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viernes, 26 de agosto de 2011

La JMJ. Por Iñaki Ezkerra

Como doctrina, como «paraideología», como discurso, el zapaterismo se volatiliza al modo de una broma demasiado larga y pesada de la que los que menos se quieren acordar son los que nos la gastaron. Quedan todavía efectos de él, pero como brasas humeantes sobre el arrasado campo después de extinguido el incendio. Brasas que no niego que puedan volver a hacer fuego, sobre todo si hay una mano que las reaviva. Brasas como las movilizaciones que tuvieron lugar contra la JMJ, como su tediosa demagogia, su chulesca agresividad, su impenitente insistencia en un coste de la visita papal que no era tal porque nunca una iniciativa social ha tenido tanto apoyo privado y tan visible. Tiene su triste gracia que quienes quieren enterrar el zapaterismo –para que no le estorbe a Rubalcaba–, pero lo quieren hacer en sordina, coincidan de manera sospechosamente unánime en conceder al aún presidente del Gobierno la autoría de «ciertos avances en la sociedad civil» que, honestamente, uno no está dispuesto a pasar por alto en nombre de ninguna generosidad mal entendida que falsee la realidad que hemos vivido. Y es que el período que se abrió el 14 de marzo de 2004 y que ahora expira ha significado lo contrario exactamente al desarrollo del tejido cívico. Philip Petit era una simple referencia retórica en boca de Zapatero. El zapaterismo ha sido el virus más esterilizante que cabía imaginarse para un asociacionismo como el español que sigue hoy, como entonces, en un estado embrionario. Y la prueba es el propio «movimiento indignado». Sólo la precariedad, por no decir la inexistencia de una verdadera sociedad civil de carácter laico en España, puede explicar que la acampada de Sol y otros simulacros similares en otras ciudades constituyan la gran respuesta social y «organizada» contra el paro y demás efectos de la crisis. La paradoja es que la única pero a la vez extraordinaria muestra de que ese tejido cívico existe ha sido precisamente la JMJ, acosada por los incapaces de hacer algo lejanamente parecido. Es esta vitalidad asociativa de la ciudadanía católica la que señalaba José María Marco hace unos días en este periódico: «Todo este inmenso esfuerzo, tan sofisticado, ha sido coordinado por una organización mínima, sin burocracias pesadas. Si alguien está pensando en un modelo de sociedad civil autónoma y vibrante, éste es uno de los mejores ejemplos imaginables». La verdad es que esa inmensa, tranquila y ejemplar marea de creyentes que fue protagonista del mundo la pasada semana ha dejado en ridículo a sus provocadores. Se los ha comido con patatas. Y son la mejor respuesta al período político que está concluyendo.

La Razón - Opinión

martes, 23 de agosto de 2011

Cuatro días en Madrid que ahogan ocho años de laicismo militante de Zapatero. Por Federico Quevedo

"Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César". Fue Jesucristo el primero en hacer una declaración clara y contundente sobre lo que debía ser la separación entre el poder religioso y el poder civil, entre Iglesia y Estado. Es verdad, sin embargo, que durante siglos la religión ha estado demasiado presente en la organización civil de la sociedad, hasta el punto de que muchos de los regímenes absolutistas fueron también teocráticos. La última 'teocracia' conocida en nuestro país podría situarse en el franquismo, aunque sin llegar al extremo de que el poder civil se confundiera con el religioso, como sí ocurría en la antigüedad y ocurre actualmente con las teocracias islámicas como la marroquí, donde el Rey es la máxima autoridad religiosa del país, al mismo tiempo que la máxima autoridad política. Lo cierto es que ya en el Concilio Vaticano II se rompió definitivamente con una tradición que se alejaba del mandato evangélico y se volvió a recuperar la necesaria separación Iglesia-Estado como fórmula necesaria para la convivencia y para la garantía de la libertad religiosa de los fieles. Los últimos Papas, Juan Pablo II y el actual, Benedicto XVI, han abogado de manera firme por esa relación.

Sin embargo, es un hecho evidente que en España sigue pesando como una losa en nuestro imaginario colectivo la colaboración que durante décadas mantuvo la Jerarquía eclesiástica con la Dictadura, y aunque han pasado ya casi 40 años desde entonces, ese 'colaboracionismo' sigue provocando el rechazo de una parte de la sociedad hacia la Iglesia en nuestro país. Dicho de otro modo, el rechazo a la Iglesia tiene mucho que ver con el rechazo a la dictadura, aunque realmente una cosa no tenga que ver con la otra salvo de un modo puramente coyuntural. Con todo, la normalidad parecía haberse instalado en la relación Iglesia-Estado hasta que hace ocho años llegó Zapatero al poder y, en su empeño por reabrir las viejas heridas del pasado y reinterpretar la Historia a su manera, dio alas a un nuevo anticatolicismo que parecía superado en nuestro país, pero que sin embargo ha vivido horas de indudable protagonismo, hasta el punto de que llegó a dar la impresión de que en efecto la cruzada laicista había conseguido su objetivo de hacer retroceder la presencia de la Iglesia en la sociedad.
«En España sigue pesando como una losa la colaboración que durante décadas mantuvo la jerarquía eclesiástica con la dictadura, y ese 'colaboracionismo' sigue provocando el rechazo de una parte de la sociedad hacia la Iglesia en nuestro país.»
Pero quienes así pensaban o creían, hoy serán conscientes de que estaban muy equivocados. Si siglos de persecución no han conseguido acabar con la fe en Cristo, no iba a venir ahora Zapatero a conseguir aquello en lo que habían fracasado otros mucho más poderosos, inteligentes, audaces e, incluso, malvados que él: la JMJ2011 ha sido una demostración de músculo eclesial que ha ridiculizado cualquier otro tipo de aventura laicista destinada a contrarrestar el efecto de la ola de fe que se ha vivido estos días en Madrid. Ahora solo falta que la Iglesia española, muy 'tocada' es verdad por estos años de difícil relación con un Gobierno militante en el laicismo anticatólico, sepa comprender lo que ha pasado estos días en Madrid y recupere su papel como faro-guía para una parte importante de la sociedad española, sobre todo para esa juventud que hoy necesita más que nunca que se le ofrezcan referentes morales que le ayuden a superar la ansiedad de un futuro incierto. Hay muchos jóvenes que necesitan a Dios, pero lo cierto es que sigue habiendo muchas iglesias vacías, o con sus bancos ocupados, con todo mi respeto, por gentes de la tercera edad.

Y no se trata de modificar la doctrina, porque eso sería como descristianizar a la propia Iglesia, sino de encontrar una manera atractiva de ofrecer el mensaje de Cristo... El Papa lo hace, y a lo mejor el secreto está en el modo en el que pide -como antes que él lo pidió Juan Pablo II- a la juventud que se comprometa desde todas las instancias sociales. Y a lo mejor una forma de hacerlo y de conseguir que definitivamente la Iglesia no genere tanto rechazo social sea que su Jerarquía rompa definitivamente cualquier lazo con el poder político, incluso los lazos económicos. Otra cosa es que su labor social -solidaria, educativa y sanitaria- se vea recompensada con el esfuerzo público al igual que la de otro tipo de organizaciones, pero su función religiosa debería estar únicamente sostenida por la contribución de sus fieles: debe ser la propia Iglesia la que defienda la laicidad del Estado, su aconfesionalidad, como fórmula necesaria para garantizar la convivencia en libertad de fieles y no fieles. Y a partir de ahí la reconquista de ese espacio de referencia en la sociedad española que pidió el Papa será más fácil, y de nada habrá servido el incansable esfuerzo laicista de quienes nunca han entendido que detrás de la palabra de Dios solo hay amor por los hombres.


Periodista Digital - Opinión

Ciudad de la alegría. Por José Antonio Álvarez Gundín

Sólo por el torbellino de alegría que los chavales han derrochado a manos llenas, la JMJ nos ha salido más que rentable y saludable a los españoles, enganchados desde hace tiempo al ansiolítico y la mala sangre. Estos chicos nos han refrescado las espesas horas de un ferragosto que en Madrid tiene el sabor de la condena y hemos añorado con un nudo en el estómago no pertenecer a su tribu universal para cantar a la vida apenas estrenada, para bailar ante toda la vida por delante. Por fin una inyección de optimismo frente a tanto titular tenebroso: «La economía se estanca. Las bolsas se hunden. Las deudas aumentan. No hay crédito, no hay empleo, no hay luz al final del túnel. Estamos mal, pero estaremos peor»... Porca miseria, terreno abonado para que broten, como hongos en mayo, los cantamañanas de la sopa boba y la mano larga con pensión en Sol. Pero a mediados de mes, Madrid amaneció de fiesta. Por unos días, esta ciudad de nuestros pecados se esponjó como una enorme fonda hospitalaria en la que toda la chavalería universal halló aquí lo más parecido a un hogar. En sus calles de siglos adustos sonó el taconeo de la sonrisa franca y espontánea, como una gran velada de fin de curso. Nunca antes tantos vecinos abrieron las puertas de sus casas a unos jóvenes en los que podían reconocer al hijo, a la hermana, al amigo, al compañero. Madrid a cielo abierto, sin miedo, amable y de corazón caliente. Madrid hormonal y adolescente, como recién regado, soñador y creyente. Pontifical y tierno, con cristos procesionando la «madrugá» en pleno agosto. Milagrosa catársis de una ciudad que está hasta el pirulí de capullos, chinches y parásitos con coartada ideológica, harta de matones de esquina que sacan pecho ante niñas asustadas. Madrid, al fin, reivindicado como plaza barrida a los cuatro vientos y poblada de ideales insomnes. Echaremos de menos a esos chavales ingenuos de sonrisa de cascabel que miran al futuro con hambre de conquista. Ya los estamos echando de menos. Los mejores se han ido y ahora nos toca bregar con el recuelo ácido de los «indignados» del 15-M, máscaras de la frustración que si tuvieran lucidez, cierto orgullo o, simplemente, algo de coraje, harían el petate, enfundarían la flauta y sólo regresarían a Sol para comer las uvas.

La Razón - Opinión

España, una gran nación. Por Ignacio Villa

La presencia de Benedicto XVI durante cuatro días en España nos ha dejado muchos momentos inolvidables, un buen conjunto de mensajes y de discursos que hay que desgranar con tiempo y con tranquilidad, y una larga colección de imágenes que ya de por sí significan una catequesis directa del Pontífice. Pero ahora, 48 horas después de su partida, me gustaría quedarme con dos retazos pronunciados en Barajas ante los Reyes de España en el momento de la despedida. «España es una gran nación» aseguraba el Papa con una rotundidad que uno echa en falta en muchas ocasiones en nuestros propios gobernantes. Y es que esa es la gran piedra angular sobre la que debería asentarse nuestra democracia. Somos una gran nación y precisamente por eso podemos y debemos salir adelante en momentos tan complicados como éstos.

Además el Pontífice añadía tres calificativos básicos para entender que somos una gran nación: pluralidad, apertura y respeto. Tres aspectos imprescindibles para una sana convivencia sin perder de vista, añadía, las raíces cristianas de nuestro país. Este es un mensaje profundo, intelectualmente consistente y racionalmente irrefutable. Un mensaje para todos. Para creyentes y no creyentes. Para todos. Es la raíz sobre la que se tiene que fundamentar nuestra convivencia, es la fórmula que, aceptada por todos, desmontaría muchos de los problemas que de forma cotidiana la clase política utiliza como simple dialéctica de fogueo, pero que siempre termina con daños colaterales.

Conscientes todos de que somos una gran nación, ahora falta que el Parlamento sea el reflejo de esa grandeza, que la política diaria esté impregnada de la pluralidad, el respeto y amplitud de miras que mencionaba el Papa y que cambiaría muchas cosas. Y desde luego que nadie se avergüence de nuestra realidad histórica, de nuestras raíces cristianas que son los fundamentos ciertos de lo que hemos sido y de lo que somos. Guste más o guste menos. Cuando vemos a Alemania, al Reino Unido, a Italia o a Francia con políticos de izquierdas o de derechas, conservadores o progresistas pero conscientes siempre de donde vienen y orgullosos de su historia, de sus raíces y de sus normas de convivencia nos dejan un regusto de amargura y de incomprensión. ¿Por qué ellos sí y nosotros no? ¿Dónde está la diferencia? España es una gran nación, nos lo ha dicho Benedicto XVI. Ese mensaje que puede interpretarse como un final de cortesía encierra una trascendencia para nuestra convivencia que nadie debería despreciar. Una gran nación plural, abierta y respetuosa, que reconoce sus raíces cristianas y que construye una convivencia con la certeza de que el futuro es nuestro siempre mientras no insistamos en enredarnos en historias del pasado, en abrir heridas cicatrizadas y en tirarnos los trastos a la cabeza mientras el panorama desértico que visualizamos anula cualquier ilusión.

España es una gran nación, ha venido el Papa a recordarnos, algo que tendría que ser básico para todos y que es la puerta del futuro y de la esperanza.


La Razón - Opinión

Diluidos. Por Alfonso Ussía

Lo siento por Alfredo Pérez Rubalcaba. Bueno, lo siento con la boca pequeña, sinceramente. Pero tengo la sensación de que el apoteósico éxito de la JMJ y el Papa Benedicto XVI en Madrid ha sido el principio del final de sus perroflautas. Ridículo total. El Papa los borró del mapa. Dos millones de personas en una misa no es asunto baladí. Lo que queda de ese movimiento mayero dará la tabarra hasta las elecciones, pero ya sin el apoyo de los incautos y los tontos útiles. «Los de Rubalcaba», como son conocidos en los ambientes policiales, se han diluido en la marea de esperanza de la JMJ. Hasta el Gobierno ha reconocido los beneficios espirituales y beneficios de la presencia del Santo Padre en Madrid. Ni Juan Pablo II consiguió reunir a su alrededor a tantos jóvenes. Las imágenes que se han ofrecido en los medios afines al anticlericalismo de los perroflautas se me antojan estremecedoras. La mitad de ellos son de mi edad, siglo más o siglo menos. Para mí, que algunos de ellos, en plena Segunda República, fueron de los que incendiaron las iglesias de Madrid y calcinaron centenares de obras de arte. «Los de Rubalcaba» han hecho el canelo con su camelo. (Me adelanto a los aplausos por mi ingeniosa frase y quítome el sombrero jipijapa en mi honor. Gracias). En esta concentración multitudinaria de jóvenes y voluntarios se ha demostrado algo que siempre se ha puesto en duda. Que Dios es alegre. Porque mayor y más unánime alegría no se ha dado jamás en Madrid ni en España. Una alegría acompañada del sacrificio, del sol candente, de la tormenta, del insomnio, del cansancio, de las ampollas y los desvanecimientos. Ni un solo gesto de ira o de rencor en dos millones de seres humanos. Un milagro. Y más aún si se produce en España. «Los de Rubalcaba» están tan desanimados, tan desvencijados, tan desencuadernados, que cualquier día de éstos van a cerrar la tienda. Quedan los restos, que darán la tabarra, pero con escaso convencimiento. Resulta patético el interés de algunos políticos socialistas en dorarles la píldora para conseguir un puñadito de votos. Si de sus voluntades democráticas –que no las tienen–, depende el éxito socialista en noviembre, muy menguada cosecha les auguro. El desconcierto se ha establecido entre ellos. En la Iglesia caben todos, pero no me figuro a los centenares de miles de jóvenes españoles que acudieron a la Misa de Cuatro Vientos confiando su futuro a los mismos que desprecian sus creencias y destrozan sus futuros. Y ahí había más votos que en el guateque áspero de los perroflautas, cuyo mensaje más profundo y coreado fue el de «Esta mochila me la he pagado yo», que manda huevos, escrito sea con la amnistía de mis lectores.

La resolana que ha dejado la visita del Papa no se enfría. Madrid y España necesitaban este impulso propio y ajeno. La mayoría coincide en el veredicto. Éxito clamoroso de la JMJ y fracaso ridículo de quienes pretendieron boicotear la visita del Papa con insultos y violencia. Una pasajera y burda anécdota. Victoria de la paz y la concordia y derrota del rencor y la burricie. «Los de Rubalcaba», ya abandonados por los que pertenecieron a la movidilla llevados de su ingenuidad, son los que son y punto. Muy pocos, nada edificantes y aún en busca de su primera idea. En fin, que las cosas, con paciencia, siempre encuentran su sitio y ahí permanecen. Y lo falso, se diluye.


La Razón - Opinión

JMJ. Sucedido en Madrid. Por Bernd Dietz

Los progresistas carpetovetónicos dan siempre la nota, esta vez ante visitantes de innumerables países. ¡Y encima basando su despliegue truculento en que la JMJ era perjudicial para la economía y las libertades de los ciudadanos!

Quien haya recorrido el centro de la capital durante esta Jornada Mundial de la Juventud ha presenciado el choque desigual entre inocencia y vileza. Ha visto calles animadas por riadas de jóvenes que se movían en todas direcciones, transmitiendo alegría y libertad. Agrupados en pequeños contingentes según su procedencia, evocada mediante camisetas y banderas nacionales, lucían una edificante diversidad lingüística, racial y cultural. Entre sonrisas tímidas a los lugareños, componían una celebración multicolor de identidades, en la que el paseante indiferente a la religión reconocía con satisfacción a libaneses, argentinos, rusos, italianos, keniatas, malayos, canadienses, coreanos, australianos, alemanes, sirios, etcétera.

Bajo el sofocante agosto, resaltaban los cuerpos juveniles con generosa piel al descubierto, rebosando salud y ganas de vivir. Los sexshop y las putas de Montera languidecían por falta de miradas. Toda la atención recaía en ese gentío tranquilo y feliz, que no vociferaba, sino que degustaba los placeres culturales, turísticos y gastronómicos. Que compraba en las tiendas, poblaba las terrazas que en agosto habrían estado desangeladas, entraba y salía de museos, disfrutaba del ocio en cafeterías y restaurantes. Han tenido que dejarse un dineral, para alivio de la hostelería y el comercio madrileños, esos centenares de miles de personas, con una edad media de veinte años como mucho, que vinieron a pasárselo bien. Que no entonaban rezos ni cánticos religiosos fuera de los eventos programados. Que no le predicaban al transeúnte. Una amable muchachada que apenas se distinguía, además de por su internacionalismo colorista, por un toque añadido de civismo y de pulcritud individual.


Enfrente les tocó tener, en episodios abochornantes que incluyeron conatos de agresión física por parte del celebérrimo cainismo español, a una apelmazada turba formada por gamberros antisistema, viragos iracundas y agrios talluditos, cuya edad media en conjunto superaría la cincuentena. Energúmenos que chillaban e insultaban irradiando despecho y sordidez. Diríase que constituían una jauría de tipejos faltones, con desaliño indumentario y ojeriza en cada gesto, los rostros desencajados y los puños en el aire, dispuestos a abalanzarse sobre cuantos no fuesen de su cuerda. Vaya contraste en lo tocante a conducta, lenguaje verbal y corporal, estética, aptitud para convivir y respetar el pensamiento ajeno. Mientras, los bien dotados armarios de la policía nacional hacían gala de impavidez equidistante.

Cualquier ateo decente no puede sino sentirse hermanado con estos católicos, para desmarcarse con aversión y contundencia de tales detractores. Partiendo de la realidad de que unos y otros evidenciaban sus creencias y mitologías, es notorio que los primeros lo hacían con decoro y placidez, mientras que los segundos sólo enfatizaban la soez ferocidad típica del totalitarismo. Definitivamente, Torquemada había cambiado de bando.

Los progresistas carpetovetónicos dan siempre la nota, esta vez ante visitantes de innumerables países. ¡Y encima basando su despliegue truculento en que la JMJ era perjudicial para la economía y las libertades de los ciudadanos! La patología del newspeak orwelliano emerge meridiana. Precisamente el comunismo supone la superstición más esclavizadora, enajenada y genocida que haya visto la luz sobre la faz de la tierra. A diferencia verificable del cristianismo, no ha producido ni una música, ni unas artes plásticas, ni una filosofía, ni una teoría del derecho que puedan despertar admiración objetiva en quienes no compartan su escatología. De ahí que el cristianismo, desprovisto de fe, haya podido derivar en belleza, civilización y democracia para los agnósticos inteligentes. Mientras que el comunismo, una vez desmentido en su teoría y su praxis, por desgracia no dé más que para el matonismo y la ramplonería.


Libertad Digital - Opinión

lunes, 22 de agosto de 2011

El Papa y ETA. ¿Ocasión perdida? Por Agapito Maestre

Fueron los principales responsables de que las víctimas de ETA no fueran tratadas como hijos de Dios en su último adiós. Esos mismos obispos fueron los que dieron todo tipo de cobertura a los criminales de ETA.

Me confirma un amigo periodista, que ha seguido día a día las jornadas del Papa, que había jóvenes de toda España, pero que no se ha encontrado con muchos peregrinos del País Vasco. Halló algunas personas mayores con un par de adolescentes vascos y una víctima del terrorismo de Guipúzcoa. Vio alguna bandera de la comunidad vasca y también escuchó una prédica del obispo de Bilbao en Cuatro Vientos. Pero, según sus indagaciones, me asegura que pocos peregrinos vinieron del País Vasco a la JMJ. Pocas parroquias de las tres provincias vascas tuvieron la oportunidad de apoyar a sus peregrinos, porque apenas nadie lo demandó.

Eso se debe, concluye mi amigo, a la crisis de la Iglesia en esa zona de España. La edad media de los sacerdotes es de 74 años. Han desaparecido las vocaciones casi por entero. Además, aunque hubiese alguno con deseos de entregar su vida a la Iglesia, no hay seminarios para formarse. El actual obispo de Bilbao, uno de los hombres más jóvenes del clero vasco, se formó en el Seminario de Toledo. Pero, al margen de los cierres de los seminarios, tampoco la enseñanza religiosa en los "centros católicos" corre buenos tiempos, incluso en la Universidad de Deusto no parece que abunden los sacerdotes. Imagino que en Loyola y otros lugares consagrados al culto quedará algún que otro religioso...


Hay algo que parece indudable: el País Vasco, más que en otras regiones de España y Europa, ha pasado de enviar misioneros al mundo a ser tierra de misión. La Iglesia Católica corre un gravísimo riesgo de desaparecer como institución en el País Vasco. Tan sencillo como lo leen. Es obvio que la propia Iglesia Católica tiene alguna culpa (sic) de esa situación. La jerarquía eclesiástica tendría que empezar a dar razones, o mejor, justificaciones plausibles sobre su responsabilidad o irresponsabilidad en el estado lamentable que está la institución. También es obvio, a poco que se conozca la historia reciente de España, que la relación del clero vasco en general, y de algunos de sus obispos en particular, con ETA, ha llevado a la Iglesia a su casi desaparición del País Vasco.

ETA, sí, pudo convertir un partido democristiano, como el PNV, en una organización a su servicio ideológico –recuerden que la vieja formación de Sabino Arana fue expulsada de la Internacional democratacristiana, entre otros motivos, por su apoyo nacionalista a las tesis de los etarras–, y, además, ahora está a punto de conseguir que la Iglesia misma desaparezca como institución. Trágico. Sí, pero real como la vida misma. Ha habido obispos, en las últimas décadas en el País Vasco, que tendrán el dudoso de honor de haber contribuido de modo poderoso a la desaparición de la Iglesia Católica del País Vasco. ¡Para qué nombrarlos! Fueron los principales responsables de que las víctimas de ETA no fueran tratadas como hijos de Dios en su último adiós. Esos mismos obispos fueron los que dieron todo tipo de cobertura a los criminales de ETA.

Pues bien, en ese contexto, ha venido el Papa a España y el Gobierno de Zapatero le pide ayuda para acabar con ETA. ¡Es de risa, amigos, si la cosa no fuera tan seria! Que el Gobierno exija a la Iglesia Católica acabar con ETA no es una petición desvergonzada, sino hilarante, pues ETA, si me permiten decirlo con todo el respeto a la Iglesia Católica, ha conseguido prácticamente que la propia Iglesia desaparezca como institución. El Gobierno, que se ha portado con decoro, e incluso ha dado un fuerte apoyo a esta visita de Benedicto XVI, ha perdido una gran ocasión de guardar silencio.


Libertad Digital - Opinión

Benedicto XVI, gracias. Por Iñaki Zaragüeta

Paz, verdad, libertad, juventud, convicciones, ética, concordia, valores … ¿Quién ofrece algo mejor de forma permanente? Son los mensajes de Benedicto XVI en su visita a España. Su Santidad ha demostrado no sólo liderazgo para los creyentes católicos sino también conocimiento de la realidad social del mundo y de España. Su defensa de la libertad y la verdad como virtudes complementarias constituyen un testimonio atractivo para los tiempos que vivimos. La paz ha sido una constante en los discursos vaticanos.
Ratzinger entendió perfectamente dónde se encontraba y, eludiendo la confrontación con los políticos, habló claro sobre la necesidad de no avergonzarse de la fe y defenderla. A la vez, denunció la «persecución larvada» que padecen los cristianos en los estados laicistas. ¿Habrá algo más progresista que animar y amparar a la juventud? Los jóvenes son el futuro. ¡Cómo no! También existió –nadie sabe de qué origen– la movilización de unos pocos impresentables. Incluso ellos, con su intransigencia y violencia, han producido frutos positivos al desvelarse ante la sociedad como sectarios y fascistas. No quieren oír de lo que el Papa habla. Además de tan encomiables mensajes, nos deja repercusiones extraordinarias para España en el momento que más lo puede necesitar. La imagen de España ha dado permanentemente la vuelta al mundo desde una perspectiva de juventud, alegría y modernidad. Las visitas del Papa con sus multitudinarias concentraciones –nadie en el mundo logra algo semejante– se han visto en las televisiones de los cinco continentes y, por Twitter y Faceboock, se han traducido a casi treinta idiomas. Como dije antes, ¿quién da más? Así es la vida.


La Razón - Opinión

JMJ. Peregrinos. Por José Carlos Rodríguez

No han venido de turismo, es cierto, pero vienen a disfrutar de la compañía de otros jóvenes y a compartir la experiencia común de reafirmar su fe. Se han paseado por la ciudad con una alegría serena de la que nos hemos contagiado casi todos.

Madrid en agosto es una delicia. Los madrileños huyen para tostarse al sol, para reconciliarse con la naturaleza anegada por el asfalto, para volver al pueblo o salir del país, y dejan la villa en los huesos, sin el bullicio y el tráfico de todo el año pero plena de vida. Entonces es cuando se puede disfrutar de un Madrid más amable aunque aún ahogado por el calor seco del verano de la capital. Es una época ideal para volver a aquéllos rincones que no visitas desde hace años, quizá desde cuando tenías tanto tiempo que no sabías qué hacer con él. Aunque no tiene la belleza del Madrid en los días soleados de invierno, invita a recorrer sus calles, visitar sus comercios y combatir con vermú el calor regurgitado por su asfalto.

Este es el Madrid que ha visitado un millón largo de jóvenes peregrinos que han venido a participar en la Jornada Mundial de la Juventud y a encontrarse con el Vicario de Cristo. No han venido de turismo, es cierto, pero vienen a disfrutar de la compañía de otros jóvenes y a compartir la experiencia común de reafirmar su fe. Se han paseado por la ciudad con una alegría serena de la que nos hemos contagiado casi todos. Vienen con un propósito muy claro, para el que llevan preparándose meses; años, muchos de ellos. Disfrutan de su alegría y la comparten sin molestar a los demás.

No han venido a dejarse llevar por un torbellino de consumo para matar el tiempo o llenar un vacío. Han venido a escuchar a Benedicto XVI hablarles de firmeza en su fe, de vocaciones y apostolado, de dar un sentido trascendente a su vida diaria. Son palabras que no se oyen en los productos culturales que se vuelcan a diario sobre la juventud; es más, que encajan mal en ese mundo. Tienen algo de contracultural en un sentido muy superficial. Pero no son una minoría, más bien al contrario, y no reivindican más que sus propias creencias y el deseo de poder ser fieles a ellas. Quieren cambiar para ser mejores, no cambiarnos a los demás, a todos, para encajarnos en un esquema simplón. Por eso ellos, los peregrinos, no son violentos. Para eso no necesitan reunirse en larguísimas y estériles asambleas, les basta aprehender y renovar un mensaje que lleva dos mil años enseñándose y probándose contra los avatares de la historia. Frente a ellos, la mayoría de los jóvenes del 15M no tienen ni para sentir envidia por los peregrinos; así son de pobres.

En España hay muchos jóvenes así. Son mayoría. Y son mejores. Sólo necesitamos que se hagan escuchar.


Libertad Digital - Opinión

Enfrentamientos y consensos. Por José María Marco

La celebración de la Jornada Mundial de la Juventud arroja una luz especial al panorama político e ideológico español de los últimos años. Una parte muy considerable de la izquierda española ha comprendido la JMJ como una ocasión de volver a relanzar las guerras culturales en las que la política se combina con cuestiones morales como la historia, el aborto, la nación, la religión. De esta forma, se hace prácticamente imposible el diálogo que es natural e imprescindible en la vida política de un país.

En realidad, la declaración de guerra se ha quedado en un intento de ofensiva porque, como era de esperar, ni la Iglesia católica, ni quienes discrepan con la izquierda en estos asuntos ni las organizaciones políticas correspondientes han respondido a la provocación. Claro que lo ocurrido estos días en Madrid tendrá repercusiones políticas, pero eso será a largo plazo y en un plano que tardará tiempo en manifestarse en el día a día de la vida política. En un punto, sin embargo, el efecto es inmediato y ya visible: una parte muy importante de la sociedad española está dispuesta a proclamar sus convicciones religiosas sin hacer de ello un instrumento de enfrentamiento, al revés.


Así se pone de relieve una de las necesidades que manifiesta nuestra sociedad. Consiste en la restauración de espacios sociales apartados del enfrentamiento y a la lucha política. Los hay que no forman parte de la acción política, como puede ser la religión. Y los hay que deben constituir el objeto de consensos lo más amplios posibles, como algunas instituciones como la Corona, la nación, la política exterior o la defensa.

El problema reside en que una parte de la izquierda española está convencida de que estos espacios sociales, o estas instituciones, no son más que un puro artificio ideológico. Vendrían a ser una gran invención construida para que «la derecha», y todo lo que hay detrás de esta palabra, defienda sus posiciones y sus privilegios. En este punto, la izquierda justifica su propio cinismo con el supuesto cinismo de los demás.

Desarraigar esta actitud, tan característica de esta parte de la sociedad española, va a ser complicado. Lo debería facilitar el desastre del zapaterismo, que es la culminación –y el fracaso– de esta mentalidad. En buena lógica, lo ocurrido en estos años debería llevar al Partido Socialista a cerrar esta etapa, a abrirse al centro, a elaborar una nueva posición que deje atrás las guerras culturales y a buscar a sus electores en la zona templada.

Lo ocurrido estos días parece indicar que no va a ser así. Los guiños a los «indignados», la simpatía mal disimulada hacia los anticatólicos, el seguir jugando sin descanso a hacer de oposición de la oposición… todo indica que sigue funcionando el reflejo «anti». El Partido Socialista parece dispuesto a buscar otra vez el respaldo de los sectores más ideologizados y radicales. Así será difícil que el PSOE vuelva a ganar unas elecciones y que nuestro país progrese otra vez como lo hizo hace años.


La Razón - Opinión

Fiesta inolvidable de la fe

Pasará mucho tiempo antes de que se extingan las emociones, las vivencias y los recuerdos de lo que ha sucedido en Madrid esta semana de pleno mes de agosto, en la que el Papa Benedicto XVI y dos millones de jóvenes han protagonizado la fiesta cristiana más multitudinaria e intensa que se recuerda en España. Ha sido una fiesta inolvidable en todos los sentidos: por el entusiasmo derrochado, por la honda manifestación de fe, por la perfecta organización y por la ola de simpatía general que ha suscitado en todo el país, que no ha dudado en abrir sus puertas a cientos de miles de jóvenes llegados de casi 200 naciones. Ha sido todo un fenómeno social sin parangón ni equiparación posible que sólo se explica por la fuerza motriz que lo ha impulsado: la fe en Cristo. Son muchas las enseñanzas y conclusiones que conviene extraer de esta Jornada Mundial de la Juventud presidida por el Papa, unas de orden religioso y otras, muy relevantes para España, de naturaleza social y moral. De entrada, estos días han echado por tierra los tópicos y clichés que presentan a los jóvenes españoles a caballo entre la «indignación» estéril y sectaria y el parasitismo de quien ni estudia ni trabaja. Nada más alejado de la verdad. Hay una juventud fuerte y amplia que afronta el futuro con esfuerzo, con responsabilidad y con unos valores éticos arraigados en el Evangelio. No son cuatro gatos: son la mayoría, pese a lo que digan algunos estudios sociológicos sesgados que se empeñan en retratar una juventud descreída y alejada de la Iglesia. Al movilizarse en torno a Benedicto XVI, una persona de 84 años, los jóvenes españoles han demostrado que es la fe y la pertenencia a la Iglesia lo que de verdad les motiva y les impulsa. Precisamente por eso, la JMJ ha sido un éxito clamoroso de la Iglesia española, una expresión irrebatible de su vigor espiritual y social. ¿Qué institución, sindicato o partido político es capaz de movilizar siquiera una décima parte de lo visto estos días? Ninguno. Razón de más para que la izquierda política muestre un poco más de respeto hacia la Iglesia, en vez de engordar artificialmente a unos grupúsculos laicistas que son marginales y anacrónicos. Sin esta aceptación de la realidad no le será fácil a la izquierda superar su sectarismo y vencer el rechazo que produce en amplios sectores de la juventud. La Iglesia española goza de una gran vitalidad y por sus venas corre sangre joven y siempre renovada que garantiza un futuro prometedor. Lo mismo cabe decir de la sociedad española. La JMJ ha sacado a flote lo mejor de las nuevas generaciones y el espectáculo ha sido tan ilusionante como esperanzador. Son tiempos difíciles, muy difíciles, con un paro juvenil del 43% y una estructura económica debilitada por la crisis. Pero España sigue contando con la materia prima más importante: jóvenes dispuestos a batallar por un futuro mejor arraigados en unos principios morales y religiosos que no admiten la rendición ni la insolidaridad. Gracias a la JMJ y a la presencia del Papa, España ha podido mostrar al mundo su cara más atractiva y prometedora: la de sus jóvenes celebrando la fiesta alegre de la fe. La fiesta del futuro.

La Razón - Editorial

Jornadas diplomáticas

El Papa cierra sin roces con el Gobierno una visita exitosa pero no por ello inmune a la crítica.

Benedicto XVI concluyó ayer la tercera visita a España en sus seis años de papado. A diferencia de las anteriores, en esta ocasión no se han producido roces con el Gobierno socialista. Es probable que haya influido la situación política en España, con las elecciones generales fijadas en noviembre y unas encuestas ampliamente desfavorables para el Partido Socialista. Pero cabe interpretar, además, que la diplomacia inspirada desde el Vaticano ha terminado por imponerse a la línea radical defendida por la Conferencia Episcopal Española.

El núcleo del mensaje papal en Madrid se ha dirigido a los seguidores de la fe católica, evitando en todo momento desbordar los límites de una visita pastoral. En este terreno las posiciones del cabeza de la Iglesia no han variado, situándose dentro de las corrientes más conservadoras del catolicismo. El Papa ha reiterado la defensa del celibato y de los principios tradicionales de la moral eclesiástica, pese a que son muchos los creyentes que han decidido no observarlos y mantenerse, no obstante, dentro de su fe. Los escándalos de pedofilia que han sacudido a la Iglesia durante los últimos tiempos solo fueron abordados de forma indirecta, como exigencia de conducta irreprochable a los religiosos y sacerdotes.


Si la máxima jerarquía de la Iglesia ha actuado dentro del marco de relaciones previsto en un Estado aconfesional, han sido algunos de los representantes de ese Estado quienes han adoptado decisiones discutibles. Es lícito debatir sobre la oportunidad y el boato de la visita, la segunda desde que este acontecimiento religioso se creó en 1985, en una situación económica como la que se vive desde el inicio de la crisis. Más criticable es que el centro de Madrid haya quedado bloqueado durante una semana, poco importa que el carácter de los actos públicos fuera religioso o de cualquier otra naturaleza. La decisión de rebajar el precio de algunos servicios públicos a los participantes en esta concentración también ha molestado a algunos ciudadanos. Muchos se han sentido despreciados, ya que ha coincidido con una inclemente subida de las tarifas de los transportes en Madrid.

Estas polémicas decisiones son la prueba de que la tentación de la confesionalidad no ha procedido en esta ocasión de la jerarquía católica, sino de los poderes públicos. La diplomacia del Vaticano cometería un error si creyera que lo que se ha vivido en Madrid, sin duda un éxito de participación como pocas veces puede verse, es el anticipo de la supuesta normalidad que se establecería de producirse un cambio político en España. Los excesos de cualquier signo pueden traducirse en excesos de signo contrario. Porque la denostada frase "España ha dejado de ser católica" no se refería a que los españoles hubieran dejado de creer, sino a que el Estado había renunciado a tener un credo oficial. Precisamente para que los españoles pudieran creer en libertad, o no creer. También en libertad.


El País - Editorial

La JMJ y el relativismo

Esperemos que la resaca de esta Jornada sea fértil, también para la pacífica lucha de las ideas que se da todos los días en cada rincón de España.

Terminó la Jornada Mundial de la Juventud. El más de millón y medio de peregrinos que abarrotó el aeródromo de Cuatro Vientos, superando incluso la generosa capacidad de aforo que había previsto la organización, ya está dejando las calles de Madrid, que llenaron de fe, juventud y alegría durante toda la semana pasada. Benedicto XVI, cuyo renqueante paso al acceder al avión que lo devolvió a Roma da muestras del enorme esfuerzo físico que le han supuesto estos días, nos ha recordado a todos la fuerza de una Iglesia católica a la que tantos han querido dar finiquitada en España.

Muchos esperaban que Benedicto XVI poco menos que centrara su visita en criticar algunas de las medidas más contrarias a la moral y fe católicas, como el matrimonio homosexual o la ley del aborto. Sin embargo, y pese a que alguna mención ha hecho, su mensaje era radicalmente distinto y, posiblemente, más eficaz. Si un evento de estas características ya deja claro a sus asistentes que, pese a lo que les pueda parecer en ocasiones, no están solos en su fe, el Sumo Pontífice quiso además pedirles que no se avergonzaran de sus creencias y las tuvieran siempre presentes.


Los jóvenes españoles que han asistido a esta Jornada tienen ante sí el reto de llevar a sus vidas el espíritu que ha animado estos días. A reconocerse como católicos en su lugar de estudios o en su trabajo, a defender una moral y un compromiso que los centros de propaganda cultural han querido convencernos que son minoritarios, pero que forman parte del ser más íntimo de una gran parte de la sociedad española.

Durante las últimas décadas la progresía ha hecho grandes progresos a la hora de instaurar el relativismo como única moral aceptable. Cuando sucesos como los de Londres –o París hace pocos años– nos sorprenden por su virulencia, olvidamos con frecuencia que en su raíz está también esa ética del todo vale. La Iglesia ha sido muchas veces la única fuerza visible que se ha resistido a la implantación de este ideario, razón por la cual se ha convertido en el blanco de una agresividad cuyo objetivo debería haber sido la derecha política, si ésta no hubiera preferido dejar a la intemperie a sus votantes en ésta como en tantas otras cuestiones.

Esperemos que la resaca de esta Jornada sea fértil, también para la pacífica lucha de las ideas que se da todos los días en cada rincón de España, en las oficinas y los bares. La izquierda la ha vuelto a perder en el terreno económico, tras convertir una crisis de la que podían culpar al capitalismo en otra en que resulta imposible esquivar la responsabilidad del Estado. Pero existen otros campos de batalla en los que ya va siendo hora de presentar combate. La alternativa es dejar vía libre a quienes el miércoles se dedicaron a insultar y agredir a los peregrinos.


Libertad Digital - Editorial

domingo, 21 de agosto de 2011

“Besa humildemente vuestra sandalia...” Por Carlos Sánchez

Fue Juan Pablo II, precisamente, quien en cierta ocasión dijo que bien comprendido el principio de laicidad pertenece también a la doctrina social de la Iglesia católica. “La laicidad” -sostuvo Wojtyla- “lejos de ser lugar de enfrentamiento, es verdaderamente el espacio para un diálogo constructivo con el espíritu de los valores de libertad, igualdad y fraternidad”. Es decir, de los valores clásicos republicanos surgidos de la revolución francesa.

Como ha recordado el profesor González Vila en Communio, una revista fundamental del pensamiento católico fundada e impulsada por el propio Benedicto XVI, la fe cristiana, a diferencia de otras, “ha desterrado la idea de la teocracia política”. O dicho en términos más actuales, ha promovido la laicidad del Estado. De hecho, en la Declaración vaticana Dignitatis Humanae, publicada por Pablo VI inmediatamente después del Concilio Vaticano II, incluso se sugiere que la separación de poderes es una condición necesaria para la libertad religiosa. Hasta el punto de que en ese texto se reconoce sin paliativos que “el derecho a la libertad religiosa se ejerce en la sociedad humana y, por ello, su uso está sujeto a ciertas normas que lo regulan”. Normas que, lógicamente, emanan del poder civil en un Estado democrático.

«La libertad religiosa está sujeta a límites, y por eso resulta frustrante que este país no haya sido capaz todavía de enterrar definitivamente sus demonios del pasado cada vez que el pontífice de Roma visita España.»
La libertad religiosa, por lo tanto, está sujeta a límites, y por eso resulta frustrante que este país no haya sido capaz todavía de enterrar definitivamente sus demonios del pasado cada vez que el pontífice de Roma visita España. Afortunadamente, quedan ya muy lejos disposiciones como las del primer Concordato, firmado en 1851, en el que sin rubor la monarquía isabelina dejaba meridianamente claro que “la instrucción en las universidades y escuelas públicas o privadas serán conforme a las doctrina de la Iglesia Católica”. Y con este fin, se remarcaba: “No se pondrá impedimento alguno a los obispos y demás prelados diocesanos encargados de velar por la pureza de la doctrina de la fe y de las costumbres sobre la educación religiosa de la juventud, aún en las escuelas públicas”.

Un siglo después de aquel primer Concordato, y con una guerra civil por medio que hunde en parte sus raíces en el fenómeno religioso, el propio general Franco pidió a Pío XII, renovar el Concordato. Pero el poderoso y soberbio dictador de los años cincuenta mostraba en esta ocasión su cara más servil. El tirano se humillaba ante el papa de la manera más rastrera que jamás ha hecho un dirigente político. "Ha llegado el momento de la celebración de un Concordato según la tradición católica de la nación española”, le decía el caudillo a Pío XII en una misiva. Y a continuación mostraba su comprensión y benevolencia hacia el Papa de la manera más humillante para el poder político. “Postrado ante Su Santidad, besa, humildemente vuestra sandalia el más sumiso de vuestros hijos." Firmado, Francisco Franco.

Todo esto en realidad pertenece al pasado. Pero es verdad que los demonios familiares salen frecuentemente del armario. Precisamente por esa tendencia casi freudiana que tiene este país a dejar las heridas sin cerrar, los problemas sin resolver. Lo que sin duda demuestra que estamos ante una clase política adolescente que en vez de enfrentarse a los problemas de cara (ahí está el debate sobre la España autonómica) los esquiva con el fin de instrumentarlos políticamente en función de cada coyuntura. Y la religión es, a menudo, víctima de un claro oportunismo político, como ha demostrado Zapatero en sus dos legislaturas. La existencia de una España tramontana e intolerante -en los dos bandos- que parece añorar las guerras de religión ha contribuido sin duda a ello.

El hecho de que 32 años después de la firma del Concordato -ahí está el sistema de conciertos educativos- la Iglesia católica todavía no haya logrado cumplir su compromiso de “lograr por si misma los recursos suficientes para la atención de sus necesidades”, sólo pone de relieve la tendencia a dejar morir los problemas.
«"La separación de poderes es una necesidad para la propia Iglesia católica, que sin duda ha demostrado en la JMJ 2011 su capacidad de convocatoria; pero contrasta su incapacidad para reafirmar su compromiso con la fe alejándose del manto del Estado".»
La separación de poderes es una necesidad para la propia Iglesia católica, que sin duda ha demostrado en la JMJ 2011 su capacidad organizativa y de convocatoria. Lo vivido estos días en Madrid ha sido, sin lugar a dudas, puro civismo. El uso del espacio público como un acto de civilización, lo cual contrasta con esa incapacidad de la Iglesia para reafirmar su compromiso con la fe alejándose del manto del Estado. Haciendo buenas aquellas célebres palabras del dictador Porfirio Díaz sobre México: ‘Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos".

No es un problema económico, al fin y al cabo muchas grandes ciudades quisieran recibir la visita de cientos de miles de peregrinos durante casi una semana. Es un problema de principios. Exactamente los mismos principios que el propio cardenal Ratzinger proclama en Dios y el Mundo, donde reconoce con acierto que el Papa “no necesita un Estado, pero si precisa libertad, una garantía de independencia mundana. No puede estar al servicio de Gobierno alguno”. Exactamente la misma libertad que necesitan los representantes del Estado democrático para que el mundo no caiga en ese pozo del relativismo moral que deplora el Papa en sus intervenciones.

Sin embargo, como han señalado algunos curas madrileños, la visita del pontícipe se ha enturbiado por la existencia de un pacto con las fuerzas económicas y políticas “que refuerza la imagen de la Iglesia como institución privilegiada y cercana al poder, con el escándalo social que ello supone, particularmente en las circunstancias actuales”. Una mala señal que arruina una visita sin duda histórica y hasta necesaria para los católicos que arrumba esa imagen estereotipada de jóvenes pasotas sin compromiso moral alguno y en última instancia carne de cañón del botellón. No es cierto, como se ha demostrado en Madrid.


El Confidencial - Opinión

sábado, 20 de agosto de 2011

El Papa de la Verdad señala el verdadero camino al 15M. Por Federico Quevedo

Fe y Razón son compatibles. No solo eso: suman. Y en momentos en los que la Razón se desencuentra, la Fe ayuda a enderezar de nuevo el rumbo. ¿Qué ocurre con el que no tiene fe? El primer consejo que cabe dar es buscarla. Pero si, aun así, no se encuentra o se rechaza, la Fe sigue estando ahí y aporta un contenido intelectual esencial para todos los seres humanos, independientemente de sus creencias. Por eso Razón y Fe son compatibles, y su combinación contribuye a llevar al ser humano hacia la Verdad, una verdad que nos hará libres en un mundo que hoy se caracteriza por someter al
hombre, a la persona, al individuo, a los dictados de una sociedad de consumo implacable, de un colectivismo atroz.

Siempre entendí el Movimiento 15M como una respuesta casi revolucionaria a esos dictados, como una reacción a la imposición y a un modo de entender el sistema de convivencia basado en la negación de la persona, lo que ha conllevado a la perversión del propio sistema democrático. Los ciudadanos se revuelven contra aquellos que les han hurtado su derecho a opinar y a decidir, contra aquellos que les han conducido a una crisis social sin precedentes.

«El Movimiento 15M sigue teniendo una sólida base para su existencia: la ausencia total y absoluta de los valores y principios que alumbraron el nacimiento del constitucionalismo liberal moderno, valores y principios que podemos volver a encontrar en esa conjugación de Razón y Fe más allá, insisto, de creencias.»
El problema es que desde el primer momento el Movimiento adolecía de una clara dirección en sus objetivos, y al final se ha convertido en una simple operación de marketing de la extrema izquierda. Aun así, más allá de las manifestaciones laicistas y del odio y el resentimiento que ese sector radical de la izquierda ha desplegado hacia la Iglesia Católica y hacia la visita del Papa, contribuyendo además a ofrecer una pobre imagen en el exterior de nuestro país que es ya lo que nos faltaba, el Movimiento 15M sigue teniendo una sólida base para su existencia: la ausencia total y absoluta de los valores y principios que alumbraron el nacimiento del constitucionalismo liberal moderno, valores y principios que podemos volver a encontrar en esa conjugación de Razón y Fe más allá, insisto, de creencias.

Valores y principios que pueden resumirse en la defensa de la libertad individual, el derecho a la vida, el respeto y la tolerancia hacia todas las ideas, opiniones y creencias, la justicia social, la igualdad de oportunidades, la no discriminación, la solidaridad... Todos esos principios y valores se encuentra comprendidos en el Humanismo Cristiano, y contra ellos ha luchado un pensamiento relativista heredero del socialismo real que ha impuesto a nuestra sociedad el modelo de la absoluta satisfacción. Pero ese modelo, y eso es lo que ha denunciado de manera constante el Papa, ha fracasado, y la prueba de ese fracaso es la actual crisis que está atravesando especialmente el mundo occidental, donde se percibe una absoluta ausencia de valores morales y principios con los que antes se sostenía nuestro modelos de convivencia.

Si alguien puede dar lecciones sobre cómo volver a encontrar ese rumbo es la Iglesia, es el Papa, porque nunca lo ha abandonado a pesar de lo que se diga desde la absurda propaganda anticatólica de la izquierda radical: la Iglesia viene siendo desde hace siglo la mayor organización social de ayuda a los más necesitados, la que más ha aportado a la Humanidad en materia de Educación y de Sanidad, la que más ha contribuido a enriquecer nuestra sociedad con el arte y la cultura.

Negar todo eso es propio del determinismo marxista, y supone contribuir a una enorme y masiva mentira que ha hecho un daño a nuestra sociedad que puede llegar a ser irreparable si no volvemos a recuperar ese rumbo que habíamos perdido. La sociedad protesta porque es consciente de que hay muchas cosas que se han hecho mal durante todo este tiempo, porque sabe que se nos han hurtado muchos de esos valores, pero lo que no sabe es cómo canalizar ese descontento, cómo dar una respuesta a las múltiples preguntas que en estos tiempos convulsos nos hacemos porque de pronto nos hemos dado cuenta de que hemos perdido los escasos referentes que el relativismo nos había impuesto como buenos.

El Papa ha venido a dar respuesta a muchas de esas preguntas, y se le puede hacer caso o no, pero lo que nadie puede negar es que lo hace desde el verdadero compromiso con el ser humano y su futuro, y aunque solo sea por eso, porque Benedicto XVI está tendiendo la mano a todo aquel que quiera encontrar respuestas, sería bueno que volviéramos a encontrar dentro de nosotros mismos la capacidad de entender y de respetar que habíamos perdido y escuchar. Sólo escuchar, que tampoco es pedir mucho.


El Confidencial - Opinión

El Papa y los enfadados. Por Charo Zarzalejos

Al mediodía, nuestro país abría los informativos de todas las grandes cadenas internacionales, dándonos a todos los españoles una publicidad realmente impagable. El Papa Benedicto XVI pisaba tierra española, al tiempo que las principales arterias de la ciudad se llenaban de peregrinos y ciudadanos en general para darle la bienvenida. Madrid ha cambiado su rostro. Enormes cantidades de grupos de jóvenes de todas las nacionalidades imaginables recorren la ciudad.

Lo hacen alegres, sonrientes, de manera ordenada y afable. Los organizadores de la JMJ se han visto desbordados en sus previsiones y cientos de miles de creyentes se sienten reconfortados, ilusionados. Como ocurre en toda sociedad democrática y abierta no todo el mundo se siente identificado ni con el Papa, ni con la Iglesia y, ni siquiera con la idea de la existencia de Dios. Tienen derecho a ello pero algo ocurre al anticatolicismo militante cuando para reafirmarse en sus tesis apelan siempre a lugares comunes. Da igual que se haya dicho por activa y por pasiva que la JMJ se sufraga por los propios peregrinos, donaciones de empresas y particulares. Da igual que se sepa de antemano que la JMJ va a dejar beneficio. Da igual que las primeras palabras del Papa en el avión que le ha traído de Roma haya sido una severa crítica a la economía que sólo busca el beneficio en lugar del bienestar del hombre. Da igual que hable de convivencia, de verdad, de libertad, de perdón. Da igual porque para los anticatólicos militantes todo se reduce al uso o no del preservativo. Es llamativo que los enfados por la visita del Papa no esgriman argumentos más de fondo, más serios. Se olvidan de las ideas para caer en la ocurrencia, en la mofa fácil, en lo patético para intentar ridiculizar a una religión y a una Iglesia que mueve a miles de millones de hombres y mujeres en todos los continentes.

Es seguro que entre ateos y agnósticos hay gentes con estupendas cabezas, que saber argumentar con seriedad y sin necesidad de ofender a nadie ni a nada sus ideas y posiciones discrepantes con la Iglesia Católica, pero con ocasión de esta visita del Papa, lo que se ha visto hasta ahora es un anticatolicismo español -el laicismo es otra cosa- ramplón y chabacano que no solo ha actuado como efecto movilizador a favor de la visita papal sino que además no ha ganado un solo adepto.

¿Es el Papa el que mueve a tantos millones de hombres y mujeres?. En la medida que tiene el liderazgo de la Iglesia, si. Rotundamente, si. ¿Tiene la piedra de la Meca un imán que atrae en contra de su voluntad todos los años a millones de peregrinos musulmanes?. No. Van porque quieren. Se acompaña al Papa, se adora a Buda, se viaja a la Meca porque el ser humano, desde el principio de los tiempos ha necesitado creer en algo y como dice el laico Sarkozy, "una sociedad que cree es una sociedad esperanzada".

Los cientos de miles de jóvenes que se han reunido en Madrid son jóvenes esperanzados y la esperanza ni tiene precio ni decae por las mofas ajenas. Madrid está siendo un buen ejemplo de ello.


Periodista Digital - Opinión

Delegada de la chusma. Por Alfonso Ussía

Lo siento por los peregrinos que han sufrido los ataques de odio de la chusma. El mal rato no se lo quita nadie. Pero han contribuido al bien con su miedo y su estupor. Han desenmascarado a esa gentuza sin ideas y rebosadas de ira. Podría haberse evitado, pero la Delegada del Gobierno, desde ahora Delegada de la Chusma, hizo todo lo posible para que se produjera el enfrentamiento. Mejor que enfrentamiento, la agresión de los violentos a los pacíficos que respondían al odio irracional con la sonrisa del perdón. Se han derrumbado los perroflautas. Más de un millón de jóvenes limpios de cuerpo y alma han puesto en evidencia a la suciedad por definición. Que no nos vengan con cuentos los necios con sus proclamas baratas y elementales. Decía ayer una actriz de muy reducidas dotes y lejana a la belleza que antes de dar de comer al Papa ella cocinaría para los de Sol. No es necesario que se esfuerce. El Papa come en la Nunciatura y los de Sol no tienen necesidad de trabajar para comer, porque son unos vagos sostenidos. Engañaron al principio, pero durante poco tiempo. Están apoyados por los de siempre, y los de siempre usan la violencia para compensar la oquedad de sus mentes, el exilio permanente de las ideas. Es fácil gritar, insultar , abofetear y escupir. No tiene secretos ni se precisa una preparación especial para hacerlo. De ser necesaria esa preparación, no gritarían, ni insultarían, ni abofetearían ni escupirían. Ellos actúan desde la elementalidad más brutal. Lo difícil es responder a la barbarie y a la agresión con una sonrisa y los brazos caídos. Este millón largo de jóvenes que se han reunido en Madrid para ver y oír al Papa son los verdaderos pacifistas. La inteligencia es pacífica. La brutalidad, ayuna de ideas, principios y valores, tiene la garrota. Pero nada más que eso. La garrota de un anticlericalismo cavernario que no encuentra argumentos para el debate. La garrota del odio social renacido durante los años del zapaterismo. La garrota del rencor. Es curioso. Más de un millón de visitantes y Madrid está limpia, y huele a limpia, y no se amontonan las basuras y los desperdicios, y no se acumulan jeringuillas y deposiciones humanas. No sólo creen en Dios, que es cuestión que atañe exclusivamente a cada individuo. Están civilizados. Están educados en el respeto hacia los demás y las ideas del prójimo. Están preparados para rezar por quienes los hieren y humillan. No necesitan de la mugre humana para sobrevivir. Reivindican la salud del alma y del cuerpo, sonrientes, felices, esperanzados. La Delegada de la Chusma tiene que abandonar su cargo inmediatamente. Ella ha sido la responsable de la agresión. Las Fuerzas del Orden Público son las primeras en exigir su marcha. Que se instale en Sol con los suyos. Se sentirá muy bien entre el estiércol físico, anímico y mental. El agnosticismo ponderado, el ateísmo culto, el laicismo sensato, reconoce sin tapujos el altísimo nivel intelectual de quien representa hoy en día a Cristo en la tierra. Asombra y emociona su palabra. El Papa ha venido a España a fortalecer a los que ya son perseguidos. Y lo ha conseguido desde el primer momento, porque eran casi dos millones de jóvenes, de futuros, los que aguardaban la llegada de esa fuerza. La chusma no puede con ellos. La violencia se derrota a sí misma. Las máscaras han caído. La luz contra la oscuridad. Maravillosa visita. Sea enviado inmediatamente un paquete a la Delegada del Gobierno en Madrid. Cuando lo abra, se encontrará con una camiseta sudada y una estrella roja de cinco puntas. Unos vaqueros de marca y unas zapatillas malolientes. No encontrará en el paquete ninguna idea. Quizá una garrota. Y que se instale en Sol hasta que su sucesor la desaloje. Delegada de la Chusma.

La Razón - Opinión

Antipapas. "Como en el 36". Por Pablo Molina

El que haya quien considere una provocación ver a otra persona rezar simplemente nos sirve para comprobar el estado de putrefacción intelectual al que se puede llegar cuando se frecuentan ciertos ambiente e ideas.

Lo más penoso de la algarada anticatólica de la Puerta del Sol no es la constatación de que en Madrid existen unos doscientos descerebrados violentos capaces de protagonizar semejantes escenas de odio, pues en la capital de España debe haber, por simple estadística, muchos más. Ese nutrido resto o estaba fuera de vacaciones o tiene como objeto de su ira otra cuestión más prosaica y no consideró oportuno sumarse a ese festival de escupitajos, insultos y empujones a católicos pacíficos, incluidos menores de edad, al que con tanto entusiasmo se dedica por las tardes el resto de la catetada.

La existencia de radicales ociosos dispuestos a vomitar su odio contra quien no piensa igual es un hecho inevitable en todas las sociedades y no hay que escandalizarse demasiado por ello. El que haya quien considere una provocación ver a otra persona rezar simplemente nos sirve para comprobar el estado de putrefacción intelectual al que se puede llegar cuando se frecuentan ciertos ambiente e ideas.


Pero lo realmente sustantivo de estas escenas de violencia callejera contra los jóvenes católicos es la colaboración con que han contado sus protagonistas por parte de las autoridades encargadas de velar por que episodios así no se produzcan.

Las imágenes de una policía maniatada permitiendo que se vulneren derechos constitucionales refleja perfectamente de qué parte está el Gobierno, y los comentarios de los líderes de la izquierda que se han pronunciado al respecto defendiendo a los agresores muestra, a su vez, la catadura ética de un PSOE y una IU irrecuperables para la convivencia democrática.

"Los vamos a quemar a todos como hicimos en el 36", frase proferida junto con otras de similar calaña por la avanzadilla de los manifestantes, demuestra que el guerracivilismo instaurado por Zapatero comienza a dar sus frutos, pero como el violento de a pie siempre es más bestia que el político de nómina, el ropaje progresista con que se revisten estas operaciones de ingeniería social acaba por el suelo hecho unos zorros.

Los políticos de nuestra izquierda han situado en el mismo plano ético a los manifestantes anticatólicos y a los peregrinos asistentes a estas Jornadas Mundiales de la Juventud, lo que significa que para ellos resulta igual de aceptable la instigación verbal al asesinato por motivos ideológicos ("como en el 36") que la profesión pacífica de una determinada fe religiosa.

¿Que a los Valenciano, Jáuregui y Blanco les molesta el correlato? Sólo tienen que poner un tuit condenando moralmente la actuación de estos fanáticos. Más fácil (y barato) imposible.


Libertad Digital - Opinión

viernes, 19 de agosto de 2011

Antipapas. Democracia o terrorismo. Por Agapito Maestre

Leyes orgánicas, decretos y otras formas de acción política no han tenido otro objetivo que borrar los principios religiosos y morales del cristianismo, especialmente, su principal mensaje: dar testimonio público de su fe.

Los peregrinos han traído alegría a las calles de Madrid. Han subido las persianas para que veamos el triunfo de la vida sobre las tinieblas. La llegada del Papa es una fiesta. Sencillo y contundente fue el discurso del Papa en Barajas. Magistral en Cibeles. Millones de seres humanos, incluidos los agnósticos, se sienten reconfortados con la gran movida de Madrid. Pero, por favor, nadie olvide que el combate ideológico en España es duro. Muy duro. No vale esconderse detrás del buen Papa Benedicto XVI. Salga la derecha, incluida la que presume de agnóstica y atea, de sus covachuelas y dé la batalla contra el ataque más grande que ha sufrido la democracia en las dos últimas legislaturas. Enfréntese directamente al salvajismo impuesto por Rodríguez Zapatero en los medios de comunicación, en las manifestaciones, en las universidades y allí donde le han llamado para que imponga su religión de estado.

Vamos, amiguitos del PP, salgan de su sueño por el poder y miren cara a cara el rostro del terrorismo intelectual impuesto por el PSOE en todos los ámbitos culturales e ideológicos. Vamos, señoritos del PP, observen y planten cara al legado que les deja Rodríguez Zapatero. Basta observar algunas reacciones de la "inteligencia" española, especialmente vinculada a los medios de comunicación de clara tendencia socialista, ante la visita del Papa a la JMJ para saber que no estamos lejos de aquel terrorismo filosófico "racional", surgido de la Revolución francesa, que hizo de la persecución del catolicismo su principal objetivo. La manifestación contra el Papa del miércoles es un reflejo de esa mentalidad. No es un asunto menor. No pasemos tan rápido sobre este acontecimiento. No digamos que carece de importancia. Es la quintaesencia de la política de Rodríguez Zapatero, durante más de siete años, contra los valores religiosos y morales de la nación española.

Ya sé, ya sé, cómo no habría de saberlo, que esa manifestación no es nada en términos reales, pero es muy significativa en el sentido simbólico. Zapatero quería estar ahí, en Sol, ocupando y expulsando a los cristianos del espacio público y, en Barajas, dándole el beso de Judas al Papa. Esa manifestación salvaje, por lo tanto, no fue permitida por la delegada del Gobierno, ojalá pudiéramos juzgarla tan fácilmente, sino que fue alentada y promocionada por el propio jefe del Gobierno que ha querido pasar a la historia por esta política contra el catolicismo, que incluso ha llegado a comparar el universalismo de esta religión con ritos chamanísticos propios de pueblos primitivos. ¡No respondía a eso la Alianza de Civilizaciones! Y, sin duda alguna, Rodríguez Zapatero ya ha pasado a la historia. Será difícil hallar en nuestra larga historia de anticlericalismo –repárese, por ejemplo, en tipos como Mendizábal, Canalejas y Azaña– un gobernante más anticlerical que Rodríguez Zapatero. Éste ha hecho suya esa tradición de terrorismo "filosófico racional", que vinculaba a jacobinos y bolcheviques, y a estos últimos con los nazis, para actualizarla en la España de bonos y peces-barbas, de intelectuales de medio pelo y periodistas al servicio del poder que siguen adornándose con grititos y risitas contra los cristianos. Memos. De ese ataque a la libertad de conciencia religiosa, especialmente a la religión católica, no se ha librado nadie en estas dos últimas legislaturas; leyes orgánicas, decretos y otras formas de acción política no han tenido otro objetivo que borrar los principios religiosos y morales del cristianismo, especialmente, su principal mensaje: dar testimonio público de su fe.

La llegada del Papa para participar en la JMJ nos ha hecho olvidar todas esas miserias durante unos días. Pero, por desgracia, esto seguirá la semana próxima. Aunque reconozco que esta visita ha renovado mi conciencia democrática. Sí, sí, porque soy un demócrata, es decir, un defensor de la libertad en cualquiera de sus dimensiones, sigo haciendo de la crítica a ese terrorismo intelectual contra la cultura católica mi primer deber intelectual. Critico y denuncio a quienes son incapaces de ver la dimensión antidemocrática, e incluso totalitaria, en su acerada o ridícula descalificación de la visita del Papa a España. Obviamente, el intelectual demócrata, el pensador de la democracia, tiene que tomarse muy en serio la crítica del terrorismo intelectual, pues que de su éxito o fracaso dependerá la vida de la democracia.


Libertad Digital - Opinión

Acontecimiento mundial. Por José Antonio Vera

Apoteósico día en la capital de España con motivo de la visita del Papa y su encuentro con cientos de miles de jóvenes llegados de todos los continentes. No lo pude presenciar in situ, aunque me complace sobremanera el hecho de haber podido comprobar, a miles de kilómetros desde Los Ángeles, el eco de la noticia en Univisión y los veteranos diarios en español de esta ciudad. No es para menos. Más de un millón de personas concentradas en un día en un mismo lugar es ciertamente una noticia formidable. Cualquier país estaría encantado de acoger en su seno una celebración de tal relieve. En el nuestro, sin embargo, siempre tienen que darse notas discordantes por parte de grupos intolerantes como las que, gracias a la lamentable inhibición de la delegada del Gobierno y del ministro del Interior, protagonizaron la víspera misma de la visita insultando a los peregrinos que ocupaban el centro de Madrid. Y es que algunos no querían dejar pasar una ocasión como ésta para arremeter contra el mundo católico. Tarea baldía, pues ningún acto partidista o sindical ha tenido jamás tanto seguimiento, pese al intenso calor y a no contar con subvención alguna. Tal es su importancia, que hasta en California pude seguir ayer por los medios locales en castellano el encuentro del Papa con miles de jóvenes por las principales calles de la capital. No podía ser de otra manera. Un acto de semejante magnitud supera fronteras y une a millones de personas en todo el orbe. Los que están en el lugar y los que lo siguen por los medios de masas. Jóvenes de todas partes se han desplazado a Madrid haciendo realidad una ilusión largamente acumulada. Me encontré la semana pasada en un restaurante mexicano de Seattle a un grupo de chavales que se disponía a emprender rumbo a España para encontrarse con Su Santidad. Estaban exultantes, tanto por conocer al Papa como por viajar por vez primera a un país al que adoran, por mucho que a veces se diga lo contrario. Y en Los Ángeles he tenido ocasión de conversar con los padres colombianos de dos hermanos que ya estaban en la capital, y que manifestaban la alegría que para ellos supone tener a sus hijos en España con Benedicto XVI, gracias a los ahorros acumulados durante dos años seguidos.

Una lástima que, pese a la trascendencia global del acontecimiento, en nuestro país tengamos aún a una minoría empeñada en negar a la Iglesia lo que por derecho le corresponde. Por mucho que se discrepe, como mínimo debería reconocerse su obra social y su tarea educativa. Pero ellos se empeñan en alimentar una idea irreal de estamento parasitario. Lo peor es que tales colectivos encuentran con frecuencia el apoyo de un Gobierno que, como el de Zapatero, ha jugado a excitar pasiones, suprimiendo ayudas, zarandeando a la educación, provocando con el aborto o aprobando otras políticas hostiles. De nada ha servido porque la fuerza del Papa y de la Iglesia trasciende fronteras. Tal es la proyección de este acontecimiento verdaderamente mundial.


La Razón - Opinión