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jueves, 17 de marzo de 2011

El nuevo desorden mundial. Por José María Carrascal

«¿Qué ha cambiado para que todo nos sorprenda y nada encaje? Pues, lo primero, el equilibro mundial. Aquel viejo orden, en el que las dos superpotencias —EE.UU. y la URSS— regían el planeta tras dividírselo en sus zonas de influencia, se ha acabado. Era sin duda injusto, pero estable»

NI que nos hubieran echado mal de ojo. No solo a los españoles, sino al mundo entero. De un tiempo a esta parte no ganamos para desgracias, la última, ese tsunami que asoló la costa nororiental japonesa, haciéndonos temblar a todos. Casi a continuación del otro tsunami, el político, que barre el norte de África y no sabemos todavía cómo ni cuándo terminará. Por no hablar del tercer tsunami, el económico, que viene devastando nuestras haciendas desde hace tres años. Ya no hay nada seguro y las predicciones de los expertos valen menos que las de cualquier ciudadano, tal vez porque este vive en la calle y aquellos en sus despachos, haciendo cálculos sobre datos desfasados. Hemos entrado en otra era donde no rigen los parámetros anteriores, y hasta que no averigüemos los nuevos vamos a darnos bastantes trompazos y llevarnos unos sustos tremendos.

¿Qué ha cambiado para que todo nos sorprenda y nada encaje? Pues, lo primero, el equilibrio mundial. Aquel viejo orden, en el que las dos superpotencias —EE.UU. y la URSS— regían el planeta tras dividírselo en sus zonas de influencia, se ha acabado. Era sin duda injusto, pero estable. Washington y Moscú se encargaban de mantener la tranquilidad en sus respectivos imperios, y si bien surgían roces esporádicos en sus fronteras —Berlín, Cuba—, tanto norteamericanos como rusos tenían buen cuidado de que no pasaran a mayores, pues ambos sabían lo que eso significaba: el aniquilamiento mutuo y puede que de la vida sobre la Tierra. Se le llamó «guerra fría», aunque era en realidad una «paz caliente», o más exactamente un «equilibrio del terror». Pero permitió durante décadas una estabilidad sin autonomía, y los pueblos de uno y otro imperio pudieron dedicarse a progresar y a pasarlo bien, no teniendo que preocuparse de los gastos militares, que corrían a cargo de sus respectivos señores.


Esta situación de tablas acabó con el desplome del muro berlinés. Sin disparar un tiro, Estados Unidos se convirtió en vencedor de la Guerra Fría y en única superpotencia. Algunos, llevados de su optimismo, nos auguraron que se acababa la Historia y en adelante la única fórmula política sería la democracia, mientras el mercado se encargaría de regular la economía. Pocas veces ha quedado tan de manifiesto lo inútil de nuestras predicciones. Lo que nadie tuvo en cuenta fue que todas las fuerzas aprisionadas por el diunvirato mundial quedaron libres. En el Este de Europa, los países un día satélites se apresuraron a dejar el comunismo y abrazar el capitalismo, mientras los rusos tenían que renunciar a buena parte de su imperio, dejando vacíos de poder, que en Afganistán llenó el más fiero islamismo, obligando a Occidente a intervenir al haberse convertido aquel país en nido de terroristas. O sea, que la victoria no iba a ser gratis, y el 11-S marcó el comienzo de esta nueva era de caos, que aún no ha acabado porque el terrorismo islámico es más difícil de batir que el comunismo soviético con todos sus megatones. Así nos encontramos hoy metidos en dos intervenciones armadas, Irak y Afganistán, de las que, en el mejor de los casos, podremos salir sin perder, pero tampoco ganar.

El déficit de las principales instituciones financieras, producto de la falsa idea de que el mercado debe ser el único regulador de la actividad económica, nos advirtió de cuán equivocados estábamos, y es aún hoy el día en que no hemos salido de la crisis. Por si fuera poco, el alzamiento popular de los pueblos árabes contra los oligarcas que venían rigiéndolos nos ha llenado de perplejidad. ¿Pero no habíamos quedado en que los musulmanes detestaban la democracia occidental? ¿A qué vienen esos gritos pidiendo libertad? ¿No estarán los fundamentalistas tras ello? Y, sobre todo, ¿ayudamos o no a las multitudes en las calle o a los sons of bitches que veníamos apoyando para que mantuvieran el orden y siguieran suministrándonos petróleo? En estas dudas, las cosas se han decantado según el equilibrio interno de cada país: allí donde nuestro son of a bitchno era bastante fuerte, ha tenido que salir pitando, quedando el Ejército al frente de una situación. Allí donde lo era, se está imponiendo, mientras nosotros discutimos si son galgos o podencos. Quedando flotando sobre esos países una incógnita, que nadie sabe cómo se despejará, y el que diga saberlo es un mentiroso o un necio.

Lo único que sabemos es que el viejo orden mundial se ha ido al traste y que el nuevo solo está apuntando. Un orden todavía desorden, pero en el que pocas cosas quedarán como estaban. Su rasgo más destacado es la aparición de nuevos protagonistas en la escena mundial. China a la cabeza, convertida ya en segunda potencia económica, aunque sin aspiraciones a usar su liderazgo. Los chinos no están interesados, como los soviéticos o los norteamericanos, en crear un imperio fuera de sus fronteras. Con los problemas que tienen dentro de ellas, les basta. Su interés se cifra en asegurarse el suministro de las materias primas que devora su industria, con crecimientos de más del diez por ciento anual. De ahí los convenios que están cerrando con los países productores de las mismas en África, Hispanoamérica y la misma Asia. La ideología no les interesa y las aventuras bélicas menos, ya que disturban el materialismo ultramontano que Deng Xiaoping explicó a Felipe González con frase lapidaria: «Gato negro o gato rojo, lo importante es que cace ratones». Es una actitud nada expansionista, excepto en el terreno comercial, pero que ayuda poco a crear un orden mundial.

Y no están solos en ella. Les acompañan los llamados «países emergentes», India, Brasil, Corea del Sur, Chile, a los que se les irán uniendo otros procedentes de campos ideológicos muy distintos, para construir un sistema híbrido, en el que prima la economía sobre la política y los intereses nacionales sobre cualquier otro. Si este va a ser el clima del siglo que empieza, mucho me temo que nos aguarden tiempos agitados, pues ninguno de esos nuevos protagonistas parece interesado en asumir mayores responsabilidades internacionales. Y si Rusia renunció a las suyas al renunciar a su imperio, puede temerse que la parálisis del Consejo de Seguridad, único organismo de Naciones Unidas con poderes ejecutivos, se convierta más en un obstáculo que en un factor de paz y justicia.

Mientras, los Estados Unidos acusan el enorme esfuerzo realizado en los últimos veinte años de llevar sobre sus hombros la dirección mundial. Que buena parte de su deuda esté en manos chinas, que su presupuesto militar sea superior al de los quince países que le siguen juntos y que su déficit haya tomado proporciones astronómicas hablan por sí solos. Aquel país tiene una enorme capacidad de resistencia y recursos suficientes para salir adelante, por lo que no dudo de que saldrá de esta crisis como salió de otras anteriores tanto o más graves. Pero saldrá él. Ya más dudoso es que pueda tirar de los demás, como tras la Segunda Guerra Mundial. Y queda pendiente la incógnita de quién podrá o querrá tomar el relevo.

Porque Europa no tiene a todas luces capacidad ni voluntad de hacerlo, como ha demostrado en las últimas crisis militares, económicas y políticas a que se ha visto enfrentada. De ahí que la pregunta que se formulara Paul Valéry, «¿llegará Europa a ser lo que en realidad es, la cabeza de Asia?», tenga ya contestación: más que la cabeza, la cola.

Aunque meterse a profeta hoy es hacer oposiciones al ridículo.


ABC - Opinión

viernes, 9 de octubre de 2009

Gore Vidal avisa un golpe de Estado y el magnicidio de Obama. Por Alfredo Jalife-Rahme


Obama paga los platos rotos del nihilismo bushiano en todos los ámbitos de la actividad humana, por lo que se puede convertir en el chivo expiatorio propicio para ser inmolado en el altar de la decadencia de Estados Unidos por el complejo-militar-industrial –lastimosamente vapuleado desde Irak hasta Afganistán– y/o por los inexpugnables intereses de las aseguradoras afectadas por la reforma salubre.



No son los mejores momentos de Estados Unidos que, con o sin Obama, sufre su decadencia acelerada y las consecuencias del legado nefario del unilateralismo bushiano repudiado por el mundo cuando se presta la oportunidad pública –como sucedió con la humillante derrota de la sede de Chicago ante la de Río de Janeiro para celebrar los juegos olímpicos de 2016–, como metáfora fulgurante del incipiente nuevo orden multipolar.

The Times (3/10/09), portavoz del bushismo bélico y propiedad de Rupert Murdoch Greenberg –dueño de la mendaz televisora tóxica Fox News, y muy cercano al primer ministro fundamentalista israelí Bibi Netanyahu–, aprovecha el descalabro olímpico que califica de “asombrosa humillación”, para colocar en tela de juicio el “cuestionado estilo personal de gobernar” de Obama, cuya “grandilocuencia no obtiene resultados en nada (sic)”.

Si McCain fuera el presidente en lugar de Obama, ¿a poco Estados Unidos no habría perdido la votación olímpica? Por supuesto que sí. Tampoco hay que exagerar y pedirle milagros a Obama en resucitar a un muerto.

Obama paga los platos rotos del nihilismo bushiano en todos los ámbitos de la actividad humana, por lo que se puede convertir en el chivo expiatorio propicio para ser inmolado en el altar de la decadencia de Estados Unidos por el complejo-militar-industrial –lastimosamente vapuleado desde Irak hasta Afganistán– y/o por los inexpugnables intereses de las aseguradoras afectadas por la reforma salubre.

Más allá de la permanente superchería global de sus multimedia –que ya no engañan a nadie, salvo a los cándidos, neófitos, masoquistas y a quienes les conviene–, Estados Unidos no anda nada bien en ningún rubro digno de ser medido objetivamente. Que conste que no lo decimos por schadenfreude –término alemán que expresa el placer sádico de la desgracia del prójimo–, sino por un análisis riguroso metamediático, que habíamos anticipado desde hace mucho, que no puede ocultar la descomposición de la armonía social de Estados Unidos.

A unos días de que Obama asumió la presidencia, Zbigniew Brzezinski, su íntimo asesor oficioso en seguridad nacional, había alertado sobre la alta probabilidad de una guerra civil en Estados Unidos, durante un programa de televisión el 17 de febrero (citado por Immanuel Wallerstein, comentario número 253, 15/3/09).

En este contexto destaca la incendiaria entrevista de Tim Teeman a Gore Vidal, uno de los máximos iconos literarios estadounidenses, precisamente a The Times (30/9/09), donde fustiga que “Estados Unidos se está pudriendo” y “no hay que esperar que Obama pueda salvarlo”, cuando amenaza “una dictadura inminente””, instalada mediante un golpe de Estado.

Vidal, pacifista empedernido a sus 83 años, proviene de una familia de alcurnia de la política de Estados Unidos por varias generaciones y fue íntimo confidente del presidente John Kennedy, a quien presentó a Jacqueline. De allí que sus augurios cobren dimensión singular.

Una de las características de Vidal es burlarse sarcásticamente de la incultura de sus presidentes (v. gr., no se cansa en relatar que Reagan confundía a los Medici con la marca Gucci) y le exaspera la ignorancia ilimitada del grueso de la población de Estados Unidos (y eso que no conoció a los presidentes mexicanos de los recientes 27 años) que la hace exageradamente manipulable.

Lamenta el pésimo desempeño de Obama,“una de las personas más inteligentes en el puesto presidencial desde hace muchos años”, pero “carente de experiencia” y con “una inhabilidad total (sic) en los asuntos militares” al haber colocado a Afganistán como “talismán mágico que resolvería el terrorismo””.

A su juicio, la ” “guerra contra el terror es una fabricación (¡supersic!)””, una coartada de ” “relaciones públicas””, por lo que Estados Unidos ” “debe abandonar Afganistán”” cuando ” “fracasó en conquistar Medio Oriente”.

Un poco más de seis meses a los atentados del 11/9, Vidal se había atrevido temerariamente a inculpar a la administración Bush de haberlos ocasionado: los miles de muertos “fueron víctimas tanto de los terroristas como de la política exterior que ha impuesto Estados Unidos en el mundo, que ha generado enemistad y odio”, lo cual “se deriva de las necesidades del gobierno de Bush por el petróleo” (Bajo la Lupa, 27/4/02).

Ahora, siete años más tarde, fulmina que “Estados Unidos está repleto de mentirosos” y su optimismo sobre Obama consiste en que “no miente”” como “el loco de Arizona (nota: John McCain) que es un mentiroso”, de quien todavía se desconoce cómo se estrelló con su avión en 1967 cerca de Hanoi, donde fue capturado.

Considera que “la inteligencia de Obama es impresionante”, pero su grave problema es que “le cree a sus generales” y “piensa que el Republicano es un partido” cuando constituye un grupo fanático de “fascistas” fincado en “el odio religioso y racial”. Agrega irónicamente que hasta “Bush sabía que para ganar a un general bastaba con decorarlo con otra estrella”.

Refiere que Obama, después de haberse tropezado con su reforma sanitaria, puede ser eliminado por “un misterioso asesino solitario (sic) acechando en las sombras de la capital”. A propósito, Facebook se ha saturado de cientos de amenazas de muerte a Obama, lo cual obligó a la intervención del FBI.

El consagrado ensayista cree ahora que Hillary Clinton hubiese sido mejor presidente: “Conoce mejor al mundo y qué hacer con los generales”. Vaticina que “el Partido Republicano ganará las próximas elecciones”, aunque exista poca diferencia con el Demócrata.

Exhuma “el golpe de Estado de 2000, cuando la Suprema Corte arregló (sic) la selección (¡super-sic!), no la elección, del hombre más estúpido del país, el señor Bush””.

Aduce que “hoy la manía religiosa ha infectado el cuerpo político, y Estados Unidos se ha convertido en corrosivamente aislacionista”.

Fustiga que “Estados Unidos no tiene una clase intelectual” y “se pudre a ritmo funerario. Muy pronto (¡supersic!) tendremos una dictadura militar, en base a que nadie puede mantener la cohesión”.

Obama, cuyo problema es “ser sobreducado””, debió enfocarse en “educar al pueblo estadounidense. No se percata lo poco juiciosa e ignorante que es su audiencia”. La “caída del sistema llegó con “la corrupción de la gente”” durante la gestión bushiana.

La visión de Vidal es sumamente fatalista sobre Estados Unidos y se defiende de “buscar héroes que no existen” y que en caso que los hubiere “serían asesinados inmediatamente”.

No faltarán críticos demoledores (vinculados al establishment militar) que castiguen a Vidal (con quien se han metido sin piedad en su controvertida vida privada) de necrófilo magnicida y golpista.

Lo peor es que el “México neoliberal” haya fincado su suerte en el liderazgo unilateral de un país putrefacto en sus entrañas, aunque todavía luzca relativamente saludable en su exterior como los cadáveres momificados.
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Nota:

Esta entrada fue publicada el a las Miércoles 7 de Octubre de 2009 y está archivada bajo las categorías New World Order.

La Jornada

jueves, 8 de octubre de 2009

IBM construye un “lector de código de barras” para el ADN. Por Redacción


Imagina un mundo donde los medicamentos no causen reacciones adversas ya que estarán diseñadas para el ADN de cada individuo.

Imagine una dieta adaptada a la velocidad exacta del metabolismo de una persona. Usando un poco de microelectrónica, un poco de física, y una pequeña dosis de biología, IBM ha llevado ese mundo futurista, un poco más cerca.



El Transistor de ADN es un proyecto de investigación de IBM que pretende avanzar en la medicina personalizada, por lo que es más fácil (y mucho más barato) leer la secuencia única del ADN de un individuo – la especial combinación de proteínas que te hace diferente a cualquier otra cosa.

La tecnología aún no es terminada, pero su potencial es tan grande que IBM quiso compartirlo con el mundo. Y la compañía afirma que los investigadores están haciendo progresos.

Esencialmente, es un lector de código de barras para los genes, el transistor de ADN es la técnica de parte y parte del dispositivo. Se compone de un agujero de 3-nanómetros de ancho, conocida como nanopore, en un microchip de silicio. Un sensor en el poro puede leer el ADN y determinar su composición única.

El desafío de enfrentar los científicos es controlar la velocidad a la que se mueve a través de esa cadena nanopore: Una molécula de ADN debe dedicar tiempo suficiente para la secuencia de trabajo. En el ciclismo a los polos de tensión del transistor, IBM tiene como objetivo movilizar el ADN a través del nanopore a una tasa constante de un nucleótido (molécula de ADN) a la vez.

Los investigadores de la compañía están investigando en varios poros, así, afinando las capas (de metal y dieléctrico) nano-estructuras que se moverán a través de muestras de manera más uniforme.

“Las tecnologías que hacen de la lectura del ADN rápida, barata y ampliamente disponible tienen el potencial para revolucionar la investigación biomédica y anuncia una era de medicina personalizada,” dijo el científico de investigación de IBM Gustavo Stolovitzky. “En última instancia, podría mejorar la calidad de la atención médica mediante la identificación de los pacientes que obtendrán el mayor beneficio de un medicamento en particular y los que están en mayor riesgo de reacciones adversas”.
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Esta entrada fue publicada el Martes 6 de Octubre de 2009 y está archivada bajo las categorías Control Mental, New World Order, Salud.

INFOGUERRA