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sábado, 8 de octubre de 2011

La «O» y el canuto. Por Alfonso Ussía

La estructuración parlamentaria de España no está dirigida al servicio de los ciudadanos. Los españoles elegimos a los diputados, a los senadores, a los presidentes autonómicos, los alcaldes y los concejales, pero no son nuestros, sino de los partidos políticos. Ningún español puede decir que va a ser recibido por su diputado, porque no estamos asignados a ninguno de ellos. Eso quiere decir que sobran. Y que el plan de Mariano Rajoy de reducir 50 diputados y 20.000 concejales no sólo es acertado, sino fundamental.


Hay diputados que trabajan a destajo, y muchos que no hacen absolutamante nada. Lo decía el Rey Jorge VI de la Gran Bretaña, padre de Isabel II y popularizado por la película del tartamudeo vencido. «Algunos parlamentarios no hacen nada, aunque sepan no hacer nada bastante bien». Los parlamentos democráticos no funcionan con la cantidad sino con la calidad de sus miembros. Tengo la imagen de las asambleas políticas comunistas de la Unión Soviética y China. Esos infinitos salones con miles de sillones ocupados por silentes y obedientes funcionarios del partido que votan coincidentes en un 100 por ciento. El Senado español fue ocupado durante el franquismo por una institución denominada Consejo Nacional. Una institución perfectamente inútil, y a la que don José María Pemán, el genial escritor gaditano olvidado en las alcantarillas progres, definió con su gracia luminosa. «El Consejo Nacional es una cosa que se reúne una vez al año para oír el discurso del aconsejado».


No conozco a todos los parlamentarios, pero me atrevo a asegurar que más de un cincuenta por ciento de ellos no sirven ni para hacer la «O» con un canuto. Esa incompetencia con la «O» y con el canuto está muy bien remunerada. Y lo mismo hay que decir y aplicar a los parlamentos autonómicos, tan innecesariamente inflados de componentes. La tendencia de los políticos es la de aumentar el número de escaños en toda institución, porque ese aumento garantiza la supervivencia económica de numerosas oquedades mentales, intelectuales y culturales. Antonio de Senillosa, que era un parlamentario diferente, dandy, culto, nada disciplinado y siempre a su aire, les decía «los tontitos». «Todos los grupos del Congreso tienen a sus tontitos. Sirven para mandarlos a la barra del bar a que nos traigan cafés a los más listos». Y Areilza asentía con su noble cabeza vascorromana.
El plan de Rajoy es bueno, pero habría de aumentarlo. Menos diputados, muchos menos senadores, y ampliar el recorte a los parlamentos autonómicos y municipios. Entiendo que en España las cercanías y vecindades no se llevan muy bien, pero las mancomunidades son imprescindibles. Hay localidades con más concejales que habitantes. Y todo eso desemboca en el gran río del derroche del dinero público, que se desborda cuando se unen todas las partidas inútiles, prebendas injustificadas, pesebres cejeros y ayudas exóticas que tanto gustan dilapidar las administraciones socialistas. Está bien ayudar a los homosexuales de Gabón siempre que hayan sido atendidos los homosexuales de Fuenlabrada, por poner un ejemplo.


Perderán los políticos grises y profesionales de las listas. Ganarán en eficacia las instituciones democráticas y a la postre, todos los españoles. Y a intentar hacer las oes con canuto en casa, que es más barato.


La Razón – Opinión

viernes, 7 de octubre de 2011

Mister Zapatero. Por Alfonso Ussía

El presidente del Gobierno en trance de despedida está siendo infinitamente mejor que el presidente del Gobierno de los últimos siete años. El horizonte de la vida apacible y provinciana le ha llenado de sensatez. Consulta y trata a Mariano Rajoy como se hace con un sucesor seguro. Puentea a Rubalcaba, que ha renegado de él cuando todo se lo debe. Y para colmo, se reconcilia con los Estados Unidos con un fervor espectacular. Inesperadamente se ha abrazado a la OTAN y se ha sumado al escudo occidental antimisiles. Cuatro buques de guerra de los Estados Unidos además de mil cien soldados se instalarán en la base de Rota. Bueno para la base, bueno para nuestra Armada, y bueno para España. Obama, que cada día que pasa quiere parecerse más a George Bush, se ha mostrado feliz con la integración de España en la bóveda de la defensa antimisiles. Rota se sitúa en un punto estratégico, y Zapatero lo ha entendido como si fuera Aznar. Sólo le falta al presidente saliente que pida la dimisión de José Blanco por esos cuatrocientos mil euros de marras que andan por ahí de boca en boca, de plaza en plaza en plaza y de oca a oca y tiro porque me toca. Muy raro su silencio y extraña su falta de explicaciones, que, al final, no va a tener más remedio que darlas y exponerlas. De los tres políticos señalados por el empresario pagador, el del Partido Popular y el nacionalista gallego han dimitido de sus cargos y responsabilidades. El presumiblemente mejor tratado de los tres, José Blanco, está escondido. Su dimisión –y por qué no decirlo, su despido– sería catastróficas para los socialistas. Blanco está metido hasta las cachas en los planes de Rubalcaba, y la mancha de la sospecha se ha extendido. Dice Rubalcaba que el empresario ha estado en la cárcel y que carece, por ello, de credibilidad. Confunde el atún con las berenjenas. Además, Rubalcaba dio el vuelco electoral, el disfrazado golpe de Estado, en marzo de 2004, gracias a las informaciones de algún antiguo amigo conocedor de celdas alcarreñas. El empresario que ha señalado a los tres políticos como receptores de sus dineros no gana nada inventándose una patraña. Está reconociendo su delito y acusándose a sí mismo. Y si Blanco ha sido receptor de esas cantidades, en su nombre o en el del PSOE, no puede seguir en el Gobierno en funciones, ni en prácticas electorales. Triste, pero inevitable. Más aún, cuando Blanco ha sido el más contundente y precipitado martillo de herejes contra las corruptelas que afectaban al Partido Popular.

Resulta lastimoso que en su tramo final Zapatero se haya convertido en un presidente del Gobierno moderado, occidentalista, pro-americano, e inclinado a la austeridad en los gastos públicos. Aquella imagen del joven rojete sentado en el desfile ante el paso de la bandera de los Estados Unidos nada tiene que ver con la explosiva cordialidad de su conferencia de prensa junto al Secretario General de la OTAN y el Secretario de Defensa de los Estados Unidos, con domicilio en el Pentágono. Para toda nación libre y occidental es mucho más agradable y beneficiosa la amistad con los Estados Unidos que el desaire progre hacia el país que más dinero invierte y mas soldados entierra en la defensa de la libertad. Zapatero se está despidiendo bien del infinito mal que ha hecho. Su gran golpe sería pedir la dimisión de su amigo José Blanco y dejar al desleal Rubalcaba sin las artimañas del gallego listo.


La Razón – Opinión

miércoles, 5 de octubre de 2011

Azul. Por Alfonso Ussía

Mustia la rosa, fuera el rojo, bienvenido el azul. Rubalcaba entre azules de escenario. Una pastilla Viagra de fondo, ánimo nuevo, fortaleza perdida. Pero no ese azul claro y velazqueño del Partido Popular. Un azul cobalto, «blau requetblau» sin grana, eléctrico azul falangista, su azul preferido. Un azul de Alberti en «A la pintura», que también la familia Alberti y la materna Merello teñidas estaban de azules. Ay, llamadme Alfredo, ay, llámeme señor Rubalcaba. Años de rosa, años de rojo, años de carmesí, años de clarete, y todo para terminar su vida política en azul. «Llegó el azul y se pintó su tiempo». Sigue Alberti, con algún nombre cambiado. «Lo bautizaron con azul los ángeles. Le pusieron: Beato Azul Alfredo». «La sombra es más azul cuando ya el cuerpo que la proyecta se ha desvanecido./ Dijo el azul un día:/ -Hoy tengo un nuevo nombre. Se me llama Azul Alfredo Pérez Rubalcaba-».

Se ilumina el escenario de azul del Guadarrama, de azul de nieve, de azul de cielo de los montes del Pardo, y surge en el principio «llamadme Alfredo», ya señor Rubalcaba para siempre. Y aplaude el nuevo socialismo sus viejos azules recuperados, sus azules del ayer, elegidos de golpe del cajón de las añoranzas. Otra vuelta hacia Alberti: «-Hoy tengo un nuevo nombre. Se me llama Azul Juan Luis Cebrián Azul Polanco–». El azul traslúcido y transparente de los fingidos. Azul cristal, azul de otros azules, otra vez reunidos.

Se añoran los contrastes. El verde y el naranja de UCD contra el rojo chillón del socialismo creciente. El azul tamizado del Partido Popular contra el rosa fucsia del agonizado socialismo menguante de González. El azul diluido de Rajoy contra el rojo rojísimo del inesperado Zapatero. Y hoy, el mismo azul, casi evaporado, de los populares, contra el azul reencontrado de una buena parte de los socialistas. «¿Hacia donde marchas, madre, tan hermosa?/ -Me voy a los azules, tus azules,/ a buscarte sitio y acomodo».

Han desaparecido las siglas del PSOE de los grandes murales y las pequeñas pancartas. Están sus banderolas huérfanas de identidad. Se han descolorido los viejos colores retadores. De rojo al rosa, del rosa al azul. Interesante mutación cromática. ¿Para engañar a los incautos? ¿Para mentir a los obstinados? Al fin y al cabo, los colores nada dicen si no responden a actitudes. Nada tiene que ver el azul del PP con los viejos azules. Y es probable que tampoco esté sujeto el azul del PSOE con los azules de sus mayores. Pero hay algo de reconocimiento de fracaso en el cambio del lápiz y el tubo de pintura. Un hastío de rojos fracasados, de rosas sin capullo, de retos incumplidos. Ya no usan el rojo ni en las corbatas. Ahora, una corbata roja significa Banco de Santander o Ferrari. Pocos años atrás, todos los socialistas se anudaban sus corbatas rojas y las mostraban complacientes. A partir de hoy, todas azules, como está mandado. Que eso sí, hay que reconocerlo, disciplinados son hasta la exageración.

Pero yo me pregunto. Si el PSOE ha sido borrado, si el rojo diluido y el azul recuperado, ¿quién va a votar a Rubalcaba?


La Razón – Opinión

martes, 4 de octubre de 2011

Lágrimas de almíbar. Por Alfonso Ussía

Los meses previos a unas elecciones generales deparan excesivas emociones. No niego que me gustaría ser niño para sentir el cariñoso beso de Rajoy y de Rubalcaba, a pesar de la barba de uno y de otro. Lo cierto es que ya de adulto, mi beso infantil es lo único que Rubalcaba puede llevarse de mí. Rajoy, al menos, se llevará mi voto, y ese detalle en una democracia tiene una gran importancia. En los últimos siete años, he estado de acuerdo y en desacuerdo con Rajoy en muchas ocasiones. Pero nunca me ha engañado.

Es posible que la ausencia del poder impida la culminación del engaño, pero ni en los momentos más bajos de Rajoy, lo he tenido como mentiroso. A Rubalcaba sí, casi siempre. Como escritor, soy partidario de la mentira por lo que contiene de imaginación y creatividad. No como ciudadano, contribuyente y votante. De Rubalcaba, con quien he hecho buenas migas en las pocas ocasiones que nos hemos encontrado, no me fío. Y hago bien.

Un político que asegura, con lágrimas en los ojos, almibaradas lágrimas, que se siente al lado de los parados habiendo contribuido a crear durante su participación gubernativa más de dos millones y medio de ellos, se me antoja estrafalario. Divertido como salida improvisada, pero no si las lágrimas están inmersas en un plan o un guión electoral.

Me preocupa el desmoronamiento del socialismo. El sistema democrático se sostiene con dos partidos fuertes y la posibilidad de la alternancia. La chufa que se puede dar el PSOE en noviembre – y las encuestas hasta la fecha aseguran la chufa–, no hará otra cosa que ahondar su precipicio. Rubalcaba no es un candidato serio, ni Felipe González, su último fichaje, una esperanza de futuro. Además, que Felipe González carece de voluntariedad en el compromiso.


Está ahí porque le llaman y en ese momento no tiene nada más importante que hacer. Felipe González no está capacitado para avalar un socialismo escorado al límite de su izquierda cuando se ha convertido, y mucho me alegro por él, en un acomodado inquilino del barrio de Salamanca. Sí, sí, en parte de aquella «derechona» que antaño tanto le molestaba. No es inteligente la estética del otoño para ganar la primavera, y la primera fila de butacas en los actos de Rubalcaba, es una primera fila sin hojas, lánguida y un mucho vetusta. Una melancolía del desaparecer, como el poema de Foxá.

Ahí, el único joven, y ya no tanto, es Madina, que siempre se está riendo y algún día le tengo que preguntar el motivo de su risa. Todo mi respeto a Javier Solana, pero el futuro político y su persona ya han roto sus relaciones amorosas, se han devuelto el rosario de su madre y uno de los dos, Solana o el futuro, se han quedado con todo lo demás.

Felipe González, Javier Solana y Alfredo Pérez de Rubalcaba conforman la estética del pasado. Como sigan con estas ocurrencias, el próximo que sacan a la palestra será Gregorio Peces-Barba, que tantísimos votos arrastra.

Insisto que el Partido Popular haría bien en renunciar a la campaña electoral. Se la está haciendo Rubalcaba, prometiendo todo lo que no ha hecho en siete años de ministro y vicepresidente de los Gobiernos de Zapatero, del que ahora se ha distanciado con radical desdén, como si de Escarlata O’Hara se tratara. Esas lágrimas de emoción, almibaradas lágrimas, no se las cree ni Elena Valenciano, mujer inteligente obligada al suicidio.


La Razón – Opinión

domingo, 2 de octubre de 2011

1930. Por Alfonso Ussía

La próxima semana dará comienzo en Bruselas el juicio contra Tintin. Lo han leído bien. Contra Tintin, el héroe de los tebeos de Hergé, que no se sentará en el banquillo porque lleva muchos años enterrado. La gente es tonta. No cabe en España un tonto más, decía mi maestro Santiago Amón. Parece ser que en Bélgica, sí. Todavía queda margen. Figúrense que dentro de ochenta años, un lector atravesado, desconocedor de las circunstancias de nuestros tiempos, considere que una viñeta del gran Ibáñez resulta ofensiva y contraproducente. Y Mortadelo y Filemón, al banquillo.

El libro «Tintin en el Congo» se publicó en 1930. Previamente, Hergé se había estrenado en blanco y negro con «Tintin en Rusia». En «Tintin en el Congo» se refleja la costumbre, el momento y las ideas de aquellos tiempos. África estaba colonizada por los europeos, y unas sociedades eran más comprensibles y humanas que otras con los nativos. Los belgas no fueron excesivamente simpáticos con los congoleños. En 1930, los negros eran considerados inferiores, y no había que viajar a África para experimentar la realidad de tamaña barbaridad e injusticia.


En los Estados Unidos y en el Caribe, el desprecio racial era el mismo. Hergé hilvana una historieta nacida de su talento y de su tiempo. El Hergé de 1990 jamás habría escrito y dibujado lo que escribió y dibujó en 1930. No hay duda de que, leído y visto hoy «Tintin en el Congo», resulta chocante, desagradable y fuera de lugar. En unas viñetas Tintin dispara sobre unos negritos y los compara a los monos. No hace mucho, el príncipe zulú Mangoshotu Buthelesi, refiriéndose a los negros sudafricanos que no son zulúes, lo hizo con desprecio hacia los primates. Si sientan en el banquillo a un dibujo que representa a un joven con un flequillo rubio, tendrían que hacer lo mismo con toda la saga de los Courtney de Wilbur Smith. Tengo en mi biblioteca ediciones de principios de siglos de aventuras africanas y safaris. Se leen párrafos estremecedores de los castigos a los que eran sometidos los porteadores u ojeadores por parte de los capataces negros que contrataban los cazadores europeos. Hiere la lectura, pero la narración corresponde a aquellos tiempos inhumanos en los que un negro no valía nada en África. Tan sólo los misioneros tuvieron la valentía de tratar a los nativos como hijos de Dios, seres humanos y equiparables en derechos a los blancos. Y muchos de ellos, españoles en alto porcentaje, fueron asesinados por su consideración con la negritud. Si van a juzgar en Bélgica a un cromo ¿por qué no hacen lo mismo con todos los escritores de libros de safaris, testigos de los castigos más inhumanos y crueles? ¿Quiénes son los idiotas que van a juzgar a un personaje de tebeo ochenta años después de su congoleña aventura?

Según parece, el promotor del exótico y extravagante proceso es un abogado del Congo, Bienvenu Mbutu, que acusa a Tintin de hacer propaganda de la colonización. Habría que recordar a Mbutu que los belgas fueron duros e implacables, pero unos benditos comparados con los propios congoleños cumplida la independencia. Lumumba, Mobutu, Tshombé y compañía se dedicaron a exterminar a quienes no pertenecían a su etnia.

Juzgar al protagonista de un tebeo es más que una memez. Además, los congoleños no se sienten tan perjudicados por lo que Hergé dibujó en 1930. ¿Y ahora qué? ¿Tintin a la cárcel y hacer hogueras con sus libros? Con mi ejemplar que no cuenten.


La Razón – Opinión

sábado, 1 de octubre de 2011

Andaluces. Por Alfonso Ussía

A Mas no le gusta cómo hablan el español –él dice «castellano»– los niños andaluces. El castellano, como decía el gran don Camilo Cela no es otra cosa que el bellísimo español que se habla en Castilla. En el mundo, nuestro idioma es el «spanish» no el «castiglian». Pero en fin, se trata de una cursilería nacionalista que se ha convertido en lugar común. No obstante, creo que Mas yerra o no ha dedicado muchas horas a hablar con andaluces, niños o adultos. O ha leído poco a los autores andaluces, que tratan el idioma con una luz y maestría difícil de superar. Los giros populares que hoy se mantienen en Andalucía, las ráfagas imprevistas, la palabra culta del Siglo de Oro que ha sobrevivido en los campesinos de Andalucía la Baja, son tesoros al aire libre de la cultura que sólo en Andalucía se encuentran. En Andalucía todo es poesía. Se dice Cornellá, Sant Feliú de Guixols, Mollerusa y Olot, y está muy bien. Se han encadenado cuatro interesantes topónimos catalanes. Pero si alguien pronuncia sin pausa, Alcalá de los Gazules, Zahara de los Atunes, Jerez de la Frontera, el Puerto de Santa María, Sanlúcar de Barrameda y Castilblanco de los Arroyos, está recitando un poema. Y claro que se entiende a los niños andaluces cuando hablan. Se los entiende si el que oye también escucha.

Con el respeto y la admiración que me produce la Literatura y Poesía catalana –respeto y admiración aquí reconocidos pocos días atrás–, me permito escribir sin merecer por ello la tortura nacionalista, que Andalucía y Castilla conforman las dos cumbres grandiosas de nuestra palabra, incluyendo en nuestra palabra a la catalana, la vasca y la gallega. Una de las características principales del andaluz es lo bien que habla. Con su acento, como el catalán, que también lo tiene, y no alcanza a dominar la belleza de los conceptos como esos niños que han heredado –lo repito–, las voces emocionantes del campo y los giros de nuestros maestros clásicos.

Entre otros, tienen a Séneca en sus ancestros. Bajo con frecuencia a Andalucía y allí he pasado muchos meses en mis años jóvenes. Soy cuarterón de Castilla, Andalucía, el País Vasco y Cataluña. Y no recuerdo haberme quedado en blanco ante la palabra de un andaluz. En la Bahía de Cádiz, en el Puerto, en Sanlúcar, en la muerte grandiosa del Guadalquivir con el Coto de Doñana por testigo, las olas llegan y rompen en las costas de Andalucía con la sabiduría en sus espumas. Si Artur o Arturo Mas no entiende a los niños andaluces, o gallegos, tampoco entenderá a los niños catalanes, que hay mucho mestizaje por sus predios. No entenderá la poesía de Alberti, o de Lorca, la palabra de Pemán, la voz impresa de Villalón, de Manuel Halcón, de los hermanos De las Cuevas, de Adriano del Valle… todos contemporáneos. Y no entenderá las columnas de Ignacio Camacho, Antonio Burgos, Francisco Reyero, y tantos orfebres barrocos de nuestro idioma principal y común.

Lo que ha querido decir Mas es que los andaluces son de fuera, como los gallegos, como los castellanos, y que los catalanes puros y duros como él no están dispuestos a gastar ni un segundo en el intento de entenderlos. La cultura nacionalista. ¡Ozú!


La Razón – Opinión

viernes, 30 de septiembre de 2011

Fleur, fleur. Por Alfonso Ussía

El carota sudafricano Brian Currin lleva mucho tiempo viajando de un lado a otro del mundo con la excusa de un supuesto plan de «pacificación» del «problema vasco». Currin lo que quiere es que España perdone, la ETA no sufra derrota alguna, los presos salgan a la calle y todas esas bobadas que propugnan los batasunos. Pero nadie nos ha informado de quienes pagan a Currin y sus ayudantes. Viajan en clase Preferente y se alojan en los mejores hoteles de Bilbao, San Sebastián y Vitoria. Comen y cenan en famosos restaurantes y cuando están aburridos hasta podrían irse de palomitas, que así las llamaba don Santiago Bernabéu. Cuenta Luis Miguel González en un libro que acaba de publicar con el Real Madrid de protagonista, que Bernabéu en una audiencia con Franco le sorprendió con esta proposición: «Mi general, ¿y si nos fuéramos a pasar un rato con un par de pelandruscas?». Franco se puso muy colorado y no respondió. Y Foxá, refiriéndose a su ministro, Alberto Martín Artajo, cristiano profundo y muy clerical, cuando éste abandonó una cena con un grupo de diplomáticos, informó de esta guisa a sus compañeros. «No os preocupéis, es que el ministro, a estas horas, siempre se va de curas». Currin tiene aspecto de guepardo del Krügger, apasionado y ligero, no tanto como Strauss-Kahn, pero mucho me temo que en sus horas de aburrimiento en la soledad de los hoteles –que son todas, porque no hace nada–, le asaltará de cuando en cuando la tentación de culminar algún desahogo. No se trata de una afirmación, y menos aún de una confirmación. Es un juego de intuiciones. En el caso de que tal tentación le sobreviniera, ¿quiénes les pagan a Currin y sus ayudantes la resolución de sus gozos? Vuelos, hoteles, restaurantes y gozos. No creo que sean los bilduetarras los paganinis. Y tengo para mí que a Currin le estamos pagando los españoles para que siga intrigando contra los españoles. Fondos reservados, Ministerio del Interior.

No contentos con los gastos de Currin, la ETA ha contratado –¿puede la ETA contratar?– a seis observadores extranjeros para que verifiquen el alto el fuego de la banda. Son seis formidables desconocidos. El inglés Chris Maccabe, el indio Satish Nambiar, el srilanqués Ram Manikkalingam, el sudafricano Ronnie Kasrils, el escocés Ray Kendall y la atractiva Fleur Ravensbergen, de quien no facilita la ETA sus datos de origen, y puede ser alemana, danesa, sueca, noruega e incluso, francesa, por lo de Fleur. Me parece que estos se lo van a pasar estupendamente bien en España a nuestro cargo. Con especial intensidad, Ram Manikkalingam, que es el jefe de Fleur, y Dios me libre de la sospecha y el chisme, pero ahí puede haber tomate. Y me duele la posibilidad, por cuanto Fleur me ha entrado por los ojos como rayo de luz ardiente y mesurado simultáneamente. ¿Puede ser lo mesurado ardiente y lo ardiente mesurado?, se preguntarán ustedes. Mi respuesta es decepcionante. Lo ignoro. Pero yo he sentido ese ardor y esa mesura cuando he visto la imagen de Fleur. Y claro, los celos matan. Y Manikkalingam me cae fatal. Ay, Fleur, Fleur, que mal me lo está haciendo pasar.

Por lo demás, nada nuevo. Seis gorrones más a costa del contribuyente que sumados a Currin y sus ayudantes empiezan a conformar un grupo preocupante. No por lo que hagan, sino por lo que cobran.


La Razón – Opinión

miércoles, 28 de septiembre de 2011

¿Y la autoridad? Por Alfonso Ussía

Le recomiendo a la finísima, cordial y educada alcaldesa bilduetarra de Alsasua que cruce la frontera con Francia por donde mejor le venga. Y que le diga al gendarme de turno con carácter extensivo a toda la gendarmería: «Me cago en vuestra puta calavera». No hará falta la reacción de la Fiscalía francesa. Dormirá en el calabozo y será procesada por desacato a la autoridad. Le recomiendo a la pulcra, acrisolada e instruida alcaldesa bilduetarra de Alsasua, que viaje a Londres. Le parecerá muy lejano y exótico, porque su proceder da a entender que es una paleta que no ha salido de Alsasua en su vida. Y que allí, en Londres, solicite un traductor para decirle al primer «Bobby» que se encuentre por la calle con carácter extensivo a todos sus compañeros: «Me cago en vuestra puta calavera». Dormirá en prisión, será procesada y juzgada por falta de respeto a la autoridad y pasará unos meses en Inglaterra en una alegre celda con vistas al patio interior de la prisión elegida por el juez. En España, tan modernos y comprensivos, tan indocumentados en lo que significa la libertad de expresión y su uso, puede dirigirse a un guardia civil, decirle que se estercola en su puta calavera, y nada le pasa. El guardia civil escribe un informe, éste descansa en una mesa de la Fiscalía, y si hay suerte, el Fiscal puede pedir al juez que cite a declarar a la señora alcaldesa de Alsasua. Pero el proceso es tan largo, que al final la alcaldesa de Alsasua puede ser otra, el guardia civil insultado se ha aburrido en la espera, la Fiscalía cambie de titular y el juez encargado de tomar declaración a la tía esa, no quiera saber nada del asunto. Entonces, Garaci Urrestarazu, que así se llama la homínida, envalentonada, le dirá al primer guardia civil que se encuentre: «No sólo me cago en vuestra puta calavera, sino en vuestras putas madres y en vuestros putos muertos». Y todo seguirá igual.

En el acto en el que Garaci Urrestarazu le dijo semejante preciosidad literaria a un guardia civil, el Rey, el Jefe del Estado, fue vejado, humillado y comparado con un torturador nazi, y la Guardia Civil tuvo que retirar, con la oposicion de la tal Garaci, una enorme pancarta en la que se leía –lo cual es lógico dada la finura de la alcaldesa de Alsasua–, «Que se vayan a hacer ostias», que escrito de esa guisa, sin «h», es frase y deseo de escaso sentido, porque la ostia no es otra cosa que una ostra, y me temo que no era la intención de los cultos redactores de la pancarta.

La acción de estercolarse en la puta calavera de un guardia civil por parte de una defensora y colaboradora de los terroristas de la ETA, es acción de muy mal gusto y oportunidad. Porque gracias a los amigos de Garaci Urrestarazu, en los cementerios españoles, hay centenares de calaveras de guardias civiles asesinados por la ETA. Y aquí, en este punto, si los hechos de por sí eran poco graciosos, pierden la gracia por completo, y se tornan en gravísimos e intolerables. Una alcaldesa así no puede permanecer en su cargo, y menos aún, en libertad sin pasar por la taquilla de la fuerte multa o el equivalente a una temporada en la cárcel. Somos millones los españoles que no admitimos que sean insultadas las calaveras de los guardias civiles, en servicio o retirados, con tricornio o sin tricornio, vivos o asesinados por los amigos de esa tipa tan miserable. Y el Fiscal, a levantarse, que ya es hora.


La Razón – Opinión

martes, 27 de septiembre de 2011

El canalla firmante. Por Alfonso Ussía

De no ser por los presumiblemente marginales pantalones a media pantorrilla que ya no corresponden a su avanzada edad, parecía un otoñal honorable. Pelo blanco y barba cana, la expresión tranquila y una camiseta gris con un mensaje que no se leía bien, afortunadamente. Más que camiseta, un niqui. Los pijos, como son definidos por el lugar común de la retroprogresía, llevan en sus polos el cocodrilo de «Lacoste» o el petiso de «Ralph Laurent».

Los progres llevan mensaje o una variación de la imagen del «Che» que ya no resulta nada original. Como el «Presoak Kalera» de los proetarras, cuyas letras jamás se destiñen porque no se lavan. Algo tienen las concentraciones en espacios cerrados de los batasunos que recomiendan la mascarilla antigás o antipolución. Ganas dan de instalar en el exterior del recinto donde se reúnen un servicio de duchas obligatorio. No se pretende que una bilduetarra deje a su paso un ambiente de lavanda o de Chanel número 5, lo cual sería muy de agradecer, pero de ahí a la mugre media largo trecho con muchas posibilidades higiénicas. Y lo mismo se puede decir de los varones inmediatos al terrorismo. El pendiente en la oreja, el niqui con mensaje y hasta los pantalones a media pierna son perfectamente compatibles con el agua y el jabón.


Pero no se trata de eso. Intento escribir que podía pasar por una persona honorable. Fue el encargado de firmar en nombre del llamado «colectivo de presos» la adhesión al pacto encabezado por «Bildu» en el que se pide que no haya vencedores ni vencidos en la lucha del Estado de Derecho contra el terrorismo, y que todos los presos comunes de la ETA –en España no existe la figura del preso político–, sean perdonados. Él, Jon Aguirre Aguiriano, el que podía parecer venerable melancólico, fue el encargado de firmar el acta mientras los que llenaban el salón de actos de Guernica aplaudían a rabiar y vitoreaban a los etarras.

Con toda seguridad, eligieron a Aguirre Aguiriano por su permanencia durante treinta años en diferentes residencias penitenciarias viviendo a costa de los contribuyentes. En esos treinta años, ni una señal de arrepentimiento. En esos treinta años, ni un impulso de solicitud del perdón de una familia destrozada. El canalla firmante no ha pasado treinta años de su vida en la cárcel por ser independentista, estalinista o vasco. En España el que quiera ser independentista lo puede ser y decir, el que quiera ser estalinista lo puede ser y manifestar, y ser vasco es una condición mayoritaria y abrumadoramente decente. Eligieron a Aguirre Aguiriano por su valiente pasado de «gudari» y su heroica acción «bélica». Colocó una bomba asesina en Azpeitia que segó la vida de José María Piris, un niño de trece años. Asesinar a ciegas, sin riesgo y por placer a un niño de trece años es empresa que merece – y así se ha demostrado–, el público reconocimiento de Bildu y del entorno inmediato al terrorismo.

Llevaba sobre el «niqui» una banda negra, a modo de correa que sujeta el bolso masculino o «maricona» o quizá se trataba de la cinta correspondiente a una condecoración etarra concedida por su valor. Firmó y fuese entre ovaciones. Matar a niños de trece años está muy bien visto en determinados círculos. ¿Don Pascual Sala? Está reunido.


La Razón – Opinión

domingo, 25 de septiembre de 2011

Antipáticos. Por Alfonso Ussía

Me altero cuando leo u oigo a un nacionalista catalán haciendo uso magistral del victimismo. Que si el anticatalanismo, que si el españolismo, que si patatín, que si patatán. Nada de eso. Los nacionalistas catalanes, socialistas incluídos, llevan muchos años cerrados a la libertad de expresión y abiertos a la antipatía con el resto de los españoles. Todo lo que dicen resulta antipático, distante y pegado a la aldea. Lo de los toros, mayúscula equivocación y atentado cultural contra centenares de miles de catalanes, no supera la simpleza del cinismo más tosco. Lo del idioma va mucho más allá. En España se prohibe hablar en español. En España se multa por rotular en español, y en España se le llama fascista a quien solicita que sus hijos estudien en español. Así de sencillo. La lengua catalana, rechazada durante siglos por las altas clases de Cataluña, es una lengua viva y moderna que no transcurre por peligro alguno. Su literatura es formidable y no ha sido necesario reiventarlo, como han hecho los nacionalistas vascos con el «batúa» para que se puedan hablar y entender de valle en valle. Los vascos redujeron la fuerza de sus siete dialectos en el siglo XII, arrinconándolo en los espacios rurales y las nostalgias pastoriles. En el siglo XII no había nacido todavía Franco, al que culpan de su limitada expansión. En Cataluña, con Franco o sin Franco, siempre se ha hablado el catalán, escrito en catalán y comerciado en catalán. Su gran pujanza se ha debido al uso natural del bilingüismo, ese tesoro que los nacionalistas catalanes, socialistas incluídos, desean enterrar.

En veinte años, Barcelona ha pasado de ser la ciudad más avanzada y acogedora de España a una inmensa y bellísima aldea que recela de todos los que del resto de España acuden a visitarla. Y Barcelona es la primera y fundamental tarjeta de visita y prestigio de Cataluña. Vargas Llosa lo explicó muy bien hace años y le cayeron barretinas del cielo. Todo ello, nace de una nueva y reciente antipatía imprescindible para defender lo catalán de la infectada influencia de lo español. Parece que ningún nacionalista catalán, socialistas incluídos, ha leído a Maragall, a Espriú o al gran Josep Pla, el payés brillante, irónico y escéptico. Otro, y más profundo, es el problema de los vascos. Los autores que se pueden leer los han escondido, con Unamuno y Baroja a la cabeza. La Literatura catalana de los siglos XVIII y XIX es moderna y palpitante, mientras que la vasca se reduce a una serie de poetas infantiles que no sabían de la existencia de la metáfora.

En España no hay anticatalanismo. Hay hartazgo de la antipatía de los nacionalistas hacia lo que también es suyo. Por defender unas peculiaridades muy respetables, como también lo hacen los vascos, están renunciando a una maravilla cultural e histórica compartida durante mil años. Y lo están haciendo mediante gestos y posturas manifiestamente antipáticas, vejatorias e inimaginables años atrás, cuando Cataluña representaba la avanzadilla cultural de España. Eso es lo que se me pasa por la cabeza y así lo escribo, a vuela pluma, herido porque quieren hacerme extranjero de una parte de España que amo con locura. Como en Vasconia. ¿Por qué tan antipáticos?


La Razón – Opinión

sábado, 24 de septiembre de 2011

Estáis en casa. Por Alfonso Ussía

El pasado jueves tuve el honor de presentar a Isaac Querub en «La Razón». Isaac Querub Caro es el presidente de la Federación de Comunidades Judías en España, español, hijo de Sefarad, conciso, directo, emotivo, culto y pacífico. También es del Atlético de Madrid. La intervención de Querub emocionó a todos los presentes, entre ellos dos obispos de la Iglesia católica, el Auxiliar de Madrid y el de Ávila. Estaba el ministro de la Presidencia, el siempre educado Ramón Jáuregui, que es el socialista con menos aspecto de socialista de cuantos conozco, y de muy buena cosecha, la de 1948. Intuyo que su postura respecto a Israel no es la misma que la de muchos de sus compañeros de partido, con esa Alianza de Civilizaciones absurda, y su permanente defensa del ingreso de Turquía en Europa, que significaría la entrada del Islam en la libertad de Occidente.

Porque la única nación occidental del Oriente Medio, la única democracia, no es otra que Israel, que hizo nacer un vergel en el desierto, mientras los árabes rechazaron la misma extensión de tierra para crear el Estado palestino.


Se habló del antisemitismo en España, la Patria de Isaac Querub. Su gran Patria es Israel, porque los judíos distribuidos por el mundo comparten el amor por sus raíces y el amor por sus antepasados. Isaac Querub estuvo muy educado y apuntó que el antisemitismo en España es un problema que viene de la ultraderecha y la ultraizquierda. No hay que irse tan lejos en la izquierda. Incluso en la izquierda moderada se abomina de los judíos, precisamente –no lo sé–, por haber constituido una nación democrática ejemplar que tiene que defenderse todos los días de los ataques de sus vecinos, que no desean su derrota, sino su aniquilación. Una nación con un nivel de inteligencia y preparación científica superior a la de los Estados Unidos o Alemania, que en su periodo nazi asesinó a millones de ellos. Un millón y medio de niños judíos fueron asesinados sólo por el hecho de ser judíos. Cuando Querub ofreció este dato con las mismas palabras, contagió a todos los asistentes la emoción profunda de sus sentimientos.

Aquí en España, en Sefarad, la cuna de los judíos españoles, el odio a Israel está instalado en la demagogia de las izquierdas. Los comunistas y socialistas, que disfrutan de la cultura y los avances judeocristianos, aborrecen a los hebreos. Entre los comunistas es lógico, por cuanto después de Hitler, el más eficiente asesino de judíos fue Stalin. Entre los socialistas me sorprende más su descerebrado apoyo a la Edad Media.

«Ni Moisés, ni Jesucristo, ni Marx, ni Freud, ni Einstein, que contribuyeron al progreso de la civilización humana con planteamientos universalistas, han podido evitar la expansión del antisemitismo». Einstein se lo tomó con humor: «Si mi Teoría de la Relatividad es acertada, Alemania dirá que soy alemán, y Francia que ciudadano del mundo. Pero si es errónea, Francia dirá que soy alemán y Alemania que soy judío».

El representante de los judíos en España habló de paz, de libertad, de modernidad, de democracia, de entendimiento. Ni una expresión de desprecio o de odio a quienes los odian y desprecian. Israel nunca será aniquilada porque cree en sus gentes. Europa está obligada a definir con más firmeza su respaldo a Israel, al siglo XXI, tan alejado de la brutalidad del medievo. Isaac, estáis en casa.


La Razón – Opinión

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La presentación. Por Alfonso Ussía

Estuve en la presentación del libro de Mariano Rajoy, editado por Planeta, en el Hotel Intercontinental de Madrid. Han cambiado las circunstancias y acudió una multitud en socorro del vencedor. El Partido Popular en pleno, y muchos más periodistas que los habituales. Se hacían quinielas de los escaños socialistas. No subían de 115 escaños, pero por lo bajini muchos aventuraban una catástrofe rubalcabiana. Desde que el candidato socialista se ha convertido en el enemigo del español en Cataluña, el optimismo es aún más expresivo en el Partido Popular, aunque Rajoy llama a la cautela, la prudencia y serenidad. Mucha seguridad. A pesar de ello se colaron seis miembros de la «Banda de la croqueta», seis croquétez, que saludaban con campechana efusión a los políticos presentes. En una mesa del salón, Yolanda Barcina, la valiente, inteligente y bellísima Presidenta de Navarra, que había ido por otro compromiso. Con ella será más sencillo recomponer el pacto navarro entre UPN y el PP, pero todo requiere su tiempo y su oportunidad. Una señora entrada en años y en exceso ferviente seguidora de don Mariano, protestaba porque no veía nada. Se subió a una silla. Y como suele suceder a las señoras que se suben a las sillas, se cayó.

Tres chicas jóvenes presentaron el libro. Lo hicieron bien y con brevedad, como si presentaran libros todos los días. Y también estuvo breve, afilado e irónico Mariano Rajoy, que ha atravesado muchos desiertos sin cantimplora, y ya divisa el oasis. Tengo para mí, y lo he repetido en diferentes ocasiones, que Rajoy será mucho mejor gobernante que líder de la Oposición.


No creo en las campañas electorales. Haría muy bien el PP en reducir la suya hasta extremos chocantes. La mejor campaña para el partido Popular es la que le está haciendo Rubalcaba. Por el ambiente que se respira, se puede asegurar que don Mariano no tiene que besar a demasiados niños para triunfar en las elecciones. Se presiente una victoria contundente, a pesar del hedor áspero y callejero que arropará a su promotor socialista.

También favorece a Rajoy el enfado de los cejeros, que soltarán más de una tontería en las próximas semanas en nombre de lo que ellos llaman «cultura». No obstante, el optimismo electoral nada tiene que ver con el social. Rajoy se va a encontrar con una caja vacía, miles de millones de euros de deuda, y un porvenir espeluznante. Los sindicatos mansos se volverán fieros, y más si Rajoy cumple con su compromiso de limitar hasta la legalidad sus constantes subvenciones chulescas. Me decía un ilustre economista allí presente, que si el futuro Gobierno ahorra lo que ha despilfarrado en chorradas y amistades el socialismo gobernante, una considerable parte de nuestra deuda vería aliviada su situación. El dinero público no está para imbecilidades. Con lo que se llevan los pesebristas de la llamada «cultura» se construyen dos hospitales y muchos kilómetros de carretera. Y se aseguran las pensiones de centenares de jubilados. Es de esperar que Rajoy se atreva con ello y con ellos, ajeno a demagogias baratas y berrinches estalinistas. La sociedad lo que busca es trabajo y llegar a fin de mes. Y no es imposible alcanzar el objetivo.

Mientras Rajoy hablaba, Rubalcaba le proporcionaba más votos.


La Razón – Opinión

martes, 20 de septiembre de 2011

Otro día de la madre. Por Alfonso Ussía

Repito lo que nos dijo, en su día, a sus diez hijos, nuestra madre. «Soy vuestra madre menos el Día de la Madre». El Día de la Madre se lo trajo de los almacenes «El Encanto» de La Habana Pepín Fernández, fundador de «Galerías Preciados», y su idea la desarrolló con enorme éxito su principal competidor, Ramón Areces, desde «El Corte Inglés». Hoy es una costumbre establecida y celebrada, y podría darse que en el futuro fuera declarada Fiesta Nacional. Ignoro la fecha actual de celebración del Día de la Madre, pero propongo que el 19 de septiembre se designe, a partir del presente año, «El Otro Día de la Madre», en homenaje a la de Rafael Díez Usabiaga.

Escribo con antelación a la comparecencia ante el juez del mencionado dirigente proetarra. Disfrutaba de unas maternales, o filiales, vacaciones en libertad gracias a la bondad infinita del juez Baltasar Garzón, que lo puso en la calle para que atendiera a su madre, que a decir verdad, ya estaba atendidísima. Pero ha sido condenado a otros diez años de prisión y, por lógica, su destino inmediato es la cárcel. Se me desgarra el corazón y ahoga el ánimo.


La verdad es que Usabiaga no le ha hecho excesivo caso a su madre, coartada de su libertad, desde que abandonó la prisión de la mano de don Baltasar. Vive al cuidado de dos hijas, y pasea todas las mañanas y tardes por las calles de su localidad. El propio Usabiaga ha reconocido que no visitaba en demasía a su hacedora porque estaba en otras cosas, nada recomendables para los hijos. Usabiaga, como Otegui, y previamente De Juana Chaos, Urruticoechea o «Ternera» y demás delincuentes comunes de probada afición terrorista, recibió un trato amable y político por parte de determinados jueces y magistrados proclives a obedecer las órdenes del Gobierno de Zapatero. Eso, «el ambiente propicio para alcanzar la paz», que dicen los idiotas, cuando el único ambiente propicio para alcanzar la paz es el que podrá disfrutarse cuando la ETA sea definitivamente derrotada. Y aquí sale la santa figura de la madre, que no tiene culpa de nada, aunque sí una elevada responsabilidad en la educación y formación de su hijo, que le ha salido rana total. Se suponía que, aprovechando su puesta en libertad, Usabiaga atendería con más cuidado y asiduidad a su madre, pero éste no se ha portado como un hijo modélico. Se ha reunido más veces con la ETA que con la madre, y la pobre mujer lo ha tenido que pasar fatal. Para la atención que precisa la madre, que ingrese Usabiaga en prisión o permanezca en libertad carece de importancia porque el caso que le hará será el mismo, es decir, ninguno. El daño es más moral que práctico. La sociedad vasca se fortalece desde el matriarcado, y un vasco que no se preocupe de su madre merece ser expulsado inmediatamente del espacio de influencia de Sabino Arana, el inventor de la farsa. Me satisface saber que el ingreso en prisión de Usabiaga no le va a afectar en absoluto a su madre. Me satisface y me consuela. Y propongo a las firmas de grandes superficies del País Vasco la creación del «Otro Día de la Madre», con la sola finalidad de que los proetarras, batasunos, bateragunos, las feas, los sortus y los bildus puedan celebrar algo cercano a la sensibilidad humana y familiar. Pero con el niño en la cárcel, que es su sitio.

La Razón – Opinión

domingo, 18 de septiembre de 2011

La institución rosada. Por Alfonso Ussía

Soy antiguo y creo en las instituciones. También en la libertad de cada uno para elegir el rumbo de su vida, y disfrutarlo o padecerlo. Mi padre fue un gran amigo del primer marido de la duquesa de Alba, Luis Martínez de Irujo. Se distanciaron algo cuando el duque de Alba –que lo fue como la copa de un pino–, decidió apoyar la «operación Príncipe» en perjuicio de Don Juan. De aquella amistad nació la mía con sus hijos, en especial con Carlos y Alfonso, los dos mayores. Cuando Luis Martínez de Irujo falleció en plena juventud como consecuencia de una leucemia, esa gran Casa, esa institución, experimentó un gran vacío. Años más tarde, la duquesa se casó con Jesús Aguirre, sacerdote secularizado, inteligente, culto, editor, traductor, irónico y poco dado a lo habitual. Se sentó en la Real Academia Española. Creo que encajó con la mayor parte de los hijos de la duquesa. También falleció en pleno esplendor intelectual. Y ahora se avecina el tercer marido de Cayetana, al que no conozco y del que me está por lo tanto, vedada la opinión. Sucede que una cosa es la opinión y otra la intuición, y esta segunda me alarma.

La duquesa de Alba ha superado con creces los ochenta años de vida, y su futuro marido tiene más o menos los mismos que Carlos, su hijo mayor. La prensa rosa está encantada con la boda, porque su objetivo no es otro que el chisme efímero y el cotilleo barato. No ahonda en las integridades institucionales de una Casa que es parte importante de la Historia de España. He leído que la boda será en Sevilla, donde Cayetana tiene instalada su cortesanía. Vuelvo a la institución y el respeto que me merece. La duquesa de Alba no es una noble cualquiera y del montón. Es la representante de una de las Casas más históricas de España. La Casa está por encima de las personas. Se respeta, por supuesto su libertad, pero también se duda de su oportunidad. Si lo hacen sus hijos, no nos queda otra salida a quienes no lo somos. El chismorreo quiere boda y hay alborozo general, pero a mí, tan antiguo y retrógrado, me apena el espectáculo. No le veo un porvenir claro. Ella es dueña de su vida, de su ánimo, de su cuerpo y de su libertad, pero sinceramente esta boda se me antoja rarísima. Extraña en todos sus aspectos. Los grandes modistas sevillanos Victorio y Lucchino, que además de dos artistas consumados son simpáticos y abiertos, han colaborado con la extrañeza. De su taller saldrá el vestido de novia de la duquesa de Alba, y han adelantado que encajará a la perfección con la juventud de Cayetana. Con toda cortesía soy libre de pensar que si Carlos tiene mis años, y yo me considero un individuo en el melancólico otoño que avanza hacia su invierno, la madre de Carlos no puede formar parte de eso que se llama la juventud, por mucho que se sienta partícipe de sus ventajas. La duquesa de Alba es una mujer extraordinaria que ha ayudado a miles de personas a lo largo de su vida desde el silencio y la discreción. De ser irremediable la boda, podría haberla organizado en familia y por sorpresa, cerrando las ventanas a la insaciable perversidad de los chismosos. No por ella, sino por la institución que representa, que quiérase o no, con tanto batiburrillo, chisme, adulación interesada, y curiosidad popular comprensible, un algo se quiebra. El amor es respetable. Pero también confuso, y no siempre conveniente.

La Razón – Opinión

sábado, 17 de septiembre de 2011

¡Ay, las nubes! Por Alfonso Ussía

«El mejor destino es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca y mirando al cielo». No sabía el gran Ramón que su greguería se haría miel en todas las bocas, medio siglo más tarde, gracias a un Presidente del Gobierno en trance de retiro. Mucho han criticado ese paso hacia la indolencia de Zapatero, y no comparto el berrinche. Pasa con los políticos. Se humanizan cuando su horizonte se aleja del poder. Transcribo a Lamartine: «Cada ciudadano aborda a otro con inquietud. Todo el mundo tiene una nube sobre la frente. Es de esas nubes de donde salen los relámpagos para los hombres de Estado, y algunas veces también, las tempestades». No otra cosa pretende Zapatero que ver pasar cúmulos, cirros y estratos y alejar la niebla de la nube baja que le ha acompañado ocho años sobre su frente. «Las nubes del relámpago, el anuncio del infierno», según Whalen. Ha estrenado Gustavo Pérez Puig una comedia atípica de Jardiel, «Las cinco advertencias de Satanás». Para Jardiel Poncela, «lo peor del infierno son los primeros tres días», es decir, hasta que uno se acostumbra. En cambio, la supervisión de los azules y el camino de las nubes no precisa de un proceso de adaptación. Es siempre un hermoso y dulce trabajo, al que me sumaría de poder conseguirlo. Mientras se alcanza la consecución, bueno es dejárselo a Zapatero, en tumbona o hamaca, encontrando metáforas y figuras de poeta, como las del cursi de Arrieta: «Pequeña nave blanca/ de ebúrneas velas y argentina proa,/todo grácil, traslúcida, y suspensa/ en un sueño de mago». De vivir entre nosotros en la actualidad, habría que meter a Arrieta en la cárcel durante algunos meses, y prohibirle la contemplación de las nubes. Claro, que don Gustavo Adolfo no se queda atrás. «Nubes de tempestad que rompe el rayo/ y en fuego ornáis las desprendidas orlas». Me pregunto: ¿Alguien con dos dedos de frente y alta sensibilidad ha visto en alguna ocasión que tras el lineal estallido del rayo el fuego haya adornado las orlas desprendidas? Don Gustavo Adolfo, con Arrieta a la trena.

Castilla la alta, León inmersa en ella, ofrece la más extensa variación de cielos y de nubes, de tonos y de vientos, de calmas y relámpagos. Buena es la hamaca para supervisar sus cambios y sus caprichos. Se me antoja dignísima la pretensión de Zapatero. De Presidente del Gobierno a Supervisor de nubes. ¿Por qué lo atacan? Lástima que no eligiera a su debido tiempo la segunda actividad en perjuicio de la primera. Pero el ser humano tiene que ser respetado cuando encuentra su sitio, ese rincón, esa esquina tan difícil de hallar a lo largo de la vida. Si el sitio es una hamaca para observar el cielo, respetado sea. Vamos a llenar de poetas nuestras prisiones imaginarias. A Bécquer y Arrieta se une Villaespesa, con probado delito literario:

«Contemplando las nubes me dijiste:/ -Son vírgenes que van/ a llenar de amargura sus ánforas/en las aguas azules de la mar». En esas andará Zapatero durante su merecido descanso. Algo habrá escrito el buen poeta Gamoneda de las nubes. Encuentre tumbado la figura y la metáfora. Pero no caiga en el intento de descifrarlas. Larga distancia media entre supervisar y descifrar. Se lo advierte Cela, el inolvidado don Camilo: «Las nubes, hijo mío, con sus blandas cárcavas y sus cimientos móviles, guardan indescifrables teoremas, cuyo planteamiento no es sano para los hombres». Feliz futuro.


La Razón – Opinión

viernes, 16 de septiembre de 2011

Al revés. Por Alfonso Ussía

Mientras en la navarra Alsasua, en la falda del puerto de Echegárate, los de Bildu vejaban al Rey, a la Bandera, a la Guardia Civil, a la Legión y al Cristo de Mena –lo que correrían los de Bildu si vieran a dos legionarios entrar en el pueblo–, la ministra Carmen Chacón, que da una de cal y otra de arena, respondía con moderada firmeza al alcalde bilduetarra de San Sebastián, que le había pedido por escrito la retirada y desmantelamiento de los acuartelamientos militares donostiarras, Loyola y «Lore-Toki».

La ministra le ha recordado al mustélido que las Fuerzas Armadas están para servir a todos los españoles, vascos incluidos, y que debe recordar a los pescadores guipuzcoanos y vizcaínos que hoy viven con sus familias gracias a los marinos de la Armada, que los rescataron de los piratas somalíes. Y ha terminado la ministra informando a Izaguirre de que no abandonará San Sebastián ni un sólo efectivo de nuestro Ejército.


La ministra ha respondido bien y con acierto, pero podía haberse ahorrado la misiva. Hay cartas que no se responden, ni se archivan ni se terminan de leer. Se hace con ellas una bolita y se introducen en una papelera. Una respuesta adecuada hubiera sido la de contenido contrario. Es decir, comunicar al logomorfo que no sólo no se iba a retirar un solo efectivo militar de San Sebastián, sino que aprovechando las formidables instalaciones que el Ejército allí tiene, se estaba estudiando la posibilidad de incrementarlos. Esta gente de Bildu, como sus compañeros de Alsasua, ante la presencia de un batallón desarmado de la Legión, son carne de fuga por las cloacas. Nunca he entendido la medida y prudencia que los diferentes ministros de Defensa, centristas, socialistas y populares, han tenido con la presencia de nuestras Fuerzas Armadas en las Vascongadas. San Sebastián es como Sevilla, Bilbao como Cádiz y Pasajes como Cartagena.

Igual de españolas. A nadie hay que darle explicaciones si se decide incrementar la presencia de nuestras Fuerzas Armadas –sus Fuerzas Armadas–, en los territorios vascos. Si se envían los caballos purasangre de «Lore-Toki» a la montañesa Ibio, en aquel extenso establecimiento cabe a la perfección una brigada de Caballería acorazada. Y en Loyola, se puede sacar más juego del espacio disponible. Si al alcalde bilduetarra de San Sebastián le molesta la presencia de nuestros soldados en la capital guipuzcoana, se le envía una cajita con sobrecitos de tila. Y cuando se le terminen, otro.

Los contribuyentes estamos hasta el gorro de pagar con nuestro dinero los dispendios y subvenciones de este Gobierno, pero a los sobres de tila, me apunto de inmediato.
Dando por hecho que la independencia de Vasconia y de Cataluña son empresas románticas, utópicas e imposibles, el ministerio de Defensa debe actuar con la misma naturalidad y normalidad que lo hace en el resto de España. El clima de San Sebastián es más saludable que el de Ronda para adiestrar e instruir a los nuevos legionarios. Una temperatura siempre agradable ayuda al esfuerzo de la instrucción. Y nada más sugerente para un legionario que un buen chapuzón en Ondarreta después de cumplir con su deber.


La Razón – Opinión

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El día cabreado. Por Alfonso Ussía

El nacionalismo catalán ha celebrado de por vida, en público y en privado, «La Diada». Se entiende el mal rollo que siempre sobrevuela el acto de depositar flores en el monumento de don Rafael Casanova Comes, un ilustre abogado barcelonés, heroico defensor de la ciudad de Barcelona ante el ataque de las tropas del duque de Berwick. Aquel episodio terminó mal para los defensores de Barcelona y para don Rafael. Fueron derrotados. Pero don Rafael nunca se refirió a Cataluña. Se levantó en defensa de España, otra España, y el nacionalismo se ha inventado el tostón. No obstante, don Rafael, años más tarde de su resignación, ejerció de nuevo su profesión, le devolvieron todos sus bienes incautados y terminó sus días en Sant Boi del Llobregat rodeado de sus seres queridos. Pero el resumen es que Cataluña celebra un hecho adverso para el nacionalismo catalán, que se ha adueñado de la figura de Casanova, y esa adversidad se manifiesta en el pésimo humor y la acritud de sus celebrantes.

El público que asiste al acto para abuchear e insultar a los políticos y representantes de las instituciones que tienen el detalle de llevar flores a don Rafael, me recuerda al del tendido del Siete de la plaza de toros de Las Ventas del Espíritu Santo. Se pasan el año esperando que llegue el día del cabreo. Y se enfadan con apoteósico entusiasmo. En sus rostros se dibuja la crispación y el resentimiento, y me pregunto yo si tan extendida actitud es la más recomendable para celebrar lo que sea. Todo el que no pertenezca a la facción más extrema del nacionalismo independendista, es profusamente abucheado, y se han dado circunstancias de brutal agresión física a incautos portadores de lirios, rosas y heliotropos. En la presente edición, el enfado ha alcanzado cotas casi trágicas por culpa de la sentencia que obliga a la Generalidad de Cataluña a equiparar el español con el catalán en la enseñanza. Mas se ha mosqueado una barbaridad. En el tesoro epigramático español hay una quintilla anónima escrita en la agonía del siglo XIX que se refiere a un Mas y a un Blas. «A la mujer de Mas, Blas/la visita por demás,/ y según propios y ajenos,/ para la mujer de Mas/ lo de Mas es lo de menos». Quizá un tatarabuelo del enfadadísimo. Pero lo cierto, y no escribo con intención de herida o de molestia, es que la fiesta de «La Diada» es un guateque ajeno a la alegría. Excesivo localismo soberanista. Y muy poco cordial con el resto de los españoles, que se disgustan con sobrados motivos cuando advierten que ante autoridades respetables y el máximo representante del Estado en Cataluña, el Muy Honorable Presidente de la Generalidad, se queman banderas de España, que también son las suyas, y fotografías del Rey, que es el Conde de Barcelona.

Sucede que el 12 de septiembre deja de tener importancia el desbarajuste social de «La Diada» y nadie se acuerda de lo allí acontecido. El que no tiene culpa de nada, es el abogado barcelonés, catalán y españolísimo que soporta en bronce tan clamoroso desasosiego. Cataluña, con su larga y fecunda Historia, haría bien en celebrar un hecho positivo y dejarse de comer el coco con propuestas antipáticas. A pesar de los tiempos que corren, queremos una Cataluña alegre y sonriente, con su formidable tejido social y económico, que no merece enfadarse tanto por algo que sucedió en el hueco de los siglos pasados.


La Razón – Opinión

martes, 13 de septiembre de 2011

La vuelta. Por Alfonso Ussía

Martes y trece. Lo peor. De nuevo en Madrid. Me dicen que soy un potentado por veranear más de dos meses. Al revés. Fuera de Madrid se ahorra. El año que viene permaneceré en mis tierras húmedas y verdes tres meses como mínimo. Sucede que Madrid no se resume en su auténtica dimensión de ciudad, de trabajo, de obligaciones y de compromisos. Madrid arremete desde el teléfono móvil a partir del uno de septiembre. Mensajes y recados. «¿Cuándo vuelves? ¿No te da vergüenza seguir veraneando?». Respondo con humildad preclara y sin remordimiento. «Sigo aquí porque estoy ahorrando». La gente no se lo cree. Y menos se lo va a creer cuando alguien se lo dice en un martes y trece, día de malos presagios y peores consecuciones. Calor. Me abraso de calor. Lo malo de Madrid es que más que calor, tiene aspecto de que hace calor, y eso influye. Los días más agobiantes y tórridos de mi vida los padecí en Praga, Viena, Moscú y Budapest. Pero son ciudades sin aspecto de calor, y la apariencia ayuda. En mi norte que acabo de abandonar, dos días de sol, y los naturales, con toda la razón, protestan. He cruzado con harto dolor la frontera que separa el verde del pardo. Tierras de Castilla, maravillosas, bellísimas, austeras, invencibles, pero quemadas. Llegado el invierno, tierras maravillosas, bellísimas, austeras, invencibles y... heladas. De ahí que los castellanos, que esos sí que tienen motivos para establecer diferencias históricas y no lo hacen, sean los mejores representantes de la realidad de España. Lo decía Tarradellas. «Esos castellanos, sí que son inteligentes. Siempre terminan ganando». La dureza de los contrastes. Oído al parche.

He recuperado un Madrid muy parecido al que abandoné cuando el mes de julio nacía. Madrid se enfada por cualquier tontería. En Madrid los peatones que cruzan por un paso de cebra van siempre dispuestos a saltar para salvar su vida. No hay sosiego en la travesía. Y después de dar el salto salvador, están obligados a excusarse ante el conductor del vehículo a motor que ha estado a punto de atropellarlos. En Madrid, y ahora que va a ganar el Partido Popular con más resignación, hay que salir a la calle dispuesto a soportar toda suerte de manifestaciones. Hay sindicalistas liberados que se manifiestan todos los días para demostrar que hacen algo. Todavía no he pasado por la Puerta del Sol, pero mucho me temo que ahí seguirán los de Rubalcaba. No obstante, mi primera visita placentera que cumplo en mi Madrid de nuevo poseído es al gran sauce del Retiro, ahí plantado desde el siglo XVII. A partir de octubre marronea, pero hasta desnudo es el árbol más grandioso que han visto mis ojos. Siempre hay alguien que lo compara con las sequoyas americanas. Como comparar a Cary Grant con Guillermo Toledo. Una pérdida de tiempo y de atención.

En un día he escrito, me han quitado un callo, he ido al dentista, he desayunado con unos señores muy amables que requieren mi colaboración, almorzado con otros de semejantes modales, tomado una copa en el atardecielo y cenado con un grupo de representantes de un digno ayuntamiento que desean que escriba para su boletín un artículo sobre las ovejas churras, que no son las merinas, según me han informado. Un día agotador que no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Y se trata del primer día. Amo a Madrid, mi ciudad y mi cuna, con locura. Pero ya estoy deseando echarla de menos.


La Razón – Opinión

domingo, 11 de septiembre de 2011

Preséntese, por favor. Por Alfonso Ussía

El dibujo es del gran Antonio de Lara «Tono», y se publicó en «La Codorniz» de los años cincuenta. Un médico asiste a un enfermo mientras le dice: «Es una pena que no tenga usted nada en el pecho, porque es de lo único que entiendo un poquito». «Tono» se adelantó con esta viñeta sesenta años a la tragedia que nos puede sobrevenir a los españoles si Gaspar Llamazares renuncia a presentarse a las elecciones generales y decide dedicarse a la medicina. Desde aquí, y con el mayor respeto, le ruego que permanezca en la política, que lo hace muy bien. Tan bien que ha estado a punto de convertir en un partido marginal al PCE e Izquierda Unida, contribuyendo así a la salud del sistema democrático.

Don Gaspar se licenció en Medicina en España y se hizo con una especie muy rara de semidoctorado en La Habana. Ha reconocido que de volver a vestir la bata blanca precisaría de un reciclaje. Ignoro su especialidad, y prefiero mantenerme en la inopia para no ponerme nervioso. Con Llamazares en un hospital público hay que adoptar toda suerte de precauciones. Para mí, que podría abrir una consulta compartida con el doctor Montes.

Por mucho que se recicle, me temo que no va a conseguir ponerse al día. La práctica de la medicina exige el estudio diario, por aquello de que los avances de la ciencia no se detienen, afortunadamente. Llamazares debe de andar todavía en los tiempos del «Optalidón», que ahora me entero de que lo han prohibido, con lo bien que me sentaba. Y claro, lo del doctorado o máster de La Habana no procura una excesiva confianza científica. No obstante, si mantiene su idea de retornar a los espacios hipocráticos, me ofrezco a intentar que lo admitan en la academia de reciclaje del doctor Gorroño, que algún favor me debe.


Pero lo mejor para él, para la medicina y para España es que opte de nuevo a un escaño parlamentario en el noviembre que nos aguarda. Con su ausencia, perderíamos motivos para la alegría literaria. Esa seriedad, ese gesto de permanente mensaje trascendente a punto de ser emitido, esa modernidad ideológica, ese saber adaptarse sin dificultad alguna al tercer decenio del pasado siglo, es ya parte del patrimonio inmaterial de los españoles.

Y no parte menguada, sino parte importante. A pesar de la quiebra económica, la medicina pública española ocupa un lugar de privilegio entre las restantes europeas. El nivel de nuestros profesionales es envidiable y para alcanzar ese nivel hay que estudiar, practicar y trabajar mucho y bien. No dudo que el camarada es muy capaz de alcanzar la excelencia científica si se lo propone. Me limito a recomendarle que no se enfrente a semejante esfuerzo, entre otras razones, porque ya no tiene edad. Él me recomendaría lo mismo si se enterara de que yo me propongo ingresar en la Academia General Militar de Zaragoza a mis años con la esperanza de llegar a teniente general.

Estoy seguro de que emprendería toda clase de acciones para hacerme ver que el generalato y mi persona carecen de toda posibilidad de encuentro. Y le agradecería de corazón sus consejos, por sabios, sinceros y ponderados. Sin ánimo de herir su sensibilidad, creo que su lugar en nuestra sociedad está en el Congreso de los Diputados, no en una consulta médica y menos aún, en un hospital. De presentarse por Asturias, puede obtener el apetecible escaño y tirarse otros cuatro años reivindicando sandeces. Se lo agradeceríamos profundamente.

Todo, menos verlo con la bata blanca. Preséntese, por favor, anda, no sea malo.


La Razón - Opinión

sábado, 10 de septiembre de 2011

Un registro, señor Ministro. Por Alfonso Ussía

Jamás saludé ni intercambié palabra alguna con Franco. No tengo, por ello, la experiencia de mantener su mirada, que dicen era directa y perforante, aún en los últimos años de su vida. En su tramo final, Franco recibió en el Palacio del Pardo, en una de sus audiencias de los miércoles, a la Junta Rectora del Colegio de Arquitectos de Madrid. En las palabras de su presidente, Franco interpretó una distancia con el régimen, un entusiasmo descriptible y un deseo de independencia política e ideológica de los arquitectos que no le hicieron puñetera gracia. De inquebrantable adhesión, nada de nada. Cuando se hacían la fotografía de rigor, Franco le preguntó de sopetón al presidente de los arquitectos: «¿Cuantos arquitectos están registrados en Madrid actualmente?». El presidente no tenía los datos exactos, y tiró por aproximación. «No lo sé, excelencia, pero seis mil a siete mil quinientos, más o menos». Franco asintió, y cuando parecía que no iba a insistir en el asunto, y en alta voz, le reprochó al presidente: «A la próxima audiencia venga usted más preparado. O eche un vistazo al registro».

A cualquier pastor se le pregunta por el número de cabezas de su rebaño y no tarda un segundo en ofrecer la cifra exacta. Es más, ya puede llevar un rebaño con dos mil cuatrocientas diecisiete ovejas, que reconoce una a una a todas. Él las ayuda a parir y suma, y las entierra, y resta. El campo es así cuando se vive en soledad. El viejísimo y divertido cuento de los vaqueros de la caravana que se ven sorprendidos por un ataque al galope de los apaches encaja con la anécdota de los arquitectos. «¿Son muchos, Spencer?». «Sí, Willy. Tres mil tres». «¿Y cómo sabes que son tres mil tres?». «Porque delante vienen tres y detrás unos tres mil». Un pariente de mi padre, poco aficionado a su condición de abuelo, respondió a un amigo que le preguntó cuántos nietos tenía. «Aproximadamente, veintidós».


Tenía catorce, pero al verlos juntos se agobiaba y veía nietos por todas partes. En esta vida, todo es relativo, pero las matemáticas, según me han informado, son exactas e incuestionables. La suma de dos más dos da como resultado cuatro. No «aproximadamente cuatro». Se dió un caso especial. Visitaba un manicomio un conocido aristócrata, de gran generosidad y excentricidad extrema, que financiaba el establecimiento por tener allí ingresado a uno de sus hijos, víctima de una rareza peculiar. Creía ser una breva. Se subía a un árbol, y cuando consideraba que estaba madura la breva, se soltaba y se daba unos morrones impresionantes. Le acompañaba el director y surgió la pregunta de siempre. «Doctor, ¿cuantos internos tiene actualmente?». «Cuarenta y seis, señor duque, pero no me extrañaría nada que esta noche hubiera cuarenta y siete». «¿Espera a uno nuevo?». «Todo depende de usted, señor duque».

Nuestro ministro de Educación, aunque parezca mentira que tengamos un ministro de Educación, don Ángel Gabilondo, ha reconocido que ignora por completo el número de docentes con los que cuenta la enseñanza. Otro como el presidente de los arquitectos, los vaqueros atacados por los apaches y el abuelo que veía nietos por todas partes. Existe un sistema de control que se llama Registro. Por lógica, todos los docentes tienen que estar registrados para poder ejercer su benéfica labor. Pero el ministro parece ignorar su existencia, o lo que es peor, podría darse el caso de que no existiera un registro y diera clases en España cualquier desgarramantas. De ser más listo, se da una cifra falsa y pelillos a la mar. Pero reconocer una ignorancia con el registro tan a mano dice mucho del señor ministro. Más que invistiendo a un asesino como «Doctor Honoris Causa», como hizo antes de ser ministro.


La Razón – Opinión