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lunes, 27 de junio de 2011

Hagamos caso a los militares

La guerra en Afganistán no está ganada ni tampoco bien encauzada. El anuncio de una retirada general de las tropas internacionales, que arrancará en 2012 y culminará en 2014, ha espoleado a los talibán, que han recrudecido sus ataques, también en el marco de una ofensiva para intentar recuperar el terreno perdido en 2010 por el empuje de las tropas aliadas. En una dinámica de hostigamiento constante a nuestros soldados, los últimos ocho días han sido especialmente duros y el de ayer, trágico. El pasado 18 de junio resultaron heridos cuatro militares y un intérprete en un atentado. Ayer, las consecuencias fueron mucho peores. Dos militares fallecieron y otros tres resultaron alcanzados al verse afectado el blindado «Lince» en el que viajaban por la explosión de un artefacto de gran potencia al norte de Qala-i-Now, la capital de la provincia de Badghis, donde se encuentra destacado el grueso de las tropas españolas en el noroeste de Afganistán. Con el sargento Manuel Argudin Perrino, natural de Gijón, y la soldado Niyireth Pineda Marín, de Colombia, son ya 96 los militares de nuestro país muertos desde el comienzo de la misión en 2002. El 22 de junio, LA RAZÓN publicó en exclusiva que el Ejército de Tierra había reclamado 300 efectivos más para reforzar nuestro contingente en el país asiático ante la ofensiva talibán. El objetivo era reforzar la seguridad de nuestros militares en Badghis e igualmente desahogar a un contingente muy justo de personal y sometido a un esfuerzo y una presión de máxima exigencia. El Ministerio de Defensa rechazó el requerimiento. Además de su profesionalidad y capacidad de sacrificio, los militares españoles han demostrado que ni son caprichosos ni exageran los riesgos, y el devenir de la guerra les está dando la razón. No se trata de buscar culpables en España a una acción de guerra, pero sí de evaluar si el Gobierno está supeditando la razón y la seguridad de nuestras tropas en un escenario bélico a razones políticas. Defensa acertará si toma en consideración los análisis de los mandos, de los que conocen la operación y combaten por la libertad y la seguridad de todos en condiciones mejorables. Si no lo hace, tendrá que rendir cuentas y argumentar seriamente su política en Afganistán, lo que le cuesta hacer cada día más. Recordar hoy que el Gobierno se resiste aún a reconocer que España participa en una guerra abierta lo dice casi todo. Los planes de retirada apresurada de las fuerzas internacionales han agitado el avispero y resultan muy cuestionables no sólo por sus efectos a corto plazo, sino por lo que supondrán de fracaso internacional y de un ejemplo perverso para todas las fuerzas terroristas que quieren destruir Occidente. Esta desbandada se produce por razones de política interna de Estados Unidos y, por contagio, del resto de los países, pero está carente de cualquier justificación militar. La misión no está cumplida. Se abandona el campo de batalla porque la guerra está estancada y no estamos dispuestos a más sacrificios. Pero Occidente vivirá igual de amenazado y no nos sentiremos más seguros. Harían bien los gobiernos en meditar sobre las consecuencias geoestratégicas de abandonar a su suerte a una región clave, con Afganistán y Pakistán amenazados por el avance talibán.

La Razón - Editorial

La página que no pasa

Los talibanes responden a los planes de Obama con más muertos, entre ellos dos españoles.

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, pretende pasar página dando por terminada en 2014 la presencia militar activa norteamericana en Afganistán, lo que vale igualmente para el contingente español de 1.550 efectivos, y el resto de la fuerza occidental. Pero la insurrección talibán no se da por aludida, y apenas unas horas antes de que un sargento y una soldado -de origen colombiano- de las tropas españolas murieran ayer al estallar un explosivo al paso de su blindado, un atentado suicida al este del país causaba docenas de muertos. El pasado día 18, en una acción casi idéntica, cuatro soldados españoles resultaban heridos -dos de gravedad- y otro atentado, también suicida, se saldaba con nueve muertos en una comisaría de Kabul.

Desde el comienzo de la guerra en otoño de 2001, en que con engañosa facilidad el contingente occidental y sus auxiliares afganos derrocaban al régimen talibán, la fuerza norteamericana -que hoy cuenta con 100.000 soldados- ha tenido 1.500 bajas mortales, mientras que las tropas españolas han sufrido proporcionalmente una cifra muy superior de caídos con 96 muertos (81 en accidentes, 13 en ataques armados y 2 por causas naturales). Y a mayor abundamiento, hay una diferencia importante entre uno y otro caso. Los norteamericanos desempeñan una misión de combate como represalia por el atentado de las Torres Gemelas -septiembre de 2001- perpetrado por Al Qaeda desde su refugio afgano, y la OTAN, que incluye a la fuerza española, cumple una misión de estabilización y reconstrucción del país, por mandato de la ONU. Pero tan sutil distinción se les escapa a los talibanes que luchan contra el régimen del presidente Karzai -universalmente acusado de corrupción y manejo electoral fraudulento- y sus protectores occidentales.


El Gobierno español cuenta también con concluir su presencia militar en Afganistán en ese relativamente lejano 2014, pero sin que la tragedia sea mayor o menor por ello, este es un pésimo momento, tras la grave derrota del PSOE en las municipales y los golpes de la crisis económica, para hacer frente a las dos nuevas muertes. Voces de la izquierda -IU y BNG- piden la retirada inmediata de una misión que, tras el anuncio de Washington, cuesta defender, y el líder del PP, Mariano Rajoy, reclama, responsablemente, que se reconozca el valor y el servicio a España de los dos muertos. Suponer, sin embargo, como hace Estados Unidos, que la guerra está casi ganada y que toca volver a casa, es un ejercicio de voluntarismo para cortar la sangría. Y hay que cortarla, pero sin hacerse ilusiones.

Si la misión de la OTAN es de normalización política del Estado afgano y de reconstrucción del país, es evidente que lo que no se haya hecho ya, menos va a hacerse en un par de años. La ministra de Defensa, Carme Chacón, volaba anoche a Afganistán en un apropiado gesto. Pero es el calendario de regreso lo que hay que pasar cuidadosamente por el tamiz. Para que no haya ni un día de más.


El País - Editorial

Afganistán, una guerra sin norte

Lo que no es de recibo es que sigamos con el doble discurso de negar que estamos en guerra contra los talibán para así legitimar retrospectivamente la bochornosa campaña que la izquierda española hizo en contra de la guerra de Irak.

No podemos más que empezar este editorial dando nuestro más sentido pésame a las familias del sargento Manuel Argudín y de la soldado Niyireth Pineda, asesinados en Afganistán por un ataque talibán. Han dado su vida sirviendo a España y por ello es menester que todos les estemos agradecidos.

Ahora bien, cuestión distinta es por qué el Gobierno de Zapatero, en representación de España, ha enviado sus tropas a Afganistán. No lo ha hecho, desde luego, para librar ninguna guerra contra el islamismo, pues conocida es la postura pacifista del presidente e incluso de la ministra de Defensa, y notoria ha sido su desbandada de Irak, donde se libraba una guerra con idénticos objetivos. Ello por no hablar de que los socialistas siguen resistiéndose a emplear el término "guerra" para referirse a Afganistán.

Todo parece indicar que Zapatero envió primero al ejército español a Afganistán para reparar mínimamente su desacreditada imagen exterior tras retirar deprisa y corriendo las tropas de Irak, y que incrementó su presencia después para congraciarse con Barack Obama. Ninguno de ambos objetivos debería condicionar la política exterior y de defensa de un país serio donde el interés nacional primara sobre el interés personal de su presidente, pero en este caso, y para nuestra desgracia, sí lo hizo.


El caso es que, desnortados los fines de nuestra presencia en Afganistán, el desarrollo de las operaciones se encuentra viciado de raíz. Nuestros soldados se encuentran maniatados a la hora, no ya de defenderse, sino de atacar en primer lugar para evitar preventivamente ofensivas futuras. Una limitación que ni mucho menos se ve compensada por el hecho de que eventualmente se dote a nuestros soldados de mejores materiales y medios defensivos (como los modernos Lince); los talibán también son capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias y de atacar con bombas de gran potencia que destruyan los blindajes, como trágicamente acabamos de comprobar.

Ahora que EEUU ya ha anunciado la progresiva retirada de sus tropas, convendría que nos replanteáramos cuál es nuestro papel en la zona. Si el propósito de mantener a nuestro contingente hasta 2014 no es defender las libertades occidentales de la amenaza islamista, sino contentar a Obama, deberíamos salir del país lo antes posible. Y si, por el contrario, llegamos a la certeza de que como miembros de la civilización occidental debemos estar en Afganistán, entonces habrá que permitir que nuestras tropas también puedan atacar a sus enemigos, por mucho que ello revuelva los instintos pacifista de la plana mayor del socialismo patrio. Pero lo que no es de recibo es que sigamos con el doble discurso de negar que estamos en guerra contra los talibán para así legitimar retrospectivamente la bochornosa campaña que la izquierda española hizo en contra de la guerra de Irak; no puede construirse una estrategia militar efectiva sobre la negación de la realidad.


Libertad Digital - Editorial

Muerte en una guerra perdida

El sacrificio heroico de nuestro soldados merecería que los afganos pudieran vivir en paz en el futuro. Lamentablemente, es poco probable que eso suceda.

La muerte de dos militares del Ejército español en unnuevo atentado en Afganistán certifica que lo único que ha conseguido el anuncio de la retirada de tropas de la OTAN ha sido envalentonar a los talibanes, crecidos tras el anuncio de los Estados Unidos. La decisión impuesta por el presidente norteamericano, Barack Obama, en contra de la opinión de alguno de sus más importantes generales responde al cansancio generalizado de la opinión pública, por más que políticamente se intentará justificar con el supuesto complimiento de las condiciones decididas por los aliados en la cumbre de Lisboa.

La verdad es que en Afganistán no hay ni un gobierno estable ni unas fuerzas de seguridad locales capaces de garantizar mínimamente la seguridad del país, ni es previsible que los haya antes de que en 2014 se complete la retirada de las tropas de la OTAN. La racionalidad operativa hubiera debido aconsejar mantener a medio plazo la presión sobre los talibanes, precisamente ahora que podían sentirse más debilitados tras la muerte de Bin Laden. Al revés, al iniciar esta retirada, Obama cree que escapa de una situación sin salida, cuando lo único que hace es certificar la extrema debilidad de Occidente y de su proyección defensiva, frente a los principales retos de la seguridad mundial. Aun siendo la organización militar más poderosa del planeta, la OTAN ha encontrado claramente sus límites en Afganistán, un país de 14 millones de habitantes sumido en la edad de piedra, y está a punto de tener que afrontar una situación parecida en Libia, escenario sobre el que no se puede invocar la lejanía. Un Afganistán sumido en la guerra civil y una Al Qaida que recupera terreno pueden hacernos lamentar esta decisión, que se toma sin haber logrado poner orden en el vecino Pakistán y sin tener en cuenta los efectos que la previsible evolución del conflicto tendrá en muchos países árabes en plena efervescencia democrática.

Los militares españoles no han podido hacer más. Su papel ha estado siempre limitado por los complejos desenfocados del Gobierno socialista, que, como otros socios de la OTAN, ha hecho de sus reticencias el principal lastre para que la operación hubiera logrado un mejor resultado, y, desde luego, mucho antes. El sacrificio heroico de los que han dejado allí su vida —los dos últimos, el sargento Manuel Argudín y la soldado Niyireth Pineda— merecería que los afganos a los que han servido pudieran vivir en paz en el futuro. Lamentablemente, es poco probable que eso suceda.


ABC - Editorial

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Guerra también en Navidad

Las informaciones facilitadas por el Ministerio de Defensa sobre la situación de nuestras tropas en Afganistán suelen dirigirse a reforzar la imagen de misión humanitaria que conviene políticamente al Gobierno. Lo habitual, salvo incidentes con heridos de por medio, es que el departamento de Carme Chacón traslade a la opinión pública española el reparto de ayuda humanitaria en Qala-i-Now, o que nuestro contingente enseña español a alumnas afganas o cómo «los militares españoles potencian el papel de la mujer» en aquella sociedad. El pasado domingo, por ejemplo, Defensa informó de que el Ejército repartía en la base de Herat juguetes, ropa, calzado y productos de droguería entre la población más desfavorecida del país, con fotografías incluidas. Cualquiera debería concluir, de acuerdo con las notas del Ministerio, que las tropas españolas cumplen una misión benéfica y pacífica y que el día a día transcurre con absoluta calma y tranquilidad. El problema de esta absurda política de comunicación de Defensa es que todo eso es falso y que se perjudica la imagen de los militares hasta casi ningunear el esfuerzo, el sacrificio y el riesgo de los soldados que cumplen misión en aquellas tierras. No entendemos, ni por supuesto compartimos, la sistemática ocultación de una misión de guerra, con todas las penalidades y circunstancias que plantea y también con sus éxitos, ni por qué se priva a los militares del reconocimiento público a su excepcional trabajo en Afganistán.

La Razón publica hoy un álbum fotográfico de las navidades en el país asiático, que muestra cómo los soldados españoles, además de repartir juguetes y ropa, desarrollan sus misiones en trincheras y puestos de vigilancia. Porque la hostilidad es importante y son muchos los ataques que padecen, prácticamente todos ellos silenciados por Defensa. Según adelanta nuestro periódico en exclusiva, al menos 21 acciones de envergadura contra nuestro contingente que se produjeron en septiembre y octubre, pasaron sin pena ni gloria para el Ministerio. Como decíamos, esta política de censurar la comunicación no es nueva, sino que es una práctica habitual, si se quiere más hiriente en fechas en las que, según Defensa, el contingente pareciera que disfruta de unas vacaciones navideñas cuando en realidad se juegan la vida en cualquier curva o esquina. Ya publicamos en junio que los soldados españoles habían sufrido al menos 60 ataques desde mediados de abril hasta finales de mayo que se habían tapado. Defensa ocultó también que dos compañías de la Brigada Paracaidista repelieron el 25 de agosto sendos ataques de los talibán, el mismo día en que un terrorista mató a dos oficiales de la Guardia Civil y a su intérprete en la base de Qala-i-Now.

Defensa no puede seguir hurtando a la ciudadanía los hechos de Afganistán que afectan a nuestros soldados. La sociedad tiene el derecho de conocer la verdad y, el Gobierno, el deber de comunicársela. Por su parte, los militares se merecen que sus compatriotas sepamos y valoremos las circunstancias esenciales de su misión en un escenario bélico tan lejano, pero en el que luchan por la seguridad y la libertad de todos nosotros.


La Razón - Editorial

sábado, 18 de septiembre de 2010

Una historia de Guerra. Por Arturo Pérez Reverte

Alguien escribió en cierta ocasión que si una historia de guerra parece moral, no debe creerse. Y alguna vez lo repetí yo mismo. Pero eso no es del todo verdad. O no siempre. Como todas las cosas en la vida, la moralidad de una historia depende siempre de los hombres que la protagonizan, y de quienes la cuentan. Ésta de hoy es una historia de guerra, y quiero contársela a ustedes tal como algunos amigos míos me han pedido que lo haga. La moralidad la aportan ellos. Yo me limito a ponerle letras, puntos y comas.

Base de Mazar Sharif, Afganistán. Cinco guardias civiles, de comandante a sargento, perdidos en el pudridero del mundo, formando a la policía afgana. Cinco guardias de veintidós llegados hace cinco meses y medio, desperdigados por una geografía hostil y cruel, en misión de alto riesgo, en una guerra a la que en España ningún Gobierno llamó guerra hasta hace cuatro días. Los cinco de Mazar Sharif, como el resto, eran gente acuchillada, porque lo da el oficio. Sabían desde el principio que a la Guardia Civil nunca se la llama para nada bueno. Y menos en Afganistán. Si lo que iban a hacer allí fuera fácil, seguro, cómodo o bien pagado, otros habrían ido en vez de ellos. Aun así, lo hicieron lo mejor que podían. Que era mucho. Atrincherados en una base con americanos, franceses, holandeses y polacos, vivían con el dedo en el gatillo, como en los antiguos fuertes de territorio indio. Igual que en los relatos de Kipling, pero sin romanticismo imperial ninguno. Sólo frío, calor, insolaciones, sueño, enfermedades, soledad. Peligro. Los únicos cinco españoles de la base, de la provincia y de todo el norte de Afganistán.


Ellos y sus compañeros habían llegado a la misión tarde y mal, aunque ésa es otra historia. Que la cuenten quienes deben contarla. Aun así, con la resignada disciplina casi suicida que caracteriza al guardia civil, se pusieron al tajo. Como era de esperar, no encontraron la mesa puesta. Quien estuvo por esos mundos con militares norteamericanos, holandeses y franceses, sabe de qué van las cosas. Sobre todo con los norteamericanos, que tienen a Dios sentado en el hombro como los piratas llevan el loro. Para hacerse un hueco entre sus aliados, distantes y despectivos al principio, no hubo otra que la vieja receta de Picolandia: aprender rápido, trabajar más que nadie, no quejarse nunca y ser voluntarios para todo. Y por supuesto, tragar mierda hasta reventar. Y así, a base de orgullo y de constancia, poco a poco, los cinco hombres perdidos en Mazar Sharif se hicieron respetar.

Un triste día se enteraron de la muerte de sus dos compañeros en Qualinao. De la pérdida de dos guardias civiles de aquellos veintidós que llegaron hace medio año, y de su intérprete. Y pensaron que el mejor homenaje que podían hacerles era que la bandera norteamericana que ondea en la base fuese sustituida, aquel día, por la española a media asta. Eso no se hace allí nunca, aunque a diario hay norteamericanos muertos, los franceses sufrieron numerosas bajas, y también caen holandeses y polacos. Así que el jefe de los guardias civiles, el comandante Rafael, fue a pedir permiso al jefe norteamericano. Accedió éste, aunque extrañado por la petición. Saliendo del despacho, el guardia civil se encontró con el jefe del contingente francés, quien dijo que a él y a sus hombres les parecía bien lo de la bandera. En ésas apareció otro norteamericano, el mayor James, que nunca se distinguió por su simpatía ni por su aprecio a los españoles, y con el que más de una vez hubo broncas. Preguntó James si los muertos de Qualinao eran guardias civiles como ellos, y luego se fue sin más comentarios.

A las ocho de la tarde, cuando fuera de los barracones apenas había vida, los cinco guardias se dirigieron a donde estaba la bandera. Formaron en silencio, solos en la explanada, cinco españoles en el culo del mundo: Rafael, Óscar, Rafa, Jesús y José. Cuando se disponían a arriar la enseña, apareció el teniente coronel francés con sus cuarenta gendarmes, que sin decir palabra formaron junto a ellos. Luego llegaron el mayor James, el teniente Williams y veinte marines norteamericanos. Y también los polacos y los holandeses. Hasta el pequeño grupo de Dyncorp, la empresa de seguridad privada americana destacada en Mazar Sharif, hizo acto de presencia. Todos se cuadraron en silencio alrededor de los cinco españoles, que para ese momento apretaban los dientes, firmes y con un nudo en la garganta. Y entonces, sin himnos, cornetas, autoridades ni protocolo, el capitán Rafa y el sargento José arriaron despacio la bandera. Una historia de guerra nunca es moral, como dije antes. Si lo parece, no debemos creerla. Pero a veces resulta cierta. Entonces alienta la virtud y mejora a los hombres. Por eso la he contado hoy.


XL Semanal

jueves, 16 de septiembre de 2010

Afganistán. La guerra es tabú. Por Cristina Losada

Si Bush decía "guerra", era guerra –y una que merecía los peores adjetivos–, pero si es Obama quien emplea el término, entonces, como corresponde a un gran líder progresista hermanado con el nuestro, "guerra" significa misión de paz.

La primera ocasión que el Gobierno concedía al Congreso para debatir sobre la guerra en Afganistán se ha perdido en gansadas, como suele pasar. Entre ellas, ha brillado especialmente la imitación de Humpty Dumpty que nos obsequiaba el portavoz del partido gubernamental. Alonso, doctor en lenguas, sostuvo que cuando un anglosajón pronuncia la palabra "guerra", no debemos de pensar que habla de una guerra de verdad. Depende. Y depende, en corto y por derecho, de lo que nuestros socialistas tengan a bien interpretar. Por ejemplo, si Bush decía "guerra", era guerra –y una que merecía los peores adjetivos–, pero si es Obama quien emplea el término, entonces, como corresponde a un gran líder progresista hermanado con el nuestro, "guerra" significa misión de paz. Para saber si una guerra es una guerra basta fijarse en quiénes gobiernan y envían las tropas. Pues la cuestión no es, como pensaba la pequeña y anglosajona Alicia, "si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes". La cuestión es saber quién manda.

Aquí, mande quién mande, no se quiere reconocer de ningún modo que España participa en una guerra. Los de Ferraz recurren al eufemismo a fin de evitar que se identifique como operación bélica la que se desarrolla en Afganistán y hasta ocultan, cuanto pueden, que es la OTAN la que lleva las riendas. Pero los de Génova portan en su historial aquella "zona hortofrutícola" de Irak que describió Trillo en sus tiempos, además de la renuncia a explicar por qué nuestro país debía de apoyar la intervención contra Saddam. Ni el PP antes, ni el PSOE ahora, están dispuestos a enfrentarse a una mentalidad dominante en la sociedad. No se desea oír siquiera la palabra "guerra" y por eso los políticos no la pronuncian, salvo que puedan utilizarla en cortoplacistas juegos de oposición, como el de Zapatero contra Aznar.

Hay quien llama pacifismo a ese rechazo absoluto, suceda lo que suceda, al uso de la fuerza, pero ante todo se trata de una huida de la realidad. Las democracias no libran una guerra contra el terrorismo islámico por gusto, sino por necesidad. En lugar de formar e informar a la opinión pública para que acepte los sacrificios que entraña esa guerra, los dos grandes partidos se enzarzan en lo trivial. Ahora, Zapatero ha de protegerse, tras barreras semánticas, de los sentimientos que tanto contribuyó a sembrar.


Libertad Digital - Opinión

Afganistán: comparecer para no informar

Lo que denunciamos es la imposibilidad de ganar esa guerra cuando no se reconoce que estamos participando en ella, y cuando lo hacemos con el discurso más propio de una ONG que el que debería animar y llevar a cabo una misión militar.

El tan esperado pleno del Congreso dedicado a Afganistán y a nuestra presencia militar en aquel país ha servido para poner de manifiesto que Zapatero no está dispuesto a informar ni cuando tardíamente comparece, se supone que para hacerlo. Ya no es sólo que el presidente del Gobierno haya dejado por enésima vez de manifiesto su tozuda renuencia a reconocer que allí nuestros soldados están participando en una guerra, es que también se ha negado a informar con claridad y detalle por qué nuestras tropas lo están haciendo, contra quién estamos combatiendo, qué valores estamos defendiendo, cuáles son los objetivos de nuestra misión, cuál es el nivel de coordinación con nuestros aliados y hasta dónde estamos dispuestos a llegar con ellos.

El presidente del Gobierno no ha respondido más que con vaguedades a estos y otros muchos decisivos interrogantes, no todos ellos planteados por el líder de la oposición. Así, asegurar que "seguiremos haciendo todo lo posible para que pronto llegue el día en que nuestras tropas puedan abandonar el territorio afgano con la plena satisfacción del deber cumplido" está bien, siempre y cuando nos diga previamente, de forma concreta y clara, cuál es ese "deber que hay que cumplir". Referirse a él con inconcretas referencias a la "seguridad" o a la "estabilización del país" en nada lo esclarece, como tampoco lo hacen las referencias al terrorismo islámico, que parecían más destinadas a reforzar la versión oficial respecto a la autoría del 11-M que a otra cosa.

A este respecto no podemos dejar de manifestar nuestra sorpresa al ver cómo quienes dan por incontestable la autoría islamista de ese atentado, y la han utilizado para justificar nuestra precipitada retirada de Irak, la saquen ahora a colación para justificar nuestra permanencia en Afganistán. ¿Es que Zapatero aspira para Afganistán algo distinto a lo que no ha contribuido a lograr para Irak?

Somos los primeros, con independencia de la desacreditada versión oficial del 11-M, en advertir que el terrorismo islámico es una amenaza para todo el mundo libre y que Afganistán es un campo en el que hay que librar esa guerra. Lo que denunciamos es la imposibilidad de ganarla cuando no se reconoce que estamos participando en ella, y cuando lo hacemos con un discurso más propio de una ONG que el que debería animar una misión militar.

También nos ha llamado la atención que Zapatero no respondiera –ni Rajoy planteara la pregunta– sobre el grado de coherencia de luchar contra el terrorismo islámico en Afganistán, cuando además de satisfacerlo en Irak, nuestro Gobierno lo está financiando con el pago de rescates en el Sahel. Como valientemente ha denunciado Rosa Díez: "Para liberar a uno de los nuestros no se puede pagar a los que asesinan a otros de los nuestros".

El caso es que, visto lo visto, es imposible hacerse una idea sobre cuáles son los planes para Afganistán de nuestro Gobierno ni a corto ni a medio plazo ni lo que va a proponer nuestro país en la próxima cumbre de la OTAN en Lisboa. Respecto los irresponsables anuncios de retirada norteamericana, posteriormente matizados por el Gobierno de Obama, Rajoy ha estado muy acertado al advertir que "o bien los objetivos se olvidan de los plazos, o los plazos obligarán a olvidar los objetivos". El problema es que el nihilista de Zapatero no tiene claro ni los plazos ni los objetivos de nuestra presencia militar en Afganistán.


Libertad Digital - Editorial

Guerra en Afganistán

Al presidente del Gobierno le viene grande la política internacional porque sigue aplicando doctrinas «buenistas» y términos grandilocuentes que nadie admite.

DESPUÉS de cinco años, con un balance de 94 bajas y casi 1.600 soldados desplegados, Rodríguez Zapatero se dignó ayer a comparecer ante el Congreso de los Diputados para explicar el punto de vista del Gobierno sobre la misión de las Fuerzas Armadas en Afganistán. El presidente mantuvo ante la Cámara una postura ambigua, apelando a una genérica lucha contra el terrorismo global y asegurando que España seguirá allí hasta que la operación de la OTAN agote sus objetivos. La opinión pública merece explicaciones rigurosas en una cuestión de Estado que Mariano Rajoy abordó una vez más con realismo y sentido de la responsabilidad. A pesar del apoyo de una oposición capaz de situarse al margen del partidismo, el jefe del Ejecutivo mostró su faceta más oportunista, cuyo único objetivo es salir del paso «como sea». Las disquisiciones lingüísticas del propio Rodríguez Zapatero y del portavoz socialista para no utilizar la palabra «guerra» son fiel reflejo de un planteamiento absurdo que supone una falta de respeto a la inteligencia de los ciudadanos. El presidente utilizó todo tipo de circunloquios, como «escenario bélico» o «escenario caracterizado por la violencia y el conflicto», y José Antonio Alonso rozó el despropósito con la imaginaria distinción entre el uso de los términos «war» en inglés y «guerra» en español. Nuestros soldados sufren agresiones continuas y corren cada día serios peligros en un territorio hostil. Merecen por ello un apoyo político al más alto nivel, sin convertir esa genuina misión de guerra —elogiada recientemente por el general Petraeus— en una supuesta acción humanitaria y solidaria, al gusto de la retórica gubernamental.

A estas alturas, la dialéctica del contraste entre Irak y Afganistán demuestra un sectarismo ideológico y una preocupante falta de madurez en materias muy delicadas. Las democracias occidentales luchan contra un desafío a gran escala, y para afrontarlo con garantías de éxito es preciso tener las ideas claras y llamar a las cosas por su nombre. Al presidente del Gobierno le viene grande la política internacional porque sigue aplicando doctrinas «buenistas» y términos grandilocuentes que nadie admite en la situación actual. España y sus aliados luchan en Afganistán a favor de la libertad y en contra del fundamentalismo que sirve de coartada ideológica al terrorismo universal. El sacrificio heroico de los soldados españoles merece que el Gobierno reconozca esa realidad, y no pretenda ocultar la evidencia a base de falacias sin sentido.

ABC - Editorial

martes, 14 de septiembre de 2010

Petraeus sí cree

Los soldados y guardias civiles destinados en Afganistán están demostrando que nuestras Fuerzas Armadas vuelven a estar entre las más poderosas y flexibles del mundo.

AUNQUE la misión que desempeñan los militares españoles en Afganistán pueda estar más o menos delimitada por las instrucciones políticas del Gobierno, este condicionamiento no puede poner en cuestión su preparación y profesionalidad. Desde que participan en misiones internacionales en el marco de la OTAN, los soldados y guardias civiles destacados en Afganistán están llevando a cabo su tarea más compleja en mucho tiempo y, de algún modo, están demostrando que nuestras Fuerzas Armadas vuelven a estar entre las más poderosas y flexibles del mundo, como han reconocido nuestros aliados norteamericanos. La carta del general Petraeus alabando su modo de actuación en la zona donde ejercen su responsabilidad lo reafirma claramente.

La guerra en aquel escenario remoto es también especialmente compleja, y probablemente deje una herencia imborrable entre las filas de los militares españoles. Hasta ahora se ha demostrado que no será fácil llevar a cabo el objetivo de dejar un Afganistán estable, en el que los extremistas islámicos no puedan volver a tener su guarida para hostigar a Occidente. Los soldados españoles que están en la primera línea y que han compartido con ABC su tarea son los primeros en darse cuenta de que es necesario actuar con la mirada puesta en el respeto a la población, cuya estabilidad han venido a garantizar, pero con mano dura contra unos terroristas que van a hacer todo lo posible por destruirla. El secretario general de la OTAN decía en estas mismas páginas que la Alianza no se retirará hasta que no haya cumplido su misión. Entonces podremos sentirnos orgullosos de que los militares españoles han contribuido eficazmente a la consecución de esa victoria.


ABC - Editorial

domingo, 12 de septiembre de 2010

La victoria en Afganistán

La determinación del secretario general de la OTAN al garantizar un resultado positivo de la misión afgana contrasta con la cicatería de algunos gobiernos aliados.

LA guerra de Afganistán comenzó hace ahora nueve años en Nueva York y Washington, con un ataque terrorista dirigido contra los principios esenciales de la civilización occidental. Entonces, y por primera vez, la OTAN invocó el artículo 5 de su carta fundacional, al declarar que el ataque contra territorio norteamericano era un ataque contra todos los aliados, lo que puso en marcha su mayor operación militar en un territorio remoto y extremadamente complejo. Conviene recordar el origen de la misión militar de Afganistán, en la que también combaten soldados españoles —casi un centenar de ellos lo han pagado con su vida—, para comprender mejor las razones por las que sigue siendo necesario llevarla a cabo y poner todos los medios necesarios para garantizar que sea un éxito. Como bien afirma el secretario general de la OTAN en la entrevista que ABC publica hoy, «la derrota no es una opción». En efecto, la posibilidad de que la organización militar más poderosa de todos los tiempos no sea capaz de alcanzar sus objetivos en un país que figura entre los más pobres del mundo sería catastrófica para su reputación y tendría consecuencias incalculables.

Hasta ahora, el sacrificio de soldados de la OTAN y países aliados que combaten en Afganistán no ha sido inútil, puesto que los terroristas y extremistas islámicos no han podido seguir utilizando su territorio para preparar nuevos ataques contra las sociedades occidentales. Sin embargo, resulta lógico que los ciudadanos de los países democráticos se interroguen sobre las dificultades —aparentemente insalvables— de una guerra cuya salida no se vislumbra a corto plazo. La determinación del secretario general de la OTAN al garantizar un resultado positivo de la misión contrasta con la cicatería de algunos gobiernos aliados que, como el español, se niegan siquiera a llamar a una guerra por su nombre, o que retrasan o evitan aportar los medios que requiere el mando aliado, porque piensan más en los criterios de política interna a corto plazo que en sus obligaciones e intereses estratégicos. Los dirigentes aliados, impulsados por la actual administración norteamericana, anunciarán en la cumbre del próximo noviembre la puesta en marcha del plan para transferir a las fuerzas afganas la responsabilidad de la seguridad en su país. En efecto, la OTAN no tiene ambiciones de permanecer indefinidamente en Afganistán, pero todos los países implicados en esa guerra deben hacer un esfuerzo para garantizar que esa transferencia sea segura e irreversible.

ABC - Editorial

viernes, 27 de agosto de 2010

¿Morir por Afganistán?. Por José María Carrascal

Seguimos sin debate sobre nuestra participación en Afganistán, sin saber si los costes compensan los beneficios.

LA única diferencia entre Irak y Afganistán son los actores, Bush y Aznar por un lado, Obama y Zapatero por el otro. En el resto, estamos ante el mismo conflicto: el Oeste batiéndose con el radicalismo islámico, con el propósito de establecer la democracia en ambos países, desde hace ya más tiempo que se batió con la Alemania nazi. Y con peores perspectivas. Podría alegarse que la intervención en Afganistán se hizo bajo el paraguas de la ONU, y la de Irak, no. Pero a estas alturas ambas tienen igual cobertura, aunque de poco les sirve.

Para el Gobierno español, sin embargo, se trata de situaciones totalmente distintas. Estamos ante otro de esos espejismos con los que nuestro presidente intenta sustituir la realidad por la ficción, como fue traer la paz al País Vasco negociando con ETA, articular territorialmente España con nuevos estatutos de autonomía o resolver la crisis económica negando su existencia. En Afganistán, se trata de llamar a aquella guerra «misión humanitaria». Las víctimas vienen a ser algo así como accidentados de tráfico, las condecoraciones, cruces de beneficencia. La guinda la puso el anterior ministro de Defensa: «Nuestro soldados sólo dispararán si son agredidos». Mientras la ministra actual, calla.


El caso es demostrar que no estamos en una guerra y ahí tienen al ministro de Interior anunciándonos, de riguroso luto, las dos últimas bajas, como horas antes daba por cerrada la crisis con Marruecos por Melilla. Si lo cree, es un ingenuo. Si no lo cree, un cínico.

Seguimos sin debate sobre nuestra participación en Afganistán, que es lo menos que puede pedirse en una democracia, sin saber por tanto si los costes compensan los beneficios. Todo por el maniqueísmo de un gobierno que hace la misma guerra que el anterior, y al que criticó hasta la saciedad por ello.

Lo de Afganistán, como el resto de las crisis en que anda metido, no hará más que empeorar. Es aquél un conflicto demasiado complejo para abarcarlo en una «postal», por lo que lo dejo para una próxima «Tercera». Pero adelanto tres cosas: que aquello es una guerra. Que se está perdiendo. Y que el Gobierno español seguirá mintiendo hasta el final, por más que los hechos le contradigan, como está haciendo con la crisis económica. Y es que ya no sabe hacer otra cosa. El mundo ficticio donde se ha instalado se lo impide e incluso tiene que mentir en aquello que debiera enorgullecerle, como es defender la democracia en la otra esquina del mundo. A tal extremo le ha llevado la ignorancia, el sectarismo y la obstinación.

Mientras a los españoles sólo parece preocuparnos la Liga que empieza. Claro que puede ser más real que nuestra política. Y menos peligrosa.


ABC - Opinión

Afganistán. La guerra no es virtual. Por Florentino Portero

Si el Gobierno de la "Alianza de las Civilizaciones" no entiende, o no quiere entender, lo que está en juego en Afganistán, lo mejor que puede hacer es retirar las tropas.

Cuando un país renuncia al sentido común cualquier disparate es posible. Los españoles nos sorprendemos de que en una guerra haya muertos, de la misma manera que nos indigna que los inversores internacionales degraden nuestra posición porque gastamos más de lo que ingresamos. De la mano de ese peculiar flautista de Hamelin que es nuestro presidente de Gobierno, hemos entrado con decisión en los terrenos de la realidad virtual, donde lo único que parece contar es nuestra santa voluntad. Y así, si nosotros decidimos que nuestra misión en Afganistán es ayudar a la reconstrucción, los miles de guerrilleros que por aquellas tierras pululan deben aceptarlo y punto.

Pues no, parece que las dulces melodías que salen de la flauta de nuestro presidente no tienen efectos más allá de nuestras fronteras. Las milicias talibán tienen claro que allí no pintamos nada y que, además, tenemos media bofetada y a la mínima echamos a correr. No andan muy desencaminados y a la vista está el excelente trabajo "diplomático" por el que nuestro Gobierno se ha puesto todo tipo de medallas al cumplir las condiciones que le impuso la franquicia de Al Qaeda en el Magreb Islámico, y al tiempo repartir parné a diestro y siniestro entre cuantos mediadores se pusieran a tiro ¡Eso sí que es oficio!


Con toda la razón del mundo nuestro presidente se quita de en medio ¿Cómo explicar qué hacemos en Afganistán si ni él lo sabe? Si hubiéramos querido ser útiles en la reconstrucción del país nos habríamos apresurado a garantizar la seguridad de los territorios que nos habían asignado, buscando y eliminando los núcleos de fuerza talibán. Pero ese no era el caso. Se trataba de demostrar a la Alianza que a pesar de la "espantá" de Irak éramos un socio fiable, un Estado con el que se debía contar. Cuando se expone la vida de españoles de uniforme hay que tener muy claro que se está defendiendo el interés nacional, nuestra seguridad. Si el Gobierno de la "Alianza de las Civilizaciones" no entiende, o no quiere entender, lo que está en juego en Afganistán, en qué medida depende de su resolución la estabilidad de Pakistán, el efecto que tendrá un resultado u otro en el conjunto del islam... lo mejor que puede hacer es retirar las tropas. Si de verdad comprende todo lo que está en juego debería renunciar a la humillante "Alianza de las Civilizaciones" y asumir plenamente el compromiso de derrotar al islamismo radical, en el caso de que ya no sea demasiado tarde.

Nuestros oficiales se sintieron sorprendidos por la reacción de la población afgana tras lo ocurrido. No tienen por qué. Muchos de sus alumnos se incorporarán en breve a las fuerzas talibán, por la sencilla razón de que nosotros estamos de paso mientras que los talibán tienen voluntad de victoria y están ganando la guerra. Si con el dinero que el contribuyente aporta se financia a Al Qaeda en Malí, ¿por qué no vamos a emplear otra respetable cantidad en formar los cuadros de la policía o del ejército taibán? Ésta es la España de Zapatero donde todo disparate tiene cabida.


Libertad Digital - Opinión

¿Qué hacemos en Afganistán?. Por M. Martín Ferrand

Nuestra política exterior es un género bufo y, salvo el amor al comunismo cubano, es difícil encontrar una constante.

AFGANISTÁN dejó de ser la ruta de la seda para convertirse en la de la amapola; pero, quienes hemos leído Kim de la India, le debemos a Rudyard Kipling un cierto entendimiento de la áspera realidad de un territorio en el que, desde Ciro el Grande, rey de los persas, hasta Barack Obama, presidente de los EE.UU., han fracasado todos los titanes de la Historia. Bastaría una reflexión en ese sentido para encontrar una respuesta a una pregunta elemental: ¿qué hacemos nosotros, los españoles, en un rincón del mundo tan distante de nuestros intereses, tan lejano de las prioridades de nuestra política exterior y, como ya demuestra una negra contabilidad, tan mortífero para nuestros soldados?

Son muchas las respuestas que nos debe José Luis Rodríguez Zapatero, el gobernante espasmódico que, por las mismas razones que nos sacó de Irak, en desprecio a los compromisos adquiridos por el Estado español, nos metió en Afganistán para aliviar sus complejos y disimular sus errores y gestos antinorteamericanos, impropios de quien pretende ser un líder planetario, pobrecito. En función de los últimos acontecimientos, la más urgente de todas esas respuestas es la que explique nuestra presencia afgana.

Nuestra política exterior es, de hecho, un género bufo y, salvo el amor al comunismo cubano, es difícil encontrar en ella, a lo largo de los años que llevamos de zapaterismo, ninguna constante. Hace solo unas horas, a propósito del rescate de los secuestrados por Al Qaeda del Magrel Islámico, el presidente Nicolas Sarkozy ha tenido que recordarnos que «pagar rescates y aceptar la liberación de presos a cambio de pobres inocentes no puede ser una estrategia». Para nosotros, por lo que llevamos visto, se trata de una costumbre fáctica que concuerda con la política débil y pastueña que, inspirada desde La Moncloa, ejecuta con entusiasmo el titular de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos.

Lloramos ahora el asesinato de tres españoles —los nacionalizados también lo son— mientras cumplían con su deber en Afganistán. Alguien, aunque solo sea por respeto a su memoria y a sus familiares, debiera darnos una explicación suficiente del sentido de la presencia española en aquel escenario bélico. La «misión humanitaria y asistencial» ya no se tiene de pie cuando nos aproximamos al centenar de muertos en un lugar que, en lo que a España respecta, no tiene sentido político, interés estratégico, valor logístico o razón crematística. Zapatero encontró en Afganistán una zarza con moras verdes para quitar la mancha de las maduras que recolectó en Irak y ahora tenemos manchas de dos colores.


ABC - Opinión

Perder en Afganistán. Por Ignacio Camacho

En los conflictos de la democracia contra la barbarie ésta tiene la ventaja de que nunca titubea.

EN Afganistán no sólo estamos en una guerra, sino que además resulta bastante probable que la vayamos perdiendo. Una guerra se empieza a perder cuando a uno de los bandos le entra la duda sobre su presencia o su papel en ella, y se pierde casi del todo cuando se le intenta poner fecha al final por adelantado, como ha hecho Obama —el comandante en jefe de la misión internacional— presionado por las reticencias de la opinión pública y las ciberfiltraciones del horror bélico. Si le dices al enemigo cuándo te vas a retirar, le estás poniendo a su resistencia un horizonte de esperanza. Y en los conflictos de la democracia contra la barbarie ésta tiene la ventaja de que nunca titubea.

Perder en Afganistán no significa abandonar a los afganos bajo un régimen de opresión medieval que a lo peor hasta desean. Significa sacar bandera blanca en el combate contra el terrorismo islámico y entregarle una gigantesca base de entrenamiento y operaciones en un territorio estratégico, a un paso de una potencia nuclear —Pakistán— muy permeable y a otro del polvorín de los «tanes» exsoviéticos. Perder en Afganistán supone aceptar que la libertad es una causa restringida a Occidente, volver a derribar las Torres Gemelas y a reventar el Metro de Londres y los trenes de Atocha. Perder en Afganistán es un revés militar, un fracaso político y una derrota moral del mundo libre ante el salvajismo teocrático. Perder en Afganistán es una tragedia, pero una tragedia factible y hasta probable.


Para evitarlo se necesita algo más que pericia militar y superioridad tecnológica. Es menester una determinación que sólo puede surgir de la convicción ideológica, de la conciencia de que esa guerra no es un ataque preventivo ni un ejercicio de intervencionismo caprichoso sino un acto de defensa de la sociedad abierta. Y se requiere un liderazgo colectivo incólume capaz de articular la fortaleza colectiva imprescindible para resistir el desafío. Ni Atenas ni Europa habrían resistido a la barbarie sin el coraje de un Pericles o un Churchill. Pero, eso sí, ellos supieron explicar a su gente por qué tenían que seguir luchando.

En Afganistán se pierde cada vez que se duda. Cada vez que el Gobierno de un país participante flaquea ante el luto por las bajas, autolimita su capacidad de maniobra, minimiza la crudeza del conflicto, despista a sus ciudadanos con evasivas o no encuentra razones para argumentar el sacrificio. Cada vez que se replantea el debate político desde el cálculo electoral, desde la pusilanimidad contemporizadora o desde el egoísmo tacticista. Cada vez que vacila el pulso de la coalición ante los golpes sufridos y la sangre derramada. Los talibanes no flaquean, no se contradicen, no debaten. Desprecian y reprimen la libertad en sus dominios pero se aprovechan de la del adversario para debilitar su fuerza. Y aunque sean analfabetos saben que en la Historia las guerras las ganan siempre los que saben por qué hacerlas.


ABC - Opinión

Otro rumbo para Afganistán

El ataque terrorista en la antigua base española de Qala-i-Now que costó la vida al capitán José María Galera Córdoba, al alférez Abraham Leoncio Bravo y al traductor español de origen iraní Ataollah Taefik ha reavivado un debate latente sobre la prolongación de la misión en Afganistán. Algunos grupos parlamentarios han presentado ya iniciativas para debatir en el Congreso las condiciones de seguridad de las tropas, el deterioro de la situación y la auténtica relación con la población civil. Duran Lleida ha reclamado directamente un debate para «valorar» el conflicto y la contribución de nuestro país a la guerra. Es, por tanto, una discusión política abierta que, sin embargo, habría que cerrar cuanto antes. Lo que estaba justificado hace unos años lo está aún hoy, porque la comunidad internacional se encuentra muy lejos de haber alcanzado los objetivos que requirieron la presencia de las tropas aliadas. Introducir elementos de vacilación en las sociedades occidentales desde los propios gobiernos ha contribuido en buena medida a la desestabilización actual y a que el conflicto haya entrado en una fase dura. Al igual que sucede en Irak, el precipitado anuncio de Barack Obama sobre la retirada de las tropas en 2011 ha alentado la esperanza y la resistencia de los talibán, que han interpretado correctamente que existen serias opciones de que puedan ocupar por la fuerza el vacío que los militares aliados dejarán ante una administración local corrupta e incompetente. Las diferencias entre Obama y sus mandos militares han abierto otra brecha contraproducente.

Es cierto que la comunidad internacional ha cometido demasiados errores en Afganistán. El principal es no haber preparado la posguerra, no haber apostado decididamente por la prosperidad y la construcción de un nuevo país. La miseria de los talibán no fue sustituida por la abundancia de los extranjeros, y esto generalizó la hostilidad. Ha faltado planificación y estrategia, porque los países occidentales se quedaron a medio camino, que siempre es la peor opción. Y ahora el conflicto se ha enquistado, con una guerra que no podemos ganar con el despliegue de fuerzas actual ni tampoco podemos perder. Los militares de la Alianza Atlántica han perdido años en el intento de que los políticos asumieran esa verdad y apostaran por una táctica diferente. Pero los indicios apuntan a que el desgaste político de los gobiernos y el hartazgo de las opiniones públicas nos abocan a una encrucijada incierta.

Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy conocieron ayer de primera mano la situación de las tropas españolas y el desarrollo del conflicto. Y sería muy positivo que ambos coincidieran en que España debe estar junto a sus aliados en el cumplimiento de sus compromisos, y en que el trabajo de nuestros militares merece un respaldo colectivo. En Afganistán queda trabajo por hacer. Se libra una guerra contra un terrorismo global capaz de atentar en cualquier país. Se pierden héroes en el combate para salvar miles de vidas. La misión necesita un nuevo rumbo, que apueste decididamente por recuperar el control, estabilizar el país y llevar la prosperidad a las calles. Si los gobiernos no están dispuestos a ello, los sacrificios serán baldíos.


La Razón - Editorial

jueves, 26 de agosto de 2010

La costumbre de morir. Por Ignacio Camacho

El Gobierno se siente incómodo en ese crudo conflicto que desnuda las contradicciones de su argumentario pacifista.

SI fuese por el discurso oficial del Gobierno, los españoles no entenderíamos por qué nuestros compatriotas mueren en Afganistán. El zapaterismo no ha sido capaz todavía de articular una explicación coherente y sincera de la presencia militar en un conflicto armado que el Gobierno empezó negando torpemente para continuar cubriéndolo de eufemismos y paños calientes con tal de no aceptar la evidencia sangrienta que el sacrificio de nuestros soldados está imponiendo en la conciencia de la opinión pública. Y sigue aferrado a tópicos voluntaristas —la misión de paz y otros lugares comunes de su repertorio de ambigüedades— y a artificios retóricos para evitar su obligación de ofrecer al país un argumento claro que justifique el amplio coste de vidas de esa guerra remota que parece incomodar la retórica pacifista del presidente y sus acólitos. Zapatero tiene pendiente desde hace medio año una comparecencia parlamentaria en la que afronte de una vez y sin tapujos la responsabilidad de solventar una contradicción flagrante de su mandato. Parapetado en la anuencia del PP —de eso no se puede quejar en este caso— elude de manera permanente la necesidad de dar la cara ante la nación para explicarle por qué es menester afrontar este reiterado tributo de sangre.

Noventa y dos soldados muertos —casi cinco veces más que en Irak— merecen ese esfuerzo político. Morir en Afganistán ya no es para nuestros militares un riesgo eventual de una misión auxiliar sino una costumbre macabra que no se puede disimular con circunloquios dialécticos y rostros contritos en el telediario. La presencia de España en esa guerra necesita un soporte moral e intelectual más sólido que las divagaciones —a menudo falaces— del impreciso discurso gubernamental. Obama, tan admirado por el presidente, lo ha buscado para su país en la teoría de la guerra justa que estructuró su discurso del Nobel de Oslo. Hay más razones: la lucha contra el terrorismo islámico, el compromiso internacional con los aliados del mundo libre, la cobertura de la ONU, la solidaridad con la causa democrática en Oriente Medio. Pero hay que explicarlas. En eso consiste el liderazgo.

La sensación es que el Gobierno se siente incómodo, embarazado en ese conflicto que desnuda con su crudeza las incongruencias de su simple argumentario pacifista. Lo manifiesta en sus elocuentes silencios y ausencias —¿dónde estaba ayer la ministra Chacón, tan propensa a las fotos sonrientes y al estilismo de campaña?—, en sus evasivas sinuosas, en las versiones edulcoradas de episodios dramáticos. Pero las muertes van a continuar y ese goteo siniestro requiere la valentía de un debate sin fingimientos, sin melindres, sin falsos complejos. Zapatero tiene, además del respaldo del PP, razones suficientes para ganarlo. Sólo le falta voluntad para afrontarlo y coraje para abandonar su endeble fetichismo ideológico.


ABC - Opinión

El último cartucho. Por Pedro Pitarch

«En Afganistán, la capital importancia de algunas cosas en juego —las vidas de nuestros soldados y guardias civiles en primer lugar— exige de nuestros responsables que, de una vez por todas, abandonen toda ficción».

Míster Obama recuerda al típico sheriff justiciero de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, tan populares en los años 60. En mayo de 2009, para cambiar de estrategia en Afganistán, el presidente muescó las cachas de su revólver tras freír al general McKiernan. A éste le sucedió el general McChrystal, hasta junio de 2010, cuando Obama desenfundó otra vez y también lo liquidó. Las opiniones sobre su presidente atribuidas a McChrystal en el famoso reportaje de la revista «Rolling Stone» fueron las razones «oficiales» para ese dramático desenlace. Pero releyendo con calma esa crónica, el espectador no niega que lo dicho sobre el presidente fue algo indiscreto e inoportuno, posiblemente una falta, pero de una gravedad controvertible. La inmediata algarabía modulada sobre la onda de la «supremacía del poder civil sobre el militar», que orquestaron los habituales descubridores de lo obvio, facilitó apretar un engrasado gatillo.

La chunga relación entre Obama y sus generales no es algo fortuito. Se inscribe en el sensible marco de las relaciones entre lo político y lo militar e impele a reflexionar, con respeto y seriedad, sobre ellas. La estrategia política emplea una mezcla de decisiones revisables, regates, amenazas, firmeza y concesiones para alcanzar los objetivos políticos con la mayor rentabilidad, o al menor coste, no sólo en términos económicos, sino también de imagen y, especialmente, electorales: la lógica política está gobernada por el principio de economía. La estrategia militar, por su parte, se concentra en el empleo de los medios para lograr los objetivos asignados por la política de la manera más rápida y rotunda: la lógica militar está regida por el principio de eficacia. Esta desemejanza de principios lógicos fundamenta una siempre latente desconfianza recíproca, que emerge pujante ante la ausencia de éxitos, de la que Afganistán es paradigma. Aceptando los riesgos asociados a las generalizaciones, se podría decir que el político sentiría alguna recóndita prevención hacia el uniformado, al entender (con cierta razón) que un fuerte y eficaz «poder» militar erosiona los valores democráticos y complica el ejercicio del «poder» civil. Y el militar recelaría del político al barruntar (no sin algún fundamento) que el interés del «poder» civil no va siempre más allá de procurar perpetuarse, al margen de la eficacia de su gestión. Sin embargo, cualquier militar de un país democrático suscribe, sin restricción mental alguna, la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder ejecutivo en los términos previstos en las leyes. Tampoco cuestiona que la actividad militar debe estar sometida al control político. Lo cuestionable sería la manera como este dominio es ejercitado. En román paladino: hasta qué punto el Mando, especialmente en operaciones, debe estar intervenido por quienes, desde fuera de la cadena de mando, no solamente intentan imponerle lo que debe lograr sino incluso cómo tiene que hacerlo. Y en el argumento de McChrystal subyacen dos relevantes aspectos ignorados por los «analistas»: la legítima defensa de la razonable libertad de acción que todo militar necesita para cumplir las misiones encomendadas; y la serena protesta por la permanente intrusión en la cadena de mando, de políticos intermedios que medran metiendo su cuchara en la sopa del mando militar. Por cierto, ¿no es algo cínico que algunos que después de abroncar a los militares si, en situación de activo, osan filtrar la más mínima crítica sobre el poder, también les increpen si el comentario lo hacen estando en otra situación, por no haberse manifestado públicamente cuando estaban en activo? ¿En qué quedamos?

En Afganistán, la capital importancia de algunas cosas en juego —las vidas de nuestros soldados y guardias civiles en primer lugar— exige de nuestros responsables que, de una vez por todas, abandonen toda ficción. El nuevo comandante de ISAF, el general Petraeus, está tratando de armar su propia estrategia de contrainsurgencia, la cual, aunque me tilden de herético (ya estoy acostumbrado), demanda también ciertas dosis de contraterrorismo. Y para tener éxito necesita un mayor volumen de tropas y más tiempo. El primero parece hoy fuera de cuestión y, al menos de momento, el general no lo ha mencionado. Sí lo ha hecho con el segundo, el tiempo, que es el talón de Aquiles de la actual estrategia, de la que forma parte integral. No ha aclarado Petraeus si el tiempo del que habla ha de medirse con el reloj digital de la OTAN o con el de arena del talibán. En cualquier caso, tampoco será fácil obtenerlo y la negativa verbal ya ha salido de Washington. Obama está atrapado por su compromiso público sobre los plazos de repliegue. Promesa que sirvió de palanca impulsora para la adhesión a la nueva estrategia de los gobiernos contribuyentes a ISAF. Alguno, como el español, llegó a más: se abalanzó, en diciembre de 2009, a santificar la nueva estrategia que iba a ser presentada oficialmente a los aliados en la conferencia de Londres un mes después. Y así, España, ausente de la elaboración de esa estrategia, se co-responsabilizó de ella a tope innecesariamente, bajo el eslogan «vamos más para volver antes». En este escenario, si al final, el Gobierno estadounidense quebrara su compromiso con los plazos de repliegue de sus fuerzas ¿estaría dispuesto el español a hacer lo propio? Desgraciadamente, el estancamiento de las operaciones —Helmand y Kandahar son dos ejemplos, que tienen mucho que ver con la salida de McChrystal— no está aportando más efectos visibles que el incremento de los muertos y, como mucho, una cierta contención. Esta «vietnamización afgana» está reventando las costuras de algunos países que, participando en el esfuerzo de guerra, son paradójicamente incapaces de aceptar bajas; pero no ya solo las propias, sino incluso las del adversario. En la retaguardia, la guerra es percibida como excesivamente larga y, al no estar ganándose, se está perdiendo. Las filtraciones publicadas por «WikiLeaks» sobre presuntos crímenes de guerra, y que confirman la complicidad de los servicios pakistaníes con el talibán, incrementan exponencialmente el cansancio general.

No nos engañemos, el relevo de comandantes significa la revisión de una estrategia que, vendida hace unos meses como longeva panacea, está resultando estéril y fugaz terapia. El reciente repliegue del contingente de los Países Bajos, uno de los Estados históricamente más comprometidos con la OTAN, es una señal de grave deterioro de la solidaridad que cimenta el edificio atlántico. La credibilidad de la Alianza está amenazada en Afganistán y, consecuentemente, también lo está la de la defensa colectiva en Europa. En todo caso, sería conveniente contraponer las consecuencias de la no ampliación de los plazos de repliegue, con las de minar los fundamentos de la Alianza por hacer lo contrario. El espectador piensa que la estrategia inteligente pasa ahora por encontrar pronto una ventana de oportunidad para, salvando la cara, evadirse de la prisión afgana. Con la opción Petraeus, Míster Obama ha introducido en el tambor de su coltel último cartucho disponible hasta su próximo año electoral. Antes de gastarlo, tendrá que calibrar cuidadosamente lo que uno de sus antecesores en la Casa Blanca, Abraham Lincoln, afirmaba: «Una papeleta de voto es más fuerte que una bala».

Pedro Pitarch, es Teniente General del Ejército Español.


ABC - Opinión

La verdad sobre Afganistán

La guerra contra el terrorismo islamista se cobró ayer tres nuevas víctimas españolas en un atentado en la antigua base de Qala-i-Now, en la provincia afgana de Badghis. Un talibán infiltrado, que trabajaba como chófer del jefe de policía afgano, disparó contra el capitán José María Galera Córdoba, el alférez Abraham Leoncio Bravo y el intérprete nacionalizado español Ataollah Taefi Kalili, que murieron prácticamente en el acto. Los talibán reivindicaron el atentado.

Por encima del resto de valoraciones, nos parece de justicia en estas horas de intenso dolor, especialmente para las familias y los compañeros de las víctimas, agradecer y reconocer el trabajo y el sacrificio de los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y de las Fuerzas Armadas destacados en el país asiático, y su compromiso en la defensa de la libertad y la seguridad en un escenario bélico a miles de kilómetros de casa.

Muy distinto, y mucho más complejo, es el debate político sobre la participación española en la guerra de Afganistán. Superados los tiempos en los que el Gobierno insistía torpemente en hablar de misiones de paz, el ataque de ayer y el día a día de la operación siembran cada vez más dudas sobre la evolución del conflicto y la gestión del mismo por parte del Ejecutivo.


Algunas circunstancias han dejado en evidencia en las últimas horas la verdad oficial. Sólo un día antes del atentado, se ofreció la imagen de la entrega de sus armas por parte de unos talibán en la base de Qala-i-Now. El mensaje de la propaganda era que los islamistas casi comenzaban a rendirse. La maniobra de desinformación se desmontó dramáticamente con los disparos del talibán infiltrado y, en un hecho de honda repercusión y sin precedentes, con la revuelta popular posterior al atentado contra los guardias civiles, cuando cientos de afganos intentaron tomar la base española y se desató una dura refriega.

¿Cuál es la verdad de Afganistán? Los hechos han demostrado de forma contumaz que el Gobierno oculta o «cocina» la dureza de un conflicto en un territorio que demuestra una hostilidad creciente. En LA RAZÓN hemos informado de numerosos incidentes armados de nuestras tropas que no habían trascendido públicamente, de las durísimas condiciones en las que los militares desarrollan su trabajo y de una seguridad mejorable, tanto operativa como material. Duran i Lleida reclamó ayer un debate para «valorar» la presencia española en el territorio, pero ése es un atajo equivocado. España está obligada a cumplir con sus compromisos internacionales desde el convencimiento de que la guerra contra el terrorismo no se ganará mirando para otro lado, aunque es cierto que el errático discurso de Barack Obama sobre la futura retirada no ayuda.

Lo que toca ahora es analizar de forma crítica si los militares españoles disponen de lo necesario para alcanzar los objetivos de la misión y si los intereses políticos del Gobierno no están perjudicando a ésta. Y también hay que abordar el deber público de la transparencia. Se dice que la verdad es la primera víctima de la guerra, pero en una democracia los ciudadanos tienen el derecho a conocerla. El Parlamento está para eso.


La Razón - Editorial

Luto en Afganistán

El atentado en Qala-i-Naw y la revuelta posterior prueban el éxito de la estrategia talibán

Dos guardias civiles y su intérprete murieron ayer en la base española Qala-i-Naw, en Afganistán. Pese a tratarse de una acción individual y perpetrada por el chófer de uno de los agentes, el Gobierno la interpretó desde los primeros instantes como una acción terrorista premeditada, un extremo confirmado apenas unas horas después por un portavoz de los talibanes. Los compañeros de los dos guardias civiles muertos abatieron al agresor, lo que desencadenó una manifestación de civiles afganos y un intento de asaltar la base española.

El capitán José María Galera y el alférez Abraham Leoncio Bravo realizaban labores de adiestramiento de las fuerzas de seguridad afganas. El atentado y la reacción posterior de los civiles afganos demuestran hasta qué punto los talibanes se proponen explotar en su propio beneficio la presencia de fuerzas extranjeras con distintas misiones. Algunas de ellas, como la que realizaban los dos guardias civiles asesinados, no están en relación directa con la guerra, sino con el intento de la comunidad internacional de reconstruir el país.


De todas las dificultades a las que se enfrentan las fuerzas desplegadas en Afganistán, esta coincidencia entre la misión de guerra y la de reconstrucción es una de las que más está dificultando los progresos en la lucha contra los talibanes. No porque las fuerzas internacionales no hayan perfeccionado la coordinación, sino porque los talibanes se apuntan como éxito militar acciones que no van dirigidas contra tropas en misión de guerra, sino contra las dedicadas a la reconstrucción. Al mismo tiempo, y como consecuencia de los errores que provocan bajas civiles, extienden el rechazo a la presencia de fuerzas extranjeras, sea cual sea su misión. La manifestación contra la base española, resultado, al parecer, de un rumor interesado, prueba la eficacia de esa estrategia.

La presencia de tropas españolas en Afganistán tiene fecha de salida, como la tienen las fuerzas estadounidenses y de las restantes nacionalidades. Para la comunidad internacional, y para el presidente Obama en particular, se trata de una operación más delicada que la de Irak. Desde el punto de vista político, esta última guerra se consideró como parte de la herencia de Bush que convenía desactivar; la de Afganistán fue, en cambio, asumida desde la Casa Blanca y sus aliados como un conflicto propio, en el que había que desterrar el fracaso. Las cosas no están marchando como se esperaba, y es difícil que se produzca un vuelco radical.

Ayer, los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad españoles añadieron nuevas víctimas a su abnegada contribución a la estabilidad de Afganistán, por lo que merecen el máximo reconocimiento. El esfuerzo debe continuar, pero es importante haber fijado un plazo. Tanto para que los afganos puedan asumir las responsabilidades en las que ninguna misión internacional podrá sustituirlos, como para evitar que las fuerzas desplegadas en el país se eternicen en una situación cada vez más estancada.


El País - Editorial