Hemos hecho un disparate de la vida pública española. O Zapatero, o Rajoy. Eso que tan conveniente resulta en el fútbol, del Madrid o del Barça, es en lo político detestable. En ese terreno donde prende la duda estamos los que no podemos asumir un discurso tan falso. Hay que ser clarividente para afirmar que el Gobierno es malo, la oposición peor y que, como pueblo, somos un desastre. En nuestras manos hay posibilidades para cambiar. No es ZP el que puede hacerlo, ya lo vemos. Ni los sermones matinales de la radio. Tampoco Aznar, claro. Hay lo que hay. Un presidente que recuerda a un caballo cansado y otro, Rajoy, que quiere serlo pero que no termina de cansarse.
Zapatero está solo. Se lo merece dada su afición al diletantismo y la improvisación. Pero es oportuno recordar algunas cosas. La primera, que ante un debate como el de mañana los partidos nacionalistas son tristemente fundamentales. La segunda, que esos mismos partidos siempre ganan. La tercera, que el partido de la oposición, o sea el PP, comparte con el PSOE más de lo que dice. La cuarta y última es que ningún español preocupado por su Nación puede compartir esta exhibición en la que uno afirma y otro niega de forma sistemática.
El PSOE sin apoyos, apestado por la aritmética y la melancolía. Mal hará el PP si cree que ha llegado el momento de la estocada. Zapatero está solo porque por una vez ha hecho política de Estado. Si la solución al País Vasco no hubiera sido un acuerdo con el PP mañana olería a puro habano en las bancadas socialistas. No será así. Hay veces que la soledad, cuando es una opción, debe ser respetada. El poeta Ángel González lo explicaría así de bien: este es mi cuerpo de ayer sobreviviendo de hoy.
ABC - Opinión