
El objetivo de la cumbre de Cancún, finalizada ayer, era seguir sosteniendo el mito tras el fracaso estrepitoso de la anterior cita celebrada en Copenhague, en que no fue posible llegar a un acuerdo ante la sensata oposición de las principales economías del planeta. En Cancún tampoco se ha llegado a un pacto concreto sobre la forma en que los países van supuestamente a luchar contra un problema que no sabemos si existe ni, en caso de que sea real, el efecto que todas las medidas coactivas puestas en marcha pueden tener para frenarlo.
En resumen, la cumbre anterior celebrada en Copenhague fue un fracaso estrepitoso ante la ausencia de compromisos concretos para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. En Cancún no se ha alcanzado ningún acuerdo práctico pero, al menos, el proyecto de que las economías nacionales puedan ser reguladas por una cúpula de ungidos convencida de que va a salvar al planeta sigue vivo, a falta de que se pueda concretar definitivamente en alguna cumbre posterior, la primera de las cuales tendrá lugar en Durban.
En una situación de crisis económica global como la que padecemos es incomprensible que los gobiernos dediquen ingentes cantidades de dinero y energías a combatir un supuesto problema sobre el que no hay evidencias científicas claras de su existencia o magnitud, sino más bien todo lo contrario. Desde luego, no están incluidos en esa minoría fanatizada los veinticinco mil participantes en las reuniones de Cancún, bella ciudad mejicana a la que, naturalmente, llegaron en aviones cuyos motores lanzan a la atmósfera las toneladas de gases invernadero que después exigen reducir a los ciudadanos normales bajo pena de multa. Cuando utilicen para sus jaranas la muy "eco-friendly" videoconferencia comenzaremos a prestarles atención.
Libertad Digital - Editorial





