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jueves, 21 de julio de 2011

Sin remedio.... Por M. Martín Ferrand

Lo único que está claro es que reduciendo la realidad al escrutinio electoral no saldremos del atolladero.

MIENTRAS, sin que conozcamos el criterio de Mariano Rajoy, Francisco Camps y sus cofrades de sastrería dilucidaban sobre si prefieren ser presuntamente inocentes o ciertamente indignos y mentirosos, el ministro de Trabajo, Valeriano Gómez, nos puso sobre la mesa un asunto verdaderamente mollar, algo que flotaba en el aire de las sospechas. Si entendemos que el paro es un drama para cinco millones de españoles, con extensión a sus entornos familiares y amicales, el más grave de los asuntos sociales pendientes y una sangría económica que tiende a romper las cuentas del Estado, todo cuanto a él se refiere pasa a ser del máximo interés. Las prestaciones por desempleo alcanzan ya los 30.000 millones anuales y, según se desprende del trabajo efectuado por los servicios de inspección del Ministerio, a partir de una muestra de 230.000 casos revisados, uno de cada cuatro está en situación de fraude y ha tenido que devolver las prestaciones recibidas.

Visto lo que ocurre en las cumbres del poder, sin notables diferencias entre ellas, y lo que sucede en la inmensa llanura en la que acampamos los multicolores ciudadanos rasos es lícito sospechar que España no tenga remedio. Del mismo modo que aceptamos, sin grandes debates ni reparos, con toda naturalidad, que crucen el territorio nacional unos cuantos grandes ríos o que suela interponerse entre nosotros y el horizonte alguna cordillera próxima, ¿tendremos que hacernos a la idea de que el ADN colectivo tiene más enganches con El Buscón don Pablos que con Santa Teresa de Jesús?

La ex ministra de cultura Carmen Calvo nos alertó sobre todo esto que nos acontece desde hace siglos, pero que ya no podemos seguir soportando y, menos aún, sufragando, cuando nos dijo que «el dinero público no es de nadie». Lo que no es de nadie, la res nulius que decían los romanos, no necesita mayor rigor para su uso y disposición. La implantación ética de ese disparatado supuesto económico explica buena parte, toda la mensurable en euros, de los problemas que nos afligen. En consecuencia, instalados en un laicismo que olvida un componente ético para su buen funcionamiento, no queda claro si debemos recurrir a la policía o al modesto coadjutor de una parroquia cercana. El fracaso político y social que, sobre el económico, marca el punto en el que estamos sumergidos y atónitos, ¿requiere la intervención de los jueces o de la Orden de Predicadores? Ante la insensibilidad establecida, lo único que está claro es que reduciendo la realidad al escrutinio electoral, la obsesión dominante, no saldremos del atolladero. Ganen los buenos o ganen los malos.


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martes, 19 de julio de 2011

El estilista de la Moncloa. Por M. Martín Ferrand

A tal punto hemos llegado que hasta El País considera indispensable y urgente que Zapatero abandone el poder.

SIMEÓN el Estilita era un santo varón que, en el siglo V de nuestra era, para estar más cerca del Señor y lejos de los hombres, construyó en el desierto de Turquía una columna de una docena de metros de altura. Sobre el amplio capitel que remataba el fuste, pasó más de treinta años y murió santamente. José Luis Rodríguez Zapatero, en nuestros días y en versión laica, ha conseguido el mismo efecto sin necesidad de columna alguna. Le ha bastado con cerrar los ojos para no contemplar la realidad y los oídos para no escuchar las voces, tanto próximas a su militancia como distante de ella, que claman en el páramo nacional, en donde crecen al mismo tiempo el paro y la desesperanza.

Zapatero es un fruto típico de la partitocracia. Su éxito —a cualquier cosa llaman chocolate las patronas— se sustenta en la capacidad para no llamar la atención, para permanecer sentado en un escaño hasta que las circunstancias, para evitar que otros lo hagan, le eleven a un poder y una representación para los que no estaba preparado. Algunos llevamos muchos años, desde que, llegado a La Moncloa, le dio por desenterrar cadáveres y honrar a su abuelo en lugar de gobernar, tratando de responsabilizar al PSOE, a su aparato de poder, del riesgo creciente de la conducta presidencial. Ya nadie duda de la incapacidad de quien sigue siendo presidente del Gobierno de España y máximo líder del «otro» gran partido nacional.

El de León, que no quiso ver llegar la crisis económica y no supo, después, enfrentarse a ella, acompañado de un equipo de mediocres, y mediocras, nos ha llevado a la ruina y, además, ha fabricado otra crisis de naturaleza política que, superpuesta a la primera, incita el desmoronamiento nacional. A tal punto hemos llegado que hasta El País, el primero de los diarios nacionales, protector del felipismo, guardián y promotor de Alfredo Pérez Rubalcaba, considera indispensable y urgente que Zapatero abandone el poder. Son lentos de percepción; pero, como explicaba telefónicamente Miguel Gila, todo cuanto no cae por la ley de la gravedad termina haciéndolo por su propio peso. El PSOE, sus próximos y beneficiarios, no quisieron hace un par de años, cuando la situación presente ya era previsible hasta en sus mínimos detalles, sustituir a Zapatero al frente del partido y el Gobierno y ahora, quizás, sea tarde para ello. Ya no hay más camino que el electoral y eso lleva su trámite y sus tiempos. Por el momento, ya hemos batido nuestro record y los bonos españoles a diez años cotizan a 6,34 euros, el precio más alto desde que nació la moneda europea. El estilita sigue en La Moncloa.


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domingo, 17 de julio de 2011

El combate. Por M. Martín Ferrand

Rajoy ya debiera haber optado, visto que la dimisión no parece entrar en los planes del acusado, por la expulsión de Camps.

AUNQUE cada vez estén más escondidas y postergadas, militan en el PP muchas inteligencias preclaras, procedentes de los más diversos campos de la actividad intelectual y profesional y, simultáneamente, forjadas por la experiencia. Gentes que, como dicen los castizos, saben lo que vale un peine. Muchos de ellos, me consta de varios, han leído con atención y aprovechamiento la obra magna de Carl von Clausewitz, De la guerra, y saben que, del mismo modo que el genial prusiano sostenía que la guerra es un «acto político», conviene entender la política, en lo que se refiere a su dimensión de enfrentamiento partitocrático, como un acto de combate. En el PSOE lo saben bien y, llegados a la decadencia a la que les ha conducido José Luis Rodríguez Zapatero, son frecuentes los líderes locales y militantes de base capaces de explotar sus fracasos. Como contrapartida, el PP, agazapado en la prudencia inactiva, parece indeciso a la hora de explotar sus éxitos que, en los últimos comicios municipales y autonómicos, han sido rotundos.

Un suceso previsible y no previsto, pura torpeza táctica —la situación procesal de Francisco Camps—, ha descompuesto el ánimo del partido de la gaviota y, si nos atenemos a las apariencias, podría pensarse que han perdido sus posiciones en la Comunidad Valenciana, donde su victoria, engrandecida por la endeblez y las circunstancias del renovado president, toma aires de derrota. Como ayer señalaba en estas páginas, con rotunda lucidez, Ignacio Camacho, Mariano Rajoy ya debiera haber optado, visto que la dimisión no parece entrar en los planes del acusado, por la expulsión de Camps. Uno de los dos o tres grandes líderes regionales del PP, presidente de su Autonomía, no puede sentarse en el banquillo para responder de un vestuario que dijo haber pagado en flagrante mentira pública. El coste podría ser inmenso, irreparable, para el PP.

Se entiende que Rita Barberá, su mentora y maestra, nos diga, para no decirnos nada, que Camps, el pobre, sufre mucho. Incluso se puede intentar comprender que el equivalente extremeño del valenciano, José Antonio Monago, no se sabe si por exceso o por defecto, defienda a su colega asegurando que son muchos los socialistas que quieren tomarle medidas al PP; pero que «no hay que hacerle un taje —cortarle, decían los clásicos— a quien hasta el día de hoy es inocente». Lo que ya no entra en los códigos de las costumbres democráticas establecidas, ni en los esquemas de la defensa y el ataque, es el huidizo silencio —irresoluto o prudente, es lo mismo— de quien en unos meses será el presidente del Gobierno de España.


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sábado, 16 de julio de 2011

Camps, Cascos y Rajoy. Por M. Martín Ferrand

La cruz y la cara de un Partido Popular que viene haciendo de la dilación todo un ideario.

No deja de resultar simbólico, incluso moralizador, que, el mismo día y a la misma hora, un juez le anunciara a Francisco Camps que tendrá que sentarse en el banquillo, acusado de un delito de cohecho impropio —las prendas de vestir que hicieron famoso a Álvaro Pérez «El bigotes»—, y Francisco Álvarez Cascos resultara investido como presidente del Principado de Asturias con el único apoyo de los dieciséis diputados que militan en el partido que coincide en sus siglas —FAC— con las iniciales que el ex secretario general del PP, y co-autor de su gran refundación, lleva bordadas en la pechera de su camisa. Son dos grandes errores de Mariano Rajoy. La cruz y la cara de un Partido Popular que viene haciendo de la dilación todo un ideario y del silencio la forma más común de su elocuencia.

Aplazar los problemas, en lugar de enfrentarse a ellos cuando se presentan, suele ser un mal asunto. Los problemas cursan siempre con agrandamiento y se precipitan con inoportunidad. La rotunda mayoría absoluta con la que Camps ha revalidado su condición presidencial en la Comunidad Valenciana no aminora la gravedad procesal de su situación. Todo lo contrario. Cuando le dijo a su amigo «El bigotes» «quiero que nos veamos con tranquilidad para hablar de lo nuestro… que es muy bonito», no podía imaginar lo feas que llegarían a ponerse las dos docenas de prendas de vestir —algo más que «tres trajes»— valoradas en 14.000 euros que han convertido los baúles de Camps en más famosos, aunque mucho más baratos, que los de su paisana Concha Piquer. En su momento, el PP —Rajoy— no quiso enfrentarse al problema y ahora, seguramente, tampoco lo hará ante una circunstancia que, previsiblemente, sentará ante el juez a un presidente autonómico en activo —recuérdese a Juan Hormaechea— en coincidencia con el esplendor de la campaña electoral que debiera conducir al líder de la gaviota a La Moncloa.

En ejercicio de la misma astucia dilatoria, Rajoy trató de pasar por alto la voluntad y la vocación políticas de su entonces compañero Álvarez Cascos. Acostumbrado a rodearse de siseñores, gentes más activas en el obedecer que en el pensar, no contó con la iniciativa y el tesón del ex vicepresidente del Gobierno que, literalmente, arrasó en Asturias los restos de un PP regional corto de dirección, escaso de entusiasmo, desunido y sospechoso por su conducta. Ahora tenemos a la vista un curioso test. Demostrado que la vida y el poder son posibles en el centro-derecha fuera del PP, ¿qué pasará en Asturias en las próximas legislativas? Y todo por no enfrentarse a los problemas en su momento.


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jueves, 14 de julio de 2011

La virtud del olvido. Por M. Martín Ferrand

Las dos Españas no tienen sentido cuando el marco circundante, el europeo, nos invita a la unidad de acción

DEL mismo modo que la Guerra de los Cien Años tuvo entretenidos a los franceses y a los ingleses durante dos tercios del siglo XIV y la mitad del XV, la Guerra Civil Española lleva camino de alargar su resaca hasta que la crisis económica produzca un apagón general y las televisiones dejen de emitir, en lamentable alternancia, telediarios sesgados, basuras con pretensiones de divulgación histórica y lamentables espectáculos degradantes de la condición y la dignidad humanas. El próximo lunes se cumplen setenta y cinco años del arranque de la fratricida contienda y, lejos de olvidarlo, insistimos en ello con saña improcedente. Lo que la Transición había conseguido, una reconciliación entre las partes, lo destruyó José Luis Rodríguez Zapatero con un afán revisionista y parcial de la barbarie. Sin venir a cuento y, supongo, a falta de ideas políticas de mayor enjundia y provecho, se puso a desenterrar cadáveres como un poseso en un patológico intento de honrar la memoria de su abuelo. De uno de ellos.

Ahora le toca el turno al otro bando. Lejos de ahuyentar los viejos demonios familiares que nos empujan a una convivencia de garrotazo y tente tieso, Telemadrid acaba de estrenar una serie con pretensiones históricas —«El asesinato de Calvo Sotelo»— que insiste en el espíritu que motivó la contienda y del que, por lo que parece, no conseguimos liberarnos. La serie, a juzgar por su primera entrega, es televisualmente mediocre, históricamente partidaria y políticamente inoportuna. Más aún en tiempos de tribulación y carestía en los que las televisiones públicas, lejos de acometer nuevos fichajes y ambiciosos proyectos, debieran ir organizando su ordenado cierre y su equitativa desaparición. No nos las podemos permitir y, aunque pudiéramos, ni esa es una función del Estado en sus administraciones regionales ni resulta deseable ningún estímulo disolvente de la convivencia nacional.

Cuando una Nación padece la desgracia de un conflicto armado entre sus ciudadanos, la tendencia que señalan los ejemplos de la Historia es la de alargar su memoria. Cada bando guarda su afrenta y su dolor y nunca faltan razones para la efervescencia del recuerdo que avive la herida y la vuelva sangrante y rabiosa. Aquí y ahora, debiéramos compartir el esfuerzo superador de tan mala costumbre. Las dos Españas no tienen sentido cuando el marco circundante, el europeo, nos invita a la unidad de acción y mercado y la realidad política presente se afana en la construcción de diecisiete feudos bien diferenciados y distantes. Necesitamos la elegancia del olvido, no una industria del recuerdo.


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miércoles, 13 de julio de 2011

Estamos arruinados. Por M. Martín Ferrand

Estamos arruinados, y de lo que debe tratarse es de salir de la ruina. No de tener razón y humillar al adversario.

NO conviene deprimirse con la que se nos viene encima. Según demuestra la experiencia, en la mayoría de las ocasiones adversas es preciso hundirse hasta el fondo para que broten las soluciones más sabias, las capaces de conseguir que los grandes males encuentren grandísimos remedios. Dicho en el lenguaje de la calle, en el que hablan entre sí Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, el que no quieren utilizar Elena Salgado ni su equivalente italiano, Giulio Tremonti, estamos arruinados. De hecho, lo estábamos ya hace años, cuando señalábamos con el dedo a Grecia, Irlanda y Portugal; pero ahora, al alimón con Italia, ya se nos nota. No pasa nada. Como, con poco éxito, predicaban los sabios de Roma cuando formábamos parte de ella, la felicidad reside en el vivere parvo. Hay que vivir con lo que se tiene y se puede. No, como venimos haciendo en ejercicio de insensatez colectiva, jaleado por los gobiernos que se suceden desde hace tres décadas, tirando la casa por la ventana y confiando en el Estado con la fe con que los muy piadosos tienen en la Providencia.

Tampoco resulta conveniente, ni útil o satisfactorio, aprovechar la circunstancia para que el PP, en vísperas de poder, se deje atrapar por la tentación de alancear al PSOE, ya decaído, por su autoría de la calamidad presente. Las desgracias tienen más padres que los éxitos y sería injusto reservarle a José Luis Rodríguez Zapatero y su sucesiva caterva gubernamental la responsabilidad única de tan lamentable situación. Buena parte de ella les corresponde a los partidos políticos de ámbito nacional, vistos en su conjunto, por el entusiasmo autonómico que mostraron en el calor de la Transición y del que se derivó un Título VIII de la Constitución en el que se asienta un modelo de Estado que, bueno o malo, no nos podemos permitir. Escapa del vivere parvo al que, con alegría o tristeza, debemos someternos.

Como es costumbre, y más en las fechas vacacionales en las que estamos, unos y otros tratarán de echarle tierra al fuego y esperar a que llegue la vendimia. Nada habrá mejorado para entonces. Urgen soluciones drásticas, enérgicas y pactadas entre los pesos pesados de la partitocracia, que de la política no los tenemos. La ocasión no es para discursos brillantes ni señalamientos acusadores. Menos todavía para cerradas defensas de orgullo y dignidad militante. Estamos arruinados y de lo que debe tratarse prioritariamente es de salir de la ruina. No de tener razón y humillar al adversario. Hay cinco millones de españoles, crecientes en número, más arruinados que los demás. Sería tremendo que esos fueran los indignados.


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martes, 12 de julio de 2011

Un relevo sensato. Por M. Martín Ferrand

El nuevo Gobierno solo tiene de progresista la adscripción de Camacho a la Unión Progresista de Fiscales.

CON buen sentido, con el que le faltó en ocasiones anteriores, José Luis Rodríguez Zapatero ha recompuesto su Gobierno con prudencia, sin mayores gestos ni gastos. Se ha limitado a redistribuir las funciones del saliente Alfredo Pérez Rubalcaba entre tres veteranos de su equipo. Debe de ser que, como reza el título de la comedia de Manuel Bretón de los Herreros, liberal de pura cepa, A la vejez viruelas. Hasta Zapatero es capaz de aprender con la experiencia. Amortizar una vicepresidencia es, aunque solo se trate de un gesto, algo plausible y, como nos enseñaron los indios en las películas del Oeste, no resulta prudente cambiar de cabalgadura cuando se vadea un río. Elena Salgado ya trata de tú a sus equivalentes europeas y, aunque su talla política no sea grande, resulta gigantesca frente a la mayoría de sus compañeros de equipo, Manuel Chaves incluido. Antonio Camacho pasa, en términos hosteleros, de la cocina a la sala, pero sin dejar de sostener la sartén por el mango. Significa la continuidad y la certeza en Interior, algo deseable, y su pátina progresista está en la estética, más que en el fondo, del deseo presidencial. Con José Blanco en las funciones de Portavoz todos salimos ganando: Zapatero en confort y cercanía, el PSOE en concordancia y los demás, incluidos nosotros, los ciudadanos, en verosimilitud. El ahora candidato Rubalcaba parece sentirse obligado a demostrar su astucia de modo permanente y ello nos obliga a los cautos a someter a cuarentena las cosas que dice; pero el también titular de Fomento practica la elegancia de la sencillez y resulta, por elemental y llano, creíble.

Si, como predicaba Miguel de Unamuno, cuando se apuntó a la Unión Socialista de Bilbao, «el progreso consiste en la renovación», el nuevo Gobierno solo tiene de progresista la adscripción de Camacho, su nuevo titular de Interior, a la Unión Progresista de Fiscales. Tampoco le hace falta ir más allá por el camino doctrinal. La tarea que de él se espera es la de culminar y poner en funcionamiento las reformas del sistema financiero y del mercado de trabajo que, además del sentido común, nos vienen demandando Bruselas, el FMI y cuantas superestructuras operan en el delicado mundo de la economía y el delicadísimo del euro. Cabe suponer que es un Gobierno de cercanías, para llegar entero a unas elecciones anticipadas; pero, dadas las restricciones presupuestarias que neutralizan la actividad de sus abundantes miembros de menor enjundia y más escaso rango político e intelectual, puede también llegar a ese final de trayecto de la legislatura en el que le gustaría apearse al de León.


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domingo, 10 de julio de 2011

El discursito. Por M. Martín Ferrand

Zapatero nos había prevenido de «un antes y un después» del discurso de Rubalcaba.

NO es fácil el papel que, mitad por mitad, los socialistas y las circunstancias le han encomendado representar a Alfredo Pérez Rubalcaba. Mientras el fracaso de su mentor coyuntural, José Luis Rodríguez Zapatero, nos coloca al todavía presidente en un plano tan distante en la memoria y el respeto como Chindasvinto, su dimitido vicepresidente tiene que pretender el futuro cargado con la albarda de un lamentable periodo de Gobierno en el que, sobre una tremenda y dolorosa crisis económica, se fraguó otra de naturaleza política en la que se han dilapidado muchos de los bienes que generó la Transición. Es una forzada esquizofrenia que le resta credibilidad al cántabro, un personaje singular al que le sobran mañas y trucos y que tiene por demostrar su enjundia política más profunda. La suya propia, no la de los líderes a quienes ha acompañado y servido, mejor que peor, en su largo tiempo de segundón en la escena nacional.

Su discurso de ayer, en el acto en que el PSOE le proclamó oficialmente candidato para las próximas legislativas, fue el prólogo de una nueva etapa en su vida política; pero, obligado a que fuera también el epílogo de la anterior, resultó un quiero y no puedo de proclama izquierdista más propia de sus años universitarios, como de asamblea de Facultad, que ajustada a la hechuras de un socialismo contemporáneo en el seno de la Unión Europea y con temas prioritarios, empezando por el lacerante paro que padece uno de cada cinco españoles en edad y condiciones de trabajar, cuya solución no se alcanzará con cataplasmas de sermonario viejo, sino con planteamientos imaginativos, incluso revolucionarios, dentro del cuadro de mercado al que hemos querido ajustarnos e, incluso, someternos.

Zapatero, para magnificar la potencialidad de su sucesor, nos había prevenido de «un antes y un después» del discurso de Rubalcaba. Aún dando por buena la condición perogrullesca de tal posibilidad, se equivocó el augur. Fue solo un discursito de circunstancias. Tampoco se puede pedir mucho más en un forzado mutis gubernamental frente al que resulta legítimo especular si el vicepresidente saliente huye de la quema o si el candidato naciente lleva en su zurrón algo más que buenas intenciones. Rubalcaba es un gran maniobrero, no un teórico. Sabe que le basta, de aquí a cuando votemos, con desgastar suficientemente a Mariano Rajoy para que la inevitable victoria del PP no sea por mayoría absoluta. Si lo consigue, no parece probable que escriba su nombre en la lista de los grandes gobernantes de la Nación; pero es posible, incluso probable, que llegue a instalarse en La Moncloa.


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sábado, 9 de julio de 2011

No acaba de pasar. Por M. Martín Ferrand

Es necesario, para el bien de la democracia, que las televisiones públicas desaparezcan.

Alberto Oliart ha sido, en su cargo de presidente de RTVE, como un cuadro de Piet Mondrian. Abstracto. Mucha estética y argumento escaso. De no ser por su coste elefantiásico se acercaría al vacío absoluto. Era algo previsible, y segura y malvadamente también previsto, cuando el consenso entre el PSOE y el PP le nombró presidente de la corporación pública en noviembre de 2009. Los acuerdos entre los dos grandes partidos nacionales que parten de las mayorías reforzadas como garantía pluralista son siempre una chapuza, un engendro. A una de las partes, la dominante, le conviene un hombre activo y próximo, y a la otra, la instalada en la oposición, un santón con vocación de rémora y freno. Así sale lo que sale.

Ahora, al dimitir, Oliart ha puesto en evidencia a sus mentores. ¿Qué razones pudieron potenciar su figura hace veinte meses? Un octogenario retirado, consagrado a la actividad agropecuaria en Extremadura y que, en su pasado anterior, nunca alcanzó los dos años en sus cargos más relevantes —ministro de Industria y Sanidad con Suárez y de Defensa con Calvo Sotelo—, buen jurista y dudoso bancario, ¿da el perfil que requiere una empresa pública como RTVE? Lo más sorprendente en tan delirante designación fue que el interesado aceptara el nombramiento. Siendo, como es, un hombre de formación y experiencia, tenía que saber lo que le esperaba al frente de un Consejo de Administración integrado por paniaguados de cuota y canonjía, militantes o devotos que reproducen la proporcionalidad parlamentaria.

Asegura el maestro Manuel Alcántara, filósofo de guardia y poeta voluntario, que lo peor que nos pasa es que no acaba de pasar. Así es en verdad. RTVE es una muestra palpable de la doctrina Alcántara. «Lo que nunca muere», como el serial radiofónico de Luisa Alberca y Guillermo Sautier Casaseca. Y es necesario, para el bien de la democracia, el progreso de la información independiente, la normalización del mercado y la evitación del despilfarro nacional que las televisiones públicas desaparezcan. No tienen razón de ser. Constituyen un anacronismo, como las radios, que arranca de sus maléficos efectos propagandísticos en la Segunda Gran Guerra que volvieron audiovisualmente desconfiado al Viejo Continente. ¿Admitiríamos desde la exigencia democrática la existencia de una prensa del Estado? Carecen de sentido las piruetas del consenso que, para neutralizar los efectos de una televisión que nos cuesta 2.000 millones anuales, lleva a los grandes partidos a nombramientos como el de Oliart. Menos abstracción y más realismo. El modelo es el de Goya en Saturno devorando a un hijo.


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jueves, 7 de julio de 2011

Llamadle Alfredo. Por M. Martín Ferrand

El hombre que no quiere ser Pérez es un político hecho y derecho (izquierdo) y lo suficientemente marrullero.

RUBALCABA, llamadle Alfredo, no es un cadete, como la mayoría de sus compañeros de Gobierno, incluido José Luis Rodríguez Zapatero. Arrastra la experiencia de la oposición —no muy limpia, por cierto— contra Adolfo Suárez y del poder junto a Felipe González. Atravesó el desierto cuando José María Aznar, antes de que se le indigestara la gloria, encauzó el rumbo de la Nación a costa de comprometer el del Estado en el Hotel Majestic y, recuperada la púrpura, lleva unos años haciéndolo razonablemente bien como ministro de Interior y lamentablemente mal en su condición de co-responsable del zapaterismo. El hombre que no quiere ser Pérez es un político hecho y derecho (izquierdo), conocedor del terreno y lo suficientemente marrullero como para ser tan duradero en la democracia como Rodolfo Martín Villa lo fue en el pasado.

Hoy le corresponde a Rubalcaba, en su condición de ruidoso candidato a la presidencia, ser «el malo» oficial que necesita el PP para, a falta de una ideología definida y de un programa concreto, mantener unidos a sus militantes y devotos. Es natural, en consecuencia, que, de Mariano Rajoy abajo, quienes aspiran a constituirse como próximo Gobierno de España no pierdan oportunidad de alancear a quien desean ver al frente de las filas de la oposición.

Asumido el principio activo, queda por establecer la dosis con que conviene administrarlo. De momento, el alboroto crítico que promueve el PP con tanto hablar del todavía vicepresidente es, tal cual lo veo, la más eficaz de las campañas de lanzamiento que podría desear quien acude a la contienda con el pronóstico de perdedor. Sería más inteligente por parte de los de la gaviota insistir en la belleza y los encantos, con perdón, de Rajoy que abundar en el pregón de la hosca fealdad de Alfredo, simplemente Alfredo. La machacona demanda de su renuncia y salida del Gobierno le aporta al personaje una relevancia que, sin coste alguno, engrandece su figura. Su mérito objetivo, la encarnación del PSOE, no es muy grande si se consideran los frutos del partido decano entre los de ámbito nacional en sus últimas exhibiciones de poder; pero la crítica popular, insistente y monotemática, concentrada en su persona eleva la altura de su pedestal. Algo tendrá Alfredo, simplemente Alfredo, se dicen los incondicionales del voto socialista, para que su mera presencia irrite tanto a quienes le aventajan en expectativas de voto y posibilidades de victoria. Unos presumibles vencedores que, dada su dificultad para entenderse con sus próximos —piénsese en Asturias—, solo volverán a La Moncloa si vencen por mayoría absoluta.


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miércoles, 6 de julio de 2011

La doctrina de Gómez. Por M. Martín Ferrand

Gómez, sumergido en el realismo ontológico, no sabe lo que dice, pero eso es lo que muchos quieren oír.

TAN acostumbrados estamos a verle asido a la ubre socialista que no podíamos sospechar que el ministro accidental Valeriano Gómez era un original moralista y un sutil innovador en lo que respecta a las relaciones del poder político con el sistema financiero. Posiblemente, lo primero le viene por militante y asalariado de UGT y lo segundo, de sus tiempos felipistas como asesor del Ministerio de Trabajo. Ahora acaba de poner el mingo sobre la mesa doctrinal socialista con una innovadora propuesta fiscal especializada en banqueros y bancarios de alto rango. En realidad es una síntesis perfeccionada de los apuntes que, al respecto, vienen dictando Alfredo P. Rubalcaba, José Blanco y Marcelino Iglesias. Después de subrayar que las retribuciones de las cúspides bancarias son «muy altas», sugiere Gómez que «a partir de un nivel que se considere máximo debería tener una gravación fiscal mayor».

Reducir el gravísimo problema de nuestras estructuras financieras al nivel retributivo de sus más altos dirigentes es, por si nos hiciera falta, una prueba de la total desorientación que experimentan los integrantes del Gabinete y padecemos nosotros, los ciudadanos, en nuestras propias y fiscalmente flageladas carnes. Es un retorno a la mala costumbre española de, a falta de mejores argumentos, establecer una comparación científica entre el culo y las témporas. El sistema financiero que padecemos tiene dos partes simétricas y diferentes. Los bancos, que tratan de imponer sus privilegios, es algo que corresponde vigilar al Banco de España, más tolerante y comprensivo de lo que exigen las circunstancias, y que, en nuestra doble condición potencial de accionistas y clientes, debiéramos atemperar los ciudadanos. Asistir a una Junta General de Accionistas, o delegar la asistencia, sin ánimo crítico y sentido del propio interés, conformarse con el regalito tradicional, es asumir lo que no nos gusta ni conviene.

Otra cosa son las Cajas de Ahorro, ese invento que hasta ahora ha funcionado (?) sin propietarios y con el que se construyen curiosos y no bien explicados emporios con propiedad cierta, pasados oscuros, consejeros y directivos predeterminados y mangoneo evidente de los poderes autonómicos. También es misión del BdeE su control y exigencia, pero pintan oros de permisividad en la partida nacional. En las Cajas, mientras no culmine su transformación, no caben los salarios desmedidos. No hay, todavía, accionistas con potencialidad correctora. ¿Se puede delegar esa función en el IRPF? Gómez, sumergido en el realismo ontológico, no sabe lo que dice, pero eso es lo que muchos quieren oír.


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martes, 5 de julio de 2011

El bienestar del Estado. Por M. Martín Ferrand

Nos hemos instalado en el bienestar de los fragmentos en que se va deconstruyendo el Estado.

José Luis Rodríguez Zapatero, pobrecito, puede y no quiere adelantar las elecciones legislativas y Alfredo Pérez Rubalcaba, llamadle Alfredo, quiere y no puede. Entre los dos integrarían un hombre completito aunque, en la práctica, se anulan mutuamente. Al menos a estos efectos en los que se entrecruzan sus intereses respectivos. El presidente aspira a un mutis solemne, como de triunfador, y el todavía vicepresidente parece tener mucha prisa en estrellarse contra una realidad que él mismo ha contribuido a construir y de la que no conocemos el balance final. De momento, el Ministerio de Trabajo, suma y sigue, acaba de reconocer que, en un año, el número de afiliados a la Seguridad Social, el más preciso de todos los indicadores de empleo, ha descendido en doscientos mil paisanos.

En ese ambiente, los intelectuales próximos al PSOE y todavía fieles al Gobierno, aunque solo sea por razones de cargo, empleo o sinecura, tratan de justificar la situación. Algo que tiene los visos del imposible metafísico, resulta elegante y les amerita para funciones venideras. Saben por experiencia que la derecha, cuando está en el poder, es menos restrictiva que la izquierda y que una oposición subvencionada, como las que nos gastamos por estos pagos, también da para canonjías y bicocas. El rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo —la única que, con la UNED, le queda a Educación—, el ilustre perito en piedras Salvador Ordóñez, ha dicho que la austeridad debe imponerse; pero, ahí está el detalle, «respetando el Estado de Bienestar». Una contradicción síntesis y señal de la confusión socialista al respecto y, también, de los prudentes silencios que, sobre el particular, guarda el PP.

Aparte de que aquí nos hemos instalado, como Nación discutible y discutida, en el bienestar de los fragmentos en que se va deconstruyendo el Estado, sin reparar en los quebrantos que las partes generan en el todo, el Estado de Bienestar no es un sentimiento platónico, sino una consecuencia presupuestaria. El límite de su respeto, de su mantenimiento en las dimensiones vigentes, está antes que nada en su posibilidad económica. Ese bienestar del Estado es, además, un manantial de injusticias cuando confunde la igualdad de derechos y oportunidades con grandes dificultades y diferentes cargas en razón de las ideologías e, incluso, del territorio. De tanto defender lo indefendible, alcanzamos la gran paradoja de que el progreso que nos ha llevado a una mejor situación de la que tuvieron nuestros padres sea, por el abuso en su uso, el cimiento de una peor que la nuestra para nuestros hijos.


ABC - Opinión

domingo, 3 de julio de 2011

ONU Mujeres. Por M. Martín Ferrand

Ni la ligereza con que Zapatero y su equipo se enfrentan al gasto público sirve para justificar este despilfarro.

YA es difícil de explicar, además de imposible de entender, que una personita del perfil y la experiencia de Bibiana Aído llegara a ser ministra en el Gobierno de España. Ni la partitocracia numantina que practican con tanto entusiasmo, al alimón, el PSOE y el PP sirve para razonar una ascensión tan vertiginosa de alguien cuyos méritos políticos, académicos, cívicos o de cualquier otra naturaleza están por debajo de la media de los de millones de españoles beneficiados por los estudios de rango superior. Tampoco entra en el capítulo de lo fácilmente asimilable que la tal Aído, designada como ministra, mermara, de la noche a la mañana y sin amago alguno de protesta o dimisión, a la también excesiva condición de secretaria de Estado; pero así son, y así brillan, las mañas políticas de José Luis Rodríguez Zapatero y su cómplice principal y mejor cualificado Alfredo Pérez Rubalcaba.

El Gobierno se empeñó en que Aído tuviera cargo y sueldo en la entidad de nueva planta y crecido presupuesto, obra querida de Ban Ki-moon, ONU Mujeres y, no sin esfuerzo y gasto, consiguió para ella un puesto de asesora, canonjía dotada con cien mil euros anuales. El ABC de ayer —véase— pormenorizaba los detalles de tan poco sutil designación y tan burda entronización. También hay que anotar en la lista de lo inexplicable la falta de crítica del PP, y de los demás partidos del espectro, ante tan caprichosa decisión; pero, sobre todo, habría que conocer el argumento por el que España respaldó, el año pasado, la creación de esta nueva entidad de las Naciones Unidas que, desde septiembre, preside la que fue presidenta de Chile, Michelle Bachellet. Más todavía, por qué nuestro país, tieso como la mojama, se permite dotar a tan innecesaria entidad, con cargo al Presupuesto de 2011, y de momento, con más de 25 millones de euros. Noruega, en donde atan los perros con bacalao, es con 15 millones el segundo contribuyente para el sostenimiento de tan inútil oficina.

Así se va escribiendo la Historia, sin mucho alboroto para evitar la excitación colectiva que merecen el desmán y el despilfarro de quienes gobiernan o les socorren con sus silencios desde las trincheras dizque la oposición. España contribuye a ONU Mujeres —UN Woman— con una cantidad anual que es cuatro veces mayor que la aportada por EE.UU., doce veces más elevada que la de Alemania y setenta y cinco veces la de Francia. Ni la ligereza con que Zapatero y su equipo se enfrentan al gasto público sirve para justificar este capítulo del despilfarro nacional; pero, sobre todo, ¿qué puñetera falta le hace al mundo un engendro semejante?


ABC - Opinión

sábado, 2 de julio de 2011

Madrid olímpico. Por M. Martín Ferrand

Madrid necesita menos Olimpiada y mayor atención a lo cotidiano, lo que mejora la calidad de vida de los ciudadanos.

EN 1966, con Carlos Arias Navarro como alcalde, Madrid optó a sede de los Juegos Olímpicos de 1972 que se le adjudicaron a Munich y tuvieron el dramático arranque de un feroz atentado terrorista palestino que se llevó por delante a dos atletas israelíes. Madrid quedó finalista y la máquina publicitaria que aceleró el Ministerio de Información y Turismo, con Manuel Fraga Iribarne de titular, tuvo que dar marcha atrás. Lo que se vendía como «reconocimiento» al Régimen se quedó en agua de borrajas. Ahora, sin haber aprendido de su sonoro fracaso en la intentona de conseguir los de 2016, que irán a Río de Janeiro, el alcalde de Madrid perpetra a la presentación de la candidatura capitalina para el 2020. ¿Por qué a un hombre tan lúcido y brillante como Alberto Ruiz-Gallardón no se le ocurrirán iniciativas de resultados más ciertos, costes más bajos y mayor provecho para los ciudadanos?

Está en la razón de ser y el carácter de los faraones el construir pirámides, pero Gallardón ya ha cumplido con ese mandato del destino. Él solito ya lleva levantadas —desde la M-30 a la calle de Serrano— muchas más pirámides que Keops, Kefrén y Micerinos juntos. Se entiende que, tras el entusiasmo y los euros derrochados en la pasada y frustrada ocasión, sienta el alcalde el prurito de la insistencia; pero tiende su desmemoria a olvidar que Madrid es la ciudad más endeudada de España y, también de las de Europa. Al parecer, el presidente del Comité Olímpico Internacional, esa mandanga de altos vuelos y estratosféricos gastos, le ha animado a Gallardón para que vuelva a presentar a Madrid como anfitriona de tan singular fiesta cuatrienal. En tiempos de tribulación económica y decaimiento productivo los entusiasmos merman y tampoco serán muchos quienes quieran enfrentarse a un gasto tan descomunal.

Me dicen los sabios especializados, y me lo razonan, que no son muchas las posibilidades de Madrid en la próxima puja olímpica; pero, fueran las que fueren, la ocasión requiere hacerle la peineta a La Peineta. Menos Olimpiada y mayor atención a lo cotidiano, a lo mínimo y rutinario que es lo que, de verdad, mejora la calidad de vida de los ciudadanos rasos, de quienes, sin pertenecer a ninguna minoría extravagante, pagan el IBI, el SER y cuantos impuestos, tasas y aranceles requiere la condición de residente en una ciudad que, mejor que peor, rige un alcalde que no quiere ser, como siempre han sido sus colegas, presidente del Consistorio. Hasta que podamos digerir —un par de siglos— el exceso de su última pirámide, la de Cibeles, ni un solo gasto extraordinario más y muchos ordinarios menos.


ABC - Opinión

viernes, 1 de julio de 2011

De peor a pésimo. Por M. Martín Ferrand

La víctima directa de la resistencia zapateril es Alfredo Pérez Rubalcaba, la otra cabeza del monstruo socialista.

JOSÉ Luis Rodríguez Zapatero, el presidente que sufre, resiste. Combate contra quienes, con argumentos o buenos deseos, le aconsejan una retirada temprana y sin mayores bochornos. Se acoge a un uso intransitivo del verbo resistir. El transitivo, el que se refiere a vencer las tentaciones, como la de perpetuarse en el sillón presidencial hasta que las circunstancias amarguen, no se le pasa por la cabeza. Eso, vístase de abnegación o, mejor, de contumacia, no deja de ser un flaco servicio a un Estado que se agrieta y una Nación que va de mal en peor y amenaza ya con ir de peor a pésimo. No es cosa de censurárselo al presidente, que está en uso de su derecho y en la más estricta legalidad; sino de señalar la responsabilidad que les alcanza a sus vicepresidentes, ministros y notables conmilitones en la dirección del PSOE. Incluso todos y cada uno de quienes integran el grupo parlamentario socialista, representantes por sus respectivas circunscripciones de la atribulada ciudadanía nacional, debieran hacer señales evidentes del naufragio y obrar en consecuencia para salvar lo que se pueda.

Muy lejos de hacer lo que debiera por servir a la Nación y proteger a su propio partido, los notables arriba señalados, mayoritariamente, concentran su inteligencia en la especulación del modo para sacar adelante los próximos Presupuestos. Cuentan con el PNV, CC y UPN para que así sea y, sin reparar en costes, les resulta suficiente. Por lo que llevamos visto, los votantes de esos tres partidos, enamorados del líder socialista y entregados al socorrismo parlamentario, no son muy exigentes con sus elegidos y en ello, más que en razones de mayor enjundia, se cimenta la resistencia (intransitiva) del de León.

Además de la Nación española, en su todo y en sus porciones, algo que no les interesa a todos, la víctima directa de la resistencia zapateril es Alfredo Pérez Rubalcaba, la otra cabeza del monstruo socialista en que las circunstancias y los últimos comicios han convertido al PSOE. Como coautor del desastre con el que se cierra la legislatura, al aspirante para gobernar la próxima, no le convienen ni la proximidad a que le obliga su pluriempleo gubernamental ni su perpetuación en el equipo hasta final de trayecto. Tiene que apearse, aunque sea en marcha, como le aconseja —¿le apremia?— su viejo mentor Felipe González, que, de vez en cuando, se nos aparece para recordarnos que, en lo que al socialismo respecta, el tiempo pasado fue mejor. Por ese procedimiento, Zapatero, con solo dos legislaturas de poder, puede convertirse en el mayor productor de ex ministros de nuestra renqueante democracia.


ABC - Editorial

jueves, 30 de junio de 2011

Atenas, Roma y Córdoba. Por M. Martín Ferrand

Entre nosotros, ha producido un generalizado disgusto el que sea San Sebastián, y no Córdoba, la merecedora de tan vacuo honor.

COMO la mancha de una mora con otra verde se quita, antes de que se apague el rescoldo del Debate sobre el estado de la Nación —otra victoria pírrica de Mariano Rajoy—, ya está viva la llama que enciende la designación de San Sebastián, ex aequocon la Breslavia del «Barón Rojo», como Capital Europea de la Cultura para 2016, después de que lo sean, en 2015, la ciudad holandesa de Mons, donde sentó sus reales el Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, y la checa de Pilsen, mucho más conocida y venerable por su magnífica cerveza que por sus ignotos pensadores.

Entre nosotros, ha producido un generalizado disgusto el que sea San Sebastián, y no Córdoba, la merecedora de tan vacuo honor. En puridad, Europa —culturalmente hablando—, tiene tres capitales indiscutibles: Atenas, Roma y Córdoba que, al final del primer milenio, tenía una Mezquita verdaderamente única en torno a la que convivían un millón de personas y tres culturas junto a una biblioteca de 400.000 rollos y volúmenes. No hay razón para sentir agravio. San Sebastián no existía en esa época y, además, ¿quién tiene la autoridad y el culturómetro precisos para establecer esas ridículas comparaciones?


Lo sorprendente es que las gentes se irriten, más o menos, porque se distinga con un título tan hueco a una ciudad o a otra; pero no, como debieran, por el hecho de que se conceda el título. Son cosas de la mandanga burocrática europea, ese monstruo creciente que, sumado a los domésticos, nos cuesta un Congo y da de comer a varias docenas de miles de paniaguados. La «inventora» de la capitalidad cultural turnante fue la griega Melina Mercuri, ministra de Cultura después de gran actriz y cantante curiosa, y, desde entonces, cada año la designación de la venidera es pretexto para un grueso capitulo de gasto público comunitario que incluye, a mas de la preparación de las candidaturas, viajes y visitas de funcionarios, políticos y ganapanes anexos.

Estos acuñadores de capitales, como tantos otros monstruos intercontinentales, continentales, nacionales, autonómicos y locales, a la vista del precio al que se está poniendo el pescado, debieran ir reduciendo su actividad. Este 2011 las capitales titulares de la cultura son Turko, la ciudad más antigua de Finlandia —¡siglo XIII!— y Tallín, en Estonia. Se entiende que los donostiarras, especialmente los de Bildu, estén felices por igualar la gloria de ambas capitales —yo mismo lo estaría si no fuera financiador forzoso de la majadería—; pero cabe sospechar que Séneca, Averroes, Maimónides, Góngora e, incluso, Antonio Gala no quepan en sí de tanto gozo.


ABC - Opinión

miércoles, 29 de junio de 2011

El patético. Por M. Martín Ferrand

La Nación no tiene por qué someterse al trago amargo de un líder derrotado por los acontecimientos.

SOLO faltó que los dos leones que flanquean el pórtico del Palacio de Congresos, fundidos con el bronce moro de Wad-Ras por Ponciano Ponzano, agitaran sendos pañuelos blancos en señal de despedida a José Luis Rodríguez Zapatero para que el patetismo de la primera jornada del Debate sobre el estado de la Nación fuera completo. El presidente, lacrimógeno y ucrónico, recitó la sarta de naderías de su discurso y lo remató despidiéndose de la Cámara, de la oposición, de su propio grupo parlamentario y de cuantos por allí pasaban o se amontonaban en sus desordenados recuerdos. De hecho, cerró su perorata como debiera concluir, si llega a pronunciarla, la del final del Debate de Presupuestos que es lo que nos tiene anunciado; pero, como aconseja la experiencia, no es cosa de sacar conclusiones de sus gestos ni de tomarle demasiado en serio. Tampoco a la ligera, que el poder, como los toros, tiende a resultar imprevisible y siempre es susceptible de una derrota que haga pupa.

Tan hueco y desaconsejado se presentó ayer el todavía líder socialista y ya declinante jefe del Ejecutivo que, en puridad, solo tuvo dos apuntes pretendidamente sustanciosos en su salmodia parlamentaria: el apunte de un servicio de socorro a quienes viven la tribulación de la deuda hipotecaría, algo que se escapa de sus posibilidades presupuestarias, y la proclama de una regla de gasto para las Autonomías que, sensu contrario, ya está en los Presupuestos. Nada de nada. Incluso menos que eso. Es lo inevitable en quien ya ha acabado su repertorio y, por evitar el mutis, insiste en el concierto.

Aunque algunos melómanos le llaman «Patética» a la sexta, y última, sinfonía de Chaikovski, la mayoría tenemos por la auténtica «Pathétique» la sonata para piano nº 8 de Beethoven. En el territorio de la política española no hay confusión posible. Nadie osaría disputarle a Zapatero el título exclusivo de «el patético». Se le han acentuado, en contradictoria simultaneidad, las ojeras y la sonrisa y, asincrónico en el gesto, transpira melancolía. No supo ponerse en pie, en la solemnidad de un desfile, ante la bandera norteamericana y ahora tiene que arrodillarse ante una realidad que no quiso ver venir y, peor todavía, a la que no ha podido enfrentarse. Es otro signo de su tremenda irresponsabilidad. Aunque, para él, sea algo discutido y discutible, la Nación no tiene por qué someterse al trago amargo de un líder derrotado por los acontecimientos y tan aferrado a su propio poder que, con su actitud, impide la labor de su relevo socialista y, lo que es más grave, la de su sucesor en el Ejecutivo. Patético. Y me quedo corto.


ABC - Opinión

martes, 28 de junio de 2011

El debate de hoy. Por M. Martín Ferrand

El presidente se sostiene por el mismo principio por el que lo hacen los tentetiesos: le pesa más la base partidista en la que se asienta que su propia cabecita.

HEMOS llegado a tal punto de deterioro y desprestigio en lo que al Gobierno de España respecta que hoy, cuando arranque el debate sobre el estado de la Nación —algo más protocolario que político— el interés no reside en lo que pueda decir José Luis Rodríguez Zapatero, el líder que se volvió tarumba de tanto mirar por el retrovisor. El presidente se sostiene, y previsiblemente lo hará hasta el final de la legislatura, por el mismo principio por el que lo hacen los tentetiesos: le pesa más, mucho más, la base partidista en la que se asienta que su propia cabecita y, aunque parezca muchas veces que está a punto de caer, vuelve a la verticalidad. Ni tan siquiera la bicefalia socialista, tan inevitable como negativa, con que el PSOE acudirá al Debate le añade interés y morbo al espectáculo parlamentario. Alfredo Pérez Rubalcaba, antes que candidato a la presidencia, es el segundo, por vicepresidente primero, en el guiso de las calamidades que ahora nos afligen y, por mucho que trate de desmarcarse de su responsabilidad, la mera presencia de Zapatero en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo estará enmarcando la que tiene, que no es poco.

De hecho, el máximo interés del Debate de hoy, si es que tiene alguno, habrá que buscarlo en el censo de las omisiones y silencios del líder de la Oposición y probable próximo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Según la falsilla establecida por Pedro Arriola, el sabio que le prepara éxitos a cambio de menosprecios, el líder de la gaviota repasará los desastres del zapaterismo; pero sin señalar alternativas de conducta que pudieran anticipar en algo su hipotético programa de Gobierno. Sobrevolará el doble problema financiero de la Nación, el de los bancos y el de las cajas; pero sin nombres propios y señalamientos concretos, sin negar el soterrado y demoledor proyecto de conversión, mediante la mezcla de cajas podridas con otras sanas —es un decir—, para dar paso a «bancos autonómicos» de imprevisibles efectos negativos en la política, en la economía y, por lo que llevamos visto, en la decencia pública. Rajoy, muy en su línea, nos recordará lo mal que lo viene haciendo su predecesor y subrayará el drama del paro, las dudas sobre la resistencia de la UE frente a Grecia, la dolorosa incongruencia de Afganistán, el fracaso de la política internacional española y cuantos etcéteras le vengan al paso; pero sin apuntar una solución posible en ninguno de esos epígrafes. Ni tan siquiera nos sacará de dudas sobre si José Antonio Monago, cuando afirma galanamente que «a los terratenientes, que les den», se expresa por sí mismo o por cuenta del PP.

ABC - Opinión

domingo, 26 de junio de 2011

En retirada. Por M. Martín Ferrand

Un Gobierno que en cuatro meses cambia de criterio se retrata a sí mismo de insolvente y populista.

BIBIANA Aído, la ministra que mermó en secretaria de Estado, acaba de fichar como asesora de la ONU para asuntos relacionados con su especialidad igualitaria, la que rompe las leyes tradicionales y permite sumar peras con manzanas y melones. Es cosa de la partitocracia. Entregados los líderes a su distinguida clientela, con perjuicio de los intereses generales y colectivos de la Nación, promueven a personajes como Aído a la gloria del poder y ponen en circulación auténticos monstruos de incompetencia especializada. Hace unos años, solo los gaditanos sabían de las muchas limitaciones de la joven socialista. Hace algunos menos, su conocimiento se propagó a toda Andalucía. Ahora toda España sabe ya para lo que sirve y, sobre todo, para lo que no. Pronto, su secreto de escasez será de conocimiento universal. Es natural que cuando un barco, como el fletado por José Luis Rodríguez Zapatero, se halla al borde del naufragio sus tripulantes traten de ponerse a salvo, como Miguel Ángel Moratinos en la FAO, pero convendría que guardaran las formas y los tiempos. El PSOE no ganará la batalla de la oposición, la que ya le toca en la Administración Autonómica y, previsiblemente, le corresponderá en las próximas legislativas, con unas filas desnutridas por la deserción.

Ayer, Alfredo Pérez Rubalcaba, en su condición de candidato, se reunió con los alcaldes que se han salvado del naufragio en las últimas municipales para pedirles que no cunda el desánimo y, en el poder o en la oposición, den ejemplo ante la ciudadanía. Si de algo sabe Rubalcaba es de estar en la oposición. En sus últimos años, en la más pura línea zapaterista, ha trabajado mucho más, y con mayor eficacia, como oposición de la oposición, en constante empeño por desarmar a Mariano Rajoy y los suyos, que como ministro y vicepresidente del Gobierno. La oposición concuerda mejor con su carácter y es escenario más propio para el lucimiento de sus mañas que el poder, en el que se valoran los resultados.

Ha sido Rubalcaba, con la voz en contra de unos cuantos compañeros de Gabinete, quien ha impulsado por razones de propaganda y simpatía la vuelta a los 120 kilómetros por hora como velocidad máxima en autovías y autopistas. Dice, abnegado, José Blanco que la medida «conecta con el sentimiento mayoritario». ¿Será que los recortes del gasto se hacen bajo demanda? Un Gobierno que en cuatro meses cambia de criterio y, sobre el despilfarro de los cambios de señalización a 110 añade ahora los que la elevan a 120 se retrata a sí mismo de insolvente y populista. En la ONU se equivocan. Rubalcaba les serviría mejor que Aído.


ABC - Opinión

sábado, 25 de junio de 2011

El testamento. Por M. Martín Ferrand

Zapatero quiere pasar a la Historia y Rajoy aspira a una investidura imperial que difumine el dedazo de Aznar.

MIENTRAS los nacionalistas, tanto montan los arriscados vascos como los urbanos catalanes, rebañan la última gota de la alcuza presupuestaria española y venden su hazaña como servicio al común y contribución a la estabilidad (?), España se divide en dos grandes grupos, como siempre. Uno, el socialista no se para en barras para que José Luis Rodríguez Zapatero termine la legislatura yendo, como va, de ridículo internacional a esperpentos caseros. Deben de confiar en la fuerza de los milagros porque no es frecuente el espectáculo de un moribundo, aunque lo sea en términos políticos, que diga: «Cuanto más larga sea la agonía, mejor». El otro, el que se encarna en el entorno del PP, vive la obsesión contraria y, como si también creyeran en la hipótesis del gran milagro reparador de nuestra catástrofe colectiva, quieren tomar La Moncloa, como han hecho con las Autonomías y la mayoría de los Ayuntamientos, antes del plazo establecido.

En ese antagonismo insensato aparece la figura de Francisco Vázquez, varias veces y brillantemente ex, para proponer un «Gobierno de concentración nacional» capaz de abordar las grandes reformas estructurales que son necesarias para hacer posible la salida de la crisis. La propuesta de mi ilustre paisano, que demuestra una vez más los muchos peligros que acarrea dejar sin empleo ni ocupación a un hombre de talento, tiene sus visos de utilidad y sus ribetes de patriotismo; pero, aquí y ahora, parece inviable. En un país como el nuestro, de natural insolidario y con frecuencia despectivo, en el que los hermanos se pegan entre sí —literalmente— por el reparto de los cuatro euros y un bargueño que constituye la herencia de su padre, ya es difícil integrar grupos para la consecución de un objetivo común; pero, además, Zapatero quiere pasar a la Historia, la misma que quiere reescribir con letras grandes y Rajoy aspira a una investidura imperial que difumine el dedazo de José María Aznar y las carencias que han ido marcando sus astucias funcionales.

Hay que tomar medidas y tomarlas ya. Es decir, debe tomarlas el Gobierno de Zapatero con las ayudas y refuerzos que fueran necesarios. El recorte presupuestario capaz de enderezar en algo la difícil situación colectiva exige un toque de valor o, lo que viene a ser lo mismo, un cierre heroico de biografía política. Como no cabe suponer que el de León aspire a mucho más que una vejez tranquila con paseítos y picatostes al caer la tarde en algún lugar de la Avenida de Ordoño II, ésta es su gran oportunidad de hacer lo que debió cuando no quiso ver la crisis. No ha tenido programa, por lo menos que tenga testamento.


ABC - Opinión