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viernes, 24 de diciembre de 2010

Vacaciones. Por Alfonso Ussía

Celebro las vacaciones de los parlamentarios. No están nada mal. En Navidad, treinta días. En Semana Santa, diez jornadas de asueto. En verano, prácticamente dos meses para reencontrarse a sí mismos. Para no huir de la justicia y el equilibrio, es conveniente reconocer que hay dos clases de diputados y senadores. Los que trabajan y los del montón. A mí, personalmente, si me dieran la oportunidad, me gustaría pertenecer a la segunda especie. El parlamentario del montón es un señor o una señora que votan. Pulsan el botón y descansan.

Aplauden a su líder cuando éste interviene en la tribuna de oradores y ululan, barritan o gesticulan cuando el adversario dice cosas que no les satisfacen. Además, que muy pocos de ellos son parlamentarios. En España se ha perdido el donaire de la palabra fluida, y es complicado encontrar a oradores solventes. No se habla, no se parlamenta, se lee. Y lo más ridículo. Una buena parte de lo que el parlamentario lee en la tribuna de oradores es materia conocida por el resto de la cámara. Envidio el sistema y reglamento del Parlamento británico, en el que los papeles son meros apuntes y no discursos. Como sucedía en el Parlamento español. A la tribuna se ascendía con el solo apoyo de la palabra.


De cualquier manera, no se puede considerar el trabajo de un parlamentario un cotidiano esfuerzo agotador. «Los diputados no hacían nada de nada, pero lo hacían muy bien», dijo alguien que no era Churchill. Cuando tengo que recurrir a una cita ingeniosa siempre se la atribuyo al gran político inglés, que me debe muchos aciertos dialécticos. En España, el más recurrente es Gracián. Nadie pone en duda a Gracián, y todo se le perdona. «Son tontos todos los que lo parecen y más de la mitad de los que no lo parecen». Esta sentencia, atribuida a Gracián, levantaría ampollas fundamentalistas de ser asignada a otro talento. Churchill fulminó a la pesada de Lady Asthor en sus enfrentamientos parlamentarios, pero nadie se atreve con él después de muerto. Sigue ganando todas las batallas dialécticas. Leo ahora los discursos parlamentarios de Silvela, de Madrigal, de Cánovas, de Castelar, y más modernos, de Gil Robles o Indalecio Prieto, y constato la decadencia de nuestro ingenio parlamentario. Porque Azaña era aburrido, y Calvo Sotelo excesivamente grandilocuente. «Para decir que ha subido el precio de los limones y las patatas, no se ponga tan trascendente, señoría», le dijo Cánovas a Sagasta. «Usted siempre con su gracejo andaluz», le respondió Sagasta. «Pues saque usted su gracia de Logroño, a ver qué tal», remachó el malagueño.

En el Parlamento actual no tiene cabida el sentido del humor, entre otras razones porque la improvisación está casi prohibida. Cuando en 1982 fue elegido presidente del Congreso Gregorio Peces Barba, la tristeza invadió el recinto y todavía no se ha recuperado, y eso que Landelino Lavilla no era la alegría de la huerta. Pero era un Congreso de los Diputados más vivo e ilusionado que el de ahora. Y estaba la «Taberna del Cojo», el bar motejado así en memoria del conde de Romanones, y lo primero que hizo Peces Barba fue clausurarla en detrimento del parlamentarismo paralelo, porque allí se hablaba mejor que en el hemiciclo. Lo decía el inolvidable Antonio de Senillosa. «En el atril, en lugar de agua habría que poner whisky».
En fin, que no nos queda otro remedio que desear a los parlamentarios que descansen de su descanso. Y que sean felices.


La Razón - Opinión

viernes, 10 de diciembre de 2010

Políticos. Mentir sale gratis. Por Florentino Portero

Los nuestros mienten con descaro y los de tierras afectas a la Reforma hacen gala de una hipocresía que revuelve el estómago al más cínico de los comensales. En democracia, para bien o para mal, los políticos son expresión de la sociedad que los vio nacer.

Un amable lector me pide que trate de explicar por qué en unos países la mentira tiene un coste político y en otros no; por qué, a fin de cuentas, en España los políticos mienten sin límite ni pudor y no pasa nada. Sin querer meterme en honduras sociológicas o antropológicas me atrevo a apuntar algún argumento que nos puede ayudar a entender cómo hemos llegado a la penosa situación en la que nos encontramos.

España es una democracia, con todo lo que ello implica. Los ciudadanos tienen la última palabra, por lo que la política se convierte en un ejercicio de comunicación entre los partidos y la ciudadanía. Los responsable políticos construyen un discurso en función de los intereses, valores y sentimientos de su potencial electorado. Cada segmento tiene sus características, del mismo modo que cada nación tiene su peculiar y exclusiva "cultura" política porque, por muy europeos que todos seamos, la política italiana no se desarrolla en los mismos términos que la francesa, ni ésta que la británica... En democracia la política es una expresión "cultural" más, en el sentido que a esta palabra le dan los antropólogos.


La mentira se vive de forma muy distinta en el mundo católico, donde siempre estamos a tiempo de arrepentirnos y confesarnos, que en el protestante, donde lavar nuestro expediente no resulta tan fácil. La historia cuenta, como cuenta la educación y siglos de convivencia en torno a unos valores determinados. En España mucha gente miente y eso no se vive como un problema sino como un mecanismo, más o menos legítimo, de defender intereses personales o corporativos. Cuando un partido político prepara un programa electoral se da por descontado que nadie se lo va a leer, ni siquiera aquellos cuyos nombres aparecen en la papeleta.

En España los políticos mienten porque son españoles, como españoles y mentirosos son sus electores. No es verdad que los españoles se escandalizan porque sus políticos les engañan. Rodríguez Zapatero lo hizo durante su primera legislatura sobre la negociación con ETA y no le supuso coste político alguno, negó la existencia de la crisis económica durante la campaña electoral y aún así once millones de electores le refrendaron su confianza. ¿No ha expresado el PP su rechazo a la reforma, léase reducción, de las pensiones cuando es perfectamente consciente de que en el caso de llegar al poder le tocará hacerlo?

Los españoles denuncian indignados que se les miente sólo cuando la mentira va unida a un daño a sus intereses. Algo semejante podemos decir de la corrupción, compañera de viaje de la mentira, que el español disculpa porque, si pudiera, quizás haría lo que supone que el político hace, pero que critica cuando va unida a la incompetencia en la gestión de los asuntos públicos.

¿No es acaso Pérez Rubalcaba el político más admirado por la izquierda precisamente porque es quien más y mejor miente de entre los suyos? ¿No se lamenta la derecha por no contar en sus filas con alguna joyita de similares condiciones?

Es verdad que en todas partes cuecen habas, pero así como los hermosos judiones que crecen a orillas del bravo Eresma no son iguales que las deliciosas fabes que nacen en los suaves prados asturianos, los políticos de cada país reflejan las características de la sociedad que los elige y patea. Los nuestros mienten con descaro y los de tierras afectas a la Reforma hacen gala de una hipocresía que revuelve el estómago al más cínico de los comensales. En democracia, para bien o para mal, los políticos son expresión de la sociedad que los vio nacer. De ahí la vieja sentencia de que cada nación tiene los políticos que se merece.

Espero haber respondido a mi amable lector, aunque dudo mucho que este artículo le haya levantado el ánimo.


Libertad Digital - Opinión

lunes, 19 de julio de 2010

El show de la política exterior española

El multiculturalismo en el que se funde festivamente Moratinos no tendría que hacernos olvidar que Occidente se asienta en unos valores que las dictaduras atacan de lleno y cuya defensa debiera ser la razón por el que nuestras tropas están en Afganistán.

Hubo un tiempo en el que los diplomáticos eran señores de una exquisita educación y formación que se sabían representantes en el exterior de su nación y que trataban ante todo de defender sus intereses. Para algunas naciones, aquellas con una mayor raigambre liberal y democrática, esos intereses coincidían en gran parte con la promoción de las libertades más allá de sus fronteras o, al menos, con el distanciamiento de los regímenes que violaran derechos básicos; esto es, las obsesiones ideológicas o los intereses económicos de sus políticos no llevaban a socavar unos valores compartidos por la práctica totalidad de la sociedad. Forma y fondo eran importantes para transmitir una imagen de seriedad, fortaleza y dignidad en el concierto internacional.

La diplomacia española de las últimas décadas nunca terminó de controlar la estética de las relaciones internacionales. En general, nuestros ministros de Asuntos Exteriores tenían un perfil más político que diplomático y eso lo acabábamos pagando en serios fallos de protocolo que no servían precisamente para reforzar nuestra credibilidad. Pero aún así, en alguna ocasión, como sucediera con los gobiernos de Aznar y más en particular durante sus últimos años, las posiciones de fondo eran claras, lo que ayudaba a compensar los defectos formales: defensa de la democracia y de las libertades frente a todas las dictaduras, incluyendo las de izquierdas y las islamistas.


Zapatero llegó a La Moncloa con la idea de poner patas arriba el país que le había legado el Ejecutivo de Aznar y uno de los frentes donde generó un mayor estropicio fue el de las relaciones exteriores. No sólo dinamitó los valores que había promovido Aznar, abandonando a sus aliados en Irak, sino que se apresuró a alinearse con todas las dictaduras comunistas e islamistas que estuvieran dispuestas a recibirlo.

Esta última semana, Moratinos se ha reunido con los representantes de cuatro dictaduras: Bassar al Assad, del partido nazi Baaz en Siria; Raúl Castro, tirano y hermano de tirano cubano; con el ministro de Exteriores iraní Manucher Mottaki; y con el ruandés Paul Kagame. Pero pocos se han escandalizado de que la agenda de Moratinos esté en apariencia dedicada a legitimar internacionalmente a estos regímenes, cuando no (como en el caso de Cuba) a actuar como su correveidile.

De visita por Afganistán, Moratinos ha sido agasajado en una 'jirga', una fiesta afgana, en su honor. Ha lucido para la ocasión turbante y manto, lo que le ha permitido hacerse unas fotos que sirven, como ya sucediera con las de De la Vega en África, de apología multicultural de la Alianza de Civilizaciones. No estaría de más que Moratinos, aparte de sonreír a quienes agradecen una errática política española en la región que básicamente ha consistido en enviar a nuestras tropas con un insuficiente armamento para lograr una palmadita en la espalda de Obama, dejara clara cuál es la postura española en materias tan importantes como la democracia, las libertades y la discriminación de la mujer o de las minorías raciales, étnicas, religiosas o sexuales en ciertas regiones del planeta que con tanta alegría visita.

Porque el multiculturalismo en el que se funde festivamente Moratinos no debería hacernos olvidar que Occidente se asienta sobre unos valores y principios que las dictaduras y las ideologías totalitarias atacan de lleno y cuya defensa, precisamente, debiera ser el motivo por el que nuestras tropas se encuentran en Afganistán. Desde luego, nuestros soldados no deberían permanecer en el país si el objetivo último es que la agenda exterior de España se convierta en una pasarela de Moratinos por las principales dictaduras internacionales sin osar defender, ni en una ocasión, los intereses del país y los valores democráticos y liberales de Occidente.

Porque, por mucho que se divierta el ministro, este tipo de fastos deberían ser, como mucho, un instrumento para alcanzar unos objetivos más ambiciosos y no, como parece, el objetivo en sí mismo de toda nuestra acción exterior. Con los espectáculos que nos brinda la política nacional, ya tenemos más que suficiente.


Libertad Digital - Editorial

lunes, 4 de enero de 2010

La paz de Rodríguez y Gobierno ilegítimo Por Pio Moa

LA PAZ DE RODRÍGUEZ.

Dije en otra ocasión que el "rojo" presidente del gobierno actual tiene bastantes cosas en común con Hitler. Por los años 20 y 30, los rojos trataban de asaltar las democracias "burguesas" para instaurar dictaduras de izquierda.



Lo intentaron en muchos países, entre ellos España, en 1934. Los nacionalsocialistas o nazis, al contrario, utilizaron el sistema de libertades para alcanzar el poder y, una vez en él, demoler la democracia. En 1934, el PSOE combinó el asalto armado a la república con algunas tácticas nazis, y lo hizo deliberadamente, como sabrá quien haya leído Los orígenes de la guerra civil. Pero es evidente que el ensayo más completo ha sido el actual. Desde el poder, Rodríguez y los suyos se han aplicado a liquidar la legalidad, vaciando de toda sustancia las instituciones, hundiendo el espíritu de reconciliación que caracterizó el comienzo de la actual democracia y poniendo en riesgo creciente la unidad de España. Proceso cuyos frutos envenenados percibe cada día todo aquel que no quiera cerrar los ojos y sobre el que he hablado abundantemente, por lo que no voy a extenderme ahora. Esta forma de ejercer el poder ilegitima tanto a Hitler como a Rodríguez, pese a haber llegado al gobierno de modo formalmente legal.

Otra semejanza entre los dos personajes es su afición a llenarse la boca con la palabra "paz". Pues las agresiones de Hitler se perpetraron bajo el lema y cobertura de la paz, la autodeterminación y similares, y los desmanes del actual presidente siguen la misma tónica.

Hay una tendencia inconsciente a creer que las palabras invocadas por los políticos reflejan la verdad de sus creencias y prácticas, pero en muchos casos la verdad es la contraria. Ya en la oposición patrocinó Rodríguez el Rojo la toma, a menudo violenta, de la calle, con destrozos de mobiliario urbano, asalto a supermercados y a sedes del PP, etc. Su llegada al poder vino inmediatamente precedida de una explotación indecente, violenta, embustera y golpista de la matanza del 11-m. Y seguida de la recompensa a los presuntos autores de la masacre mediante la retirada de tropas que en Irak ayudaban a los irakíes contra asesinos parecidos a los de Madrid, fueran estos islamistas o no.

Con motivo de los chanchullos del gobierno en el caso del Alakrana, Rodríguez ha acusado a sus críticos de querer resolver los conflictos por medio de la fuerza y no de la negociación. Pero hay formas legítimas e ilegítimas de emplear la fuerza, y negociaciones legítimas y otras que pueden ser criminales. Así, por ejemplo, la negociación con los asesinos de la ETA a costa de la legalidad, de las víctimas, de la unidad de España, es solo una criminal colaboración con el terrorismo que justifica y premia el asesinato como forma de hacer política. ¿Dónde está ahí el carácter pacífico de la política del Rojo? Y sin embargo, en el colmo de la infamia, ha bautizado esa colaboración como "proceso de paz".

Así, la política de subvencionar generosamente el desenterramiento de viejos odios a base de falsificar la historia, ¿qué tiene que ver con la paz? Tanto como el propio gobierno con la honestidad o la libertad. Nada de pacífica tiene, asimismo, su "alianza de civilizaciones", como bautiza su apoyo a tiranías como la de Castro y muchas otras de izquierdas. Y nada de pacífica, sino de muy alarmante para el futuro, tiene su apoyo tácito a las infracciones legales de los nacionalistas catalanes, que, como en verano de 1934, se han situado ya al margen de la ley, o del residuo de ella.

Una sociedad, compuesta de tendencias, intereses e ideas contradictorias, se mantiene en pie gracias a la ley. En 1934 y 1936, las izquierdas destruyeron la legalidad de la república y ello ocasionó la guerra civil. Hoy asistimos a un proceso similar, cuyo desenlace ignoramos, pero que solo puede ser desastroso. Si no es detenido a tiempo, algo que el PP ha renunciado a hacer.

ANTE UN GOBIERNO ILEGÍTIMO

Recordaré los puntos que hacen ilegítimo al gobierno español actual. Para empezar, su origen está estrechamente ligado a la mayor matanza terrorista perpetrada en Europa. Y no porque ella aumentase la votación a su favor (Rajoy había perdido gran parte de la ventaja con que había emprendido la campaña electoral), sino por la explotación violenta, calumniosa y demagógica que hizo el PSOE de la matanza y el premio que a continuación dio al terrorismo islámico, supuesto perpetrador de la misma. Pero en el ejercicio del gobierno, Rodríguez y los suyos han ido mucho más allá. Su llamado "diálogo" con los asesinos etarras ya era de por sí ilegal, y aumentaba su ilegalidad al convertirse en franca colaboración con la ETA, a la cual entregó reconocimiento nacional e internacional, dinero, sabotaje a la persecución judicial, reducción drástica de la persecución policial, silenciamiento de las víctimas y, sobre todo, el estatuto catalán, clamorosamente contrario a la Constitución.

Solo estas fechorías –coherentes con el nefasto historial del PSOE, causante principal de la Guerra Civil– muestran la clase de partido que está en el poder, y lo deslegitiman. Pero ha ido aún más allá con su ley llamada de memoria histórica, en realidad de exaltación de la cheka. Dicha ley tiene un doble objeto: por una parte, legitima a los asesinos del terror izquierdista antes y durante la guerra civil, y también, cómo no, a los etarras, presentando a unos y otros como "víctimas", igualándolos a los inocentes que también cayeron en la represión de derechas. Es difícil imaginar una ley más infame, amparadora del crimen, una ley contra el más elemental sentido de la justicia, que califica plenamente a sus promotores.

El segundo objetivo de la ley es la deslegitimación radical del franquismo, y por ello de cuanto procede de él, es decir, la democracia y la monarquía. Esa ley anula el espíritu y la letra de la transición, así como la reconciliación alcanzada bajo aquel régimen, que permitió, precisamente, la evolución relativamente tranquila a una relativa democracia. Esa ley pesa como la mayor amenaza involutiva sobre nuestra convivencia en libertad, unida a la corrosión de la independencia judicial y al arruinamiento de la Constitución por medio de hechos consumados. Ruina en la que colabora el PP de Rajoy.

Durante años, la mayor parte de la gente ha preferido cerrar los ojos ante estos desmanes o buscarles atenuantes. Pero admitirlos es admitir la bananización de la democracia alcanzada en la transición, democracia defectuosa pero en vías de enmendarse por el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Es admitir que la política se convierta en una especie de patio de Monipodio, en el que la ley solo sirva como motivo de irrisión.

¿Qué puede hacer el ciudadano? Un gobierno ilegítimo, en vías de transformarse en régimen gracias a una seudo oposición, puede y debe ser resistido por aquellos para quienes la libertad política significa algo. José Alcaraz, presidente de la AVT antes de que el PP de Rajoy la redujera a la impotencia, habla a menudo de "rebelión cívica". Esbozos de tal rebelión fueron las masivas manifestaciones de hace unos años, que Rajoy, una vez más, se encargó de anular. Los ciudadanos tienen dos vías: o someterse quejumbrosamente u organizarse a distintos niveles y con objetivos parciales. Pero además es preciso pasar de la mera crítica y elaborar un programa de regeneración democrática que oponga a la demagogia y confusionismo hoy reinantes un análisis preciso de la situación y unas medidas claras y sencillas para corregir las derivas de estos años. Como dije, el mayor delito del actual gobierno fue transformar el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo en pacto con el terrorismo y los separatismos contra las libertades y la integridad nacional. Aquel Pacto marca la orientación general, y debe desarrollarse.


Libertad Digital

martes, 8 de diciembre de 2009

La Constitución en ruinas. Por Pio Moa

Tenemos un Gobierno y una oposición ilegítimos, que han destruido la ley fundamental y han legalizado, justificado y premiado el asesinato terrorista y el crimen en general como forma de hacer política en España.



Lo más graves que ha pasado en España desde comienzos de la transición no ha sido el persistente terrorismo, ni el 23-F, ni el 11-M, sino la liquidación de la Constitución por un Gobierno delincuente, en combinación con la ETA y los separatistas. Digo delincuente porque lo es, y sólo puede serlo, un Gobierno que torpedea la ley fundamental del Estado, que colabora para ello con la ETA y con los disgregadores de la unidad nacional.

Es en el estatuto catalán donde la ruina de la Constitución resulta más plenamente manifiesta. El estatuto no sólo deja en un residuo el Estado en Cataluña, es decir, deja en un residuo la unidad de España, como se jactaba Maragall, sino que va más allá, inventa una nueva nación, es decir, una nueva soberanía, idea que implícitamente se ha trasladado a los estatutos valenciano y balear, con gobiernos del PP, y explícitamente al de Andalucía (aquí, acompañada de irrisorias loas a España), con Gobierno del PSOE y apoyo del PP. Su inconstitucionalidad no hace falta que la decida ningún tribunal, Constitucional o no: es algo que entiende perfectamente cualquier ciudadano normal que conserve un mínimo de sentido común. Para más inri, el Tribunal Constitucional al que se ha encargado la perogrullesca labor de dictaminar está presidido por una juez política próxima al PSOE y simpatizante del separatismo vasco, entre otras prendas. Hasta ahí ha llegado la agresión a Montesquieu desde los tiempos de Mienmano.

La mezcla de frivolidad, de corrupción y de impulso delincuente en la mayoría (sí, la mayoría) de nuestros políticos, ha llevado a eso. La democracia salida del franquismo con las mejores condiciones sociales y económicas que nunca tuvo régimen español alguno desde la invasión napoleónica, la han echado abajo estos farsantes –o cosa mucho peor que farsantes–, han convertido el sistema en una democracia bananera o algo también peor. Con ello han quedado deslegitimados. Tenemos un Gobierno y una oposición ilegítimos, que han destruido la ley fundamental y han legalizado, justificado y premiado el asesinato terrorista y el crimen en general como forma de hacer política en España (en el caso del PP rajoyano, no oponerse es ser cómplice de todo ello). No por nada ese Gobierno se identifica con los bandidos (como observaron Marañón, Pérez de Ayala y Ortega) del Frente Popular, empezando por Negrín.

Ciertamente, la Constitución era contradictoria y ambigua, menos que mediocre, al nivel de quienes la elaboraron; pero era la ley básica y hecha por consenso, y aceptar que la pisoteen los políticos es aceptar la delincuencia como manera de hacer política. Esta es la situación actual del país.

Libertad Digital

jueves, 5 de noviembre de 2009

Simpleza y enemigo. Por Alejandro Pérez

Jean-Marie Domenach resumió en su libro "La propagande politique" las reglas que Göebbels y el aparato de propaganda Nazi emplearon de forma sistemática para alcanzar y mantenerse en el poder. Basta con detenerse un poco a analizar los medios de comunicación tradicionales, para reconocerlas en el uso cotidiano.



La primera regla es la de simplificación y del enemigo único. Simplificación. Cualquiera que esté familiarizado con el mundo publicitario sabrá que este concepto es fundamental. Los mensajes deben de ser sencillos, breves. Se debe evitar por todos los medios transmitir una idea compleja, algo que invite a la reflexión, pues se podría arruinar el efecto que se pretende conseguir: si el receptor tiene tiempo y/o la necesidad de pensar sobre el mensaje, puede percibir las contradicciones, lo negativo, lo que le produzca rechazo. Un mantra se repite sin cesar, se transmite sin pensar, y se retiene fácilmente en la memoria. Es el slogan o, en último término, el símbolo, ya sea una cruz gamada, una rosa o una gaviota. El slogan apela directamente a las pasiones y a los sentimientos. Está cuidadosamente estudiado para conseguir unos fines estéticos, y que se quede grabado en nuestra cabeza como esas insidiosas y molestas melodías que a veces asaltan nuestro cerebro.

Y la máxima simplificación debe de darse en el enemigo a batir. Las ideas del partido o grupo contrario, sus propuestas, sus defectos, todo debe de concentrarse en algo concreto, preferiblemente un individuo. Se debe identificar el odio o las esperanzas, la doctrina adversaria, en una sola persona, para reducir así la lucha política a un enfrentamiento personal, a una rivalidad entre individuos. Es más fácil enfrentar personas visibles que ideas. Y es más fácil manipular a la masa si se le hace creer que su adversario es una minoría, un pequeño grupo de disidentes, no un sector amplio de la población. Después, basta con desacreditar al individuo y no hará falta rebatir sus ideas. Se elimina así la necesidad de razonar sobre las propuestas ajenas y argumentar a favor o en contra: la validez del individuo es lo que dará validez a sus planteamientos. El efecto final se consigue cuando se hace recaer sobre ese adversario la culpabilidad por los errores propios: es el triste espectáculo diario que nos ofrecen los líderes del Estado de partidos.


República Constitucional

martes, 6 de octubre de 2009

Los españoles ya no nos sentimos representados. Por Francisco Rubiales


En España están pasando cosas muy importantes sin que nuestros dirigentes lo adviertan. La gente se está alejando de los políticos no por desencanto sino por algo mucho más profundo. Las élites intelectuales del país están dejando de creer en el sistema, tras haber adquirido la conciencia de que la corrupción no es ya un problema periférico, sino el núcleo mismo de la política. El pueblo comienza a dar un importante salto cualitativo y, por primera vez desde que murió Franco, se cuestiona seriamente el orden establecido.



Muchos se desesperan al no poder hacer nada para detener el mal gobierno, el despilfarro y el abuso del poder. Ese sentimiento de impotencia frente a los que nos conducen hacia la ruina provoca que el inconformismo y la rebeldía estén creciendo de manera exponencial en la sociedad española y el descontento trascienda ya los ámbitos de la política y se adentre en el propio marco legal.

La clave del problema no es ya el convencimiento de que los políticos y sus partidos no son trigo limpio. Esa fase de la crisis se ha superado rápidamente. El problema, ahora, es que el ciudadano está dejando de sentirse representado.

Ese sentimiento, todavía minoritario pero que ya florece en las élites más conscientes e influyentes de la sociedad, abre las puertas, de par en par, a la enfermedad más grave de la democracia, la desconfianza, la única que es mortal, un mal que dispara el recelo ciudadano en el sistema político, el cual, sin apoyo de las masas, deja de ser legítimo.

El foso que separa a los ciudadanos del sistema político no deja de agrandarse en España como consecuencia de dos factores decisivos: el primero de ellos es que en realidad nunca se hizo la transición desde la Dictadura a la Democracia, sino que, simplemente, el poder de los partidos se superpuso a la vieja y agotada estructura franquista, ocupando el poder sin que los ciudadanos participaran en el cambio, sin que nadie tuviera la honradez de explicar al ciudadano que era el protagonista del nuevo sistema. El segundo es que los partidos políticos españoles y sus dirigentes han ido demasiado lejos en su obsesión por acaparar poder y han perpetrado contra la democracia agresiones letales, entre ellas la marginación del ciudadano de la política, el acoso a la sociedad civil, el nulo respeto a la independencia de los poderes básicos del Estado y, en general, la voladura de las cautelas y limitaciones que el propio sistema posee para controlar al siempre insaciable poder político.

El sistema está tan dañado que ya es casi imposible recuperarlo. Lo realmente dañino no es que los ciudadanos piensen que la mayoría de los políticos son deshonestos, sino que la gente se siente engañada y no ve ya garantías ni seguridades en el propio sistema.

Los sondeos e investigaciones sociológicas arrojan resultados cada vez más alarmantes. El número de descontentos con el sistema crece constantemente, pero crece todavía más la cifra de los que han perdido la confianza en la democracia, lo que es mucho más grave.

No se trata ya de disentir con respecto a medidas de los gobiernos, como haber participado en la guerra de Irak contra la opinión pública mayoritaria, haber otorgado un estatuto privilegiado e inconstitucional a Cataluña, negociar desde el entreguismo y la debilidad con una banda de asesinos como ETA o haber negado la existencia de la crisis y mentido sin escrúpulos para ganar las elecciones del 2008, sino de algo mucho peor: tomar conciencia de que la democracia, secuestrada por los políticos y sus partidos, ha dejado de existir en España.

La gente no es tonta y empieza a darse cuenta que los privilegios del rey y de la clase política no son democráticos, como tampoco lo son el irrespeto a la independencia de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo, o esas listas cerradas y bloqueadas que arrebatan al ciudadano su derecho constitucional a elegir a sus representantes, a las abismales desigualdades que separan, cada día más, a ricos y a pobres, o la constante pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores, o la ocupación de la sociedad civil por parte de los partidos, o la manipulación y el engaño que se practica desde el poder, o la desaparición de la prensa libre, o la descarada e inmoral pugna por el poder, a cuchillo corto, que practican sin pudor los partidos políticos españoles, o el bochornoso espectáculo de la corrupción generalizada, o el todavía más insoportable espectáculo de una Justicia que opera de un modo con los poderosos y de otro muy distinto con los humildes.

Los ciudadanos más conscientes saben ya que la democracia ha sido trucada y está siendo manipulada por los poderosos para incrementar sus privilegios. La gente sabe que la burocracia se multiplica sólo porque los políticos necesitan pagar favores a diestro y siniestro. El pueblo sabe que España, con la décima parte de su actual estructura de poder, podría funcionar incluso mejor. Todos sabemos que las instituciones crecen innecesariamente, que el Senado es un geriátrico de lujo y que es país está plagado de instituciones innecesarias y sumamente costosas que sólo cumplen el papel de grandes apeaderos de lujo para políticos decadentes, para premiar lealtades inconfesables o pagar silencios vergonzantes.

Mucha gente no está dispuesta a seguir soportando la indecente falta de austeridad que practican los poderes públicos frente a una crisis que exige ahorro y sacrificio, ni el enriquecimiento descarado de los altos cargos, ni esa ostentación impropia de una democracia ciudadana, ni la sustitución del servicio por el privilegio en la función pública.

Los ciudadanos más conscientes e informados sienten bochorno al contemplar el triste e inmoral espectáculo del poder, de los bailes de comisiones, del enriquecimiento veloz, del urbanismo corrupto, del blindaje de los gestores, que jamás reconocen fallos ni saben dimitir, del incumplimiento sistemático de las promesas electorales.

A todo este tétrico panorama pueden agregarse actuaciones del poder todavía más miserables y rastreras, como son el incumplimiento permanente de la Constitución, de la supresión descarada y delictiva de derechos constitucionales como el acceso a una vivienda digna, el derecho a tutela judicial efectiva, el de la inmediata puesta a disposición de la justicia, la práctica de malos tratos a detenidos, la impunidad con la que el sistema judicial se pliega a los intereses políticos de turno y hasta presiones que se traducen en censura a periódicos, emisoras de radio y televisión, páginas de Internet y autores de libros.

Voto en Blanco

martes, 15 de septiembre de 2009

La tragedia de Leire. Por Tomás Cuesta


QUE la madre que parió a Leire Pajín sea expulsada del partido por aliarse con un tránsfuga municipal y espeso es un farol tan burdo, una baladronada tan rastrera, que no hay que poner en jaque el buen criterio del lector extendiéndose al respecto. Y es que lo que ha ocurrido es, a la postre, lo de siempre. «Señores guardias civiles: aquí / pasó lo de siempre. / Han muerto cuatro romanos / y cinco cartagineses». Bien es verdad que, en Benidorm, el romancero gitano no se ajusta a la descarada magnitud del gitaneo. Menos mal que nunca falta un roto para apañar un descosido y donde Federico yerra (Federico García, no Jiménez)...

María Jesús y su acordeón, el dúo más dinámico en los atardeceres del paseo, acertaban de pleno: «Pajarracos por aquí, pajarracos por allá, pajarracos a bailar, la, la, la, la...». Ríase usted del oráculo de Delfos.

Líbrenos Dios de insinuar siquiera que la señora madre que parió a Leire Pajín pertenezca a esa especie que, en ornitología parda, se denomina un pájaro, o una pájara, de cuenta. No obstante, es indudable que, sin el papelón que desempeña, la historia a duras penas remontaría el vuelo. Porque, si es de cajón que cada palo ha de afanarse en aguantar su vela, debe de ser un palo de cajones (al menos, debiera serlo) tener que tragarse el sapo de que la sangre de tu sangre, el fruto -la fruta- de tu vientre, amén de empapelarte, rubrique la sentencia.

Puro teatro, desde luego, aunque la farsa no carece de morbo y de mordiente. Acostumbrados al sainete insustancial de los politicastros que han usurpado el título de cómicos de la lengua, incluso se agradece que la progenitora y su progenia (progenia por genial, no por vicio genérico) protagonicen una tragedia alicantina trufada de petardos y de bombas fétidas. ¿En qué consiste una tragedia alicantina? Imagínense ustedes a Sófocles o a Esquilo (en especial a Esquilo, por el aquél del esquileo) saliendo de la peluquería de Calixto Bieito y se harán una idea de lo que vale un peine.

Olvídense, pues, de Edipo, de Orestes y de Electra. Olvídense, incluso, de Quico Matamoros que es el rey de los dramas por entregas. Pasen y vean como el capricho del destino (del destino fatal; o sea de Zapatero) destruye las raíces de la piedad filial y empuja a las familias hacia el despeñadero. El efecto letal de la ambición desmesurada si consigue infiltrarse en los afectos. ¿Merece la pena, acaso, que se perpetre un matricidio -en el sentido figurado, por supuesto- a cambio de instalarse en un ayuntamiento? La pregunta del millón es ésa. Del millón o de los miles de millones, depende de las mañas del contable y de lo que den de sí las sumas y las restas.

Es una suerte que a Rajoy la teatralidad no le conmueva. A su entender (y es de esperar que entienda de estos tejemanejes) el «putsch» de Benidorm, con la madre que parió a Leire Pajín a la cabeza, es una demostración palmaria de que el talante ha muerto. Afilado, preciso, contundente. El líder del PP ha zanjado el problema conforme a las tendencias de la temporada otoño-invierno. Huyendo de las descalificaciones y de los aspavientos. El PSOE, imperturbable, continúa en sus trece y no existen indicios de que planee organizar un funeral acorde con semejante pérdida. Quizá la defunción les ha cogido por sorpresa. Quizá nos acompañen en el sentimiento y en nuestra ignorancia de que tal cosa existiera.
Lo dicho, una tragedia.

ABC.es

domingo, 13 de septiembre de 2009

LA PASIÓN DE PROHIBIR. por Carlos Herrera




Les entusiasma prohibir. Nada realiza más a un cargo público que el ejercicio de una prohibición. Es la manera que tienen algunos de sentir plenamente la sensación de poder. Sólo cuando te fastidio puedo decir que estoy mandando. Lo evidenciaba hace pocas semanas la gran estadista Trinidad Jiménez cuando señalaba que la sociedad ya «está madura» para prohibirle fumar en los bares.


Para la ministra prohibicionista, la madurez consiste en la capacidad de resignación de la masa cuando se le impone una norma arbitraria. ¡Y yo que me he pasado la vida creyendo que la madurez servía para exactamente lo contrario! Ya saben lo que eso significa: cuando se le antoje a ella o a la anterior ministra-policía, la señora Salgado, se acabó fumar en las zonas acotadas para ello en los restaurantes. Como, si nos descuidamos, prohíben los chiringuitos en las playas. ¿Qué daño hace que los bañistas puedan tomar un tinto y unas sardinas entre baño y baño? ¿A qué clase de descerebrado totalitario se le ocurre privar a los ciudadanos de uno de los encantos de las playas españolas?: a los que albergan un pequeño tirano funcionarial dentro. Por lo visto, esta próxima temporada será imposible beber una cerveza en algunas playas españolas. Las valencianas están en ello. ¿Presumen que si nos bebemos un botellín nos olvidaremos de nadar? ¿A nadie en su sano juicio se le ocurre diferenciar la prohibición de beber alcohol en la calle con la de beberse un tinto de verano debajo de una sombrilla? ¿Están agilipollados los tíos y tías que mandan? En el sur de Tenerife van a prohibir, si no lo han prohibido ya, hacer castillos de arena en la playa. Fumar en las playas está a punto de ser prohibido en muchas de ellas –en algunas de Gerona ya lo está–, aunque usted recoja las colillas en una lata, de coca-cola, por supuesto. Van a empezar a parecerse a los enloquecidos malayos que han condenado a tres azotes a una mujer que fue sorprendida bebiendo cerveza en un hotel. Lo próximo acabará siendo un arco de detector de tabaco y laterío a la entrada de las playas. Nada de nevera. Posiblemente, tampoco bocadillos. La playa es nuestra, dirán, de los que mandamos, y nosotros decidimos si tiene derecho a entrar y en qué condiciones. Una normativa, también valenciana, impide colocar una sombrilla a menos de seis metros de la orilla. Por cierto: ¿dónde, exactamente, empieza la orilla?

Más: en Almuñécar, bellísimo enclave granadino, queda prohibido escuchar música en sus playas. Pregunto: ¿tampoco con el iPod? ¿Ni siquiera el informativo de medio día con un transistor chiquitito? Hombre, en puridad, un informativo no lleva música...

En Ciudad Real acaban de aprobar una ordenanza municipal por la que se multa al ciudadano que corra por la calle. Si usted tiene prisa o se le escapa el autobús, se jode. Y si aparca a más de veinte centímetros del bordillo, multa al canto. ¿Se preocupan por nuestros infartos, por nuestras articulaciones? ¿Entran en el lote los que visten chándal y practican footing? ¿Caminar a paso rápido, casi al trote, también está penado? ¿Se van a poner los guardias, radar en mano, a medir la velocidad de los viandantes?

En el país en el que una adolescente puede abortar sin comunicárselo a sus padres no se va a poder tomar una cruzcampo a la orilla del mar. Ya ven. ¡Pero qué puede esperarse de los amos y señores de Costas si pretendían prohibir las centenarias Carreras de Caballos en la playa de Sanlúcar de Barrameda aduciendo que se estaba haciendo uso de un dominio público, lo cual resultaba intolerable!

Se trata, en resumen, de que los españoles sepamos que vivimos de favor. Los que mandan quieren darnos a entender que el poder lo tienen ellos y que nosotros sólo somos objeto de prohibición. Yo propongo, ante tanta estupidez, la desobediencia civil: todos a correr en Ciudad Real, todos a beber cerveza en Valencia, todos a fumar en Gerona.

Cuando los que nos gobiernan demuestran ser unos sandios totalitarios, los ciudadanos tenemos derecho a mandarlos al carajo.


XL Semanal

sábado, 12 de septiembre de 2009

La dictadura del progretariado




El comunismo murió en 1989; lo que ocurre, como dijo alguien, es que nadie ha visto todavía su cadáver. En realidad, más que un fallecimiento, el marxismo ha sufrido una transformación, una especie de transmigración ideológica que le permite seguir subsistiendo en el mercado de las ideas.

El progresismo, heredero vergonzante del marxismo clásico, es una ideología igual de utilitarista que el comunismo de toda la vida, en el sentido de que el principal objetivo de ambas es proporcionar a un grupo de ungidos suficiente poder como para que realice experimentos sociales con el resto de la población sin sufrir las consecuencias.

Desprestigiado hasta lo grotesco a la vista de sus resultados, el marxismo, travestido ahora de progresismo, ya no trata siquiera de fingir que su objetivo es liberar a la clase obrera del yugo capitalista. Y es que los obreros no quieren hacer la revolución, sino comprarse un piso en la playa; y los progres, que tradicionalmente fingían defenderlos, con el capitalismo viven muy bien.

La lucha de clases no enfrenta ya a obreros con patronos ni a burgueses contra proletarios, sino a los progresistas contra los contribuyentes. La diferencia es que mientras el comunismo perdió la batalla contra aquellos a los que declaró sus enemigos (no sin antes cargarse a cien millones de seres humanos), los progres de hogaño hace tiempo que ganaron la guerra, como lo demuestra el hecho de que, a pesar de su condición de parásitos sociales, sus opiniones sigan contando con un gran prestigio entre la mayoría de los ciudadanos, cuyos bolsillos fagocitan sin desmayo.

Leyre Pajín y Bibiana Aído.Las astracanadas asamblearias que protagoniza el progresismo actualmente en el poder en España, entonando cánticos trasnochados y levantando el puño como los leninistas de comienzos del siglo pasado, no son obviamente un homenaje a sus antecesores, sino una coartada para mantener viva la ficción de que la izquierda siempre ha luchado por la libertad, la democracia y la clase obrera, y que entregarle el poder es la única forma de que todos alcancemos la felicidad.

Levantar el puño, o agarrarse un cuerno, como decían en tiempos los falangistas coñones, más que un gesto amenazante es ya una mueca grotesca para identificarse con la historia de la izquierda, que a pesar de su vileza y capacidad dañina sigue conservando cierto prestigio gracias a la universidad pública y los medios de comunicación de masas.

Si los socialistas actuales dijeran la verdad, es decir, que no tienen ni idea de cómo funciona la economía y que su objetivo se reduce a mantener a las nuevas hordas de progresistas, enquistadas en los miles y miles de instituciones y organizaciones sociales financiadas con dinero ajeno, a cambio de que movilicen el voto popular a su favor, probablemente hasta Rajoy tendría posibilidades de gobernar algún día.

Ellos no lo van a decir, claro, porque socialista no siempre es sinónimo de tontito, pero la sociedad española necesitaría alguna voz, además de la de nuestro grupo de comunicación (cada vez más potente, dicho sea de paso), que hiciera ver a los consumidores de telebasura que las ideas de izquierda perjudican en todo momento y lugar, especialmente a las clases más desfavorecidas, convertidas en carne de cañón a cambio de un subsidio que previamente le ha sido expoliado a través de unos impuestos cada vez más confiscatorios.

Por eso no merece la pena molestarse con las performances manuales de las pajines y las aídos. Al contrario, lo mejor es que sigan haciéndose pasar por revolucionarias con triple sueldo a costa de los trabajadores, a ver si algún día la masa que les vota detecta algún indicio que de que le están tomando el pelo y, de paso, robándole la cartera. Mientras tanto, que algún alma caritativa les construya una carpa de circo.

Libertad Digital

Por Pablo Molina

Se acabó comer y beber casi de gorra en el Parlamento


El parque de coches ministeriales se reducirá a un tercio.
El número de diputados bajará un 10% para alivio del contribuyente.
Se acabó comer y beber casi de gorra en el Parlamento... británico. Ya se que se habían hecho ilusiones pero aquí, a pesar de la crisis económica y de lo acogotados que andamos los españoles, todo seguirá igual.


Sus señorías continuarán dándose la gran vida a cuenta del contribuyente, pero en las brumosos islas británicas -tan antitaurinas- han decidido coger el toro por los cuernos.

El parque de coches ministeriales se reducirá a un tercio. Los ministros verán recortado un 5 por ciento su sueldo y éste quedará congelado toda la legislatura.
El número de diputados disminuirá en un 10% para que la Cámara de los Comunes cueste menos al contribuyente británico.

El líder conservador, David Cameron, ha presentado una exigente lista de recortes que afecta directamente a la clase política y que asegura que aplicará sin contemplaciones si gana las elecciones generales del próximo año.

Las medidas, dentro de un programa más amplio para reducir ciertos aspectos del gasto público, pretenden generar unos ahorros de 120 millones de libras al año (unos 140 millones de euros). Cameron reconoció que la cifra es "calderilla" comparada con los 671.000 millones de libras del presupuesto nacional, pero indicó que la clase política, muy cuestionada por el escándalo vivido en mayo y junio sobre sus gastos con dinero público, debe predicar con el ejemplo.



Periodista Digital