lunes, 14 de marzo de 2011

Seísmo nuclear (2). Por José María Carrascal

Lo que no puede pretenderse es tener energía abundante, barata y limpia, y gozar de un alto nivel de vida, por que eso no existe.

VOY a retomar el tema donde lo dejó el admirado Ignacio Camacho en su columna de ayer. Y voy a tomarlo en su frase «no existe el riesgo cero en las centrales (nucleares)», para ir más lejos: no existe riesgo cero en ninguna central energética. No existe porque el mero hecho de crear o manipular energía conlleva riesgos inevitables, dada la peligrosidad del elemento que se maneja. Eso lo sabe el hombre desde que empezó a utilizar la más elemental de todas las energías, el fuego, para calentarse, cocinar y ahuyentar a las fieras. Seguro que muchos de ellos fueron víctimas de los incendios que provocaban, pero no por eso cejaron en su empeño de domesticar la energía, que corre paralelo al avance de la civilización. El mito de Prometeo, el humano que robó el fuego a los dioses, por lo que estos le encadenaron a una roca del Cáucaso para que un águila le devorase las entrañas, se cumple, como tantos otros, poética y fielmente hasta nuestros días. Pues no hay ninguna energía completamente segura ni limpia. La que más pueda parecerlo, la hidroeléctrica, se ha llevado pueblos enteros al derrumbarse alguna presa. De la más tradicional, el carbón, prefiero no hablar, dada la historia de accidentes en las minas y la contaminación que produce. Por cierto, ¿están los ecologistas a favor de que se acaben las subvenciones al carbón nacional, lo que significaría el cierre de sus pozos? El petróleo, barato, abundante, es el principal generador de CO2 en la atmósfera, con su efecto invernadero, y el gas, aparte de su peligrosa manipulación, tiene el inconveniente de su transporte desde lejos. En cuanto a las energías llamadas alternativas, resultan carísimas y no muy eficientes, lo que disminuye bastante su alternancia.

Lo que nos lleva irremediablemente a la energía nuclear. Su pecado original es haber nacido para la guerra, que no van a perdonarle. Pero viene siendo utilizada desde entonces para fines pacíficos y los resultados son: que resulta barata, que está al alcance de cuantos tienen su tecnología y que sus accidentes han sido menos que los de cualquier otra en sus comienzos. De hecho, sólo ha tenido dos mayores, el de Harrisburg, que no causó ningún muerto, y el de Chernóbil, en el que murieron 31 personas y miles se vieron afectadas en mayor o menor grado. Nos queda ahora por saber las consecuencias del de Fukushima y algún otro.

La lógica apunta a una distribución equitativa de las fuentes de energía, con la nuclear teniendo la parte que le corresponde, que dependerá del país, sus recursos y su voluntad. Lo que no puede pretenderse es tener energía abundante, barata, limpia, y gozar al mismo tiempo de un alto nivel de vida, por la sencilla razón de que eso no existe más que en la mente de los demagogos.


ABC - Opinión

¿Tsunami nuclear?. Por José Carlos Rodríguez

La tecnología nuclear parece haber superado su prueba más dura. Los que esperaban tener un motivo para frenar el renacimiento de la energía nuclear se han quedado sin su catástrofe.

En 1923 Japón sufrió un terremoto con epicentro en la región de Kantó. La sacudida de la tierra provocó la muerte de 100.000 personas, a lo que hay que sumar otras 40.000 cuyo paradero se perdió con la catástrofe. Aquel terremoto fue tan devastador que el Gobierno nipón declaró el primer día de septiembre, aniversario del seísmo, "día de prevención de las catástrofes".

El "gran terremoto de Kantó" fue de grado 7,9 en la escala de Richter. El que sacudió Japón el pasado viernes fue de grado 9,0, es decir, más de diez veces mayor, ya que la Richter es una escala logarítmica de base diez. Es la magnitud que tuvo el famoso terremoto de Lisboa que ocurrió el día de todos los santos de 1755. Destruyó gran parte de la ciudad y fue tan violento que llevó a muchos a dudar de la existencia de Dios.

Este terremoto es el cuarto más grande jamás registrado, y las peores perspectivas apuntan a que podrían haber muerto diez mil personas, muy lejos del mortal recuento de hace 88 años, pese a que la población se ha doblado en este período. Japón es ahora mucho más rico y por tanto tiene muchos más medios puestos al servicio de la seguridad de sus ciudadanos. La riqueza salva vidas.


El temor, ahora, es que a la sacudida del suelo y al tsunami le sigan un terremoto nuclear. Ya hay insensatos que hablan de un posible Chernóbil. En primer lugar, aquel accidente mató a 56 personas; si se repitiese no sería el mayor de los problemas, visto el número de muertos. En segundo lugar, el accidente de Chernóbil alcanzó el grado 7 en una escala que va del 1 al 7. El de Three Mile Island, en el que no hubo muertos ni afectados, alcanzó el grado 5. Y el de la central nuclear de Fukushima Daiichi es de 4. Una persona podría pasar en la central un día y recibiría la radiación máxima aconsejable para un año. Para que fuera equiparable a Chernóbil habría que multiplicar la radiación liberada por 3,6 millones. No es la única central que ha tenido problemas, pero todos, a esta hora, parecen estar solucionándose.

La tecnología nuclear parece haber superado su prueba más dura. Los que esperaban tener un motivo para frenar el renacimiento de la energía nuclear se han quedado sin su catástrofe. Y los que confiamos en la tecnología tenemos ahora más motivos.

Si la riqueza salva vidas, como acabamos de ver, la energía nuclear también, porque contribuye eficazmente al desarrollo económico. A los ecologistas no les gusta por eso, y porque lo único que necesitamos para adoptarla es conocimiento y capital. Y no sólo tenemos ya ambos, sino que tendremos más en el futuro. Un futuro muy negro para las pretensiones ecologistas.


Libertad Digital - Opinión

El «zugzwang» de ZP. Por Félix Madero

La jugada que tanto temenlos ajedrecistas es particularmente frecuente entre los políticos.

LOS ajedrecistas saben que cuando llega el zugzwang al tablero han de esperar lo peor. Zugzwang es una palabra alemana que define una situación en la que cualquier movimiento es malo. No te puedes mover, y es tal la situación que te ves obligado a defender una cosa y la contraria. Los juegos tienen la mala costumbre de parecerse a la vida. En el tablero, en el césped o en la madera de una cancha de baloncesto está siempre lo mejor y lo peor nuestro. Más allá de la pelota y de las fichas del ajedrez, veremos a personas felices, melancólicas, previsibles, insensatas, tramposas, honorables o mezquinas. La condición humana, vaya. Igual sucede con el estilo que se gastan los toreros. Preguntaron al Pasmo de Triana: «Oiga, Belmonte, ¿cómo se torea?». Y don Juan, grandísimo filósofo tartaja en traje de luces, contestó: «Se torea como se es». Como se es se juega al fútbol, se lidia un toro, se escribe y habla, y se hace política. Y desde esa perspectiva, que muchas veces es una visión vanamente transcendental, se es presidente del Gobierno.

No sé si Zapatero juega al ajedrez, pero que pregunte a su alrededor, que aficionados al tablero habrá. Le ayudará a reconocerse y a reencontrarse. Y no exagero, que sabido es que muchos presidentes perdieron su identidad después de pasar por La Moncloa. La jugada que tanto temen los ajedrecistas es particularmente frecuente entre los políticos: a más poder, más zugzwang. ¿Cuántas veces se encuentran con una situación en la que hagan lo que hagan las cosas terminan por ponerse peor? Eso es zugzwang: una jugada temida e incómoda que afecta —o debería— a la moral del que dirige la partida (Zapatero) y de los que la siguen (el PSOE). Llegado ese momento no hay consuelo: la partida sigue y no se detiene, salvo que el jugador decida entregar el Rey. Y ahí se encuentra este hombre. Desde hace mucho tiempo Zapatero es un jugador en zugzwang, aunque es probable que no lo sepa, porque siempre está empezando la partida. Como sólo mueve el peón, está en el principio, igual que un dios de barro. Por eso olvida la situación en que ha dejado este tablero temeroso y desigual que es España en sus tres últimos años. España y los españoles —y qué decir de la votancia socialista— viven en un estado parecido al que determina el zugzwang de ZP. Como en las arenas movedizas: cuanto más te mueves para salir, más te hundes.

Ahora que se prepara para decir adiós —denlo por hecho—, no importa tanto el calvario al que le somete su situación sino cómo ha llegado a la misma. Un amigo ajedrecista me dice: llegas al zugzwang por tres razones: por impericia, porque vas sobrado o porque juegas como un mentiroso que ejecuta movimientos que no crees. Elijan la más oportuna. Todas conducen al mismo sitio. Yo me quedo con la última. Desgraciadamente, el tiempo dice que la razón me acompaña.


ABC - Opinión

Complutense. Profanación. Por José García Domínguez

Ellas, paniaguadas cómplices del statu quo, en las antípodas morales de los verdaderos disidentes. Gente como Salman Rushdie, abocado a la muerte en vida por inapelable sentencia de los ayatolás. O Theo van Gogh, ya asesinado.

Cuentan las crónicas que cuando el estreno de la Electra de Galdós, tragedia elevada a icono del anticlericalismo patrio, Ramiro de Maeztu, por entonces aún anarquista feroz, irrumpió en la platea luciendo un enorme pistolón al cinto para lo que fuere menester. A su vez, y luego de entonar La Marsellesa en la Puerta del Sol, una muchedumbre iconoclasta intentaría asaltar el palacio arzobispal aquella misma noche. Todo ello tras desfilar en pía procesión laica, paseando a hombros a Don Benito el Garbancero como si del mismísimo Antipapa se tratara. Ocurrió el 30 de enero de 1901. Hace más de cien años. Esto es, cuando la Iglesia todavía encarnaba la devoción del Poder. Viceversa, pues, de cuanto hoy acontece, al haber devenido el repudio de la fe tradicional único culto oficial del establishment.

Así los anales, si esos niños de la guardería de Berzosa que andan profanando capillas supieran algo de historia, comprenderían lo muy canónico, oficialista y obediente de su gansada. Y es que, aquí y ahora, en el Occidente laico y secularizado, nada resulta menos epatante y provocador que asaltar templos y hacer público escarnio de la religión. Al revés, pocos gestos como ése revelan más pacata servidumbre, mayor sometimiento servil al orden constituido y la ideología dominante. A fin de cuenteas, ¿dónde está la transgresión? ¿Dónde el heroico ataque al canon? ¿Dónde la airada contestación al sistema? Tan ignaras las pobres, esas beatas de la sacristía progre, las que obraron la suprema hazaña de exhibir tetas y necedad ante el púlpito, acaso nunca no lleguen a descubrir que las genuinas meapilas del laicismo resultan ser ellas mismas.

Ellas, paniaguadas cómplices del statu quo, en las antípodas morales de los verdaderos disidentes. Gente como Salman Rushdie, abocado a la muerte en vida por inapelable sentencia de los ayatolás. O Theo van Gogh, ya asesinado. O Hirsi Ali, amenazada. O los autores de las caricaturas de Mahoma. O los contados pocos que aquí se atreven a cargar con el sambenito de racistas, islamófobos y fascistas tras infringir la ley del silencio. Ésa que impone el eufemismo de la cobardía que responde por corrección política a propósito de la barbarie coránica. ¿Heterodoxos los payasos de la Complutense? No me hagan reír.


Libertad Digital - Opinión

Encuestas de doble filo. Por Ignacio Camacho

El diferencial de los sondeos se acortará en las municipales. Estos 15 ó 16 puntos no pasarán de cinco o seis.

VIENE con el mazo de periódicos bajo el paraguas, tratando de protegerlos de la lluvia. «Este fin de semana no se meten demasiado con nosotros; ni Zapatero ni los EREs pueden competir con un terremoto y una alarma nuclear», ironiza con una mueca cómplice. Debe de tener la mañana sarcástica porque no se ahorra otra broma ante el cartel de un candidato socialista pegado en una parada de bus: «¿Te acuerdas cuando presentábamos a gente conocida, a políticos de peso?». Le pregunto por las municipales para tirarle de la lengua. Sorpresa: no está demasiado pesimista.

«Al principio nos asustaban las encuestas. Ahora nos hemos acostumbrado, y quizá pronto los que se preocupen sean otros. Me explico: estos quince o dieciséis puntos de diferencia no pasarán de tres o cuatro en las municipales, cinco o seis en el caso peor. Ya lo verás. En total, menos de un millón de votos, quizá sólo medio, y con una abstención alta. Y si eso ocurre, será inevitable la pregunta de cómo el PP no logra abrir brecha en nuestro peor momento. El partido hará ese discurso, y los medios menos favorables a Rajoy. Cuando una victoria está tan clara, la preocupación principal es siempre para el favorito».


«Mira, al final, el balance de las elecciones de mayo se va a medir en tres sitios: Barcelona, Sevilla y Castilla-La Mancha. Perderemos alguna autonomía más, Asturias, Baleares, tal vez Aragón, pero eso tiene menos impacto de opinión pública. Las palizas en Madrid y Valencia están descontadas, y en Extremadura aguantaremos. El problema son esos tres lugares claves; si perdemos los tres habrá sensación de hecatombe grave, de vuelco. Y las dos capitales están prácticamente perdidas. En Barcelona palmamos seguro, en Sevilla muy probablemente, pero en La Mancha se puede estrellar Cospedal, que está demasiado sobrada. Y no es cualquiera: es la número dos del PP, parte del núcleo duro de Rajoy, y si fracasa va a hacer ruido. Mucho ruido».

«Es verdad que en el partido hay muy mal ambiente, sí, pero en las campañas electorales siempre nos venimos arriba. Los sondeos están creando una expectativa de doble filo que en el fondo perjudica al PP, porque ese diferencial se acorta seguro en las urnas; la gente expresa su cabreo a los encuestadores pero luego es bastante conservadora votando. Tenemos la sensación de que hay un voto oculto socialista, un voto vergonzante, como lo quieras llamar. El único problema serio que yo veo es que el Gobierno tenga que tomar más medidas impopulares bajo la presión alemana o de los mercados de deuda. Pero creo que el suelo ya lo hemos tocado. Es más, me parece que el verdadero problema lo podemos tener si el resultado no resulta desastroso. ¿Qué por qué? Porque si Zapatero no anuncia antes la retirada, podría sentir la tentación de reconsiderarla, ya sabes cómo es este hombre. Y entonces sí que vamos a sufrir en las generales…».


ABC - Opinión

Los mercados y el tsunami

Los mercados financieros internacionales abren hoy sus puertas agitados por la incertidumbre de Japón, cuya economía sufre ya los efectos letales del terremoto y el tsunami. Pese a que el Gobierno de Tokio ha garantizado la inyección de liquidez necesaria para evitar los ataques especulativos, lo cierto es que los expertos temen la apertura de los mercados y el desplome de la Bolsa de Tokio, que no ha levantado cabeza desde el año 2008. Ya nadie pone en duda que la tragedia trasciende las fronteras del país y que su onda expansiva supone también un serio problema económico para el resto del mundo, en especial para Estados Unidos y Europa. Japón no ha vivido en las últimas décadas su mejor ni más ejemplar era económica. La crisis de los noventa y la burbuja tecnológica de principios de 2000 dejaron al descubierto un país con una banca excesivamente debilitada para alimentar a la, entonces, segunda potencia económica del mundo. Los años sucesivos siguieron la misma tónica y en 2009 el país sufrió un desplome severo del 6,3%, lo que le llevaría a ceder a China la segunda plaza económica mundial, puesto que venía ocupando desde 1968. Si bien en 2010 su PIB creció un 3,9%, las previsiones para el presente ejercicio eran ya lo bastante discretas, un 1,3% de crecimiento, que pueden venirse al traste si se confirman los peores augurios sobre daños en propiedades, aparato productivo, sector energético, instalaciones portuarias, infraestructuras... El Banco de Japón calcula que las pérdidas podrían ascender a los 100.000 millones de dólares, lo que equivaldría a decir que el terremoto y el tsunami han sepultado alrededor del 2% del Producto Interior Bruto del país. Hay que tener en cuenta que la zona devastada generaba el 16% del PIB total. Por otro lado, el cierre de una docena de reactores nucleares, que aportaban buena parte de la energía eléctrica, exigirá drásticos planes de ahorro y aumentar las importaciones de gas, lo que sin duda repercutirá al alza en las cotizaciones internacionales. En el aspecto monetario, el yen puede verse fortalecido, pero eso causaría un problema adicional: el encarecimiento de las exportaciones para un país que vive de lo que vende a los demás, fundamentalmente industria y bienes de equipo. En concreto, el sector exterior representa nada menos que el 40% de su riqueza nacional. Otro dato inquietante es que uno de los motores económicos del país, la industria automovilística, está paralizado, con la única excepción de Mazda. Ante este panorama generado desde el viernes y con los mercados cerrados, es preciso plantearse la necesidad de una urgente acción concertada a escala internacional para impedir, primero, que la economía japonesa entre en una deriva incontrolada y para, después, favorecer su estabilización, de modo que no arrastre a las demás economías justo en el momento más delicado. Es probable que Europa y EE UU tengan que revisar sus previsiones y rebajar sus expectativas de recuperación. Pero también puede ser una oportunidad para profundizar en la coordinación de medidas conjuntas, hasta ahora bastante ausentes en los diferentes planes de recuperación.

La Razón - Editorial

Política antiterrorista

Con las detenciones, el Gobierno dice a la izquierda 'abertzale' que no habrá negociación.

Entre la detención en Bilbao de cuatro activistas con 200 kilos de explosivos y la captura en Francia de lo que parece ser parte de la dirección de ETA, el presidente del Gobierno declaró que la izquierda abertzale no sería legal hasta que ETA desaparezca. Luego matizó: "Lo tendrá difícil mientras ETA esté viva". Es una apreciación política, no jurídica; la legalización de la nueva marca de Batasuna no depende necesariamente de ese factor, aunque los tribunales podrían tenerla en cuenta.

Pero políticamente es relevante. El mensaje es que, en lo que de él dependa, el Gobierno no hará nada por favorecer esa legalización mientras ETA no se disuelva. Por ejemplo, que no hará nada en el terreno penitenciario, como ahora pretende Batasuna al plantear que se acabó la fase de movimientos unilaterales y que en adelante deberá hacerlos el Gobierno en la búsqueda del "acuerdo democrático que solucione el conflicto".

Un fruto de la actual política antiterrorista (acoso policial, ilegalización, rechazo de la negociación) es la necesidad en que se encuentra la izquierda abertzale de ir cada día más allá de lo previsto en su desmarque de ETA. Tras haberse negado a decir nada sobre la captura del grupo detenido en Bilbao, Sortu, su nueva marca, se ha visto obligada a rectificar y pronunciarse sobre planes como el de asesinar al lehendakari López cuando Batasuna ya hablaba de tregua.


La izquierda abertzale trata de convencer a la opinión pública española, y en primer lugar al Gobierno, de que realmente ha cambiado. Pero parece claro que también el Gobierno está interesado en convencer a Batasuna de que su estrategia actual no va a modificarse; que no espere mesas de partidos que formalicen cambios políticos u otras concesiones; que desde la T-4 no hay la posibilidad de que se repitan situaciones del pasado en las que la firmeza en las declaraciones era compatible con diálogos bajo cuerda y promesas de acuerdo. Zapatero y Rubalcaba parecen haber optado por evitar cualquier gesto que pueda interpretarse como disponibilidad para un escenario de ese tipo. Para que los de Otegi comprendan que lo tendrán difícil mientras perviva ETA.

Lo que la izquierda abertzale tiene que acreditar ante el Tribunal Supremo es que ha dejado de ser "instrumento de la estrategia terrorista"; y aunque sea visible el distanciamiento (que no debe ser subestimado a la vista de cómo ha reaccionado históricamente ETA frente a sus disidentes), la estrategia actual de Batasuna mantiene un punto de continuidad con la que durante años ha compartido con ETA: el intento de utilizar la presencia de la banda, aunque sea en condición de amenaza latente, como factor de presión para alcanzar un protagonismo negociador y una influencia política superior a la que le dan sus votos. Esa expectativa (legalidad con ETA presente) retrasa los pasos que aún debe dar Batasuna, y de ahí el interés del Gobierno en subrayar su escasa viabilidad práctica.


El País - Editorial

Como si no hubiera terremoto

Un ciudadano debidamente informado es consciente de las ingentes medidas de seguridad con que cuentan las centrales, que garantizan que incluso en un escenario tan fuera de lo común como el japonés no provoquen daños a la salud ni al medio ambiente.

El terremoto que ha arrasado Japón parece haberse desplazado a segundo plano. Lo importante, de lo que todos debemos hablar, es del grave riesgo que se supone que padecemos de sufrir una catástrofe nuclear. Los medios van dando titulares destinados a provocar el miedo, sin importar si la realidad que esconden debería preocuparnos tanto. Se dice, por ejemplo, que la radiación, no en los alrededores, sino dentro de la propia central multiplica por 1.000 la normal. Lo que no se dice es que aun así está muy por debajo de la que recibimos al hacernos una radiografía, y que harían falta muchas horas de exposición para que la dosis fuese mínimamente dañina.

Lo que en realidad debería resultar extraordinario es que tras un terremoto sin precedentes en Japón, las centrales hayan aguantado en general sin problemas. O, al menos, debería resultarles extraordinario a los antinucleares, que en ocasiones presentan una caricatura de esta fuente de energía que parece tomada directamente de Los Simpson. Sin embargo, un ciudadano debidamente informado es consciente de las ingentes medidas de seguridad con que cuentan las centrales, que garantizan que incluso en un escenario tan fuera de lo común como el japonés no provoquen daños a la salud ni al medio ambiente. Chernóbil no fue tanto una catástrofe nuclear como un desastre provocado por la poca consideración que tenía el comunismo por la vida.

Con el alarmismo injustificado a costa de la central de Fukushima se ha perdido de vista la magnitud de un terremoto que incluso en un país tan próspero y preparado para estas catástrofes como es Japón ha sido calificado como la peor crisis que sufre esta nación desde la Segunda Guerra Mundial. Un terremoto de 9,0 es 1.000 veces más intenso que otro de 7,0 como, por ejemplo, el que arrasó Haití el año pasado. Sólo la riqueza con que cuenta el país, que permite la construcción de edificios preparados para estos desastres, ha impedido que la catástrofe sea aún más dantesca de lo que ya es. Sin duda, los japoneses necesitarán ayuda, no precisamente del mismo tipo que los haitianos. Esa debería ser nuestra principal preocupación.


Libertad Digital - Editorial

Un terremoto de alcance mundial

Cuestionar la energía nuclear resulta oportunista ante un desastre que ha de servir para replantear su seguridad, no su continuidad.

AUXILIADO por la comunidad internacional, el pueblo japonés está reaccionando de manera ejemplar ante la peor tragedia que ha conocido en generaciones. Ese comportamiento racional es el mejor símbolo de la grandeza del ser humano, cuyas dimensiones físicas poco representan frente a las implacables fuerzas de la naturaleza. Los impulsos telúricos destruyen en segundos todo lo que encuentran a su paso, menos esa inagotable tenacidad de los hombres por sobrevivir y volver a construir —mejorándolo a veces— aquello que el ímpetu de los elementos reduce a escombros. En unos momentos en que Occidente empieza a recuperarse de la crisis financiera y cuando los mercados del petróleo siguen resintiéndose por las tensiones que han suscitado las revueltas en el mundo árabe, que una catástrofe de estas dimensiones haya golpeado de forma tan directa a una de las mayores potencias económicas confiere a este terremoto dimensiones planetarias. Ya se esperaba un debate sobre la energía nuclear con la perspectiva que pueden dar los veinticinco años transcurridos desde el accidente de Chernobil, pero este terremoto en Japón —y el hecho de que varios de sus reactores hayan sufrido daños— ha vuelto a actualizar la discusión sobre el futuro de esta industria, vital para el desarrollo. De la eficacia con la que Japón resuelva cuanto antes estos graves problemas y de las lecciones que resulten de este incierto episodio dependerá la imagen de la energía nuclear en el mundo durante las próximas décadas. Pero cuestionar el futuro de la energía nuclear resulta cuando menos oportunista ante un desastre que ha de servir para replantear y actualizar los protocolos de seguridad, pero no su continuidad, imprescindible en el mundo actual.

Afortunadamente, la Bolsa de Tokio reabre hoy, y la mayoría de las empresas japonesas ha decidido ponerse en marcha en la medida de sus posibilidades, la señal más evidente de que esta nación no ha sido derrotada y que no está dispuesta a dejar que prevalezcan la destrucción y el caos. Japón no ha elegido estar en una de las zonas más sensibles del planeta, pero sí luchar por seguir siendo un país importante en el mundo —la tercera potencia— y un ejemplo para otros a los que, afortunadamente, la naturaleza les ahorra estas calamidades naturales, pero que no siempre encuentran, como los japoneses, un estímulo en los valores universales del trabajo, el esfuerzo y el ansia de progreso.


ABC - Editorial

Vergüenza nacional. Por Enrique de Diego

Es una vergüenza nacional tener un presidente del Congreso que ha mentido y se ha enriquecido sin dar explicaciones.

Es una vergüenza nacional tener una ministra de Defensa que insultó a España.

Es una vergüenza nacional tener un ministro del Interior que está rodeado de chivatos de ETA.

Es una vergüenza nacional tener un ministro de Industria que no hace otra cosa que tener ocurrencias.

Es una vergüenza nacional que los socialistas hayan hecho negocio con los ERES en Andalucía.

Es una vergüenza nacional tener una ministra de Economía que cada vez que habla baja la bolsa, y por eso ya ni habla.

Es una vergüenza nacional que haya llegado a ministra Leyre Pajín.

Es una vergüenza nacional tener a un presidente como Zapatero, una completa nulidad, el peor de los posibles y aún de los imaginables.

Es una vergüenza nacional que cuando nos llevan a todos al paro no estemos todos ante Moncloa hasta que se vaya Zapatero.

Otrosí: Ana Botella, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, va a la peluquería en coche oficial. Ya sabemos para que sirve la flota de 134 coches oficiales del Ayuntamiento de Madrid. Y la tasa de basuras.


El Semanal Digital - Opinión

domingo, 13 de marzo de 2011

Blanco, misión imposible. Por Eduardo San Martín

Nunca se había visto tan espídico a José Blanco, el gallego tranquilo que suele rubricar con una sonrisa afable (¿o es efecto de la miopía operada?) incluso el exabrupto más tosco, al que es tan aficionado. Esa mañana, Blanco se mostró inusualmente faltón con los periodistas: yo he sido quien ha decidido apartar a Zapatero de la campaña para el 22-M y no me da la gana explicar por qué. Que no quiera explicarlo es su problema, porque hasta el más parvo de los observadores ha elaborado su propia exégesis. Casi todos la misma. Y que subraye con tanta insistencia que se trata de una decisión personal delata más bien lo contrario. ¿Si Zapatero hubiera insistido en implicarse activamente en la campaña, Blanco se lo habría impedido? Pero da igual Pedro que Juan. En realidad, el que ha decidido escamotear al líder ha sido el pánico que se ha apoderado de los candidatos socialistas y de sus cargos electos.

El objetivo declarado de la decisión, seguramente filtrado por el propio Blanco, es no hacer el juego al PP convirtiendo la próxima campaña en un debate general, y el voto del 22-M, en un plebiscito sobre el presidente del Gobierno. Inútil propósito. Cualquier elección de esa amplitud constituye un test de carácter nacional, lo quieran o no sus candidatos, en especial cuando cunde la percepción de un cambio de ciclo; y se convierte, por eso mismo, en un presagio de lo que ocurrirá en las siguientes generales. Sucedió en 1981 y en 1995.

Se trata, además, de la primera cita electoral importante tras la crisis. Imposible privar a tanto ciudadano cabreado del placer de castigar a quien considera responsable de sus males, aunque lo hayan escondido detrás del biombo. La tarea de Blanco, por tanto, no consiste en ejercer de prestidigitador, sino en invertir esas inclinaciones. Difícil, incluso para él.


ABC - Opinión

Objetivo: borrar a Zapatero del mapa (electoral, se entiende). Por Federico Quevedo

Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y con el reproche que el jueves les hacía a los barones regionales y a los dirigentes de su partido que han apostado por apartarle de la campaña electoral. “A mí ya me han juzgado en otras ocasiones. Ahora, yo voy a tratar de que a los compañeros les vaya lo mejor posible, y les voy a dar todo mi apoyo” ha dicho Rodríguez, lo que traducido a un lenguaje que todos podamos entender, viene a querer decir algo así como: “No soy yo el que me presento, sino vosotros, y si perdéis, no seré yo el que pierda, sino vosotros, así que ateneos a las consecuencias porque ya estoy harto de que vayáis por ahí diciendo que vais a perder por mi culpa”. Y no le falta razón. En el fondo, Rodríguez se tiene que sentir herido por el desprecio continuo que de él hacen sus compañeros de partido. En su exagerada autoestima es más que probable que ni siquiera piense que él resta, sino que creerá que todavía sigue sumando, con lo cual debe de entender todavía menos el que los barones socialistas no quieran verle ni en pintura.

Y, ¿por qué digo que tiene razón? Pues verán, básicamente porque siendo cierto que si en las próximas elecciones de mayo se produce la debacle socialista que pronostican las encuestas -que ya veremos-, la política de Rodríguez y su empeño en conducirnos a la ruina tendrá mucho que ver, también lo es que los barones socialistas y los dirigentes del PSOE que ahora se distancian de él son tan responsables como él de esa política, por acción o por omisión, pero son igual de responsables, o de co-responsables. Y el 22 de mayo se les va a juzgar como tales. No es que los ciudadanos les vayan a castigar a ellos por lo que ha hecho o lo que ha dejado de hacer Rodríguez, sino que les van a castigar por haberle dejado, incluso por haber respaldado, una manera de hacer política que nos ha conducido a donde ahora estamos, es decir, al borde del abismo, sino en el propio abismo. ¿Cuántas veces le han dicho el señor Barreda, el señor Fernández Vara, el señor Griñán a Rodríguez que “por ahí no, por ese camino te equivocas, no cuentes con nosotros”? Ninguna, que yo sepa, y que sepamos todos. Es más, les hemos visto y oído respaldar públicamente todas y cada una de sus medidas, todas y cada una de sus palabras, todas y cada una de las veces que cogía la pala para cavar un poco más la fosa en la que el propio Rodríguez va a enterrar al PSOE.
«En el PP, es cierto, también hay mucho desconcierto porque no pueden creerse que las encuestas ofrezcan tanta ventaja y por eso Arriola se ha inventado un sondeo más ajustado que baja los humos de los populares y les vacuna contra el exceso de optimismo.»
Luego, ahora que no se quejen, que no intenten evitar la presencia de Rodríguez para huir del debate nacional y localizarlo, porque por mucho que se empeñen y por mucha estrategia de la que ahora presuma Pepiño Blanco, lo cierto es que la ciudadanía está que se muere de ganas de hacerle pagar al PSOE en las urnas sus errores, y lo va a hacer el 22 de mayo, les guste o no. Hace unas semanas les dije, en unas líneas como estas, que cada vez estaba más convencido de que Rodríguez sería de nuevo el candidato socialista en las elecciones generales y lo argumentaba en la confluencia de una serie de factores que todavía hoy siguen vigentes para sostener esa teoría: la desactivación de Rubalcaba al que Rodríguez ha utilizado como liebre para despistar; la desactivación de los sindicatos, incapaces de responder en la calle a los recortes sociales del Gobierno y a sus reformas; la desactivación de los barones y de la oposición interna en las elecciones del 22 de mayo, si se cumplen las previsiones, y la propia convicción de Rodríguez de que una vez cumplido el castigo de las urnas en las autonómicas y municipales podrá recuperar parte del terreno perdido gracias a una incipiente recuperación y al supuesto miedo que daría a una parte de su electorado la vuelta al poder de la derecha.

Me puedo equivocar, obviamente, y que resulte que después de las elecciones de mayo la debacle sea tal que obligue a Rodríguez a renunciar a sus propósitos e, incluso, a convocar elecciones en otoño, y al PSOE a afrontar un delicado proceso de primarias en el que seguramente participarían los dos únicos candidatos que hoy por hoy seducen a los socialistas: Rubalcaba y Chacón. Si eso es así, querrá decir que el desmoronamiento al que ha conducido Rodríguez a su propio partido es histórico. Son muchos los socialistas que creen que en mayo va a ocurrir lo mismo que ocurrió en las catalanas: que la realidad superó, incluso, lo que pronosticaban los sondeos. En el PP, es cierto, también hay mucho desconcierto porque no pueden creerse que las encuestas ofrezcan tanta ventaja y por eso Arriola se ha inventado un sondeo más ajustado que baja los humos de los populares y les vacuna contra el exceso de optimismo. La realidad, sin embargo, es que con Rodríguez o sin Rodríguez, el PSOE va a sufrir un severo castigo y es más que probable que algunos de sus actuales barones se queden sin su baronía, pero la culpa, siendo de Rodríguez, también será suya por haber aplaudido todos y cada uno de los pasos que el presidente ha dado para conducirnos a esta situación a los españoles, y a su propio partido. Ahora, que no se quejen.


El Confidencial - Opinión

Sobre la naturaleza. Por José María Carrascal

«No obedecemos otra norma que la de nuestra conveniencia, con la arrogancia de los que se creen reyes de la Creación»

ACT of God llaman los anglosajones los eventos fuera del control humano, a los que los latinos llamamos desastres naturales, aunque tan naturales no son pues nos sorprenden y atemorizan siempre. Ahora que está tan de moda el culto a la naturaleza, convendría recordar que el hombre es el único ser que no se ha sometido servilmente a ella, y no ha hecho otra cosa desde el principio que contravenir sus leyes, lo que muy bien pudiera haber sido la causa de su expulsión del Paraíso. ¿Expulsión? Yo diría, salida voluntaria en cuanto empezamos a razonar. No por nada, todo arrancó del «árbol de la sabiduría», y la dichosa «la manzana del bien y del mal». Desde entonces, nuestro camino ha sido alejarnos lo más posible de aquel paraíso terrenal e imponer nuestras leyes a las suyas (eso sí, añorándolo, pues otra de nuestras principales características es creer que todo tiempo pasado fue mejor, como cantó con nostalgia el poeta). En cualquier caso, nuestro avance en el terreno de lo «antinatural» es espectacular: volamos sin ser aves y nos sumergimos en las profundidades oceánicas sin ser peces. Creamos calor en invierno, frío en verano y no obedecemos otra norma que la de nuestra conveniencia, con la arrogancia de los que se creen reyes de la creación.

Pero la naturaleza sigue ahí, bajo nuestros pies y sobre nuestras cabezas. Es más, sigue dentro de nosotros porque somos, nos guste o no, naturaleza, y quien lo dude no tiene más que recordar las maldades, tragedias, desastres causados por el hombre a lo largo de la historia, muy superiores a las causadas por la naturaleza, que se limita a cumplir sus leyes, mientras el hombre es capaz de violar las suyas, convirtiéndole en el más feroz de sus enemigos.

De tanto en tanto, sin embargo, la naturaleza nos recuerda que sigue ahí, que ni de lejos la hemos dominado del todo. Y lo hace con esa fuerza ciega, gigantesca, arrasadora que guarda en sus entrañas, con un terremoto, un ciclón, un tsunami, o todos ellos juntos, llevándose por delante cuanto encuentra a su paso, haciendo añicos nuestros juguetes y devolviéndonos a nuestra desnudez original. Igualándonos en suma. La naturaleza no discrimina entre hombre y mujeres, niños y ancianos, blancos y negros, cultos e incultos. Y esta visto que no le gustan lo más mínimos nuestros cada vez más fuertes desafíos: esas construcciones al borde mismo del mar sin tener en cuenta su fuerza, esas aglomeraciones urbanas que se convierten en ratoneras en caso de emergencia, la artificialidad creciente de nuestra vida, que nos hace depender de unos suministros vitales llegados de muy lejos. Y muestra su enfado de forma contundente, recordándonos que no somos los señores de la naturaleza. Somos parte de ella.


ABC - Opinión

Reforma. ¿Quién debe ligar los salarios a la productividad?. Por Juan Ramón Rallo

Hasta aquí todo claro: si somos más pobres, somos más pobres, y eso ni Zapatero, ni Toxo, ni Méndez pueden remediarlo, sólo ora ocultarlo ora redistribuir las pérdidas desde los trabajadores más eficientes a los menos eficientes.

Aunque algo de sensatez haya en eso de que los salarios de toda la economía no se revaloricen automáticamente según lo haga la inflación, tampoco deberíamos considerar que el voluble compromiso zapateril de ligar la evolución de los sueldos a la productividad constituye la panacea a nuestros problemas.

Empecemos por lo básico. Imagine que el precio de la gasolina se le encarece y que, por tanto, usted puede realizar diariamente menos desplazamientos en automóvil. ¿Tendría algún sentido que usted mismo se engañara afirmando que ahora es más rico y puede realizar un mayor número de desplazamientos? No, mas eso es lo que puede suceder cuando en una economía indexamos indiscriminadamente los salarios a la inflación: debido a la mayor escasez relativa de petróleo (reflejada en su mayor precio), somos capaces de producir menos bienes y servicios y, sin embargo, incrementamos los salarios, algo que significa que podemos adquirir más bienes y servicios.

¿Pero de dónde vamos a poder adquirirlos? ¿Acaso los sindicatos se sitúan por encima de las leyes de la física? No, simplemente el alza salarial por decreto condenará a una parte de los trabajadores al desempleo (cuya demanda de bienes y servicios por tanto caerá a cero) y la otra parte disfrutará de un mayor consumo rapiñando los bienes que ya no pueden consumir los nuevos parados.


Hasta aquí todo claro: si somos más pobres, somos más pobres, y eso ni Zapatero, ni Toxo, ni Méndez pueden remediarlo, sólo ora ocultarlo ora redistribuir las pérdidas desde los trabajadores más eficientes a los menos eficientes.

Así pues, si ligar los salarios a la inflación no es una buena idea, ¿lo será en tal caso vincularlos a la productividad? En abstracto sí. Pero descendamos a la realidad. Debemos indexar cada salario a la productividad... ¿de quién? ¿De la economía? ¿De un sector económico? En esos supuestos, si por ejemplo la productividad agregada del sector textil se eleva año tras año gracias a la genialidad innovadora de Zara y a pesar de la mediocridad de sus competidores, aumentar los salarios de todos los trabajadores según la superior productividad de los de Zara sólo abocará a los competidores de ésta a la quiebra más inmediata, pues sus costes crecerán más de lo que puedan hacerlo sus ingresos.

Lo lógico es fijar el salario de cada trabajador en función de la evolución de su propia productividad, esto es, del valor que posee hoy la riqueza que un determinado empleado contribuirá a crear mañana dentro de un plan empresarial. Pero, ¿quién puede anticipar hoy cuál será la riqueza creada mañana? Nadie, ni siquiera el empresario, simplemente porque no conocemos el futuro.

Ahora bien, dado que si un empresario abona salarios más elevados que la riqueza que crearán en el futuro sus trabajadores perderá dinero, parece lógico que se le deje la libertad de equivocarse, esto es, de pactar la remuneración de cada trabajador con el propio trabajador. No deberían ser los sindicatos ni el Gobierno quienes con ojo del mal cubero establecieran cuál va a ser la productividad de un obrero, pues en tal caso sus errores los sufrirá por entero el empresario. ¿Creen que una ideologizada izquierda tendrá algún incentivo a establecer cuál es la productividad real de un trabajador cuando puede descargar el coste de sus errores en el maléfico empresario? Y aunque lo tuviera, ¿creen que una camarilla de planificadores centrales puede conocer la productividad de cada uno de los 15 millones de trabajadores españoles? Obviamente no.

¿Y si un empresario fija los salarios por debajo de la productividad de un trabajador? Pues simplemente dejen operar a la competencia: si se paga 10 a una persona que produce 20, otro empresario vendrá –o el obrero podrá buscar a otro empresario– dispuesto a pagarle 11, pues la diferencia sigue siendo bastante jugosa.

Dejen actuar al mercado; no porque éste nos vaya a dar salarios más altos o más bajos que los que pueda fijar el Gobierno, sino porque nos dará salarios que permitan crear empleo y maximizar nuestra riqueza dentro de nuestras posibilidades. Justo lo contrario que cuando los fijan los sindicatos, oiga.


Libertad Digital - Opinión

Responsabilidad PSOE. Por M. Martín Ferrand

Se puede discutir sobre el cómo y el cuánto debe repartirse la riqueza, pero después de generarla.

SEGÚN se intensifica y agrava la crisis económica que ensombrece el futuro del euro y de los países que lo comparten, se hacen más frecuentes las reuniones de los jefes de los Gobiernos afectados, José Luis Rodríguez Zapatero entre ellos. Angela Merkel pretende ahora la búsqueda común de soluciones para un problema del que, en puridad, sólo hay escapada si el Viejo Continente renuncia a una parte sustancial de las «conquistas sociales» que, desde la inspiración socialdemócrata, han creado el Estado de bienestar, tan hermoso en su formulación como insostenible en su práctica. Se puede discutir sobre el cómo y el cuánto debe repartirse la riqueza, pero después de generarla. Hacerlo por anticipado es una utopía disuasoria del esfuerzo en la que nos hemos instalado con distinta intensidad, según tradiciones y modelos, los diecisiete países de la eurozona y los restante de la UE.

La moneda común que nos sirve de coraza, que nos protege de males mayores que los que ya padecemos, exige la renuncia a muchas peculiaridades nacionales. Irlanda, por ejemplo, quiere mantener un privilegio fiscal para las empresas porque entiende que ese es su motor de progreso; pero la fórmula no cabe en el común europeo en el que llega a triplicarse el impuesto que grava los beneficios de las sociedades mercantiles. ¿Cómo pueden salvarse esas y otras muchas diferencias nacionales, entre las que figura nuestro raro modelo sindical y sus exigencias anacrónicas cuajadas en el franquismo? Sólo con la aplicación de grandes dosis de sentido común que arranquen de una autoridad comúnmente aceptada y que reviva los viejos principios del esfuerzo y la pretensión de la excelencia.

Dentro de menos de quince días el Consejo Europeo tendrá que aprobar las medidas económicas mínimas que puedan aliviar el problema comunitario. Son imprescindibles los recortes sociales y la reducción del gasto público, algo sabido desde antes del inicio de la crisis; pero algunos Gobiernos nacionales, como el nuestro, carecen de energía y respaldo para hacerlo. Ahí entra en juego la responsabilidad específica del PSOE que, contra viento, mareas y evidencias sigue respaldando a un líder incapaz de enfrentarse a la situación y de acudir a las mesas de la decisión europea sin más contenido que una sonrisa que los acontecimientos han tornado en bobalicona e inconsistente. La dirección del partido y el grupo parlamentario socialista tienen en sus manos la única medida posible de relevo presidencial inmediato. Las restantes, salvo la dimisión del propio Zapatero, operan a más largo plazo. Y no hay tiempo europeo que perder.


ABC - Opinión

Seguridad nuclear en Japón

Los daños causados por el violento terremoto en la central nuclear de Fukushima-I han sembrado la alarma en Japón y la lógica preocupación en el resto del mundo, de ahí que numerosos países, España entre ellos, sigan de cerca la evolución de los acontecimientos a través de sus agencias de seguridad atómica. El grado de incertidumbre aumentó después de que una fuerte explosión hiriera a cuatro empleados de la central y destruyera una torre de suministro eléctrico. Los datos oficiales limitan los fallos al sistema de refrigeración, pues la estructura del edificio y la integridad de la vasija que alberga el núcleo radiactivo habrían resistido incólumes la embestida. Para contrarrestar la presión generada por el aumento de temperatura, los técnicos han liberarado a la atmósfera pequeñas cantidades de vapor radiactivo no dañinas para las personas. Como es natural, el Gobierno japonés ha restado dramatismo a la situación, aunque siguiendo los protocolos internacionales para un accidente de nivel 4 en una escala de 7, ha procedido a evacuar a la población (unas 45.000 personas) en un radio de 20 kilómetros, ha desplazado personal especializado a la zona y ha suministrado yodo a los posibles afectados. La cuestión clave durante las próximas horas es la restauración del suministro eléctrico que permita activar el sistema de refrigeración. Las autoridades japonesas, que están recibiendo ayuda de Estados Unidos, dan por descontado que lograrán controlar la temperatura del núcleo y restablecer los valores normales. En todo caso, los tres reactores que estaban activos, de los seis que tiene Fukushima-I, han sido paralizados. Sería estúpido negar que las averías causadas por el terremoto, de 8,9 grados de intensidad, son relevantes y potencialmente peligrosas. Pero es más estúpido aún concluir, como han hecho algunos ecologistas de guardia que disparan apresuradamente contra todo lo que se mueve, que asistimos al accidente más grave de la historia nuclear después de Chernóbil. Aparte de recordarles a estos profetas de la catástrofe que aquel siniestro se produjo en los estertores de la dictadura soviética, tan ejemplar para el ecologismo de la época, y fue causado por la negligencia de unos funcionarios corruptos, convendría subrayar algunos datos de cómo las centrales nucleares han resistido mucho mejor que otras instalaciones estratégicas, como las refinerías y depósitos de combustible, la virulencia de uno de los mayores terremotos registrados en la historia. Japón, que es la tercera potencia nuclear del mundo, dispone de 54 reactores, pero sólo dos han sufrido daños por el seísmo. Las centrales Fukushima-I y II tienen 40 años de antigüedad y fueron diseñadas para soportar temblores de hasta 7,5 grados, por lo que han superado la prueba más extrema, sobre todo si se tiene en cuenta que eran las más próximas al epicentro. La conclusión no puede ser más favorable para unas instalaciones que, pese a no ser de última generación, han resistido el más brutal terremoto padecido por el país. Que exista cierta inquietud por las fallas producidas es muy comprensible, pero de ahí a poner en cuestión la energía nuclear, como están haciendo los que pescan en río revuelto, media un abismo.

La Razón - Editorial

Zapatero. Un talante perverso e irresponsable. Por José T. Raga

No hable más de reformas que no existen, ni distraiga la atención de los graves problemas que nos aquejan mediante pegatinas o cambios de bombillas. España necesita luz, pero no la que pueda proceder de esas bombillas.

Parece que, por lo que se percibe en estos últimos días, los del poder, los de la arrogancia y la presunción están más nerviosos que de ordinario, porque ¡oh perspicacia! han creído detectar un descontento generalizado en la población, que llega en muchos casos a la crispación y al insulto. Esos signos, aunque nunca disculparé los insultos, están produciendo tensiones y discusiones más agrias de lo habitual en el seno del propio partido en el Gobierno.

Que al menos, por fin, se hayan enterado de que la situación general y los discursos apologéticos del Gobierno y sus comparsas, están haciendo mella en la vida de los ciudadanos españoles, es digno de la máxima consideración. A estas alturas, lo del talante y lo del diálogo no se lo cree nadie, reduciéndose todo a una indolencia en la toma de decisiones que mina la economía de la nación, generando la desesperación en millones de afectados directamente por el desempleo y en sus familias que lo padecen de manera muy cercana.

Lo falso del diálogo, además, es que ni siquiera dialogan entre ellos; la sarta de contradicciones entre los ministros del Gobierno, y entre estos y el señor presidente es una buena muestra de falta de comunicación. Cuando un vicepresidente y algún ministro lanzan una apología al ahorro, desde otro Ministerio, el de Economía, su secretario de Estado, de forma inmediata, pontifica acerca de la riqueza de los españoles y de lo perjudicial que, para la economía de la nación, tiene el excesivo ahorro, instando por ello a consumir más, a gastar sin miramientos, responsabilizando a quienes no lo hagan de la atrofia de nuestra economía, pues, sin demanda no puede reavivarse la producción.


En fin, todo un despropósito gubernamental; como para mantener la proclama de un talante abierto, materializado en un permanente diálogo. Lo que sí que es cierto es que la ideología del diálogo proclamada por ZP es el refugio en el que se encierra cuando su indolencia enfermiza, o su pereza congénita, le aconsejan no tomar una decisión que es necesaria para un mejor desenvolvimiento de la vida económica, política y social.

Un buen ejemplo de esto que acabo de decir, es el enmohecido diálogo social en torno a una negociación colectiva, recubierta hoy de herrumbre, estéril, y perversa por sí misma para el crecimiento económico y para la generación de empleo; ese empleo que están esperando cinco millones de españoles y que les ha llevado a la desesperación y a la reclusión en un espacio sin horizonte creíble.

Los españoles, o al menos este español y alguno más del que tengo constancia, estamos hartos. Estamos hartos de usted señor presidente y de su Gobierno, por la irresponsabilidad que muestran a la hora de tomar decisiones, aunque estas sean impopulares, en un momento dramático en el que nadie, con un mínimo de conciencia pública, pensaría en la popularidad. Estamos hartos de los sindicatos, al menos de los que se sientan en la mesa de la negociación, pues la defensa de su feudo está llevando a los españoles por una deriva que bien podría haberse evitado. Estamos hartos también de los otros negociadores, de las centrales empresariales que no se sabe muy bien por quién negocian, además de por sus propios y privativos intereses.

Mientras tanto, una economía en recesión prolongada, con un nivel de paro que afecta a más de un veinte por ciento de la población activa y es causa de preocupación para más del ochenta por ciento de los españoles. Por ello, estamos hartos sobre todo de ustedes, que fueron elegidos para gobernar, es decir para tomar decisiones en pro del bien común de todos los españoles y no para esperar el advenimiento de una decisión emanada de unos negociadores que nunca fueron elegidos por el pueblo soberano, aunque llamado a sufrir bajo este Gobierno.

Estos negociadores, en contraste con lo que vive la nación, están bien alimentados, viven confortablemente gozando de las aportaciones indebidas que les hace el presupuesto del Estado, además de las de su propio patrimonio y renta, por ello se explica su dilación en la búsqueda de soluciones; para ellos se trata de un proceso burocrático y tedioso que, como tal, tiene un desarrollo complejo y un final en el que no cabe la premura. Pero los parados están ahí, y la imagen de España y su solvencia destrozadas por una irresponsable gestión.

Señor presidente, si usted quería ser fiel a su ideología del talante, hubiera bastado con abrir una consulta de un par de meses, como mucho, para que le dieran su opinión, pero llevamos años de indefinición en los que, su indecisión y falta de fortaleza para ejercer la responsabilidad que le fue confiada en su investidura, ha generado desconfianza, paralización y caos económico. ¡Tome decisiones, que para eso está y para eso le pagamos! No se escude en el recurso a un diálogo que se ha demostrado estéril y que causa daños, posiblemente irreparables, a la economía española y, sobre todo, a muchos millones de españoles.

No hable más de reformas que no existen, ni distraiga la atención de los graves problemas que nos aquejan mediante pegatinas o cambios de bombillas. España necesita luz, pero no la que pueda proceder de esas bombillas. Hacen falta ideas y políticas y sobran contradicciones y artificios de estrategas de la disuasión. Los problemas no se arreglan cuando se esconden o se orillan, sino cuando se afrontan, pero para eso hace falta una valentía, de la que me temo que usted carece. Por eso no es de extrañar el juicio que le merecemos a Moody’s y otras agencias.

Decida si está dispuesto a hacer ese camino, el del compromiso y el del coraje para decidir lo que necesita el pueblo español y España como nación. Sólo usted puede pensar en ello y, aunque excepcionalmente, debe hacerlo con honestidad, mirándose a su interior; en algún momento escucho a alguna hija suya, no sé si es momento de hacerlo también ahora. Pero tome una decisión; los españoles lo necesitan. Y, si no está dispuesto a moverse por ese camino, por el bien de todos, incluso del suyo, ¡márchese!, ¡convoque elecciones! mejor antes que después, no vaya a ser demasiado tarde.


Libertad Digital - Opinión

Seísmo nuclear. Por Ignacio Camacho

En el debate nuclear sobra ventajismo: Fukushima es un «accidente» o un «incidente» según los prejuicios.

LA explosión de Fukushima va a reabrir en España el debate nuclear por su punto de fricción más áspera en un momento en que hasta ciertos sectores de la socialdemocracia y del Gobierno empezaban a reconsiderar su tradicional resistencia a la opción atómica bajo la presión de la crisis. En esa vieja polémica todo es apriorismo radical y abuso ventajista: los adversarios aprovechan cualquier episodio de alarma para agitar los fantasmas del apocalipsis y los pronucleares minimizan la evidencia del riesgo y refuerzan su argumentario cuando la recesión aprieta sobre los costes de las energías renovables. Hasta el lenguaje aparece contaminado de oportunismo, de modo que el mismo problema resulta un «accidente» o un «incidente» según los prejuicios de parte. Ésta es una confrontación de trazo grueso en la que los matices son siempre la primera víctima. Mientras los ecologistas destacan la gravedad de los daños y asimilan el reactor averiado al de Garoña, sus oponentes resaltan la excepcionalidad histórica del terremoto japonés y el relativo aguante de la instalación afectada. Estamos ante un paradigma de énfasis subjetivo; hechos desenfocados al servicio de la propaganda.

Fukushima va a ayudar poco a la necesaria reflexión que la cuestión nuclear necesita en España, porque el miedo crea una contagiosa atmósfera emocional que espanta cualquier clase de ponderación objetiva; mal aliado del esperanzador replanteamiento que empezaba a producirse en torno a nuestro sistema de producción de energía. Desdeñar el problema de la seguridad, como suele hacer el lobbyatómico, supone un grave error de orientación; el riesgo cero no existe en las centrales, la gente lo sabe y no habrá ningún avance por el camino de minusvalorar la amenaza. Pero tampoco por la indecorosa manipulación de la inquietud de la opinión pública.

Lo que procede es tratar a los ciudadanos como personas maduras sin intentar pastorearlas desde la simplificación o la demagogia. Falta pedagogía y sobra ofuscación. España tiene una aguda dependencia energética que grava los costes industriales y domésticos de la electricidad y lastra la recuperación económica. En ese marco de déficit parece irresponsable no plantearse un incremento nuclear, pero hay que establecer con claridad las contraindicaciones y dejar que la gente forme su criterio. Mantener el parque actual de centrales supone afrontar su delicado proceso de envejecimiento. Para ampliarlo falta consenso social y político. Y la seguridad completa es una utopía. Ésas son las premisas sobre las que sólo cabe una discusión honesta y sin tabúes, interferencias ni recelos. La crucial decisión estratégica que el país deberá tomar en algún momento pasa por evaluar costes, riesgos y oportunidades, y actuar en consecuencia. No parece la clase de juicio que convenga emitir bajo el impacto expansivo de un descomunal seísmo.


ABC - Opinión

Paso atrás en el 11-M

El séptimo aniversario de los atentados del 11 de marzo de 2004, el ataque terrorista más sangriento de nuestra historia, ha demostrado que la memoria colectiva en algunos sectores del país, fundamentalmente la izquierda, es tan débil como selectiva. Han bastado siete años para que la habitual conmemoración con un gran acto institucional que unía a toda la sociedad –que el año pasado se celebró en el Congreso a instancias de la Fundación de Víctimas del Terrorismo– se haya convertido en un día para la fractura con homenajes desperdigados y marcados por el desencuentro. Era una jornada para honrar el sacrificio de las 192 víctimas mortales y de los cientos de heridos y sus familias, pero ha interesado más la diferencia que la concordia. Incluso se ha percibido cierto grado de abulia, como si el aniversario del 11-M fuera un estorbo y lo conveniente fuera pasar página. ¿Cómo interpretar la ausencia de los ministros en los actos institucionales? Ramón Jáuregui intentó convencer a la opinión pública de que no acudieron porque estaba reunidos en Consejo. El silencio habría sido una respuesta más presentable. El liderazgo y el empuje del Ejecutivo en el recuerdo a las víctimas de la matanza del 11-M no han existido y esa actitud política reprobable les retrata en buena medida ante la sociedad. Puede que les incomode estar junto a las víctimas o que se rememoren las connotaciones de aquella fecha y de cómo propició un inesperado vuelco político en el país, pero eso no justifica que no cumplan con un deber moral e institucional. Como prueba de la especial sensibilidad de la izquierda, el «sindicato de la ceja» reapareció en este 11-M no para solidarizarse con los asesinados y los heridos en los trenes, sino para hacerlo con Garzón, el juez suspendido y procesado por varios delitos. Ese mismo grupo fue el que, en aquella jornada trágica de hace siete años, se alejó del sufrimiento de la gente y ayudó a manipular políticamente a un país conmocionado para conseguir el objetivo: desalojar al PP del Gobierno. Empezando por Almodóvar, que entonces habló de un golpe de Estado de los populares. El balance del séptimo aniversario de la matanza ha supuesto un paso atrás en cuanto a la obligación de mantener vivos en la memoria a todos aquellos con los que estaremos siempre en deuda. Los que han preferido restar en lugar de sumar han fallado a las víctimas y también algunas de ellas han colaborado en una jornada poco ejemplar. No es tranquilizador que siete años después la mayoría de los colectivos de víctimas del terrorismo del país cuestionen abiertamente la verdad judicial sobre el 11-M. Que un grupo serio y respetable como la AVT se plantee la reapertura del proceso porque entiende que «se tiene que investigar casi todo» de los atentados no es argumento razonable en tanto no aparezcan nuevas pruebas de calado. Tampoco se entiende que ayer fueran llamados a declarar por el juez 15 Tedax por las supuestas irregularidades en la recuperación de los restos de la matanza. Extender, sin bases sólidas, la percepción de que la sentencia fue truculenta no ayuda ni a la justicia, ni a la verdad ni a la dignidad de las víctimas.

La Razón - Editorial

Más que un tsunami

Un maremoto devasta Japón y destruye una central provocando una alarma nuclear.

Dos minutos y medio de pánico extremo mientras duró el gran temblor; horas, días, quizá semanas de futura angustia para conocer las consecuencias de la explosión en la central nuclear de Fukushima; y meses o años para reparar la devastación causada en la costa noreste de Japón por el mayor tsunami -8,9 grados Richter- que ha sufrido el archipiélago desde que se compilan esos registros en 1900. Ha sido el quinto seísmo más intenso de la historia del planeta, se ha dejado sentir a miles de kilómetros en las costas americanas, de California a Chile, y pese a lo excepcionalmente bien preparado que se halla Japón para esta clase de siniestros, el número de muertos podría elevarse a decenas de millares.

Menos de 24 horas después del primer gran espasmo en la mañana -hora española- del viernes, una operación de salvamento tan gigantesca como el propio azote de la naturaleza se hallaba ya en marcha. Cientos de aviones y embarcaciones y miles de soldados acudían a las áreas afectadas, con una precisión, disciplina y serenidad apenas mayores que las de los propios ciudadanos, que en su gran mayoría no perdió la compostura ni cuando debían estar sobrecogidos por el terror. Los que hubieran sobrevivido tenían todas las posibilidades de salvarse, y solo en las 24 horas que siguieron al desastre más de 3.000 personas eran rescatadas de entre las ruinas.


Pero no solamente el temblor se replicaba a sí mismo, como en una inacabable reacción en cadena, en ocasiones tan amenazadora como la primera sacudida, sino que la ola, de 10 metros de altura y una velocidad de desplazamiento de 800 kilómetros por hora, afectaba a la central nuclear de Fukushima, donde ayer se producía una explosión que destruía la estructura que protege el reactor.

En cuanto se supo que había habido un escape radiactivo se procedió a evacuar a los 200.000 residentes en un área de 20 kilómetros a la redonda de la central. El escape, aunque ha sido calificado de menor, está contaminando la atmósfera, con consecuencias aún imprevisibles. Las autoridades aseguran, sin embargo, que es "improbable" que la explosión haya dañado al reactor, lo que recordaría la tragedia de la central Chernóbil en Ucrania. Pero "improbable" es un adjetivo escasamente pensado para tranquilizar a la opinión, y se ha declarado el estado de alerta nuclear. La catástrofe se ha convertido ya, en cualquier caso, en un poderoso argumento para los que se oponen a la utilización de este tipo de energía, y es relevante para países como España, donde se debate su futuro.

Los efectos del maremoto no son solo geofísicos. Las bolsas asiáticas reaccionaban obviamente a la baja, y las expectativas no pueden ser buenas ante la reapertura, mañana lunes, de la Bolsa de Tokio. Los daños causados por la devastación se calculan en unos 40.000 millones de euros, para un país que ya sufría una recesión anterior a la crisis económica mundial.


El País - Editorial