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miércoles, 20 de julio de 2011

Ajeno 36. Por Gabriel Albiac

Quien quiera hacer con eso poesía, o es tonto oes más malo aún de lo normal.

ME asombró su entusiasmo. Eran historiadores todos. Sabios especialistas en la historia española del siglo veinte. Yo no. Mi saber académico se restringe a zonas muy precisas de la filosofía barroca. Pero creía haber aprendido en ellas que conocer y entusiasmarse son incompatibles. Y los sabios en siglo veinte, en medio de los cuales yo me sentía un marciano, se liaban a tortas sobre un hecho de hace setenta y cinco años, con la pasión entusiasta de irles vida y hacienda en ello… A lo mejor, a mí no me afectaba porque no soy historiador. O, a lo mejor, porque ya me afectó en los primeros años de mi vida. Lo bastante como para aburrirme: nacer entre los derrotados curte mucho. Y algo enseña: que uno no está dispuesto a que nadie haga fortuna, personal o política, a costa de uno. La guerra de 1936 fue. Nos jorobó la vida, en diversas medidas, a todos. A algunos, nos la quebró antes de que naciéramos. Quien quiera hacer con eso poesía, o es tonto o es más malo aún de lo normal.

Nada en la España de hoy es comparable a aquella tierra mísera y bárbara que encontró en el placer de descuartizar al vecino el único sedante a su medida. Quienes ejercen el oficio de estudiar eso debieran, más que ningún otro, atenerse a la cautela primordial del análisis científico: recopilar datos, analizar series, fijar redes causales, fechar puntos de quiebra y desencadenantes. Y jamás hacer un juicio de valor. Debe de ser, sí, que lo mío es el siglo XVII. Y su postulado básico: humanasactiones non ridere, non lugere neque detestari, sed intelligere; lo cual, en román paladino, vale por decir que, en cuanto a los actos humanos concierne, de nada valen burla, contento o desagrado. El afecto es conmovedor y estéril: es óptimo en la intimidad, y allí termina. Sólo entender nos libera de ser bestias.

Los viejos del 68 suelen repetir mucho la misma boutade: si alguien te dice que recuerda donde estuvo, es que no estuvo. Los años me han ido enseñando que es así siempre. También entre nosotros, sobre todo entre nosotros, sobre todo en aquello que concierne a esos tres años de guerra que parecen haber sido lo único digno de rememorar de nuestro siglo. Y en aquello que concierne a lo de luego. Cada vez que oigo a alguien de mi edad lamentarse a grandes voces de la amarga represión sufrida durante el franquismo, sospecho en él a un hijo de preboste franquista; cada vez que oigo a alguien de mi edad alzar elegías sobre la democracia asesinada, imagino sus fotos de familia con camisa azul y pantaloncito corto… A veces, hasta me equivoco… El dolor de verdad es silencioso. Quien lo grita o lo exhibe, está trocando el absoluto en calderilla. Por mí, que cada cual vaya haciendo con sus recuerdos la leyenda biográfica que le dé la gana. Con sus recuerdos. Con los míos, no.

No hay otro rincón europeo en donde la incapacidad de objetivar el trágico siglo veinte haya llegado tan lejos. Y haya contaminado tanto a quienes deberían estudiarlo. Pasaron tres cuartos de siglo —se dice pronto: ¡tres cuartos de siglo!— y los historiadores de aquí se siguen proclamando parte de uno u otro bando. ¡Cuánto más barato les saldría contratarse a un buen psicoanalista! ¡Y cuánto más barato nos saldría a todos!


ABC - Opinión

lunes, 18 de julio de 2011

La gran juerga. Por Gabriel Albiac

Somos parasitarios. Esto queda: resaca,tras medio siglo de juerga que pagaron otros.

¿DE qué iba aquello? De la eufórica ilusión según la cual era posible producir realidad con nada más que fantasía. Palacios en el aire. Hasta que el aire se niega a mantenerlos. Caen a plomo, entonces. Nada les sobrevive. Nadie. La desbocada fantasía de Mitterrand y Kohl a inicio de los noventa, la pagamos nosotros ahora. A ellos les salió gratis, ya hasta pudieron labrarse la reputación de «hombres de Estado» que, en sus nada transparentes biografías, les sirvió encubrir tanta miseria anímica y política. Pagamos nosotros ahora. Pobres diablos: son siempre los pobres diablos quienes pagan. Ahora, cuando no hay un duro. Y el euro, hasta podría darnos risa. Sólo que no hay ya risa que no se nos congele. Y aquel brillante invento de Mitterrand y Kohl, el euro, nos escupe a la cara la realidad que cualquiera que no fuera imbécil podía prever desde su primer día: la bancarrota.

Todas las lógicas de Estado, Nación y moneda (las tres hablan de lo mismo) fueron violadas entonces, con la infantil alegría que es propia de la ignorancia. O del demasiado saber que todo iba acercándose al mayor abismo del siglo. Sin remedio. Éste, por el cual caemos ahora.


¿El peor? Sé que sonará exagerado a quien recuerde lo que fue el siglo veinte: la más eficaz carnicería de la historia humana. Y, sin embargo, todo apunta ahora a una salida aún más dura, porque mucho más duro es el batacazo esta vez que en 1929. Si es que hablar de salida tiene algún sentido, para este blindado callejón sin salida en el cual nos hemos atrincherado: Europa. Que no es solución alguna; ni siquiera un problema. No un moribundo; un cadáver.

¿Qué era en 1992 aquel vendaval que, en Mastricht, Francia y Alemania desencadenaban? Acta confesa de que mucho hacía ya que en Europa no se producía nada de valor alguno. Ni en lo material, ni en lo intelectual. Nada. Y, sin embargo, Europa vivía en los más altos niveles de confort y consumo del planeta.

No hay milagros. Si alguien no tiene ingresos y vive en la opulencia, acabará en presidio. Puede que logre posponerlo un tiempo. Pero, al final, se estrellará contra el muro marmóreo de la realidad. Paga o muere. Es la ley inviolable del capital. Europa no puede pagar. Cada vez podrá menos. Su deuda no hace más que acumularse. En lo privado como en lo público. Así que no hay misterio. Esto se acabó, muchachos. Quien tenga edad, saber y ganas, que emigre. Mientras pueda. Los demás, vamos de cabeza a la fosa. Sin grandeza.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa ha vivido de no hacer nada. Y ha vivido muy bien. Exenta de los inmensos gastos militares que, en el ajedrez de la Guerra Fría asumieron, en exclusiva, los Estados Unidos frente a la URSS, y gracias a los cuales al continente no se lo zampó Stalin en los diez minutos que siguieron al suicidio de Hitler. Ese gasto militar imposible se llevó por delante a los soviéticos y sacude ahora los cimientos de Wall Street, o sea, de todo. Libre de tal sangría, la economía europea vivió, entre el inicio de los sesenta y el comienzo del nuevo siglo, una ocasión excepcional para renovarse. La despilfarró. Por completo. Y llegó el fin de fiesta. Somos parasitarios. Esto queda: resaca, tras medio siglo de juerga que pagaron otros.


ABC - Opinión

miércoles, 13 de julio de 2011

Catorce años... Nada. Por Gabriel Albiac

Al absurdo no hay modo de acomodarse. Eso estalló en el frío asesinato, con fecha y hora fija, de Miguel Ángel Blanco.

«OH sol, sol, deslumbrante fallo!» La fría matemática de los versos de Paul Valéry fue lo primero, es extraño, que me vino a la cabeza cuando estalló todo nuestro universo convenido. Era verano, al borde de la playa. Yo me había blindado frente a la amarga cosa a la cual llamamos mundo: vacaciones. Todavía hoy me sorprendo al preguntarme cómo supe la noticia. Sin radio, sin ordenador, sin teléfono… Pero la supe. Fue como si algo se hubiera roto en la desidia de sol, playa, verano, gentes que buscan olvidar por unos días. Un disparo. En la cabeza. 1997. ¿Cómo pueden haber pasado catorce años tan deprisa?

No era nueva la presencia de la muerte en el País Vasco. Desde el final de los años sesenta era una recurrente pesadilla. Estaba en nuestras vidas. Pudimos, con ingenuidad, pensar que el final de la dictadura sería también el de aquel delirio. No lo fue. Como en todo lo crónico, la monotonía acabó por sobreponerse incluso a la tragedia. Morían gentes. No queríamos percibirlo. Demasiado amargo.


¿Qué fue lo que hizo quiebra aquel 13 de julio? ¿Por qué a todos nos hirió así el dolor vivir en un país que ha perdido su alma? No era el horror. De eso, a tales alturas, sabíamos demasiado. Fue el absurdo lo que nos dejó como cristalizados en el ámbar de un sol que era, de pronto, el del poema de Valéry: mentira inmensa que nos preserva de ver hasta qué punto nuestro universo «no es más que un fallo en la pureza del no ser».

El absurdo. Un hombre de 22 años que sale de casa para coger el cercanías, acercarse a donde sus amigos lo esperan para un ensayo. El batería no llega, los amigos se preocupan. Y el aviso de ETA. Será «ejecutado» en cuarenta y ocho horas. Todo está demasiado en el límite para que nadie pueda fingir ilusiones. Ortega Lara había sido liberado por la Policía poco antes. Tras un año pudriéndose en un agujero. Miguel Ángel Blanco era el precio al cual ETA necesitaba rescatar aquel fracaso. No había esperanza de piedad. Ni tiempo para una operación de rescate. El partido del joven concejal sabía la tragedia a la cual se enfrentaba. Lo sabía su familia. Hubo algo nuevo entonces. Todos supimos, de pronto, que aquella tragedia no era ni de partido ni de familia. Sólo. Era nuestra. La de la España herida que fue la nuestra. Cada minuto de aquel plazo de muerte nos mataba. Cuando la noticia congeló la indolencia del verano, supimos que algo en nosotros se había roto: la esperanza. Y la amargura de vivir para ver eso fue de todos. Al horror, sí, estábamos habituados: va en lo humano. Al absurdo no hay modo de acomodarse. Eso estalló en el frío asesinato, con fecha y hora fija, de Miguel Ángel Blanco.

Yo había cortado puentes: me creía a salvo de la sobredosis de realidad por unos días. No sirvió. Todo seguía igual: el mar, ante cuya perseverancia nada son nuestras miserias; el sol, a cuyo plomo retorna todo siempre; «la extraña omnipotencia de la Nada».

No escuché la radio, no leí la prensa, no conecté el teléfono… La muerte estaba allí, en cada corro de gentes mudas frente al mar. Traté de abandonarme al sosiego ajeno de las olas. En vano. Nada iba a ser lo mismo tras aquel 13 de julio. Hace ya catorce años. ¿Cómo puede pasar el tiempo tan deprisa?


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lunes, 11 de julio de 2011

Rubalcaba en cal viva. Por Gabriel Albiac

Rubalcaba durará, entonces, lo que sus conmilitones tarden en encontrarle un lote de cal viva.

¡ÉL, que ejerció de portavoz del Gobierno GAL-Glez, trocado ahora en perroflauta...! Sic transit gloria mundi... Yo, en su lugar, como que hubiera preferido pasar unos dignos meses en el trullo, jugando al dominó con Barrionuevo y Vera, mejor que revestir florecillas californianas, mustias, ¡ay!, de más de cuarenta años. Digámoslo con el mejor Aristóteles: no, no es que todo sea efímero, es que «llamamos vida a la podredumbre». Y esa podredumbre, en política, exige minuciosas contabilidades negras en dinero y muerte.

¿A cuántos asesinó el GAL? ¿A cuánto se cotizó cada cadáver en fondos reservados? Ya no recuerdo cifras: también mi memoria es precaria. Recuerdo, y eso dudo poder olvidarlo, las fotos de despojos humanos, en las primeras páginas del día en el cual —un decenio después de su suplicio— aparecieron los cadáveres, triturados y tratados con mimo a la cal viva, de Lasa y de Zabala. Recuerdo al portavoz del Gobierno-Gal. Del anacrónico neohippie de ahora, dudo que nada quede en mi memoria futura. El ridículo da grima y lo borramos. No sólo el nuestro. Ver a un provecto político con tal biografía evocar el verano del amor y de las florecillas sobre el ausente cabello, no me genera ya ni desprecio. Pero tampoco soy tan duro o tan canalla como para poder carcajearme a gusto. La uñas arrancadas, los huesos triturados, la cal viva sobre los restos de Lasa y de Zabala truecan mi carcajada en vómito.


Pero, ¿cómo es posible tener una cara tan dura? Cuando, entre el 11 y el 13 de marzo de 2004, vi y escuché a Rubalcaba recuperar la iniciativa publicitaria del PSOE sentí miedo. Alguien a quien González encargó de imponernos a todos el sano dogma de que, acerca del GAL, «ni había pruebas ni las habría nunca» no era el más adecuado para calmar las horribles sospechas que lo sucedido provocó en todos los que no supimos ser ciegos a lo demasiado horrible. Quien quiera que dictase su nombre para el ministerio a cuyo abrigo germinaran antaño el asesinato y el robo, tuvo un sentido estético —esto es, ético— depuradamente siniestro. Fuera Zapatero o fuera quien fuese. Que, al final, Freddy el Químico haya decapitado —parcialmente, al menos— a su jefe de estos siete años, nada tiene de extraño.

Más de subrayar es su bajo estado de forma. Hace veinte años, lo hubiera reducido a polvo y a ceniza. Ahora, todo lo que consigue es que renuncie a ser reelegido. Pero, ni en broma, que dimita de la Presidencia. Menos aún, que abandone la Secretaría General del PSOE. Todo el que tenga alguna experiencia de partido sabe por qué es esto tan importante: un político puede plantearse concurrir a unas elecciones perdidas, como forma de tomar posición pública para el futuro. Con una condición: controlar férreamente la Secretaría, a través de la cual tendrá que gestionar en su favor la inmediata travesía del desierto. Si deja ese control del aparato en manos de sus enemigos —dentro de un partido no hay adversarios, sólo enemigos—, está muerto; Rubalcaba durará, entonces, lo que sus conmilitones tarden en encontrarle un lote de cal viva lo bastante eficiente. Y que esta vez, por lo menos, no queden esos desagradables huesos rotos y aquellas uñas arrancadas de cuando lo de Lasa y Zabala.


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miércoles, 29 de junio de 2011

¿Qué Estado? ¿Qué nación?. Por Gabriel Albiac

Daba vergüenza oírle farfullar ayer tonterías económicas que no entendía. Pero no, vergüenza daba al principio.

ENVUELTO en la armadura de su estolidez, deliró ayer el presidente. No es nuevo. Hablamos de alguien que llegó al cargo merced a una rara carambola: su partido daba por perdidas las elecciones en 2004, buscó sacrificar a un desechable don nadie; no había otro más adecuado a ese desairado papel que el tal Rodríguez Zapatero. Y llegó lo no previsto: el 11M. Gobernó. Trajo la ruina.

Daba vergüenza oírle farfullar ayer tonterías económicas que no entendía. Pero no, vergüenza daba al principio. Ahora concita el aburrimiento y el enfado. ¿Cómo ha podido permitir el Parlamento que una nulidad así dispusiera de siete años para completar su política de tierra quemada? Es terrible la responsabilidad de quienes no han sabido —más allá de las siglas de partido— negociar juntos la destitución de un sujeto fuera de sus cabales y, por tanto, perjudicial en igual medida para todos. Un insensato no tiene ni color ni ideología. Tiene sólo peligro.


Tampoco es un azar que este desastre sucediera. Es el síntoma final de una serie de fatales carencias de la España contemporánea. No hay Estado ya. No hay nación siquiera. No hay nada más que un turbio tejido de intereses, de los cuales da muestra poco equívoca el afán con que las gentes que gobiernan batallan por buscarse un buen empleo internacional antes del definitivo desastre. Lo más lejos posible. Allá donde poco se sepa de sus habilidades.

No hay Estado. Democrático. Si es que lo que define a un Estado democrático sigue siendo aquella contraposición de poderes que teorizara Montesquieu: la que imponía que, por la fuerza de las cosas, el poder refrenara al poder. Viene de atrás la destrucción: de la felipista ley orgánica del poder judicial, que enterró la hipótesis constitucionalista de 1978. Es lo que llega ahora al paroxismo en esa horrible farsa, que trueca algo que no es poder judicial, el Tribunal Constitucional, en irregular instancia de casación de la última instancia jurisdiccional: el Tribunal Supremo. El modo en el cual Zapatero garantizó al PNV la anulación de la sentencia del Supremo sobre Bildu, a manos de la institución partidista que preside el señor Sala, hubiera provocado una crisis de Estado en otros sitios. Aquí no.

No hay Gobierno. Ni un átomo de eso quedó, desde el día mismo de hace más de un año en el cual la UE dictó —bajo amenaza de intervención— a Zapatero el viraje de su política económica. Hay ministerios descoordinados, que no saben a qué juegan. Y hay uno que suplanta a la Presidencia: el ministerio a cargo del control policial. Que su titular sea el próximo candidato socialista es lo único serio —¿o preocupante?— en esta farsa.

No hay nación. La «cuestión discutible y discutida», de la cual partió la era Zapatero, ha acabado por construir realidad a su medida. Zapatero creó, primero, el disparate de aceptar dos sujetos constituyentes distintos en el estatuto —Constitución, de hecho— de Cataluña. Lo remató, finalmente, cuando obtuvo del Constitucional una sentencia encaminada a encarrilar la mayoría independentista en el próximo parlamento vasco. ¿Nación? Ni discutible, ni discutida. Dinamitada. Es la histórica herencia del hombre que soñaba con pasar a la historia. Puede dormir tranquilo: ya ha pasado.


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lunes, 27 de junio de 2011

Prófugos de la Casa Usher. Por Gabriel Albiac

Es el modelo Pajín-Aído: venir al mundo con carné del partido en los pañales y sueldo de aparatchiki de por vida.

ESTO es el fin, muchachos. Hasta aquí hemos llegado. Ahora, se acabó el chollo. Como una desierta mansión a punto de desmoronarse, sólo criadero de telaraña y polvo, sólo oquedad donde la voz rebota sin respuesta, así es el Estado hoy en España: ausencia. No de Gobierno. No sólo. La ausencia de Gobierno es trivial y aun deseable. Siempre que los engranajes del Estado giren: así Bélgica, donde las cosas van tirando, si no mejor al menos no peor, al cabo ya de un año de interregno. El drama español nace de haber constatado hasta qué punto lo trazado en la transición era un no-Estado. Y cómo, llegado el momento de emergencia —único en el cual un Estado se hace de verdad imprescindible—, nada hay a lo cual echar mano para contener el desguace. No hay una sola articulación institucional que no cruja. Ni una norma legal que no esté supeditada al arbitrio voraz de los poderes locales. Y los lectores de Edgar Allan Poe se despiertan en un fiel remedo de la «Casa Usher», este edificio fantasmal que ahora agoniza con todos sus habitantes dentro. Y hay que evocar la brillantez cínica del más grande de los diplomáticos florentinos del Renacimiento: no es gran cosa que un país muera, todo en este mundo es efímero, las naciones también; lo fastidioso es que la nación se te caiga encima. Difícilmente sobrevive nadie a ese cataclismo.

Y todos huyen. Es bien lógico. ¿Quién podría reprochárselo? Moratinos se afanó sin exito en prolongar en la FAO la cadena de minuciosos desastres con los cuales contribuyó a hacer de un país que hasta entonces era Europa tercer mundo. Aído, de flamenco en hilaridad de género, va a desembocar ahora en una bonita sinecura de corrección política en la ONU. Puede caerse el Estado, ¿qué más da, siempre que el sueldo de quienes gobernaron sobreviva? La carrera de ministros, ex ministros y curiosos gerifaltes socialistas en busca de su Eldorado vitalicio no ha hecho más que empezar.

¿Cómo voy a reprochárselo? Los ciudadanos comunes hemos ido aprendiendo algún oficio o artesanía, mediante cuyo ejercicio ir ganándonos la pitanza. Lo fascinante de España es que –en apabullante porcentaje– los profesionales de la política jamás tuvieron oficio. Ni artesanía. En lo que al PSOE concierne, ese modelo se eleva a caricatura. Es el modelo Pajín-Aído: venir al mundo con carné del partido en los pañales y sueldo de aparatchiki de por vida. No es necesario ni que aprendan a hablar. La analfabetización de la política —que es el rasgo más diferenciador de la era Zapatero— nace en eso: el angelismo, que nos llevó a la ruina y a la voladura del Estado, es la variedad pura del infantilismo. De in-fans: el que no sabe hablar, el iletrado. ¿Por qué sonríe el ángel? Porque es bobo. No hay misterio.

Un ejército de ganapanes socialistas se ha quedado ya en la calle tras la derrota en autonómicas y municipales. Un ejército aún mayor irá de bruces a la nada, cuando las elecciones andaluzas cierren la etapa de mayor corrupción clientelista en la España moderna. Nadie llorará por la bancarrota de pequeños concejales o falsos funcionarios, que vivieron sin dar jamás un maldito palo al agua. Hasta aquí llegó el mar, se acabó el chollo. Los de arriba, como siempre, ponen su cartera a salvo.


ABC - Opinión

lunes, 20 de junio de 2011

Cualquier anónimo. Por Gabriel Albiac

La voz es sólo eco multiplicado, que no viene de ninguna parte. Viene de todas: ¡Bye, Bye, Rubalcaba!

LO malo de lo nuevo es lo deprisa que envejece. Por eso Beau Brummell, que inventó al dandy, no se ponía jamás ropa que no hubiera sido previamente estrenada por alguno de sus criados. Lo nuevo apesta. Porque se pudre muy deprisa. Y deja la melancolía de lo que pudo ser: lo que no fue, porque nunca pudo serlo.

El 15 de mayo de 2011 tuvo lugar una movilización inesperada. No un movimiento. En eso está su belleza. Eso hizo que todo aquel que quiso abrir los ojos quedara entre estupefacto y fascinado. Ni lo uno ni lo otro —asombro o fascinación— son conocimiento. Pero, en esta jodida caída continua en lo más gris que es la vida española, uno busca agarrarse a lo que sea para no morirse de asco antes de que el estampido final contra el fondo del abismo nos mate a todos de ruina. Yo —como tantos de mi edad— hubiera dado media vida por tener los años —y las neuronas nuevas— de quienes, desde la red, fulguraron la jugada de vértigo informático que puso, sin organizaciones sindicales ni políticas mediando, a una muchedumbre de desconocidos en la calle. Lo otro, la acampada de Sol y su posterior descomponerse, ya me lo sabía: era cosa de aquel viejo mundo que se extingue conmigo y con los de mi edad. Me eran simpáticos. En buena parte, porque ni se daban cuenta de lo viejos que eran. La progresiva degradación de la asamblea, la podía prever cualquiera con un mínimo de experiencia en eso. Afortunadamente, los más inteligentes se replegaron en la noche del 22 de mayo, justo después de las elecciones. Para retornar a la red, que es el único lugar en el cual ningún Fouché pueda meterles mano. Y desde donde podrán emerger súbitamente siempre que tiempo y circunstancias les sean propicios.


No se les debe confundir con el residuo muerto que quedó varado en la Puerta del Sol. Aún menos con los pequeños comandos que actuaron en Barcelona hace diez días, como habían venido actuando desde hace, al menos, un par de decenios, al abrigo de una autoridad municipal que siempre los consideró parte del arsenal sociológico que, convenientemente infiltrado, nunca plantearía problemas de fondo insolubles.

Interior actuó… No contra los que incomodaban al vecindario en Sol o se liaban a tortas en Barcelona. Contra Anonymous, esa no-organización que a ningún ciudadano de a pie ha incomodado en lo más mínimo. Uno rara vez yerra al elegir al enemigo. Rubalcaba sabe que el coste electoral de los que acampan o de los que le atizan al político catalán es, para él, cero. En el peor de los casos. Rentable incluso, si la infiltración sabe moverlos del modo más adecuado: léase el aleccionador Agente secreto de Conrad. Lo de la red es otra cosa. Y el ministerio, al servicio de la candidatura Rubalcaba, pudo experimentarlo a las 24 horas de «descabezar» a Anonymous: la mayor serie de ataques DDos desencadenada por los «cualquiera» que adoptaban un nombre —un no-nombre— tras el cual no hay organización a la cual golpear. Sólo un deseo difuso de ser libre. Lo único que —por ser tan deliciosamente antiguo— no envejece. Anonymoussonríe. Como Odiseo, es Nadie. Y nadie se ríe tras la careta. La voz es sólo eco multiplicado, que no viene de ninguna parte. Viene de todas: ¡Bye, Bye, Rubalcaba!


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miércoles, 15 de junio de 2011

El que siempre miente. Por Gabriel Albiac

No es fácil clavar la estaca en el corazóndel jefe. Aunque el jefe esté muerto.

EN política, gana el que mejor miente. Axioma. Pero, ¿cuál es la clave del buen mentir? Que no se note. Nunca. En el siglo XVII, Blaise Pascal daba este irónico ideal de verificación: un sujeto del cual supiéramos que miente siempre, sería infalible criterio de verdad. Bastaría invertir sus enunciados. Y el filósofo se lamenta de que tal sujeto exista sólo por hipérbole. Pero, cuando Pascal, no había Felipe González.

Vivimos en una maraña de ocultaciones. Estamos arruinados; sabemos que nadie podrá sacarnos indoloramente de esta ruina; que se va a requerir una larga paciencia y un gigantesco cúmulo de sabiduría para poner los cimientos de una recuperación sólida. Lo peor aún no ha llegado. Queda por delante una áspera travesía, antes de que la economía española pueda plantarse de vuelta en la casilla cero.

Mientras tanto, todos los que saben mienten. Los políticos más que ningún otro. Porque también el sueldo de los políticos corre riesgo. Y porque sólo un bien protegido engaño los pone a salvo de la ira ciudadana. En la penumbra de los selectos cenáculos a los cuales ningún común mortal puede tener acceso sin ser parte de la casta que prosperó a la sombra del erario público, se juega la serie de partidas cruzadas de un ajedrez cuyas piezas sobre el tablero chirrían como navajas. De esa red de partidas, la más mortífera es la que se está desplegando en el interior del PSOE. Por motivo muy prosaico. Dentro de un plazo máximo de nueve meses, un nutrido ejército de profesionales de la política con carné socialista quedará en la calle. Por primera vez en la vida de buena parte de ellos, el trueque equitativo de afiliación por sueldo perderá vigor. Por primera vez, toda esa gente habrá de buscar trabajo. Sin experiencia laboral. Sin más currículum que el de la perruna sumisión al jefe. Que se trueca en odio homicida, cuando el jefe aparece como principal causante de la ruina propia. Hasta hace nada, Zapatero era el líder amado por quienes en sus favores pacían. Hoy es el blanco a liquidar para salvar —si es que aún se puede— algo de la pitanza.


Rubalcaba —y quienes tras él mueven pieza con sigilo— necesita enterrar deprisa al apestado. Y hacerse con una Secretaría General del partido, sin el control de la cual la inminente derrota en las urnas pondría punto final a su propia biografía política. El preocupante estado mental de Zapatero lo empecina en fosilizarse hasta un final de legislatura, de llegar al cual ha hecho cuestión de honor. Nadie en el PSOE, salvo un presidente ya sin pie en la realidad, ignora que la última fecha electoral para minimizar costes es el otoño, cuando las estadísticas de paro sean las menos malas del año; y que, a partir de ahí, cada mes de prórroga irá reduciendo a arena la cuarteada fortaleza socialista. Pero no es fácil clavar la estaca en el corazón del jefe. Aunque el jefe esté muerto.

Nada es todavía claro. Algo se movió anteayer, sin embargo: Felipe González proclamaba su enfática convicción de mantener hasta marzo a Zapatero. Traducción más verosímil: verano de afilar cuchillos. Y los «idus de marzo» segarán cuello en septiembre. Expresión invertida —¿conocimiento o deseo?— de este raro prodigio: un sujeto que siempre miente.


ABC - Opinión

miércoles, 1 de junio de 2011

El retorno de los zombis. Por Gabriel Albiac

El don nadie fue propulsado a presidente. Y ejerció su disparate de siete años.

PASADO ese momento vocinglero del navajazo en la tripa al colega inoportuno —a la colega—, ¿qué paisaje de intereses se abre ante el ejecutor Rubalcaba? Porque no puede decirse que sean claros sus motivos. Ni los de todos aquellos que en él ven salvación aún verosímil: la salvación de un partido que, en tierras más exigentes con sus electos, hubiera sido borrado hace bastante. Porque el saldo de este PSOE, el inventado a golpe de talonario tras la muerte del dictador, es una continuidad de atrocidades. Que culminaron en la locura de un presidente, éste de ahora, para dar cuenta de cuya andanza no hay más léxico funcional que el de los psiquiatras.

Con Zapatero fuera de sus cabales —o actuando como si lo estuviera, que es lo mismo—, Rubalcaba procedió a un asalto bien planificado. Ocupó el hueco. Sin que nadie se lo disputase. Y, más asombrosamente, sin que nadie —digo nadie— pareciera querer preguntarse por qué el presidente del Gobierno había desaparecido desde la primavera del año pasado. Hasta hoy, y a todos los efectos. No hubo una dimisión en el Gobierno. No hubo una resistencia. Parecían aceptar aquello como un accidente meteorológico más o menos desagradable. Hasta el día en que las elecciones del 22 de mayo pusieron en el escaparate lo que no debería haber sorprendido a ninguno: que el partido socialista estaba en saldo. Y que se enfrentaban todos ellos al riesgo más odioso: tener que trabajar para vivir, como el resto de los mortales. Entonces estalló la guerra. Duró sólo un par de días. El dispositivo de control trazado por el ministro del Interior en torno a sus colegas era ya infranqueable. Malos, pero no del todo tontos, optaron por rendirse. Y ofrecer al ganador sus buenos oficios. Blanco ha sido el paradigma, simplemente porque Blanco es la esencia intelectual y moral del socialismo español del siglo veintiuno.


¿Para qué tanto juego de masacre? Porque, en política, nadie despliega una estrategia tan costosa sin el proyecto verosímil de rentabilizarla. A estas alturas del juego, ser candidato electoral del PSOE es ponerse como víctima oblatoria para que la apisonadora de las urnas te pase por encima. La esperanza de ganar es cero. El riesgo de ser triturado, altísimo. ¿Qué puede aguardar un viejo profesional como Rubalcaba de su empeño por capitanear la deriva de su partido hacia el naufragio? ¿Qué pesadas inercias juegan sobre su maestría en sombras y alcantarillas para soñar que el reloj gire a la inversa, hasta aquellos dorados años de la impunidad perfecta, tras cuyo parapeto hizo fortuna el felipismo?

Muy pocos días antes de que un 11 de marzo cambiara irreversiblemente la historia de España, alguien cercano al clan felipista más estricto me explicaba el sacrificio de peón de 2008: Zapatero es un don nadie que durará poco; mejor que se pegue el bofetón electoral él y pague el coste; podremos pasar luego a las cuestiones serias y empezar de nuevo. Se equivocó en los tiempos. El don nadie fue propulsado a presidente. Y ejerció su disparate de siete años. Alguien logró infiltrarle a Rubalcaba. Alguien ha decidido que es la hora de volver a la casilla de salida. Puede que alguien haya olvidado que, en política, no hay tiempos reversibles.


ABC - Opinión

lunes, 30 de mayo de 2011

Ejecución sin juicio. Por Gabriel Albiac

Los viejos gestores del GAL retornan. Lo peor de la historia reciente de España.

IMÁGENES de Carmen Chacón, náufraga en el estupor de quien no sabe de dónde le vino el golpe. Traen a la memoria del ratón de biblioteca que soy pasajes relampagueantes del tratado en el cual Gabriel Naudé fija las reglas del juego de cadáveres que es la política. Es un recuerdo grato: leí las Considerations Politiques sur les Coups d'Estat en el sosiego de la vieja Biblioteca Nacional Francesa de la calle Richelieu en su primera edición del año 1667. El rostro de Chacón podría ilustrar una nueva edición española. Naudé, que fue bibliotecario del cardenal Mazarino, cifra axiomáticamente la fuerza de esa máquina que nace con el siglo del barroco, el Estado moderno: potestad de fulminar sin levantar sospechas. A quien convenga. «Ejecución que precede a la sentencia».

Cuando Chacón da lectura a su comunicado público, está ya muerta. Y quien le haya escrito esos folios lo sabe. La pobre lee su guión, entre el destemple del sollozo y la ausente lejanía del zombi. Quien lo redactara sabe que es acta de su defunción. El efecto emotivo que el texto busca, se juega en la reiteración de una salmodia triste: «Yo quería…». Que es retórica constancia de una ausencia: la del «yo quiero». Quien lea aquel engarce de pretéritos, constatará la ausencia de presente de la que habla. Puede que ella no lo supiese. Puede que sí. El sollozo nada dice con certeza. Salvo que era un juguete roto. Al mando aún del Ejército. Pero roto.


Secuencia turbadora. El martes, la ministra de la guerra (pero no de los Servicios de Inteligencia) se decía candidata. El jueves renunciaba. En medio —¡colmo de las desdichas!—, alguien roba su coche. Dos días después, el ministro del Interior se erige en candidato único y pasa como un blindado sobre el despojo de su concurrente. No debió resultar tarea difícil para el hombre que pasó sobre el despojo de Zapatero tras la crisis de la primavera pasada, haciendo del presidente una triste marioneta. El golpe —eso a lo cual Naudé llama un «golpe»— se consumó entonces. Nadie ha vuelto a ver a Zapatero en funciones ejecutivas, desde que se avino a aceptar las imposiciones que le dictó la UE. Cada acto decisivo, cada confrontación delicada, cada cuerpo a cuerpo fueron ejercidos por un vicepresidente que, salvo en los breves días de su tregua médica, ha sido el único vértice del Gobierno. Zapatero fue dejado en su puesto para que cargue él sólo —si es posible— con el peso mayor de la factura electoral que a alguien habrá que pasarle por una ruina que no es la de la crisis, sino la de la pésima gestión de la crisis. No es mal cálculo.

Los viejos gestores del GAL retornan. Lo peor de la historia reciente de España: los hombres que, bajo la presidencia de Felipe González, dieron cobertura a crímenes de Estado que nadie podía imaginar posibles en la vieja Europa. Ellos impusieron a Rubalcaba en las zahúrdas del gobierno de un incompetente al cual despreciaban. Ellos ejecutaron a Zapatero. Hace casi un año. Nos apercibimos ahora. Cuando la sangre se nos hiela ante el hoy hombre fuerte socialista. Y en mi memoria sigue resonando la definición que da Naudé del golpe de Estado: «Rayo que fulmina antes de que el estruendo del trueno se escuche entre las nubes».


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lunes, 23 de mayo de 2011

La agonía. Por Gabriel Albiac

Zapatero es el cerebro de un adolescente, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible.

«ASÍ es como acaba el mundo. No con un estallido, sino con un sollozo». T. S. Elliot da clave poética a lo que todo hombre sospecha: que sucede el fin de un mundo cada vez que un sistema de convenciones se desmorona, cada vez que eso a lo cual llamamos lo más evidente hace quiebra y aparece como grotesco tejido de convenciones tras del cual se parapeta un poder al cual no rozan jamás ni honradez ni inteligencia. El fin del mundo es siempre. Pero hay días en los cuales su simbólica emerge con la cegadora intensidad de lo insoportable.

Se acabó. El septenato necio terminó ayer. En la hecatombe electoral que hubiera debido consumarse hace tres años. La perpendicular da ahora sobre el vacío en el cual naufraga la máquina de acuñar votos que fue el Partido Socialista desde su reinvención en 1975 mediante aquella envidiable amalgama del dinero de la socialdemocracia alemana y del Departamento de Estado. Los inacabables años de corrupción y crímenes de Estado bajo González habían de mostrar hasta dónde puede llegar gente sin más objetivo político que el de enriquecerse deprisa y eternizarse en el Gobierno. Ocho años de normalidad gris bajo Aznar daban a pensar que, al fin, comenzábamos a sospechar lo que es la democracia: el aburrido sistema político en el quienes asesinan o roban en nombre del Estado van aburridamente a la cárcel. Luego, en el estupor que siguió al asesinato en masa del once de marzo de 2004, el poder cayó en manos de la gente más mortífera para un país civilizado: Zapatero es el cerebro de un adolescente no demasiado agudo, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible. Lo espantoso es que, tras la exhibición de eso a tumba abierta durante sus cuatro primeros años, el voto de 2008 volviera a darle en la urnas la presidencia, condenándonos ya irremisiblemente a la ruina en la cual hemos desembocado y que no hay manera de camuflar bajo retóricas de humanitarismo angelical, cantarín y faldicorto.


Lo de ayer tiene valor de referéndum. Nadie era tan estúpido como para fantasear que votaba a su particular alcalde o presidente autónomo. No es imaginable la unanimidad antisocialista del voto, si así fuera. Cada uno de los caciques locales que fueron desalojados de feudos considerados hasta hace muy poco tiempo inexpugnables, era una bofetada en el rostro de un presidente al cual el ciudadano medio ha constatado como el más funesto desde la democracia. No me apiadaré de esos caciques: son parte de un sistema de corrupción sistemática que ha alzado a los peores; y que ha despedazado cualquier fe del ciudadano decente en la políca.

Una última calderilla de vergüenza debiera bastar a quien no sea un simple ganapán a cargo de la hacienda pública para que constatase cómo todo se ha acabado, cómo prolongar esta agonía ocho meses más es un suicidio en toda regla, cómo hay que cerrar el ciclo, adelantar las elecciones generales, poner todo al servicio de una nueva administración que intente arreglar algo de lo destrozado. Una última calderilla de vergüenza. El drama es que nos las vemos con gente que carece de eso. Y así se nos acaba el mundo. Sin que el sollozo acabe en estallido.


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miércoles, 13 de abril de 2011

¡Fuera máscaras! Por Gabriel Albiac

Fueron precisos dos siglos para alcanzar la igualdad jurídica sin distinción de sexo. ¿Renunciamos a ella?

COMPARECER bajo máscara es suspender la condición ciudadana. El tiempo de un festejo o el de un rito marcan las paredes de ese paréntesis. Que, por contraste, enfatiza la exigencia diaria: afrontar, a rostro descubierto, la individual responsabilidad del acto libre. No todas las sociedades han conocido eso. Sólo una ínfima minoría: el privilegiado mundo en el cual libertad y democracia fueron posibles. Quienes tienen mi edad saben qué necesarios fueron los antifaces para sobrevivir bajo una dictadura. Cuando no se es ciudadano, cuando no hay ley que repose sobre universal derecho, sólo ser clandestinos, indistinguibles, salva de ser aniquilados. Y uno termina amando su clandestinidad, su máscara; al fin, su única defensa.

El uso del niqab y el burka, las dos variedades perfectas del enmascaramiento femenino, quedó prohibido el pasado lunes en los espacios ciudadanos de Francia: «ni en vías públicas, ni en lugares abiertos al público o afectados a un servicio público» se puede comparecer con rostro oculto. No es medida de orden religioso: en los lugares de culto, cada fiel puede superponer a su rostro aquello que la liturgia imponga; ésa es cosa de quienes regulan el ceremonial del templo. Como sobre las tablas del teatro, a cada actor corresponde el disfraz que el director de escena dicta. No concierne al Estado, ni entrometerse en el modo de representar a Sófocles, ni asesorar a una autoridad religiosa acerca de cuáles sean las revestiduras que se adecúen mejor al rito. Por eso, los momentos escénicos deben ser inequívocamente acotados. En el espacio físico del entretenimiento, que alzan teatro o circo. O en el espacio temporal que, cíclicamente, regula la disolución festiva de la norma: carnavales o procesiones de calle, por ejemplo.


Lo extraordinario, a poco que se piense, es que haya sido necesario en Francia explicitar una norma que es tan vieja como la democracia: que nadie puede acogerse a la irresponsabilidad —jurídica y política— que garantiza la máscara. Y que haya sido preciso especificar esa norma para una determinada fracción de la ciudadanía: las mujeres musulmanas. Constatando, de ese modo, que, hasta anteayer, en la republicana Francia, una notable cifra de habitantes había quedado excluida de la plena ciudadanía; en lo positivo —la irresponsabilidad que el perpetuo anonimato otorga—, como en lo negativo —la ausencia de cualquier existencia social libre y autónoma—.

A nadie se le hubiera pasado por la cabeza legislar la prohibición a los varones —sea su religión cual sea— de deambular bajo máscara. Ça va de soi, ¡qué demonios! Cae por su peso que un mastuerzo que vaga con capucha por la calle no puede sino acabar la mona en el calabozo. Es lo que pasa cuando un ciudadano se salta las normas básicas de seguridad. Eso lo aceptará, sin demasiado inconveniente, hasta el creyente islámico más puro: a la ley se ajustan por igual todos los ciudadanos. Los ciudadanos. No los animales domésticos. Ni las mujeres.

Y ésa es la única clave. No francesa. De Europa ya, sin excepciones. Fueron precisos dos siglos para alcanzar la igualdad jurídica sin distinción de sexo. ¿Renunciamos a ella? Puede que no haya remedio, si es verdad que el tal Alá es tan grande.


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lunes, 11 de abril de 2011

Post mortem. Por Gabriel Albiac

Nadie está tan blindado en su ficción de inexistencia como aquel que es de verdad inexistente.

SÓLO lo muerto no muere. Zapatero es cadáver. Eso hace, por primera vez, de él un adversario serio. Ocasión hubo para liquidarlo. Nadie se tomó la molestia: parecía un despilfarro usar tiempo e inteligencia en borrar a un don nadie. Entiendo la pasividad de Rajoy entonces: da como vergüenza aporrear a aquel a quien uno sabe incapacitado para una esgrima entre adultos. Ahora está muerto ya. Como tal, es invulnerable. Y, de pronto, la estrategia del PP puede estrellarse contra su vacío, en esa extraña coyuntura de un partido y un gobierno al frente de los cuales hay sólo un despojo. Los muertos son irresponsables. Aunque nos amarguen tanto la vida a los vivos.

Alguien debió recordar a los dirigentes del PP, tras la derrota de 2008, el postulado taoísta del Tratado del vacío perfecto: «¡Sutil! Sé sutil hasta el punto de no tener forma. ¡Inescrutable! Sé inescrutable hasta el punto de no hacer ruido. De ese modo, te erigirás en amo del destino de tu enemigo». Un muro de ausencia debe rodear al general de gran escuela: todo se mueve en torno suyo, él permanece inmóvil tras su opaca muralla.


Puede que fuera una opción inteligente. En la política, como en la guerra, gana aquel que no es esperado; aquel cuya existencia, o bien no se conoce, o bien se cree conocer demasiado. Rajoy había ofrecido batalla entre 2004 y 2008. Fue vencido. El cambio de estrategia se imponía. «El que sabe no habla», enseñaba Lao-Tsé; «el que habla no sabe». Guardó silencio. Dejó que desbarrase Zapatero. Y éste lo hizo, más allá de lo imaginable. Sobre las redes de silencio que su adversario tejía, el socialista no perdió una sola ocasión de enredarse en sus propias palabras. En marzo de 2012 había logrado sobrepasar el peor vaticinio electoral de la historia constitucional española. Los estrategas taoístas de la calle Génova creyeron ya ganada la partida.

Pasó entonces. En abril, Zapatero se declaró difunto. No dimitió, no se marchó. Se declaró difunto y permaneció en el cargo. Nos gobierna un muerto, desde entonces. Y fue como si una perversa caligrafía circular volviera en contra del PP su propia estrategia. Nadie está tan blindado en su ficción de inexistencia como aquel que es de verdad inexistente. Muerto, Zapatero se trueca en irresponsable. Sin que nadie de su partido esté obligado a heredar la responsabilidad atroz de la ruina nacional generada. Y todo puede volver al punto cero. Las primeras encuestas indican que la estrategia fue acertada y que el cálculo puede tendencialmente confirmarse. Todo cae sobre la memoria del pobre cadáver. Y, junto con el vínculo, su heredero —el que sea— rompe el capital maldito de imposibles hipotecas que la herencia ha generado.

De aquí a la fecha en la cual sean las elecciones generales, nada va a moverse. Ni en el PSOE ni en el Gobierno. El vacío juega a su favor ahora. Y el silencio. Y, en la medida de lo posible, el olvido, si no la piedad.

Sí, puede que acertara Rajoy tras 2004. Puede que la estrategia del vacío jugara a su favor, hasta hace dos semanas. Pero ahora quien no existe es Zapatero. Ni existe nadie en su nombre. Y la astucia de guerra zen queda invertida:

«—¿Cómo gobernáis el Estado?

—No gobernando.»

Porque lo muerto no muere. Sólo mata.


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lunes, 4 de abril de 2011

Iznogoud por triplicado. Por Gabriel Albiac

Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

LOS admiradores de René Goscinny, entre los cuales me encuentro, saben que su obra maestra no es la serie del encantador miniguerrero Astérix. Lo es la que se articula alrededor del Visir, de maldad siempre frustrada, Iznogoud: ese que repite encabritado su empeño por ser «Califa en lugar del Califa». Verlo estrellarse, una vez detrás de otra, pone en el lector la risa avinagrada que trasluce lo demasiado humano.

Chacón es un Zapatero que habla catalán: quienes juzgaban imposible dar con alguien del nivel intelectual y moral del Presidente, no tienen más que dirigir los ojos a ella. Rubalcaba, un viejo zorro herido, con serias oportunidades de que el Faisán lo lleve allá adonde llevara el GAL a su colega Barrionuevo, a poco que los jueces se le pongan bordes. ¿Bono? A juzgar por lo florido de su oratoria, está que pega brincos de contento: mala cosa para un político, poner tan al descubierto sus cartas y tan antes de tiempo. A decir verdad, el espectáculo, entre los aspirantes a ser Zapatero en el lugar de Zapatero, augura tiempos mayormente sombríos para el PSOE. Y para los aspirantes, sobre todo.


Iznogoud Chacón, no lo ocultaré, es de todo el enjambre de Iznogouds que van a merendarse el ya putrefacto cadáver del Califa, quien a mí me genera más ternura. Por la continuidad, sobre todo. Las cosas que le hemos oído decir a Zapatero sólo son comparables a aquellas que salieron de la de quien largó lo de «yo soy la niña de González» (Felipe), o eso otro de que además era no sé quién que acababa de «cagarse en la puta España». La mar de astuto por parte de alguien con pretensiones de presidir a la defecada, por supuesto.

Iznogoud Rubalcaba lo tiene todo en contra. Porque todo parece tenerlo a favor. Lo cual, en política, es el modo más seguro de que te aticen hasta en el carné de identidad. Desde que al Jefe le dio la depre en diciembre, aquí el único que ha gobernado es el señor de la faisanería. Tanto lo ha hecho y tan feliz, que no queda ya un solo poderoso en su partido que no afile navaja para cortarle el pescuezo a la que se descuide. Lévi Strauss narra el hábito de los sabios pobladores de cierta tribu amazónica que, cuando ven nacer al anhelado hijo varón, salen a la plaza pública gritando y sollozando: «¡Ah, Dios mío, pero qué feo que es, pero qué raquítico…! ¡Cómo ha podido caer sobre mí una desdicha tan grande!». Ritualizada manera de eludir la envidia de vecinos y dioses. Y Maquiavelo aconsejó siempre al político hablar poco y actuar deprisa. Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

Y queda, de momento, Iznogoud Bono. Que anda aún más contento de lo ya en él habitual por haberse conocido. Y que puede que tenga razón en lo de verse cada día más irresistible ante el espejo. De no ser por la cosa equina. Y por la cosa inmobiliaria. Y por los mil misterios que en la vida de un hombre rigen el tránsito de escasez a opulencia. Y otra vez Maquiavelo: cuídese el político, sobre todo, en materia de dinero; los hombres olvidan de buen grado el asesinato de su padre, pero lo otro…; lo otro es otra cosa, como su propio nombre indica.

El gafe de Iznogoud se multiplica en un laberinto de espejos. Y la cosa comienza a ponerse divertida.


ABC - Opinión

miércoles, 30 de marzo de 2011

Acta final. Por Gabriel Albiac

Una vez más, un poder socialista se puso fuerade la ley y actuósin atenerse a norma.

ES 21 de mayo de 2007. Cinco meses después del atentado en la T4. La delegación de ETA, reunida con la del Gobierno español «en una ciudad europea», plantea su «última propuesta» de abrir «la tercera fase» —la pactada como conclusiva— en la negociación que se abriera el 2005. Fracasa. Extractos de las «actas» de aquello, a lo cual sus protagonistas se referirán elípticamente como «el proceso», serán publicados por Gara un mes más tarde, entre el 21 y el 24 de junio de 2007. De allí las tomé yo, al escribir en 2008 mi libro Contra los políticos. Pero cualquiera pudo consultarlas en estos años sin más que visitar la hemeroteca. Recuerdo cuatro pasajes:

—«El 21 de mayo se celebró la reunión definitiva… Ese día sólo se reunieron las delegaciones de PSOE y Batasuna. La primera rechazó el acuerdo político que se le proponía. Dos días antes, ETA se había comprometido, ante los mediadores internacionales, a desactivar la lucha armada y desmantelar sus estructuras militares, si se lograba un compromiso global y el proceso llegaba hasta el final».


El «compromiso global» se asienta sobre dos cesiones que ETA explicita en su documento:

—«La unidad territorial de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa con un único marco jurídico-político que debe ser refrendado por el pueblo, y el derecho de la ciudadanía vasca a decidir su futuro».

Fija también ETA un procedimiento de reforma constitucional, consensuado con el Gobierno, para conducir sin traumas ese trayecto:

—«Propone que todo se haga partiendo de la legalidad vigente, pero que ésta sea modificada en lo que sea preciso, de modo que no siga suponiendo un límite para la voluntad de la ciudadanía vasca, sino la garantía de su ejercicio».

La propuesta de culminar el camino de dos años era ya irrealizable: los dos cadáveres de Barajas pesaban demasiado. Llegarían tiempos mejores algún día. Es lo que, en su despedida ante los observadores internacionales, formula la delegación de ETA:

—«La organización armada vasca, en concreto, se despidió con el mensaje de que la solución al conflicto vendrá del acuerdo político que no fue posible cerrar el 21 de mayo».

Eso sabemos desde la primavera de 2007. Casi todo. Cuadra con los pasajes nuevos que ahora se hacen públicos de esas mismas «actas». El Gobierno de Zapatero siguió manteniendo conversaciones con ETA tras la T4. El hombre clave de ese juego, a caballo entre legalidad y delito, fue un ministro con larga experiencia en esa variedad de la «razón de Estado» que imperó en los años GAL de Felipe González: Alfredo Pérez Rubalcaba. Dar por toda respuesta que «ETA no es creíble» es tomarnos por idiotas: las actas de ETA no están dirigidas a nadie al cual engañar; son una constancia interna, y engañarse deliberadamente a sí mismo es un oxímoron.

Pero no podemos tampoco sorprendernos ahora. O hacer como que nos sorprendemos. Podemos y debemos confesar que, durante cinco años, nadie se ha atrevido a formular lo que los hechos imponen: que, una vez más, un poder socialista se puso fuera de la ley y actuó sin atenerse a norma. Avisar a los del «Faisán» del riesgo que corrían, les debió parecer una minucia después de todo lo hecho… También Al Capone tenía por minucia no pagar a Hacienda.


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miércoles, 23 de marzo de 2011

Salida digna. Por Gabriel Albiac

Cuando el Nadie sonriente se instaló en la Moncloa, éste era un país rico. Siete años después, está en la ruina.

La ideología se asienta sobre ausencia de ideas y exceso de retórica: una amalgama letal en sociedades capaces de fabricar conciencias a medida. El estallido brutal de los totalitarismos marcó el inicio de ese tiempo en el cual la ficción suple a la realidad ventajosamente. Un necio armado de sonoras vaciedades es la variedad más peligrosa de la especie humana. Triunfará, si a eso une la impecable ausencia de sentido del ridículo. La necedad, multiplicada por el altavoz propagandístico, se trocará en verdad, la única, la exterminadora verdad que exige que todo análisis no concordante con su salvífico mensaje sea aniquilado. Hitler o Stalin podían ser sujetos ridículos; lo son, a poco que escuchemos, en el frío que impone la distancia, sus palabras; a poco que descompongamos la desmesura semiótica de sus gestos. Triunfaron. Hay en lo monstruoso un enfermo atractivo. Basta que quien esté detrás del ojo de la cámara sea Leni Riefenstahl, para que los gestos grotescos del Führer en el estadio olímpico berlinés del 36 revistan esa épica de canto colectivo en la cual los gregarios humanos tanto aman identificarse.

Pasaron tres cuartos de siglo. La capacidad de hacer con cualquier cosa un gobernante ha accedido a su final refinamiento. No hay partidos políticos ya; sólo agencias publicitarias. Que le dan al votante lo que el votante quiere; el equivalente exacto de lo que se traga cada noche ante la tele: basura. Recamada de abalorios y quincalla que ciegan, con su bárbaro destello, los ojos de los maltratados por una vida hecha de repeticiones. No hay límite: a mayor vulgaridad, identificación más alta. La clientela de telebasura y políticos no perdona: aquel que desee su anuencia debe avenirse a exhibir hasta qué punto es un monstruo. Televisor y urnas son el espejo mágico de la bruja de Blancanieves. El ciudadano exige que la imagen que aparece le resulte aún más abyecta que la suya propia. Por eso triunfan en los talk-showspersonajes repulsivos. Por eso ganó dos veces en las urnas Zapatero: lo inconcebible. Racionalmente.

Llegó al poder, porque una pulsión masoquista demasiado humana está siempre tentada de poner en el mando supremo al tonto de la tribu. Era cosa de mucha risa, y además —necios de nosotros— pensamos que el descacharrante sainete nos iba a salir gratis, porque, al fin, las cosas del Estado funcionan por sí mismas y uno podría —como hicieron los hippies californianos, en los años sesenta— presentar un cerdito a las presidenciales con la certeza de que, si ganaba, todo continuaría igual que con un bicho humano. La boutadeera graciosa. Su anacrónico éxito aquí ha sido catastrófico.

Cuando el Nadie sonriente se instaló en la Moncloa, éste era un país rico. Siete años después, está en la ruina. Cuando el pánico colectivo puso el Estado en manos del ángel de las «ansias infinitas de paz», España había haciéndose un sitio en el juego de las relaciones internacionales. Siete años después, nos queda Chávez. Y una guerra. De verdad. Absurda. No sé si será cierto lo de que piensa marcharse ahora, tras haber enlodado realidad y retórica de un modo loco. Para volverse a casa. Tan tranquilo. Yo en su lugar, al menos, me volaría los sesos. Dignamente.


ABC - Editorial

lunes, 21 de marzo de 2011

Hipótesis libias. Por Gabriel Albiac

Sé que lo que me dicen que pasa es falso. Y me desasosiega.

EL Consejo de Seguridad de la ONU ha declarado la guerra a Libia. Hay pocos precedentes. Ni siquiera contra el agresivo Sadam se logró eso. No queda más remedio que preguntarse cuál es la diferencia específica del caso libio; la que hizo tan urgente que la ONU (la mayor congregación de dictaduras del planeta) decidiera acabar con la dictadura de Gadafi. Escasos como andamos de información precisa, envueltos en el estruendo bélico, habremos de limitarnos a proponer sólo hipótesis. Y a buscar si hay en ellas verosimilitud, o, al menos, coherencia lógica.

Primera hipótesis. La guerra vendría exigida por un objetivo humanitario: desembarazar a la población libia de un dictador siempre en la raya de lo delirante y de su corrupta familia. Todos los datos del enunciado son ciertos. Gadafi es un arquetipo de manual psiquiátrico; cualquiera que haya asistido a los montajes escénicos de sus alocuciones, percibe esto con desasosiego: ese que habla no está bien de la cabeza. Gadafi es también un dictador militar, de tradición más nasseriana que islamista; lo cual explica sus pésimas relaciones con el entorno árabe y su acercamiento a Occidente. Su familia se ha enriquecido a costa del petróleo; también su clan, en un país que es más un rompecabezas de tribus que una nación. El derrocamiento de un tirano así sería, no hay duda, respetable. Como lo sería el de sus equivalentes en la zona: el rey de Marruecos, monarca de derecho divino y genocida en el Sahara; todos y cada uno de los emires del Golfo, tiranos medievales, inconmensurablemente más crueles y voraces que Gadafi; la monarquía saudí, muy probablemente el régimen más corrupto y más antidemocrático del mundo, que acaba de ocupar Bahréin; Irán, a punto de poner en marcha su armamento nuclear en el nombre del Altísimo… ¿Por qué empezar por Gadafi?


Segunda hipótesis. Aquella que los de la zeja esgrimieron como moralmente descalificadora de la guerra de Irak: el control del petróleo. Pero, si nos ponemos de verdad cínicos, el petróleo del cual Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos puedan apropiarse en Libia es cosa de broma, comparado con el que se obtendría ocupando la Península Arábiga. Y puede que Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos (y su pequeño y servicial Zapatero) sean tan malos como nuestros tercermundistas pretenden. Pero dudo de que sean idiotas.

Tercera hipótesis. Que estemos asistiendo a los primeros movimientos de peones sobre el tablero de la gran guerra entre suníes y chiíes cuya sombra parece desplegarse inexorablemente, con Arabia Saudí e Irán como adalides. Y que la previa limpieza de esa «irregularidad» que es la dictadura no islamista de Libia y su posterior despedazamiento en zonas tribales, no deje ya otro horizonte verosímil que el de tal choque. Que, bien los servicios de inteligencia saudíes, bien los iraníes, bien ambos, hayan sido la palanca de las extrañas movilizaciones populistas del Mediterráneo Sur en los últimos meses, es bastante más que probable. Jugar tan fuerte, sin embargo, sobre la militarizada Libia supone aceptar riesgos de envergadura mayor.

Describo sólo. Mentiría si digo que entiendo lo que pasa. Sé que lo que me dicen que pasa es falso. Y me desasosiega.


ABC - Opinión

miércoles, 16 de marzo de 2011

Jaque en el Golfo. Por Gabriel Albiac

Irán y Arabia Saudí han movido sus primeros peones. La partida ha comenzado.

BAHRÉIN es un pequeño archipiélago de treinta y tres islas, algo menos de setecientos kilómetros cuadrados, unos setecientos mil habitantes (casi la mitad de ellos, trabajadores inmigrados), flotando sobre una enorme bolsa de gas natural y de petróleo. Nada demasiado original en un Golfo hecho de anacronía y dinero. Importa más, para entender lo que allí pasa, su ubicación estratégica: entre la cercana costa de la Arabia Saudí sunnita, a la cual lo une una imponente autopista colgante, y la no lejana costa oeste del Irán chiíta. Lo cual es saberse instalado entre dos trincheras. Aunque sea con opulencia. Nadie en ese pequeño reino feudal, que desde hace tres siglos pastorea monolíticamente el clan de los Al-Khalifah, ignora la cínica respuesta con que los saudíes acogieron en su día la hipótesis iraní de fabricar armas nucleares: «ellos pueden tardar un decenio en construir la bomba; nosotros, una semana en comprarla». Y todos saben que, en ese inevitable choque entre iraníes y saudíes, no quedará espacio alguno para la neutralidad en el Golfo Pérsico.

Quienes han querido jugar al confortable angelismo de los buenos sentimientos ante la matemática coordinación de los golpes de Estado, victoriosos (Egipto, para quedarse como estaba, pero con otro hombre más duro al frente) o bien de destino incierto (Libia, para quedarse como estaba, con el mismo caudillo delirante al mando), en el petrificado mundo político árabe, deberían reflexionar ahora sobre las dos únicas novedades que, de momento, han resultado tras esa confusa sacudida del tablero. Irán empezó moviendo ficha. Por primera vez desde la revolución islámica, su flota de guerra tiene paso expedito al Mediterráneo por Suez. Arabia Saudí respondió anteayer, instalando a su ejército y policía en el reino de Bahréin. En medio de la conmoción mundial que el cataclismo de Japón ha desencadenado, puede que ese despliegue militar haya pasado desapercibido al gran público. Es crítico, sin embargo. Porque, no sólo en Bahréin la popularidad del chiísmo amenaza seriamente a la casta política sunnita, reflejando así en su propio tablero la partida entre iraníes y saudíes; en Bahréin, sobre todo, está ubicado el comando central de la Quinta Flota de los Estados Unidos, esto es, el epicentro militar de una de las zonas más inestables del planeta.

La gran falla a punto de quebrarse en el Golfo Pérsico se llama Arabia Saudí. Mitológica tierra del Profeta, vetada a cualquier penetración no musulmana, que es allí, en rigor, un sacrilegio. Regida por una de las castas más corruptas e incompetentes que haya conocido la política moderna. Inerte en esa obscena amalgama de opulencia petrolera y sacralidad feudal que veta obstinadamente su acceso normal a la historia. Habrá quienes se sigan empeñando en no querer abrir los ojos; habrá quienes quieran atribuir a súbita inspiración democrática, o aun libertaria, el rítmico derrumbe del castillo de naipes norteafricano; quienes prefieran la lírica humanitaria al frío análisis de las determinaciones geográficas, políticas, religiosas. Pero la voluntad de ceguera ni un átomo cambia en los hechos. Irán y Arabia Saudí han movido sus primeros peones. La partida ha comenzado.


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miércoles, 9 de marzo de 2011

Sombras de marzo. Por Gabriel Albiac

Soy extranjero en mi patria desde aquel 11 de marzo. Extranjero a su apuesta empecinada por el mejor no saber.

NO seré yo el que espere dar sentido a la historia. Ni a mi vida en su fangosa torrentera. Me consuelo sólo con entenderla. No es gran cosa, lo sé. Mas no poder ni aun eso, pone en mí la melancolía más dura: la del animal cansado que sospecha haber vivido para nada. 11M, pasado mañana. No hay remedio. Ni para lo que pasó ese día, ni para lo que vino en los tres días inmediatos. Ni mucho menos, para lo que dejó en herencia a los años que siguieron. Siete ya. Del destrozo material y anímico acontecidos en las dos legislaturas de después de aquel relámpago, no habrá cura fácil para esta pobre tierra desarbolada y casi ya sin nombre y refugiada en duro deseo de ser ciega, ciega y sorda. Se sobrevive a las derrotas, cuando se ha dado digna batalla. Aunque uno pierda. Las rendiciones incondicionales dejan el alma rota. Y cuando fueron hechas sin siquiera plantar cara y combate, no tienen marcha atrás. Así fue. Ni siquiera Dios puede hacer que lo que fue no haya sido. Eso piensa San Agustín. Eso pienso. No se retorna al punto de partida.

Pero... saber..., saber, al menos… ¿Qué fue lo que nos llevó a ser cómplices de lo más miserable, resignados cómplices de quien nos asesinaba? Saber eso. Al menos. No hay otro consuelo digno de un animal humano que el de, como mínimo, conocer el por qué de aquello que lo hiere.

Yo no pido siquiera que paguen los culpables. Hubiera reclamado algo así cuando era joven y demasiado ingenuo. No lo soy: sé que de lo que allí pasó, de su enormidad tangible, nadie pagará cuenta a medida. Porque lo que pasó cuestiona demasiadas cosas, cuestiona tal vez todo, y nadie querrá adentrarse en ese túnel que da directamente en el vacío. Lo que yo pido es algo más humilde, insignificante casi, si bien se toma en cuenta la dimensión del crimen: saber, tan sólo saber, los nombres y el misterioso procedimiento de quienes de verdad maquinaron aquel hecho, del cuál sólo un puñado de cadáveres rindió cuenta con su silencio ante los jueces; saber los nombres de verdad de aquellos que, además de asesinar conciudadanos míos en masa, cambiaron irreversiblemente el curso de este país. Saber también —y es hoy, para mí al menos, lo más enigmático— por qué era tan trascendente que nunca lo supiéramos.

Soy extranjero en mi patria desde aquel 11 de marzo. Extranjero a su apuesta empecinada por el mejor no saber, porque vete a saber cómo serían las cosas si de verdad supiéramos. Pero yo, sin saber, nunca he tenido percepción alguna de una vida vivible. Sin saber, uno queda en menos que siervo: en animal doméstico. En esa cosa terrible que Baruch de Spinoza describe en la patética personalidad del ignorante: «Tan pronto como deja de padecer, deja también de ser». Y ama su humillación, porque sólo tiene eso.

La «verdad judicial» es una convención garantista. Debe ser respetada. No voy a cuestionarla. Entre ella y la verdad, la relación es la misma que entre la música militar y la música. No me concierne. La verdad, sí. Sin adjetivo. Mayormente, porque no conformarme con la mentira es lo que, bien que mal, me hace seguir viviendo. Platón lo llamaba filosofía. Pero no seamos solemnes. Empecinarse en la verdad, por áspera que sea, es ser un hombre. Un hombre. No esto.


ABC – Opinión

miércoles, 2 de marzo de 2011

Vísperas. Por Gabriel Albiac

Vivimos una situación prebélica. Aunque no queramos verla. Un trocito de realidad nos hará añicos.

LAS vísperas de lo peor no se perciben nunca. Aunque luego, una vez que sucede, reconocer los síntomas que lo anunciaban —y su lógica— sea tan fácil. Vienen a mi memoria los versos del más joven Gimferrer, cuando, en Cascabeles, evoca la ceguera dulce de una Belle Époque empecinada en no escuchar el trueno que está prefigurando la Gran Guerra

«Algo nacía, bronco, incivil, díscolo,
más allá de los espejos nacarados».

Europa se asomaba a un impensado abismo, pero no quería verlo. No veía más que el destello parpadeante de la fiesta, la gran fiesta:

«Los hombros, el champán, la carne nívea,
la cabellera áurea, el armiño,
los senos de alabastro».

Es la experiencia que, con la fría lucidez de la cual él poseyó la clave, desmenuza Sigmund Freud en 1915: «La guerra en la que no queríamos creer, estalló y trajo consigo una terrible decepción». El ensueño de haber alcanzado una etapa de ilustración que nos pondría a salvo del recurso irracional a la violencia, saltaba por los aires. Y, después de aquello, escribe el vienés, «es como si no hubiera ya de existir futuro». Fue un desmoronamiento, sí. Pero no del mundo. Se desmorona una ilusión. Es el destino de todos los consuelos imaginarios. «La ilusiones nos son gratas, porque nos ahorran sentimientos displacientes y nos dejan, en cambio, gozar de satisfacciones. Pero entonces, habremos de aceptar sin lamentarnos que alguna vez choquen con un trozo de realidad y se hagan pedazos».

Asisto, con plácida melancolía, al ingenuo angelismo de una Europa empeñada en confundir la realidad norteafricana con sus humanitarios deseos. La realidad está a punto ahora de darnos caza. Y, una vez más, tras las amables fantasías quedarán sólo vidrios rotos.

Ribera sur del Mediterráneo. Turquía, bajo poder ya islamista, ha borrado la herencia laica de Ata-Turk; puede hablarse, si se quiere, de islamismo moderado; es una broma. Siria sigue bajo la dictadura hereditaria de lo que fue fundado como rama árabe del nacional-socialismo: el Baaz; y consolida sus buenas relaciones con el Irán teocrático y nuclearizado. El norte del Líbano es un protectorado sirio; el sur, un protectorado iraní. Israel, apenas un mínima isla democrática rodeada ahora por todas partes. En Egipto, la primera medida del nuevo gobierno ha sido abrir el paso de Suez a los buques de guerra iraníes. La guerra en Libia no augura nada bueno; en suma, tres hipótesis: gana Gadafi y todo sigue igual, ganan los islamistas y todo sigue peor, estalla el país en ese rompecabezas tribal sobre el cual fue edificado y todo es imprevisible. Túnez ha cambiado a un hombre fuerte por otro y luego por nada; queda por saber cuál es la fuerza real de sus clérigos para colmar el vacío. En Egipto, el jefe de los servicios secretos y responsable máximo de la brutal represión política en los últimos dos decenios, se ha deshecho del decaído Mubarak. Argelia, desangrada ya por una guerra civil agotadora, aguarda el retorno justiciero del islamismo extremo. Para cerrar el Mediterráneo queda sólo Marruecos, donde mora el último descendiente del Profeta.

Vivimos una situación prebélica. Aunque no queramos verla. Como a la eufórica Europa de 1914, un trocito de realidad nos hará añicos.


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