lunes, 25 de julio de 2011

Terror en Noruega. Por José María Marco

Los crímenes o los ataques de Oslo y de Utoya se imponen a nuestra sensibilidad de por sí, por su magnitud, su salvajismo. Es difícil, por no decir imposible, entender el grado de inhumanidad que lleva a alguien a cometer tales atrocidades. A medida que se conoce la vida del presunto asesino, todo va apuntando, además, a un abismo de perturbación mental que le otorga la categoría de lo impredecible o lo fatal.
Claro que hay elementos en la tragedia que deben llevar a la reflexión, tanto a los noruegos como al resto del mundo. Hablamos mucho –y es la frase que a mucha gente se le vino a la cabeza con las primeras noticias– de la «pérdida de la inocencia» de Noruega, como si Noruega fuera un país apartado de los conflictos de nuestro mundo. No es así. A pesar de su fama de pacifista, Noruega no es un país neutral. Es miembro fundador de la OTAN y ahora mismo tiene 400 soldados, con fama de eficaces, en Afganistán.

Ha habido amenazas directas contra Noruega por parte de al-Zawahiri, el número uno de Al Qaeda tras la muerte de Ben Laden, y alguna detención de yihadistas en Oslo. Se entiende mal, por tanto, que en una concentración como la de la isla de Utoya, un rito tradicional para las futuras elites del Partido Laborista, no hubiera ni un solo profesional de seguridad. Tampoco se comprende bien que la policía tardara en llegar hora y media... Hay una extraña dicotomía entre la forma en que una sociedad actúa y la forma en la que se esfuerza por reflejar un ideal ajeno a la realidad de su acción.


Más allá de estas reflexiones de índole muy general, y con repercusiones prácticas que en muchos otros países ya se han tomado hace tiempo, cualquier consideración acerca del carácter político de la tragedia de Noruega debería ser cuidadosamente medida. Y no sólo por razones de ética y de exigencia personal. Habrá quien tienda, por ejemplo, a relacionar al autor de estas atrocidades –aunque sea muy indirectamente– con el supuesto resurgir de movimientos radicales de ultraderecha. Y habrá en cambio quien lo interprete como una deriva monstruosa de los retos que plantea la diversidad o el pluralismo en sociedades homogéneas hasta hace poco.

En los dos casos, y en muchos otros, el no medir bien la forma en la que se relaciona un análisis general con unos hechos tan atroces puede dificultar el intento de aclarar una situación. También puede contribuir a crear un problema donde no lo había y, peor aún, a enquistarlo de tal forma que en vez de propiciar posibles medidas de solución, fomente una división a largo plazo de la sociedad. En Noruega, con un 10 por ciento de inmigración, no había un auténtico problema de integración… hasta ahora. Los españoles, que tenemos una experiencia considerable en actos de violencia y sabemos lo profundamente negativo de este tipo de manipulaciones, deberíamos extremar la prudencia en nuestros juicios.


La Razón - Opinión

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