jueves, 14 de octubre de 2010

Corbacho. Cuando la única idea es encogerse de hombros. Por Juan Ramón Rallo

Incapaces de articular una "respuesta de izquierdas" a un interrogante que requería una réplica liberal, prefirieron sangrar al mercado laboral antes que renunciar a sus dogmas ideológicos.

A nadie debería sorprenderle que Corbacho se despida del Ministerio de Trabajo felicitándose por haber destruido más de dos millones de puestos de trabajo en poco más de dos años. Al cabo, toda la política económica del Ejecutivo socialista desde que los rigores de la crisis enterraron sus compulsivas mentiras ha consistido en plegarse de hombros. Incapaces de articular una "respuesta de izquierdas" a un interrogante que requería una réplica liberal, prefirieron sangrar al mercado laboral antes que renunciar a sus dogmas ideológicos. Ya lo sentenció Zapatero en uno de esos mítines rodiezmiles: "la salida a la crisis será social(ista) o no será". Y no fue.

Ahora a los socialistas sólo les queda celebrar que, al menos, no dejaron tirados a aquellos a quienes impidieron trabajar. Menos da una piedra, cierto. También se nos podría haber caído el cielo encima o haber padecido un holocausto nuclear. Eso que nos hemos ahorrado.

Sin embargo, me temo que no es Corbacho quien debiera colgarse la medalla de haber mantenido a los millones de parados que su socialista legislación laboral y su maléfica alianza con los sindicatos han generado. Bien gustoso le traspasaría los méritos si asumiera las responsabilidades que conlleva, pues en este caso estas responsabilidades se pueden resumir en un simple guarismo del que dudo mucho que Corbacho se vaya a hacer cargo: 70.000 millones de euros. Tal es la cifra con la que el ex alcalde de Hospitalet ha agraciado a sus millones de desempleados; tal es la cifra que, entre muchas otras ocurrencias socialistas, deberemos ir devolviendo todos los españoles durante los próximos años con sus correspondientes intereses. Y ello por no hablar de toda la riqueza que en este postrado país se ha dejado de crear porque cinco millones de personas hayan estado durante dos años no ya los lunes, sino toda la semana al Sol.

Esa será la cifra por la que Corbacho pasará a la historia. Pasen y vean. En este caso, una imagen sí vale más que todo lo que les pueda contar:



Libertad Digital - Opinión

De mal en peor. Por M. Martín Ferrand

Cuando la evidencia del fracaso no basta al líder de turno para retirarse del poder, hay mecanismos de repuesto.

DOS o tres millones de franceses, estudiantes de Bachillerato incluidos, han salido a la calle para protestar contra la reforma del sistema nacional de pensiones. Consideran inamovible, como una cuestión de principios, la edad de su jubilación y, con la fuerza con que sus bisabuelos defendieron la honra de sus bisabuelas, luchan por sus derechos laborales adquiridos. Es lo que se lleva en Europa. No importa que el manantial esté seco, el Estado debe proveer, desde la canastilla a la mortaja, todas las necesidades de las personas y así, instalados en la superchería del bienestar igualitario, el Viejo Continente se va quedando sin contenido. Se debilita y empobrece. El espíritu es el mismo de quienes, con inoportuna grosería, pedían la dimisión de Zapatero en un acto institucional, presidido por el Rey, con motivo de la Fiesta Nacional. Aquí se invoca la libertad de expresión, un derecho que comporta obligaciones y responsabilidad, y todo vale. Se puede romper la paz de una ceremonia funeraria u ofender con una gracieta a la mujer del presidente de Cantabria. Pero, ¿qué libertad es esa que no tiene compromiso con la realidad, carece del rigor del análisis y cursa por el camino de la mala educación?

Muy probablemente Rodríguez Zapatero le haría un bien a la Nación retirándose de la función ejecutiva. No supo ver llegar la crisis, no sabe cómo enfrentarse a ella y carece de los redaños precisos para hacer lo que se debiera. En democracia, cuando la evidencia del fracaso no basta al líder de turno para retirarse del escenario del poder, hay varios mecanismos de repuesto. El más sencillo es que el partido político en el que el líder fracasado sustenta su poder y representación le retire la segunda y le deje sin el primero. Aquí, el partido, su cúpula, ha fracasado tanto como el presidente. Todos comparten su responsabilidad. En consecuencia, si la cabeza de la oposición no quiere, o no se atreve, a utilizar la moción de censura, el mecanismo ad hocpara acelerar los tiempos de la alternancia, tendrá que esperar a que se cumpla el plazo electoral correspondiente. En las condiciones actuales, ¿España puede aguantar hasta 2012? El sentimiento colectivo, abrumado con la desesperanza, parece contestar negativamente a esa pregunta y ello le hará incurrir en grave responsabilidad a quien, en principio, está llamado a suceder a quien ya debiera irse y se aferra a la letra de una norma que no ha sabido engrandecer con la música de sus hechos. Es decir, que podemos ir de mal en peor. Sin titular y sin suplente, averiado el uno por su incapacidad y el otro por su cautela.

ABC - Opinión

Zapatero, la fiesta del Pilar y el rosario de la aurora. Por Jesús Cacho

Curioso circo el que la izquierda ha montado a propósito del desfile del martes 12 de octubre, Fiesta Nacional -con perdón- española. Me refiero al circo de los abucheos a Rodríguez Zapatero atribuidos a una “extrema derecha” al parecer omnipresente, porque ocupaba las aceras de un Paseo de la Castellana donde caben miles y miles de personas y en cualquiera de cuyas esquinas se oyeron gritos contra el Presidente. ¿Todos de extrema derecha? Y bien, o estamos ante una extrema derecha pobladísima, poderosísima, cuya existencia desconocíamos hasta ayer, o aquí hay gato encerrado. Descorramos enseguida el velo: para abuchear hoy a Zapatero no hace falta ser de extrema derecha. Tampoco de extrema izquierda. Ni siquiera de centro. Basta con estar un poco cabreado con la situación de deterioro en todos los órdenes -no solo económico- que sufre España. Y ahora se cuentan por millones los españoles cabreados, muchos de ellos votantes socialistas, por cierto.

Y aquí podríamos poner punto final a la presente reflexión, porque realmente no hay mucho más que decir. Va en el sueldo del Presidente del Gobierno de la Nación, de cualquier Presidente, de cualquier partido, aguantar los abucheos que los ciudadanos tengan a bien dedicarle -sin mediar lanzamiento de huevos, tomates o cualquier otro comestible al uso- en cualquier circunstancia, sobre todo cuando ese Presidente es un desastre y su gestión una desgracia para el país, aserto que millones de españoles, muchos de ellos votantes socialistas, estarían hoy dispuestos a suscribir. Ocurre que es ya casi un lugar común afirmar que la izquierda es maestra en el complejo arte del agit-prop, y es también una obviedad que esa izquierda no iba a dejar pasar una oportunidad pintiparada como esta -hasta el más lerdo sabía que ZP no iba a ser recibido con flores en la Castellana- para ponerse en el papel de víctima, y más en una situación como la actual, con un Gobierno y un PSOE sumidos en una de las mayores crisis de identidad de sus ciento y pico años de historia.

Por lo demás, basta ver las fotos de los supuestos energúmenos de extrema derecha que pidieron la dimisión de ZP para concluir que, con independencia de la presencia de grupúsculos de esa especie que tal vez buscaban convertir el evento en lo que al final se convirtió, lo que en la Castellana se vio tras las vallas, aunque tal vez sería mejor decir tras las rejas, era gente bastante corriente, gente de a pie carente de cualquier tipo de coordinación, que la emprendió a gritos en un tumulto desordenado, espontáneo y pedestre. Recibido en mi correo electrónico: “Soy un votante socialista que ayer [por el martes] presenció el desfile y que también pidió la dimisión de Zapatero. Soy padre de cuatro hijos, tres de ellos en el paro, y el cuarto autónomo y sin trabajo. A todos trato de ayudar con mi pensión, bastante escasa después de haber cotizado durante 45 años. ¿Qué por qué grité? Porque estoy desesperado, realmente no sé qué hacer por mis hijos, y ayer era el día que yo sabía que iba a tener al Presidente a 200 metros de distancia”.

Lamentable, cierto, que los abucheos no cesaran ni el momento del homenaje a los caídos. Sin que sirva de excusa, cabe, sin embargo, aclarar que debido al acotamiento del acto muy pocos lograron saber qué parte del mismo se estaba desarrollando en la plaza de Cuzco. Con la megafonía convertida en puro ruido, era imposible distinguir cuándo se izaba la bandera, se interpretaba el himno o se hacía el homenaje a los caídos. Reacción, pues, multitudinaria, espontánea y también triste. Sí, triste porque los ciudadanos se ven obligados a aprovechar el día de la Fiesta Nacional para expresar su descontento, cuando no simple desesperación, por la situación de un país cuya gobernación es responsabilidad del Presidente del Gobierno. Triste porque ello conlleva mancillar un acto que debería servir para otras cosas, tal que celebrar la pertenencia a una patria común presidida por la divisa de la libertad. Y triste porque de nuevo se constata el abismo que hoy separa a la gente de la calle, incapaz de ver un rayo de luz en la oscuridad reinante, de eso que se ha dado en llamar la “nación política”.

Silencio, de nuevo, sobre el desplante de Chávez a España

Con estos ingredientes, el agit-prop socialista ha montado un bonito espectáculo circense a cuenta de una “extrema derecha” de fábula, cuyo plato fuerte ha sido una supuesta declaración del propio Juan Carlos I (“El Rey critica la pitada a Zapatero”) siempre dispuesto a dejarse utilizar por el simpático rojerío patrio, convencidos a lo que parece en Zarzuela de que el futuro del edificio dinástico descansa sobre los arbotantes de una izquierda, qué risa tía Felisa, que ahora se rasga las vestiduras mientras se esconde detrás del Monarca para que no la abucheen. Más lejos ha ido la ministra de Defensa, Carme Chacón, quien, lista como es, se ha pasado esta vez de frenada al proponer un “protocolo” para la Fiesta Nacional. Ahí va una idea: celebrar el desfile, sin tanques, claro está, en los jardines de La Zarzuela o en las instalaciones de El Goloso. Más barato. Y más seguro porque, rigurosa invitación mediante, se evitarían así los abucheos a Zapatero de una vez por todas. Ya puestos, doña Carme, habría que hacer otro “protocolo” para evitar la quema de banderas nacionales en Barcelona, por ejemplo, aunque ya sé que eso no les preocupa a ustedes en demasía. Dejémonos, por eso, de protocolos y simplemente hagamos cumplir la Ley. En Madrid y en Barcelona.

Y mientras estábamos entretenidos con el bonito juego de los insultos a ZP y el gesto gravemente ofendido de la claque más cercana al carismático líder, con Rubalcaba a la cabeza, nadie, sin embargo, ha dicho ni pio de un asunto, “el asunto” en realidad, que a mi modesto entender más grave resultó del día de la Fiesta Nacional. Me refiero al desplante, insulto, ofensa gratuita, gesto inamistoso donde los haya de la Venezuela del cabo de vara Chávez hacia España y los españoles, cuya bandera no desfiló el 12 de octubre por La Castellana porque, al parecer, su portaestandarte sufría flojera intestinal esa mañana. Ni el PSOE, ni la Zarzuela, ni el Gobierno, ni por supuesto su ministro de Exteriores ha dicho esta boca es mía. Ni una palabra de queja. Ni un simulacro de protesta. La Venezuela de este aprendiz de tirano nos hace pedorretas, nos chulea, nos vitupera, expropia negocios y haciendas de los 200.000 infortunados españoles censados en aquel país y la España de Zapatero se limita a sonreír y poner la otra mejilla. O a bajarse de nuevo jubón y calzas, dispuestos todos a recibir una nueva ración de más de lo mismo. De vergüenza.


El Confidencial - Opinión

Chile. Una hazaña moral. Por Cristina Losada

Desde los dramas personales que sufrimos en las fragmentadas sociedades posmodernas se observa con nostalgia el modo de afrontar la fatalidad en aquellas que aún se rigen por valores tradicionales.

Mientras escribo estas líneas prosigue el rescate de los mineros chilenos a través de un cordón umbilical cuyas características, vistas por ojos inexpertos, llaman a establecer analogías con la fragilidad de la vida. Cada llegada de un minero a la superficie hace llorar a moco tendido. La carga emotiva del acontecimiento es tal que en torno a la mina San José velan televisiones de todo el mundo. Es la era de las emociones globalizadas, pero pocas tan diáfanas y justificadas. De una punta a otra del planeta, sus pobladores asisten a uno de los contados instantes en que se pueden sentir unidos en la adversidad y satisfechos de la capacidad humana para superarla.

Los treinta y tres hombres que han permanecido a setecientos metros bajo tierra han dado un ejemplo de resistencia, disciplina y cooperación que subraya su cualidad de valiosos instrumentos para la supervivencia. Cuantos han participado en el rescate señalan la primordial importancia de que, en el curso de su largo encierro, se hubieran mantenido juntos y establecieran y respetaran una jerarquía. Junto a la proeza técnica, en la que ha colaborado la NASA –lo que debería hacer pensar a quienes preguntan para qué sirve mandar cohetes a la Luna– encontramos, como condición sine qua non del éxito, la hazaña moral de los mineros.


En la BBC o la CNN –todavía hay que recurrir a los clásicos– mostraron el mensaje de un británico que confesaba su envidia de los mineros porque tenían mujeres e hijos que les querían. ¡Quién los tuviera en Liverpool! Desde los dramas personales que sufrimos en las fragmentadas sociedades posmodernas se observa con nostalgia el modo de afrontar la fatalidad en aquellas que aún se rigen por valores tradicionales. En el caso que nos ocupa, la familia y las creencias religiosas ayudaron a sostener la fortaleza de los atrapados. Todos lucían, al salir, camisetas con la leyenda: "Gracias, Señor". Son valores que, en nuestros contextos, se tachan de ridículos, perjudiciales y obsoletos, a pesar de su notable evolución. Y se olvida que cuando el ser humano se ha puesto a inventar otros, han resultado peores.

La operación de rescate será justo motivo de orgullo para la nación chilena. Su esfuerzo por salvar a los mineros muestra el valor que se le da a la vida en un país civilizado. Enhorabuena. Y a llorar.


Libertad Digital - Opinión

La lección de Chile. Por Ignacio Camacho

El rescate minero constituye una exhibición de eficiencia que Piñera ha liderado en un golpe de audacia.

CARAMBA con Chile. En la epopeya de los mineros ese país ha dado al mundo una lección de eficiencia, coraje, esperanza, superación y liderazgo. Y ese presidente, Piñera, se ha proyectado a sí mismo como un dirigente digno de ser tomado en cuenta. Hay otra América del Sur distinta a la de los caudillos bolivarianos y demás fantasmones de la demagogia populista, una América seria que busca su camino de desarrollo en las vías de la modernidad y el occidentalismo; países en los que la moderación política ha estabilizado el progreso democrático: el Brasil de Lula, la Colombia de Uribe y Santos, el Chile de Frei, Bachelet y Piñera. Izquierdas socialdemócratas, derechas liberales, alternancias serenas, pragmatismo educado. Democracias constructivas capaces de consolidar estándares de eficacia política sin esperpentos paramilitares ni corruptelas endémicas.

Chile acaso sea la nación con más seguridad jurídica del continente sudamericano. Hizo una transición ejemplar desde el brutalismo pinochetista y se ha aproximado con firmeza a un reconfortante modelo de bipartidismo estable; sus elecciones son un brillante ejercicio de confrontación respetuosa y sus presidentes tienen limitadas las tentaciones de abuso de poder a un solo mandato. Tiene un marco fiable de garantías civiles y económicas y recorta poco a poco sus anchas desigualdades sociales. Le falta mucho por hacer para construir una sociedad cohesionada pero se aplica a ello con determinación y confianza.


En ese marco, el rescate minero de Copiapó constituye una exhibición de fortaleza que Piñera ha dirigido en un golpe de audacia. Sus propios ministros aceptaban el desastre cuando el presidente se empeñó en desafiar al destino y rebelarse contra una catástrofe que, entre otras cosas, comprometía el prestigio de un sector económico vital en la balanza comercial chilena. La sacudida global de interés humano que ha provocado la aventura le ha permitido situarse bajo los focos del mundo entero para afianzar su crédito-país en una operación asombrosa. Apoyado en la extraordinaria, prometeica, épica resistencia y organización de los mineros, ha movilizado solidaridad, tecnología —por cierto, con destacable papel de la española Abengoa—, propaganda y eficiencia. Y ha asumido los riesgos de involucrarse de forma personal en el salvamento. Sin esconderse a esperar el final feliz, dando la cara con un excepcional arrojo.

Este «yes we can» chileno ha despertado una intensa sacudida emocional planetaria. Y ha mostrado que en la política aún se puede liderar un proceso delicado sin atenerse a las cautelas convencionales de los asesores y las encuestas. Órdenes concretas, planificación centralizada, ejecución escrupulosa y transparencia informativa. La gesta pasará a la Historia como un modelo de imaginación, de anticonformismo y, sobre todo, de fe en la condición humana.


ABC - Opinión

Los abucheos contra Zapatero agitan el miedo a la derecha. Por Antonio Casado

A elegir. Uno, ciudadanos cabreados con la política de Zapatero, que diría Esperanza Aguirre. Dos, grupos agitados por la extrema derecha, que diría el ministro Blanco. Y tres, operación organizada por el poder para despertar al alicaído electorado socialista frente al enemigo común.



De todo eso hay, según los barrios, en los análisis de lo ocurrido el 12 de octubre (“¿El día que se inauguró un hospital de Madrid?”, decía en la tele uno que pasaba por allí). Pero los procesos de intenciones a las brigadas anti-ZP dieron vidilla a los corrillos del día después para decaer luego en favor de otra hipótesis: los abucheos movilizan al alicaído votante socialista, agitan el miedo a la derecha y se vuelven contra sus inspiradores.

Esta vez se han quedado en minoría los que participaron en la trifulca frente a quienes les acusan de no respetar figuras, instituciones o símbolos que están muy por encima de Zapatero y su gestión al frente del Gobierno. Resultó insoportable, por ejemplo, comprobar cómo los abucheos reventaban el silencio del homenaje a los caídos y no se detenían cuando la liturgia de los actos imponía la coincidencia del presidente con el Rey.


Al final la reprobación de los alborotadores silencia a quienes relacionan los abucheos con lo que hace Zapatero para merecerlos y a quienes despachan el asunto con una apelación a los contratiempos incluidos en el sueldo de un político. Así que la ruidosa protesta del martes contra el presidente del Gobierno puede rebotar sobre quienes la celebraron de forma más o menos explícita por verla favorable a su causa electoral. La del PP, se entiende, mal que le pese a don Mariano Rajoy.

Movilización socialista

¿Y por qué habría de pesarle a Rajoy? Pues porque tiene ciencia propia sobre la habilidad de los socialistas para movilizarse a última hora ante los excesos de la derecha. Ocurrió en 1993, cuando Rajoy era un recién llegado a la corte aznarista. Y ocurrió en 1996 cuando vivió junto a Aznar la victoria amarga del PP. Exigua, más que amarga, por lo apretadísimo de un resultado a la contra de las encuestas que anunciaban una barrida similar a la que están anunciando ahora.

No ocurrió en el 2000 por desistimiento del electorado socialista, que propició la mayoría absoluta del PP. Y volvió a ocurrir en 2004. Entonces fue el insensato intento de engañar a los españoles sobre la autoría de un jueves de sangre (11-M) lo que movilizó a miles de socialistas, que de otro modo se hubieran abstenido de votar en un domingo de urnas (14-M).

De eso justamente hablaba un servidor ayer, en este mismo rincón de El Confidencial, cuando me refería a la capacidad del poder para silenciar o potenciar los abucheos, según convenga. Y a la sobredosis endosada a quienes siguieron la transmisión del desfile por la televisión pública, a diferencia de los que lo siguieron a pie firme, en la calle, junto a las tribunas, donde se tuvo la impresión de que Zapatero había sido blindado frente a las protestas y de que éstas habían sido incluso menos ruidosas que en años anteriores.


El Confidencial - Opinión

El milagro chileno

El mundo entero siguió ayer el desenlace de la apasionante historia de los 33 mineros que durante 69 días han vivido a 700 metros bajo tierra en el pozo San José en Chile. Pasadas las 5:00 de la madrugada en España, salía a la superficie el primero de ellos, Florencio Sepúlveda, para después continuar sus compañeros en un interminable viaje de ida y vuelta en la cápsula «Fénix 2» usada para el rescate. El drama original de estos trabajadores, a los que casi se dio por muertos en un principio, se ha transformado con el paso de los días en un ejemplo de superación y solidaridad, y en una misión nacional que ha movilizado al país en pos de un objetivo único e irrenunciable como era el de salvar la vida de los atrapados. Gracias a las tecnologías de la comunicación y la información, desde todos los rincones del planeta hemos asistido al ejercicio de coraje de los 33 hombres, héroes ya, que nunca se rindieron ni desfallecieron, y que fueron capaces de liderar el salvamento con esa determinación que les hizo superar circunstancias tan desesperadas.

Lo ocurrido en la mina San José ha simbolizado también los valores y el potencial de un país como Chile, que se ha convertido en un referente moral, político, social y económico para un continente no sobrado de espejos en los que mirarse, y sacudido con saña por una corriente populista y autoritaria desde Venezuela a Bolivia, pasando por Ecuador o Cuba. El país andino fue capaz de sobreponerse a las consecuencias de una dictadura que fracturó la sociedad, sanar heridas muy profundas y afrontar con éxito un complejo proceso de reconciliación nacional. Con la reciente victoria electoral del centro-derecha y bajo el liderazgo del presidente Sebastián Piñera, se cerró el círculo de la transición de una nación que volvió a abrazar la democracia y sentó las bases de una pujanza económica ilusionante. A diferencia de otras naciones de Iberoamérica, Chile es hoy un Estado de Derecho, donde se opera con seguridad jurídica, sin prejuicios ni sectarismos. Hay, pues, razones para que instituciones nacionales, como el Senado, o internacionales, como el Instituto Latinoamericano y del Caribe de Planificación Económica y Social, se hayan referido a Chile como un excelente escenario para el desarrollo de las inversiones gracias a una probada fiabilidad. España y las empresas de nuestro país han interpretado y valorado positiva y adecuadamente las condiciones propicias de presente y futuro que ofrece aquella nación hermana. No sin motivo, nuestro país es el segundo mayor inversor en Chile en términos de inversión acumulada, únicamente superado por Estados Unidos, mientras que más de mil doscientas empresas españolas se encuentran presentes en diversos sectores de la economía chilena, contribuyendo a su progreso. Esa presencia demuestra por sí sola el carácter estratégico de ese país para los intereses nacionales, tanto mejor garantizados bajo la presidencia de Piñera. El pequeño-gran milagro de la mina San José es, en definitiva, el de una nación que salió de ese otro pozo que supuso la dictadura, que sorteó las tentaciones populistas y decidió emprender unida la senda de la prosperidad.

La Razón - Editorial

No es un milagro

El ejemplar trabajo de los chilenos culmina con el rescate de los mineros sepultados en Atacama.

A Chile le ha tocado poner en escena el argumento que muestra que también existe un lado luminoso en la condición humana, y el país latinoamericano ha salido modélicamente airoso. Hace 69 días 33 mineros quedaron atrapados a 600 metros bajo tierra y desde el primer momento se temió lo peor: que la combinación de una naturaleza hostil con unas pésimas condiciones de trabajo terminara con la muerte de todos ellos. Más de dos semanas después llegó el primer signo de esperanza: estaban vivos. A partir de ese momento, todo el país se confabuló contra la desgracia.

Al Gobierno chileno le tocó coordinar el esfuerzo de rescatar a aquellos hombres y sacarlos de las entrañas de la mina San José, que con sus derrumbamientos ya había avisado que no toleraría una intervención violenta, ni improvisada. Era imprescindible obrar con prudencia, pero con rapidez, y combinar la tecnología más sofisticada e innovadora con el recurso a esa sabiduría que puede templar la ansiedad y la angustia de cuantos se ven implicados en una situación desesperada. El presidente Sebastián Piñera se volcó en la tarea de recabar ayuda internacional, y consiguió que los países más avanzados pusieran a su disposición la maquinaria idónea y facilitaran la participación de los mejores especialistas.


El esfuerzo ha sido, en cualquier caso, colectivo y los chilenos han superado con creces el desafío confirmando de nuevo que sus instituciones son sólidas y competentes sus profesionales que, en las múltiples tareas que surgieron día a día, pusieron por delante siempre el objetivo final y nunca sus propios intereses. La solidaridad ha sido el carburante para superar un reto que se les podía haber ido fácilmente de las manos. Chile ha dado ejemplo, no solo a sus vecinos sino al mundo entero: el rescate se produjo antes de lo previsto y se pusieron en marcha hasta tres estrategias para garantizar la vida de los mineros.

El proceso se ha seguido en todas partes a través de la televisión y los nuevos medios de comunicación. Con un argumento que tenía la intensidad de las tragedias griegas o shakespearianas, y en el que fueron perfilándose distintos caracteres, el desierto de Atacama ha sido el espejo donde millones de mujeres y hombres de las condiciones más diversas se han vuelto a asomar a las viejas heridas de la vida y la muerte, la injusticia, la pobreza, el miedo, la angustia. Los abrazos de los supervivientes han permitido, aunque fuera solo por un rato, abrir un hueco a la alegría y a la esperanza en tiempos verdaderamente difíciles. No hay que olvidar que los chilenos se enfrentaron hace unos meses, y también con enorme eficacia, a las consecuencias de un terremoto devastador.

Después del feliz desenlace, vienen los interrogantes. ¿Qué pasará ahora? La vuelta a la monótona normalidad exige redoblar las alertas. Solo con que parte de lo que se ha gastado en rescatar a los mineros se hubiera invertido en garantizar la seguridad en su trabajo, quizá el accidente no se habría producido nunca.


El País - Editorial

Corbacho se va; Zapatero se queda

El problema está en que, aunque Corbacho se vaya, Zapatero se queda. Y eso, aun a riesgo de que para entonces el sucesor de Corbacho tenga todavía menos motivos para mostrarse "satisfecho" que su patético antecesor.

Hace escasos días, y ante los micrófonos de RNE, Celestino Corbacho quiso hacer balance de su gestión al frente del Ministerio de Trabajo con una frase con la que, supuestamente, algunos ciudadanos le consuelan: "Qué mala suerte has tenido y vaya marrón que te ha tocado". Es evidente que Corbacho quería eludir con esta frase su parte de responsabilidad en el hecho de que el paro se haya duplicado desde que se hiciera cargo de la cartera de Trabajo.

Este miércoles, durante la sesión del control al Gobierno en el Congreso, la desfachatez del todavía ministro de Trabajo ha ido, sin embargo, incomparablemente más lejos cuando, al hacer de la necesidad virtud, se ha vanagloriado de que España haya alcanzado durante su mandato el "mayor porcentaje de protección social" y de que "el número de desempleados que han atendido los Servicios Públicos de Empleo se ha doblado hasta los tres millones de parados".


Al margen de que la satisfacción de Corbacho es la característica de quien cree que gobernar mejor es gastar más (algo muy típico de los socialistas), los subsidios por desempleo no son sino derechos que los desempleados adquirieron con sus cotizaciones durante sus años de trabajo. La delirante satisfacción que muestra el ministro de Trabajo sólo puede alcanzarse mediante el incremento del número de parados.

Aunque a la vista de su pésima gestión, coronada con declaraciones tan bochornosas como estas, pudiésemos sentir un gran alivio por la inminente marcha de Corbacho, no nos llamemos a engaño: tan desacertado es negar toda responsabilidad al todavía ministro de Trabajo del récord de paro que hemos sufrido, como hacerlo su único responsable. Y es que el principal responsable político de que España tenga la mayor tasa de desempleo en el área de los países de la OCDE, con un nivel de paro que supera con creces el doble de la media que tienen los países de la Unión Europea, no es otro que José Luis Rodríguez Zapatero.

A este respecto conviene no olvidar que los ceses de los anteriores ministros de Trabajo y Economia, Jesús Caldera y Pedro Solbes, con quienes España ya empezaba a volver a conocer los dramáticos datos de paro que tuvo con los gobiernos de González, no supusieron un cambio que no fuera a peor. Y es que el problema no está tanto en la incompetencia de los ministros, que también, cuanto en la de quien los nombra. El problema está en que, aunque Corbacho se vaya, Zapatero se queda... y parece que está dispuesto a aposentarse hasta el final, hasta agotar la legislatura. Y eso, aun a riesgo de quepara entonces el sucesor de Corbacho tenga todavía menos motivos para mostrarse "satisfecho" que su patético antecesor.


Libertad Digital - Editorial

Milagro en la Atacama

La eficacia de las autoridades, la profesionalidad de los técnicos y el temple de los mineros atrapados se conjugan en un final feliz.

POR desgracia, no es frecuente que las buenas noticias aparezcan en los grandes titulares de los medios informativos. Sin embargo, hoy el mundo entero se congratula por el éxito en el rescate de los mineros chilenos.

El pozo San José, el campamento Esperanza o la cápsula Fénix acaparan portadas y comentarios, mientras Chile ofrece una imagen de unidad y solidaridad ante la tragedia que refuerza la cohesión social y el propio sentimiento patriótico. La eficacia de las autoridades, la profesionalidad de los técnicos y el temple de los mineros atrapados se conjugan en un final feliz para las 33 personas que han sobrevivido a 700 metros de profundidad ante la angustia de familiares y amigos. Al margen de cualquier consideración partidista, es notorio que Sebastián Piñera se apunta un éxito político no sólo por la buena organización de los equipos de rescate, sino también por haber mantenido una actitud prudente al dejar a los expertos la dirección de las operaciones.


El aspecto humano del rescate merece una valoración muy positiva. Cada uno ha colaborado en su tarea al servicio del interés común, sin egoísmos oportunistas y con un elogiable espíritu de solidaridad. De cara al futuro, es imprescindible —en Chile y en otros países— que se refuercen las medidas de seguridad necesarias para evitar que se produzcan este tipo de situaciones dramáticas. En el ámbito internacional, es llamativo cómo ha llegado a calar un profundo sentimiento de apoyo a los mineros y al pueblo chileno, que demuestra la posibilidad de movilizar a la opinión pública al servicio de una buena causa. El papel de los medios de comunicación en la sociedad global merece una reflexión a fondo. En efecto, es preciso encontrar criterios que permitan un equilibrio razonable entre el derecho a informar y el derecho a preservar la intimidad de las personas en circunstancias tan complejas. En todo caso, hoy lo importante es expresar la satisfacción de todos por este auténtico «milagro» de Atacama que hace felices a millones de personas a lo largo y ancho del planeta. También la sociedad española ha seguido al minuto los acontecimiento, ofreciendo una plena colaboración y mostrando la natural cercanía afectiva hacia un país hermano.

ABC - Editorial

miércoles, 13 de octubre de 2010

La cosecha del desprecio. Por Edurne Uriarte

La Fiesta Nacional está cuestionada en nuestro país como no lo está en ninguna democracia.

«Un facherío rencoroso», escribía ayer un periodista de quienes abuchean a Zapatero en el desfile de la Fiesta Nacional. Y, además, «impune», añadía, como si hubiera que procesar a los autores de los abucheos. Y es que no pensaba precisamente el periodista en el debate sobre la oportunidad o no de utilizar la Fiesta Nacional como momento para la crítica al presidente del Gobierno o sobre la libertad de expresión y sus límites. Lo suyo, que es lo de esta izquierda irrecuperable para los símbolos y la adhesión a la nación, es otra cosa. Es el atávico y anquilosado rechazo al nacionalismo español, se le llame patriotismo constitucional o patriotismo a secas. Es la incapacidad para integrarse en la nación española democrática, la incontrolable aversión a su celebración. Y a quienes la celebran. He ahí la actitud que explica los abucheos a Zapatero el día de la Fiesta Nacional. No se trata tanto del rechazo a su gestión de Gobierno. Se trata más bien de su rechazo a la nación. De la figura de un presidente que, en el desfile de la Fiesta Nacional, se sitúa allí donde nunca quiso estar, en el homenaje a la nación española, al Ejército. De un presidente que proclamó desde el inicio de su primer mandato su voluntad de construir otra España, de naciones diversas, alejada del patriotismo de la derecha. El patriotismo que para él representan la Fiesta Nacional y sus símbolos. De la misma forma que lo representan quienes acuden a celebrarla, el «facherío», que diría el periodista. Y que dirían los políticos como Zapatero tan anclados en el franquismo y sus categorías. Casi cuarenta años después del final de la dictadura, la Fiesta Nacional está cuestionada en nuestro país como no lo está en ninguna democracia. Y lo más extraordinario, con nuestro presidente al frente de ese cuestionamiento. Y aún esperan algunos que los ciudadanos se callen.

ABC - Opinión

¡Vaya meneo! Por Alfonso Ussía

Todos esperábamos una pitada a Zapatero. Pero lo del desfile más que una pitada ha sido un broncazo. ¡Vaya meneo! Y lo malo para Zapatero es que no ha hecho más que empezar su merecido calvario ululado. Pocos ministros se han salvado del desafecto popular. Acostumbra a decir Zapatero que los pitos en el desfile de la Fiesta Nacional son un rito, una desagradable costumbre pasajera. No caiga en el error. Lo de ayer superó cualquier expectativa. La gente no lo soporta. El pueblo no lo aguanta. Y no intuyo en el Presidente del Gobierno el cuajo necesario para oír, un día sí y el otro también, la regañina constante de la ciudadanía.

Estaba previsto que desfilaran nueve abanderados hispanoamericanos. Afortunadamente, sólo lo hicieron ocho. Se bajó del carro a última hora la bandera de Venezuela. Todo mi respeto a esa bandera. Pero no al botarate que está llevando a ese gran país al desastre.


Escribí ayer que los militares desfilan al paso de la decencia y del honor. Entre la decencia y el honor no tiene sitio ni lugar el representante militar de un Gobierno que ampara a la ETA y a las FARC. Se dice que el abanderado venezolano se puso malito. Ese, al menos, es el argumento diplomático venezolano. Mejor. La bandera de Venezuela no tiene la culpa de representar un régimen corrupto y tirano que cobija terroristas. Ya desfilará por la Castellana cuando Venezuela y los venezolanos se libren del millonario primate. No millonario de nacimiento o trabajo sino como consecuencia de su sentido de la distribución marxista del dinero del petróleo. Casi todo para mí y un poquito para los que estén de mi lado.

Con independencia de la repentina enfermedad del abanderado venezolano, hay que volver al meneo. Rafael «El Gallo» protagonizó una horrible tarde en la plaza de toros de Madrid. Recién llegado al hotel, un aficionado se interesó por su suerte. «División de opiniones», comentó el genial torero. «Pues he oído que la bronca ha sido de órdago, maestro». Y Rafael aclaró su punto de vista. «Ha sido división de opiniones. Unos se lo han hecho en mi padre y otros en mi madre. ¿Está clarito?». Ninguna culpa tienen los padres del señor Zapatero. Y ayer, el pueblo no se dividió en la opinión. No se acordaron de sus progenitores. Fue una bronca unánime, clamorosa, insistente y creciente dedicada exclusivamente a él. El Gobierno se llevó lo suyo por ser su Gobierno. Se le fue agriando el semblante durante el transcurso del desfile de la crisis, que así lo han llamado. Al principio sonreía. Al final, ni con cosquillas. Las pitadas de años pasados pueden ser consideradas caricias comparadas con el broncazo de ayer.

Algo le afectará, aunque manifieste lo contrario. No se metió en la maleta del coche al terminar el desfile porque no queda airoso ni bonito, pero ganas de hacerlo le sobraron. ¡Qué zipizape, qué marimonera, qué pelotera, qué trapatiesta, qué ridículo! Sus medios afines dirán hoy que el público era de derechas. Era el pueblo, monines. Todo consecuencia de las mentiras, del desgobierno, de la errática y funesta política social y económica. Bronca a la inutilidad, a la incompetencia, a la falsedad y al resentimiento. No se engañen. Las ovaciones a los Reyes demostraron que el pueblo sabe establecer diferencias. ¡Qué meneo!


La Razón - Opinión

Abanderado indispuesto. Por Ramón Péres-Maura

Chávez desaira al Rey de España y a todos los españoles retirando la bandera de Venezuela del desfile.

Existen en el lenguaje diplomático múltiples maneras de manifestar el descontento de un país. Y, lo que es peor, hay muchas más de hacer el ridículo. El caso que nos ocupa es ya de conocimiento general. En el desfile de la Fiesta Nacional de ayer se conmemoraba también la independencia de las naciones que en 1810 quisieron romper con la Corona española y seguir su propio rumbo. Bajo la presidencia del Rey, España entera quería rendir tributo a unas independencias que costaron la vida de muchos españoles que lucharon en América en defensa de nuestros intereses. En el gran desfile nacional, la memoria de quienes dieron su vida por España allende los mares es jaleada ensalzando las independencias frente a las que los nuestros perdieron sus vidas. Es un gesto de reconciliación.

Lo malo viene cuando se tiende la mano de la reconciliación a quien nunca ha dejado de arremeter contra la herencia hispánica que ha configurado su país. Contra quien hasta hoy no pide cuentas a los miembros de su Administración que han acogido y entrenado a terroristas etarras para que puedan volver a España y asesinar a quien les plazca.

Chávez tiene muchos defectos, pero nadie debe dudar de que políticamente es un zorro. Mientras el actual Gobierno español se cubre de indignidad no ayudando a que la Justicia ejerza sus funciones en la persecución de quienes entrenan a asesinos de españoles al otro lado del Atlántico, Chávez desaira al Rey de España y a todos los españoles retirando la bandera de Venezuela del desfile por estar el abanderado indispuesto. Tampoco el embajador de Venezuela acudió, seguro que por estar pendiente de la salud de su abanderado. Y en el salón del Palacio Real en el que se ofreció el cóctel posterior al desfile, tampoco fue visto Moratinos. Estaría interesándose por la salud del abanderado.


ABC - Opinión

Zapatero, abucheado: mal día para deshojar la margarita. Por Antonio Casado

La tarta de la Fiesta Nacional se la estamparon en la cara al presidente del Gobierno. Una vez más Rodríguez Zapatero volvió a robarle protagonismo a la cabra de la Legión. Ya es un clásico. Como los micrófonos chivatos. O como la lectura en los labios para descifrar conversaciones furtivas. En el vídeo de ayer, por cierto, hay perlas capaces de competir con el famoso cruce verbal de Fernández de la Vega y la presidenta del Tribunal Constitucional, Maria Emilia Casas, que ya forma parte de las mejores leyendas urbanas del 12 de octubre.

Los abucheos de la mañana al presidente del Gobierno se quedaron a vivir en los corrillos del Palacio Real y en las redacciones. Veinticuatro horas después dan para una tesis sobre el pueblo soberano y su código de señales acústicas. A modo de conclusión, sólo vale lo que se dice en las urnas pero antes suena en la calle. Por lo general. Y tampoco conviene dejar fuera de la indagación la capacidad del poder para silenciar o potenciar esas señales, según convenga.


Quienes ayer siguieron el desfile en directo por la televisión pública no me dejarán mentir. Parecía una retransmisión del malestar del público, como si alguien estuviera interesado en multiplicar sus efectos. Contra el presidente del Gobierno, por supuesto, pero debidamente subrayada la coincidencia de los abucheos con imágenes de grupo (gobernantes, titulares de las instituciones, clase política en general); con la imagen conjunta de Zapatero y el Rey, don Juan Carlos; con el solemne silencio en memoria de los caídos en actos de servicio, o con los primeros acordes del himno nacional.

«Si Zapatero anunciara ahora su renuncia, su liderazgo sería aún más débil y viviríamos en la provisionalidad política hasta las elecciones.»

Sin embargo, los medios poco sospechosos de afinidad a la causa del zapaterismo sostenían ayer que este año las muestras de desaprobación popular han quedado amortiguadas y Zapatero no las ha recibido tan contundentes, tan sonoras, tan cercanas, como en ediciones anteriores de la Fiesta Nacional.

Por la distancia del público a las tribunas de autoridades de invitados, que este año era mayor, o por la ausencia de pantallas, pueden haberlo percibido así quienes estuvieron físicamente presentes. Pero quienes lo siguieron por televisión recibieron una sobredosis de abucheos con inequívoca dedicatoria: “¡Zapatero, dimisión¡” ,“¡Zapatero, dimisión¡”, y así sucesivamente, con el consiguiente paseo de la cámara por la orografía facial del presidente, al que no le sirvió de nada entrar discretamente por la parte de atrás de la tribuna para evitar el paseillo. Al llegar el Rey, el maestro de ceremonias ante el micrófono dijo con voz alta y clara: “El presidente del Gobierno se dispone a recibir a Su Majestad…”. Y entonces empezó la pitada, que se repetiría en numerosas ocasiones a lo largo de la mañana.

Mal día para deshojar la margarita sobre su candidatura a las próximas elecciones generales. Dice que lo hará cuando toque y que será una decisión muy personal. Si anunciara ahora su renuncia, su figura sería aún más vulnerable, su liderazgo aún más débil y viviríamos en la provisionalidad política hasta las elecciones. Cierto. Pero si la decisión fuese la de repetir debería anunciarlo sin problemas. No sería la primera vez que un presidente ejerce pensando en su reelección. Salvo, insisto, que ya haya tomado la decisión de no presentarse. Sólo en tal caso tiene lógica su silencio.


El Confidencial - Opinión

Hoy, mejor que mañana. Por José María Carrascal

Un amigo me decía: «Estamos ante alguien que, por retener el poder, es capaz de acabar con España».

MIENTRAS escuchábamos los abucheos a Zapatero en el desfile de ayer, un amigo me decía: «No entiendo por qué Rajoy se empeña en que Zapatero convoque elecciones. ¿No se da cuenta de que cuanto más las retrase peor estará? El presidente ha agotado su prestigio y sus fórmulas. La situación no hará más que deteriorarse y al final serán los suyos quienes le echen, para no hundirse con él. ¿No lo ve Rajoy?».

Le escuché con interés y me tomé tiempo para contestar, pues habíamos topado con el principal problema de España hoy.

«No se trata —dije— de unas elecciones ni de quien va a ganarlas, con ser fundamental. Tienes razón al decir que Zapatero está quemado, que su gestión ha sido una cadena de planteamientos equivocados y de falsas decisiones, que han arruinado su prestigio y a España, por lo que las cosas irán de mal en peor. El problema, sin embargo, es precisamente ése: lo que puede empeorar de aquí en adelante, las decisiones que puede tomar en esta última fase de su mandato, los daños que puede aún causar al país en este año y medio que le queda de agonía política. El más inmediato: las concesiones que haga para mantenerse en el poder. Ya has visto los cientos de millones de euros que pagó al PNV por su apoyo en los próximos presupuestos generales del Estado, y está por ver si no puso en peligro la caja única de la Seguridad Social, a más de minar el prestigio de Patxi López y su labor de recuperar trabajosamente la seguridad, normalidad, libertad, decencia y justicia en el País Vasco. En Cataluña, ya oíste lo que dijo en Gavá para congraciarse con los catalanes: que sigue dispuesto a recuperar algunos de los artículos del Estatut, declarados anticonstitucionales por el Tribunal Constitucional. Lo que nos devolvería a la situación anterior, de si es constitucional o no».


Hice aquí una pausa para contemplar a mi interlocutor. Su semblante mostraba preocupación, pero no toda la que deseaba. Así que reanudé la perorata.

«Y no es sólo eso. ¿Qué va a hacer para congraciarse de nuevo con los sindicatos, tras el fracaso de su huelga? ¿Va a aflojar las medidas de ajuste, como le piden? Sabe que Bruselas y los mercados le vigilan, pero a él sólo le interesa el problema que tiene delante, los otros, ya veremos. Puede, por tanto, dar marcha atrás, como llevarse por delante lo que sea, si sigue gobernando. Estamos ante alguien que, por retener el poder, es capaz de acabar con España. Y si esperamos a que su partido le eche, mejor que nos sentemos. ¿Dónde se van a ir todos ellos y ellas? Así que mejor que salga hoy que mañana».

Los gritos de «¡Dimisión!» continuaban. El destinatario, como si no fuesen con él.


ABC - Opinión

Abucheos. Zapatero y España. Por Agapito Maestre

Fuera del Partido Zapatero no tiene horizonte ideológico. Nadie, pues, puede pedirle que escuche al Estado o a la Nación. Zapatero es sólo y exclusivamente Partido.

Muchos mantienen que Zapatero odia a España, e incluso hay personas inteligentes que buscan los motivos, otros dirían razones, de este resentimiento hacia la nación española. Sin embargo, yo no creo que Zapatero odie a la nación; pues que eso supondría que alguna vez, poco o mucho, fue amada. Odio y amor, igual que el olvido y la memoria, casi siempre tienen un punto en común. El odio siempre implica algún tipo de amor. Zapatero está más que lejos del odio. Zapatero habita en las antípodas del odio. El presidente del Gobierno de España, simplemente, desconoce por completo cualquier rasgo de esa realidad histórica que llamamos la nación española. Él es, en efecto, un revolucionario. Él es un producto del Partido. Él es un simple y llano ejecutor de los designios del Partido.

Zapatero no es nada sin Partido. Zapatero es un producto sólo y exclusivo del Partido. Zapatero no ha conocido otra realidad que el Partido. Pare este hombre, que desde su más tierna infancia ha militado y desarrollado toda su tarea en el interior del Partido, la vida no existe sin el PSOE. Fuera del Partido no tiene horizonte ideológico. Nadie, pues, puede pedirle que escuche al Estado o a la Nación. Zapatero es sólo y exclusivamente Partido. Nunca se ha relacionado con otro tipo de personas que no sea socialista. Nunca ha escuchado a nadie que opine de modo diferente a sus cortos esquemitas; de hecho, y esto es trágico, ni siquiera tiene esquemas fuera del Partido. Nunca ha llevado a cabo ninguna acción política genuina, es decir, nunca ha reconocido que su ideología ha sido refutada cientos y cientos de veces por la historia.


He ahí el secreto de Zapatero en particular, y de la izquierda en general, jamás aceptarán que el socialismo ha sido refutado por lo real. Para esta gente la ideología es todo. Hay que ocultar lo real. Es menester, dice Zapatero, que la realidad histórica, esa que ha demostrado que el socialismo es una gran farsa ideología –una falsa conciencia– para someter a millones de seres humanos, no toque a nuestros seguidores. En nombre del socialismo se han cometidos los mayores horrores de la humanidad, pero el hombre del Partido socialista o comunista jamás lo reconocerá. Así las cosas, ¿entonces cómo quieren que Zapatero escuche el grito del 12 de octubre de 2010? ¿Quién en su sano juicio puede esperar una respuesta sensata, o sea política, al grito de la nación: "Zapatero, dimisión"? Nadie, pues, con criterio democrático puede esperar de un hombre de partido una respuesta política. Nacional.

Zapatero ha sido abucheado, una vez más, durante el acto central de la celebración del día de la Fiesta Nacional. La respuesta de Zapatero no podía ser otra que la ideológica. En efecto, los portavoces del jefe del Gobierno han culpado de la bronca a unos grupos minoritarios de extrema derecha. A nadie que se dedique al análisis político podría extrañarle esa respuesta. Era tan previsible como falsa. Esa reacción constituye la sustancia, el precipitado último, del entramado ideológico socialista elaborado por Zapatero y su equipo. Ese tipo de engaño, en verdad, esa fórmula ideológica ha sido tan interiorizada por la prensa afín al Gobierno que muchos de sus periodistas la repiten como si fuera doctrina propia; así, por ejemplo, ayer, en El País, decía Aguilar: "La Fiesta Nacional irá acompañado de los abucheos de rigor al presidente del Gobierno, orquestados con premeditación y alevosía y ejecutados por una claque reclutada entre el facherío rencoroso, que actúa de forma tan anónima como identificables y tan enfervorizada como impune". Pobre. Ideólogo menor de la más triste ideología del siglo XX.


Libertad Digital - Opinión

Desafecto. Por Ignacio Camacho

Lo que de verdad inquieta a Zapatero no es que le silben en la Castellana sino que lo hagan en Rodiezmo.


DE todos los abucheos que puede recibir Zapatero, el que menos le importa es del desfile del Pilar, tan tradicional que pronto habrá que incluirlo en el programa de actos. Esa bronca molesta al Rey, incomoda al Príncipe y pone en aprietos a las Fuerzas Armadas, testigos forzosos de un maleducado ajuste de cuentas que no va con ellos, pero al presidente lo reafirma en el papel que más le gusta, el de líder progre y pacifista repudiado por la derecha radical; desde su punto de vista es un ingrato gaje de oficio que no le compromete un solo voto y en cambio lo retrata por el perfil amable de víctima de los exaltados. La pitada de cada Doce de Octubre ofrece una imagen ruda de lo español como carácter pendenciero y destemplado, como país civilmente dividido, aficionado a la escandalera y al pateo e incapaz de celebrar su fiesta nacional en una mínima concordia en torno a su ejército y su bandera; un pueblo dispuesto siempre a zarandearse con pasión intransigente, ofuscado en faccionalismos sin tregua. La recurrencia ha convertido a la protesta en un áspero rito más de la efemérides, como el homenaje a los caídos o la presencia del carnero de la Legión; pero no sirve más que para sacar una foto desfavorecida de nosotros mismos porque el destinatario de la pitada la tiene desde hace años descontada de sus preocupaciones.

Lo que de verdad inquieta a Zapatero no es que le silben en la Castellana sino que lo hagan en Rodiezmo, y eso ya le ha empezado a suceder hasta el punto de haber tenido que quitarse de en medio. La impopularidad le ha achicado los espacios a los que puede ir sin recibir un abucheo, confinándolo en Moncloa para no sufrir muestras generalizadas de repudio. Mientras los pitos provenían del público del desfile se sentía incluso confortado como eventual mártir del progreso, pero ahora le abroncan los suyos allá donde se ponga al descubierto. Vaya por donde vaya encuentra desafecto; la izquierda le reprocha abandono y en la derecha no halla una pizca de comprensión porque desde el primer momento la hostigó con políticas de rechazo y aislamiento. Ayer no se privó ni Gallardón de encararse con él en público. No puede ir a la Universidad, ni salir a la calle, ni presidir inauguraciones a campo abierto; sólo se desplaza a mítines de adictos y actos institucionales blindados, procurando que la comitiva aparque lo más cerca posible de la entrada. Y al tradicional aislamiento del poder ha empezado a sumar la soledad del fracaso político. Con tanto como le gusta que le quieran está encerrado en el círculo de tiza de un creciente rechazo.

Los pitos de la parada militar nunca le impidieron ganar elecciones. Su verdadero problema es que ahora no sólo le gritan en cualquier parte, sino que le dobla el brazo cualquiera capaz de decirle que no incluso en voz baja.


ABC - Opinión

Desfile de despropósitos

No caben más errores, despropósitos e inoportunidades en lo que se supone que es el acto central de la Fiesta Nacional. El desfile militar de ayer en el Paseo de la Castellana se convirtió en una pasarela política donde cada cual dio rienda suelta a sus humores. En lugar de prevalecer el espíritu festivo y de celebración en torno a nuestros Ejércitos y a lo que significa España como nación, este 12 de octubre ha sido devorado por la anécdota, la bronca y los desplantes. Deplorable. El primer despropósito ha sido el protocolario y organizativo, que, pretendiendo blindar al presidente del Gobierno de los abucheos, puso tierra de por medio entre el público y la tribuna central. No satisfecho con esto, se intentó ocultar la llegada de Zapatero introduciéndolo por la parte de atrás de las gradas y no anunciándolo por megafonía, como sí se hizo cuando llegó el Rey. Para remate, los mismos responsables de la megafonía trataron de tapar con música a todo volumen los abucheos para que no llegaran a las televisiones. Esfuerzos todos ellos que, además de inútiles, resultaron ridículos, como atribuir a una conjura por internet los gritos de «Zapatero, dimisión». No estamos de acuerdo con que se abuchee al presidente del Gobierno ni a ninguna otra autoridad del Estado en la fecha más señalada de España. Días y oportunidades hay en todo el año para expresar, con todo motivo, el descontento, el rechazo, la irritación o el hartazgo que provoca el Gobierno. No es cuestión de razón, sino de oportunidad, y ayer no era la ocasión oportuna para los pitos y el pataleo, porque con ellos se degrada una celebración que es de todos y que está por encima de las disensiones partidistas o las discrepancias políticas. De la misma forma que en 2003 criticamos duramente a Zapatero por no levantarse al paso de la bandera de EE UU y politizar una celebración de todos los españoles, insistimos ahora en que los actos institucionales, en los que el desfile del 12 de octubre está entre los primeros, son para el homenaje, la honra y la concordia, y han de quedar al margen de consideraciones que instiguen la división. En este punto, los gestores deben dar ejemplo de responsabilidad, empezando por el Ministerio de Defensa, al cual compete organizar la parada militar sin causar tensiones políticas, sin incurrir en mezquindades o buscar subterfugios ridículos. Por otra parte, no era el momento ni el lugar para que los gobernantes diriman en público sus diferencias o debatan cuestiones pendientes. Zapatero y Gallardón se enzarzaron ayer, a la vista de todos, en una discusión calificada de «áspera» por Aguirre, testigo presencial, en la que le pidió que no discrimine a los ayuntamientos y que les dé el mismo trato financiero que reciben las comunidades autónomas y la Administración General del Estado. Al margen del lugar elegido, hay que reconocer que el alcalde tiene razón en las causas de su malestar, ya que no quiere aumentar el endeudamiento sino refinanciarlo. Por lo demás, el desfile tuvo la virtud de congregar a una gran multitud ciudadana que lo siguió entregada y con gran emoción. Las jóvenes repúblicas hispanas que este año celebran el bicentenario honraron la fiesta con su presencia, salvo la Venezuela de Chávez, cuya espantada es indigna del pueblo de ese país.

La Razón - Editorial

La Fiesta de lo discutido y discutible

Lo lamentable es que por culpa de un Gobierno cainita e incompetente, que nos ha conducido a la mayor crisis institucional y económica que haya padecido España en su reciente historia, quede poco que festejar el día de nuestra, todavía, Fiesta Nacional.

Se supone que el Día de la Hispanidad, Día del Pilar, debería de ser una jornada de celebración en la que los españoles festejáramos lo que nos une, también con el resto de los miembros de la comunidad hispana, y en la que el Ejército y nuestra bandera acapararan un lógico y merecido protagonismo. Tristemente, sin embargo, el auténtico protagonista en la celebración de nuestra Fiesta Nacional ha sido el clamoroso abucheo recibido por Zapatero –con seguridad el mayor que el presidente haya sufrido en todos sus años de Gobierno–, seguido de la no menos comentada ausencia del representante venezolano entre los abanderados de los nueve países de Hispanoamérica que cumplen el bicentenario de su independencia entre 2009 y 2011.

Respecto a lo primero, hay que empezar por señalar que lo auténticamente lamentable no son los pitidos y los reiterados gritos de dimisión dirigidos contra Zapatero, sino el desastroso balance de Gobierno que los ha provocado. Y es que por mucho que el Ministerio de Defensa haya atribuido indecentemente el abucheo a grupos organizados desde internet y ligados a la extrema derecha, las protestas de la gente entran lamentablemente en el terreno de lo normal, de lo lógico y de lo espontáneo, a la vista de un Gobierno que considera la nación como un "concepto discutido y discutible", que tiene como socios a quienes califican a la española como "la bandera del enemigo" o que ha impulsado la quiebra de nuestra nación como Estado de Derecho mediante estatutos soberanistas. Eso, por no hablar de una crisis económica a la que el Ejecutivo socialista no sabe hacer frente y que nos ha conducido a los cuatro millones y medio de parados.


A la vista de este panorama, considerar esta reacción de hartazgo y de protesta de la ciudadanía como una especie de conspiración de minorías altamente organizadas es tanto como negarse a ver la realidad. Aquí lo único organizado y premeditado han sido los esfuerzos del Gobierno por mantener a Zapatero lo más lejos posible de los espectadores del desfile, tratando estérilmente de que su presencia pasara desapercibida.

En cuanto a la ausencia del representante venezolano, parece que el embajador de ese país nos toma por tontos al darnos como excusa del plantón a una "indisposición" sobrevenida de su abanderado. Vamos, como si no hubiera en Madrid una sola persona, venezolana o no, que pudiera portar la bandera de ese país durante el desfile.

No vamos a negar que las protestas contra Zapatero se hubieran podido extender al paso de la bandera de un país cuyo gobierno acusa a nuestra policía de torturar a los etarras, que tiene entre sus altos funcionarios a uno de ellos o que ampara en su territorio las prácticas y entrenamientos de ETA y otras organizaciones terroristas como las FARC.

Sin embargo, ya sea una "espantada", ya sea un "plantón" o, más bien, ambas cosas a la vez, la bochornosa actitud del Gobierno venezolano no hace más que recordarnos las lamentables alianzas que, para desprestigio de España, mantiene Zapatero en el ámbito internacional. Al igual que a los socios nacionalistas del PSOE, a Hugo Chávez esto del 12 de Octubre y del Dia de la Hispanidad le suena a "genocidio" y "colonialismo", por lo que, al igual que ocurre con los nacionalistas, no nos tiene que sorprender su ausencia.

Lo que resulta lamentable, en definitiva, es que, por culpa de un Gobierno cainita e incompetente, que nos ha conducido a la mayor crisis económica, nacional e institucional que haya padecido España en nuestra historia democrática, quede poco que celebrar y festejar el día de nuestra, todavía, Fiesta Nacional.


Libertad Digital - Editorial

Otra fiesta del 12-O con bronca

Los gritos de «Zapatero, dimisión» ni son nuevos ni plantean nada diferente a lo que las encuestas configuran hoy como un deseo mayoritario,

INDUDABLEMENTE, la de ayer no es la forma idónea de celebrar la Fiesta Nacional. Las legítimas expresiones de rechazo popular a la gestión del Gobierno nunca deben nublar el respeto que merecen las instituciones, la bandera y el merecido homenaje a quienes dieron su vida por España. Sin embargo, la realidad es incontestable. Una vez más Rodríguez Zapatero recibió una sonora pitada durante el desfile militar celebrado en Madrid con motivo de la Fiesta Nacional. Ni el alejamiento del público respecto de las tribunas principales ni la disminución del número de invitados impidieron ayer que cientos de ciudadanos expresaran de forma ruidosa su discrepancia con el presidente. De hecho, este ha sido el año en que más arrecieron los gritos de «Zapatero, dimisión», incluso en momentos en los que, por un elemental sentido del respeto, procedían más el silencio y el recogimiento de un homenaje a las Fuerzas Armadas que los signos de desaprobación.

Sin embargo, sería absurdo ocultar que la confianza en el líder del PSOE está bajo mínimos y que el propio presidente ofrece la imagen de un político sin rumbo, sostenido a base de maniobras partidistas. El PSOE pretendió eludir la crudeza de los hechos con explicaciones para consumo interno sobre los sonoros abucheos de ayer. «Forman parte del guión», dijo Zapatero resignándose a lo que se ha convertido en una costumbre. Pero el desplome de su partido en las encuestas y la crisis interna no se arreglan culpando de sus males a «extremistas» supuestamente organizados a través de redes sociales. La Fiesta Nacional, presidida por Sus Majestades los Reyes, se celebra al más alto nivel con una parada militar y una recepción en el Palacio Real. La brillantez de estos actos no debe quedar empañada por cuestiones partidistas. Fue el propio Zapatero quien, siendo líder de la oposición, politizó el 12 de octubre y comenzó a buscar protagonismo al no levantarse al paso de la bandera de Estados Unidos, y ayer otra bandera —la venezolana— jugó una mala pasada a un Gobierno incapaz de gestionar con eficacia estas celebraciones. No es justo que, año tras año, la Fiesta Nacional sea noticia por los abucheos a un presidente. Pero tampoco lo es que, año tras año, ese presidente no haga absolutamente nada por evitarlos. Los gritos de «Zapatero, dimisión» ni son nuevos para él ni plantean nada diferente a lo que las encuestas configuran hoy como un deseo mayoritario.

ABC - Editorial