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sábado, 23 de julio de 2011

El golpe de Oslo. Por Hermann Tertsch

Este artículo se les ha escapado 'sin pagar'.

Si algo caracteriza a Noruega es su enorme confianza social y tranquilidad. Pero ayer se produjo lo inconcebible.

Una inmensa explosión junto a los edificios gubernamentales en pleno centro de Oslo y un salvaje atentado en una isla cercana llevaron ayer el terrorismo más brutal a un país que jamás lo había sufrido.

Si algo caracteriza a Noruega es su enorme confianza social y tranquilidad. Pero ayer se produjo lo inconcebible. Medios de comunicación noruegos hablaban ayer ya abiertamente de terrorismo islamista en el caso de la bomba.

Aun no así sobre el suceso de la isla de Utoya, donde un hombre de nacionalidad noruega con uniforme de policía emprendió con armas automáticas la caza de jóvenes concentrados allí en un campamento de las juventudes del partido del Gobierno, que el primer ministro Jens Stoltenberg iba a visitar hoy.

Noruega es un país muy significado en la OTAN, que ha tenido presencia significativa en todos los frentes de la Alianza, ahora en Afganistán y Libia. Tiene una colonia paquistaní considerable. Es una nación defensora de los valores occidentales, lejos de los relativismos culturales en boga en otros lares.

Plenamente solidaria con Dinamarca en la crisis de las caricaturas de Mahoma. Y con un imán de Al Qaida en la cárcel. Estas son probablemente las claves.


ABC - Opinión

martes, 19 de julio de 2011

Caos en el coro. Por Hermann Tertsch

Está claro que algunos están asustados ante la devastación causada por la aventura zapaterista.

«LA pérdida de confianza en la gestión del actual presidente del Gobierno es clamorosa dentro y fuera de España. Es imposible suponer que de una legislatura como la que hemos padecido se derive ya ninguna de las soluciones que los ciudadanos reclaman. El deterioro preocupante del partido en el poder amenaza con desequilibrar el futuro inmediato de nuestras instituciones políticas. José Luis Rodríguez Zapatero debe de una vez por todas abandonar su patológico optimismo y renunciar al juego de las adivinanzas. Los titubeos, las dudas y los aplazamientos a que nos tiene acostumbrados son la peor de las recetas para una situación que reclama medidas de urgencia. Su deber moral es anunciar cuanto antes un calendario creíble para el proceso electoral. A la fecha nos encontramos con un país amenazado de ruina (atrapado en la vorágine de los mercados financieros desatada sobre Europa), sin perspectiva, con serios problemas de cohesión social y aun territorial, en el que cunde la desilusión entre los ciudadanos sin distinción de ideologías o de clase social. La pérdida de confianza en la gestión de José Luis Rodríguez Zapatero parece irreversible. El creciente escepticismo sobre la gobernabilidad española en las circunstancias actuales amenaza con acrecentar nuestros males. La crisis no es solo económica, sino también, y acaso sobre todo, política». «Hace ya mucho que las respuestas del presidente del Gobierno a los desafíos a los que se enfrenta España apenas merecen crédito alguno por parte de los ciudadanos. Aún peor: su incapacidad en la gestión, los magros resultados de las reformas apenas incoadas, más el lastre y la impotencia de una legislatura agónica auguran un deterioro imparable al que resulta imprescindible poner fin cuanto antes. A este respecto, la fecha sugerida por algunos dirigentes socialistas para celebrar elecciones (finales de noviembre) es del todo tardía. Si de verdad Rodríguez Zapatero quiere rendir un último servicio a su país, debe hacerlo abandonando el poder cuanto antes».

Estarán ustedes pensando que estoy pesadísimo, porque todo esto ya lo he dicho en anteriores artículos. Cierto, la gran noticia no es que sea verdad lo dicho, que lo es. La inmensa novedad es que lo reconocen y describen quienes durante años han ayudado a Zapatero a ocultar nuestra crisis y por tanto a agravarla. Quienes han dirigido el coro mediático del Gobierno socialista para descalificar y ridiculizar a quienes escribíamos y decíamos lo que ellos dicen ahora. Catastrofistas y antipatriotas nos han llamado. Y también agoreros y saboteadores vocacionales, que disfrutan con la desgracia de los españoles. La prensa socialista se ha caído este lunes del guindo. Y resulta que ahora, de repente, dicen lo que nosotros llevamos mucho tiempo diciendo. Está claro que reina el caos en el coro mediático. Que algunos están asustados ante la devastación causada por la aventura zapaterista. Mientras otros se aferran a la letanía de Zapatero de aguantar aunque reventemos todos. Lo expuesto arriba son citas textuales de un artículo de Juan Luis Cebrián y un editorial de El País. Parecen dictadas por un Mariano Rajoy decidido como un buitre a acabar con la enorme credibilidad internacional de Zapatero y su serenísima actitud de timonel de nervios de acero. Parecen insidias del PP, movido sólo por sus bajos instintos antipatrióticos y ansias de poder. Claro que lo podían haber dicho antes. Con su influencia en la militancia socialista quizás habrían logrado acortar la agonía y evitar al menos algunos daños a España. Por supuesto que sus prisas se deben a intereses propios. Que quieren elecciones porque Rubalcaba teme que cada día que pasa empeoran sus expectativas. Pero aunque sea por cálculo electoral de uno de los principales culpables de nuestra tragedia, alegrémonos de que aun sepan decir verdades.

ABC - Opinión

sábado, 16 de julio de 2011

Se hunden los diques. Por Hermann Tertsch

Ya está claro que nada era sagrado para el entramado delictivo montado por periodistas y policías en International News.

Llegó Rupert Murdoch a Londres para apagar de una vez el molesto incendio causado por la revelación de las prácticas infumables de su destructor acorazado en la prensa británica. No dudó, a la vista del panorama, en anunciar el cierre inmediato del mismo, News of the World. Se trataba de evitar que todo este escándalo se llevara por delante su OPA a BSkyB. No sabía que aquello sólo era el principio. Se van rompiendo los diques de contención uno a uno. Se ha quedado sin su dominical de venta millonaria, sin la captura de la gran televisión de pago —que el acosado Cameron ya no podía aprobar—, ha tenido que aceptar la caida de su protegida y mano derecha, Rebekah Brooks, y todo hace pensar que sus reveses acaban de empezar. Porque ya está claro que nada era sagrado para el entramado delictivo montado por periodistas y policías en International News. Y que el escándalo salta el Atlántico también en EE.UU. donde hay víctimas de sus escuchas. Y entre ellas nada menos que víctimas del 11-S. Profundamente sagradas para el público norteamericano. Si en Londres Murdoch ha logrado unanimidad en la condena a la práctica de su periódico difunto, en Washington le puede ir aun peor. Y sus comentarios sobre los «errores menores» cometidos pueden pronto demostrar que el halcón mediático es ya un octogenario con una capacidad ilimitada para el error, en todo caso a la hora de valorar la situación. Nada excluye ya que Murdoch tenga que desaparecer del escenario mediático británico. Y ahora comienzan sus problemas en la otra pata de su imperio trasatlántico. Eso sí, que no se alegren mucho sus competidores, porque si esto es el principio de una auténtica limpieza, muchos otros lo acompañaran por el sumidero.

ABC - Opinión

viernes, 15 de julio de 2011

El desprestigio de la verdad. Por Hermann Tertsch

Este miércoles hemos dado un paso de gigante hacia la conquista de una verdad de las muchas que nos debe este siniestro periodo.

Las verdades no matan, por mucho que se use el dicho. Muchas verdades molestan. Y otras hieren profundamente. Se puede vivir en la ocultación permanente de ciertas verdades. Como también puede una sociedad vivir bien acomodada en mentiras consensuadas por uno u otro motivo. Pero cuando existen discrepancias parece lógico que una sociedad sana pugne porque la verdad se imponga a la mentira. Porque con las opiniones podemos litigar eternamente. Lo triste y disparatado es que litiguemos por los hechos y ya también por los números. En esta realidad líquida o, más aun, evanescente, de la era Alicia/Atila, todo es discutido y discutible, desde la nación española a las facturas impagadas por el señor Barreda antes de quedarse sin cortijo. Las cosas nunca pasan por primera vez, porque el mundo es muy viejo. Eso es lo que no saben los adanistas como Zapatero que siempre están inventándolo de nuevo. Hay mil ejemplos de lucha consecuente y enfurecida contra verdades palmarias. Pero lo que vemos últimamente por estos lares es una campaña de desprestigio contra la verdad en general. Véase un ejemplo. Las voces más gritonas del socialismo patrio, muchas por el nerviosismo imperante, han querido estos días enviar a la hoguera a la nueva presidenta de la Comunidad de Castilla-La Mancha, María Dolores de Cospedal. Su delito, atreverse a decir la verdad. Dice que son 1.700 millones el hueco de impagados detectado en el maltrecho cortijo manchego tras el abandono forzoso por sus moradores socialistas. Leyendo los medios socialistas, que cada vez se parecen más los unos a los otros, dan ganas de acusar a Cospedal de haber causado la crisis de la deuda europea con su osadía e impertinencia al comunicarnos un dato. Y permitir así que el Wall Street Journal—tenebrosa hoja yanqui manipulada por Aznar contra la política de la alegría socialista— cargara las tintas sobre la crítica situación española. Parece que aquí nos vamos a tener que cuidar de decir una verdad no nos vayan a oír fuera. En realidad, estos medios, cada vez más pedestres e histriónicos, sólo obedecen al lema que Alicia/Atila nos viene repitiendo desde que, hasta para él, la crisis es crisis y no puede ocultarla. Alguien podría pensar que es una osadía pedir a quienes fueron tanto tiempo engañados por sus mentiras que, ahora que saben la verdad, le ayuden a seguir mintiendo para engañar a los de fuera. Pero es que este hombre es así. Complicidad nos pide tras hundir al país en la miseria. La verdad en el debate mismo le parece alta traición. Anti patriotismo es pedir las cuentas claras y decir en voz alta esa verdad maldita.

Y ya que hablamos de traición y de anti patriotismo, tratemos otras verdades que también resultan lesivas e impronunciables para los voceros de la secta. Este miércoles hemos dado un paso de gigante hacia la conquista de una verdad de las muchas que nos debe este siniestro periodo de nuestra historia. Tan sólo revelará la verdad de un capítulo de una larguísima serie de ignominias que se han producido al amparo del secretismo de los acuerdos clandestinos del muy mal llamado «proceso de paz». Hay tres estrechos colaboradores de Rubalcaba y Camacho procesados por colaborar con el principal enemigo del Estado de Derecho y de España. Nos dicen que la verdad no importa. Es más, que es mala. No, señores. Repugnante no es la verdad. Lo son los hechos. Y la conducta de sus autores. Por eso necesitamos esta verdad y muchas otras. Para sanar de la sobredosis de mentira y ocultación que han inoculado a la sociedad española en este septenio negro.


ABC - Opinión

martes, 12 de julio de 2011

Doble lenguaje. Por Hermann Tertsch

Ese ejercicio de equilibrio entre cortesía y franqueza se ha pervertido en el discurso público en hipocresía total.

«NEGARÉ haberlo dicho». Quienes se dedican en España a la comunicación, a la empresa privada o pública y desde luego a la política, oyen esta frase con frecuencia creciente. El interlocutor deja claro que la información, que te acaba de dar y asegura es cierta, no la ratificaría ante terceros. Y menos en público. Es una «verdad confidencial» de la que se invita a hacer uso. Pero se tiene otra para otros menesteres. Sucede con hechos y con opiniones. En esta realidad líquida del socialismo mágico en la que «las palabras están al servicio de la política», las opiniones cambian también según el destinatario, con versiones «informadas» en confidencia y otras «obligadas» para el consumo público. Las primeras tienen por objeto mantener la imagen del opinante como persona informada, inteligente y razonable en el círculo de confidencia, las segundas reafirman la «realidad oficial», confirman la lealtad al grupo propio y evitar por tanto reproches o represalias. Un ejemplo: personas que instantes previos al comienzo de un programa de radio están de acuerdo con una valoración o un pronóstico, discrepan airadamente del mismo una vez conectados los micrófonos en la emisión. Es el mismo personaje que demostraba en confidencia un perfecto sentido común el que pasa a defender públicamente lo indefendible, incluso el absurdo. Lo hace con absoluta naturalidad. La misma que mantiene cuando vuelve a coincidir con su rival dialéctico sobre la base del sentido común, nada más acabar el espacio radiado y de nuevo en confidencia. Nadie parece tener problema de coherencia íntima para saltar entre las dos realidades paralelas. Está claro que la vida en sociedad excluye la sinceridad radical e incondicional. Si dijéramos abiertamente lo que pensamos en cada momento de nuestros interlocutores sería inviable la convivencia, incluso en familia. Por eso y con buen motivo siempre ponemos límites a nuestra franqueza. Siempre hay una forma «cortés» y otra «sincera» de decirlo todo. Y si siempre utilizáramos una de ellas seríamos considerados simples, brutos o necios. Pero eso que en principio es un ejercicio cotidiano de equilibrio entre cortesía y franqueza en las valoraciones humanas y una confidencialidad básica fundamental en las relaciones de confianza, se ha pervertido en el terreno del discurso público hasta extremos que lo convierten en la hipocresía total. Todos los días nos desayunamos con declaraciones de políticos que afirman cosas que ellos y nosotros sabemos que no son ciertas. Y ellos saben que nosotros sabemos que no lo son. Y pese a ello nadie se atreve a romper el guión previsto e impuesto y a decir en público lo que no duda en decir en privado. Por miedo a represalias. Si pretendiera por el contrario expresar su realidad pública como realidad privada sabe que sería tomado por majadero por quienes le escuchan. Que tienen, a diferencia de los oyentes habituales de su realidad pública, poder de interlocución. Es uno de los fenómenos que más daño han hecho en estos últimos años al debate político y a la credibilidad en la política y los políticos. Escudados tras lo que algunos pretenden sea prudencia, se practica ese doble lenguaje que inunda el discurso político de nuestro país. Que no es sino la oficialización cómplice de la mentira. El clásico cinismo político, tan antiguo como las relaciones de poder y común en el mundo se ha desbordado aquí como sólo lo suele hacer en regímenes dictatoriales, en los que la expresión de la verdad es una amenaza que pone en peligro vida, libertad y patrimonio. Habría que preguntarse por qué en esta democracia el miedo ha pasado a determinar tanto las conductas. Y convertido la mentira en práctica común aceptada.

ABC - Opinión

viernes, 8 de julio de 2011

El ministro cojomanteca. Por Hermann Tertsch

Nuestro ministro del Interior travestido en antisistema. Tras el septenio negro, un delirio de traca final.

CUANDO jugábamos a policías y ladrones, los niños pelotas siempre querían ser los «polis». Supongo que porque en las películas son los guapos que se quedan con las chicas. Y porque en los guiones ñoños suelen ganar. Los ladrones, aparte del reproche social y de la mala prensa, tienen las del perder, al menos en el cándido mundo de los niños que aún juegan a esas cosas. Por eso los papeles se solían echar a suertes. Así, a todos nos tocó jugar como policías y como ladrones. Pero lo que ningún niño nunca pretendió fue jugar ambos papeles al mismo tiempo. Pues en esta España mágica que nos ha creado Alicia/Atila, ya ha saltado por los aires la sana lógica de los niños. Muchos pugnan por destacar en ello. Pero el campeón es nuestro inefable candidato Alfredo P. Rubalcaba, que por la mañana es Elliot Ness y por la noche hace arengas en la frontera canadiense para inundar de whisky irlandés el Chicago de la «ley seca». Habrá quien piense que es una ocurrencia suya reciente, agobiado como está por el hecho de que el «efecto Rubalcaba», que tanto prometía, ha revelado ser poco menos que una plaga de langostas para la cosecha de votos. Ya en Irún, en junio del 2006, nos demostró la habilidad de sus subordinados para organizar la captura de unos terroristas mientras ayudaban a éstos a escapar de ellos mismos. Hay que reconocer que comenzó fuerte, porque el caso Faisán es la sublimación misma de esa comunión de papeles. Después nos ha ejercido de «poli malo» con sus advertencias desconfiadas sobre ETA, hasta la impostada defensa de la prohibición de Bildu. De «poli bueno» ya hacía su periódico de campaña, Eguiguren y alguno más, con su defensa cerrada de la transmutación pacifista de los asesinos.

Con el frente norte ya en manos de sus socios, satisfechos de momento, Alfredo P. ha extendido el juego a toda España. Así, cuando se lanzaron a la calla miles de ciudadanos, víctimas del colapso económico y político de estos delirantes años, el vicepresidente y ministro del interior (a partir de ahora el candidato), vio que, como en Irún, le convenía estar en las dos partes. La cosa se complicó porque los indignados más agresivos comenzaron a violar las leyes y los derechos de otros ciudadanos. Y él se negó a cumplir con su deber y su juramento de respetar y hacer respetar las leyes. Se sacó de la manga el chascarrillo ingenioso de que la Policía no está para crear problemas. Cierto. La Policía está para garantizar el cumplimiento de la ley y velar por los derechos de los ciudadanos. Como el ministro. No hicieron ni lo uno ni lo otro. Y, como Mr.P no es tonto, a sabiendas de que, con esa frase, invitaba a quienes violaban la ley a amenazar con un problema mayor para garantizarse la impunidad. Así fue en Sol y en muchas plazas de España. Y se extendió la voz. Ahora, unas decenas de personas decididas a crear un problema pueden impedir el cumplimiento de la ley donde se les antoje. En un desahucio, en una detención y pronto, ¿por qué no?, en un atraco. Ahora, ya desatado en su entusiasmo por ser a un tiempo el guardia de la porra y el Cojo manteca, la ha tomado con los bancos. El responsable de defender la ley dedicado a la agitación de los peores instintos. A su edad, volcado a la demagogia que Fouché, el auténtico, sólo utilizó en su peor y sangrienta juventud. Nuestro ministro del Interior travestido en antisistema. Tras el septenio negro, un delirio de traca final.

ABC - Opinión

viernes, 1 de julio de 2011

Una maldición añadida. Por Hermann Tertsch

La Capitalidad Cultural va a San Sebastián porque nutre la mentira de la paz, la más completa del zapaterismo.

COMPRENDO la alegría de los donostiarras por la elección de San Sebastián como Capital Cultural Europea. Y es lógico que la totalidad de los líderes políticos vascos se feliciten por ello. Los vascos en general, voten a quien voten, tienen derecho a alegrarse por ello. Y sin duda lo hacen. Aunque detesten a los etarras de Bildu y muchos teman que estos se beneficien —que lo harán— de esta designación. Es cierto que los donostiarras no pueden ser castigados por el hecho de que un tercio de ellos haya votado al nacionalsocialismo. Bastante tienen con ser gobernados por una franquicia de ETA, tan dócil que no tenía opinión sobre la capitalidad porque no le había dado tiempo a recabarla de los jefes. La responsabilidad de que una organización terrorista dirija los destinos de esa maravillosa ciudad española no la tiene una población cada día más cautiva otra vez. La tiene exclusivamente el Gobierno de Zapatero, que los únicos acuerdos que cumple, y muy escrupulosamente, son los que tiene con ETA a espaldas de los españoles Y seis miembros del Tribunal Constitucional que se prestaron a ello y a los que jamás podremos volver a respetar. Pero es muy justificada la indignación de los alcaldes y ciudadanos de las otras ciudades candidatas. Y de millones de españoles que saben que se vuelve a tomar una decisión por un criterio que repugna. A San Sebastián se le ha dado el premio por razones políticas. Por las peores. Las mentiras del Gobierno negándolo sólo producen ya tedio. Como además hay miembros del mismo entre los agraviados, no hay ni disciplina para engañarnos. La Capitalidad Cultural va a San Sebastián porque nutre la mentira de la paz, la más completa de todas las construidas por el zapaterismo en dos legislaturas. A los miembros extranjeros del jurado se les ha presentado esa idea bondadosa de hacer de la capitalidad un acto más del proceso de paz. ¿Quién se puede negar a propuesta tan beatífica? El austriaco Gauhofer y sus colegas habrían quedado como villanos de haber sugerido dejar al margen la política y, por tanto, «la paz».

Ahí están ahora Bildu y ETA para convertir San Sebastián en plataforma internacional de lanzamiento de su proyecto independentista totalitario. Y disfrazarlo de convivencia con el aval del Gobierno de España. Ya tienen el mejor altavoz imaginable para sus mentirosas construcciones históricas. Que presentarán una ciudad feliz que no existe surgida de una patria vasca inventada. Negarán el carácter español de la ciudad, su historia y su cultura. El asedio nacionalista es allí constante desde hace décadas. Con su cultura rural, tan propia del caserío del entorno como ajena a esta urbe otrora cosmopolita. Veinte años de cursilería de idilio vasquista de Odón Elorza han ido en este sentido. Llegará el golpe de gracia con el rodillo etarra.

¿Puede ser capital cultural de la Europa libre una ciudad gobernada por una fuerza totalitaria? ¿Cultura y libertad bajo el hacha y la serpiente? Probablemente la ciudad donde más miedo hay hoy en Europa. En un ambiente de mentira y falta de libertad. En unas calles en las que muchos, también quienes tenemos hondas raíces familiares allí, difícilmente nos podremos mover sin escolta. La decisión es equivocada. Y que sólo la explica la angustia del Gobierno por fortalecer su hoja de ruta acordada con ETA. Habría sido inaceptable castigar a San Sebastián por consideraciones políticas. Más aun lo es castigar a las demás ciudades, que no tuvieron a asesinos que mataron a cien españoles en sus calles y que exigen privilegios para no volver a hacerlo. Este Gobierno convierte así en insoportable el agravio comparativo. Abre heridas viejas y crea otras nuevas. Una maldición añadida.


ABC - Opinión

martes, 28 de junio de 2011

Las derrotas autoinfligidas. Por Hermann Tertsch

La falta de medios, pero ante todo la voluntad de combate, ha llevado a la OTAN a sufrir una pérdida de credibilidad rayana en el ridículo.

NO hablemos de la que nos coge más cerca y más dolor genera entre millones de españoles aun en parte incrédulos y quizás poco conscientes ante lo que sucede en Guipúzcoa. La trágica derrota de la democracia española ante el terror nacionalsocialista vasco no se explica sólo con errores de cálculo, ni con la falta de músculo democrático de una sociedad, la indolencia disfrazada de tibia tolerancia a todo, ni con el ensimismamiento y egoísmo de una ciudadanía mucho más dispuesta a la autocompasión y llorar sus propias dificultades que a cultivar la empatía por el sufrimiento ajeno. En España, los enemigos de la democracia han cosechado una victoria parcial muy importante ante todo porque han contado con la colaboración abierta o clandestina de ciertos sectores del poder oficial. Lo sucedido en España no habría podido pasar en otros países. Nadie ha llegado tan lejos en la falta de respeto a sí mismo. En cualquier otro país una cooperación tan abierta con un enemigo mortal habría sido entendida como traición al Estado. Y esta figura se habría tratado muy diferentemente a cualquier error político o estratégico.

Pero hablemos de una guerra, la de Afganistán, que Occidente ya ha anunciado —por boca de Barack Obama— dará por concluida a fecha fija. Sin haberla ganado y —si se quiere creer a Obama— sin haberla perdido. Tras trece años de combates y miles de muertos —dos españoles hace 48 horas— EEUU y sus aliados abandonarán Afganistán a su suerte que está claro ya que sería un régimen dominado por los talibanes. Esos mismos a los que se fue a combatir por haber convertido el país en un santuario del terrorismo jihadista de AlQaeda. Unos talibanes que fueron aplastados militarmente y estuvieron derrotados. Hasta que se les permitió recuperarse por la falta de recursos de las fuerzas occidentales, sometidas a mezquindades presupuestarias que resultan muy populares en los países de origen de los ejércitos combatientes. Y por pura falta de voluntad de victoria. Hoy la población afgana ya sabe que los occidentales se van y vuelven los talibanes. Todos harán lo posible por hacer méritos con los triunfadores convirtiendo en un infierno aquel país al ejército que pretende permanecer dos años cuando ya ha dicho que abandona. En Libia ha sucedido algo parecido aunque en mucho menos tiempo. La falta de medios, pero ante todo la voluntad de combate ha llevado a la OTAN a sufrir una pérdida de credibilidad rayana en el ridículo. Meses después de lanzar la operación, se ha hecho evidente la falta de solidaridad pero también las profundas diferencias estratégicas entre los participantes. El mero hecho de que en semanas los aliados europeos se quedaran sin munición en la guerra contra un pequeño ejército en semidescomposición debiera ponernos los pelos de punta si pensamos en que es nuestra alianza defensiva para caso de amenaza directa a nuestro territorio. Habrá quien alegue que los europeos lucharían más y mejor en combate por sus propios hogares. Pero son comprensibles las dudas. Menos mal, en todo caso, que no existe una URSS con apetitos territoriales. Porque armas nucleares al

margen, el paseo militar desde los Urales hasta Cádiz, pasando por Bruselas, haría del desfile alemán a Paris en 1940 una reñida campaña.

Hay algo en común entre nuestra tragedia nacional en Guipúzcoa, nuestra entrega de Afganistán a los talibanes —donde Karzai parece ya Nayibulah, aquel títere soviético ahorcado en público en Kabul— y nuestra desgraciada campaña en Libia, donde por supuesto que caerá Gadafi, pero nos hemos dejado la credibilidad de la OTAN y quizás su unidad trasatlántica. Común es la falta de ganas de ganar. Porque se olvidan las razones.


ABC - Opinión

sábado, 25 de junio de 2011

Juegos con sangre y fuego. Por Hermann Tertsch

Siria no es como Libia un mero escenario de una matanza continuada. Es una bomba de relojería para una región.

El mundo se ha acostumbrado a la matanza ya habitual de los viernes en Siria en respuesta a las manifestaciones que piden la caída del régimen. Por eso muchos tienden a pensar que en esta tragedia ya no se trata más que de esperar a ver si ganan los unos o los otros. A ver si el presidente Assad, su ejército y su temible policía logran reinstaurar el orden del terror sobre una población que ha perdido el miedo a todo, incluida la muerte. O si por el contrario, el pueblo derriba al sátrapa. Pero lo cierto es que, siendo esa tragedia enorme, el potencial de violencia que se está acumulando en la frontera de Siria con Turquía es incalculable. Porque es una abierta provocación a Turquía que el ejército sirio practique operaciones de tierra quemada con la aniquilación de aldeas en su misma frontera. Con la consiguiente llegada de miles de refugiados a la provincia turca de Hatay, cuya capital es Antalya, la antigua Antioquía. Siria lleva semanas acumulando grandes fuerzas militares en una parte de su frontera con Turquía que data tan sólo de 1939 y que nunca fue reconocida por Damasco. La provincia turca de Hatay formó parte histórica de Siria desde tiempos romanos. En mapas sirios actuales sigue siendo tan siria como los altos del Golán. Y como en estos altos, ocupados por Israel, Siria podría estar tentada de provocar conflictos también en esta fronteras como maniobra de distracción del acoso al régimen por su propio pueblo. Sería una decisión demencial buscar un conflicto con el gigante militar turco. Pero muchas locuras se permite ya el régimen de Assad en su desesperada lucha por la supervivencia. Pruebas de la plena implicación del otro gran vecino, Irán, en la brutal represión siria, incorporan otra pieza peligrosa al tablero. Siria no es como Libia un mero escenario de una matanza continuada. Es una bomba de relojería para una región, donde todo se mueve.

ABC - Opinión

viernes, 24 de junio de 2011

Día estelar de asesinos y cómplices. Por Hermann Tertsch

Desde hoy, las decisiones en una provincia española las tomarán miembros de Bildu, de Batasuna y de ETA.

DE unos años a esta parte son muchos los días en que este país nuestro da vergüenza. Da vergüenza fuera donde por desgracia se nos juzga a todos por lo que hacen nuestros representantes. Lo que no es del todo injusto ya que a esos gobernantes que nos representan los hemos elegido nosotros. Y en el caso que nos ocupa, el de los actuales, en dos ocasiones. Los que no colaboramos en llevar al poder a esta gente no tenemos mayor consuelo que los arrepentidos que sí lo hicieron con su voto. Y a la postre todos nos deberíamos sentir un poco culpables por no haber podido evitar de una forma u otra lo que desde un principio fue un error pero pronto se convirtió en una auténtica maldición. Ahora, en las postrimerías agónicas de estas dos negras legislaturas, el balance de daños produce consternación, angustia y vértigo.

Es difícil hacerle tanto daño a un país en tan poco tiempo incluso adrede. Ni con un plan diseñado con toda la mala fe es imaginable una labor tan eficaz de destrucción general y desmoralización completa. No se la presupongo a nuestros gobernantes, la mala fe. Todo lo contrario, el origen de nuestra catástrofe debe de estar en demasiadas buenas intenciones. Tan buenas todas ellas que justificaban el desprecio a los medios y a los costos porque la felicidad al culminarse los grandes fines haría olvidarlos con facilidad. No será así por supuesto, pero ahí está el daño, ya hecho. Pero toda la destrucción económica, política, institucional y moral perpetrada por esta gente, queda eclipsada por el dolor de la herida que nos han abierto a millones de españoles con su mayor infamia que ayer se consumó en San Sebastián. Y aquí estamos, con profunda náusea, después de ver a los enemigos declarados de España y la democracia tomar todo el poder en una de sus provincias, la de mi madre, Guipúzcoa. Desde hoy Bildu, y a través de ella ETA, tiene el control de toda su administración, de todos sus habitantes y empresas. Desde hoy, Bildu tiene todos los medios oficiales para imponer en Guipúzcoa la verdad de ETA que se convierte en la verdad oficial. ¡Y ay del que la desafíe! Todas las demás, incluida la historia real de una Guipúzcoa siempre española, serán proscritas. Desde hoy, las decisiones en una provincia española, las tomarán miembros de Bildu, de Batasuna y de ETA, muchos de ellos implicados y condenados en actos terroristas, y todos colaboradores en un grado u otro con la banda asesina. Los guipuzcoanos conocidos por su militancia en partidos constitucionalistas o por su lealtad a España se convertirán automáticamente en ciudadanos de segunda clase. Y comenzará el acoso implacable contra ellos, con todos los instrumentos con que, gracias al Gobierno de Zapatero y a la indignidad de muchos otros, cuentan. El terror que se sembraba con las armas ahora se difundirá por cauces oficiales. Ahora comienza el choque frontal con la odiada España desde dentro. Y con rehenes. Porque prioridad de la diputación es ya la independencia y el retorno de los presos terroristas. Que serán recibidos como héroes y como ejemplo para todos los niños y jóvenes. La bandera de España ya ha desaparecido. Pronto no habrá ni memoria. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a esto? Zapatero los ha llevado al triunfo. Ha entregado al terror parte de España. A cambio de una paz cobarde, sin libertad. Que no será paz sino terror. Quería entrar con ETA en los libros de historia. Lo ha conseguido. Pero la tragedia de los traicionados comienza ahora. Espero que no quede impune.

ABC - Opinión

martes, 21 de junio de 2011

Adiós a la mugre del miedo. Por Hermann Tertsch

Las cantantes se declaran de derechas y los comunistas deciden en Extremadura que están hartos de la secta.

RUSSIAN Red es en realidad, ahora lo sé, Lourdes Hernández, una cantante madrileña de tiernos 25 añitos a quien le debió de parecer muy mono el nombre artístico que eligió, pero que nada sabe, ni tiene por qué saber, de las mugres que nos evoca a algunos esas palabras combinadas. Quizás ahora se haga una idea. Porque esta inocente cantante ha visto cómo su desenfadada respuesta a una pregunta inocente la ha convertido en blanco de las diatribas de los guardianes de las esencias del espíritu nada «russian» pero muy «red» que tienen aún en nuestro país privilegiada reserva. La jovencita en pleno éxito debe de gozar mucho de las entrevistas. En una le preguntaron si era de derechas o de izquierdas, qué manía. Y ella, candorosa, reveló que se consideraba de derechas. ¡Amiga! ¡Hasta aquí hemos llegado! A partir de ahí se acabaron las bromas para Lourdes, a la que de tanto cantar al amor no le había dado tiempo a saber en qué país vive. «Fascista» la ha llamado un político socialista cuyo nombre me da pereza buscar. Y otro cantante, cuyo nombre me da igual, la ha llamado «cabrona y cretina». Me dirán ustedes que conociendo el parqué de majaderos y almas bolcheviques de este país no ha salido mal parada. Pero es que hay más. Un periódico, que fue intento muy logrado de hacer prensa de izquierda liberal en España y degeneró en gacetilla sectaria del izquierdismo cutre y panfleto de hostigamiento contra todo lo que no baile al son de la flauta socialista (y de la empresa), consideró que Russian Red había cometido una gravísima falta. Ni socialista, ni progresista, ni revolucionaria, ni siquiera de Bildu. De derechas. Exigía un escarmiento. Se decidió, con el celo de los reporteros de boletín de agrupación, indagar la impresión y opinión de otros cantantes ante tamaña barbaridad de aquella niña, hasta entonces bien tratada. La operación de castigo tuvo por supuesto el resultado apetecido.

Están de los nervios. Las cantantes tiernas se declaran de derechas y los comunistas deciden en Extremadura que están hartos de la secta. Cada vez han de incorporar más nombres a sus listados malditos de «fascistas» a los que intentar desprestigiar o causar daño de la forma que sea. La España proclamada por ellos sociológica e intrínsecamente de izquierdas se les ha llenado de «gilipollas», como dice el ex alcalde, o de «hijos de puta», como escribe alguna de sus musas más sensibles. Todas sus cortinas de humo, su virtuosismo en la manipulación y la mentira, han dejado de tener efecto, como un antibiótico agotado por el abuso. Por eso agitan ya el único recurso que les queda, siempre utilizado con ahínco, que es el miedo. Pero da la impresión de que esta vez han ido demasiado lejos con sus tropelías. Que el hartazgo y el asco han superado al miedo. Que con Zapatero han extremado tanto la dosis de mentira, basura intelectualizada, deshonestidad, soberbia e ineptitud, que esta vez no escaparán al desprecio y al oprobio social. Pueden haberse acabado definitivamente los tiempos en los que podía declararse hegemónica en este país esa mugre ideológica que nos lanza siempre al pasado, con su rencor, su prepotencia y su vocación intimidatoria. Y que acabará en reductos marginales en los que se encuentra en las sociedades más desarrolladas. Ahora buscan salvarse del naufragio manipulando la angustia de los ciudadanos ante la miseria por ellos creada. También ahí quieren imponer su discurso resentido. Pero da la impresión de que ya están camino al basurero de la historia. Si no asustan ya ni a Russian Red, no los salva ni Fouché.

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sábado, 18 de junio de 2011

Las virtudes de la angustia. Por Hermann Tertsch

Muchos serán los que desprecien con cansado mohín las nuevas promesas de apertura y reforma del Rey Mohammed VI.

Muchos serán los que desprecien con cansado mohín las nuevas promesas de apertura y reforma del Rey Mohammed VI. Primero porque en las monarquías absolutistas, y la marroquí lo sigue siendo, las modificaciones en el trato a los súbditos son concesiones y no derechos reclamables. Así ha sido también en Marruecos con este rey como con sus antecesores. Y porque no son pocos los que discuten a este rey la capacidad y autoridad para imponer una voluntad de cambio real, en caso de tenerla. Muchos creen que si vinieran mal dadas y tuviera que enfrentarse a un levantamiento, sería tan reo de su entorno como lo es Bashar Al Asad, ese heredero republicano que lleva meses matando por sobrevivir en Siria.

Y sin embargo, hay motivos para darle crédito a Mohammed VI con esta nueva Constitución que anuncia. De la angustia generada a los poderosos han surgido virtudes inesperadas. Y deberá aplicar con urgencia por la presión que el tsunami emancipador en el mundo árabe ha impuesto a todos. El Rey de Marruecos no es uno mas. No es un arribista golpista ni su heredero, sino la cabeza de una monarquía de tradición centenaria. Quizás por eso le resulte más fácil que a otros dar pasos significativos en forma y contenido sin creer tener que temer una descomposición de su autoridad. Que la persona del Rey deje de ser «sagrada» para ser «inviolable», no es ni mucho menos un paso baladí como pensarán algunos en la descreída Europa. Pero fundamental será en todo caso el trasvase de poder de la Corona al Gobierno, hasta ahora poco menos que un cuerpo administrativo. Si un Gobierno electo pasa a tener poder político estaríamos ante poco menos que una revolución de palacio. Si el Rey renuncia en su favor a la potestad en todos los nombramientos de las autoridades del Estado, el cambio será muy prometedor. Por supuesto que la independencia de la justicia es aun una quimera. Pocas lecciones podremos darles algunos. Y el país será una «monarquía islámica». Pero reconoce por primera vez derechos a su componente amazigh (bereber) así como una referencia expresa al elemento hebreo en Marruecos. Tampoco suena mal que el rey, en su función civil pase a ser «protector de la opción democrática y árbitro entre las instituciones del Estado». Nadie espere milagros y quien se quiera tomar libertades sin esperar los cambios ni guardar las formas comprobará que la voluntad represiva, implacable, sigue intacta. Pero es evidente que el Rey y su entorno han entendido que no basta una declaración de intenciones para desactivar un movimiento histórico que, de ignorarlo ahora, se lo podría llevar por delante no muy tarde.


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viernes, 17 de junio de 2011

Haciendo el griego. Por Hermann Tertsch

Se obstinaron en la idea de que si el mundo cambia radicalmente, la culpa es del mundo.

Como todos sabrán ya Grecia se hunde. Y aunque el naufragio ya ni siquiera lo requiera, con la inestimable y perseverante colaboración, no ya de sus políticos, sino de la sociedad. Se hunde en la quiebra, en la miseria y la desesperanza y, hay que temer, en el caos y la tradición nacional de violencia. Todos lloramos su suerte. Haríamos bien aquí en ver que nos distingue aun de ellos. Se hunde, ante todo, porque no supo reaccionar ante la crisis. Quizás también se hubiera hundido de haber reaccionado rápido y bien. Nunca lo sabremos, porque no lo hizo. La crisis llegó por igual y al mismo tiempo a los países del norte como a los del sur. Todos lo pasaron mal. Todos tuvieron que hacer recortes. Y renunciar a muchas conquistas que ya se creían derechos adquiridos. No lo eran y así se reconoció en las sociedades más maduras. El resultado está a la vista. Los países cohesionados y desarrollados reaccionaron con sentido común, solidaridad nacional y conciencia de la gravedad de la situación. Ni sus Gobiernos les mintieron ni ellos pidieron ser engañados. Se dio la alarma. Se desmantelaron regulaciones para una mayor flexibilidad. Se aceptaron salarios mínimos realmente mínimos. Se incentivó la creación de autónomos para crear redes hasta entonces desconocidas. Se hizo una cruel cura al Estado de bienestar. Hubo protestas, por supuesto. Pero los gobiernos defendieron con energía el orden público y las leyes. Y la mayoría apoyó firmemente la potestad del Estado. En esos países la crisis hoy es historia. Algunos, como Austria, Alemania, Holanda o Dinamarca tienen el índice de desempleo más bajo de los últimos treinta. Crecen a buen ritmo.

Grecia ha pasado de la indolencia a la ira. Ha tenido gobiernos que, desde la mala conciencia del impostor, mendigaban condescendencia. No había franqueza para dar la alarma necesaria. Prioridad era comprar tranquilidad propia con la ajena. Y se siguió viviendo por encima de las posibilidades. Cada vez peor, pero todos se decían que lo peor había pasado. Y los privilegios propios se habían salvado. Ese gran pacto nacional para la trampa ha sido el único que funcionó. En la complicidad de la corrupción desde la cúpula hasta las capas más amplias. Unos estafaban al Estado con cifras falsas, otros con desviaciones de fondos europeos, todos más o menos con el fisco, con sueldos superiores a la productividad, con subvenciones de mil tipos, con parados inexistentes. Todos creyeron que salvarían su propia trampa de la quema. Todas las trabas que protegen intereses adquiridos se mantuvieron. O se rebajaron cosméticamente. Y todos de acuerdo en que la pobre sociedad griega no tiene la culpa de nada. Al no hacerse responsable de la situación, tampoco se asumieron las consecuencias. Exigir a otros soluciones para los problemas propios no lleva más que la frustración. El infantilismo se paga. Cuando llegó, se radicalizaron los reproches a los que debían solucionarles los problemas. Los demás. Y siempre en la autocompasión y el victimismo. Llorando su suerte. Convirtieron en culpables a los demás. A los países que están mejor, a la UE y a quienes aun les prestan. Y se obstinaron en la idea de que si el mundo cambia radicalmente, la culpa es del mundo. Y todos clamaron por sus derechos. Derechos y derechos. Sobre todo, derecho a ignorar la realidad. A no verse afectado por la misma. Y surgieron los peores instintos. El odio al que se envidia. Y los chivos expiatorios. El dinero huye. Ya irrumpe la violencia. Se desmorona la ley. Y la vida se hace irrespirable. No se ha evitado ninguno de los sufrimientos. Las soluciones cada día están más lejos. Y crece la ira.

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viernes, 10 de junio de 2011

Solo nos queda la paz. Por Hermann Tertsch

El interés que generamos se debe fundamentalmente a la capacidad de desestabilización que tenemos.

AHORA de repente se nos agolpan los sentimientos patrióticos. Cuando llevamos unos años tan intensos y festivos dedicados a dinamitar la cohesión nacional, quebrar la Constitución, desprestigiar nación y mancillar transición y reconciliación. Solo les hace falta ya hablar de honor. Que capaz será alguno, ya verán. Ahora, oyéndoles, parece que solo gracias a la serenidad de nuestros gobernantes hemos evitado declarar la guerra a Alemania. Menos mal que somos generosos y les hemos perdonado la vida. Respirarán tan aliviados los malvados «chucrut» como, por ejemplo, los hoteleros o los tour operadores españoles. Pero donde alcanza su máximo esplendor actual el patriotismo inesperado de nuestros gobernantes es en su preocupación por nuestra imagen exterior. ¡Fíjense, a estas alturas, nuestra imagen en el exterior! Llevan siete años enviando al exterior como representantes nuestros a personajes capaces de despertar vergüenza en una verbena. La tropa indocumentada, iletrada y zafia que ha surcado mares y cielos y cruzado continentes en representación de la nueva España progresista ha arruinado nuestro crédito, hundido nuestro prestigio y abochornado a nuestra ciudadanía por todo el planeta. Nuestro presidente ha hecho el ridículo en todos los foros internacionales con su falta de preparación y consistencia, su inanidad y su izquierdismo adolescente. Nuestra política en el exterior provocó primero sorpresa, porque contradecía toda la experiencia habida con la España democrática durante 30 años con cuatro presidentes diferentes. Después fue ya extrañeza por la insistencia de los españoles en automutilarse al reelegir a los mismos gobernantes para estos últimos cuatro inolvidables años basura. Y hoy ya lo que se percibe es pena hacia los españoles y desprecio hacia quienes han llevado a nuestro país a su peor postración. El interés que ahora generamos se debe fundamentalmente a la capacidad de desestabilización que tenemos, por tamaño y por la capacidad autodestructiva que hemos demostrado en estos años. ¿Cómo habéis llegado a esto? Esa es la pregunta que nos hacen las vistas del exterior una y otra vez. Y no es fácil de responder. Por muy advertidos que algunos estuviéramos desde un principio de que habría estropicios con estos personajes, nadie en su sano juicio podía prever las dimensiones del daño brutal y generalizado causado.

Y ahora se dicen preocupados porque la oposición dice que no se cree las cuentas. Y exigen que nos callemos porque dañamos nuestro «buen nombre». La «confianza en España», dice Zapatero, que hay que proteger. ¿De qué nos estará hablando quien pensó que el mundo funciona como una intriga de asociación de barrio? ¿De qué hablarán todos los cómplices de la mentira continuada y la bajeza politizada, de la incompetencia universal, de la pócima de los peores instintos que han sido mensaje y actuación de la tropa del Alicia/Atila de León? Nadie tiene que creer a la oposición para no creerle nada a este Gobierno. Que ahora nos sale con las conspiraciones exteriores, de Merkel y los mercados. Con los enemigos exteriores y la quinta columna, los vectores del relato más antiguo, casposo y grasiento de la impotencia izquierdista. Poco le queda en la recámara ahora al sumo sacerdote de urgencia que sustituye al caudillo en el naufragio. Pero lo suficiente para culminar el daño. Porque, más allá de consabidos pactos con ETA que prometan alguna sorpresa, la izquierda fracasada parece dispuesta a utilizar a una oposición extraparlamentaria para intentar imponer desde la agitación callejera lo que ya sabe no podrá en las urnas. Al enemigo exterior se le ignora, al interior se le ataca. Esperemos que quede alguien sensato que lo impida. Porque la paz social es lo único que aun no ha destruido esta tropa. Que no lo consigan.

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martes, 7 de junio de 2011

La cuestionable victoria de Mario. Por Hermann Tertsch

Humala ha utilizado hasta el hastío el apoyo de Vargas Llosa como certificado de pulcritud democrática.

OLLANTA Humala ha ganado unas elecciones en Perú no aptas para virtuosos. Las dos candidaturas en puja en la segunda vuelta eran moralmente reprobables cuando no despreciables. Y ambas terriblemente peligrosas para el futuro de un país que en los últimos años ha sido algo así como el milagro del comienzo del siglo XXI, con paz social, el fin del terrorismo, crecimiento y prosperidad. Son varios los culpables de que los peruanos fueran puestos ante semejante terrible disyuntiva. Entre los primeros están, paradójicamente, los candidatos democráticos que acudieron a la primera ronda con programas razonables de proseguir por la senda de la libertad, el mercado y la justicia social en un marco pragmático de desarrollo. Tres de ellos, Pedro Pablo Kuzcynski, Alejandro Toledo y Luís Castañeda, con programas homologables en gran medida, podrían haber formado una opción imbatible que garantizara a Perú este futuro ya encauzado. Pero volcados en combatirse entre sí, ciegos de soberbia y pretendido liderazgo de la «opción sensata», se devoraron entre sí y resultaron eliminados en la primera ronda. Y dejaron a los peruanos en el terrible dilema de elegir entre «el cáncer y el sida», como tan acertadamente diagnóstico Mario Vargas Llosa al conocer los resultados de la primera vuelta. Desde entonces han pasado, por desgracia, muchas cosas y pocas buenas. La sociedad peruana se ha polarizado hasta extremos que harán muy difícil su reconducción hacia la convivencia y el diálogo que, pese a todos los sobresaltos, se había logrado en la pasada década. Y por primera vez en muchos años, la mitad de los peruanos despertó ayer con miedo. Un miedo profundo cargado de rabia, mucho más significativo y grave que el pánico con que abrió la Bolsa y que ya hace huir al dinero.

El dilema envenenado de los peruanos era aún más terrible para quienes, sin ser partidarios de ninguna de las dos opciones, han participado en esta campaña política. Porque recomendar el voto del mal menor necesariamente le hacía colaborador de una opción detestada. Ha sido el caso de Mario Vargas Llosa. Por su prestigio, autoridad moral e influencia, su lucha contra Keiko Fujimori, la hija de su odiado rival en las presidenciales que perdió, le han llevado al apoyo sin fisuras a la candidatura de un personaje al que en su día llamó de todo, desde «nazi» a «golpista». Ollanta Humala ha utilizado hasta el hastío, pero con demostrada eficacia, el apoyo de Vargas Llosa como el certificado de pulcritud democrática que le negaban tanto su biografía como sus intenciones expuestas en su programa inicial. Humala ha ganado. Pero avalado por Vargas Llosa. Que ha ganado también, ahora así, unas elecciones en Perú. Pero no desde luego con gente de su elección. Y desde luego carga con el aval de gente muy poco recomendable. Esperemos todos, por el bien de Perú y de nuestro querido y admirado amigo Mario, que no acabe siendo amarga esta victoria. La primera reacción del premio Nobel ha sido «un gran alivio porque hubiera sido trágico que para nuestro país que la dictadura de Fujimori y Montesinos hubiera sido reivindicada, legalizada por el electorado». De acuerdo. Pero otros, como Jaime Bayly, que hizo campaña para Keiko, creen que «un golpista es más peligroso que la hija de un golpista». La postura de Bayly fue la de la mayoría de los habitantes de Lima —un tercio del país—, cuya hostilidad hacia Vargas Llosa parece garantizada incluso si se revela sincera la improbable conversión de Humala de radical socialista e indigenista en moderado socialdemócrata ilustrado. Porque muchos creen que Keiko era un mal pasajero, mientras Humala lo será trágicamente irreversible.

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sábado, 4 de junio de 2011

El verdugo está confuso. Por Hermann Tertsch

Así le queríamos ver al más soberbio de todos los muchos asesinos de los Balcanes. Con auriculares.

Así le queríamos ver al más soberbio de todos los muchos asesinos de los Balcanes. Con auriculares. Como Rudolph Hess y Hermann Göring y tantos otros allí en el banquillo de Nuremberg. Con auriculares escuchando traducidos los relatos de sus crímenes.

Así hemos querido verle muchos desde años antes de su mayor atrocidad que fue la terrible matanza de Srebrenica. Allí batió su récord con más de 7.000 hombres y muchachos inocentes y desarmados ejecutados y enterrados en fosas comunes. En cuatro días.

A muchos de sus hombres les debió doler el dedo al final de esta ardua tarea, como a los soldados soviéticos en Katyn o a los nazis en las fosas junto a Kiev. Todos, soldados y paramilitares trabajaron allí hasta la extenuación porque las órdenes las daba el dios de aquella guerra.


«Soy el general Ratko Mladic», dijo ayer y se le vio confuso. Porque nadie temblaba. Todo le debe confundir. Él, allí.

Por eso con los arrebatos de soberbia llegan palabras impropias que casi piden merced. «Soy un hombre gravemente enfermo». Dice que las acusaciones que pesan sobre él son una monstruosidad.

Pero no vuelve a caer tan bajo como en Belgrado, donde dijo que aquellos crímenes se habían cometido a sus espaldas. Mladic, este clásico general comunista convertido a la sagrada causa nacionalista, era el Napoleon de la redención nacional serbia que iba a limpiar aquella tierra de «turcos», como llamaba a los musulmanes.

Lo era cinco años antes de Srebrenica. Y pudo cometer aquella matanza porque durante un lustro los apaciguadores europeos no dejaron de negociar con él mientras cometía las matanzas preparatorias del gran golpe.


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viernes, 3 de junio de 2011

Germanófobos, lo que nos faltaba. Por Hermann Tertsch

Llaman xenófobos a quienes vienen a millones a nuestras costas y compran con fidelidad nuestros productos.

ME entero de que una de esas fantasmales asociaciones que han surgido en la España de la tontería gratuita ha denunciado a la República italiana por los bombardeos de las tropas de Mussolini a Barcelona en la Guerra Civil. Está claro que, tras siete años gobernados por este híbrido de Alicia y Atila, en España no cabe un imbécil más. Pero los que están dentro, que son multitud, seguirán pariendo ideas para complicarnos la vida. Esta semana estos genios de la demolición del bienestar y la inteligencia están de enhorabuena. Porque es difícil encontrar una idea más peregrina, injusta, paleta y sobre todo dañina para todos nosotros que llamar a una cruzada de germanofobia. Al grito de «Alemania es culpable» nos dicen que hay que demostrar a los teutones nuestro desprecio. Y llaman xenófobos —fóbicos hacia los españoles— a quienes desde hace cincuenta años vienen a millones a nuestras costas, tienen residencia en nuestro país y compran con fidelidad y entusiasmo nuestros productos. En todos los medios surgen justicieros explicando las razones aviesas de los alemanes para destruir nuestra agricultura y su desprecio racista mediterráneo y llamando a la reacción del orgullo herido. ¡Ay, si hubiéramos tenido este orgullo para impedir que una tropa de incompetentes nos humillara por el mundo! ¡Para defender un respeto del que gozábamos hasta su nefasta llegada al poder! No perderé líneas en exponer esta nueva demostración de incompetencia del Gobierno en la crisis de los pepinos. Ni en evocar lo diferente que habría sido esto si en vez de tres chicas de cuota que no saben ni a qué teléfono llamar, la responsable hubiera sido una Loyola de Palacio que en horas habría cogido un avión para abrir puertas a patadas en Bruselas, Hamburgo y Berlín. Que habría hablado allí a todos los responsables de tú y en su idioma para exigir pruebas a sus acusaciones. Y buscar una limitación de daños para España. El primer día.

Lo que no podría haber evitado ni Loyola es la alarma por una epidemia mortal de virulenta expansión. Y que una política alemana que recibe de un laboratorio unas pruebas que determinan que en unos pepinos españoles fue detectada un tipo de bacteria E.coli lo hiciera público. Cuatro días tardaron los análisis en determinar que esta bacteria no es la misma que causa las muertes. De ser aquí un producto alemán o italiano sospechoso de muertes fulminante ¿se hubiera esperado a agotar todas las pruebas antes de paralizar preventivamente el producto? Y, de haberlo hecho, ¿asumirían los políticos los muertos que se hubieran podido salvar de haberse paralizado el producto, en caso de haberse confirmado la sospecha? Sería para echarse a temblar. Con un poco de honradez intelectual se asumirá que la única forma de limitar daños en esta tragedia era una aceleración de las pruebas con intervención in situde los defensores (?) de nuestros intereses. Para un plan de emergencia ante una epidemia mortal, coordinado en toda Europa. A través de la UE y los ministros de Sanidad —¿dónde estaba la nuestra?—. Parece olvidarse que los principales damnificados son los muertos, y sólo después los demás. Pero aquí, a un Gobierno irritado porque Alemania deja en evidencia sus fracasos y mentiras, le viene bien decirnos que la bruja Merkel sabotea los productos favoritos de los alemanes. Y mil voces se ponen a insultar a nuestro mayor aliado en Europa. Esperemos que los medios sensacionalistas alemanes no se ceben con tanto disparate antialemán. Porque si el repentino desamor se vuelve recíproco, los daños a los pepinos habrán sido una broma. Y Zapatero nos dejará aún más solos y hundidos.

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martes, 31 de mayo de 2011

El argumento del miedo. Por Hermann Tertsch

El frenazo en seco de Carmen Chacón y su profunda contrariedad son fruto de un golpe inesperado. Es producto del miedo.

CARMEN Chacón estaba convencida de ser todo lo que le habían dicho que era. Pese a que esa certeza sólo emanaba de palabras ajenas. Armada con esa fuerza que consideró suficiente, se creyó capaz de afrontar el gran reto. Como se ha visto, ni ella es lo que le habían dicho, ni su fortaleza era más que presunción. No aguantó ni un asalto de los profesionales. Creía haber llegado por mérito propio a inverosímiles glorias y se creyó capaz de este desafío. Parece mentira que, tan bien asesorada en cuestiones de imagen, nadie le advirtiera que ya no le serviría la apariencia. Necesitaba sustancia para resistir a aquellos a quienes desafiaba con sus ambiciones. Y la pobre mujer tuvo que ver que carece de ella para tamaña empresa. No sabemos cuál fue el «argumento» que quebró su ambición y pretensión. Que la llevó a renunciar a algo que ya había decidido. No es plausible que fuera sólo una amenaza genérica de tipo político. Mucho menos una apelación a la solidaridad con los triunfadores de la operación. Su frenazo en seco y su profunda contrariedad son fruto de un golpe inesperado. Es producto directo del miedo. A la ministra le metieron miedo. De una forma brutal, efectiva y eficaz. El daño que se le expuso como represalia si no cambiaba de actitud y se negaba a la enmienda era excesivo para esta chica, tan sobrevalorada que había acabado engatusada consigo misma. Veremos «cosas maravillosas» decía con voz de princesa de teatro de pueblo hace unas semanas. Y vio cosas inimaginables cuando los profesionales dejaron claro que se habían acabado las tonterías. Y le hicieron ver a la princesita popular que tenían todo el poder sobre ella. El requerido para imponerle unos planes que eran los contrarios a los propios. En el fondo, más allá de nuestra imagen y la personalidad propia que cultivemos, somos lo que creemos. Nuestro fondo de resistencia, de lo que daba en llamarse el honor, sólo puede medirse por lo que somos capaces de sacrificar en su defensa.

Nadie le puede pedir a esa joven madre una firmeza heroica de carácter y convicciones que hubiera sido necesario para ir al enfrentamiento total con Rubalcaba y sus agentes. Y asumir las represalias que le habrían anunciado. Pero si pensaba que su opción era la justa y la otra tan condenable como nos dio a entender podía haber superado el miedo a las amenazas y haber puesto a los socialistas y a la sociedad española por testigos. La fragilidad de personas y convicciones hacen quiméricos estos desafíos. Por eso el miedo es el mejor argumento para algunos poderosos. El miedo a la liquidación social, al oprobio y al desprestigio es su mejor arma en la política. Es tan efectiva como el miedo a la cárcel, al pelotón o a la brigada al amanecer. Y de aplicación universal con muy pocas excepciones. No son muchos los seres libres del miedo por la firmeza de sus convicciones. Son almas irreductibles, como Mijail Jodorkovski, en su día el hombre más rico de Rusia, que lleva ocho años en una remota cárcel de Siberia. Podía haber tenido una vida de lujo ilimitado de haberse sometido a las reglas de la mafia del presidente Putin. Como los demás magnates. Él se negó e intentó crear una alternativa política a Putin. Le advirtieron una y mil veces que respetara el código amoral. Se negó, lo pagó y lo paga. La historia brilla con humanos de esta talla. Ante los que el miedo fracasa. Pero claro, ya estamos hablando de otra cosa.

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sábado, 28 de mayo de 2011

El general iluminado. Por Hermann Tertsch

En Europa, en las cancillerías y en las redacciones aún se reían mucho cuando alguien les anunciaba la primera guerra en el continente desde la caída del nazismo.

Fue en la primavera de 1991. Sonaban ya muy fuertes los tambores de guerra en aquel país llamado Yugoslavia. Pero en Europa, en las cancillerías y en las redacciones aún se reían mucho cuando alguien les anunciaba la primera guerra en el continente desde la caída del nazismo. El corresponsal de la BBC, Misha Glenny, y yo habíamos tardado cerca de seis horas en recorrer los menos de 200 km que separan Zagreb de Knin. Ya en Karlovac, otrora elegante ciudad y guarnición del Imperio austro-húngaro, habían comenzado los controles de carretera. Primero eran de la policía croata, después de campesinos asustados ya en armas, después del ejército yugoslavo para entonces ya bajo firme control serbio. Y finalmente, unos cincuenta kilómetros de agotadores controles de milicianos serbios, paramilitares, plenamente uniformados ya al estilo Cetnik, de los implacables guerreros monárquicos que en la Segunda Guerra Mundial combatieron al mismo tiempo a los partisanos comunistas de Josip Broz «Tito» y a los ustachas filonazis croatas de Ante Pavelic. Llegamos a Knin escoltados por un grupo de estos, paramilitares que obedecían las ordenes de un caudillo local de la Krajina, Martic. Eran los temidos «marticevski», que ya habían comenzado su larga e intensa carrera sangrienta y sembrarían de terror la región durante años. No podíamos llevar mejor salvoconducto en aquel territorio, parte de Croacia pero ya fuera del control de Zagreb después de que su policía huyera tras continuos ataques a sus comisarías. Porque Misha Glenny tenía apalabrada una entrevista. El nombre de su interlocutor en aquella cita era un santo y seña milagroso. General Ratko Mladic. Los serbios de la Krajina tenían muchos héroes en la historia. Entonaban cánticos que evocaban al Rey Lazar, muerto en la batalla de Kosovo Polje en 1389 frente a los turcos. Pero tenían dos grandes héroes en esta nueva prueba que Dios les ponía para demostrar que los serbios nunca más serían derrotados. Y eran Slobodan Milosevic y Ratko Mladic. Este era un brillante general yugoslavo, que ya no pensaba en Yugoslavia. Sino en la Gran Serbia que Milosevic había convertido en mito y bandera para que el aparato comunista de Belgrado no se hundiera como les había sucedido a los comunistas en Centroeuropa dos años antes. El ultranacionalismo pararreligioso había sustituido con eficacia al comunismo como ideología. Las reglas eran claras. Los serbios habrían de imponerse a los demás pueblos y ser amos de toda tierra sagrada donde haya una sola tumba serbia. Si el odio a los católicos croatas era inmenso, mayor era el desprecio a los musulmanes de Kosovo, albaneses, y de Bosnia, por eslavos que estos fueran. Allí, en Knin, estaba Mladic esperando a Glenny. A mí no me dejaron pasar. Allí Mladic preparaba la gran guerra para la Gran Serbia que solo dejaría a los demás pueblos lo que no quisieran ellos.

La Gran Serbia sería un país idílico, de serbios viviendo con serbios en armonía. Y quien se pusiera en el camino de este sueño moriría. Salimos de allí convencidos de que la guerra sería terrible. Y en nuestras redacciones se reían de nuestra insistencia de que el nacionalismo de este general era garantía de guerra en Europa. Cinco años y doscientos mil muertos habrían de pasar antes de que las cancillerías europeas supieran con quienes estaban tratando.


MEDIO - Opinión

viernes, 27 de mayo de 2011

Mladic, enemigo íntimo. Por Hermann Tertsch

Dicen que 300.000 votos legitiman una opción criminal. Mladic y Hitler tenían muchos más votos que Bildu.

VAMOS hoy a olvidar por un momento la farsa en tres actos de «los Borgia en la Casa del Pueblo» por mucho que ya tengamos la primera víctima servidita. Resistiendo a la tentación de narrar crónica de las patéticas piruetas del cadáver aún ambulante que es don José Luis, el eterno adolescente y ya presidente de la nada. No deja de haber cierta poesía de justicia histórica en el hecho de que va a dejar su partido hecho unos perfectos zorros. Hubiera sido intolerable que con la capacidad destructiva demostrada en convertir España en una escombrera, quienes han sido sus jaleadores y cómplices en mil tropelías heredaran un partido indemne. Está ya claro que no será así. Déjenme por tanto olvidar por un rato esa triste astracanada y comentarles un hecho feliz que me alegró ayer el día. Que es la detención del general Ratko Mladic en Serbia. Siempre es bueno que detengan a un asesino fugado y más cuando se trata del mayor criminal de guerra en las listas de busca y captura. Pero esta detención va más allá. El hecho de que fuera detenido en Serbia, en una sociedad donde todavía contaba con una vasta red de colaboradores y admiradores, revela los avances en la calidad democrática de Serbia, que con todas sus dificultades da un paso importantísimo hacia su normalización y confirma el compromiso europeísta de sus autoridades, con el presidente Boris Tadic a la cabeza. Sólo hay que recordar a su antecesor, el presidente Vojislav Kostunica, que hizo lo imposible por cultivar el recelo hacia el Tribunal de La Haya y protegió así a todos los fugitivos. Tras la detención de Mladic, quedan por capturar algunos criminales de aquella guerra. Pero ningún miembro del triunvirato del crimen formado por Milosevic, Karadzic y Mladic queda ya impune. Y ese es el principal mensaje que ayudará a la sociedad serbia a cerrar aquella negra página de su historia.

Ahora con todos contentos con su detención convendría recordar algunos hechos del comienzo de la carrera criminal de Mladic. Yo pasé los primeros años de la guerra en el escenario de sus crímenes. Sus atrocidades nos cambiaron a muchos. Él fue nuestro enemigo más íntimo. Recuerdo bien la devoción que le tenían las tropas serbias, desde los reclutas más ingenuos a los paramilitares más feroces. Presencié muchas de sus hazañas. Conté cadáveres destrozados por metralla o mutilados a cuchillo en ciudades y aldeas. Y asistí al drama de las víctimas. Fue en los años previos a la matanza de Srebrenica. Allí Mladic liquidó más de 7.000 hombres, ancianos y adolescentes musulmanes. Hasta entonces, la UE había hecho el permanente ridículo en negociaciones con un Mladic al que elogiaba como interlocutor fiable. También confiaban en Milosevic. Muchas veces comparé aquello con la vergüenza del Tratado de las democracias europeas con Hitler en Múnich en 1938. Se cedía continuamente a las pretensiones del criminal en la esperanza de aplacarlo. Lo único que se conseguía era aumentar su voracidad y su desprecio a nuestra ceguera y cobardía. Quienes denunciamos las matanzas de Mladic fuimos acusados de demonizar a «la nación serbia». No condenábamos a los serbios sino la política criminal que se hacía en su nombre. Lo cierto es que Milosevic y Mladic gozaron del mismo apoyo popular en su aventura genocida que medio siglo antes había tenido Hitler en Alemania. Sólo la fuerza y determinación de EE.UU., una vez más, lograron parar aquello. Después de Srebrenica. Es bueno recordarlo ahora aquí en España cuando algunos dicen que 300.000 votos en una región española legitiman una opción criminal. Mladic, y por supuesto Hitler, tenían muchos más votos que Bildu.

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