martes, 12 de octubre de 2010

PP. Crisis económica, crisis institucional. Por Guillermo Dupuy

Con este acomplejado giro, Bauzá no hace sino alinearse con esa estrategia de perfil bajo de un Rajoy que aspira a ser el heredero de la catástrofe de Zapatero con la misma pasividad con la que quiso ser en su día heredero de la buena gestión de Aznar.

Mucho prometer que la inmersión lingüística en las Baleares llegaría a su fin el 22 de mayo de 2011 si el Partido Popular lograba la mayoría absoluta; mucho garantizar que "los padres podrán elegir con absoluta libertad la lengua vehicular para la educación de sus hijos", pero han bastado tres días, algunos gritos de los nacionalistas y no sabemos si alguna advertencia de Arriola, para que el presidente del PP balear, José Ramón Bauzá, se haya mostrado como avergonzado del encomiable compromiso que hiciera el viernes en una entrevista en Libertad Digital. Ahora nos sale con que es "poco responsable" continuar abundando en el debate lingüístico en un momento en el que los ciudadanos sólo están "preocupados" por "las cifras del paro que aumentan diariamente".

No es que Bauzá haya entonado un claro "donde dije digo Diego", pero donde habló de "libertad absoluta" de elegir, ahora habla, con mucha menor claridad, de "facilitar" el uso de las lenguas oficiales de las islas "con equilibrio e igualdad de oportunidades". Y lo que trató como algo tan importante como "llevar la normalidad" a la escuela y a la administración, ahora es por él desdeñado como lo que "menos les importa a nuestros vecinos".


A mí lo que me parece muy "poco responsable" es que un dirigente político no considere una cuestión de primera magnitud que un ciudadano en España no pueda escolarizar a sus hijos en español, tal y como sucede en Baleares. Lo que me parece absolutamente irresponsable es que un dirigente político no denuncie esa coactiva inmersión lingüística que, además de empobrecedora, constituye una auténtica violación de elementales derechos civiles. Más aun cuando ese dirigente viene de reivindicar, escasamente hace tres días, la "absoluta libertad" de elección de los padres en este terreno. Lo más grave de todo es que con este acomplejado giro, Bauzá no hace sino alinearse con esa estrategia de perfil bajo de un Rajoy que aspira a ser el heredero de la catástrofe de Zapatero con la misma pasividad con la que quiso ser en su día ser el heredero de la buena gestión del anterior presidente de Gobierno.

Ya puede Aznar advertir que para salir de la crisis económica hay que hacer frente también a la crisis institucional, que Rajoy está empeñado en no hacer oposición más que en el terreno económico. Y eso cuando la hace.

Lo que me parece claro es que dejando que sea la crisis la que devore a Zapatero, el PP podrá avanzar en las encuestas, pero eso no se traducirá ni en una mayor ilusión ni en una mayor esperanza entre sus votantes. De tener una oposición sólida y desacomplejada, no tendríamos que esperar a que Zapatero nos lleve a una ruina absoluta para conseguir un cambio que corre un clarísimo riesgo de convertirse en mera alternancia.

Y es que de una oposición que pone sordina a cuál es su alternativa en el terreno económico, y que cuando apela a la crisis económica lo hace para disimular su nula oposición en otros campos, no cabe esperar un cambio radical como el que requiere una nación que aparece arruinada no sólo económicamente. La crisis que padece España como nación y como Estado de Derecho, tal vez quede en un segundo plano a los ojos de muchos, comparada con la crisis económica que estamos viviendo. Pero, ¿cómo van a visualizarla los ciudadanos, si quien debe denunciarla considera que hacerlo es "poco responsable"?


Libertad Digital - Opinión

Parábola del niño palestino. Por Hermann Tertsch

Este incidente nos ofrece la metáfora perfecta del juicio que hacen de Israel unos medios y unos gobiernos que rezuman mala fe.



YA conocen las imágenes que unas muy oportunas cámaras grabaron para que todo el mundo pudiera confirmar lo que ya sabe. Niños palestinos, acompañados por adultos —los maestros que los inician en sus labores patrióticas—, esperan armados con piedras junto a una calle. Un coche baja hacia la curva a lo largo de un muro de piedra gris rosácea característica de Jerusalén. La cámara enfoca directamente al coche con su objetivo bien determinado. De repente, de los lados y desde detrás de la cámara surgen los niños tirando piedras contra el coche, que frena un poco al principio, sigue después. Los niños corren hacia el coche y tres de ellos se abalanzan literalmente sobre el coche, dos de ellos de frente a la capota. Uno de ellos, lanzado al aire por el impacto inevitable, vuela hacia lo alto y cae cabeza abajo sobre el cristal del vehículo. Éste se aparta a un borde y para unos instantes. Parece que el conductor no sabe qué hacer. Pero de inmediato acelera y se aleja del lugar. Fin de la escena.

Objetivo cumplido. Televisiones de todo el mundo abren horas después sus informativos con estas imágenes. Niño palestino arrollado por un israelí. Un ultraderechista judío atropella a un niño palestino. Fanático judío arrolla a un niño palestino. El mensaje de obligada asimilación es que un furibundo racista, fanático religioso y colono usurpador israelí vio a unos niños palestinos jugando felices e inocentes y, decidido por odio a hacer el mal, se lanzó contra ellos a ver a cuántos mataba. Algún iluso dirá que las cosas no sucedieron así. Que un enjambre de niños estaba apostado para apedrear a los vehículos que pasaban y que muchos de ellos se dirigieron directamente a este coche con ánimo de hacer todo el daño posible al vehículo y a sus ocupantes. Y que algunos, entre ellos el atropellado, se lanzaron por delante hacia el coche para intentar que se parara y sus ocupantes quedaran a merced de los agresores. Nadie sabe lo que habría sucedido de haber sido así. Lo que parece fácilmente imaginable es que ninguno de los cámaras o fotógrafos presentes habría hecho nada por ayudar a los ocupantes del vehículo agredido. Lo cierto es que la colisión fue inevitable. Y que el conductor paró un instante el coche para ver qué les había pasado a los niños. Poniendo en riesgo su integridad física, rodeado de agresores niños y adultos. Cualquier conductor agredido a pedradas por una turba en un suburbio europeo o norteamericano habría acelerado en pánico, se habría llevado por delante a quien fuera, y no habría parado hasta estar muy lejos y sentirse seguro. Fuera judío o árabe, colono o catedrático, fanático o humanista, el conductor se comportó de la mejor manera posible. Es fácilmente deducible de las imágenes. Da igual. El mensaje tenía que ser otro y lo fue. Este incidente nos ofrece la metáfora perfecta del juicio que hacen de Israel unos medios y unos gobiernos que pueden ser muy bien pensantes, pero rezuman mala fe. En esto habrán pensado muchos cuando supieron que el ministro de Exteriores Avigdor Lieberman les había dicho a sus colegas francés y español, Kouchner y Moratinos, que se ocupen de sus asuntos y dejen de aparecer por Israel a dar lecciones. La mayoría de los israelíes no comparten la radicalidad de Lieberman, pero muchos —no sólo israelíes, no sólo judíos— están hartos de que estos dos personajes, tan comprensivos con los enemigos a muerte de Israel, acudan a jalear a los niños y llamen después al linchamiento del conductor.

ABC - Opinión

¡Trece puntos y subiendo! Señales de alarma en la calle Génova. Por Federico Quevedo

“No es bueno, no es bueno” -me decía ayer una destacada dirigente del Partido Popular-, periódicos de distintas procedencias delante de la mesa y sondeos de opinión absolutamente impactantes en las portadas de algunos de ellos. “No es bueno que las encuestas nos den tanta ventaja ahora, porque corremos varios riesgos. El primero, que nos durmamos en los laureles creyendo que está todo hecho. Segundo, que nuestro votante llegue a las elecciones y se abstenga porque piense que la victoria está cantada. Y, tercero, que el votante de izquierdas comprometido pero que pensaba en castigar a Zapatero, no lo haga por temor a una victoria aplastante del PP. Y si se conjugan esos tres riesgos podríamos, incluso, tener un resultado muy lejano a lo que ahora dicen las encuestas, acuérdate de lo que pasó en 1993 y en 1996…”.

Me acuerdo. En 1993, el PP tenía una ligera ventaja en las encuestas y, al final, ganó el PSOE. En 1996, el PP llegaba a las elecciones de marzo con una diferencia de más de diez puntos sobre los socialistas, y al final ganaron por la mínima, con una diferencia de tan solo 300.000 votos que llevaron a Felipe González a pensar, incluso, que podría gobernar de nuevo en minoría. Menos mal que en aquella ocasión los nacionalistas tuvieron un arranque de sentido común y lo impidieron, resultando aquella ser una de las mejores legislaturas de la democracia.


¿Puede volver a pasar lo mismo? Es difícil, por varias razones. La primera, que entonces había una predisposición mucho mayor que la de ahora a que gobernara la derecha, porque la propaganda progresista había conseguido minar en buena manera la imagen de modernidad que Aznar había dado al Partido Popular. Existía, por lo tanto, prevención hacia el PP. Hoy no existe esa prevención. Lo que si hay es animadversión en una parte del electorado, pero con eso ya se cuenta. Lo que no existe es prevención entre el electorado más moderado, entre otras cosas porque la gente ya sabe cómo gobierna el PP, cómo lo hizo a nivel nacional y cómo lo hace a nivel autonómico. Hay que tener en cuenta que en 1996, cuando Aznar gana las elecciones, la experiencia de poder autonómico del PP, más allá de Castilla y León, era muy reciente, pero ahora el PP gobierna en unas cuantas autonomías y su gestión recibe valoraciones muy altas por parte de los ciudadanos.

«Lo que le falta al PP es un auténtico programa de máximos, un programa de profunda regeneración democrática.»

A eso hay que añadir que el ciudadano acude a votar con mucha más información en su haber, gracias a internet y a la diversidad de medios de comunicación, y a un poder adquisitivo que estos años atrás le han permitido acceder a las nuevas tecnologías casi sin límite, a pesar de que ahora la crisis se lo esté poniendo difícil. Y, en tercer lugar, nunca el PSOE había registrado una desafección tan profunda por parte del electorado, ni siquiera en los últimos años de Felipe González. De hecho, una de las características de los sondeos conocidos estos días es que Rodríguez recibe un suspenso generalizado por parte de los ciudadanos, hasta situarse como el político peor valorado de toda la democracia.

Sin embargo, si en algo tenía ayer razón mi interlocutora es en que el PP corre el riesgo de dormirse en los laureles y dejar pasar esta oportunidad de llegar al poder con un respaldo ciudadano como nunca haya tenido un partido en España, o al menos similar al que tuvo el PSOE en el 82, no en número de escaños -eso es muy difícil de repetir-, pero sí en la contundencia del resultado, lo que le daría al PP legitimidad para abordar los profundos cambios que este país necesita para salir de la crisis política, económica, social e institucional a la que nos ha conducido Rodríguez Zapatero. ¿Qué debe hacer el PP, que debería estar haciendo Rajoy?

Pues, más allá de la exigencia de una labor de oposición que el PP ya hace, lo que los ciudadanos necesitan en este momento es sentir que pueden confiar en la alternativa para salir de esa crisis, y debo reconocer que son muchas las personas que se acercan a saludarme y a recabar mi opinión que, sin embargo, aseguran no sentir esa confianza. Probablemente lo que le falta al PP, lo que Rajoy les está hurtando todavía a los ciudadanos, es un auténtico programa de máximos, un programa de profunda regeneración democrática, sin miedo al qué dirán. Estoy convencido de que en el momento en el que el PP alce esa bandera, no solo se consolidará esa diferencia, sino que es más que seguro que se ampliará.


El Confidencial - Opinión

¿Qué fiesta? ¿Qué nación?. Por Tomás Cuesta

Si la nación es un concepto que varía en función de quién juegue y de cómo vengan dadas, la Fiesta Nacional ni es fiesta, ni es nacional.

EN un país lastrado por una cotidianidad abstrusa, fantasmal y volátil; en un país que niega lo que ha sido, cuestiona lo que es y alberga serias dudas sobre lo que será mañana; en un país en el que los acuerdos se construyen a golpe de chantajes y de trágalas; en ese país que, por obstinación o por milagro, alienta todavía bajo el copyrightde España, hoy se celebra una Fiesta Nacional que se parece mucho a un funeral de Estado. El 12 de Octubre se conmemora en Nueva York y se solventa en el Paseo de la Castellana. En la otra ribera, es un canto de vida y esperanza; un himno interpretado a corazón batiente y con clarines entusiastas. En esta, sin embargo, se toca con sordina para que no se encrespe el avispero de las identidades y se procura escaquear el bulto tras las cargas del cargo —¡qué coñazo!— y la solemnidad protocolaria.

No hay experiencia festiva del 12 de Octubre. Y, si al español medio se le pregunta de sopetón cuál es la fecha de la fiesta nacional, lo más probable es que se quede un rato dudando. O que ni le suene. La Francia de cada 14 de julio es una inmensa juerga, cargada, claro está, de tópicos de «bal musette», pero tan identificable como la del propio cumpleaños. Así lo es, en diversa medida conforme a la jovialidad local, en todos los países. Menos en éste. El 12 de Octubre a algunos les suena a rancio: a «Día de la Hispanidad», o, incluso, «vade retro», a «Día de la Raza». A la mayoría, no obstante, ni les suena, y, puesto que la sordera educativa avanza, no hay ningún peligro de que pudieran atar cabos.


La hipérbole escénica, en cualquier caso, es de una nitidez pasmosa, de una eficacia deslumbrante. El hecho de que el desfile de los ejércitos de España lo organice una ministra que descree de la realidad de España —a no ser como potencia sojuzgadora de la pequeña patria catalana—, es el mejor ejemplo de que el teatro del absurdo nunca es más elocuente que cuando se representa a pie de calle. Si la nación es un concepto que varía en función de quién juegue y de cómo vengan dadas, la Fiesta Nacional ni es fiesta, ni es nacional y ni siquiera tiene gracia. Es una pantomima inane, un paripé oficial de perfil bajo. ¿Bajo? Mejor bajísimo. Apenas un susurro. A cencerros tapados y sin ofender a nadie.

Despojada de significación, huérfana del aliento de los ciudadanos, la festividad de hoy tiene un estigma clandestino aunque se intente revestir con jeribeques y camuflar con pompa y circunstancia. La clandestinidad, empero, es la cifra y la clave de una España huidiza, de un pueblo amedrentando. Pregunten por ahí qué sucedió el 12 de Octubre. Contabilicen las respuestas orgullosas, sumen las excusas vergonzantes y se harán una ligera idea del páramo en el que estamos.
Y es que, al fin y al cabo, lo letal es la inopia, la incuria, la ignorancia. Reírse del patriotismo es imposible si el patriotismo es un enigma inescrutable. Brassens, en «La mauvaise reputation», presumía de escandalizar a los burgueses quedándose tumbado a la bartola mientras la «grandeur» marcaba el paso. Aquí y ahora, las tornas han cambiado y el único modo de ser piedra de escándalo es jalear a la Legión y añorar a la cabra.


ABC - Opinión

Crisis PSOE. La tribu contra el hechicero ZP. Por Cristina Losada

El ruido de un motín contra Zapatero no puede hacer olvidar que el presidente no es el único responsable. Tal parece, sin embargo, la pretensión de quienes hoy reniegan de él y ayer le aplaudían y obedecían, ciegos voluntarios a las consecuencias.

Tras el indigno espectáculo del vasallaje, llega el carnaval de los conatos de rebelión. A las disidencias otoñales que surgen en el partido del Gobierno se les puede aplicar una observación del doctor Johnson: "El patriotismo no es forzosamente un atributo de la rebeldía. Un hombre puede odiar a su rey y, sin embargo, no amar a su país". El rey del mambo, indiscutible e indiscutido, era Zapatero. Sus cohortes le sostuvieron hiciera lo que hiciera. Con disciplina partitocrática consintieron sus aventuras más peligrosas. Episodios y procesos de alto coste y mayor riesgo transcurrieron sin suscitar censura. Si se alzó alguna voz contraria fue en los cenáculos, no en la escena pública. El interés general no figuraba entre las preocupaciones de sus apparatchik, diputados y barones. Ahora tampoco.

Es natural, dada la traumática experiencia, que no pocos se alegren de la revuelta contra el rey absoluto que se cuece a fuego lento en el PSOE. Pero, bien mirado, no hay motivos para celebrar que un partido sólo reaccione –y levemente– cuando ve asomar las orejas a la debacle electoral. No seremos ingenuos. Perder el Gobierno es, aquí y en Lima, el gran revulsivo. Cosa distinta es que debamos aceptar que sea el único. Significaría dar por inevitable –y justificada– la ausencia de cualquier motivación que vaya más allá de asegurar la cuota de poder acostumbrada. Supondría, en fin, que de los cuadros de un partido únicamente esperamos el movimiento de las ratas. Abandonan el barco cuando se hunde, aunque hasta ese instante se comportan como sanguijuelas. Será la realidad, pero conviene modificarla.

El ruido de un motín contra Zapatero no puede hacer olvidar que el presidente no es el único responsable. Tal parece, sin embargo, la pretensión de quienes hoy reniegan de él y ayer le aplaudían y obedecían, ciegos voluntarios a las consecuencias. Ninguna personalidad influyente, ningún grupo de notables, quisieron frenarle cuando más necesario era hacerlo. Obraba la magia de ganar elecciones y el partido, como la tribu, adoraba a su hechicero. Desposeído de aquellos poderes, el chamán bien puede acabar en la hoguera. Aunque la partitocracia no sólo vuelve intocables a los que ganan, sino también, y como muestra valga el PP, a los que pierden. Quizá asistamos al entierro político de Zapatero oficiado por sus propios pares, pero cualquiera se fía de ellos.


Libertad Digital - Opinión

Uno baja y el otro no sube. Por M. Martín Ferrand

Quizás ocurra que Zapatero y Rajoy son las dos caras de una misma moneda, una más desgastada que la otra.

DECÍA Napoleón que un general malo es mejor que dos buenos. Sabia conclusión de quien conoció la cadena del mando y sus potenciales divergencias; pero, pensando en José Luis Rodríguez Zapatero, ¿la teoría napoleónica del generalato es transportable a la sargentada que le acompaña e integra el Gobierno de España? El zapaterismo es un curioso fenómeno político y humano que no se ajusta a lo que nos enseña la experiencia de la Historia. Su degradación es constante, pero no arrastra la del PSOE que le llevó al poder y le mantiene en él. La desconfianza que genera el líder, y que ayer evaluaban de parecida manera las encuestas de los dos periódicos —La Razón y Público— que flanquean la normalidad informativa en España, no incrementa la confianza de su principal antagonista y contrafigura, Mariano Rajoy.

Tiene Razón Ignacio Camacho, mi admirado vecino, cuando previene al PP de que un relevo en la candidatura socialista podría perjudicar seriamente la potencialidad presidencial de Rajoy. Es, dicho de otro modo, el gran fracaso del partido de la gaviota. La degradación de Zapatero no arrastra a su partido tanto como la de Rajoy, víctima de cautelas patológicas, impulsa la del suyo. Eso no es normal en un país de clases medias crecientes y en el que, felizmente, el último vestigio «proletario» es el que presentan los parados de larga duración y los inmigrantes de peor fortuna.


Quizás ocurra que Zapatero y Rajoy son las dos caras de una misma moneda. Una más desgastada que la otra, pero ambas empecinadas en sostener lo insostenible y en no abordar las profundas transformaciones, incluso en el orden constitucional, que España necesita para salir del agujero de la crisis y proporcionarnos a los ciudadanos un ímpetu esperanzado que nos permita contemplar el futuro sin pesimismo. Ni Zapatero puede continuar al frente de un Gobierno de sargentos estampillados, no formados en la materia de su responsabilidad ni curtidos en la práctica política, ni Rajoy puede aspirar a la alternancia sin explicitarnos primero cuáles son sus proyectos y el perfil de su equipo venidero. Por eso uno se viene abajo sin precipitar, según marca la ley de la palanca política, el ascenso del otro.

Los escasos periodos de normalidad democrática que hemos vivido en los últimos dos siglos, desde la Constitución de Cádiz a la del 78, se mantuvieron al grito de luz y taquígrafos; pero hoy la corrupción generalizada lo oscurece todo y sobran los taquígrafos porque, hurtado el Parlamento de su natural debate, no hay nada que anotar. Se han instaurado el silencio y, lo que es peor, la desesperanza ciudadana.


ABC - Opinión

Fiesta nacional en una España que no está para fiestas. Por Antonio Casado

Por el desfile militar y la posterior recepción en el Palacio Real sabemos que hoy se celebra la Fiesta Nacional en un país que no está para fiestas, a la vista del estado de ánimo de los españoles recogido en el último barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas). Mala o muy mala la situación económica, según un 70,3 %. Mala o muy mala la situación política, en un 63,3%.

Como para hacer cola en los aeropuertos. Pero no hay fuga. La evasión es ocasional y televisada. Estamos de “puente”. Y además, los deportistas españoles potencian nuestro sentimiento de pertenencia. Por no decir orgullo. Fue un domingo inolvidable. En los circuitos de MotoGP y Moto 2, donde Jorge Lorenzo y Toni Elias subieron a lo más alto del podium. Como Óscar Freire en la Paris-Tours de ciclismo o Rafa Nadal en el torneo de Tokio de tenis. Todos ellos volvieron a pasear la marca España por el mundo en vísperas de lo que Franco llamó el Día de la Raza cinco minutos después de enterrar o transterrar a sus enemigos.


Pero eso ya es historia. No lo de Lorenzo, Elías, Freire, Nadal o el gol de Iniesta, sino lo de llamar Día de la Raza a lo que se venía llamando Fiesta de la Raza desde que don Antonio Maura, en los albores del siglo XX, quiso perpetuar la gesta del Descubrimiento de América. Maura sólo fue el primero en la serie de gobernantes empeñados en marear la perdiz. Hasta el punto de sugerir al último de ellos, Rodríguez Zapatero, aquel insensato comentario sobre la nación como “concepto discutido y discutible”, que ustedes recordarán con toda seguridad.

«Don Antonio Maura se inventó la Fiesta de la Raza para mejorar la consistencia de nuestras señas de identidad nacional y el orgullo de ser españoles, que estaba en horas bajas después del desastre del 98.»

Estábamos en que don Antonio Maura, aquel Bismarck de cercanías que predicaba la revolución desde arriba, por nuestro bien, claro, se inventó la Fiesta de la Raza para mejorar la consistencia de nuestras señas de identidad nacional y el orgullo de ser españoles, que estaba en horas bajas después del desastre del 98. Pero al general Franco le debió parecer mejor, ya en 1940, ese otro enganche verbal con la memoria histórica: Día de la Raza. No por mucho tiempo. Dieciocho años después lo convirtió en Día de la Hispanidad.

Pero tampoco fue definitivo aquel nuevo volantazo semántico al significado del 12 de octubre. Tuvo que llegar Felipe González en 1987 para dejarlo en Fiesta Nacional, por ley. Y así hasta hoy, convertida ya en un peligroso photocall donde se retratan los líderes nacionales.

Zapatero quiso posar sin levantarse al paso de la bandera americana. Y a Mariano Rajoy un micrófono furtivo le pilló refiriéndose al desfile militar como un verdadero coñazo. Así que la clase política y los representantes institucionales invitados a las tribunas del desfile militar y la recepción en los salones del Palacio de Oriente deben redoblar sus precauciones en este día de corrillos, cámaras inesperadas y micrófonos chivatos.


El Confidencial

Nación. La traición de los clérigos. Por José García Domínguez

Ése, en puridad, es nuestra drama: que la lotería de la Historia nos haya premiado con una intelectualidad que se avergüenza de la nación.

Entre los libros imprescindibles que, por indiferencia o pura desidia, nadie aquí ha sido capaz de escribir está la adaptación doméstica de La trahison des clercs de Julien Benda, ese alegato contra los mandarines de la cultura francesa y su ecuménico afán por prostituirse al servicio de la política y los políticos. Una ciénaga en la que el propio Benda acabaría chapoteando tras devenir él mismo compañero de viaje del Partido Comunista. Todo un clásico, la figura del tonto útil acuñada por los estalinistas, que como tantos ingenios totalitarios acabaría siendo recuperada por sus más aplicados alumnos, los nacionalistas.

Y es que en nuestra particular traición de los clérigos reside el genuino hecho diferencial español, la excéntrica anomalía que aún hoy nos escinde de Europa. Me refiero, el lector ya lo habrá adivinado, al castizo prejuicio contra la nación que sigue rigiendo entre la intelligentcia peninsular. De ahí el insólito pervivir en el tiempo de esa patología tan suya: el empeño por desconstruir la idea misma de España, el triste esfuerzo colegiado con tal de reducir nuestro devenir colectivo al fruto de un mero artificio jurídico asentado poco menos que sobre la nada. ¿Cómo comprender, si no, a la única izquierda occidental que clama horrorizada frente a cualquier exhibición de los símbolos patrios que vaya un milímetro más allá del imperativo protocolario?

He ahí, por cierto, la suprema hazaña pedagógica de quienes estaban llamados a constituir nuestra minoría rectora. Porque, en apariencia vacunada contra la estomagante catequesis de los micronacionalistas, gran parte de la elite académica yace imbuida de idénticos prejuicios cerriles ante España y lo español. Ése, en puridad, es nuestra drama: que la lotería de la Historia nos haya premiado con una intelectualidad que se avergüenza de la nación. Y encima, para acabar de arreglarlo, renunciamos a construir una educación que merezca decirse nacional. Es sabido: si Francia existe es porque a lo largo de un siglo se forjó cada día en la escuela francesa. Aquí, sin embargo, acontece justo lo contrario: cada mañana, tras sonar el timbre que marca el inicio de las clases, sin prisas pero sin pausas, va desvaneciéndose España en las conciencias infantiles merced al concienzudo apostolado de los clérigos. Y así nos va.


Libertad Digital - Opinión

El español como patria. Por Ignacio Camacho

No se trata del idioma de la patria, sino de la patria del idioma; una verdadera nación de naciones.

COMO todas las patrias se quedan siempre un poco estrechas, los seres humanos tendemos a buscar nuestra identidad en orígenes y territorios sentimentales, morales, ideológicos o espirituales de fronteras menos restrictivas y más acogedoras; incluso retrocedemos hasta el umbral de la conciencia para reconocernos únicamente hijos de nuestra propia infancia. Sólo los nacionalistas se complacen en el horizonte cerrado de su delirio excluyente y se pasan la vida levantando barreras arancelarias con las que detener y filtrar el ser ajeno. Quizá por eso Vargas Llosa ha definido el nacionalismo como la peor construcción del hombre: un empeño egoísta e insolidario de limitar la universalidad mediante la enfermiza exaltación de lo autóctono. El flamante Premio Nobel simboliza hoy mejor que nadie la voluntad de encuentro en esa vasta patria común que es el idioma español, la lengua que comparten quinientos millones de personas unidas por la Historia a través de un vínculo intelectual que viene a ser, como escribió Valéry sobre la sintaxis, una cualidad del alma.

En un tiempo en que tantos españoles desean dejar de serlo cegados por la pasión soberanista, Vargas Llosa lo es por propia voluntad, por la convicción de compartir la gran nación sentimental y cultural del castellano. El suyo es un patriotismo generoso, integrador, abierto y universalista, una vocación que reivindica sin agresividad ni arrogancia la grandeza de nuestro mejor y más valioso patrimonio. Un patriotismo sin banderas, sin arengas y sin lindes en el que la lengua no es la herramienta para construir fronteras de particularismo sino para abolirlas a favor de un espíritu de entendimiento y de concordia. No se trata del idioma de la patria sino de la patria del idioma: la auténtica nación de naciones. Al reivindicar su premio en nombre del español, el gran escritor ha subrayado ante el mundo la importancia de ese inmenso capital intangible que algunos de sus propietarios tratan de malversar en un mezquino ejercicio de aldeanismo identitario.

En la España de los últimos años, el absurdo y enfebrecido debate territorial ha provocado como daño colateral el maltrato de nuestra mayor riqueza común, reducida a la condición de víctima de prejuiciosos designios políticos. Quizá haya sido ésa la más lamentable consecuencia de la tensión fragmentaria que agarrota de forma recurrente la atormentada personalidad colectiva española. Utilizando con intencionalidad divisionista sus idiomas vernáculos —error de cicatería intelectual que sustituye una suma por una resta—, los nacionalismos periféricos han tratado de poner diques al gigantesco mar lingüístico que baña a tres continentes en una comunidad de sentimientos y expresiones. Y en ese ensueño de secesionismo arrojadizo arrastran como Sísifo la piedra inútil de un patriotismo empequeñecido creyendo que se separan de una pobre nación cuando sólo se están alejando de una riquísima cultura.


ABC - Opinión

Desfile a paso ligero

Como es muy razonable, la austeridad también alcanza al desfile militar que hoy, con motivo del Día de la Fiesta Nacional, se realizará en el madrileño Paseo de la Castellana. Participarán menos soldados, menos vehículos y menos aeronaves. El Gobierno espera ahorrar así un 20% de gasto, decisión que es acertada. Otra novedad relevante será la presencia en la parada militar de las banderas de nueve países hispanoamericanos que este año celebran el bicentenario de su independencia. Al igual que sucede en Francia y Reino Unido, donde no es excepcional que las tropas de sus antiguas colonias desfilen junto a las de la metrópoli, es un hecho positivo que España acoja en su día grande las enseñas de las repúblicas hermanas que hace dos siglos se desgajaron del tronco común. Aunque haga ya más de veintitrés años que la festividad del 12 de octubre ya no alude a la Hispanidad, lo cierto es que en este día siguen latentes los lazos que unen a la comunidad hispanohablante a ambos lados del Atlático, de ahí que la jornada de hoy posea una carga simbólica nada desdeñable, realzada por el aún fresco Nobel de Literatura a uno de los más grandes orfebres del idioma compartido. Dicho lo cual, parece que con los gobiernos socialistas el desfile de este día está condenado a enredarse en alguna absurda polémica o a malbaratarse en decisiones inexplicadas e inexplicables. La pendencia de este año está relacionada con la arbitraria lista de invitados, de la que se han excluido a todos los diputados y senadores, salvo los elegidos por Madrid y a los integrantes de la Comisión de Defensa. Es de todo punto indefendible la decisión de la ministra Chacón, más ocupada últimamente en ejercer de escudera del secretario general del PSOE y en meterle el dedo en el ojo a Rajoy que en organizar el acto central de la primera fiesta de España. Aunque sólo fuera porque el anfitrión de la parada es el presidente del Gobierno, la ministra debió haber evitado la gresca estéril, pero ha preferido aligerar el paso y echarle la culpa al alcalde de Madrid para justificar su error. Salvo que no se trate de un error y Chacón haya pretendido blindar a Zapatero de los pitos y abucheos del público, que van camino de convertirse en un clásico. No está el horno para bollos y aunque la abnegación de los militares españoles no necesita demostración, el tijeretazo a sus sueldos no es precisamente un relajante emocional. Habría sido preferible que la ministra de Defensa se hubiera centrado en destacar las novedades del enorme esfuerzo, en medios materiales y en sangre derramada, que las Fuerzas Armadas están llevando a cabo en diversas misiones internacionales, especialmente en Afganistán. Los últimos doce meses han registrado cambios sustanciales en el teatro de operaciones donde nuestras tropas se juegan la vida casi a diario, pese a que el Gobierno insiste en ocultar la naturaleza de guerra abierta a la que se enfrentan. Los complejos ideológicos que motivaron la vergonzante salida de Irak siguen todavía atenazando a los gobernantes socialistas, de ahí que sean incapaces de organizar con la unanimidad exigible el día de la Fiesta Nacional en torno a nuestros Ejércitos.

La Razón - Editorial

Rajoy ante el descrédito de la clase política

De aquí en adelante el mejor valor en el que puede invertir Rajoy es en volver a ilusionar a los españoles con un programa sólido de reformas para así recuperar el crédito, ese mismo crédito que los políticos españoles pierden a cada día que pasa.

Con una tasa de paro que supera cómodamente el 20% de la población activa es de toda lógica que la principal preocupación de los españoles, tal y como se extrae del último barómetro del CIS, sea el desempleo. La tragedia del quedarse sin trabajo y encontrarse con crecientes problemas para dar con uno nuevo afecta a buena parte de la sociedad, ya sea directa o indirectamente. Esto, en principio, teniendo en cuenta como están las cosas, no es o no debería ser noticia.

Lo que si debería serlo es el suspenso general que los españoles otorgan a la clase política, que se ha colocado en segundo puesto en lo que a preocupaciones ciudadanas se refiere. Y no es para menos. La casta que gobierna el país en sus diferentes escalafones administrativos –el comunitario, el central, el autonómico, el comarca y el municipal– se ha demostrado completamente incapaz de poner coto a la crisis que está devastando nuestra economía; y no contenta con nadar en el descrédito, nos convence a diario de su inepcia y su más absoluta desconexión con la realidad. Así, por ejemplo, nos encontramos que, ante un panorama económico desolador, los políticos siguen gastando a manos llenas, entregados a un desenfreno irracional que se traduce en multimillonarios planes de estímulo o no menos onerosos rescates a sectores quebrados como el de las cajas o el de la construcción.


Toda esta fiesta "política" se está financiando con los menguantes fondos que se obtienen de los contribuyentes, víctimas últimas de una crisis provocada, en primera instancia, por la ceguera de la banca central y alimentada por el peor y más irresponsable de los desgobiernos. Esta dolencia, común a todos los países de Occidente, reviste características especialmente dolorosas en España, severamente castigada por la recesión, con los sectores productivos en estado de hibernación y el desempleo creciendo vertiginosamente.

Tenemos acaso el Gobierno que de un modo más frívolo encaró la crisis desde sus primeros compases negando su existencia y arremetiendo contra los que avisaban de la que se nos venía encima. Luego, cuando el cuadro se había ensombrecido tanto que negar la evidencia era imposible, articuló la peor política económica posible. Un programa simplón de gasto público a costa de endeudarse indefinidamente en los mercados internacionales y de endurecer más y más la fiscalidad. El resultado lo tenemos a la vista tanto en el plano económico como en el político. En el primero la amenaza de ruina es inminente. En el segundo los 14 puntos de ventaja de el PP saca al PSOE son la muestra más clara de que Zapatero ha perdido la confianza y su electorado está dispuesto a castigarle.

Pero es su electorado, el socialista, el que finalmente entregaría el poder a Rajoy, no los méritos de éste erigiéndose como recambio, aportando ideas y proponiendo una política económica diferente a la que nos ha llevado al agujero. El hecho indiscutible es que el líder del PP no ha conseguido movilizar prácticamente ni un voto más de los que ya obtuvo en 2008 y toda su ventaja se debe más bien al hundimiento del PSOE. Esto debería de ser motivo de preocupación porque, si con la que está cayendo, Rajoy no consigue convencer, difícilmente lo hará cuando empiece a escampar. Queda un año y medio para que arranque la campaña electoral de 2012 y pueden pasar muchas cosas. La situación económica probablemente no mejore en todo este tiempo, las expectativas de voto del PSOE tal vez sí. De aquí en adelante el mejor valor en el que puede invertir Rajoy es en volver a ilusionar a los españoles con un programa sólido de reformas económicas e institucionales para así recuperar la confianza y el crédito, ese mismo crédito que los políticos españoles pierden a cada día que pasa.


Libertad Digital - Editorial

Una nación para pocas fiestas

El Ejecutivo socialista y su presidente están en la gestión de su propia crisis de crédito e imagen, y no en la de los intereses generales.

LA de hoy es sin duda una de las celebraciones más grises de la Fiesta Nacional de los últimos años. Sólo el balance de la lucha contra ETA abre una puerta de optimismo, tanto más pertinente en un día como hoy, en el que las Fuerzas Armadas cobran un protagonismo singular. Pero más allá de la lucha antiterrorista, el panorama sume a los ciudadanos en un clima de preocupación y de falta de expectativas. Ayer, el CIS medía este deprimido ánimo social con un nuevo sondeo que pone a la clase política como el tercer problema de España, por detrás del paro y la crisis económica. Cuando los llamados a liderar la recuperación y el impulso son considerados más parte del problema que de la solución, la sociedad sólo puede reaccionar con decepción. Lejos de ser reprochable esta actitud, la sociedad española se ve abocada a cuestionar las instituciones que deben liderar un movimiento de esperanza. La falta de acuerdos de Estado, el menudeo de los partidos políticos y la ausencia de un Gobierno que responda de tal nombre no dan para otro estado de opinión.

La Nación no está para fiestas, ni puede estarlo cuando el 20 por ciento de su población está en paro y casi la mitad de sus jóvenes no encuentra trabajo. Si a quienes representan el futuro se les ofrece este presente, la encuesta del CIS está más que justificada. Tampoco hay lugar para fiestas cuando la nación está desgobernada, en el sentido de que hace tiempo que carece de una dirección política, porque el Ejecutivo socialista y su presidente están en la gestión de su propia crisis de crédito e imagen, y no en la de los intereses generales. Acaba 2010 sin un solo dato de la actividad económica que mejore sostenidamente y que sirva de ilusión para afrontar nuevos sacrificios como los que están por venir. A pesar de esto, el Gobierno utiliza los Presupuestos —la principal herramienta de que dispone contra la crisis— para pactar con los nacionalistas su supervivencia política y desoye las recomendaciones del FMI y del Banco de España, que le piden un «plan B», porque temen que sus previsiones macroeconómicas no se cumplan. La causa de este tono gris que envuelve la Fiesta Nacional de hoy es, sin duda, la crisis económica, pero no sólo la crisis. Principalmente es la convicción ciudadana de que, mientras no haya un cambio político radical, España está estancada en vía muerta.

ABC - Editorial

lunes, 11 de octubre de 2010

Crisis institucional. Zapatero y su sucesión. Por Agapito Maestre

La gravedad de la crisis institucional no es nada comparada con la desaparición de un mínimo horizonte moral y político para la España de los próximos años. Zapatero lo sabe: su táctica es horadar el poco tejido moral que le queda a esta sociedad.

De Zapatero aún no se ha dicho lo peor. A partir de ahora sabremos, de verdad, quién es este personaje para la historia reciente de España. Los toros moribundos dan las cornadas más graves. Esperen poco, pues, los ciudadanos normales de quienes pudieran parar sus estrategias, designios y planes políticos de aquí hasta las elecciones. De momento, durante un año más, el presidente tiene asegurado su puesto. El resto es nada. "Barredas" y "Tomases" son poca cosa para acabar rápidamente con el final de esta triste historia de Zapatero. Moribundo, sí, está Zapatero, pero el resto está desarticulado. Su partido no es una institución que pueda parar sus desmanes. Tampoco El País está por la labor de quitárselo del medio. La tibieza de la oposición mueve a pensar en el exilio. Y la sociedad es un simple gentío.

De la mentira y el engaño, de la falta de claridad y transparencia, que han caracterizado a los gobiernos de Zapatero, pasaremos a la crueldad en este último tramo de legislatura. Es un daño extra, un añadido, que sufriremos los ciudadanos normales. La primera prueba de esta nueva etapa era recogida ayer por El País: "La decisión sobre mi candidatura será muy personal y la comunicaré el próximo año". Esas palabras que le atribuye El País a Zapatero son el mayor monumento que se le puede hacer hoy a la "antipolítica". Provocará aún más desafección ciudadana, que será registrada en altos niveles de abstención. El desprecio de Zapatero por la política, o sea, por la publicidad alcanza límites más propios del pasado régimen autoritario del PRI, en México, que de una débil democracia, o sea, lo decisivo es no saber quién es "el tapado".


A Zapatero le importa menos la ciudadanía y, por supuesto, la formación de un juicio político que a los del PRI. Es obvio que la decisión sobre la candidatura de Zapatero tendría que ser conocida cuánto antes, porque de ella depende el futuro moral y político de millones de ciudadanos. Quizá en condiciones más o menos normales podríamos permitir ese tipo de ocultamiento frívolo e inmoral, e incluso podría mantenerse que le asiste a un presidente de Gobierno cierto "derecho" a reservarse la opinión sobre su candidatura, pero en una situación de extrema gravedad política, económica e institucional como la que padecemos la primera obligación de un gobernante es ser claro. Transparente. De su decisión, sí, depende el futuro moral y político de millones de ciudadanos.

La gravedad de la crisis institucional y económica no es nada comparada con la desaparición de un mínimo horizonte moral y político para la España de los próximos años. Es ahí donde nos jugamos el presente y el futuro. Zapatero lo sabe. Y, por eso, su táctica es horadar el poco tejido moral que le queda a esta sociedad. Sobre esa ruina él sembrará, no lo olviden, el caos. La política en España, concebida como un conflicto regulado de diferentes opiniones, está siendo sustituida por la decisión arbitraria y autoritaria de un tipo sin escrúpulos democráticos. La primera obligación de un político demócrata es, sin duda alguna, decir si se auto-limita o no en el poder. El resto es paja. Engaño y mala fe.


Libertad Digital - Opinión

¿Se va o se queda?. Por José María Carrascal

Zapatero guarda todavía en la manga cartas importantes, que Rajoy haría muy bien en no olvidar.

¿SE presenta o no se presenta a las próximas elecciones? Esa es la pregunta que se hace media España —la otra media está demasiado ocupada en sobrevivir— sobre su presidente de Gobierno, que se esconde detrás de una de esas respuestas crípticas que tanto le gustan, con pareado y todo: «Mi candidatura electoral será una decisión muy personal». ¡Y tanto! Como que ni siquiera él la sabe, como tantas otras cosas. A estas alturas, sin embargo, le conocemos de sobra para saber lo que hay tras ello: nada. Puro vacío en espera de que los acontecimientos lo rellenen. Zapatero sigue soñando con los brotes verdes, con la luz al fondo del túnel, con su buena estrella, que de aquí a 2012 volverá a brillar. Y si no brilla, no se presenta, y ahí se quedan ustedes. Si, en cambio, aparece el más mínimo resplandor al fondo del túnel, se lanzará a la contienda incluso con renovados bríos. Por eso no quiere posicionarse ahora. Por eso tiene a todo el mundo en vilo sobre su futuro, que es también el nuestro, y nos hace derramar ríos de tinta a los periodistas. No es que esté deshojando la margarita. Es que todo va a depender de las circunstancias. Lo que significa que, por mal que tenga hoy las cosas, cree tener todavía buenas posibilidades dentro de año y medio.

¿Acierta o es otra de sus fantasmagorías? Visto como está la escena nacional, que de fuera no le va a llegar ayuda y que sus medidas económicas no están surtiendo efecto, mucho apunta que llegará a 2012 aún peor de lo que está hoy. Pero yo no estaría totalmente seguro. Zapatero guarda todavía en la manga cartas importantes, que Rajoy haría muy bien en no olvidar si se cree que, simplemente esperando, verá pasar el cadáver de su rival delante de su puerta. La primera de esas cartas es la fidelidad de su partido. Me dirán el susto que le dio Tomás Gómez. Pero eso era en las primarias de Madrid, no en unas elecciones generales, y ya han visto cómo han hecho retractarse a Barreda cuando cuestionó al jefe. Con las cosas de comer no se juega en el PSOE. Luego, cuenta con los que nunca votarán al PP por principio, aunque el país se hunda. Por último, los más importantes en esa batalla desigual: los nacionalistas, conscientes de que nunca tendrán un presidente de Gobierno tan acomodaticio a sus intereses como Zapatero. Bien elocuente ha sido cómo el PNV acudió en su ayuda —contra pago, eso sí, eso nunca lo olvidan— para salvarle en los presupuestos. Los demás harán lo mismo hasta el final de la legislatura e incluso tras ella. Zapatero es su mejor baza en La Moncloa, como ellos son la mejor baza de Zapatero para seguir en ella. Nada de extraño que no tire la toalla. Claro que ¿y si nos quedamos también sin toallas?

ABC - Opinión

Del ‘buenismo’ al ‘cobardismo’: sobre la moral de Zapatero. Por Federico Quevedo

Así es, sobre todo cuando se trata de derechos humanos y de la defensa de los más débiles, de los marginados sociales, o cuando hay que hacer gala de dignidad nacional y orgullo frente al insulto y al ensañamiento de un analfabeto funcional como Hugo Chávez, o cuando hay que defender la libertad frente al totalitarismo como en el caso del disidente chino Liu Xiaobo. Nuestro presidente muestra siempre su peor cara, su rostro más inhumano, su moral más abyecta, su obsceno relativismo. Le da igual blanco que negro, si hoy toca defender la vida, la defiende, y si mañana toca hacer una ley que convierte en un derecho matar a los ‘non natos’, la hace.

Resulta francamente descorazonador tener como presidente del Gobierno a semejante personaje, a un tipo sin principios al que todo le resbala y al que no le importan las consecuencias de sus actos siempre que a el no le afecten. A esta política según la cual todo es relativo, que Rodríguez lleva poniendo en práctica desde siempre, al principio se le llamó buenismo en un afán propagandístico de hacernos creer que Rodríguez era una especie de apóstol de la paz y el entendimiento entre los pueblos, o sea, un iluminado llamado a convertirse en el nuevo Mahatma Ghandi del siglo XXI.


El buenismo consistía, básicamente, en aceptarlo todo como bueno, en comprender siempre las razones y los motivos que mueven a los enemigos de la libertad y de los derechos fundamentales del hombre antes de censurarlos e, incluso, condenarlos. Pero, inevitablemente, ese buenismo se acababa convirtiendo en un aliado de primer orden de todo aquel enemigo del bien común y de la libertad que campara por el ancho mundo. Dicho de otro modo, lo que de verdad escondía aquel buenismo no era más que puro cobardismo, fruto a su vez de ese pensamiento relativista que invade la falsa moral de Rodríguez. Sólo en una semana hemos visto tres singulares ejemplos de lo que les estoy relatando. Déjenme que empiece por el que me parece más denigrante desde el punto de vista de nuestra dignidad como país, y no es otro que el modo en que este Gobierno se baja los pantalones ante el Gorila Rojo, ante el caudillo Chávez, ante el rostro más feroz del totalitarismo y el odio, ante el digno sucesor de lo peor que ha conocido el hombre, desde Hitler a Stalin pasando por los más sangrientos secuaces de la autarquía a lo largo de la Historia. La nuestra es una gran Nación; España es un gran país que no debería permitir ni el más mínimo insulto de un enano mental, pero a sus continuas bravatas, a sus amenazas, a sus acusaciones humillantes nuestro Gobierno responde agachando la cabeza y bajándose los pantalones en un acto infame de sodomía política.

Toma buenismo. Este tío se permite decir, a través de su embajador, que en España se tortura, y nos quedamos tan panchos. Pone en tela de juicio la labor de nuestros magistrados, y nadie le responde. Niega evidencias que solo hace falta que aparezcan publicadas en el Gara, y encima le damos la razón. Pero, ¿somos tontos o qué? ¿Por qué razón hay que bailarle el agua a este tipejo? ¿Porque nos va a comprar más armas, es que esa es la razón de fondo? Entonces, ¿dónde está el puñetero pacifismo del que tanto presume usted, señor Rodríguez? Y esas armas, ¿valen este ejercicio de humillación colectiva a manos de un sátrapa, de un dictador bananero, de un terrorista disfrazado de vendeburras?


«El derecho a la vida es el primero y más importante de todos los derechos fundamentales del ser humano, y éste existe desde el momento mismo de su concepción en el seno materno.

Segundo ejemplo, y no menos importante que el primero, si acaso más porque están en juego cientos de miles de vidas humanas, y que pone en evidencia lo que siempre he llamado la Gran Mentira de la izquierda, su absoluta desfachatez moral: “La pena de muerte no es una pena, es un espanto. El derecho a la vida, el valor de la vida es el principio fundamental de la concepción y del despliegue de los Derechos Humanos”. Al margen de que, literariamente, parece que el discurso se lo haya escrito un niño de Primero de Primaria, hay que tener bemoles para afirmar eso en un acto sobre la Pena de Muerte, y que lo haga el mismo tío que ha sentenciado a morir a miles de personas antes de nacer. Pues sí, en efecto, el derecho a la vida es el primero y más importante de todos los derechos fundamentales del ser humano, y éste existe desde el momento mismo de su concepción en el seno materno, algo que ya no discute ningún científico, y la única que lo pone en duda es la indocumentada de la ministra Aído, de la cual podríamos decir que por la misma razón por la que un ser vivo fecundado en el seno materno no es un ser humano, tampoco lo es ella: porque no existe ninguna base científica que permita afirmarlo… En este asunto no hay dobles interpretaciones, ni lenguajes falsos tendentes a confundir al personal: la interrupción voluntaria del embarazo no es lo que con ese título eufemístico se quiere hacer creer, sino que se trata de la muerte violenta de un ser humano vivo en el seno materno, permitida y alentada por una izquierda que practica el culto a la muerte como su dogma moral.

Con esos mimbres, no cabía esperar otra reacción del Gobierno de Rodríguez a la elección de Liu Xiaobo como Premio Nóbel de la Paz. El disidente chino lleva once años en prisión por exigir democracia en su país. Tengo que decir que resultan sorprendentes las dos últimas decisiones de la Academia Sueca, siempre tan oportuna a la hora de premiar a destacados defensores del progresismo totalitario, pero que este año ha descansado su elección en dos figuras emblemáticas de la lucha por la libertad: Mario Vargas Llosa y Liu Xiaobo. El disidente chino personifica la batalla de tantos disidentes políticos encarcelados en nombre de la libertad, en China, en Corea, en Cuba… ¿Y que hace nuestro Gobierno? La callada por respuesta. Mientras Francia y Alemania aprovechan el premio para exigir apertura a las autoridades chinas, España se limita a mirar para otro lado. Esto es lo que le gusta hacer a Rodríguez, esa es la esencia de su política: ponerse de perfil, mirar para otro lado, nunca comprometerse con nada que signifique o pueda significar tener algún problema, aunque ese compromiso sea con la libertad y con los más débiles, con los que sufren persecución y acoso por sus ideas o, simplemente, son exterminados porque su voz no puede escucharse por encontrarse dentro del seno materno. Rodríguez es lo peor que la naturaleza humana ha podido dar a la política, porque ni siquiera tiene los arrestos que tuvieron otros antes que el para imponer sus tesis y sus políticas dando la cara, sino que utiliza siempre subterfugios, engaños, medias verdades y burdas mentiras, retorcida demagogia y descarado propagandismo que, por suerte, han dejado de ser útiles a su causa, aunque aún nos va a tocar soportarle unos cuantos meses.


El Confidencial - Opinión

Zapatero. Personalmente di persona. Por Emilio Campmany

Para los demás españoles, no hay esperanza. Ni Zapatero, ni quien pudiera sucederle, ni Rajoy harán nada de lo mucho que habría que hacer.

Andrea Camilleri, comunista y creador de Montalbano, inventó como contrapunto a su héroe una antítesis, un opuesto, el agente Catarella, de una cortedad entrañable, un idiota cándido que enseguida despierta la simpatía del lector. A Catarella, cuando alguien pregunta por Montalbano o le telefonea, le parece que debe aclarar que lo hace "personalmente", para evitar que pueda pensarse que lo hace otro mediante. Como esta aclaración le parece poco, añade que lo hace personalmente di persona, para que no haya la más mínima duda. A Montalbano y al lector cómplice le hace gracia tanta redundancia bobalicona, a fin de cuentas inofensiva.

Es inevitable acordarse de Catarè cuando uno lee en El País (dónde si no) la manera en que Zapatero explica cuando y cómo decidirá si presentarse a un tercer mandato: "la decisión sobre mi candidatura electoral será muy personal". Porque a Zapatero no le basta decir que la decisión será personal, sino que quiere aclarar que será muy personal, o sea, que la tomará personalmente di persona. Francamente, me gusta más la expresión de Catarè que la de nuestro presidente, pero es obvio que al inquilino de La Moncloa no le escribe los guiones Camilleri, sino Suso de Toro.


Con todo, no basta querer presentarse. Luego hace falta que los órganos del partido quieran colocarle a uno en el puesto que se quiere, en este caso el primero de la lista de Madrid, que equivale en la parte de nuestra Constitución no escrita a ser candidato a presidente de Gobierno. Así que no es suficiente decidir nada personalmente di persona. Hacen falta las decisiones, igualmente personales, de otros individuos que Zapatero puede ser o no capaz de controlar.

El caso es que, tenga o no nuestro presidente la voluntad de ser candidato, el asunto apenas nos incumbe. Ningún socialista, sea Zapatero o cualquier otro, impondrá las reformas institucionales y económicas que el país necesita. De afectar a alguien, tan sólo lo hace a Rajoy. Si ZP quiere presentarse y su partido le deja, Mariano será presidente sin casi haber levantado los ojos del Marca. Y, si decide personalmente di persona no hacerlo, casi cualquier otro aspirante que elijan los socialistas vencerá a un PP que basó su estrategia en oponerse a Zapatero, nunca al PSOE ni a su programa. Para los demás españoles, no hay esperanza. Ni Zapatero, ni quien pudiera sucederle, ni Rajoy harán nada de lo mucho que habría que hacer.

Tan sólo cabe la remota esperanza de que alguno de la vieja guardia socialista que tuviera la astucia y el arrojo de imponerse, careciendo de futuro político por obvias razones de edad, se decidiera a hacer lo que hay que hacer por el gusto de pasar a la Historia como quien impidió que España se jodiera, si es que no se ha jodido ya. Y eso siempre que encontrara en el PP un sucesor de Rajoy que estuviera dispuesto a ser un humilde colaborador de la misión. Un imposible.

Estar mientras tanto pendiente de las decisiones que pueda tomar Zapatero personalmente di persona es tanto como quedarse mirando al cielo a ver si llueve mientras se nos incendia la casa. Lo que habría que hacer es llamar a Ferraz y a Génova y preguntar por los bomberos. Otra cosa es encontrar a alguno que quiera ponerse al teléfono.


Libertad Digital - Opinión

Atornillar el cambio. Por Ignacio Camacho

Frente a un relevo de candidato socialista, Rajoy podría perder gran parte de su ventaja.

EL hombre más interesado en la continuidad de Zapatero debería ser Mariano Rajoy. La acelerada abrasión de su adversario no sólo le garantiza una victoria electoral tanto más abultada cuanto más tiempo tarde, sino que le está empezando a orlar, por comparación, de virtudes de liderazgo que hasta ahora le negaba la opinión pública. Sin que el candidato popular haya mostrado ninguna transformación sensible en su estilo cansino y cachazudo de manejar la política, el empate en baja valoración que venían registrando las encuestas se ha deshecho por simple comparación con un presidente en estado de desguace. Rajoy no sólo cuenta ya con mucha más aceptación de sus votantes que Zapatero entre los suyos, sino que aumenta de forma significativa el número de electores socialistas que lo perciben como un dirigente fiable y sensato. Y ha aparecido en los muestreos un dato demoledor para las expectativas del PSOE: fruto del contradictorio caos político zapaterista, una amplia mayoría considera al PP un partido mejor preparado para afrontar la crisis. Eso equivale a situarlo en la antesala del poder.

El aspirante goza de una consideración bastante general de político serio, solvente, bien preparado para gobernar, pero su punto flaco continúa siendo su debilidad como candidato, su gelidez hierática, su escaso tirón popular, su nulo sex appealmediático. Aunque el desplome de Zapatero ante sus propias filas embellece por relativización esos defectos patentes y está logrando cuajar la idea de la inevitabilidad de la alternancia, Rajoy sigue sometido al riesgo de que un cambio de candidato socialista reactive la movilización de la izquierda y comprometa sus posibilidades de triunfo. Ante un presidente autoliquidado en su insustancialidad no necesita ni un gramo más de pasión, pero frente a un relevo inesperado podría perder gran parte de su ventaja. En ese sentido le favorece cualquier lapso de tiempo que Zapatero tarde en arrojar la toalla.

Sería, sin embargo, un grave error desperdiciar el margen que el bloqueo zapaterista está otorgando al jefe de la oposición, pasivamente investido como «presidente a la espera». Si los españoles han decidido confiar en él tiene que comenzar a demostrarles para qué quiere su confianza. Está en condiciones de empezar a arriesgar, de mostrar el contenido de su alternativa, de sacudirse su aparente indolencia y atornillar el vuelco con tuercas de convicción programática.
De mostrarse como un hombre dispuesto a asumir el poder no como una responsabilidad inevitable sino como una vocación de servicio. Está en condiciones de transmitir que no desea heredar el Gobierno sino enderezar el país. Pedirle capacidad de seducción sería ir contra su naturaleza, pero los ciudadanos necesitan al menos un poco de coqueteo, una pizca de cortejo. Y el propio Rajoy se expone a encontrarse a última hora frente a un candidato —o candidata— pasional dispuesto a pelear a la desesperada por un objeto de deseo.


ABC - Opinión

Barreda, como síntoma: anatomía de unas declaraciones. Por Antonio Casado

El presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, advierte de que el PSOE marcha hacia la catástrofe electoral si no cambia de rumbo. Falso. Los términos de la ecuación están cambiados. A saber: el PSOE va hacia la catástrofe electoral por haber cambiado de rumbo. Y una segunda precisión: la catástrofe no consiste tanto en el subidón del PP (apenas 3 puntos desde las elecciones de 2008) sino en el desplome del PSOE por desistimiento de su propio electorado (más de 15 puntos), como ya traté de explicar en mi columna del viernes pasado (Momento dulce de Rajoy, agujero negro de Zapatero).

En consecuencia, y esto también es curioso, los agraviados son los votantes de la izquierda, con los que Zapatero rompió su pacto electoral en mayo (el tijeretazo) al aplicar políticas de derechas. Sin embargo, son los votantes de la derecha los que le dan por muerto y exigen que se marche ¿Sólo los de la derecha? De ahí viene el clamor, aunque tendría más lógica que la demanda viniera de la izquierda, a la búsqueda de un sustituto para acabar la Legislatura con casi año y medio de recorrido.


Ahí estamos. Se trata de saber si el grito de Barreda, suavizado veinticuatro horas después, es un síntoma de la depresión que aqueja al electorado socialista porque desmiente el cierre de filas decretado tras las primarias de Madrid y alienta las hipótesis sobre la descomposición del zapaterismo.

«Si Zapatero y el PSOE están en un agujero negro es por el volantazo de mayo, cuando al Gobierno se le echaron encima los acreedores internacionales.»

Por eso hemos de interpretar correctamente las declaraciones del presidente castellano-manchego, inspiradas por su incierto futuro electoral. Los nervios le han llevado a formular la ecuación al revés. No es que el PSOE marche hacia la catástrofe electoral si no cambia de rumbo. El problema es que el cambio de rumbo que ya se ha llevado a cabo -es verdad, en eso tiene razón el ministro José Blanco- ha puesto al PSOE al borde de la catástrofe electoral.

Si Zapatero y el PSOE están en un agujero negro es por el volantazo de mayo, cuando al Gobierno se le echaron encima los acreedores internacionales y tuvo que meter la tijera para atenerse a la disciplina fiscal de la Unión Europea. Lo hubiera hecho igual Mariano Rajoy de haber estado gobernando. Se me dirá que no a partir de aquel desmadrado 11% de déficit detectado en la primavera de 2010. Lo acepto. El desembalse keynesiano de dinero público decretado por Zapatero en vísperas de las elecciones de 2008, y aún después, cuando la consigna era estimular la actividad económica, fue tan insensato que la marcha atrás de ahora se ha convertido en el golpe definitivo a la credibilidad de este Gobierno y su presidente.

Todo eso es cierto, pero no se negará que la política de contención iniciada en mayo, con los consabidos recortes a funcionarios, pensionistas, madres lactantes y pobres del Tercer Mundo, no es precisamente de izquierdas. Es más bien neoliberal y responde a ese cambio de rumbo que Zapatero, Blanco, Salgado y compañía defienden como necesario pero impopular. Justamente el cambio de rumbo que ha puesto al PSOE al borde de la catástrofe. De momento, sólo en las en las encuestas, aunque la tendencia es pertinaz.


El Confidencial - Opinión

Vargas Llosa. El erizo y la zorra. Por José García Domínguez

Lo mejor del canon liberal es que el canon liberal no existe. Razón de que puedan –podamos – discrepar en casi todo salvo en la obsesiva defensa del individuo frente al Estado. Sin tregua, como Vargas Llosa.

Es sabido que Jorge Luis Borges se afilió al Partido Conservador con el irrebatible argumento de que un caballero sólo puede militar en causas perdidas. La misma razón, sospecho, por la que Vargas Llosa devino liberal después de desprenderse de las grandes verdades reveladas que ofrecen las ideologías, esas cárceles del pensamiento que se ocultan detrás de la deslumbrante grandilocuencia de la utopía. Así, gracias a Isaiah Berlin acusamos recibo en su día de que en el mundo de las ideas coexisten dos especies irreconciliables: los erizos y las zorras. Vargas Llosa, como todo liberal genuino, pertenece a la segunda categoría.

Y es que, frente a las robustas, pétreas, inamovibles certezas absolutas del erizo, la zorra asume la inabarcable complejidad del universo. De ahí que tras los credos que dejaron atestadas de cadáveres las cunetas del siglo XX siempre hubiese un erizo, algún venerado padre de esos monumentales sistemas filosóficos que exoneran a sus fieles de la ardua labor de pensar. Al tiempo, igual que en el interior de cada zorra mora un escéptico que conoce las lindes de su ignorancia, en cada erizo, de modo invariable, habita un fanático; alguien presto a que corra la sangre llegado el caso; la sangre de los pobres obtusos que se le opongan, huelga decir.

En el fondo, es eso lo que más procede agradecer a un maestro de librepensadores como el Nobel de Literatura: que nos haya mantenido en guardia a fin de no hacer del liberalismo otro nido de erizos, una religión laica más, con sus anatemas, sus dogmas de fe, sus aprioris acerca del mundo, sus ingenieros de almas, sus pequeñas y malolientes ortodoxias, y sus sonrientes unanimidades borreguiles. No se olvide que existen muchas maneras de ser liberal, pero sólo una de ser oveja. En las antípodas de cualquier escolástica, para los verdaderos liberales como Vargas, la suya –la nuestra– es una doctrina que se somete a la realidad en lugar de pretender que sea ella, la realidad, quien se pliegue a sus designios. A fin de cuentas, lo mejor del canon liberal es que el canon liberal no existe. Razón de que puedan –podamos – discrepar en casi todo salvo en la obsesiva defensa del individuo frente al Estado. Sin tregua, como Vargas Llosa.


Libertad Digital - Opinión

El arte de contar. Por Fernando Rodríguez Lafuente)

«Mario Vargas Llosa retoma la concepción de la novela total, de la intrahistoria unamuniana —la historia de la gente, no la de los grandes acontecimientos de los manuales— y del curso lateral de la memoria, los tres elementos decisivos sobre los que se levanta esa sólida arquitectura literaria»

EL hecho misterioso de la literatura, así lo recordaba Borges en sus conversaciones, es que lo surgido de la imaginación de un escritor se convierta en la memoria de otro, el lector. No hay mayor don. Es algo mágico, extraño y extraordinario. Que los personajes creados, retratados por la rara alquimia de las palabras tomen vida en la mente de un lector anónimo e invisible, hasta transformarse en seres vivos, en nombres que la memoria recrea con mayor firmeza y presencia, casi física, que los reales. Pocos escritores lo poseen desde Homero.

En el siglo XX, los nombres que se han inscrito en hecho tan admirable forman parte de una estela imborrable: el John Marlowe de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, el Hans Castorp de La montaña mágica de Mann, el Leopold Bloom de Ulises de Joyce, el Gregorio Samsa de La metamorfosis de Kafka, el Swann de En busca del tiempo perdido de Proust, el Príncipe Salina de El Gatopardo de Lampedusa, el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno de Salinger, o el Zavalita, entre tantos otros, de Conversaciones en la catedral de Vargas Llosa. Personajes que tienen ya un lugar en la historia, y en la memoria de millones de lectores que los han alzado al secreto altar de lo más íntimo. Mario Vargas Llosa ya pertenecía a ese distinguido club de escritores, y ahora reconocido por ello con el máximo galardón literario, el Premio Nobel. Un acto de justicia que nunca llega tarde. Un premio a la constancia, a la sabiduría, a la sensibilidad, al sentido y a la voluntad. Vargas Llosa, más allá de su enorme condición de ensayista y hacedor de una obra intelectual imponente, es un fabulador, un contador de historias, un novelista que ha traducido en palabras lo más inquietante de la naturaleza humana. La búsqueda de los extraños laberintos urdidos en el interior de los personajes; unos errantes nombres perdidos en la maraña sin orden de una historia común que los desborda. Ya escribió Paolo Fabri que «es muy difícil ser contemporáneos de nuestro presente», pero contar el presente, en los términos precisos de una literatura plenamente contemporánea es el hallazgo del autor de La ciudad y los perros. Una literatura sin ambages ni retruécanos, sin falsa imposturas ni alambiques retóricos, con la prosa desbordante del Tirant lo blancde Martorell, con la melancolía desgarrada de Cervantes, con la psicología perturbada de Flaubert, con la claridad zigzagueante de Azorín, con los ambientes sórdidos y luminosos de Juan Carlos Onetti, pero, sobre todo, con la torrencial capacidad fabuladora de Joseph Conrad. Una capacidad plena de complejidades, de geografías en sombra, de fogonazos impertinentes que muestran y subrayan la soledad de un personaje ante la adversidad, la ambigüedad y el desasosiego, que el desesperado y errático siglo XX ha marcado en cada uno de ellos.


Para Mario Vargas Llosa, y él mismo ha recordado a menudo una advertencia de Ortega generadora de lo más profundo de su obra, «la historia es la realidad del hombre, no tiene otra», y con su obra el lector ha descubierto que, además, como señalara el historiador Henze, «la historia no tiene guión»; que, ante el espejo de la realidad, sin orden ni destino, la interpretación de unos hechos adquiere su mayor dimensión si la ficción se entromete para narrarlos con mayor profundidad, con mayor sentimiento, con mayor libertad. Es, sí, La verdad de las mentiras, un ensayo publicado por Vargas Llosa en 1990 en el que ya se reconocía el poder insoslayable de la novela como un género que dice verdad cuando todo es mentira. Si cabe entender, y cabe, que «cada autor inventa su público y crea su posteridad (…) y la escritura es lo otro, encarna el allá lejos y el cómo» (Adolfo Castañón), la obra literaria de Mario Vargas Llosa constituye un sólido edificio de arquitectura deslumbrante en el que la historia y la ficción han ocupado los salones más exquisitos de tan rotunda residencia en la tierra. Vargas Llosa no sólo ha creado un lector en español, y en múltiples lenguas, sino que ha indagado, con la precisión de un entomólogo chino —si se permite el private jokes borgiano—, en las más extrañas de las ambigüedades de la realidad contemporánea, siempre un punto más allá de lo que las aristas del presente presumen: siempre en el sugestivo ámbito liberal y libertario del quizá y el cómo. El vaporoso territorio de la memoria, el laberíntico y «mogollante» (Lezama Lima) trazo del tiempo, la recreación de unos fotogramas surgidos en la neblinosa y descorazonadora mirada hacia lo que pasó. Sus máximos ejemplos, además de los citados, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, a los que apunta, en idéntica genealogía, su próxima entrega, El sueño del celta. Es decir, «la novela como historia privada de las naciones» (Balzac). A lo largo de sus miles de páginas, el lector, siempre el centro de su intención literaria, asiste a lo que ocurre dentro y fuera de cada uno del centón de personajes que componen esta sinfonía, esta danza macabra de la existencia, esta contemporánea y carnavalesca danza de la muerte. Historia y ficción entran y salen, ante los ojos de un lector entregado ya a la trama sin fin, con la movilidad, con la ligereza, con la ágil descripción de unos acontecimientos, de unos interiores dibujados casi de perfil; son páginas en las que se mezclan y alternan las más granadas chispas periodísticas con el detonante de las descripciones precisas y concisas; los datos contrastados, examinados, investigados y las fechas implacables, con el documento histórico, el testimonio oral y escrito, la recreación ensoñadora y la música popular. ¿Qué hay en la novela que obligue al lector a olvidar las horas; que le nuble los contornos del lugar elegido para leer, que le haga sentirse dentro, y fuera a la vez, a la manera del espectador orteguiano, de cuanto ocurre en las páginas?

Como el propio Vargas Llosa confesara, la labor de reconstrucción histórica, el minucioso detalle, la irrupción en el extraño interior de cada uno le permite al novelista «mentir con conocimiento de causa». Claro que las novelas mienten, pero mintiendo expresan una curiosa verdad, la verdad de las mentiras, que sólo bajo la máscara —no olvide el avezado lector que «la máscara no engaña, subraya» (Malraux)— puede expresarse; llegar al íntimo rincón donde ningún documento lograra; bajo el disfraz de lo que no es, surge esa curiosa verdad disimulada, encubierta. El arte de contar. La magia de narrar. Mario Vargas Llosa retoma la concepción de la novela total, de la intrahistoria unamuniana —la historia de la gente, no la de los grandes acontecimientos de los manuales y de los periódicos— y del curso lateral de la memoria, los tres elementos decisivos sobre los que se levanta esa sólida arquitectura literaria. Un portento. La siempre visitada casa de la ficción que, como señaló, Henry James, «tiene un millón de ventanas». De las que asoman esos personajes creados para recordar que si la historia no tiene guión, al menos tiene memoria y tiene sentido. Misterioso, libre y fascinante; es decir, literario.


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