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lunes, 19 de septiembre de 2011

Primaveras árabes. Por José María Marco

Después de unos meses de revueltas árabes, y en particular a raíz del asalto a la embajada de Israel en El Cairo, cunden dos clases de reflexiones. Las de los desengañados por una parte, es decir, aquellos que de buena fe creyeron en una primavera árabe al estilo de los cambios producidos en los antiguos países del Este europeo. Y por otra las de los pesimistas, los que nunca se dejaron engañar y nos avisaron de que todo esto iba a desembocar en una situación aún peor. Los dos puntos de vista son interesantes, claro está, porque muchas veces proceden de personas que conocen bien un asunto del que hasta hace poco creíamos poder desentendernos.

Es posible, sin embargo, intentar establecer un marco de reflexión un poco diferente, que nos lleve a graduar con prudencia nuestra actuación ante este fenómeno. Un primer punto consiste, evidentemente, en dar por irrenunciables los derechos humanos, que son de por sí universales. Occidente –en su acepción actual, es decir, los países en los que rigen democracias liberales– no siempre los ha promovido, al revés. Nuestros aliados en los países musulmanes se han llamado hasta hace escasos meses Mubarak, Gadafi o Assad… Habría que instaurar una política que no vuelva a perder de vista ese principio clave.


También habría que tener en cuenta que las revueltas en los países musulmanes no reflejan, como ocurrió en Europa hace veinte años, el agotamiento de un modelo social y político. Lo que se ha puesto en marcha viene de muy lejos, reivindica y pone en juego toda una cultura o una civilización, y ha abierto un proceso de gran complejidad, que durará decenas de años. Nuestros gobiernos habrán de seguir apoyando la libertad de información, como está haciendo Estados Unidos con internet, la libertad de religión, el respeto a los derechos de las mujeres… En cambio, pedir que se instaure de buenas a primeras una democracia liberal es soñar despierto.

Como es bien sabido, la religión juega en estos movimientos un papel central. Después de décadas de regímenes modernizadores –tan laicos como corruptos, ineficaces y brutales–, nadie debería extrañarse de esto. El derecho a la libertad religiosa es irrenunciable, pero no lo es el modelo de Estado laico. Nosotros mismos tenemos modelos de Estados no laicos en los que existe libertad religiosa. Aunque no sean situaciones comparables, ¿tenemos que negar a los demás lo que nosotros mismos practicamos?

Finalmente, sería conveniente tener en cuenta la inmensa variedad de situaciones que existe en los países musulmanes. El universo islámico está sometido a tensiones difíciles de imaginar para muchos de nosotros, que van desde la crisis –pero no el fin– del terrorismo islamista, hasta las contradicciones entre la vida cotidiana y la moral deducida de los preceptos religiosos, y la colisión entre la sharia y el desarrollo económico. No deberíamos empeñarnos en formular un problema tan serio, uno de los más graves de nuestro tiempo, de tal forma que haga imposible cualquier vía de solución.


La Razón – Opinión

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Aislamiento israelí

El asalto a su Embajada en El Cairo tensa la relación con uno de sus pocos amigos de la zona.

La primavera árabe está resultando extremadamente complicada para Israel, cuya política exterior -asidua practicante del demasiado poco, demasiado tarde- sufre un creciente aislamiento en la zona, del que solo puede rescatarle en parte su relación privilegiada con Estados Unidos.

Desde la caída del presidente Hosni Mubarak en Egipto en febrero pasado, El Cairo ha experimentado un caótico pero perceptible enfriamiento en sus relaciones con el Gobierno israelí, con quien firmó solemnemente la paz en marzo de 1979. Primero fue la autorización a navíos iraníes para que cruzaran el canal de Suez, cosa que no había ocurrido desde la guerra de 1967, en la que Israel llegó incluso a parapetarse en la vía de agua; casi al mismo tiempo, El Cairo aliviaba el bloqueo de la Franja de Gaza, que Israel mantiene contra viento y marea. Y los acontecimientos se precipitaron el 18 de agosto cuando fuerzas israelíes dieron muerte a cinco policías egipcios en una operación de represalia contra terroristas palestinos. Una multitud se congregó unos días más tarde ante la Embajada israelí en la capital egipcia, en la que un grupo de exaltados logró penetrar, y casi milagrosamente salvaron la vida los últimos seis residentes de la legación, cuando ya habían sido evacuados in extremis a Israel el embajador y su familia.


El Gobierno militar egipcio ha jurado que castigará a los culpables y asegura que el tratado de paz es sacrosanto, pero nada en el futuro está plenamente garantizado. La semana pasada, Abu Musa, uno de los más serios candidatos a la presidencia del país, pidió la revisión del tratado en lo concerniente a la limitación de la presencia de tropas egipcias en el Sinaí, aunque dejando muy claro que solo se trataba de una cuestión aneja.

Pero el problema con Egipto solo es uno entre varios. Israel ha evitado disculparse ante Ankara por el abordaje en aguas internacionales de un navío que llevaba suministros humanitarios a Gaza, en el que un comando israelí dio muerte a nueve pasajeros. Y el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, que hoy se halla en El Cairo para apoyar el proceso democrático en el norte de África, ha congelado, como consecuencia, las relaciones políticas, militares y económicas con Israel. Finalmente, la Autoridad Palestina pedirá este mes a la ONU que reconozca la existencia, cuando menos como observador sin voto, de un Estado palestino independiente.

Israel reacciona encastillándose en su soledad de nación incomprendida, cuando sería mucho más prudente que se sumara a ese reconocimiento, aunque con todas las salvedades justas y necesarias. Con ello no estaría haciendo ninguna clase de concesiones a priori en unas negociaciones siempre de igual a igual. El apoyo de Estados Unidos le permite, sin embargo, el actual empecinamiento, pero protector y protegido se equivocan obrando con una obstinación que no conduce a ninguna parte.


El País – Editorial Opinión

viernes, 9 de septiembre de 2011

El ensueño de El Asad

El régimen sirio continúa reprimiendo a sangre y fuego las manifestaciones pacíficas que desde principios de año se suceden en las principales ciudades del país. El sobrecogedor suma y sigue de muertos -el pasado miércoles se añadieron otros 40- se ha convertido en una línea de no retorno para Bachar el Asad, cuya continuidad al frente de Siria es definitivamente inviable. Da igual lo que prometa e, incluso, lo que haga: un gobernante que ha masacrado a sus ciudadanos no tiene otro destino que abandonar el poder y, llegado el caso, responder ante la justicia, sea la internacional o la de su propio país. Francia ha calificado estas actuaciones como "crímenes contra la humanidad".

El Asad cree que la violencia, por un lado, y el hasta ahora incondicional apoyo de Rusia, por otro, le permitirán continuar en la presidencia de Siria como si nada hubiera pasado. Son dos gravísimos errores a los que aún habría que sumar un tercero: suponer que el papel de Siria en el conflicto de Oriente Próximo blinda su régimen. Israel no está en condiciones de volver a significarse como valedor de los dictadores árabes, como ya le ocurrió con Mubarak. Rusia, por su parte, no tendrá más remedio que distanciarse de Damasco si continúa la represión. Y, por desgracia, la represión va a continuar, porque ha sido el propio régimen sirio el que se ha cerrado cualquier salida negociada.

Próxima a finalizar la guerra civil en Libia, la atención internacional se dirige inexorablemente hacia Siria. Y aunque medidas concretas como las sanciones puedan tardar debido al veto de Rusia en el Consejo de Seguridad, es tan imprescindible como urgente que la oposición al régimen de El Asad reciba un inequívoco mensaje de apoyo internacional a su causa. El tiempo de los dictadores ha pasado en la región, aunque El Asad persista en el ensueño que alimentan sus errores.


El País – Editorial

jueves, 1 de septiembre de 2011

Libia. De Gadafi a la Sharia. Por Carmelo Jordá

La realidad es tozuda y, amén de que un Ché moruno sería también trágico, los primeros pasos de estás revoluciones "democráticas" son como mínimo sospechosos sino, como en el caso del CNT libio, directamente para salir corriendo.

Parece que por fin llega la conclusión de la Guerra en Libia y con ello las caretas caen: obviamente no la del criminal dictador Gadafi, todos lo conocíamos bien y, pese a los últimos años de "blanqueo" prooccidental, nadie racional (obviamente esto excluye a Hugo Chávez y Gaspar Llamazares) podía pensar que era otra cosa que un sátrapa tiránico y asesino.

Pero sí cae la careta de los rebeldes, esos "libertadores" que además de a desalojar a Gadafi habían venido a traer la democracia y los derechos humanos y que han contado para ello con el apoyo entusiástico de la prensa occidental primero y de los gobiernos europeos y americano, y sus bombas, después.

Y es que estos amigos de la democracia y las buenas costumbres se nos han descolgado este miércoles con un documento programático en el que se dibuja el tránsito que ha de llevar al país desde la caída de Gadafi hasta la celebración de elecciones, dentro de 18 meses.


Largo me lo fían, sí, pero eso no es lo peor, lo peor, lo terrible es que mucho antes de eso y casi como su primera medida "constituyente" dictan que Libia será un estado islámico y la Sharia será la fuente primordial del derecho.

¡Pues vaya con los libertadores libios!

Desde el inicio de esto que se ha dado en llamar "primavera árabe" la opinión pública y sobre todo la opinión publicada han estado completamente entregadas a unos movimientos revolucionarios de los que sabíamos muy poco.

Esa falta de conocimiento real se ha suplido en la mayor parte de las ocasiones con el papanatismo revolucionario, una especie de enfermedad occidental que hace que allí donde hay un tipo sospechoso empuñando un Kalashnikov nosotros veamos un puro idealista émulo del Ché y poco menos que nos desencuadernemos de placer.

Pero la realidad es tozuda y, amén de que un Ché moruno sería también trágico, los primeros pasos de estás revoluciones "democráticas" son como mínimo sospechosos sino, como en el caso del CNT libio, directamente para salir corriendo.

Con el agravante, además, de que en la guerra civil de Libia los españoles hemos entrado casi de hoz y coz: nuestras muy pacíficas ministras Jiménez y Chacón, tan entusiasmadas con la revolución libia, deberían ahora explicarnos por qué la diplomacia y el ejército españoles han contribuido a la instauración de un estado islámico al otro lado del mediterráneo (lo que desde el punto de vista geoestratégico es literalmente ahí al lado) del que, me temo, poco bueno se puede esperar.

Por supuesto, esto no significa que Gadafi o Mubarak o Ben Alí me parezcan opciones recomendables ni tan siquiera asumibles, pero al menos a ellos no les habían dado el poder nuestras bombas.


Libertad Digital – Opinión

viernes, 24 de junio de 2011

Geert Wilders. El islam y lo sagrado. Por Cristina Losada

Desde los mismos púlpitos que predican un laicismo radical se han definido nuevos lugares sagrados, donde la libertad de expresión está prohibida. Esa condición intocable se le concede al islam, como también a "otras culturas" y a grupos de "víctimas".

Acosado por los sabuesos de la corrección política, Saul Bellow clamaba: "No podemos abrir la boca sin que se nos denuncie como racistas, misóginos, supremacistas, imperialistas o fascistas". Y: "En cuanto a los medios, están dispuestos a descalificar al que así sea designado". Y tanto. Un tribunal holandés ha absuelto al político Geert Wilders, acusado de incitar al odio contra los musulmanes por haber comparado el Corán con el Mein Kampf y tachar al islam de ideología fascista. Lejos de calibrar el significado de la sentencia para la libre expresión, el grueso de la prensa ha preferido la senda que indicaba Bellow. La justicia le ha absuelto, pero no los periódicos, incapaces de mencionar a Wilders sin colgarse la ristra de ajos para espantar al vampiro: antimusulmán, islamófobo, xenófobo, ultraderechista. Acabáramos.

Es evidente: hay una religión que no puede ser criticada en el laico y tolerante Occidente. Aunque ciertos tribunales carcas persistan en tener manga ancha para la libertad de opinión, quien marca sus límites reales es la policía del pensamiento. La cuestión no era si Wilders tenía o no razón, sino si podía expresar tales opiniones o había de ir a la cárcel. Y el asunto es si despacharse así sobre una creencia religiosa entraña una incitación al odio contra sus fieles. La justicia ha dicho que no. La ortodoxia dominante dirá que depende. Pero que depende de la religión de que se trate. El cristianismo y la Biblia están disponibles para cualquier censura, invectiva, mofa y befa. No así el islam y su libro sagrado, a los que debe guardarse respeto absoluto. La creencia de los musulmanes goza entonces de un status de protección único y extraordinario. Se ha restaurado para ella el privilegio del que Occidente privó a sus religiones hace mucho tiempo.

Topamos, de nuevo, con lo sagrado. Y por la vía más inesperada. Desde los mismos púlpitos que predican un laicismo radical se han definido nuevos lugares sagrados, donde la libertad de expresión está prohibida. Esa condición intocable se le concede al islam, como también a "otras culturas" y a grupos de "víctimas". El argumento es la vulnerabilidad, su condición minoritaria, su pasado de perseguidos. Y, en el fondo, la culpabilidad: hemos de expiar y compensar los males infligidos. Curioso, cómo la celebración de la diversidad ha conducido a imponer la uniformidad de opiniones.


Libertad Digital - Opinión

lunes, 6 de junio de 2011

La Primavera Árabe se cobra su tercera cabeza

El peor escenario posible sería que el conflicto se siguiera enconando, se pasara a una guerra civil abierta y se sentaran las bases para la somalización del territorio, esto es, para que Al Qaeda pudiera campar y desarrollarse a sus anchas.

Hasta la fecha, la nota común que caracterizaba la Primavera Árabe en Túnez y Egipto había sido la no violencia, las revueltas pacíficas contra sus autocracias. Ben Alí y Mubarak habían abandonado el poder no porque fueran derrotados militarmente, sino porque las protestas ciudadanas, a las que no pudieron reprimir con el ejército, los doblegaron.

Por el contrario, en el caso de Ali Abdalá Saleh, el presidente yemení, ha sido la violencia de la facción opositora la que ha forzado su marcha. El pasado viernes, un ataque contra la mezquita presidencial dejó varios muertos y diversos heridos, entre ellos el propio Saleh. Tan deteriorado quedó su estado, que la televisión no se atrevió a emitir imágenes suyas tras el atentado, limitándose a lanzar una alocución presidencial en la que incluso su voz resultaba irreconocible. Así, este domingo a Saleh no le quedó más remedio que aceptar la oferta saudí de ser operado en sus centros hospitalarios: la violencia logró en Yemen lo que, hasta el momento, había conseguido la protesta pacífica en Túnez y Egipto.


Se trata, por desgracia, del enésimo episodio de la guerra civil de baja intensidad entre los diversos líderes tribales de Yemen. A diferencia de las vanguardias intelectuales de Túnez y Egipto, aquí nadie está reclamando más democracia, sino que solamente se persigue establecer unos nuevos equilibrios de poder en la región. Mal haríamos, pues, en preferir a unos sobre los otros, pues todos ellos persiguen sus propios intereses a costa de los del resto.

En este sentido, el peor escenario posible sería que, tras la salida de Saleh, el conflicto se siguiera enconando, se pasara a una guerra civil abierta y se sentaran las bases para la somalización del territorio, esto es, para que Al Qaeda pudiera campar y desarrollarse a sus anchas (la presencia de la organización terrorista ya es actualmente muy destacada dentro del inestable territorio yemení).

De momento, el vicepresidente del país, Abderabu Mansur Hadi, siguiendo el plan de pacificación diseñado por Arabia Saudí, parece haber alcanzado una tregua con el principal jefe tribal opositor, Sadeq al Ahmar, pero los enfrentamiento entre ambos bandos están lejos de haber cesado por entero. De momento, el país se encuentra en una situación de impass que puede evolucionar en cualquier dirección.

Será en las próximas semanas, una vez se hayan clarificado las intenciones de Saleh de regresar al Yemen y el desarrollo de la tregua entre Gobierno y Oposición, cuando se decidirá no sólo el futuro del país y de la zona (no cabe descartar que Arabia Saudí, al igual que sucedió con Bahrein, decida al final intervenir militarmente), sino también de la llamada Primavera Árabe, la cual, tras los casos de Libia, Siria, Bahrein y ahora Yemen, parece definitivamente abocada al conflicto militar abierto.


Libertad Digital - Editorial

viernes, 25 de marzo de 2011

Por si acaso. Por Alfonso Ussía

Es de esperar que el señor presidente de la Junta Islámica en Cataluña haya sido invitado, muy amablemente por supuesto, a declarar ante el juez. No por nada especial, sino por su cariñosa amenaza al presidente del Gobierno de España publicada en la «Web Islam» el pasado miércoles 23 de marzo. Don Abdennur Prado, que así se llama el sujeto, no ha sido excesivamente sutil en su escrito. Se muestra descontento con la participación de España en la guerra de Libia, y le ha advertido, más bien adelantado, a Zapatero de que «tendrá su 11-M».

Es de esperar que el Ministerio del Interior, el Fiscal y el juez hayan preguntado a don Abdennur Prado si ha ido de farol o tiene la convicción de que el atentado se va a producir. En tal caso, sería conveniente preguntarle, siempre que don Abdennur no se sienta incomodado, si conoce los planes, la identidad de los miembros de los comandos, y la fecha elegida para proceder a la masacre terrorista por su civilización aliada. No es por nada, pero siempre es mejor prevenir que curar, y con esta gente tan encantadora y nada fundamentalista, cualquier prevención es poca.


Aun tratándose de una fanfarronada, el escrito del simpático don Abdennur Prado, contiene una clara amenaza terrorista contra la ciudadanía con el presidente del Gobierno de España como excusa. Y mucho me temo, que una amenaza de esa índole, con base o sin ella, puede ser interpretada como un delito en nuestro Código Penal.

Con personas como don Abdennur hay que tener mucho cuidado. Se hace caso omiso a lo que dice y escribe, y el día menos pensado nos demuestra que tenía unos duples en sus manos y que de farol, nada. Lo malo es que esas demostraciones se certifican contando muertos y hospitalizando a los heridos. Don Abdennur nos tiene que explicar muchas cosas, mientras los ciudadanos nos intentamos explicar también cómo sujetos como don Abdennur pueden pasear por la calle con libertad y respeto. Porque ante una amenaza de semejante calibre, de no tener complejos aterrorizados ante los islamistas extremos, lo que habría que hacer con Abdennur, después de pasar por el despacho del juez, es ponerlo de patitas en Libia, en Siria, en Yemen o en Arabia Saudí, para que así se relacione con más facilidad con nuestros aliados de las civilizaciones, sector Al Qaeda, con el que se supone que don Abdennur intercambia algún tipo de información, a no ser que don Abdennur Prado sostenga sus amenazas en su inteligente intuición, el pálpito, eso que Plinio, el gran personaje de Francisco García Pavón, sentía cuando se acercaba al final de una investigación criminal.

Entiendo que con esta Junta Islámica hay que tener prudencia y mimo. Toda la furia y el desprecio oficial hacia los malvados cristianos que rezan y ponen la otra mejilla se transforma en comprensión y acojonamiento multicultural cuando los islamistas andan de por medio. Por ello no pido que la Policía lleve esposado al líder islámico en Cataluña ante el juez. Se puede hacer pupa en las muñecas. Hay esposas o grillos que hacen muchísima pupa. No pido, que en espera de que el juez lo reciba, sea encerrado en un calabozo. Nada de eso. Que aguarde en un salón confortable y bien alfombrado. ¿En qué cabeza cabe que un líder islámico radical sufra semejante humillación? Pero ya que ha amenazado al presidente del Gobierno con un atentado como el del 11 de marzo de 2004, que al menos el señor juez, con mucha cortesía, pueda formularle la siguiente pregunta. «¿Lo suyo va en serio o en broma?». Sin molestar ni ofender, claro está.


La Razón - Opinión

lunes, 21 de marzo de 2011

El ex pacifista. Por Ignacio Camacho

Peter Pan vestido de comandante en jefe. Final de trayecto, señor presidente; el poder también era esto.

TODO presidente tiene su guerra, dicen. Zapatero y Obama ya tienen la suya como la tuvieron Aznar y Bush junior, y antes González y Bush senior; es la cara amarga de la política, la cicuta del poder. Ocurre que en la personalidad y el currículum de Zapatero chirría el avatar bélico porque el presidente hizo de sí mismo el retrato de un pacifista contumaz, de un objetor de conciencia, de un hijo tardío del flower power, de un Gandhi vestido de Armani. Y se lo ha envainado, como se envainó la espada de paladín socialdemócrata y proteccionista, con la misma frialdad pragmática con que liquidó su apuesta feminista del Ministerio de Igualdad. En un mundo perfecto, en el País de Nunca Jamás, bastarían los buenos propósitos y la retórica de las intenciones para que prevaleciese el ansia infinita de pazzzzzzz. En el mundo real, desordenado y áspero, desapacible y hostil, la paz y la justicia —y el petróleo— requieren a veces el respaldo de unos bombarderos y Peter Pan ha de ponerse los pantalones largos del uniforme de comandante en jefe. En el caso de Zapatero su ingreso en la realidad, el final de su adolescencia política, casi se corresponde con su despedida. Un guiño siniestro de la Historia le devuelve en posición inversa al punto de partida, convertido, como el Zapata de Elia Kazan, en la clase de gobernante al que hace siete años hubiese combatido.

Zapatero se va a ir porque no puede continuar transformado en el reverso de sí mismo. No es ahora cuando más se ha equivocado; antes al contrario, su autodemolición se ha producido al comenzar a hacer parte de lo que debía. En la política económica, en la estrategia nuclear, en las alianzas internacionales, se ha conducido en los últimos tiempos bajo un soplo de relativa sensatez. Forzado por los acontecimientos, sí. A contramano de sus proclamas, sí. Guiado sólo por el afán de permanencia en el poder, sí. Ése es el problema; podía haber renunciado a deconstruirse y no lo hizo porque eso suponía abandonar y confesar un fracaso. Ahora se tiene que ir de todos modos; fracasado, sin crédito y rodeado de una contradicción tan patente que ha triturado su imagen pública. Pero el error esencial fue el del principio, el del adanismo, el de la frivolidad, el de la inconsistencia, el del fatuo engreimiento de la nada. Hoy podría pasar, en abstracción del pasado reciente, por un dirigente tan malo como cualquier otro. Proyectado sobre su propio retrato, aparece como un político sin principios capaz de caminar sin remordimientos en sentido contrario al de sus huellas.

Quizá ni él mismo podía esperar que su deconstrucción acabase en el visto bueno a un lanzamiento de misiles. Su nombre vinculado al siniestro argot bélico, a las palabras-fetiche del lenguaje de la guerra: tomahawks, portaviones, bombardeos. En el via crucisdel pragmatismo ha alcanzado la última estación. Final de trayecto, señor presidente; el poder también era esto.


ABC - Opinión

La crisis libia. Por Florentino Portero

«Los líderes árabes tienen razones para odiar a Gadafi, ¡quién no!, pero de ahí a apoyar la democracia hay un abismo. Francia y España se han sumado a un enjuague interno a la espera de beneficios diplomáticos y económicos»

EL pasado jueves el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó la Resolución 1.973 por la que se permite el uso de la fuerza para resolver la crisis libia. Lo que en un principio había sido una iniciativa francesa para establecer una zona de exclusión aérea se convirtió con el paso de las horas en una carta blanca para para acabar con el régimen de Gadafi. El presidente Obama, remiso a intervenir, una vez se convenció de que no tenía más remedio que involucrarse, pidió a su embajadora en Naciones Unidas garantías para hacerlo con las menos trabas y la mayor contundencia posibles. Rusia y China, miembros con derecho de veto, optaron por abstenerse a la vista de la posición de la Liga Árabe, opción a la que se sumaron estados clave como India, Brasil y Alemania.

Cuando escribo estas líneas cazas franceses y británicos están atacando posiciones controladas por fuerzas adictas a Gadafi y más de cien misiles de crucero han sido disparados desde buques británicos y norteamericanos. Unos hechos de esta magnitud invitan a una primera reflexión sobre las consecuencias internacionales de esta crisis. Nos encontramos ante una alianza ad hoc. No es una misión de Naciones Unidas, ni una acción de la Alianza Atlántica ni, mucho menos, de la Unión Europea. No estamos, como se nos repite hasta la saciedad, ante una posición tomada por la «comunidad internacional», sea eso lo que sea. El Consejo de Seguridad es un directorio de grandes potencias, no la expresión de un orden democrático. Una parte de esas potencias se ha lavado las manos y otra ha decidido intervenir por razones distintas, pero las organizaciones internacionales europeas han quedado de nuevo fuera de juego ante la falta de una visión común.


Tanto la Resolución como las potencias que han conformado la alianza fundamentan su posición en dos argumentos: la crisis libia es el resultado del alzamiento del pueblo frente al dictador, y este último está provocando una crisis humana. Desde mi punto de vista, y con la información disponible, no puedo compartir ninguno de estos dos argumentos. Más aún, estoy convencido de que tampoco los comparten quienes hoy están atacando a las fuerzas leales a Gadafi.

Libia es un estado tribal. Gadafi ha perdido el apoyo de una parte considerable de estas tribus y ello ha llevado a un levantamiento. No es casual que haya comenzado en la Cirenaica, como tampoco lo es que sus apoyos se encuentren en Tripolitania. Los líderes de la revuelta son ex ministros, responsables como el propio Gadafi de crímenes de toda condición y merecedores como él de las mayores penas. Sus motivos nada tienen que ver con la democracia, sino con el reparto de poder. No hay ningún pueblo que se levante contra un dictador, sino tribus enfrentadas.

El uso de la fuerza siempre provoca bajas civiles. Cuando los rebeldes avanzaron hacia Trípoli mataron e hirieron a civiles al tiempo que destruían casas. Cuando las fuerzas de Gadafi contraatacaron ocurrió, y continúa ocurriendo, lo mismo. Exactamente lo mismo que cuando las fuerzas aliadas avanzaron hacia Caen tras el desembarco de Normandía, cuando bombardearon Belgrado, cuando trataron de someter las revueltas en Falulla o cuando intentan erradicar las milicias talibanes en Afganistán. Esa es la naturaleza de la guerra, y cualquier comparación resultaría muy incómoda para los aliados.

Muchos se sorprenden de que Francia o España hayan cambiado sus papeles y se sumen a los que hemos defendido siempre la expansión de la democracia. No lo están haciendo. Su comportamiento, de hecho, no de palabra, es perfectamente coherente. En Libia no está en juego el triunfo de la democracia sino un determinado reparto de poder. La Liga Árabe, un cártel de dictaduras temerosas de los efectos de la democracia en sus propios países, ha solicitado su colaboración, y ellos han entrado en el juego. Fieles a su tradición, los dirigentes árabes mantendrán una posición en privado y otra en público, una hoy y otra mañana. Lo lógico habría sido contestar que lo resolvieran ellos, pero cuando se trata de contentar a amigos y satisfacer objetivos empresariales toda generosidad es poca. Los líderes árabes tienen razones para odiar a Gadafi, ¡quién no!, pero de ahí a apoyar la democracia hay un abismo. Francia y España se han sumado a un enjuague interno a la espera de beneficios diplomáticos y económicos. Sarkozy aprovecha una oportunidad para levantar cabeza y reivindicar tanto el papel de Francia en la región como su compromiso con la democracia. Zapatero, a la vista del fracaso de su Alianza de las Civilizaciones y de su insignificancia internacional, trata de poner en valor una decisión oportunista, determinada por sus declaraciones contra Gadafi —para satisfacer a una opinión pública que no entendería otra posición— y por la defensa de los intereses de nuestras empresas. En ambos casos están jugando a favor de regímenes dictatoriales, de sus socios comerciales o ideológicos.

Las potencias anglosajonas, en especial Estados Unidos y el Reino Unido, han adoptado una posición más reactiva: consideran que el triunfo de Gadafi resultaría humillante, una nueva merma de su autoridad, un escándalo de serias consecuencias. Tanto el Pentágono como la comunidad de inteligencia desaconsejaron la intervención norteamericana por desconfiar de los líderes rebeldes. Temen, con razón, que la alternativa puede ser aún peor. Finalmente ha sido el aparato diplomático quien ha ganado el pulso, con razones comprensibles. Los tres años de presidencia de Obama han sido los más más incoherentes en materia estratégica desde la II Guerra Mundial, su política hacia el Mundo Árabe ha sido caótica y necesitan con urgencia recuperar la autoridad perdida. Obama no se engaña sobre lo que está ocurriendo en Libia, sencillamente ha llegado a la conclusión de que tiene que evitar una victoria de Gadafi al tiempo que demostrar a la comunidad árabe que Estados Unidos todavía es la potencia de referencia.

Los hechos han dado la razón a Rumsfeld. La OTAN se ha convertido en un organismo diplomático irrelevante en materia de defensa. Cuando se trata de usar la fuerza se recurre a alianzas ad hoc, que se desvanecen tan fácilmente como se forman. Son las naciones, no los organismos internacionales, los que actúan a partir de sus propios intereses. La defensa de la democracia sigue siendo un buen argumento, pero en casos solo es eso. La democracia no está en juego en Libia, pero sí en Irán, por poner un ejemplo donde la causa de la libertad va unida a una clara amenaza a nuestros intereses de seguridad. Hemos decidido involucrarnos en una guerra civil entre libios donde, como la señora Merkel ha señalado, no sabemos qué parte es peor y qué consecuencias puede tener para la estabilidad de la región. Actuamos en política exterior con la misma ligereza con la que venimos administrando nuestra economía. Esperemos que los resultados no sean tan desastrosos.


ABC - Opinión

El deber de la seguridad

Los gobiernos occidentales han calibrado la capacidad de reacción de Muamar Gadafi a los ataques de la coalición multinacional. La conclusión se debate entre lo que sugiere el perfil de un asesino indiscriminado y el análisis de su capacidad para causar daño. El historial de este régimen con más de 40 años en el poder no es el clásico de las autocracias o teocracias de la región. Gadafi ha liderado una estructura con relaciones intensas con el terrorismo internacional y, bajo esa condición, ha estado en el punto de mira de las potencias occidentales. Hablar del dictador libio, motor de grupos criminales subversivos en la órbita de la extinta Unión Soviética, es en buena medida hacerlo de la historia del terrorismo internacional de las últimas décadas del siglo XX. Hoy conocemos que Muamar Gadafi ordenó en persona el atentado de Lockerbie, en el que una bomba a bordo de un avión de la Pan Am colocada por agentes libios causó 270 muertos en 1988, en lo que supone el atentado más grave en Europa hasta la fecha.

Por tanto, cuando el dictador amenazó con atacar objetivos militares y civiles del Mediterráneo tras sufrir los primeros bombardeos, la más elemental prudencia obliga a los países afectados a tomar sus palabras en serio. LA RAZÓN publica hoy que el Gobierno ha considerado innecesario aumentar el nivel de alarma terrorista ante la posibilidad de que agentes libios intenten algún ataque contra nuestros intereses por la participación de un notable contingente español en la operación. Se han evaluado los datos de que disponen los aliados y se ha concluido que Gadafi carece de la capacidad necesaria para perpetrar actos terroristas en suelo europeo.
Lógicamente, debemos confiar en la calidad de esas informaciones, aunque también entendemos que toda prudencia y precaucación es poca cuando el enemigo es un terrorista que ha maquinado acciones contra Occidente los últimos 40 años. No se trata de caer en falsos alarmismos ni de alentar fantasmas innecesarios. Son actitudes contraproducentes que confunden. Sin embargo, el Gobierno está obligado a tener muy presente de dónde venimos y cómo el subconsciente colectivo de este país mantiene vivo el recuerdo de los atentados del 11 de marzo cuando valora escenarios tan complejos para la seguridad. Puede que Gadafi no sea una amenaza para España. Estamos convencidos de que los responsables de Interior así lo piensan, pero cómo no preocuparse ante un terrorista con financiación, logística y contactos. Si no es un peligro real, se le parece demasiado.

A los riesgos sobre la seguridad se suma desde ayer el riesgo político de una fractura en la que se suponía era una sólida coalición. La Liga Árabe se desmarcó de la operación militar, porque «se trata de proteger a los civiles y no de bombardearlos». Este paso atrás es una complicación para una operación que era vendida como ejemplar en España.

El mando militar español informó de que nuestro contingente está ya desplegado y cuenta con autorización para el combate. De su profesionalidad y capacidad no hay duda. Estarán a la altura como siempre.


La Razón - Editorial
Lo sorprendente no es la hipocresía de las dictaduras, sino la incapacidad de las democracias por aprender la lección y mostrar una mayor resolución y convicción a la hora de defender las libertades.

A estas alturas ya debería resultar evidente que los principios del multilateralismo y del pacifismo conducen a una desastrosa política exterior y defensa en Occidente. En el caso de Libia, ya denunciamos que la lentitud a la hora de pararle los pies a Gadafi le había concedido al dictador libio un tiempo precioso para reconquistar el país y acorralar a los rebeldes. Antes de iniciar cualquier ofensiva, EEUU, Francia y Gran Bretaña deseaban contar con el apoyo explícito de la Liga Árabe y, al menos, con la no oposición de Rusia y China dentro del Consejo de Seguridad de la ONU.

En su momento, ya pusimos de manifiesto el absurdo que suponía buscar la aquiescencia de dictaduras y de Estados de Derecho fallidos en la defensa de la democracia y de la libertad. Dado que la izquierda sólo está dispuesta a apoyar una ofensiva militar no en función del resultado que persiga sino de la presencia de acompañantes indeseables, hubo que consentir que Gadafi continuara "persiguiendo como ratas" a sus ciudadanos mientras nuestros diplomáticos se cocinaban el acuerdo.


Finalmente, el acuerdo llegó: la Liga Árabe apoyó la zona de exclusión aérea y Rusia y China se abstuvieron en el seno de la ONU. La izquierda tenía su guerra multilateral y el apoyo a los rebeldes podía, por fin, comenzar. Mas a los pocos días de iniciar la ofensiva, no queda demasiado claro para qué hubo que esperar tanto: la Liga Árabe, Rusia y China ya han pedido el cese inmediato de los ataques. Por si alguien tenía alguna duda, ninguno de estos países tiene sólidos principios –mucho menos sólidos principios democráticos– sino sólo unos intereses que defienden perfectamente gracias a su capacidad para mezclar diplomacia con propaganda.

No es algo que debiera extrañarnos, pues sin ir más lejos la Liga Árabe viene empleando esta maniobra desde hace años. Ya sucedió con la guerra del Líbano de 2006 –cuando la propia Liga le pidió a Israel que le parara los pies a Hizbollah para rasgarse las vestiduras nada más comenzar los ataques– o con la reciente ofensiva israelí contra Gaza. Lo sorprendente no es la hipocresía de las dictaduras, sino la incapacidad de las democracias por aprender la lección y mostrar una mayor resolución y convicción a la hora de defender las libertades. Los libios le habrían agradecido a Occidente una mayor celeridad a la hora de defenderlos del mismo modo en que hoy la inmensa mayoría de iraquíes le agradecen a Bush que no comulgara con las ruedas de molino de un paralizador multilateralismo.


Libertad Digital - Editorial

En busca del efímero apoyo de las dictaduras

El pulso global por la libertad

Es necesario que la operación militar occidental en Libia se defina como una toma de posición a favor de los demócratas de todo el mundo árabe.

DESDE la perspectiva del gigantesco terremoto político que se está desarrollando en el mundo árabe y musulmán, la guerra civil libia en la que numerosos gobiernos occidentales han decidido intervenir se puede definir como una transición traumática entre los episodios de países en los que la demanda de mayor libertad ha logrado derribar a los déspotas que mantenían las riendas de la sociedad y los de aquellos donde ese proceso todavía está en plena fermentación, como, por ejemplo, Marruecos, donde las promesas de reformas hechas desde el poder no han acallado las protestas. El caso libio es indeseable en todos los sentidos, y por ello resulta tan importante para los defensores de la libertad que concluya cuanto antes con el derribo —en este caso voladura— de un sistema totalitario que los delirios de un perturbado han llevado a este desenlace dramático. El pulso que se lleva a cabo en Libia explica las razones por las que la mayoría de los gobernantes alérgicos a la democracia están tomando abiertamente posiciones a favor de Gadafi. De hecho, la Liga Árabe ya ha empezado a desmarcarse del objetivo de una coalición a la que apoyó en su inicio, señal evidente de que la organización también está siendo sometida a esa división entre los que luchan por la libertad y los que intentan —esperemos que inútilmente—perpetuar la situación actual.

Frente a esa guerra a la que Gadafi ha conducido a su pueblo, resulta esperanzador ver que ayer mismo la inmensa mayoría de los egipcios se han manifestado a favor de una reforma constitucional que permita la construcción de un sistema democrático en el país. Pero ese proceso que se ha abierto en Túnez y Egipto está tan cargado de de esperanzas como de riesgos. No es fácil que los sistemas viciados por décadas de totalitarismo corrupto estén dispuestos a perder todas sus posiciones, ni que otras fuerzas tanto o más nocivas para la libertad vayan a quedar automáticamente anuladas. Por ello es necesario que la operación militar occidental en Libia se defina indudablemente como una toma de posición a favor de los demócratas de todo el mundo árabe. Aquellos gobiernos de la región que se han sumado al esfuerzo militar, como Marruecos, han de saber también que ello no les exime de su obligación de atender las ansias de apertura de sus sociedades.


ABC - Editorial

domingo, 20 de marzo de 2011

Zapatero va a la guerra. Por Eduardo San Martín

Aún en mayores proporciones que Gadafi, Sadam masacró a su pueblo, en especial a kurdos y chíies.

Semejanzas. Aún en mayores proporciones que Gadafi, Sadam masacró a su pueblo, en especial a kurdos y chíies; y, como el dictador libio, eliminó violentamente toda oposición y pretirió el bienestar de su pueblo en favor de sus sueños de dominio regional. Y apoyó acciones terroristas. Sin embargo, aquellos voceros de la legalidad internacional tan respetuosos con las soberanías nacionales en el caso iraquí encabezan hoy una intervención militar contra Libia. Necesaria, desde luego.

Hay diferencias, claro. El motivo invocado en la guerra de Irak resultó ser una pamema inducida por el propio Sadam: no había armas de destrucción masiva, aunque ni Francia ni Rusia, los grandes opositores del momento, dudaran entonces de su existencia. ¿Quiere esto decir que la ONU habría autorizado intervenir en Irak si el motivo aducido hubiera sido el mismo que para la operación contra Libia? En absoluto. La causa alegada, o la distinta naturaleza de la misión (aunque eso ya se verá), importaba menos que la identidad del líder de la coalición proponente, el infamado George W. Bush. Por razones inconfesadas —sus propios intereses nacionales, la perspectiva de futuros negocios y resistencias seculares a la hegemonía americana—, franceses y rusos boicotearon aquella coalición. Y remaron a favor de una opinión internacional con el gen antibelicista sobreexcitado por los ardores guerreros de Bush.

La coalición contra Libia la dirige Francia, y esa es una diferencia determinante. Zapatero cree, pues, que no asume riesgos de partida sumándose con entusiasmo a la operación. También lo creía Aznar. Pero Irak y Kosovo enseñan que, a afectos de opinión pública, importa más el resultado que una legalidad internacional trucada. Y nadie puede garantizar el éxito de una operación militar una vez emprendida. En la blogosfera se puede comprobar: el pacifismo de dirección única que anida en muchos votantes de izquierda espera con los dientes afilados cualquier tropezón.


ABC - Opinión

Sentido de Estado

Desde que se conociera el decidido apoyo del Gobierno socialista al ataque contra Libia ha surgido simultáneamente un esfuerzo en las filas socialistas por marcar distancias con la guerra de Irak y reseñar las diferencias en la génesis y el desarrollo de ambos conflictos. El propio presidente del Gobierno ha hablado de la resolución de Naciones Unidas como elemento clave de la presencia de un importante contingente español en esta guerra contra Gadafi. Lo cierto es que todavía hoy los juristas y expertos en Derecho Internacional discuten y discrepan sobre la cobertura legal de la intervención contra Sadam Hussein y existe una línea de opinión muy pujante que entiende que las resoluciones de la ONU dieron la cobertura necesaria a la acción contra el tirano iraquí, en la que, por cierto, las tropas españolas sólo participaron en el plan de estabilización. Más allá de esa polémica jurídica, entre ambas situaciones existe una diferencia sustancial en el terreno de la política nacional. Hoy, el principal partido de la oposición respalda la posición del Gobierno y de los aliados y renuncia a instrumentalizar la crisis contra el Ejecutivo. El PP ha demostrado el sentido de Estado que cabe exigir a las grandes fuerzas políticas con aspiraciones de alcanzar el poder. La lealtad en instantes tan cruciales y delicados como son los derivados de una guerra es un ejercicio de responsabilidad encomiable. En la contienda de Irak, el PSOE hizo exactamente lo contrario y colocó sus intereses de partido por encima de los generales. Se embarcó en una campaña de agitación y propaganda contra el Gobierno y consiguió en buena medida distorsionar y confundir las claves en las que se fundamentó la operación multinacional contra Hussein. Zapatero alentó aquel clima de desprestigio contra Aznar en colaboración con una izquierda trasnochada integrada por artistas y sindicalistas. Los mismos que ayer justificaron el ataque contra Libia como un «mal menor».

El discurso oficial defiende la operación contra Gadafi como moralmente aceptable y legalmente impecable, mientras que la que acabó con Sadam Hussein fue del todo repudiable. Lo innegable es el resultado. Aquella intervención supuso el final de una dictadura atroz y la implantación con muchas dificultades de una incipiente democracia con elecciones libres.

No existen guerras inocuas y, muy probablemente, los ataques de la coalición multinacional provocarán daños colaterales en Libia, exactamente igual que sucedió en Irak. La doble moral de cierta izquierda española ha quedado de nuevo al descubierto, así como la falsedad de su discurso pacifista. No se han escuchado sus voces en estas semanas de combate en Libia, como tampoco se han oído por los muertos que se amontonan en países como Yemen, Bahréin o Siria, y de los que la comunidad internacional no quiere saber nada.

El fin de un régimen terrorista y genocida como el de Gadafi tiene que ser siempre un deber moral para el mundo libre. La responsabilidad de los partidos de Gobierno es asumir sus compromisos internacionales en defensa de un bien común.


La Razón - Editorial

Gadafi frente a todos

La comunidad internacional no debe olvidar que su objetivo es proteger a la población civil.

Apenas dos horas después de que las potencias reunidas en París alcanzaran un acuerdo para hacer que Muamar el Gadafi se atuviera a los términos de la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad, la aviación francesa lanzó su primer ataque contra blindados del ejército leal al dictador libio. Poco después, fue Estados Unidos. A lo largo de hoy y en los próximos días se completará el dispositivo militar internacional, que cuenta con el apoyo de la Liga Árabe. El Gobierno español ha tomado la decisión correcta al anunciar el envío de aviones de combate y poner a disposición de la coalición las bases militares necesarias para el desarrollo de las operaciones dirigidas a proteger a la población civil libia.

La rápida respuesta francesa y norteamericana demuestra que el establecimiento de una zona de exclusión aérea sobre Libia no exigía la previa destrucción de sus baterías antiaéreas y sus sistemas de radares. Este argumento no ha sido sino una excusa que ha retrasado varias semanas la respuesta internacional a Gadafi, con un alto coste en vidas humanas y una innecesaria complicación de la situación tanto en el interior de Libia como en el conjunto de la región. El mensaje político que trasladaba a otros dictadores la inacción de la comunidad internacional podía conducir a una radicalización de la represión de las revueltas, acentuando la inestabilidad. Lo que no se ha permitido a Gadafi tampoco se debe tolerar a Yemen y Arabia Saudí, por más que la respuesta no deba ser militar como en el caso de Libia. Emplear una diplomacia más enérgica frente a estos países es el mejor camino para prevenir las opciones extremas.


La respuesta de la comunidad internacional no debería perder en ningún momento de vista que el objetivo perseguido es impedir que Gadafi siga cometiendo crímenes de guerra. Aunque el establecimiento efectivo de la zona de exclusión aérea suponga una ventaja militar para los rebeldes, son estos quienes tienen que conseguir la caída del tirano. Lo contrario dañaría la legitimidad que necesitan para levantar el régimen que podría sustituir al de Gadafi. Por más que la comunidad internacional desee la caída del dictador, el papel que tiene asignado no es promover la democracia, sino proteger a la población que este se propone masacrar.

La decisión era necesaria y ha cumplido con los requerimientos de la legalidad internacional. Su gravedad, con todo, exigirá que la coalición extreme el rigor en los siguientes pasos a adoptar en los próximos días. Si en Túnez y en Egipto eran limitadas las posibilidades de que una dictadura fuera sustituida por otra, puesto que la victoria contra sus respectivos tiranos fue resultado de manifestaciones pacíficas, la guerra que ha estallado en Libia por culpa de Gadafi augura una transición más compleja. Encerrar otra vez en su botella el genio de la violencia es una tarea que corresponde sobre todo a los libios. Pero la comunidad internacional no puede permitirse errores. Ni los derivados de la inacción ni tampoco los del entusiasmo.


El País - Editorial

Guerra justa contra un tirano

Del éxito de esta arriesgada misión van a depender las reglas que definirán el futuro de nuestro espacio geopolítico.

LA operación que la aviación militar francesa comenzó ayer tarde marca un punto de no retorno en las relaciones entre las dos orillas del Mediterráneo. Del éxito de esta arriesgada misión van a depender las reglas que definirán el futuro de este espacio geopolítico del que formamos parte, de manera que todos los países que han decidido sumarse a este esfuerzo de guerra tienen el mayor interés en que se lleven a cabo los objetivos que lo impulsan. El Gobierno de Rodríguez Zapatero, aunque el PSOE debería hacer memoria, cumple con su obligación al sumarse sin vacilaciones a la coalición militar, porque Libia no es un escenario lejano como Afganistán sino que su influencia y la de los sucesos que se desarrollan en su interior, afectarán directamente a países de la mayor importancia estratégica para España.

El liderazgo de Francia es precisamente el reflejo de que el presidente Sarkozy ha entendido perfectamente cuál es el desafío que encierra la lucha entre una dictadura podrida como la de Gadafi y la voluntad de las sociedades de los países árabes de levantar sus aspiraciones a vivir en libertad y democracia y, sobre todo, cuáles serían las catastróficas consecuencias en caso de que éste pudiera volver a afianzarse en el poder tanto para ellos como para nosotros. Es evidente que lo que ha sucedido en Túnez ha hecho cambiar la percepción de la política que Occidente ha privilegiado hasta ahora y ha puesto de manifiesto el grave error de vincular nuestras relaciones con regímenes totalitarios y en este campo no se le puede reprochar a Francia que intente corregir cuanto antes esta situación.

Por el contrario, la crisis libia ha puesto de manifiesto la más absoluta inanidad de la política exterior europea. La gestión de la Alta Representante Catherine Ashton ha sido especialmente desastrosa en todos los sentidos, hasta el punto que obliga a reflexionar seriamente sobre la necesidad de que la UE se haya dotado de un pomposo Servicio de Acción Exterior cuando ni siquiera en un caso como éste ha sido capaz de aparecer en escena. Los partidarios de que la UE refuerce su papel en el mundo deberían empezar a pensar seriamente en la necesidad de sustituir a la baronesa, cuyas cualidades podrían ser mejor aprovechadas sin duda en otros cometidos.


ABC - Editorial

sábado, 19 de marzo de 2011

Libia. Una guerra de mucho progreso. Por Pablo Molina

Digo esto a ver si entre todos animamos a los palanganeros supraciliares y nos dan una satisfacción desfilando por las calles con los bongos y una foto del Lewinsky leonés con uniforme de las SS, como hacían con Aznar.

Puesto que el Gobierno se conduce en materia exterior con los principios de la geopolítica progre, según la cual cualquier guerra en la que participe Norteamérica es ilegal, injusta, ilegítima e inmoral, resulta necesario señalar que la decisión de Zapatero de involucrarnos en una guerra en Libia tiene esas mismas cuatro íes a pesar de que cuente con el aval de la ONU.

Un marchamo, por cierto, que no hubiera impedido la oposición violenta del PSOE a la segunda parte de la Guerra de Irak en caso de haberse producido, como el mismo D. José Blanco, por aquellos tiempos simplemente "Pepiño", se encargó de asegurar repetidas veces en sus arengas diarias a La Brigada Ligera del Bongo (Federico dixit) y los nutridos regimientos de Lanceros Culturetas. En aquellos momentos un PSOE convencido de que no iba a llegar al poder al menos en ocho años, no se cansaba de afirmar que aunque la ONU autorizara los ataques para expulsar a Sadam del poder, los socialistas iban a salir a la calle detrás de los Bardem a llamar asesinos a Aznar y Bush.


En realidad el propio ZP se encargó de mostrar al mundo su verdadero respeto a las resoluciones de la ONU cuando se sentó al paso de la bandera norteamericana en el desfile nacional de 2003, aunque para esas fechas lo de Irak era ya una operación bendecida por todos los organismos internacionales.

Por tanto ya puede Zapatero decir misa, con perdón, pero en estos momentos es el lacayo mayor de los yanquis, a los que va a ayudar en esta nueva guerra por el petróleo, que es lo que dicen los medios progres cuando las hostilidades se declaran en Oriente Medio y los norteamericanos andan por medio.

En caso de que las tropas aliadas actúen finalmente en la patria de Gadafi, por cierto otro progresista de tronío, y dado que en toda guerra hay víctimas inocentes, supongo que los medios progresistas no tendrán inconveniente en volver a colocar en sus portadas imágenes a cinco columnas de niños destrozados por las bombas aliadas, como hacían a diario cuando estaba la derecha en el poder.

Digo esto a ver si entre todos animamos a los palanganeros supraciliares y nos dan una satisfacción desfilando por las calles con los bongos y una foto del Lewinsky leonés con uniforme de las SS, como hacían con Aznar. El éxito está asegurado, porque tres generaciones de la familia Bardem detrás de una pancarta son capaces de acabar con cualquier Gobierno belicista. ¿Qué apostamos?


Libertad Digital - Opinión

Otra guerra para Zapatero

La comunidad internacional decidió intervenir en el conflicto libio cientos de muertos después. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución en contra de Muamar Gadafi que contempla su salida del poder, una zona de exclusión aérea y «la toma de todas las medidas necesarias para proteger civiles». La iniciativa internacional volvió a demostrar las divergencias de fondo en el tratamiento de la crisis, pues, si bien el acuerdo impulsado por Francia y Reino Unido salió adelante, lo cierto es que China, Rusia, Brasil, India y Alemania se abstuvieron. Ni siquiera Europa mantiene una posición común –Berlín no comparte la necesidad del ataque–, aunque el Gobierno español sostenga lo contrario. La amenaza de la OTAN provocó un movimiento táctico de Gadafi, que declaró un alto el fuego y la asunción de la legalidad internacional, pero el escepticismo de las cancillerías ante el personaje está justificado por su historial de falsedades.

España anunció que participará en la misión de guerra contra Libia. El presidente del Gobierno confirmó una «contribución importante» de nuestro país, que Defensa concretó en las bases aéreas de Rota (Cádiz) y Morón (Sevilla), así como en medios navales y aéreos. La determinación de Zapatero es tal que el Ejecutivo admitió que las fuerzas se podrían poner en marcha antes de que el Congreso aprobara la operación, como contempla la Ley de Defensa Nacional. Rajoy anunció con buen criterio su receptividad al acuerdo de los aliados.


El propósito final de esta medida es inobjetable, porque pretende acabar con un régimen criminal y terrorista y proteger a la población civil de las atrocidades del dictador. Pero en este momento es también oportuno recordar que ese encomiable fin propició otras intervenciones internacionales como la de Irak contra Sadam Hussein. Se mire como se mire, los argumentos de fondo son idénticos: acabar con un tirano y amparar a millones de ciudadanos inocentes. Entre ambas contiendas, el presidente y el Gobierno del «No a la guerra» han experimentado una reveladora evolución. Rodríguez Zapatero irrumpió en la presidencia con la retirada de Irak y está a un año de abandonar el poder con tropas españolas en Afganistán, Líbano, Índico y Libia, entre otras zonas. La metamorfosis es evidente pese a que los socialistas pretendan edulcorar ese historial bélico con referencias propagandísticas como misión humanitaria. Ese deambular errático no ayuda a generar credibilidad ni confianza, condiciones indispensables de una política exterior seria.

El ataque a Gadafi que se avecina demuestra también la hipocresía internacional. Libia no es la única dictadura de la zona ni del mundo. En la misma o similares circunstancias se encuentran Yemen, Bahréin, Arabia Saudí, Argelia, entre otras. Los derechos humanos son pisoteados en esos países por autocracias o teocracias, pero nadie mueve un dedo para evitarlo. El petróleo es una razón que explica la doble moral de Occidente con un proveedor principal como Libia, lo que demuestra de nuevo que los principios sucumben en ocasiones ante la «real politik», lo que no es como para sentirse orgulloso.


La Razón - Editorial

La hora de la verdad

La autorización de la ONU para atacar a Gadafi abre una fase decisiva en la crisis libia.

La decisión del Consejo de Seguridad de la ONU de detener con "todos los medios necesarios", excepto la invasión, los desmanes del coronel Gadafi es la única coherente tras más de un mes de atrocidades del tirano contra su propio pueblo. La medida, aprobada por 10 votos a favor y 5 abstenciones, entre ellas las dos cruciales de Rusia y China, permite por fin a la comunidad internacional intervenir abiertamente en el país norteafricano para proteger a sus civiles del exterminio, cumpliendo las previsiones del capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, tan olvidadas en Bosnia, Ruanda o Darfur. Una responsabilidad que parecía descartada por la parálisis de las potencias ante la saña del régimen de Trípoli contra los insurrectos en nombre de la libertad

El conflicto libio entra ahora en territorio desconocido. Los primeros ataques contra las fuerzas de Gadafi pueden desencadenarse en horas. Y, dada la amplitud de los poderes concedidos por la ONU, exceder el cierre del espacio aéreo (una acción que implica la destrucción de radares y emplazamientos de cohetes) y ampliarse a otros objetivos militares. Que Gadafi en las últimas horas haya anunciado simultáneamente un infierno en el Mediterráneo si es atacado y a la vez un alto el fuego no verificado para cumplir con una de las exigencias de la ONU, muestra la desazón con que el lunático tirano ha acogido la tardía pero robusta reacción internacional. Horas antes de la resolución 1973, masacraba impune a sus oponentes y anunciaba el final victorioso de las hostilidades y la toma de Bengasi para la noche de hoy.


Hay más incógnitas que certezas sobre la naturaleza y alcance de la intervención aliada. ¿Se trata de congelar las posiciones de las desiguales fuerzas en liza o de sentar las condiciones para la derrota del dictador? ¿Serán Francia y Reino Unido quienes dirijan el ataque inicial, vistas las dificultades para que lo haga la OTAN? ¿Cuánto tiempo será preciso para planearlo y acumular las fuerzas mínimas necesarias? Decisiones que implicarán a la vecina España, como hizo notar ayer Rodríguez Zapatero (que se reúne hoy en París con Sarkozy, Clinton y dirigentes europeos y africanos), al autorizar el uso estadounidense de Rota y Morón. Cuestión clave es el papel que vaya a desempeñar Estados Unidos, única potencia con poder logístico y decisorio suficiente. El escaldado Barack Obama, sumado a la acción en el último minuto, intenta mantener a su país en el asiento trasero de los acontecimientos. De seguir las inclinaciones de su ministro de Defensa Gates, Washington se limitaría a ser poco más que espectador de lo que ocurre en la ensangrentada Libia.

El ataque aliado supondría para las fuerzas gubernamentales su primer enfrentamiento con un hostigamiento armado serio. Aquí también todo está por verse. Si Gadafi, pese a sus promesas de luchar hasta la muerte, se aviene a negociar; o si acaba buscando asilo entre alguno de sus amigos africanos o latinoamericanos, pese a estar en el punto de mira del Tribunal Penal Internacional.

La vía libre de la ONU inicia una nueva y crítica fase en la crisis libia. Al margen de su desenlace, hay que celebrar que los poderes terrenales hayan decidido al fin utilizar la consistente doctrina que la ley internacional ponía a su disposición para actuar contra un forajido que ha sojuzgado a su país durante décadas con la complacencia de quienes finalmente han considerado -en muy buena medida gracias al clamor de una atónita opinión pública global- que era suficiente. Que las consecuencias de permitir a Gadafi alzarse victorioso sobre su propio pueblo serían devastadoras no solo para Libia y el conjunto de países árabes que hoy acarician la dignidad, sino para el entero y precario orden internacional.


El País - Editorial

El pacifismo, principal aliado de Gadafi

¿Se atreverán las potencias occidentales a enterrar provisionalmente la visión progre de las relaciones exteriores o permitirán que Gadafi y su clan sigan señoreando Libia durante otros 42 años?

Sabido es que el pretexto de la "multilateralidad" ha servido para apuntalar las dictaduras más sanguinarias del planeta. Si para poder derrocar a un tirano resultaba exigible contar con la aquiescencia de ese propio tirano (o con alguno de sus socios comerciales), parece claro que semejante intervención jamás podría llegar a ejecutarse. Al cabo, para ello se fue incorporando al seno de la ONU a todas las autocracias planetarias y para ello esas mismas dictaduras (comenzando por la URSS) promocionaron la hipócrita ideología del pacifismo: todas las guerras son ilegítimas salvo las que inician ellas mismas.

La política exterior y de defensa de todo Occidente, incluyendo ahora mismo la de EEUU, ha quedado sometida a esas dos directrices. Nada sin la ONU y todo en nombre de la paz... incluso la guerra. La presidencia de Bush supuso un paréntesis en este orwelliano pensamiento único que ha permitido a las dictaduras campar a sus anchas. Pero precisamente por ello fue demonizado por toda la izquierda nacional y extranjera: su fariseísmo no podía tolerar que combatiera una dictadura como la de Irak sin hipotecas multilaterales y en nombre de la libertad.


Con Libia hemos vueltos a las andadas. Casi todos los líderes occidentales han venido criticando la masacre que estaba perpetrando Gadafi, pero ninguno de ellos se ha decidido a actuar hasta que Rusia y China, dos exponentes del Estado de Derecho, han aceptado darles el visto bueno en forma de abstención. Resultado: mientras tanto Gadafi ha reconquistado casi todo el territorio que los rebeldes le habían tomado.

De ahí que el dictador libio, conocedor del funcionamiento de la ONU y de las inconsistencias del pacifismo, haya movido tan rápida como inteligentemente sus fichas: si la autorización a una intervención multilateral busca poner fin a sus ataques a los rebeldes, ¿qué mejor jugada que declarar un táctico alto el fuego?

Ahora, esa improvisada coalición internacional anti-Gadafi, fruto del multilateralismo y del pacifismo, se enfrenta a sus propias inconsistencias. Casi nadie tiene ningún interés real en atacar –en especial una Alemania que ve con desconfianza las intenciones de los rebeldes–, pero todos de un modo u otro se han visto empujados con amenazar a hacerlo –Obama por su cargo y Zapatero por ir durante demasiado tiempo a remolque de la ONU–. Gadafi se ha aprovechado de la lentitud de la multilateralidad y ahora les arrebata la carta del pacifismo. ¿Se atreverán a enterrar provisionalmente la visión progre de las relaciones exteriores o permitirán que Gadafi y su clan sigan señoreando Libia durante otros 42 años?


Libertad Digital - Editorial