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jueves, 16 de diciembre de 2010

Catalanismo. Por alusiones. Por José García Domínguez

Consuélese el Nobel, pues, pensando que no fue el único en ignorarlo todo acerca del movimiento catalanista que, según parece, acosó sin tregua al dictador en la Barcelona de los setenta.

Escribo este artículo por alusiones. Y es que he de reconocer que también yo estaba allí, o sea aquí, y tampoco me enteré de nada. Como Vargas Llosa, que acaba de ser severamente amonestado por el emérito Pujol a cuenta de parejo episodio autista. Consuélese el Nobel, pues, pensando que no fue el único en ignorarlo todo acerca del movimiento catalanista que, según parece, acosó sin tregua al dictador en la Barcelona de los setenta. Lo confieso, no supe de tal efervescencia insurreccional hasta mucho después, ya con Franco y su régimen difuntos, cuando lo explicaron en la tele.

Por lo demás, que yo apenas acertase a recordar algunas misas en catalán del beaterío local y una pitada contra el colegiado Guruceta en el Camp Nou como supremas hazañas del nacionalismo, poco significaría. Lo malo es que al presidente de la Generalidad en el exilio vino a ocurrirle tres cuartos de lo mismo. Así, al igual que Vargas y que uno mismo, Josep Tarradellas, otro ignaro, nunca tuvo noticia de aquella arriscada resistencia que mantuvo en jaque al Pardo. De ahí que en diálogo con Iván Tubau acreditase su muy honorable estado de inopia como sigue:

  • Las generaciones que hoy tienen la responsabilidad de gobernar el país son unas generaciones frustradas, han fracasado completamente, no han hecho nada.
  • Hay personas que usted tuvo en su gobierno cuando era presidente y que habían pasado años en la cárcel durante el franquismo.
  • ¿Quién?El Guti [Antoni Gutiérrez Díaz, entonces líder del PSUC], sin ir más lejos.
  • Sí, sí, de acuerdo. Lo aprecio y lo quiero mucho. Hay otro que también pasó dos años en la cárcel: Pujol. Dos. No sé si llegarían a media docena. Pero en este país hay seis millones de habitantes. Lo que pasa es que la gente de este país no quiere saber la verdad, quiere que la sigan engañando. Entonces, claro, yo digo estas cosas y se enfadan conmigo.
Por cierto, quien tampoco sentía mayor interés por conocer la verdad era el editor del Grupo Z, que censuró la entrevista, vetando su publicación con tal de no contrariar a Pujol, enfrascado por entonces en asentar los cimientos de lo que Tarradellas bautizó "dictadura blanca" con premonitoria clarividencia. Y ese Vargas, que aún no ha pedido perdón.

Libertad Digital - Opinión

lunes, 11 de octubre de 2010

Vargas Llosa. El erizo y la zorra. Por José García Domínguez

Lo mejor del canon liberal es que el canon liberal no existe. Razón de que puedan –podamos – discrepar en casi todo salvo en la obsesiva defensa del individuo frente al Estado. Sin tregua, como Vargas Llosa.

Es sabido que Jorge Luis Borges se afilió al Partido Conservador con el irrebatible argumento de que un caballero sólo puede militar en causas perdidas. La misma razón, sospecho, por la que Vargas Llosa devino liberal después de desprenderse de las grandes verdades reveladas que ofrecen las ideologías, esas cárceles del pensamiento que se ocultan detrás de la deslumbrante grandilocuencia de la utopía. Así, gracias a Isaiah Berlin acusamos recibo en su día de que en el mundo de las ideas coexisten dos especies irreconciliables: los erizos y las zorras. Vargas Llosa, como todo liberal genuino, pertenece a la segunda categoría.

Y es que, frente a las robustas, pétreas, inamovibles certezas absolutas del erizo, la zorra asume la inabarcable complejidad del universo. De ahí que tras los credos que dejaron atestadas de cadáveres las cunetas del siglo XX siempre hubiese un erizo, algún venerado padre de esos monumentales sistemas filosóficos que exoneran a sus fieles de la ardua labor de pensar. Al tiempo, igual que en el interior de cada zorra mora un escéptico que conoce las lindes de su ignorancia, en cada erizo, de modo invariable, habita un fanático; alguien presto a que corra la sangre llegado el caso; la sangre de los pobres obtusos que se le opongan, huelga decir.

En el fondo, es eso lo que más procede agradecer a un maestro de librepensadores como el Nobel de Literatura: que nos haya mantenido en guardia a fin de no hacer del liberalismo otro nido de erizos, una religión laica más, con sus anatemas, sus dogmas de fe, sus aprioris acerca del mundo, sus ingenieros de almas, sus pequeñas y malolientes ortodoxias, y sus sonrientes unanimidades borreguiles. No se olvide que existen muchas maneras de ser liberal, pero sólo una de ser oveja. En las antípodas de cualquier escolástica, para los verdaderos liberales como Vargas, la suya –la nuestra– es una doctrina que se somete a la realidad en lugar de pretender que sea ella, la realidad, quien se pliegue a sus designios. A fin de cuentas, lo mejor del canon liberal es que el canon liberal no existe. Razón de que puedan –podamos – discrepar en casi todo salvo en la obsesiva defensa del individuo frente al Estado. Sin tregua, como Vargas Llosa.


Libertad Digital - Opinión

El arte de contar. Por Fernando Rodríguez Lafuente)

«Mario Vargas Llosa retoma la concepción de la novela total, de la intrahistoria unamuniana —la historia de la gente, no la de los grandes acontecimientos de los manuales— y del curso lateral de la memoria, los tres elementos decisivos sobre los que se levanta esa sólida arquitectura literaria»

EL hecho misterioso de la literatura, así lo recordaba Borges en sus conversaciones, es que lo surgido de la imaginación de un escritor se convierta en la memoria de otro, el lector. No hay mayor don. Es algo mágico, extraño y extraordinario. Que los personajes creados, retratados por la rara alquimia de las palabras tomen vida en la mente de un lector anónimo e invisible, hasta transformarse en seres vivos, en nombres que la memoria recrea con mayor firmeza y presencia, casi física, que los reales. Pocos escritores lo poseen desde Homero.

En el siglo XX, los nombres que se han inscrito en hecho tan admirable forman parte de una estela imborrable: el John Marlowe de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, el Hans Castorp de La montaña mágica de Mann, el Leopold Bloom de Ulises de Joyce, el Gregorio Samsa de La metamorfosis de Kafka, el Swann de En busca del tiempo perdido de Proust, el Príncipe Salina de El Gatopardo de Lampedusa, el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno de Salinger, o el Zavalita, entre tantos otros, de Conversaciones en la catedral de Vargas Llosa. Personajes que tienen ya un lugar en la historia, y en la memoria de millones de lectores que los han alzado al secreto altar de lo más íntimo. Mario Vargas Llosa ya pertenecía a ese distinguido club de escritores, y ahora reconocido por ello con el máximo galardón literario, el Premio Nobel. Un acto de justicia que nunca llega tarde. Un premio a la constancia, a la sabiduría, a la sensibilidad, al sentido y a la voluntad. Vargas Llosa, más allá de su enorme condición de ensayista y hacedor de una obra intelectual imponente, es un fabulador, un contador de historias, un novelista que ha traducido en palabras lo más inquietante de la naturaleza humana. La búsqueda de los extraños laberintos urdidos en el interior de los personajes; unos errantes nombres perdidos en la maraña sin orden de una historia común que los desborda. Ya escribió Paolo Fabri que «es muy difícil ser contemporáneos de nuestro presente», pero contar el presente, en los términos precisos de una literatura plenamente contemporánea es el hallazgo del autor de La ciudad y los perros. Una literatura sin ambages ni retruécanos, sin falsa imposturas ni alambiques retóricos, con la prosa desbordante del Tirant lo blancde Martorell, con la melancolía desgarrada de Cervantes, con la psicología perturbada de Flaubert, con la claridad zigzagueante de Azorín, con los ambientes sórdidos y luminosos de Juan Carlos Onetti, pero, sobre todo, con la torrencial capacidad fabuladora de Joseph Conrad. Una capacidad plena de complejidades, de geografías en sombra, de fogonazos impertinentes que muestran y subrayan la soledad de un personaje ante la adversidad, la ambigüedad y el desasosiego, que el desesperado y errático siglo XX ha marcado en cada uno de ellos.


Para Mario Vargas Llosa, y él mismo ha recordado a menudo una advertencia de Ortega generadora de lo más profundo de su obra, «la historia es la realidad del hombre, no tiene otra», y con su obra el lector ha descubierto que, además, como señalara el historiador Henze, «la historia no tiene guión»; que, ante el espejo de la realidad, sin orden ni destino, la interpretación de unos hechos adquiere su mayor dimensión si la ficción se entromete para narrarlos con mayor profundidad, con mayor sentimiento, con mayor libertad. Es, sí, La verdad de las mentiras, un ensayo publicado por Vargas Llosa en 1990 en el que ya se reconocía el poder insoslayable de la novela como un género que dice verdad cuando todo es mentira. Si cabe entender, y cabe, que «cada autor inventa su público y crea su posteridad (…) y la escritura es lo otro, encarna el allá lejos y el cómo» (Adolfo Castañón), la obra literaria de Mario Vargas Llosa constituye un sólido edificio de arquitectura deslumbrante en el que la historia y la ficción han ocupado los salones más exquisitos de tan rotunda residencia en la tierra. Vargas Llosa no sólo ha creado un lector en español, y en múltiples lenguas, sino que ha indagado, con la precisión de un entomólogo chino —si se permite el private jokes borgiano—, en las más extrañas de las ambigüedades de la realidad contemporánea, siempre un punto más allá de lo que las aristas del presente presumen: siempre en el sugestivo ámbito liberal y libertario del quizá y el cómo. El vaporoso territorio de la memoria, el laberíntico y «mogollante» (Lezama Lima) trazo del tiempo, la recreación de unos fotogramas surgidos en la neblinosa y descorazonadora mirada hacia lo que pasó. Sus máximos ejemplos, además de los citados, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, a los que apunta, en idéntica genealogía, su próxima entrega, El sueño del celta. Es decir, «la novela como historia privada de las naciones» (Balzac). A lo largo de sus miles de páginas, el lector, siempre el centro de su intención literaria, asiste a lo que ocurre dentro y fuera de cada uno del centón de personajes que componen esta sinfonía, esta danza macabra de la existencia, esta contemporánea y carnavalesca danza de la muerte. Historia y ficción entran y salen, ante los ojos de un lector entregado ya a la trama sin fin, con la movilidad, con la ligereza, con la ágil descripción de unos acontecimientos, de unos interiores dibujados casi de perfil; son páginas en las que se mezclan y alternan las más granadas chispas periodísticas con el detonante de las descripciones precisas y concisas; los datos contrastados, examinados, investigados y las fechas implacables, con el documento histórico, el testimonio oral y escrito, la recreación ensoñadora y la música popular. ¿Qué hay en la novela que obligue al lector a olvidar las horas; que le nuble los contornos del lugar elegido para leer, que le haga sentirse dentro, y fuera a la vez, a la manera del espectador orteguiano, de cuanto ocurre en las páginas?

Como el propio Vargas Llosa confesara, la labor de reconstrucción histórica, el minucioso detalle, la irrupción en el extraño interior de cada uno le permite al novelista «mentir con conocimiento de causa». Claro que las novelas mienten, pero mintiendo expresan una curiosa verdad, la verdad de las mentiras, que sólo bajo la máscara —no olvide el avezado lector que «la máscara no engaña, subraya» (Malraux)— puede expresarse; llegar al íntimo rincón donde ningún documento lograra; bajo el disfraz de lo que no es, surge esa curiosa verdad disimulada, encubierta. El arte de contar. La magia de narrar. Mario Vargas Llosa retoma la concepción de la novela total, de la intrahistoria unamuniana —la historia de la gente, no la de los grandes acontecimientos de los manuales y de los periódicos— y del curso lateral de la memoria, los tres elementos decisivos sobre los que se levanta esa sólida arquitectura literaria. Un portento. La siempre visitada casa de la ficción que, como señaló, Henry James, «tiene un millón de ventanas». De las que asoman esos personajes creados para recordar que si la historia no tiene guión, al menos tiene memoria y tiene sentido. Misterioso, libre y fascinante; es decir, literario.


ABC - Opinión

sábado, 9 de octubre de 2010

El ciudadano Vargas Llosa. Por M. Martín Ferrand

A Vargas Llosa hay que subirle al pedestal de las admiraciones por su exquisita cortesía.

DICE Mario Vargas Llosa, como abrumado por la concesión del Premio Nobel, que se trata de «un reconocimiento a la lengua en la que escribo». Es una elegante manera de sacudirse el peso de la púrpura y de compartir la gloria con los demás. Son incontables los majaderos que escriben en español con gran torpeza y, más todavía, si incluimos en la lista a quienes lo hacen en castellano. Pero no es del escritor de quien quiero hablar en esta columnilla. Desde que le conocí en La ciudad y los perrosno he dejado de leerle por ver si se producía el milagro del contagio en el uso magistral de la prosa; pero son muchos, mejor cualificados que yo, quienes en estas horas glosan su dimensión literaria y hasta la rara circunstancia de que la Academia Sueca le haya acogido en su regazo después de haberle cerrado el paso a Jorge Luis Borges, la otra gran pluma americana sin marxismo en el tintero.

Además de un inmenso escritor, Vargas Llosa es un ejemplo de ciudadanía y, tal y como están los tiempos, no debiera desaprovecharse la ocasión para presentárselo como modelo a la juventud de dos continentes. Cuando la ética es un concepto de escaso sentido y los valores tradicionales, libertad incluida, son puestos en cuestión; cuando se clama por los derechos, que es lo que se estila, los deberes adquieren la dimensión de lo escaso y el gran encanto de este peruano universal que nos honró al adquirir la nacionalidad española reside en que es un muestrario vivo de esos deberes y como deben cumplirse.

El nuevo Nobel y ya veterano Príncipe de Asturias supo, cuando las circunstancias lo exigían, traspasar su compromiso ideológico a la acción política y, con sacrificio y riesgo, optó a la presidencia del Perú. No son muchos quienes han lucido esa capacidad de renuncia y resultan todavía más escasos quienes, en la cotidianidad y con la máxima sencillez, dan muestras de lo que los clásicos llamaban buena educación y es el compendio reverencial del respeto a los demás. Aunque nunca hubiera escrito una línea, a Vargas Llosa hay que subirle al pedestal de las admiraciones por su exquisita cortesía, algo que no es anacrónico, ni mucho menos; pero que nos resulta raro por infrecuente, porque la áspera zafiedad ha ocupado su sitio en los gestos de la convivencia. La delicada compostura del escritor es la encarnación modélica y actual del antañón hidalgo. Personajes como él, tan geniales como cabales, justifican y retribuyen en más del ciento por uno el esfuerzo y la inversión que hizo España en la mal llamada América colonial. Propongo que su fotografía ilustre el concepto ciudadano en las futuras enciclopedias.


ABC - Opinión

Mario. Por Alfonso Ussía

Muy de cuando en cuando, el jurado del Nobel de Literatura acierta. El gran idiota de Oliver Stone ha sido el primero en escupir su envidia sectaria. Pregunta que quién ha leído a Vargas Llosa. Millones de personas en todo el mundo. Es el sumo sacerdote del idioma español, con un talento literario tan hondo como variado. «La Ciudad y los Perros», ahí va eso. Y en plena juventud. Se elimina importancia a «Pantaleón y las Visitadoras» que es un genial hallazgo. Y «Conversación en la catedral», para muchos su mejor novela hasta que apareció, como un milagro rotundo, «La Fiesta del Chivo», su obra maestra, su retrato. «La Fiesta del Chivo», es como un Rembrandt, un Velázquez o un Rafael. El trópico caribeño, la crueldad infinita, la cobardía, y la tragedia revivida de Urania Cabral.

Vargas Llosa, la referencia de la libertad, el azote de los poderosos, los tiranos, los codiciosos y los torturadores. «La Tía Julia y el Escribidor», de sus tiempos progres. Demasiado Barral, aquel gran esnob de la «Gauche Divine» barcelonesa. Y la respuesta de la tía Julia, «Lo que Varguitas no dijo», tan lejana al talento. Se presentó a la presidencia de Perú para regenerar sus raíces, y los peruanos eligieron a un japonés, que salió ladrón y asesino. El japonés le quiso robar la nacionalidad y España se la concedió. Como español es académico de la RAE. Lima, Nueva York, París, Londres, Madrid... Vuela el genio de un lado a otro, quizá desarraigado, quizá inquieto, quizá lo uno y lo otro. Pero él es Perú.


Intervine en la adaptación teatral de «Pantaleón y las Visitadoras», con Juancho Armas. La dirigió Gustavo Pérez-Puig con Mara Recatero. A Mario le gustó más que a los autores. «Es muy complicado encerrar una novela amazónica en un escenario». Siempre generoso. Los genios no son distantes, pero sí imprevisibles. Mario Vargas Llosa no se casa ni con Dios. Inteligencia, finura, humor y dureza. Y siempre asequible. Como lo era Cela, como no lo son los tostones inventados por el retroprogresismo.

Me alegra el dolor de los envidiosos. Me consuela pensar en la bilis de Gabo, de los Castro, de Chávez, de los «perfectos idiotas» de por allí y de por aquí. El maestro de la metáfora. El narrador invencible, porque sus palabras vencen siempre a quienes las leen con recelo o con la distancia propia de los imbéciles. Genialidad literaria y referencia de la libertad. Nada menos, y reunidas, la genialidad y la referencia, en una misma persona. Un peruano de Arequipas. Un español acogido. Un inglés en sus maneras. Un francés en su rigor. Un neoyorquino en su cosmopolitismo. Pero ante todo, América y la libertad desde el talento.

Los miembros del jurado del Nobel de Literatura se reunieron, por esta vez, en estado de recomendable sobriedad. Se lee la relación de los últimos treinta premiados, y exceptuando a cinco o seis, la lista produce risa. Saldrán en los próximos días las víboras envidiosas.

Disfrutaremos con ellas y sus vilezas. Los premios alegran por recibirlos y por lo mucho que molestan a los mediocres. El Nobel de Mario Vargas Llosa lo recibimos todos sus lectores, contados por millones. Las víboras están coléricas. Qué amable, sosegada y abrazadora felicidad.


La Razón - Opinión

«Varguitas», el primero de la clase. Por J. J. Armas Marcelo

«El joven “Varguitas” entendió que la excelencia de la escritura literaria a la que aspiraba exigía mucho sacrificio, mucha dedicación, mucha rutina: ese era el camino y a él se sometió como un obrero que asiste todos los días a su trabajo».

CARLOS Barral o Carlos Fuentes (todavía se disputa ese privilegio) lo nombraron «El Cadete». No sólo porque había escrito «La ciudad y los perros» (el mundo que conoció precisamente de «cadete», en el Colegio Militar Leoncio Prado), sino porque era el más joven del «boom» de la novela latinoamericana de los 60. Después del Leoncio Prado, y ya en el periodismo, Vargas Llosa era para todos «Varguitas», el primero de la clase. Quería ser Flaubert desde muy joven, soñaba y escribía novelas fumando como un poseso, y por la noches, con una jauría de tribuletes limeños comandados por Carlos «Coco» Meneses, visitaba hasta el amanecer los burdeles del puerto del Callao. Ya vivía literariamente: todo lo pasaba por el filtro del novelista que quería ser de mayor. Era muy joven, muy atractivo, bailaba muy bien y era, en fin, el primero de la clase. Era sartreano, aunque de mayor supo ver la luz y se hizo de Albert Camus. Y leyendo y escribiendo, siguió soñando con llegar a ser Flaubert, su modelo literario y estético. Según Vargas Llosa, aunque nunca he llegado a creérselo, el joven «Varguitas» supo desde el principio que escribir bien era muy difícil, pero al mismo tiempo entendió que la excelencia de la escritura literaria a la que aspiraba exigía mucho sacrificio, mucha dedicación, mucha disciplina, mucha rutina: ese era el camino y a él se sometió como un obrero que asiste todos los días a su trabajo. No en vano Carlos Barral, su editor y descubridor, dijo de «Varguitas», cuando ya iba camino de ser Vargas Llosa, que era el único escritor que conocía que trabajaba como un obrero a destajo y vivía como un burgués.

Un día de principios de los 70, lo visité en su casa de la calle Osio, en el barrio de Sarriá, Barcelona. Comimos en la cocina y luego nos sentamos a hablar de literatura en la sobremesa. A las cuatro en punto de la tarde, me dijo que lo sentía mucho pero que tenía que ponerse a escribir. «Me llama el trabajo», me dijo, «tú puedes quedarte aquí, leyendo, hasta las ocho, que termina mi jornada, y después seguimos hablando». Me pasé cuatro horas leyendo unos relatos de Juan Benet, que tenía encima de la mesa del salón, y tomando café colombiano puro que Patricia me servía en tazones, uno detrás de otro, con la sana intención de que no me durmiera antes de que volviera de escribir «Varguitas». A las ocho y unos minutos, entró de nuevo sonriente y nos fuimos a cenar a un italiano, el «Portofino», donde no dejó de hablar de literatura ni un solo momento. Aquel tipo, «Varguitas», era un verdadero animal de escritura literaria, su vocación era su vicio —la escritura literaria, precisamente— y su vicio era su gran pasión, a la que rendía culto de latría de una manera brutalmente exclusiva y excluyente. Seguía siendo muy atractivo, hablaba y escribía cada vez mejor, la gente comenzaba a leerlo y a saludarlo con admiración por la calle. Lo asediaban mujeres muy bellas, ya no bebía ni una copa de alcohol, detestaba la bohemia y había dejado de fumar para siempre, porque se había convencido de que todos esos vicios eran no sólo malos para la salud sino, sobre todo, para la literatura.

D Jorge Edwards me contó que en esa época era muy difícil discutir con él, con «Varguitas», sobre todo de literatura porque defendía sus puntos de vista y sus criterios como si le fuera la vida en esa trifulca, con argumentos de guerra si era preciso y sin dar nunca su brazo a torcer. Era insaciablemente literario, decía escribir ocho horas diarias al margen del mundo y hablaba de Flaubert como si hablara de un dios antiguo e indestructible. Cuando vivía en París, fue a conocerlo Carlos Barral. Comieron, hablaron, se hicieron amigos, pero a las cuatro de la tarde, en lo mejor de la conversación, mientras el editor y poeta bebía tragos de vodka interminables y «Varguitas» un vaso de leche, el novelista se levantó de su asiento y le dijo a Barral que lo sentía mucho pero que tenía que ponerse a escribir. Lo invitó a dormirse una siesta en el sofá de su casa de la rue Tournon y el editor aceptó. Minutos más tarde, Barral comenzó a escuchar, entre las brumas del alcohol vespertino, el traqueteo imparable de su máquina de escribir. Después, sonó el timbre. La máquina cesó de escribir. Oyó los pasos del novelista y l oyó abrir la puerta. «Hola», saludó «Varguitas», «pasa…, aunque estoy escribiendo…». Barral oyó entonces cómo se cerraba la puerta, oyó el ruido de unos tacones de mujer joven sobre el piso de madera, pasos que seguían a los del escritor. Y, unos segundos más tarde, la máquina de escribir recomenzó su trabajo. Barral estaba perplejo. Intentó poner la oreja, pero la máquina seguía echando palabras sobre el papel de manera incesante. Un poco más tarde, la máquina paró un segundo y Barral oyó la voz peruana del novelista: «¿Qué haces así desnuda? ¡Vístete, que te vas a constipar!». Y la máquina volvió a sonar sobre el papel. Después, muy poco después, Barral oyó los tacones de la muchacha caminando con prisa hacia la puerta de salida e, inmediatamente, un portazo. El editor no salía de su perplejidad, pero la máquina de escribir seguía echando humo y quemando palabras como una locomotora del viejo Oeste quemaba madera mientras avanzaba por la pradera interminable. A las ocho de la tarde, cuando «Varguitas» terminó su trabajo y Barral, todavía soñoliento, le preguntó que si había entrado alguna mujer en la casa o él lo había soñado, el novelista le contestó imperturbable. «Sí, hombre, es una muchacha hermosísima, pero ¿qué quieres que hiciera? Yo estaba escribiendo…». El tipo era insobornable, insoportable, intransitable, impermeable incluso a la más elegante belleza femenina porque, claro, ¡estaba escribiendo!
Hace menos de tres años, caminando los dos por una céntrica calle de Estocolmo, le señalé la fachada del teatro donde entregan los Nobel. «Ahí es», le dije. «Ya se pasó el tiempo, nunca me lo darán», me contestó. «Pero ¿tú nos has visto con qué arrobo te miraban ayer los viejos académicos en la fiesta del embajador Garrigues? Esto cae más temprano que tarde, aunque sea para ti más tarde que temprano», le contesté. Ese mismo día, los grandes rotativos de Estocolmo y de toda Suecia se hacían eco de la visita de Vargas Llosa con titulares que reclamaban el Nobel de Literatura «para el gigante de la novela del siglo XX y del XXI». En la tarde, durante un pequeño crucero que hicimos por las islas suecas, le dije a Nuria Amat mientras los dos observábamos aquel mar frío: «Está hecho, aunque él no se lo cree».

El jueves pasado, a la una menos dos minutos de la tarde, un amigo sueco muy informado me llamó desde Estocolmo para que me enterara uno de los primeros de que «Varguitas» por fin era el Nobel de Literatura. Yo estaba en Tenerife, una hora menos, cerca del Teide. Abrí una botella de Taittinger bien fría y brindé mirando al Atlántico con mi copa hasta el borde. Había ganado la literatura. Y me acordé de lo que Octavio Paz había dicho cuando Vargas Llosa perdió las elecciones presidenciales de su país frente a un delincuente que ahora está en la cárcel: «Lo siento por el Perú; me alegro por Vargas Llosa». Y yo también.


J. J. Armas Marcelo, es escritor y Director del Foro Literario «Vargas Llosa».

ABC - Opinión

viernes, 8 de octubre de 2010

Un Nobel merecido. Por José María Carrascal

En casos como éste, es el escritor quien honra el premio y no a la inversa, como suele ocurrir.

DE tanto en tanto, la Academia Sueca acierta y premia a un auténtico escritor. Como en 2010, que ha otorgado el Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa. En casos como éste, es el escritor quien honra el premio y no a la inversa, como suele ocurrir.

Lo más atractivo de su obra es la perfecta simbiosis de clasicismo y modernismo. Contiene todos los elementos de la novela del siglo XIX, con todas las técnicas innovadoras del XX. El resultado es pura dinamita, digamos en honor del descubridor de la misma y mecenas del premio. Vargas Llosa no se limita a experimentar con el lenguaje, aunque experimenta; ni a contarnos una historia, aunque nos la cuenta; ni a repetir lo ya contado en otro tono, porque siempre encuentra algo distinto en un tono diferente. Camina a grandes zancadas sobre el espacio y el tiempo, sobre la infancia y la vejez, sobre el amor y el odio, sobre la vida y la muerte, sin olvidar nada y sin detenerse ante nada, como un huracán que soplase desde los mismos orígenes de la creación. Desde aquella sacudida que nos dio con «La ciudad y los perros» hasta hoy, Vargas Llosa no ha dejado de asombrarnos y conmovernos. A veces da la impresión de que él mismo es incapaz de controlar su capacidad creadora, que entierra la anécdota en relato universal y nos devuelve al origen de las pasiones, a la raíz del pensamiento, a la patria original, en la que todos los hombres somos hermanos y rivales, como su prosa, exquisita y bárbara, matemática y poética. Nos sorprende sin pretenderlo, nos fascina sin buscarlo.


Todos los novelistas escriben en el fondo su autobiografía, más o menos enmascarada. Pero en Vargas Llosa esa interrelación es tan estrecha, tan dinámica, tan profunda, que podemos adivinar cuál va a ser su próxima novela, vigilando lo que está haciendo. Sobredimensionando la realidad, como corresponde a los verdaderos creadores, Vargas Llosa se olvida muy pronto de su yo, para pensar en nombre de todos, encadena las pasiones particulares, para convertirlas en pasión universal, eleva, en fin, la anécdota a categoría. Con lo que su biografía, sea en un colegio militar, en el primer amor, en la selva o en una campaña electoral, se transforma en gran fresco de nuestra época. Sin perder nunca el norte ni olvidar nunca su compromiso con el hombre. Mario Vargas Llosa no ha tenido nunca miedo a defender aquello en lo que cree. Es lo que le hace ser algo más que un simple escribidor, como el gusta llamarse, para convertirse en una gran persona, algo que vale más que todos los nobeles, aunque bienvenido sea éste, pese a su retraso. Si fuese de izquierdas en vez de ser liberal, hace mucho tiempo que lo hubieran dado.

ABC - Opinión

Nobel. Vargas Llosa o la búsqueda de bienes en común. Por Agapito Maestre

Es el mayor crítico de la utopía social de nuestro tiempo, el retrato crítico del revolucionario profesional, del violento con buenas intenciones, es insuperable.

La obra de Vargas Llosa está llena de pensamiento genuinamente crítico. La rabia ideológica y la inquina partidaria son ajenas a su literatura. Sus narraciones rara vez confunden la elocuencia con la autenticidad de la vida. Rehúye tanto la prédica como el didactismo. El gusto por lo brillante y lo descomunal, la retórica y el abuso del lenguaje, rasgos comunes a una buena parte de la literatura hispanoamericana, no pasan ni de lejos por la obra de Vargas Llosa. Su capacidad de crítica es insobornable. El pensamiento del hispano-peruano nunca claudica ante el amor que siente por la palabra, la otra cara de la literatura. Vargas Llosa, lector sagaz del gran Azorín, nos ha enseñando que la primera y mayor responsabilidad del escritor es con la literatura misma.

La literatura sigue siendo la mayor contribución de la humanidad al proceso de creación de racionalidad pública. La búsqueda de bienes en común es la máxima preocupación del nuevo premio Nobel. Pocos autores hay en el mundo comparables a Vargas Llosa, pocos han contribuido tanto como él a la comprensión del mundo a través de la literatura. Después de Alfonso Reyes y Octavio Paz, creo que la obra, la vida y la personalidad de Vargas Llosa en conjunto es la más representativa de la cultura hispánica para la universal. Literato y crítico literario, variedad de géneros e indiferenciación genérica de muchas de sus creaciones, preocupación por el estilo y el pensamiento, voluntad humanista y una vida profesional de servicio público son las principales cualidades que, en mi opinión, adornan a quien ha hecho de su oficio su principal responsabilidad.

Literato total. Su arte mira tanto al corazón como a la conciencia. Porque su mayor preocupación es el hombre concreto, el hombre, desprecia al modo liberal las ortodoxias y las abstracciones; es el mayor crítico de la utopía social de nuestro tiempo, el retrato crítico del revolucionario profesional, del violento con buenas intenciones, es insuperable. Mario Vargas Llosa, grandioso novelista, nos hace disfrutar y nos exhorta a buscar bienes en común. También yo saludo en él, como dijera Octavio Paz, a la rara síntesis de la imaginación literaria y la moral pública.


Libertad Digital - Opinión

Nobel descontado. Por Ignacio Camacho

Vargas Llosa es el escritor puro, total, arrebatado, entregado a la literatura como pasión insaciable y redentora.

HAY escritores que llevan en su bolsillo el Nobel como los soldados de Napoleón llevaban en la mochila el bastón de mariscal. De un modo innato, esencial, inherente a su fama, a su universalidad y a su talento. Mario Vargas Llosa es uno de ellos. Olía a Nobel desde que hace cincuenta años irrumpió en el boom latinoamericano con el relato crudo, seco, cortante de aquel colegio militar limeño en cuya atmósfera de crueldad iniciática biseló su propia identidad de escritor puro, total y arrebatado, entregado a la literatura como una pasión insaciable y redentora. Y desde entonces no ha hecho sino ganar y engrandecer cada día, con la disciplina flaubertiana de una vocación incansable, el premio moral de un prestigio tan inmenso que ha terminado condecorando él mismo a esa errática Academia que al fin ha decidido, entre tanteos multiculturales y agasajos de corrección política, hacerse un poco de justicia a sí misma.

Vargas Llosa es el paradigma contemporáneo del oficio de escribir, adornado además con una personalidad social arrolladora y un compromiso ético e ideológico. Brillante, culto, educado, versátil, seductor, mediático; gran conversador políglota de verbo hipnótico y prosodia envolvente; ensayista riguroso y articulista ameno; lector profundo y constante, de una curiosidad abismal; hombre de cortesía antigua, dueño de una elegancia intelectual acorde con su porte físico de señorial patricio cosmopolita; pero sobre todo dominador absoluto, portentoso, del oficio de escribir, de la técnica narrativa, de la voluntad de estilo, del secreto de la expresión certera y del esplendor de un idioma que conoce y maneja hasta en sus más íntimos recovecos, hasta en su más prolija diversidad geográfica a ambos lados del Océano. Escritor constante, metódico, ordenado, preciso, laborioso, radical, iluminado en su tenacidad por los relámpagos de la excelencia y del talento. Un demiurgo capaz de cartografiar en la soledad de su escritorio —yo lo he visto a veces aplicado en su cuaderno, ya en pleno esplendor de notoriedad popular, aislado del ambiente en la mesa de un céntrico café de Madrid— no sólo el mapa humano del poder que ha destacado el Comité del Nobel sino todo el genoma moral de la especie, que ha sabido encerrar entre los muros de una arquitectura novelística omnímoda, polifónica, potente, vigorosa y coral.

Por todas esas razones era —como antes Borges o Baroja, como ahora aún Kundera, Auster o Wolfe— un Nobel in pectore al que sólo se podían permitir ignorar los hieráticos miembros de la Academia de Estocolmo, encerrados en su burbuja de equilibrios geopolíticos y cuotas de minorías raciales. Ayer, cuando la noticia saltó en la prensa online y los noticiarios, sus lectores sentimos la sorpresa de una cosquilla de dèja vu. Porque aunque increíblemente aún no lo tenía, la mayoría de nosotros ya se lo había descontado.


ABC - Opinión

Vargas Llosa. Zavalita vive. Por Cristina Losada

Es éste un Nobel a celebrar por muchos motivos y que no gustará a los sectarios. Un Nobel, en fin, que sentimos como nuestro.

Nunca he sabido qué genios –no es ironía– organizaron aquel desembarco de escritores, pero el célebre boom latinoamericano nos dejaría vinculados de por vida al universo cultural que nos fue descubriendo. Para el lector español de entonces, a caballo entre los sesenta y los setenta, fue un acontecimiento gozoso y un festín interminable. Llegaban uno tras otro o juntos y revueltos y se acudía a la librería con la emoción del explorador que recorre un nuevo continente. Más, si se era adolescente e impresionable. Eran tantos, ¿de dónde habían salido? Cortázar, Carpentier, Lezama Lima, García Márquez, Cabrera Infante y con ellos Borges, Bioy, Sábato y los que me dejo en el tintero. Uno de los primeros en deslumbrarnos fue Vargas Llosa con su Conversación en La Catedral, que situaría a Perú en nuestro mapamundi.

Mira que les dimos vueltas. Puede que a la edad en que los leímos no fuéramos capaces de apreciar su justo valor. Puede que muchos de ellos resulten hoy ilegibles. Pero no me cabe duda de que aquella eclosión literaria nos nutrió de modernidad y cosmopolitismo cuando más necesitábamos de ambos. Estaban en nuestra vecindad. Moldearon nuestro gusto y propiciaron encuentros y desencuentros. "¿En qué momento se jodió el Perú?", la pregunta que se hacía Zavalita, se convirtió en contraseña generacional. Eran tiempos de guerrillas, terrorismo, utopías revolucionarias y revitalización paradójica del marxismo entre los adoquines del sesenta y ocho. Otra vez, como en los años treinta, intelectual y escritor eran sinónimos de simpatizante del comunismo y, desde luego, de izquierda. Pero Vargas Llosa, que había pertenecido a ese mundo, no se quedó entre los muros del pensamiento único.

En contraposición a García Márquez, todavía fiel escolta de la dictadura de los Castro, emprendió un viaje político que le llevaría al liberalismo. Se enfrentó a las doctrinas mesiánicas y los antiamericanismos de venas abiertas que han hecho estragos en Latinoamérica. No lograría la presidencia del Perú, pero contribuyó a la emergencia de una corriente de opinión que acabó con el monopolio detentado por la izquierda y subproductos delirantes. Tampoco hay que olvidar, tratándose de un escritor que residió largos años en Barcelona, su firme oposición al nacionalismo catalán, que le detesta, como es costumbre de fanáticos. Es éste un Nobel a celebrar por muchos motivos y que no gustará a los sectarios. Un Nobel, en fin, que sentimos como nuestro.


Libertad Digital - Opinión

Autocrítica. Por Mario Vargas Llosa

Por su oportunidad e interés reproducimos este artículo autobiográfico de Mario Vargas Llosa publicado en la Tercera de ABC el 17 de marzo de 1979.

Los seis cuentos de «Los jefes» son un puñado de sobrevivientes de los muchos que escribí y rompí cuando era estudiante, en Lima, entre 1953 y 1957. No valen gran cosa, pero les tengo cariño porque me recuerdan esos años difíciles en los que, pese a que la literatura era lo que más me importaba en el mundo, no me pasaba por la cabeza que algún día sería, de veras, escritor.

Me había casado muy joven y mi vida estaba asfixiada de trabajos alimenticios, además de las clases universitarias. Pero, más que los cuentos que escribí a salto de mata, lo que guardo en la memoria de esos años son los autores que descubrí, los libros queridos que leí con esa voracidad con que uno se envicia de literatura a los dieciocho años. ¿Cómo me las arreglaba para leer con los trabajos que tenía? Haciéndolos a medias o muy mal. Leía en los ómnibus y en las aulas, en las oficinas y en la calle, en medio del ruido y de la gente, parado o caminando, con tal de que hubiera un mínimo de luz. Mi capacidad de concentración era tal que nada ni nadie podía distraerme de un libro (he perdido esa aptitud). Recuerdo algunas hazañas: «Los hermanos Karamazov», leído en un domingo; la noche en blanco con la versión francesa de los «Trópicos», de Henry Miller, que un amigo me prestó por unas horas; el deslumbramiento con las primeras novelas de faulkner que cayeron en mis manos —«Las palmeras salvajes», «Mientras agonizo», «Luz de agosto»—, que leí y releí con papel y lápiz, como libros de texto.


Esas lecturas impregnan mi primer libro. Para mí es fácil reconocerlas ahora, pero no lo era cuando escribía los cuentos. El más antiguo, «Los jefes», en apariencia recrea una huelga que intentamos en el colegio San Miguel, de Piura, los alumnos que regresábamos y en la que fracasamos merecidamente. Pero, en realidad, es un eco desafinando de «L'Espoir», de Malraux, que iba leyendo mientras lo escribía.

«El desafío» es un cuento memorable, pero por razones que no pueden compartir los lectores. Una revista parisiense de arte y viajes —«La revue française»— dedicó un número al país de los incas y con este motivo organizó un concurso de cuentos peruanos cuyo premio era nada menos que un viaje a París de quince días, con alojamiento en un hotel, El Napoleón, desde cuyas ventanas se veía el Arco del Triunfo. Naturalmente, hubo una epidemia de vocaciones literarias en el territorio nacional y acudieron al concurso centenares de cuentos. Se me acelera de nuevo el corazón cuando veo entrar a mi mejor amigo al altillo donde yo escribía noticiarios para una radio a decirme que «El desafío» había ganado el premio y que París me esperaba con banda de música. El viaje fue verdaderamente inolvidable y estuvo lleno de episodios más divertidos que el cuento que me lo brindó. No pude ver a Sartre, mi ídolo del momento, pero sí a Camus, a quien con tanta audacia como impertinencia abordé a la salida del teatro donde ensayaba una reposición de «Les Justes» y le infligí una revistilla de ocho páginas que sacamos en Lima tres amigos (me sorprendió su buen español). En El Napoleóndescubrí que mi vecina de pasillo era otra laureada, que disfrutaba también de quince días gratis de hotel —Miss France 1957— y pasé mucha vergüenza cuando, en el restaurante del hotel, Chez Pescadou, donde entraba de puntillas temeroso de arrugar la alfombra, me alcanzaron una red y me indicaron que debía pescar en el estanque del comedor la trucha que, por pura ignorancia, había señalado en el menú.

Me gustaba Faulkner, pero imitaba a Hemingway. Estos cuentos deben mucho también al legendario personaje que, en esos años, precisamente, vino al Perú a pescar delfines y cazar ballenas. Su paso nos dejó un relente de historias aventureras, diálogos parcos, descripciones clínicas y datos escondidos al lector. Hemingway era una buena lectura para un peruano que comenzaba a escribir hace un cuarto de siglo: una lección de sobriedad y objetividad estilísticas. Aunque había pasado de moda en otras partes, entre nosotros todavía se practicaba una literatura de campesinas estupradas por ignominiosos terratenientes, escrita con muchas esdrújulas, que los críticos llamaban «telúrica». Yo la odiaba por tramposa, pues sus autores parecían creer que denunciar la injusticia los eximía de toda preocupación artística y hasta gramatical; y, sin embargo, compruebo que ello no me impidió quemar incienso en ese altar, porque el hermano menor incurre en tópicos indigenistas, condimentados, tal vez, con motivos procedentes de otra de mis pasiones de la época: los «western» cinematográficos.

«El abuelo» desentona en este conjunto de historias adolescentes y machistas. También él es residuo de lecturas —dos bellos libros perversos de Paul Bowles: «A delicate prey» y «The sheltering sky»— y de un verano limeño de gestos decadentes: íbamos al cementerio de Surco a medianoche, adorábamos a Poe y, en espera de hacer algún día satanismo, nos consolábamos con el espiritismo. A la médium, pariente mía, las almas le dictaba todos los mensaje con idénticas faltas de ortografía. Eran noches intensas y desveladas, pues las sesiones, aunque nos dejaban escépticos sobre el más allá, nos encrespaban los nervios. A juzgar por «el abuelo» fue sabio no insistir en el género malévolo.

El cuento de «Los jefes» al que le perdonaría la vida es «Día domingo». La institución del «barrio» —fraternidad de muchachas y muchachos con territorio propio, espacio mágico para el juego humano que describió Huizinga— es ya obsoleta en Miraflores. La razón es simple: los jóvenes de la clase media limeña tienen ahora, desde que dejan de gatear, bicicletas, motocicletas o automóviles que los traen y llevan a gran distancia de sus casas. Así, cada cual arma una geografía de amigos cuyas curvas se ramifican por la ciudad. Pero hace treinta años solo teníamos patines que apenas nos permitían dar vueltas a la manzana y ni siquiera los que llegaban a la bicicleta iban mucho más lejos, pues las familias se lo prohibían (y en esa época se las obedecía). Así, los muchachos y muchachas estábamos condenados a nuestro «barrio», prolongación del hogar, reino de la amistad. No hay que confundir al «barrio» con el gangnorteamericano —masculino matonesco y «gasteril»—. El «barrio» miraflorino era inofensivo, una familia paralela, tribu mixta donde se aprendía a fumar, a bailar, a hacer deportes y a declararse a las chicas. Las inquietudes no eran demasiado elevadas: se reducían a divertirse al máximo cada día feriado y cada verano. Los grandes placeres se llamaban correr olas y jugar «fulbito», bailar con gracia el mambo y cambiar de pareja cada cierto tiempo. Acepto que éramos bastante estúpidos, más incultos que nuestros mayores —que ya es decir— y ciegos para lo que ocurría en el inmenso país de hambrientos que era el nuestro. Eso lo descubriríamos después, y también la fortuna que significaba haber vivido en Miraflores y tenido un «barrio». Y, retroactivamente, llegaríamos en un momento dado a sentir vergüenza. También eso era estúpido: uno no elige su niñez. En la que me tocó , los recuerdos más cálidos están todos ligados a esos ritos de mi «barrio» con los que —sumada la nostalgia— escribí «Día domingo».

También el «barrio» es el tema de «Los cachorros». Pero este relato no es pecado de juventud sino algo que escribí de adulto, en 1965, en París. Digo escribí y debí decir reescribí, poque hice por lo menos una docena de versiones de la historia, que nunca salía. Me rondaba la cabeza desde que leí, en un diario, que un perro había emasculado a un recién nacido en un pueblecito de los Andes. Desde entonces soñaba con un relato sobre esa curiosa herida que, a diferencia de las otras, el tiempo iría abriendo en vez de cerrar. A la vez, le daba vueltas a una novela corta sobre un «barrio»: su personalidad, sus mitos, su liturgia. Cuando decidí fundir los dos proyectos comenzaron los problemas. ¿Quién iba a narrar la historia del niño mutilado, el «barrio»? ¿Cómo conseguir que el narrador colectivo no borrara a las varias bocas que hablaban por la suya? A fuerza de romper papeles, poco a poco fue perfilándose esa voz plural que se deshace en voces individuales y rehace de nuevo en una que expresa a todo el grupo. Quería que «Los cachorros» fuese una historia más cantada que contada y por eso, cada sílaba está elegida tanto por razones musicales como narrativas; no sé por qué sentía que, en este caso la verosimilitud dependía de que el lector tuviera la impresión de estar oyendo, no leyendo; que la historia debía entrarle por los oídos. Estos problemas, digamos técnicos, fueron los que me absorbieron. Mi sorpresa fue la variedad de interpretaciones que merecían las desventuras de Pichula Cuellar; parábola sobre la impotencia de una clase social, castración del artista en el mundo subdesarrollado, paráfrasis de la afasia provocada en los jóvenes por la cultura de la tira cómica, metáfora de mi propia ineptitud de narrador. ¿Por qué no? Cualquiera puede ser cierta. Una cosa que he aprendido, escribiendo, es que en este quehacer nunca nada está del todo claro: la verdad es mentira y la mentira verdad y nadie sabe para quién trabaja. Lo seguro es que la literatura no resuelve problemas —más bien los crea— y que en vez de felices hace a las gentes más aptas para la infelicidad. Así y todo ella es mi manera de vivir y no la cambiaría por otra.


Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura

ABC - Opinión

Un Nobel con retraso

Las Letras españolas viven horas de satisfacción por la concesión del Premio Nobel al hispanoperuano Mario Vargas Llosa, que hace el undécimo en la nómina de escritores en lengua española. La impredecible Academia Sueca, a veces caprichosa y a veces equitativa, ha acertado de lleno en esta ocasión, aunque se haya demorado más de la cuenta, al galardonar a una de las personalidades más excepcionales de la Literatura mundial, de más hondo aliento creativo y de un compromiso intelectual y cívico que ha influido en amplios sectores sociales, sobre todo en Iberoamérica. Figura central de la narrativa hispana del último medio siglo, Vargas Llosa es la encarnación de la pasión literaria sin limitaciones y no hay género en el que no haya penetrado con su obsesión creadora. Novela, cuento, relato, teatro, ensayo, crítica literaria, crónicas y artículos periodísticos, memorias y hasta poesía configuran una de las bibliografías imprescindibles del siglo XX. Pero destacan por encima de todo lo demás su genialidad narrativa, su capacidad analítica y su compromiso moral con las libertades en una época de grandes imposturas ideológicas. Como novelista, Vargas Llosa no sólo figura a la cabeza del ya histórico «boom latinoamericano», sino que ha revitalizado el género narrativo trayendo a la tradición cervantina el espíritu de las vanguardias. La doliente transformación del continente hispano, tomando a Perú como punto de partida, forma la sustancia de sus novelas más célebres. Y es ahí donde asoma la otra gran faceta de su personalidad: su insobornable responsabilidad cívica, que incluso le llevó a disputar infructuosamente la Presidencia de Perú. Es muy probable que si Vargas Llosa no hubiera apostado tempranamente por la democracia y las libertades en Iberoamérica, frente al marxismo que impregnaba casi toda la casta intelectual, hace años que habría sido galardonado con el Nobel. Sin embargo, fue de los poquísimos escritores y ensayistas que desde finales de los años 60 se alzó contra la tiranía castrista, que gozaba de los ditirambos de destacados mandarines intelectuales, y se arriesgó al estigma y la marginación de los poderosos que le tachaban de enemigo derechista y liberal, a pesar de que siempre estuvo en primera línea contra los espadones golpistas y dictadores de todo pelaje. Más recientemente, con esa misma convicción y lucidez, Vargas Llosa ha fustigado los populismos de nuevo cuño, como los de Chávez y Evo Morales, los nacionalismos empobrecedores, que él experimentó personalmente en Cataluña, y el radicalismo islámico que amenaza seriamente la convivencia en las sociedades occidentales. Su coherencia intelectual y moral es de todo punto admirable y sustenta una obra que le coloca entre los grandes ensayistas de lengua española. Fue un gran acierto que el Gobierno le concediera en 1993 la nacionalidad española y que las instituciones de nuestro país le hayan galardonado, entre otros, con los premios Príncipe de Asturias y Cervantes. Que ahora sea el Nobel quien corone su obra y su testimonio no añade nada nuevo, aunque resulte muy útil para hacer más universal a un escritor que sólo tiene enemigos entre los mediocres.

La Razón - Opinión

Mario, al fin

El Nobel reconoce en Vargas Llosa la grandeza de su literatura y su compromiso con la libertad

En la obra de Mario Vargas Llosa se tratan todos los asuntos que atañen a la condición humana y, para abordarlos y ahondar en sus misterios, ha cultivado todos los registros de la literatura. Ha narrado situaciones trágicas y disparatadas, ha recreado los paisajes de su país pero también el ruido de las metrópolis del siglo XX, se ha hecho acompañar por personajes cargados de vida y de contradicciones, ha explorado los recovecos del poder y las alcantarillas del alma. Junto a sus obras de ficción, irrumpe con fuerza la voz del ciudadano que se pronuncia a propósito de los problemas de su tiempo y se compromete con sus ideas de manera apasionada. Crítico con las situaciones de injusticia y con muchas políticas de los más diversos Gobiernos, muchas veces incómodo, siempre curioso por cuanto sucede en todas partes. En su afán por estar allí donde ocurren las cosas, ha cultivado el periodismo y no ha abandonado nunca la escritura inmediata que cabalga a lomos de la actualidad.

El secreto para llevar adelante desafíos tan distintos está en su prosa transparente, rigurosa, cargada de destellos poéticos dentro de su estricta sobriedad. Novelas, teatro, ensayos: el español que ha cultivado Vargas Llosa ha contribuido a iluminar las zonas oscuras, tanto las que tienen que ver con lo personal como las que se proyectan en el mundo, y lo ha hecho con un lenguaje de una gran elegancia y repleto de recursos y de un vasto y riquísimo vocabulario.


Por todo eso se merecía hace ya años el Nobel de Literatura, y por eso hay que celebrar que la Academia Sueca levantara esa especie de veto ideológico que le impidió habérselo concedido hace tiempo. El premio sirve también para reconocer el peso del español en el nuevo mundo globalizado y su extraordinario empuje. Vargas Llosa es uno de sus mejores embajadores.

Desde hace ya años, la Academia Sueca que concede el Nobel parece premiar, además de a un escritor, a la causa que considera que defiende, o que representa. Por eso a veces, cuando se concede, no se habla tanto de literatura como de los conflictos que el mundo padece. Los valores que ha defendido la Academia han tenido, además, casi siempre que ver con las luchas de las minorías, la valentía de quienes se enfrentan al poder, el coraje de los que construyen sus obras en ambientes adversos. Seguramente por eso, se le negó injustamente a Jorge Luis Borges. A sus supuestas simpatías con la dictadura militar de Videla se debe el ninguneo. Vargas Llosa, que escapa a toda catalogación y no ha escondido sus ideas liberales y sus críticas a las mitomanías izquierdistas, también parecía condenado a no recibirlo nunca.

La Academia ha encontrado por fin la manera de aunar la grandeza de su literatura con las causas que tanto aprecia, al sostener en el fallo que se lo concede "por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes sobre la resistencia, la revuelta y la derrota individual". Con el premio a Vargas Llosa, el español confirma su riqueza y su potencial para seguir alimentando la gran literatura universal.


El País - Editorial

El Nobel de Literatura se reivindica

Si bien hay premios que elevan al laureado, también hay premiados que otorgan prestigio al galardón. Y no cabe duda de que cualquier premio de literatura que se precie debería sentirse honrado de poder contar con Vargas Llosa en su elenco.

Los Premios Nobel de la Paz y de la Literatura llevan mucho tiempo deslizándose en el descrédito. El primero, especialmente, se ha convertido en la forma predilecta en que los progres europeos se premian a sí mismos a través de personas interpuestas. Gente como Al Gore u Obama, sin méritos conocidos en ninguna lucha por la paz, se llevaron el galardón únicamente por participar de una ideología con la que están de acuerdo los parlamentarios noruegos que otorgan los premios. Así como el Premio Sájarov del Parlamento Europeo ha logrado en general mantenerse a buen nivel, a día de hoy recibir un Nobel de la Paz es más bien un descrédito.

Pero dado que el de la Paz es un premio político, cabe entender que se haya desvirtuado por motivos ideológicos. Menos comprensible, sin embargo, ha sido la deriva sufrida por el Nobel de Literatura. Durante los últimos años ha parecido que sólo un impecable perfil izquierdista, especialmente si era de la rama totalitaria, era suficiente para recibir un galardón que siempre echará en falta entre sus premiados a Jorge Luis Borges, excluido por apoyar la dictadura de Pinochet en los mismos años en que se concedía a Gabriel García-Márquez, cuyo apoyo a la tiranía castrista era y es bien conocido.


Porque si bien hay premios que elevan al laureado, también hay premiados que otorgan prestigio al galardón. Y no cabe duda de que cualquier premio de literatura que se precie debería sentirse honrado de poder contar con Vargas Llosa en su elenco. El autor de Conversación en La Catedral, La ciudad y los perros, La fiesta del Chivo, La Casa Verde, La guerra del fin del mundo y tantas y tantas obras maestras no podía ser relegado por quienes olvidaron a Tolstoy, Twain, Proust, Joyce o Kafka pero decidieron que Darío Fo merecía un lugar en el Olimpo de las letras. Esperemos que no sea un acto aislado y el Nobel de Literatura recupere el prestigio perdido estos últimos años.

Pero además de felicitarnos por Vargas Llosa, por el Nobel y por la literatura, en Libertad Digital nos alegramos especialmente. En un mundo donde ser un intelectual comprometido se ha convertido en sinónimo de comprometido con la izquierda, y cuanto más totalitaria mejor, Vargas Llosa no sólo ha defendido el liberalismo al que arribó tras una juventud –como tantas– de izquierdas, sino que incluso llegó a presentarse a unas elecciones donde se convirtió en la única esperanza de que el despotismo no se asentará en su Perú. Además, Vargas Llosa acudió a las primeras Jornadas Liberales Iberoamericanas y colaboró en el primer número de La Ilustración Liberal, de donde germinaron primero este diario digital y luego Libertad Digital TV y esRadio.


Libertad Digital - Opinión

Nobel al español

«Todos los que hablamos y sentimos en esta lengua universal somos conscientes de que por fin la Academia sueca ha hecho justicia».

MÁS de cuatrocientos millones de hablantes en español recibieron ayer con legítimo orgullo la concesión del Premio Nobel de Literatura al escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa. Una vez más, salta la sorpresa en el fallo emitido por la Academia sueca. Es curioso, en efecto, que el eterno candidato haya obtenido el premio más que merecido precisamente cuando —por una vez— su nombre no figuraba entre los favoritos. Acierta de lleno el jurado del Nobel al otorgar el galardón a este novelista excepcional y ensayista brillante, con una personalidad culta y refinada que ofrece un ejemplo de rigor y seriedad como intelectual y como ciudadano. Es bien sabido que Vargas Llosa se sitúa en una posición moderada y liberal, en el sentido genuino del término, al margen de cualquier extremismo o complacencia ante los regímenes totalitarios disfrazados de ideología revolucionaria. Más allá de la etapa como candidato a la presidencia de su país natal, ha sabido transmitir una imagen de ciudadanía activa y consciente, al servicio de las libertades y en contra de los abusos del poder, que enlaza con la mejor tradición de la democracia constitucional.

El autor de obras de referencia como «La ciudad y los perros», «Conversación en la catedral» y tantas otras ha recibido los máximos galardones literarios (entre ellos, el Cervantes, el Príncipe de Asturias y el Mariano de Cavia) y es miembro de la Real Academia Española, buena prueba del reconocimiento debido a su talento. A esta relación se suma ahora el premio Nobel de Literatura, culminando así una trayectoria que pocos escritores igualan a escala universal. La prosa de Vargas Llosa engancha al lector por la brillantez de las descripciones y los diálogos en el marco de una imaginación literaria compensada por un sentido común que elude la desmesura y la exageración. Los personajes son siempre creíbles, reflejan el claroscuro de la condición humana y expresan cada uno a su manera el espíritu de la época y del lugar. En sus ensayos, el premiado hace gala de una cultura exquisita, con una interpretación novedosa de los grandes clásicos y un ejercicio libre de la crítica que recrea para sus lectores los mejores momentos de la historia de la literatura. Todos los que hablamos y sentimos en esta lengua universal somos conscientes de que por fin la Academia sueca ha hecho justicia otorgando un premio largamente esperado.

ABC - Editorial

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Nacionalistas y otros fantasmas

NACIONALISTAS y otros fantasmas

Ediciones El Satiricón


Crónicas desde la Blogosfera

ISBN: 978-84-936903-0-4

318 páginas
P.V.P: 15 euros

"Quienes hablan de la Catalunya Lliure no tienen empacho en restringir libertades individuales tan elementales como utilizar una determinada lengua para expresarse." (Carlos López Díaz)

"No se trata de una batalla castellano vs catalán, sino libertad vs totalitarismo, modernidad vs boinas del nazionalismo." (Prevost)

"Los nacionalistas han hecho muy bien su trabajo: la lengua como símbolo de diferenciación, los ríos como patrimonio propio y la televisión como altavoz de su mensaje independentista." (Pedrulo Maturulo)

"No se puede conquistar la paz transigiendo ante la injusticia y el totalitarismo. Sin libertad, sin justicia y sin estado de derecho no hay paz, hay esclavitud. Jamás un matón de patioescuela ha retrocedido ante el miedo del otro." (Minneconjou)

En internet, un conjunto de ciudadanos -bloggers- han encontrado un espacio de libertad en el que expresar sus opiniones sin la censura previa de lo políticamente correcto. Este libro recoge lo más acerado de cada uno de ellos.



Ediciones El Satiricón
La Resisténcia

martes, 30 de septiembre de 2008

Declaraciones de un galardonado con el Premio Cervantes

«Las perlas de Rafael Sánchez Ferlosio»:

"Odio a España desde siempre, pero no me iría al extranjero"

"El concepto de patria es el más venenoso de los conceptos"

"Fui también aficionado a los toros, pero desde que odio a España, me he tenido que quitar de ellos".

"Como soy medio italiano, creo que si viviese en Italia la odiaría quizá más

Leer sus declaraciones en:

El Mundo

El País

La Razón

Libertad Digital

lunes, 29 de septiembre de 2008

Aniversario del Nacimiento de Cervantes

Miguel de Cervantes Saavedra, novelista, poeta y dramaturgo español.

Se cree que nació el 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares y murió el 22 de abril de 1616 en Madrid, pero fue enterrado el 23 de abril