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domingo, 3 de octubre de 2010

Maoísmos. Por Jon Juaristi

La huelga general del 29-S derivó hacia una parodia de revolución cultural típicamente maoísta.

EN su arenga vespertina del miércoles, Cándido Méndez agradeció a las «formaciones de izquierda» el apoyo activo a la huelga general. La vaguedad de la expresión utilizada por el dirigente de UGT resultaba a esas horas del día un poco obscena. Todo el mundo, incluido Candido Méndez, conocía ya los sucesos de Barcelona, y por más que las televisiones públicas y unas cuantas cadenas privadas se empeñaran en separar los desmanes de los antisistema de la protesta sindical, es innegable que aquéllos son una formación de izquierda (o un conjunto de varias formaciones de izquierda). De extrema izquierda, si se quiere matizar, pero de izquierda ante todo, qué duda cabe.

El asunto puede parecer una nimiedad. No lo es. La inclusión de ese colectivo indefinido en el recuento de los protagonistas de la huelga convertía ésta, retrospectivamente, en una huelga política de la izquierda… contra el gobierno de la izquierda, aunque sólo en teoría. Produce un cierto estupor que el líder de la mayor central sindical del país desvirtuase así el carácter presuntamente sindical del acontecimiento en el mismo mitin de clausura. Por otra parte, es evidente que la huelga del pasado día 29 tuvo poco de sindical, en el sentido clásico del término. La última huelga general propiamente sindical fue la de 1988, y no se equivocaron entonces quienes auguraron que no volvería a haber otra huelga general de carácter sindical. El sesgo político de la de 2002, con la participación estelar de todas las formaciones de izquierda, empezando por la que hoy detenta el gobierno, fue inequívoco, pero es que se trataba de un ensayo de movilización de la izquierda contra el gobierno del PP (indispensable para engrasar una estrategia de acoso al mismo desde la calle, que funcionaría ya a la perfección en las campañas del Prestigey de la oposición a la guerra de Irak, incorporando sin escrúpulo alguno a la extrema izquierda).

La incapacidad de los dirigentes sindicales para cambiar el modelo se ha manifestado en la fastuosa confusión del discurso movilizador a lo largo de los tres últimos meses. Nunca quedó claro si se pretendía obligar al gobierno a cambiar su política, castigar a la patronal o machacar a la oposición. Con la excepción de Madrid, por supuesto, donde la huelga se planteó desde el principio y de modo exclusivo como un ariete contra Esperanza Aguirre. De hecho, los piquetes intentaron con particular entusiasmo paralizar el sector público de dicha Comunidad Autónoma -lo consiguieron al cien por cien en Telemadrid, la única televisión que se vio obligada a interrumpir sus emisiones-, y de ahí el contraste entre la indiferencia del Presidente Rodríguez ante lo que pasaba en la calle, a escasos metros del Congreso, y la indignación de la presidenta madrileña, hacia cuya sede de gobierno confluyeron desde la mañana los combativos sindicalistas de toda la capital. En tales condiciones, la huelga sólo podía ser política y ridículamente maoísta: una revolución cultural de sainete, contra el poder y a favor del poder simultáneamente, con los guardias rojos saqueando tiendas en Barcelona y el Gran Timonel mareando la perdiz en la Carrera de San Jerónimo, como si la cosa no fuera con él. Que no iba.


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ABC - Opinión

Sindicatos caducados. Por Julio Pomés

Si los sindicatos no quieren ser vistos como instituciones caducadas deben renovarse completamente e ilusionar de nuevo. Les conviene tener un buen debate interno para recuperar su utilidad en las relaciones laborales en el siglo XXI.

Vergüenza ajena. Eso es lo que seguramente sentirían los sufridos fundadores del movimiento sindical si levantasen la cabeza y contemplaran el desarrollo de la huelga general del 29-S. Seguramente aquellos grandes hombres, que no vivían del sindicalismo sino para el sindicalismo, serían los primeros en reconocer que lo que en el argot político del Gobierno se expresa como paros "desiguales y moderados", se traduce en lenguaje común como fracaso rotundo. UGT y CCOO han utilizado la máxima medida de reivindicación, una huelga general, sabiendo que la reforma laboral era un motivo insuficiente. Si la razón de la huelga era pobre, más injustificable resulta la violencia que han ejercido algunos piquetes ‘informativos’. Muchos somos los que pensamos que sin la existencia de estos grupos de coacción, verbal o física, la huelga habría pasado inadvertida. Más allá de estos hechos, esta huelga ha revelado algunas cuestiones de fondo sobre el papel de los sindicatos en la España de hoy.

De entrada, la protesta que enarbolaba la huelga carece de sentido porque la reforma laboral es una medida ya aprobada, que no puede derogarse por ser imprescindible. Antaño, las huelgas constituían el principal brazo ejecutor de unos sindicatos que sí defendían a sus trabajadores ante los abusos de la Administración y de los empresarios, y lograban mejorar las condiciones de sus afiliados. Hoy, si algo sabemos todos los españoles, es que Zapatero no va a dar marcha atrás en un asunto necesario que viene exigido tanto por la crisis económica como por la Unión Europea. Mucho menos cuando ya ha ‘descontado’ el vendaval que la medida ha generado y tiene resuelta la aprobación de los próximos presupuestos generales. Así pues, conscientes de la ineficacia de los paros del 29-S, parece más bien que los sindicalistas han salido a la calle a ganarse el pan, a que se vea que siguen organizándose y protestando, para que se justifique su existencia y el dinero que cuestan. Después de todo, la docilidad que han demostrado desde que empezó la peor crisis económica desde el crack del 29 empezaba a resultar sospechosa.

Pero es demasiado tarde. Lejos quedan los tiempos en los que los trabajadores percibían a los sindicatos como mejor garante de sus derechos. La gente sabe que está sola a la hora de encontrar empleo y abrirse camino en el terreno laboral, y por eso no sorprende que la única guerra de números que preocupa ya en España sea la de una tasa de paro que crece sin parar. Así pues, convocando esta huelga los sindicatos se han disparado en el pie mostrando la realidad de su ineficacia.

De todas formas, y para consuelo de ellos, no sólo ha contribuido a este descalabro su torpeza. La pérdida de influencia social de los sindicatos en España va en la línea de lo que está ocurriendo en otros países. Una referencia ineludible es el caso de las centrales sindicales en Estados Unidos: su popularidad va en caída libre a pesar de la gravedad de la crisis económica y del un cierto apoyo del presidente Obama.

Si los sindicatos no quieren ser vistos como instituciones caducadas deben renovarse completamente e ilusionar de nuevo. Les conviene tener un buen debate interno para recuperar su utilidad en las relaciones laborales en el siglo XXI. No en vano, la economía es cada vez más terciaria, y ya no se trabaja en grandes fábricas, por lo que no resulta tan fácil que los intereses de muchos den forma a movimientos sindicales como hemos conocido hasta ahora.

Y, a la hora de proponer nuevos modelos, sería justo proponerles que estuvieran más cerca de la sociedad civil y más lejos del estatus de una casposa institución paragubernamental. Los sindicatos debieran darse cuenta que la fuerza de la opinión pública reside cada vez más en el carácter participativo y emular el modo de funcionar de las redes sociales. El 29-S los términos ‘spanish strike’ y ‘strike spain’ estaban entre los más buscados en Google. Hoy el poder de las redes sociales puede ser más eficaz para quebrar una empresa que utilice mano de obra infantil de un país subdesarrollado, que una enorme manifestación callejera que intente impedir las importaciones de esa nación. Tal vez haya llegado el momento de que se le otorgue a la sociedad el protagonismo que se merece, y de que se reconozca su madurez democrática. La legitimidad de los sindicatos está cuestionada y no la tendrán mientras les falta la cualidad esencial para ser valorados: la autonomía que supone dejar de depender de las subvenciones del gobierno de turno.


Libertad Digital - Opinión

Rajoy y Aguirre, dos formas de gestionar el efecto 29-S. Por Antonio Casado

Era el día después y Mariano Rajoy todavía no había abierto la boca sobre la huelga general. Así que antes de saber que Soraya Sáenz de Santamaría reconoce a Belén Esteban el derecho de sufragio -elegir y ser elegida-, tuve ocasión de conocer de primera mano la valoración del líder del PP sobre el 29-S. “Ha sido un fracaso del Gobierno y de los sindicatos que acabarán pagando todos los españoles”, dijo.

Gobierno, por un lado, y sindicatos, por otro, cargan con sus respectivos fracasos, pero no vale endosarles la misma derrota en el pulso que acaban de librar. En una confrontación entre dos, uno gana y otro pierde. Al guardarse su opinión sobre el que ganó y el que perdió en el choque, Rajoy hace trampas. Incumple sus deberes como alternativa de poder institucional al no pronunciarse sobre el fondo de la cuestión.

La pregunta del día después, desoída por quien personaliza la opción de un recambio en el Palacio de la Moncloa, se encierra en estas dos interrogantes: ¿Debe Zapatero rectificar en la reforma laboral y en su plan de ajustes, como le piden los sindicatos después de autoproclamarse ganadores de la huelga general? ¿O debe ratificarse en la reforma laboral y en su plan de ajustes, como le piden los acreedores internacionales después de haber puesto a la economía nacional al borde del abismo?


Nos quedamos sin saberlo. Rajoy recurre al trazo grueso y a favor del viento. Eso le excusa de entrar en detalles. Es más fácil y menos comprometido sostener que el problema no se arregla con una huelga general sino con elecciones generales porque Zapatero está acabado y le sobra el año de prórroga que le regalan vascos del PNV y canarios de CC. Ese es exactamente el discurso oficial del PP, veinticuatro horas después del pulso librado en la calle entre Gobierno y sindicatos.

Aprovecharse del enfrentamiento

Puede ser un pleito de familia, pero con asuntos de interés general en disputa. Por tanto, el líder de la oposición parlamentaria debería pronunciarse y no lo hace. Al menos podía haber hurgado en la herida que siempre dejan las guerras fraticidas. Y de paso, evitar que otros hurguemos en las guerras fraticidas del PP. Por ejemplo: recordando el inequívoco pronunciamiento de Esperanza Aguirre contra los sindicatos y la constatación de su fracaso. Esa lección, la de aprovecharse del enfrentamiento entre afines, se la sabía mejor la presidenta de la Comunidad de Madrid, que creó las condiciones para lograr que las organizaciones sindicales dieran su peor cara. Algo que en buena parte ha conseguido, al potenciar la imagen de unos sindicatos cuya capacidad de arrastre es tan pequeña que tienen que recurrir a la coacción de los piquetes.

Con la inestimable colaboración de los propios sindicatos, por supuesto, que han hecho todo lo posible por darle la razón a Esperanza Aguirre. No hace falta militar en la derecha política y mediática más desinhibida para compartir el estupor. Parece increíble que en una democracia de derechos consolidados como el de reunión, manifestación o huelga, los ciudadanos hayan tenido tantas dificultades de hecho para ejercer un derecho individual tan básico como el de acudir al puesto de trabajo en una jornada de huelga.


El Confidencial - Opinión

Condescendencia. Por Ignacio Camacho

El gatillazo de la huelga estaba más que previsto pero ninguna de las partes trató de impedir el simulacro.

LOS sindicatos no deberían reflexionar sólo sobre el escaso respaldo de su convocatoria de huelga —«moderado», dicen los más objetivos de sus partidarios—sino también sobre su casi nulo impacto social y sobre la rápida disolución de su eco mediático. La movilización del miércoles apenas era ya tema de portada en los periódicos del viernes, desplazada de la agenda por el asfixiado presupuesto gubernamental, y pronto no será más que un brumoso recuerdo, un ruido lejano en la volátil memoria de la opinión pública. Nunca en esta democracia treintañera había tenido una huelga menos alcance ni unos resultados más previsibles; su carácter de escenificación forzosa, la ausencia de involucración ciudadana y el clima de pasteleo con el Gobierno contra el que supuestamente iba destinada no han hecho sino subrayar su irrelevancia.

La mano tendida por el poder a las centrales, simbolizada en el beso amistoso entre De la Vega y Cándido Méndez, viene a subrayar esa voluntad de entendimiento que deja sin sentido el alboroto de la protesta. Pero los dirigentes sindicales deben entender que los guiños del Gobierno no obedecen a su inquietud ante la débil demostración de fuerza sino a la intención de acudir en rescate de unas organizaciones desacreditadas tras su órdago fallido, y en segunda instancia a los remordimientos que Zapatero pueda sentir por los estragos de su propia política. Al presidente le preocupa el alejamiento de la izquierda social en la medida en que perjudica sus ya bien menguadas expectativas electorales, pero sabe que los sindicatos se han desactivado a sí mismos exhibiendo una capacidad movilizadora muy limitada. Su actitud con ellos es ahora de condescendencia; no le interesa la ruptura pero su malestar no le causa la más mínima alarma.

Por eso la huelga ha sido un enorme ejercicio de hipocresía que sólo ha servido para alterar parcialmente la normalidad productiva. La oferta de negociación sobre el desarrollo de la reforma laboral y sobre el debate de las pensiones podía haberse producido perfectamente antes de la jornada de paro, pero el Gobierno quería permitir a los sindicatos su ritual de queja y éstos necesitaban desentumecer en la calle sus atrofiados músculos de rebeldía. El gatillazo estaba pronosticado en las encuestas que conocían ambas partes, pero ninguna trató de impedir el simulacro. El acercamiento posterior es una componenda ficticia porque nunca ha habido querella real, y la gente lo sabe tan bien como sus protagonistas. De ahí el rápido olvido general de un miércoles sin historia en el que lo único que han sacado los sindicatos es el estupor de la sociedad ante su rancia coacción piquetera, impropia de su teórico papel de pilares de una democracia moderna.


ABC - Opinión

sábado, 2 de octubre de 2010

Izquierda. Lecciones de talante. Por Pablo Molina

Lo ocurrido en esa cafetería sevillana no es sólo la acción aislada de un exaltado. Es una prueba más de que los sectores "más dinámicos" de la izquierda son irrecuperables para la democracia y la libertad. Cuanto antes lo entendamos, mejor para todos.



Lo realmente sustantivo de la escena protagonizada en una cafetería de Sevilla por un progresista, suponemos de la rama sindical, es que no se trata de una acción aislada sino el tono habitual que los socialistas utilizan cuando deciden tomar las calles y, de paso, los negocios ajenos.

Unos proletarios concienciados de la subespecie okupa roban pantalones –de marca, por supuesto–, otros queman contenedores, algunos otros apalean a policías y viandantes y, en fin, los hay que subliman su frustración y su envidia con alaridos insultantes como el camarada sevillano, al que seguramente todos en su agrupación lo habrán felicitado efusivamente e invitado a unas rondas, agravando así las consecuencias previsibles de hábitos pocos saludables a los que el personaje parece tener cierta afición.

El energúmeno que agrede al hostelero sevillano por tener sintonizada esRadio lo hace porque sinceramente cree que esa emisora, que él odia profundamente por seguramente escucharla a diario, debería estar proscrita. Es normal por tanto, dentro de la locura sectaria de esos ambientes, el considerar a los oyentes de nuestra emisora enemigos de la humanidad a los que se puede vejar en público. Y eso si el marxista justiciero actúa sólo, porque, de ir acompañado por otros camaradas igual de comprometidos, la cosa podría haber desembocado en una ración de talante como las que hemos visto aplicar en las algaradas sindicales de esta semana.

La izquierda es totalitaria por definición o no es izquierda. Las libertades de los regímenes demoliberales tienen para los socialistas tan sólo un carácter instrumental que aceptan mientras les permitan ocupar el poder y mantener en silencio a los que se oponen a su dictado. En caso contrario, la izquierda se considera legitimada hasta para suspender las garantías constitucionales, como hemos visto en la fracasada intentona huelguista del pasado miércoles.

Lo ocurrido en esa cafetería sevillana no es sólo la acción aislada de un exaltado. Es una prueba más de que los sectores "más dinámicos" de la izquierda son irrecuperables para la democracia y la libertad. Cuanto antes lo entendamos, mejor para todos.


Libertad Digital - Opinión

viernes, 1 de octubre de 2010

Huelga general. La administración del fracaso. Por Agapito Maestre

El 29-S se deslegitimó, una vez más, una sociedad concebida corporativamente y emergió en su lugar el poder de autodeterminación de los ciudadanos que consiguieron liberarse de las presiones violentas de los "sindicatos".

El fracaso de la huelga del 29 de septiembre tiene cientos de interpretaciones. Una es obvia. Elemental es que el trabajo, cualquiera que sea la noción de trabajo que tenga un individuo políticamente desarrollado, o sea un ciudadano libre en una sociedad plural, es demasiado importante y compleja para dejarla a merced de los dictados de CCOO y UGT. La corporativización fascista de la sociedad, máxima aspiración de los sindicatos que han convocado el paro, tiene en la idea de trabajo de los españoles demócratas un serio límite. Pocos españoles, en efecto, se dejaron embaucar el día 29 por el cuento de que CCOO y UGT son una parte, una corporación, decisiva de la sociedad española. Falso.

Estos sindicatos no representan ni poco ni mucho al mundo del trabajo. No representan nada en absoluto la idea del trabajo que pueda tener un trabajador por cuenta ajena o por cuenta propia en el actual capitalismo. Jamás comprenderán qué es un trabajador autónomo o un desempleado y menos todavía que en el nuevo capitalismo, con todos sus defectos y virtudes, la concepción del trabajo ha cambiado radicalmente. La rutina la predicción de una carrera, la adhesión inquebrantable a una empresa y el trabajo estable hace tiempo que desaparecieron en un mundo de empresas estructuralmente dinámicas y de imprevisibles reajustes de plantillas.


El contraste entre el mundo del trabajo antiguo, casi en vías de desaparición, de organizaciones jerárquicas rígida por un lado, y el nuevo mundo de empresas en cambio y crecimiento permanentes por otro, es algo que no sólo han entendido estos sindicatos, sino que se oponen a él como el avestruz. Estos sindicatos, en el mejor de los casos, sólo representan a sus mandos, jefes y vicarios del poder socialista. CCOO y UGT no agotan, y es la primera consecuencia del fracaso de estos sindicatos, ni de lejos el mundo del trabajo por cuenta ajena.

No entiendo, por lo tanto, por qué la patronal CEOE, después del 29-S, ha hecho un llamamiento a esos sindicatos para seguir negociando. Falso. En mi opinión, ni esos sindicatos representan a los trabajadores españoles ni la "patronal" CEOE representa a los trabajadores por cuenta propia. El fracaso de esta huelga ha vuelto demostrar que las sociedades democráticas no pueden ser reducidas a corporaciones fijas y estancas. No hay una sociedad dividida en cuerpos de trabajadores por un lado, y empresarios por otros, sino individuos que se agrupan para defender intereses. Los ciudadanos españoles no están dispuestos a ser clasificados ni como animales de cargas ni en corporaciones fascistas.

El 29-S se deslegitimó, una vez más, una sociedad concebida corporativamente y emergió en su lugar el poder de autodeterminación de los ciudadanos que consiguieron liberarse de las presiones violentas de los "sindicatos".


Libertad Digital - Opinión

Tras la huelga que no fue. Por José María Carrascal

El concubinato que el Gobierno y los sindicatos han mantenido se ha roto en mil pedazos con la huelga del 29-S.
ESTAMOS como antes de la huelga, sólo que peor. Tres mil millones de euros más pobres, una calificación más baja de nuestra deuda, los sindicatos asegurando que fue un éxito y el Gobierno hablando de «luz al fondo del túnel». O sea, lo que hemos venido viviendo durante los dos últimos años, mientras la economía se desplomaba, el paro crecía y la confianza se evaporaba.

Hace falta tener mucha cara o muy poco seso para considerar esta huelga un éxito cuando ha sido el más rotundo de los fracasos. Los españoles hicieron huelga a la huelga, y los que no la hicieron fue por impedírselo los piquetes o por decisión de las empresas sobradas de stocks, como la automovilística, que saludaron el paro de sus cadenas de montaje como una bendición. El resto pasó de ella.

De lo que no se puede pasar es de la realidad. Una realidad más dura que nunca, como unas perspectivas cada vez más negras. El paro va a seguir subiendo —lo que advierte que la reforma del mercado laboral no funciona—, la calificación de nuestra deuda, bajando —señal de que la desconfianza internacional hacia España continúa— y el Gobierno seguirá adelante con su plan de ajuste, prueba de que el objetivo de la huelga —detener ese plan— no se ha conseguido.


El próximo campo de batalla será la reforma de las pensiones, centrada en el retraso de la edad de jubilación. Los sindicatos ya han dicho que están en contra. Zapatero les dice que le gustaría complacerles, pero que no puede. Se lo impiden Bruselas y los mercados. ¿Qué van a hacer? ¿Declararle otra huelga general? Pues, por ese camino, lo que van a conseguir de victoria en victoria es su derrota total. Y la de Zapatero con ellos, así que mejor que se lo piensen dos veces. Lo más que pueden conseguir de él en estas circunstancias es que prolongue el subsidio de paro a los que ya se les ha acabado. Es decir, prolongar su agonía y la nuestra, pues estamos todos en el mismo bote.

Ese matrimonio de conveniencia, ese maridaje de intereses, ese concubinato que Gobierno y sindicatos han venido manteniendo durante los últimos seis años se ha roto en mil pedazos con la huelga del 29-S. Los intereses de Zapatero —mantenerse en el poder a toda costa— y los de Méndez y Toxo —mantenerse al frente de los trabajadores con empleo fijo, mientras los eventuales y los parados se multiplicaban— marchan ahora en rumbo de colisión. La huelga ha dejado al descubierto la desnudez de los tres, su incapacidad, su desorientación, sus vergüenzas. Mejor dicho, no ha sido la huelga, han sido los españoles que decidieron el miércoles ir a trabajar, que es lo que el país necesita y no encuentra.


ABC - Opinión

Punto final. Por Alfonso Ussía

Punto final al tostón de la presumible y ficticia huelga general. Un fracaso absoluto. «Democrática y constitucional» según Méndez y Toxo. Si esta cosa con pretensión de huelga ha triunfado en algún sector, ha sido gracias a los piquetes violentos, a los matones, a los contratados para impedir el derecho al trabajo. Y eso no es democrático y menos aún, constitucional. Analfabetismo puro o cinismo polisémico. En donde no han llegado los piquetes, total normalidad. Por todo ello, un chasco de fiesta. ¿Quién ha pagado los gastos? ¿De qué caja han salido los millones que han cobrado los piqueteros? ¿Y los carteles, los altavoces, el montaje final y demás vainas? Los que no hemos hecho huelga. Es decir, el ochenta por ciento de los contribuyentes.

He paseado con parsimonia por mi barrio. Ningún comercio cerrado. A un grupillo de piqueteros la gente los ha insultado. No con crudeza ni grosería. Simplemente han sido señalados como vagos, gandules, carotas y otras pequeñas lindezas. La propietaria de un comercio ha firmado una inteligente síntesis: «Estos vagos sólo trabajan un día cada tres o cuatro años para impedir que trabajen los demás».


Para mí que Méndez y Toxo, por mucho que celebren la gamberrada, se sienten hundidos. No se puede convocar una huelga general contra los suministradores del dinero. Y lo lamento profundamente por Rubalcaba. De haber puesto algo más de interés, los piquetes madrugadores no hubieran conseguido sus nada democráticos ni constitucionales objetivos. Sucede que el Gobierno y los sindicatos son familiares, y contra la familia no se actúa. Ha dicho el Presidente del Gobierno que deseaba respetar el derecho a la huelga y el derecho al trabajo. El segundo derecho no se ha respetado ni en la industria, ni en el transporte urbano colectivo.

Y al final, a la Puerta del Sol, qué casualidad. Allí se ubica la presidencia de la Comunidad de Madrid, qué casualidad. Y la presidenta de la Comunidad de Madrid, democrática y constitucionalmente elegida, ahora sí, por los madrileños, se llama Esperanza Aguirre, qué casualidad. Todo muy casual, muy coincidente, muy sospechoso. Pero los manifestantes estaban cansados. Eran los mismos, reunidos, que formaron los piquetes. Muchos de ellos, cansados y con un sobre agradecido en el bolsillo. El cansancio se nota, como la desilusión. Méndez y Toxo, los grandes responsables del fracaso, los cómplices callados –¡Tres años sin decir ni mú!–, de la desastrosa política social y económica del Gobierno, se sabían vencidos mientras soltaban las bobadas de siempre. Se han gastado por nada y para nada. En UGT y en Comisiones Obreras ya han principiado las conspiraciones. Sus puestos son muy apetecidos y apetecibles. Y cuando pase la falsa euforia, llegarán las críticas sinceras y las amarguras propias del chasco. Punto final a la huelga general. ¡Qué rollo!


La Razón - Opinión

Huelga. Zapatero busca un bálsamo. Por Cristina Losada

La traición de ZP consiste en haber sustituido el discurso sentimental asociado a una política económica de izquierdas por aquel que, bajo el signo de la austeridad, se vincula a la derecha.

Al contrario que Felipe González, su sucesor ha usado guante de seda con la huelga general. El primero no ocultó su enfado ante las cuatro que le cayeron, sobre todo, en la del 88, que a un paso estuvo de provocar un cisma familiar. En aquella etapa de ostentoso poderío, las protestas sindicales se despacharon oficialmente como fracasos. El contraste con la reacción gubernamental al 29-S es, pues, total. Ni asomo de acritud, ni un mísero reproche. El Gobierno se ha mostrado comprensivo, efusivo y amistoso. No ha querido dar cifras de seguimiento que pudieran molestar y el día después, De la Vega se retrataba junto a Méndez provista de una sonrisa profidén. Hízose la huelga, es decir, la gran putada, y aquí paz y después gloria. Tan amigos.

La actitud conciliadora del Gobierno resulta indicativa del frágil equilibrio de fuerzas del que depende Zapatero cuando ya ha tomado cuerpo la perspectiva de una cuantiosa pérdida de poder. Quedar a la intemperie es el destino que más teme un partido y no digamos sus dirigentes, que ven llegar, inexorable, el tiempo de la matanza pendiente. De ahí que el camino de la salvación posible transcurra por el intento de rehacer las relaciones con los grupos que pastorean a un rebaño en trance de dispersión. Todo un peligro ése, dado que Zapatero logró sus triunfos electorales al aglutinar en torno suyo a cuantos se identifican con la izquierda, incluido ese segmento volátil, minoritario, pero decisivo.

Curioso, irónico, que sea la economía la que haya abierto una brecha entre los que fueron activos y fieles sustentadores del zapaterismo. Y es que no encumbraron a Zapatero por su alternativa económica, prácticamente inexistente. Lo idolatraron por una retórica que revalorizaba la marca "izquierda" y una política de confrontación con la derecha, de hermanamiento con el nacionalismo y de beligerancia con los valores tradicionales. La economía les traía al fresco, como al propio presidente hasta hace poco. Y sospecho que nada ha cambiado en ese punto. No les incomodan la incompetencia y los engaños, ni el paro, la recesión, el déficit y todo ese galimatías. La traición de ZP consiste en haber sustituido el discurso sentimental asociado a una política económica de izquierdas por aquel que, bajo el signo de la austeridad, se vincula a la derecha. Veremos qué bálsamo, si alguno, dispensa para tal herida.


Libertad Digital - Opinión

Paleosindicalismo. Por Ignacio Camacho

Ese sindicalismo piquetero, apegado a un viejo cliché industrialista, es casi un anacronismo social.

LO que importa no es tanto el fracaso de la huelga como el fracaso del modelo. Ese paleosindicalismo piquetero, vociferante, apegado a un viejo cliché industrialista, es un anacronismo en la moderna sociedad laboral. Tiene un problema importante de afiliación —15% en el sector privado— y de representatividad, y funciona apegado al imaginario obrerista del siglo XX. No ha conseguido integrar a los autónomos ni se preocupa por los desempleados, vive de fondos públicos, abusa de sus prerrogativas y mantiene una rancia identidad ideológica cercana al viejo concepto de las correas de transmisión de los partidos de la izquierda. La propia idea de la huelga general constituye un recurso en declive que los sindicatos no han sabido ver. El jueves lograron parar, aunque a base de piquetes, la industria y la construcción pero se les fue vivo el sector terciario: los servicios, el comercio, la hostelería, que son la clave del PIB nacional. A la Administración y el funcionariado, donde las centrales tienen su mayor porcentaje afiliativo, los habían quemado con la huelga fallida de junio. Y en su burbuja ensimismada no sólo se olvidaron del teletrabajo sino de que internet y las redes sociales pueden retratar en directo el paisaje social de una jornada como ésa: las imágenes de la coacción violenta han destruido la mitología del paro con el demoledor testimonio en tiempo real de una barbarie inaceptable en plena democracia.

Lejos de hacer autocrítica de ese bucle obsoleto en que andan encerrados, los dirigentes de UGT y Comisiones cerraron la huelga con un lamento victimista sobre su maltrecha imagen pública, y tuvieron la osadía de deslegitimar al Parlamento como fuente de representatividad… ¡en el cuarto país con más baja afiliación sindical de Europa! La gente les ha dado la espalda ignorando su órdago más potente y ellos persisten en una rancia retórica pancartera. Están defendiendo su statu quoen vez de aplicarse a la puesta al día de un modelo que exige una refundación urgente. Se enrocan ante las críticas como vestales de un derecho que nadie ha cuestionado; no es el fuero sindical ni su papel constitucional lo que está bajo sospecha, sino la forma en que ellos lo han convertido en un modo de vida ajeno a la necesaria función de interlocutores sociales. Zapatero, que se ha permitido el lujo de concederles un empate político donde ellos sólo han cosechado una derrota, que los trata con condescendencia por proximidad ideológica y por mala conciencia respecto a sí mismo, ha sido sin embargo el encargado de poner de manifiesto su irrelevancia. Ha pasado del proteccionismo al ajuste duro sin encontrar más respuesta que un paro malogrado que desacredita a sus convocantes. Y está mucho más preocupado por la oposición parlamentaria que por la sindical. Él sí sabe que los Gobiernos no caen por huelgas generales, sino por elecciones generales.

ABC - Opinión

La realidad del día después

Entramos ya en la recta final de 2010 sin atisbo de una inflexión definitiva que ponga a España en la senda de la recuperación real de su economía.

TRAS la rebaja de la calificación de España por la agencia Moody´s y el pesimismo del informe publicado por el Banco de España sobre la evolución económica del tercer trimestre, ni hay margen para que el Gobierno «rectifique» en el sentido que le piden los sindicatos ni estos van a recibir del Gobierno posibilidades reales de «diálogo» sobre pensiones y reforma laboral. La agencia Moody´s ha rebajado la calificación de la deuda española por la debilidad de la recuperación económica, lanzando un jarro de agua fría sobre el discurso oficial del Gobierno, que defiende que la recuperación se está consolidando. El de Moody's no es un juicio de valor infundado, porque coincide con los datos que ha recabado el Banco de España para anunciar que la levísima mejoría de los indicadores económicos del segundo trimestre se ha frenado en el tercero. Las causas eran previsibles, porque se encuentran en el aumento del IVA, la supresión de las ayudas a las compras de vehículos y el recorte a la inversión pública. Mientras los planes de estímulo estuvieron vigentes, la economía española vivió con respiración asistida. En cuanto el Gobierno se ha visto obligado a retirarlos, la situación económica empieza a dar su verdadero rostro. Este es el día después de la huelga del 29-S, un cuadro de crisis que entra ya en la recta final de 2010 sin atisbo de una inflexión definitiva que ponga a España en la senda de la recuperación real de su economía. La huelga ha sido inútil en todos sus propósitos, incluso el de despacharla como un trámite indoloro para el Gobierno, porque la opinión pública ha diagnosticado que detrás de la convocatoria había «tongo» entre el Ejecutivo y las organizaciones sindicales. El amistoso encuentro de De la Vega y Méndez, en una emisora de radio a menos de doce horas de que acabara la jornada de paro, es la fotografía de esta mascarada perpetrada por el Gobierno y los sindicatos el 29-S.

De esta huelga, de estos sindicatos y de este Gobierno no se vislumbra una aportación para dar empleo a los millones que lo buscan, ni para mejorar la confianza de los ciudadanos y de los empresarios ni para sentar las bases de una política económica fiable a medio plazo. Desde luego, no servirán a este fin unos presupuestos generales para 2011, entregados ayer por la ministra de Economía al presidente del Congreso, construidos sobre unas previsiones económicas otra vez contaminadas de optimismo. Unas cuentas para entrar con pocas esperanzas en el cuarto año de la crisis.


ABC - Editorial

jueves, 30 de septiembre de 2010

La equis sindical. Por Ignacio Ruiz Quintano

Se impone en la declaración de la renta, a fin de que estas organizaciones obreras sin obreros, tan simpáticas, vivan de sus simpatizantes, no de todos los pagafantas.

De madrugada, en la barra del «after hours», los Pochetes del nuevo liberalismo, que es el liberalismo a sueldo, me decían que Rubalcaba, ese holograma del felipismo gálico, era el jefe de la huelga, pero, una vez de día, la vulgaridad del espectáculo superaba incluso al mito de Rubalcaba: en las calles había más mugre que otros días y más tontos rodados (motoristas y ciclistas de acera) que otros días, pero es que Madrid es una ciudad de mucha mugre y mucho tonto rodado. Se ve que mugre y tontos rodados son inherentes a todo movimiento de progreso, y España es desde hace algunas décadas el parque temático del progreso. Ayer era día de huelga general y en las calles elegantes de la capital había basura, aunque más o menos la misma que había en las mismas calles el día que España ganó el Mundial de fútbol. Entonces, al cabo de la jornada, Casillas habló al pueblo, y esta vez la encargada de hablar al pueblo fue la dirigencia (esa palabra huele a Evita) de un sindicalismo vertical que en Madrid, ayer, sólo consiguió cerrar Telemadrid, circunstancia que podría aprovechar el sentido común para no volver a abrirla. Visto lo visto, se impone la equis sindical en la declaración de la renta, a fin de que estas organizaciones obreras sin obreros, tan simpáticas, vivan de sus simpatizantes, no de todos los pagafantas. ¿Qué juego tonto es ése de los liberados manchando (los escaparates de todas las tiendas de la calle de Serrano amanecieron pringados de pegatinas y pintadas), y detrás, los trabajadores limpiando? O limpia Zapatero, que es el objeto de la huelga, o estamos ante otra gamberrada, como la de esos bomberos que, en su protesta sindical, pintarrajean como zulúes los vehículos, tal que si fueran, no de los contribuyentes, sino suyos o del alcalde. Pero es que a Comisiones y a Ugeté les pasa con Zetapé lo que al «As» y al «Marca» con Mourinho.

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Los piquetes y los «fascistas». Por Edurne Uriarte

Resulta que para el Gobierno, lo grave, lo «fascista», es la denuncia de la coacción, el rechazo de la violencia y la exigencia de un comportamiento pacífico de los sindicatos.

Una periodista simpatizante de las ideas socialistas, María Antonia Iglesias, afirmó ayer que ha habido «una campaña fascista contra los sindicatos». La vicepresidenta De la Vega acusó por su parte al PP de «perseguir a los sindicatos». Y Corbacho se felicitó por lo bien que se desarrollaba la jornada de huelga y proclamó la «normalidad». Más o menos a la misma hora, todos los medios de comunicación, de izquierdas y de derechas, ofrecían las mismas imágenes de la huelga y parecidos titulares. Referidos a la violencia de los piquetes. Y a las numerosas acciones de coacción protagonizadas por los sindicatos. Con un balance de la huelga secreto por parte del Gobierno, solo quiso ofrecer las cifras de la huelga en la Administración del Estado, pero evidente para los ciudadanos que la siguieron a través de los medios y de su propia experiencia. El limitado éxito de la huelga se produjo en buena medida bajo coacción. Y resulta que para el Gobierno y bastantes de los analistas que lo apoyan, lo que importa, lo grave, lo «fascista», incluso, es la denuncia de esa coacción, el rechazo de la violencia y la exigencia de un comportamiento pacífico de los sindicatos. Lo que demuestra lo lejos que nos hallamos aún de la normalización democrática de los sindicatos y de la propia izquierda que admite y legitima los métodos violentos. Y lo que refleja también la dispar evolución de los extremismos en Europa. Mientras el extremismo de derechas, el fascismo, ha sido deslegitimado por la sociedad y por la propia derecha, el extremismo de izquierdas, el comunismo y los métodos obreristas violentos, son admitidos por la izquierda. Actos de violencia como los de ayer que hubieran recibido una condena unánime si llegan a proceder de la extrema derecha, fueron, sin embargo, ignorados, excusados o apoyados por la izquierda y el Gobierno. Por ser extremismo del «bueno».

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Huelga general. La fe de los sindicatetos. Por Francisco Capella

Creen que el trabajo es algo bueno y ellos, generosos, se lo dejan a los demás: salvo el día de huelga, que entonces todos deben disfrutar igualmente de lo de no trabajar.

Creen que la huelga no es un envite de los sindicatos contra el Gobierno, sino un envite democrático en el que nos la jugamos todos y todas. Y es que para ellos esto es un juego, seguramente de azar porque la habilidad y la inteligencia no son sus puntos fuertes, y ellos hablan en nombre de todos y todas. Se creen profesores porque el Gobierno y los empresarios van a recibir una lección de democracia.

Creen que el derecho a no hacer huelga no existe y que el interés de la mayoría de los trabajadores siempre está por encima de la voluntad de los grandes y pequeños empresarios. Creen que la mayoría de personas que acuden a trabajar el día de la huelga lo hacen presionadas, amenazadas y coaccionadas por sus jefes con bajadas de sueldo y despidos. Se creen víctimas, pero no creen necesario mostrar más evidencias que sus propias declaraciones, porque ellos nunca mienten ni engañan.

Creen que la lucha de la masa obrera ha servido a lo largo de la historia para mejorar los derechos de los trabajadores. Y van a seguir "mejorándolos", quieran o no: van a luchar, guerrear, batallar, pelear, golpear, gritar y hacer lo que haga falta hasta vencer la resistencia de aquellos a costa de quienes se obtienen esos derechos, que son todos los demás.


Creen en el trabajo de los piquetes disuasivos, porque de verdad disuaden. Creen que los piquetes son la expresión más genuina de la defensa de los derechos democráticos, que se articulan gritando mucho y con lenguaje gestual de amenazas y desaprobación. Creen que todos sus golpes son en legítima defensa, y los de los demás son viles agresiones injustificables.

Creen que las calles y las carreteras son de ellos y por eso pueden cortarlas para impedir el paso a los demás. Creen tener derecho a redecorar la propiedad ajena según su discutible criterio estético y llenarla de pintadas o pegatinas. Creen que si un negocio ha cerrado es porque está de huelga y apoya su causa. Creen que si no haces huelga es porque no sabes lo que haces; o tal vez sí y "tú sabrás lo que haces". Algunos creen que la huelga se hace mejor cubierto, son tímidos y no quieren ser identificados.

Creen que los estridentes pitidos de sus silbatos son música celestial que todos deben apreciar. Creen que todos deben prestar atención a su discurso informativo, y que con más volumen se tiene más razón. Creen que sus consignas de pocas palabras no muy complicadas contienen enormes cantidades de información acerca de la política económica y la filosofía del derecho.

Creen en el rebaño, en la manada, en la masa: siendo muchos siempre se tiene más fuerza y se puede hacer más daño. Al compañero le creen todo, al traidor esquirol nada. Creen que los que se niegan a hacer huelga son indeseables insolidarios a quienes conviene insultar y corregir su conducta con algún destrozo para que aprendan. Se creen éticamente responsables pero no admiten la responsabilidad por los daños que causan: es que les han provocado.

Creen que las pérdidas que causan por sus coacciones a todos aquellos a quienes no permiten trabajar son un coste asumible en la lucha sindical: al fin y al cabo, no son ellos quienes tienen que asumirlas. Creen que los servicios mínimos equivalen a servicios máximos: no tiene usted derecho a trabajar si otros ya han cumplido con el mínimo.

Se creen clase trabajadora, pero no hay mucha evidencia de que produzcan algo de valor a precios que interesen a otros: salvo que sean del gremio de matones, demoliciones, asaltos o destrucciones varias. Tal vez piensan que les está prohibido convertirse en empresarios abandonando a los que ahora presuntamente los explotan; o quizás son incapaces de organizar proyectos productivos exitosos, lo saben y por eso ni lo intentan.

Creen que el trabajo es algo bueno y ellos, generosos, se lo dejan a los demás: salvo el día de huelga, que entonces todos deben disfrutar igualmente de lo de no trabajar.


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La mafia en la retina. Por Hermann Tertsch

La sociedad despreció su convocatoria y los ignoró. Solo hubo huelga ayer allí donde la amenaza logró imponerse.

TENÍAN razón ayer la jefatura suprema de los comandos, los miembros liberados de la organización, compañeros Cándido Méndez y Juan Ignacio Fernández Toxo, cuando aparecieron ante la prensa a declarar muy ufanos que habrá que recordar este 29 de septiembre. ¡No saben ellos aun hasta que punto es eso cierto! Es probablemente lo único cierto que dijeron en una comparecencia trufada de ficción política de tercera categoría y morralla ideológica de taberna antisistema. Ambos tenían ya el rostro de combatientes abatidos en la jungla, con caras de «Mono Jojoy». O de tahúres que lo han perdido todo a los naipes y con angustia infantil intentan animar a una nueva partida. Cuando saben que no tienen más opciones que una retirada ignominiosa o una soga en la buhardilla. Vamos a recordar esta fecha pero por motivos muy diferentes. Ayer España dio un paso definitivo de cara a liquidar un sistema sindical que ha degenerado en un aparato de corte mafioso, sostenido por la coacción y la violencia y por su mecanismo parasitario de financiación. La sociedad despreció su convocatoria y los ignoró siempre que pudo. Solo hubo huelga ayer allí donde la amenaza logró imponerse. Donde las bandas de matones no tenían superioridad abrumadora, la población en general se enfrentó a ellas. Los corrió literalmente a gorrazos e, imponiendo su soberana voluntad, se puso a trabajar. Se acabó el chollo. Ellos que han colaborado tan eficazmente en el cierre de miles de empresas, están a punto de echar el cierre a su lucrativa agencia de coacción que millones de españoles ya sólo identifican con la extorsión, la amenaza y la violencia. Anclados en sus privilegios, en su primitivismo y en su zafia retórica decimonónica no han visto la gravedad del insulto que suponía para toda la sociedad que pretendieran representar a los trabajadores españoles del siglo XXI. Mientras los obligaban a golpes y amenazas a plegarse a su voluntad. Se acabó. Todos sabemos como son. Los hemos visto. Decenas de miles de cámaras de teléfonos móviles han dado testimonio de las amenazas, de las agresiones y la brutalidad ejercida contra la ciudadanía que quería trabajar. Las escenas permanecen y son demoledoras. Así, toda la sociedad española tiene hoy a la mafia en la retina. La mayoría de los españoles está en contra de las medidas tomadas por el Gobierno. Por muy diversos motivos. Unos las consideran excesivas e injustas, otros creen que son insuficientes e inútiles. Muchos creen que llegan tarde o mal. Pero la repulsión ante la acción sindical ha despojado de sus últimos restos de respetabilidad a estos sindicatos. Han sido el somatén del zapaterismo y ahora, de acuerdo con éste, querían hacerse un lavado de cara a costa de los trabajadores españoles. No se les ha dejado. Habrá un nuevo sindicalismo, pero el rufianismo de estos parásitos antisistema, toca a su fin. Si hicieran otra huelga general, motivos habrá, serían sus piquetes los que tendrían que ser protegidos por la policía.

ABC - Opinión

Huelga general. Sindicatos con respiración asistida. Por Emilio J. González

Estos sindicatos ya no representan a nadie porque no se han adaptado a los tiempos que corren, ni a la crisis, ni a los profundos cambios sociológicos que se han producido en España.

El balance del 29-S deja atrás no sólo el sonado fracaso de la huelga general convocada por UGT y CCOO, sino también, y sobre todo, el divorcio entre los sindicatos oficialistas y una sociedad más que harta de unas centrales sindicales que ni se han enterado ni se quieren enterar de qué va la España del siglo XXI.

Cuando los españoles quieren hacer huelga, la hacen de verdad, como se puso de manifiesto en el famoso 14 de diciembre de 1988, pero cuando no quieren, no les gusta que nadie les obligue a actuar en contra de su voluntad. El ambiente no estaba en estos momentos, ni mucho menos, para secundar una convocatoria que partía de dos errores fundamentales de base: el momento y el motivo.

El momento, porque los sindicatos se han pasado dos años con la boca bien callada mientras el paro se disparaba a cifras de verdadero escándalo y ellos sin decir nada porque ya se encargaba el Gobierno de untarlos bien untados con la ‘grasa’ del presupuesto. Y después de darle la espalda a la gente, sobre todo a los casi cinco millones de parados, a los empresarios que han tenido que cerrar su negocio y a los autónomos que se han visto obligados a cesar en su actividad, a todos ellos y a sus familias, ahora UGT y CCOO querían salir a la calle para protestar porque hay que tomar medidas dolorosas para enderezar una situación de cuyo empeoramiento han sido cómplices por acción y por omisión.


El motivo, porque la huelga tendría que haber sido contra quien nos ha conducido a este desastre socioeconómico, esto es, el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, no los empresarios que están sufriendo la crisis ni mucho menos la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, cuyas políticas están permitiendo amortiguar en la región los durísimos golpes de las circunstancias que nos están tocando vivir. Así es que la equivocación de partida ha sido una convocatoria contraria a los deseos y al sentir de la gente en todos sus aspectos.

El distanciamiento con la sociedad se ha agravado a raíz de la actuación de los piquetes, impidiendo la salida a primera hora de los autobuses de la EMT y tratando de paralizar el metro para que las personas no pudieran acudir a su centro de trabajo, y después tratando de bloquear el tráfico, además de amedrentar, como poco, a todo aquel que osaba desafiar la llamada al paro. La reacción contra los sindicatos que han tenido, por ejemplo, los vecinos de la Gran Vía de Madrid, por tanto, es lógica y sirve como botón de muestra de una sociedad que no está por la labor de que nadie les venga a imponer nada en contra de sus deseos, y menos aún cuando, en el caso de Madrid, la convocatoria de UGT y CCOO tenía todos los tintes de una huelga política contra una presidenta, Esperanza Aguirre, elegida democráticamente y que, después del fracaso sindical de hoy, probablemente va a renovar su mandato el año próximo con mayoría absoluta.

Los sindicatos han hecho un ejercicio de total falta de sensibilidad hacia la sociedad. Ellos iban a lo suyo, con sus planteamientos ideológicos decimonónicos, sin importarles ni los parados, ni el sufrimiento de las personas para quienes perder un día de sueldo en estos momentos supone un verdadero problema, mientras Toxo y Méndez disfrutan de super áticos de lujo y restaurantes de primera; ni el deseo de los millones de españoles de querer ejercer su derecho a trabajar con libertad y, de esta forma, pueden haber consumado definitivamente un divorcio con una sociedad a la que le han dado la espalda en los momentos más difíciles y que desde hace tiempo no quiere saber nada de ellos, como demuestran las bajas y decrecientes cifras de afiliación.

Estos sindicatos, por tanto, hoy por hoy ya no representan a nadie porque no se han adaptado a los tiempos que corren, ni a la crisis, ni a los profundos cambios sociológicos que se han producido en España. Si hoy tienen un papel en nuestra vida pública es porque entre las concesiones que se hizo a la izquierda en la Constitución de 1978 estuvo la de darles una importancia y una representatividad como interlocutores sociales de la que carecerían si la sociedad pudiera opinar al respecto. Si sobreviven es porque disfrutan de la respiración asistida que les proporciona el Gobierno a base de subvenciones multimillonarias de las que luego no dan cuenta a nadie pese a tratarse de dineros públicos, como tampoco dan cuenta de cuántos liberados sindicales –señores que cobran pero no trabajan ni, en muchos casos, los conocen sus propios compañeros en la empresa o en la Administración– hay en nuestro país, qué hacen realmente y cuánto nos cuestan, cosa que también indigna a la gente.

Así es que tenemos a unos agentes sociales que no representan a nadie y a quienes no traga un número importante y creciente de sus supuestos representados, que, por no haberse sabido adaptar a los tiempos, resultan tan anacrónicos como un dinosaurio en la Puerta del Sol. Nuestras centrales sindicales, en consecuencia, son una especie en peligro de extinción y sólo sobrevivirán en el futuro si aprenden la lección y se modernizan de verdad para atender a las verdaderas necesidades y demandas de los españoles del siglo XXI, que ya no se identifican con ellos ni con sus postulados. Lo malo es que ese proceso de modernización no se podrá llevar a cabo mientras Méndez y Toxo sigan donde están y menos aún si el Gobierno de Zapatero se dedica ahora a reírles las gracias y a tenderles la mano, cuando UGT y CCOO se han convertido en uno de los principales obstáculos para la salida de la crisis y para el progreso económico y social de nuestro país.


Libertad Digital - Opinión

Adrenalina de la incivilidad. Por Valentí Puig

Este sindicalismo no solo es un fósil de formulación inapropiada, sino un auténtico riesgo.

NO hacían falta ni la insensata huelga general ni la incivilidad de los piquetes de ayer para llegar a la consecuencia de que el proceso de institucionalización de los sindicatos ya reclama un efecto de reversibilidad. Su irrepresentatividad y la acumulación opaca de recursos y disponibilidades ha llegado a tal extremo que va a ser la sociedad la que comience a exigir del sindicalismo más transparencia, menos agitación, más racionalidad y un espíritu de consenso que no sea un estricto simulacro de la presión y jornadas coercitivas como la de ayer.

En lugar de la capacidad de conciliación a la escandinava o del modelo de concertación alemana, en España hemos ido a parar a un sistema de cesiones y no de transacciones, en el que un sindicalismo conducido por líderes caducos mantenía una parcela de privilegios cada vez menos presentables en sociedad. Eso le ha estallado en las manos a Rodríguez Zapatero, no siendo paradójico en él que haya querido presentarse siempre como precinto iconográfico de la paz social.


Desde ayer, quien creyera en un rol estabilizador o eficazmente reivindicativo de los sindicatos, como también a quien sencillamente le fuese indiferente, no le van a faltar motivos para pensar que una huelga general era lo menos apropiado en un momento de incierta probabilidad de salida de una recesión que nos ha empobrecido, ha destruido cientos de miles de puestos de trabajo y ha afectado a toda la maquinaria de nuestro crecimiento económico. Esa reflexión es algo tardía, ciertamente, entre otras cosas porque Zapatero optó por negar la crisis y le cedió al sindicalismo gran parte de lo que es su responsabilidad como gobernante. Hoy estaremos barriendo las huellas de la incivilidad directa de los piquetes, para redescubrir algunos pasos más allá las huellas de la irresponsabilidad zapaterista.

No es España el único país miembro de la Unión Europea en el que ha habido una respuesta sindical a las medidas anti-recesión. Pero eso no le sirve de consuelo real a nadie. En realidad representa lo menos capaz de una sociedad deseosa de producir y de competir, de acuerdo con los mejores parámetros, en las antípodas del acto bronco y de esas hazañas testiculares que la huelga de ayer escenificó con inquietante abundancia de adrenalina.

Para la sociedad que a trancas y barrancas pugna por salir de la crisis, para miles y miles de familias que se están dejando la piel, para otras tantas empresas que no acceden al crédito, este sindicalismo no solo es un fósil de formulación inapropiada, sino un auténtico riesgo para cualquier horizonte de futuro. Seguramente no sea otro el significado de ayer: el canto del cisne —un cisne hosco y agresivo— de aquel sindicalismo al que la transición democrática institucionalizó como uno de los principales agentes de la vida social. Proclamaron entonces que querían recibir el patrimonio del sindicalismo vertical franquista con «los ascensores en funcionamiento». Heredaron mucho y mal. Hoy lastran el gran ascensor social que España necesita más que nunca.


ABC - Opinión

Mañana de piquetes, tarde de marchas y baile de cifras. Por Antonio Casado

La foto de la mañana quedó movida por los incidentes con piquetes, policías antidisturbios, trabajadores y unos ciudadanos que pasaban por allí. Los medios de comunicación trasladaron la impresión de estar viviendo una jornada de guerrillas urbanas y no de huelga general. Eso refleja uno de los aspectos capitales del llamamiento de los sindicatos a una movilización general contra la “política antisocial del Gobierno”.

Me refiero al divorcio entre convocantes y convocados. O, por decirlo de otro modo, la colisión entre una minoría sindical muy activa y una inmensa mayoría de ciudadanos poco inclinada a secundar el llamamiento. Colisión ilustrada con una avalancha de testimonios cargados de violencia, coacción y, esto es lo nuevo, actos de resistencia de los ciudadanos frente a los excesos de los llamados piquetes informativos. En otros tiempos, el ciudadano o el trabajador que no secundaba la huelga daba un paso atrás para evitar males mayores. Ahora también, pero con más gente dispuesta a plantarle cara a los piquetes coactivos. El número de sindicalistas que han resultado lesionados en el desempeño de esa tarea ha sido inusualmente elevado.


Baile de cifras

Si la foto de la mañana quedó movida por los choques verbales y físicos, en la foto de la tarde quedaron las manifestaciones en las grandes ciudades y ese clásico que es la guerra de cifras. Con una novedad. En esta ocasión el Gobierno no entra en la disputa. Las únicas cifras de seguimiento facilitadas anoche por el ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, sólo se refieren a los trabajadores de la Función Pública. Con bajísimos porcentajes de absentismo. Y un poco más altos en las empresas públicas del área de Fomento: 35 % en el turno de mañana y 6% en el de tarde.

Así que en las cifras generales tenemos que atenernos a ese poco creíble 70 % de seguimiento contabilizado por las organizaciones sindicales. O a los sondeos de los medios de comunicación sobre la impresión de los ciudadanos, que reflejan un rotundo fracaso de la huelga general. Hasta el 95 % en el caso de los lectores de El Confidencial que así lo creen. El Gobierno no se moja. “Desigual” fue la palabra elegida por el ministro Corbacho cuando ayer le pidieron su valoración.

Estaba cantado que los sindicatos amontonarían en la misma cifra de huelguistas a los que no quisieron trabajar y a los que no pudieron. Descontado ese efecto, es evidente que las cifras de seguimiento no le dan a los sindicatos para tirar cohetes, si se excluye el sector industrial y unos transportes obligados a funcionar bajo mínimos impuestos o pactados.

En cualquier caso, es el Gobierno el que tiene la clave para elevar a definitiva una conclusión sobre el éxito o el fracaso de la huelga general de ayer. Depende de si, como esperan los sindicatos, rectifica en las políticas inspiradas decididas bajo la presión de sus acreedores internacionales. O, por el contrario, se ratifica en la reforma laboral y los ajustes decretados, pasándose por el arco del triunfo la presión de los Sindicatos. Hagan apuestas.


El Confidencial - Opinión

29-S. Burla general. Por Juan Ramón Rallo

Si los sindicatos sobran, con más motivo sobra su Gobierno cómplice. Así no. Rectificación ya. Conocemos de sobra cuáles son los réditos de la política económica izquierdista: recesión y paro. Levantemos sus privilegios y dejemos que la economía se ajuste.

Constatado el fracaso de la huelga por boca de un lacrimógeno Corbacho, quien parecía más un frustrado pirómano que un airoso superviviente de la quema, queda, como reclaman nuestras centrales sindicales, que la convocatoria traiga sus consecuencias. Al cabo, si ni siquiera el corte de las comunicaciones y la decidida actuación de los piquetes antiobreros ha conseguido que más de un 5% de los ultrajados trabajadores patrios secundara la huelga de nuestros sindicatos "mayoritarios" (sic), entonces el restante 95% tendremos que exigir responsabilidades.

Porque ese 5% apenas alcanza para cubrir los afiliados sindicales que no sean liberados más algún que otro empleado de alguna industria –como la del automóvil– con una estructural sobreproducción y a la que no le venía mal parar las máquinas por un día para ahorrarse unos eurillos. Así, tras este espectáculo revolucionario-circense, habrá que pasarles cuentas.


Primero, a los sindicatos. Dado que exigen una rectificación inmediata de la política gubernamental, deberán tenerla: basta ya de privilegios y de subvenciones millonarias. Los sindicatos son un claro ejemplo de grupo de presión autoalimentado: su función social es nula o contraproducente –de ahí que vivan del presupuesto– pero han conseguido crear el mito de que son imprescindibles para el buen funcionamiento del país. Gracias a semejante narrativa ucrónica, han logrado generar una burocracia dependiente de los fondos que coactivamente les transfieren los empresarios y el conjunto de los españoles a través del erario público. Sólo los propios sindicalistas secundan sus huelgas, sólo los propios sindicalistas acuden a sus manifestaciones, sólo los propios sindicalistas reclaman una mayor presencia suya en las instituciones. Es lógico, pues su privilegiado y lujoso modo de vida depende de ello, pero no permisible: la rigidez del mercado laboral español requiere de cambios urgentes y uno de ellos pasa por acabar con el sindicato vertical de la Comisión General de los Trabajadores o de las Uniones Obreras; esto es, pasa por implementar a un modelo de negociación contractual entre las partes y por que los sindicatos se financien sólo con las cuotas de sus afiliados (si es disponen de alguno).

Pero el fracaso de la huelga no sólo debería arrollar a los sindicatos, sino también el Gobierno. Durante tres años de durísima crisis económica, el Ejecutivo socialista abdicó de sus responsabilidades económicas para que los "agentes sociales" negociaran una reforma laboral que sirviera para capear la depresión. Se nos dijo que el Gobierno no podía ignorar a los sindicatos debido a su enorme representatividad social y la bromita nos ha costado casi tres millones de puestos de trabajo. No fue hasta que Merkel estuvo pisándole los talones a Zapatero cuando éste aceptó hacer como que ignoraba a los sindicatos y sacó adelante su propia reforma laboral; un simulacro que, no obstante, ha concluido como sólo podía concluir: en un nuevo pasteleo entre el Gobierno y los sindicatos para no tocar los elementos esenciales de nuestro franquista mercado laboral cuyo acto central ha sido esta burla general.

Si los sindicatos y sus liberados sobran, con más motivo sobra su Gobierno cómplice. Así no. Rectificación ya. Conocemos de sobra cuáles son los réditos de la política económica izquierdista: recesión y paro. Levantemos sus privilegios y dejemos que la economía se ajuste. Del río revuelto de esta crisis sólo están acaparando pescados los grupos de presión que viven del presupuesto público, entre ellos los sindicatos. Despidámonos de ellos y del desvergonzado Gobierno que en época de carestía está dispuesto a seguir comprando su apoyo con nuestros cada vez menores ahorros. A buen seguro, los millones de personas a las que sus ruinosas políticas han condenado al desempleo lo agradecerán. Que la huelga no haya sido en vano.


Libertad Digital - Opinión

¿Quién paga la factura?. Por M. Martín Ferrand

El Gobierno promete lo que no puede y los sindicatos reclaman lo que las circunstancias no permiten.

DICEN los sindicatos que la huelga general de ayer fue un éxito y el Gobierno lo desmiente con sus datos; pero, ¿quién paga la factura? España, poco a poco, va desvaneciendo la idea esencial de un Estado de Derecho para implantar una Nación de Impunidades y, por un procedimiento tan portentoso como irresponsable, nunca le pasa nada a quien debiera pasarle algo. Entre nosotros, las causas políticas solo generan efectos ciudadanos, pero sin coste para sus promotores. Si el 29-S se hubiera llevado por delante al Gobierno de Zapatero o a los líderes de los sindicatos organizados en duopolio de falsa representación laboral, la deuda de la perturbación estaría saldada y sus teóricos sucesores tratarían de hacerlo mejor o, cuando menos, de un modo diferente. Los suicidas tienden a llamarle éxito a la consecución de su propio certificado de defunción, pero eso no suele aliviar los problemas o los desencantos que les llevaron a tirarse por un puente.

La insólita convocatoria de ayer, en la que unos sindicatos de dudosa representatividad clamaban por la anulación de una ley aprobada por una mayoría en el Congreso, es todo un síntoma de la profunda enfermedad que —literalmente— nos paraliza y empobrece. No hay conciencia de que el cuerpo nacional necesita cirugía en lo público y tratamiento de choque en lo privado y, alegremente, el Gobierno promete lo que no puede cumplir, los sindicatos reclaman lo que las circunstancias no permiten, la patronal brilla por su ausencia y la oposición se limita al pataleo.

El espectáculo de un Gobierno y unos sindicatos tratando de no hacerse mucho daño los unos a los otros es la única superchería que le faltaba a José Luis Rodríguez Zapatero para completar su colección de esperpentos. De ahí que no sea suficiente que Mariano Rajoy se limite a lamentarse de que a esta legislatura le sobra un año. Le sobra, qué duda cabe, pero le falta un líder en la oposición que cumpla con su función. Aunque tenga garantizado su fracaso, al PP, para dejar las cosas claras y perfilar la capacidad y la intención de la alternativa, se le puede exigir una moción de censura que centre en el Parlamento, mejor que en la calle y en sus mentideros, el debate político y obligue a las fuerzas en presencia a obrar en consecuencia. Démosle al 29-S, al menos, la función de una provechosa catarsis que le ponga fin a las penosas inercias a las que nos hemos acostumbrado. La pasividad del PSOE que respalda a Zapatero y la fáctica complacencia del PP pueden volverse contra los dos únicos partidos grandes, nacionales y representativos en los que se sustenta nuestra débil democracia española.


ABC - Opinión