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lunes, 21 de diciembre de 2009

Alfacar legendario. Por Gabriel Albiac

LOS muertos no están en ninguna parte. O están en todas, si se prefiere. Los muertos habitan sólo en la memoria. Que inventa su narración, a la medida del presente, al invocarlos. Vivimos todos con nuestros muertos a cuestas: somos ellos. Pero nadie que esté en su sano juicio puede confundir el indispensable subjetivo mundo de sus afectos con la fría objetividad de la historia. Amalgamar ambos planos tiene un nombre: apologética. Sus consecuencias son funestas.

Lorca existe en sus obras. Nada más. El polvo de los hombres muertos es polvo sólo. Indistinto de cualquier otro. Dos mil seiscientos años después, la voz del gran Heráclito de Éfeso debiera conmovernos: no hay nada en los cadáveres. La plenitud de un alma noble, si la hubo, está sólo en todo aquello intemporal que por ella fue forjado. Los monumentos funerarios son sórdidos homenajes a la superstición más negra: esa que prima muerte sobre vida. ¿Qué me importa el lugar donde revuele el polvo que una vez fue Aristóteles? Dejo correr los ojos sobre el texto prodigioso de la Metafísica y allí está cuanto de Aristóteles permanecerá inmune al horadar del tiempo; Aristóteles es esas letras; como es Rembrandt esos golpes brutales de pincel; como sólo hay Monteverdi en el sosiego de la voz con la cual Cathy Berberian pone, en este presente en el que escribo, la insoportable melancolía de Ariadna. La obra maestra abole cualquier presencia corporal de quien la hizo: es la obra de todos, la de nadie. Y por ello es eterna.


Pero el historiador, el historiador debe sobreponerse a sus afectos. Su tarea es áspera y glacial, o bien no es nada. Por eso su enemiga es la memoria, que está hecha sólo de afectos proyectados hacia atrás desde el presente; de esos afectos en los cuales inventamos retrospectivamente un sentido legendario a nuestras vidas. En la memoria habla el mito. La historia empieza donde el mito calla y al sentido se opone el seco dato. No existe obligación de hacer historia. Pero quien quiera hacerla está forzado a una ascética sentimental estricta. Y esa ascética puede ser muy dolorosa. Y no hacerla puede ser que nos consuele. Pero buscar consuelo al precio de ajustar los datos a la medida que nuestros deseos nos exigen, es la vía más segura al desastre. La historia legendaria es siempre coartada de algo. Jacques Le Goff advertía de su peligro a los historiadores: «La memoria no busca salvar el pasado más que para servir al presente y al futuro». Y de esa servidumbre todo poder hace uso rentable y odioso.

Le lección -ruda lección- de lo que acaba de suceder en Alfacar debiera, al menos, hacernos entender eso para lo cual Todorov nos dejó una fina herramienta en Les abus de la mémoire: que «memoria histórica» es, en rigor, un oxímoron, una frontal contradicción en los términos; que la personal memoria es una red de mitologías coherentes, en cuyos nudos construye un sujeto su identidad simbólica e imaginaria; que la impersonal historia busca tejer con constancias materiales, archivos y monumentos la red de determinaciones múltiples que permite fijar un hecho, desnudo de valoración, de afecto, de deseo. Que la historia comienza donde la memoria calla.
La lección -ruda lección- de Alfacar es que no se puede trocar un relato oral en verdad histórica, por muy respetable que el sujeto que nos habló sea. Porque todo sujeto que recuerda miente. Sin saberlo siquiera. Porque no hay memoria humana que no sea leyenda del pasado a su medida. Y todo lo que de conmovedor tiene el afecto para aquel que en él vive, se trueca en fraude cuando del sólo afecto se pretende hacer historia. Como en Alfacar.


ABC - Opinión

El misterio de la tumba dispara el mito de Lorca. Por Antonio Casado

“Lo mataron en Granada una tarde de verano y todo el cielo gitano recibió la puñalada”, dice Rafael de León en su famoso poema sobre la muerte de Lorca. Pero no reina el verano precisamente en este diciembre del año en curso, que no pasará a la historia asociado al pinchazo del mito lorquiano. Será justo al revés, como conviene a los grandes mitos. Su consagración es la consagración del misterio de su tumba. Una especie de panteísmo que a partir de ahora otorga a los mitómanos la consabida licencia para fabular sobre el paradero de sus restos.

De la Junta de Andalucía depende la continuidad del pulso entre la ciencia y la historia. No ha hecho más que comenzar la marea especulativa. El Caracolar, el Valle de los Caídos o la tumba sin nombre en cualquiera de los cementerios de la zona. Tres hipótesis que pueden ser trescientas cuando el misterio levante el vuelo entre los devotos del poeta, más interesados en la leyenda que en su suporte científico e histórico. Acabarán santificándole, a pesar del ambiente sensorial y absolutamente laico que se respiraba en los ambientes donde se fraguó la amistad de Lorca con Salvador Dalí y Luis Buñuel.


De momento, los arqueólogos nos han vuelto a poner en la pista de la insoportable levedad de ciertas manufacturas históricas. La que acaba de derrumbarse había convertido el barranco de Víznar en lugar de culto. Y se forjó hace apenas medio siglo (confesiones del enterrador, Manuel Castilla, a Agustin Penón en 1956). Imaginemos las ya inaccesibles a la verificación científica por razones de calendario. O las que forman parte del discurso religioso, como la ubicación del portal de Belén, las huellas del pie de Mahoma o la tumba de Santiago. Debe haberlas a patadas, pero eso también alimenta la historiografía. Mejor dejar las cosas como están, aunque los grupos de recuperación de la memoria histórica no parecen dispuestos a resignarse.

En cualquier caso, se corre el peligro de que Lorca (Fuente Vaqueros, 5 junio 1898, hijo de Federico García, agricultor terrateniente, y Vicenta Lorca), acabe siendo más conocido por su muerte que por su vida. En realidad ya casi es así. En la muerte, tanto o más que en la vida, fue donde creció hasta extremos inconmensurables la figura del poeta más representativo de la generación del 27. Lo cual no significa que hasta ese momento fuese un perfecto desconocido, como se llegó a decir. En 1936, el año de su muerte, Federico ya era uno de los poetas, y sobre todo uno de los autores dramáticos, más famosos dentro y fuera de España.

A principios de aquel año todo el mundo hablaba del triunfo de “Doña Rosita la Soltera”, que se acababa de estrenar en Barcelona. Y por aquel entonces su obra “Bodas de Sangre” ya era famosa y ya había pasado de las cien representaciones en Buenos Aires. No es verdad, por tanto, como algunos sostuvieron en algún momento, que de no ser por su trágica y prematura muerte, Federico García Lorca hubiera pasado a la historia como un poeta del montón. De todos modos es justo reconocer que, aunque ya era muy conocido como autor dramático y como poeta antes de morir, con su trágica muerte creció la figura y se forjó el mito de García Lorca. El misterio de la tumba no hace más que echar leña al fuego que alimenta la leyenda.


El confidencial - Opinión

jueves, 19 de marzo de 2009

Romance de la luna, luna


La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
Niño déjame, no pises,
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,
ay como canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
el aire la está velando.

(Federico García Lorca)