Mostrando entradas con la etiqueta Al Qaeda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Al Qaeda. Mostrar todas las entradas

jueves, 4 de noviembre de 2010

De odios y fobias anticristianas. Por Hermann Tertsch

Ese coro es incapaz de emitir una palabra de condena ante la monstruosidad de la muerte.

«INSURGENTES» llamaba el locutor de una televisión española a los terroristas de Al Qaeda que asaltaron la iglesia de Nuestra Señora del Socorro en Bagdad en la víspera de la Festividad de Todos los Santos en Bagdad. Para después proseguir con el relato coherente que nos explicaba que fue el intento de rescate por parte de las fuerzas de seguridad iraquíes la causa de que allí murieran al menos 58 personas, la mayoría mujeres y niños. Para que nos entendamos, los responsables de la matanza hay que buscarlos entre quienes ordenaron liberar a los rehenes, sólo en segundo término por los «insurgentes» que los tomaron como tales. A este tipo de aberraciones conduce esa pócima tóxica de irreprimible simpatía por todos los enemigos de «los invasores» de Irak y la fobia hacia todo lo cristiano que alcanza en nuestro país carácter patológico en un izquierdismo auspiciado por el partido gobernante. La organización terrorista Al Qaeda amenaza a todos los cristianos y exige que se le entregue a mujeres convertidas al cristianismo, unas monjas y otras no. Pretende que son retenidas contra su voluntad. Está perfectamente claro lo que quieren hacer con ellas. «Que sepan estos infieles y a su cabeza el Vaticano que la espada de la muerte no se va a levantar de los cuellos de sus seguidores hasta que (el Vaticano) anuncie que no tiene nada que ver con lo que hacen los perros de la Iglesia egipcia» dice. E insiste en la amenaza al Vaticano. Si no se pliega a sus exigencias, «se abrirán las puertas de la destrucción y los mares de sangre». En esto se confunden Al Qaeda, tan acostumbrada a que algunos, el Gobierno español a su cabeza, acaten sus órdenes. Pedirle al Vaticano que se distancia de la milenaria iglesia copta, tan romana como Roma misma, es como exigirle la abolición de la curia. Los intentos de borrar la huella del cristianismo de la región donde surgió, Oriente Medio, no son nuevos. Pero está claro que en Irak el radicalismo islamista cree poder lograrlo a corto plazo. Un tercio de los más de 800.000 cristianos han huido del país desde el año 2003. Si trágica es esta evolución, no deja tampoco de serlo el hecho de que no haya voz alguna del islam moderado que llame a acabar con esta tropelía criminal. Por unas caricaturas en parte falsas, todos los imanes del mundo islámico desde Marraquech a Yakarta se ponen de acuerdo de inmediato en llamar a sus fieles a rugir indignados, ante la matanza del 31 de octubre y en general ante la tragedia cristiana en Oriente Medio la indiferencia es absoluta.

La fobia al cristianismo forma extrañas alianzas. La «comprensión» que demuestra el izquierdismo anticlerical militante hacia las diferentes formas de coacción y despotismo que emanan del islamismo llevan a algunos socialistas a defender hasta el uso del «burka». Y para qué hablar del silencio del coro feminista en nuestro país ante la anunciada ejecución por lapidación u horca de la iraní Shakineh Ashtiani, que a la hora de escribir estas líneas esperaba su muerte inminente. Ese coro, omnipresente en su desatada indignación cuando se trata de condenar una mera grosería, es incapaz de emitir una palabra de condena ante la monstruosidad de la condena y la muerte. Pero no se sorprendan. Conozco ya a algún testigo de afirmaciones del presidente Zapatero ante políticos europeos jactándose de ser el principal enemigo de la Iglesia en España. Debe ser por eso por lo que no acudirá a ninguno de los actos que celebrará el Papa Benedicto XVI este fin de semana en Santiago y Barcelona. No vaya a molestar a sus correligionarios que organizan las burlas y demás ofensas al Papa previstas para estos días. Cuando quiere una buena ceremonia religiosa, se va con su amigo Erdogán a celebrar el Bairam del Ramadán.

ABC - Opinión

martes, 2 de noviembre de 2010

Crimen y error

El secuestro por Al Qaeda de decenas de fieles cristianos provoca una matanza en Bagdad.

Medio centenar de muertos es el estremecedor balance de la última acción perpetrada por la rama iraquí de Al Qaeda. Tras atacar la sede de la Bolsa en Bagdad, un grupo armado tomó como rehenes a los fieles de la iglesia de Sayida An Nayá que se disponían a asistir a una celebración religiosa. Las víctimas se produjeron durante el tiroteo desencadenado al intervenir el ejército iraquí, apoyado por unidades estadounidenses. Hay víctimas entre los asaltantes, las fuerzas de seguridad y los fieles, algunos de ellos niños de corta edad.

No es la primera vez en que los cristianos de Irak son atacados ni tampoco en que Al Qaeda toma como objetivo la iglesia de Sayida An Nayá. En la alucinada representación de la realidad como una lucha del Islam contra la Cristiandad bajo la que operan los terroristas, los cristianos y sus templos se han convertido en una diana fácil. Al golpearla, creen estar castigando a los países occidentales que su fantasía criminal caracteriza como miembros de una cruzada, de los que esperan una reacción sectaria en nombre de la religión. Pero antes que cristianos, las víctimas de sus acciones son hombres, mujeres y niños a los que inmolan en el delirio con el que pretenden justificar sus crímenes. La repugnancia que provocan nada tiene que ver con la pertenencia a un credo, sino con el rechazo de cualquier programa político que considere legítimo hacer de la vida ajena un instrumento para alcanzar sus fines.


En esta ocasión, Al Qaeda pretendía usar a los rehenes como moneda de cambio para lograr la liberación de algunos de sus presos en Irak y en Egipto. Que los terroristas estén incorporando cada vez más este método execrable a sus formas de actuación significa que la respuesta de la justicia ordinaria está haciendo mella entre sus filas, al menos tanta, si no más, que la estrategia de declararles la guerra, adoptada tras los atentados del 11 de septiembre. Recurrir al secuestro de inocentes no es lo que hace un ejército en combate, sino una banda de asesinos preocupada por su supervivencia, sea cual sea el número de sus miembros y el armamento que maneje.

El giro táctico de Al Qaeda, que deja palmariamente al descubierto su naturaleza terrorista, obliga a quienes la combaten a extremar el acierto en sus respuestas. La que llevó a cabo el ejército iraquí, apoyada por unidades estadounidenses, no puede ser convalidada en nombre del maniqueísmo subyacente a la idea de que contra Al Qaeda todo vale. Un secuestro no puede ser resuelto desentendiéndose de la suerte de los rehenes, salvo que se suscriba el mismo desprecio por la vida del que hacen gala los terroristas. La conjunción del acto criminal de Al Qaeda y del error del ejército iraquí ha dejado medio centenar de muertos, entre ellos un elevado número de rehenes. Un balance que Al Qaeda no ha dejado de celebrar en su siniestro comunicado.


El País - Edtorial

Nada que negociar

Luchar contra el terror tiene unos costes: no ceder a los chantajes y emplazar a las sociedades occidentales a entender determinados sacrificios.

AL Qaida ha agravado su protagonismo terrorista en los últimos días, tras el envío de explosivos por avión a sinagogas de Estados Unidos y la matanza perpetrada el domingo en una iglesia católica de Bagdad, donde fueron asesinadas más de cincuenta personas. Al margen de que estos atentados apuntan a una campaña contra las confesiones judía y católica —como elementos identificadores del Occidente al que quiere combatir Al Qaida—, demuestran que el terrorismo islamista sigue siendo una amenaza global, inmediata y cierta para las democracias occidentales. Por eso es un error creer que determinadas políticas de apaciguamiento confieren algún tipo de inmunidad. Nada menos hostil en Bagdad que un grupo de fieles católicos indefensos que asisten a misa un domingo. A esta amenaza global debe seguirle una respuesta global. Este planteamiento es tópico pero necesario, porque sigue sin cuajar, no solo en cuestiones de carácter militar, como la guerra de Afganistán, sino también en episodios concretos, como los secuestros de occidentales. Y en este terreno el Gobierno español se ha dejado jirones de confianza ante sus aliados. Así lo demuestran los documentos a los que ha tenido acceso ABC, relativos a un encuentro convocado por el Departamento de Estado de EE.UU. a principios de septiembre pasado, que reunió a representantes de Canadá, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido y España para tratar situaciones de crisis con rehenes. Una de las principales conclusiones fue la necesidad de no ceder a los chantajes, porque el éxito del secuestro fortalece a Al Qaida. Fue un aviso al Gobierno español, que días antes había facilitado la liberación de los cooperantes Albert Vilalta y Roque Pascual, a cambio de dinero y la excarcelación por Mauritania del terrorista Omar Saharahui. EE.UU. y Argelia protestaron por la cesión a Al Qaida, interpretada como una quiebra de los compromisos internacionales contra el terrorismo. En julio, Al Qaida asesinó al rehén francés Michael Germaneau, después de una fallida operación de rescate ejecutada por tropas francesas y mauritanas.

Es cierto que otros países han negociado con terroristas, pero la experiencia ha sido nefasta; ha permitido a los secuestradores avanzar en financiación, logística y reclutamiento. La lucha contra el terror tiene unos costes que deben ser asumidos por los gobiernos. Uno, no ceder a los chantajes. Otro, emplazar a las sociedades occidentales a que comprendan determinados sacrificios.


ABC - Opinión

jueves, 16 de septiembre de 2010

Suicidas contra España

El terrorismo islamista ha demostrado que su voluntad de destruir la democracia no es un medio para alcanzar un objetivo, sino que constituye un fin. La amenaza es global y obliga a los gobiernos y a las sociedades que se encuentran en el punto de mira a asumir sacrificios con la determinación de aquellos que saben que evitan daños mayores. En España conocemos el grado de dolor que la violencia indiscriminada puede causar. En la memoria, los atentados del 11 de marzo nos recuerdan hasta dónde pueden llegar estos enemigos de la libertad. Para quienes pretenden relativizar la amenaza, Al Qaida ha señalado a España como objetivo de sus ataques. Para aquellos que aún vacilan, pese a todo, o piensan que la guerra contra el terrorismo debe ser cosa de otros, LA RAZÓN publica hoy en exclusiva que la rama magrebí de Al Qaida, la misma que secuestró a tres cooperantes españoles en Mauritania, adiestra a terroristas suicidas para atentar en nuestro país. Un dato relevante es que este grupo dispone de la financiación suficiente para desarrollar sus planes criminales, lo que refuerza la convicción de que la cesión a los chantajes terroristas y el pago de rescates siempre arrastran consecuencias amargas. España dispone de unos magníficos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, que han demostrado su eficacia contra las redes islamistas. Debemos confiar en ellos, por lo que no se trata de provocar un alarmismo desproporcionado, pero sí de concienciar a la opinión pública sobre los esfuerzos que nos exige a todos la lucha contra ese enemigo real, el mismo que es capaz de sembrar el terror en nuestras calles y de asesinar a tres españoles en Qala i Naw. Precisamente, Afganistán ha sido una prueba de obstáculos exigente y dolorosa para verificar nuestro grado de convicción colectivo en ese combate contra el terrorismo internacional. Aquella guerra nos ha exigido enormes sacrificios en el pasado y muy probablemente lo hará en el futuro. Los dos principales partidos demostraron ayer en el debate parlamentario sobre la guerra en el país asiático que su respaldo esencial a la misión militar se mantiene y que España no saldrá de allí «mientras estén en peligro la seguridad del país y de la región, la seguridad global y la seguridad de los españoles», en palabras de Zapatero. Un gesto de responsabilidad tanto del presidente como del líder de la oposición, más allá de que la contienda se mueva en la incertidumbre o que la falta de una planificación realista del conflicto parezca conducirlo a un callejón sin salida. Pero también hubo diferencias de calado. Mariano Rajoy denunció con razón la opacidad informativa del Gobierno y la falta de un trabajo pedagógico que ha provocado un creciente rechazo popular a la presencia de las tropas españolas. En efecto, el Gobierno ha cometido errores de envergadura, como insistir contra la fuerza de los hechos de que estábamos ante una misión humanitaria u ocultar buena parte de la verdad sobre la suerte de nuestras tropas. Ahora esperamos que cumpla con los compromisos internacionales y se mantenga firme en la convicción de que la libertad de los españoles se juega también a miles de kilómetros del país.

La Razón - Editorial

jueves, 2 de septiembre de 2010

Reinventar Irak

Obama deja a las fuerzas políticas del país el reto de gobernarse sin tutelas extranjeras

El presidente Obama cerró el martes la Operación Libertad Iraquí e inauguró la así llamada Nuevo Amanecer, que sustituye la presencia militar por la formación de las fuerzas iraquíes y la acción diplomática. "No voy a cantar victoria", dijo Obama. Tiene razón: la insurgencia ha mostrado ya su fuerza una vez iniciada la retirada hace unos días y no sería descabellado ver a los 50.000 soldados que se han quedado complicados en nuevos conflictos. Pero el paso esencial que Obama había prometido se ha cumplido: la guerra ha terminado y ha llegado el momento de pasar página. Una guerra con la que fue muy crítico y a la que se opuso. En el momento solemne de la despedida, sin embargo, supo ser elegante y cuando se refirió a George W. Bush habló de su apoyo a los soldados, de su amor a la patria y de su compromiso con la seguridad del país. Esa es la batalla que queda pendiente y Obama aseguró que Estados Unidos terminará desmantelando y derrotando a Al Qaeda.

También el jefe provisional del Gobierno de Irak, Nuri al Maliki, se dirigió a sus compatriotas para decirles que el Ejército y la policía nacionales podían garantizar la seguridad del país. La violencia que campa por doquier no va a arreglarse con el despliegue de unas tropas, por bien pertrechadas y preparadas que estén. El problema más grave de Irak es de legitimidad política, y Maliki no explicó por qué no se ha formado aún el nuevo Gobierno que debía de haber salido de las elecciones del pasado marzo.


Después de siete años de ocupación, el futuro vuelve a manos de los iraquíes, pero el país se encuentra devastado por una guerra que no solo se llevó por delante la dictadura de Sadam Husein sino que acabó también con los cuadros militares y políticos que la sostenían, destrozó los engranajes sociales que mal que bien funcionaban y destapó los conflictos que dividen a chiíes y suníes, amén de avivar la antigua tensión de estos con los kurdos. Por frágiles que sean, son ahora los mecanismos de la democracia los que pueden hacer viable el nuevo Irak; pero, para que funcionen, los partidos deben conquistar su legitimidad más allá de tutelas extranjeras.

La diferencia entre el ganador de las últimas elecciones y el segundo es minúscula: 91 escaños del partido laico del chií Iyad Alaui, al que apoyan amplios sectores suníes, frente a los 89 de las fuerzas chiíes moderadas de Maliki. Unos y otros no han sabido durante más de cinco meses llegar a ningún acuerdo, ni han conseguido alianza alguna con la tercera fuerza más votada (70 escaños), el Consejo Supremo Islámico Iraquí. Este es el partido preferido de Teherán, acaso porque forman parte de él los chiíes más radicales, como Múqtada al Sáder, líder de la corriente sadrista dentro de esa coalición (40 escaños) y jefe del Ejército de Mahdi. "Solo los iraquíes pueden construir la democracia dentro de sus fronteras", ha dicho Obama. Es, pues, la hora de la política y de desterrar la tentación de cualquiera de las milicias de recurrir a las armas.


El País - Editorial

lunes, 30 de agosto de 2010

Hombres de negocios. Por Ignacio Camacho

El secuestrador de los cooperantes se dice un hombre de negocios. Y debe de serlo, porque el Gobierno ha negociado.

EL tal Omar el Saharaui, competente secuestrador —por encargo— de los cooperantes españoles en el Sahel, dice que él no es un terrorista sino un hombre de negocios. Un profesional con amplia experiencia, vaya; antes había trabajado con los polisarios, y quién sabe en qué más empresas. Sin duda debe de serlo, y eficaz por cierto, habida cuenta del exitoso desarrollo de sus últimas gestiones. Como al fin y al cabo se trataba de negocios, el Gobierno español se ha prestado a negociar entre profesionales. Total, todo era cuestión de un sencillo toma y daca: Omar secuestra, España paga y Al Qaida cobra y suelta la presa. La libertad de los rehenes a cambio de un poco de dinero, y de propina la excarcelación del mercenario, que como nadie es perfecto se había dejado prender por Mauritania en un descuido. En todas las negociaciones hay flecos de última hora que conviene dejar cerrados para que no se estropee el objetivo principal. Todos contentos; no hay nada como un trato entre caballeros.

El Gobierno se ha acostumbrado a negociar. Nuestra estructura diplomática es experta en el manejo de esta clase de negocios —por ejemplo, con Marruecos— y el CNI dispone de numerosos agentes reciclados en el manejo de operaciones de índole mercantil con lo mejorcito de cada casa. Negoció con los piratas somalíes que se apoderaron del «Alakrana» —unos pardillos que al final se olvidaron de aquel Adu jovenzuelo, preso en Madrid, y se pusieron a celebrar bodas con la pasta del rescate—, y negoció con ETA, que es un hueso más duro de roer porque sus cabecillas carecen de la necesaria profesionalidad, fanatizados como están por el delirio del poder y de la sangre. Pero todo se contagia y ahora parece que los etarras han escrito por ahí un papel en el que solicitan cuatro millones de euros para dejar de extorsionar a empresarios en una eventual tregua. Los tíos ya quieren una subvención por dejar un rato lo suyo, y esto es sólo el principio; como alguien les dé cuartelillo acabarán pidiendo plazas de funcionarios.

A Omar el Saharui le ha dado el Gobierno estatus de hombre de negocios como antes le dio a Otegui —¡y hasta a De Juana Chaos!— el de hombres de paz. El tipo va por ahí hablando con periodistas y protestando de su inocencia; es un honrado traficante de personas, automóviles, rebaños, cosas. Un hombre que se gana la vida trabajando, como los demás, y que a veces tiene trato con los terroristas de Al Qaida porque son gente que anda por ahí, en esos desiertos de Alá. Un subcontratista, que diríamos. Le dieron quince mil euros por la gestiónde los cooperantes y se quedaron con el resto del rescate —de seis a ocho millones de euros— para sus necesidades logísticas. Puro negocio. Los españoles son gente razonable: entienden en seguida la dimensión de los asuntos, cumplen su palabra y pagan al contado. Da gusto entenderse con gente así.


ABC - Opinión

domingo, 29 de agosto de 2010

El Estado fantasma de Al Qaida

La guerra de Afganistán se está perdiendo, Pakistán es un aliado cada día más equívoco y Al Qaida se expande por un territorio abonado para su ideario integrista.

LA liberación de los cooperantes españoles secuestrados por Al Qaida en el Magreb Islámico es un punto y seguido en el proceso de implantación de esta red terrorista en el desierto del Sahel, a las espaldas del norte de África y con la mirada puesta en Europa. Lamentablemente, Al Qaida está ganando territorio y fuerza tras la fusión de grupos locales, principalmente salafistas argelinos, que actuaban autónomamente contra los gobiernos nativos. Ahora, esta red, que opera a sus anchas en el Sahel, ha incorporado su violencia terrorista a la estrategia general de Al Qaida, cuyos objetivos siguen siendo la restauración del califato en todo el territorio que los integristas reclaman para el islam. La preocupación de los países occidentales frente a Al Qaida ha sido durante años, especialmente desde el 11-S, que pudiera hacerse con el control de más estados fallidos, como Afganistán. Sin embargo, Al Qaida ha conseguido crear algo parecido en el inhóspito Sahel, donde el poder de los Estados de la región es escaso o nulo, y se debilita aún más cuando se convierten en intermediarios para el pago de lucrativos secuestros. No tiene mucho sentido exigir a estos gobiernos de la zona que actúen contra los terroristas si, cuando lo hacen, se les pide que cedan al chantaje y liberen a uno de ellos, como sucedió con el organizador de los secuestros de los cooperantes españoles.

La situación al sur del Magreb es crítica y Al Qaida tiene todas la de ganar porque sigue reclutando adeptos, aumentando el territorio bajo su control, debilitando a los gobiernos locales e intimidando a los países europeos, dispuestos a desarmar ante un secuestro todo su aparatoso y aparente discurso de firmeza y cooperación. La guerra de Afganistán se está perdiendo, Pakistán es un aliado cada día más equívoco y Al Qaida se expande ante la impotencia occidental por un territorio abonado para su ideario integrista (gobiernos corruptos, pobreza generalizada, falta de autoridad). En medio de este panorama, la lucha sin cuartel del Gobierno iraquí contra Al Qaida es una referencia sobre las posibilidades de que un país musulmán pueda combatir a los sicarios de Bin Laden.

La ofensiva del terrorismo islamista juega sus bazas según sus prioridades. Por eso sería un error pensar que el Sahel queda muy lejos de España. Más lo estaba Afganistán de Nueva York el 11 de septiembre de 2001. Los escenarios del conflicto contra el integrismo islamistas son más amplios que Afganistán e Irak y están acercándose a una Europa que sigue con la cabeza debajo del ala.


ABC - Editorial

viernes, 27 de agosto de 2010

¿Morir por Afganistán?. Por José María Carrascal

Seguimos sin debate sobre nuestra participación en Afganistán, sin saber si los costes compensan los beneficios.

LA única diferencia entre Irak y Afganistán son los actores, Bush y Aznar por un lado, Obama y Zapatero por el otro. En el resto, estamos ante el mismo conflicto: el Oeste batiéndose con el radicalismo islámico, con el propósito de establecer la democracia en ambos países, desde hace ya más tiempo que se batió con la Alemania nazi. Y con peores perspectivas. Podría alegarse que la intervención en Afganistán se hizo bajo el paraguas de la ONU, y la de Irak, no. Pero a estas alturas ambas tienen igual cobertura, aunque de poco les sirve.

Para el Gobierno español, sin embargo, se trata de situaciones totalmente distintas. Estamos ante otro de esos espejismos con los que nuestro presidente intenta sustituir la realidad por la ficción, como fue traer la paz al País Vasco negociando con ETA, articular territorialmente España con nuevos estatutos de autonomía o resolver la crisis económica negando su existencia. En Afganistán, se trata de llamar a aquella guerra «misión humanitaria». Las víctimas vienen a ser algo así como accidentados de tráfico, las condecoraciones, cruces de beneficencia. La guinda la puso el anterior ministro de Defensa: «Nuestro soldados sólo dispararán si son agredidos». Mientras la ministra actual, calla.


El caso es demostrar que no estamos en una guerra y ahí tienen al ministro de Interior anunciándonos, de riguroso luto, las dos últimas bajas, como horas antes daba por cerrada la crisis con Marruecos por Melilla. Si lo cree, es un ingenuo. Si no lo cree, un cínico.

Seguimos sin debate sobre nuestra participación en Afganistán, que es lo menos que puede pedirse en una democracia, sin saber por tanto si los costes compensan los beneficios. Todo por el maniqueísmo de un gobierno que hace la misma guerra que el anterior, y al que criticó hasta la saciedad por ello.

Lo de Afganistán, como el resto de las crisis en que anda metido, no hará más que empeorar. Es aquél un conflicto demasiado complejo para abarcarlo en una «postal», por lo que lo dejo para una próxima «Tercera». Pero adelanto tres cosas: que aquello es una guerra. Que se está perdiendo. Y que el Gobierno español seguirá mintiendo hasta el final, por más que los hechos le contradigan, como está haciendo con la crisis económica. Y es que ya no sabe hacer otra cosa. El mundo ficticio donde se ha instalado se lo impide e incluso tiene que mentir en aquello que debiera enorgullecerle, como es defender la democracia en la otra esquina del mundo. A tal extremo le ha llevado la ignorancia, el sectarismo y la obstinación.

Mientras a los españoles sólo parece preocuparnos la Liga que empieza. Claro que puede ser más real que nuestra política. Y menos peligrosa.


ABC - Opinión

¿Qué hacemos en Afganistán?. Por M. Martín Ferrand

Nuestra política exterior es un género bufo y, salvo el amor al comunismo cubano, es difícil encontrar una constante.

AFGANISTÁN dejó de ser la ruta de la seda para convertirse en la de la amapola; pero, quienes hemos leído Kim de la India, le debemos a Rudyard Kipling un cierto entendimiento de la áspera realidad de un territorio en el que, desde Ciro el Grande, rey de los persas, hasta Barack Obama, presidente de los EE.UU., han fracasado todos los titanes de la Historia. Bastaría una reflexión en ese sentido para encontrar una respuesta a una pregunta elemental: ¿qué hacemos nosotros, los españoles, en un rincón del mundo tan distante de nuestros intereses, tan lejano de las prioridades de nuestra política exterior y, como ya demuestra una negra contabilidad, tan mortífero para nuestros soldados?

Son muchas las respuestas que nos debe José Luis Rodríguez Zapatero, el gobernante espasmódico que, por las mismas razones que nos sacó de Irak, en desprecio a los compromisos adquiridos por el Estado español, nos metió en Afganistán para aliviar sus complejos y disimular sus errores y gestos antinorteamericanos, impropios de quien pretende ser un líder planetario, pobrecito. En función de los últimos acontecimientos, la más urgente de todas esas respuestas es la que explique nuestra presencia afgana.

Nuestra política exterior es, de hecho, un género bufo y, salvo el amor al comunismo cubano, es difícil encontrar en ella, a lo largo de los años que llevamos de zapaterismo, ninguna constante. Hace solo unas horas, a propósito del rescate de los secuestrados por Al Qaeda del Magrel Islámico, el presidente Nicolas Sarkozy ha tenido que recordarnos que «pagar rescates y aceptar la liberación de presos a cambio de pobres inocentes no puede ser una estrategia». Para nosotros, por lo que llevamos visto, se trata de una costumbre fáctica que concuerda con la política débil y pastueña que, inspirada desde La Moncloa, ejecuta con entusiasmo el titular de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos.

Lloramos ahora el asesinato de tres españoles —los nacionalizados también lo son— mientras cumplían con su deber en Afganistán. Alguien, aunque solo sea por respeto a su memoria y a sus familiares, debiera darnos una explicación suficiente del sentido de la presencia española en aquel escenario bélico. La «misión humanitaria y asistencial» ya no se tiene de pie cuando nos aproximamos al centenar de muertos en un lugar que, en lo que a España respecta, no tiene sentido político, interés estratégico, valor logístico o razón crematística. Zapatero encontró en Afganistán una zarza con moras verdes para quitar la mancha de las maduras que recolectó en Irak y ahora tenemos manchas de dos colores.


ABC - Opinión

Perder en Afganistán. Por Ignacio Camacho

En los conflictos de la democracia contra la barbarie ésta tiene la ventaja de que nunca titubea.

EN Afganistán no sólo estamos en una guerra, sino que además resulta bastante probable que la vayamos perdiendo. Una guerra se empieza a perder cuando a uno de los bandos le entra la duda sobre su presencia o su papel en ella, y se pierde casi del todo cuando se le intenta poner fecha al final por adelantado, como ha hecho Obama —el comandante en jefe de la misión internacional— presionado por las reticencias de la opinión pública y las ciberfiltraciones del horror bélico. Si le dices al enemigo cuándo te vas a retirar, le estás poniendo a su resistencia un horizonte de esperanza. Y en los conflictos de la democracia contra la barbarie ésta tiene la ventaja de que nunca titubea.

Perder en Afganistán no significa abandonar a los afganos bajo un régimen de opresión medieval que a lo peor hasta desean. Significa sacar bandera blanca en el combate contra el terrorismo islámico y entregarle una gigantesca base de entrenamiento y operaciones en un territorio estratégico, a un paso de una potencia nuclear —Pakistán— muy permeable y a otro del polvorín de los «tanes» exsoviéticos. Perder en Afganistán supone aceptar que la libertad es una causa restringida a Occidente, volver a derribar las Torres Gemelas y a reventar el Metro de Londres y los trenes de Atocha. Perder en Afganistán es un revés militar, un fracaso político y una derrota moral del mundo libre ante el salvajismo teocrático. Perder en Afganistán es una tragedia, pero una tragedia factible y hasta probable.


Para evitarlo se necesita algo más que pericia militar y superioridad tecnológica. Es menester una determinación que sólo puede surgir de la convicción ideológica, de la conciencia de que esa guerra no es un ataque preventivo ni un ejercicio de intervencionismo caprichoso sino un acto de defensa de la sociedad abierta. Y se requiere un liderazgo colectivo incólume capaz de articular la fortaleza colectiva imprescindible para resistir el desafío. Ni Atenas ni Europa habrían resistido a la barbarie sin el coraje de un Pericles o un Churchill. Pero, eso sí, ellos supieron explicar a su gente por qué tenían que seguir luchando.

En Afganistán se pierde cada vez que se duda. Cada vez que el Gobierno de un país participante flaquea ante el luto por las bajas, autolimita su capacidad de maniobra, minimiza la crudeza del conflicto, despista a sus ciudadanos con evasivas o no encuentra razones para argumentar el sacrificio. Cada vez que se replantea el debate político desde el cálculo electoral, desde la pusilanimidad contemporizadora o desde el egoísmo tacticista. Cada vez que vacila el pulso de la coalición ante los golpes sufridos y la sangre derramada. Los talibanes no flaquean, no se contradicen, no debaten. Desprecian y reprimen la libertad en sus dominios pero se aprovechan de la del adversario para debilitar su fuerza. Y aunque sean analfabetos saben que en la Historia las guerras las ganan siempre los que saben por qué hacerlas.


ABC - Opinión

Otro rumbo para Afganistán

El ataque terrorista en la antigua base española de Qala-i-Now que costó la vida al capitán José María Galera Córdoba, al alférez Abraham Leoncio Bravo y al traductor español de origen iraní Ataollah Taefik ha reavivado un debate latente sobre la prolongación de la misión en Afganistán. Algunos grupos parlamentarios han presentado ya iniciativas para debatir en el Congreso las condiciones de seguridad de las tropas, el deterioro de la situación y la auténtica relación con la población civil. Duran Lleida ha reclamado directamente un debate para «valorar» el conflicto y la contribución de nuestro país a la guerra. Es, por tanto, una discusión política abierta que, sin embargo, habría que cerrar cuanto antes. Lo que estaba justificado hace unos años lo está aún hoy, porque la comunidad internacional se encuentra muy lejos de haber alcanzado los objetivos que requirieron la presencia de las tropas aliadas. Introducir elementos de vacilación en las sociedades occidentales desde los propios gobiernos ha contribuido en buena medida a la desestabilización actual y a que el conflicto haya entrado en una fase dura. Al igual que sucede en Irak, el precipitado anuncio de Barack Obama sobre la retirada de las tropas en 2011 ha alentado la esperanza y la resistencia de los talibán, que han interpretado correctamente que existen serias opciones de que puedan ocupar por la fuerza el vacío que los militares aliados dejarán ante una administración local corrupta e incompetente. Las diferencias entre Obama y sus mandos militares han abierto otra brecha contraproducente.

Es cierto que la comunidad internacional ha cometido demasiados errores en Afganistán. El principal es no haber preparado la posguerra, no haber apostado decididamente por la prosperidad y la construcción de un nuevo país. La miseria de los talibán no fue sustituida por la abundancia de los extranjeros, y esto generalizó la hostilidad. Ha faltado planificación y estrategia, porque los países occidentales se quedaron a medio camino, que siempre es la peor opción. Y ahora el conflicto se ha enquistado, con una guerra que no podemos ganar con el despliegue de fuerzas actual ni tampoco podemos perder. Los militares de la Alianza Atlántica han perdido años en el intento de que los políticos asumieran esa verdad y apostaran por una táctica diferente. Pero los indicios apuntan a que el desgaste político de los gobiernos y el hartazgo de las opiniones públicas nos abocan a una encrucijada incierta.

Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy conocieron ayer de primera mano la situación de las tropas españolas y el desarrollo del conflicto. Y sería muy positivo que ambos coincidieran en que España debe estar junto a sus aliados en el cumplimiento de sus compromisos, y en que el trabajo de nuestros militares merece un respaldo colectivo. En Afganistán queda trabajo por hacer. Se libra una guerra contra un terrorismo global capaz de atentar en cualquier país. Se pierden héroes en el combate para salvar miles de vidas. La misión necesita un nuevo rumbo, que apueste decididamente por recuperar el control, estabilizar el país y llevar la prosperidad a las calles. Si los gobiernos no están dispuestos a ello, los sacrificios serán baldíos.


La Razón - Editorial

Una amenaza para las democracias

El mal ya está hecho. Gracias a Zapatero, desde hace unos días los terroristas cuentan con unos argumentos más para seguir aterrorizando a Occidente y Occidente cuenta con unos argumentos menos para defenderse.

No cabe duda de que la política exterior de este Gobierno es una auténtica catástrofe para todos los españoles. En los últimos seis años la imagen internacional de nuestro país se ha degradado hasta límites inimaginables, situándonos en muchos casos en la órbita de tiranías bananeras del estilo venezolano o cubano.

No podía ser de otra forma cuando la primera decisión que adoptó Rodríguez Zapatero al llegar a La Moncloa fue retirar las tropas de Irak y animar al resto de naciones a que hicieran lo mismo. Allí se comprobó que España no podía ser un aliado de fiar, pues la agenda exterior y el cumplimiento de los compromisos adquiridos dependían de que Aznar ocupara la presidencia del Gobierno. Es decir, si la sociedad española era tan maleable como para sustituir a Aznar por Zapatero y dar un giro de 180 grados en la política exterior, entonces ninguna nación medianamente sensata podía arriesgarse a alcanzar con nosotros acuerdos a largo plazo que podían ser violados en cualquier momento.


Y así ha sido desde entonces: conscientes del peligro que corrían si entablaban relaciones demasiado serias con nuestro Gobierno, nos hemos quedado arrinconados y sólo hemos podido relacionarnos con países en muchos casos contrarios a los derechos humanos más básicos. A las únicas cumbres internacionales que se nos ha invitado, como las del G-20, hemos acudido más en calidad de amenaza para el resto de naciones que de interlocutor en pie de igualdad.

En principio, pues, parecería que si Occidente nos marginaba como gente poco de fiar, no deberían tener demasiado que temer por nuestro errático rumbo. Pero, según se ha visto, ni siquiera aislándonos logran otras naciones evitar que la política exterior de Zapatero les salpique. El caso del rescate de los cooperantes no puede ser más claro: mientras Sarkozy se esfuerzaba por hacer lo correcto –perseguir y dar caza a los terroristas–, Zapatero se empecinaba en lo incorrecto –ceder al chantaje de los terroristas entregándoles todo aquello que piden sin ni siquiera tratar de combatirlos. Y, obviamente, la irresponsable y cortoplacista estrategia de nuestro presidente ha afectado de lleno al éxito de los loables empeños del francés.

No sólo porque entregar dinero a los terroristas equivale a financiar sus actividades de extorsión, de modo que más recursos presentes previsiblemente implicarán más secuestros y atentados futuros. Se trata también de que si todos los gobiernos occidentales no mantienen un discurso único frente al terrorismo –que sólo puede ser, claro está, el de que los únicos responsables de los crímenes que cometen los terroristas son los propios terroristas–, la opinión pública interna de nuestras democracias comenzará a fragmentarse y a exigir soluciones efectistas a corto plazo y suicidas a largo: si el buenismo zapateril se generaliza, si todos los gobiernos pasan a solucionar los secuestros comprando a los terroristas, entonces el número y la gravedad de sus crímenes sólo hará que crecer exponencialmente.

No es de recibo que al tiempo que Sarkozy fracasa tras haber tomado una difícil pero correcta decisión como es la de rescatar al rehén francés, Zapatero se pliegue a las exigencias de los terroristas para adoctrinar a la opinión pública extranjera (en paralelo con la propia Al Qaeda) de que el camino a seguir si no quieren más muertos es el de la cesión permanente.

A Sarkozy no le queda otra que arremeter duramente contra la demagogia y la irresponsabilidad de nuestro Ejecutivo. Pero el mal ya está hecho: gracias a Zapatero, desde hace unos días los terroristas cuentan con unos argumentos más para seguir aterrorizando a Occidente y Occidente cuenta con unos argumentos menos para defenderse.

Todo lo cual, por supuesto, sólo terminará pasándonos una factura mucho mayor de la que esperamos. Como tantas veces durante los últimos años, la frase de Churchill ante Chamberlain resume perfectamente la situación actual: "Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor, y además tendréis la guerra". El problema es que algunos parecen sentirse muy cómodos en el deshonor dejando la guerra para los políticos de mañana.


Libertad Digital - Opinión

jueves, 26 de agosto de 2010

No le comprendo, señor ministro. Por Edurne Uriarte

Rubalcaba sabe que los ocho millones de euros entregados a Al Qaeda servirán para financiar la Yihad en todos los lugares del planeta, de los que Afganistán constituye un centro vital.

Pues no, no le comprendo, Sr. Rubalcaba. No comprendo que en su rueda de prensa para informar del asesinato de dos guardias civiles y un intérprete en Afganistán, usted volviera a negarse a hablar de los ocho millones de euros pagados al terrorismo fundamentalista por su Gobierno. «Comprenderán que éste no es el momento y el lugar para responder a esa cuestión», contestó a una de las escasas preguntas que admitió, cuando se le inquirió por la comparecencia de la Vicepresidenta pedida por el PP para explicar el rescate de Vilalta y Pascual.

Pero el nerviosismo mostrado ayer por Rubalcaba se debía precisamente a que él sabe que sí era el momento y el lugar, que una cosa y otra están estrechamente relacionadas. A este ministro se le pueden achacar muchas cosas pero no falta de inteligencia y conocimiento de los problemas. Y él sabe que los ocho millones de euros entregados a Al Qaeda servirán para financiar la Yihad en todos los lugares del planeta. Lugares de los cuales Afganistán constituye en estos momentos un centro vital puesto que puede reportar al terrorismo islámico un triunfo sobre el enemigo occidental. Y para ello Al Qaeda colabora con los fundamentalistas locales que son los talibanes.


De la misma forma en el pago del rescate a los piratas somalíes, los españoles podemos admitir un estado de imperiosa necesidad, una elección entre la vida y la muerte de Vilalta y Pascual, que justifique la decisión del Gobierno. Pero lo que no es admisible es que se nos niegue la información y la verdad sobre las consecuencias de ese pago. Porque el Gobierno ha salvado a dos españoles del fundamentalismo islámico. Pero sólo unas horas después ha perdido a tres compatriotas a manos de ese mismo fundamentalismo. Y entre unos y otros ha financiado con ocho millones a Al Qaeda y ha liberado a un terrorista.

ABC - Opinión

Luto en Afganistán

El atentado en Qala-i-Naw y la revuelta posterior prueban el éxito de la estrategia talibán

Dos guardias civiles y su intérprete murieron ayer en la base española Qala-i-Naw, en Afganistán. Pese a tratarse de una acción individual y perpetrada por el chófer de uno de los agentes, el Gobierno la interpretó desde los primeros instantes como una acción terrorista premeditada, un extremo confirmado apenas unas horas después por un portavoz de los talibanes. Los compañeros de los dos guardias civiles muertos abatieron al agresor, lo que desencadenó una manifestación de civiles afganos y un intento de asaltar la base española.

El capitán José María Galera y el alférez Abraham Leoncio Bravo realizaban labores de adiestramiento de las fuerzas de seguridad afganas. El atentado y la reacción posterior de los civiles afganos demuestran hasta qué punto los talibanes se proponen explotar en su propio beneficio la presencia de fuerzas extranjeras con distintas misiones. Algunas de ellas, como la que realizaban los dos guardias civiles asesinados, no están en relación directa con la guerra, sino con el intento de la comunidad internacional de reconstruir el país.


De todas las dificultades a las que se enfrentan las fuerzas desplegadas en Afganistán, esta coincidencia entre la misión de guerra y la de reconstrucción es una de las que más está dificultando los progresos en la lucha contra los talibanes. No porque las fuerzas internacionales no hayan perfeccionado la coordinación, sino porque los talibanes se apuntan como éxito militar acciones que no van dirigidas contra tropas en misión de guerra, sino contra las dedicadas a la reconstrucción. Al mismo tiempo, y como consecuencia de los errores que provocan bajas civiles, extienden el rechazo a la presencia de fuerzas extranjeras, sea cual sea su misión. La manifestación contra la base española, resultado, al parecer, de un rumor interesado, prueba la eficacia de esa estrategia.

La presencia de tropas españolas en Afganistán tiene fecha de salida, como la tienen las fuerzas estadounidenses y de las restantes nacionalidades. Para la comunidad internacional, y para el presidente Obama en particular, se trata de una operación más delicada que la de Irak. Desde el punto de vista político, esta última guerra se consideró como parte de la herencia de Bush que convenía desactivar; la de Afganistán fue, en cambio, asumida desde la Casa Blanca y sus aliados como un conflicto propio, en el que había que desterrar el fracaso. Las cosas no están marchando como se esperaba, y es difícil que se produzca un vuelco radical.

Ayer, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad españoles añadieron nuevas víctimas a su abnegada contribución a la estabilidad de Afganistán, por lo que merecen el máximo reconocimiento. El esfuerzo debe continuar, pero es importante haber fijado un plazo. Tanto para que los afganos puedan asumir las responsabilidades en las que ninguna misión internacional podrá sustituirlos, como para evitar que las fuerzas desplegadas en el país se eternicen en una situación cada vez más estancada.


El País - Editorial

Más caídos en una guerra silenciada.

El hecho de que Chacón no haya comparecido junto a Rubalcaba, al margen de sus muy desiguales capacidades, no es más que un intento –uno más– de disimular la situación bélica en la que está inmerso nuestro contingente destacado en Afganistán.

El capitán de la Guardia Civil José María Galera, el alférez Abrahm Leoncio Bravo y el intérprete nacionalizado español, Ataollah Taefi Kalili, han fallecido este miércoles en el noroeste de Afganistán después de que un talibán infiltrado, que trabajaba desde hacía cinco meses como chófer del jefe de la policía afgana, les disparará con un fusil de asalto durante una clase de formación a policías afganos.

Aunque lo primero que hagamos sea transmitir el pésame a las familias y unirnos al merecido elogio que el Gobierno y el principal partido de la oposición han hecho de la labor que lleva a cabo todo el contingente destinado en Afganistán, no podemos dejar de criticar la ausencia de la ministra de Defensa en la rueda de prensa que, abierta a muy pocas preguntas, ha ofrecido Rubalcaba, no sin antes haber dado la primicia de la noticia a la cadena SER.


Es cierto que la Benemérita es un cuerpo dependiente del Ministerio del Interior, pero no es menos cierto que los guardias civiles han caído en Afganistán, en el interior de una base militar y llevando a cabo una misión de adiestramiento de la OTAN. El hecho de que Chacón no haya comparecido junto a Rubalcaba, al margen de sus muy desiguales capacidades, no es más que un intento –uno más– de disimular la situación bélica que padece Afganistán y en la que participan nuestros soldados. Otro tanto se podría decir del intento del Gobierno por silenciar las informaciones sobre el posterior intento de asalto de la base española por parte de un nutrido grupo de integristas, y que nuestros soldados habrían repelido abriendo fuego y causando una veintena de heridos.

Lo que es evidente es que Rubalcaba no debe remplazar a Chacón en lo que a la ministra de Defensa le compete ni, menos aun, al presidente del Gobierno, quien debe dar una inmediata explicación en el Congreso, no ya sólo para ofrecer detalla información de lo que ha ocurrido, sino también para que los ciudadanos tengan todos los criterios para valorar el sentido de permanecer o no en Afganistán. Como bien ha señalado el portavoz de CiU, el Gobierno, y especialmente Zapatero y Chacón, actúan "como si el Ejército hiciera de ONG en Afganistán e ignorando la existencia de una guerra que muy posiblemente la comunidad internacional tenga perdida".

No sabemos si perdida, pero desde luego la de Afganistán es una guerra y, ciertamente, hemos de advertir que la decisión del Gobierno de Obama de fijar en 2011 la fecha de la retirada no augura nada bueno. Como recientemente advertían nuestros analistas del GEES, "lo cierto es que no hay guerra en el mundo que se haya ganado con fecha de caducidad".

Es por ello por lo que Zapatero debe dar inmediatas explicaciones sobre la presencia española y sobre el nivel de coordinación con nuestros aliados, muy especialmente con los EEUU. Nosotros, a diferencia de los socialistas y de los que les secundaron, no salimos ahora con el "no a la guerra", como sin duda ellos estarían haciendo en estos mismos momentos si el PP estuviera en el Gobierno. Seguimos considerando que esta guerra es justa y que ganarla es esencial tanto par el futuro de los afganos como para la seguridad del mundo libre. Pero, para que el sacrificio de nuestros soldados y guardias civiles no resulte estéril, nuestro Gobierno, como el conjunto de los gobiernos aliados, debe demostrar que hay voluntad y determinación a la hora de hacer de Afganistán un sitio más libre y más seguro. Gracias a ellos se ha podido celebrar elecciones en el país, tal y como las que se celebrarán el próximo septiembre. No son las primeras, esperemos que no sean las últimas.


Libertad Digital- Editorial

Una guerra sin estrategia

Las muertes de ayer en Qala-i-Naw testimonian que en la guerra —sí, guerra— de Afganistán no hay frentes definidos y que todas las tropas de la fuerza aliada están en misión de combate.

EL asesinato de dos guardias civiles y un traductor iraní nacionalizado español demuestra que en Afganistán no es posible diferenciar la intervención militar de la misión humanitaria, y que empeñarse en hacerlo, tras el atentado ayer en la base de Qala-i-Naw, sólo es una forma de engañar a la opinión pública. El atentado terrorista, ya asumido por los autores, fue perpetrado por un conductor local al servicio de un oficial de la Policía afgana acreditado para acceder a la base. Fue, en palabras del ministro del Interior, «un atentado premeditado». En efecto, lo fue porque el asesino llevaba varios meses infiltrado en la base sin levantar sospechas y porque, después de ser abatido por miembros del propio Ejército de ese país, decenas de civiles afganos se enfrentaron a ellos, como una segunda parte de la jornada criminal que habían preparado los talibanes. Estas muertes testimonian que en la guerra —sí, guerra— de Afganistán no hay frentes definidos y que todas las tropas de la fuerza aliada están en misión de combate. La extrema gravedad de la situación queda reflejada en esta novedosa hostilidad contra nuestras tropas, en una zona donde se decía oficialmente que su trabajo de reconstrucción y aseguramiento contaba con el respaldo de la población. Pese a la evidencia de la situación crítica que se vive en Afganistán, el Gobierno no asume su responsabilidad de informar a la opinión pública con sinceridad y transparencia sobre la gravedad de todo lo ocurrido. En vez de este ejercicio de rigor democrático, que descarga en Rodríguez Zapatero, y sólo en él, el compromiso de dar cuenta a la sociedad en sede parlamentaria, el Gobierno se ha instalado además en una estrategia de subversión de sus ministros, entregando al de Fomento mensajes más propios de uno de Hacienda; y al Interior, credenciales que correspondían al de Exteriores (Melilla) o Defensa. Es comprensible en cualquier ciudadano la tendencia a huir de las malas noticias, pero no en el presidente del Gobierno.

Además de información, para Afganistán hace falta una estrategia, que es lo que prometió el presidente Obama para ganar las elecciones, hace ahora un año y nueve meses, y que tanto entusiasmó a Zapatero, dispuesto a preguntarse en público qué podía hacer él por Obama y no al revés. Pues bien, en Afganistán no se sabe cuál es la estrategia que se está aplicando y esta incógnita es la primera que hay que despejar no sólo para recabar apoyo político y social, sino para seguir allí. Porque lo que hace falta es una planificación auténticamente militar, y no más discursos ocurrentes sobre el carácter seráfico de nuestra presencia en un tierra hostil, donde el enemigo es implacable y ataca alevosamente.

Recurso para enlace a URL de referencia

martes, 24 de agosto de 2010

Luces y sombras de la liberación

Bien está lo que bien acaba, afirma una sentencia popular que puede aplicarse a la liberación de los dos cooperantes españoles secuestrados durante nueve meses por los terroristas de Al Qaida. El feliz desenlace, que ha permitido salvar dos vidas, es motivo de alegría general y no hay que escatimar elogios a quienes lo han hecho posible. La operación de rescate ha sido muy compleja, laboriosa, delicada en algunos tramos e incierta. Ha sido necesario sortear sucesivos obstáculos y conjugar los intereses de diferentes actores para que no se torciera el objetivo de traer sanos y salvos a Roque Pascual y Albert Vilalta. En esta ardua labor de coordinación es de justicia reconocer la excelente gestión de la vicepresidenta Fernández De la Vega, así como la de Moratinos y la del director del CNI, Felix Sanz. Dicho lo cual, y sumándonos con entusiasmo a la alegría de los liberados y sus familias, es necesario admitir la evidencia: los terroristas de Al Qaida han ganado la partida. La red islamista ha logrado varias bazas con este secuestro, a saber: ha obtenido un cuantioso botín, cuyo montante parece situarse entre los cinco y los diez millones de euros; ha forzado la excarcelación de uno de sus colaboradores y autor material del secuestro, el siniestro Omar Sharoui; y ha cosechado un éxito propagandístico de grandes proporciones entre los radicales islamistas en general y, especialmente, entre sus simpatizantes del Magreb. Como es natural, el Gobierno de Zapatero ha negado que se haya pagado rescate alguno. Es verdad que no existe unanimidad sobre cómo proceder en estos casos y el debate aún está abierto entre quienes priman la parte humanitaria y quienes abogan por la firmeza. No obstante, también es verdad que hace tan sólo ocho meses España subscribió una resolución de la ONU en la que se comprometía a no pagar rescates a piratas ni a terroristas. El propio Zapatero así se lo ratificó en enero al presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, a propósito de Al Qaida. Sea como fuere, lo cierto es que las contrapartidas satisfechas a los terroristas revelan los puntos débiles no sólo de España, sino de todos los países europeos a la hora de gestionar este tipo de crisis. Salvo Reino Unido, que se niega en rotundo a negociar con los islamistas, los demás países de la UE han sucumbido de una u otra forma. Por eso mismo, la única manera de hacer frente con eficacia y sin fisuras a Al Qaida es que Europa adopte una postura común, que bien puede estar basada en la citada resolución de la ONU o en un compromiso específico. La respuesta tiene que ser unitaria, sin excepciones ni casos aparte, sabiendo cada país a qué se arriesga y a qué se obliga. Como muy bien sabemos los españoles, uno de los grandes éxitos de la lucha contra ETA ha sido el pacto entre PP y PSOE para mantener la misma política antiterrorista, gobierne quien gobierne. Y también sabemos a qué ignominia se llega cuando se buscan atajos con los terroristas, como el de Carod-Rovira cuando negoció con los etarras para que excluyeran sólo a Cataluña de su programa de atentados. La misma unidad férrea contra el terrorismo que reclamamos para España la debemos defender para Europa frente a Al Qaida.

La Razón - Opinión

lunes, 23 de agosto de 2010

Pavimentando el camino de nuevos secuestros

Un Gobierno de un país serio no puede ceder al chantaje terrorista. Poco importa que este se produzca en el País Vasco, en Mauritania o en Somalia, el hecho es el mismo y lo único que consigue es legitimar el terrorismo e incentivar nuevos secuestros.

Aunque al cierre de esta edición aún no haya confirmación oficial, todo parece indicar que los cooperantes españoles en el Sáhara han sido liberados por parte de sus captores, un grupo terrorista vinculado con Al Qaeda. La cadena de televisión Al Arabiya asegura que se han pagado entre cinco y diez millones de euros por los rehenes junto a la extradición a Mali de Omar Uld Sid Ahmed Uld Hame, conocido como Omar Saharaui, único condenado en Mauritania por el secuestro de los españoles.

Que ha habido pago, y que éste ha sido millonario, queda fuera de toda duda. Los terroristas no acostumbran a secuestrar por placer, siempre exigen algo a cambio, generalmente gran cantidad de dinero en concepto de rescate, al que suele acompañar alguna concesión de tipo político o judicial. Los camaradas de Omar Saharaui han hecho un pleno en una operación extremadamente larga, casi nueve meses. Se llevan un rescate muy generoso y la extradición de uno de los suyos al país donde el comando ha permanecido refugiado todo este tiempo.


La importante ahora es saber de dónde ha salido el dinero. El Gobierno, el único que puede reunir y entregar esa cantidad, mira hacia otro lado y pide "responsabilidad" para desviar la atención. Como en secuestros anteriores, en el de los buques Playa de Bakio y Alakrana, o en el de la cooperante Alicia Gámez –que viajaba con los dos que han sido liberados–, Zapatero vuelve a bajarse los pantalones ante los terroristas accediendo a sus demandas pecuniarias.

Desde esta misma tribuna hemos advertido ya en varias ocasiones que lo último que puede hacer un Gobierno democrático de un país serio es ceder al chantaje terrorista. Poco importa que este se produzca en el País Vasco, en Mauritania o en Somalia, el hecho es el mismo y lo único que consigue es legitimar el terrorismo e incentivar nuevos secuestros.

Tal vez por esta razón tan elemental, tan al alcance de cualquiera, Zapatero lleva dos años lidiando con secuestradores en África y, según parece, pagando hasta el último euro que éstos le exigen. La liberación de Albert Villalta y Roque Pascual de la que, desde un punto de vista humano, cabe alegrarse, se convierte así en el preámbulo del siguiente secuestro. Los que han mantenido a los dos cooperantes privados de libertad durante nueve meses en algún rincón del desierto, tienen desde hoy mucho más dinero para perpetrar nuevos crímenes y un aliciente añadido para secuestrar españoles.


Libertad Digital - Opinión

sábado, 6 de marzo de 2010

El chantaje de Al Qaida

CUANDO una partida de forajidos asalta una caravana de viajeros, los secuestra y se los lleva a punta de pistola para mantenerlos cautivos en su escondite, no se puede contar con la posibilidad de tratar con ellos como si fueran una asociación de bonancibles caballeros con los que sólo nos separan ciertas opiniones. Al Qaida -con todas sus ramificaciones y franquicias internacionales- es una organización terrorista que no escatima medios para luchar contra las sociedades libres y sus ciudadanos. En pleno siglo XXI se reproducen comportamientos medievales que creíamos superados: los piratas atacan a los pescadores y los terroristas islámicos toman como rehenes a los transeúntes que caen en sus garras para pedir rescate a cambio de sus vidas.

El Gobierno no debe olvidar que, cuando los terroristas secuestran a alguien, en realidad están atacando también a toda la sociedad libre, y que sólo la recomendación de no viajar por tal o cual lugar constituye una victoria para ellos. Nadie niega que la posición del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero en este atroz episodio del secuestro en Mauritania de los cooperantes españoles sea muy delicada, con vertientes humanas que no se pueden ignorar. Pero al mismo tiempo es su obligación recordar que resolver este lamentable secuestro no consiste solamente en hacer que esos tres conciudadanos regresen sanos y salvos a sus casas, sino prevenir que los terroristas obtengan una ventaja para seguir cometiendo fechorías, de modo que el resto de la sociedad pueda viajar a salvo de esas alimañas. La responsabilidad del Gobierno incluye también no hacer algo que pueda contribuir a desestabilizar aún más a un país muy cercano geográficamente del territorio español, como es Mauritania. El Ejecutivo está en su derecho de mantener cierta discreción en sus gestiones, pero, antes que nada, debe evitar sentirse también rehén de una pandilla de terroristas desarrapados e indeseables que se creen con fuerza suficiente para hacerle temblar frente a la opinión pública. Nada de lo que se pacta con delincuentes puede honrar a un Gobierno democrático ni puede ser bueno para sus intereses.

ABC - Editorial