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sábado, 19 de junio de 2010

El pesimista utópico. Por Ignacio Camacho

Saramago era un «homo eticus»; un pesimista aferrado a su terca conciencia moral frente al relativismo de la posmodernidad.

TENÍA Saramago el alma impregnada de una melancolía existencial, hija de la miseria campesina de su infancia y de una madurez empapada por la lluvia oblicua del estuario del Tajo, esa lluvia de invierno lisboeta que calaba la memoria de Torga y de Pessoa atravesándolas de soledades y nostalgias; y en su escritura reposada, serena, densa y compleja latía también un pesimismo ideológico, doctrinal, fruto del inconformismo con un mundo imperfecto. Desde su propio nombre, apodo familiar de un mundo rural alentejano, de jaramagos y amapolas entreverados en las cunetas, su personalidad apuntaba la identidad del resistente, del hombre forjado a contracorriente del destino y redimido a través de un esfuerzo de rebeldía. Saramago sólo podía ser comunista, el credo al que le conducían desde niño su paisaje social y su aprendizaje humano; pero por encima de sus intransigentes convicciones y de sus ofuscados pronunciamientos políticos brilló la dignidad decente y orgullosa de su sólida estructura moral.

Por eso en sus novelas, planteadas casi siempre a partir de parábolas filosóficas o históricas, golpea la prosa un pulso aleteante de utopía; un espíritu de lucha del individuo contra su degradación ética o social, una sacudida de indisciplina contra la resignación, el adocenamiento o la mediocridad. A Saramago hay que leerlo en primer lugar como el gran creador y el escritor puro que era (es, porque la obra permanece siempre en el tiempo y en la historia), un narrador ambicioso de vocación profética, hondura intuitiva y aliento largo, pero también como un idealista, un honesto y testarudo doctrinario empeñado en proclamar su disidencia frente al designio trivial de una sociedad mercantilizada que no aceptaba ni quería entender.
En cierto modo, esa contumacia metafísica, ese humanismo insurgente, ese denuego agonístico, hacían del Nobel portugués un hombre del pasado, un referente de otra época, un trascendentalista aferrado a su terca conciencia moral frente al relativismo complaciente y frívolo de la posmodernidad, la tecnología y el consumo.

En su numantinismo casi anacrónico, en esa trinchera arqueológica de principios, en ese irreductible anhelo de justicia y orden moral reside el atractivo que envuelve con un halo de respeto la figura del escritor ibérico más allá de las discrepancias que pueda suscitar su compromiso civil, salpicado de arbitrariedades, sectarismos e intransigencias, y más lejos incluso de su potente, indiscutible gigantismo literario. Saramago era un «homo eticus», un pesimista indómito plantado como un árbol solitario en el horizonte de la banalidad contemporánea. Lo de menos era si llevaba o no razón en sus ideas; importa la coherencia, la lucidez y la integridad con que las defendió en una sociedad que hace tiempo que las ha abandonado. AQUÍ


ABC - Opinión

¿Ha muerto un escritor o un comunista?

Si de alabar a una persona o a un escritor se trata, su cercanía con la agitación y la propaganda de una de las más terribles tiranías del planeta, no debería ser un punto a destacar en su biografía.

Si alguien quisiera hacer un auténtico homenaje póstumo a José Saramago, lo primero que debería intentar es ocultar o minimizar su estrechísima vinculación con el totalitarismo comunista. Sin duda, el escritor luso no fue precisamente discreto al exhibir su militancia y su apoyo a la izquierda más radical y, de hecho, dedicó la última parte de su obra literaria a convertir en novela algunos de los más conocidos clichés y prejuicios anticapitalistas de la izquierda más iletrada. Tampoco hace falta echar demasiado la vista atrás para, tras un breve paréntesis tímidamente crítico entre 2003 y 2005, encontrar numerosas muestras de apoyo de Saramago hacia la tiranía castrista.

Pero, pese a las dificultades objetivas que tendría un panegirista para que el público olvidara la estrecha vinculación del portugués con los regímenes autocráticos, bastaría con que el foco de atención se colocara, no en sus desastrosas ideas políticas, sino en valorar la calidad de su obra literaria. En España tenemos sobrada experiencia con esto: al morir Gonzalo Torrente Ballester o Pedro Laín Entralgo, la prensa trató cuidadosamente de no resaltar su antigua militancia con el falangismo.


Sin embargo, para la mayoría de medios de comunicación y políticos nacionales parece que uno de los motivos básicos por los que Saramago merece ser recordado y homenajeado es por su "compromiso político y social" con la izquierda. Regresamos, así, a ese maniqueísmo tan del gusto de los socialistas entre "totalitarismo bueno y totalitarismo malo" que tan sabiamente denunció Revel. Parece evidente que la idéntica prosa literaria que hoy lauda la izquierda sería recibida con indiferencia o desprecio si Saramago hubiese sido un "comprometido" defensor de las ideas nacional-socialistas. En cuyo caso, pues, parece claro que lo que valoran los izquierdistas del luso no es su obra, sino la instrumentalización que hicieron de la misma para avanzar su agenda política en muchos casos abiertamente totalitaria.

El propio Saramago, como abajofirmante de cualquier manifiesto socialista que se le colocara delante, contribuyó sin duda alguna a convertirse en un útil más de la izquierda; y, sobre todo desde la concesión del Nobel, no en uno cualquiera. Pero, aún así, si de alabar a una persona o a un escritor se trata, su cercanía con la agitación y la propaganda de una de las más terribles tiranías del planeta, no debería ser un punto a destacar en su biografía.

No, salvo que, como decíamos, se quiera convertir la muerte de Saramago en su última contribución a la causa política de la izquierda más totalitaria. Es decir, salvo que lo pretendido por sus amigos socialistas sea obviar y despreciar todo aquello por lo que debería ser recordado un escritor para reducir su vida a la de un ariete de la extrema izquierda. Es decir, convertir un certamen literario en un mitin político. No es que estemos seguros de que Saramago hubiese aborrecido un funeral de este tipo, pero en todo caso eso sólo nos daría una razón más para resaltar la deshumanización imperante en una izquierda que muta a los individuos en simples peones del Estado, de la política y de su ideología liberticida.


Libertad Digital - Editorial

domingo, 21 de septiembre de 2008

Ya son 13.000 los bebés hospitalizados en China por consumir leche adulterada

El Ministerio chino de Salud ha revelado que son ya cerca de 13.000 los bebés afectados por la intoxicación de melamina en la leche en polvo que tomaban, y que más de un centenar de ellos se encuentran hospitalizados en estado grave.

En total, 104 niños presentan "síntomas serios" de intoxicación, mientras que 1.579 niños han sido ya dados de alta tras su hospitalización al consumir leche en polvo fabricada por Sanlu Group, compañía de productos lácteos con sede en la provincia de Hebei.


Según datos oficiales, cuatro bebés han muerto tras consumir la leche en polvo contaminada con melamina, un químico industrial que agregan para que la leche parezca tener más proteínas, en uno más de los escándalos sanitarios que han afectado a los alimentos fabricados en China. Además, el viernes se conocía que las principales marcas del país también han distribuido leche líquida con esa sustancia tóxica.
El Ministerio ha añadido en su comunicado, recogido por la agencia oficial Xinhua, que la Administración General de Supervisión de Calidad, Inspección y Cuarentena, no ha hallado indicios de melamina en la leche normal y que no se ha declarado ningún fallecimiento más por la consumición de esta sustancia en el mes de septiembre.

ABC