
DEBEN reconocérsele a José Luis Rodríguez Zapatero dos virtudes políticas en las que sustenta su fortaleza y le facultan, desde la escasez, para anular las abundancias de sus adversarios. Es inasequible al desaliento y carece del sentido del ridículo. Llegó a secretario general del PSOE frente a personajes de mejor trayectoria y mayor fuste, porque no dio por perdida una batalla que, desde el talento, nadie hubiera asumido. De parecido modo se instaló en La Moncloa gracias a la dejadez que el PP viene exhibiendo desde que José María Aznar pasó el ecuador de su segunda legislatura presidencial sobrado de fuerzas, crecido en la grandeza y en la arrogancia y muy desatento a la demanda social.
Las circunstancias actuales son especialmente adversas para Zapatero. No sólo en razón del paro creciente y el déficit temerario a que nos ha conducido su política. Lo normal sería verle abatido y abrumado; pero sigue encantado de estar donde está y, bien sea en alarde de disimulo y desfachatez o en síndrome de distorsión cognitiva, no parece afectado ni contrito por la calamidad en que nos ha instalado. El desaliento, ya digo, no cabe en la insensatez de quien nos gobierna sin que los suyos, quienes le acompañan en el Gobierno o en el partido, se sientan responsables, que lo son por acción o por omisión, de una situación que puede echar por tierra el edificio, tan imperfecto como real, de nuestro progreso democrático tras la Constitución del 78.
Las circunstancias actuales son especialmente adversas para Zapatero. No sólo en razón del paro creciente y el déficit temerario a que nos ha conducido su política. Lo normal sería verle abatido y abrumado; pero sigue encantado de estar donde está y, bien sea en alarde de disimulo y desfachatez o en síndrome de distorsión cognitiva, no parece afectado ni contrito por la calamidad en que nos ha instalado. El desaliento, ya digo, no cabe en la insensatez de quien nos gobierna sin que los suyos, quienes le acompañan en el Gobierno o en el partido, se sientan responsables, que lo son por acción o por omisión, de una situación que puede echar por tierra el edificio, tan imperfecto como real, de nuestro progreso democrático tras la Constitución del 78.
Su inalterabilidad ante los estímulos del ridículo es todavía más notoria y sorprendente. Después de que sus heraldos -y sus heraldas- desplegaran todas las fanfarrias de la propaganda socialista para anunciarnos la «conjunción planetaria», gran acontecimiento histórico, del encuentro madrileño entre Zapatero, eventual discontinuo en la presidencia de la UE, y Barack Obama, emperador del mundo, los clarines se han quedado en pitorreo. El desdén del presidente norteamericano, concordante con el errático tercermundismo de que hace gala nuestra política exterior y justa respuesta a la utilización partidista y local de lo que debe ser un acontecimiento mundial, hubiera sacado los colores de cualquier líder sensato; pero el socialista ni se inmuta. Impasible el ademán. ¿será capaz de advertir la realidad que le circunda y el futuro que nos espera o lo suyo, más que resistencia para tragar sapos, es puritita insensibilidad?
ABC - Opinión