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lunes, 3 de mayo de 2010

Camarada García. Por César Vidal

Las imágenes se han convertido en un verdadero éxito en Youtube. Su protagonista es la concejala delegada de acción social y familia, fomento, promoción, desarrollo económico y empleo del Ayuntamiento de Vélez-Málaga, Carmen García.



Con micrófonos y cámaras delante, la camarada García comenzó a realizar afirmaciones como que «no hay peor desgraciado, no solamente no tener dinero, sino votar a la derecha»; o que a la derecha le «importa una puñetera mierda absolutamente todo». El asunto tenía su aquel porque toda la cólera de la camarada García procedía del intento de los concejales del PP de que se aclarara un asunto de enchufismo en el municipio. Ni corta ni perezosa, la camarada García señaló ante las cámaras que «me entran ganas de darle dos galletas en la cara y ponerle la cara morá» añadiendo: «Me parece mentira que tengan todavía algo y no le escupan en la calle en la cara». Naturalmente, consciente de su papel de portavoz de una visión progresista de la política, la camarada García aprovechó para arremeter contra los causantes de la crisis económica que no son otros que los empresarios, la banca y Aznar ya que ahora están llegando a su final los contratos que se firmaron en su época.

Puede entenderse que con semejante bagaje político y, sobre todo, con semejantes declaraciones, la oposición solicitara a la camarada García que pidiera disculpas. La reacción de la camarada García no pudo ser más inequívoca: «No me disculpo porque no me sale del coño». Se puede decir que la camarada García es una excepción en la política nacional. Yo, sin embargo, pienso lo contrario. A decir verdad, creo que la camarada García está hecha de la misma pasta que los dirigentes sindicales y políticos que se manifestaron el primero de mayo. Obsérvese que no digo los sindicalistas, porque sería injusto. De hecho, UGT y CCOO no han logrado ni movilizar para las manifestaciones a todos sus liberados. Pero volvamos a lo nuestro. El mensaje de la camarada García es obvio. Primero, la derecha – a la que vota media nación– es malvada y no siente el menor interés por nadie. Segundo, es incomprensible que la gente no los escupa por la calle. Tercero, lo menos que se merecen son un par de guantazos por cuestionar los trinques de la izquierda. Cuarto, la culpa de todo lo que sucede no tiene nada que ver con la izquierda sino que es cosa de los empresarios, la banca y Aznar que, al parecer, firmó unos contratos laborales que, por razones desconocidas, se han terminado en la época de ZP. Sonroja, pero así es, por desgracia, la izquierda española: prepotente, ignorante e incapaz de asumir las responsabilidades propias. La realidad objetiva no es, sin embargo, para llegar a esas conclusiones. Por ejemplo, en los últimos treinta años, los periodos de gobierno del partido socialista han ido siempre acompañados de unas tasas de desempleo espectaculares que han condenado a la indigencia a millones de españoles o los sindicatos UGT y CC OO no han dejado de ver aumentados sus presupuestos sobre la base no de sus afiliados sino de nuestros impuestos sin que por ello hayan avanzado medidas que sirvan para acabar con el desempleo o el aumento del empleo y del bienestar sólo se ha dado de la mano de gobiernos de derechas que siguieran además recetas liberales. Esa es la realidad indiscutible. Lo demás es demagogia, pero ¡a ver quién se arriesga a decírselo a la camarada García!

La Razón - Opinión

jueves, 29 de abril de 2010

Sin Franco no son nada. Por César Vidal

Es triste decirlo, pero la verdad es que la izquierda española es de las más indigentes intelectualmente hablando de la Historia universal.

Repásese su breve andadura histórica y no se descubrirá un solo aporte doctrinal serio o sólido a diferencia de lo que encontramos en Alemania, Gran Bretaña o Francia. ¡Hombre, si el texto más importante de izquierdas que se ha publicado en los últimos cuarenta años es el libro ecologista de Juan Costa! Algo más han dejado en el terreno de las artes, tampoco mucho, pero como ya sabían los griegos, éstas no son suficientes para gobernar medianamente bien una nación. Durante los primeros años de la democracia semejante raquitismo quedó oculto, en parte, por el pendulazo posterior al franquismo y, en parte, porque, huérfanos de mitos, muchos españoles necesitaban creer en uno nuevo. Sólo que como de donde no hay no se puede sacar, el tinglado de la antigua farsa se desplomó pronto. El PSOE de Felipe González sólo tenía para ofrecer el continuar lo que había hecho la derecha franquista y de la UCD, es decir, la integración en Europa y la modernización. Hasta eso lo hizo mal y llegó a tener casi un 25% de parados y un grado de corrupción incomparable. Para colmo, el muro de Berlín se desplomó dejando al descubierto las vergüenzas del socialismo y el PP ganó dos elecciones seguidas, una de ellas con mayoría absoluta.

De esa manera, cuando el 11-M catapultó a ZP a La Moncloa, España se vio condenada a perder en unos años lo que había costado lograr décadas porque la izquierda ni se había renovado, ni había mejorado y da la sensación de que tampoco había leído. Acabada la demagogia de los matrimonios homosexuales y los feminismos desorejados, sólo tenía –y tiene– para ofrecer más corrupción y más miseria en todos los sentidos del término. ¿Y entonces? Entonces, enfrentada con su paupérrima realidad, la izquierda –como los nacionalismos– ha descubierto que no puede vivir sin Franco. Desde luego es para reflexionar que el SDP alemán haya sobrevivido décadas sin tener que agitar el espectro de Hitler y aquí la izquierda no pueda dar un paso sin rememorar a un general que falleció hace más de tres décadas y a cuyas órdenes sirvieron no pocos de los padres de los progres actuales. Decía José Sacristán en una de las películas de José Luis Garci que compusieron el Tríptico de la Transición aquello de «no podemos pasarnos otros cuarenta años hablando de los cuarenta años». La frase era de una enorme sensatez, pero, por lo visto, ni siquiera José Sacristán –al que el franquismo oprimió obligándole a intervenir en docenas de películas que lo convirtieron en popular– parece haber aprendido aquella lección. No pueden vivir sin Franco de la misma manera que los adultos inmaduros que siguen echando la culpa a sus padres de que sus relaciones de pareja no van bien o que los alumnos vagos que atribuyen sus suspensos a que el profesor les tiene manía. En buena medida es lógico porque las izquierdas españolas, para nuestra desgracia, son seniles sin haber salido de la adolescencia; son ignorantes y ayunas de lecturas, y son vagas e incompetentes. Semejantes circunstancias quizá podríamos contemplarlas con indulgencia si se dieran en el hijo tonto de un buen amigo, pero al frente de la nación sólo pueden inspirar desazón. Y es que, en su indescriptible y autosatisfecha inanidad, sin Franco no son nada.

La Razón - Opinión

jueves, 15 de abril de 2010

La checa de ayer. Por Cesar Vidal

Entre los actos verdaderamente sicalípticos que nos ha sido dado contemplar en los últimos tiempos ocupa un lugar de honor el celebrado en apoyo del juez Garzón el pasado martes y trece en la Complutense.

El citado akelarre –en el sentido literal del término vasco– tuvo lugar bajo la presidencia del rector Berzosa y con la colaboración necesaria de UGT y CCOO. Verdaderamente, lo albergado entre los muros de una universidad que pagamos entre todos ha sido para no perdérselo. Juzguen por ustedes mismos. De maestro de ceremonias oficiaba un rector al que no se conoce obra doctrinal alguna, que ha tolerado la violencia estudiantil cuando se dirigía contra otros, pero que ha reaccionado ásperamente contra ella si él era la víctima y que dijo admirar la capacidad de trabajo de Garzón lo que, teniendo en cuenta las contribuciones del citado rector a la ciencia, es comprensible.

De gran estrella aparecía un fiscal –¡que alcanzó semejante posición en 1962, durante la dictadura de Franco y que, por tanto, formó parte del aparato de un Estado al que ha denominado «genocida»! – empeñado en negar la posibilidad de que todos los ciudadanos sin excepción pudieran acudir a la administración de justicia y en demostrar que los jueces del Tribunal Supremo eran cómplices del franquismo. Y de «supporting actors» fungían dos sindicalistas, uno que está contribuyendo con sus acciones a aumentar el número de parados y a vaciar los bolsillos de los contribuyentes para pagar a sus liberados, refiriéndose a la tiranía del capital y otro situado al frente de un sindicato que no existía durante la guerra civil y que se dedicó a proclamar que un juez que ha intervenido el secreto de las comunicaciones entre un acusado y su cliente, que ha escrito cartas al director de un banco para pedirle conferencias archivando después una acción judicial contra ese mismo director y que ha aplicado o ha dejado de aplicar la ley de amnistía de 1977 según le ha parecido «nos ha quitado la venda». Y lo mejor no era lo del escenario sino, si me apuran, un público en el que, salvo seis o siete excepciones, la edad media andaba por los setenta y cinco años. Entre gritos de rabiosa actualidad como «¡No pasarán!» y ondeando banderas de la segunda república, se podía ver a Maragall, el único presidente de CCAA que se ha querellado contra un humorista; a Zarrías, que no da un paso sin medirlo con escuadra y compás; a Llamazares, gran amigo de esa extraordinaria democracia fundada por Fidel Castro y a tutti quanti. Llegué a pensar por unos instantes que la mayoría de los presentes eran incautos jubilados de la tercera edad de esos que traen a Madrid para asistir al teatro a los que algún progre desalmado había dicho que asistirían a la función de «Vamos a contar mentiras» para luego llevarlos al acto en pro de Garzón. Total, con lo que se oyó tampoco es que el título hubiera desentonado mucho. Y es que los presentes andaban en la labor de injuriar al Tribunal Supremo porque ha tenido la imperdonable osadía de aplicarle la ley al juez Baltasar Garzón sin proporcionar un solo argumento jurídico de mediana entidad más allá del «como toquéis a uno de los nuestros porque quebranta la ley, os vais a enterar». En fin, ya lo dice la canción: «Me asomo a la ventana y veo a la checa de ayer».

La Razón - Opinión

martes, 15 de septiembre de 2009

El siglo III no está tan lejos. Por Cesar Vidal

Reconozco que desconfié cuando Isabel me pidió que escribiera un artículo para Es la Mañana de Federico trazando los paralelos entre la España actual y la crisis del siglo III. Fue así, fundamentalmente, porque yo no creo mucho en los paralelos históricos. Existen y se pueden trazar, sin duda, pero no son como el chicle algo que se pueda estirar a placer. Y sin embargo... sin embargo, tengo que reconocer que algunos aspectos de aquella crisis que sacudió al imperio romano recuerdan la situación que ahora vivimos.

El primero es el dirigismo estatal. Convencidos de la bondad del estado, los romanos habían ido permitiendo que interviniera cada vez más en sus vidas, supuestamente, para garantizarles un futuro mejor. Lo cierto es que ese proceso sólo sirvió para provocar subidas de impuestos, limitación de las libertades y un estrangulamiento creciente de la economía. La situación llegó a tal extremo que multitud de personas decidió abandonar las ciudades y marchar al campo porque al menos allí tenían garantizado el pan cotidiano y no fueron pocos los que aceptaron convertirse en semiesclavos a cambio de cierta seguridad económica.


El segundo paralelo es el de la presión de los bárbaros. No eran éstos nuevos en la Historia de Roma, pero, por regla general, las legiones se habían bastado de sobra para quitárselos de encima de manera expeditiva y duradera. En el siglo III se fue descubriendo con inquietud creciente que la presión demográfica de los bárbaros podía hacer saltar el sistema imperial. Hasta entonces Roma había sabido metabolizar a los recién llegados. Ahora resultaba obvio que éstos la podían ir devorando pedazo a pedazo.

Finalmente, llama enormemente la atención el papel relevante que algunas mujeres fueron adquiriendo en la marcha del imperio. No abrigo dudas de que detrás de su ascenso se hallaba fundamentalmente la ambición política, pero, al menos en el siglo III, no intentaron enmascararla valiéndose de la ideología de género o de la búsqueda de la igualdad. Querían el poder y punto, y debe decirse que en algunos casos lo consiguieron sobradamente.

¿Cómo acabó aquel siglo III de dirigismo estatal, presiones de los bárbaros y mujeres empeñadas en hacerse con el poder político? Pues concluyó con una crisis que a punto estuvo de convertir el imperio romano en un episodio del pasado. De aquella coyuntura acabó saliendo Roma gracias a una feroz dictadura militar y aún así no son pocos los que dudan de que lograra salvar el escollo porque, en adelante, la Historia del imperio se iba a parecer a la del náufrago que, en alta mar, tan sólo intenta mantener la cabeza por encima del agua. Resumiendo: que no termino yo de ver los paralelos con la España actual, pero también es cierto que todo depende del cristal con que se mire.

Libertad Digital - Opinión