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martes, 13 de septiembre de 2011

EEUU. El ocaso del imperio. Por Ignacio Moncada

No sólo fue trágica la respuesta americana al ataque en términos políticos y morales. También lo fue, por dos razones, en lo económico.

Muchos dicen que la reacción ante a los atentados del 11-S fue ejemplar. Que fue una forma modélica de honrar a una nación, a unos valores, que habían sido víctima de un brutal ataque. Otros dicen que la destrucción del World Trade Center tras el impacto de los dos aviones secuestrados por Al Qaeda fue, sin duda, un suceso histórico, pero que no tendrá excesivas repercusiones en el largo plazo. Que la vida seguirá más o menos igual que hasta entonces. No estoy de acuerdo con estos dos puntos de vista. Creo que el ataque a las Torres Gemelas ocurrido aquel infausto 11 de septiembre de 2001 fue el punto de inflexión de un cambio de valores que está haciendo de Occidente un lugar peor. Creo que los terroristas le han ganado esta partida a las democracias liberales, y por ello se ha iniciado el ocaso del imperio. La lenta caída del imperio de los hombres y las mujeres libres y responsables, en el que son los individuos, y no los colectivos, los dueños de sus propios destinos.

Estados Unidos reaccionó a tan duro golpe en el corazón de Manhattan como un bicho bola, ese insecto que cuando se siente amenazado se enrosca y endurece, cerrando sus fronteras y rechazando todo lo externo. El gobierno americano, probablemente haciendo lo que le exigía la población y puede que sin otra alternativa en el corto plazo, se lanzó a tomar una serie de decisiones que han terminado por provocar un aciago cambio en los tradicionales valores americanos. Comenzó a subordinar la libertad individual, antiguo estandarte moral americano, por una idea de seguridad gestionada por el Estado sobre todas las cosas. Tras el 11-S, el Estado emerge como poderoso leviatán que con infinidad de tentáculos pasa a tomar las riendas de la vida privada estadounidense. Un mes después de los atentados se aprueba la Patriot Act, que reviste de falso patriotismo una de las mayores renuncias de libertad individual en favor de un Estado protector. Esta ley abre infinidad de puertas por las que las agencias gubernamentales empiezan a entrar en la vida privada de los americanos y se les permite violar muchos de sus antes sagrados derechos constitucionales y humanos.

No sólo fue trágica la respuesta americana al ataque en términos políticos y morales. También lo fue, por dos razones, en lo económico. La primera es que entre los gobiernos de Bush y Obama el gasto público se ha disparado hasta cotas desconocidas en la Historia de Estados Unidos. No sólo por la entrada en dos guerras absurdas, carentes de hoja de ruta y de unos objetivos concretos a cumplir, lo que hace de éstas unas guerras que sólo se pueden perder. Estas cifras disparatadas de gasto público son consecuencia de ese cambio de valores que colocan al Estado por encima de los individuos. La segunda razón es que, tras el 11-S, la Casa Blanca y el presidente de la Fed, Alan Greenspan, decidieron que Estados Unidos no podía permitirse entrar en una recesión económica, para lo que bajaron los tipos de interés y comenzaron a inyectar dinero a mansalva para reactivar artificialmente la economía. Este hecho fue alentado por los keynesianos, principalmente por Paul Krugman, quien escribió en The New York Times que era necesario que Greenspan creara una burbuja inmobiliaria para despegar de la crisis. Con esa decisión se cerró en falso la crisis de las puntocom y se generó una gigantesca burbuja que nos ha estallado ahora. Y es que la crisis económica que vivimos diez años después también es una consecuencia del 11-S.

Hoy, esa espesa capa de ceniza que hace diez años cubría las aterrorizadas calles de Nueva York, y que casi podíamos oler desde nuestros televisores, de alguna manera todavía se respira en forma de miedo a los individuos libres. Aún perdura esa polvareda invisible que atemoriza a la población y a su gobierno, y que impide ver con claridad que el camino a la prosperidad moral, política y económica, o sea, humana, no es otro que el camino de la libertad.


Libertad Digital – Opinión

Política con corazón. Por Ignacio Villa

El pasado domingo se conmemoraba el décimo aniversario de los tremendos atentados del 11-S contra las Torres Gemelas de Nueva York que cambiaron la historia del siglo XXI, en todos los sentidos. Es más, el tiempo nos ha confirmado que aquel día las cosas dejaron de ser como eran. El cuenta kilómetros se puso a cero.

Estos días todos hemos intercambiado impresiones y opiniones. ¿Tú dónde estabas aquel día? Mi historia es bien sencilla y creo que ilustrativa de lo que sentimos todos hace diez años. Yo me encontraba en Tallín, la preciosa capital de Estonia; entonces me dedicaba a cubrir la información del presidente del Gobierno, que era José María Aznar y que en su recta final de legislatura había entrado en una vorágine de viajes internacionales que nos llevaría por medio mundo. Era mediodía en Europa, y Aznar estaba realizando una gira por los países bálticos: Estonia, Letonia y Lituania. Tallín era el primer parón de aquellos días y nos encontrábamos una treintena larga de periodistas en el lobby del hotel esperando que un autobús de la comitiva oficial nos viniera a buscar para acudir a una rueda de prensa conjunta del presidente Aznar con el primer ministro estonio. Estábamos haciendo tiempo tomando un café cuando alguien nos hizo caer en la cuenta de lo que se estaba viendo en distintos monitores de televisión distribuidos en la entrada del hotel. De pronto, el silencio se hizo inquebrantable. Nadie daba crédito a lo que estábamos viendo, más de uno comentó que aquello era imposible. De inmediato comenzaron a sonar todos los móviles de los allí presentes. Eran llamadas de nuestras redacciones que nos pedían lógicamente reacciones inmediatas del presidente Aznar todos querían saber si el jefe del Ejecutivo había conversado con el presidente Bush. Lo que era una espera apacible, casi rutinaria, se convirtió en una eclosión, en una demanda de información. Desde Moncloa, el mensaje fue claro: el presidente Aznar en la rueda de prensa emitiría un mensaje institucional sobre lo ocurrido. Y así fue. Comparecencia pública de Aznar, transmitido en directo para toda España. Suspensión inmediata de la gira, vuelta a Madrid y gabinete de emergencia. Los periodistas nos quedamos en Tallín con el miedo en el cuerpo. Todos teníamos billete para Riga esa misma noche, segunda etapa del viaje. El espacio aéreo europeo se cerraba por minutos; no sabíamos si podríamos volar. Al final pudimos embarcar por los pelos. Aunque volar el mismo 11 de septiembre después de los atentados de Nueva York imponía. Estaba todo patas arriba, el desconcierto era general. De hecho tardamos dos días en llegar a Madrid, dando vueltas por media Europa.

Diez años después, recordar aquello puede parecer una batallita sin más. Pero desde luego sirve para no olvidarnos de que aquellos atentados paralizaron el mundo en todos sus rincones. Diez años después, ver a Obama y a Bush juntos en el recuerdo reconforta. En política no todo son odios y rencores. También hay corazón.


La Razón – Opinión

11-S. Patriotismo zona cero. Por Cristina Losada

Quien viera los actos del décimo aniversario, habrá apreciado que se hicieron por y para las familias de las víctimas. Su protagonista fue la gente corriente. Y la gran diversidad americana.

En este rincón nuestro, puede causar asombro que dos presidentes tan contrarios como Bush y Obama asistieran juntos a la ceremonia que rindió homenaje en Nueva York a las víctimas del 11-S. No debería. Tras un atentado de dimensiones insospechadas, no sucedió en Norteamérica aquello que Oriana Fallaci, en su pasional alegato, imaginó que ocurriría en un trance similar en Europa: la oposición culparía al Gobierno, el Gobierno culparía a la oposición y la espiral de la confrontación partidista se adueñaría, letal, del espacio público. Pruebas hay en España de que la italiana no hablaba a humo de pajas. Pero en los Estados Unidos las divergencias políticas y su hijastro, el oportunismo, no oscurecieron aquel día los hechos primordiales: miles de personas asesinadas, un ataque a la nación. La nación no lo habría consentido.

Un instante definitorio tuvo lugar el 14 de septiembre entre los escombros de las Torres. Megáfono en mano, Bush improvisó unas palabras ante los extenuados hombres de los servicios de emergencia, que en vano buscaban supervivientes. Su alocución, en su estilo campechano y sin florituras, fue contestada por los trabajadores con un grito simple, "¡USA, USA!", y sintético. Aquella fue solo una de las manifestaciones de patriotismo que emergerían espontáneas. Mal asunto. Tales demostraciones fueron recibidas con inmenso desprecio y fastidio en la izquierda; en la nuestra como en la suya, ambas recorridas por un sentimiento antagonista y hostil hacia su país, ambas prisioneras de dogmas y mitos que destilan el embriagador brebaje de la culpa. En lugar del - para ella- ordinario furor patriótico, la izquierda deseaba que el pueblo americano entonara un colectivo mea culpa. Digámoslo claro. Quería que los americanos reconocieran que los autores del ataque eran ellos mismos.

Quien viera los actos del décimo aniversario, habrá apreciado que se hicieron por y para las familias de las víctimas. Su protagonista fue la gente corriente. Y la gran diversidad americana. Distintas razas, procedencias, religiones, ideologías, estamentos, profesiones, clases. Un reflejo de la nación que al tiempo señala el rasgo distintivo del patriotismo: su carácter inclusivo de lo heterogéneo frente al nacionalismo, que siempre es excluyente. El nacionalista es ese señor que quiere que se vayan los que no son como él o los coacciona para que lo sean: aborrece la diferencia. El patriotismo también significa que los muertos de la nación son de todos y que no mueren en vano. Los aniversarios del 11-S simplemente recuerdan que allí no habita el olvido.


Libertad Digital – Opinión

lunes, 12 de septiembre de 2011

Cuando las certezas no existen. Por Charo Zarzalejos

Hoy hace diez años, el país más poderoso del mundo descubrió, de manera trágica, que era vulnerable. Bastaba con que unos cuantos estuvieran dispuestos a morir para matar para que el caos, el dolor, la perplejidad se apoderada de Nueva York. Si esto ocurría en Estados Unidos ¿qué nos podría pasar a los demás?. Tembló EE.UU y con los estadounidenses temblamos todos los demás. Nuestra piel se quedó fría y nuestros ojos quietos, al visualizar nuestra extraordinaria vulnerabilidad ante la maldad ajena.

Esa maldad, ejercida en nombre de Alá, posteriormente, hizo estallar a doscientos compatriotas españoles. Nosotros, antes y después, tenemos esas otras víctimas que lo han sido en nombre de la patria vasca . Londres y otras grandes capitales tampoco han escapado n del humo y las bombas.

Han pasado diez años, hay guerras que aún continúan, las medidas de seguridad, impensables hace una década, forman parte de lo cotidiano , sabemos que el riesgo cero no existe pero no tenemos la certeza de que lo ocurrido a lo largo de estos años no vuelva a ocurrir. Después de una década, rememorar la matanza de las Torres Gemelas no es un ejercicio inútil. Las víctimas y sus familias se lo merecen y todos los demás necesitamos recordar que aún cuando nos resulte imposible de comprender, hay gentes por el mundo dispuestas a morir para seguir matando.


La certeza de que existen es nuestra gran incertidumbre. Si no recuerdo mal, hace diez años no se hablaba de las hipotecas-basura. No había crisis. Ahora sí. Una crisis económica y financiera que nos tiene como dice Rubinni "sentados en el abismo con los pies colgando". Tenemos la certeza de la crisis, la padecemos en carne propia pero esta certeza sólo propicia incertidumbre. En cuatro días hemos pasado de un punto de optimismo a oler el desastre absoluto. El Tribunal Constitucional alemán dio el visto bueno a la participación de Alemania en el rescate griego y fue un alivio.

Este se incrementó con el famoso discurso de Angela Merkel solidario y comprometido con Europa y todo ello con la expectativa del discurso de Obama que concretará en los próximos. Por unas horas, sólo unas horas, tuvimos la sensación de sentir un poco de aire fresco, pero fue pura ensoñación, "ilusionismo" que diría Rubalcaba porque en esta el segundo de a bordo del BCE decide que se va porque no está de acuerdo con la compra de deuda a España y a Italia que es lo que ha impedido que se comenzara a hablar abiertamente de rescate.

La dimisión de Junger Stark, que así se llama el economista jefe del BCE se ha convertido en un terremoto, los mercados_siempre los mercados_se sacuden casi a modo de epilepsia, las bolsas se hunden por enésima vez y la prima de riesgo vuelve a subir. Y vuelta a empezar con esta crisis que se ha convertido en una hidra de mil cabezas. Hoy hace diez años estallaron las Torres Gemelas.

Ha pasado una década , sólo una década y ya nada es como era. A juicio del lector dejo el juicio del presente.


Periodista Digital – Opinión

Siete días trepidantes. Otro 11-S para echarse a temblar. Por Fernando Jáuregui

He escuchado hablar estos días a muchos profetas de la catástrofe. Desde la directora gerente del FMI, señora Lagarde, que nos advirtió, a mi juicio imprudentemente, de una posible recesión mundial, hasta al propio Barack Obama aventando, en mi opinión precipitadamente, la hipótesis de un nuevo ataque del islamismo terrorista para conmemorar el triste aniversario de aquel 11 de septiembre en el que cayeron las torres gemelas de Nueva York. La peor catástrofe es el catastrofismo, pero casi nadie se ha librado, nuevos nostradamus, de vaticinar el fin. El fin de un modo de vivir y de estar, naturalmente. La caída del nuevo Imperio romano.

Lo cierto es que esta semana que concluye no han faltado nuevos motivos para la alarma. Que la dimisión de un "halcón" de la economía, el economista jefe del Banco Central Europeo, Jürgen Stark, haya provocado un viernes muy, muy negro en las bolsas europeas, basta para comprobar la fragilidad de un sistema que se tambalea con cada nueva declaración pública de Trichet, de Durao Barroso o de la mentada Christine Lagarde, por poner algunos ejemplos. O con cada nuevo error de cálculo del FMI o del BCE, que también de esto ha habido.


Que una llamada de atención sobre un hipotético nuevo crimen masivo a cargo de Al Qaeda haya provocado una conmoción mundial demuestra que seguimos sumidos en la misma inseguridad que hace una década. Y la combinación de ambos factores, la crisis económica que rasca los bolsillos del ciudadano, y la sensación de estar bajo la espada de Damocles del terror, provoca una suerte de angustia mundial que poco conviene, entre otras cosas, a la estabilidad de los mercados.

Y lo peor es que hay muchas voces dispuestas al diagnóstico, pero ninguna alumbrando soluciones. Ni a escala planetaria, ni europea ni, desde luego, nacional. Mal podemos pedir a nuestra clase política que se ponga de acuerdo en las recetas que es necesario aplicar a la sangría económica española cuando el G-7, reunido en Marsella, fue incapaz de encontrar una respuesta común a la crisis, y la señora Lagarde intenta desesperadamente una solución consensuada -de nuevo, reuniones en la semana que comienza_para tapar el boquete del barco griego, por donde entra agua a toda Europa. Y, si ni siquiera ese boquete pueden tapar, ¿qué será de los otros agujeros más grandes?

Vistas así, a escala global, las cosas, qué quiere usted que le diga: hay una incapacidad política y técnica general para resolver una situación cuyos orígenes y desarrollo ni siquiera están bien, inequívocamente, explicados. Los ciudadanos del mundo, los europeos, los españoles, no podemos sentirnos bien representados en nuestros intereses por estos gestores, cuya única llamada es al miedo, a la austeridad -eso, en el caso europeo; lo contrario, en el norteamericano--, a la resignación. Ya no hay recetas de derechas o de izquierdas para sortear algo que, más que una amenaza, empieza a ser una realidad; simplemente, parece que no hay recetas. Nunca he sido partidario de pregonar ni pesimismo ni catastrofismo alguno, pero ¿cómo, dígame usted, no estar aterrorizados, como meros hombres y mujeres de la calle, en este nuevo 11-s, en el que, aunque no pase nada, ya ha pasado, está pasando, casi de todo?


Periodista Digital – Opinión

Entre el dolor y el cine. Por José Luis Alvite

Diez años después de la destrucción de las Torres Gemelas, la ciudad de Nueva York ha recuperado su pulso y en la Zona Cero progresa el complejo inmobiliario y botánico que borrará para siempre el amargo erial que dejó en aquel lugar el brutal atentado. A que el tiempo lo cure todo ayuda mucho que el urbanismo sea capaz de convertir el más terrible dolor en un recordatorio cada vez más lejano que sin remedio será pronto simples efemérides. Se equivocan quienes entonces intuyeron en el desplome del World Trade Center la metáfora del inexorable declive de la ciudad neoyorquina. Si los hombres somos capaces de sobreponernos tras la pérdida de un ser querido procurándose sensaciones nuevas, las ciudades lo hacen con el recurso de poner a la venta postales distintas. A diferencia de lo que ocurre con las sociedades vencidas, los pueblos entusiastas saben que a pesar de lo dolorosas que puedan resultar, la destrucción y la muerte tienen un lugar asignado en las emociones colectivas pero no es inevitable que detengan a los hombres. A Nueva York los terroristas quisieron apagarle sus luces, pero no lo consiguieron porque en el espíritu de aquel pueblo resistió incólume la idea de los tenaces empresarios de Broadway, que saben que por muy mal que haya ido la función, no habrá un solo teatro que cierre sus puertas mientras alguien sea capaz de reponer las lámparas de su marquesina. Al final, y sin que pasen demasiados años, los americanos le habrán demostrado una vez más al mundo que el dolor no excluye la eficacia, que incluso la muerte está de paso y que no hay en la Historia un solo momento de trágico dolor que con el transcurso del tiempo ellos no sean capaces de convertir en cine. Y no sería justo recriminarles esa actitud frente al caos, ni considerar que su comportamiento se trata sólo de negocio, de indiferencia o de cinismo. Son un pueblo demasiado joven como para aceptar que hayan de vivir de la vistosidad de sus ruinas. No se les puede culpar por su facilidad para sobreponerse al dolor, ni decir alegremente que son insensibles a él. Se puede estar triste sin necesidad de perder eficacia. Hace diez años muchos neoyorquinos se preguntaron qué sería de su ciudad a partir de entonces, al mismo tiempo que confiaban en su espíritu de lucha. De lo que se trataba era de no ser tan lentos como por lo general lo es la Historia, así que les habrá angustiado la idea de que si no evitaron la catástrofe fue por la imposibilidad material de haber sacado ayer a la calle el periódico de mañana.

La Razón – Opinión

Aquel 11 de septiembre. Por César Vidal

Recuerdo a la perfección, como si hubiera sido ayer mismo, dónde me encontraba aquel 11 de septiembre. Me hallaba remontando el río Nilo en dirección al Sudán. A la sazón, nuestro barco había atracado en Edfú y yo había aprovechado para echarme una siesta reparadora en medio de un calor que no parecía dar señales de reducirse. Tras levantarme, subí a cubierta y me encontré con unos pasajeros que hablaban acaloradamente sobre un ataque que acababan de sufrir los Estados Unidos. Lo habían contemplado en televisión y por las explicaciones que daban, llegué a la errónea conclusión de que lo más seguro era que, sin saber árabe, hubieran confundido una película con la realidad. «¿No habrán visto ustedes Independence Day?», me atreví a preguntar. «Era como Independence Day», dijo animado uno de ellos. Un tanto desconcertado, desanduve el camino hacia mi camarote y puse el televisor. Lo que contemplé me pareció sobrecogedor. Un avión de pasajeros se estrellaba contra una de las Torres gemelas provocando un infierno de fuego. Las imágenes procedían de una cadena norteamericana, pero habían suprimido el sonido original y superpuesto la voz de un locutor que hablaba con pesado acento egipcio. Decidí desembarcar –no íbamos a abandonar Edfú hasta la noche– con la intención de pulsar las opiniones de la gente de la calle. Hablé con no pocas personas aquel día. Desde empleados de banco a conductores de coches de caballos, pasando por universitarios y tenderos, todos me dieron su opinión con una convicción absoluta. Aquel atentado había sido un castigo de Alá contra los Estados Unidos, entre otras razones, por su victoria en la Guerra del Golfo en el curso de la cual habían realizado bombardeos. Por supuesto, estaban seguros de que culparían a los musulmanes por aquella acción, pero era más que obvio que los árabes no podían haber perpetrado aquel crimen. Semejante brutalidad –por razones técnicas y morales– sólo podía haber sido llevada a cabo por Israel con la intención de uncir a Estados Unidos a su política exterior. Sé que a muchos les parecerá delirante ese cúmulo de explicaciones y no cabe la menor duda de que, racionalmente hablando, lo son. Sin embargo, así veían los atentados las gentes más variadas de una nación islámica que no puede ser clasificada entre las más atrasadas. Durante esta década, Occidente se ha empeñado en convencerles de que el terrorismo islámico es atroz, de que sólo desea su bien y de que ese bien se traduce en términos de prosperidad material, progreso técnico y libertades democráticas. No estoy seguro de que hayamos avanzado mucho a pesar de nuestras mejores intenciones. En Afganistán, todo parece indicar que los talibán volverán a regir el país tras la retirada de las fuerzas de la coalición internacional en la que se encuentra España. En el norte de África es más que posible que el integrismo islámico avance hasta el punto de casi, casi hacernos añorar a Gadafi y a Mubarak. En cuanto a Irak, debo reconocer que no soy mucho más optimista. A diez años del 11-S me pregunto si quizá en lugar de intentar convertirlos a la democracia, no hubiera sido mejor alzar un contemporáneo Muro de Adriano que impidiera su entrada y que, como antaño, salvara a Occidente, siquiera por unos siglos, de la irrupción terrible y destructora de los bárbaros.

La Razón – Opinión

domingo, 11 de septiembre de 2011

El 11-S y la libertad. Por Esther Esteban

Han pasado diez años y, en la memoria colectiva, parece que fue ayer. Los ataques a las Torres Gemelas cambiaron el mundo, se cobraron cerca de tres mil vidas humanas y todos contemplamos espantados la más terrible cara del terrorismo fanático e irracional.

Han pasado diez años y recuerdo milimétricamente aquel 11 de septiembre del 2001. Un grupo de siete mujeres periodistas, habíamos quedado a comer en la bolsa de Madrid con su presidente, Manuel Pizarro. Se trataba de analizar la situación política y económica del momento con un fino analista y la cosa transcurría con total normalidad, hasta que, bruscamente entró la secretaria del anfitrión demudada con la cara pálida y la voz temblorosa. ¡Perdón por la interrupción, pero ha pasado algo muy grave en las torres gemelas y convendrían que ustedes vieran las imágenes!.

Nos levantamos, apresuradamente, de la mesa arremolinándonos en torno al televisor de su despacho y se hizo un silencio atronador que cortaba el aire. En la confusión del momento los corresponsales hablaban de un terrible accidente, hasta que de repente vimos en directo el segundo impacto. El primero que se atrevió a pronunciar la palabra atentado terrorista fue Manuel Pizarro, como también fue él quien apuntó, con una rapidez propia del mejor de los analistas internacionales, que podría ser obra de Bin Laden, señalando algunos datos de su biografía.


No nos volvimos a sentar a la mesa. Cada una de nosotras se marchó, también con rapidez, a la redacción del medio en el que trabajábamos - yo entonces estaba en Antena 3- y a partir de ahí en mi recuerdo solo hay días y días de trabajo, de conjeturas, especulaciones, secretismo y de imágenes de desolación muerte y terror. Vimos deambular sin rumbo, como perdidos, convertidos en guiñapos a ejecutivos que hasta entonces eran hombres poderosos, vimos tirarse por las ventanas seres humanos desesperados, conscientes de eran sus últimos instantes de vida, a personas inocentes que se hacían preguntas sin respuesta y también a fanáticos que pedían venganza.

Han pasado diez años y el mundo ha cambiado mucho desde entonces, pero la pugna entre libertad y seguridad que renació con fuerza el 11-S sigue sin resolverse. Muchos pensadores e historiadores han escrito libros cuya principal conclusión es que aquello supuso un antes y un después en los derechos civiles de la democracia mas avanzada del Planeta. Aquello generó miedo y el miedo y la libertad son raramente compatibles.

Acabo de leer una reseña del último libro de David K.Shipler donde, tras una breve lección de historia, se va a la calle y observa a la policía en varios barrios de Washington instigando a los sospechosos a renunciar voluntariamente a sus derechos de la cuarta enmienda: "La posibilidad más aterradora desde el 11-S -escribe el autor- no ha sido el terrorismo sino la de que los estadounidenses renuncien a sus derechos a costa de perseguir la quimera de la seguridad".

Tal vez tenga razón y diez años después de aquella sinrazón, que dejó 1600 personas sin pareja y a 3.000 niños sin padres, lo que quede es una merma en las libertades individuales y dolor, demasiado dolor no superado. Tal vez tenga razón y, como escribe en las páginas finales del libro, tengamos que recordar que "los derechos del criminal más miserable de todos no son solo tuyos, nos pertenecen a todos".


Periodista Digital - Opinión

Los mártires del 11-S. Por Pedro Calvo Hernando

Diez años después de aquel trágico 11 de septiembre me parece que es momento oportuno de mirar cómo es el mundo hoy y cómo lo ha venido siendo desde el 11-S, más que insistir hasta el aburrimiento en el recuerdo de aquellos acontecimientos.

El mundo de hoy es menos seguro de lo que lo era antes de aquella fecha y así ha venido siendo desde entonces. La respuesta norteamericana fue tan brutal y sanguinaria que no podía producir otros efectos que los que produjo, como la división de Occidente, la desestabilización del planeta y la marcha atrás en la búsqueda de la paz universal. Se declaró la guerra a un enemigo sin identificación y sin territorio, se violó la legalidad internacional y el sistema de Naciones Unidas, se instaló la arbitrariedad, la tortura y la guerra ilegítima como normas de comportamiento del país más poderoso y de los que le siguieron en esa aventura. Se fue al garete la perspectiva del avance global hacia un mundo mejor, más justo y más cercano al alcance del sueño de un Gobierno democrático mundial que abriese el camino a la igualdad entre los hombres.


Cuando llegó al poder Barack Obama el desastre estaba culminado y, pese a su carisma y buena voluntad, pronto se demostró que el daño necesitaría muchos años para encontrarle los remedios eficaces. Ni siquiera pudo cerrar Guantánamo, ese estandarte de la gobernanza canalla, criminal y antidemocrática que tanto había animado a los asesinos de las Torres Gemelas a proseguir sus hazañas terroristas, como enseguida sufrimos en Madrid, Londres y otros lugares. Y vino también la crisis económica, que mordió a Europa y América en su desprotegida yugular, debilitadas y divididas, lejos ya del sueño de los padres fundadores, perfectamente preparadas para entrar de lleno en el caos alimentado a fondo por la irracional política inaugurada tras el 11-S.

Los mártires de aquel día habrían merecido y merecen otros gobernantes y otras estructuras supranacionales capaces de cambiar un mundo ya inservible diez años atrás, pero mucho más inservible en el décimo aniversario.


Periodista Digital - Opinión

Fin de esta historia. Por Angela Vallvey

Hace diez años el mundo cambió para siempre. Hoy se cumple el décimo aniversario del atentado a las Torres Gemelas de Nueva York.

El planeta entero se radicalizó a partir de ese día, sin que nos diésemos cuenta. Todo arreció. La lucha contra el terror derivó en guerras que aún se batallan. La fea globalización dejó más beneficios y más perjuicios a partir de entonces.

La seguridad desapareció –aunque puede que nunca hubiese existido–, la ilusión compartida de su existencia se hizo añicos. Las ideologías se extremaron. Las religiones también. Después del 11 de septiembre de 2001, hemos visto cientos de veces las imágenes de la matanza, de la destrucción, sin saber que son la metáfora de la ruina de Occidente, del principio del fin –ahora sí– de la decadencia de Occidente.

Comenzó ese día un proceso imparable de humillación. USA y Europa han agachado la cabeza. Con el 11-S concluyó el colonialismo –ahora sí–. El Imperio Romano tardó siglos en caer. El occidental empleará mucho menos tiempo en el proceso si nadie lo remedia.
La televisión es nuestro gran teatro contemporáneo, aquel donde se representa la humillación incesante, voraz y ambiciosa del individuo occidental, de impulsos autodestructivos, que obtiene un extraño placer haciendo públicas sus desdichas, sus llagas espirituales, mentales o físicas, como heridas bañadas por el Sol.


Algunos programas, de corte temático, se ocupan de que estemos al tanto de las variedades infinitas de sordidez que poseemos. Casi podemos asistir a espectáculos titulados con el nombre del «defecto» de los protagonistas: obesidad, orfandad, pobreza, sentimentalismo... Es el gran circo de la carne en mal estado exhibido con una altanera humildad, a lo mejor la «humilité vicieuse» de que hablaba Descartes; tal vez la falsa humildad del necio taimado que confía en la lástima como fuente de ingresos morales, ferozmente igualitaria.

Sin duda, la moral del esclavo. Dice María Moliner respecto a la humillación: «Le humillan obligándole a obedecer al que antes estaba a sus órdenes». Antes, Occidente mandaba. Ahora, se somete ante los que fueron sus subordinados (Asia, Iberoamérica, Oriente Próximo…). El viejo esclavo se convirtió en su propio amo y se explota a sí mismo (los países emergentes). Y el antiguo patrón está en la ruina, sin esclavos.

Antes del 11-S, la televisión servía a nuestras órdenes, o al menos a las de nuestros sueños materiales: lujo, poder, riqueza… Hoy, las series y programas televisivos vomitan realidad a borbotones: taras físicas, enfermedad, soledad, estupidez. Los actores ya no viven vidas prestadas por un grupo de guionistas bien pagados. Actualmente, el único guión es el que escribe con renglones torcidos la propia vida. La vida a secas, precaria, despiadada, la que reparte generosamente pústulas, males, fealdad y desorden.

La que todo lo da para al final quitarlo todo, cobrándose de paso los intereses de su oneroso préstamo «subprime».
Este aniversario nos recuerda que otro mundo fue posible. Mejor para nosotros. Peor para los otros. Nos recuerda unos tiempos que, seguramente, nunca volverán.


La Razón - Opinión

Una década contra el terror

El 11 de septiembre de 2001, diecinueve terroristas suicidas acabaron con la vida de casi 3.000 personas en suelo estadounidense, cambiando así el rumbo de la historia. Los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, además del frustrado ataque al Capitolio, cumplen hoy diez años y la sensación es de que las democracias occidentales están preparadas para hacer frente y derrotar a la amenaza del terrorismo islamista.

El responsable de aquellos actos, Osama Ben Laden, prometió entonces «desangrar a Estados Unidos hasta su quiebra». Y a pesar del altísimo coste humano y económico del 11-S y de las posteriores operaciones militares, una década después es evidente que el plan trazado por Ben Laden ha fracasado. La decidida actuación de la comunidad internacional, liderada por las administraciónes de Bush y Obama, ha hecho posible la caída del régimen talibán en Afganistán y de la dictadura de Sadam Hussein en Irak.

Con Ben Laden eliminado y con una Al Qaida más fragmentada, Occidente sabe hoy mejor que en 2001 cómo se comporta su enemigo. Ello no ha evitado errores, especialmente relevantes en la planificación de la posguerra en Irak.


Tampoco los avances en las medidas de seguridad y en las agencias de inteligencia han impedido que Al Qaida haya vuelto a sembrar el terror desde aquel 11-S. Los atentados de 2004 en Madrid, tres días antes de unas elecciones, y de 2005 en Londres, un día después de que la capital inglesa fuese designada sede de los Juegos Olímpicos, subrayaron la voluntad del radicalismo islámico no sólo de provocar muerte y destrucción, sino de alterar el modo de vida del mundo libre. Indonesia, India, Egipto, Turquía, Jordania, Argelia y, por supuesto, Irak y Afganistán han sufrido también durante esta década el zarpazo de las células que integran Al Qaida. A pesar de estos reveses, cada vez más señales invitan a ser optimistas en la guerra contra el terror.

También dentro del mundo árabe. Las revueltas populares en Túnez, Egipto, Siria, Libia o Yemen, aunque lejos aún de significar la llegada de modelos democráticos, han demostrado dos cosas: que Al Qaida no goza de la influencia que se arrogó entonces en el mundo musulmán, y que la causa del atraso y la violencia que padecen esos países no es Occidente, sino sus propios regímenes dictatoriales, como los de Al Assad, Gadafi o Ahmadineyad. La indiferencia con la que fue recibida la muerte de Ben Laden, con la excepción de los núcleos más radicalizados de Pakistán y de los palestinos de Hamas, que llegaron a calificar al terrorista de «guerrero santo», constituye una prueba más del descrédito de una organización terrorista que se autoproclamó portavoz del islam pero cuyas víctimas mortales han sido principalmente musulmanas.

El principal reto se centra ahora en Pakistán, única potencia islámica nuclear, y actual refugio de terroristas. España, por su parte, sigue hoy siendo objetivo prioritario de aquellos que promueven la guerra santa. Esta amenaza justifica nuestra presencia en Afganistán, Libia y Líbano, como en su día estuvimos en Irak. De nuestro compromiso con los aliados dependen nuestra libertad y seguridad.


La Razón - Editorial

Diez años después

El colapso financiero de 2008 ha sido más decisivo para EEUU que el atentado del 11-S.

Han transcurrido 10 años desde el desplome de las Torres Gemelas y seguimos viviendo en un mundo perfilado por los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, incluyendo dos guerras no acabadas, en Afganistán e Irak, y por la progresiva adaptación de todos nosotros para convivir con el miedo. Es cierto que han cambiado nombres, rostros y circunstancias, pero la política exterior estadounidense y en gran medida la interior continúan marcadas por las decisiones adoptadas entonces. Y su reflejo impregna hoy una buena parte de las actitudes de los Gobiernos occidentales.

Estados Unidos, que se ha anotado en esta década éxitos cruciales en la lucha contra el terrorismo, parece ahora menos vulnerable de lo que lo fue en aquellas horas que conmovieron al mundo. Osama bin Laden ha muerto y Al Qaeda es más débil y está más fragmentada, aunque es capaz todavía, en sus difusas identidad y obediencia, de ensangrentar los escenarios más dispares en nombre del delirio islamista. Los ataques del 11-S han aumentado la eficiencia de míticas agencias de seguridad (CIA, FBI) que se revelaron caóticas e incompetentes antes y después de los históricos atentados.


Pero la superpotencia ha pagado un precio muy alto, moral y político, por su mayor fortaleza. Y en sus libertades. Con la nefanda doctrina de la guerra preventiva, George W. Bush enterró la contención y la disuasión como pilares de la seguridad, y una sociedad que combatía a sus enemigos con medios proporcionados y bajo el imperio de la ley se ha ido acostumbrando a una perversa lógica en la que todo vale, desde la tortura al asesinato. En el camino, Washington ha contaminado con métodos indefendibles la política de aliados incondicionales o débiles, cuyos Gobiernos han condonado desde los vuelos clandestinos de la CIA hasta las cárceles secretas. Todavía hoy, la América de Obama, teóricamente en las antípodas de la de su antecesor, sigue manteniendo la infamia de Guantánamo y la detención indefinida sin proceso de sus presos. Y sus aviones no tripulados ejercen en lugares como Pakistán o Afganistán una ciega y mortífera represalia que no distingue culpables o inocentes.

Fractura con Europa
La imagen exterior de EE UU se ha cuarteado. La infausta invasión de Irak -el más grave y trágico error hijo del 11-S, un ejercicio de unilateralismo a expensas de la legalidad internacional- fracturó las relaciones con los aliados europeos. Todavía hoy no está claro el perfil definitivo de Bagdad, aunque es de temer que acabe acercándose más a Teherán que a Washington. Y en Afganistán, la segunda guerra lanzada por la Casa Blanca, que el doble juego paquistaní hace imposible ganar, las disensiones aliadas no han hecho sino acentuar ese distanciamiento. Lo ilustra el papel que la exhausta Alianza Atlántica libra en el país centroasiático, una batalla por su misma razón de ser. Europa, desarticulada y desbordada por la magnitud de sus propias dificultades (y fustigada por Washington por su incapacidad para proyectarse militarmente, incluso en países tan cercanos como Libia) es renuente a acompañar las expediciones armadas de la superpotencia.

La década transcurrida ha visto deteriorarse claramente la posición de EE UU en el mundo. Las prioridades estratégicas desencadenadas por el 11-S han tenido un lamentable efecto anestésico en escenarios cruciales del tablero internacional. El conflicto palestino-israelí, uno de sus ejemplos, ha sido abandonado a su suerte por Washington, pese a las solemnes declaraciones en sentido contrario. La primavera árabe, el fenómeno más alentador de nuestros días, ha estallado sin avisar. El ideal democrático regional que predicara Bush se ha encarnado mucho tiempo después, y su propagación por el norte de África y Oriente Próximo no se debe al papel de Washington o las democracias occidentales, sino a la presión incontenible de las históricas frustraciones y vejaciones sufridas por sus protagonistas.

Fin de la inocencia
El mundo de septiembre de 2011 no es el de 2001, aunque suframos la densa sombra de unos acontecimientos que liquidaron definitivamente cualquier posible inocencia. Estados Unidos, cuya hegemonía absoluta no podía durar eternamente, asiste a una evidente pérdida de influencia frente a poderes rivales en un tablero que ha dejado de ser por primera vez modelable a su antojo. China emerge como un titán imparable, económico y militar, que aspira a imponer globalmente sus condiciones más temprano que tarde. O India. Las relaciones entre Pekín y Washington no han logrado superar una invencible desconfianza mutua, acrecentada en la Casa Blanca por el desafío que supone para su dominio de un Pacífico convertido en el océano de las oportunidades. Asia es un potente imán para los intereses económicos y estratégicos de un planeta en el que una difusa y disminuida Europa tiene cada vez mayores dificultades para hacerse oír con autoridad.

A la postre, el acontecimiento más perdurable de la década, y quizá el de mayor repercusión en el día a día de los estadounidenses, podría no ser el 11-S que comienza a entrar en los libros de historia, sino el terremoto económico gestado en su propio suelo en 2008 y cuyas consecuencias distan de haberse extinguido. Las réplicas de ese monumental colapso financiero tienen y tendrán probablemente más impacto en la vida ordinaria de medio mundo que el iluminado terrorismo con vocación planetaria desatado aquel día de septiembre. Las elecciones presidenciales del año próximo en EE UU, es de esperar, se disputarán en terrenos muy diferentes de la guerra global contra el terror. Tras la experiencia de la última década, y a la luz de su astronómico déficit, Estados Unidos responderá con menos recursos a los futuros desafíos de seguridad, entre los que sería suicida descartar el protagonismo del fanatismo islamista. Pero la lección de los muchos errores y disparates cometidos debe ser aprendida por todos, no solo por Washington.


El País – Editorial

Diez años después del 11-S

Hoy, diez años después, todos los implicados en el mayor atentado de la Historia han sido retirados de la circulación tal y como Bush aseguró en su día.

Hoy se cumple una década de la masacre terrorista de las Torres Gemelas de Nueva York. En estos diez años, la lucha contra el terror yihadista llevada a cabo por los Estados Unidos de Norteamérica y sus aliados con criterio y tenacidad ha ofrecido frutos valiosos que no se pueden desdeñar, ni siquiera a pesar de la condescendencia bastante cobarde de Europa hacia los esfuerzos por acabar con la amenaza terrorista islámica que amenaza al mundo occidental.

La muerte de Bin Laden el pasado mes de mayo ha sido tal vez el resultado más palpable de esta lucha contra el terror iniciada al día siguiente de la masacre de Nueva York. El presidente entonces en ejercicio, George W. Bush, prometió que eliminaría a los culpables de ese ataque terrorista que ensangrentó por primera vez el suelo de los Estados Unidos. Su sucesor en la Casa Blanca, como no podía ser de otra forma, hizo suya la promesa en nombre del pueblo norteamericano para llevarla hasta al final y hoy, diez años después, todos los implicados en el mayor atentado de la Historia han sido eliminados tal y como Bush aseguró en su día.

Pero la desaparición de Bin Laden no es el mayor éxito en esta batalla difusa contra el terrorismo islámico. A pesar de los muchos problemas que las fuerzas aliadas han encontrado en Afganistán e Irak, también en esos dos países considerados tradicionalmente como los principales valedores del terrorismo de Al Qaeda hay avances significativos que demuestran que la lucha por la libertad siempre acaba arrojando un saldo positivo.

Los norteamericanos han sido capaces de honrar a sus víctimas del terrorismo castigando a los culpables y acosando sin tregua a sus cómplices para que su muerte no haya sido en vano. Todo un ejemplo que, por desgracia, pocos parecen estar dispuestos a imitar a este lado del Atlántico.


Libertad Digital – Editorial

jueves, 8 de septiembre de 2011

11-S. Vosotros fascistas sois. Por Cristina Losada

Es una función simple en su perversidad. Se trata de no llamar terroristas a los terroristas, que tal fue la gran evasión protagonizada por la izquierda ante el 11-S.

Diez años después de los atentados del 11 de septiembre, nada ha cambiado. Es decir, nada ha cambiado en la galaxia política que, desde el minuto siguiente al horror, se volcaría en exculpar a los autores de la atrocidad. Triste es constatarlo, por predecible que fuera, pero hay más. La coincidencia del aniversario con una crisis financiera y económica que afecta, esencialmente, a Estados Unidos y a parte de Europa, ha permitido recargar las débiles baterías intelectuales de la espeluznante transferencia de culpa a la que se procedió entonces. Sí, señores, se ha confirmado quiénes eran y son y siempre serán los auténticos terroristas, tal y como adelantaron, tras aquella mañana septembrina, las luminarias de la izquierda. La crisis ha revelado que los verdaderos terroristas, los únicos, en realidad, son los mercados.

El premio Nobel de Literatura, Darío Fo, fue uno de los primeros que tradujo el sentir general en la izquierda de que los ataques habían sido provocados por sus víctimas y, en concreto, por su criminal economía. Con los muertos aún sin cuantificar, el escritor envió este mensaje: "Los grandes especuladores chapotean alegremente en una economía que mata cada año a decenas de millones de personas con la miseria. ¿Qué son en comparación los 20.000 muertos de Nueva York?". Abundaron y sobreabundaron en tales extremosidades Chomsky, Galeano y celebridades menores. Y al cabo de una década, uno puede leer en un suplemento cultural español dedicado al aniversario que "el nuevo terrorismo de los especuladores financieros coarta las arterias del mercado". O artículos en los que se tacha de "bandas terroristas" a los mercados y a las agencias de calificación. Por mucho que repugnen a la razón esos dislates, lo primordial es la función que cumplen.

Es una función simple en su perversidad. Se trata de no llamar terroristas a los terroristas, que tal fue la gran evasión protagonizada por la izquierda ante el 11-S. Pero, como consecuencia del 11-S, ha incorporado a su discurso el término "terrorista", que tantas reticencias y repugnancias le provocaba, vaciándolo de contenido en su abuso. Aunque estas piruetas no son más que el retorno de un clásico nuestro. Aquel "¡vosotros fascistas sois los terroristas!". Aquel grito de una izquierda a la que los crímenes de ETA sorprendían en insostenibles acrobacias morales. Los terroristas no eran aquellos nacionalistas vascos, como no lo eran los fanáticos suicidas de Ben Laden. Una tradición que sigue viva.


Libertad Digital – Opinión

martes, 24 de mayo de 2011

El día después: Bildu y la economía

Hace bien su líder, Mariano Rajoy, al exigir austeridad y rigor a los nuevos presidentes autonómicos, alcaldes y concejales. El mismo rigor que debería aplicarse él para hacer frente a la amenaza que supone Bildu en los ayuntamientos vascos.

El clamor del cambio político en España ha topado con la agenda del presidente del Gobierno, perfectamente capaz de asimilar las reivindicaciones de la puerta del Sol y, al tiempo, de obviar las consecuencias y conclusiones de un resultado como el registrado el 22-M. Entre la "democracia real ya" que se resiste a dejar de hacer el ridículo y la democracia sin adjetivos (los votos, las urnas y la alternancia en el poder), Zapatero se aferra a la demagogia y el asamblearismo más primitivo. Ensimismado y obsesionado con agotar la legislatura a la espera de un improbable milagro económico y una foto con ETA, ha dejado claro que por su cabeza no pasa la disolución de las cámaras y la convocatoria de elecciones, pese a que los principales indicadores económicos reflejan su encastillamiento como otro palo en la rueda de la recuperación.

Tal vez no haya tenido tiempo de digerir la abrumadora moción de censura de las urnas, el inapelable rechazo electoral que suscita su figura, el suspenso sin paliativos a una gestión lamentable, el final de un ciclo y una herencia catastrófica, con cinco millones de parados (de momento) y el asalto a las instituciones vascas por parte de los proetarras. El descrédito económico, político y judicial de España es de tales dimensiones que Zapatero será el primer presidente de la democracia que entregará a su sucesor un país mucho peor de como lo encontró y definitivamente tocado respecto a su integridad territorial merced a dos de sus grandes operaciones: el Estatuto de Cataluña y la legalización de la última marca batasuna.


Zapatero no debería permanecer más tiempo en la Moncloa que el necesario para que su partido sustancie el relevo en un proceso de primarias que promete emociones fuertes, por lo que en otoño tendría que haber elecciones anticipadas en España. En cuanto al PP, hace bien su líder, Mariano Rajoy, al exigir austeridad y rigor a los nuevos presidentes autonómicos, alcaldes y concejales. El mismo rigor que debería aplicarse él para hacer frente a la amenaza que supone Bildu en los ayuntamientos vascos, al reto que plantea la agrupación de fuerzas nacionalistas y socialistas en el País Vasco y en menor medida en Cataluña. Rigor también a la hora de mostrar, de una vez, el programa económico con el que el PP pretende tomar las riendas de España y desatascar la salida de la crisis. Y austeridad para gestionar una victoria que no es un voto en blanco para ejercer una oposición tranquila, demasiado tranquila para muchos. Es la hora de aportar soluciones y afrontar los problemas al margen de plazos, agendas y calendarios; de aprovechar la oportunidad que presenta un apoyo electoral masivo.

Como primera providencia, la auditoría sobre las comunidades autónomas y los ayuntamientos que a partir de ahora gobernará el PP presenta ya algunos indicios muy ilustrativos, como la quema de documentación municipal que obligó a intervenir a la Guardia Civil en el Ayuntamiento onubense de Valverde del Camino. Es más que probable que los cajones de estas administraciones estén plagados de impagados y pufos de todo tipo y condición y sería más que conveniente que el PP asuma medidas como un ajuste radical de la dimensión y número de las administraciones locales y autonómicas. Y eso, sólo para empezar.


Libertad Digital - Editorial

viernes, 11 de marzo de 2011

11-M. Siete años no bastan. Por Cristina Losada

España se dividió entonces como en otras ocasiones amargas, que así devinieron momentos crepusculares, instantes en los que el fiel de la balanza se inclina no sólo por la fuerza bruta de los hechos, sino por el comportamiento que emerge en ese trance.

Siete años desde aquel día aciago y no son suficientes. No lo son para borrar por completo de la memoria la conmoción, el espanto, el dolor, las preguntas sin respuesta. Pero tampoco para recordar como es debido a las víctimas directas, a los inocentes –siempre es inocente la víctima del terrorismo– muertos en los trenes, a los heridos, a los que perdieron hijos, hermanos, padres, amigos y conocidos. Ni han bastado siete años para que fragüe en la conciencia de la nación. ¿Nación? España se dividió entonces como en otras ocasiones amargas, que así devinieron momentos crepusculares, instantes en los que el fiel de la balanza se inclina no sólo por la fuerza bruta de los hechos, sino por el comportamiento que emerge en ese trance, por el modo en que se le hace frente. Nada está escrito, no estaba predeterminado, pero volvió a suceder y sucede aún.

Las ceremonias para rendir homenaje a las víctimas, acogerlas y acoger lo ocurrido en la historia y la memoria colectivas, han ido menguando, adelgazando de peso institucional, hasta que han aparecido relegadas a la condición de actos locales. Al menos, Madrid no olvida, cómo podría. Todavía meses después del atentado, se percibían la pesadumbre y un silencio cabizbajo que ahogaba el natural bullicio urbano. Pero incluso a los siete años, minimizados y todo, los actos sirven para marcar distancias. De un lado, Manjón y los suyos inauguran "su" monumento y hacen gala de hostilidad hacia la parte y el partido contrarios. Del otro, los demás hacen sus ofrendas en compañía de pocos representantes institucionales, a tenor de lo anunciado. Aquel mundo de la cultura que tanto buscó y encontró el primer plano durante unos días que debieron ser de llanto y fueron de odio, ha elegido la fecha para dedicarla a Garzón, otro guión para la misma película. Mismos protagonistas y el director que anunció a la prensa internacional que el Gobierno Aznar estaba dando un golpe de Estado. Un cine en blanco y negro.

Vaya panorama, siete años después. Pero qué poco ha cambiado. Es, sin embargo, lo que cabe esperar cuando se carga la culpa de un atentado sobre un Gobierno y se muestra así, con pasmosa naturalidad, la disposición a someterse al terror. De esa indignidad que fue instigada por unos y compartida por tantos, este tenso olvido de muchos.


Libertad Digital - Opinión

domingo, 12 de septiembre de 2010

Reflexiones del 11-S. Por José María Carrascal

Podemos ser tontos, pero tanto como para proporcionar el púlpito para achicharrarnos, no.

«ESTAMOS en guerra con los terroristas, no con el islamismo», ha dicho Obama para justificar su respaldo a una mezquita en las cercanías de la Zona 0 y su rechazo de la quema de Coranes. El problema, sin embargo, es que el Islam radical está en guerra con nosotros. Y da la casualidad de que ese Islam capitanea el islamismo y protagoniza episodios como el 11-S en Nueva York o los atentados en Madrid y Londres, sin que haya indicios de que se disponga a ceder en su guerra santa contra occidente, siempre que pueda y allí donde pueda. Lo que nos obliga a defendernos, a no ser que adoptemos la cristianísima actitud de poner la otra mejilla, que no creemos le detendría.

Ahora bien, la forma de defendernos no es quemando Coranes. Quemando Coranes lo único que se consigue es dar argumentos a los yihadistas y fomentar sus ataques contra nosotros. De ahí que la idea de pastor Terry Jones revele, junto a su cerrazón ideológica, unas entendederas bastante cortas. Menos mal que entre todos le han convencido de que no lo haga, aunque a la hora que escribo esta «postal» aún no es seguro, pues aparte de las razones ideológicas que le animan, está el ansia de celebridad, a lo que se sacrifica hoy todo, de lo que tenemos bastante culpa los periodistas.


En cualquier caso, el problema sigue ahí: ¿cómo combatir al islamismo radical, que nos considera enemigos a muerte? Occidente aún no ha encontrado respuesta a esa pregunta, limitándose a la guerra convencional, que no funciona, o a medidas puramente defensivas, a todas luces insuficientes. Y es que partimos de una base falsa: la de considerar el Islam una religión, como la nuestra. Cuando es mucho más que eso. Es una ideología, un estilo de vida, una escala de valores, que nada tienen que ver con los nuestros y en muchos aspectos chocan con los nuestros. Con los islamistas moderados podemos convivir. Pero los islamistas radicales se sienten amenazados por occidente, al comprobar el éxito material de éste y temer que, por esta vía, pueda atraer a sus fieles. Su respuesta ha sido atacarle en la única guerra que puede librar e incluso ganar, la del terrorismo, pues a diferencia de la convencional, con no perderla, se gana. Pero nosotros tenemos también derecho a defendernos, y lo primero para ello es no dar al islamismo radical ninguna facilidad para extenderse, como ocurre en las mezquitas conducidas por tales imanes. Quiere ello decir que Obama debería haber dicho: «No estamos en guerra contra el Islam. Estamos en guerra contra los islamistas que nos la han declarado». Podemos ser tontos, pero tanto como para proporcionar el púlpito para achicharrarnos, no.

ABC - Opinión

El Pastor Jones. Por Andrés Aberasturi

Si hace diez años nos hubieran dicho que el pastor de una pequeña iglesia de Florida podría poner en alerta al mundo occidental, nadie nos lo hubiéramos creído. Pero a fecha de hoy, esto es así. ¿Qué extraño poder tiene el tal pastor por nombre Terry Jones? Ninguno. El señor Jones, seguramente era tan radical entonces como parece serlo ahora y se le podría haber ocurrido entonces cualquier otra majadería o incluso la misma: quemar coranes, el libro santo del Islam. El señor Jones no ha cambiado, quien ha cambiado ha sido el mundo.

Cambió tras el brutal atentado del 11-S que abrió la brecha definitiva entre dos civilizaciones que nunca se habían entendido demasiado bien, que durante siglos habían luchado y que con la modernidad se toleraban más o menos y más o menos fueron capaces de convivir en un mundo dominado por la hegemonía de dos bloques enfrentados en la llamada guerra fría y preocupados por sostener algo tan sutil como era el "equilibro del terror". Pero aquello pasó y cuando todo parecía indicar que comenzaba una nuevo tiempo para el mundo, tal vez la pobreza, la explotación o el recuerdo de su grandeza perdida, despertó el sueño islámico que se fue ridiculizando en algunos sectores alimentado por conflictos internos y animado desde el exterior por quienes necesitan guerras para seguir con su negocio floreciente. El conflicto palestino, tan siempre ahí, daba además una coartada suficiente para justificar dentro y fuera lo injustificable.


Pero no sólo estos hechos -muchos más profundos y complejos de lo expuesto en las líneas anteriores- ponen en primer plano mundial al pastor Jones; la realidad de la aldea global completan el circulo según el cual el aleteo de una mariposa provoca un cataclismo en el otro lado del planeta. El pastor y su triste idea de quemar coranes, no hubiera trascendido hace diez años de los limites de su pueblo en Florida. Pero hoy el mundo es una corrala donde la voz desquiciada de un desquiciado radical puede provocar -como se ha visto- reacciones en cadena hasta ocupar las primeras páginas de todos los periódicos y que los gobiernos occidentales se vean en la obligación de poner en alerta máxima su seguridad. Y todo porque un tipo insignificante de una significante iglesia de Florida ha decidido quemar coranes.

Falta, claro, el tercer pie: la radicalidad. La diferencia fundamental estriba en que si al imán de un pueblo iraní -valga como ejemplo- se le ocurre quemar biblias, en Occidente seguramente apenas sería ni noticia. Es la brecha mediática y la fractura radical que divide las dos civilizaciones. Naturalmente estoy generalizando, pero el lector sabrá acotar lo escrito en sus justos términos y de la misma forma que no todos los pastores son como el señor Jones, tampoco todos los seguidores del profeta son radicales.


Periodista Digital - Opinión

sábado, 11 de septiembre de 2010

11-S. De coranes y mezquitas. Por Alberto Acereda

Lo justo sería señalar que en este 11-S resulta tan inapropiado quemar coranes en Florida como insistir en construir una mezquita en la Zona Cero.

Mientras Obama acaba de nombrar el cuadragésimo primer zar de su administración para combatir las carpas en los grandes lagos, el pueblo norteamericano recuerda estos días con dolor el noveno aniversario del mayor atentado terrorista contra este país. La fecha llega en medio de una polémica sobre "coranes" por quemar y "mezquitas" por construir. Llega cuando cada vez son más los ciudadanos que sufren la incompetencia de Obama en varios frentes, particularmente en el económico. El aniversario llega después de que se nos metiera con embudo una ley de sanidad que, a menos que sea revocada, aumentará más el ya inaguantable déficit nacional. Y llega cuando el norteamericano de a pie se siente engañado por un Gobierno federal que se dedica a perseguir más a sus propios ciudadanos (los ataques contra Arizona así lo prueban) que a los terroristas que siguen haciendo daño a este país.

Nueve años después del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos va derivando hacia una de sus situaciones más caóticas en las últimas décadas. Las torres gemelas fueron trituradas y miles de norteamericanos fueron masacrados por terroristas islámicos que asesinaron en nombre de su religión, esa que llaman de la paz... Pero para Obama, la guerra global contra el terror ya no existe; todo es ahora una "Operación de Contingencia en el Exterior". Obama no viaja el 11-S a Nueva York pero defiende que allí, en esa misma Zona Cero, se construya una inmensa mezquita. Y al imán que la dirigirá, Feisal Abdul Rauf, el gobierno norteamericano le paga con dinero público un viaje a Oriente Medio.


En otra columna escrita hace unos días con Newt Gingrich ya expusimos nuestro rechazo a la construcción de esa mezquita en dicho lugar pese a que legalmente cuenten con el derecho para construirla. Otra cosa es que acabe teniendo realmente el dinero para ello. El libre mercado así lo permite, aunque hay cosas que pueden resultar legales pero que no son apropiadas y que incitan a la provocación. En Nueva York existen ya más de cien mezquitas. Al margen de que la ley islámica de la sharía que defiende el imán Rauf no es apropiada ni en Estados Unidos ni en ningún lugar donde impere la libertad, cabría indagar de verdad en los lazos terroristas que financian la construcción de dicha mezquita, los nombres de Hisham Elzanaty o Sharif El-Gamal y sus conexiones con grupos de probado apoyo terrorista como la "Holy Land Foundation".

Porque si legal es construir esa mezquita en la Zona Cero, legal es también que este 11-S el "pastor" Terry Jones, de la minúscula congregación "Dove World Outreach Center" de Florida, quisiera quemar varios ejemplares del Corán para conmemorar los ataques terroristas del 11-S. Sin embargo, pese a la legalidad del acto y al que a Jones le ampare el inalienable derecho constitucional a la libre expresión, esa quema resulta inapropiada y provocadora: es un error llevarla a cabo. La quema de esos libros, como la construcción de la mezquita podrán ser ambas legales pero son indignantes. Una y otra son actos inapropiados y provocadores que faltan al respeto. Quizá por eso, el tal "pastor" Jones decidió no seguir adelante con su proyecto.

Lo que resulta incongruente es defender el derecho a hacer una cosa pero no la otra, como ha hecho públicamente Obama. Porque el presidente y su cortejo de medios y agencias afines no han perdido ni segundos para desplegar toda su fuerza hasta Florida y contrastar la idea idiota de este "pastor" cristiano con la supuestamente bondadosa visión del imán Rauf de construir una mezquita en la Zona Cero. El objetivo de Obama y la progresía no es otro que jalear mediáticamente al imán y denostar al "pastor", mostrar al mundo que la maldad de aquellos terroristas del 11-S resultó algo excepcional y que en el lado cristiano hay también una alta dosis de locos y pirómanos.

El imán de la mequita, Rauf, a quien siguen millones de personas, es visto por Obama y sus babosos mediáticos como hombre de bien. No importa que Rauf se niegue a condenar los atentados de los terroristas de Hamás o que culpe a Estados Unidos como causa del 11-S. Por otro lado, el insignificante "pastor" Jones es presentado por Obama y sus medios como hombre de mal aunque tenga razón al culpar al terrorismo islámico por los atentados del 11-S. Así, Obama y sus reporteros se ceban hipócritamente con el cristiano y enaltecen al musulmán.

Lo justo sería señalar que en este 11-S resulta tan inapropiado quemar coranes en Florida como insistir en construir una mezquita en la Zona Cero. Y lo justo sería señalar también que entre los elogios al imán Rauf y los ataques al pastor Jones por parte del propio Obama, el presidente parece olvidar que en mayo de 2009 su propia administración obligó al ejército norteamericano a quemar un lote de Biblias enviadas a Afganistán para evitar ofender la sensibilidad de los musulmanes en aquel país...

Traigo aquí a colación y comparativamente esta polémica para mostrar el peligro de perder de vista la realidad: mientras los escasos y únicos cincuenta seguidores de la congregación de Florida no iban a pasar de quemar el libro islámico sagrado, por mal que eso resulte, los seguidores de la sharía en la que cree Rauf siguen planeando construir la mezquita en un edificio tocado la mañana del 11-S hace nueve años. El imán amenaza diciendo que de no construirse la mezquita habrá más atentados terroristas contra Estados Unidos... A nueve años ya de la masacre humana del 11-S, sólo en los últimos meses hemos visto terroristas en aviones en Detroit, coches bomba en la Times Square, matanzas de inocentes en Fort Hood... y todo por obra del terrorismo islámico infiltrado ya en Estados Unidos.


Libertad Digital - Opinión

Mundo en vilo. Por Hermann Tertsch

El 11-S ha tenido infinita mayor repercusión que la llegada del hombre a la Luna.

Nueve años se cumplen hoy de aquel día, el 11-S en la que todos pudimos intuir que asistíamos en directo por TV a un punto de inflexión en la historia. Somos los primeros seres humanos a los que esto sucede. Algunos señalarán que el primer paso humano sobre la faz de la luna fue ya precedente de un hito en la historia de humanidad al que ya pudimos asistir como público consciente de su trascendencia para la especie. Pero nadie cuestionará el hecho de que las consecuencias del trágico 11-S del 2001 han tenido, hasta ahora al menos, infinita mayor repercusión que aquel instante de gloria del ser humano en el que puso por primera vez pie fuera de nuestro planeta. Todo ha cambiado desde entonces. No llevábamos aun dos años en el nuevo milenio cuando todo el optimismo en el mundo quedó abolido tras un par de horas de TV en directo. Hasta los más sobrios o ufanos debieron comprender que tras lo visto nada volvería a ser como antes. Y que los efectos de aquellas explosiones, de los incendios y las nubes tóxicas barriendo las calles de Manhattan, llegarían hasta los rincones más recónditos del globo; muchos aún no tenían noticia de que entrábamos, y ellos con nosotros, en un nuevo tiempo.

El mundo desarrollado aún tenía vagos referentes del miedo global que se vivió durante las Guerra Mundiales. Como en Europa persistió durante siglos la memoria del miedo que reinó durante las guerras de religiones durante treinta años en el siglo XVII, en los que la seguridad era bien inalcanzable y la muerte sorpresa esperada siempre al acecho. Eran memorias lejanas bajo la convicción de que en nuestro mundo nada parecido era posible. Una década antes había caído el mundo bipolar y todo el globo parecía embarcado en una causa de democracia y seguridad compartida. Hoy sabemos que aquello era un mito y que habremos de vivir con zozobra, con la única certeza de que nuestro bienestar y nuestra seguridad están en vilo.


ABC - Opinión