Mostrando entradas con la etiqueta Energía nuclear. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Energía nuclear. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de septiembre de 2011

Ascó. El futuro pasa por el átomo. Por Emilio J. González

El Ejecutivo ha decidido dejarse en paz de demagogias y abandonar la doctrina Garoña para extender, por diez años más, la vida útil de la central nuclear de Ascó. Debemos felicitarnos por ello.

En una nueva rectificación del Gobierno Zapatero, el Ejecutivo ha decidido dejarse en paz de demagogias y abandonar la doctrina Garoña para extender, por diez años más, la vida útil de la central nuclear de Ascó. Debemos felicitarnos por ello porque aunque esta decisión no suponga en sí misma una apuesta de futuro por la energía nuclear, cosa que le corresponderá decidir al Ejecutivo que salga de las urnas el próximo 20 de noviembre, al menos no supone un nuevo paso atrás en una cuestión tan importante como sensible para la economía española.

La política energética de los países avanzados se caracteriza por tres principios: la seguridad del abastecimiento energético, que éste se efectúe a precios razonables y que, en la medida de lo posible, la energía que se utilice sea respetuosa con el medio ambiente. La única fuente de energía de todas las que dispone Europa es la nuclear, en especial España, que cuenta con el 50% de las reservas europeas de uranio y el 25% de las mundiales. La dependencia exterior de nuestro país en materia de energía es muy superior a la de los países más avanzados de la Unión Europea, lo que nos crea un doble problema. Por un lado, cada vez que nuestra economía crece, las dificultades de nuestra balanza de pagos, el gran cuello de botella de nuestro crecimiento, van a más. Por otra, cuanto mayor sea nuestra dependencia del exterior, más inseguro se vuelve el abastecimiento, teniendo en cuenta que esa dependencia se concentra en el petróleo y en el gas natural, los cuales proceden en su mayoría de países políticamente muy inestables y poco amigos de Occidente. En consecuencia, la apuesta nuclear supone para nosotros una cuestión geoestratégica de primer orden.

Además, la economía española necesita recuperar competitividad con relación tanto a nuestros socios de la UE como con las llamadas economías emergentes. Eso sólo lo podemos conseguir reduciendo los costes de producción y uno de los principales es el energético. Si este se incrementa, o se reducen los salarios, o se despiden trabajadores, o se cierran empresas. No otras opciones. Por ello, una estrategia energética adecuada se convierte en un elemento de primer orden no sólo para superar la crisis sino también para crear empleo y bienestar social.

La energía nuclear, asimismo, es limpia, tanto como la de las renovables pero cuenta con la ventaja de ser infinitamente más barata y de que no depende de que sople el viento o el día sea soleado. Es decir, que garantiza un flujo constante de electricidad a precios muy bajos. La apuesta por lo nuclear, por tanto, es el futuro de nuestro país. La decisión de prolongar la vida de Ascó, en este sentido, es una buena noticia, pero el próximo Gobierno debe ir más allá y aprobar un plan energético que incluya el desarrollo pleno de la energía nuclear.


Periodista Digital – Opinión

miércoles, 10 de agosto de 2011

Lo nuclear y los progresistas. Por Juan Velarde

No es posible el desarrollo económico sin una energía abundante, barata y de buena calidad.

Como señaló Kindleberger, no es posible el desarrollo económico sin una energía abundante, barata y de buena calidad. Además, a partir de los dos sucesivos choques petrolíferos de los setenta, y las conmociones que siguieron –ahora mismo el barril de crudo ronda los 100 dólares y ha incrementado en torno a un 30% la cotización de hace un año–, su carestía se ha propalado en más de un sentido al carbón y al gas natural importados. Por eso a la trilogía de Kindleberger se agrega que la fuente energética ha de tener un fuerte componente nacional. El Libro Verde de la Comunidad Económica Europea advertía del riesgo de sobrepasar el 50% de dependencia externa en energía primaria, y he aquí que España se encuentra ligeramente por encima del 80% en esa dependencia.

Quien viene en nuestro auxilio en todo esto es precisamente la energía nuclear, que ha sido la denostada primero por todo el pensamiento progresista español, y después, de modo bien explícito, por las Administraciones de Felipe González y de Rodríguez Zapatero.


Busquemos ahora unos datos en un libro reciente del Club Español de la Energía (Instituto Español de la Energía): Balance energético de 2010 y perspectivas para 2011 (Biblioteca de la Energía, Madrid, 2011). Tiene datos muy valiosos aunque en él se omite una cifra económica esencial: la baratura de nuestra energía nuclear, pues ésta exige un gran dispendio en la inversión, pero a continuación, incluyendo las amortizaciones, el coste por Kwh pasa a ser reducidísimo.

En su página 33 observamos en el cuadro "Consumo de energía primaria" que, para el periodo 2009-2010, son visibles caídas en el carbón, petróleo y gas natural, pero en cambio aumentos en las energías renovables, un 22’6% y en la nuclear, un 17’1%, gracias a lo cual el saldo total, incluyendo las importaciones menos las exportaciones, ofrece un avance en el consumo de energía primaria del 1’1%.

Todo se corona, de plena actualidad, en la pág. 36, lo que se muestra en este cuadro extraordinariamente significativo, de la producción nacional de energía, en el que el crecimiento de 28’9 millones de Tep en el año 2009 pasa a 33’9 millones de Tep en 2010, lo que "se ha debido al aumento de las energías renovables y (de) la energía nuclear en nuestro mix de energía primaria". Gracias a las renovables y a la nuclear, el autoabastecimiento español, que había disminuido desde algo más del 35% en 1990 a un 23% en 2005, ha pasado a un incremento hasta cerca de 32’5% en 2010. El cuadro final contiene una extrapolación para 2020.

Autoabastecimiento energético español
La gran pregunta final debería ser: ¿vamos a abandonar, a causa de deleznables argumentos científicos el sendero nuclear? La extrapolación que se hace para 2020 puede ser muy útil para la acción política. Siempre surge en torno a la nuclear un riesgo colosal porque, lisa y llanamente, puede hundir, literalmente, nuestra competitividad.


Libertad Digital - Opinión

domingo, 27 de marzo de 2011

El debate energético

Las renovables requieren el total apoyo público pero con un correcto nivel de incentivos.

Todavía es pronto para sacar consecuencias definitivas del accidente sufrido por los reactores nucleares de Fukushima. Sin embargo ya es posible afirmar que tendrá consecuencias de largo alcance sobre la difusión de la energía nuclear. Sea en forma de moratorias, cierres o suspensión de planes de construcción de nuevas plantas, sea como consecuencia de medidas de seguridad más exigentes (y más costosas), se producirá un replanteamiento de la contribución del sector nuclear a la disminución de nuestra insostenible dependencia de los combustibles fósiles. Ello lleva a considerar el aumento del papel de las energías renovables como un elemento esencial en el cambio de paradigma energético. En realidad, la importancia de un desarrollo vigoroso de las renovables en el próximo futuro no es una consecuencia del desastre de Fukushima; ya antes no había otra alternativa a la situación actual. Lo que se puede debatir, y puede variar, es el detalle de la combinación entre nuclear y renovables para superar el estadio actual de dependencia de los combustibles fósiles, pero no la necesidad de ambas tecnologías energéticas y, en particular, de impulsar el desarrollo del sector de las renovables.

La energía renovable tiene costes más altos que los de la energía convencional, aunque en clara disminución, y es intermitente, lo que crea dificultades para su acomodo a la demanda. De ahí la necesidad del apoyo público, en forma de incentivos a la producción renovable y de recursos destinados a la investigación y desarrollo. Justamente, en España se ha venido produciendo en los últimos tiempos un debate sobre el "excesivo" coste del apoyo a las renovables, relacionándolo erróneamente con el déficit tarifario, que tiene otras causas. Fijar la cuantía de los incentivos es una cuestión delicada: deben ser suficientes para animar la producción renovable pero no tan grandes que desanimen la innovación. Y deben ser necesariamente evolutivos para adaptarse a las mejoras en costes.

Algunos de los problemas surgidos en nuestro país se relacionan más con una incorrecta fijación de la cuantía y modos de aplicación de los incentivos que a la propia lógica de su existencia. A su corrección se están aplicando las autoridades del sector, pero debería exigirse también la colaboración de los productores más favorecidos, renunciando a beneficios exagerados que una Administración responsable no puede mantener. Además, debe tenerse en cuenta que gracias a la política de apoyo a las energías renovables, España es hoy líder mundial en algunas de las tecnologías del sector y ocupa un papel que nunca había jugado antes en ningún otro sector tecnológico.

No deberíamos renunciar a un sistema que, por un lado, prepara un futuro al que ineluctablemente debemos dirigirnos y, por otro, está sirviendo para crear un sector industrial y tecnológico de enorme valor. Si acaso, debemos corregir sus deficiencias para hacerlo más viable.


El País - Editorial

viernes, 25 de marzo de 2011

Fukushima. El progresismo de quinqué. Por Cristina Losada

Empleamos "demasiada energía" y somos sancionados por tan mala conducta con accidentes como el de Fukushima, un castigo extra por robar el fuego de los dioses.

Ya están aquí los efectos del accidente nuclear de Fukushima. Aquí mismo, entre nosotros. No en la calidad del aire, el agua y los alimentos, sino en la calidad del pensamiento. Pueden ahorrarse los de Greenpeace acciones de marquesina como las que acaban de oficiar en las sedes del PSOE y del PP. Aunque no querrán: de algo hay que vivir. Y, además, el socialismo los recibe con los brazos abiertos, que ni está para perder clientela ni desconoce el encanto del catastrofismo. Pero, insisto, aun sin retablos vivientes del apocalipsis, la especie se transmite boca a boca e igual de columna a columna. He perdido la cuenta de las piezas periodísticas que coinciden en advertir que hasta aquí hemos llegado, que así no podemos continuar, y que la supervivencia de la Humanidad depende de que pongamos freno a nuestra insaciable sed de energía. O, viene a ser lo mismo, al crecimiento. Vuelve, en fin, el denostado Club de Roma.

Las célebres previsiones del informe del Club de Roma y entre ellas, notablemente, la que predecía el agotamiento de las reservas de petróleo en 1992, fallaron, es verdad, pero una profecía incumplida no desanima al creyente, como demostró el clásico estudio de Festinger. Siempre encuentra el camino para justificar el fracaso y adaptarse a él. Y siempre renace con nuevos ropajes la visión del final del mundo. Así, rebrota ahora, abonada por el incidente en Japón, y alerta de que consumimos demasiada energía, no para que la ahorremos mientras dure la carestía del petróleo, como ha mandado el Gobierno, sino a fin de que reduzcamos su uso ad aeternum. Pero, ¿cuánto es demasiado? ¿A qué debemos renunciar? ¿Al secador de pelo, a la lavadora, al coche, al avión, a la aspiradora? ¿Tal vez al modesto ordenador? ¿A todo? Se echa en falta concreción y sobra moralina, que de eso van tales admoniciones, en definitiva.

Al fondo de las prédicas alarmistas hallamos a dos viejos conocidos: el sentimiento de culpa y el primitivismo, recurrente vía de escape a la complejidad de la civilización. Empleamos "demasiada energía" y somos sancionados por tan mala conducta con accidentes como el de Fukushima, un castigo extra por robar el fuego de los dioses. Por ello, hemos de regresar a la vida simple, natural y tranquila: a la Arcadia feliz que nunca existió. Fuera bromas. El ecoprogresismo está a punto de descubrir el quinqué.


Libertad Digital - Opinión

martes, 22 de marzo de 2011

El balance. El objetivo ecolojeta. Por Manuel Llamas

Muchos de los que ven con buenos ojos esta guerra verde ignoran el objetivo último de los ecolojetas, que no es otro que acabar con el capitalismo.

Los ecologistas están de enhorabuena. Los problemas surgidos en la planta nuclear de Fukushima a raíz del histórico terremoto –de grado nueve– y posterior tsunami –con olas de más de 10 metros– sufrido en Japón han logrado desenterrar con éxito, gracias al inestimable apoyo del alarmismo mediático europeo, un debate político que parecía ya clausurado: el uso y desarrollo de la energía nuclear.

La Unión Europea, en especial Alemania, y otras grandes potencias como China han aprovechado de inmediato la oportunidad brindada por Fukushima para poner en tela de juicio no sólo los criterios de seguridad aplicados hasta el momento sino, sobre todo, el mantenimiento de las centrales más antiguas (las anteriores a 1980), el alargamiento de la vida útil de las más modernas e, incluso, la puesta en marcha de las nuevas plantas proyectadas. La reapertura de dicho debate energético no es cuestión baladí, ya que un cambio de rumbo en esta materia afectará de una u otra forma al nivel y calidad de vida de los ciudadanos y al futuro mismo de las economías occidentales.


Así, imagínese por un momento que los gobiernos europeos deciden prescindir de la energía nuclear en un horizonte de 10 ó 15 años. El efecto sería inmediato: los precios del carbón, el petróleo y el gas se dispararían; la factura de la luz se encarecería de forma exponencial; los costes de producción crecerían de igual forma; el precio de los bienes y servicios registraría una subida espectacular... ¿Resultado? Reducción drástica del consumo energético; menor producción y consumo; inflación elevada; estancamiento económico; en resumen, peor y menor calidad de vida.

Y es que, hoy por hoy, no existe una alternativa factible a la energía nuclear. El problema de las recurrentes renovables no es sólo que producen energía a un coste muy superior –con el consiguiente encarecimiento energético– sino que, además, no son una fuente energética estable. La producción de energía solar y eólica sólo son viables en localizaciones muy concretas, y aún así dependen en última instancia de las condiciones meteorológicas. Es decir, son incapaces de cubrir por sí solas los picos de demanda que se registran a diario en el sistema eléctrico. De este modo, los apagones serían la regla, y no la excepción, en un régimen puramente renovable.

Los Gobiernos son perfectamente conscientes de esta situación, de ahí que, probablemente, la reciente moratoria nuclear decretada a nivel mundial se materialice tan sólo en un breve parón a fin de revisar y endurecer los actuales estándares internacionales de seguridad en las plantas presentes y futuras. Aún así, Fukushima servirá de excusa a los ecologistas para emprender una nueva y reforzada lucha contra este tipo de energía. Por desgracia, sus mensajes catastrofistas suelen calar con gran efectividad en la mente colectiva de los individuos, aprovechándose del miedo irracional a las fugas radiactivas. Por lo que este tipo de campañas suelan contar con un amplio apoyo social.

Sin embargo, muchos de los que ven con buenos ojos esta guerra verde ignoran el objetivo último de los ecolojetas, que no es otro que acabar con el capitalismo. Y es que un mundo sin energía barata es un mundo con escaso capital. No obstante, este tipo de movimientos no ocultan que su gran aspiración consiste en que la humanidad regrese a una era preindustrial que, según ellos, estaría en perfecta armonía con la naturaleza. En este sentido, el rechazo a la energía nuclear es tan sólo la punta del iceberg. El modelo energético soñado por los ecolojetas está exento de todo tipo de fuentes fósiles.

Así, según sus propios postulados, el hombre debería prescindir, igualmente, de petróleo, gas y carbón, ya que su explotación provoca externalidades tales como contaminación, guerras, cambio climático o, lo que es aún más importante, el "consumo irresponsable e insostenible" propio de las economías capitalistas. De este modo, lo que realmente pretende el ecologismo es, en última instancia, impedir al ser humano producir la energía que precisa al menor coste posible, con todo lo que ello implica. El fin de la nuclear sería, en ausencia de una nueva revolución energética más eficiente que la actual, el principio del fin del capitalismo.


Libertad Digital - Opinión

lunes, 21 de marzo de 2011

Japón. ¿Son seguras las centrales nucleares?. Por María-Teresa Estevan Bolea

La primera lección que tenemos que aprender es evitar en un futuro la indignidad de algunos políticos y la frivolidad y falta de rigor de gran parte de los medios de comunicación en el tratamiento de esta tristísima situación que vive el pueblo japonés.

Desde el 11 de marzo, los medios de comunicación vienen ocupándose continuamente de la situación de los seis reactores existentes en las centrales nucleares japonesas de Fukushima. Ese día se produjo el terremoto y maremoto que asoló un tercio del territorio japonés y con gran incidencia en la zona costera nororiental de Japón.

En primer lugar, quiero poner de manifiesto mi solidaridad con el admirable pueblo japonés que, con su comportamiento en las circunstancias más adversas que pueda sufrir un ser humano, se han comportado ejemplarmente. ¡Qué alta tienen la inteligencia emocional!

El terremoto tuvo una magnitud 9 en la escala de Richter y el epicentro se situó en el mar, a poca profundidad y cercano a las costas nororientales de Japón. Al terremoto siguió un tsunami todavía más terrorífico, que fue el verdadero causante de los inmensos deterioros sufridos y no solo en las centrales nucleares, sino en un tercio del territorio japonés, arrasando tierras, carreteras, puertos, buques, casas, líneas eléctricas, ferrocarriles, vehículos y también las centrales nucleares de Fukushima Daini y Fukushima Daiichi. Se incendiaron dos refinerías de petróleo y muchos automóviles. Para completar el inmenso destrozo, han sufrido una ola de frío importante.

A pesar del gran terremoto, se mantuvieron en pie muchos edificios, líneas eléctricas, infraestructuras, puertos y desde luego las centrales nucleares. El verdadero problema fue el maremoto, con olas de 10 metros, que arrasaron todo lo que encontraron a su paso. Actualmente hay más de 8.000 muertos y más de 10.000 desaparecidos.


Como es bien conocido en esa zona hay dos centrales nucleares con 6 grupos, cuyos reactores han quedado seriamente dañados, no por el terremoto, pero sí por el tsunami.

¿Cómo funciona una central nuclear? Una central eléctrica es una planta industrial que emplea una fuente de energía primaria –agua, vapor, gas o viento– para hacer girar los álabes de una turbina cuyo eje está conectado con el eje del rotor de un alternador. El giro de la turbina hace girar una gran bobina –el rotor– en el interior de un campo magnético –el estator– situado en el alternador de la planta, generando así electricidad. En las centrales nucleares la energía primaria es el uranio 235, que es un isótopo radiactivo del uranio 238 (el uranio natural). El uranio 235 es el combustible nuclear que se coloca en la vasija del reactor y allí se producen las reacciones de fisión –la rotura o partición– de los átomos de uranio al impactar sobre ellos un neutrón. Ello provoca la liberación de una gran cantidad de energía, la cual vaporiza el fluido –agua– que circula por una serie de tubos o directamente para accionar el grupo turbo-alternador, produciendo electricidad.

Las centrales nucleares necesitan energía eléctrica y agua. El agua opera como refrigerante –extrayendo el calor generado en el núcleo por las reacciones de fisión de los átomos– y moderando –reduciendo– la velocidad de los neutrones para que se mantengan las reacciones de fisión. La energía eléctrica es necesaria porque hay numerosos circuitos y sistemas con bombas, válvulas, cambiadores de calor, instrumentación y otros servicios eléctricos y electrónicos.

El problema de la central de Fukushima se ha debido precisamente a la falta de electricidad por los efectos de tsunami sobre las líneas eléctricas del suministro exterior y por el deterioro del depósito y tuberías que alimentan de gasóleo a los generadores diesel, que constituyen la alimentación eléctrica interior y que también fueron dañados por el agua. Para la seguridad nuclear es esencial mantener en cualquier circunstancia la refrigeración del núcleo para extraer el calor generado por el combustible. En operación normal, el calor del núcleo se extrae mediante el circuito principal. En caso de parada del reactor, se sigue generando calor aunque se haya detenido el proceso de fisión, por el calor residual de los productos de fisión. Este calor se evacua mediante un circuito especial –sistema de refrigeración– que opera con bombas y cambiadores de calor.

A partir de aquí, el proceso sucedido en Fukushima es bien conocido.

Hay que tener en cuenta que la situación sigue evolucionando continuamente, por lo que no se dan datos. Afortunadamente ahora no empeora sino que paulatinamente se van controlando los 6 reactores y sus piscinas de enfriamiento y almacenamiento temporal del combustible usado. Hay que recordar también que en el momento del terremoto había 3 reactores en operación, 2 parados por recarga de combustible y 1 parado. En ese momento automáticamente pararon todas las centrales nucleares en operación.

Al alcanzar el tsunami la zona terrestre se perdió toda la alimentación eléctrica exterior. En ese momento arrancaron los generadores diesel, pero al cabo de una hora estos generadores diesel dejaron de funcionar por falta de gasóleo ya que el tsunami dañó también el depósito de gasóleo y las tuberías que alimentaban a los diesel.

Entre los días 11 y 20 de marzo, de forma ejemplar, los responsables y técnicos de las centrales Fukushima Daiichi y Fukushima Daini trabajaron intensamente, llevando a cabo numerosas actividades –las que estaban a su alcance– para controlar las altas temperaturas de los núcleos y vasijas de los reactores, así como en las piscinas de almacenamiento del combustible usado, que iban perdiendo agua al vaporizarse la existente y no poderse reponer.

Al fallar la alimentación eléctrica y no poderse refrigerar el núcleo y las piscinas, se fueron alcanzando temperaturas muy altas, hasta 1.200º C. A dicha temperatura es fácil la disociación de la molécula de agua, absorbiendo el circonio de las vainas del combustible el oxígeno y quedando libre el hidrógeno. El calor convirtió rápidamente en vapor el agua existente y ello obligó a efectuar algunos venteos para despresurizar la contención primaria y evitar así presiones excesivas, saliendo al exterior radiactividad. La acumulación de hidrógeno provocó varias explosiones que ocasionaron la rotura de partes de los edificios de contención, que también produjeron salidas de radiactividad al exterior.

A lo largo de los días se tomaron medidas para refrigerar con agua borada las unidades y para disponer de electricidad. De este modo se ha ido controlando la situación y los mayores riesgos.

El accidente ha sido gravísimo, con fusión de parte de los núcleos y problemas en las piscinas del combustible usado. De momento se ha calificado el accidente con un 5 de la escala INES, que significa accidente con consecuencias de mayor alcance. Se tomaron medidas preventivas para proteger a la población. Se han evacuado 500.000 persona que habitaban en un radio de 30 km. alrededor de las centrales. La situación radiológica ha ido cambiando continuamente, como es natural. La mayor parte de la radiactividad se ha dispersado en el mar. En las centrales han quedado afectados 45 trabajadores.

Respondiendo al título de estos comentarios, quiero recordar que nada en la vida humana es 100% seguro y que la prueba de que las centrales nucleares son seguras nos la da Japón, con sus centrales de Fukushima y su titánica labor para controlar las potentes fuerzas de la naturaleza.

Como siempre, habrá que esperar a que estos reactores lleguen a parada fría, analizar todo lo sucedido, estudiar las lecciones aprendidas y actuar en consecuencia, pero con prudencia, rigor y racionalidad.

La verdadera dimensión del accidente nos la ha dado el pueblo japonés. El mayor problema no han sido las centrales nucleares sino los 8.000 muertos, los 10.000 desaparecidos, el frío, la falta de electricidad, agua y alimentos, la pérdida de sus casa y de todo lo que tenían cientos de miles de japoneses.

Tengo para mí que la primera lección que tenemos que aprender es evitar en un futuro la indignidad de algunos políticos y la frivolidad y falta de rigor de gran parte de los medios de comunicación en el tratamiento de esta tristísima situación que vive el pueblo japonés y sobre todo, creo que debemos pedir disculpas a los japoneses por todo ello.


María-Teresa Estevan Bolea es ex presidenta del Consejo de Seguridad Nuclear

Libertad Digital - Opinión

domingo, 20 de marzo de 2011

El quinto jinete. Por Ignacio Camacho

La catástrofe de Fukushima supone un retroceso objetivo de dos décadas en el debate sobre la energía nuclear.

«Es más fácil desintegrar un átomo
que un prejuicio»

(Albert Einstein)

CUANDO se estrella un avión suele producirse un debate público sobre la seguridad de la navegación aérea, pero nadie pone en cuestión la esencia ni la necesidad de la aviación civil. De hecho, la investigación de las causas y consecuencias de cada siniestro da lugar a nuevos protocolos que refuerzan los estándares de protección de los vuelos y subsanan los defectos de fabricación de las aeronaves. Sin embargo, los accidentes nucleares provocan una inmediata reacción de pánico colectivo que cuestiona de raíz la existencia misma de la energía atómica, asimilada a los más profundos terrores y pesadillas del ser contemporáneo. Si el hecho de volar remite al mito de Ícaro, al atractivo desafío aventurero de la limitación humana, el adjetivo nuclear evoca en su propio enunciado un tabú insondable, un horror supersticioso vinculado desde la hecatombe de Hiroshima a los males más tenebrosos de la modernidad: la capacidad industrial de hacernos daño a nosotros mismos a una escala cataclísmica de destrucción. Es el Quinto Jinete, el símbolo espeluznante y macabro de la desolación, el epítome de ese apocalipsis milenarista que representa la nueva peste del mundo tecnológico.

Ese intenso mecanismo emotivo carece de antídotos porque procede del sustrato más remoto de la conciencia. No es posible combatirlo desde la lógica, ni desde la racionalidad, ni desde el cálculo. Pertenece al territorio intangible del miedo y se residencia en esa primigenia región cerebral que es el hipotálamo. Pero no es sólo una reacción neuronal del individuo sino una psicosis de la conducta social que se despliega con la fuerza devastadora de un sentimiento telúrico. En lo que tienen de creencias simbólicas fuertemente arraigadas en la condición humana, los mitos poseen una potencia narrativa pasional e indomable, capaz de imponerse a cualquier explicación científica, económica o simplemente informativa. Son imbatibles, inatacables, blindados.

Por eso la catástrofe de Fukushima, al margen de cuáles sean sus consecuencias finales –hasta ahora no consta ningún muerto, ni siquiera una contaminación radiactiva dramática, aunque no sea en absoluto descartable—, supone un retroceso objetivo de al menos veinte años en el debate sobre la energía nuclear. El tremendismo informativo de la opinión pública occidental no es un vulgar ejercicio sensacionalista, sino la expresión de un estado de ánimo general incuestionable. Más allá de los obvios prejuicios ideológicos y del ventajismo antinuclear, la crisis japonesa demuestra que el miedo es, desde ahora, una variable más a evaluar entre los factores convencionales de la controversia atómica. Y sin duda el más difícil de manejar en cuanto responde a un patrón compulsivo, contagioso e incontrolable.


ABC - Opinión

sábado, 19 de marzo de 2011

Los Miserables (el mundo en manos de una pandilla de necios). Por Federico Quevedo

El canciller Bismarck decía algo así como que “el político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación”. Yo no sé ustedes, pero a la vista de los acontecimientos de los últimos días, de los últimos meses e, incluso si me apuran, de los últimos años, echo mucho en falta la presencia de verdaderos liderazgos políticos, de auténticos estadistas capaces de sacrificar su propio futuro pensando en el porvenir. Hace unos días escuchaba decir a alguien que nuestros líderes no son peores que los que tuvieron que gestionar la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial… ¿Ah, no? Francamente, yo no veo por ninguna parte a un Roosevelt, ni a un Churchil, ni a un De Gaulle… No veo líderes capaces de sentarse en torno a una mesa y reeditar un Yalta o un Potsdam… Supongo que estaremos más o menos de acuerdo en que tanto la Gran Depresión como la Segunda Guerra Mundial marcaron un antes y un después en la historia de la Humanidad. De hecho, hay quien afirma que aunque el siglo XX empieza cronológicamente el 1 de enero de 1900, políticamente fueron esos dos hechos los que marcaron el final de la Edad Moderna para dar paso a la Contemporánea. Y fueron esos líderes los que asumieron la responsabilidad de hacer cambiar al mundo.

Casi un siglo después podríamos decir que la gravísima crisis que atraviesa el mundo, unida a la guerra contra el terrorismo y a los acontecimientos de las últimas semanas -incluida la crisis de Japón pese a tratarse de un desastre natural y ahora explicaré por qué-, son los acontecimientos que están poniendo punto final al siglo XX y que de verdad nos hacen entrar en el siglo XXI. Igual que aquel cambio empezó un mes de octubre de 1929 con el crack de la Bolsa de Nueva York y acabó con el final de la II Guerra Mundial, el que ahora vivimos empezó un 11 de septiembre de 2001 con el ataque a las Torres Gemelas pero es ahora cuando estamos viviendo con mayor intensidad ese tiempo de cambio. ¿Y qué nos ofrecen nuestros líderes políticos? Cortoplacismo. Ni la crisis económica, ni todo lo que está ocurriendo en los países árabes, ni lo sucedido estos días en Japón nos ha permitido descubrir a verdaderos estadistas, sino a dirigentes que única y exclusivamente piensan en sus más cercanos intereses. Estamos en manos de auténticos necios que no son capaces de mirar más allá de las próximas elecciones a las que tienen que enfrentarse, como ha demostrado la única que hasta ahora perecía tener algo más de sentido común, la canciller alemana Angela Merkel.
«Y lo que ocurra en Japón tras el terremoto y el posterior tsunami que han llevado a la centra de Fukushima a una situación critica va a implicar cambios sustanciales en nuestros modelos energéticos.»
A nadie se le oculta que el mundo está cambiando. La crisis está modificando nuestros hábitos de vida. La guerra contra el terrorismo ha supuestos importantes cesiones de nuestra libertad en beneficio de la seguridad. Lo que ocurra en el mundo árabe todavía no sabemos como va a afectarnos, pero estamos seguros de que lo va a hacer. Y lo que ocurra en Japón tras el terremoto y el posterior tsunami que han llevado a la centra de Fukushima a una situación critica va a implicar cambios sustanciales en nuestros modelos energéticos. Todo va cambiar, y el problema es que no sabemos en que dirección ni cómo va a afectarnos esos cambios, entre otras cosas porque no tenemos líderes políticos, estadistas capaces de liderar esos cambios. Tenemos, eso sí, un ególatra presidente francés ocupado de las calzas de sus zapatos para llegarle a la altura del hombro a su mujer y que cada vez que le ponen un aprieto demuestra sus modales ariscos, y que es capaz de anteponer los intereses comerciales franceses a la búsqueda de soluciones en una situación de crisis… Tenemos un primer ministro italiano que, en fin, qué quieren que les diga de quien ha popularizado el bunga bunga… Tenemos una canciller alemana a la que le preocupan más las elecciones de dentro de tres semanas en algunas regiones que el futuro de todos… Tenemos un premier británico demasiado inexperto a la vista de los hechos y al que le falta un hervor para alcanzar la talla de algunos de sus antecesores… Tenemos un presidente de los Estados Unidos que llegó a la Casa Blanca subido a una ola de popularidad y que cada día que pasa se evidencia más que el Despacho Oval le viene grande… Y qué voy a decir del nuestro que ustedes no sepan ya.

Miren, estos dirigentes, estos líderes, llevan semanas mirándose al ombligo mientras el mundo asiste expectante, y también atemorizado, a cambios inevitables que van a modificar nuestros hábitos de vida mientras ellos solo parecen preocuparse por que nada cuestione su permanencia en el poder. Hemos visto cómo han actuado con dosis insuperables de egoísmo ante la terrible catástrofe japonesa, poniendo más atención en el accidente de la central nuclear que en el número de víctimas y los destrozos del terremoto y el tsunami, y ni siquiera para ayudar a controlar la posibilidad de un desastre nuclear sino más bien para dedicarse a alarmar a la población con declaraciones irresponsables y sobredimensionadas, como las del comisario europeo de Energía. ¿Y qué me dicen de su actitud ante las revueltas en el mundo árabe? Da la sensación de que les atemorizan, en lugar de ponerse al frente de una manifestación a favor de la libertad y la democracia. ¡Cuánto han tardado en tomar una decisión que frenara la masacre a la que el dictador libio estaba sometiendo a su pueblo! Libertad y democracia, son dos palabras que nuestros dirigentes parecen haber olvidado y sepultado bajo la losa del dirigismo. Y ¿por qué intervienen en Libia? ¿porque hay petróleo? ¿Por qué Libia sí, y Yemen, no, si en los dos sitios hay un dictador matando a su pueblo?

Los medios de comunicación no estamos menos exentos de responsabilidad ante la naturaleza de nuestra reacción frente a los cambios. Estos días, las portadas de los periódicos parecían sacadas de un concurso para premiar el titular más sensacionalista. Se recurre a la demagogia, a la doble vara de medir, se falsifican los debates y se busca la atención del lector aunque sea a costa de sacrificar la verdad, todo para retrasar lo inevitable: la prensa está condenada a desaparecer o, al menos, a sufrir un cambio tan sustancial como el que está viviendo la humanidad y que la va a alejar del modelo que hasta ahora conocíamos de medios de comunicación de masas. Nadie parece querer afrontar lo inevitable: los cambios están aquí, están llamando a nuestras puertas, y los ciudadanos asisten atónitos a esta situación sin que nadie les ayude a resolver las innumerables dudas que todo lo que está pasando les plantea. En el fondo, a los políticos y a los medios de comunicación les gustaría que todo siguiera como hasta ahora, que nada cambiara, que no se plantearan debates tan trascendentes como qué tipo de energía vamos a necesitar en el futuro y sí vamos a seguir teniendo excedentes o, por el contrario, lo que se avecina es una considerable escasez de ese bien.

Ellos están a lo suyo, dedicados a pensar, como decía Bismarck, en su próxima cita ante las urnas y en evitar que el coste de todo lo que está ocurriendo sea demasiado grande para sus expectativas electorales. El mundo camina por un lado, y sus dirigentes por otro. Los organismos internacionales se han demostrado inservibles, ni la ONU vale para poner orden en la gobernanza política, ni las organizaciones económicas –el FMI, el BM, la OCDE- han servido para avisarnos de lo que se venía encima, y mucho menos para evitarlo… Si acaso, lo que han hecho ha sido contribuir de manera entusiasta a que la crisis se instalara entre nosotros. ¿Y qué hacemos los ciudadanos? ¿Nos quedamos quietos, expectantes, a ver por donde viene el siguiente zarpazo a nuestro bienestar de la mano de los mismos a los que elegimos para que, supuestamente, nos protejan y arreglen nuestros problemas? Eso es lo que parece, y cuando observamos que otros se rebelan contra la injusticia y la ausencia de libertad, miramos para otro lado y esperamos que sean unos políticos que no les llegan ni a la suela de los zapatos a aquellos que cambiaron el mundo en la primera mitad del siglo XX los que nos dirijan. Pues vamos listos.


El Confidencial - Opinión

viernes, 18 de marzo de 2011

Terremoto. El imaginario simbólico japonés. Por Agapito Maestre

Yo, pues, deseo ser japonés, o sea, deseo tener su imaginación, porque, como dijo Aristóteles, "no hay ser que desee sin imaginación".

Olvidé decir algo importante sobre la fantasía, en la Tertulia de Dieter Brandau, que quisiera ensayar en esta columna. Si hoy hay una nación fantástica e imaginativa en el mundo, en mi opinión, se llama Japón. Su capacidad de sobrevivir a una de las tragedias más duras de la humanidad es, sencillamente, fantástica. Imaginativa. Cientos de lecciones están dando los japoneses al mundo entero. La de ciudadanía, en mi opinión, es decisiva para el resto de sociedades democráticas; ser ciudadano, comportarse como un ser libre y solidario, en esas condiciones trágicas no habría sido posible sin la inmensa capacidad de imaginar que tiene este pueblo casi desde la nada, o peor, desde la tragedia que peor pudiéramos prever.

El triple accidente que soporta esta nación es conllevada con una resignación propia de una de las sociedades más libres del planeta. Sin libertad no hay imaginación creadora. Sí, sólo en sociedades muy libres, sin la presión permanente de los Estados en la vida cotidiana, es posible inventar formas de comportamiento ciudadano que nadie hubiera podido adivinarlas en condiciones normales. A eso le llamo capacidad de inventar la política, de instituir un imaginario colectivo, que está al margen, al lado o, sencillamente, complementa las llamadas instituciones sociales y reales.

Esta forma imaginaria de sociedad, dicho con Castoriadis, está lejos de ser algo ilusorio. Por el contrario, instituye una forma ciudadana radicalmente nueva que no está determinada por nada ni por nadie y que es determinante del comportamiento colectivo, no tiene una explicación causal ni siquiera racional. Surge de la imaginación de unos individuos agrupados en sociedad. Quizá en Japón no exista una división de poderes más o menos aceptable para una democracia desarrollada. No lo sé ahora ni me importa, porque es sólo un ejemplo. Quizá el Gobierno nipón, como el español o el francés, controle el poder legislativo e incluso el legislativo. ¡Quién lo sabe! Quizá tampoco Japón, como en el resto de países democráticos, sea capaz de crear partidos políticos sin estructuras burocrático-jerárquicas, o sea, seguramente sus partidos son tan antidemocráticos como los españoles. Sin duda alguna, estos límites son reales. Son estructuras de dominación política clásicas que funcionan en Japón como en otros lugares del mundo.

Pero, y esto es lo importante, ninguno de ellos ha podido limitar, dicho brevemente, el desarrollo de unas instituciones imaginarias políticas, subyacentes a las "reales", que nos hacen mirar al pueblo japonés como un espejo de comportamiento ciudadano ejemplar. Yo, pues, deseo ser japonés, o sea, deseo tener su imaginación, porque, como dijo Aristóteles, "no hay ser que desee sin imaginación". La lección de ciudadanía de los japoneses, es decir, de comportamiento solidario y sosegado ante la trágica realidad, hubiera sido imposible sin su imaginación que, dicho sea de paso, nunca es efecto del deseo sino que es la condición del deseo, en este caso, del infinito deseo que tiene los japoneses de ser libres.


Libertad Digital - Opinión

Fukushima. A río revuelto. Por Emilio Campmany

La insólita fuerza que los Verdes han tenido siempre en Alemania ha hecho que este país dependa energéticamente del gas ruso. Que tal situación se prolongue conviene desde luego a Rusia, que puede de este modo influir en la política germana.

La crisis de la central de Fukushima Daiichi ha desencadenado huracanes de antinuclearismo. En Alemania, los Verdes se han propuesto utilizar la tragedia para lograr la victoria en las próximas elecciones regionales del día 27 en Baden-Württemberg. Como el gallardoneo no es privativo de estos lares, los cristianodemócratas alemanes, con el comisario Oettinger a la cabeza, se han apresurado a hacerse más antinucleares que nadie a ver si consiguen retener parte de los votos que puedan perder por su izquierda sin preocuparse de que eso pueda implicar traicionar a los que les quieran seguir siendo fieles. Pero lo mejor es lo de Francia.

Sarkozy ha cogido la pala y al grito de "más madera" se ha puesto a alimentar el histerismo que campa por Europa. Ha dicho que la situación de alarma allí es de grado 6 en una escala del 1 al 7 y ha aconsejado a sus compatriotas que salgan del Japón lo antes posible. No será, digo yo, para que vuelvan a su patria, pues Francia es el país de Europa donde más centrales nucleares hay. Mientras, sin ruborizarse, alaba la política nuclear francesa frente a los pocos verdes que allí se atreven a solicitar un desmantelamiento de las centrales.


Si en el caso de los gobernantes alemanes estamos frente a un populismo barato, en el caso de los franceses estamos ante la más cruda realpolitik. Francia, como casi todos los países europeos, carece de recursos fósiles suficientes para satisfacer sus necesidades energéticas. Sin embargo, sus 59 centrales nucleares le dan un grado de independencia que los demás no disfrutan. Únicamente los británicos, gracias al petróleo del Mar del Norte y a sus 19 centrales, gozan de una situación mejor.

La insólita fuerza que los Verdes han tenido siempre en Alemania ha hecho que este país dependa energéticamente del gas ruso. Que tal situación se prolongue conviene desde luego a Rusia, que puede de este modo influir en la política germana. Pero interesa igualmente a Francia, porque ser más independiente, energéticamente hablando, que Alemania le da una oportunidad de igualar el mayor poderío económico de su eterna enemiga. Total, que las cosas han vuelto adonde estuvieron antes de la Primera Guerra Mundial, con Rusia y Francia aliándose para controlar a los peligrosos teutones.

Que esto es así lo demuestra, primero, el que el ex canciller alemán Gerhard Shröder fuera, inmediatamente después de dejar el cargo, contratado por la empresa Gazprom, la empresa pública que gestiona el gas ruso. Y segundo, el que Francia se oponga vehementemente a que el gas argelino que España adquiere pase por su territorio con destino a Alemania, lo que aliviaría su dependencia del ruso.

No digo que unos (los franceses) y otros (los rusos) estén alimentando, ni mucho menos financiando, el alarmismo que hoy cunde en Europa ante el peligro de que la crisis de Fukushima desemboque en una catástrofe nuclear. Simplemente digo que unos y otros tienen considerable interés en que sea precisamente eso lo que ocurra.

Lo más notable es que el pueblo francés es el más indulgente con sus Gobiernos cuando persiguen con crudeza el interés nacional y por eso allí los Verdes, a pesar de haber sido el presidente de su república el gobernante que más ha hecho sonar las alarmas, apenas han logrado llamar la atención de la opinión pública francesa. Y aquí, jugando con los molinillos.


Libertad Digital - Opinión

Entre la tragedia y el «apocalipsis»

Para una gran parte del mundo, ni siquiera las dimensiones descomunales del terremoto preocupan más que un accidente nuclear.

UN somero repaso del contenido de la mayoría de las informaciones que se ocupan estos días de la situación en Japón revela la paradoja de que se esté prestando infinitamente más atención a lo que puede suceder en la central nuclear de Fukushima que al drama cierto y concreto de la devastación causada por el «tsunami» y sus más de 6.000 muertos y 10.000 desaparecidos. Se diría que para una gran parte de la sociedad, ni siquiera las dimensiones descomunales del mayor terremoto de la historia contemporánea son capaces de superponerse a la preocupación creada por la posibilidad de un accidente nuclear. La angustia, que es un estado de miedo en el que el pensamiento no cesa de regodearse con la misma idea que lo provoca, es el término que mejor define el enfoque que prevalece en lo que se refiere al riesgo de un accidente nuclear. Ninguna cantidad de información puede ser suficiente para calmarla, precisamente porque está causada no por lo que ya se sabe, sino por lo que tememos ignorar.

Aunque la OIEA insiste en explicar que afortunadamente la situación no ha empeorado, lo cual es el mejor síntoma en este caso, decenas de gobiernos extranjeros están evacuando a sus nacionales, transmitiendo la idea de que la situación es mucho peor de lo que se dice. Sabiendo que el diseño de los reactores de Fukushima —que han resistido el terremoto— evitaría que en el peor de los casos se produjese una catástrofe como la de Chernobil, algunos responsables europeos prefieren frivolizar con escenarios apocalípticos.

La verdad es que la energía nuclear está presente en la vida cotidiana desde hace bastante más de medio siglo y en todo este tiempo ha dado a la humanidad muchos más beneficios que inconvenientes. Se ha utilizado como medio de destrucción —como muchas otras invenciones—, y en el caso de los cientos de centrales nucleares que funcionan sin incidentes hay problemas, como el de los residuos, que esperan todavía una solución satisfactoria. Nada de ello debería impedir un debate sereno y realista sobre la energía nuclear, como tampoco la catástrofe de Bhopal (que mató en 1984 a unas 20.000 personas y afectó gravemente a medio millón) ha impedido que la industria química se desarrolle y aumente sus niveles de seguridad sin necesidad de discusiones milenaristas.


ABC - Editorial

jueves, 17 de marzo de 2011

Alarmismo mediático. Algunas verdades sobre la energía nuclear. Por Emilio J. González

Todos quisiéramos que las cosas fueran perfectas desde un primer momento y que todo estuviera previsto, pero, por desgracia, la vida es así y avanzamos, corregimos errores y perfeccionamos las cosas cuando se producen fallos que nadie había previsto.

A raíz de los acontecimientos que se están produciendo en la central nuclear de Fukushima, y en medio de la demagogia habitual de políticos y medios de comunicación, hay quien quiere reabrir el debate sobre el átomo, por supuesto para acabar con este tipo de energía por razones cuando menos dudosas. Desde luego, ni yo voy a negar que lo que está sucediendo con la central japonesa es un asunto grave, ni mucho menos que es posible que las cosas todavía puedan ponerse aún peor. Pero también creo que un debate tan importante como el de la energía nuclear debe abordarse de forma fría, desapasionada y racional. Por ello creo conveniente poner algunas cosas negro sobre blanco al respecto.

De entrada, esto no es Chernobil, por mucho que algunos se empeñen en extraer paralelismos de donde no los hay, por dos sencillas razones. Primero, porque la central nuclear ucraniana estalló a causa de que los militares soviéticos se dedicaron a producir plutonio en ella con fines militares, mientras, por otra parte, desde Moscú se financiaba a los grupos pacifistas y ecologistas europeos con el fin de detener el progreso tecnológico en la que, por entonces, era la mitad libre y democrática del Viejo Continente. Segundo, porque la central de Fukushima ha demostrado una capacidad de resistencia asombrosa frente a un terremoto cuya intensidad se sitúa en el segundo nivel de los diez de que costa la escala Ritcher.


El problema ha sido que el tsunami que siguió a continuación dejó inoperativo el sistema de refrigeración, pero no afectó al sarcófago donde se encuentra el núcleo de la central. Evidentemente, ha sido un fallo, pero es un fallo que se puede corregir para incrementar aún más la seguridad de las centrales nucleares. No hay que olvidar que el progreso humano, nos guste o no, se ha construido y se construye mediante la detección de esos errores. Si hoy volar en avión es seguro es porque antes hubo accidentes que nos enseñaron cosas como que había que instalar radares de tierra en los aeropuertos, etc., y por ello nadie ha puesto en cuestión la aviación comercial.

Todos quisiéramos que las cosas fueran perfectas desde un primer momento y que todo estuviera previsto, pero, por desgracia, la vida es así y avanzamos, corregimos errores y perfeccionamos las cosas cuando se producen fallos que nadie había previsto. Quien no acepte esto, está rechazando ese progreso que está permitiendo que miles de millones de personas en este plantea vivan cada vez más y mejor. Y si el problema es el número de personas que pueden fallecer si, esperemos que no ocurra, sucede lo peor en la central de Fukushima, por la misma razón tendrían que prohibirse los coches, ya que las carreteras se cobran miles de víctimas cada año. Pero a nadie en su sano juicio se le ocurre proponer semejante cosa, ni los españoles, sabiendo cuáles son los peligros de la conducción, optan por dejar su coche en casa y viajar en transporte público. ¿Por qué, entonces, la energía nuclear va a ser diferente cuando, además, es mucho más vital para la sociedad que el automóvil?

Segunda cuestión: Europa necesita la energía nuclear para poder vivir. Esta lección la aprendieron los europeos hace ya bastante tiempo, concretamente en 1956, cuando Egipto decidió cerrar el canal de Suez, creando serios problemas de abastecimiento de petróleo al Viejo Continente. Los europeos reaccionaron de inmediato y, después de la fallida intervención militar conjunta de Francia y el Reino Unido para recuperar el control del canal, decidieron crear la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom), con el fin de promover conjuntamente el átomo para usos pacíficos. Por razones estratégicas, Europa no tiene más alternativa energética que el átomo. Es cierto que tenemos carbón, pero este combustible fósil es altamente contaminante y provoca igualmente muertes por enfermedades entre quienes respiran la contaminación que emite su combustión para producir electricidad. Pero estas muertes son silenciosas y no se producen de una sola vez, sino de forma paulatina, con lo que no da lugar a los grandes titulares que desencadena un accidente nuclear. Además, la electricidad proporciona unas condiciones de vida, en todos los sentidos, que nos permiten vivir más y mejor. Esto también hay que incorporarlo al debate porque, hoy por hoy, las renovables no tienen la menor capacidad para sustituir ni al átomo, ni al carbón, ni al gas, ni al fuel a la hora de producir energía eléctrica.

Por último está la cuestión económica. Las estrategias modernas en materia de energía se basan en tres pilares: garantía de abastecimiento, precios que no estrangulen el crecimiento económico y respeto al medio ambiente. Hoy por hoy, con una demanda de petróleo cuya tendencia a medio y largo plazo es a seguir creciendo, no cabe esperar más que el progresivo encarecimiento del crudo y, con él, del gas natural. Frente a ello está la energía nuclear, la única fuente de energía que cumple con esos tres criterios, a pesar de que, como es obvio, existe el riesgo, muy pequeño pero real, de que pueda producirse un accidente. Si queremos conservar nuestra calidad de vida, no tenemos más remedio que seguir apostando por ella.


Libertad Digital - Opinión

El otro tsunami. Por Fernando Fernández

La respuesta racional al tsunami nuclear es trabajar para hacer las centrales más seguras, sabiendo que nunca lo serán del todo.

ESCRIBIR cuando la información es limitada y los acontecimientos se precipitan es un riesgo impropio de un profesor que se precie, pero la actualidad manda. Y la actualidad está hoy vinculada a la temperatura de los reactores japoneses. El debate nuclear está encima de la mesa y será muy difícil que vuelva a ser racional, aunque merece la pena intentarlo. Calificar lo ocurrido como el apocalipsis es un exceso verbal impropio de un político responsable que nos pasará factura como europeos. Ya saben lo que pueden esperar nuestro aliados, a la primera dificultad hacemos las maletas, suspendemos los vuelos y contamos votos. Con esta política miope, Europa camina irreversiblemente a la marginalidad. Esto es cobardía y no lo que denuncia el diputado Eguiguren.

La percepción pública de la energía nuclear ha cambiado. Es absurdo negarlo. Hoy somos todos más conscientes del riesgo. No ha ocurrido un fallo técnico, sino una catástrofe natural de magnitud imprevisible. El mayor terremoto en cuatrocientos años. Pero las consecuencias pueden ser catastróficas. De haberse producido en otra zona del mundo probablemente estaríamos hablando de certezas y no de escenarios. La energía nuclear tiene riesgos que los economistas llamamos de cola de la distribución; acontecimientos de escasísima probabilidad pero con un coste elevadísimo. De alguna manera, permítanme la deformación, como las crisis financieras.


Y no hemos cerrado los bancos ni vuelto a la economía de trueque. Es más, nos hemos enorgullecido de haber evitado el proteccionismo, el mismo que ahora practicamos absurdamente frente al riesgo nuclear. Se habla más de aislar a Japón que de ayudarle de manera eficaz. Como si cerrando ese país, pudiéramos borrar de la memoria las imágenes escalofriantes y volver a nuestros menesteres como si nada hubiera pasado. La tragedia humanitaria, cientos de miles de habitantes desplazados sin hogar ni medios de subsistencia, ha pasado a un segundo plano ante la pesadilla de contaminación. El milenarismo sigue muy vivo en el imaginario colectivo y está ocupado en régimen de propiedad por la energía nuclear. Es irracional, pero muy real. Y la política es percepción, la misma que preocupa tanto a los socialistas porque el fin de su régimen se considera inevitable.

El riesgo cero no existe. No hay nada gratis y por eso hay que plantear alternativas racionales. Tratemos de construir un escenario sin energía nuclear. La gran depresión del 29 sería una broma. Hay en el mundo capacidad para aumentar la producción de petróleo en unos 10 millones de barriles al día. Para ponerlos en explotación se estima que el precio tendría que llegar a 200 dólares. Aún así no serían ni remotamente suficientes para compensar la pérdida de la nuclear. Pero traería consigo una subida de la inflación y consiguientemente de los tipos de interés que ahogaría el sistema financiero. La pérdida en nuestro nivel de vida sería dramática y duradera. Puestos a hacer demagogia, las condiciones de salud mundial se deteriorarían de manera al menos equiparable a las de una catástrofe nuclear localizada. El mundo sería un lugar menos seguro. Por eso la respuesta racional al tsunami nuclear es trabajar para hacer las centrales más seguras, sabiendo que nunca lo serán del todo, en mejorar los protocolos de actuación ante las emergencias reforzando la cooperación internacional, invertir en fuentes alternativas y eficiencia energética. Pero sabiendo que no hay alternativa, ni la habrá a corto plazo. Esto es real, lo demás es ciencia ficción o el planeta de los simios.


ABC - Opinión

Fukushima. Apocalipsis político. Por Cristina Losada

Pánico da pensar que esas serían las pautas de conducta de la UE y los gobiernos si hubiera, alguna vez, un accidente nuclear aquí, en suelo europeo.

La catástrofe en Japón ha hecho emerger la catástrofe política europea. Ciertas instituciones, determinados gobiernos y no pocos ministros descuellan en el concurso por atizar más y mejor el pánico de un público susceptible, rivalizando incluso con la entregada prensa. El alemán Günther Oettinger, comisario europeo de Energía, consideró adecuado anexar el término "apocalíptico" al accidente nuclear en Japón, al tiempo que lo declaraba "fuera de control" e instaba a revisar la buena opinión reinante sobre la competencia técnica de los japoneses. El hombre consiguió copar los titulares, pues sirvió tanto a la holgazanería como al alarmismo, y le debe haber cogido el gusto: vuelve a vaticinar catástrofes e insiste en que los nipones no tienen la menor idea de cómo resolver la crisis. A estas horas, sin embargo, no se tiene la menor idea de la información privilegiada de que Oettinger dispone para emitir esos juicios.

Sí sabemos, en cambio, que Herr Oettinger figura como comisario, no por su expertise en materia energética, sino por haber presidido el declive electoral de su partido, la CDU, en un Land del suroeste. Merkel se quitó de en medio al inútil por el procedimiento de endosarlo a la Comisión. Si el cesto europeo se trenza con esos mimbres de desecho, qué grandes días le esperan a la UE. Como estos mismos. Del lado francés, el otro gigante, también se esmeran en sembrar dudas sobre la capacidad japonesa y profetizan un desastre con "un impacto superior a Chernóbil". Para agregar alarma, y que no falte, se insinúa que las autoridades japonesas ocultan la realidad dado que en su información se detectan "incoherencias". ¡Incoherencias! Con parte del país devastado, miles de desaparecidos, cientos de miles de refugiados, escasez de energía y alimentos, cómo no va a haber incoherencias. Tan alto grado de exigencia en las condiciones en que está Japón, y cuando la población amenazada por la radioactividad es la japonesa, no la europea, revela una arrogante insensibilidad y un vacío de valores pavoroso.

Tales reacciones no sólo incrementan la desconfianza en la energía nuclear, que sería lo de menos, sino la desconfianza a secas. Pues, ¿a quién creer? ¿Al partido de Merkel, con intereses electorales que aconsejan una súbita ruptura con el átomo? ¿A Alemania y a Francia, que participan en dos empresas eléctricas competidoras de la japonesa que gestiona la central de Fukushima? Pánico da pensar que esas serían las pautas de conducta de la UE y los gobiernos si hubiera, alguna vez, un accidente nuclear aquí, en suelo europeo.


Libertad Digital - Opinión

Notas sobre una psicosis. Por Ignacio Camacho

La oleada mundial de pánico nuclear retrata una egoísta falta de respeto a los miles de víctimas del tsunami.

1.La alarma nuclear es objetiva y muy grave pero… tiene lugar en Japón. Y sólo en Japón. La obviedad es imprescindible ante el grado patológico y sensacionalista de la psicosis colectiva de pánico, cuando algunos medios divulgan instrucciones sobre cómo defenderse de un escape radiactivo. En ese sentido, hasta ahora es correcta la actitud de Zapatero: templar gaitas, centrar el problema y ordenar una revisión de las instalaciones españolas para tranquilidad pública.

2.El accidente de Fukushima no ha provocado todavía ninguna muerte; el terremoto y el tsunami han ocasionado diez mil desaparecidos. Nuestro alarmismo retrata una desenfocada parcialidad egoísta, una preterición moral, una obscena falta de respeto a esas víctimas que parecen no importar a nadie.

3.El ventajismo antinuclear es clamoroso. La demencial agitación apocalíptica casi obliga a aclarar que ha sido el tsunami el causante de la avería, y no al revés.

4. En esta polémica torticera nadie está limpio de culpas oportunistas. El lobby eléctrico ha aprovechado la recesión para ganar terreno en la opinión pública poniendo énfasis en la dependencia energética y sus altos costes.

5. El clima de shock emotivo no permite sostener un debate serio. La atmósfera social está cargada de prejuicios que contaminan incluso las opiniones técnicas, utilizadas como armas arrojadizas en respaldo de tesis establecidas a priori.

6.La reacción compulsiva de Angela Merkel, motivada por la inmediatez de unas elecciones regionales que tiene mal aparejadas, constituye un ejemplo de frivolidad política. Ha convertido la estrategia nuclear en una táctica reversible.

7. En contraste, la serenidad de Obama aporta un soplo de sensatez en momentos que requieren de un liderazgo fiable. También la unidad de demócratas y republicanos, que han renunciado a agravar la cuestión con un enfrentamiento político.

8. La generación nuclear no es una opción: representa el veinte por ciento de la energía que mueve el mundo. Se puede y se debe discutir sobre la conveniencia de incrementar o disminuir esa proporción, pero los partidarios de rebajarla han de explicar a qué están dispuestos a renunciar a cambio.

9.Sensu contrario, los pronucleares deben saber que desde ahora no basta con la ecuación objetiva de costes, seguridad y riesgos: hay que contar también con el factor psicosociológico del miedo, un intangible que cobra importancia crucial.

10.No se pueden minimizar las evidencias. El accidente es de una gran excepcionalidad, pero a Japón se le ha ido de las manos el control de la central averiada. La lección es que los protocolos teóricos de seguridad pueden resultar insuficientes cuando la catástrofe entra en fase crítica y depende del factor humano.


ABC - Opinión

Sensatez ante la crisis nuclear

La situación que se está viviendo en la central nuclear de Fukushima ha activado la toma de postura de los principales dirigentes y gobernantes, en la mayoría de los casos para llamar a la tranquilidad y la calma. Ayer, el presidente del Gobierno español aportó mesura y prudencia sobre el futuro de la energía nuclear en nuestro país sin caer en opiniones precipitadas y estériles que pueden intoxicar el debate. Como bien dijo, «las cosas se ven de manera diferente cuando uno es presidente del Gobierno y cuando uno no lo es». Y Zapatero decidió ayer adaptarse a las hechuras de estadista y prescindir de la doctrina antinuclear que habitualmente ha blandido la izquierda. Así, abogó por un debate «razonable», alejado de «planteamientos ideológicos» y en el que se prioricen los criterios técnicos y científicos, algo, por cierto, que ha defendido el Partido Popular y que no siempre ha sido asumido por el PSOE. En un ejercicio de responsabilidad, afirmó lo evidente que hasta ahora no siempre había explicitado: que la energía nuclear hace una aportación importante a nuestra producción energética –en 2010 proporcionó el 20,21 por ciento de toda la electricidad generada–, pero que, por su naturaleza, exige tener mucha seguridad. Este último aspecto se abordará en los próximos días, ya que el Gobierno ha pedido al Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) una revisión de los sistemas de seguridad de todas las centrales nucleares de España y unos estudios sísmicos complementarios y sobre los riesgos de inundación. Es evidente que Zapatero ha asumido la necesidad de las nucleares como un elemento significativo del «mix energético» de España, del que difícilmente se puede prescindir alegremente minimizando sus consecuencias. De ahí que ayer insistiera en reforzar la seguridad de las ya existentes. Por esta vez, no podemos estar más de acuerdo con el Presidente del Gobierno. Y, dado este paso, nada sería más congruente que reconsiderara su decisión sobre el cierre de Garoña. Aunque ayer insistió en que «la edad cuenta» en la vida útil de las nucleares, hay que recordarle que el Consejo de Seguridad Nuclear dictaminó, a través de un informe técnico, que la central puede operar diez años más. En ese informe se decía que Garoña es moderna y que se encuentra en perfecto estado debido a su mantenimiento. En consecuencia, su cierre supone una contradicción con el discurso de ayer, en el que se dejaba al criterio y evaluación de los técnicos la última palabra a la hora de cerrar o no una central. Con todo, debe subrayarse el adecuado tono empleado por el presidente, que no cayó en alarmismos ni catastrofismos y se dirigió a los ciudadanos con calma no exenta de prudencia y sentido común. Nada que ver con el comportamiento del comisario europeo de Energía, el alemán Günther Oettinger, que calificó la fuga radioactiva como el «apocalipsis». Fue una irresponsabilidad, y evidencia que a Oettinger le viene muy grande el cargo público que le han encomendado y es incapaz de desempeñarlo con fiabilidad. Su conducta es inaceptable y supone un desprestigio para Europa y la institución que representa.

La Razón - Editorial

Recesión nuclear

Fukushima subirá los costes de las nucleares y Japón se endeudará más en su reconstrucción.

)
La economía mundial sufrirá durante muchos meses las consecuencias de la catástrofe que asola Japón después del maremoto y que amenaza por convertirse en una gravísima crisis nuclear si, como aseguró ayer la OIEA, están confirmadas las grietas en las vasijas de contención de dos de los reactores de la planta de Fukushima. El primer efecto dañino es la hipótesis de que Japón se sumerja en otro largo periodo de recesión, con una deuda que supera el 200% del PIB y que deberá crecer todavía más para financiar la reconstrucción nacional. La contrapartida lógica, poco consoladora, es que la reparación de las infraestructuras debería generar a medio plazo una fase expansiva en la economía japonesa. A corto plazo, se prevé una subida mundial de las materias primas, producida por la mayor demanda de Japón.

Pero el impacto principal de Fukushima lo sufrirá, como es lógico, la energía nuclear. La amenaza radiactiva está produciendo ya un vuelco en la opinión pública, particularmente en la europea. Si en los últimos años los ciudadanos venían mostrando más confianza en que los riesgos de las nucleares podían controlarse y que constituían un remedio aceptable para reducir los niveles de CO2 en la atmósfera, la angustiosa incertidumbre que se vive en Japón vuelve a exacerbar los temores de los votantes. Hasta el punto de que Alemania ha decretado la suspensión temporal de la prórroga de la vida útil de sus nucleares, China ha parado (probablemente de forma momentánea) su plan nuclear y Reino Unido tendrá que reconsiderar sus ayudas públicas a las nuevas plantas atómicas. A efectos prácticos, la crisis nuclear japonesa significa el final de Garoña, con un Gobierno del PSOE o con uno del PP.


Todos los Gobiernos, incluido el español, han respondido al desastre de Fukushima anunciando una revisión de los parámetros de seguridad de las nucleares. La decisión es acertada. Pero la probabilidad de que un accidente natural o una cadena de ellos acabe por dañar a una nuclear (lo que los actuarios llaman el riesgo Katrina, un episodio insólito, pero muy destructivo) siempre existirá. Reforzar la protección, una decisión laudable, equivale, en primera instancia, a encarecer los costes de seguridad de las plantas para hipótesis de terremotos, inundaciones e incendios.

La lógica empuja en esta dirección: si los países sin tecnología propia necesitan en el futuro contar con la energía nuclear, será el sector público quien tenga que construir las plantas. Y si quieren tomar la decisión en los próximos dos años, se enfrentarán a un intenso rechazo popular. Pero no debe darse por sentado que Fukushima significa el fin de las nucleares. El peso en la comunidad internacional de los países con industria nuclear (EE UU, Francia, Rusia, Reino Unido, el propio Japón) permite suponer que las instituciones directoras, como el G-20, se mostrarán estrictas en aumentar la seguridad, pero no desaconsejarán el uso de este tipo de energía.


El País - Editorial

El alarmismo del falso apocalipsis nuclear

Nadie cuestiona la construcción de edificios por las victimas que puedan ocasionar en caso de terremoto. No ganamos en seguridad cuando analizamos en términos apocalípticos los riesgos que siempre entraña la vida.

Es lógico que cualquier noticia, tanto del ámbito nacional como internacional, y por importante que sea, haya perdido protagonismo frente a la dramática situación por la que atraviesa Japón. Lo que no tiene ningún sentido es que una catástrofe natural, consecuencia de un terremoto y un tsunami de dimensiones históricas, donde ciudades enteras han quedado arrasadas y donde el número de víctimas mortales, desaparecidos y heridos se están contando por millares, sea también una de esas noticias que haya quedado desplazada a un segundo plano frente a un falso "tsunami nuclear", un "chernobil japonés" o un "apocalipsis nuclear" que, hasta la fecha, ni existe ni ha causado una sola víctima mortal en el país nipón.

Naturalmente habrá que seguir con preocupación la evolución de los daños que, también en las centrales nucleares, ha causado el terremoto, tal y como los que se han detectado en la de Fukushima, según ha confirmado el Organismo Internacional de Energía Atómica. Pero, tal y como ha aclarado su director general, una cosa es que la situación sea muy seria, y otra, muy distinta, que esté descontrolada; una cosa es que los niveles de radiación se hayan elevado en Tokio y otras ciudades, y otra que lo hayan hecho en un grado que suponga un peligro para la vida humana.


Sería igualmente aventurado descartar victimas mortales por futuras emisiones radioactivas, pero lo que no es de recibo es sembrar el alarmismo pronosticando nada menos que un "apocalipsis" nuclear, tal y como hacía este martes el irresponsable comisario europeo de Energía, Günther Oettinger. Este político no ha hecho más que reforzar el injustificado alarmismo del que ya hacían gala desde días antes no pocos medios de comunicación. Se supone que un alto cargo como Oettinger maneja información privilegiada, y que el más elemental sentido de la responsabilidad le debe llevar a no minimizar ni a exagerar el riesgo de que se produzca una catástrofe nuclear. Sin embargo, Oettinger, por confesión de su propia portavoz de prensa, solo expresaba un "temor personal", que no tenía más base que lo que decían los propios medios de comunicación sensacionalistas.

Aunque no sean estos medios de comunicación los más indicados para exigírselo, parece evidente que el comisario debía haber presentado su dimisión por sus irresponsables declaraciones, más centradas en las elecciones regionales que se van a producir en su país que en lo que ocurre en Japón.

El tiempo dirá si se producen victimas mortales como consecuencia de una fuga nuclear. Lo que ya se puede decir es que el derrumbe y el desplazamiento de casas y edificios las han causado a miles. Y que nadie se duda de que deban construirse pese a las víctimas que puedan ocasionar en caso de terremoto. No ganamos en seguridad cuando analizamos en términos apocalípticos los riesgos que siempre entraña la vida.


Libertad Digital - Editorial

miércoles, 16 de marzo de 2011

Cómo se afronta la desgracia. Por José María Carrascal

No hay gritos ni llantos. Sólo los ojos delatan el dolor, no es menos intenso por contenido. Nadie maldice al destino.

LO más asombroso del tsunami japonés no es su magnitud destructora, que sobrepasa lo límites de la imaginación, convirtiéndolo en una película de horror. Lo más asombroso es estoicismo de la población, su capacidad de aguante, su dignidad ante la tragedia. Se habrán fijado que apenas hay lágrimas, y si las hay, son furtivas. Como no hay gritos ni llantos plañideros. Sólo los ojos delatan el dolor, no es menos intenso por contenido. Nadie maldice al destino. Se busca entre los escombros lo que puede haber quedado de los enseres familiares y se alejan sin decir palabra. Porque el dolor verdadero es así, sobrio y callado, mientras el dolor falso es declamatorio y vociferante. ¿Se imaginan ustedes la que se habría armado en otros lugares ante una tragedia de esta magnitud? Los gritos se escucharían a cientos de kilómetros, las imprecaciones no perdonarían a nadie y el caos sería aún peor que la tragedia en sí. ¿Se imaginan, sobre todo, las voces pidiendo responsabilidades, exigiendo ayudas, subvenciones, indemnizaciones? Claro que se lo imaginan porque lo hemos visto y oído montones de veces ante desgracias considerablemente inferiores.

Los japoneses prefieren afrontar la suya con un mínimo de autocomplacencia y un máximo de responsabilidad, como si reservasen todas sus fuerzas para superar el formidable trabajo que tienen ante ellos. Es aquel un pueblo frugal, duro, tenaz, resistente, forjado en la lucha diaria por la subsistencia. Baltasar Gracián los llamó «esos españoles de Asia». Tal vez lo fuéramos un día. Hoy, sin embargo, nos quedan pocas de esas cualidades, reemplazadas por la irresponsabilidad y el victimismo tanto a nivel personal como nacional.

Es por lo que Japón saldrá de esta tragedia y dudo que nosotros seamos capaces de superar el tsunami que representa la crisis económica y un gobierno que no la previó, tomó las medidas falsas contra ella y está tomando las correctas tarde y a medias. A Japón no le ha favorecido ni la geografía —está situado al lado mismo de una falla tectónica— ni la historia —tiene enfrente a dos gigantes, China y Rusía, con los Estados Unidos a la espalda—, lo que ha condicionado su destino. Ni siquiera posee riquezas naturales, lo que le ha obligado a depender de su laboriosidad y resistencia. Al día siguiente de que la tierra dejara de temblar, ya estaban todos los que podían en sus fábricas u oficinas, por saber que tienen que valerse por sus propios medios, para continuar siendo lo que han llegado a ser: una de las primeras potencias mundiales.

Lo han logrado por tener lo más importante: sentirse un pueblo y compartir venturas y calamidades. Así han vencido todo tipo de desgracias propias y ajenas. Porque no lloran, trabajan, que no es una maldición, sino lo que nos diferencia de las demás especies.


ABC - Opinión

Tsunami en Japón. Vivir en peligro. Por Agapito Maestre

Ante la tragedia de Japón es menester volver a reconocer que la civilización entera es dependiente de la ciencia y de la técnica.

Ante la triple catástrofe –terremoto, tsunami y fuga de un reactor nuclear– de Japón, es difícil no sentir vértigo. Un malestar ciudadano que nos exhorta a pensar sobre qué sea vivir en sociedad. Aparte de la lección de ciudadanía que están dando al mundo los japoneses, creo que es menester hacer un esfuerzo de pensamiento. De matización. Creo que ni todo está resuelto con un modelo tecnócratico de política, que termina arruinado la propia esencia de la política, ni todo está dicho descalificando a los ecologistas, cualquiera que fuera su signo, llamándoles críticos románticos de la ciencia en lo que se refiere al debate aquí y ahora sobre la energía nuclear. Es necesario circunstanciar. No es el debate de las centrales nucleares hoy igual que ayer. Tanto las posiciones críticas como las de sus defensores han cambiado.

En todo caso, tendremos que reconocer varios cambios radicales en los modelos de sociedad de las democracias occidentales para abrir un debate limpio. Para empezar unos y otros reconocen que, desde hace décadas, los procesos formales de racionalización de la vida pública en las sociedades democráticas fueron puestos en evidencia tanto por la opinión pública-política como por las ciencias sociales que estudiaban esos procesos. Desde los límites de la organización de los tiempos de trabajo hasta la compatibilización de la vida profesional y la familiar, pasando por la moralización pública de los modelos de desarrollo científico-técnico, eran y son cuestiones que, en buena medida, han logrado frenar el llamado proceso de racionalización instrumental de la modernidad, preocupada únicamente por medios y no por fines, de las sociedades contemporáneas.


En esa circunstancia que señalaba, sin duda alguna, un cambio de valores que pasaba de una visión homogénea y, hasta cierto punto, romántica de un mundo absolutamente administrado, a una visión civilizadora permanentemente cambiante e imaginativa de la sociedad, apareció un debate importante en la década de los setenta y ochenta: el movimiento ecologista. Éste tuvo cierto éxito, entre otras razones, porque puso en evidencia que la racionalidad instrumental tenía límites, o sea, consiguió un desencantamiento de aquello que pretendía desencantarnos. En otras palabras, nos percatamos de que el origen de los peligros de la civilización no sólo proceden de la imprevisible y caótica naturaleza, sino que están en los riesgos no previstos y las consecuencias paralelas del propio mundo científico-técnico. ¡Cómo no reconocer la contribución del ecologismo a la civilización actual!

Pero de ahí, de un ecologismo más o menos crítico con el modelo tecnocrático, se pasó a un ecologismo fundamentalista que reivindicaba unas construcciones "mitológicas", por ejemplo, un supuesto "derecho" premoderno de la naturaleza cuando no un "iusnaturalismo" irracional, por encima del humanismo moderno basado en el modelo de una racionalidad científica. Por desgracia, gran parte del ideario de los "ecólatras" ha pasado a las elites políticas europeas, que lejos de tomarse en serio los límites de la ciencia, se entregan a esas mitologías. Del modelo tecnocrático, o sea, se hará lo que diga la ciencia, se habría pasado, casi siempre por oportunismo electoral, al modelo romántico, es decir, se hará lo que diga el ecologista por imbécil que sea.

Ante la tragedia de Japón es menester volver a reconocer que la civilización entera es dependiente de la ciencia y de la técnica. Los fundamentos materiales y espirituales de nuestra civilización son incompresibles sin el paradigma de la racionalidad moderna que no es otro que el llamado "modelo científico". Pero ese reconocimiento, a todas luces ilustrado, no significa en modo alguno que no prestemos atención a los límites del propio proceso científíco- técnico. El movimiento ecologista de la década de los setenta y ochenta puso en evidencia esos límites; incluso el propio desarrollo científico ha hecho de la autocrítica y evaluación normativa de la misma ciencia el eje fundamental de su desarrollo actual, pero es menester parar en algún momento esa "crítica" si no queremos caer en la histeria contrailustrada y romántica.

En fin, creo que es plausible un punto intermedio en el asunto de la energía nuclear entre el vivir sin peligro, felices como estultos, al que aspiran los ecologistas ecólatras y la irresponsabilidad organizada de los Gobiernos europeos ante los efectos colaterales de los riesgos no previstos por la ciencia contemporánea.


Libertad Digital - Opinión