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domingo, 25 de septiembre de 2011

Hijos de Israel. Por Angela Vallvey

El judaísmo es la más antigua de las tres religiones monoteístas, de él manaron primero el cristianismo y, luego, la más «joven»: el Islam. El calendario hebreo dice que éste es su año 5771. Para nosotros, transcurre el 2011. Para los musulmanes, el 1432, creo. Pese a tener el culto más viejo, los judíos sobrellevan una historia convulsa que no termina. El Talmud menciona que forman un pueblo que siempre vive «hostigado, acosado, perseguido y acorralado», y que nunca ha sido fácil ser judío. En el Génesis se consagra la Tierra Santa de Israel como la patria judía. El mundo se divide así entre Israel y… todo lo demás. Cuando el Islam no existía como religión, Herodes el Grande, muy aficionado a las obras públicas, reconstruía el Segundo Templo –símbolo del pueblo judío– sobre lo que antiguamente fuera el Monte Moriá, el lugar donde Abraham fue a sacrificar a su hijo Isaac. Lo que hoy queda de aquel templo –el Muro Occidental o Muro de las Lamentaciones– es la parte baja que sostiene la Explanada de las Mezquitas en Jerusalem. Arriba, la piedra de Abraham está cubierta por la Cúpula de la Roca, una mezquita del siglo VII que prohíbe actualmente la entrada a los no musulmanes. El lugar parece una metáfora arquitectónica de la enzarzada situación entre palestinos y judíos: los islamistas arriba, paseando orgullosos y altivos por el lugar que ocuparon y conquistaron sus ancestros; los judíos abajo, sosteniendo la estructura, cuidando los restos de su memoria compuesta de destrucciones y renacimientos. Ambos bandos, ligados en lo más íntimo.

El conflicto palestino-israelí es cualquier cosa menos sencillo. Así y todo, ambas partes parecen haber llegado hoy día, de hecho, a una especie de statu quo. Se toleran (tolerar significa «sufrir, llevar con paciencia») mutuamente. La situación resulta endemoniada: los palestinos no tienen patria, y esa especie de entelequia denominada la Autoridad Palestina (ANP) es su único gobierno. El rey de Jordania les ofrece tradicionalmente un pasaporte a sus vecinos/hermanos cisjordanos. Cisjordania y Gaza están separadas geográficamente… Las fronteras se suceden en los sitios más insospechados, aunque en los controles, el mismo jueves pasado, no se sentía sensación de peligro. Los judíos, incluso cuando se asientan en mitad del desierto del Néguev, son capaces de hacer florecer la tierra. Ver sus logros impresiona al extraño. Viven con modestia, trabajan duramente y construyen y progresan sin parar, movidos por una fuerza ancestral, con algo de la rabia y el descaro del esclavo manumitido. Los árabes, por el contrario, prefieren vivir de las subvenciones de la comunidad internacional. Los palestinos tienen fe en la ONU, que canaliza muchas ayudas económicas. Mahmud Abbas se ha ido a la ONU a hacer su «primaverita» palestina: a pedir que Palestina sea un Estado y que la madre ONU le quite a Israel lo que Israel ganó en una guerra. Los palestinos han ovacionado la petición, ilusos. Pero todo es puro teatro, una mentira mundialmente compartida, porque nada cambiará si no hay diálogo.

La Razón – Opinión

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Aislamiento israelí

El asalto a su Embajada en El Cairo tensa la relación con uno de sus pocos amigos de la zona.

La primavera árabe está resultando extremadamente complicada para Israel, cuya política exterior -asidua practicante del demasiado poco, demasiado tarde- sufre un creciente aislamiento en la zona, del que solo puede rescatarle en parte su relación privilegiada con Estados Unidos.

Desde la caída del presidente Hosni Mubarak en Egipto en febrero pasado, El Cairo ha experimentado un caótico pero perceptible enfriamiento en sus relaciones con el Gobierno israelí, con quien firmó solemnemente la paz en marzo de 1979. Primero fue la autorización a navíos iraníes para que cruzaran el canal de Suez, cosa que no había ocurrido desde la guerra de 1967, en la que Israel llegó incluso a parapetarse en la vía de agua; casi al mismo tiempo, El Cairo aliviaba el bloqueo de la Franja de Gaza, que Israel mantiene contra viento y marea. Y los acontecimientos se precipitaron el 18 de agosto cuando fuerzas israelíes dieron muerte a cinco policías egipcios en una operación de represalia contra terroristas palestinos. Una multitud se congregó unos días más tarde ante la Embajada israelí en la capital egipcia, en la que un grupo de exaltados logró penetrar, y casi milagrosamente salvaron la vida los últimos seis residentes de la legación, cuando ya habían sido evacuados in extremis a Israel el embajador y su familia.


El Gobierno militar egipcio ha jurado que castigará a los culpables y asegura que el tratado de paz es sacrosanto, pero nada en el futuro está plenamente garantizado. La semana pasada, Abu Musa, uno de los más serios candidatos a la presidencia del país, pidió la revisión del tratado en lo concerniente a la limitación de la presencia de tropas egipcias en el Sinaí, aunque dejando muy claro que solo se trataba de una cuestión aneja.

Pero el problema con Egipto solo es uno entre varios. Israel ha evitado disculparse ante Ankara por el abordaje en aguas internacionales de un navío que llevaba suministros humanitarios a Gaza, en el que un comando israelí dio muerte a nueve pasajeros. Y el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, que hoy se halla en El Cairo para apoyar el proceso democrático en el norte de África, ha congelado, como consecuencia, las relaciones políticas, militares y económicas con Israel. Finalmente, la Autoridad Palestina pedirá este mes a la ONU que reconozca la existencia, cuando menos como observador sin voto, de un Estado palestino independiente.

Israel reacciona encastillándose en su soledad de nación incomprendida, cuando sería mucho más prudente que se sumara a ese reconocimiento, aunque con todas las salvedades justas y necesarias. Con ello no estaría haciendo ninguna clase de concesiones a priori en unas negociaciones siempre de igual a igual. El apoyo de Estados Unidos le permite, sin embargo, el actual empecinamiento, pero protector y protegido se equivocan obrando con una obstinación que no conduce a ninguna parte.


El País – Editorial Opinión

martes, 18 de enero de 2011

España-Israel, 25 años

Hace 25 años, España e Israel normalizaron sus relaciones diplomáticas y la efeméride bien hubiera merecido mayor énfasis y celebración por parte del Gobierno español, aunque sólo fuera para subrayar que aquel histórico paso fue obra de Felipe González. Pero también fue un gesto de honda significación para la joven democracia española, que superaba así un viejo prejuicio del régimen franquista. La Transición no habría sido completa ni ejemplar si no se hubieran derribado los muros diplomáticos que aún aislaban a España de las corrientes democráticas internacionales. El Estado de Israel era una asignatura pendiente, tanto más lacerante cuanto que miles de sefardíes exibían con orgullo por todo el mundo su condición de españoles e israelíes. Era una anomalía que un país occidental llamado a ser parte sustancial de Europa mantuviera una política exterior hemipléjica con respecto al conflicto de Oriente Medio hasta el punto de ignorar a la única nación democrática de la zona. El Gobierno socialista de González tuvo la lucidez y la audacia necesarias para abrir una nueva etapa diplomática pese a la furibunda oposición del mundo musulmán. El tiempo le ha dado plenamente la razón. A lo largo de estos 25 años, las relaciones entre Madrid y Tel Aviv han sido globalmente positivas, aunque han pasado por fases y estados de ánimo dispares, desde la buena sintonía durante la época de Aznar hasta los malentendidos absurdos y estériles de la época Zapatero, en los que era especialista consumado el ex ministro Moratinos. En éste, como en otros capítulos, el sectarismo ideológico de los gobernantes socialistas ha contaminado con demasiada frecuencia la comunicación entre ambas partes, incluso en los momentos más críticos para la estabilidad internacional. No parece que la actual ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez, haya superado la mediocre etapa de su predecesor, cuyo alineamiento propalestino resultaba bochornoso incluso para muchos dirigentes del PSOE. No es casual, por ejemplo, que días atrás TVE retirara de su web un capítulo de su espacio «Españoles por el mundo» en el que nuestros compatriotras elogiaban la vida en Israel. A pesar de todo ello, si algo ha quedado muy claro para los ciudadanos durante este cuarto de siglo es que los vínculos con Israel no son meramente comerciales y culturales, que no son desdeñables, sino de una naturaleza superior, porque entran en juego principios democráticos, valores morales y fundamentos de convivencia. En torno al Estado de Israel no se dirimen sólo cuestiones territoriales o de supervivencia, sino también la supremacía moral del sistema democrático y de libertades sobre los regímenes feudales y las satrapías que imperan a su alrededor. Dejar a la nación israelí a su suerte ante una teocracia como la iraní, que financia y arma a organizaciones terroristas como Hamas y Hizbulá, sería suicida para las propias democracias occidentales, que perderían toda autoridad moral para defender en casa lo que no hicieron en Oriente Medio. La clave última es la capacidad de la comunidad internacional para garantizar el derecho a la existencia de un Estado legítimamente constituido. España, a la luz de estos 25 años, contribuye a ello, aunque algunos gobernantes se muestren remisos.

La Razón - Editorial

viernes, 14 de enero de 2011

Israel. Es un boicot del Gobierno de España. Por Cristina Losada

No sólo es preciso investigar este concreto caso. Habrá que suspender las ayudas a las organizaciones responsables. Y establecer mecanismos de control.

Aquella genial idea de Zapatero, los mil y un spots del Gobierno de España, acaba de traspasar nuestras fronteras. Gloriosamente. Y no para recomendar que saques tarjeta roja a los maltratadores, recicles la basura, te pongas el casco, reduzcas la velocidad o cualquiera de los otros mensajes destinados a "sensibilizar" a esos niños de guardería que son los ciudadanos españoles. Ahora, el Gobierno de España patrocina, a cara descubierta, con bandera, escudo y dirección ministerial, un boicot a los productos israelíes que se emite en la televisión palestina administrada por Fatah.

La historia es simple, tersa, increíble. Aunque previsible. El anuncio tiene lugar en una tienda de ultramarinos, un escenario popular. El tendero es advertido de que hay pasquines llamando a un boicot de los productos de Israel. "No puedo no traerlos. La gente los pide y en la mayoría de los casos son mejores que el producto local", replica el poco patriótico comerciante. Animado por el traidor, un niño pide una bolsa de patatas fritas israelí de una marca realmente existente. Con ella en la mano, va a salir, cuando se oye algarabía de disparos. El infante deja caer las patatas y sentencia, grave: "No quiero productos israelíes. Quiero productos palestinos". La decisión se rubrica con un texto: "No prolongues la vida de los ocupantes en nuestra tierra". Acto seguido, aparece el logo del Gobierno de España acompañado por su Ministerio de Asuntos Exteriores y su Agencia Española de Cooperación Internacional, más la firma de una ONG también española, ACSUR.


No se trata, precisamente, de publicidad subliminal. El spot es tosco en su asociación de los chips israelíes con la guerra y la represión contra los palestinos. En su mensaje final hay una incitación apenas velada. La instigación del odio hacia Israel y los judíos, con o sin llamadas al boicot, es una línea maestra de la propaganda mal denominada pro-palestina. Pero ¿cómo ha aparecido el Gobierno de España en tan infame ejercicio de antisemitismo? El embajador en Tel Aviv asegura que ha sido sin su conocimiento. Parecida respuesta ha dado el Ministerio de Exteriores a los escasos medios nacionales que se han interesado. La ONG se escapa por la tangente. Sí, pero ¿se financian con dinero público español groseras campañas contra Israel en Gaza y en Cisjordania? ¿Controla el Gobierno en qué se emplean las subvenciones que destina a la Autoridad Palestina? ¿Y las que concede a ONGs dedicadas a infligir su activismo político por el mundo adelante?

El Gobierno de España dirá circunspecto que entrega dinero a los dirigentes palestinos para el alcantarillado, el agua potable, la sanidad, las aceras. Pero cuando se financia a expertos en promover el odio, ocurre invariablemente que lo dedican a esa, para ellos, esencial actividad. No sólo es preciso investigar este concreto caso. Habrá que suspender las ayudas a las organizaciones responsables. Y establecer mecanismos de control. Máxime cuando el espíritu del anuncio guarda afinidad con los prejuicios anti-israelíes que dominan en la galaxia ideológica del Gobierno.


Libertad Digital - Opinión

martes, 12 de octubre de 2010

Parábola del niño palestino. Por Hermann Tertsch

Este incidente nos ofrece la metáfora perfecta del juicio que hacen de Israel unos medios y unos gobiernos que rezuman mala fe.



YA conocen las imágenes que unas muy oportunas cámaras grabaron para que todo el mundo pudiera confirmar lo que ya sabe. Niños palestinos, acompañados por adultos —los maestros que los inician en sus labores patrióticas—, esperan armados con piedras junto a una calle. Un coche baja hacia la curva a lo largo de un muro de piedra gris rosácea característica de Jerusalén. La cámara enfoca directamente al coche con su objetivo bien determinado. De repente, de los lados y desde detrás de la cámara surgen los niños tirando piedras contra el coche, que frena un poco al principio, sigue después. Los niños corren hacia el coche y tres de ellos se abalanzan literalmente sobre el coche, dos de ellos de frente a la capota. Uno de ellos, lanzado al aire por el impacto inevitable, vuela hacia lo alto y cae cabeza abajo sobre el cristal del vehículo. Éste se aparta a un borde y para unos instantes. Parece que el conductor no sabe qué hacer. Pero de inmediato acelera y se aleja del lugar. Fin de la escena.

Objetivo cumplido. Televisiones de todo el mundo abren horas después sus informativos con estas imágenes. Niño palestino arrollado por un israelí. Un ultraderechista judío atropella a un niño palestino. Fanático judío arrolla a un niño palestino. El mensaje de obligada asimilación es que un furibundo racista, fanático religioso y colono usurpador israelí vio a unos niños palestinos jugando felices e inocentes y, decidido por odio a hacer el mal, se lanzó contra ellos a ver a cuántos mataba. Algún iluso dirá que las cosas no sucedieron así. Que un enjambre de niños estaba apostado para apedrear a los vehículos que pasaban y que muchos de ellos se dirigieron directamente a este coche con ánimo de hacer todo el daño posible al vehículo y a sus ocupantes. Y que algunos, entre ellos el atropellado, se lanzaron por delante hacia el coche para intentar que se parara y sus ocupantes quedaran a merced de los agresores. Nadie sabe lo que habría sucedido de haber sido así. Lo que parece fácilmente imaginable es que ninguno de los cámaras o fotógrafos presentes habría hecho nada por ayudar a los ocupantes del vehículo agredido. Lo cierto es que la colisión fue inevitable. Y que el conductor paró un instante el coche para ver qué les había pasado a los niños. Poniendo en riesgo su integridad física, rodeado de agresores niños y adultos. Cualquier conductor agredido a pedradas por una turba en un suburbio europeo o norteamericano habría acelerado en pánico, se habría llevado por delante a quien fuera, y no habría parado hasta estar muy lejos y sentirse seguro. Fuera judío o árabe, colono o catedrático, fanático o humanista, el conductor se comportó de la mejor manera posible. Es fácilmente deducible de las imágenes. Da igual. El mensaje tenía que ser otro y lo fue. Este incidente nos ofrece la metáfora perfecta del juicio que hacen de Israel unos medios y unos gobiernos que pueden ser muy bien pensantes, pero rezuman mala fe. En esto habrán pensado muchos cuando supieron que el ministro de Exteriores Avigdor Lieberman les había dicho a sus colegas francés y español, Kouchner y Moratinos, que se ocupen de sus asuntos y dejen de aparecer por Israel a dar lecciones. La mayoría de los israelíes no comparten la radicalidad de Lieberman, pero muchos —no sólo israelíes, no sólo judíos— están hartos de que estos dos personajes, tan comprensivos con los enemigos a muerte de Israel, acudan a jalear a los niños y llamen después al linchamiento del conductor.

ABC - Opinión

domingo, 5 de septiembre de 2010

Freno al radicalismo islámico

«Defender a Israel para defendernos a nosotros mismos». El título de la conferencia pronunciada por el presidente de FAES ante el Congreso Mundial Judío, esta misma semana, resume a la perfección el desafío al que se enfrenta Occidente. Las palabras de Aznar, en las que subraya que defender al Estado de Israel es sinónimo de defender nuestros valores democráticos y liberales, frente a los intentos del islamismo radical por imponer sus principios teocráticos, han tenido un gran eco internacional. Ayer mismo, el ex primer ministro británico Tony Blair, que acaba de publicar un libro de memorias, insistió, en este mismo sentido, en que el radicalismo islámico es la mayor amenaza que afronta el mundo y apuntó a que Irán es el país que más apoya ese radicalismo. El extremismo islámico es tan profundo, y sus métodos tan fanáticos, que no se puede combatir con conversaciones sin fin y concesiones. Los integristas deben ser conscientes de que se enfrentan a una civilización, la occidental, con una determinación y una voluntad mayor que la de ellos. Tras los atentados del islamismo radical que llevaron la desolación a Europa y Estados Unidos, algunos, los menos, entre los que se encontraba el Gobierno de España, apostaron por una política de acercamiento al islam. Sin embargo, esta idea, que eclosionó en la Alianza de Civilizaciones no ha logrado su objetivo, más allá de tender puentes culturales y de amistad. Y no ha logrado su objetivo pues confundía el interlocutor. El islam moderado no es la amenaza, sino el radicalismo que se abre paso en Afganistán y Pakistán, se asienta en Irán y en Gaza de la mano de Hamas e intenta crecer en el norte de África. No es posible el diálogo ni el respeto a prácticas como la lapidación, los asesinatos por honor o las condenas a muerte por ser homosexual. No hay nada que negociar. De la misma manera que nada se puede hablar con los que utilizan el secuestro y la extorsión a ciudadanos occidentales como fuente de ingresos para abordar atentados a mayor escala contra esos mismos países occidentales. Las recientes conversaciones de paz iniciadas por Israel y la Autoridad Nacional Palestina, bajo los auspicios del Gobierno Obama son, sin duda, una esperanza, aunque débil. No es posible ser optimista, albergar grandes expectativas sobre este diálogo a la vista de los resultados cosechados hasta ahora. Como recordó Aznar en su intervención, la última reunión de paz sobre Oriente Medio llevó a la segunda Intifada, más letal aún que la primera. El extremismo islamista, como manifestación de un fanatismo religioso, es una amenaza, no sólo para la civilización occidental sino también para las sociedades musulmanas moderadas. Y lo que resulta obvio es que, en Oriente Medio, ningún proceso de paz tendrá valor mientras persista la situación actual de ausencia de seguridad para el Estadode Israel. Un futuro Estado Palestino sólo alcanzará legitimidad ante los ojos de la comunidad internacional si los propios líderes y pueblo palestinos desarrollan un papel activo contra la locura terrorista y se sitúan, de manera clara, en el lado de las libertades y contra ese radicalismo islámico del que son las primeras víctimas.

La Razón - Editorial

sábado, 4 de septiembre de 2010

La paz sigue muy lejos

TENIENDO en cuenta la larga historia del conflicto israelo-palestino y todos los intentos de negociación en las últimas décadas, que se mantengan conversaciones directas entre Mahmud Abbas y Benjamin Netanyahu ha de considerarse como un elemento positivo. Pero precisamente porque son bien conocidos los resultados de otros intentos precedentes de buscar una solución pacífica al conflicto, se comprende la sensación de desconfianza y escepticismo que prevalece en todo Oriente Próximo. Las posiciones en las cuestiones más espinosas de cualquier negociación —asentamientos, capitalidad de Jerusalén, seguridad mutua, etc.— son tan conocidas a través de la larga historia del conflicto, que se hace muy difícil imaginar cómo pueden ponerse de acuerdo cuando queda tan poco margen de maniobra para que ninguna de las dos partes pueda ceder o aceptar un acuerdo pasando por encima de tanta línea roja.

Y por si la propia complejidad de las negociaciones no fuera suficiente, se sabe que hay muchos adversarios de la paz que no estaban invitados en Washington y que aprovecharán cualquier oportunidad para hacer saltar por los aires todo el proceso, como ha sucedido también con anterioridad. De modo que lo más razonable en este caso es seguir alentando al primer ministro israelí y al presidente de la Autoridad Nacional palestina a que mantengan esa predisposición al diálogo, que es algo ya de por sí mejor que las habituales relaciones tormentosas, y que ambos traten al menos de neutralizar a las fuerzas que prefieren la continuidad del conflicto y que esperan agazapadas para boicotearlo. No hay ninguna garantía de que el proceso vaya a funcionar, pero esto es preferible a cualquier otra alternativa conocida.

ABC - Editorial

viernes, 3 de septiembre de 2010

Ventana para la paz

Frente al escepticismo y a sus muchos enemigos, arrancan las conversaciones palestino-israelíes.

Israelíes y palestinos negocian por enésima vez la salida al conflicto que les viene enfrentando casi desde hace un siglo por la soberanía de la misma tierra. Desde la Conferencia de Madrid, en 1991, todos los presidentes norteamericanos han intentado, cada uno a su manera, sentar a las dos partes hasta alcanzar la paz, sin que ninguno haya llegado a coronar sus esfuerzos con el éxito. Quien más cerca estuvo fue Bill Clinton, en los últimos meses de su mandato, pero sus intentos fueron desbaratados por la segunda Intifada.

De los avances realizados al final de su presidencia con un Gobierno laborista en Israel salen los llamados parámetros de Clinton, que incluyen la constitución de un Estado palestino y constituyen un legado imprescindible para quien quiera alcanzar la paz. Aunque Bush fracasó con su cumbre de Annapolis, un año antes de abandonar la Casa Blanca, hay que reconocer que su visión de los dos Estados conviviendo en paz y seguridad uno al lado del otro ha contribuido a que la opinión pública más conservadora, incluida la de Israel, asuma finalmente algo que no siempre se venía aceptando como es el derecho de los palestinos a un Estado propio.


Esta es la hora de Obama, cuya idea sobre el proceso de paz es el eje de una amplia estrategia de conjunto para la región que incluye la retirada de Irak, la contención del Irán nuclear y el desenmarañamiento de la rebelión talibán entre Afganistán y Pakistán, donde Al Qaeda mantiene sus cuarteles de invierno.

El desafío es probablemente excesivo, aunque Obama lo haya situado en lo más alto de sus preferencias. Cuenta ya con el boicot de los extremistas de uno y otro lado y con el escepticismo de la mayoría tras tantos fracasos. También con dificultades de toda índole: los actos de terrorismo contra los colonos, el bloqueo de Gaza, la continuación de los asentamientos, la división del campo palestino o la fragmentación política israelí, entre muchos otros. Sin olvidar las dificultades de Obama con su opinión pública conservadora, resentida por los fracasos de Bush y sus neocons y dispuesta a atizar el choque de civilizaciones antes que entregar un éxito a un presidente demócrata.

Es también lamentable la escasa visibilidad de los europeos en la conferencia inaugural. Solo han contado dos de los mayores socios de Bush en su guerra preventiva: Tony Blair, convertido en representante de la UE por desistimiento de los Veintisiete; y Aznar, con sus pullas contra Obama, al que acusa de favoritismo con los países islámicos, en sintonía con la extrema derecha norteamericana.

A pesar de esas dificultades, la necesidad ha abierto de nuevo una ventana para la paz. Las intervenciones del primer día, incluidas las de Netanyahu y de Abbas, y el plan de trabajo presentado por el experto y exitoso negociador que es George Mitchell, permiten esperar que esta vez no vuelva a cerrarse sangrienta y bruscamente como ha venido sucediendo en todas las ocasiones anteriores.


El País - Editorial

Negociaciones frente a la "paz económica"

Israel ha optado por avanzar donde ha visto que se puede avanzar, y por más parciales que sean las mejoras económicas para alcanzar una solución, sin duda han logrado que la situación haya progresado notablemente.

En el año 2000, el Gobierno israelí liderado por Ehud Barak ofreció a los palestinos la práctica totalidad de sus exigencias a cambio de la paz. Eran concesiones con las que buena parte de su propio pueblo estaba en desacuerdo; a su entender iban demasiado lejos. Pero el Premio Nobel de la Paz Yasir Arafat la rechazó y montó su última guerra: la Segunda Intifada, que se llevó la vida de miles de personas, incluyendo unos 1.000 civiles israelís.

Desilusionados con la vía negociadora, Israel optó por tomar el toro por los cuernos y decidió desengancharse por su cuenta de los palestinos, construyendo una barrera de seguridad en Cisjordania y abandonando Gaza en 2005. Los activistas autodenominados propalestinos siempre habían culpado a la ocupación de la violencia que sufría Israel, pero sólo quien no quiere ver podría seguir manteniendo la misma conclusión después de la retirada de Gaza. Hamás ocupó el poder en la Franja y desde entonces se ha dedicado a aterrorizar las poblaciones más cercanas a base de misiles.


Los israelíes, en definitiva, están bastante desengañados tanto con las negociaciones como con las retiradas unilaterales. Por su parte, Abbas tiene poco que ofrecer, dado que no controla Gaza. Además, tanto Israel como Cisjordania están prosperando y viviendo un momento dulce, situación que muchos creen que sólo podría empeorar con un cambio en el statu quo. De modo que el proceso de paz recién iniciado no parece tener muchas perspectivas de fructificar, ni tampoco parece que las consecuencias de un fracaso fueran tan graves como las de Camp David.

Lo único seguro es que para la casi totalidad de la prensa española el culpable de los fracasos del diálogo será Israel y los padres de los éxitos serán los palestinos. No hay más que contemplar el lamentable enfoque de los últimos días, en los que los asesinatos terroristas parecen tener menos importancia que los asentamientos.

Netanyahu llegó al poder con el proyecto de alcanzar la "paz económica", la idea de que según prospere la sociedad palestina, menos interés tendrá en el enfrentamiento y más en la convivencia. Ha dado muchos pasos en esa dirección, incluyendo la eliminación de la mayoría de los puntos de control que reforzaban la seguridad pero perjudicaban la economía. Sin embargo, es cierto que en 1987, cuando estalló la primera intifada, esa "paz económica" ya se había alcanzado. No obstante, la opinión pública en Israel ha cambiado mucho desde entonces, y con un interlocutor moderado por la prosperidad estaría más que dispuesta a apoyar una retirada y la creación de un Estado palestino en Cisjordania.

Este plan es un hilo frágil que puede romperse en cualquier momento, pero que aún así cuenta con mejores perspectivas que las conversaciones que Obama ha forzado entre Abbas y Netanyahu. Sigue demasiado viva la ilusión de solucionar todos los problemas de un plumazo, mediante una sola negociación exitosa. Israel, en cambio, ha optado por avanzar donde ha visto que se puede avanzar, y por más parciales que sean las mejoras económicas para alcanzar una solución, sin duda han logrado que la situación haya progresado notablemente. Las negociaciones tendrán éxito si y sólo si no intentan abarcarlo todo y se limitan a llegar a acuerdos allí donde pueda hacerse. Desgraciadamente, es dudoso que Obama, ansioso por pasar a la historia como muñidor de la paz en Oriente Medio, se conforme con eso.


Libertad Digital - Editorial

jueves, 2 de septiembre de 2010

Seguridad para Israel

Los terroristas palestinos repitieron su estrategia habitual para dinamitar cualquier posibilidad de paz en Oriente Medio. El asesinato de cuatro judíos en Hebrón en la víspera de que ambas partes reanudaran una negociación directa por primera vez en veinte meses retrata de forma trágica la nula disposición a un entendimiento con el Estado hebreo de una parte importante del pueblo palestino. Es verdad que las posibilidades creadas por la Cumbre de Washington están fundamentadas en algunas realidades. La cita, al más alto nivel, con presencia del primer ministro israelí, Benjamin Netanhayu, y del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abas, y auspiciada por el anfitrión Barack Obama, es la consecuencia de un complejo proceso curtido a lo largo de siete rondas de diálogo indirecto. La sola recuperación del cara a cara es un paso que conviene valorar en un escenario inmóvil. Y muy especialmente también la voluntad de las delegaciones de no ceder ante la provocación terrorista, especialmente con la determinación del Gobierno israelí de sentarse a la mesa después de que cuatro de sus compatriotas fueran víctimas de Hamas, que controla buena parte de Palestina.

Pese a esos signos positivos, las posibilidades de éxito del encuentro no son ni más ni menos que las de otros similares en estos 19 años de cumbres desde la de Madrid. El escepticismo está más que justificado cuando en una parte se sienta una democracia, y en la otra un gobierno que ha dejado gran parte de su territorio bajo control terrorista. Para quienes depositan la esperanza en el factor Obama, los hechos y las decisiones de su política exterior son decepcionantes. La capacidad del presidente norteamericano para inhibirse de las crisis internacionales y abandonar los escenarios conflictivos comienza a ser escalofriante. José María Aznar, que participó en Jerusalén en la asamblea anual del Congreso Mundial Judío, abundó en esa reflexión cuando dijo que Obama parece «escapar de los problemas del mundo» y criticó su acercamiento al mundo musulmán en detrimento de Israel. Bajo esos parámetros, el pesimismo de Aznar sobre las conversaciones de Washington nos parece justificado.

La realidad es que el concepto de dos naciones, dos estados, puede estar asumido por las partes. Incluso se pueden contemplar progresos en aspectos cruciales del conflicto como la delimitación de las fronteras del Estado palestino, los refugiados, el agua, los asentamientos y lo que para muchos expertos supone el nudo gordiano de la disputa: la capitalidad, con la voluntad israelí, anunciada por el ministro de Defensa, de que Jerusalén Este sea la capital del Estado palestino. Pero nada de ello tendrá valor mientras persista la flagrante carencia de unas garantías de seguridad para Israel. Sin ellas el camino hacia un acuerdo es y debe ser inaccesible para una democracia acosada y rodeada por países enemigos, que se debe a sus ciudadanos por encima de todo. Si los palestinos quieren la paz, deben demostrarlo con hechos, y ésos sólo pueden partir de un combate sin tregua contra los terroristas. Lo que hoy parece una quimera.


La Razón - Editorial

Una apuesta para Oriente Próximo

Pronto se sabrá si Obama está pensando solo en llegar a las elecciones de noviembre con cierto aliento en política exterior o si tiene una estrategia genuina para Oriente Próximo.

BARACK Obama está tratando de intervenir simultáneamente en tres de los escenarios más conflictivos del mundo: Palestina, Irak e Irán —por no mencionar a Afganistán—, con el aparente objetivo de crear una dinámica nueva contra la espiral destructiva en la que toda la región de Oriente Próximo lleva décadas sumida. La apuesta es extremadamente arriesgada, porque en los tres focos de tensión existen componentes impredecibles y nada garantiza que el avance en cualquiera de ellos, por ejemplo en las negociaciones entre israelíes y palestinos, signifique que vaya a tener efectos beneficiosos correspondientes para detener el proceso de nuclearización del régimen iraní, o el cese de la inestabilidad en Irak después de la retirada de las tropas estadounidenses. Desde hace décadas, todos los presidentes norteamericanos han intentado poner en marcha un proceso de paz en Oriente Próximo pensando que la convivencia entre israelíes y palestinos tendría un efecto benéfico para toda la región, pero ninguno se había atrevido a poner como Obama a todos los elementos sobre la mesa al mismo tiempo.

Es posible que los analistas de la Casa Blanca tengan la certeza de que se dan algunas circunstancias propicias para volver a reunir a los representantes israelíes y de la Autoridad Nacional Palestina, aunque es difícil apreciar cuáles pueden ser esos elementos nuevos que pudieran ofrecer expectativas de avance. El asesinato de cuatro israelíes por parte del brazo armado de los terroristas de Hamás —realizado con el objetivo expreso de boicotear las negociaciones— ilustra la dificultad de cualquier acuerdo. Teniendo en cuenta que una parte de los palestinos desprecia las negociaciones, no es fácil ser optimista respecto a las posibilidades de que cualquier avance diplomático pudiera tener su reflejo sobre el terreno, sin contribuir a profundizar las divisiones entre los propios palestinos. Tampoco han cambiado las cosas significativamente del lado israelí. El primer ministro Netanyahu no es el más ferviente partidario de hacer concesiones en materia estratégica y, en todo caso, para que éste aceptase ceder a las presiones de Obama sería necesario que Estados Unidos le diera un tipo de garantías contra la creciente amenaza nuclear iraní que el actual inquilino de la Casa Blanca está lejos de tener entre sus planes. La cuestión de saber si Obama está pensando solamente en llegar a las elecciones de noviembre con cierto aliento en su política exterior o si tiene una estrategia genuina para Oriente Próximo no tardará en despejarse.

ABC - Editorial

domingo, 22 de agosto de 2010

Israel-Palestina, una negociación necesariamente incompleta

La negociación será, por lo tanto, necesariamente incompleta y habrá de reducirse al territorio de Cisjordania, ocupado legalmente por Israel en 1967 durante la Guerra de los Seis Días.

El Gobierno israelí y la Autoridad Nacional Palestina (ANP) volverán a sentarse en la mesa de negociaciones el próximo mes de septiembre. Es la enésima ocasión en la que Israel accede a las demandas de diálogo que, insistentemente, formula la comunidad internacional. Pero ahora, una década exacta después del estallido de la segunda Intifada, el panorama es ligeramente distinto en la región.

A diferencia del año 2000, cuando Yaser Arafat se negó a aceptar lo que Ehud Barak le ofrecía encendiendo con ello la espoleta de una violentísima Intifada, en estos momentos los palestinos no están unidos y carecen de una voz común que, aunque sea de cara a la galería, los represente. Desde la muerte de Arafat en 2004 y la toma de la franja de Gaza por parte de las milicias de Hamas dos años más tarde, los palestinos viven separados geográfica y políticamente. En Cisjordania gobierna el relativamente moderado Mahmud Abbas, fundador de Al-Fatah, partido que controla la ANP. En Gaza la que manda con mano de hierro es la organización terrorista Hamas. Entre ambos grupos las relaciones son francamente malas.


La negociación de septiembre que apadrina la Casa Blanca tendrá lugar entre israelíes y miembros de Al-Fatah. Nada más. El Gobierno terrorista de Hamas, sostenido militar y económicamente por los fundamentalistas iraníes, ni está ni se la espera. La negociación será, por lo tanto, necesariamente incompleta y habrá de reducirse al territorio de Cisjordania, ocupado legalmente por Israel en 1967 durante la Guerra de los Seis Días. Los líderes de Al-Fatah aspiran a que Israel abandone la región y se vuelva a la situación previa a la guerra. El problema es que hoy, 43 años después de aquello, en Cisjordania viven unos 100.000 israelíes, casi todos en las inmediaciones de la frontera con Israel y en las cercanías de Jerusalén.

Dejando a un lado el hecho de que el Estado israelí no puede acometer la evacuación de un número de personas tan grande, las fronteras de 1967 no eran con la entonces inexistente ANP, sino con el reino de Jordania, que hace ya muchos años decidió lavarse las manos en todo lo relativo a los palestinos. Esas fronteras fueron fijadas por los británicos, posteriormente violadas por los países árabes en el 67, y finalmente eliminadas por Israel en una guerra puramente defensiva. Queda, naturalmente, la posibilidad de fundar desde cero un Estado Palestino, pero no con esos fantasiosos límites que no se corresponden con la realidad demográfica actual.

Si llegase a constituirse ese Estado mediante la diplomacia haría falta una buena dosis extra de buena voluntad. En estos momentos Israel vive sitiada por dos regímenes islámicos: uno al norte, el acaudillado por Hezbolá en el Líbano, y otro al sur, en la franja de Gaza, con Hamas como enemigo declarado de Israel y del pueblo judío. Jerusalén no puede permitirse un tercer frente radicalizado en su flanco oriental a escasos kilómetros de la capital. Es imperativo que, se llegue a la decisión que se llegue, el futuro Estado palestino de Cisjordania sea desmilitarizado y puesto bajo la lupa internacional para que no se reproduzcan las experiencias de Gaza y el Líbano. Sería una noticia excelente que algo así ocurriese, que los líderes palestinos olvidasen de una vez la idea de acabar con Israel por las malas y arrojar a sus habitantes al mar. Pero eso no depende de los israelíes, sino de la estatura política y la altura de miras de quienes hoy manejan la ANP.


Libertad Digital - Editorial

Israel y Palestina

Está por ver si la buena voluntad de Obama sea un elemento suficiente para lograr que un conflicto pueda solucinarse de la noche a la mañana.

EL presidente norteamericano, Barack Obama, ha entrado en el capítulo en el que han fracasado hasta ahora todos sus predecesores, demócratas o republicanos: el intento de solucionar el conflicto de Oriente Próximo. Presionando para forzar el inicio de negociaciones entre israelíes y palestinos, ya ha dado un primer paso que ha servido para revivir la esperanza después de un largo periodo de dos años de bloqueo diplomático. Por desgracia, pocas cosas han cambiado en lo esencial desde el último intento, en el final del mandato del presidente George W. Bush, excepto que a finales de septiembre vence el plazo que concedió Israel para congelar la construcción de nuevos asentamientos en los territorios palestinos, un asunto que podría terminar de un plumazo con cualquier negociación. Los palestinos se encuentran divididos sin indicios de que los radicales de Hamas vayan a aceptar en Gaza los acuerdos a los que pueda llegar Mahmud Abbas en nombre de la Autoridad Nacional Palestina y el régimen teocrático iraní y su abierta voluntad de hacerse con armas nucleares es el elefante descontrolado en una sala de negociaciones repleta de porcelana.

Está por ver si en este contexto va a ser posible que la buena voluntad de Obama sea un elemento suficiente para lograr que un conflicto que dura desde hace más de cincuenta años pueda entrar en vías de solución de la noche a la mañana. También la presidencia española de turno de la UE creyó que era posible proclamar la creación del Estado palestino durante el semestre pasado y, al final, la amarga realidad se volvió a imponer sobre los buenos deseos de aquellos en cuyas manos no están las decisiones últimas de las que depende una paz que todo el mundo desea.

ABC - Editorial

sábado, 21 de agosto de 2010

Mesa para dos

Israelíes y palestinos vuelven a negociar gracias a las conversaciones previas alentadas por EE UU.

La secretaria de Estado Hillary Clinton ha confirmado que el 2 de septiembre se reanudarán las negociaciones entre palestinos e israelíes suspendidas desde diciembre de 2008. El encuentro previsto es resultado de las conversaciones indirectas auspiciadas por Estados Unidos y desarrolladas a lo largo de los tres últimos meses. Pese al anuncio estadounidense, aún se perciben diferencias de aproximación entre ambas partes. Mientras que Israel habla de negociación sin condiciones previas, la Autoridad Palestina reclama un acuerdo sobre la agenda a tratar.

Son tantas las negociaciones fracasadas que la expresión "proceso de paz" se ha convertido en un eufemismo incapaz de suscitar demasiadas esperanzas. Tampoco en esta ocasión, por más que la simple expectativa de sentar a ambas partes en torno a una mesa sea siempre una buena noticia. Entre las razones que avalarían un más que tibio optimismo, habría que subrayar el renovado compromiso de Estados Unidos en el hallazgo de una solución al conflicto. La implicación directa de Washington sigue siendo la condición necesaria para alcanzar la paz en Oriente Próximo, por más que no resulte en absoluto suficiente.


Entre las razones para el pesimismo se encuentra el hecho de que el interlocutor en el lado palestino es Mahmud Abbas, obviando la dificultad de que es Hamás quien gobierna en Gaza. Es posible que los artífices de las negociaciones confíen en que la Autoridad Palestina, que solo gobierna en Cisjordania, salga reforzada si obtiene acuerdos ventajosos para todos los territorios ocupados. Pero puede producirse lo contrario: que un sentimiento de abandono por parte de la población de Gaza haga inviable cualquier avance. Sobre todo cuando las elecciones palestinas, que tenían que haberse celebrado a principios de año, siguen pospuestas.

Netanyahu, por su parte, llega a estas conversaciones en sus horas más bajas debido al ataque contra la flotilla humanitaria que trataba de romper el bloqueo israelí de Gaza y que costó la vida a nueve de sus integrantes. El Gobierno israelí no podía en estos momentos negarse a negociar con los palestinos, pero tampoco desea sentarse a la mesa obligado por los avances comprometidos en otras negociaciones. Su exigencia de que las conversaciones se inicien sin condiciones previas alude, en opinión de los palestinos, a una voluntad de partir de cero y, por tanto, de consolidar situaciones de hecho.

Una vez en la mesa para dos que ha preparado Washington, y a la que acompañarán Egipto y Jordania, israelíes y palestinos tendrán enfrente sus numerosos contenciosos, desde la delimitación de las fronteras hasta la suerte de los refugiados, pasando por el futuro de Jerusalén, los asentamientos en Cisjordania o el reparto del agua. Por descontado, la única manera de resolverlos es empezando a hacerlo. Pero siempre y cuando la voluntad de los negociadores sea alcanzar un acuerdo y no responsabilizar a la otra parte del fracaso.


El País - Editorial

viernes, 4 de junio de 2010

La Flotilla de la Mentira: ¿Por qué la izquierda acumula tanto odio contra Israel?. Por Federico Quevedo

Dejando claro, desde el principio, que es cierto que el ejército israelí abusó de la fuerza, que las muertes habidas en la operación son absolutamente condenables y que debería abrirse una investigación sobre lo ocurrido en los buques de la llamada Flotilla de la Libertad -mal llamada, por cierto-, también es necesario hacer una reflexión sobre cómo en Occidente se ha reaccionado ante este hecho y, sobre todo, cómo desde la izquierda y el progresismo se ha conseguido imponer determinados eslóganes prefabricados y cargados de antisemitismo y, a veces, de auténtico odio y resentimiento hacia Israel y hacia todo lo que huela a judío aunque sea de lejos. Llevamos tres o cuatro días soportando una auténtica campaña orquestada desde las tribunas mediáticas, en algunos casos con una reconocible buena voluntad aunque no exenta de errores, y en otros al servicio de un islamo-progresismo muy peligroso porque se alimenta de las raíces del fanatismo y el fundamentalismo que dan vida al terrorismo de Hamás y Al Qaeda.

Miren, insisto en que no voy a justificar las muertes, porque es la propia sociedad israelí la que ha sentido vergüenza por lo ocurrido y el exceso cometido por su Ejército. Pero, dicho eso, creo que nos estamos excediendo en la condena a Israel, que no deja de ser el único país de la zona en el que sus ciudadanos gozan de una democracia, es decir, es el único país de la zona con el que es posible sentirse identificado, dado que el resto, en mayor o menor medida, están sujetos a leyes religiosas que organizan la vida de las personas desde una concepción de supremacía del poder frente a la libertad individual. ¿Es eso una excusa? No, pero esa es la razón, o parte de la razón, por la que Israel se encuentra en un estado permanente de conflicto con sus vecinos árabes, y por lo que podemos decir que, de alguna manera, Israel es algo así como la vanguardia de la libertad en el epicentro del totalitarismo religioso islamista. Y, sin embargo, sorprendentemente, quienes más presumen de demócratas y de defensores de la libertad, son los que acuden en defensa de los radicales frente a quienes garantizan unos mínimos de libertad y democracia en la zona.

Lo que le ha ocurrido a Israel, esta vez, es que ha caído en una provocación, en una trampa perfectamente diseñada y que contaba con entusiastas colaboradores entre la progresía occidental, y los españoles al frente de la manifestación, como no podía ser menos porque con la que está cayendo en este país, una situación como esta no podía venirle más al pelo a la izquierda nacional. Todo era una mentira, La famosa flotilla era una mentira. Vamos a ver, ¿cómo se entiende que quienes dicen acudir en son de paz y con el propósito de llevar ayuda humanitaria a Gaza -donde gobierna una organización terrorista que ha declarado la guerra a Israel, recuérdese-, insistan en romper el bloqueo y rechacen la oferta israelí de llevar esa ayuda por tierra? Era evidente que los organizadores del 'desembarco' sabían lo que iba a pasar, luego lo primero que hay que afirmar es que quienes se empeñaron en seguir adelante a pesar de la prohibición y a sabiendas del riesgo son tanto o más responsables de esas muertes que los soldados que dispararon después de ser atacados en el barco, y quienes les apoyan y les animan son colaboradores necesarios de esa responsabilidad.

Y eso es lo realmente preocupante, porque lo que resulta inconcebible es que la izquierda haya convertido el antisemitismo en parte de su amalgama ideológica, hasta el punto en algunas ocasiones de desarrollar un odio hacia todo lo semita que recuerda al que desplegaron los nazis. La excusa de la progresía siempre es la misma: es que Israel se comporta con los palestinos igual que los nazis con ellos. Pero no es cierto. El deseo de un estado palestino en convivencia con el Estado de Israel es común a ambas sociedades, y a ese objetivo han dedicado esfuerzos los principales líderes occidentales, sobre todo norteamericanos, pensando que de ese modo se acabaría el conflicto de Oriente Medio. Pero la realidad es que los primeros que se niegan a alcanzar el objetivo de la paz son los propios líderes árabes, sobre todo los islamistas radicales. Hamás es una organización financiada y armada por Irán, que también financia y arma a otras organizaciones terroristas del Líbano como Hezbolá, y todas ellas están estrechamente vinculadas a Al Qaeda, aunque su objetivo hoy por hoy se limite a la guerra con Israel. Lo último que desean estas organizaciones fundamentalistas y quienes las financian y protegen, que viven de su animadversión hacia el Estado de Israel, es la paz, y llevan décadas trabajando para evitar que ésta se imponga. Y en esa estrategia bélica cuentan con el apoyo incondicional de la izquierda europea y, sobre todo, española, y con algunas mentes bienintencionadas de la derecha, muy equivocadas sin embargo porque, como ocurre siempre, o casi siempre, la propaganda progre consigue arrinconar a quienes no deberían pensar como ellos y acaba por imponer sus tesis, unas tesis peligrosamente próximas al fanatismo y al totalitarismo islamistas.


El Confidencial - Opinión

Antisemitismo. Por Alfonso Ussía

Nada tengo contra los palestinos. Sí, y mucho, contra el terrorismo palestino. Desde que el falso buenismo elevó a los altares a un terrorista (además de ladrón) como Arafat, en la rica Europa triunfó la esquizofrenia. Y como soy sujeto y no objeto, y vivo en una sociedad libre, me sobra el derecho a ser partidario del Estado de Israel, única democracia en el Oriente Medio. Israel se sostiene rodeada de enemigos irreconciliables que sólo buscan su desaparición. No su destrucción, sino que desaparezca del mapa. Israel, con sus características, es una nación occidental del siglo XXI rodeada de tiranías del siglo XII. Los judíos se han equivocado en numerosas ocasiones, como todos los pueblos que viven en una guerra permanente. Y se han extralimitado, como lo han hecho los que atacan con armas (y no con ramitos de flores) su soberanía.

En España, la izquierda abomina de Israel, quizá por su acendrado sentido democrático. En su Parlamento habla y se expresa una diputada árabe-israelí, Hanin Zoabi, que ha formado parte de la sospechosa flotilla «pacífica». Fue testigo del ataque. Curiosas sus palabras: «Nunca había vivido una experiencia así. Fue como si estuviéramos en la guerra». La señora Zoabi, parlamentaria israelí, todavía no se ha enterado, y ya tiene añitos para hacerlo. Están en guerra. Llevan décadas en guerra. En Israel se permite que sus políticos actúen contra su Estado. Que hagan la prueba en los países árabes. Israel tolera y defiende la libertad de opinión y de creencias. En su territorio se mezclan sin enfrentamientos religiosos, consecuencia de su diversidad, sinagogas, mezquitas, e iglesias cristianas católicas, ortodoxas y baptistas. Prueben a intentar lo mismo en los países árabes vecinos.

En Israel, los Gobiernos y los Parlamentos surgen de los votos de sus ciudadanos en elecciones tan libres y limpias como las que se celebran en España, Bélgica o Noruega. Cuando, con posteridad a la II Guerra Mundial, Israel se estableció en el territorio que nunca le han reconocido como tal los países vecinos, Palestina tuvo una oferta similar que rechazó. Israel es un Estado organizado, con instituciones democráticas, y un Ejército poderoso y avanzadísimo. Lo dijo Golda Meir: «Puedo comprender que los árabes quieran borrarnos del mapa, pero no que pretendan que cooperemos con ellos en su proyecto». La flotilla de La Paz no era tan pacífica. Ojalá nada hubiera ocurrido, pero se trataba de una provocación. ¿Excesiva contundencia? Con total seguridad, sí. ¿Excesiva provocación? Con total seguridad, también. El terrorismo de Al Qaeda y de Hamas no constituyen peligros menores. Los países árabes tienen que aceptar que la existencia de Israel es un hecho incontestable. Y a partir de ahí, mirar hacia delante y olvidarse del medievo. Ese medievo que padecen los pueblos árabes mientras sus tiranos se enriquecen.

En España, los medios de comunicación están más cerca de Hamas, Hizbulá y Al Qaeda que de Israel cuando surge algún conflicto armado. De vivir en paz y con el respeto de una vecindad normal, Israel suavizaría su fuerza militar y devolvería los territorios ocupados. Pero está en guerra, aunque alguna de sus diputadas no se haya enterado todavía. Y en una guerra suceden episodios terribles y no deseados por nadie. Pero es así. Y los que están en guerra, les guste o no a los buenistas con florecillas en la boca, son el siglo XXI y el sigo XII. Ahí está la verdadera desproporción.


La Rsazón - Opinión

jueves, 3 de junio de 2010

Río Cabe. La madre de todas las desproporciones. Por Serafin Fanjul

En cuanto a la proporcionalidad, progres y exquisitas señoras de derechas tienen buen cuidado de no ponerse frente a una turbamulta de islamistas armados con barras y cuchillos, avisado proceder que los soldados de Israel no pueden permitirse.

La historia militar del siglo XX –por no irnos más lejos– muestra la enorme frecuencia con que el llamado "fuego amigo" produce bajas entre las fuerzas propias; las víctimas civiles, deliberadas o por daño "colateral", se han contado por millones; las pérdidas porcentuales, según la maniobra que se realice, están calculadas también, por accidentes, enfermedades, deserciones, etc., aunque existan imponderables y excepciones. Todo esto lo conocen perfectamente los técnicos en la materia, es decir los militares. Pero en nuestros días y cada vez más, políticos y periodistas han ido ocupando terrenos que objetivamente no les corresponden y que ignoran casi por completo. Con la imagen que ellos mismos crean por única guía y la carnaza como medio para acoquinar a los timoratos, o para fulminar a quienes se defienden, los medios de comunicación occidentales hace tiempo vienen jugando un juego peligroso: servir de sostén y punta de lanza a discutibles amigos de hoy y muy posibles enemigos de mañana. O de ahora mismo.

Viene todo esto a propósito del vendaval de condenas desatado contra Israel por la intercepción del Mavi Marmara. Un tropel de periodistas, en auténtica carrera de sacos y a codazos por asomar más y mejor la justiciera boquita, se ha lanzado a todo trapo no sólo a execrar a Israel sino a elucubrar y desmenuzar los detalles de la operación como si entendieran algo del asunto. Los grandes expertos sobrevenidos por el Prestige (o por otros casos de naturaleza muy dispar), de nuevo se reconvierten y en cuestión de pocas horas –cuando todavía no se conoce toda la información– ya lo saben todo sobre Derecho Internacional, aguas territoriales y acciones de comandos helitransportados. Y opinan. Y condenan: la avalancha carroñera se realimenta a sí misma y no se paran en barras. Sobre las razones de Israel se pasa a toda velocidad, como concesión táctica en los debates y la palabra "desproporción" se usa como argumento final. ¿Quién decide, sobra la marcha, el criterio de proporcionalidad en las respuestas? ¿Cómo se fija ese criterio? ¿Qué alternativas proponen? ¿Por qué se exige a Israel una exquisitez en el trato al enemigo que deje en peligro de muerte, real, a sus propios soldados? ¿Es que no saben que en las guerras hay víctimas, incluso inocentes, lo que no era el caso de los muertos en el Marmara?

Claro que ha habido desproporción... en la prensa occidental. Un solo ejemplo: los trescientos mil asesinados (¡300.000!) en Darfur por el Gobierno islamista de Jartum, con intercepción y saqueo de caravanas de veras humanitarias, chantajes y presiones a quienes tratan de ayudar a los infelices paisanos, pasan desapercibidos en referencias minúsculas por televisiones, radios y periódicos. A nadie importan, porque de eso no se habla, no da juego, no se hace uno el progre criticando a unos moros remotos, gente progresista y bondadosa donde los haya. Y además: ¿por dónde cae Darfur? En la tarde del martes oí –en una emisora de radio que no pasa precisamente por progre– a cuatro señoras que daban instrucciones al trozo de abordaje del Tsahal sobre cómo desarrollar operaciones de asalto, amén de una colección de anatemas acerca de aguas territoriales y en torno a pérdida de vidas humanas, como si a diario no acabaran más existencias que las de los islamistas. Hay que demostrar a todo trance cuán eclécticos y equidistantes somos y de paso vender carroña a cualquier precio, porque no en vano la directora del programa es la misma que en enero de 2005 perdió su voluminoso trasero por condenar a los agresores de Bono en la manifestación en la que el superagente inmobiliario no fue agredido: es menester estar en la pomada y vender la misma mercancía que todos.

Que Israel intercepte en supuestas aguas internacionales (al parecer, dentro de las 200 millas) un mercante hostil y dispuesto a entrar ilegalmente en su territorio, no es ni mejor ni peor que cuando lo hace cualquier otro Estado. Sólo en el siglo XX, miles y miles de casos. La Marina Española, hace pocos años, asaltó –e fixo ben– un barco con misiles para Irán en el Golfo de Aden y los abordajes de buques por la Guardia Civil, en mitad del Atlántico, por sospechas de narcotráfico, han menudeado. E igualmente está bien que lo hagan.

En cuanto a la proporcionalidad, progres y exquisitas señoras de derechas tienen buen cuidado de no ponerse frente a una turbamulta de islamistas armados con barras y cuchillos, avisado proceder que los soldados de Israel no pueden permitirse.


Libertad Digital - Opinión

Flotilla. Israel, el odio y los progres. Por Cristina Losada

¿Qué tienen en común los progres con los ayatolás y los barbudos que oprimen a las mujeres y ahorcan a los homosexuales? Comparten un mismo odio: el odio a nuestra –su– civilización.

En 1972, tras asesinar a once atletas israelíes, Septiembre Negro se jactó de haber logrado un éxito propagandístico. "Fue como pintar el nombre de Palestina en una montaña que se pudiera ver desde las cuatro esquinas de la Tierra". Desde entonces, la montaña ha ido ganando altura por el procedimiento de acumular cadáveres. Hoy, para la guerra de la propaganda, es tan importante matar judíos como que se identifique a Israel con el Mal. Un propósito, ése, para el que nunca faltan colaboradores en España. Valga como resumen el texto de la viñeta que, tras el incidente de la flotilla, publicaba Forges en El País: "Derramar sangre: la única razón de la bestia". Muchos diarios condenaban a Israel por haber atacado a unos barcos "con ayuda humanitaria". Porque sí, por maldad pura y dura.

El abordaje a los buques que pretendían romper el bloqueo impuesto a Gaza para evitar la entrada de armas está, desde luego, sometido a la crítica. De hecho, ha sido criticado en Israel por la prensa, por los partidos y por miembros del Gobierno. No hace falta que Zapatero le recete esa dosis de "reflexión profunda" que él mismo es incapaz de administrarse. Pero los vendedores de la marca "izquierda" no pueden desaprovechar la ocasión de endilgar su producto más preciado: la superioridad moral, que requiere de su contraria para brillar en su esplendor todo. Necesitan un malo malísimo para presumir de lo buenos que son. Y, como San Obama ha retirado a Estados Unidos del papel de Lucifer planetario, sólo queda Israel.

Entre los "pacifistas" de la flotilla figuraban celebridades y militantes del progresismo. Son gentes que pierden la capacidad crítica que ejercen hacia sus propias sociedades y gobiernos democráticos cuando están delante de grupos partidarios del terrorismo, la tiranía y la teocracia. Pero, ¿qué tienen en común los progres con los ayatolás y los barbudos que oprimen a las mujeres y ahorcan a los homosexuales? Comparten un mismo odio: el odio a nuestra –su– civilización. Israel es el único baluarte de la civilización occidental en Oriente Próximo y es la depositaria de una de sus raíces. Lo reúne todo para concentrar su aversión. Y así, sirven de soldadesca a esos cabecillas que, en nombre del pueblo palestino, envían a palestinos a la muerte a fin de mantener viva la causa.


Libertad Digital - Opinión

miércoles, 2 de junio de 2010

Todos somos Oriente Próximo. Por José María Carrascal

«ISRAEL será victima de la geografía y la demografía», profetizó De Gaulle, indicando que no podría resistir la presión del mundo árabe circundante, con una natalidad muy superior a la suya. Pero Israel no sólo ha resistido ambas presiones, sino que ha acumulado victoria tras victoria hasta convertirse en la primera potencia del Oriente Próximo, sin que ningún país de su entorno, o todos juntos, puedan hacerle frente.

Lo que puede llevarle, paradójicamente, a la derrota. De seguir usando su potencia en toda su amplitud y en cuantas ocasiones se ve desafiada, esa misma fuerza se volverá contra él. Ya está ocurriendo. Es verdad que a sus enemigos les basta ganar sólo una batalla para aniquilarle, mientras Israel tiene que ganarlas todas para no desaparecer. Pero en el mundo global en que vivimos, quien mira sólo sus intereses particulares sin tener en cuenta los del conjunto termina inevitablemente condenado al ostracismo. Recuerden la Sudáfrica del apartheid. Es lo que vienen advirtiendo dentro de Israel sus espíritus más sensibles.

En un mundo global no hay soluciones individuales y el problema palestino viene envenenando las relaciones internacionales desde la división de aquel territorio. Es lo que impide la aproximación de Occidente y el islamismo moderado, lo que hace imposible que la Autoridad Palestina controle a su pueblo y lo que ha convertido Gaza en un fortín de Hamás, una organización terrorista. «La flotilla buscaba romper el bloqueo de Gaza», alega el gobierno israelí para justificar el asalto de sus comandos a la misma. Pero es que el problema viene precisamente de tener Gaza bloqueada. En el siglo XXI, no se puede tener a millón y medio de personas encerradas en un gueto. Gaza es hoy un barril de pólvora listo a estallar, para contento de los extremistas.

Israel ha creído que, con el respaldo de los Estados Unidos, podría resistir el acoso no ya del mundo árabe, sino de todo el mundo. Hasta ahora lo que conseguido, gracias a la carta blanca que le dieron todos los presidentes norteamericanos para defenderse. Pero Estados Unidos tiene otras prioridades que la defensa de Israel y Obama ya ha mostrado interés por una política más equilibrada en el Oriente Próximo. E incluso si Israel sigue teniendo luz verde de Washington, ¿qué ocurrirá cuando Estados Unidos deje de ser la única superpotencia, cuando China o India empiecen a regir los asuntos mundiales? Ellas no tienen mayor interés en preservar el Estado de Israel, ni la mala conciencia de los cristianos hacia los judíos.

Quiero decir que el primer interesado en hallar una solución justa, equilibrada al problema palestino es Israel. Luego, nosotros. Ni los judíos pueden volver a ser el pueblo errante, sin patria ni derechos por el mundo. Ni pueden serlo los palestinos.


ABC - Opinión

martes, 1 de junio de 2010

La «Flota de la libertad», una victoria segura. Por Florentino Portero

Cualquiera sabe que si se quiere derrotar a una potencia occidental la vía más fácil para conseguirlo es plantear un «conflicto asimétrico», donde el objetivo es la conciencia de la opinión pública y el arma más letal un periodista, si es del «New York Times» mejor.

Los organizadores de la «Flota de la Libertad» sabían lo que hacían. Una vez puesta en marcha sólo cabía la victoria. Si el gobierno israelí cedía al chantaje «humanitario», el bloqueo militar se rompería y, tras esta expedición, llegarían otra y otra, consolidando la humillación de una potencia militar a manos de unos supuestos cooperantes y facilitando el rearme de Hamás desde Irán.

Si se interceptaba el acto sería retransmitido en todo el mundo por los periodistas afines allí embarcados, presentando a Israel, una vez más más, como un estado que utiliza la fuerza contra civiles sin sentido de la proporción.

En la guerra asimética la distinción entre civiles y militares resulta inútil. No hay militares. ¿Es Osama bin Laden un general? ¿Son las brigadas Al Qasam unidades convencionales? Se trata se situar el conflicto allí donde interesa al atacante y donde más fácilmente pueda ser sometido el atacado.

Fracasaron los ejércitos y los atentados terroristas en acabar con Israel. Ahora toca ensayar el efecto de los misiles, los «ejércitos privados» y maniobras como ésta, que deben ser explotadas con la colaboración de las diplomacias amigas.

El giro turco, desde el laicismo de Mustafa Kemal Atatürk hasta el islamismo de Erdogán, es un hecho. El último califato trata de recuperar influencia en la región y para ello no duda en dar cobijo a la organización de la «Flotilla» y en capitanear la campaña internacional contra Israel, tratando de aislar a este país y de debilitar sus lazos con Occidente.


ABC - Opinión