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lunes, 12 de abril de 2010

Eguiguren convence a Rajoy. Por Emilio Campmany

Es triste ver a un hombre que, frente a un Chamberlain, pudo ser un Churchill y prefiere ser un Daladier.

Jesús Eguiguren fue el Bruto que asesinó a Nicolás Redondo Terreros. No ciñe la corona de lehendakari por haber sido condenado por maltrato, pero, sin esa condena, vestiría hoy la púrpura. Fue además el hombre de confianza de Zapatero en la negociación con ETA durante la pasada legislatura. Pues bien, Eguiguren ha concedido una entrevista al Diario Vasco para rechazar que el Gobierno siga negociando con ETA. Más concretamente ha dicho: "Cuando [Mayor Oreja] habló, no tenía ni puñetera idea de lo que estaba hablando". Al parecer, él sí sabe de lo que está hablando. Sin embargo, el guipuzcoano a preguntas del entrevistador contesta en cuatro ocasiones: "No tengo ni idea", "no lo sé ni si lo sabrá la Policía", "no lo sé" o simplemente "no sé". No está mal para alguien que dice que Mayor Oreja no tiene ni puñetera idea.

Eguiguren sostiene que el problema es interno del "mundo" abertzale. Según él, son ellos quienes tienen que decidir quién manda, si la ETA, que quiere continuar atentando, o Batasuna, que quiere dejar de hacerlo. Esta manera de ver las cosas ignora que en ese "mundo", como les gusta a los socialistas vascos llamar a los terroristas, siempre han mandado los de las pistolas. Entre otras cosas, porque los que no las empuñan no son diferentes, sólo carecen del valor para disparar y porque la organización terrorista necesita un brazo político que infiltrar en las instituciones políticas vascas. Y la cabeza no puede estar subordinada al brazo. Más bien será el brazo el que esté subordinado a la cabeza. Ahora, es posible que Eguiguren no esté mintiendo y sea sincero cuando afirma creerse esa patraña de que los batasunos quieren dejar las armas y los etarras no, y hay que esperar a ver quién gana.

Lo que no se cree ni él es lo que dice de los mediadores internacionales: "Hay que aclarar que no son mediadores, sino abogados de parte, asesores de Batasuna para ver de qué forma pueden iniciar otro proceso o volver a la legalidad. No pueden exigir contrapartidas al Gobierno. Tienen que exigírselas a su parte". O sea, que es Batasuna quien paga los salarios de esos mediadores. A otro perro con ese hueso. Puede que fuera ETA quien exigió la presencia de los mediadores y puede asimismo que fuera ella quien los eligiera. Lo que es seguro es que quienes los pagan, somos nosotros, los españoles, a través de nuestro Gobierno. Y si siguen dando la tabarra con que hay que sentarse a dialogar, es porque siguen cobrando. ¿Por qué siguen haciéndolo si se supone que ya no hay interés en negociar? Que nos lo explique Eguiguren, pero se le agradecería la caridad de que lo hiciera sin recurrir al "toco mocho" de que los negociadores internacionales son un apéndice de Batasuna.

Rajoy, sin embargo, le cree. El gallego dice ahora estar convencido de que el Gobierno no negocia con ETA. Para mí que le han prometido, a cambio de su discreción durante el proceso, compartir los laureles de la paz, si es que la paz llega. Y no se da cuenta de que no serán laureles lo que habrá para compartir, sino el agrio sabor de la claudicación ante una banda terrorista. Es triste ver a un hombre que, frente a un Chamberlain, pudo ser un Churchill y prefiere ser un Daladier.


Libertad Digital - Opinión

El martes negro de Don Tancredo . Por Jesús Cacho

A finales del XIX, cuando la Rusia pobre y campesina de la dinastía Romanov se descomponía víctima de una miseria de siglos provocada por la avaricia de los latifundistas, al tiempo que la semilla de la revolución avanzaba imparable desde los centros urbanos y los barrios industriales, un diplomático ruso, el conde Osten-Saken, ironizaba ante el príncipe alemán Von Bülock -ministro de Asuntos Exteriores que fue de Hohenlohe (1897) y canciller del Reich (1900)-, refiriéndose a la actitud del zar en estos términos: “L’empereur Nicolas a una indifférence qui frise l’heorisme”. La cita viene como anillo al dedo para un Mariano Rajoy empeñado en convertir su falta de autoridad dentro del Partido Popular en una obra de arte. El tancredismo de Don Mariano, en in crescendo sostenido desde la primera derrota electoral de marzo de 2004, ha alcanzado esta semana sus más altas cotas de estilismo, para desesperación de millones de votantes de la derecha.

El levantamiento del secreto sumarial del caso Gürtel –previsto para el lunes, pero retrasado 24 horas porque el martes salían cifras de paro registrado- ha provocado en el PP el trauma que era de prever. Trance excesivo, cuando menos, porque quienes han aparecido ahora en los 56.000 folios del juez Pedreira ya figuraban desde hace tiempo como actores de reparto en este drama chusco de chorizos engominados que surgió en el 2002 en torno a la organización de eventos del partido y que, en contacto con la fontanería de Génova, cobró vuelo cuando algunos de tales fontaneros se hicieron alcaldes –periferia rica del noroeste madrileño- y todos juntos en santa compaña decidieron enriquecerse con las comisiones del negocio inmobiliario, Ayuntamientos gastando a manos llenas, comisiones, fulanas, comilonas y lujo a espuertas en una borrachera de dinero fácil que parecía no iba a terminar nunca, estirpe corrupta desfilando glamurosa por la explanada de El Escorial camino del altar donde matrimoniaba la hija de José María Aznar.

"Ni nombres nuevos ni, lo que es más importante, financiación ilegal del partido, al menos que se sepa."

Ni nombres nuevos ni, lo que es más importante, financiación ilegal del partido, al menos que se sepa. Sí, naturalmente, la constatación ya vieja de la existencia de una red de corrupción muy extensa y absolutamente escandalosa tanto en los fines perseguidos como en los medios empleados para enriquecerse. Un asunto muy grave para el PP y, por extensión, para una democracia esencialmente corrupta como la española, algo evidente desde hace muchos años. Y si no ha habido sorpresa mayúscula, ¿Cómo explicar, entonces, la parálisis de miedo, el ataque de terror que durante 48 horas se apoderó de Génova, mientras la armada mediática de la izquierda disparaba inmisericorde su artillería más gruesa? De nuevo el Rajoy dubitativo, pusilánime, premioso. El líder que se esconde en los instantes cruciales. Portador de una serie de valores muy estimables –prudencia, honestidad personal, lejanía de los poderes fácticos del dinero, entre otros- en un contexto político tan envilecido como el español, el gallego resulta un personaje desesperante a la hora de tomar ese tipo de decisiones que están a la altura del sentido común de cualquier mortal.

El enigma Rajoy. ¿Realmente es Arriola el responsable último de esa pauta de conducta cuya característica esencial viene marcada por su desaparición de la escena en los momentos más calientes, porque la clave para heredar los despojos de Zapatero reside en no quemarse con la toma de decisiones arriesgadas? La explicación resulta a estas alturas poco creíble. Tras las generales de marzo de 2008, el aludido excusó públicamente su derrota aludiendo a que durante 4 años no había podido contar ni con equipo ni con política propia, algo que iba a cambiar de forma drástica. Da la impresión, sin embargo, de que sigue cogido por el ronzal de la maraña de intereses que se mueve en la calle Génova. El soft power parece en su caso un no power at all. Es un hecho cierto que la red Gürtel, emparentada con el Clan de Becerril, echa sus raíces en la segunda legislatura Aznar. La mitad de los casi 29 millones de euros que, según el sumario, se embolsan los Correas, se trajinan entre los años 2002 y 2004. En grandísima medida, la trama está, pues, ligada al PP de Aznar, es parte del PP de Aznar, no del de Rajoy. Pero el gallego no se atreve siquiera a insinuarlo públicamente y a obrar en consecuencia, porque eso supondría colocar a Franquito al pie de los caballos.

Desgaste brutal de Rajoy

En el fondo sigue sin atreverse a lo que en términos freudianos se denomina “matar al padre”, algo que le pasará factura porque, como decía Maquiavelo, “La generosidad que supone abandono de poder, ni es rentable ni se debe esperar que sea agradecida”. La que ha pagado esta semana ha sido terrible: la sospecha de que no se atrevía a desalojar a Luis Bárcenas de Génova porque él también estaba trincado. El resultado del entero lance ha sido un desgaste brutal, cuya importancia medirán las encuestas de opinión. Rajoy termina la semana malherido con la apariencia del líder medroso dispuesto a malbaratar con su tancredismo las posibilidades de llegar al Poder y enderezar el rumbo de un país al que la incapacidad de Zapatero ha sumido en el caos. Los acontecimientos le están poniendo el Poder en las manos, pero él parece empeñado en rechazarlo. Se entiende la perplejidad y el desconcierto que estos días embarga a militantes y votantes del PP. Es la sempiterna desgracia de España con sus clases dirigentes, un lamento tantas veces expresado por los Baroja, Ortega y otros.

"En realidad, Mariano no se atreve a romper con Aznar"

En realidad, Mariano no solo no se atreve a romper con Aznar, sino que se ve obligado a acudir a eventos como el aquelarre que, ad maiorem gloriam suam, el ex presidente montó el jueves en Sevilla para festejar los 20 años de la primera Ejecutiva “del PP de Aznar” (sic). Al pie de la Torre del Oro, el gallego compuso otra pobre estampa al asegurar ante la prensa que Bárcenas se va pero se queda, o no se marcha del todo, en fin, habrá que ver, el grupo parlamentario sabrá… En Sevilla, Aznar predicó duramente contra la corrupción, aunque él se dedica ahora a todo tipo de negocios de intermediación –la llamada “enmienda Florentino”, el último- con toda gran empresa española que se deje, poniendo en un brete constante al propio Rajoy, porque la tarjeta de visita del generalito es que “él es el PP”. Curioso, cuando no deslumbrante, el simbolismo de ese festejo sevillano al que se negó a acudir, cargado de razón, Rodrigo Rato. La ecuación es sencilla: Aznar hizo el PP y Aznar lo deshizo. Se cierra el ciclo. Su responsabilidad a la hora de cercenar las posibilidades de la derecha democrática para gobernar durante los años necesarios para haber acometido la definitiva modernización del país, ha sido y es enorme, y esa derecha democrática no volverá a ser la misma mientras no sea capaz de sacudirse el espantajo de un personaje que ha terminado por convertirse en una caricatura de sí mismo.

El mismo día que se abría el sumario Gürtel, el Parlamento de la nación aprobaba en silencio la ya citada “enmienda Florentino” o la otra cara de una misma moneda llamada corrupción, pero esta al por mayor. Ya conocen la génesis del escándalo: a partir de 2004, en la borrachera de dinero abundante y barato, tres grandes constructoras amigas del Gobierno ZP entraron de la mano del ministro Sebastián en otras tantas empresas energéticas. Una de ellas, Acciona, pudo escapar de la aventura con grandes plusvalías, pero otras dos quedaron atrapadas tras haber invertido grandes sumas que deben a los bancos y que hoy registran importantes minusvalías. Para arreglar ese entuerto, el señor Zapatero ha puesto el Grupo Parlamentario socialista al servicio de Florentino Pérez, presidente de ACS, y de sus accionistas, los hermanos March y los primos Albertos, en orden a modificar una ley que permita a Pérez –y de paso a Luis Del Rivero, presidente de Sacyr, con Juan Abelló como gran accionista- hacerse con el control de Iberdrola y Repsol, respectivamente, y sacar tajada. Para hacerlo posible era preciso acabar con las cláusulas societarias que en ambas empresas limitan los derechos de voto al 10% del capital, con independencia del porcentaje que se posea.

La “enmienda Florentino” o la otra cara de la misma moneda

Y un cambio legislativo en principio lleno de lógica, que hubiera sido necesario abordar con luz y taquígrafos en tanto en cuanto, además, afecta a varias leyes de enjundia, se ha convertido en una operación de alcantarilla directamente pactada, con nocturnidad y alevosía, por el propio Zapatero con Pérez. Tras una serie de aplazamientos motivados por la dificultad de alcanzar la mayoría necesaria, CiU terminó por dar su apoyo al PSOE –nuevo pacto entre ZP y Durán i Lleida- a cambio de aplazar un año la entrada en vigor de la medida y reducirla a las sociedades cotizadas. Pero el propio jueves, y en plena discusión de la enmienda, los socialistas intentaron cargarse ese año de prórroga que, por cierto, no le viene nada bien a una ACS que en marzo de 2011, antes de que entre en vigor la nueva normativa, tendrá que renegociar el contrato de derivados por el 4,88% de Iberdrola aparcado ahora en Natixis. ¿Legislación con nombre y apellido? Más que eso: el presidente del Gobierno cuidando de las fortunas de algunos de los millonarios más notorios de este país. “El asunto March ha sido el más escandaloso que ha habido en el mundo, porque, durante once años, el señor March ha tenido a su disposición a los ex-presidentes del Consejo y a los Ministros, y ha mandado en España destituyendo Gobiernos a su antojo”. Frase pronunciada en las Cortes por Francisco De Asís Cambó, ministro de Fomento y Hacienda entre 1918/1922, con Maura como presidente del Consejo.

"Rajoy, torpe hasta decir basta, aparentemente empeñado en seguir instalado durante muchos años de su cómodo estatus de Ministro de la Oposición."

Dicen que los herederos de la dinastía March no están muy contentos con el resultado final de este lance, porque su gestor en ACS les había asegurado que la operación estaba políticamente “mucho más trabada”, y la misma queja exhibe el propio ZP. Ni el PP (fallida mediación de Aznar), ni el PNV, ni IU han apoyado la enmienda. Pelillos a la mar: el reinado de Sánchez Galán en Iberdrola tiene fecha de caducidad, y gracias a CiU el 12% del ACS en la eléctrica ha sido puesto en valor. El gran constructor del Reino ha entrado ya en contacto con un par de multinacionales de la electricidad para darle el pase a su paquete. Gran pelotazo a la vista. Operación Enel corregida y aumentada. Iberdrola vale en Bolsa casi 34.000 millones, cifra que deja los 29 de los Correa and friends en una simple propina. Y todo ello en medio del silencio espeso de unos medios de comunicación que tanta tinta han hecho correr en el caso Gürtel: unos porque hay que defender a Zapatero, la izquierda, y otros porque Floro es amigo rumboso, que además invita al palco del Real Madrid (como se vio anoche), la derecha.

Tal es la influencia de este nuevo March en pequeño que el propio martes, negro día con negras secuelas, el propio Florentino fue el encargado de pronunciar la laudatio en nombre de la amplia representación empresarial que asistió al festejo que el propio Zapatero organizó en honor del coche eléctrico, esa cosa que nos va a sacar de pobres a los españoles, a pesar de que allí estaban Galán (Iberdrola), Brufau (Repsol) y Prado (Endesa). ¡El ladrillo predicando el fin del motor de combustión! Es la claudicación del Ejecutivo ante “los lobbys poderosos que han convertido a los Presupuestos Generales del Estado en una máquina de entregar dinero a su servicio”, como ayer escribía Carlos Sánchez (“Leed mis labios: Menos ladrillos y más ordenadores”) en este diario. Pena y desventura, en suma, de una España crispada como nunca, desalentada hasta el abatimiento, incapaz de ver la línea del horizonte entre un presidente del Gobierno que, con el aparato del Estado a su servicio, parece empeñado en acabar con la posibilidad de la alternancia por la vía de fumigarse a la oposición, y un Rajoy torpe hasta decir basta, aparentemente empeñado en seguir instalado durante muchos años de su cómodo estatus de Ministro de la Oposición. ¡Bello panorama!


El Confidencial - Opinión

domingo, 11 de abril de 2010

El Omeprazol. Por Alfonso Ussía

Mariano Rajoy, al que mucho en lo personal respeto, no parece animado a ganar en las próximas elecciones. No quiere.

Se ha empeñado en reducir sus posibilidades. Lo malo es que somos muchos los millones de españoles que dependemos de la bondad natural de Rajoy. Sólo un triunfo holgado del Partido Popular puede terminar con la pesadilla de sabernos gobernados por un especimen inclasificable como Zapatero. Pero Mariano Rajoy no se enfrenta a su mal. Se limita a engañar las molestias con medidas pasajeras. Es como el Omeprazol, un fármaco formidable que alivia y elimina los dolores esofágicos pero no sana la enfermedad. Lo de Bárcenas no tiene sentido. Que el tesorero imputado en el «caso Gürtel» pida la baja del Partido Popular, le sea concedida y conserve el escaño de senador manteniéndose en el Grupo Popular es de coña marinera. A estas alturas, Bárcenas habría de llevar más de un año fuera del Partido Popular y sin escaño, que rima. Mientras no se demuestre lo contrario, Bárcenas es inocente. Pero en un partido político que asegura combatir la corrupción, esas presunciones no sirven para nada. Las imputaciones que pesan sobre Bárcenas son de una gravedad alarmante. Tendría que haberse ido voluntariamente, pero nadie le animó a hacerlo. La solución del problema ha sido tardía y ridícula. Se ha renunciado a la cirugía a cambio de una pastilla de Omeprazol. Ya pasará el escándalo. Y los socialistas, frotándose las manos con entusiasmo y razón.

Bárcenas no puede conservar el escaño fuera del Partido Popular, ni seguir perteneciendo a su grupo parlamentario si ya no forma parte del Partido Popular. De demostrarse su inocencia en el futuro, Bárcenas puede ser objeto de toda suerte de homenajes y reivindicaciones, pero la sola imputación de haber cometido un delito de corrupción es motivo suficiente y sobrado para ser dado de baja, no a petición suya, del Partido Popular, exigiéndole su buena voluntad para dejar libre el escaño senatorial. Pero Rajoy lleva un año huyendo de su enfermedad, la pusilaminosis, y ha preferido eliminar sus dolores con pastillas de Omeprazol. ¿Bárcenas imputado? Bárcenas a la calle. El PSOE está podrido de casos de corrupción, pero tiene una ventaja sobre el Partido Popular. No le importa y, menos aún, a sus votantes. No se puede hacer una oposición ejemplar adoptando medidas humillantes. Sucede con los políticos. No piensan que sus malas decisiones afectan a la vida y el futuro de millones de personas, que están por encima de amistades, gratitudes personales, componendas o debilidades anímicas. Bárcenas se ha convertido en un grave problema para el porvenir de un amplio sector de nuestra sociedad por su culpa y la de Rajoy, que no ha sabido atacar la enfermedad a tiempo aliviado momentáneamente con la pastilla de Omeprazol.

Así no se gana la confianza de los electores. Los socialistas no necesitan pedir perdón a la sociedad, porque no entra en su código moral. Rajoy sí. Rajoy está obligado, por su propia formación personal, a olvidarse del Omeprazol, cortar simbólicamente las cabezas de los imputados en un caso de corrupción, y pedir perdón por su lentitud pusilánime. Siempre que quiera ganar las elecciones que tiene ganadas. Siempre que quiera, claro.


La Razón - Opinión

viernes, 9 de abril de 2010

Del compromiso ético de Rajoy y esos sucios sepulcros blanqueados. Por Federico Quevedo

Creo sinceramente que en nuestra respuesta política a este asunto hemos marcado un nivel de exigencia y de responsabilidad sin parangón en la vida pública española. Todos los ciudadanos, pero especialmente aquellos que nos han dado su confianza pueden tener la tranquilidad de que, como Presidente del Partido Popular, no voy a consentir en modo alguno conductas que puedan avergonzar a ningún votante de nuestro partido, independientemente de que estas sean o no sancionables desde el punto de vista penal”.“ Son palabras de Mariano Rajoy, dichas el pasado mes de octubre a cuenta del caso Gürtel, pero igual de válidas seis meses después cuando esta trama de corrupción político-empresarial vuelve a estar de moda -si es que alguna vez ha dejado de estarlo-.

¿Cual ha sido esa respuesta? Es fácil hacer un recuento: Bárcenas dejó el cargo de Tesorero; Gerardo Galeote -al que ahora parece que la Fiscalía absuelve de toda culpa- renunció a su candidatura europea; Alberto López Viejo, Benjamín Martín Vasco y Alfonso Bosch, abandonaron sus cargos en la Comunidad de Madrid, el primero como consejero y diputado, los otros dos abandonaron el Grupo Popular, y los tres fueron suspendidos de militancia; Arturo González Panero, Ginés López Rodríguez y Jesús Sepúlveda abandonaros sus respectivas alcaldías y fueron suspendidos de militancia; Tomás Martín Morales y Guillermo Ortega dejaron sus cargos de vicepresidente de la empresa de suelo de Boadilla el primero y del mercado de Puerta de Toledo el segundo, siendo ambos suspendidos de militancia; José Galeote fue suspendido de militancia y Carlos Clemente solicitó la baja voluntaria.


Todos ellos están imputados en el caso, y sobre todos ellos ha actuado el PP, y en comparación con como se ha actuado otras veces en casos parecidos, hay que decir que se ha hecho con la suficiente contundencia. Respecto al caso de Valencia, y a pesar de las nuevas revelaciones sobre regalitos de ‘El Bigotes’, la realidad es que las causas sobre Francisco Camps, Ricardo Costa, Rafael Betoret y Víctor Campos han sido archivadas. Sin embargo, en este extracto de la declaración de Rajoy que he citado al principio el presidente del PP afirma textualmente: “No voy a consentir en modo alguno conductas que puedan avergonzar a ningún votante de nuestro partido”, y esa, y solo esa, es la razón por la que Ricardo Costa fue cesado de sus cargos en el partido y en el Grupo Parlamentario de Valencia, y suspendido durante un año de militancia.

Y, sin embargo, tanto ayer como hoy -y probablemente los próximos días aunque tengo la impresión de que este globo se desinfla más rápido de lo que pensaba-, algunos medios y distinguidos periodistas de esos que van por la vida dando lecciones, y que ahora crucifican al amanecer de una linotipia a los mismos que hace poco lisonjeaban para obtener de ellos beneficios suculentos en forma de títulos nobiliarios consortes y piscinas de tronío, esos, digo, le exigen ahora a Mariano Rajoy que se moje basándose para ello en los informes policiales que suponen el grueso del sumario desclasificado el martes.

Ayer, en un acertadísimo artículo publicado en este periódico -como todos los que publica, por otra parte-, mi querido J. A. Zarzalejos le pedía a Rajoy que actuara y que tomara medidas, medidas que pasaban, si no recuerdo mal, por la suspensión de militancia de los implicados -ya está-, la exigencia de su escaño -se les ha echado del Grupo Parlamentario, pero recuerdo que en España el escaño pertenece a la persona, no al partido, luego no se puede ir más allá-, auditoría interna y quiero recordar que, en efecto, esa ya se encargó hace unos meses, y un discurso catárquico y sin medias tintas, y ese discurso es el que hizo Rajoy en octubre pasado, que es tan válido hoy como entonces porque estamos hablando exactamente de lo mismo.

Es más, a Rajoy hay que reconocerle que en su momento pusiera punto y final a la relación del PP con esta pandilla de corruptos que crecieron a la sombra del poder que iba adquiriendo el partido que refundó Aznar en 1989 en Sevilla, y esto lo escribo a sabiendas de que hoy el propio Aznar -que es el único que todavía no ha dado explicaciones sobre la presencia de Correa en la boda de su hija- ha concentrado en la capital hispalense a su vieja guardia de corps.

Rajoy ha actuado, y lo ha hecho yendo más allá de lo que hasta ahora había ido ningún otro partido político -el PSOE, desde luego, no tiene ni media torta para ir por ahí dando lecciones de ética-. Se puede debatir sobre si eso es suficiente o no, y les remito al artículo que escribí este mismo fin de semana sobre el grave problema de corrupción generalizada que vive este país y las soluciones que hay que darle -ver Dos Palabras del fin de semana-, pero el hecho es que nadie, ni siquiera quienes ahora pretenden aprovechar este nuevo resurgir del Gürtel para atacar a Rajoy exigiéndole un comportamiento que ellos desprecian en el fondo, pueden reprochar al líder del PP una actitud ‘pasota’, porque es rotundamente injusto hacerlo y más viniendo de quienes tienen muchos motivos para esconder sus acciones y ocultar sus espurios intereses.

El papel de la prensa

En este país, en el que hay una inmensa mayoría de cargos públicos electos honrados y honestos y con un comportamiento intachable, sin embargo unos pocos han conseguido poner en tela de juicio a toda una profesión honesta y necesaria, y en la extensión de ese descrédito ha tenido un papel muy importante cierta prensa que lejos de comportarse desde un planteamiento ético, lo ha hecho desde la misma corrupción que decía combatir.

¿Porqué ocultamos los periodistas que toda esa parte del sumario que ahora exhibimos al gran público como si se tratara del descubrimiento del siglo en lo que a corrupción se refiere, no son más que informes, uno detrás de otro, elaborados todos ellos por un departamento de la Policía, la Unidad de Delitos Económicos y Fiscales, UDEF, dependiente directamente del ministro Rubalcaba, a través de José Luis Oliveras? Esa unidad fue la encargada de elaborar otra serie de informes policiales contra el PP en Canarias -caso Soria-, Murcia -caso Totana-, Valencia -caso Gürtel- y varios ayuntamientos de Andalucía, todos ellos desestimados por la Justicia, como lo ha sido el famoso caso de Olleros de Alba en Castilla y León, que El País contó hasta tres veces como gran exclusiva, y que ni siquiera ha sido tomado en consideración por los jueces.

Miren, ninguno de los comportamientos de las personas que se han viso implicadas en este caso puede justificarse, aunque seguramente al final de todo nos terminemos llevando más de una sorpresa y habremos acabado con la carrera política de más de un inocente, pero en ningún caso se le puede exigir a un solo partido político que asuma unilateralmente la responsabilidad de un problema que afecta a toda la clase política sin excepción. Rajoy ha hecho lo que tenía que hacer, ha ido más lejos que el resto de los dirigentes políticos de este país, y ahora le toca a toda la clase política hacer examen de conciencia, y a la periodística agachar la cabeza y tomarse en serio su papel de vigilantes del sistema y no de conductores del mismo, porque para eso hay que presentarse a las elecciones.


El Confidencial - Opinión

lunes, 1 de marzo de 2010

El cristal de la política. Por Agapito Maestre

La oposición de Rajoy no ilusiona. Tampoco lo pretende. A él sólo le cabe, dicen sus exegetas, esperar. Saber esperar es lo único que le importa. Rajoy es un "hombre de espera". Escucha, piensa y toma nota. ¿A qué conduciría otra cosa?

La casta política tiene bloqueado el sistema democrático. La desafección ciudadana es el auténtico fenómeno democrático de España. Y, sin embargo, las elites intelectuales que podrían hacer algo por descongestionar el sistema, por ejemplo, llevar a cabo una crítica más seria y contundente de lo existente, prefieren esconderse en lo privado. El pueblo vuelve a ser otra vez superior a sus cobardes "elites". Éstas han optado por colaborar ideológicamente a ocultar lo obvio: es menester reformar la Constitución para salir de la crisis. Con 17 "Estados" es imposible superar la recesión. Es menester repetir esta idea para saber que detrás de la crisis económica y financiera, hay una crisis más grave: la crisis nacional. De España.

Pero el personal "ilustrado", el demócrata de boquilla, por desgracia, no quiere enterarse de qué cosa oculta la casta política. Prefieren cerrar los ojos ante la irresponsabilidad organizada por los dos grandes partidos. No quieren reconocer que socialistas y populares han contribuido a destruir la nación y, por supuesto, están desmantelando el Estado. En esa circunstancia, bajo el arco en ruina como diría Ortega, nadie puede sorprenderse del desánimo general que cunde en la sociedad civil más desarrollada de este país.

Menos mal que el espíritu del tiempo, de estos desgraciados tiempos antidemocráticos, no ha arruinado todavía la capacidad de oposición de algunos sectores de la sociedad; así, cabe recordar que la verdadera política ha traspasado, en España, los ámbitos de los parlamentos y partidos políticos para instalarse, por un lado, en la movilización ciudadana contra determinadas leyes socialistas que deslegitiman la Constitución, y, por otro lado, algunos medios de comunicación un día sí y otro también están poniendo en evidencia que las formas institucionales existentes son inviables, o peor, están muertas para configurar una voluntad democrática de calidad.

El divorcio entre la casta política y la sociedad más desarrollada es cada vez más grande. El sistema democrático agoniza. Zapatero insiste en que "no dejará a nadie en la estacada" y Rajoy espera. Los estudios demoscópicos siguen expresando lo obvio: avanza el PP y retrocede el PSOE. Los datos son incontestables. La crisis económica hace más daño al partido del Gobierno que a la oposición. Quizá Rajoy gane las próximas elecciones. Y, sin embargo, la oposición de Rajoy no ilusiona. Tampoco lo pretende. A él sólo le cabe, dicen sus exegetas, esperar. Saber esperar es lo único que le importa. Rajoy es un "hombre de espera". Escucha, piensa y toma nota. ¿A qué conduciría otra cosa? ¿Seguir los consejos de quienes le piden un "auténtico discurso" contra la crisis, con fórmulas pedagógicas sobre los sacrificios que todos tendremos que soportar no es muy recomendable para ganar votos? Para Rajoy es suficiente con repetir la cantinela: hay que reducir el déficit y reestructurar el sistema financiero.

Eso no es suficiente. Quizá sirva para ganar unas elecciones, pero ahora se trata de otra cosa más importante: es menester entusiasmar a millones de seres humanos. Es la hora de hacer política. De tener una idea clara de Estado en una nación. Algo, en fin, capaz de ilusionar a millones de seres humanos en un proyecto común. Sin ese cristal de la política es imposible alcanzar una sociedad más civilizada.


Libertad Digital - Opinión

lunes, 22 de febrero de 2010

Esperando a Rajoy. Por César Alonso de los Ríos

Mientras Antonio Basagoiti reclama un pacto entre el PP y el Gobierno, este sigue fortaleciendo sus relaciones con los nacionalismos periféricos.

En su estrategia tradicional. La que se puede traducir como coloquialmente como el ninguneo al PP. Incluso en el caso de que este siga subiendo puntos hasta poder ganar las elecciones con mayoría absoluta. O precisamente por ello.

Las encuestas no le están llevando a Rodríguez Zapatero a un cambio de posición. La pérdida de votos del PSOE que revelan aquellas, de forma invariable y de un modo creciente, sin desfallecimiento alguno, no está modificando la estrategia que viene manteniendo Zapatero desde los tiempos en los que era líder de la oposición hasta hoy. El pacto del Tinell fue la perfecta expresión de su política tanto en relación con los nacionalismos como en relación con el PP. Con los primeros por cuanto es el freno principal del nacional/ liberalismo del PP sin que su definitorio intervencionismo pueda suponer graves contradicciones con aquellos. Con los «populares» porque la soledad, a la que estaría destinado su gobierno en el caso de que pudiera acceder a él, terminaríá siendo un peligro a causa de la inestabilidad. En el caso que tenemos por delante, la victoria de Rajoy vendrá acompañada, además, por unas condiciones sociales y económicas que pondrán a prueba medidas populistas: es improbable que se haya provocado empleo, que sea tolerable el déficit, que aún queden márgenes a nuestra Deuda y que no haya estallado la conflictividad. Dicho de otra manera, los deberes que le está poniendo Zapatero a Rajoy para cuando gane las elecciones de 2012 ...o antes van a ser las menos ideales para una España confederal.

En el caso de Basagoiti quizá llegue a resultar innecesario su apoyo al PSE. Quizá para entonces la izquierda abertzale haya sido admitida como fuerza electoral.


ABC - Opinión

La riada. Por Emilio Campmany

Lo más gracioso es que, si finalmente se conciertan fuerzas suficientes capaces de desatar una riada que se lleve democráticamente a Zapatero por delante, la misma fuerza arrastrará al pobre Rajoy, que, a fin de cuentas, no ha hecho nada.

Ha nacido una estrella. Pepiño, más conocido por don José, es su nombre. Todos los medios lo destacan. Han llegado a decir que la ausencia de María Teresa Fernández de la Vega en el equipo que tiene que negociar el pacto encubre una crisis de ministros que se materializará en julio. Y sin embargo, nadie parece darse cuenta de la paradoja que encierra el que sea José Blanco el que lleve el peso de una negociación donde lo que se supone que se van a acordar son medidas económicas. Puede que don José sea un egregio economista, pero, si es así, habrá que reconocerle una gran habilidad para ocultarlo.

Si, como es lo más probable, Blanco no sabe una palabra de Economía, es que la comisión tiene otra finalidad distinta de la de cerrar un pacto económico. Rajoy ha dado con la respuesta más obvia: su objetivo es ganar tiempo. Y todo apunta a que lo más probable es que sea ese su fin. Pero entonces, ¿por qué Zapatero se puso un plazo tan corto como es el de dos meses para llegar a un acuerdo? Mejor hubiera sido no fijarse ninguno y dejar que la comisión le proporcionara tanto margen como pudiera hasta que se hiciera obvio, a los dos o a los seis meses, que no es posible alcanzar ningún pacto. Debe de haber algo más.

Es obvio que Zapatero, con sus propuestas de aumentar la edad de jubilación y los años de cotización para el cálculo de la pensión, ha dado un giro a su política. Es un golpe de timón aparentemente forzado por los malos resultados de la economía española y las presiones de los mercados. Pero es igualmente obvio que ese giro no se ha dado de corazón, por convencimiento propio, sino que ha sido impuesto por alguien con fuerza para hacerlo. Lo demuestra desde luego que el encargado de acordar las medidas que nos saquen de la crisis sea José Blanco. Y lo corrobora el que hace un par de días, en Londres, Zapatero haya desmentido su voluntad de acuerdo diciendo que no se ocupará del déficit hasta que la economía se recupere. Es comodecirle a un enfermo que se le administrará la medicina cuando esté curado. La actitud es tan grotesca que El País llega a acusarle este domingo de "estar cada vez más empeñado en acreditar la caricatura simplista que sus enemigos han hecho de él".

Así que Zapatero quiere aparentar que se esfuerza en atacar la crisis con medidas canónicas, pero es evidente que no tiene intención real de hacerlo. ¿A quién está tratando de engañar esta vez? ¿A los mercados? La tramoya ha tenido que ser montada para engatusar a alguien más corpóreo que las bolsas. Pero la cuestión no es tanto saber quiénes son los que le están forzando la mano, como conocer qué ocurrirá cuando hayan transcurrido esos dos meses y nada de sustancia se haya pactado. Lo más probable es que no ocurra nada. Y no sólo es lo más probable, sino también lo más deseable. Veremos. Lo más gracioso es que, si finalmente se conciertan fuerzas suficientes capaces de desatar una riada que se lleve democráticamente a Zapatero por delante, la misma fuerza arrastrará al pobre Rajoy, que, a fin de cuentas, no ha hecho nada. Ni siquiera sabrá que precisamente ese habrá sido su pecado, no hacer nada.


Libertad Digital - Opinión

Las incómodas verdades de Zapatero y Rajoy. Por Antonio Casado

“No le pido a Rajoy que ayude al Gobierno. Le pido que ayude al país a salir de la crisis. Se lo pido y se lo ofrezco”. Palabras del presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, en su multitudinario mitin de ayer en Málaga. Forman parte del guión elaborado en Moncloa para persuadir a la ciudadanía de que el PP no quiere concertar una salida conjunta del agujero.

Veinticuatro horas antes, en Santander, el líder del principal partido de la oposición y aspirante a la Moncloa, Mariano Rajoy, claveteaba el argumento central del reciente cruce parlamentario con Zapatero: “No negamos el apoyo al Gobierno, si rectifica, como hicimos con la política antiterrorista. Si no hay rectificación, no podemos hacernos responsables”. Estas palabras forman parte del guión elaborado en Génova para persuadir a la opinión pública de que con este amontonamiento de palabras, anuncios, planes y creación de comisiones, el Gobierno quiere camuflar el incumplimiento de su obligación de gobernar y tomar decisiones.


Incluso en la soflama propia de los actos de reafirmación partidista, normalmente reñida con el razonamiento de una posición, se puede rastrear el plan de vuelo de un líder político. En la convención de los populares cántabros, Rajoy remató su discurso con esta coletilla: “No tengo la impresión de que Zapatero vaya a rectificar porque en realidad no sabe lo que quiere”. Craso error, don Mariano. Lo sabe perfectamente. Con esta quimera del pacto, de muy reciente factura, quiere aislar al PP en un frente político contra la crisis económica.

También Mariano Rajoy sabe lo que quiere cuando pregona su pesimismo sobre un eventual plan anticrisis pactado con el Gobierno. Y lo que quiere es marcar distancias para que la crisis económica le siga haciendo el trabajo. Las encuestas le confirman la rentabilidad de esa estrategia. Si apareciese ahora remando junto al PSOE, el PP perdería ese discurso y, según su análisis, esa alta rentabilidad en los sondeos electorales.

El que no corre, vuela. Farsantes unos y otros, si pretenden convencernos de que sus altas miras transcienden a la mera caza del voto. Quedan para verse el jueves, como dos vecinos que viven pared con pared, pero aprovechan las vísperas para incendiarse la casa. A Rajoy le pierde la codicia (Blanco dixit) y lo de la comisión es una pachanga (González Pons). Hay que ver las lindezas que se están dedicando tres días antes de la cita en el palacete de Zurbano.

Cuando Rajoy dice que “el presidente del Gobierno no quiere pactar sino ganar tiempo”, tiene razón. Hasta las piedras saben que Zapatero gobierna en coalición con el calendario. Es una verdad incómoda para él, pero esa es su gran apuesta política: que la recuperación económica se adelante lo suficiente a la fecha de las elecciones.

No menos incómoda que la verdad adosada al discurso de Rajoy, igualmente cautivo del calendario aunque por la razón contraria. Si la fecha electoral se adelanta a la recuperación tendrá la Moncloa al alcance de la mano. Su apuesta, por tanto, no puede ser la de los brotes verdes sino la de la recaída, las dos tesis manejadas ahora por los analistas sobre el futuro de la economía nacional.


El Confidencial - Opinión

sábado, 20 de febrero de 2010

¿Dónde está Pizarro?. Por Maite Nolla

El problema de Pizarro no es que pasados los años se haya demostrado que Solbes mintió como un pirata, sino que en su propio partido no le defendieron en su momento y hasta llegaron a culparle de lo que pasó en aquel debate.

Lo peor del debate del pasado miércoles y de sus comisiones derivadas no es que sean una estafa monumental, sino que demuestran que el Gobierno no tiene ninguna solución real que al menos valga para este ratito, que dice el maestro Quique. Al final, de la comisión que tiene que salvar a España de su propio Gobierno, sólo queda que el futuro de Corbacho está en el aire, como si eso le importara a alguien, y que Miguel Sebastián no sólo se lava las manos con la cuestión de las multas, sino que, como su jefe, lo justifica.

Supongo que el debate del miércoles debió ser algo así como una sesión conjunta de senadores y diputados, hecho que explicaría la presencia de Leire Pajín y de Alicia Sánchez-Camacho entre los bancos del hemiciclo, presencia determinante para solucionar los problemas de España. Muy significativo de lo que es el PSOE y de lo que es el PP, sobre todo si tenemos en cuenta que en plena crisis económica y política falte en las gradas Manuel Pizarro.


Entiendo que es una cuestión de gustos, como en el toreo, la música, el fútbol o los artículos de opinión. A mí que el PP haya dejado ir, provocado la marcha o ninguneado a Manuel Pizarro, no me parece un lujo, como dicen los futboleros, ni una frivolidad; me parece una idiotez de las que sólo se explican en política. Un tipo que para defenderse del atropello económico, jurídico, político e incluso personal que supuso lo de Endesa, blandió la Constitución Española –lo de Endesa es medio Estatut, alguien dixit–, sería hoy, creo yo, bastante más útil al PP que su propio líder.

El problema de Pizarro no es que pasados los años se haya demostrado que Solbes mintió como un pirata, sino que en su propio partido no le defendieron en su momento y hasta llegaron a culparle de lo que pasó en aquel debate. A lo más que se ha llegado estos días es a dedicarle algún artículo de agradecimiento por los servicios prestados y a otra cosa, mariposa, o a alguna reflexión sobre lo ingrata que es la política para los que no son profesionales. Desde luego, lo de Pizarro es un aviso para todos aquellos que estén pensando en dedicarse a la política: quedaros dónde estáis. Yo no tengo nada contra Nacho Uriarte, que seguro que es una persona estupenda, pero, amigos míos, España tiene un grave problema si en la política tiene más futuro el presidente de Nuevas Generaciones que el presidente de Endesa.

Y lo malo no es que Rajoy pase por completo de Pizarro o de otros y otras; al fin y al cabo, él está bien y a gusto con sus jorges y demás. Lo malo es que en el PP no se tiren de los pelos de cómo está su propio partido. Igual lo dicen en pequeños círculos, que es tanto como decir que nadie se atreve a mover un dedo hasta que pase la próxima confección de listas. Volviendo al maestro Quique, no se preocupen, no llegará la sangre al río.


Libertad Digital - Opinión

jueves, 18 de febrero de 2010

Truenos y mociones. Por M. Martín Ferrand

TONANTE, el que truena, era un adjetivo reservado a Júpiter, el dios encargado de las leyes y del orden social en la antigua Roma. Desde ayer, y con propiedad, también podemos hablar de un tonante Mariano Rajoy. Espoleado por el ambiente, crecido en su propia responsabilidad como alternativa y, seguramente, harto ya de la palabrería inane con la que suele disparar José Luis Rodríguez Zapatero, el líder del PP lanzó al aire un discurso fundamentalmente político en lugar de la letanía, por mitades moral y tecnocrática, con la que venía calentando el escaño en lo que llevamos de legislatura. No es mucho, pero es una condición sine qua non para poner en valor un liderazgo y una potencialidad de gobierno.

Zapatero, más mañoso que profundo, se ha fabricado un nuevo burladero tras el que esconderse de las embestidas de la realidad social y económica, el pacto. Confía en el pacto, que es tanto como esperar que los demás, sus adversarios, abdiquen de lo que son y compartan el gasto de la situación. El líder socialista tiene despierto el instinto de su propia conservación política y, más cercano al sable que al florete, le atizó un mandoble a Rajoy de difícil parada e imposible devolución. Le invitó a presentar una moción de censura que es, con propiedad, lo que le conviene al caso de un presidente desnortado, a la deriva, y una alternativa que dice tener, aunque no cuente con los votos para su respaldo, la solución al problema que a todos nos aflige.

Como suele suceder, ni los sonoros truenos de Rajoy ni las mañas de Zapatero redimirán nuestras penas. Ya tenemos una nueva comisión, con Elena Salgado de mascarón de proa, para estudiar el intríngulis de nuestros males y buscar, junto con la oposición, bálsamos para los muchos alifafes de nuestra economía. Curiosamente, cuando el paro que nos aflige es la más grave y trascendental consecuencia de la situación, esa comisión diseñada por el presidente y en la que se incluyen un eficaz José Blanco y un etéreo Miguel Sebastián no cuenta con Celestino Corbacho, el ministro fantasma. En el fondo late la resistencia socialista a modificar el marco laboral y reducir el gasto público y el despilfarro de las administraciones. En eso, el PP podría poner en evidencia al PSOE, ya que son sus mejores testimonios de poder, Valencia y Madrid, los más endeudados y gastosos de todos los territorios de la España prefederal.


ABC - Opinión

Zapatero no sirve, Rajoy tampoco. Por Juan Ramón Rallo

Si en 2009 tuvimos un déficit de 110.000 millones de euros y Rajoy se opone a subir impuestos, ¿adónde vamos con un recorte del gasto de 10.000 millones? Ya se lo digo yo: a ninguna parte.

Zapatero miente. Bien, punto para Rajoy. Zapatero es una catástrofe. Bien, dos a cero. Zapatero le genera desconfianza a todo el mundo. Otro acierto. Zapatero carece de capacidad para atajar la crisis. Muy correcto.

El discurso de Rajoy contra la política económica de Zapatero ha sido muy bueno a la hora de mostrar las contradicciones del presidente del Gobierno, el vacío que recorre la inmensa mayoría de sus propuestas y su poca voluntad para sacar adelante las pocas que en verdad están bien orientadas.


Sin embargo, al menos a mí, eso no me basta. Rajoy se postula como recambio de Zapatero, algo que cada vez más españoles van viendo como imprescindible, pese a que una mayoría de esos mismos españoles –en concreto, más de 11 millones– le dieron su respaldo hace menos de dos años.

El recambio ha de ser no sólo en las personas y en su credibilidad frente a los mercados, sino también en las políticas aplicadas. Me parece que Zapatero no es consciente –o no quiere serlo– de la situación en la que se encuentra España, pero me temo que Rajoy tampoco.

Nuestro país –nuestras familias, nuestras empresas y nuestras administraciones públicas– lleva años viviendo muy por encima de sus posibilidades. Nos hemos aficionado al endeudamiento, a gastar más de lo que ingresamos, a divertirnos con el descocado despilfarro y a aburrirnos con el taciturno ahorro. Hemos sido cigarra durante demasiado tiempo y ahora vamos pidiéndoles ayuda a unas hormigas que nos cierran la puerta.

Ha llegado el momento de pretarse el cinturón, de cuadrar las cuentas, de restringir los gastos más prescindibles, de incrementar de manera sustancial el ahorro y de empezar a amortizar todas nuestras deudas pasadas, las públicas y las privadas.

Familias y empresas ya han comenzado a transitar por este camino, pero la administración sigue desmelenada dilapidando nuestro dinero presente y futuro. A los políticos les gusta gastar el dinero de otros y en tiempos de crisis el de los contribuyentes actuales se les queda corto. Esto es lo que ha de cambiar lo antes posible; no queda más remedio que regresar a la frugalidad y la manera más rápida y conveniente de hacerlo es a través del adelgazamiento del Estado.

El PSOE sigue en su absurda estrategia de culpar al liberalismo de la crisis, cuando ésta ha surgido en el sector económico más hiperregulado y controlado de todos: el financiero. A menos que Bruselas se mantenga firme, continuarán aprovechando la coyuntura para incrementar el poder y el tamaño del Estado, aun con pequeños maquillajes. ZP promete disminuir el gasto público en 50.000 millones en los tres próximos años, pero empieza por lo insignificante: este año sólo aspira a recortarlo en 5.000. ¿Alguien se cree que en dos años lo minorará en 45.000?

Rajoy ha subido a la tribuna protestando contra el despilfarro, lo cual está muy bien. Pero ha hecho dos peticiones concretas a Zapatero algo incompatibles: que no suba los impuestos y que baje este año el gasto público en... 10.000 millones, algo que puede lograrse simplemente con no repetir el Plan E.

¿Cómo lo diría? No soy en absoluto partidario de subir impuestos, y por eso mismo tampoco lo soy de subirlos por la puerta trasera, esto es, emitiendo deuda. Lo prioritario ahora mismo es acabar con el déficit y para ello sólo hay dos vías: o más impuestos o menos gasto. La primera es infinitamente peor que la segunda, pero es mejor que continuar cebando la deuda. Si en 2009 tuvimos un déficit de 110.000 millones de euros y Rajoy se opone a subir impuestos, ¿adónde vamos con un recorte del gasto de 10.000 millones? Ya se lo digo yo: a ninguna parte.

Es hora de desmantelar el Estado central y el autonómico, de devolver a los individuos las competencias que nunca deberían haber perdido, de convertir a los presupuestos en documentos anoréxicos, de privatizar todas las empresas públicas que inexplicablemente sigan existiendo y, sí, una vez el déficit desaparezca, de bajar impuestos.

Pero ni Zapatero ni Rajoy quieren cambiar el insostenible modelo económico de España. Por eso se pelean en las formas aunque los dos estén diciendo esencialmente lo mismo; por eso el PP ha apoyado todas las propuestas económicas importantes que ha planteado este Gobierno; por eso si hoy no pactan es por puros cálculos electorales y no por desavenencias de programa; por eso desde fuera nos miran con desconfianza. Es de risa que ante un océano de gasto, Zapatero quiera drenar unas gotitas y Rajoy unos vasitos.

Zapatero tiene que largarse, sí, ¿pero para poner a quién?


Libertad Ligital

Enmienda a la totalidad. Por Ignacio Camacho

NI pactos de Estado, ni cabildeos de salón, ni enredos de alcoba. A Rajoy es menester agradecerle su sinceridad de negarse a los paripés y poner las cartas boca arriba. Su enmienda a la totalidad lo aboca al vértigo solitario y sin red de una apuesta a todo o nada, pero al menos tiene el mérito de dejar caer las caretas y abandonar el disimulo. En circunstancias como las actuales, ganar tiempo es la manera más deshonesta de hacérselo perder a los demás. Zapatero ya no tiene nada que ofrecer; se le han acabado las ideas, los argumentos y hasta las excusas, y al reprochárselo de manera tajante y desabrida el jefe de la oposición ha dicho lo que piensan muchos millones de españoles. Él corre con el riesgo de que sean menos de los que necesita o calcula.

El presidente ni siquiera lució a la altura dialéctica que suele cuando se faja. Agotados sus célebres trucos de ilusionismo político, se limitó a adormecer las críticas con una letanía de vaguedades favorecida por el formato lánguido del debate. Se mostró inmune a la autocrítica y persistió en sus recetas indoloras -ni ajuste ni sacrificio- prometiendo para pasado mañana la recuperación de una crisis que estuvo negando hasta anteayer. No anunció nada, no concretó nada, no definió nada: sólo acuerdos genéricos que apenas se molestó en precisar. Fue una versión espesa de sí mismo; era el Zapatero autocomplaciente, vaporoso e irreal de siempre en los conceptos, pero no el Zapatero ágil, resuelto y brillante en las formas. Trataba de jugar a estadista moderado para ahorrarse palos, y lo logró a medias porque en la víspera había sedado a CiU con el cloroformo del pacto. Pero con cuatro millones de parados, once puntos de déficit, un tejido social devastado y una crisis de confianza financiera internacional, el tipo no encontró mejor medida que... ¡una comisión! para seguir hablando de la nada. Olé tus c..., Romanones.

Rajoy hubiese embestido igual ante otro discurso porque había decidido plantear un órdago sin matices, pero encontró a su rival tal como lo deseaba; impermeable, estático y satisfecho. Liquidó cualquier especulación pactista y eligió descargar un vapuleo. Señaló al presidente como el primer problema e invitó a acabar con él hasta a los propios socialistas, una frase que acabó acaparando el ruido de los titulares y provocando un cruce surrealista sobre la moción de censura; Zapatero, la presunta víctima, le retó a presentarla «si tiene coraje» (traducción: «si tiene huevos»), mientras el presunto interesado la descartaba porque aunque tenga coraje, o lo otro, no le sirve sin apoyos. La alternativa apenas apareció, salvo la de esperar y quedarse al margen; áspera honestidad que prefigura otros dos años de bloqueo y desgaste en los que está por ver quién resistirá más: si un Gobierno calcinado, una oposición despechada o una ciudadanía arruinada y harta a la que nadie pregunta por su límite de aguante.


ABC - Opinión

Rajoy a Zapatero: “Déjese de comisiones y gobierne”. Por Federico Quevedo

Fue en octubre de 2008 cuando el presidente del Gobierno, haciendo gala de eso de lo que tanto ha presumido y de lo que tanto ha carecido, es decir, de talante, hizo un llamamiento al diálogo, al consenso, al acuerdo, y propuso al líder de la oposición la creación de mesas de trabajo sobre las reformas estructurales que necesita nuestro país para salir de la crisis. Y hasta hoy. No tiene palabra, nunca la ha tenido, por eso su sola presencia genera unos niveles de desconfianza difícilmente alcanzables por cualquier otra persona.

Ayer, Mariano Rajoy fue certero, contundente, implacable: el problema se llama José Luis Rodríguez Zapatero, y mientras él sea presidente del Gobierno este país difícilmente podrá salir de la crisis grave en la que se encuentra. La solución pasa por tres escenarios que Rajoy planteó con precisión: o rectifica, o convoca elecciones, o los que le apoyan le dejan caer. Probablemente no se cumpla ninguna de las tres, pero al menos el líder de la oposición hizo lo que el guión de esta tragicomedia exige: situar el problema, ofrecer la solución y plantear la alternativa. ¿Y qué hizo Rodríguez? Como toda solución a la crisis sólo se le ha ocurrido una idea brillante: una nueva comisión. Para echarse a llorar.


Rajoy, me consta, se ha guardado buena parte del catálogo de propuestas para más adelante. Quedan, por desgracia, todavía dos años de esta legislatura, dos años de agonía y calvario en manos de un presidente que ayer demostró una vez más que sigue instalado en la trampa y la mentira por sistema, y en ese tiempo Rajoy tendrá que jugar varias veces a esta especia de tú la llevas que se ha inventado Rodríguez para evitar asumir su responsabilidad.

Para nuestra desgracia, el debate de ayer no fue el último, por más que en los días previos se quisiera plantear como la madre de todos los debates… Veremos nuevas reediciones del mismo en los próximos meses, volveremos a escuchar a Rodríguez hablar de pactos y anunciar la salida inminente de una crisis en la que la economía española se ha instalado sin atisbo de recuperación a medio plazo, independientemente de que crezcamos al 0,1 o decrezcamos al -0,3: lo importante es que no hay expectativas, es que ha cundido el pesimismo en nuestra clase empresarial y en la ciudadanía, y eso va a ser difícil de cambiar en los próximos meses. Si a eso se une la amenaza cierta de una crisis de deuda y de una crisis financiera, el panorama puede resultar desolador.

Actitud complaciente de CiU

Por eso es importante que, aún habiéndose guardado en la cartera el conjunto de su alternativa, ayer Rajoy pusiera sobre la mesa al menos las bases de lo que debe ser el fundamento de una política económica acertada para buscar la salida de la crisis y la mejora de competitividad de nuestra economía: ajuste fiscal, recuperación de la Ley General de Estabilidad Presupuestaria, no aumentar los impuestos, reforma del mercado laboral, reforma del sistema financiero y otras reformas estructurales como la educación o la energía.

Ése es el único camino para empezar a enderezar las cosas y generar confianza en los mercados y en los sectores económicos, es decir, para empezar a invertir de nuevo en nuestro sistema productivo. Pero mientras siga Rodríguez al frente del Gobierno, esa confianza no llegará nunca. De ahí la importancia del mensaje de Rajoy a quienes ahora le apoyan. Es verdad que puede sonar a canto de sirena, pero ya veremos dentro de un año, cuando el PSOE haya perdido las elecciones en Cataluña y se haya llevado un buen correctivo en las municipales y autonómicas de 2011, si ese mensaje sigue pareciendo una boutade, o empieza a tener más sentido.

El debate de ayer no era un debate para examinar a Rajoy, sino para examinar a Rodríguez, para poner frente a su responsabilidad en esta crisis, y en ese sentido el discurso de Rajoy fue impecable. Fue un discurso de censura que, sin embargo, se vio atenuado por la actitud complaciente del portavoz de CiU, Duran i Lleida, y él sabrá porqué, y tendrá que dar explicaciones a su electorado de las razones que le han llevado a servir de salvavidas de Rodríguez y de la política que ha conducido a este país a la peor crisis de toda su historia, una crisis que está acabando con algo tan apreciado en Cataluña como es ese tejido industrial de pequeñas y medianas empresas que se están viendo obligadas a cerrar asfixiadas por las deudas, los impagos y la ausencia de crédito.

Sólo hay una salida a esta situación, las elecciones generales, y aunque es verdad, como ayer dijo Rajoy, que esa prerrogativa le corresponde al presidente del Gobierno –la de convocarlas- y no da muestras de querer hacerlo, también lo es que si la sociedad, si la opinión pública se lo exige con la suficiente contundencia, puede que sea posible doblegar su voluntad y acabar y poniendo la solución de este problema en manos de los ciudadanos a través de las urnas. Lo contrario significará nuevas frustraciones como el debate de ayer y el discurso vacío y hueco de Rodríguez Zapatero.


Periodista Digital - Opinión

La nostalgia franquista de Zapatero. Por José García Domínguez

"De lo que no se puede hablar, más vale no decir nada". Suprema razón de que aprovechara su minuto de gloria en todos los telediarios para denunciar no sé qué del devengo de impuestos y tasas en las facturas de comercios al por menor y ultramarinos.

En alguna parte le he leído a Indro Montanelli que el Caudillo guardaba dos montones de carpetas sobre la mesa de su despacho en El Pardo. Según su acreditado testimonio, una de aquellas montañas de papel la integraban los asuntos que el tiempo se encargaría de resolver por sí solo. A su vez, la otra agrupaba los expedientes que, laborioso, el mismo tiempo había resuelto ya. Por lo visto, el Generalísimo se limitaba a mover las carpetas de un montón a su gemelo a medida que iban pasando los años y era informado por sus propios de la feliz solución de todos aquellos tediosos incordios patrios. E se non è vero, e ben trovato, que diría el otro.

Un sucedido, ése, llamado a corroborar que Franco, siendo muy franquista, era todavía mucho más español, sin embargo. Pues encierra la respuesta a esa incógnita nada baladí que acaba de plantear Zapatero desde la tribuna del Congreso. A saber, si la estructura y rigidez de nuestro mercado de trabajo resultan ser tan disfuncionales y hasta aberrantes ¿cómo es posible que ningún Gobierno lo haya alterado en nada sustancial a lo largo del último cuarto de siglo? Venga, átenme esa mosca por el rabo. En fin, aventajado discípulo de Napoleón, que siempre aconsejaba crear un comité si se pretendía que cualquier problema no se resolviera jamás, el presidente acaba de anunciar la preceptiva comisión que habrá de tratar, entre otros, de ese asunto.


Por su parte, Rajoy, además del Marca parece que ahora también lee a Wittgenstein. Como que se ha tomado a pecho la más célebre máxima del Tractatus: "De lo que no se puede hablar, más vale no decir nada". Suprema razón de que aprovechara su minuto de gloria en todos los telediarios para denunciar no sé qué del devengo de impuestos y tasas en las facturas de comercios al por menor y ultramarinos. Que de lo otro, tiempo habrá de hablar. He ahí, pues, la gran enmienda a la totalidad económica, ideológica, política y cultural que representa don Mariano al tedioso, rutinario y cansino ir tirando de Zapatero. Por cierto, las decenas, cientos de carpetas que debe guardar amontonadas ahora mismo en su despacho de La Moncloa. Y aún se creerá antifranquista, el pobre.

Libertad Digital - Opinión

Debate con papeles cambiados

COMO es notorio, la crisis económica no se soluciona con un debate en el Congreso de los Diputados.Sin embargo, la opinión pública ha percibido con claridad que la respuesta de José Luis Rodríguez Zapatero y de Mariano Rajoy ante el gran desafío que afecta directamente al futuro de los españoles se plantea en términos muy diferentes. El presidente del Gobierno sigue empeñado en esperar que los problemas se arreglen por sí mismos y carece de un programa coherente para afrontar una crisis que hace saltar todas las alarmas. La propuesta de crear una gran comisión negociadora es sencillamente absurda, porque todo el mundo sabe que es una forma de huir hacia delante y que sólo sirve para eludir la responsabilidad de un Ejecutivo dispuesto a ejercer como «oposición» al PP con fines puramente electoralistas. En cambio, Rajoy ofreció ayer la mejor versión de un líder dispuesto a afrontar en serio los problemas que preocupan a los ciudadanos y dejó muy claro que sólo los sectarios incorregibles pueden reprocharle la falta de propuestas concretas para suplir la incapacidad de un Gobierno superado por las circunstancias.

Rodríguez Zapatero intenta marear la perdiz cuando reprocha al PP que no se atreva a presentar una moción de censura, porque él mismo no está dispuesto a plantear a la Cámara una cuestión de confianza. El único objetivo es ganar tiempo a ver qué pasa, como si la crisis se fuera a arreglar por sí sola. Es evidente que el PSOE plantea una maniobra partidista con la propuesta de cuatro pactos formulada en términos que inducen a pensar que se trata de ganar apoyos para la Ley de Economía Sostenible, un conjunto de ocurrencias incongruentes que demuestran la falta de un plan efectivo. La contundencia de Rajoy puso de relieve la pasividad del Gobierno, que también fue objeto de críticas muy fundadas por parte de los demás grupos, incluidos sus socios para la aprobación de los presupuestos o para salir del paso en algunas escaramuzas parlamentarias. Rodríguez Zapatero debe gobernar y no buscar ventajas en una crítica permanente hacia la oposición, mediante la falacia de transferir al PP las responsabilidades que incumben en exclusiva al Gobierno. El debate de ayer puso de relieve que el proyecto político del PSOE está agotado antes de llegar a la mitad de la legislatura y, en estas condiciones, hay motivos muy serios para temer que la crisis se instale de forma permanente en la economía española.

ABC - Editorial

El calvario de Zapatero se alivió en el debate de ayer. Por Antonio Casado

Enésimo debate sobre la crisis económica. Vamos por la docena, si no me fallan las cuentas. Éste colgaba de una percha: los llamamientos al Pacto de Estado exigido por una situación de emergencia nacional. Por ahí pasaron todas las intervenciones de ayer. Sin resultados concretos, más allá de la comisión delegada de Zapatero, pero sin Zapatero, para intentar acuerdos de actuación conjunta en los dos próximos meses. O sea, que volvimos a ver al Zapatero voluntarista que parece una fábrica de anuncios.

En cuanto a Rajoy, también más de lo mismo. Agorero, pesimista y siempre negativo, nunca positivo, aunque en su primera intervención estuvo políticamente muy eficaz. Más que en la segunda. Era su gran ocasión después de haberse escenificado algo parecido al hundimiento del Gobierno por bancarrota de la economía nacional. Zapatero estaba en las últimas y todo el mundo miraba hacia el presidente del PP para saber cómo iba a reaccionar el aspirante, el líder de la oposición, el gobernante alternativo ¿Y qué propuso Rajoy? Que el Gobierno haga la política económica al dictado del PP. Y si no, que los socialistas echen a Zapatero. Insólito ¿A qué genio extraviado se le habrá ocurrido semejante chiste? Con ese tipo de propuestas, lo único que consigue Rajoy es darle oxígeno a Zapatero que, a su vez, se ha envuelto en la bandera del pacto para dejar solo a Rajoy, O al menos, para que lo parezca. Ayer vimos a un Zapatero aparentemente menos acorralado y menos a la defensiva que en los anteriores debates sobre la crisis.


¿Qué ha cambiado? Mejores datos sobre la situación económica (menos malos, por ser precisos) y la predisposición de terceros a echar una mano. Zapatero sigue estando solo frente al PP pero ya no lo está tanto ante el resto de los grupos políticos, que ayer le compraron su oferta de pacto. La puesta en circulación de iniciativas favorables a un pacto de Estado, formuladas primero por CiU y después por el mismísimo Rey de España, han aliviado el calvario de Zapatero. En cambio la posición de Rajoy se ha hecho más incómoda, a mi juicio.



El tiempo juega en contra de Rajoy



Aunque fuese con la boca pequeña, Rajoy no tuvo más remedio que manifestar su disposición a participar en la ronda de contactos convocada por los socialistas. Sin embargo, la idea del Pacto de Estado como resorte político para sacar al país del agujero ni siquiera figura entre las tres soluciones propuestas por el líder del PP. A saber: que el Gobierno rectifique su política económica, que Zapatero convoque elecciones anticipadas o que los socialistas ajusticien políticamente a Zapatero y lo sustituyan por otro, o por otra, aún sin terminar la Legislatura.



El debate de ayer fue el de mayor carga política de los celebrados hasta ahora para tratar de la crisis económica. Basta contar el número de alusiones a la moción de censura y a la convocatoria anticipada de elecciones, como herramientas constitucionales para revisar el mandato de las urnas antes de agotarse la Legislatura. La primera, a disposición de Rajoy y la segunda a disposición de Zapatero. Pero ninguno quiere utilizar su respectiva baza para desbloquear la situación. A Rajoy le faltan diputados y a Zapatero le faltan votantes.



Y ahí estamos. El tiempo empieza a jugar en contra de Rajoy y a favor de Zapatero, si tenemos en cuenta que ambos están haciendo política mirando al calendario. Éste apuesta por una recuperación de la economía previa al agotamiento de la Legislatura. Y Rajoy confía en que la fecha de las elecciones se nos eche encima antes de salir del agujero. Y es el caso que el éxito obtenido en la última emisión de deuda del Estado (15.000 millones de euros a 15 años), así como las menos malas noticias recientes en crecimiento, inversión, consumo, exportaciones, confianza empresarial y algún otro, fueron bien manejadas ayer por Zapatero para llevar el agua a su molino. Lo cual supone persuadirnos de que la recuperación está a la vuelta de la esquina, aunque admitió el pavoroso agujero negro en las cuentas públicas y, al menos por una vez, puso negro sobre blanco el reconocimiento de que el paro seguirá aumentando en los próximos meses. Esta vez no hubo camuflaje semántico para afirmar que no podrá darse por cerrada la crisis hasta que no se vuelva a crear empleo neto.


Periodista Digital - Opinión

El pacto imposible

La voluntad del Gobierno de consensuar el ajuste económico tropieza con el tremendismo del PP.

El debate de ayer en el Congreso sobre la situación de la economía confirmó, por si alguna duda había, que no hay posibilidad de un pacto político anticrisis entre el Gobierno y el Partido Popular (PP). El presidente del Gobierno anunció la creación de una comisión, encabezada por la vicepresidenta Elena Salgado, y formada por los ministros de Fomento e Industria, José Blanco y Miguel Sebastián, encargada de sondear un amplio consenso político sobre cuatro iniciativas económicas: fomentar la creación de empleo, reducción del gasto público, políticas para cambiar el patrón de crecimiento y reforma financiera. La respuesta de Mariano Rajoy no sólo fue intempestiva, puesto que condicionó cualquier pacto a que el Gobierno aplique la política económica del PP, sino que convirtió un debate económico en una llamada a sustituir al presidente.

Y fue inoportuna porque, en plena vorágine recesiva, no es juicioso proponer un cambio en la dirección económica; y lo es todavía menos sugerir que sean los propios diputados del PSOE los que descabalguen a Zapatero de la presidencia del Gobierno. Si Rajoy cree que debe gobernar, como repite con insistencia, el camino mejor es que presente una moción de censura. Su réplica ("si tuviera los votos, lo haría") es una perogrullada; desde la oposición, los votos se tienen cuando se ganan convenciendo al resto de los partidos de las virtudes del programa propio.

Mal que bien, Zapatero describió ayer lo que puede ser una política económica aceptable. Los estímulos públicos a la actividad económica se mantendrán y no se recortarán las ayudas sociales. Lo que importa es que definió correctamente las tareas prioritarias para recuperar la solvencia de las finanzas públicas: plan de austeridad, reforma financiera, reforma del mercado de trabajo y apelación a la Comisión del Pacto de Toledo para que se pronuncie sobre la reforma de las pensiones. Pero estos propósitos no están por encima de toda sospecha. Resulta poco creíble un recorte del gasto de 50.000 millones en cuatro años sin el apoyo activo de las autonomías; y la reforma financiera, largamente prometida, está congelada. También es cierto que un pacto con el PP aumentaría las probabilidades de éxito del recorte del gasto y de la reforma de las cajas. Pronto se comprobará si está dispuesto a poner "toda la carne en el asador", porque se dio plazos para cumplir con los deberes: dos meses para cerrar un pacto anticrisis y finales de junio para articular las grandes reformas. Pero si Zapatero insiste en fiarlo todo a un consenso y sigue enredándose en cuestiones de procedimiento, los mercados interpretarán que sus planes, aceptados por los inversores, son de nuevo un juego de manos sin salida.

La respuesta de Rajoy careció de tacto político y abundó en el tremendismo retórico que encandila en la bancada popular. Cuando lo que está en cuestión es la imagen de solvencia de la economía española, es un contrasentido exigir "que se deje sin efecto la subida de impuestos"; ningún Gobierno se ataría a ese compromiso, porque el esfuerzo de consolidación quizá exija nuevas subidas fiscales. El atronador discurso de Rajoy, sostenido en estribillos de poco calado ("España es un país serio, su presidente no lo es"), parece haber entendido mal la naturaleza de un pacto político contra la crisis. No se trata de que la oposición gobierne, sino de que apoye las decisiones del Gobierno (que es el que dirige la política económica) en aquellas materias que afectan a la imagen de España ante los inversores internacionales.

El debate de ayer dio una imagen confusa de la política económica que no ayuda a recuperar la confianza exterior: un Gobierno poco firme que busca apoyos políticos para la tarea del ajuste fiscal y financiero y un PP destemplado que se descalificó un poco más como opción de gobierno.


El País - Editorial

El camino del pacto es hoy el único realista

La economía española exige reformas que el Gobierno no puede abordar sin respaldo de otros partidos políticos.

POR ENÉSIMA vez, Zapatero volvió ayer a confundir sus deseos con la realidad al predecir una pronta recuperación de la economía y la creación de empleo neto antes de acabar el año. Su intervención en el Congreso fue un ejercicio de panglosianismo, apelando a algunas de las recetas que ha convertido en dogmas, como que el gasto social es intocable. No fue capaz de plantear medidas nuevas ni de demostrar que tiene un remedio eficaz contra la crisis. Por el contrario, dio la impresión de que es un conductor empeñado en llevar el vehículo en la dirección equivocada sin atender a las señales de peligro.

Rajoy estuvo certero en el diagnóstico y exigió a Zapatero que rectifique mediante seis iniciativas concretas, subrayando que si se hiciera «corresponsable» de su política, «ello sería una irresponsabilidad». El líder del PP criticó al presidente por la sucesión de planes y anuncios que ha realizado desde que comenzó la crisis, resaltando que todos ellos han fracasado estrepitosamente.


Rajoy concluyó su discurso planteando la disyuntiva de la disolución de las Cámaras para celebrar unas elecciones anticipadas o la destitución de Zapatero por su propio grupo parlamentario. Ninguna de las dos opciones es realista porque ni el presidente tiene interés alguno en ese adelanto ni los diputados socialistas van a hacer el trabajo al PP.

Descartadas esas dos hipótesis y teniendo en cuenta que Zapatero difícilmente va a rectificar si no hay una motivación externa que le obligue a variar el rumbo, sólo resta la alternativa del pacto que el presidente ofreció al líder de la oposición y al resto de las fuerzas políticas.

Rajoy tiene fundados motivos para mantener una actitud escéptica sobre la viabilidad de ese acuerdo, pero creemos que tiene la obligación de intentarlo, aunque sólo sea para evitar que el país se siga deslizando en una continua pendiente hacia abajo.

Es cierto que el líder socialista ya había ofrecido en otras seis ocasiones anteriores diálogo a la oposición, pero ayer fue mucho más concreto en su planteamiento: designó tres interlocutores del Gobierno, un plazo de dos meses para negociar y cuatro áreas de posible acuerdo, «abiertas» a las propuestas que el PP quiera plantear. La cuestión clave es hasta dónde está dispuesto a llegar el presidente, si piensa en simples retoques de su política o aceptaría cambios en profundidad.

La propia designación de los representantes del Ejecutivo revela que Zapatero esta vez podría querer en serio un pacto: Miguel Sebastián siempre ha sido partidario del acuerdo, es más liberal que socialdemócrata y está cerca del PP en cuestiones como la energía nuclear, mientras que José Blanco, que sigue controlando el partido, también ha demostrado como ministro que sabe pactar con la oposición.

Sería una ingenuidad echar las campanas al vuelo, pero no se puede ignorar que, por primera vez, Zapatero es favorable a una negociación sin condiciones previas, que cuenta ahora con el apoyo del Rey y el impulso de CiU, que siempre ha estado en esa línea.

No hay que descartar que el presidente del Gobierno se haya dado cuenta, aunque no lo dijera ayer, que la economía española requiere reformas que él no puede abordar sin el respaldo de otros partidos políticos. Ya rectificó en la política antiterrorista y podría hacerlo ahora en materia económica. El PP no debería desdeñar esta última y tardía oportunidad de alcanzar un pacto, entre otras razones porque Rajoy no tiene posibilidad de plasmar por sí mismo las iniciativas que propuso ayer.

Es muy significativo que el líder del PP aparezca por vez primera como ganador de un mano a mano con Zapatero en una encuesta como las que siempre realiza Sigma 2 para EL MUNDO. Pero también lo es que casi un 80% se declare a favor del pacto. Sería muy útil que ambos dirigentes se reunieran cuanto antes para clarificar cuáles son los temas negociables y hasta dónde están dispuestos a llegar en este pacto.


El Mundo - Editorial

Sin rectificación, sin acuerdos, sin alternativas

Parece que a Rajoy le basta con una crítica de la situación que, por correcta que sea, no deja de ser insuficiente y redundante para el creciente número de ciudadanos que la padecen. Mientras el Titanic se hunde, el PP sigue tocando el violín.

El debate dedicado exclusivamente a la crisis económica, a pesar de la enorme expectación que había generado, ha concluido sin que se vislumbre la menor posibilidad de cambio por parte de Zapatero, sin la consiguiente posibilidad de pacto con el principal partido de la oposición y sin que el PP haya planteado una alternativa clara de gobierno.

Tal y como era de prever, Zapatero ha vuelto a insistir en sus engaños para hacernos creer falsedades tan evidentes como que una economía que ha registrado en 2009 un crecimiento negativo del 3,4% es una "economía que ha evolucionado a mejor durante 2009", o que "la crisis en España no difiere mucho de la del conjunto de la zona euro", o que es posible hablar de "mejoría" con medio millón de parados más respecto a los que había hace seis meses.

No menos fantásticas han sido sus previsiones de futuro tales como las que contemplan la creación de empleo neto para finales de este mismo año o su plan de reducir al 3% por ciento el déficit público que ahora alcanza el 11,4%, previsiones que parecen no tener más apoyo que el mero paso del tiempo.


Aunque la intervención de Rajoy, también como era de prever, haya servido para desmentir amplia y contundentemente el falso diagnóstico de situación que hace Zapatero, así como sus vacuas medidas para mejorarla, no dejamos de echar en falta en el líder del principal partido de la oposición el desarrollo de cuál es su alternativa de Gobierno y de cómo piensa llevarla a cabo antes de que el país termine de hundirse; esto es, se echa en falta precisamente que el principal partido de la oposición haya hecho de oposición.

Si bien acierta al rechazar un pacto con quien no tiene el menor propósito de enmienda, y que le haría corresponsable del deterioro al que estamos abocados, Rajoy está obligado no sólo a dejar clara su alternativa y las diferencias que lo separan y que justifican su oposición a lo que, más que un acuerdo, sería una irresponsable adhesión al desgobierno de Zapatero. También debe ilusionar al electorado español con la idea de que está preparado y tiene a mano gobernar desde ya.

Por eso resulta absurda la propuesta de Rajoy de que sean los propios representantes socialistas los que desbanquen al presidente del Gobierno, peregrina ocurrencia que ha servido a Zapatero para recuperarse en el turno de réplica y dejar al líder de la oposición descolocado.

Si Rajoy considera acertadamente irresponsable un pacto con el Gobierno sin una previa rectificación de éste, pero al mismo tiempo cree que no tiene nada que ganar políticamente con una moción de censura por el hecho de tenerla aritméticamente perdida, entonces a lo que se tenía que haber limitado el líder de la oposición es a reclamar elecciones anticipadas, tal y como ha hecho, de forma mucho más clara y concreta, la líder de UPyD Rosa Díez. Eso, o replantearse su negativa a una moción de censura que, aunque falta de apoyos, le permitiría exhibir una alternativa que, no por asumir la necesidad de llevar cabo ciertos sacrificios, dejara de ser estimulante frente a este incorregible y nefasto Gobierno.

Por mucho que la imagen del Ejecutivo se esté deteriorando justificadamente a causa de la crisis, el drama es que ello no se traduce en una mayor esperanza hacia el Partido Popular. A Rajoy parece no importarle el hecho de que, a pesar de la que está cayendo, su partido siga perdiendo votantes, y que si está ligeramente por delante en las encuestas, se deba exclusivamente a que el PSOE los está perdiendo en mayor medida. Desde luego, debates como éste, en el que el propio Rajoy había generado unas expectativas ridículamente elevadas ("marcará un antes y un después") y en el que no ha sabido estar a la altura de las mismas, no contribuyen a que cambie el panorama. Zapatero ha salido vivo de un debate sobre economía, mientras el país se hunde en la miseria y la sociedad clama por un cambio de Gobierno.

Parece que a Rajoy le basta con una crítica de la situación que, por correcta que sea, no deja de ser insuficiente y redundante para el creciente número de ciudadanos que la padecen. Mientras el Titanic se hunde, el PP sigue tocando el violín.


Libertad Digital - Editorial

miércoles, 17 de febrero de 2010

Perder el tiempo. Por M. Martín Ferrand

LA edad y la experiencia, que no son una misma cosa, unidas a la deformación profesional, me autorizan a recelar de cuanto han dicho, digan o puedan llegar a decir los líderes de las formaciones políticas, grandes o pequeñas, que nos tienen secuestrada la democracia en aras de una partitocracia oligárquica, escasamente representativa y poco parlamentaria. Seguimos instalados en el caciquismo que fundamentó nuestra decadencia en el XIX, impulsó a los privilegiados del XX y que, ya en el XXI, ha cambiado los modos, no la sustancia, cursa con cargo al Presupuesto y se sustenta con legiones de funcionarios -nacionales, autonómicos, provinciales y locales- que, en connivencia con los poderes turnantes, han reemplazado la cesantía clásica por la obediencia ciega al triunfador en los últimos comicios del territorio que les afecta.

Desde tan justificada desconfianza, me atrevo a pronosticar que la confrontación parlamentaria anunciada para hoy no tendrá más valor que el litúrgico, algo insuficiente si se piensa en lo que le conviene al Estado y reclama la Nación; pero bastante para colmar los intereses, chiquititos y meramente electoreros, de los grandes protagonistas implicados. Dejando a un lado a las minorías periféricas, pescadoras de aguas revueltas, lo que más parece interesarles a José Luis Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy es perder el tiempo. Algo que vienen haciendo con gran maestría y escaso disimulo durante los últimos seis años, desde que el primero sobrevino como presidente de Gobierno y el segundo se agazapó, con afán de permanencia, en el nicho del líder de la oposición.

Si fuera conveniente un pacto entre los dos grandes partidos nacionales para abordar conjuntamente la crisis, la situación perjudicaría las perspectivas electorales de las dos grandes siglas y, sobre todo, de sus líderes y sus estados mayores. Si Zapatero quisiera enfrentarse al problema ya lo hubiera hecho cuando se lo reclamaban las circunstancias. Ha optado por dejar pasar el tiempo en la confianza de que, en lo que le queda de legislatura, cambiaran los vientos y mejorara la situación. Rajoy, por su parte, es el gran maestro de los aplazamientos, ese es su estilo y, a mayor abundamiento, no quiere perder una sola pluma en las peleas del corral pactista. España es una gran catástrofe social y económica; pero no importa, los partidos y sus líderes guardan la ropa para no mojarse.


ABC - Opinión