miércoles, 1 de diciembre de 2010

Rajoy. Plegarias atendidas. Por José García Domínguez

Rece, pues, Rajoy para que Zapatero le aguante en pie durante los minutos de la basura. Al menos.

En un pronto rutinario de los suyos, don Mariano acaba de reclamar del otro que gobierne o presente elecciones cuanto antes. Una manera como cualquiera de pasar el rato, ésa de pedirle peras al olmo en la que tanto se prodiga el gallego. El caso, ya se sabe, es andar entretenido. Aunque el líder de la leal oposición se guarda muy mucho de anunciar una moción de censura, cautela que revela bien a las claras la sinceridad de sus alegatos. No obstante, a fuerza de repetir la cantinela Rajoy podría incurrir en una prima de riesgo como dicen ahora los enterados. Por algo Santa Teresa alertó en su día de que "más almas se pierden por las plegarias atendidas que por las no escuchadas".

Así, en el PP no parecen haber ponderado el peligro que se cerniría sobre ellos en la eventualidad de un adelanto de las elecciones. A saber, que igual las ganarían. Contingencia ante la que Cristobal Montoro debería explicar a su jefe una vieja historia que conoce cualquiera que haya pasado un par de tardes en alguna facultad de Económicas. La del ingeniero, el químico y el economista que naufragan en una isla desierta provistos de una lata de sardinas. Ésa en la que, después de desistir de abrirla los dos primeros tras de un sinfín de intentos inanes, se dirigen al tercero, que durante todo el tiempo los habría contemplado con una media sonrisa de suficiencia, inquiriéndole:

– ¿Qué haría usted?

Pregunta que da paso a una extensa y deslumbrante disertación teórica, que da inicio del siguiente modo:

– Bueno, supongamos que ahora mismo dispusiéramos de un abrelatas...

Y es que la eclosión del pensamiento mágico, con toda esa charlatanería irracional a propósito de generar confianza, como si los estados de ánimo se sometieran a los designios de la voluntad, viene de ahí, de que, muerta y enterrada la soberanía monetaria, ya no hay abrelatas. Razón de que, más allá de la burda cirugía sin anestesia en el Presupuesto, apenas reste apelar a la confianza del mismo modo que antes se sacaba de romería a la Virgen en rogativa por la lluvia. Rece, pues, Rajoy para que Zapatero le aguante en pie durante los minutos de la basura. Al menos.


Libertad Digital - Opinión

Una generación. Por Xavier Pericay

«Las consecuencias de los recientes comicios autonómicos no pueden ser en modo alguno de corto alcance. En la cultura política del catalanismo el septenio protagonizado por el tripartito constituía la única alternancia imaginable y, luego, posible».

«ESTAS elecciones serán decisivas y muy importantes, nos jugamos mucho …. Decidiréis qué camino tiene que seguir Cataluña, no durante una legislatura, sino seguramente durante toda una generación». Son palabras del todavía presidente de la Generalitat, José Montilla, y fueron pronunciadas hace casi tres meses, coincidiendo con el anuncio de la fecha de las autonómicas. Ignoro de quién fue la idea de introducirlas en el discurso, si suya o del escribidor, pero el caso es que conferían a la cita del 28 de noviembre una trascendencia fuera de lo común. Como si el voto que los catalanes habían de emitir aquel día no valiera tan solo para los cuatro años prescritos, sino para muchísimos más —para veinticinco o treinta, que es lo que suele atribuirse, generalmente, a una generación—. O, si lo prefieren, como si a lo largo de ese extenso periodo la vida política catalana tuviera que estar cortada, sin remedio, por un mismo patrón. Y ello, por más elecciones autonómicas que se celebraran entre tanto.

Existe la posibilidad, claro, de que la generación en cuestión cumpliera, en el discurso del presidente, una función meramente enfática. Que no obedeciera, vaya, a cálculo temporal alguno y solo estuviera allí para realzar la importancia de la convocatoria. Da igual. Incluso en este supuesto, su presencia en el discurso presidencial era premonitoria. Porque, vistos los resultados, si algo parece fuera de toda duda es que el pasado domingo los catalanes —o tres quintas partes de quienes, entre ellos, tenían derecho a voto— tomaron algunas decisiones cuyo alcance va mucho más allá de una simple legislatura.


La primera decisión fue devolver el poder autonómico a aquellos que lo habían ejercido, de forma ininterrumpida, durante casi un cuarto de siglo. No creo que en ello influyeran demasiado los méritos contraídos por Convergència i Unió como partido opositor. Ni tampoco los de su líder, Artur Mas. Influyó, si acaso, el recuerdo de un tiempo, el de los gobiernos de Jordi Pujol, en que la política fluía sin demasiados sobresaltos, lo mismo en el terreno de los hechos que en el de las ficciones. Un tiempo, para entendernos, en el que había orden y la gente, mal que bien, iba tirando. Y también influyó, sin duda, el convencimiento de que la solución a la crisis y al paro —o, como mínimo, los cuidados paliativos que ambos requieren— no iban a traerla quienes habían estado gestionando hasta entonces la cosa pública en connivencia ideológica con los responsables del Gobierno del Estado. En esta clase de situaciones, el castigo al culpable suele llevar aparejada la apuesta por la única alternativa posible, esto es, la apuesta por CIU —lo cual no impide que los excelentes resultados obtenidos por el Partido Popular se deban también, en mayor o menor medida, a una percepción semejante, aunque referida en este caso al conjunto de España—.

Pero en la decisión de devolver a la federación nacionalista las riendas de la gobernación autonómica influyó sobre todo otra decisión, en gran parte complementaria. Me refiero, por supuesto, a la drástica retirada de confianza de los ciudadanos catalanes a lo que se ha venido en llamar «el tripartito». Si en 2006 un 50% de los votantes —casi un millón y medio de personas— habían apostado por las fuerzas políticas que acabarían constituyendo, tras la renovación de alianzas, el nuevo Gobierno de la Generalitat de Cataluña, esa confianza se redujo el pasado domingo hasta un 32% —el equivalente a algo más de un millón de personas—. Y aunque la fuga de votos no se proyectó de forma equidistante sobre los tres miembros del terceto —el más perjudicado, en términos porcentuales, fue ERC, que perdió casi la mitad de sus sufragios— todos acusaron el golpe. Y en especial, el PSC, que a esas defecciones debe sumar las registradas ya en 2006 con respecto a las elecciones de 2003, las últimas en las que Pasqual Maragall encabezó la candidatura socialista —en total, algo más de 460.000 en siete años—.

Por eso, las consecuencias de los recientes comicios autonómicos no pueden ser en modo alguno de corto alcance. En la cultura política del catalanismo —la única reconocida oficialmente en ese trozo de España, no vaya a olvidarse—, el septenio protagonizado por el tripartito constituía la única alternancia imaginable y, luego, posible. Suponiendo que se tratara en verdad de una alternancia, puesto que, al margen de alguna veleidad izquierdista, la acción de gobierno consistió sobre todo en pasear la identidad de acá para allá, empezando por todo lo relacionado con el Estatuto y acabando por las mismísimas corridas de toros. De ahí que el fracaso notorio del experimento deba considerarse casi como un fracaso definitivo, de esos que permanecen activos en la memoria de los ciudadanos durante por lo menos una generación.

Pero hay más. Ese fracaso ha tenido una cabeza visible, la del presidente Montilla. Lo que no debería llevarnos —solo faltaría— a eximir a Maragall o a José Luis Rodríguez Zapatero de su cuota de culpa como impulsores o instigadores del proceso y colaboradores necesarios. Pero Montilla, recuérdese, no ha sido únicamente la triste figura que ha encabezado durante más tiempo un gobierno tripartito, sino también el urdidor del primer acuerdo, el de 2003 con ERC, que desembocó en el Pacto del Tinell. A su favor, cabe reconocer que el mismo domingo por la noche anunció que no repetiría como primer secretario del partido y, al día siguiente, que renunciaba a su escaño en el Parlamento catalán (lo que sin duda —no todo van a ser malas noticias para él— ha debido de constituir un gran alivio). Sea como sea, ha asumido su parte de responsabilidad y, o mucho me equivoco, o él también ha decidido, como los catalanes, qué camino va a seguir durante una generación. En todo caso, uno alejado, si no de la política, sí de la primera línea política.

Otra cosa es lo que pueda ocurrir con el partido. El PSC siempre ha presumido de haber garantizado en todo momento, a lo largo de la democracia, la cohesión social en Cataluña. Y puede decirse que, en efecto, así ha sido. Solo que esa cohesión tenía un precio: la sumisión al nacionalismo. Un precio ciertamente muy caro para una formación construida, en gran medida, sobre una amplia base de militantes y simpatizantes llegados a Cataluña de todos los rincones de España y de extracción social más que modesta, a la que se superpuso, ya desde el comienzo, una clase rectora surgida en su gran mayoría de la burguesía y la alta burguesía catalanas. Durante cerca de un cuarto de siglo, la fórmula ha funcionado. Pero, a la hora de verdad —y la hora de la verdad, para cualquier partido, es cuando toca gobernar—, todo se ha venido abajo.

¿Qué nos deparará el futuro? Muchas sorpresas, sin duda, pero en lo tocante al socialismo catalán me temo que no muy gozosas. A no ser que en algún estadio de la generación que se avecina sus dirigentes —y no me refiero ya a los Montilla y compañía— sean capaces, por fin, de asumir la realidad y resolver sus contradicciones. Eso si entonces, claro, sigue existiendo el partido tal como hoy lo conocemos.


ABC - Opinión

Wikileaks y el fiscal general

A expensas de lo que pueda salir a la luz pública en los próximos días, lo filtrado hasta ahora por el portal de internet Wikileaks no pasa de ser una amalgama heterogénea de chascarrillos, cotilleos, análisis periodísticos, interpretaciones más o menos atinadas y hasta comentarios de barra de bar. En suma, un tótum revolútum bastante insulso que suscita más morbo que interés en la medida en que desnuda los usos y costumbres de la diplomacia de la primera potencia mundial. Pero apenas si aporta novedad o revelación de interés que no estuviera al alcance del público o de los analistas especializados. Tampoco hay sorpresa en lo que afecta a España, sobre la que se han filtrado más de 3.500 documentos, la gran mayoría pertenecientes a la etapa del anterior embajador norteamericano, Eduardo Aguirre. A juzgar por lo publicado estos días, la legación de Estados Unidos se ha limitado a enviar a Washington un dosier de Prensa y a reportar la agenda de trabajo del embajador. Del primero huelga todo comentario. La segunda, sin embargo, resulta más sugerente. El relato de los contactos diplomáticos a propósito de conflictos tan destacados como el «caso Couso» o los presos de Guantánamo ofrece sabrosos ejemplos de cómo el Gobierno de Zapatero ha usado el Ministerio Fiscal con una desenvoltura cuando menos indecorosa, como si fuera una simple herramienta a su servicio y conveniencia. No es el fondo, del que no se aportan grandes nuevas, sino las formas empleadas lo que llama la atención. En este punto, el papel desempeñado por el fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, del que dependen unos fiscales que en su inmensa mayoría son irreprochables, deja mucho que desear y no es precisamente un modelo de independencia, ni siquiera de autonomía, respecto al poder político. Es verdad que la Fiscalía atiende al principio de jerarquía y que depende orgánicamente del Gobierno, pero eso no significa que su actuación esté mediatizada o dictada por criterios gubernamentales. Seguramente el fiscal general hizo lo correcto en aquellos contenciosos que afectaban a los intereses de EE UU, como también el Gobierno estaba en su derecho de oponerse al procesamiento de políticos y militares norteamericanos. Pero la mezcla de ambas instancias es lo que instintivamente produce rechazo porque muestra en toda su crudeza quién da las órdenes y quién obedece sumisamente. La desazón aumenta si trasladamos a la política nacional escenas tan poco edificantes como ésas. Con toda lógica, el ciudadano se preguntará ahora si la Fiscalía actúa de igual modo y con los mismos resortes ante la corrupción cuando afecta a dirigentes de la oposición. O en la lucha contra ETA y su brazo político. El PP ha denunciado en diversas ocasiones que Conde-Pumpido ha actuado atendiendo antes a los intereses del PSOE que a los de la Justicia, con intervenciones claramente inspiradas desde el Gobierno. A la vista de los papeles de Wikileaks, parece que a los populares nos les falta razón. Las desabridas réplicas, ayer, de algunos portavoces del Gobierno y del PSOE son la expresión de quienes han sido sorprendidos en maniobras poco decentes.

La Razón - Editorial

Demasiado receptivos

Gobierno y fiscales deben una explicación clara sobre las presiones de la Embajada de EE UU.

Entra dentro de la tarea propia de una embajada preocuparse por los asuntos judiciales que afectan a su Gobierno o a ciudadanos de su país y hacer las gestiones pertinentes para que se resuelvan de forma favorable o menos dañina para sus intereses. Pero tratándose de asuntos sometidos a la justicia es obligado cuidar las formas: esas gestiones no pueden producirse directamente sobre los órganos jurisdiccionales, de modo que deriven en actos de presión sobre su independencia. No solo es cuestión de buenos usos diplomáticos, sino de respeto a las reglas del Estado de derecho, se trate de España o de Estados Unidos y de cualquier otro país que se quiera democrático.

Nada tiene de denunciable que la Embajada de EE UU en Madrid se interesara ante los responsables de los Ministerios de Exteriores o de Justicia en los casos del cámara español José Couso, muerto por disparos de un tanque norteamericano durante la guerra de Irak; los vuelos de la CIA con escala en aeropuertos españoles o las torturas en Guantánamo, como se desprende de los informes desvelados por EL PAÍS con los cables filtrados por Wikileaks. Pero lo que estos también revelan es que tuvieron una influencia preocupante en el área gubernamental e invadieron el judicial, lo que resulta inaceptable. Más si cabe por parte de las personas a quienes se dirigían, aceptadas no solo con naturalidad sino con complacencia, hasta el punto de convertirse en colaboradores e informadores privilegiados de una de las partes del proceso, en detrimento de los derechos de las otras.


En el caso Couso, la diligencia con la que el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza, informa al consejero jurídico de la embajada de su oposición al procesamiento de los militares estadounidenses acusados de la muerte del cámara español hace dudar de su imparcialidad en el caso. Tampoco la deja en buen lugar recibir en su despacho oficial a dos altos cargos de la embajada para exponerles su estrategia procesal contraria a la investigación por el juez Garzón de las torturas a un preso de nacionalidad española en Guantánamo, o la información previa que proporciona otro fiscal de la Audiencia Nacional sobre su posición en el proceso por los vuelos de la CIA. El fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, enmarca esos contactos en las relaciones de cortesía y de cooperación mutua entre fiscales de EE UU y España. Pero la complicidad que revelan esos contactos cuestionan esa versión edulcorada.

Si a los contactos con fiscales se añaden los acercamientos personales a jueces de la Audiencia Nacional, el escenario que dibujan los informes ahora revelados es más que preocupante. Y especialmente destacables son las maniobras de la Embajada estadounidense, con la activa colaboración del fiscal jefe Zaragoza, para apartar al juez Garzón del caso de las torturas de Guantánamo coincidiendo con la ofensiva desencadenada contra dicho juez por el asunto de la memoria histórica.


El País - Editorial

Con paso firme hacia el abismo

Si no hubiera motivos reales y objetivos de desconfianza en la solvencia y capacidad de recuperación de nuestro país, ¿por qué iban a renunciar estos "especuladores" a una inversión tan supuestamente segura y rentable como la deuda española?

Lejos de amainar, la desconfianza de los inversores hacia la economía española no hace más que aumentar hasta extremos jamás vistos. Este martes, la deuda pública de nuestro país ha batido nuevamente un record negativo al superar los 300 puntos básicos respeto al bono alemán. Por su parte, la bolsa española vivía su cuarta caída consecutiva, lo que coloca el retroceso de todo el mes de noviembre en el 14 por ciento, su peor cifra desde el colapso de Lehman Brothers en 2008.

Lo más patético y alarmante, sin embargo, es la pasividad del Gobierno que, para colmo, ha sido justificada por sus tres principales responsables económicos con tres explicaciones diferentes. Así, mientras el secretario de Estado de Economía ha quitado importancia a la situación diciendo que tan sólo se trata de "fluctuaciones", la ministra Salgado ha enmarcado la situación en un "ataque especulativo contra el euro" tras el rescate a Irlanda, al tiempo que hacía veladas criticas a la canciller Merkel por su rechazo a que sea el contribuyente alemán el que cargue con la crisis de la deuda española. En la misma línea, pero con mayor descaro, se ha pronunciado el portavoz parlamentario del PSOE, José Antonio Alonso, para quien la solución está en que el BCE compre la deuda española que los inversores no quieren. Y es que, a falta de inversores que confíen sus ahorros en nuestros bonos, Alonso pretende que sea el contribuyente el que se haga cargo de ella a través de una inflacionista inyección monetaria.


Aunque semejantes argumentos para hacer el avestruz caigan por su propio peso, hay que empezar por señalar que lo que estamos viendo, lejos de ser meras "fluctuaciones", constituye una tendencia consolidada desde que los mercados han visto la insuficiencia, cuando no irrealidad, del ajuste anunciado en mayo por Zapatero, cosa que ha dejado en evidencia hasta las muy maquilladas cifras de déficit público de nuestro Gobierno. Por mucho que el Ejecutivo insista en que España no es Irlanda ni Grecia, lo cierto es que nuestra prima de riesgo está ya en unos niveles similares a la que exhibían esos países pocos meses antes de tener que ser rescatados. El manido recurso de culpar de la situación a las maniobras de especuladores ansiosos de beneficios, sencillamente, no se sostiene. Y es que, si no hubiera motivos reales y objetivos de desconfianza en la solvencia y capacidad de recuperación de nuestro país, ¿por qué iban a renunciar estos "especuladores" a una inversión tan supuestamente segura y rentable como la deuda española?

En cuanto a que sea la maquina de hacer billetes del BCE la que "solucione" nuestros problemas para colocar nuestra deuda, tal y como apunta Alonso (o Felipe González), eso sería tanto como extender la desconfianza a toda la zona euro, renunciar a la disciplina que aun conserva la moneda única y hacer pagar el entuerto, mediante la inflación, a todos los ciudadanos europeos.

Por el contrario, la verdadera salida de la situación debe pasar o bien por una inmediata celebración de elecciones generales que propiciaran un cambio de Gobierno capaz de generar la confianza que éste ya ha agotado; o bien por que Zapatero tratara, al menos, de recuperarla con la inmediata toma de decisiones por la vía urgente del decreto ley y con el deseable y responsable apoyo de la oposición. Lejos de seguir haciendo el avestruz mientras el país se encamina al precipicio, se debe poner ya en marcha medidas tales como las destinadas a poner coto al despilfarro autonómico, estatal y municipal, reformar las pensiones, privatizar las cajas de ahorro y liberalizar el mercado laboral y el energético. Todo con la máxima urgencia.

Desgraciadamente, sin embargo, para Zapatero perder el tiempo es ganarlo, por lo que tampoco nos ha de extrañar que, con los brazos cruzados pero aferrándose al poder, prosiga nuestra marcha hacia la ruina.


Libertad Digital - Editorial

Tres crisis en una

Si el PSOE no fuerza un debate sobre su liderazgo, no solo estará perjudicando sus expectativas electorales, sino agravando los problemas de todos.

NUNCA hasta ahora los muchos y graves errores políticos de Rodríguez Zapatero han justificado tanto un urgente adelanto electoral. Desde la frívola negación inicial de la crisis hasta la incapacidad actual para acelerar las reformas que le han impuesto otros países, Zapatero no ha podido gestionar los intereses de España de modo más demoledor. El Ejecutivo es incapaz de transmitir con un mínimo de credibilidad la certidumbre necesaria para aliviar la tensión de los mercados. La solvencia de España vuelve a quedar en evidencia después de que la prima de riesgo superase ayer los 300 puntos y alentara más temores de un inminente contagio del virus griego. El riesgo de una intervención drástica de nuestra economía continúa sin ser conjurado, y si algo transmite el Gobierno en medio de tan preocupante inestabilidad es impotencia. España está inmersa en la tormenta perfecta por la confluencia de tres crisis en una: la económica; la política, derivada de un Gobierno sin crédito; y la personal, basada en el inagotable desprestigio de Zapatero.

En Cataluña, las pésimas previsiones iniciales del PSC se han visto corregidas y aumentadas. El varapalo sufrido por un socialismo catalán caótico y sin liderazgo ha impactado en el PSOE con una capacidad destructiva incalculable, y el temor a que la metástasis del fiasco se extienda por el resto de España se ha convertido en una seria preocupación. En el PSOE, se agranda la sombra de Zapatero como un político amortizado y sin margen para su recuperación. Los socialistas deben asumir que, llegados a este punto de deterioro, el mal menor para la «marca PSOE» —pero sobre todo para España— sería un adelanto electoral, porque fingir que la crisis económica no acarrea una profunda crisis política es una excusa para negar la evidencia. Si el PSOE no fuerza un debate imprescindible sobre su liderazgo, no solo estará perjudicando sus expectativas electorales en 2012, sino agravando los problemas de todos. La España de los cuatro millones de parados, incapaz de crecer y dominada por los números rojos y la amenaza implacable de los mercados, no está en condiciones de perder un año más alargando artificialmente una legislatura sin rumbo. El PSOE se engaña: en efecto, saber si el PP sacará a España de la crisis es hoy una incógnita. En cambio, asumir que Zapatero ya no lo hará es —para la Comisión Europea, el Banco Central Europeo, el FMI, la OCDE, las agencias de calificación...— una dramática certeza.

ABC - Editorial

martes, 30 de noviembre de 2010

Crisis. ZP, el problema de Europa. Por Emilio J. González

En estas circunstancias, lo lógico es que, si no este fin de semana, este mismo lunes el presidente del Gobierno hubiera anunciado un verdadero plan de medidas de ajuste o un adelanto de las elecciones generales.

Una vez aprobado este fin de semana el paquete de rescate a Irlanda, por un montante total de 85.000 millones de euros, cabría esperar que los mercados financieros se tranquilizaran en relación con la zona euro. Lejos de ello, este lunes hemos asistido a un nuevo desplome de las bolsas europeas y a un nuevo hundimiento de la moneda única respecto al dólar. ¿Por qué? Porque los mercados ya están mirando más allá de Irlanda y están poniendo la vista en la nación que, al final, es el verdadero problema y puede provocar que todo salte por los aires. Un país que, para desgracia nuestra, no es otro que España. ¿La prueba? Que el diferencial de tipos con Alemania ha crecido hasta casi 2,7 puntos porcentuales, con un tipo de interés del bono español que ya se sitúa por encima del 5,4% mientras que el germano sigue anclado en el entorno del 2,75% y el francés en el del 3,2%. De esta manera, nos vamos acercando poco a poco al nivel de tipos a partir del cual los mercados van a considerar que España no podrá afrontar su deuda y entonces, le guste al Gobierno o no, tendremos que suspender pagos y acudir a la ayuda internacional. Vamos, que estamos al borde del desastre mientras Zapatero sigue esperando a que se produzca un milagro que lo salve.

Y es Zapatero la verdadera causa de nuestros males en estos momentos. El pasado sábado, el presidente del Gobierno se reunió con 37 grandes empresas y entidades financieras, como consecuencia de la petición que realizaron al Rey las cien mayores empresas de nuestro país para que, como jefe del Estado, impulsará tanto una reforma de la ley electoral que nos libre de la infame casta política que nos ha tocado sufrir, como para que el Ejecutivo se ponga de una vez por todas a hacer lo que tiene que hacer para evitar la quiebra de España porque, todo sea dicho, puede evitarse. Con un presidente del Gobierno medianamente normal y sensato, de esa reunión habría salido el impulso definitivo a las medidas que hay que tomar en nuestro país y se hubiera anunciado, si no el mismo sábado, este lunes a más tardar. ZP, por desgracia, sigue negándose a tomar la menor decisión al respecto, tanto por razones ideológicas como por incapacidad psicológica para hacerlo. Los mercados han tomado buena nota de ello y, como es lógico, se preparan para lo peor, sobre todo después de que Alemania dejara claro que no va a poner dinero para salvar a España y de que si nuestra economía cae, habrá una quita de la deuda española. Así no vamos a salir de la crisis en años.

Además, la reunión del sábado vino precedida de un cruce de acusaciones entre el Gobierno español y el comisario europeo de Competencia, Joaquín Almunia, que antes estuvo al cargo de los asuntos económicos en el Ejecutivo comunitario. El pasado jueves, Almunia manifestó sus dudas sobre la capacidad de España, o sea, de ZP, de tomar las medias que tiene que tomar y sobre si nuestras estadísticas no tiene encima tantas toneladas de maquillaje que ocultan algo más que todavía no se conoce. Zapatero respondió que, según él, Bruselas ha respaldado públicamente las reformas en España y Almunia volvió a contestar que hay dudas sobre la determinación de España para hacer lo que hay que hacer y esas dudas no se han despejado. Lo cual, dicho por un comisario europeo, español y socialista –por una persona que estaba harta de ver cómo un día el Gobierno les presentaba un plan de ajuste y al día siguiente lo retiraba porque a la UGT no le gustaba y a estas alturas de la película sigue sin hacer nada–, es mucho decir. Y, como es lógico y para desgracia nuestra, los mercados han tomado buena nota de ello y están actuando en consecuencia. Aún así, el presidente sigue en sus trece y ni por esas se consigue ni que se deje de una vez por todas de mentiras y se ponga a hacer lo que tiene que hacer, ni que se vaya a su casa si no quiere hacerlo.

Porque ésa es otra, la de irse a su casa. El hundimiento de los socialistas catalanes en las elecciones del domingo ha sido un duro castigo a la política del tripartito, pero también a la de Zapatero y todo apunta a que el próximo mes de junio el PSOE puede volver a llevarse una buena somanta de palos electorales en las próximas autonómicas y municipales. Lo cual deja bien a las claras que ZP está políticamente muerto, que no tiene capacidad de liderazgo alguno y, ni mucho menos, la menor credibilidad. Por supuesto, aquí, hasta que los españoles no votemos, no hay nada definitivo, pero las tendencias están ahí y todo el mundo, mercados incluidos, saben cómo interpretarlas. En estas circunstancias, y teniendo en cuenta como están castigando los mercados a España, lo lógico es que, si no este fin de semana, este mismo lunes el presidente del Gobierno hubiera anunciado un verdadero plan de medidas de ajuste o un adelanto de las elecciones generales. Sin embargo, no ha hecho ni lo uno ni lo otro a la espera de que ocurra un milagro que le mantenga en el poder como sea, que es lo único que le importa, aunque sea a costa de terminar de hundir a España, o lo que queda de ella. No nos llamemos a engaño, España es el problema de Europa y como Zapatero es el problema de España, la conclusión es que ZP es el problema de Europa.


Libertad Digital - Opinión

La caída de la masía Usher. Por Tomás Cuesta

A partir de ahora, gobierna CiU. No en Barcelona, que por supuesto. Gobierna en Madrid.

LA derrota del socialismo en Cataluña ha sido tan rotunda y tan atrabiliaria que puede darse el caso de que los árboles caídos enmascaren la jungla que arraiga a sus espaldas. Es obvio que las exequias de Montilla son el primer capítulo de un funeral de Estado y todo el mundo sabe a ciencia cierta por qué y por quién doblan las campanas. Pero es verdad, también, que, cuando se disipe el entusiasmo, habrá que aquilatar hasta qué punto los resultados del domingo despejan la ecuación del conjunto de España, o si, por el contrario, el futuro del común se encuentra ya definitivamente hipotecado.

Sus 62 diputados dan a CiU el mayor éxito político de su historia. Que es la historia de la corrupción en Cataluña. Éxito, no sólo por el cómputo global; no ha habido un rincón de Cataluña en el cual los de Durán y Mas no hayan ganado. ¿No es mayoría absoluta? ¿Y qué más da? Con los 62 escaños se puede gobernar holgadamente y, además, no cargar con la imagen abusiva que dan las mayorías absolutas. No existe literalmente ningún terreno o anécdota en el cual el resto de los parlamentarios catalanes pueda ponerse de acuerdo contra esa fuerza mayoritaria. Pero la gran partida de CiU se juega en Madrid. El primer síntoma de ello fue la noche de triunfo en el Majestic. A la hora de los discursos, ante lo que hubiera debido ser estupor de los devotos, no fue Mas sino Durán y Lleida quien llevó la voz cantante. Pocos dudan que sobre él recaerá la tarea decisiva: imponer la política de CiU a un Presidente del Gobierno español en estado de postración mental y política terminal.


El PP puede felicitarse de la mejor cifra de escaños de su historia catalana. Es cierto. De haberse, incluso, acercado bastante a las cifras de los socialistas. Es cierto que no le aportará mucha ventaja política en Cataluña, pero la extrapolación podría ser decisiva en unas generales. Y, aunque tal vez no lo formulen sus dirigentes explícitamente, asume el PP además un éxito importante: gracias a su final toma en consideración del problema inmigratorio, ha podido frenarse la temida irrupción de una extrema derecha xenófoba, representada por Plataforma per Catalunya.

Esquerra retornó a sus orígenes de rencillas e intereses personales. Devolvió a CiU un parte de los votos que le arrebató en anteriores comicios. La otra parte se fue por el desaguadero del histrionismo populista que representa Laporta. Los de Rosa Díez sirvieron para lo que estaba previsto: no sacar escaño alguno, pero sí, con sus pocos votos, privar a Ciudadanos de un par de escaños decisivos. Una elemental fidelidad a sus principios hubiera debido llamar a los de Díez a desistir en favor de los dos únicos partidos que en Cataluña representaban su misma defensa de España, a ambos lados del arco ideológico: PP o Ciudadanos. Será difícil para UPyD dar una justificación del favor hecho a los nacionalistas catalanes.

A partir de ahora, gobierna CiU. No en Barcelona, que por supuesto. Gobierna en Madrid. Mientras todo el edificio no se les acabe por caer encima. A ellos y a nosotros, a todos. Cuando la realidad aquí comienza a parecerse tanto a aquella fantasmal casa Usher del relato de Edgar Allan Poe. Sólo que ahora en versión masía.


ABC - Opinión

Fin del ‘zapaterismo’: CiU y PP, condenados a entenderse. Por Federico Quevedo

Los ciudadanos de Cataluña han efectuado un colosal corte de mangas a Rodríguez; han propinado una patada al Tripartito en los culos de Montilla y Puigcercós. Cataluña, podemos decirlo así, ha orillado el centroizquierda y se ha vuelto de centroderecha. Luego vendrán las reivindicaciones nacionalistas en las que izquierda y derecha se confunden, pero en la primera lectura del resultado de las elecciones del domingo ese es, más o menos, el resumen. No obstante, como de todo esto ya se ha hablado en las veinticuatro horas anteriores, y se han hecho todos los análisis posibles de los resultados electorales, permítanme una mirada hacia el futuro, a lo que puede pasar a partir de ahora, partiendo de una base sobre la que vengo insistiendo machaconamente -lo reconozco- desde hace cierto tiempo, y que los hechos confirman de manera que nadie puede negar salvo aquellos que se dejan llevar todavía por un extraviado apasionamiento hacia el sujeto: Rodríguez está muerto. Lo está desde hace meses, cada vez lo está más, y el tiempo que pase hasta que él mismo sea consciente -como Bruce Willis en El Sexto Sentido- de su deceso político sólo actuará en su contra. Creo, sin embargo, que a los que están a su alrededor les quedan ya pocas dudas, por no decir ninguna, de que están participando en un pertinaz velatorio, y creo también que a estas alturas casi todos ellos estarán empezando a pensar que menudo coñazo esto de estar velando al muerto y que lo mejor que pueden hacer es enterrarlo de una vez. Y a ser posible para siempre.

artiendo de esa base, lo primero que tenemos de frente de cara a los próximos meses es la posibilidad de que se adelanten las elecciones generales. ¿Cuándo? Podrían ser en febrero si Rodríguez, obligado por las circunstancias -es decir, por los mercados y la Unión Europea- disuelve el Gobierno este mes, pero sospecho que eso es demasiado precipitado y que, sin embargo, resulta más realista pensar que en enero será cuando definitivamente la situación económica nos conduzca al reino de la intervención y Rodríguez, zarandeado ya como un muñeco en manos de unos y de otros, haga por fin un servicio a la patria convocando elecciones generales junto con las autonómicas y municipales de mayo de 2011. Total, puestos a meter dos papeletas en las urnas, ¿qué más nos da meter tres? Pero no cantemos victoria, porque aun muerto todavía es capaz de seguir dando guerra y alargar esta agonía hasta el final, Dios no lo quiera, y entonces ya dará lo mismo el otoño de ese año que la primavera de 2012, aunque cuanto más tarde el batacazo socialista será mayor. En estos momentos lo que más preocupa a los dirigentes socialistas, a la vista de lo ocurrido en Cataluña, es mayo de 2011, una cita en la que el PSOE puede perder poder autonómico y municipal a mansalva. Y cuando se trata de poner en peligro los puestos de trabajo de tanta gente, ni Rodríguez puede evitar que un escalofrío recorra la espina dorsal del cuerpo electoral socialista. Digan lo que digan, hoy es su peor activo, su lastre, su condena…
«Si ganan en Castilla-La Mancha, Cantabria, Baleares, Asturias e, incluso, Extremadura, los ‘populares’ dominarán el mapa autonómico en un momento que va a ser crucial para replantear, de nuevo, el Estado de las Autonomías.»
En cualquier caso, las elecciones del domingo en Cataluña han sido el pistoletazo de salida de una larga campaña electoral que tiene su próxima cita en mayo de 2011, fecha en la que el PP, al contrario que el PSOE, puede ver considerablemente aumentada su cuota de poder, hasta un punto muy interesante porque si gana en comunidades como Castilla-La Mancha, Cantabria, Baleares, Asturias e, incluso, Extremadura, los ‘populares’ dominarán el mapa autonómico en un momento que va a ser crucial para replantear, de nuevo, el Estado de las Autonomías. Entiéndase esto, no como una concesión al nacionalismo, sino como el cierre definitivo de un proceso largo y sinuoso al que en algún momento habrá que poner fin, y solo puede hacerse volviendo a poner sobre la mesa el modelo de Estado que queremos. Es cierto que en la Transición se cedió a favor de dos comunidades autónomas otorgándoles un derecho, el del concierto, que se negó a todas las demás, incurriendo al mismo tiempo en un error histórico que el resto de los españoles venimos pagando desde entonces: el cupo. Pues bien, de todo esto habrá que hablar en el futuro, sin miedo, y con la certeza de que solo desde una posición de firmeza y dominio de la situación se pueden hacer concesiones que satisfagan a todos, no solo a una parte.

Es ahí donde creo que PP y CiU están condenados a entenderse. A los dos les interesa. A CiU porque rentabilizaría de puertas para adentro el haber conseguido por fin lo que tanto ansía: la plena autonomía fiscal. Y al PP porque eso le permitiría dejar de ser un partido marginal en aquella comunidad, y al mismo tiempo lograría cerrar esta espiral reivindicativa y diabólica a la que nos ha conducido el nacionalismo. ¿Qué puede hacerse? Es bien sencillo: se trata de garantizar la autonomía fiscal, pero sin romper el principio de solidaridad interregional. Ese ‘concierto’ tendría casi un componente armonizador mucho más efectivo que el actual modelo de financiación autonómica. ¿Y eso le gusta al PP? Pues podría decirles a ustedes que casi más que pasarse cada cuatro años cambiando el sistema de financiación y cediendo competencias cada vez que el Gobierno se encuentra en minoría y necesita de los votos nacionalistas para mantenerse en el poder. Es verdad que siempre habrá reivindicaciones, porque eso forma parte del alma victimista del nacionalismo, pero serán de otro orden, mucho menor, y casi exclusivamente referidas a los capítulos de gasto de los Presupuestos Generales del Estado. Habrá quien me diga, ¡pero si eso es un Estado Federal! Bueno, y qué, si es que ya estamos en un estado federal, solo que revisable cada cuatro años y condenado a una permanente actualización.

Recorrer ese camino va a ser inevitable. Miren, hasta ahora el modelo de la Transición se cimentaba sobre la convicción de que ninguna de las dos fuerzas mayoritarias traicionaría nunca el espíritu constitucional. Pero Rodríguez se ha llevado por delante, literalmente, esos cimientos y se ha perdido de manera absoluta la confianza que los constituyentes habían depositado en la convicción nacional de la izquierda y la derecha. Con Rodríguez en el poder, recorrer ese camino hubiese sido imposible, porque se habría entregado sin condiciones a la exigencia nacionalista del soberanismo, rompiendo con todos los principios de igualdad y solidaridad emanados de la Constitución. Lo intentó con el Estatuto de Cataluña y el Tripartito, aunque le ha costado una factura muy elevada tanto en aquella comunidad como en el resto de España. Del PP, sin embargo, nunca habrá sospecha de su convicción nacional, que no nacionalista, y por lo tanto estará en una posición ventajosa para negociar la fórmula que permita cerrar esa espiral reivindicativa sin que, al mismo tiempo, se resquebraje ese cimiento que es el que nos ha permitido crecer como país durante todo este tiempo. Yo no conozco a Artur Mas, pero sí a Mariano Rajoy, y puedo asegurarles que ni en convicciones ni en capacidad de diálogo puede ganarle nadie, y esa es una buena base de futuro. Y una esperanza para quienes creemos que ya ha pasado el tiempo de la confrontación, y debería llegar ya el del entendimiento.


El Confidencial- Opinión

Cataluña. Cambio, ¿qué cambio?. Por Guillermo Dupuy

Nada ha cambiado que no sea para que Cataluña prosiga en su proceso paulatino de ruptura y decadencia, mientras casi la mitad de su población sigue instalada en la abstención, no menos inmovilista.

El que no se consuela es porque no quiere. Y prueba de ello son los fantásticos titulares y editoriales de la prensa supuestamente nacional de centro derecha respecto a los resultados electorales en Cataluña del pasado domingo. Que si "el centro derecha arrasa en Cataluña", que si "cambio de ciclo", que si "el cambio comienza en Cataluña". Eso, por no hablar de los editoriales que con insuperable optimismo hablan de "giro a la moderación" o del "perfil moderado y posibilista" de CiU.

Evidente si nos fijamos simplemente en las siglas y en los escaños hay cambios innegables: los partidos que conformaban el tripartito se desploman; CiU consolida su liderazgo con 14 escaños más; una nueva formación separatista, la liderada por Laporta, irrumpe en escena con 4 escaños, mientras que el PP pasa a ser la tercera formación política en la comunidad autónoma, más por el desplome de Esquerra, que por un avance propio. Sin embargo, nada de esto supone un cambio real respecto al predominio nacionalista en Cataluña, ni respecto a los delirios identitarios, asfixiante intervencionismo y el enquiste de la corrupción que caracteriza a su clase política.


Especialmente patética si no fuera preocupante es la euforia en el PP, que no deja de ser reflejo de la de sus medios de comunicación. Se supone que los populares iban a "moderar" a Mas, el Ibarretxe catalán, un dirigente nacionalista radicalizado que ha hecho explícitas sus pretensiones soberanistas y su deseo de proseguir con un concierto económico que haga trizas lo que todavía no ha demolido el estatuto. El partido que encabeza Alicia Sánchez-Camacho, sin embargo, apenas ha logrado 67.800 votos más que en 2006, sin todavía recuperar el número de votos que logró Vidal-Quadras hace 15 años. La pretensión de Sánchez-Camacho de ser determinante para que CiU pudiera formar Gobierno (aspiraba incluso a alguna consejería) se queda, así, con un palmo de narices. CiU tiene margen para gobernar en solitario por mucho que no haya alcanzado mayoría absoluta. Pero el PP sólo tiene ojos para el desplome del PSC, por mucho que este no se haya traducido en un avance del constitucionalismo. Mientras tanto, la prensa de Madrid se pone patéticamente a presentar como a un moderado a quien, como Mas, los resultados electorales no le van a obligar en modo alguno a moderarse.

Total, que nada ha cambiado que no sea para que Cataluña prosiga en su proceso paulatino de ruptura y decadencia, mientras casi la mitad de su población sigue instalada en un no menos inmovilista abstencionismo. En esto va a consistir el supuesto "giro a la moderación" y "el cambio que comienza en Cataluña", con el concurso de una oposición que lo aplaude como comparsa.


Libertad Digital - Opinión

Nada sustancial salvo el daño. Por Hermann Tertsch

Que los responsables de la difusión digan que se garantiza la seguridad de las fuentes es una infame hipocresía.

ESTÁN pletóricos algunos porque un oscuro adalid de la transparencia llamado WikiLeaks ha atacado de nuevo y dejado en el más absoluto de los ridículos a los sistemas de seguridad de comunicación de Estados Unidos. Si antes le tocó al Pentágono y a documentación más o menos secreta de la seguridad militar, ahora ha sido el turno del Departamento de Estado. Cerca de 250.000 documentos confidenciales o secretos han quedado expuestos al dominio público tal como se vanaglorian ahora Wikileads y sus colaboradores en la difusión de los mismos. Y nos lo quieren vender como una gesta del periodismo y la lucha por la transparencia. En realidad no es periodismo ni nada parecido. Es una filtración de delincuentes que Wikileaks orquesta y distribuye y sus difusores administran como les viene en gana. La publicación de unos documentos de procedencia ilícita, clasificados por motivos de seguridad en una democracia, en un Estado de Derecho, sólo tiene una justificación si revelan un delito mayor que su filtración. Y por tanto un interés general por la revelación del delito. Por ejemplo, sería deseable que se publicaran aquí en España todos los documentos y grabaciones y confesiones aun por hacer de todos los implicados en el caso «El Faisán». Quienes ahora publican el gossip (cotilleo) del departamento de estado son los que más posibilidades tienen de hacerlo dada su íntima relación con el protagonista del escándalo, que no es otro que nuestro vicepresidente y ministro del interior. Aquí sí existe un genuino interés general por saber quién dio la orden aberrante a mandos policiales de colaborar con ETA, los asesinos de sus compañeros y subordinados. Eso sí sería un «scoop».

Los documentos publicados ahora, sin embargo, carecen de otro interés que la explotación más o menos morbosa de informaciones hechas en la presunción de que se realizaban de forma confidencial. Y que solo revelan la normal tarea de valoración de testimonios y opiniones, informaciones más o menos secretas aprovechando las fuentes de que disponen las embajadas y agencias norteamericanas para forjar criterios, estudiar situaciones y personajes, valorar y evitar peligros y aprovechar oportunidades. Nada ilegítimo. Al ridículo valor informativo de estos cables confidenciales se contrapone el inmenso daño general que la ruptura de la confidencialidad supone. Con la grave amenaza que es para fuentes existentes y el efecto disuasorio para fuentes potenciales que podrían causar mucho bien con sus informaciones sobre terrorismo, tráfico humano o de drogas, represión u otras acciones contra las democracias occidentales. Que los responsables de la difusión digan que se garantiza la seguridad de las fuentes es una infame hipocresía. Porque no tienen ni idea sobre la capacidad de valoración de las informaciones que puedan tener los enemigos de EE.UU. y la OTAN. Ni sobre su capacidad de identificación de fuentes. Se trata por tanto de un inmenso daño gratuito a nuestra seguridad, a la de EE.UU. y todos sus aliados. Con nulo valor informativo. Sabemos que es inútil pedir un poco de responsabilidad y cultura de defensa a quienes juegan desde la impunidad a héroes periodísticos de «Watergate» o los «Papeles del Pentágono». Desde su relativismo total, no parecen creer necesaria una defensa común de nuestro sistema de libertades. Quienes sí creemos en la necesidad de esa defensa abogamos porque este tipo de filtraciones, un atentado contra nuestra seguridad, no queden impunes. A ellos, muy ufanos por violar las comunicaciones secretas occidentales, hay que animarles a hacer lo mismo en China, Rusia o Irán. Allí no se atreven. Porque quien filtra paga. Y a quien difunde, lo mismo vienen a buscarle. Y hasta ahí no llega el coraje de estos intrépidos reporteros.

ABC - Opinión

Zapatero todavía sueña con el apoyo de CiU en Madrid. Por Antonio Casado

En Moncloa lamentan lo justo la amortización de Montilla (paso atrás, vale) y el retorno de los nacionalistas moderados a la Generalitat. La posibilidad de un futuro entendimiento con CiU es tal vez la última quimera de este castigado PSOE que aún cree en una tercera Legislatura socialista, con o sin Zapatero.

El escenario pasa por una victoria en las elecciones generales de 2012, aunque fuese por los pelos. Algo cada vez más reñido con la evolución de los acontecimientos. Pero aflora siempre entre los altos dirigentes del PSOE cuando les da por echar de menos la estabilidad que proporcionaría un socio parlamentario tan fiable como la fuerza representada en el Congreso de los Diputados por Josep Antoni Duran i Lleida.

Ni veinticuatro horas habían transcurrido desde el recuento de las urnas catalanas y ya estaba el ministro de la Presidencia y responsable de las relaciones parlamentarias del Gobierno, Ramón Jáuregui, enviando mensajes a Artur Mas, próximo presidente de la Generalitat. Sin renegar, por supuesto, de los costaleros preferentes para lo que queda de Legislatura, PNV y CC, ha dicho que el Gobierno aprovecharía la oportunidad de “ampliar consensos” si CiU se mostrase predispuesta después de su triunfo en las elecciones catalanas.


Jáuregui echa la caña demasiado pronto. Por si suena la flauta. Pero no sonará hasta que Artur Mas conozca al pretendiente dentro de quince meses, o antes si hay disolución anticipada de la Legislatura. Hasta entonces, se limitará a esperar un resultado de las elecciones generales sin mayoría absoluta para ninguno de los dos grandes partidos nacionales.

Es el escenario soñado a su vez por el presidente de la Generalitat “in pectore”. Un futuro Gobierno débil en Madrid al que pudiera arrancarle un régimen económico-fiscal copiado del Concierto Vasco y Navarro. Sea del PSOE o del PP. “Zapatero o Rajoy tendrán que aceptar el concierto catalán para que CiU les apoye”, es el aviso para navegantes que Artur Mas va deslizando cuando sale a relucir el tema de la financiación de Cataluña.

Parece que va a ser esa la estrella polar en la hoja de ruta de los flamantes ganadores de las elecciones catalanes. Rajoy ha dicho en varias ocasiones que el régimen foral vasco y navarro, reconocido en la Constitución por razones históricas, es intransferible a otras Comunidades. Por tanto, innegociable. El PSOE está en la misma posición, aunque la opinión pública no lo percibe con la misma firmeza. ¿Y si se recurriese, una vez más, al camuflaje semántico para imitar el modelo vasco y navarro con otro nombre?

De momento, el ministro Jáuregui descarta que el precio a pagar por un eventual apoyo de los nacionalistas de CiU pueda ser un concierto económico similar al del País Vasco. Sin embargo no apela al principio sino al calendario, pues no han pasado ni dos años desde que se aprobó el nuevo sistema de financiación de Cataluña “y no vamos a alterar ese modelo, lo digo con toda claridad”. Del fuero no dice nada. Y debería hacerlo si no quiere que se reinvente la sospecha de un Zapatero dispuesto a lo que haga falta por mantenerse en el poder, que ha sido pedrada recurrente de sus adversarios durante su ya declinante reinado.


El Confidencial - Opinión

28-N. Mensaje en una botella. Por Cristina Losada

En Galicia, antes, en Cataluña, ahora –y con daños mayores– el experimento acaba por irse a pique. Es el mensaje que los desolados náufragos deberían enviarle a Zapatero.

Si alguna vez se hubiera ido, se podría anunciar el regreso del nacionalismo al Gobierno catalán. Como en los pasados siete años no ha dejado de estar y ha estado incluso en sus más estridentes variantes, habrá que archivar los resultados del 28-N bajo un título menos incierto. No será fácil. El electorado catalán, aún medio escondido en el refugio de la indiferencia, ha propiciado, sobre todo, una debacle. No, desde luego, una "victoria histórica del catalanismo", como en un instante de euforia manifestaban desde CiU. ¿Acaso eran los del tripartito expelido menos catalanistas que los de Mas y Durán? Así, sin moverse del cosmos nacionalista, único realmente existente, se ha producido un realineamiento de planetas. Un par de ellos se han llevado la peor parte.

Histórica ha sido la caída del socialismo catalán y, si no fuera porque el término le viene grande, cabría calificar el retroceso de Esquerra de esa guisa. Se discute si hay más o menos "soberanistas" ahora que antes. Yo digo lo del gallego: depende. De qué se aloje en ese adjetivo indeciso. Pero quienes representaban en el tripartito la opción secesionista no encubierta se han dado un descomunal batacazo, que ni siquiera compensa la suma de los nuevos frikis del lugar. Cuando se cruzan el eje identitario y el factor gestión y crisis, la recuperación de Convergencia ha de atribuirse más al segundo que al primero. No hay motivo para castigar a Montilla por "españolista". Quienes le despreciaban por charnego nunca le votaron. Y en cuanto a echar leña al fuego identitario, nada se le puede reprochar. El PSC ha estado a la altura del nacionalismo confeso y aún superó el listón que dejara el gran Pujol.

El proceso deconstructor que el PSC y el PSOE abrieron con la infeliz ocurrencia del nuevo Estatuto y el abrazo con el nacionalismo "de izquierdas" ha tocado a su fin de la manera humillante que aguarda al temerario y torpe aprendiz de brujo. Achaquen los socialistas, si quieren, que querrán, este crepúsculo suyo, tan poco grandioso, a la grave enfermedad de la economía. Pero la única comunidad donde han mejorado electoralmente, de 2009 acá, es el País Vasco. La única en la que han mantenido una menor servidumbre hacia el nacionalismo. En Galicia, antes, en Cataluña, ahora –y con daños mayores– el experimento acaba por irse a pique. Es el mensaje que los desolados náufragos deberían enviarle a Zapatero.


Libertad Digital - Opinión

La rebelión de los barones. Por M. Martín Ferrand

Se observan en la cubierta de la nave socialista las carreras por alcanzar un salvavidas y son inevitables los codazos.

TRAS el derrumbe electoral del PSC, no por esperado menos doloroso para el PSOE, puede imaginarse a José Luis Rodríguez Zapatero, como a Mickey Mouse en Fantasía, tratando de poner orden donde no lo hay. El ritmo de la música de Paul Dukas es frenético en El aprendiz de brujo y ni el muñequito de Walt Disney conseguirá gobernar las escobas que ha embrujado con el gorro mágico del brujo Yensid ni el secretario general a los barones socialistas con mando en plaza. No se resignarán fácilmente a que llegue la próxima primavera para entregarle el relevo a sus antagonistas autonómicos del PP. Si se trata de apostar lo hago dos a uno por Mickey.

El diseño del tripartito, obra de Pascual Maragall asumida y perfeccionada por Zapatero con la ayuda y el protagonismo de José Montilla, tenía como esencia una doble traición. El PSC quiso superar a sus socios por el flanco de la izquierda y por el del nacionalismo. Malo y torpe fue lo primero; pero peor y más dañino lo segundo, puesto que el PSOE, por federalista y por español, resulta incompatible, incluso para un corto recorrido, con quienes todavía escuchan las nanas de Carlos Marx y pretenden como primer objetivo la independencia del Estado. En consecuencia, pasó lo que tenía que ocurrir. Si a eso se le añade el retraso y la inoperancia con la que Zapatero se enfrenta a la crisis económica y social, paro incluido, que nos afecta, su pronostico de futuro es incierto. Ya se observan en la cubierta de la nave socialista las carreras por alcanzar un salvavidas y son inevitables los codazos.


José Antonio Griñán, José María Barreda, Vicente Álvarez Areces, Guillermo Fernández Vara, Francesc Antich y el recién llegado Francisco Pina, ¿soportarán estoicos el chaparrón sin ponerse a cubierto hasta las próximas autonómicas? Incluso Patxi López, a quien no le afecta ese calendario, andará inquieto. Ellos, o sus relevos naturales, ¿concurrirán a las urnas sin previas y notables transformaciones en su partido de referencia? Los suicidios políticos, que los hay, son raros y más lo parece todavía la hipótesis de un suicidio colectivo sin más finalidad que darle la razón a Zapatero y asumirle como infalible líder e incuestionable conductor de una formación más que centenaria. No sé quien de los citados, o incluso de quienes no tienen, como ellos, mando en plaza y aspiran a tenerlo, disparará primero; pero el PSOE, mucho antes de las elecciones autonómicas tendrá que tomar una decisión tajante con respecto a su líder. Suponiendo que Zapatero, en un ataque de lucidez y generosidad no la tome primero. El aprendiz de brujo sigue como música de fondo.

ABC - Opinión

Messi: cuatro escaños. Por Alfonso Ussía

Hoy, centenares de analistas y aspirantes a serlo comentan los resultados de las elecciones catalanas. Toni Bolaño escribe que ha ganado el separatismo y que no es buena la noticia. Respeto su opinión pero no la comparto. No me figuro a Artur Mas metido de golpe en fregados escisionistas, y menos aún con Duran y Lleida como principal soporte. Se trataba de rescatar a Cataluña del nefasto y hasta nauseabundo Tripartito. Y han sido los catalanes los encargados de hacerlo. Subidón de CIU, gran resultado de Alicia Sánchez-Camacho y el Partido Popular –Rajoy ha intervenido, y mucho, en la campaña electoral–, y descalabro del socialismo y el independentismo agresivo y pueblerino de Esquerra Republicana. Los ecocomunistas de ICV también pierden, los Ciudadanos de Rivera se mantienen y Messi que no se presentaba, y además es argentino, ha conseguido cuatro sorprendentes escaños. La sociedad catalana, se ha demostrado de nuevo, es una macedonia de frutas. En esta ocasión, los resultados han sido tan diáfanos, que Montilla y Puigcercós han tenido que reconocer su fracaso. Es el mismo fracaso, porque uno y otro son corresponsables del naufragio catalán.

El partido de Rosa Díez, UPyD, se ha quedado en calzonas silvestres. Cataluña necesitaba claridad en los mensajes, y este grupo político no puede darla por imperativos de incapacidad. El gran derrotado de estas elecciones es Zapatero. No hay que ser analista político para entrever que en Cataluña ha principiado su gozoso desmoronamiento. Gozoso para España, quiero decir. A partir de hoy, lo que quedaba de Gobierno de España se somete a su paulatina descomposición. Zapatero se ha cargado también a Rubalcaba. A este hombre no hay quien lo detenga en su labor destructiva. Chacón no existe. La ministra de Defensa tuvo el detalle de acompañar a Montilla en su llanto de despedida. Sonreía como dijo el poeta, «con la melancolía de las lágrimas contenidas». No me pregunten por la identidad del poeta en cuestión porque la ignoro. Pero ahí estaba la ministra dando la cara y rompiéndosela simultáneamente. Otra víctima de Zapatero. Al paso que lleva el fotografiado de La Moncloa se va a quedar sólo con Leire Pajín, que aguantará hasta el hundimiento, a no ser que decida recuperar la vida en familia que le procura Benidorm.

Las derrotas de ERC e ICV son locales. Como el éxito de Messi con sus cuatro escaños. Pero los triunfos de CIU –por su interés en la futura gobernación de España– y del Partido Popular pertenecen a otra dimensión. Lo mismo que el descalabro del socialismo, que se anuncia ya sin posibilidad de recomponerlo, en todo el territorio nacional. Desde hoy, la pregunta «¿Vas a seguir, José Luis?», se convertirá en una obsesión reiterativa en todas las sedes socialistas. Hoy por hoy, el Partido Popular ganaría en Andalucía, en Extremadura y en Castilla-La Mancha. El socialismo ha perdido su feudo catalán. ¿Aguantará Zapatero hasta el naufragio definitivo? De acuerdo con su sentido del patriotismo, «Yo soy lo más parecido a la Patria», es probable que sí. Siempre que los suyos lo toleren, que está por ver. España, a partir de Cataluña, ha recuperado el viento que sopla en Europa. Un centro-derecha liberal que nos acerque a la salvación económica.
Bien por Cataluña, a pesar de los cuatro escaños de Messi, que es en verdad quien los ha conseguido.


La Razón - Opinión

28-N. ¿Qué celebran en el PP?. Por José García Domínguez

Esos catalanistas tan atildados, tan modernos y tan tibios solo reclaman renegociar por la vía de urgencia las capitulaciones de la Tercera Guerra Carlista. Un afán de lo más sensato, como se ve.

Por muy curado de espanto que se pretenda, a uno no deja de sorprenderle ese entusiasmo rayano en la euforia que la victoria de los tribalistas de aquí ha suscitado entre alguna derecha de allí. Así, diríase que para esas señoras y caballeros a quienes tanto duele España, el triunfo de Artur Mas ha supuesto un efecto balsámico, terapéutico.

Cómo entender si no que en apenas veinticuatro horas se nos hayan repuesto de aquel angustioso tormento metafísico que les causaba la suerte de los castellanohablantes de Cataluña. Recuérdese su santa ira contra las multas a los tenderos. Y su frontal repudio a la inmersión preceptiva, guinda de la exhaustiva institucionalización del monolingüismo vernáculo. Y su inquebrantable afán por clausurar las embajadas de la Señorita Pepys. Y su muy vívido escándalo, en fin, ante los dislates todos del Tripartito, esos mismos que CiU se ha comprometido a mantener cuando no a ampliar elevados al cubo.


Bien, pues ni en los archivos de Fátima resta constancia de sanaciones tan milagrosamente súbitas. Al punto de que las negras miasmas de sus escribidores orgánicos se han tornado en gozosos aleluyas. De ahí que ya los tengamos a todos celebrando gozosos el testimonio de suprema moderación que supone vindicar un dizque concierto económico, la quimera hoy prioritaria para CiU. Otra prueba del célebre "seny" que nadie ha conocido jamás por la prosaica razón de que nunca ha existido tal entelequia. Y es que esos catalanistas tan atildados, tan modernos y tan tibios solo reclaman renegociar por la vía de urgencia las capitulaciones de la Tercera Guerra Carlista. Un afán de lo más sensato, como se ve.

Postergada –de momento– la revocación formal del Compromiso de Caspe, ahora toca el cupo. Que, por cierto, no era otro el propósito que en su día los llevó a colar en el articulado Estatut unos arcanos "derechos históricos" cuya naturaleza nadie ha acertado a concretar. Aunque, a fin de cuentas, únicamente se trataba de plantar el germen de la enésima afrenta mítica; de seguir alargando hasta el infinito la tensión dramática con Madrit bajo la coartada del "expolio fiscal"; y de envenenar –todavía más– la riña entre las comunidades, abriendo el frente aún inexplorado de la asimetría financiera. Y Génova, riéndoles las gracias.


Libertad Digital - Opinión

Alfa y omega del Zapaterismo. Por Ignacio Camacho

En Cataluña han hecho crisis los fundamentos del «zapaterato». Montilla y Zapatero se han arrastrado mutuamente al abismo.

EL harakiri de Montilla es un gesto convencional de cortesía política tras un descalabro electoral, pero no va a servir de cortafuegos para el incendio que empieza a devorar la estructura del zapaterismo. El aparato socialista ha repartido consignas exculpatorias que descargan su responsabilidad en los errores del tripartito, como si éste hubiese brotado por generación espontánea y no como laboratorio de las políticas que han definido el mandato del presidente del Gobierno. Ahora parece que la alianza con Esquerra Republicana, vigente desde 2003, fue una extravagancia montillista en vez de un diseño conjunto de Maragall y Zapatero que dio soporte a la espiral de desparrame estatutario. Ni aun así bastaría para explicar una derrota cuyas dimensiones sólo se entienden a partir del desgaste abrasador de la marca zapaterista, que ha provocado una fuga masiva de electores en el cinturón trabajador de Barcelona. El PSC ha perdido un tercio de sus votos en la capital, en Badalona, en Cornellá, en Hospitalet, donde los hijos de la inmigración, los nuevos catalanes, han ido a refugiarse en Convergencia y hasta en el PP, y eso no se puede achacar sólo a las veleidades soberanistas del tripartito. Es también la primera factura de castigo al fracaso de la respuesta socialista a una crisis que el tejido de la izquierda social.

Montilla es un político mediocre y anodino que cometió, en efecto, el descomunal error de dejarse llevar por el delirio identitario de sus socios a una impostura de soberanismo extremo que no respaldaban los votos del tradicional catalanismo federalista del PSC. Pero en su pesada caída ha cargado con el lastre de la imagen pulverizada de Zapatero. Ambos se han arrastrado mutuamente al abismo; como mínimo han de compartir responsabilidades. La hecatombe de Cataluña ha encendido de nuevo las alarmas de los barones territoriales, que se ven reflejados en el espejo montillista y temen que les espere suerte similar en mayo. La conclusión interna de los dirigentes socialistas es la de que Zapatero se ha convertido en una marca perdedora, lóbrega, capaz de tumbar todo lo que tenga alrededor. Temen que el presidente se autoengañe aplicando a su análisis la distorsión del particular escenario catalán. El clamor de relevo se va a hacer insostenible, aunque todavía son pocos los que se atreven a pedirlo en voz alta.

En las elecciones catalanas han hecho crisis los fundamentos del zapaterato. El resultado no deja lugar a dudas al configurar una mayoría social de centro derecha moderada. El avance del PP —queda a siete puntos de los socialistas en su feudo más fuerte—resulta significativo de lo que puede pasar en territorios donde no existe el factor nacionalista. El proyecto que empezó a fraguar en Cataluña ha comenzado en Cataluña su desplome.


ABC - Opinión

El día después

El resultado del 28-N presenta claves de enorme interés tanto en la política catalana como española. Hay que valorar positivamente que José Montilla haya renunciado a su escaño de diputado. Con incuestionable dignidad asume como propio el resultado de su partido. Como le hemos criticado en otras ocasiones, ahora corresponde hacer lo contrario. El actual presidente de la Generalitat se apartará progresivamente de la primera línea para posibilitar la sucesión al frente del partido. Lo hace ahora no asumiendo su escaño y lo hará en el futuro renunciando a presentarse a la reelección al frente de la primera Secretaría del PSC. Los catalanes rechazaron claramente al tripartito, pero también pasaron factura por los errores que ha cometido Zapatero al frente del Gobierno. Es un preámbulo de lo que le puede suceder al PSOE en las elecciones municipales y autonómicas. La inquietud entre los barones era ayer patente, porque las estimaciones en la sede de Ferraz es que se pueden perder casi todas las capitales de provincia y que existe el riesgo de que suceda lo mismo en varias comunidades autónomas. El efecto del cambio de gobierno, que quedó amortizado hace semanas y las urnas confirmaron el domingo en Cataluña el desgaste gubernamental que vienen mostrando las encuestas desde hace más de un año. Zapatero no tiene demasiado margen porque se acumulan los problemas sobre su mesa y no parece que tenga soluciones que permitan resolverlos. La otra cara de la moneda es Rajoy. Ha visto cómo el PSOE ha perdido las elecciones en Cataluña y su partido no sólo se ha convertido en la tercera fuerza sino que lo hace con el mejor resultado de la historia. En este sentido, acortar distancias con los socialistas y situarse a sólo diez diputados permite augurar unas perspectivas muy similares a las que en las elecciones generales de 2000 le permitieron alcanzar la mayoría absoluta. Cataluña era la pieza que le faltaba a Rajoy para consolidar las expectativas de cambio en España. La magnífica e incansable labor de Alicia Sánchez-Camacho y su equipo le permite afrontar un año decisivo con garantías de éxito. Finalmente, Artur Mas hace frente al reto de la presidencia de la Generalitat en un escenario muy complicado y con una crisis de enormes dimensiones. A su favor cuenta la saturación del pueblo catalán ante los excesos cometidos por el tripartito desde su fundación en 2003. La sociedad catalana quiere prudencia, moderación y eficacia para combatir la crisis. La victoria de CiU es un extraordinario depósito de confianza, pero que debe servir, precisamente, para hacer justo lo contrario de lo que han hecho sus antecesores. Es el ocaso de los radicalismos, los experimentos y las políticas de gestos inconsistentes. El único enemigo de Cataluña es la crisis. Los esfuerzos de todas las administraciones deben ir dirigidos en esa dirección. CiU tiene experiencia y capacidad. Es el momento de reducir los gastos superfluos, mejorar la eficacia de la Generalitat, favorecer la actividad empresarial y establecer el marco que permita la creación de empleo. Mas tiene un reto difícil, pero asumible si se buscan acuerdos.

La Razón - Editorial

De interés público

Los papeles del Departamento de Estado muestran los límites de la política exterior de Estados Unidos.

La secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton calificó ayer de ataque a la comunidad internacional la publicación de los documentos de su departamento filtrados a Wikileaks y cuya difusión iniciaron ayer cinco diarios de referencia de Europa y Estados Unidos, entre ellos El País. Fue Wikileaks, organización creada con el objetivo de dar a conocer informaciones de interés público que poderes diversos pretenden mantener ocultas, quien obtuvo y divulgó filtraciones relacionadas con las guerras de Afganistán e Irak que las autoridades norteamericanas consideraron secretas.

The New York Times, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel y El País iniciaron ayer la publicación, sometida a cautelas deontológicas en algunos casos, de hasta 250.000 informes del Departamento de Estado y comunicaciones con sus embajadas en todo el mundo obtenidos por Wikileaks en los que se revelan informaciones y opiniones de indudable interés para el público. Las filtraciones anteriores de Wikileaks ya habían dejado al descubierto las razones últimas de algunas de las principales decisiones adoptadas por Washington, haciendo inteligibles movimientos internacionales que carecían de explicación.


De acuerdo con la Convención de Viena, las embajadas están autorizadas a obtener cualquier información de los Estados ante los que se encuentran acreditadas siempre que sea a través de medios lícitos. La información contenida en los documentos ahora conocidos no prueba que Estados Unidos haya cometido ninguna ilegalidad; dependerá de los medios que haya empleado para obtenerla. Pero en las instrucciones cursadas desde el Departamento de Estado se reclaman a las Embajadas estadounidenses datos de difícil o imposible acceso mediante procedimientos aceptados. Los documentos conocidos demuestran una excesiva tendencia de los organismos oficiales de Estados Unidos, y probablemente también de otros países, a clasificar como reservadas o secretas informaciones que no deberían serlo. La transparencia es la principal garantía contra la arbitrariedad en el comportamiento de los poderes públicos, incluida la corrupción. Las relaciones diplomáticas no deberían convertirse en un reducto al margen de la exigencia de transparencia.

Uno de los asuntos más relevantes de los documentos aflorados está relacionado con la estrategia de Estados Unidos y sus aliados frente al desarrollo del programa nuclear iraní. Gracias a la filtración se ha tenido constancia de que las monarquías petroleras del Golfo comparten los temores de la comunidad internacional. El problema es que también Teherán ha podido conocer las intenciones y los sentimientos que albergan sus vecinos ante su creciente hegemonía en la región, de la que el programa nuclear es uno de los principales instrumentos pero no el único. El alineamiento de hecho de las posiciones de algunos Gobiernos árabes y las de Israel puede tener un alto coste político interno para aquellos, al margen de que exigirá perfilar mejor la estrategia seguida frente a Teherán.

La proliferación nuclear en el Golfo no es un asunto regional, sino que afecta a la seguridad mundial. Los documentos dejan constancia de que todas las partes involucradas se están decantando por opciones que parecen descartar la desnuclearización completa de la región. Aunque difícil, se trata de la única opción que obligaría a buscar un arreglo general para conflictos que, como el de Israel y Palestina, han pasado a un injustificable segundo plano. Junto al escenario asiático, el de Oriente Próximo tiene un alto potencial desestabilizador para la seguridad internacional. Los documentos conocidos y relativos a otras regiones, como América Latina y Europa, dejan sobre todo constancia del grave deterioro del liderazgo político mundial.


El País - Editorial

Zapatero, un lastre para España... y para el PSOE

Sería una feliz coincidencia de intereses. A unos les interesa seguir en el machito, a España le interesa librarse cuanto antes de Zapatero.

La prima de riesgo española volvió ayer a máximos históricos superando los 270 puntos básicos respecto al bono alemán. La Bolsa de Madrid continúa su descenso hacia los infiernos y el IBEX 35 camina raudo hacia los 9.000 puntos. El mercado laboral, lejos de recuperarse, sigue sumando nuevos desempleados cada mes. La producción decrece, la deuda aumenta y nadie ve la luz al final del túnel. La economía española, en definitiva, se encuentra en estado terminal esperando un necesariamente doloroso desenlace.

El Gobierno, entretanto, persevera en su letargo y cuando sale de él es para aplicar remedios erróneos a una dolencia mal diagnosticada. La debacle económica, para la que Zapatero no encuentra solución más allá de eslóganes propagandísticos repetidos ya mil veces, ha dejado grogui al Gobierno. La generosa mayoría electoral que cosechó hace dos años y medio corre el riesgo de disolverse si antes los socialistas no buscan un recambio para Zapatero, un hombre amortizado, desprestigiado dentro y fuera de España y totalmente superado por los acontecimientos.


Las primarias madrileñas del pasado mes de octubre no fueron sino el aviso de un traicionero mar de fondo que amenaza con arrasar sin piedad la deteriorada nave socialista. La confirmación ha llegado con las autonómicas catalanas. Montilla, producto político de Zapatero desde que éste le sacó de la alcaldía de Cornellá para colocarle como ministro de Industria en la primera legislatura, ha obtenido los peores resultados de la historia del PSC en Cataluña. La responsabilidad de semejante desastre no es sólo de los socialistas catalanes, que llevan siete años gobernando junto a Esquerra y que han hecho gala de un montaraz nacionalismo, sino del propio Zapatero, que los ha avalado y los ha convertido en santo y seña de su propio programa de Gobierno.

El zapaterismo toma carta de naturaleza en Barcelona, en el salón de Tinell, cuando a instancias suyas se firmó el pacto homónimo que consistía en forjar una mayoría social-nacionalista y marginar al PP de la vida pública. Ese modelo, antidemocrático donde los haya, ha funcionado durante todos estos años y ha producido, entre otras cosas, el nuevo Estatuto de Cataluña, del que Zapatero fue el principal impulsor. El destino del PSC montillista y el del inquilino de la Moncloa están, por lo tanto, indisolublemente unidos. Cuando al primero le ha llegado su final sería lógico que ocurriese lo propio con el segundo.

De no ser así el PSOE corre el riesgo de que cunda el ejemplo catalán y se encuentre tras las elecciones de mayo herido de muerte en sus feudos tradicionales. Tal vez por eso los barones del partido, el poder local del que emana el poder estatal del que disfruta Zapatero y su camarilla, le han visto las orejas al lobo y se han apresurado a dar la voz de alarma. A los barones socialistas el futuro de España no les importa demasiado, pero sí su propia suerte al frente de sus respectivos señoríos electorales, de donde muchos de ellos podrían salir aventados la próxima primavera.

Sería una feliz coincidencia de intereses. A unos les interesa seguir en el machito, a España le interesa librarse cuanto antes de Zapatero. En suma, una consecuencia no deseada de las, por lo demás, desastrosas elecciones autonómicas en Cataluña.


Libertad Digital - Editorial