viernes, 18 de junio de 2010

Crisis. Riesgos y miedos. Por Agapito Maestre

Nadie cree en Zapatero, pero son pocos los que se atreven a dar un paso al frente para hacerse cargo de la extrema gravedad de la situación económica y política.

Dicen los ilusos que "el Gobierno se ha puesto a gobernar", pero ya es demasiado tarde. No conseguirá aplacar a nadie. Sindicatos, patronal, oposición, líderes europeos y, en fin, los terribles mercados piden la cabeza de Zapatero. No son suficientes las medidas de ajuste económico ni el decreto sobre el mercado laboral para detener los riesgos, los altos riesgos, que corre Zapatero. El presidente del Gobierno tiene los días contados en esta legislatura: dimite o convoca elecciones anticipadas.

Soy escéptico sobre esa opinión. He ahí dos motivos de mi escepticismo. Primero. El Gobierno sigue tan fuera de juego como hace dos años, pero sigue en el poder, gana tiempo y desconcierta a sus oponentes gracias a las imposiciones de la UE. Segundo. Es cierto que esas acciones llegan tarde para España, seguramente demasiado tarde, pero no para el Gobierno; pues que son esas medidas las que están dándole vida al propio Ejecutivo, por ejemplo, ayer, en Bruselas, Zapatero sacó pecho por la reforma laboral aprobada el miércoles, e incluso el FMI ha valorado muy positivamente las medidas de ajustes adoptadas por España.


No obstante, la crisis económica, sin duda alguna, puede acabar con este Ejecutivo, pero, por desgracia, también la propia envergadura de la crisis hace que los críticos de Zapatero se muestren cada vez más remisos e indolentes a la hora de pedir su cabeza. Para empezar, el PP ha dejado de pedir con insistencia el adelanto de las elecciones. Tampoco se le ve muy animado y contundente a la hora de pedir su dimisión. Y, por supuesto, son muy pocos, quizá ninguno, entre los políticos profesionales en activo que pidan un Gobierno de concentración nacional, que sería, en mi opinión, la mejor solución para empezar a salir de una crisis tan terrible.

Por lo tanto, nadie cree en Zapatero, pero son pocos los que se atreven a dar un paso al frente para hacerse cargo de la extrema gravedad de la situación económica y política. Esa baza no la desaprovechará un tipo como Zapatero. Su situación es de extrema debilidad política, pero la venderá como un triunfo. Todavía le quedan piezas para maniobrar, por ejemplo, supresión de algunos ministerios, remodelación del Gobierno, nombramiento de algún peso pesado de los socialistas, decreto sobre pensiones, etcétera, etcétera.

Sin embargo, quizá sólo haya un asunto que le resultará difícil ocultar a Zapatero, a saber, la intervención de la UE en la "suspensión de pago" de España. Sí, sí, España será intervenida más pronto que tarde por la UE como le sucedió a Grecia. De hecho, ayer, en la última reunión del Consejo de Europa, presidido por Zapatero, se hacían apuestas entre los periodistas y los políticos sobre cuál sería la mejor fecha para intervenir nuestra economía. ¿Qué pasará ese día? ¿Cómo reaccionará la opinión pública? Y, sobre todo, cuando llegue ese día, sí, cuando el Gobierno de España pida un crédito a la UE para pagar las deudas de España que vencerán el próximo mes, ¿qué hará el PP?


Libertad Digital - Opinión

La lección griega. Por Fernando Fernández

No me llamen antipatriota, pero estamos cometiendo el mismo error que Grecia, aunque esta vez con menos justificación.

EL Gobierno ha aprobado la esperada reforma laboral y no ha cambiado gran cosa. No ha variado la opinión de sindicatos y patronal, ni el voto de los partidos políticos. Tampoco el criterio de los analistas que, aunque subrayan que se ha perdido una gran oportunidad para modificar el marco de relaciones laborales, se han dividido entre los que ven motivo de alegría en que el decreto posibilita el descuelgue de los convenios colectivos y los que subrayan el mantenimiento de la tutela judicial efectiva; para entendernos, la presunción de culpabilidad del empresario y la consiguiente limitación a la flexibilidad interna y externa de las empresas.

Lo que no ha cambiado en absoluto es la imagen de la economía española, como demuestra que el diferencial de la deuda, ese árbitro implacable, siga por encima de 220 puntos básicos. Cierto que ayer el Tesoro pudo colocar la deuda, pero el precio pagado fue altísimo. Tan alto que ya son legión los que lo consideran insostenible.


Era ingenuo pensar que un hecho concreto podría hacer volver la confianza a los inversores que han tachado la casilla España. Pero eso no disminuye la magnitud del problema. Si todas las reformas ya han sido anunciadas tenemos un problema. Porque una de dos, o no hemos sabido venderlas, que es la tesis oficial, o algo nuevo habrá que inventar. Como la primera opción es pueril, literalmente de niño enrabietado, tendremos que ser más creativos, en economía y en política.

En economía no nos queda más que pedir ayuda internacional. No me llamen antipatriota, por favor, pero estamos cometiendo el mismo error que Grecia, aunque esta vez con menos justificación. Si los mercados están histéricos y han perdido el norte, si están castigando injustamente a España como dicen, si en definitiva estamos asistiendo a un contagio inmerecido, ¿por qué no acudir a los mecanismos especialmente dispuestos para este tipo de situaciones excepcionales?: el Mecanismo Europeo de Estabilización y la facilidad de crédito flexible del FMI. No hacerlo por orgullo o por evitarse el coste político no es, desde luego, en mi libro de estilo sinónimo de patriotismo precisamente. Confiar en que la gente de fuera va a entrar en razón es simplemente un suicidio a plazo, como el de Grecia. La historia de episodios internacionales similares es concluyente. Ningún país al que los inversores habían colocado en suspensión de pagos, ha recuperado nunca el crédito sin un shock externo. Salvo Brasil tras la crisis argentina, pero allí hubo unas elecciones, un cambio de gobierno y una auténtica revolución en lo económico.

Lo que me lleva para terminar a la política. Sin novedades profundas no habrá recuperación. Lo sabe el propio presidente que coquetea con un cambio de gobierno que incorpore criterio y respetabilidad a un ejecutivo errante, por mudable y equivocado. Puede funcionar, pero lo dudo sin que signifique también una mayoría parlamentaria estable. Un gobierno de coalición o unas elecciones anticipadas son las únicas alternativas razonables. Cuanto antes se decida el presiente mejor, porque los inversores no van cambiar de opinión por mucho que salgan bonitas palabras de Madrid y Bruselas.


ABC - Opinión

Reforma laboral. Jugar al pierde-gana. Por Emilio Campmany

Lo que no tiene sentido es que el PSOE vote a favor de la tramitación del Decreto-Ley como proyecto de ley, pues si esto fuera lo que el Gobierno quisiera, le hubiera bastado remitir a las Cortes precisamente eso, un proyecto de ley.

Es famosa la anécdota de Pío Cabanillas padre, quien, interrogado acerca del resultado de no sé cuál congreso de la UCD, contestó: "Aún no sabemos quiénes vamos a ganar". Eso mismo es lo que pretende hacer el PSOE, pero al revés. Zapatero podría muy bien decir, si le preguntaran por el destino que en el Congreso le espera al Real Decreto-Ley de la reforma laboral algo así como: "aún no sabemos quiénes vamos a perder".

Es completamente absurdo que el Grupo Socialista en el Congreso, que sostiene al Gobierno de Zapatero, vote a favor de que el Decreto-Ley se tramite como proyecto de ley.

En España existe formalmente la división de poderes. El Gobierno, por tanto, no puede hacer leyes. Ésta función está reservada a las Cortes. Sin embargo, para casos de urgencia, se permite que el Gobierno dicte decretos-leyes, que han de ser convalidados por el Congreso para tener plena validez. Cabe, no obstante, la posibilidad de que una mayoría de la cámara, estimando la urgencia de una regulación, entienda que la remitida por el Gobierno no es la correcta y prefiera, después de convalidar el decreto, tramitarlo como proyecto de ley por el procedimiento de urgencia para darse la oportunidad de introducir enmiendas. La posibilidad está expresamente prevista en el artículo 86.3 de la Constitución: "Durante el plazo establecido en el apartado anterior (treinta días), las Cortes podrán tramitarlos (los decretos-leyes) como proyectos de ley por el procedimiento de urgencia".


Por eso, se hacen dos votaciones en el Congreso, una para convalidar el Decreto-Ley y otra, para el caso de haberlo sido, con el fin de decidir si se tramita como proyecto de ley o queda convalidado tal cual lo redactó el Gobierno.

La tramitación como proyecto de ley es un peaje que puede imponer la oposición cuando considere que la materia exige la urgencia legislativa, pero desaprueba el concreto modo en que propone regularla el Gobierno. Lo que no tiene sentido y carece de toda lógica es que el partido del Gobierno vote a favor de la tramitación del Decreto-Ley como proyecto de ley, pues si esto fuera lo que el Gobierno quisiera, que se tramitara como proyecto de ley, le hubiera bastado remitir a las Cortes precisamente eso, un proyecto de ley con petición expresa de que se tramitara por el procedimiento de urgencia, exigencia que las Cortes están obligadas a cumplir.

Entonces, ¿por qué no lo han hecho? Por un lado no podían limitarse a hacer un proyecto de ley porque la Unión Europea exige que las medidas entren en vigor de inmediato y, por otro, tienen que votar a favor de la tramitación como proyecto de ley para que no se note que es la oposición quien lo impone. Es como si, en cualquier otro asunto, el grupo parlamentario socialista votara contra el Gobierno para que no se note que el Gobierno pierde una votación.

Pero como el que mucho abarca poco aprieta, el resultado es que la reforma laboral que Zapatero ha presentado este jueves en Bruselas serán unas páginas del BOE que dicen que entran en vigor el mismo día de su publicación, aunque la realidad será que no es más que un proyecto de ley que en un mes puede tener un contenido muy diferente. ¿Será capaz de engañarles tan burdamente? Si lo consigue, chapeau.


Libertad Digital - Opinión

Europa, más Europa. Por César Alonso de los Ríos

España llegó tarde a Europa y se nota.

Es algo que se pone de manifiesto en los debates sobre la salida de la crisis. Por ejemplo, oímos constantes lamentaciones sobre la pérdida de nuestra «soberanía·. ¿Soberanía dentro de la UE? Me resulta inquietante desde el punto de vista institucional y político. Cuando, en todo caso, deberíamos aspirar a verdadero gobierno europeo, a un gobierno efectivo ¿se puede aceptar que dirigentes de partidos se quejen de la subordinación de España a políticas comunitarias? No son raras las críticas de comentaristas políticos a las «imposiciones» de Bruselas y no precisamente a la tardanza del Gobierno de ZP en obedecer las recomendaciones. Pero si esto fue desidia, incapacidad o simplemente cerrilismo ¿qué decir de quienes estarían dispuestos a echarse al monte, esto es, a la autarquía? Porque la línea del debate de fondo está siendo tal que algunos han tenido que recurrir a las consignas de Ortega para defender su europeísmo. En estos momentos de desolación echo de menos un sujeto político europeo, un real gobierno europeo, una Europa no ya confederal sino federal, un gran Estado plurinacional, con una política fiscal.

En estas horas inquietantes mi desolación ha tenido un momento de alivio al leer un texto de Amin Maalouf que quiero trasladar a mis lectores, quizá tan necesitados de ánimo como yo. Escribe el novelista libanés en «El desajuste del mundo» lo siguiente: «Cuando recorro con la vista las diversas regiones del globo, es precisamente Europa la que menos me preocupa… calibra mejor que las demás la amplitud de los retos a los que tiene que enfrentarse la humanidad… cuenta con los hombres y con las entidades necesarias para tratar el tema eficazmente y, de este modo, aparejar soluciones… implica un proyecto de agrupación y un marcado desvelo por la ética por más que a veces parezca que asume ambos con menos bríos». Que así sea.

ABC - Opinión

Crisis. El protectorado español. Por Florentino Portero

Hace bien Mariano Rajoy en reconocer que se prepara para escenarios distintos, porque no está nada claro que Rodríguez Zapatero pueda soportar los embates que la realidad, que tanto ha hecho por crear, le depara.

Cuentan las crónicas que en las vísperas del Desastre de Cuba los madrileños acudieron con pasmosa tranquilidad a una tarde más de toros, como si nada relevante estuviera en juego, como si su mundo estuviera garantizado. No fue algo excepcional. Los historiadores chocan, una y otra vez, con ejemplos semejantes de insensatez colectiva. ¿Cómo explicar la alegría liberadora con la que los jóvenes europeos fueron a la I Guerra Mundial, esa guerrita que iba a ser tan breve como resolutiva? El paisaje urbano de nuestras ciudades a primeras horas de la tarde del miércoles pasado es un ejemplo más de esa tendencia del ser humano a no querer ver aquello para lo que no tiene, o no quiere tener, respuesta.

Después de más de treinta años de practicar una diplomacia dirigida a "situar a España en el puesto que le corresponde" nos encontramos en el umbral de que se establezca en nuestro país algo parecido a un "protectorado económico", por el que el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea impondrán un ajuste económico a cambio de una garantía de financiación. Es el fracaso de una nación que, tras conquistar posición y prestigio, se ha comportado de forma irresponsable hasta sufrir finalmente una crisis de solvencia que pone en peligro la propia pervivencia del euro.


La crisis a la que tenemos que hacer frente es grave y compleja. Grave porque supone ajustar nuestra capacidad económica a la realidad, lo que implica reconocer que nuestro nivel de vida bajará, que nuestras pensiones se reducirán, que nuestra Sanidad no podrá mantener sus prestaciones... Estamos endeudados y en paro, una encrucijada de difícil salida que requerirá liderazgo y energía. Compleja porque se combinan planos distintos. Hay una crisis económica general con perfiles propios en cada país; el proceso de integración europeo ha embarrancado; la viabilidad del euro no está asegurada; el modelo de administración autonómica y local es insostenible; y, por último, tenemos el peor de los gobiernos que imaginarse pueda.

Nuestra irresponsabilidad, no sólo la de nuestro presidente, nos ha llevado a donde tristemente nos encontramos. Vamos a perder el control de nuestra política económica, pero eso no resuelve todos nuestros problemas. ¿Quién va a dirigir el ajuste? El Partido Socialista tiene mayoría en la Cámara y no hay elecciones generales previstas hasta dentro de dos años. Esto nos plantea a algunas preguntas básicas: ¿será Rodríguez Zapatero capaz de llevar adelante el ajuste que se nos va a imponer? A la vista de lo que le ha costado la pequeña reforma del mercado laboral podemos dudarlo: ¿tendrá la visión, la disposición y el apoyo parlamentario suficiente para dirigir la reforma del estado autonómico? Es poco probable. ¿Podrá nuestro presidente soportar las fortísimas tensiones que tanto el Gobierno como la sociedad van a sufrir en los próximos meses: derrumbes bursátiles, debacles electorales, pérdida de confianza popular? No le será fácil. ¿Aceptarán los "notables" socialistas un guión que les aboca a la autodestrucción en dos años? Puede ser.

Cualquiera puede comprender la estrategia seguida por el Partido Popular, tendente a forzar al actual Gobierno –primer pero no único responsable de la crisis en la que nos encontramos– a sacarnos del callejón en que nos ha metido, cociéndose de paso en su propia salsa. No es éste momento para convocar elecciones generales, ni la agenda política lo facilita ni la coyuntura aconseja más demagogia. Es tiempo de aprobar medidas drásticas para reanimar una economía seriamente dañada y quién mejor que un presidente amortizado. Una política con resabios del Antiguo Testamento pero que puede verse, como tantas otras cosas, desbordada por la riada que se nos viene encima. Hace bien Mariano Rajoy en reconocer que se prepara para escenarios distintos, porque no está nada claro que Rodríguez Zapatero pueda soportar los embates que la realidad, que tanto ha hecho por crear, le depara. Pero prepararse es mucho más que mentalizarse, condición previa pero insuficiente. ¿Tiene el PP un plan para reformar la España de las autonomías, a cuya quiebra ha colaborado como el resto de las fuerzas políticas? ¿Están dispuestos a asumir la impopularidad de aplicar un ajuste drástico al dictado de entidades extranjeras? ¿Han elaborado un discurso para dirigirse a la sociedad y explicar la política que tendrán que hacer? A la vista del populismo neo-peronista del que vienen haciendo gala los portavoces de Génova no tenemos por qué ser optimistas.

El tiempo vuela y el momento de la verdad puede estar a la vuelta de la esquina.


Libertad Digital - Opinión

El Gobierno que viene. Por M. Martín Ferrand

Cabe sospechar, en razón de la idiosincrasia del personaje, que será un nuevo Gobierno viejo.

ZAPATERO, convertida en mueca su vieja sonrisa, la del talante, culmina su semestre como presidente de la Unión Europea sin haber conseguido ninguna de las grandes metas que se había propuesto, y nos había anunciado, para bien aprovechar su posibilidad planetaria. Tal y como está Europa —tan funcionarial, tan anquilosada— no se puede hablar de ridículo, pero cerca le anda no haber culminado ni una sola de las grandes cumbres programadas. Ahora, tras haber oficiado como partero de una «reforma laboral» que tampoco pasará a la tabla de los momentos culminantes de nuestra Historia, ya solo le queda a José Luis Rodríguez Zapatero preparar —¿perpetrar?— el Gobierno con el que poder llegar, sin salir de La Moncloa, hasta las elecciones de 2012. Cabe sospechar, en razón de la idiosincrasia del personaje que será un nuevo Gobierno viejo.

José María Carrascal, revestido de filósofo en su magnífica autobiografía apócrifa de José Ortega y Gasset, le hace decir a su biografiado: «Un liberalismo socializado en una sociedad liberalizada era nuestro lema» —a finales del 1917, cuando con Félix Lorenzo y Nicolás María de Urgoiti, preparaba la salida del diario El Sol—. De ahí vienen siempre los líos, de la confusión y de las mezcolanzas complacientes. Pretendía un periódico diferente, una política diferente y una España diferente... y les salió todo demasiado diferente. ¿No nos bastaría con ser, más o menos, iguales que los más notables y prósperos de los países de nuestro entorno continental? En el caso del Gobierno de Zapatero, si no es realmente diferente del actual no será Gobierno. Ejercerá como tal, pero sin más orden ni concierto que el de una voluntariosa e inexperta muchachada atemperada por tres viejos felipistas, Alfredo Pérez Rubalcaba, Manuel Chaves y Ángel Gabilondo.

La selección de personal no es, por lo que llevamos visto, la mejor habilidad de Zapatero; pero, nombres al margen, si su próximo Gobierno no prescinde de dos vicepresidencias y, por lo menos, cuatro Ministerios —Ciencia y Tecnología, Cultura, Vivienda e Igualdad— estaremos hablando de maquillaje y no de propósito de la enmienda. Será difícil que quien ha evidenciado gran aversión a la excelencia resulte capaz de rodearse de los mejores; pero supondrá un avance que no lo haga, como ahora, de una selección de los peores. Ya veremos y nos divertiremos, sobre todo, con el nuevo emplazamiento de José Blanco, pretendido hombre de Estado de lunes a viernes y feroz sectario en los fines de semana. «En España —vuelvo a citar a Carrascal-Ortega— por no pasar nunca nada, cuando pasa, siempre hay riesgo de que pase todo».


ABC - Opinión

El grito de Toxo (CCOO) y el partido de los trabajadores (PP). Por Antonio Casado

En este debate barato y palabrero que despachan a diario los medios de comunicación, rendidos a la última ocurrencia del político más pizpireto o el tertuliano más faltón, la descarga verbal del día viene firmada por el secretario general de Comisiones Obreras, Ignacio Fernández Toxo. Como diría el colega Carlos Herrera, la frase pide mármol: “Estamos sin dirección política, económica y laboral, y se necesita un cambio importante de Gobierno”.

Ya no están solos los dirigentes del PP en su esforzado papel de cronistas de la cuenta atrás. Toxo tampoco es partidario de Zapatero. Al menos d este Zapatero del ajuste que nos desajusta, el que rompió con sus votantes al anunciar en el Congreso el hachazo brutal, el golpe helado, a los funcionarios, los pensionistas, las mamás lactantes y los pobres del Tercer Mundo. El mismo Zapatero que, según Toxo, ha legitimado con su reforma del mercado de trabajo la huelga general convocada por los sindicatos para el día 29 de junio.


¿Y eso por qué? Porque esa reforma “solo servirá para crear más paro”, dijo ayer en la radio el líder de CC OO, en sintonía con las valoraciones que durante estás últimas cuarenta y ocho horas hemos venido escuchando en boca de los dirigentes del PP. El propio Mariano Rajoy se mostraba ayer en Bruselas muy escéptico sobre la posibilidad de que la reforma laboral que hoy entra en vigor sirva para crear empleo. Pero la coincidencia, que viene a cerrar un inesperado bucle, es plena en lo que se refiere a conjugar el síndrome del piloto borracho con la necesidad de un cambio urgente en la cabina de mandos.

Ahora lo entendemos. Por fin el PP se quita la careta y muestra su verdadero rostro de partido comprometido con la causa de los trabajadores. De los trabajadores, ojo, no de los sindicatos, y menos de los “liberados”, como inmediatamente matizarían Esperanza Aguirre, en formato político, y mi amigo Miguel Angel Rodríguez, en formato mediático.

Bueno, vale, dejémoslo en las palabras de la secretaria general del partido, Maria Dolores de Cospedal: “El PP es el partido de los trabajadores”. Pero no demos cuartos al pregonero. O sea, a la vicepresidenta del Gobierno, Fernández de la Vega, cuando nos previene del riesgo: el principal partido de la oposición puede enredarse en las obsoletas doctrinas del marxismo-leninismo. Que no cunda el pánico. Aunque uno se queda más tranquilo al escuchar a un conocido dirigente empresarial sobrado de lucidez. Lo decía ayer a mediodía en una conversación privada: “¿Qué por qué Cospedal dice que el PP es el partido de los trabajadores? Muy sencillo, porque a la hora de votar los trabajadores son muchos más que los empresarios”.

Ah, bueno. Nos quita un peso de encima. Lo cual no impide al PP esté feliz con el hecho de que los sindicatos se sumen a la patriótica tarea de seguir contando las horas que faltan para el hundimiento. Uff.


El Confidencial - Opinión

Reforma laboral. Zapatero y el puro de Churchill. Por Cristina Losada

¿Qué se fizo de tanto galán que en plazas y ruedos clamaba contra el abaratamiento del despido que pretendía la derecha de la mano de la patronal? Pues ahí están, frescos y sobrados como si los hechos nunca dejaran de darles la razón.

El veterano Zapatero le da consejos al novato Cameron. Los hombres mayores, escribió La Rochefoucauld, gustan de ofrecer buenos consejos para consolarse de que ya no pueden dar mal ejemplo. No es, desde luego, el caso del presidente. Siempre ha mantenido a alto rendimiento su capacidad para elegir el camino equivocado. Precisamente así lo ha hecho en todo cuanto acaba de recomendar al premier británico. Haga el ajuste y las reformas "cuanto antes y lo más ampliamente posible", le predicó el gobernante socialista que ha dilatado hasta la agonía el instante de emprender una mínima reducción del gasto público y una abstrusa reforma laboral. Pero la gracia que adorna a la izquierda reside ahí; en dotarle a uno de confianza inextinguible en que puede y debe dar lecciones. Al prójimo, por supuesto.

Zapatero aplicó con tal ejemplaridad las instrucciones que le ha impartido a Cameron que, durante dos años, delegó la responsabilidad de la reforma en quienes no podían ni debían aprobarla. La hurtaron al parlamento, ellos, que tanto encomian la política ("la política vence a los mercados") y el resultado es que ha de ir allí en forma de farragoso texto y semillero de confusiones. Pero que la letra pequeña no oculte la grande. Mientras se hace la necesaria exégesis de los treinta y nueve folios, la noticia está en la calle: el despido se abarata. Y sea ello real o virtual, lo cierto es que se ha roto uno de los tabúes más inviolables que regían en España desde la época de Franco. Abaratar el despido era anatema, pecado, verboten y, de la noche a la mañana, resulta un concepto imbuido de razonabilidad.

Así, como quien no quiere la cosa, ha caído otro de los baluartes del socialismo de Atapuerca y Zapatero ha perdido una seña de identidad más. Se ha quedado sin el puro, como Churchill. A Sir Winston se lo quitaron con el photoshop y el presidente se hace el photoshop quitándose uno de los amuletos de su política sosial. ¿Qué se fizo de tanto galán que en plazas y ruedos clamaba contra el abaratamiento del despido que pretendía la derecha de la mano de la patronal? Pues ahí están, frescos y sobrados como si los hechos nunca dejaran de darles la razón, sentando cátedra en el mundo mundial.


Libertad Digital - Opinión

Fomento del despido. Por Ignacio Camacho

Para que se note un toque socialdemócrata el Gobierno ha añadido por su cuenta… ¡el despido subvencionado!

VA a ser una escabechina. La reforma laboral teóricamente destinada a estimular el empleo ha acabado, por mucho que se trate de disimular con el eufemismo de la «flexibilización», en un decreto de fomento del despido. El pendulazo zapaterista ha pasado de negarse en redondo a tocar la protección de los trabajadores a dejarlos en la más desapacible de las intemperies; el líder rojo de los mineros de Rodiezmo ha alumbrado un marco legal que parece inspirado en el radicalismo liberal de Margaret Thatcher. Eso sí, para que se note un toque socialdemócrata el Gobierno ha añadido por su cuenta… ¡el despido subvencionado!, aunque la subvención sea sólo aparente (en realidad se trata de un prorrateo de costes) toda vez que el Fogasa lo nutren los propios empresarios. Ayudas oficiales para despedir gente: esto lo hace un gobierno de derechas y los sindicatos le queman el país por los cuatro costados.

Zapatero, que en su anterior y tan reciente etapa proteccionista insistía en que las reformas laborales no crean empleo, podía haberse conformado en su turboconversión con redactar una que al menos no lo destruyese. Al permitir a empresas en pérdidas —«con resultados negativos» dice el oscuro y ambiguo texto— el despido de empleados con 20 días de salario por año en lugar de los 45 vigentes, y crear además un nuevo contrato de indemnizaciones más bajas (33 días), el decretazoabre la puerta a una criba masiva del actual mercado de trabajo y constituye casi una invitación a reconvertir el tejido laboral. Cualquier asalariado con cierta antigüedad se vuelve sospechoso en una circunstancia en que la mayoría de las empresas están en apuros; sólo la tutela judicial podrá impedir, y ya veremos cómo, la liquidación efectiva de los derechos adquiridos.

Todo esto lo acaba de propiciar un sedicente Gobierno socialista, reconvertido por la necesidad de mantenerse en el poder tras haber fracasado en una política de despilfarro. El presidente que blasonaba de rojerío biográfico y vocacional ha triturado la protección laboral envainándose sin tapujos sus falaces proclamas retóricas, mientras sus amigos sindicalistas aplazan las protestas para no molestar hasta después del verano. Y la cúpula patronal se queja con la boquita chica; Zapatero y Díaz Marsanshan demostrado ser perfectamente complementarios. Se necesitaban dos líderes así para urdir esta chapuza.

Falta por saber la opinión del nuevo Partido de los Trabajadores, el PP reconstituido, facción cospedalista. Los nacionalistas catalanes ya han dicho que no le pondrán obstáculos al engendro; Durán Lleida podrá hacer otro discurso tremebundo que acabará echándole un cable a Zapatero. Los empresarios de su tierra se lo agradecerán y los democristianos son como Dios, ya se sabe: aprietan pero no ahogan.


ABC - Opinión

Zapatero, el escorpión

No podemos ser optimistas. Como buen progre de manual, cuando Zapatero nos llamaba "antipatriotas" en realidad nos acusaba de lo que él mismo es. Jamás reconocerá que la única salida de España es su marcha del Gobierno, ni le importa.

Resulta un ejercicio arriesgado ese de confiar en Zapatero, tanto que en Libertad Digital jamás nos hemos animado a practicarlo, y mucho menos en materia económica. Hemos criticado su irresponsabilidad incluso cuando las vacas estaban lozanas y daban leche de sobra, y hemos seguido haciéndolo cuando calificaba de antipatriotas a quienes advertíamos del desastre que se nos venía encima. Zapatero es un sectario deseoso de destruir la sociedad para intentar reconstruirla a su antojo, sí, pero en materia económica es sobre todo un inútil incapaz de entender cómo funciona el mercado y cómo solucionar los problemas que ellos mismos han creado.

Sin embargo, ha habido muchos que a partir de mayo decidieron darle un voto de confianza. No porque les pareciera la mejor persona para dirigir nuestros destinos, sino porque consideraban que al estar intervenidos de hecho por Alemania, Francia y Bruselas no tendría más remedio que hacer las reformas pertinentes, asumir el coste político y esperar a que para 2012 los españoles de izquierdas hubieran olvidado la afrenta. Otro presidente hubiera tenido que enfrentarse con una contestación mucho mayor por el mero hecho de ser de derechas. Así que lo mejor era que Zapatero hiciera lo que debía hacerse.


Será difícil mantener esa ficción tras el paripé de la reforma laboral. Zapatero se empeña en venderla ante el resto de Europa como la reforma que España realmente necesita, pero el texto del BOE mantiene en esencia los mismo defectos que hacen de nuestro mercado de trabajo uno de los más encorsetados del mundo. Tenga éxito o no en el empeño, ha dejado claro que no es otra cosa que el escorpión de la fábula de Esopo, que picó a la rana que lo ayudaba a cruzar el río, condenando a ambos a una muerte segura, porque era "su naturaleza". Del mismo modo, Zapatero no puede evitar la demagogia izquierdista en su política económica, aunque hunda España y, con ella, todo eso que llama "avances en derechos sociales".

Así, pese a que nuestros principales bancos pueden sacar pecho tras reconocer la Unión Europea su solvencia, tanto ellos como el resto del sistema financiero se veían obligados a recurrir al BCE para encontrar financiación, al negarles el resto de los bancos europeos el dinero que necesitan para refinanciar sus deudas. Parece claro que el problema no está en su solvencia, sino en que nadie confía ya en España ni, por tanto, en las empresas españolas. Un problema que sólo podría solucionarse si desapareciera Zapatero y todo su Gobierno y llegara alguien que, al menos, llevara algo de incertidumbre a lo que hoy es una certeza más allá de nuestras fronteras.

No podemos ser optimistas. Como buen progre de manual, cuando Zapatero nos llamaba "antipatriotas" en realidad nos acusaba de lo que él mismo es. Jamás reconocerá que la única salida de España es su marcha del Gobierno, ni le importa. Nunca quiso otra cosa que el poder, y nada más le interesa. Seguirá intentando hacer lo menos posible, como ya hemos visto con los mínimos y desacertados recortes del déficit y la mínima y desacertada reforma laboral recién aprobada, con la esperanza de mantenerse en el poder. Pero como el escorpión de la fábula, debería llevar a cabo las reformas profundas y de calado que tiene la cara de aconsejar a Cameron, porque sólo eso permitiría a la economía remontar el vuelo y recuperar, quizá, el apoyo perdido de su electorado. Pero Zapatero nunca llegará a la otra orilla; es su naturaleza. Lástima que los españoles estemos haciendo el papel de rana.


Libertad Digital - Opinión

La agonía del Gobierno

Terminada la presidencia europea, ya no le quedan más metas volantes al Gobierno ni excusas para reclamar a la oposición silencios patrióticos.

EL Consejo Europeo celebrado ayer puso fin a la triste y vacía presidencia española de la Unión Europea, una oportunidad que el Gobierno vendió como la ocasión propicia para relanzar la imagen maltrecha del presidente Zapatero, entre anuncios solemnes sobre el liderazgo progresista bipolar con Barack Obama y el magisterio social que iba a impartir entre sus socios europeos. El balance de este semestre merece, sin duda, una valoración sosegada, porque demuestra que España se ha quedado descolgada diplomáticamente de todas sus áreas naturales de actuación internacional. Por ahora, es suficiente comprobar cómo circula el nombre de España por los circuitos políticos y económicos europeos. Ayer, la noticia fue que no se iba a hablar de España y de su crisis en el Consejo Europeo, como si ser invisible fuera para nuestro país la mejor opción en este momento. Por desgracia, puede que así sea después de unas semanas en las que España ha sido objeto de gravísimos pronósticos acerca de su solvencia financiera. Ciertamente, los supuestos preparativos del rescate europeo de España han sido rotundamente desmentidos desde Bruselas, lo cual obliga a acoger con prevención algunos análisis apocalípticos. En todo caso, que esos avisos fueran, al parecer, infundados no significa que la situación real de la economía española sea mejor que la que refleja la desconfianza de los mercados. Por lo pronto, a pesar de las medidas anticrisis y de la reforma laboral, el Tesoro español tuvo que pagar por encima del cinco por ciento su deuda y el diferencial con el bono alemán supera los 220 puntos. En estos datos no hay más que un diagnóstico frío sobre la confianza que merecemos.

Y este es el principal problema de España para engancharse a una recuperación colectiva de las principales economías occidentales: que el Gobierno socialista no inspira seguridad ni certidumbre. Incluso la reciente reforma laboral publicada ayer por el Boletín Oficial del Estado es objeto de controversia en el Gobierno y el PSOE, porque de uno y otro salen mensajes contradictorios acerca de si será o no modificada durante el procedimiento parlamentario de su proyecto de ley. Si el propio Gobierno y su partido no saben exactamente qué futuro espera a esta reforma, será difícil que los mercados se animen y que los trabajadores y los empresarios empiecen ya a utilizar intensamente sus modificaciones.

El único consenso que ha logrado el Gobierno se refiere a su agotamiento político. Ayer mismo, el secretario general de Comisiones Obreras, Ignacio Fernández Toxo, reconoció que «España necesita un cambio de Gobierno». Todo aparenta que habrá crisis gubernamental a corto plazo, aunque este cartucho ya lo quemó Zapatero cuando cambió al equipo económico de Pedro Solbes por el de Elena Salgado. Un movimiento de entrada y salida de ministros, con alguna supresión ministerial incluida, carece de sentido cuando la causa del problema afecta estructuralmente al proyecto político de Rodríguez

Zapatero para España, porque es un proyecto agotado en todas sus instancias. Cambiar ministros para que todo quede igual, ganar unas semanas de tregua por aquello del beneficio de la duda que merezcan los incorporados son ventajas irrisorias y efímeras que no resisten la carencia de un plan de dirección política que fije objetivos, precise los sacrificios y ofrezca esperanzas.

Terminada la presidencia europea, ya no le quedan más metas volantes al Gobierno ni excusas para reclamar a la oposición silencios patrióticos. Zapatero se las tiene que ver con España, tal y como está nuestro país. En estas circunstancias la única crisis de Gobierno admisible es la dimisión de su presidente y la convocatoria de elecciones anticipadas. Las razones del porqué de este adelanto son evidentes. La carga de la prueba recae en quien afirme que a este Gobierno aún le queda margen de maniobra para tomar decisiones, ejercer liderazgo y comprometer a los ciudadanos en una etapa de sacrificios. Quien, como Rodríguez Zapatero, le ha venido negando sistemáticamente a España las oportunidades de amortiguar la crisis con medidas que debieron tomarse hace años no tiene argumentos creíbles para defender el agotamiento de su mandato en 2012. Sólo un pura y simple voluntad de permanecer en el poder a toda costa, y sin dar a los españoles el derecho a decidir sobre políticas que no pudieron votar en 2008, explica esta contumaz y dolorosa agonía del Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero.


ABC - Editorial

jueves, 17 de junio de 2010

Razonables y menos retrasados. Por Valentí Puig

Nuestra precariedad en la eurozona no es un banderín de enganche para la europeidad.

EL afán de contentar a todos para que le quieran y voten no le conseguirá a Zapatero un suplente de la voluntad política. O se tiene o no. O se actúa o no. De lo contrario, harán la reforma laboral la eurozona y el Fondo Monetario Internacional. Al final lo más claro es la necesidad existencial de ser más productivos y competitivos para remontar bien la crisis. Tanta autocomplacencia perjudica el potencial de innovación, educativo, empresarial, económico. En un reciente análisis sociológico, Víctor Pérez Díaz argumenta que la insuficiencia actual puede ser la oportunidad para un paso adelante que libere creatividad. Un obstáculo es la baja calidad del debate público, por lo que necesitaríamos una esfera pública de calidad. Esa argumentación sugiere reforzar una motivación que arraigue en las virtudes que son necesarias para una sociedad razonable. Habla de un patriotismo moderado frente al espejismo —al mito— de la nación avanzada que ya alcanzó la hiper-modernidad.

Al analizar la cuarta edición de la Encuesta Europea de Valores, Javier Elzo subraya que la confianza social ha empeorado hasta el punto de que siete de cada diez encuestados no consideran que se pueda confiar en la mayoría de la gente. Los datos son de 2008. El índice de desconfianza no habrá mejorado en los dos últimos años, sino más bien al revés. Partíamos, en 2008, de una situación en la que los encuestados preferían un trabajo con contenidos de mayor gozo inmediato, aún a costa de un menor desarrollo profesional. Dos años después, contemplamos un posible horizonte de cinco millones de parados, de destrucción de riqueza y de inseguridad.

Respecto a los partidos políticos, ya entonces —en 2008— avanzaba la falta de confianza. También respecto a los sindicatos, la justicia y las grandes empresas. No calaba la relevancia de la vida política en la vida de las personas. Significativamente, el sentimiento europeísta tampoco calaba. No parece que haya empapado más la sociedad española desde 2008, y nuestra precariedad en la eurozona no es un banderín de enganche para la europeidad, a pesar de los beneficios que ha representado —y representa— para la España la integración europea.

Esas cosas requieren de debates claros, de opinión articulada, de una sociedad con interés por la realidad exterior, y para un debate consecuente, Víctor Pérez Díaz pide que las gentes sensatas hablen de lo que saben y no de lo que ignoran. Eso, ciertamente constituiría una revolución. Es decir: hacer uso de la ecuanimidad, escuchar a los demás, y que uno proteja «a sus propios adversarios como una parte sustancial de su comunidad política», en lugar de «convocar a una cacería humana». Estamos lejos de un objetivo así, preferimos lo blanco o lo negro pero también es cierto que el zapaterismo ha sido un factor de mucho peso para que el debate fuera como es, que a veces parezca tan impropio de «personas cuidadosas con la verdad de las cosas». Lo evidente es que ya no quedan más burbujas para ha
llar un cobijo placentero. Ahora los grandes riesgos son la desconfianza y el retraso.


ABC - Opinión

Reforma laboral. Una reforma virtual. Por Emilio J. González

Lo que se está haciendo en realidad no es abaratar el coste del despido sino forzar a las empresas a provisionar por anticipado parte del mismo en forma de mayores cotizaciones, lo que sólo incrementa los costes.

Lo virtual está de moda. La realidad virtual, las fusiones virtuales de cajas de ahorros y, ahora también, las reformas estructurales virtuales, porque sólo así cabe calificar a los cambios en la normativa laboral que acaba de aprobar el Consejo de Ministros. Sobre el papel, que todo lo aguanta, parece que el Ejecutivo va a abaratar el despido, y lo va a hacer no sólo para los nuevos contratos, sino para todos los existentes. En la práctica, lo más probable es que todo se quede como está o, incluso, se incrementen los costes para las empresas. Se trata, una vez más, de esa política de Zapatero de tratar de engañar a todo el mundo, mercados incluidos, haciendo ver que hace mucho cuando, en realidad, y en el mejor de los casos, todo se queda en agua de borrajas.

Según lo aprobado por el Gobierno, las empresas con dificultades económicas podrán reducir su plantilla con un coste por despido igual a 20 días por año trabajado. En apariencia eso está bien, pero ahora vienen los problemas. El primero de ellos es que el Gobierno insiste en que deben darse causas objetivas para que una empresa se pueda acoger a esta fórmula.


El problema, una vez más, es que no define cuáles son dichas causas, que es lo que tendría que hacer, y lo deja todo a la libre interpretación de los jueces de lo social quienes, por norma general, tienden a dar sistemáticamente la razón al trabajador. Sin esa clarificación de las causas objetivas, es muy difícil que cambien las cosas y a lo único que puede conducir es a un incremento de la litigación entre despedidos y empresas, con el consiguiente coste para éstas últimas. De esta forma, lo que se pretende como una medida de abaratamiento del despido, al final no es tal si no viene acompañada de lo que tiene que venir acompañada.

Después está la cuestión de los seis meses en pérdidas que debe acreditar una empresa para poder acogerse al despido de 20 días. Una gran compañía sin duda puede aguantar ese periodo y mucho más antes de reducir su plantilla. El problema es que, en España, el 90% del tejido empresarial está formado por pymes, muchas de las cuales no tienen capacidad para aguantar un periodo tan largo de tiempo si sus cuentas registran números rojos, con lo cual, si quieren sobrevivir, no les quedará más remedio que, de ser necesario, proceder a reducir su plantilla en un periodo mucho más corto, lo cual las deja fuera de los supuestos beneficios de esta reforma.

En tercer lugar, el Gobierno dice que el Fondo de Garantía Salarial se hará cargo del pago de ocho días en la indemnización por despido, sea cual sea el tipo de contrato y sea cual sea la causa de extinción de la relación laboral. Teóricamente, por tanto, parece que con esto también se abarata este coste. Sin embargo, surge inmediatamente una cuestión obvia: si el Estado no tiene un euro en sus arcas y si tiene que realizar importantes esfuerzos de ajuste presupuestario, ¿de dónde va a salir el dinero para abordar esos pagos? Mucho me temo que de donde piensan todos ustedes, esto es, del bolsillo de los empresarios en forma de mayores cotizaciones al desempleo. De ser así las cosas, como me sospecho que serán, lo que se está haciendo en realidad no es abaratar el coste del despido sino forzar a las empresas a provisionar por anticipado parte del mismo en forma de mayores cotizaciones empresariales al desempleo, lo cual incrementa los costes laborales cuando lo que es preciso en estos momentos es reducirlos para poder recuperar competitividad y mantener los puestos de trabajo.

La propuesta de reforma, además, no aborda dos cuestiones fundamentales. La primera de ellas es la modificación de las condiciones de contratación, esencial para poder crear empleo, sobre todo entre los jóvenes, los parados menos cualificados y los desempleados mayores de 45 años. Para impulsar la contratación no basta sólo con reducir el coste del despido, cosa que, por lo que hemos visto, parece que no se va a hacer, sino que es preciso incidir también en esos elementos relacionados con la incorporación a un puesto de trabajo, en especial los relativos a todos los componentes del coste laboral, que dejan fuera del mercado a tantos jóvenes, a tantas personas poco cualificadas y a tantos mayores. La segunda es la negociación colectiva. Su descentralización, para situarla al nivel de las empresas, es del todo punto necesaria para que su contenido se adapte a la realidad de cada compañía. No basta, como hace esta reforma, con introducir posibilidades para descolgarse de los acuerdos sectoriales centralizados porque esta posibilidad se abre para casos muy concretos, cuando debería ser la norma. Sin embargo, el Gobierno no se ha querido meter en este charco porque significaría acabar de un plumazo con gran parte del poder de los sindicatos en España, esos sindicatos que han convocado una huelga general para el próximo otoño sin alegar verdaderas razones que lo justifiquen. Esto lo tendrían que haber hecho hace tiempo para protestar por la falta de interés del Ejecutivo por tomar medidas que frenasen la escalada del paro. Sin embargo, este no es el motivo. Lo hacen para protestar por una reforma laboral que, en última instancia, no es tal y que si se hiciera como se debe hacer sería muy positiva para la generación de empleo.

En resumen, todo esto no es más que una reforma virtual, sin verdadera sustancia ni contenido; más bien al contrario. Mientras no se profundice en los aspectos antes señalados, esto no es más que una nueva operación de marketing de Zapatero para tratar de calmar a los mercados, cuando éstos ya no confían lo más mínimo en él. Y, por tanto, lo más probable es que esta reforma laboral, tal y como está concebida, no sirva para nada, ni siquiera para las pretensiones de ZP.


Libertad Digital

¿Cómo no recortar?. Por Darío Valcárcel

En el medio plazo, la UE busca un avance, un mínimo avance, hacia el gobierno económico de la zona euro.

LO primero es recortar. Sin recorte no hay salvación. Con rancio oportunismo, un partido de la oposición sostiene que España se ha convertido en protectorado de Bruselas. ¡¡¡Menos mal!!! La Providencia, en su infinita generosidad, nos devuelve a la protección, el Señor sea loado. El Consejo Europeo, mañana, viernes, precisará el recorte. Pero eso es lo inmediato. En el medio plazo, la UE busca un avance, un mínimo avance, hacia el gobierno económico de la zona euro. En Alemania, la coalición cristianoliberal puede saltar en pedazos. Es extrema la debilidad del señor Westerwelle y su partido. La vida pende a veces del azar, ah, el azar… Ante la recesión y el paro, la única medida de gran alcance es la creación del fondo de respaldo al euro, 750.000 millones. España debe cumplir, como toda la eurozona, las reglas del euro y de la unión arancelaria (arancel cero) con derecho de libre y gratuito establecimiento.

Las políticas económicas se coordinarán más. Pero no se sabe cuándo ni cómo. El desempleo de Holanda es del 4,1 por cien; el de España, del 19,7. En diciembre, el déficit holandés era de 5,3; el español, de 11,2. Los estados de la eurozona avanzarán en consolidación fiscal y reformas estructurales (que impedirán reelecciones; o no).

El miedo ha cundido. En estos dos años, no solo las empresas, también las familias españolas han duplicado su tasa de ahorro. Pero el Estado se arruina con una factura anual de desempleo de 34.000 millones de euros. Una reforma laboral con recortes a los contratos indefinidos y refuerzo a los temporales reduciría esa factura. Pero el problema básico es, se dice, de educación: la batalla está en dos tramos del sistema educativo (10-18 años; 18-23).

En 1955-65 más de un millón de españoles trabajaban en Alemania, Holanda, Suiza, Francia. En aquellos diez años se produjo un gran giro cuyo autor, Alberto Ullastres, no procedía de los equipos de la guerra civil. Era profesor de universidad, soltero, miembro del Opus Dei, organización religiosa anclada en el poder temporal de la época. Ullastres dirigió el plan de Estabilización que sacaría a la economía española del aislamiento, gracias en parte a las remesas de Alemania —todos los españoles volvieron, por cierto. En 1959, Ullastres pidió al general Franco un amplísimo poder. Franco se lo dio. Cuando despegaba el Plan de Estabilización, España dependía de sí misma. Hoy no. Desde hace 25 años, España está enteramente integrada en la economía europea.

El mes pasado, Barack Obama lo recordaba: Estados Unidos se fundó sobre cuatro o cinco grandes valores, uno de ellos el respeto a las ideas del adversario. ¿Y qué tiene esto que ver? Pues sí, tiene que ver: piensen un momento y lo entenderán. «Si usted lee por regla general los editoriales del (liberal) New Tork Times, trate de leer de vez en cuando los editoriales del (muy conservador) Wall Street Journal. Quizá le hagan hervir la sangre, quizá no cambien su forma de pensar. Pero
necesitamos escuchar habitualmente puntos de vista opuestos». Sin ese ejercicio, vuelven las guerras civiles antes o después.


ABC - Opinión

Banca española. "Cualquier escenario es posible". Por Juan Ramón Rallo

Si alguien pensaba que el especulador sistema bancario estadounidense iba a sucumbir ante una gripe de su ladrillo y el sólido sistema español sobreviviría ante un cuadro clínico terminal del suyo, entonces es que le faltaba algo de perspectiva.

Los analistas financieros de JP Morgan acaban de publicar un informe sobre la banca española cuyo resumen aparece publicado por el Financial Times: "No puede descartarse ningún escenario sobre el futuro de los bancos españoles, por muy impensable que hubiese sido hace seis meses, antes de la crisis griega".

Lo impensable algunos lo llevamos temiendo desde hace años. Simplemente las cifras estaban ahí, para quien quisiera enterarse: el 60% de todos los créditos del sistema bancario español están vinculados directamente con el mercado inmobiliario, un mercado que vivió una burbuja de aproximadamente el 50% en sus precios. Si alguien pensaba que el especulador sistema bancario estadounidense iba a sucumbir ante una gripe de su ladrillo y el sólido sistema español iba a ser capaz de sobrevivir ante un cuadro clínico terminal del suyo, entonces es que le faltaba algo de perspectiva.


esde luego, el proceso que describe el informe de JP Morgan no tiene nada de novedoso y se lo conoce desde antes aun de la Gran Depresión. Algunos economistas, como Irving Fisher, incluso convirtieron la trampa deflacionista como la base de su explicación del ciclo económico: sobreapalancamiento a corto plazo de los bancos, inflación de los activos que sirven como colateral a la banca, necesidad de refinanciación de las deudas a tipos de interés crecientes, liquidación de los activos a precios de descuento, pérdidas extraordinarias, quiebra de bancos y nueva liquidación de activos, aparición de mayores pérdidas, pánico entre los depositantes, otra ronda de liquidaciones y desaparición de la banca y de los ahorros de las clases medias que, en realidad, no estaban en ninguna caja fuerte sino inmovilizados en unas viviendas carísimas. Es lo que tiene ese perverso proceso que alientan y sustentan los bancos centrales de descalzar los plazos del activo y del pasivo, de endeudarse a corto plazo y prestar a largo: las entidades españolas han de refinanciar este año la friolera de 64.000 millones de euros en papel comercial y cédulas hipotecarias, las cuales, no lo olvidemos, se emitieron con unos vencimientos de 10 años para sufragar hipotecas de 30 ó 40; y eso por no hablar de la eventual espiral de fuga de depósitos (otras deudas a corto plazo) que anticipan los analistas de JP Morgan.

No serán pocos quienes crean que este es un problema con una sencilla solución: bastaría, sostienen los inflacionistas, con que el Banco Central Europeo se ponga a prestar seriamente a la banca española para solventar su falta de liquidez; punto pelota. Pero me temo que no es tan sencillo: una cosa es proporcionar liquidez contra buen colateral (tal y como sabiamente recomendaba Walter Bagehot) y otra, muy distinta, es extender crédito contra cualquier basura que se presente a descuento. Quienes acusan al BCE de no expandir el crédito como ha hecho la Reserva Federal de EEUU olvidan un dato importante: durante el último mes a los bancos españoles se les ha cerrado el grifo del interbancario y ha sido el BCE quien los ha mantenido a flote con unos préstamos históricamente elevados.

¿Puede esta situación mantenerse en el tiempo, en torno a una década? Pues no. La diferencia entre la banca española y estadounidense no es que la Reserva Federal actuara a finales de 2008 exactamente igual que el BCE, sino que el gobierno de EEUU la recapitalizó con varios cientos de miles de millones –poniendo fin a los temores de insolvencia de sus grandes bancos– y en España el FROB sigue en un cajón.

No es que sea favorable a rescatar a los bancos a la Bush, pero es evidente que algo se tiene que hacer a menos que queramos declarar la quiebra voluntaria (mi propuesta pueden encontrarla aquí).

Y mientras el sector privado español tenía estos muy serios problemas para refinanciarse en los mercados de crédito, ¿qué se le ha ocurrido hacer al visionario Gobierno de España? Seguir la copla keynesiana de que endeudándose y tirando de demanda las cosas se iban a arreglar sin ningún ajuste en los precios y en la estructura productiva. Muchos inflacionistas se centraron en criticar la escasa laxitud monetaria del BCE durante 2009 y se despreocuparon de los agujeros presupuestarios de Zapatero, pues ahí tienen el resultado. Reza JP Morgan: "Es evidente que las capacidades y los costes para financiarse del Estado y de los bancos se han unido de manera indistinguible".

No será porque no se lo advertimos.


Libertad Digital - Opinión

Aquí nunca pasa nada. Por M. Martín Ferrand

Nuestra realidad no resulta verosímil. Se anda zurciendo y con prisas y todo se va en fusiones.

JSÉ Blanco se dispone a suprimir algunas de las líneas ferroviarias en uso por su falta de rentabilidad económica y social. Eso está muy bien; pero si, por ejemplo y según cuenta el titular de Fomento, la línea Madrid-Burgos funciona con un promedio de cuatro viajeros diarios, ¿por qué no se ha clausurado todavía un servicio tan ruinoso? Si saltamos de Blanco a Zapatero, de la anécdota a la categoría, resulta incomprensible que, conscientes todos de la grave situación económica por la que atravesamos, se sigan manteniendo instituciones y empresas del Estado que son, sólo, manantiales de gasto inútil.

El síntoma más grave de nuestra situación, el que genera mayor abatimiento ciudadano y máximo desánimo entre quienes vivimos sin subvenciones, latisalarios, canonjías ni bicocas, reside en la impunidad con que cursan los responsables del despilfarro. Si, por ejemplo, un rector, como pueda serlo el de la Complutense, saca los pies del Presupuesto y endeuda la institución sin que le pase nada ni, mucho menos, se le exijan responsabilidades por su mala gestión, los profesores, alumnos y empleados que de él dependen —más que vecinos tiene la provincia de Teruel— podrán pensar que todo el monte es orégano y que el rigor presupuestario es un arcano para mentes anacrónicas y conservadoras. Si ese rector, como es el caso, no es un filósofo abstraído o un paleontólogo ensimismado, sino un catedrático de Economía Aplicada, habrá que, según la situación de cada cual, rasgarse las vestiduras o salir huyendo hasta llegar a las antípodas.


La UE nos exige un tijeretazo de mayor cuantía que el previsto por el Gobierno. No pasa nada. Se apunta en el BOE y se olvida a continuación. Incluso, sin incurrir en responsabilidad penal, se cambian partidas del Presupuesto y se dedican a limosnas a los frailes lo que debiera pagarse por picos y palas y hazadones; es decir, con mayor liberalidad que el Gran Capitán y sin la licencia que otorga el habernos «regalado un reino». Nuestra realidad no resulta verosímil. Se anda zurciendo y con prisas, un sistema financiero con más agujeros que un queso emmental, y todo se va en fusiones a distintas temperaturas. ¿No hay responsables de tan singular catástrofe? ¿Nadie merece, por sus acciones o sus omisiones, ser conducido ante el juez de guardia? Aquí nunca pasa nada. Se van tapando las vergüenzas y, al hacerlas invisibles, parece que no existen; pero están ahí, amontonadas, unas sobre otras, y como consecuencia de una «revolución» en la que solo caen las clases de tropa, con el triple o el cuádruple de la oficialidad que requiere el mando. Se engañan y nos engañan.

ABC - OPinión

Huelga general. Salida de emergencia. Por Cristina Losada

Hay en la derecha quienes sueñan con que unos sindicatos de izquierdas derriben a un gobierno del mismo signo. Coquetean con la huelga general y no parecen importarles sus fines inmovilistas y ruinosos.

Los dirigentes de los dos sindicatos que han venido cortando el bacalao se retrataban, el día que anunciaron una huelga general, bajo un cartel que anunciaba "no hay salida". El azar los colocó ante una confesión involuntaria del atolladero al que los ha llevado su naturaleza. No la sindical, sino la política, que en su caso es la determinante. Fieles a sus orígenes, ambas centrales se han prestado de buen grado a ser herramientas apenas camufladas de los partidos de izquierdas, aunque en punto a subvenciones tanto las han recibido del PP como del PSOE. La correa de transmisión sólo se rompe un poquito cuando la izquierda gobernante amenaza el status quo. Esto es, cuando se rectifica a sí misma.

Los que le hicieron una huelga general a Aznar so pretexto de una reforma laboral timorata, no tienen más salida que convocarle otra a Zapatero ante unos cambios de mayor envergadura. Por no hablar del ajuste sin precedentes al que se ha visto forzado el Gobierno tras dedicarse con alegría a "rebañar el plato electoral" (De la Vega dixit) con el pan del contribuyente. Contra Zapatero, pero con él: tal es el lema esquizoide de la cosa sindical. Inevitable, toda vez que son miembros de la familia y antes prefieren al peor gobierno de izquierdas que al mejor gobierno de derechas.

Los citados sindicatos no son, sin embargo, los únicos que corren hacia una salida de emergencia. Aunque lo suyo es para salvar la cara, y lo de otros, para que la pongan. Pues hay en la derecha quienes sueñan con que unos sindicatos de izquierdas derriben a un gobierno del mismo signo. Coquetean con la huelga general y no parecen importarles sus fines inmovilistas y ruinosos. Desean que el Gobierno sufra un otoño caliente y un invierno del descontento para que asediado por propios y ajenos, se venga, por fin, abajo. Una fantasía de sobremesa en la que cuadra aquella declaración de Cospedal: el PP no apoya la huelga, porque no es el momento. Digan desde Génova cuando es el momento, por curiosidad. Aunque no hace falta: será cuando gobierne el Partido Popular. Ya sólo por eso, les convendría dejar constancia de que nunca es el momento de una HG.


Libertad Digital - Opinión

España campeona. Por Hermann Tertsch

El comienzo del Mundial de Nelson Mandela se puede convertir en la gran metáfora de nuestra suerte.

RESULTA que Suiza, los muy aplicados inventores del reloj de cuco e inspectores de las cuentas corrientes de los chicos de fuera, que cada vez serán más, ya que los echamos de aquí —segunda labor de un pueblo laborioso y paciente—, nos han ganado el primer partido del mundial en Sudáfrica. Nada nos hacía más falta ahora que el Mundial de Fútbol. Venía tan bien para olvidar que nuestro país, que es España, no «la roja» —como dicen muchos para no utilizar el término de selección nacional o el propio término España— iba más o menos de favorita, tiene otros problemas. Los favoritos, como decía Zapatero cuando aseguraba que estaba a punto de superar en Producto Interior Bruto (PIB) a Italia y Francia. Nuestro chulito. Y quién sabe si también a Alemania. ¡Capaz habría sido de decirlo en aquella patética función en Nueva York que hizo más daño a nuestra economía que millones de especuladores puestos en fila con esa terrible maldad que se les atribuye por no querer suicidarse o tirar su dinero, como hacen gobiernos como el español actual!

Muchos hemos sido siempre conscientes de que esta otra ocurrencia del Gran Timonel era una payasada más, como tantas otras que han dejado el prestigio y la credibilidad de nuestro país en mínimos. ¿Pero qué no le hemos tolerado ya con paciencia ilimitada al niño grande vallisoletano de León? ¿Qué disparate dicho por esa boquita no ha recibido algún aplauso, incluso de gente supuestamente digna y con criterio?

En fin, que el comienzo del Mundial de Nelson Mandela se puede convertir en la gran metáfora de nuestra suerte. Qué paradoja que un acontecimiento bajo el patrocinio de un hombre sometido a la verdad, ejemplo de la dignidad, venga a recordarnos a todos los españoles el alarde de la mentira de nuestro presidente, el revanchista petimetre. Ni tanto ni tan calvo, se decía. Mejor dicho hoy, calvísimo. Y nada de tanto. Porque el menester será, no de años, sino generacional. Años tardaremos en recuperarnos de tanta mentira e incompetencia. Lustros tardarán en soldar las quiebras en nuestra sociedad. Y las nuevas mentiras serán nuevas quiebras en una sociedad ya muy maltratada que aguanta pocas más.

Nuestros listos del pesebre nos sacarán mil argumentos para cimentar esta política de la mentira constante. Sabemos quiénes son, están identificados y cada uno es libre de despreciarlos a su manera. Pero el hecho de que no haya un mínimo gesto de dignidad por su parte nos demuestra que este país supura por una inmensa llaga. La España campeona —ojala lo sea en el fútbol— es una sociedad que se quiebra y requiebra bajo el mando de lo peor. Después del fútbol viene, implacable, la realidad.


ABC - Opinión

Nadie baila con la reforma laboral del Gobierno. Por Antonio Casado

ESCRIBE AQUÍ EL ENCABEZAMIENTO

Nadie quiere la reforma laboral que el Gobierno acaba de enviar al Boletín Oficial del Estado. Ni los empresarios ni los sindicatos se reconocen en ella. Díaz Ferrán (patronal) dice que es una “reformita”. Según Cándido Méndez y Fernández Toxo (UGT y CC OO), “lesiona los derechos de los trabajadores, abarata el despido y debilita la negociación colectiva”. En cuanto a los partidos políticos, esperan a negociar sus respectivas posiciones parlamentarias. Pero ninguno de ellos ha saludado la reforma alumbrada ayer por el Consejo de Ministros.

A todos los actores sociales y políticos se les ha llenado la boca con la necesidad de acometer de forma urgente la reforma de un mercado de trabajo rígido, obsoleto, ineficaz y reñido con los modernos sistemas de producción. Un mercado de trabajo al que, entre otras cosas, se culpa del llamado paro estructural, ese que nos otorga el lamentable privilegio de doblar la media de paro en Europa incluso con tasas razonables de crecimiento.


Pues bien, los actores sociales no lograron ponerse de acuerdo para fletar una reforma pactada. Y los actores políticos dejan solo al Gobierno cuando éste, en el ejercicio de su responsabilidad, se ve obligado a dictar una reforma y reclamar los apoyos necesarios entre los representantes de la soberanía nacional. Por desgracia, esta es la foto fija de las últimas veinticuatro horas. La que verán hoy en Bruselas los primeros mandatarios de la UE.

La foto se acabará moviendo al compás de las negociaciones orientadas a superar los dos trámites parlamentarios previstos: la convalidación del decreto-ley (martes 22) y su posterior tramitación como proyecto de ley (a la vuelta del verano). Pero la que los presidentes de Gobierno y jefes de Estado europeos verán hoy colgada a la espalda de Zapatero, como el monigote del día de los inocentes, es la de su soledad en esta iniciativa. Descubrir que nadie la saca a bailar no es la mejor noticia que podía llevar al último Consejo Europeo de la presidencia semestral española que está a punto de terminar.

El drama del paro

Pero es lo que hay. Una reforma laboral denostada por los sindicatos, la CEOE y los partidos políticos. Tampoco parecen convencidos los analistas de la vida económica y expertos en materia de relaciones laborales. Carlos Sánchez la califica de poco creíble, incoherente, irrelevante y contradictoria. Carlos también recoge la opinión de Iñigo Sagardoy, uno de los mejores laboralistas del mundo, que ve la reforma demasiado corta en alcance, contenido y ambición si se la conjuga con las verdaderas necesidades del mercado laboral español. O sea, como querer librarse del tsunami con un paraguas.

Una vez más, deberíamos escuchar a los expertos sin desoír las razones del Gobierno. Sostiene Moncloa que su modelo pretende tres objetivos: mejorar la productividad, estimular la contratación fija y situar el despido como un último recurso del empresario. Asegura también que servirá para crear empleo estable y luchar contra el paro, la dualidad y las rigideces.

¿Cómo conjugar esa declaración de intenciones con la realidad de una economía perezosa en el crecimiento y, por tanto, en la creación de empleo? Me temo que no basta con el copago del FOGASA, la generalización de los contratos con 33 días de indemnización por despido o la recuperación del viejo laudo de obligado cumplimiento (arbitraje). Pero se trata de hacer algo o dar la impresión de que se hace algo para combatir el drama del paro. También eso forma parte de la política. Y el ámbito de esta reforma, después del fracaso del llamado diálogo social, es definitivamente de naturaleza política. En esa clave hemos de detectar la suerte que le espera a una decisión que llega al menos con dos años de retraso.


El Confidencial - Opinión

Reforma laboral. El parto de los montes. Por José García Domínguez

Frente a la lógica económica más elemental, la misma que ordena pagar a quien contamine, el estrambote zapateril que incentivará los despidos al socializar parte de su coste a cuenta del erario.

Confiesan de don Eugenio D´Ors los avisados que, tras dictar sus artículos y ensayos a la eficiente Angelina, la mecanógrafa que siempre transcribía su producción, de modo invariable, le preguntaba:

– ¿Se entiende, Angelina?

A lo que ella replicaba, también con rutinaria frecuencia:

– Perfectamente, maestro.
– Pues entonces oscurezcámoslo –terciaba al punto y algo contrariado el que fuera ideólogo de cabecera de la Lliga de Cambó y de la Falange del otro, o viceversa, que tanto monta. Un modus operandi, ése del polivalente D´Ors, que recuerda la célebre máxima filosófica de Cossío: "Ya que no podemos ser profundos, seamos al menos confusos".

Viene a cuento el excurso porque esas cuarenta farragosas páginas que ocupa el decreto de la reforma laboral gastan toda la pinta de esconder mucha más trampa que cartón. Y es que, tras intentar traducirlas al castellano, uno concluye, exhausto, que la prosa de Derrida, Althusser y Lacan era un vaso de agua clara al lado de los inextricables barroquismos leguleyos de los escuderos de Corbacho.


No obstante, entre lo que malgré lui se entiende, brilla la firme deriva de la socialdemocracia hacia el dadaísmo. Razón última de que, a partir de ahora, vaya a convertirse en obligación muy prioritaria del Estado subvencionar las escabechinas de plantilla en las compañías privadas. Frente a la lógica económica más elemental, la misma que ordena pagar a quien contamine, el estrambote zapateril que incentivará los despidos al socializar parte de su coste a cuenta del erario.

Ocho días de nómina con cargo a los contribuyentes como premio por cada puesto de trabajo indefinido que destruya cualquier empresa, no sólo las pymes agónicas. Ya puestos, ¿por qué no regalar también un mechero de plata a los pirómanos censados en el Ministerio del Interior? Y aún habrá quien siga afeándole la conducta al que asó la manteca. En fin, a poco más que eso, amén del parche Sor Virginia de los treinta y tres días, se reducirá el parto de los montes que nos ha hecho perder dos años con la cháchara inane de los "agentes sociales". Y lo que te rondaré, morena. Porque la treta filibustera de tramitar el amago como proyecto de ley, aún habrá de prorrogar ad calendas grecas la firma de un texto definitivo. ¿Lo vamos entendiendo?


Libertad Digital - Opinión