encuentran en la calle, y que llevaban a cabo jornadas de 50 y 60 horas semanales, que les hubieran dado la oportunidad de dedicar dos horas más gratis, con tal de conservar el empleo. Y lo mismo digo de cualquier otra actividad laboral.

También estoy de acuerdo en que la educación es un sector estratégico, pero no menos que el sanitario, donde depende la vida de todos nosotros, o el policial, o los bomberos, o el militar, que son gente donde a las muchas horas semanales han de añadir el riesgo de la existencia.

Ya sabemos que una cosa es predicar y, otra, dar trigo, y que la solidaridad es algo en lo que estamos de acuerdo siempre que la responsabilidad caiga sobre los otros. Como en el viejo chiste del comunismo: se reparte todo menos las bicicletas, porque yo tengo una.


Periodista Digital – Opinión

Profesores. Mejorar la calidad educativa a golpe de huelga. Por Pablo Molina

Gobierno, partidos políticos, profesores, ilustre cuerpo sindical, alguien tendrá algún día que responsabilizarse del desastre de nuestra educación pública.

No es cierto, en contra de lo que afirma cierta sentencia popular, que si matriculas a una cabra en nuestro sistema público de enseñanza pueda llegar hasta el nivel universitario. Sus dificultades para coger el lápiz le harían suspender irremediablemente los exámenes de la selectividad, que en su mayoría son de tipo test, pero con todo, y adecuadamente disfrazado, un choto de natural sosegado sí podría perfectamente llegar hasta la ESO.

Gobierno, partidos políticos, profesores, ilustre cuerpo sindical, alguien tendrá algún día que responsabilizarse del desastre de nuestra educación pública, porque los documentos de las instituciones que se encargan de realizar estudios comparativos internacionales sobre la materia van a tener que incluir un suplemento en la parte inferior del informe para colocar a España, dado que ya hemos superado todas las barreras en depauperación educativa.

Pero en la España de ZP la irresponsabilidad es la norma, hasta el punto de que Rubalcaba, el Atila de la enseñanza española, autor de la maquinaria logsiana que puso en marcha esta empresa de derribos, en lugar de recluirse de por vida en un cenobio cartujo para pedir perdón por haber destrozado el futuro de los hijos de la gente pobre ahora se postula para presidente del gobierno.


Por lo que sabemos, y a tenor de la facundia con que han decidido convocar una huelga contra la comunidad de Madrid, los sindicatos de la enseñanza pública tampoco tienen pensado asumir siquiera una ligera responsabilidad en el desfonde absoluto del sistema estatal de educación. Ajenos a la catástrofe provocada, de la que han sido grandes partícipes por su apoyo a los engendros curriculares surgidos la pedagogía progresista, cifran los problemas de la educación en el hecho de que a sus afiliados se les aplique con menos benevolencia la pauta horaria que establece la ley, a raíz de lo cual una parte de los actuales interinos en activo pasarán a la bolsa de trabajo a cobrar el subsidio de desempleo.

Desde los resorts de superlujo se elaboran grandes estrategias reivindicativas, pero los problemas de los padres que no tenemos más opción que la educación pública y queremos para nuestros hijos un futuro parecido al de los retoños de las clases pudientes continúan cada vez más acuciantes.

Afortunadamente, los sindicatos de clase (alta) tienen una escasa representación en el cuerpo sindical de la enseñanza, formado mayoritariamente por organizaciones profesionales a pesar de que en esta ocasión hayan decidido formar con la alegre infantería de la izquierda para sumarse a la convocatoria de esta huelga. De la lucidez de sus dirigentes y de la honestidad de los profesores de la educación pública depende que, en momentos de crisis brutal como los que atravesamos, el sistema estatal de enseñanza no haga aún más profunda la sima de su descrédito. Si la huelga prevista para el día 14 de este mes fracasa, significará que los padres españoles todavía tenemos alguna esperanza.


Libertad Digital – Opinión

martes, 6 de septiembre de 2011

Demagogia educativa. Por Francisco Muro de Iscar

Hasta que arranque el curso escolar vamos a tener batallas políticas que no pretenden solucionar el problema educativo -¡ojalá alguien lo intentara!- ni el terrible fracaso escolar en Secundaria Bachillerato, o el desastre de la Universidad donde, Bolonia incluida, cada año se bajan los baremos de exigencia para no tener que suspender a los que no tenían que haber llegado, por falta de nivel, y a los que siguen allí sin haber demostrado esfuerzo y merecimientos a costa de los impuestos de todos los españoles. Quienes protestan de que con sus impuestos se financian actividades religiosas o lúdicas o culturales, que no comparten, deberían protestar por el hecho de que un universitario pague una décima parte de lo que cuestan sus estudios y tarde ocho años en terminar una carrera que debe acabar en cuatro. Hablo de la Universidad, no de la educación obligatoria. Ni siquiera de la FP, tan devaluada por todos los Gobiernos, donde sólo llega un estudiante por cada tres que acceden a la Universidad. Y ahora, en lugar de copiar el sistema alemán de educación y trabajo simultáneo, han aprobado contratos basura "en formación" hasta los 30 años y sin límites de renovación. Y nadie protesta.

Sí se hace sobre el hecho de que alguna autonomía, bueno la de Madrid o, mejor, Esperanza Aguirre, haya decidido no renovar contratos a miles de interinos y que su trabajo lo asuman los profesores titulares dando dos horas más de clase -20 semanales, frente a las 18 que venían dando- en lugar de dedicarlas a tutorías, preparación de clases, etc. , para lo que tendrán 17,5 a la semana, en lugar de 19,5. Encierros, amenaza de huelgas y, sobre todo, demagogia por un tubo. No digo que no tengan razones de queja los profesores, pero no éstas. En la concertada, por ejemplo, cobran menos y dan 25 horas de clase a la semana. Lo que no se puede decir, como ayer gritaba el secretario general de UGT, Cándido Méndez, que se va "contra los intereses de los hijos de la clase trabajadora". Pero, Cándido, que estamos en el siglo XXI y eso no es ni del XIX.

En unos informativos del domingo, donde se daban estos mismos argumentos, se ofrecía después otro reportaje destacando que las Universidades catalanas y la Complutense de Madrid, iban a hacer "un ejercicio de austeridad" porque, al bajarles los presupuestos un 16 por ciento, caso catalán, tenían que hacer lo mismo con menos medios, reduciendo contratos y trabajando todos más. Y en el caso de la Complutense -donde el anterior Rector, del ala de Méndez por cierto, ha dejado unas deudas de ¡160 millones de euros!-, el nuevo Rector dijo que donde en una clase había veinte habrá que tener a cien. ¿Han visto ustedes las manifestaciones, los encierros, las protestas, las huelgas? No, eso es "un ejercicio de austeridad", lo otro, una cacicada de la derecha. Mientras no dejemos la educación fuera de la demagogia política y hagamos un pacto de Estado para salir del abismo educativo en el que estamos, este país no saldrá de la crisis.


Periodista Digital – Opinión

lunes, 5 de septiembre de 2011

Un esfuerzo por la educación

Apartir de mañana, en torno a 7,8 millones de alumnos no universitarios tienen una cita con las aulas para dar el pistoletazo de salida a un nuevo curso escolar. Las múltiples novedades con las que se estrena este año académico, y que en su mayoría responden al objetivo del Gobierno socialista de frenar el abandono escolar a costa de reducir la exigencia, han pasado a un segundo plano a raíz de las movilizaciones anunciadas en los últimos días por los sindicatos de profesores. En el origen del conflicto se encuentra el aumento de la carga lectiva del profesorado aprobado por las consejerías de Educación de Madrid, Castilla-La Mancha, Galicia y Navarra. Esta decisión en ningún caso puede contemplarse como un aumento de la jornada laboral de los educadores y, por tanto, tampoco como una merma en sus condiciones laborales. Se trata de una leve reestructuración de la jornada lectiva decidida por los gobiernos autonómicos en el ejercicio de sus competencias y dentro de los límites legales. Lo que los sindicatos califican como un «ataque frontal» a los profesionales de la enseñanza se limita, en la práctica, a un aumento en las horas lectivas, de 18 a 20 horas en Secundaria y de 23 a 25 en Primaria. Esta modificación responde a la necesidad de incrementar recursos en programas educativos de especial importancia, como la apuesta por el bilingüismo en Madrid, y, por otra parte, resulta a todas luces insuficiente para justificar una huelga. Sin embargo, lejos de echar marcha atrás en su desafío, las principales organizaciones sindicales tienen previsto reunirse esta semana con el fin de acordar medidas a nivel nacional, que podrían incluir la celebración de una gran manifestación e, incluso, una huelga que supere el ámbito autonómico. A la espera de que el conflicto no estalle finalmente, de lo que caben pocas dudas es de que el sistema educativo español atraviesa una situación crítica en la que no parece aceptable la convocatoria de una huelga. Con un porcentaje de abandono escolar del 28,4%, que dobla la media de la UE, y con unos pésimos resultados de lectura, matemáticas y ciencias en el Informe PISA, que mide el nivel de los países de la OCDE, los alumnos podrían terminar siendo los principales perjudicados de este conflicto laboral. El rechazo a la huelga es además mayoritario entre los ciudadanos. Tal y como pone de manifiesto la encuesta que hoy publicamos, más del 60% de los españoles se manifiesta en contra de un paro que coincida con el inicio del curso. Un porcentaje similar, un 59,1%, ve acertado que los profesores den al menos 4 horas de clase al día, y casi la mitad de los encuestados, un 47,6%, son partidarios de que este colectivo realice un esfuerzo en el contexto actual. Los sindicatos no deben caer en la demagogia de vender estas modificaciones como un severo recorte ya que, incluso, en la Comunidad de Madrid los profesores experimentarán un incremento salarial. Se trata, únicamente, de que los profesores comprendan que también ellos han de asumir un sacrificio razonable en un momento de crisis en el que la mayoría de los trabajadores españoles ya lo ha hecho.

La Razón – Editorial

viernes, 2 de septiembre de 2011

Cospedal. La leñadora. Por Manuel Llamas

Este precedente de Cospedal inspira, como mínimo, algo de confianza en nuestra clase política. Esperemos, pues, que cunda el ejemplo.

Al fin algo de cordura política y, por tanto, de esperanza. El recorte anunciado por María Dolores de Cospedal en el presupuesto castellanomanchego supone un ejemplo a seguir para el resto de comunidades autónoma deficitarias. Y es que una reducción interanual del 20% en el gasto público es, sin duda, un auténtico plan de choque que avanza en la buena dirección para alcanzar el ansiado objetivo de estabilidad presupuestaria. Y ello, sin necesidad de subir impuestos.

De este modo, Cospedal se ha convertido en la leñadora que precisaba su región para empezar a despejar el enorme bosque de despilfarro que tanto se empeñó en extender el anterior Ejecutivo socialista de Bono-Barreda. Eso, y no otra cosa, es lo que precisa el conjunto del sector público español. Austeridad pura y dura, ya que de ésta, y no al contrario, se deriva la necesaria credibilidad y confianza que tanto demandan los inversores internacionales. Tan sólo un plan de estas características logrará poner las cuentas en orden, condición sine qua non para emprender una sólida salida de la crisis.


El resto son simples falacias, desde la subida de impuestos, pasando por los afamados tijeretazos de orden menor, hasta los furibundos discursos en contra de los mercados y la especulación tan propios de los socialistas. Cospedal está haciendo lo correcto para construir un porvenir provechoso a sus contribuyentes. Y es que, dada la situación, no le quedaba otra opción: o corregir a tiempo mediante un giro presupuestario de 180 grados o continuar una suicida huida hacia adelante de terribles consecuencias.

En este sentido, la presidenta ha demostrado una gran convicción para hacer lo que debía sin que le temblara lo más mínimo el pulso. Cospedal sigue así los buenos pasos emprendidos en esta materia por Aguirre en la Comunidad de Madrid, si bien ésta última no se vio obligada a adoptar un plan tan llamativo y urgente gracias a que en su momento ya adoptó las decisiones adecuadas para evitar el previsible descuadre de sus cuentas públicas. Pese a ello, a Cospedal aún le queda un arduo trabajo por delante para poner la casa en orden, ya que la imprescindible austeridad ha de acompañarse de profundas reformas económicas tendentes a potenciar el crecimiento a fin de que la receta de la salvación dé sus frutos al completo. En esta última tarea, por cierto, también Aguirre destaca como alumna aventajada sobre el resto de sus colegas regionales.

Además, y esto es lo más importante, el hecho de que sea precisamente Cospedal la primera en empuñar la motosierra con las dos manos es un muy buen indicio de lo que puede deparar la futura gestión presupuestaria de Rajoy al frente del Gobierno central. Y es que, tal y como advertíamos en estas mismas páginas en 2009...
«Lo que necesita Zapatero no es, pues, una chequera sino unas tijeras de tamaño jardín para aplicar un recorte drástico en los Presupuestos Generales del Estado, al igual que todos los presidentes autonómicos y autoridades locales de este país. Y después, bajar impuestos para fomentar el ahorro y aliviar la carga fiscal de familias y empresas..»
Este precedente de Cospedal inspira, como mínimo, algo de confianza en nuestra clase política. Esperemos, pues, que cunda el ejemplo. España necesita más políticos metidos a leñadores o, dicho de otro modo, más hormigas y muchas menos cigarras.

Libertad Digital – Opinión

España se la juega con los recortes en Educación. Por Antonio Casado

Con todo el respeto para los enseñantes me parece que es sacar los pies del plato amotinarse, o anunciar que piensan hacerlo, en Madrid, Castilla-la Mancha, Navarra y Galicia, porque estos Gobiernos autonómicos amplíen o piensen ampliar su horario lectivo semanal en dos, tres, cuatro horas efectivas de clase en el aula, según las distintas Comunidades Autónomas.

De momento se arriesgan a que les recuerden, como ha hecho la presidenta madrileña, Esperanza Aguirre, que la jornada laboral de la inmensa mayoría de los españoles, incluidos los que también necesitan un tiempo de preparación o reciclaje, supera con creces ese tiempo de permanencia en el puesto de trabajo. Manejado con una cierta demagogia ese argumento comparativo respecto a lo que ocurre en otros oficios les pondría a los pies de los caballos y perderían la batalla de la opinión pública, que es determinante en movilizaciones como las que se están preparando en los citados territorios coincidiendo con el inminente comienzo del curso escolar.


Dicho sea todo ello en nombre de la eficiencia de la labor docente y, en general, de la mejora de la educación en los niveles afectados (todos, excepto el universitario). Unas horas más de trabajo en el aula han de mejorar necesariamente los resultados sin sobreesfuerzo excesivo de los docentes.
«En nombre de los recortes de gasto público se recorta la calidad de la enseñanza. Un zarpazo en toda regla al Estado del Bienestar, cuyos dos pilares básicos (Educación y Sanidad) están gestionados por las Comunidades Autónomas. Palabras mayores.»
Repito: en nombre de la eficiencia, la racionalización del trabajo y la mejora de la enseñanza. Pero si todo esto se hace en nombre de los sacrosantos reajustes, en aplicación de lo que un diario denominaba ayer la “dieta Cospedal”, el asunto cambia. Ese es el caso: más horas de trabajo de los docentes fijos como excusa para despedir o dejar de contratar a 3.000 interinos (en el caso de Madrid), de modo que el trabajo que éstos hacían antes lo tengan que hacer aquéllos ahora, con más alumnos por aula o impartiendo materias que tal vez no dominan.

Y eso no va a mejorar precisamente la calidad de la enseñanza en un país con tanto fracaso escolar y con dirigentes políticos que se llenan la boca mencionando la educación como una de las palancas para salir de la crisis económica o para garantizar el despegue cuando salgamos de ella. Incluido Mariano Rajoy que, como es lógico, ayer elogiaba el duro plan de recortes (con razón, a excepción del capítulo educativo, a mi juicio) presentado en Castilla-La Mancha por la número dos del PP mientras ésta se presentaba como una precursora de lo que Rajoy hará a escala nacional si gana las elecciones del 20-N.

En nombre de los recortes de gasto público se recorta la calidad de la enseñanza. Un zarpazo en toda regla al Estado del Bienestar, cuyos dos pilares básicos (Educación y Sanidad) están gestionados por las Comunidades Autónomas. Palabras mayores. No es una cuestión corporativa. No es que se la jueguen los profesores. Nos la jugamos todos en una especie de lento “suicidio colectivo”, como escribía ayer el profesor Imbernón, director del Observatorio Internacional de la Profesión Docente.


El Confidencial – Opinión