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viernes, 2 de septiembre de 2011

La casi posguerra

La Conferencia de París impulsa la normalización de Libia tras la caída de Gadafi.

Apenas una semana después de la toma de la capital, Trípoli, por las tropas rebeldes del Consejo Nacional de Transición libio (CNT), la celebración ayer en París de la conferencia internacional de países amigos de Libia para orquestar el futuro del país ha resultado más que oportuna.

La conferencia, convocada por iniciativa del presidente francés, Nicolas Sarkozy, el político que más reflejos mostró en esta crisis tras su torpeza mostrada en Túnez, ha logrado rehuir el peligro de erigirse en símbolo prematuro de la victoria de los rebeldes y sus aliados, la UE, Estados Unidos y la OTAN.

La comunidad internacional se aleja así del mal ejemplo dispensado por George Bush cuando declaró antes de tiempo "misión cumplida" en Irak, error que tanto contribuyó al caótico escenario posbélico en aquel país. Porque el dictador Gadafi sigue aún combatiendo desde algún lugar desconocido, y el sentido de la prudencia exige no excluir la eventualidad de que siga creando problemas. La ampliación en una semana del ultimátum formulado por el nuevo Gobierno a los combatientes gadafistas para que se rindan va en la sensata dirección de culminar la liberación ahorrando vidas humanas. La insistencia de la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, en evitar las represalias no es, dados los precedentes, en absoluto ociosa.


Las decisiones de la cumbre parisiense deben contribuir a minimizar las tensiones que el líder derrocado, pero aún no del todo derrotado, pueda provocar. Los reunidos han prestado todo su apoyo económico a la nueva Libia. Aunque el permiso oficial para desbloquear los fondos (unos 50.000 millones de euros) que controlaba Gadafi debe darlo la ONU, los principales actores de esta crisis ya han encontrado la manera de acelerar la disposición de fondos por las nuevas autoridades libias, con cargo a los embargados. La UE, además, ha puesto fin al bloqueo impuesto a puertos y empresas.

Con todo ello, el CNT podrá disponer ya de más del doble de los 5.000 millones indispensables para reanudar urgentemente los servicios administrativos, así como de las plataformas logísticas necesarias para ir normalizando el país.

El paquete político de la conferencia estriba en el compromiso de continuidad en el esfuerzo militar aliado hasta la definitiva derrota de Gadafi y en el carácter masivo del reconocimiento a las nuevas autoridades. Este debe contribuir a desalentar la suicida resistencia de los gadafistas, al subrayar su soledad, así como a influir en su líder para que reconsidere su ardor guerrero.

Los apoyos de última hora, como el de Rusia, y las patéticas reivindicaciones de haber estado siempre ahí, como las de Alemania, son la letra pequeña de esta operación, y sus dirigentes deberán aprender del error para no repetirlo. En cualquier caso, con esta conferencia la primavera árabe reverdece en el escenario hasta ahora más adverso, y vuelve las miradas a otros del mismo signo, como Siria.


El País – Editorial

jueves, 1 de septiembre de 2011

Libia. De Gadafi a la Sharia. Por Carmelo Jordá

La realidad es tozuda y, amén de que un Ché moruno sería también trágico, los primeros pasos de estás revoluciones "democráticas" son como mínimo sospechosos sino, como en el caso del CNT libio, directamente para salir corriendo.

Parece que por fin llega la conclusión de la Guerra en Libia y con ello las caretas caen: obviamente no la del criminal dictador Gadafi, todos lo conocíamos bien y, pese a los últimos años de "blanqueo" prooccidental, nadie racional (obviamente esto excluye a Hugo Chávez y Gaspar Llamazares) podía pensar que era otra cosa que un sátrapa tiránico y asesino.

Pero sí cae la careta de los rebeldes, esos "libertadores" que además de a desalojar a Gadafi habían venido a traer la democracia y los derechos humanos y que han contado para ello con el apoyo entusiástico de la prensa occidental primero y de los gobiernos europeos y americano, y sus bombas, después.

Y es que estos amigos de la democracia y las buenas costumbres se nos han descolgado este miércoles con un documento programático en el que se dibuja el tránsito que ha de llevar al país desde la caída de Gadafi hasta la celebración de elecciones, dentro de 18 meses.


Largo me lo fían, sí, pero eso no es lo peor, lo peor, lo terrible es que mucho antes de eso y casi como su primera medida "constituyente" dictan que Libia será un estado islámico y la Sharia será la fuente primordial del derecho.

¡Pues vaya con los libertadores libios!

Desde el inicio de esto que se ha dado en llamar "primavera árabe" la opinión pública y sobre todo la opinión publicada han estado completamente entregadas a unos movimientos revolucionarios de los que sabíamos muy poco.

Esa falta de conocimiento real se ha suplido en la mayor parte de las ocasiones con el papanatismo revolucionario, una especie de enfermedad occidental que hace que allí donde hay un tipo sospechoso empuñando un Kalashnikov nosotros veamos un puro idealista émulo del Ché y poco menos que nos desencuadernemos de placer.

Pero la realidad es tozuda y, amén de que un Ché moruno sería también trágico, los primeros pasos de estás revoluciones "democráticas" son como mínimo sospechosos sino, como en el caso del CNT libio, directamente para salir corriendo.

Con el agravante, además, de que en la guerra civil de Libia los españoles hemos entrado casi de hoz y coz: nuestras muy pacíficas ministras Jiménez y Chacón, tan entusiasmadas con la revolución libia, deberían ahora explicarnos por qué la diplomacia y el ejército españoles han contribuido a la instauración de un estado islámico al otro lado del mediterráneo (lo que desde el punto de vista geoestratégico es literalmente ahí al lado) del que, me temo, poco bueno se puede esperar.

Por supuesto, esto no significa que Gadafi o Mubarak o Ben Alí me parezcan opciones recomendables ni tan siquiera asumibles, pero al menos a ellos no les habían dado el poder nuestras bombas.


Libertad Digital – Opinión

miércoles, 31 de agosto de 2011

El conejo. Por Alfonso Ussía

Han entrado en veinte de sus madrigueras y todavía no lo han trincado. Me refiero a Gadafi, o mejor aún –gracias, Daniel Pipes–, a Mu’amar al Qadhdhafi, que después de 42 años de imponer su tiranía en Libia, se mueve de escondite en escondite. Se lee que los presumibles «rebeldes» han vencido. No es así. Los «rebeldes» le habrían durado a Gadafi tres cuartos de hora. Los que han triunfado han sido los europeos y la OTAN. Alain Juppé, el ministro de Asuntos Exteriores de Francia, ha pronunciado una frase bastante divertida: «La meta de Alemania y Francia ha sido la misma: devolver a los libios la libertad». Queda bien, superada la sonrisa. Pero no hay que ser tan hipócrita. A Juppé, a los franceses y a los alemanes, la libertad –por ahora, quimera inalcanzable– de los libios, les importa un pimiento. Y sus vidas. Han estado negociando con Gadafi durante cuatro décadas. También nosotros, los españoles, que lo hemos recibido con los brazos abiertos, comprado su petróleo y vendido nuestras armas. La libertad de los libios se la pasan los franceses y los alemanes por donde ellos acostumbran a pasarse las cosas. La meta de Alemania y Francia ha sido la misma. El petróleo. Los llamados «rebeldes» –que todavía ignoramos quiénes son, hacia dónde van y qué pretenden–, han garantizado las ventajas comerciales a las naciones occidentales que han intervenido en Libia. España, modestamente, está entre ellas, pero no apuesto por una tajada considerable en el reparto del botín.

A Gadafi lo encontrarán, hoy, mañana o en quince días. Y los europeos mirarán hacia otro lado. No lo llevarán ante el Tribunal Internacional. Se lo dejarán a los llamados «rebeldes» para que lo ejecuten. Muerto el perro se acabó la rabia. Eso creen. En Libia se librarán de un asesino, pero esa liberación no traerá la libertad. Otra tiranía sucederá a la de Gadafi, en un principio más vigilada, y al cabo del tiempo tan dura y ladrona como la del conejo escondido. Mientras el nuevo Gobierno libio garantice el cumplimiento del pacto comercial, Francia, Alemania, España, Italia y los Estados Unidos mantendrán su amistad y apoyo. El día que falte un barril de petróleo, los europeos y americanos buscaremos la menor excusa para apoyar a otros rebeldes con el fin de terminar con los rebeldes de ahora, que dejarían de serlo inmediatamente.

Para mí, y lamento mucho pensarlo y atreviéndome a escribirlo, que libertad y Korán son incompatibles. Libertad y medievo, no son adaptables. Libertad y miseria no pueden sostenerse. En las naciones árabes y musulmanas, más de la mitad de sus ingresos se reparten entre unos pocos, un cuarto entre unos poquitos más, y el resto entre centenares de millones de personas.
Eso lo sabemos los europeos y los americanos, y siempre nos ha parecido aceptable por la lejanía, aunque en Marruecos tengamos los españoles una cercanía peligrosa. La derrota del Gadafi, el gran criminal histriónico, no significa la victoria de la libertad. Se trata de otro triunfo. El del petróleo asegurado y a buen precio. Lo de Juppé es una vaina. Con Siria no hemos sido tan escrupulosos, y el dictador sirio es tan asesino como Gadafi. La valoración de la importancia de los conflictos y las intervenciones la establece la seguridad del abastecimiento del crudo. Si mañana, en los territorios gobernados por los palestinos y los terroristas de Hamas se hallara una buena bolsa de petróleo, Israel, a pesar de su poder y de ser la única democracia en Oriente Medio, haría bien en temblar. Diría Juppé: «Para Francia y Alemania la meta es devolver la libertad a los palestinos de Hamas». Lo de siempre. Europa, esa gran puta. Caerá el conejo.


La Razón – Opinión

domingo, 28 de agosto de 2011

Libia sin Gadafi

Construir una nueva democracia exige aplicar la justicia a los crímenes de ambos bandos.

La toma de Trípoli por las tropas rebeldes pone al Consejo Nacional de Transición ante sus primeras responsabilidades en la construcción de la nueva Libia. Los combates continúan en torno a Sirte y Muamar el Gadafi sigue sin aparecer, pero son los últimos episodios de una guerra civil que condicionará el futuro del país y de las revueltas árabes. La caída de Sirte es cuestión de tiempo; también la de Gadafi, y ese será el momento en que, si aparece con vida, las nuevas autoridades libias tomen la decisión de juzgarlo en el país o de enviarlo ante la Corte Penal Internacional. Ni en un caso ni en otro existiría la opción de la impunidad para quien sojuzgó Libia durante 42 años y prefirió la guerra civil antes que abandonar el poder.

Las primeras horas del control de Trípoli por parte de los rebeldes han sembrado la inquietud. La aparición de cadáveres que evidencian ejecuciones sumarias llevadas a cabo por los leales a Gadafi ratifican que era necesario acabar con un régimen de terror. Pero, de confirmarse los indicios de que los rebeldes podrían estar haciendo otro tanto con los gadafistas, Libia se precipitaría al peor de los infiernos: la caída de un tirano a costa de mantener la tiranía. Para el futuro Gobierno libio, el derecho a un juicio justo para Gadafi y los suyos tendría que ir acompañado por el deber de un juicio equivalente contra los rebeldes que pudieran haber cometido crímenes en el momento de aproximarse la victoria.


La guerra civil supuso un punto de inflexión en las revueltas árabes, al fijar una pauta de comportamiento para los autócratas. Dependiendo de los pasos que dé a partir de ahora el Consejo de Transición, Libia podría convertirse de nuevo en un modelo negativo para las transiciones democráticas en curso. Nada debería impedir que los ciudadanos de los países árabes accedan a una democracia plena y sin adjetivos, algo que depende en exclusiva de las decisiones que adopten los dirigentes encargados de gestionar la nueva legitimidad que han fundado las revueltas. El camino es más fácil en los países que no derrocaron a sus dictadores por las armas. Pero tampoco es imposible en Libia, siempre que las nuevas autoridades sean conscientes de que no solo lucharon contra Gadafi, sino también a favor de un régimen de libertades.

Ante estos países, la comunidad internacional tiene tendencia a dejarse llevar por actitudes paternalistas que, en el fondo, responden a un resabio racista. Los nuevos dirigentes árabes, incluidos los libios, no pueden beneficiarse de una actitud de condescendencia similar, por lo demás, a la que se dispensó ante los antiguos dictadores. Las mismas responsabilidades que se exigen a cualquier Gobierno del mundo incumben a quienes tienen ahora la ocasión, ofrecida por los ciudadanos árabes que se han jugado la vida, de demostrar que ni la pobreza ni el credo religioso ni, incluso, la historia son incompatibles con la democracia.


El País – Editorial

viernes, 26 de agosto de 2011

Reconstruir lo destruido. Por Carmen Gurruchaga

Los principales objetivos de los países que han apoyado la rebelión en Libia, pero también de aquellos que no lo hicieron, serían cazar al dictador e intentar sacar algún beneficio económico cuando termine una guerra civil en la que han muerto al menos 20.000 personas. El siguiente paso es encontrar a Gadafi, pues aunque el mandato de la ONU impedía desplegar tropas por tierra, no decía nada en contra de usar personal de los servicios de Inteligencia. Y después, controlar el petróleo o, por lo menos, no perder los contratos firmados con Gadafi, que, según aseguran ahora, los rubricaron con el país y no con el sátrapa.

A continuación llegaría la reconstrucción de la nación norteafricana, devastada por el conflicto. El eje franco-británico ha puesto en marcha la conferencia de amigos de Libia, que comenzará a gestarse el 1 de septiembre, y donde los rebeldes dirán cuáles son sus necesidades. Al encuentro acudirán representantes de países que han participado en la ofensiva, pero también China, Rusia, India y Brasil.

Y es que tras un conflicto armado hay que reconstruir lo destruido y eso es sinónimo de dinero para quien efectúe los trabajos. Probablemente ya no habrá sorpresas sobre el final de la guerra, pese a la proclama hecha ayer por Gadafi a sus seguidores. Pero aún existen focos de resistencia en el sur de Trípoli, en Sirte y en otras partes del país. Quizás se hayan precipitado, o no.


La Razón - Opinión

sábado, 26 de marzo de 2011

Libia. Aquí no hay estiércol. Por Maite Nolla

Lo que convirtió en legal esta intervención, lo que evita que te viertan estiércol ante tu sede, fue el consentimiento de los chinos en la ONU. Hasta la ex ministra Trujillo le moja la oreja a cualquiera con este rollo.

Supongo que ustedes no repararon en el detalle de que en el debate del martes pasado, en el que se aprobó de forma casi unánime que España participe de forma entusiasta en la guerra para no se sabe qué en Libia, la que presidió durante un buen rato el asunto fue la vicepresidenta del Congreso, la leridana Tere Cunillera. Y, claro, ver a Rajoy apoyar al Gobierno en este asunto con Tere Cunillera detrás, ha refrescado mis recuerdos y me ha llevado a 2003. Un año políticamente penoso y punto de partida de siete u ocho años que han cambiado España. Sólo con recordar que es entonces cuando se forma el primer tripartit, el del Pacto del Tinell, supongo que hay suficiente. Pero es que el pacto de exclusión política del PP en Cataluña no es más que el fruto de lo que había sucedido en la primavera de ese mismo año; es decir, el resultado de haber creado un estado de miedo y de violencia contra los votantes, militantes y candidatos del PP a cuenta de la guerra en Irak, que si en algún sitio alcanzó la cumbre fue en Cataluña, en general, y en Barcelona, en particular. Y el Pacto del Tinell, aunque fuera un revoltijo de diferentes pretensiones –ninguna buena– se firma pensando que la sociedad catalana ya estaba lo suficientemente madurita como para considerar que la exclusión política de un partido era algo necesario e incluso saludable.

Y claro, cuando sale Rajoy y la que preside el Congreso es Tere Cunillera, diputada por Lérida, ciudad en la que el PP tuvo que soportar que vertieran estiércol en su sede y que desde entonces deban habitar en otro local sin apenas signos externos, como si fueran una gestoría y no un partido político democrático en una democracia, y no aproveche la ocasión para pasar cuentas, da un poco de pena. Y también da pena que nadie en el PP recuerde que la gran baza del Gobierno en el asunto de Libia, que es la supuesta legalidad internacional, depende de la respetable dictadura China. Porque lo que convirtió en legal esta intervención, lo que evita que te viertan estiércol ante tu sede, fue el consentimiento de los chinos en la ONU. Hasta la ex ministra Trujillo le moja la oreja a cualquiera con este rollo.

En el PP son muy libres de mantener el rumbo que les va a llevar al poder total y no inmutarse ya vengan guerras, crisis, faisanes o lo que sea. También son muy libres de hacer como si lo de 2003 no hubiera pasado.


RESTO del ARTICULO

Libertad Digital - Opinión

El dilema del tirano. Por Hermann Tertsch

ENCABEZAMIENTO

Nadie podía pensar que las revoluciones de Túnez y Egipto, en general pacíficas, iban a ser la norma. Regímenes anquilosados pero firmemente arraigados durante muchas décadas, con inmensos intereses creados, multitudes adscritas como beneficiarios privilegiados y usurpación total del estado hasta el punto de convertir el poder en hereditario, no ceden el poder. Cuando lo pierden es porque se lo han arrebatado. Cada caso con sus circunstancias. Ben Alí no quiso lanzar a su ejército contra la población. O no pudo porque quizás sabía que no se acatarían sus órdenes. A Hosni Mubarak en Egipto le pasó algo similar. Aunque sí intentó aplastar violentamente las protestas. En su honor hay que decir que nadie los creyó capaces de llegar tan lejos como ha llegado Gadafi. Quizás habrían osado un «Tiananmen» de haber creído poder reinstaurar el orden y el miedo. Pero nadie imagina a Mubarak bombardeando Alejandría por mantenerse en el cargo.

Otro sátrapa está ya muy cerca de tener que tomar decisiones en uno u otro sentido. Son muchos los que le creen capaz y dispuesto a arrasar sus propias ciudades por preservar la férrea dictadura que heredó de su padre. Es Bashir el Assad. Su padre no dudó en matar en días a 30.000 civiles en Hama en 1982. Para aplacar revueltas menores a las actuales. Bashir es el dictador de la región al que de forma más verosímil se aplica esa presunción de ser menos cruel que su entorno. Algo frecuente en dictaduras. Los comunistas iban al paredón en las grandes purgas convencidos de que los mataban a espaldas del padrecito Stalin. Muchos sirios aún creen que es rehén de la camarilla de su padre. Pero ya da igual que dirija o cabalgue un tigre desbocado. Está en el dilema. Las concesiones pueden ser el fin. La guerra al pueblo también.


ABC - Opinión

viernes, 25 de marzo de 2011

El miedo del tirano. Por Hermann Tertsch

Gadafi ya está en la guerra total y, como un führer hundido, lucha por prolongar su existencia matando tanto como pueda.

ES cierto que la tragedia libia continúa. Que jóvenes campesinos y estudiantes, trabajadores y comerciantes entrados en años, maestros y funcionarios y otros muchos civiles de todas las edades, pertrechados con armas que apenas saben usar, luchan y mueren estos días defendiendo sus ciudades frente a las fuerzas de Gadafi, bien entrenadas y perfectamente armadas en arsenales repletos de armas europeas. También es cierto que matanzas inminentes, la pasada semana, se han evitado gracias a la intervención armada. El ejército del dictador ya sufre en esta guerra. Pero los ataques aliados no han sido todo lo eficaces que se esperaba. Y los rebeldes desesperan porque no les llega una ayuda que, cuando lo haga, puede resultar inútil para muchos. Voces rebeldes acusan a las fuerzas internacionales de falta de contundencia en sus ataques. Perciben que los militares extranjeros no sienten la urgencia. Que actúan según un plan preestablecido y que sus vidas no están entre las prioridades. Puede ser una percepción injusta. Pero hay que aceptársela a quienes van a morir, están heridos o ven caer a sus familiares víctimas de la superioridad militar de las fuerzas de Gadafi en ciudades asediadas. Por lo menos albergan la esperanza de que los aviones lleguen a tiempo. Y afortunadamente no saben que si fueran aviones españoles, no podrían hacer nada por salvarlos. Porque nuestro Gobierno no pierde ocasión de hacer el ridículo y les ha prohibido disparar a la soldadesca de Gadafi en tierra. Vamos a la guerra pero con la puntita nada más.

Pero olvidemos hoy la flojera mental de nuestros gobernantes. Hablemos de una de las máximas gratificaciones que nos brinda el terremoto emancipador que recorre Oriente Medio y el norte de África. Después por supuesto de la mayor de todas, que es la felicidad en los rostros de las gentes que por primera vez en su vida son libres para expresar sus opiniones, deseos y esperanzas. Que son conscientes de que ellos, individuos tratados como siervos o animales, insignificantes siempre, han logrado romper los muros de la resignación y el miedo. Y que, desde ese instante y para siempre, suceda lo que suceda, han sentido ya la dignidad del sujeto libre. Quienes hemos tenido la suerte de ver ese bello orgullo en las miradas de las gentes cuando acaban de ser testigos de su propia gesta —en Europa oriental, ahora allí—, sabemos que hay ahí un salto cualitativo en la vida del hombre, de todos esos hombres que ya han luchado y luchan ahora en las calles de Libia, Siria, Bahrain o el Yemen. Pero la otra gran satisfacción no es otra que el espectáculo que supone la escenificación del miedo de los tiranos. En sus muchas formas y matices. Gadafi ya ha superado esa fase, en la que entraría con las primeras informaciones sobre las manifestaciones que se multiplicaban por todo el país hace un mes. Hoy ya está en la guerra total y, como un führer hundido, lucha por prolongar su existencia matando tanto como pueda. Otros dictadores menos sangrientos como Ben Ali y Hosni Mubarak no entendieron nada durante todas las semanas de revueltas, hasta que fue su entorno inmediato el que les expuso su soledad y su destino. Ahora le toca el turno a Bashir el Assad. Con su estado policial absoluto. Ayer sacó a su rostro amable, Buhaina Shaaban, a aplacar al pueblo. Asumió errores, prometió reformas, prosperidad y libertades. Angustia se notaba en el esfuerzo conciliador de este régimen canalla como pocos. Desde 1962, en estado de emergencia. Desaparecidos, torturas, ejecuciones, miedo total.

Ahora con prisas. Lo dicho, es un placer ver como tiemblan.


ABC - Opinión

jueves, 24 de marzo de 2011

Armada y peligrosa. Por Rafael Martínez Simancas

No vamos a por Gadafi y no estamos en un conflicto bélico sino en una «misión», según dice Trinidad Jiménez. La ministra puntualiza que no es exactamente una guerra, lo cual nos lleva a la siguiente paradoja: quizá tampoco ella sea una ministra. No parece que las cualidades del conde de Metternich se hayan reencarnado en nuestra titular de Exteriores que pretende hacernos creer que lanzar pepinos contra la residencia de Gadafi es parte de ver la vida en clave happy-flower. Lo siguiente será intentarnos convencer de que nuestros F-18 no van artillados sino que portan misiles con el virus de la paz, (cárguese la suerte en la zeta al leer la palabra tal y como le gusta hacer al presidente del Gobierno).

En cuanto se acaben las operaciones en suelo Libio ya sabemos quién será la primera ministra de Exteriores en tomar el té en la jaima del sátrapa. Es la ventaja de hacer política internacional sin complejos: igual te apuntas a una coalición multilingüe para asuntos bélicos que te desmarcas por peteneras.


Si realmente estamos de «misiones» en Libia habrá que concluir que se nos ha ido la mano en llevarles el ejemplo a tortazos. No son unas misiones muy recomendables estas de las que presume Jiménez para captar vocaciones tardías. Y todo este ejercicio de perífrasis en el alambre es para evitar referencias con Irak, y hasta es posible que para tapar la mala conciencia del presidente del Gobierno que se ve inmerso en una operación de guerra junto a los Estados Unidos (a estas alturas se pregunta por qué se quedó sentado al paso de aquella bandera). Igual que fue al té de la oración acabará en West Point en un juramento de bandera para adultos.

Jiménez y Zapatero no quieren atrapar a Gadafi sino bajarle la pensión como a todo el mundo. Pues haber empezado por ahí y nos habríamos ahorrado unos euros en el despliegue.


ABC - Opinión

Libia. El buenismo va a la guerra. Por Cristina Losada

Al no haber nadie dispuesto a hacer lo de Irak, y menos que nadie Obama, la cuestión estriba en si era mejor no hacer nada, aunque padecieran con ello los nobílisimos sentimientos humanitarios.

El columnista George Will ha observado, a propósito de Libia, que la derecha norteamericana desconfía siempre de la intervención del Gobierno, salvo en política exterior. Quienes dudan, y con buenos motivos, de la capacidad gubernamental para lograr los efectos deseados, suelen apoyar el grado más alto de intervención imaginable, la que se realiza mediante el uso de la fuerza militar. Cabe alegar, frente a Will, que la sociedad y el mercado no pueden resolver todos los conflictos ni acabar con todos los desafueros, y que a Gadafi o se le frena a tiros o no hay manera. Y ya veremos. Veremos si esta guerra a medias, que se libra con medios y objetivos limitados, consigue detener al coronel. Ya puestos, más hubiera valido emplearse a fondo a fin de no correr tal riesgo. A menos que la comunidad internacional pretenda proclamar, llegado el triste final, quehizo cuanto estaba en su mano para evitar la tragedia y ¡qué se le va a hacer!

La doctrina que ha conferido sustento a la intervención en Libia es la "responsabilidad de proteger", conocida como R2P. No confundir con R2-D2, el pequeño y simpático robot de la Guerra de las Galaxias, aunque la R2P sea igualmente pequeña y simpática, como todo genuino producto del buenismo progresista. Desde la estricta razón humanitaria, arde en deseos de hacer el bien, pero procura molestar poco al mal, de manera que no persigue el derrocamiento de Gadafi. Claro que no. Ese trabajo sucio se lo dejamos a los anárquicos y mal armados grupos que se refugian en Bengazi y se entretienen en gastar munición con alegres disparos al aire. Así, le damos al coronel las opciones de seguir aplastando la rebelión por tierra, mantener el control de una parte de Libia o sufrir una súbita conversión a la democracia, que es el milagro por el que reza muy laicamente el buenista de pro. Pero, por encima de todo, no hacemos lo de Irak.

Al no haber nadie dispuesto a hacer lo de Irak, y menos que nadie Obama, la cuestión estriba en si era mejor no hacer nada, aunque padecieran con ello los nobílisimos sentimientos humanitarios. Pero los dirigentes políticos de ningún modo han querido infligir ese sufrimiento a su electorado cuando se lo pueden ahorrar a un coste relativamente módico. Igual Zapatero, que fue tan sensible al clima emocional ante la guerra de Irak como lo es ahora ante la libia. Al presidente, esta operación de R2P le viene, en realidad, a la medida. Responde al sentimiento y sirve para tranquilizar conciencias de forma preventiva. Que resulte o no, sólo importa al siempre descontento aguafiestas realista.


Libertad Digital - Opinión

Libia. La cruzada de los filántropos. Por José García Domínguez

Los muertos de Zapatero serán inhumados con el auxilio espiritual de la resolución 1.973; esto es, partirán hacia el otro mundo con todos los papeles en regla. De la ley a la ley, que diría Torcuato.

El derecho internacional, esa broma cínica, es un inexcusable imperativo moral cuyo enunciado establecen, entre otros benefactores de la humanidad, el politburó del Partido Comunista Chino y, en sus ratos libres, cuando no anda ocupado en invadir Georgia o asolar Chechenia, Vladimir Putin. He ahí, imponente, la suprema legitimidad a la que se aferra a estas horas el cacumen socialdemócrata para convencer a sus proles, la sufrida infantería, de que los cadáveres libios nada tendrán que ver con los iraquíes. Y es que los muertos de Zapatero serán inhumados con el auxilio espiritual de la resolución 1.973; esto es, partirán hacia el otro mundo con todos los papeles en regla. De la ley a la ley, que diría Torcuato.

Por lo demás, y también a diferencia de aquella guerra, en esta cruzada filantrópica se tendrán en cuenta los últimos avances en la división internacional del trabajo. Así, al tiempo que bombardeemos a Gadafi por ver de favorecer a la oposición dizque democrática, Arabia Saudita, nuestro fiel amigo y aliado, acabará de invadir Bahréin con los tanques a fin de aplastar con pareja saña a sus iguales, los demócratas domésticos. Asunto que simplificará las cosas a cuantos, a izquierda y derecha, quieren dirigir la vista hacia otro lado: ya solo les restará la opción mirar al suelo, acaso con algún sonrojo. Al respecto, y en contraste con las delicadas damiselas europeas, los muslimes no creen en las guerras de Gila.

Saben que el terreno del enemigo no se ocupa por teléfono, ni tampoco con espectaculares ataques aéreos, a la postre inanes. Saben que hay que pisar el fango. Siempre. Lo saben ellos. Y lo sabe Gadafi. Igual, por cierto, que sabe de esa pulsión histérica que se apodera de las audiencias occidentales al chocar la menor mota de sangre contra las relucientes pantallas de sus televisores de plasma. Cuestión para nada baladí que convierte al tiempo en el mejor aliado del coronel. Ya lo dijo Cela: "El que resiste, gana". Y si esta vez los marines no se aprestan a poner lo que hay que poner, la lánguida Europa devendrá incapaz de aguantar el órdago. Aunque sí le cabría empeorar las cosas. Sin ir más lejos, ayudando a seccionar una nación en dos Estados. Deshacer Yugoslavias, nuestra gran especialidad.


Libertad Digital - Opinión

miércoles, 23 de marzo de 2011

ZP se va a la guerra. Por José María Carrascal

A las guerras se va,sin que sepamos nunca cuándo se volverá, si es que se vuelve.

«QUÉ dolor, qué dolor, qué pena!», cantaban de Mambrú las niñas de mi infancia. Y seguían: «No sé si volverá». Tampoco sabemos si Zapatero volverá de esa fuga hacia el polo opuesto al que ocupaba. Tras haber abandonado su política social, sus devaneos con los nacionalistas, su diálogo con Eta, su alianza de civilizaciones, coge el fusil y se va a la guerra. «Por un mes prorrogable», nos dice. Pero a las guerras se va, sin que sepamos nunca cuándo se volverá, si es que se vuelve. Que se lo pregunten a Bush, a Blair, a Aznar, y a tantos otros. Más, en una guerra como esta, llena de contradicciones e interrogantes. Nos aseguran que el objetivo no es echar a Gadafi, sino impedir que siga masacrando a su pueblo. Pero ¿cómo puede impedírselo si continúa en el poder? Nos aseguran también que ni un solo soldado de la coalición va a pisar suelo libio. Pero ¿cómo van a alcanzarse los objetivos si las guerras no se ganan desde el aire, sino desde tierra? Nos juran que lo único que se pretende es «evitar un baño de sangre». Pero ¿cómo impedir que el conflicto degenere en guerra civil, que son las que las más sangrientas? Pregunta sobre pregunta, duda sobre duda, que sólo nos despejará el futuro, más incierto que nunca. Sobre todo si pensamos en la contradicción básica que persigue esta alianza. Vamos a suponer que se consigue desalojar del poder a Gadafi, no importa cómo. Y entonces, ¿qué? ¿Nos olvidamos de Libia? Si de verdad nos preocuparan los libios, tendríamos que estar dispuestos a ayudarles a crear lo que ahora no tienen: un sistema judicial, una administración territorial, una policía, un ejército, un cuerpo docente, el entramado, en fin, que constituye un Estado moderno y eficaz, donde pueda desarrollarse una sociedad civil. Pero de eso no quiere saber nadie nada, ni Obama, ni Sarkozy, ni Cameron, ni Zapatero. Y eso es lo fundamental, ya que sin ello, Libia estará a merced del primero que llegue. No debiendo descartarse que Gadafi, acorralado, se alíe con Al Qaeda para sobrevivir. Con lo que habríamos hecho un pan como unas tortas.

Son incógnitas que hubieran tenido que estar resueltas antes de lanzar la Operación Amanecer de la Odisea, pero en las que nadie parece haber pensado. Incluso hay distintos criterios sobre la estrategia y el mando, sobre el papel de la OTAN y el alcance de la operación. Con dos bandos claramente marcados, el de los halcones, partidarios de pegar fuerte, y el de las palomas, partidarios de andarse con toda clase de precauciones. Y la historia enseña que a la guerra no puede irse con precauciones, se hace o no se hace.

Lo curioso es que Zapatero esta vez está en el bando de los halcones. Él lo justifica con el mandato de la ONU y razones humanitarias. Aunque puede también influir que mientras se habla de Libia, no se habla de su futuro.


ABC - Opinión

Libia. Entre la guerra y la miseria política. Por Agapito Maestre

Zapatero ha hecho lo que se esperaba. Nadie le ha levantado la voz. Vamos a la guerra de Libia porque le da la gana. Punto.

La sesión del Parlamento de ayer no ha sido sólo bochornosa, ojalá, sino que nos ha enseñado que la política española ha quedado reducida a una mera rebatiña por el poder. Es difícil no sentir vergüenza ajena ante lo sucedido en el Parlamento. Zapatero ha hecho lo que se esperaba. Nadie le ha levantado la voz. Vamos a la guerra de Libia porque le da la gana. Punto. No ha dado un solo argumento que haga creíble su posición política. Excepto Llamazares, todos han seguido como ovejas la demagogia de Zapatero. Pero, en mi opinión, el peor parado de todos es Rajoy. Yo esperaba alguna pregunta retórica, por ejemplo, cuánto tiempo necesita el Gobierno para participar en la guerra de Libia o algo parecido.

Pero Rajoy ha preferido mantener el perfil bajo que le aconsejan sus asesores. No ha querido mostrar contradicción alguna en el comportamiento de los socialistas ante las guerras de Irak, Afganistán y la de Libia. Nada ha dicho ni hecho Rajoy que pueda resaltarse, excepto plegarse al dictado de Zapatero. El problema, sin embargo, no es que Rajoy no diga nada, sino que exhibe una dejadez de ánimo preocupante. Rajoy parece haber renunciado a su oficio: la oratoria. Ya no se trata de que no tenga nada qué decir, sino que no quiere decir. No cree en nada de lo que hace, por lo tanto, no quiere discutir nada con su adversario. Sólo quiere que haya elecciones y ganarlas. ¡A la rebatiña por el poder a través del silencio!


Rajoy sólo quiere el poder al mínimo coste posible, es decir, sin ni siquiera ejercer el oficio de tribuno público. Renuncia al oficio de orador profesional, que no otra cosa es el político, y no quiere tampoco ponerse como ejemplo de un buen ciudadano, que se preocupa por preguntarle a su presidente de Gobierno cosas sencillas como, por ejemplo, por qué antes no fue a Irak y ahora va a Libia, o qué sacará España de este seguidismo de las posiciones francesas y británicas. Si nada de esto le preocupa a Rajoy, entonces qué pinta este hombre en el Parlamento. Nada. Sólo espera que le llegue el poder, porque la gente está cansada de las tropelías de Zapatero.

Ya digo que es difícil no sentir vergüenza ajena ante el comportamiento de toda la casta política en general, y del responsable de la oposición en particular, ante el cinismo de Zapatero. El problema es que tampoco en la calle existe demasiado malestar. La chusma pasa de todo y los ciudadanos normales buscan espacios privados donde salvarse de estos salvajes políticos. Si las palabras son las únicas armas de los políticos, entonces puede decirse que la sesión parlamentaria de ayer certificó la muerte de la política.


Libertad Digital - Opinión

Tópicos, mentiras y mensajes en el twitter. Por Federico Quevedo

He leído en el twitter de Santiago Segura un post que dice “NO A LA GUERRA (¿o ahora no toca?)”. La coherencia es una virtud que en estos tiempos brilla por su ausencia, y está bien que haya quien la manifieste tan a las claras, aunque a muchos les produzca una verdadera urticaria producto de la mala conciencia. Bien por el director-productor-protagonista de Torrrente IV, que demuestra que cuando se hace un cine que triunfa y no necesita de la subvención del Estado se puede tener vida y pensamiento propios, cosa que no pueden decir muchos de sus compañeros que todavía dependen de las decenas de millones de euros que el Gobierno tiene pendiente repartir en el mundo del cine durante los próximos meses, y quizá por eso se han olvidado de lo que defendían antes.

En fin, venga esto a cuenta de la denuncia de esa doble moral de algunos, o mejor dicho, de la absoluta ausencia de moral con la que ese mundo ha venido actuando durante tanto tiempo, sirviendo a una revolucionaria ideología llamada subvención. Como es evidente que mientras el Gobierno les riegue con la manguera del Presupuesto no podemos esperar de ellos nada parecido a un acto de coherencia como el de Santiago Segura, tampoco merece la pena perder más tiempo en criticar a unos personajes que se descalifican por sí mismos, aunque a todas luces nos estemos enfrentando a una situación que plantea enormes interrogantes, a los cuales ayer el presidente del Gobierno no ofreció respuestas satisfactorias.


Básicamente el argumento que se nos ha ofrecido es el de que Gadafi es un sátrapa, es decir, un malo malísimo, que maltrata y masacra a su pueblo y le niega el pan y la sal, o sea, la libertad y la democracia. Vamos, que con esa premisa medio mundo debería estar bombardeando al otro medio. Lo que no nos dice nadie, por más que se pregunte, es por qué si Gadafi es un sátrapa, es decir, un malo malísimo, le hemos dejado que plantara su jaima en todas y cada una de las capitales europeas, incluida Madrid, y le hemos recibido con todos los honores, además de venderle las armas con las que supuestamente ahora martiriza a los libios. Al menos, nuestros líderes podían esgrimir un poco de contrición, algo así como “lo sentimos, nos equivocamos y ahora vamos a intentar enmendar el error”. Un error que, además, se repite demasiadas veces.

Lo cierto, sin embargo, es que esta intervención militar en Libia ofrece pocas luces y excesivas sombras, tantas que empieza a provocar un enorme desasosiego. De entrada, seguimos sin entender muy bien para qué sirve porque, por un lado, se nos dice que Gadafi es un peligro para su pueblo -ya lo era antes y no se hizo nada- pero, por otro, se asegura que el objetivo de la operación no es derribarlo… ¡Cuánto se parece esto a la I Guerra del Golfo!

Sarkozy busca impulso
«¿Realmente estos tíos quieren la paz y la democracia? ¿Ha ido Rodríguez a hablar con ellos para saber cuáles son sus intenciones? ¿Y si eso que Rodríguez llama muy voluntariosamente “primavera árabe” resulta ser un invierno helador?.»
Eso si se cumplen las previsiones, porque estas cosas se sabe cómo empiezan, pero nunca cómo acaban. Es decir, que vamos a Libia a proteger a los libios de su líder al cual le vamos a permitir seguir en el poder para que continúe masacrando a su pueblo. Bien pues, de entrada, parece una solución un tanto kafkiana. Y, de salida, tiene toda la pinta de ser una excusa más para esconder los verdaderos motivos de una operación sospechosamente montada en el último momento a instancias del presidente francés, Nicolás Sarkozy, que parece necesitar de un cierto protagonismo internacional para recuperar parte del crédito perdido entre los franceses. Eso, y el miedo a que Gadafi nos deje sin reservas de gas y petróleo, parecen ser las verdaderas razones de una acción armada de lo menos humanitaria y de lo más interesada. Pues a mí, me van a perdonar, esto me empieza a resultar profundamente indignante y tengo la impresión de que la comunidad internacional, que es el tópico al que se recurre para sumarse con un entusiasmo descriptible a la operación y aparecer en las fotos de París, se está cubriendo de gloria y va a acabar metiendo la pata hasta la ingle.

El otro tópico con el que nos quieren vender lo invendible es el de la masacre del pueblo libio. ¿Qué masacre? ¿De qué pueblo? Hasta ahora lo único que sabemos es que Gadafi está luchando contra los rebeldes, y que nosotros, o sea, eso que eufemísticamente llamamos comunidad internacional, nos hemos metido en medio para proteger a la población, es decir, a los rebeldes. Muy bien pero, ¿sabemos quiénes son los rebeldes? ¿A qué consignas obedecen? ¿Quién o quiénes los dirigen y organizan? ¿Sabemos algo, o no tenemos ni puñetera idea de nada y nos enfrentamos a un futuro incierto como ya nos ocurrió en Irán y en Afganistán si estos a los que ahora ‘protegemos’ llegan al poder?

Ayer Rodríguez intentaba convencernos en el Congreso de que vamos a defender la paz y la democracia pero, ¿realmente estos tíos quieren la paz y la democracia? ¿Ha ido Rodríguez a hablar con ellos para saber cuáles son sus intenciones? ¿Y si eso que Rodríguez llama muy voluntariosamente “primavera árabe” resulta ser un invierno helador? Porque no sería la primera vez, y da la impresión de que si en anteriores ocasiones la comunidad internacional tenía poca información, ahora no tiene ninguna. Es más, está, lo que se dice, a dos velas, a por uvas… Más perdida que un pulpo en un garaje.

Miren, no tenemos ni idea de para qué estamos ahí, no sabemos cuánto va a durar ni cómo va a acabar, se nos habla de consenso internacional y en la OTAN están a bofetada limpia sin ser capaces de decidir quién toma el mando de la operación, nos meten en una guerra -porque esto es una guerra, por mucho que Rodríguez se empeñe en llamarlo misión humanitaria- sin decirnos ni lo que cuesta ni cuáles son los objetivos reales, porque si ustedes se creen que el objetivo final no es acabar con Gadafi son unos ilusos. Si no fuera tan grave y tuviera como consecuencia vidas humanas, esto sería una broma de mal gusto, pero es grave, y mucho. Y lo es también porque entre la poca información que tienen los aliados y la que nos ocultan, los ciudadanos tenemos muchos motivos para sentirnos engañados y pensar que hay más mentiras que otra cosa detrás de las razones que amparan esta guerra. Ayer, sin embargo, la inmensa mayoría del Parlamento respaldó a Rodríguez en esta aventura. Está bien que la oposición cierre filas con el Gobierno en una situación de crisis internacional y de urgencia -ojalá siempre fuera así, ahora como antes-, pero eso no puede servir de tupido velo sobre una realidad que empieza a preocupar a muchos ciudadanos: la de una guerra para la que no encontramos explicaciones suficientemente razonadas y razonables.


El Confidencial - Opinión

Hijo del ínclito Marte. Por M. Martín Ferrand

Los siete años de zapaterismo que llevamos vividos nos han enseñado a confiar mucho más en la sociedad que en el Estado.

MIENTRAS el portaaviones «Príncipe de Asturias» supera la ITV, el presidente del Gobierno se dirigió al Congreso para convalidar su decisión guerrera y aclararnos que «no pretendemos expulsar a Gadafi sino evitar que siga atacando al pueblo libio». Cuando se tienen las ideas claras todo resulta más sencillo y, en ese entendimiento, José Luis Rodríguez Zapatero bien pudo comparecer ante los representantes del pueblo español —de quienes se sospecha que sí quieren expulsar a Zapatero— e iniciar su perorata con el primer verso del himno del Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey nº 1, la unidad militar más antigua del mundo: «Hijos somos del ínclito Marte». Puestos al esperpento, cuanto más mejor en esta España surrealista. Tan deplorable es el espectáculo de escaseces y desconexiones, de protagonismos indebidos y ocultación fácticos, que nos ofrece el Gobierno que parece dirigido por Gerard Mortier, el genio escénico que ha metido el Werther de Massenet en un cajón y el cajón en el escenario del Teatro Real de Madrid para demostrar el «aquí mando yo» de los mediocres.

Los siete años de zapaterismo que llevamos vividos, repletos de odios retrospectivos e interpretaciones fofas de la realidad más dura, nos han enseñado a confiar mucho más en la sociedad que en el Estado y en las instituciones. A pesar de ello la sesión parlamentaria de ayer es de difícil digestión. Mariano Rajoy, en la serenidad de quien ya se sabe presidente del Gobierno dijo lo que le cuadra a sus vísperas y los demás, unos cooperadores necesarios de la política gubernamental que denostan y otros zigzagueantes observadores más atentos al cazo regional que a la olla nacional española, trataron de salvar la cara y nos enseñaron el plumero. Hasta Gaspar Llamazares, coherente en su «no a la guerra», llegó a proponerle a Zapatero, el zurdo, el modelo político de Angela Merkel. El desideratum.

Lo que USA no quiere y la OTAN no puede se ha quedado en «la coalición de París», algo difícil de explicar e imposible de entender... salvo por el renovado Zapatero que inició su primer mandato desbaratando de malos modos la organización occidental en Irak y se dispone a terminar el segundo con el fusil en la mano, pleno del «ardor guerrero» del himno de Infantería en una confrontación que, está en el aire, solo en el aire, para contradecir todas las teorías militares desde Alejandro Magno a nuestros días. Muy lejos de cualquier interés en la quiniela sucesoria del líder hay que ver en tan raras maniobras la inspiración castrense de Carme Chacón. Menos mal que «Tramontana», el submarino, se dispone a pre-posicionarse.


ABC - Opinión

Todos en sus puestos

ENCABEZAMIENTO

Faltó poco para que el Congreso respaldara casi por asentimiento la intervención de España en la guerra de Libia. Fue tal el grado de coincidencia con la decisión adoptada por el Gobierno que sólo Gaspar Llamazares puso la nota discordante, aunque desde la tribuna de invitados se corearon tenues gritos de «No a la guerra». De los 340 diputados asistentes sólo tres votaron en contra y uno se abstuvo, aunque por error. El aval político es concluyente. Todos los grupos habían sido informados durante el fin de semana y la predisposición era casi absoluta. Una actitud coherente con el desarrollo de los acontecimientos y las circunstancias que atraviesa el país africano. Zapatero expuso argumentos conocidos e insistió, aunque sin mencionarla, en marcar diferencias con la guerra de Irak cuando subrayó que la misión está «anclada en su legalidad y su legitimidad». Mariano Rajoy cumplió con responsabilidad el deber de respaldar al Gobierno y a los aliados en una operación para evitar el exterminio de la oposición civil libia. El PP, con Aznar, primero, y ahora con Rajoy, ha demostrado un encomiable sentido de Estado en política exterior, lo que no puede decirse del PSOE, que ha pasado del «no» al «sí» a la guerra sin trauma alguno. Debemos, por tanto, elogiar la seriedad de Rajoy y también de Duran Lleida, que apoyó la posición española en Libia con una intervención sólida. Esta práctica unanimidad no significa que la actuación aliada en Libia no merezca reparos. La campaña está pivotando sobre un exceso de contradicciones, confusión y opacidad que no favorece su crédito ante la opinión pública. La aplicación de la resolución 1.973 no es precisamente estricta y bajo el paraguas de imponer una zona de exclusión aérea se están atacando toda clase de objetivos que, por cierto, no se identifican y permanecen en una nebulosa. Otro ejemplo de este desconcierto son las disensiones sobre el futuro de Gadafi. Como ejemplo, Zapatero confirmó en el Congreso que el objetivo no es acabar con el dictador, cuando dijo exactamente lo contrario el pasado viernes en presencia del secretario general de la ONU. Si se ha actuado por los crímenes del dictador contra el pueblo, qué sentido tiene que se le permita seguir en el poder. Que se garantice así la impunidad de sus asesinatos resulta inexplicable. Como también nos parece censurable que los aliados se enreden en un rifirrafe sobre quién ejerce el mando de la operación. Ofrecen un espectáculo poco edificante que carga de razones a quienes piensan que los intereses económicos y geoestratégicos de las potencias pesan más que los derechos humanos. La pésima experiencia de la posguerra iraquí justifica la duda que Rajoy expresó ayer en el debate sobre si está planeada ya una «estrategia de salida». Parece que no, porque no existen ni plazos ni fechas ni objetivos de futuro. Sin duda, cualquier escenario que no concluya con la caída de Gadafi y el desmantelamiento de su dictadura será un fracaso. El Gobierno y los principales partidos del país han estado en su sitio. Nos queda, sin embargo, la sensación de que la comunidad internacional anda casi a ciegas y a trompicones en este conflicto bélico.

La Razón - Editorial

España en la coalición

La intervención extranjera no debe deslegitimar a las fuerzas rebeldes que luchan contra Gadafi.

Todos los grupos parlamentarios, con la excepción de Izquierda Unida y BNG, respaldaron ayer la decisión del Gobierno de participar en la coalición internacional que, en cumplimiento de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad, se propone proteger a la población civil libia de los ataques del coronel Gadafi. Aunque esperado, el resultado de la votación demuestra que la política mediterránea es percibida por el conjunto de las fuerzas políticas, y también por la mayoría de los ciudadanos, como una prioridad de la diplomacia española. Hubiera resultado inexplicable quedar al margen de una operación en la que el imperativo moral de impedir al régimen libio cometer nuevas atrocidades coincide con la imprescindible autorización de Naciones Unidas. Por razones no fáciles de entender, el Gobierno decidió limitar a un mes la autorización solicitada a la Cámara, aunque señaló que se trata de un plazo prorrogable.

La misión a la que se ha incorporado España se enfrenta, con todo, a problemas derivados de la urgencia con la que tuvo que ponerse en práctica, apenas horas después de que el Consejo de Seguridad aprobase la resolución que le ha servido de base. Razones de operatividad aconsejaron que Estados Unidos asumiera inicialmente el mando, pero el presidente Obama ha expresado su deseo de cederlo cuanto antes. Francia, que fue el primer país en intervenir, aspira a tomar el relevo en un intento de corregir los recientes errores de su política en Túnez. Italia, cuyas bases son esenciales para el desarrollo de la misión, prefiere, por su parte, que sea la OTAN quien ocupe el lugar de Estados Unidos, limitando el protagonismo francés. Pero esta alternativa choca con los recelos de algunos aliados, como Turquía. La fórmula propuesta para encajar el rompecabezas es la de establecer un mando político que ejecute sus decisiones a través de la Alianza. Estados Unidos ve con buenos ojos esta solución anunciada por el ministro de Exteriores francés, Alain Juppé, aunque falta por conocer la reacción del resto de los miembros de la OTAN.


Junto a los problemas relacionados con el mando, también han surgido dudas sobre el objetivo de la misión. Pese a la amplitud de los términos en los que está redactada, la resolución 1973 no ampara el derrocamiento de Gadafi. Ir más allá de las operaciones dirigidas a proteger a la población civil no solo podría desbordar el marco jurídico fijado por Naciones Unidas; además, comprometería gravemente el futuro político de Libia. Los propios rebeldes que combaten a Gadafi han reiterado su oposición a que las fuerzas internacionales vayan más allá del objetivo fijado por la resolución, en la convicción de que su legitimidad no debe quedar en entredicho si finalmente logran derrocar la dictadura.

La rapidez con que la coalición liderada por Francia, Reino Unido y Estados Unidos ejecutó la misión autorizada por la resolución 1973 ha hecho que caigan en el olvido otros aspectos sustanciales de este texto que inspira la estrategia internacional frente a Libia. En concreto, la necesidad de bloquear los activos financieros de los que dispone Gadafi, incluyendo el fondo soberano libio, para financiar la maquinaria militar que ha lanzado contra sus propios compatriotas. Si su intención es plantear una guerra de desgaste en la que los miembros de la coalición se vean tarde o temprano presionados por sus opiniones públicas, la necesidad de privar a Gadafi de recursos se vuelve más imperiosa.

Naciones Unidas ha dado pie para hacerlo, con el mismo énfasis con el que ha establecido el embargo de armas y ha autorizado las acciones dirigidas a proteger a la población civil. El componente militar de la estrategia de la coalición no debería arrinconar el papel de la diplomacia, que sigue siendo imprescindible para un desenlace favorable de la misión.


El País - Editorial

Diez razones para desconfiar del general Zapatero

A Zapatero le ha bastado con un discurso de menos de diez minutos para que todos los partidos, salvo Izquierda Unida, se pusieran en primer tiempo de saludo.

  1. Una resolución inconcreta de Naciones Unidas: El gran argumento de Zapatero para defender la intervención militar en Libia es el acuerdo de la ONU, un acuerdo que sin embargo no cuenta con el aval de Rusia, China, India, Brasil y Alemania. Tanto Rusia como China han exigido ya el cese de los bombardeos.
  2. El mandato internacional no contempla operaciones terrestres: La coalición internacional no ha previsto ayuda en tierra ni presencia militar, lo que puede dificultar sobremanera la consecución de objetivos como que cese la represión sobre la población civil...
  3. Mantener a Gadafi: El mandato tampoco contempla deponer al dictador libio, lo que demuestra la improvisación en los planes diplomáticos franceses.
  4. División en la OTAN: La Alianza Atlántica duda en tomar el mando, puesto que la mayoría de los países que la componen han declinado participar en el hostigamiento bélico de Libia. Italia ha amenazado con no permitir el uso de sus bases si la Alianza Atlántica no toma el mando de las operaciones inmediatamente.
  5. ¿Dónde está la UE?: El apoyo de la Unión Europea a esta acción militar es inexistente. La renuencia de Alemania a participar en ella ha debilitado la posición conjunta europea.
  6. Mando rotatorio: Sarkozy se mostró desde el primer momento dispuesto a liderar la misión, pero conforme han avanzado los días, la inexistencia de un mando único y claro ha provocado las "deserciones" de algunos países que habían anunciado su participación.
  7. "Retirada" de Obama: El presidente norteamericano ha eludido en todo momento ponerse al frente de la acción bélica, pese a que el mayor esfuerzo militar corresponde a los Estados Unidos.
  8. La Liga Árabe: Zapatero presume de que la operación de castigo sobre Libia cuenta con el apoyo de la Liga Árabe. En un principio se habló de que Qatar y Emiratos Árabes participarían en las acciones. No ha sido así y la Liga Árabe ya ha mostrado su contrariedad por la intensidad de los bombardeos en Libia.
  9. La autorización del Congreso: A Zapatero le ha bastado con un discurso de menos de diez minutos para que todos los partidos, salvo Izquierda Unida, se pusieran en primer tiempo de saludo. En dos horas, el Congreso ha dado luz verde a que España entrara en una guerra en la que participa desde hace ya cinco días.
  10. Información pública: A diferencia de lo que ocurrió con Irak, el Gobierno no ha invertido ni un minuto en explicar a la opinión pública las razones de esta guerra. En menos de tres semanas, Zapatero ha convertido a Gadafi en su particular bestia negra y ha metido a España en una guerra de duración incierta.
Libertad Digital - Editorial

Zapatero, de Irak a Libia

Si, como dice Zapatero, es posible proteger a los libios sin derrocar a Gadafi, la intervención militar tendrá que ser indefinida, y no de tres meses.

CON el apoyo del PP, el presidente del Gobierno recibió la ratificación del Congreso a su decisión de participar en la intervención militar contra Muamar Gadafi. De esta manera, Zapatero incorpora a su expediente presidencial la entrada en una guerra, lo que supone un viraje sustancial en su rumbo pacifista. No es, en absoluto, una rectificación reprochable, porque ser presidente de un Gobierno occidental y democrático lleva aparejadas estas situaciones complejas, que hasta ahora Zapatero había esquivado con discursos buenistas y totalmente alejados de la realidad. Finalmente, Zapatero ha aceptado que las razones humanitarias también requieren el uso legítimo de la fuerza. El problema de Zapatero y su Gobierno es que, más pronto que tarde, tendrán que volver a comparecer para explicar cuáles son realmente los objetivos de esta intervención y cómo va a ser dirigida. Fue Zapatero quien decidió en 2004 abandonar la coalición aliada —mucho más numerosa que la formada contra Gadafi— que derrocó a Sadam Hussein, porque la ONU, que para entonces tenía avalada la intervención en Irak, no la había puesto bajo su mando. En Libia tampoco se ha cumplido esta condición, pero España sí participa en las operaciones de exclusión aérea. Sin embargo, apenas han pasado cinco días de bombardeos contra las tropas de Gadafi y ya hay graves disensiones entre los aliados. En primer lugar, no se sabe si esta intervención derrocará o no a Gadafi. Gran Bretaña ha dicho que sí, pero Estados Unidos y otros países europeos no están por esta opción. Pero si, como dijo ayer Zapatero, es posible proteger a los libios sin derrocar al dictador, la intervención militar tendrá que ser indefinida, y no de tres meses. En segundo lugar, no se sabe quién va a tener el mando de las fuerzas coaligadas, porque Estados Unidos ha avisado de que no lo quiere, la OTAN no puede asumirlo por el veto de Alemania y Turquía, y países como Italia —estratégicamente necesaria en esta operación— condicionan su continuidad precisamente a que la OTAN tome la dirección.

La intervención militar contra Gadafi va a ser para Zapatero un contratiempo más serio de lo que pudiera parecer a simple vista. No bastan las resoluciones de Naciones Unidas cuando lo que está en juego es la coherencia ideológica ante un electorado de izquierda aún anclado en la guerra de Irak.


ABC - Editorial

martes, 22 de marzo de 2011

La guerra progresista. Por Edurne Uriarte

No se apela esta vez a la seguridad occidental. Pero tampoco hay ahora un 11-S y una Al Qaeda en plena expansión.

LO más hilarante del titular que preside esta columna es que ya ha sido utilizado como tal, pero no en un sentido irónico, sino con la pretensión de significar precisamente eso, que ésta, la de Libia, es una guerra progresista. Y lo ha hecho en Estados Unidos Ross Douthat, ayer, en The New York Times («A Very Liberal Intervention»), con el objeto de defender la guerra de Obama lo mismo que José Blanco aquí, «esto no es Las Azores», para defender la guerra de Zapatero. Y es cierto que en esta foto de las Azores hay, en efecto, más progresistas, dos, Zapatero y Obama, por dos conservadores, Cameron y Sarkozy, y allí había uno, Blair, frente a tres conservadores, Aznar, Bush y Durao.

Pero, más allá de la estética, lo que le ocurre al progresismo americano es que esta guerra cuestiona aquello que Obama dijo en sus mítines preelectorales de que no se podía imponer la democracia a punta de pistola. Y aún contradice más a Zapatero que siempre negó la guerra como medio para solucionar cualquier tipo de conflicto. Y uno y otro han aceptado en la práctica la doctrina neoconservadora de la utilización de la fuerza militar para defender la libertad e impulsar la democracia fuera de las fronteras nacionales. Lo que se esfuerzan en negar con la apelación a la guerra justa de Libia frente a la guerra injusta de Irak.


Pero tanto en aquella como en ésta hay dos pueblos masacrados por los dictadores y una negativa de esos dictadores a aceptar las exigencias de la comunidad internacional. Y una intervención militar que quiere imponer la libertad con bombas. Las esencias de la guerra justa. Con el peligro de matar civiles en el empeño, aún más si la guerra no se gana con rapidez, Gadafi persiste en la represión y la comunidad internacional se ve obligada a reconsiderar el acuerdo de la no intervención terrestre.

Y tanto en aquella como en ésta hay una intervención multilateral, por mucho que persistan algunos en llamar unilateral a una guerra de Irak que contó con el apoyo de más de 20 países. Y hay división europea, ahora con la oposición de Alemania como entonces de Alemania y Francia. Otorgar la clave de la legitimidad de esta guerra a la resolución de un organismo, ONU, en el que deciden las dictaduras es de una ceguera democrática comparable a la del pasado pacifismo de Zapatero.

No se apela esta vez, es cierto, a la seguridad occidental y no existe el error de las armas de destrucción masiva. Pero tampoco hay ahora un 11-S y una Al Qaeda en plena expansión. Quizá, porque ya se hizo aquella guerra. Y en Irak hay una democracia que combate a Al Qaeda y el norte de África pretende seguir por esa senda.


ABC - Opinión