martes, 16 de noviembre de 2010

Camisas grises. Por Ignacio Camacho

ERC ha calcado el discurso xenófobo de la Liga italiana sobre los vagos del Sur. un compromiso para el andaluz Montilla.

EN Italia hay un partido —la Liga Norte—que dice desde hace tiempo las mismas simplezas demagógicas que Puigcercós pero al menos no se adorna con el rollo de progresismo sedicente de los camisas grises de Esquerra Republicana: allí todo el mundo sabe que Bossi, Maroni y demás minervas del separatismo padano son vulgares racistas envenenados de xenofobia y ensoberbecidos por un arrogante complejo de superioridad que sueñan con un imaginario de independencia para no tener que mantener a quienes consideran agitanados haraganes del Sur que viven de la prosperidad ajena encantados de ser pobres. Sin embargo este rancio discurso de ultraderecha insolidaria lo enarbolan en España los aliados de un Partido Socialista que gobierna Cataluña con los votos de los emigrantes andaluces y extremeños y bajo la presidencia de un señor nacido en Córdoba que se ha tragado durante años la despectiva etiqueta de charnego. La política catalana se ha vuelto tan ensimismada que constituye un extraño caso de anormalidad democrática en el que el concepto de igualdad ha desaparecido bajo un manto de paroxismo particularista en el que han confluido intereses contrapuestos amalgamados por la ambición de poder. Y ahora que en campaña nadie conoce a nadie queda de manifiesto que el socialismo se ha apoyado en un partido xenófobo al que no puede desenmascarar sin dejarse en evidencia a sí mismo. Así que a callar y a disimular a ver si queda alguien que no se dé cuenta del truco.

Pero no queda porque los puigcercós de turno necesitan armar ruido y están a gusto en ese independentismo psicológico de brocha gorda. Las milongas de las balanzas fiscales y de los perezosos andaluces que no pagan impuestos y dilapidan cantando como cigarras el esfuerzo de las hormiguitas catalanas, les vienen muy bien para excitar a esa pequeña burguesía cabreada que suele constituir la base electoral del fascismo. Es la típica retórica falsaria de agitación populista. Está muy visto. Pero seguramente funciona porque el nacionalismo viaja poco y es un sentimiento de tribu pancista que se estimula con el miedo en épocas de incertidumbre económica. No merece la pena discutir; el mero hecho de hacerlo equivale a otorgarle un fundamento de realidad a ese planteamiento desquiciado y torcido que parte de la base embustera de que los impuestos los pagan y los cobran los territorios y no las personas. A los agitadores de la insolidaridad les viene bien para blindar su burbuja. Pero los socialistas que han gobernado con ellos sí tendrían que decirles algo a quienes les votaron creyendo que apoyaban otra política: a los andaluces de Hospitalet, Badalona o Cornellá, a los parientes emigrados de esos vagos indolentes que no le dan un palo al agua y viven a costa de los demás y tal y tal. Como presidente suyo que es, que diría el difunto Berlanga, Montilla les debe una explicación y esa explicación no se la va a dar.

ABC - Opinión

Fanatismo contra la Cruz

ESCRIBE AQUÍ EL ENCABEZAMIENTO

Una de las consecuencias del auge del radicalismo islamista encuentra algunas de sus aristas más sangrantes en la persecución que están sufriendo las minorías cristianas en algunos países. No sólo son amenazados por profesar su fe, también sus vidas corren peligro ante la mirada complaciente de algunos estados que amparan y avalan con sus leyes cualquier tipo de represión, incluida la pena de muerte si es necesario. Durante estos días, LA RAZÓN está publicando el testimonio de Asia Bibi, una cristiana de 45 años que ha sido sentenciada a la horca en Pakistán porque, según el mulá Muhammed Saalam, había «blasfemado» contra el Profeta y el Corán. De más está decir que este proceso judicial se ha desarrollado sin unas mínimas garantías judiciales. Éste es sólo uno de los ejemplos de cómo los cristianos están siendo acorralados con saña, hasta lograr su desaparición en muchos rincones del mundo. Ser cristiano en muchos estados es vivir en una situación de extremo riesgo. El pasado 31 de octubre, en Bagdad, Al Qaida realizó un ataque contra la Iglesia Católica Siria con el balance de 52 muertos. En países como el citado Pakistán, Irán, Irak, Egipto, Somalia, Nigeria, Sudán, Indonesia o China, por citar sólo algunos, malviven por profesar su fe tanto en el ámbito público como en el privado. En el informe sobre libertad religiosa publicado por la Comisión de Conferencias Episcopales (COMECE) se denuncia que al menos cien millones de cristianos son perseguidos en el mundo. En las sociedades de los citados estados son considerados ciudadanos de segunda, a los que se les niega unas condiciones de vida y un trabajo digno sólo por vivir con coherencia y sin ocultar sus convicciones religiosas.

Articular una respuesta eficaz y coordinada para atajar esta violación sistemática de los derechos humanos no es fácil. Los asesinatos y las vejaciones a los cristianos se suelen producir en países con un déficit endémico de democracia y, como consecuencia, con un desprecio absoluto a los principios más elementales y a la libertad religiosa. Esta situación se agudiza si, como en el caso de Asia Bibi, se vive en una sociedad donde una confesión mayoritaria doblega al resto, como ocurre en Pakistán.

Ante esta situación la comunidad internacional debe expresar una condena contundente además de hacer saber a los estados que estas prácticas que ellos mismos amparan no pueden quedar impunes. Es difícil asumir que la publicación de unas viñetas sobre Mahoma provoquen un desencuentro virulento entre Occidente y los países musulmanes y que la matanza de cristianos no merezcan ni siquiera una protesta formal, salvo en el caso de El Vaticano. La represión y la intolerancia religiosa, en especial hacia las comunidades cristianas, está alcanzando unas cotas que no pueden ser asumibles por parte de las naciones democráticas. Si la única acción es mirar hacia otro lado, con nuestro silencio estaremos alentando y legitimando al fanatismo islámico con las trágicas consecuencias ya conocidas.


La Razón - Editorial

Miedo al contagio

La crisis de Irlanda amenaza con arrastrar a Portugal y frena la recuperación española.

A pesar de que las primas de riesgo se han moderado, la estabilidad económica y financiera de la zona euro sigue sometida a la intensa presión de la crisis irlandesa. Solo razones políticas explican que Irlanda no haya invocado todavía el Fondo de Rescate Europeo, pero la intervención es prácticamente inevitable y sería deseable, además, que fuera urgente. Y lo que más urge es proceder a una recapitalización de los bancos irlandeses, que Dublín no puede afrontar. Por ello, la propuesta de la Comisión es proceder a una salvación rápida del sistema financiero irlandés y recuperar así, con un coste elevado pero medido, una parte de la confianza de los mercados. Pero el desorden no se limita a Irlanda; ha contagiado a Portugal, perjudica a Grecia, a quien Eurostat ha descubierto un déficit superior al previsto, y amenaza con contaminar a España si las autoridades españolas no gestionan el nuevo episodio de crisis con la debida competencia.

Actuar con competencia significa aceptar que existen probabilidades de contagio. Las autoridades portuguesas admitieron ayer que Lisboa podría verse obligada a recurrir al Fondo de Rescate, porque la presión de los mercados no reacciona ante las meras declaraciones de intenciones. Los ministros de Economía de la zona euro se enfrentan hoy a una situación compleja, porque en interés de la moneda común deben recomendar a Irlanda que acelere la petición de ayuda, al menos para los bancos, y porque la economía portuguesa se precipita hacia una situación parecida.


Hoy, como cuando empezó el proceso fatal que acabó con la intervención de Grecia, no basta con decir que "España no es Irlanda". No lo es, entre otras razones, porque la prima de riesgo en España ronda los 200 puntos básicos y la irlandesa supera los 600. Pero con cada episodio de crisis el diferencial de deuda estabilizado después de la vorágine es superior al anterior. La prima de riesgo no ha vuelto a los 100 puntos básicos después del repunte de la primera crisis ni a los 150 puntos después de la segunda. Y esta situación refleja el recelo latente de los inversores y encarece el coste de financiación de las empresas.

La situación de España es delicada, aunque esté todavía lejos del abismo. Su solvencia financiera depende de los planes de ajuste, de las reformas a medio camino (en especial de la reforma del sistema financiero, que debe sustanciarse de inmediato) y de las expectativas de crecimiento económico, porque es la condición imperativa para reducir el paro y el déficit.

La recuperación es difícil cuando la financiación de la economía se encarece constantemente debido al recelo de los inversores. De ahí que la gestión política tenga que ser muy cuidadosa; debería evitarse cualquier gesto que implique que los recortes del gasto no se respetarán, cualquier indicio de que la reforma financiera no se cerrará a tiempo, o cualquier sugerencia de que las reformas laboral y de las pensiones quedarán aplazadas. Pero, desgraciadamente, esta última torpeza ya se ha cometido.


El País - Editorial

Servilismo extremo ante Marruecos

Que Dios les coja confesados, a ellos y a los saharauis que osen seguir protestando contra la ocupación. Nuestro Gobierno sirve al de Marruecos con mejor gana que los propios marroquíes. Inaudito.

Tal y como presagiábamos hace una semana desde esta misma tribuna, la actitud que el Gobierno español ha tomado respecto al conflicto del Sahara es la que se esperaba de Zapatero que, si por algo se ha caracterizado en materia exterior, es por defender mejor que nadie los intereses de Marruecos. Ni la recién nombrada ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez, ni, por descontado, el presidente del Gobierno, han hecho nada útil desde que comenzase la operación de castigo por parte del ejército marroquí en El Aaiún.

Primero se escondieron. Rehusaron ambos dar explicaciones ante la prensa cuando el desafuero marroquí copaba las portadas de todos los periódicos. Jiménez, de hecho, se fue de viaje a Colombia y no hizo intención alguna de anticipar su regreso. Luego, en el momento en el que la violencia se había salido de madre y ya era imposible ocultar los desmanes de los militares marroquíes, trataron de templar gaitas quitándole hierro al asunto.


Más tarde, con la morgue llena de cadáveres –entre los que encontraba uno de origen español– y con la prensa acorralada, la ministra se limitó a protestar suavemente. Rabat, entretanto, arremetía con furia contra la prensa española y hasta contra el Partido Popular. Zapatero tan sólo acertó a trasladar su "malestar" al Gobierno marroquí al tiempo que enviaba al ex ministro Moratinos a Tánger para que se entrevistase con Fassi Fihri, ministro de Exteriores del régimen alauita.

Como se puede comprobar, una torpeza detrás de otra, impropia de un Gobierno democráticamente elegido de un país europeo que, para colmo, tiene una singular vinculación histórica con el Sahara Occidental. Poco ha importado que simpatizantes gubernamentales como los sindicatos o los actores de la ceja se manifestasen en Madrid en repulsa de la represión marroquí, o que las voces para que se detenga la matanza de El Aaiún salgan ya de todos los lados. Zapatero no quiere ni oír hablar de este asunto y permanece callado en espera de que amaine la tormenta.

A pesar de que el territorio está nominalmente administrado por nuestro Gobierno, y que España tiene una deuda moral con sus habitantes tras haberles dejado tirados hace más de tres décadas, ni en Moncloa ni en el PSOE quieren hacerse cargo del muerto. Se alcanza de este modo la mayor cota de servilismo hacia Marruecos de toda nuestra historia reciente. Marcelino Iglesias, secretario de organización de los socialistas, se ha limitado a "exigir" a Rabat que respete los derechos humanos y que deje trabajar a los periodistas. De condenas ni hablar, no vaya a ser que el tirano alauita se ofenda más de la cuenta y las cosas terminen de complicarse para los españoles que aún continúan en el Sahara realizando labores de ayuda humanitaria. Que Dios les coja confesados, a ellos y a los saharauis que osen seguir protestando contra la ocupación. Nuestro Gobierno sirve al de Marruecos con mejor gana que los propios marroquíes. Inaudito.


Libertad Digital - Editorial

Diplomacia caótica

La ausencia de condena de este Gobierno a la brutalidad empleada contra los saharauis y al trato dispensado a los periodistas es inaceptable.

EL Gobierno de la «comunicación» tampoco ha funcionado con la crisis del Sahara, mostrando nuevamente que el problema de fondo del Ejecutivo es la ausencia de dirección y de proyecto políticos. Mientras Marruecos arrasaba el campamento saharaui en Ggeim Izik, el Gobierno español no sabía si reconocer la soberanía marroquí sobre el Sahara, como hizo el ministro de presidencia en el Congreso, o limitarse a «constatar» que Marruecos ejercía su autoridad en esta región. Mientras la ministra de Asuntos Exteriores hacía gira por Bolivia y Ecuador, en una primera salida al extranjero de dudosa oportunidad, Rodríguez Zapatero rescataba al recién destituido Miguel Ángel Moratinos para que viajara a Argel a interponer sus buenos oficios. Mientras algunos miembros del Gobierno negaban que este hubiera sido avisado por Marruecos de la operación policial contra el campamento saharaui, otros lo admitían. En medio de este caos diplomático, la titular de Exteriores, Trinidad Jiménez, se afanó ayer en retomar la posición tradicional de los gobiernos españoles, reconociendo el apoyo a la autodeterminación del pueblo saharaui. Pero lo hizo intentando recomponer a toda prisa un equilibrio roto y con argumentos que demuestran que la actitud del Gobierno español está bajo un síndrome de alienación, revestido de interés estratégico, por las consecuencias que puede tener una reacción hostil de Marruecos en materia de lucha antiterrorista, narcotráfico e inmigración. La ausencia de condena explícita a la brutalidad empleada contra los saharauis y al trato dispensado a los periodistas españoles es inaceptable en un Gobierno que siempre ha querido ser visto como abanderado de la ética frente al pragmatismo. Todo el discurso buenista que construyó Zapatero para salir de Irak e invitar a los aliados a que desertaran de la coalición liderada por Estados Unidos, y toda la propaganda pacifista de la Alianza de Civilizaciones, no ha aguantado el tirón de Marruecos.

España tiene un compromiso con el Sahara que es de naturaleza moral, histórica y jurídica, en virtud de los tratados de 1975 y de las resoluciones de Naciones Unidas. Todos los gobiernos, hasta que llegó Zapatero, habían comprendido que la suerte del pueblo saharaui forma parte de la responsabilidad histórica de España. Responsabilidad que este Gobierno ha abdicado por no saber defender los intereses de España con firmeza y diplomacia.


ABC - Editorial

lunes, 15 de noviembre de 2010

Manifestación. El PP y los saharauis. Por Agapito Maestre

No entiendo, pues, qué pintaba allí este dirigente del PP, sobre todo si tenemos en cuenta que la manifestación era una cosa de la izquierda con mala conciencia. ¿O es que acaso también tiene González Pons mala conciencia?

¿Qué decir de la manifestación de los Bardem y compañía contra Marruecos? Mucho y nada. He aquí un poco de ruido para lavar conciencias sucias. Malo, amigos, si ven a los sindicalistas y actores de la zeta cogiditos del bracete. Malo, en efecto, será para los perjudicados y perseguidos por la dictadura de Marruecos; pero, por el contrario, bueno, muy bueno, será para tapar las malas conciencias de gentes que prestaron favorcitos a Zapatero. Pero peor todavía es, en mi opinión, la contemplación de ver gentes revueltas de diferentes posiciones ideológicas y morales por una causa política inexistente. No hablo de una causa moral, ojo, sino política. ¿O es acaso posible un Estado saharaui en el Sahara Occidental? Sospecho que nadie respondería afirmativamente. Nadie, naturalmente, con un poco de sesera; pues que los descerebrados de la revolución pendiente, o de la causa comunista en la zona, dirían lo contrario.

Pues bien, si es inviable ese Estado sarahui, entonces, ¿qué pintaba allí un tipo como Esteban González Pons? Este hombre del PP aparecía en un extremo de la fotografía de portada de El Mundo del domingo. Estaba como de tapadillo. He ahí toda una declaración balbuciente de la triste manera de hacer política el PP. Por favor, señor Pons, a una manifestación de ese cariz el PP sólo puede asistir como reina-madre o no asiste. Su cabecita perdida al lado de la señora Sardá componía una imagen patética. Para olvidar. La foto del representante del "gran" partido, del otro gran agente político, de España estaba diluida. Borrosa. Era tan inexistente como el Estado saharaui.

Pons era en esa foto el vivo retrato de la doctrina de Arístegui sobre el Sahara Occidental: no tenemos que comprometernos ni con unos ni con otros. Bravo, amiguitos peperos, es un buen camino para llegar a ser futuros ministros de Asuntos Exteriores. O sea para seguir a pies juntillas a Moratinos. En todo caso, si no hay que comprometerse, entonces, ¿a qué fue Pons a la manifestación de los Bardem y compañía? Quizá fue sólo a conquistar unos pocos votos. Pobre. Ingenuo. ¿Quién de la izquierda le dará el voto al PP por haber visto a González Pons en una manifestación contra Marruecos? Sospecho que nadie.

No entiendo, pues, qué pintaba allí este dirigente del PP, sobre todo si tenemos en cuenta que la manifestación era una cosa de la izquierda con mala conciencia. ¿O es que acaso también tiene González Pons mala conciencia? Creo que el PP no sabe hacer política. O mejor, rara vez consigue sacar provecho partidista de una manifestación. Cuando tenía todas las cartas en la mano para dejar que los Barden deslegitimaran un poco más al Gobierno, van y se meten en el charco.

Insisto: Patético era Pons en un extremo de la pancarta. Tenía tanta visibilidad como Rosa Díez, de UPyD, que estaba en el otro extremo de la foto pancartera.


Libertad Digital - Opinión

El desfase catalán. Por José María Carrascal

Los catalanes empiezan a percibir que Cataluña está desfasada respecto no ya del resto de España, sino del mundo.

¿Es la casa de tócame Roque? ¿El rosario de la aurora? ¿O una olla de grillos? No. Son las próximas elecciones catalanas. Una mezcla de fiesta mayor y de verbena popular, en la que no faltan el ritual litúrgico y los tiovivos, en el doble sentido de la palabra. Pero siendo decisivas, son las que menos entusiasmo despiertan. Ojeen la prensa barcelonesa —que está ofreciendo una excelente cobertura de las mismas— y encontrarán un tono más de velatorio que de bautizo: desesperanza, escepticismo, indiferencia. Un comentarista lo define así: «Tres días de campaña hubieran bastado y todos firmarían para que no fueran cuatro.» Hasta han tenido que aplazar el Barça-Madrid para que no les resten protagonismo.

¿Por qué? Pues porque todo está dicho y nada se ha cumplido. No es que los candidatos prometan lo que no van a cumplir, es que prometen lo contrario que practican. Montilla alerta contra «los riesgos de nacionalismo» después de haber pactado con los nacionalistas más furibundos. Mas no incluye en su programa la independencia, pero asegura que en un referéndum votaría por ella. Puigcercos hace campaña contra «la política que se hace en Cataluña», habiéndola hecho él últimamente. Herrera se presenta como la izquierda verdadera cuando la izquierda está incluso peor vista que la derecha. Sánchez Camacho se presenta como el valladar frente a Mas, cuando está condenada a entenderse con él. Albert Rivera presume de cintura para arriba de derechas y de cintura para debajo de izquierdas. Laporta denuncia el «expolio fiscal» con una denuncia por su gestión en el Barça. De la crisis, del paro, del cierre de empresas, de lo que de verdad interesa a los catalanes, ni palabra. Su clase política sigue en la burbuja autista de las última décadas: la identidad, la «nació», el «hecho diferencial», sin darse cuenta de que ese tiempo ha pasado. Lo envió al desván de la historia, no la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatut, sino la gran crisis económica, donde las prioridades son otras: la competitividad, la preparación, la interacción con propios y extraños. Los catalanes han perdido treinta años en una batalla del ayer, y sólo ahora se dan cuenta de que tras haber sido la comunidad más abierta, más emprendedora, más culta, más moderna y activa de España, van quedándose atrás respecto a los que han aprovechado este periodo de expansión para crecer y modernizarse.

Eso es lo que trae la apatía, la desilusión y el abatimiento entre el electorado. Los catalanes empiezan a percibir que Cataluña está desfasada respecto no ya del resto de España, sino del mundo. Retroceden en vez de avanzar, como venía ocurriendo. La culpa: una clase política peor incluso que la española, lo que ya es decir, y no les pongo ejemplos pues están a la vista.


ABC - Opinión

PSOE. Irrelevante Zapatero. Por Emilio Campmany

Quien manda es Rubalcaba. Lo que convierte su nombramiento como vicepresidente en un cuasigolpe de estado, ya que eleva de facto a la jefatura del Gobierno a uno que no ha sido elegido por el Congreso para ocuparla.

Creo que lo voy a echar de menos. Cuando se vaya ¿quién habrá que diga tantas gansadas como él? La última quiere ser irreverente y, a fuer de irrelevante, acaba siendo impertinente. El hombre se ha preguntado: "¿Qué leyes tengo que hacer, las que quiere el Papa o las que quiere la gente?". Naturalmente, dirá el coro de socialistas laicizantes, las que quiere la gente. Y la cuestión es que no se trata ahora de que le gusten al Papa o a la gente, sino de que sean constitucionales.

En el mismo mitin en el que Zapatero ha soltado esta sandez, ha acusado a los populares de catalanófobos. Supongo que lo dirá por recurrir al Tribunal Constitucional el estatuto que Zapatero impulsó y aprobó y algunas leyes salidas del Parlamento catalán, aunque no todas las que hubieran debido. Ocurre que en la mayoría de esos casos, y desde luego en el del estatuto, el Tribunal le ha dado la razón al PP y ha dicho que esas normas son inconstitucionales.

De forma que, con estar mal insultar a un jefe de Estado, cabeza visible de la religión que mayoritariamente profesan los españoles, de lo que se trata es de que atenga su impulso legislativo a la Constitución y vele por que los demás hagan lo mismo. Dado que es el presidente de Gobierno, que todavía no hay quien explique cómo, no parece que sea mucho pedir que tuviera algún respeto por la norma que ha prometido solemnemente acatar.


En fin, da igual lo que diga. Nadie le escucha. Hace cuatro o cinco días dijo que iba a dar un nuevo impulso a la política del Gobierno con una iniciativa sobre una agenda social de la que ya nadie ha vuelto a preguntar. En Corea del Sur se han debido de desternillar al oírle proponer soluciones internacionales al paro, él que dobla la tasa de los países de nuestro entorno. Ya ni para hacer chistes vale, pues convertido en la caricatura de sí mismo, no hay humorista que sea capaz de superar la realidad. No puede ir a ninguna parte en la que no tenga garantizada la adhesión inquebrantable de los que estén, pues hasta los de su cuerda le abuchean en un lugar y momento tan inapropiados como son la salida de la capilla ardiente de Marcelino Camacho el día de su muerte.

Quien manda es Rubalcaba. Lo que convierte su nombramiento como vicepresidente en un cuasigolpe de estado, ya que eleva de facto a la jefatura del Gobierno a uno que no ha sido elegido por el Congreso para ocuparla.

La noticia importante de ayer no son las tonterías que Zapatero pudiera decir en Viladecans, que a saber qué pecado habrán cometido allí para tener que padecer tal plaga, sino la que publicaba El País escondida en una página par: "Iglesias, Rubalcaba y Blanco sellan en secreto la paz con Tomás Gómez". Sólo el diablo sabe lo que han podido acordar. Me supongo que, de momento, le habrán salvado el antifonario al alcalde de Getafe, el agreste Pedro Castro, que se alineó con Trinidad Jiménez con el habitual entusiasmo con el que le gusta emplearse cuando se equivoca. Otra cosa es que hayan conseguido ganar a Gómez para su causa, la de elevar a Rubalcaba a la secretaría general del PSOE cuando se abra oficialmente el poszapaterismo. Ahí creo que el de Parla habrá sabido hacerse el sueco. Veremos.


Libertad Digital - Opinión

Sahara: Pecado original. Por Gabriel Albiac

España está en la línea de las trincheras sobre las cuales se jugaron los movimientos finales de la Guerra Fría.

TODO tiene un precio. También la democracia, de la cual decía Robespierre que sólo puede asentarse sobre dos pilares: o la corrupción o el terror, o el mercadeo o la guerra. Ambos dejan cicatrices.

En el otoño de 1975, no sólo el General Franco se moría largamente. También la Guerra Fría entraba en una fase resolutoria aún más larga. Y más cruenta. Que afectaba a la totalidad del planeta, pero, de un modo especialísimo, a los países del tercer mundo, sobre cuyo suelo se había venido librando durante tres decenios la más larga y probablemente la más mortífera de las tres guerras mundiales, la que se inicia en 1948, apenas consumada la victoria aliada frente al nazismo, la que confrontará, sobre campos de batalla dispersos, a los Estados Unidos de América y la URSS, hasta el desmoronamiento completo de los soviéticos en el otoño de 1989.

Esa tercera mundial, que fue irónicamente llamada Guerra Fría, enmarañó por completo las políticas nacionales e internacionales de todos los países. Porque nadie podía pretender quedar a su abrigo. No hubo «no alineados», esa fórmula casi burlesca que adoptaron algunos de los aliados vergonzantes de Moscú en la ONU. Tampoco hubo piedad por parte de estadounidense allá donde fue preciso sostener dictaduras, en diverso grado horribles, para evitar el avance de algún peón prosoviético sobre el tablero. Era la guerra, la guerra. Como el fuego real se veía sólo en Latinoamérica, en África y en el sur de Asia, era fácil construirnos la ilusión de que aquí guerra se decía sólo por modo metafórico. No era verdad.


España estaba —está— en la línea misma de las trincheras sobre las cuales se jugaron los movimientos finales de la Guerra Fría. Portugal, en el 74, fue el envite más osado de los soviéticos desde la construcción del muro berlinés: un golpe de jóvenes oficiales, con el objetivo inmediato de fundar un régimen de «democracia popular», idéntico a los puestos en pie como coraza geopolítica en torno a la URSS en los años cuarenta. Y, al otro lado del estrecho, un despotismo anacrónico: el régimen semifeudal del Sultán de Marruecos. En la terminología soviética, Rabat era el eslabón frágil. Un doble movimiento desde el Sahara —con retaguardia en la Argelia «socialista»— y desde la España que saliera del fin del franquismo, pondría en quiebra al aliado clave de los Estados Unidos en la zona: Hassán IIº. La jugada era tanto más sencilla cuanto que la ONU había dado mandato a la potencia colonial, España, de garantizar una descolonización que pasases a través de referéndum autodeterminativo. El resultado era más que previsible: nacería una República Saharaui bajo protección argelina y, por tanto, soviética. La monarquía marroquí viviría una crisis a la cual difícilmente sobreviviría.

A nadie le interesaba. Salvo a la URSS. Estados Unidos dio carta blanca a Marruecos para ocupar el Sahara. En España, las cabezas del Régimen que maquinaban ya los términos de la Transición percibieron los peligros de un conflicto militar tras la muerte de Franco. El ejemplo portugués fue decisivo. Se apostó por salvar un tránsito indoloro en España. Y que pagasen el precio los saharauis. Siguen pagándolo. Cada vez más al borde de ser aniquilados.


ABC - Opinión

Zapatero. Catalanófobos. Por José García Domínguez

La catalanofobia, esa recurrente majadería, constituye mimética traslación posmoderna de la antiespaña, aquel concepto-escupitajo tan caro al fascio redentor.

Como nada hay más atrevido que la ignorancia, tras gallear ostentóreamente de su desafección hacia la Iglesia del Papa de Roma, procedió Zapatero a clamar un "¡A buenas horas mangas verdes!" ante el asentimiento de la iconoclasta grey que le escuchaba. Sucedió el sábado y parece que con el latiguillo pretendía el hombre ridiculizar la devoción de Rajoy por Cataluña. Aunque el único oprobio del asunto habrá de recaer en sus muy sufridos maestros en aquel colegio de frailes leonés. Y es que, sin duda, el presidente desconoce el origen etimológico de la expresión. Célebre lamento, ése que capellanes y meapilas gustaban repetir ante la arribada tardía a las aldeas de la Santa Inquisición –tan distinguibles sus alguaciles por portar una franja verde en la manga–, una vez huidos judaizantes, meigas u otros heresiarcas rústicos.

Al tiempo, el Voltaire del Bierzo y Rubalcaba, que tanto monta, de nuevo han dado en estigmatizar con el sambenito de "catalanófobo" al prójimo. Empeño que, más allá su obvia ruindad, revela que en Carpetovetonia no solo moran los restos insepultos de la extrema derecha. A fin de cuentas, la catalanofobia, esa recurrente majadería, constituye mimética traslación posmoderna de la antiespaña, aquel concepto-escupitajo tan caro al fascio redentor. Recuérdese, la antiespaña, inmunda criatura siempre alerta, ogro que se alimentaba del odio sin límites a la España genuina, maquinando añagazas, contubernios y vilezas mil con tal de zaherirla en cuanto fuera posible. Ernesto Giménez Caballero, he ahí la verdadera fuente doctrinal del discípulo ful del tal Pettit.

Por cierto, quien ansíe descubrir el genuino catalanismo de Zapatero bien hará empapándose antes en la escatología de San Agustín –"Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo"–. Así, no se escandalizará más tarde, cuando descubra que cierto José Montilla, a la sazón ministro de Industria del Reino, lució entre los abajo firmantes de la siguiente enmienda parlamentaria del PSOE contra el Estatut: "Creemos que el término ‘nación’ aplicado en el articulado de la Propuesta a Cataluña no es compatible con el artículo 1.2 de la Constitución Española (...) Por todo lo anterior, han de ser suprimidas las referencias a los ‘derechos históricos’ que pudieran interpretarse como única legitimación y fundamento del autogobierno". Ya se sabe, la catalanofobia.


Libertad Digital - Opinión

Casacas azules. Por Ignacio Camacho

La sensibilidad prosaharaui de los españoles no es ideológica sino emotiva: simpatía humanitaria por un pueblo abandonado.

MASACRE, limpieza étnica y ley del silencio. Brutalidad intimidadora, desproporción de medios, violencia metódica y expulsión de periodistas y observadores. Marruecos ha actuado en El Aaiún como los federales yanquis contra los cheyennes de «Soldado azul»: un raid expeditivo y feroz, de una crueldad gratuita, con voluntad expresa de dominancia abusiva y el tinte autoritario de un hermético blindaje ante posibles testigos incómodos. Ha expulsado a corresponsales, ha ejercido la censura y ha desoído las protestas. Ha arrasado un campamento civil a punta de metralleta. Ha desmantelado tiendas a culatazos, ha pisoteado familias y ha efectuado violentas detenciones aleatorias. Y todo ello en un territorio de cuyo control se ha apoderado mediante hechos consumados que incluyen la condescendencia pasiva de la ONU, la anuencia de Estados Unidos y la inhibición culpable del Gobierno español. El Gobierno del «ansia infinita de paz», el que tiene a una ministra pacifista al frente del Ejército, el adalid orgulloso de la legalidad internacional, no ha tenido el coraje de levantar una mala palabra de condena de ese flagrante atropello. Por vergonzante conveniencia estratégica ha dejado a los saharauis indefensos bajo las botas del sultán, y ha olvidado que ya no se trata de un asunto político, sino de una mera cuestión humanitaria.

De ahí la sacudida de indignación de la opinión pública. En España existe una manifiesta simpatía prosaharaui que no tiene que ver tanto con la causa polisaria como con motivaciones de humanitarismo solidario. Cientos de familias acogen cada verano en sus casas a niños desnutridos procedentes de Tinduf y del Sáhara en cuya mirada late el desconsuelo de un pueblo abandonado a su (mala) suerte. Hay una memoria histórica empapada de mala conciencia por el desafuero de la retirada colonial, y una indisimulada afinidad sentimental con el drama de unas gentes sin patria condenadas a un nomadismo indigno. La sensibilidad española no es ideológica sino emotiva, y está relacionada también con el rechazo popular hacia el régimen feudal marroquí. A grandes rasgos, los ciudadanos ven en el Sáhara el drama de una claudicación indecorosa: un territorio entregado de hecho por España al sultanato para mantener el statu quo de intereses geoestratégicos bajo el patrocinio francés y norteamericano. Y consideran a los saharauis víctimas inocentes de una partida de ajedrez siniestro.

El Gobierno zapaterista ha cometido un enorme error al plegarse con tan sumisa evidencia a esta arbitraria tropelía. Ha renunciado a su papel de referencia, ha ninguneado a su propia ministra de Exteriores recién nombrada, ha dejado una sensación de sometimiento medroso ante el vecino agresivo. Y, sobre todo, ha despreciado la dignidad moral de una nación que no se siente representada en su apocado, indecoroso y pusilánime pragmatismo.


ABC - Opinión

Un deber diplomático

El ministro marroquí de Interior, Taieb Cherkaui, visitará España mañana en devolución del viaje a Marruecos que realizó el pasado agosto Alfredo Pérez Rubalcaba a raíz de la crisis de Melilla. Es el primer contacto cara a cara entre miembros de ambos gobiernos desde que Rabat desatara la feroz represión en territorio saharaui. Ayer mismo, pese al apagón informativo decretado por el Ejecutivo marroquí, llegaron nuevos testimonios desoladores sobre la situación en El Aaiún; palabras de ciudadanos españoles que hablaban de «noches escalofriantes», con arrestos indiscriminados y torturas. Un estado de excepción que ha salpicado también a gentes de nuestro país, desde cooperantes a periodistas. Hasta ahora, el Gobierno ha mantenido una actitud próxima a los intereses marroquíes y distante con el drama y la violación de los derechos humanos del Sáhara. Ni siquiera la muerte de un ciudadano español, atropellado por vehículos militares de Rabat, suscitó una reacción enérgica. Fue muy decepcionante la comparecencia de la ministra Trinidad Jiménez para lamentar, pero no condenar, los hechos, con el argumento inaceptable de que las circunstancias eran confusas y existía falta de información.

Tampoco el Ejecutivo tuvo el coraje o la sensibilidad necesarios para salir en defensa de los medios de comunicación españoles ante los ataques del Gobierno marroquí, que acusó ayer de nuevo a la Prensa de «racista y odiosa» y de recurrir de forma sistemática a «procedimientos falaces, técnicas innobles y manipulaciones abyectas». El silencio del gabinete es inculpatorio ante atropellos a los periodistas de un régimen que no admite el ejercicio de derechos tan básicos como la libertad de prensa.

Nuestra diplomacia ha escrito una página oscura en este conflicto, con su docilidad ante el régimen de Rabat, y el incumplimiento de sus obligaciones como potencia descolonizadora, hasta dejar las manos libres para que los ocupantes sofocaran con violencia extrema la voz de los saharauis. Ésa es la verdad. Entendemos, sin embargo, que, aunque el Gobierno no podrá borrar de la memoria colectiva lo ocurrido en estos últimos días, la presencia del ministro marroquí de Interior en nuestro país es una oportunidad para recuperar, al menos, algo de la dignidad diplomática perdida y de estar a la altura de las circunstancias. Se trata de trasladar a Rabat que su actitud en el Sáhara no solucionará el contencioso y que sólo el respeto a los derechos humanos y una negociación justa entre las partes, con la mediación de Naciones Unidas, podrá encauzar la solución. Deben entender que ni España ni la Unión Europea pueden mantener la colaboración deseable, y que Marruecos necesita, con un régimen cruel y despótico.

Marruecos es importante para España, pero España y Europa también lo son para Rabat. Existen intereses mutuos que deben ser preservados, y la mejor forma de hacerlo es desde el convencimiento de que en el complejo tablero de los equilibrios diplomáticos un golpe en la mesa a tiempo suele reportar más réditos que la complacencia y la debilidad. El respeto no lo regalan; hay que ganárselo.


La Razón - Editorial

Un mal comienzo

La reforma laboral es necesaria para elevar la productividad y debe ser negociada con urgencia

El llamado diálogo social entre Gobierno y sindicatos, cuyo objetivo debería ser el desarrollo de la reforma laboral aprobada por el Parlamento, empezó el viernes con un mal paso. Los sindicatos exigieron al Ministerio de Trabajo que el Gobierno renuncie a los recortes "de derechos", tales como la determinación de las causas de despido económico, si quiere contar con ellos en la mesa de negociación. La petición no se sostiene políticamente, puesto que se reclama (quizá como táctica inicial) la abrogación de una norma sancionada por el Congreso; pero, además, revela que ni UGT ni CC OO han aceptado el fracaso final de la huelga general (fuese cual fuese su seguimiento, no iba a torcer la voluntad del Parlamento) ni la debilidad en que actualmente se encuentran.

La reforma laboral debe entenderse como un texto de mínimos. Exige mejoras y desarrollos para que tenga una utilidad real, es decir, para que reduzca la dualidad del mercado de trabajo y estimule la decisión empresarial de emplear, ya que directamente la reforma no creará ni un solo puesto de trabajo. Esos desarrollos y mejoras se pueden señalar inequívocamente: intermediación en el mercado laboral para activar las contrataciones; precisión del arbitraje en las causas de despido; aproximación de los costes de despido en los tipos de contrato y descuelgue de las empresas de las negociaciones sectoriales o territoriales para que los trabajadores puedan, si lo desean, intercambiar empleo por salarios. Estos puntos, entre otros, necesitan de un pacto meditado, pero rápido; y la sensación de que los agentes sociales evitan entrar en una negociación realista no infunde optimismo.


La economía española está estancada y sufre un exceso de endeudamiento, que los inversores financian con costes elevados. El riesgo es que se reproduzca en España una situación como la de Grecia o la que ahora mismo acecha a Irlanda. Las soluciones son conocidas: más ahorro, un plan de ajuste del gasto público, una mejora de la productividad cuyo primer paso debería ser una reforma laboral seria y una reforma de las pensiones que alivie la presión sobre las finanzas públicas. El nuevo episodio de crisis de la deuda acrecienta la probabilidad de que sean necesarios nuevos ajustes de gasto, incluyendo la sanidad, en 2011.

Sorprende que los sindicatos no perciban la gravedad de la situación; y más cuando otros países de probada seriedad, como Reino Unido, proponen recortes públicos más drásticos que el español y aceptan la racionalidad de que los subsidios de desempleo se paguen a quien desea trabajar. Se suele olvidar que patronal y sindicatos tienen atribuidos en la Constitución tareas de negociación que van más allá de la representación de sus asociados. Si la CEOE, UGT y CC OO son incapaces de aceptar la urgencia de este diálogo, tal vez deberían ser remitidos al Ministerio de Hacienda para que se negocie a la baja las cuantiosas subvenciones que reciben por su papel negociador.


El País - Editorial

Otra vez con el "Madrid nos roba"

El problema de los catalanes no es que los madrileños hayan hecho bien sus deberes, sino que ellos se han atascado en un absurdo debate identitario y liberticida del que han emergido políticos tan demagogos e incompetentes como los del Tripartito.

Las elecciones catalanas del próximo 28 de noviembre no pintan especialmente bien para los miembros de la coalición gobernante. Después de ocho años de desgobierno, parece que los catalanes están decididos a darles la espalda y la masiva abstención que ya viene caracterizando al panorama electoral catalán desde hace lustros convivirá con un desplome del PSC, ERC e ICV.

Probablemente por ello, los dirigentes socialistas y secesionistas estén recurriendo a toda la artillería de demagogia de la que son capaces con tal de retener el voto de la radicalidad más iletrada que pueda seguir creyéndose sus mentiras. Así, por ejemplo, el presidente de ERC, Joan Puigcercós, ha vuelto a recurrir al típico espantajo de "Madrid nos roba" con tal de justificar la lamentable situación en la que se encuentra Cataluña como consecuencia de la política antiliberal y antiespañola que con tanta consistencia ha defendido y aplicado su partido.

El problema es que, como suele suceder, ni los datos ni los argumentos avalan las soflamas de Puigcercós. Hasta 2008, Madrid aportaba más del doble que Cataluña, tanto en términos absolutos como per capita, al sostenimiento del conjunto del Estado: en concreto, 2.300 euros por habitante frente a los pocos más de 1.000 euros de Cataluña. Sin embargo, tras la reforma del modelo de financiación en 2009, aprobada con el acuerdo de ERC, Cataluña pasó a recibir más de lo que aportaba al resto del Estado. No olvidemos que el secretario de ERC, Joan Ridao, se jactó de haber conseguido todo lo que deseaba de un sumiso Zapatero: "Nosotros habíamos puesto un listón y el Gobierno empezaba a saltarlo, pero aún no había llegado a superar esa altura. Hasta que la superó".


El problema ni está ni ha estado nunca en que Cataluña fuera expoliada por el resto del Estado, pues Madrid, con una aportación mucho mayor, ha conseguido seguir creciendo y prosperando hasta el punto de superar en 2009 a Cataluña en su aportación al PIB español, sin perjuicio de su solidaridad interterritorial. El problema se encuentra en las políticas socialistas y nacionalistas aplicadas por el Tripartito, generadoras de pobreza en todo momento y lugar.

No hay más que echarle una mirada a la evolución del endeudamiento de Cataluña y de Madrid para comprobarlo. En las dos legislaturas en las que han gobernado PSC, ERC e ICV la deuda de Cataluña se ha prácticamente duplicado desde el 7,9% del PIB al 15,1%; en cambio, la de Madrid se ha mantenido constante en un moderado 6,6%. De hecho, Cataluña, con 30.000 millones de euros, ya acumula un 30% de toda la deuda autonómica de España, muy por encima de su participación en el PIB nacional que es del 18%.

Si, en palabras de Puigcercós, Madrid es una "fiesta fiscal" –esto es, si disfruta de impuestos más reducidos que los de Cataluña– no es por los privilegios que le haya otorgado el socialismo, sino por haber aplicado políticas propias de una sociedad abierta que la Esquerra tan furibundamente rechazada: presupuestos austeros, liberalización comercial y, también, tolerancia hacia la diversidad. Todo lo contrario de la senda por la que ha discurrido Cataluña en las últimas décadas y, de manera más enconada, en los últimos ocho años del proceso estatutario.

El problema de los catalanes no es que los madrileños hayan hecho bien sus deberes, sino que ellos se han atascado en un absurdo debate identitario y liberticida del que han emergido políticos tan demagogos e incompetentes como los que han formado el Tripartito.


Libertad Digital - Editorial

domingo, 14 de noviembre de 2010

Qué inmenso error. Por Ramón Pérez-Maura

Marruecos ha cometido en la última semana uno de los mayores errores estratégicos de su historia. Hasta el momento su política con el Sahara le había dado un resultado óptimo. Veíamos un constante gotear de miembros del Frente Polisario que abandonaban las filas rebeldes para sumarse a las tesis marroquíes sobre la antigua provincia española. Los acampados a las afueras de El Aaiún no eran seguidores del Polisario, ni independentistas de ninguna otra obediencia. Reivindicaban una mejora en sus condiciones de vida. Es decir, eran pasto fácil en el que prender la llama de la rebelión contra Rabat, mas eso no había ocurrido cuando se desmanteló el campamento y causó un número de muertos difícil de precisar. Con toda probabilidad, los avances de los últimos 35 años de la posición marroquí entre las tribus saharauis se desbarataron con ese asalto.

Marruecos, que tiene un historial en materia de derechos humanos menos criticable que cualquiera de sus vecinos mogrebíes, ha actuado con una torpeza que desbarata todo logro en la materia a ojos de la opinión pública española.

El 5 de mayo de 1997 tuve el privilegio de realizar al hoy Rey de Marruecos la primera entrevista política que concedía en su vida. Demostró querer emular lo mejor de su padre, que dio a Marruecos una posición envidiada por sus vecinos. He seguido su reinado con interés profesional y no me ha importado discrepar de tantos al elogiar evidentes avances en Marruecos. En especial la mejora de los derechos de la mujer, la denuncia de los excesos en el reinado de Hassán II y la mínima mejora en la alternancia partidista en el Gobierno. Pero la actuación marroquí en el desmantelamiento del campamento saharaui y la censura a los medios de comunicación españoles es un inmenso error del que costará recuperarse a Mohamed VI.


ABC - Opinión

El amigo de su marido. Por Edurne Uriarte

Hay que reconocerle a Rafaela Romero, de la misma forma que a su marido, Jesús Egiguren, el mérito de una larga militancia en el PSOE en el lugar de España, Guipúzcoa, donde tal militancia es y ha sido más peligrosa. Podían haber escogido opciones más fáciles y no lo hicieron. Se arriesgaron por aquello en lo que creían. Y eso es lo que quiso reivindicar Romero cuando espetó a la presidenta de la AVT, Ángeles Pedraza, «Cuando nos maten, no lloréis».

Y, sin embargo, no es Ángeles Pedraza, impecable en su lucha antiterrorista, a quien Rafaela Romero debió dirigir su reivindicación, sino su propio marido y compañero en el liderazgo del PSE. Es a él a quien debe preguntar por qué se declara amigo, «me une con Otegi una amistad normal que surge de conocerse», del miembro de esa banda terrorista que puede asesinarlos a ella y a su marido y que ya ha asesinado a tantos resistentes del totalitarismo etarra. Es a él a quien debe dirigir su enfado e incomprensión.


Por apoyar al representante de una banda terrorista que la amenaza y de la que teme ser víctima. Y por intentar expandir la ficción de que ETA y Batasuna no son la misma cosa. Eterna trampa de la negociación que ya intentó el PSOE en la pasada legislatura y cuyas posibilidades ahora valora de nuevo a través de la avanzadilla de Jesús Egiguren. Mientras los terroristas «malos» y los terroristas «buenos», pertinente expresión de José María Aznar, prosiguen su estrategia de amenaza e intimidación en perfecta armonía y conjunción.

A través del diario Gara, por ejemplo, donde, ayer, en esa inquietante columna de la fantasmágorica Maite Soroa en la que ninguno de los objetivos de ETA desea aparecer, se defendía a Otegi. Y se defendía a Egiguren. Otegi y Egiguren como víctimas del «nacionalismo español» y de la «fachenda española» en el Gara. Por qué, debe preguntar de nuevo Rafaela Romero.


ABC - Opinión

Vacuidad. Zapatero y el síndrome del pato cojo. Por Jorge Vilches

Estábamos acostumbrados a presidentes preocupados por su labor gubernamental, y por el futuro, al menos por el de su propio partido. Ahora no es así. Zapatero nos ha acostumbrado a otra cosa.

La defensa de la "economía verde" que ha hecho Zapatero en Seúl es una muestra de que el presidente del Gobierno español vive en un permanente síndrome del "pato cojo". Dicho título, el de "pato cojo", ha sido acuñado en Estados Unidos para denominar los actos y las palabras del presidente de la República en los últimos tiempos de su segunda mandato, cuando ya no necesita fijar su política de cara a la reelección. Es el momento en el que los presidentes se dedican a hacer y decir cosas extemporáneas, extrañas o estrambóticas; en definitiva, ese tipo de palabras o actuaciones capaces de sonrojar incluso a los propios seguidores.

Aquí, en España, esto no existía antes de Zapatero. González hizo todo lo posible para no perder las elecciones, y hacia ello encaminó sus tareas, aunque con poca fortuna en sus últimos tiempos. Aznar, a pesar de que decidió no presentarse a un tercer mandato, no alteró el modelo político y económico que tanto éxito reportó entre 1996 y 2000, lo que no impidió que cometiera errores. Es decir; estábamos acostumbrados a presidentes preocupados por su labor gubernamental, y por el futuro, al menos por el de su propio partido. Ahora no es así. Zapatero nos ha acostumbrado a otra cosa.


Ha llegado a Seúl, a la conferencia empresarial paralela al G-20, y ha soltado que la "economía verde" no es sólo una "apuesta medioambiental" sino "también económica". La suelta de tamaña simpleza, porque decir que un modelo económico es también económico es al menos una simpleza, ha continuado con la promesa (no existe política sin promesa) de que la "economía verde" crearía un millón de puestos de trabajo en diez años. La noticia podría ser interesante si no procediera de un Gobierno que ha asistido impávido a la destrucción anual de un millón de empleos en el último trienio.

El paseo del "pato cojo" español no había terminado aún, pues según dejó la conferencia empresarial se dirigió al Parlamento coreano para participar en una reunión del grupo de Impulsores de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU. Este grupo, cuyos resultados son tan palpables como predecibles, le permitió soltar otro alegato huero: "Un pequeño esfuerzo de cada país (...) incrementando la ayuda al desarrollo, supone millones de personas con acceso a la educación, a la salud, niños que podrán sobrevivir, (...), pueblos que podrán tener dignidad y esperanza". Ni se oyó ni una palabra contra los Gobiernos corruptos que tiranizan a esos pueblos y roban sus recursos, que es la primera causa de la pobreza en esos países.

Sin embargo, nada de esto ha llamado la atención. Como mucho algún chascarrillo o comentario irónico. El motivo es que estamos acostumbrados a una presidencia que ha vivido siempre con el síndrome del "pato cojo", aferrado a discursos demagógicos y vacíos, y a acciones extravagantes e inoportunas, detrás de los cuales no hay absolutamente nada. Porque Zapatero volverá de Seúl sólo con la foto hecha y la sonrisa puesta.


Libertad Digital - Opinión

Las palabras de Otegi. Por Germán Yanke

Hay un cierta majadería intelectual según la cual el diálogo con ETA y sus secuaces es más apropiado —y más rápido— que la firmeza del Estado de Derecho. Si es la trampa de los que quieren salirse con la suya, también produce una sorprendente fascinación en ciudadanos que se oponen a la violencia y que lo defienden o lo proponen, si no es para evitarse el compromiso ético que implica combatir el terrorismo. Para soportar esta suerte de indecencia siempre aparece como disculpa la «evidencia» de que entre los violentos algo ha cambiado.

En esas estamos ahora, cómo no. En el juicio a Arnaldo Otegi por supuesto enaltecimiento del terrorismo en el acto de Anoeta (2004), que parece que no organizó nadie, el dirigente de Batasuna ha dicho que rechaza la violencia para imponer un proyecto político. Y oímos decir: «¿No veis?, un paso más, se avanza, se concreta, se defienden las vías democráticas». Sin embargo, cuando Otegi fue nombrado portavoz de Batasuna tras la detención en 1997 de la Mesa Nacional dijo en una entrevista —yo estaba allí— que si ETA pretendiera imponer un proyecto político con la violencia sería el primero en condenarlo. ¿Dónde está el cambio?

Las palabras no son lo contrario de la violencia. Pueden ser un atropello, falsas y dañinas, incluso mortíferas. Para Otegi ETA ha pretendido siempre, «obligada» por la «violencia» del Estado, no imponer un programa sino «conseguir» las condiciones «democráticas» para que los vascos «se expresen». Hay que ponerlo todo entre comillas porque las palabras pueden ser también una cruel agresión. La paralización, que no disolución, de ETA supondría, entonces y ahora, el paso siguiente al inicio de un «proceso» hacia el escenario que desea, que no es ni el del Estado de Derecho ni el elegido democráticamente. Decir que no se trata de hacer concesiones ETA no significa sino conseguir sus objetivos como si la banda no tenga que ser derrotada.


Recurso para enlace a URL de referencia

Iracundia gris. Por Alfonso Ussía

Chusito Eguiguren está casado con una mujer de armas tomar. Rafaela Romero. Doña Rafaela. Tiene malos arranques y peores prontos. Yerra en las dianas de su cólera. O quizá no yerra, lo que sería peor y mucho más preocupante. En lugar de enfadarse con Otegui, o Permach, o Jone Goricelaya, o Iñigo Iruin, se lanzó a despotricar contra la presidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, Ángeles Pedraza. La zarandeó, según parece. «No lloréis por nosotros el día que nos maten», le dijo a la señora Pedraza. «A nosotros ya nos han matado», le contestó la presidenta de la AVT. Y esa respuesta no tiene réplica posible ni vuelta de hoja.

Además, ¿quiénes son los que pueden matar a Eguiguren y a su mujer? Tan sólo los compañeros de fechorías de los que comen con Eguiguren. Esta gente está un poco desnortada. Sólo asesinan los comensales de su marido. Con «Josu» Ternera se ha visto en distintas ocasiones. El tal «Ternera» es un criminal. Aquella explosión junto a la Casa Cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza. Es probable que doña Rafaela, la volcánica doña Rafaela, haya olvidado semejante victoria de la «lucha armada» etarra. Entre las víctimas, murieron cinco niños, entre ellos las sobrinas de José Alcaraz. Iban armadas de «donuts» y cuadernos en sus mochilas, camino del colegio. El responsable de aquella hazaña es el compañero de mesa clandestina de Chusito Eguiguren. Está fugado de la Justicia, y Chusito no ofrece pistas a las Fuerzas del Orden Público respecto a su paradero. Esos son los que matan, airada doña Rafaela. Y las víctimas del terrorismo no merecen tan injusto escupitajo.


En todos los aspectos de la vida hay tonalidades medias entre el blanco y el negro. En la lucha contra el terrorismo, no. Ahí se está en el blanco o en el negro. El gris no sirve. Y el marido de la simpar doña Rafaela se mueve por el gris desde hace muchos años. No se le indigestan las buenas viandas que comparte con el asesino «Ternera». Ni los chacolís con Otegui, mientras hablan de la Real Sociedad de San Sebastián. A propósito, «Real Sociedad», que nada suena a «abertzale», a no ser que Don Alfonso XIII fuera el fundador de Batasuna, lo que no creo, sinceramente.

Esos comensales escogidos por su marido, fogosa doña Rafaela, son los que matan y pueden matar. Y no se eligen las víctimas entre los compañeros de mantel y cuchipanda. Pero si alguna vez, tanto usted como su marido son amenazados o sufren la brutalidad de esa gentuza, no tenga duda de que seremos millones los que estaremos junto a ustedes, y entre esos millones, las víctimas a las que usted ha insultado con desprecio y gravedad.

Si estuviera bajo su piel, doña Rafaela, dormiría mal. No por temor a la ETA, sino por la confusión de sus sentimientos, tan grises como los de su marido, que el matrimonio es harto contagioso. Y si estuviera bajo su piel, que por fortuna no lo estoy, me disculparía inmediatamente con todas y cada una de las víctimas de la ETA, y al no ser posible por la sencilla razón de que mil de ellas descansan enterradas, lo haría con sus familiares, empezando por Ángeles Pedraza y siguiendo por José Alcaraz, tío de dos niñas asesinadas por orden del miserable de «Ternera», el compañero de mesa de su esposo. Pena me da, doña Rafaela, pensar en su desnortada conciencia. Y cálmese.


La Razón - Opinión

ETA. De faisanes y terneras. Por Guillermo Dupuy

El problema está en que los procesos de paz han envilecido tanto a nuestra clase política, mediática y judicial que ya no les permiten ser conscientes de su radical incompatibilidad con un Estado de Derecho.

Me gustaría poder hacer una encuesta a nivel nacional para conocer el porcentaje de españoles que tienen conocimiento de lo qué es el "caso Faisán" o, como yo prefiero llamarlo, "el chivatazo policial a ETA". A pesar de la escalofriante gravedad de este capítulo de la paz sucia con ETA, sospecho que el conocimiento de los ciudadanos sería muy bajo. Sin embargo, por poco que los medios de comunicación hayan hablado de este asunto, aun lo han hecho menos con otro "delito de Estado", no menos concreto y espeluznante, sólo que más continuado en el tiempo, como es el que se ha perpetrado y seguramente se sigue perpetrando en estos momentos, en beneficio de la impunidad del etarra Josu Ternera.

El Código Penal es muy claro al advertir que incurre en delito la autoridad o funcionario que dejare intencionadamente de promover la persecución de los delitos o de sus responsables. No menos claro fue el Tribunal Supremo al dictar las órdenes de búsqueda y captura contra Josu Ternera, al que se le acusa de la masacre de la casa-cuartel de Zaragoza. ¿Alguien, sin embargo, tiene alguna duda de que José Luis Rodríguez Zapatero, faltando a la obligación de su cargo, ha dejado de manera deliberada de promover la persecución de este prófugo delincuente? ¿No es suficiente la confesión televisada de Eguiguren respecto a los mensajes que, a través de él, Zapatero le hacía llegar al etarra? ¿Por qué nadie habla de la X de la "paz sucia", no menos ilegal que los GAL?

El problema está en que los procesos de paz han envilecido tanto a nuestra clase política, mediática y judicial que ya no les permiten ser conscientes de su radical incompatibilidad con un Estado de Derecho que no admita intermitencias. Si el fin de ETA ha de ser dialogado, ¿por qué no el de la violencia de género, el de las mafias, el del GRAPO? ¿La razón es que ETA nos ha matado más?


Libertad Digital - Opinión

¿Prudencia o incompetencia?. Por José María Carrascal

Los más beneficiados de la prudencia que ahora predican Zapatero y compañía son ellos mismos.

La última consigna del Gobierno Zapatero es «prudencia». Nos la pide en el Sahara. En el País Vasco. Con Chávez. Con el Vaticano. Prácticamente, en todos los grandes temas nacionales e internacionales. Lo que choca, pues este Gobierno ha sido de una imprudencia que sin temor a exageraciones puede calificarse de temeraria, tirándose una y otra vez a la piscina sin la elemental precaución de haber comprobado sin había agua en ella. Lo hizo embarcándose en una negociación con ETA que acabó en dos muertos; prometiendo a los catalanes el estatuto que les diera la gana; negando la existencia de la crisis económica, tomando luego las falsas medidas contra ella y anunciando de manera periódica el fin de la misma; jurándonos que no habría recortes en las prestaciones sociales; asegurándonos que no haría mayores cambios en su Gabinete. Y, de repente, este hombre que ha hecho de la osadía su programa de gobierno, se convierte en el abogado de la prudencia, que igual le sirve para un roto que para un descosido.

Sin duda la prudencia es recomendable —por algo figura entre las virtudes cardinales—, pero no menos es cierto que un exceso de la misma suele ser perjudicial, aparte de poder enmascarar graves deficiencias. Y tratando con un político que ha hecho de la engañifa la base de su gobernanza, conviene andarse con cuidado, no vaya a darnos de nuevo gato por liebre, o ni siquiera gato. Ya decía André Gide que cuando no se tiene nada que ocultar, no hay necesidad de ser prudente, y esta súbita fiebre de prudencia por parte de quien hasta ahora no ha hecho otra cosa que meterse en camisas de once varas da la impresión de que su verdadero objetivo es ocultar sus fracasos en las muchas aventuras que se ha metido, que ahora le pasan factura.

Abundando en la misma reflexión de Gide, Robert L. Stevenson advertía que la prudencia crece en el cerebro como un hongo, siendo la generosidad su primera víctima. Algo que comprobamos en la vida diaria, donde la falta de valentía civil se disfraza a menudo de prudencia, y que puede ser lo ocurrido al inquilino de La Moncloa que ha cambiado sus altruistas planes de antaño por el único objetivo de defenderse a toda costa, incluidos los principios de que alardeaba.

El siempre agudo Voltaire ponía la guinda a estas advertencias al señalar que mientras el prudente busca beneficiarse a si mismo, el virtuoso busca el beneficio de los demás. No hay que ser un desconfiado obsesivo para darse cuenta de que los más beneficiados de la prudencia que ahora predican Zapatero y compañía son ellos mismos, presos en la red de improvisaciones, temeridades, atrevimientos y disparates que han sido su marca de gobierno.


ABC - Opinión

La bisagra catalana

La campaña de las elecciones catalanas ha arrancado con los rasgos propios de un cambio de ciclo político. La tendencia reflejada en todos los estudios demoscópicos demuestra de forma nítida un agotamiento de la fórmula del tripartito y, en paralelo, un respaldo mayoritario para el proyecto de Convergència i Unió y una recuperación intensa del PP. Más de la mitad de los ciudadanos de Cataluña desaprueba la gestión de la alianza PSC-ERC-ICV en estos últimos cuatro años. A estas alturas, sólo los cocineros del CIS han concedido un respiro a la izquierda con un pronóstico menos catastrófico que los ya conocidos.

Los márgenes son tan amplios y el hastío del tripartito tan agudo que hoy parece misión imposible invertir la situación. En el peor de los escenarios, los nacionalistas de Artur Mas estarían a nueve escaños de la mayoría absoluta del Parlament, lo que abre alternativas para la gobernabilidad de Cataluña, pero también para la de España. Como ha sucedido en buena parte de las legislaturas de nuestra democracia, los convergentes, instalados en la Generalitat, están llamados a ejercer de nuevo el papel de bisagra en el conjunto del Estado. ¿Cuál será su apuesta? Conocido su proverbial pragmatismo, puede que dispongan una estrategia de no agresión con los socialistas, que dé estabilidad al menos hasta los comicios generales y que les permita tener las manos libres en la gestión de la comunidad y, de paso, situarse en una posición de fuerza ante cualquier negociación con el Gobierno de Zapatero.


La otra opción, de mayor proyección y mucho más positiva para los intereses generales, sería la de apostar por el entendimiento con una fuerza pujante en Cataluña como el Partido Popular, que, según las encuestas, cuenta con muchas posibilidades de asumir el Gobierno de España tras las elecciones de 2012. Ambas formaciones tienen un demostrado sentido de Estado y una probada capacidad de llegar a acuerdos en torno a diagnósticos concordantes sobre los problemas reales de Cataluña y del conjunto de la nación. Las propuestas liberal-conservadoras, las mismas que hoy desarrollan los países de Europa que han comenzado a crecer y a recuperar su actividad, son las que comparten ambas formaciones y las que el Gobierno socialista ha despreciado en estos años. Lo cierto es que la hoja de ruta de esta alternativa está marcada ya por las preocupaciones expresadas por los ciudadanos en todos los estudios de opinión: el paro y la economía. Y ésas deberían ser las prioridades de una gestión responsable, sin perderse en enredos coyunturales ni abrir debates particularistas tan estériles como melancólicos.

Las elecciones en Cataluña son, pues, decisivas para dar ese primer paso hacia la alternancia política imprescindible para España, que mande a la izquierda y a sus políticas fracasadas a la oposición. El tripartito fracasó en Cataluña, como el PSOE en el conjunto del Estado. Perpetuar estas fórmulas con aventuras irresponsables sería un retroceso que pagaríamos todos.


La Razón - Editorial

Diplomacia farisaica

El temor a irritar a Rabat no justifica taparse los ojos ante lo que está pasando en el Sáhara.

El Gobierno español ha querido justificar su falta de respuesta a los graves sucesos en el Sáhara a partir de un falso dilema. No es cierto que, ante los atropellos cometidos por el Ejecutivo marroquí, haya que optar entre el carácter estratégico de las relaciones con Rabat y la condena de los hechos contrastados hasta el momento. La muerte de un ciudadano español de origen saharaui, además del bloqueo informativo establecido por Marruecos, incluyendo la retirada de la credencial del corresponsal del diario Abc y la expulsión de los enviados de la cadena SER, constituyen causas suficientes para exigir cuando menos una investigación con garantías en el primer caso y para dirigir una protesta diplomática, en el segundo.

Ni la ONU, ni la UE ni, por descontado, España pueden contemplar pasivamente unos hechos que, incluso en la dudosa versión oficial de Rabat, han provocado víctimas mortales. Precisamente porque la relación de España con Marruecos es estratégica, el Gobierno no puede actuar como lo está haciendo, y menos a través de canales simultáneos como los que representan la ministra de Exteriores, por un lado, y el ex titular del Departamento, por otro. A los que podría añadirse un tercer canal si, como está previsto, el ministro del Interior marroquí visita España devolviendo la visita que realizó a Rabat el actual vicepresidente Rubalcaba, tras los últimos incidentes en Melilla.


En las actuales circunstancias, mantener esta agenda no puede ser fruto de una decisión rutinaria: haría bien el Gobierno en sopesar los beneficios esperados y los equívocos que podría suscitar. Entre ellos, el de dar a entender que es mayor el interés español que el marroquí en mantener una buena vecindad. Si las relaciones se deterioran, España pagará un coste. Pero también Marruecos, cuya exposición a los riesgos que ambos países deben enfrentar conjuntamente es seguramente mayor. Que se reconozca su papel en la estabilidad del Magreb no puede ser interpretado desde Rabat como licencia para imponer por la fuerza su voluntad en un territorio que ocupa en contra de la legalidad internacional, proclamando el desafío de "conmigo o contra mí".

Y a esa interpretación está contribuyendo el Gobierno español, primero, con su silencio y, después, con explicaciones farisaicas como las ofrecidas por el presidente y la ministra Jiménez. La política exterior de Zapatero se ha caracterizado por invocar los derechos humanos cuando debía formular estrategias y por replegarse en las estrategias cuando, como en los actuales incidentes, debía defender los derechos humanos. Es cierto que las relaciones con Marruecos se encontraban bajo mínimos cuando Zapatero llegó a La Moncloa, pero el modelo que adoptó para mejorarlas era inviable: estabilizar el trato con Rabat por la vía de aproximarse a su posición en los principales contenciosos. Era un modelo condenado al fracaso, y los graves sucesos en el Sáhara lo estarían certificando.


El País - Editorial

Fiebre de enchufismo en La Pesoe

CCOO y UGT son cooperadores necesarios en este escándalo monumental contra el que se han echado a la calle miles de funcionarios honestos, dispuestos a impedir que se consume un caso de nepotismo partidista de dimensiones industriales.

En España sobran funcionarios, especialmente en las comunidades autónomas, que es donde más ha crecido el empleo público en las últimas décadas. Las autonomías no sólo han absorbido a los funcionarios estatales transferidos junto a las competencias estatutarias, sino que, como ocurre siempre con el Estado, los políticos han justificado su existencia creando miles de órganos innecesarios que ha sido preciso dotar del adecuado aparataje material y humano.

Si esto es ya intrínsecamente nocivo en circunstancias normales, en plena recesión económica, agravada por la incapacidad de un Gobierno radicalizado, el debate sobre la necesidad de que la administración se desprenda del exceso funcionarial adquiere la mayor notoriedad, que es lo que ha comenzado a ocurrir en otros países de nuestro entorno.

Por eso resulta todavía más bochornoso que la Junta de Andalucía, gobernada por los socialistas como señoritos de un cortijo en la más rancia tradición de la izquierda, se apresure a culminar tres décadas de nepotismo desvergonzado convirtiendo en funcionarios a más de treinta mil empleados contratados discrecionalmente. Es lo de siempre cuando gobierna la izquierda, pero acelerado a causa de los negros presagios electorales que las encuestas vienen recetando muy merecidamente a los socialistas andaluces en los últimos tiempos.


El PSOE es la principal agencia de colocación de Andalucía, la región que tras tres décadas de férrea disciplina socialista sigue encabezando las clasificaciones más infamantes de toda Europa sin que a sus dirigentes se les caiga la cara de vergüenza. "La Pesoe", como ha sido rebautizado ese partido con el típico gracejo de la zona, ha actuado siempre así, comprando voluntades con dinero público, exigiendo y concediendo subvenciones para fomentar la ociosidad y colocando a los militantes de ese partido en los miles de recovecos institucionales en que han convertido a la administración andaluza. Todo ello en detrimento de quienes accedieron a la administración pública por sus propios méritos, que de esta forma deben convivir con el bochorno permanente de ver cómo los políticos socialistas inundan los departamentos autonómicos de personajes, cuyo único mérito es pertenecer al PSOE o a la familia de alguno de sus dirigentes

La connivencia de los sindicatos de izquierdas en el atropello que los socialistas andaluces quieren cometer sorprendería si no fuera porque conocemos sobradamente el papel que el sindicalismo llamado "de clase" tiene cuando gobierna la izquierda. CCOO y UGT son cooperadores necesarios en este escándalo monumental contra el que se han echado a la calle miles de funcionarios honestos, dispuestos a impedir que se consume un caso de nepotismo partidista de dimensiones industriales.

Hoy el PSOE no es una opción política más en Andalucía, sino el vértice de un régimen que controla todos los contrapoderes democráticos en la más acreditada tradición del socialismo. Esta última canallada institucional es sólo el síntoma de que el final tal vez esté más cerca de lo que ellos mismos suponen.


Libertad Digital - Editorial

Madrid sube, Cataluña baja

El nacionalismo y el socialismo que hace guiños al independentismo radical son responsables de la pérdida de posiciones de Cataluña.

AL margen de rivalidades sin sentido, Madrid y Cataluña son dos comunidades españolas que se configuran como centro y eje de un potente tejido socioeconómico basado en la capacidad de liderazgo de las respectivas metrópolis. Resultan por ello muy significativos los datos que hoy ofrece ABC, desde el punto de vista de la eficiencia y no de los sentimientos localistas. Madrid se sitúa por delante de Cataluña en una parte sustancial de los indicadores que maneja el análisis comparativo. Así, el PIB per capitaes casi el doble, con una diferencia que ha crecido de forma exponencial en los últimos quince años. El gasto en I+D es también más alto en la comunidad madrileña, cuya tasa de paro está dos puntos por debajo de la catalana. Además, la comunidad de Madrid es capaz de absorber un mayor porcentaje de población inmigrante. Son datos objetivos e incontestables, fiel reflejo de la mayor vitalidad de una comunidad dispuesta a superar los tópicos sobre la burocracia centralista frente al estancamiento de Cataluña, que ha liderado históricamente los índices de desarrollo económico y calidad de vida.

El nacionalismo excluyente y el socialismo que hace guiños al independentismo radical son responsables de la pérdida de posiciones de Cataluña en los ranking de carácter nacional e internacional. Los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 marcaron un punto de inflexión y desde entonces las cosas van a peor. En cambio, Madrid consolida su protagonismo y la capital de España está ahora en primer plano como ciudad abierta y centro financiero. En una economía globalizada no tiene ningún sentido seguir jugando al victimismo territorial y practicar una política identitaria que se niega a reconocer la realidad en nombre de prejuicios trasnochados. El tripartito encabezado por José Montilla ha llevado al extremo estos planteamientos, bajo el impulso de partidos radicales que han impuesto su agenda al PSC. No es extraño que —según todas las encuestas— las urnas vayan a pasar factura a un socialismo ambiguo y oportunista. Mientras Madrid se ha preocupado de crear infraestructuras y mejorar la vida de los ciudadanos, Cataluña parece haberse encerrado en una burbuja identitaria que no se corresponde con su larga tradición de sociedad dinámica y creativa. Los números no engañan.

ABC - Opinión