jueves, 11 de noviembre de 2010

Avui. Sánchez Camacho. Por José García Domínguez

Al igual que esas pequeñas orquestas cíngaras, las que se ganan la vida en las aceras interpretando la música que los viandantes deseen escuchar, a la Camacho tanto le da entonar un tango que un rock o una muiñeira.

Sostiene la señora Sánchez Camacho que el diario Avui ha sacado de contexto cierta frase muy suya, tanto que luce entrecomillada en el periódico para mayor abundamiento sobre su genuina maternidad. La sentencia en cuestión, de cuya veracidad la locuaz Camacho aún no ha concedido decir ni pío, es la siguiente: "[A mi hijo Manel, de cuatro años] le riño si me habla en castellano". Así las cosas, por el módico precio en saliva de pronunciar dos vocablos concatenados, en concreto las voces "es" y "mentira", doña Alicia se habría evitado incordios mayores. Es mentira. Tan sencillo como eso. Sin embargo, y vaya usted a saber por qué, ha preferido enrocarse en el brumoso jardín del contexto.

No es doña Alicia, por cierto, ni mejor ni peor que tantos políticos profesionales de su generación. Acaso un poco más torpe. Aunque solo un poco. Así, como sus pares, no posee el menor reparo con tal de defender cualquier causa y su contraria. Al igual que esas pequeñas orquestas cíngaras, las que se ganan la vida en las aceras interpretando la música que los viandantes deseen escuchar, a la Camacho tanto le da entonar un tango que un rock o una muiñeira. Si la llaman del Avui, les confesará risueña que, amén de velar sin descanso por la pureza fonética del pequeño Manel, cuenta con "muchos amigos soberanistas". Léase separatistas. Muchos, no uno ni dos ni tres. Ya se sabe, el contexto.

Si el interlocutor resulta ser Libertad Digital, plena de santa indignación proclamará airada que "estas cosas [las regañinas morfosintácticas descontextualizadas] pueden dar a entender lo que no es". Aunque, al tiempo, no habrá manera humana de arrancarle qué es lo que es y qué lo que no es. Si, en fin, es el plató de Tengo una pregunta para usted quien la acoge, con la más gozosa de sus sonrisas celebrará que Benedicto XVI "ha universalizado mucho (sic) nuestra lengua propia". Que no la impropia, esa intrusa en cuya defensa se redactó aquel célebre manifiesto que encabezara el Nobel Vargas Llosa, el mismo que ella se negó en redondo a rubricar. Y es que, a lo tonto, doña Alicia ha superado al mismísimo McLuhan: el texto es el contexto.

Nota bene:

Tras fructífera conversación con Pep Lloveras, el periodista de Avui que realizó el reportaje de marras, el arriba firmante está en condiciones de afirmar que Alicia Sánchez Camacho aún no se ha dirigido a ese periódico para exigirle rectificación alguna. Que el diario Avui no alberga la menor intención de desdecirse. Y que el autor material de la pieza, el citado Pep Lloveras, igual se ratifica en la literalidad de lo publicado.


Libertad Digital - Opinión

Papelón. Por Ignacio Camacho

La «constatación» de que Mohamed VI es el amo del Sahara representa el punto más bajo desde la Marcha Verde.

EN los treinta años de conflicto del Sahara, aprovechados por Marruecos para imponer su política de hechos consumados, España no ha sabido ni querido enmendar el papelón de su precipitada salida descolonizadora. Antes al contrario nos hemos movido siempre en una suerte de ambigüedad culpable, que el zapaterismo ha ido reconvirtiendo en abierta connivencia con la estrategia marroquí sin abandonar el discurso ambivalente salpicado de mantras de diálogo y multilateralidad. Ocurre que el sultanato, como régimen autoritario que es, resulta poco proclive a las sutilezas y cada vez más a menudo pone a prueba las tragaderas españolas con actos de una brutalidad insoslayable. El asalto a los campamentos de El Aaiún tiene ribetes de pogrom étnico que han provocado incluso la repulsa de la muy proalauita Francia sin que el Gobierno de Zapatero/Rubalcaba sea capaz de manifestarse con el mínimo de energía que requiere la dignidad democrática.

España tiene derecho incluso a ponerse de parte de Marruecos si lo considera positivo para los intereses nacionales, pero lo que no puede hacer es renunciar a su papel de referencia en un problema que como antigua metrópoli colonial le atañe de modo directo. Y eso es exactamente lo que ha hecho este Gobierno: ponerse de perfil con abstractas apelaciones a la calma, inhibirse de sus responsabilidades históricas y actuales y hasta montar el consabido lío diplomático al reconocer primero y «constatar» después —rectificando en horas, como es costumbre— los supuestos derechos efectivos y soberanos de Rabat sobre el territorio saharaui. Hacerlo en pleno escándalo por la inaceptable y violenta razzia de El Aaiún constituye un ejercicio vergonzante de sumisión política y de denegación de amparo.

El zapaterismo aplica en el Sahara su conocido criterio de doble rasero, ese hipócrita embudo moral que determina la consideración de las cosas y los hechos según su adecuación a las conveniencias propias. La legalidad de la ONU vale para desautorizar la guerra de Irak pero no para aceptar el cumplimiento del plan Baker y otras resoluciones que llevan años en el limbo de la diplomacia. Desmantelar a sangre y fuego un asentamiento de refugiados constituye una canallada si la ejecuta Israel pero no merece condena explícita cuando es Marruecos el que la lleva a efecto. Vetar a periodistas y parlamentarios como testigos de la violencia de Estado es pecado mortal para cualquier régimen democrático y pecata minuta si lo decide nuestro amigo el sultán. Nada grave para suspender el solícito interés de la ministra de Exteriores —menudo debut el de MinisTrini— por la maltrecha rodilla de Evo Morales.

La «constatación» de que Mohamed VI es el amo del Sahara representa el punto más bajo del abandono español desde la Marcha Verde. Hasta ahora: tal vez haya ocasión de constatar que podemos hacerlo peor.


ABC - Opinión

La cobardía y la soberbia del que se sabe impune

Felipe González ya no mantiene que se enteraba de esto "por la prensa", sino que reconoce, movido por su soberbia, que "informaciones y acciones" como las referidas a la guerra sucia tenían que llegar hasta él, "por las implicaciones que tenía".

Es del todo lógico el interés de los socialistas por pasar página a un asunto como el de la guerra sucia contra ETA si tenemos en cuenta, entre muchas otras cosas, que varios de los protagonistas de su encubrimiento están ahora en activo en el Congreso, como Txiki Benegas, o incluso forman parte del Gobierno, como Rubalcaba y Jáuregui.

Aspirar, sin embargo, a que unas declaraciones como las de Felipe González, en las que prácticamente se descubre como la X de los GAL, pasen desapercibidas es del todo iluso: a la catarata de declaraciones políticas que ha provocado las palabras del ex presidente socialista, se han unido acciones en el ámbito judicial. Tal es el caso de los escritos que el ex diputado de IU Antonio Romero y la viuda de Juan Carlos García Goena han presentado ante el fiscal general del Estado, en los que se le pide una apertura de las investigaciones sobre los GAL, muchos de cuyos crímenes aun no se han esclarecido.


Al afirmar que todavía no sabe si hizo lo correcto al no autorizar a finales de los 80 la liquidación en Francia de la cúpula de ETA, Felipe González no hace sino un cobarde y falso intento de maquillar con argumentos morales lo que en realidad no fue otra cosa que una actividad criminal, en la que se malversaron fondos públicos y en la que se asesinó, torturó y secuestró a miembros de ETA y a otras personas que nada tenían que ver con la organización terrorista.

Sin embargo, lo que mayor trascendencia tenga de cara al ámbito judicial sea el hecho de que Felipe González ya no mantiene que se enteraba de esto "por la prensa", sino que reconoce, movido por su soberbia, que "informaciones y acciones" como las referidas tenían que llegar hasta él, "por las implicaciones que tenía". ¿Y no las tenía el secuestro –que González denomina "detención"– de Segundo Marey, o el entierro en cal viva de Lasa y Zabala, o el asesinato de un hombre que resultó que nada tenía que ver con ETA como García Goena?

Es increíble que González pueda utilizar expresiones como "todavía hoy no se puede contar eso" o "algún día se sabrá qué tipo de información nos daban" sin que se le conmine a contar de inmediato lo que sepa respecto a crímenes que no se han esclarecido. Como ha asegurado el ex fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) José María Mena, "si Felipe González tuviera datos relevantes de un hecho criminal debería ir a un juzgado a decirlo".

No cabe esperar, sin embargo, nada de una Fiscalía General del Estado que tantas muestras ha dado de subordinación al Gobierno. Tampoco, en el ámbito político, cabe esperar una petición de perdón del PSOE por este bochornoso capítulo de su historia. Zapatero sólo está interesado en pasar página, y la dignidad, la justicia y la memoria de las víctimas de los GAL le importan tan poco como las de ETA.


Libertad Digital - Editorial

Serios errores de diplomacia

El viraje que dio este Gobierno hacia Marruecos, cuyas razones no ha explicado aún, ha desencajado los tradicionales equilibrios de España en el Magreb.

A diferencia de lo que sucede con los errores en el campo de la economía, las equivocaciones en política exterior son en ocasiones difíciles de cuantificar, pero eso no impide que el precio de la mala gestión aparezca, como le sucede al Gobierno de Zapatero, que recoge ahora los amargos frutos de su decisión de apoyar incondicionalmente a Marruecos. Negándose a condenar los hechos violentos que han desencadenado los disturbios en El Aaiún para no irritar a Rabat —lo que equivale a considerarlos como aceptables— no contribuye ni a la solución del conflicto ni a la buena marcha de la sociedad marroquí hacia la democracia, y tampoco representa a la sensibilidad mayoritaria de los españoles. Al contrario, el viraje que dio este Gobierno, cuyas razones no ha explicado todavía, ha desencajado los tradicionales equilibrios de España en el Magreb y ha contribuido a alejar las posibilidades de una solución. Marruecos es un vecino con el que es conveniente desarrollar las mejores relaciones. Precisamente debido a esa vecindad, es una insensatez exponer nuestros intereses estratégicos a las maniobras de extorsión que se puedan urdir aprovechando esa proximidad con sucesivos pretextos como la pesca, la emigración ilegal, la droga, el integrismo, Ceuta y Melilla o el Sahara.

Puesto que Marruecos no es una sociedad democrática, habría sido mejor no exponerse a esta situación con una política en la que se definan nuestros intereses, tal como Marruecos hace con los suyos.

La ministra Trinidad Jiménez ha intentado recuperar el paso recordando que España no reconoce la anexión del Sahara Occidental, sin darse cuenta que lo que ha sucedido no ha sido solamente una violenta intervención de las autoridades marroquíes, que al fin y al cabo no puede decirse que sea una novedad más que en la brutalidad de sus dimensiones. Lo peor ha sido la expresión de la violenta enemistad entre la población saharaui y los ciudadanos marroquíes llevados allí por el Gobierno de Rabat. Los enfrentamientos en las calles de El Aaiún ponen de manifiesto que la brecha que separa a las dos comunidades se ha hecho más grande en lugar de difuminarse, como pretendía Marruecos, y que cualquier solución será aún más compleja ahora que cuando el Gobierno socialista creyó erróneamente que obtendría ventajas en otros campos si cerraba los ojos ante la realidad y abandonaba los intereses de España al albur de la política marroquí.


ABC - Editorial

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Aaiún. El pueblo saharaui, Zapatero y el PP. Por Agapito Maestre

Ante tanto arcaísmo no puede nada la modernidad de Europa; he ahí en el Sahara Occidental, en la persecución de seres humanos que no quieren someterse a una dictadura, una prueba más de la gran miopía de Europa.

Ante la salvaje actuación de la dictadura de Marruecos contra el pueblo saharaui, abandonado a su suerte por España hace muchos años, los limpios muchachotes del PP acusan de "flojo, inocuo e injusto" el discurso del Gobierno sobre el Sahara Occidental. Creo que sus críticas se quedan cortas. Muy cortas. Pero algo es algo. Pero no nos rasguemos las vestiduras. Aquí todos somos culpables. El dictador marroquí seguirá saqueando los asentamientos del pueblo saharaui. No le importa nada el número de muertos. ¡Cuántos más caigan en este saqueo, dicen quienes conocen las ambiciones sin medidas del jefe político de Marruecos, mejor! Se trata de dar un escarmiento, primero, a los afectados directamente; en segundo lugar, se le envía un recado a la comunidad internacional de que nadie podrá intervenir en el territorio de Marruecos; y, finalmente, se deja constancia de que el Sahara Occidental es, definitivamente, propiedad de Marruecos. Porque así lo ha querido la "historia" y los dos últimos dictadores de ese país. Eso es todo. Punto.

El resto es mala retórica. O peor, cobardía. Zapatero está donde siempre. Al margen. En su caverna sigue agazapado, escondido y a la espera de dar el último zarpazo al noble pueblo saharaui. Es el primer paso de los socialistas para entregar, posteriormente, Ceuta y Melilla a la misma persona que ya es dueña del Sahara. Después, naturalmente, vendrá el asalto a Canarias. Es menester seguir al pie de la letra la política Exterior de Marruecos. Estamos en la primera etapa de la última gran cesión, o mejor, entrega de lo poco que queda de España a Marruecos, que es, se mire como se mire, la primera potencia del Mediterráneo protegida por EEUU y Francia.

La cosa viene de lejos. Es menester, pues, recordar los datos básicos. En el año 1974, cuando murió Franco, el Sahara Occidental fue invadido por los marroquíes. Los franquistas permitieron tal invasión. La UCD tragó con el asunto. El PSOE legitimó el proceso. El PP miró para otro lado, aunque Aznar exigió el referéndum y auspició el Plan Baker. Y, ahora con Zapatero, la cosa es aún peor: ya no quedan ni palabras dignas de mención. Sólo cabe recurrir a la ONU y que nos dejen tranquilos con nuestra miseria. Y cobardía.

Valgan tres conclusiones de este trágico asunto. Primera. El nomos de la tierra del Sahara Occidental está impuesto por el rey de Marruecos. Segunda. No hay ningún rey en el mundo que tenga tanto poder como el de Marruecos. Tercera. Ante tanto arcaísmo no puede nada la modernidad de Europa; he ahí en el Sahara Occidental, en la persecución de seres humanos que no quieren someterse a una dictadura, una prueba más de la gran miopía de Europa. Europa tiene delante una cruel dictadura y no ve nada.


Libertad Digital - Opinión

Tragedia de equivocaciones. Por José María Carrascal

El Gobierno ni siquiera ha mostrado un apoyo moral a los saharauis, que es lo mínimo, y lo máximo, a su alcance.

CON el Sahara le ha ocurrido a Zapatero como con el resto de sus grandes planes (la negociación con ETA, el estatuto catalán, la crisis económica): que le ha estallado en la cara. ¿Quiénes eran los grandes amigos, los mayores defensores de los saharauis en España? Los socialistas sin duda. Pero ante la clara violación de sus derechos, lo único que sabe hacer la nueva ministra de Asuntos Exteriores es pedir calma. Y como no quiero cometer el mismo error que ella, me creo obligado, como testigo desde la ONU del entero proceso saharaui —Marcha Verde incluida— a contar unas cuantas cosas, que seguro no gustarán a muchos.

De entrada, que lo del Sahara ha sido una tragedia de equivocaciones por todas partes, empezando por España, que pensó que podía convertir el Sahara, primero, en una provincia española, luego, en una especie de estado asociado bajo su protección, para soltarlo en banda finalmente, cuando Marruecos demostró que estaba dispuesto a ir a la guerra por el Sahara y nosotros, afortunadamente, no.


Pero los saharauis cometieron un error todavía mayor al creer que su enemigo era España, cuando su verdadero enemigo era Marruecos. El Polisario fue creado por el Ejército español como escuela de dirigentes del futuro estado, cuando aquellos vistosos «procuradores» saharauis de las Cortes franquistas resultaron inútiles para la descolonización del territorio que pedía la ONU. Pero en sus prisas, los polisarios arremetieron contra España, favoreciendo los planes anexionistas de Marruecos, conduciéndoles a la situación en que están hoy, aunque algunos de sus dirigentes, al comprobar su enorme error, se han unido a Marruecos.

Para el resto, la situación no puede ser peor. Olvidados. Nadie se acuerda de ellos y Marruecos goza del respaldo occidental, empezando por el norteamericano y el francés, al ser uno de los pocos aliados firmes en el mundo árabe frente al fundamentalismo islámico. El desmantelamiento implacable del campamento de refugiados cerca de El Aaiún, justo cuando se iniciaba una nueva tanda de conversaciones sobre el Sahara en la ONU, ha sido una flexión de músculo marroquí para demostrar quién manda allí. Y ya verán ustedes cómo no hay condena, empezando por la española, cuyo Gobierno ni siquiera ha mostrado un apoyo moral a los saharauis, que es lo mínimo, y lo máximo, a su alcance. Pero la moral es tan ajena al Gobierno Zapatero como la verdad.

El único consuelo que nos queda es que también los marroquíes pueden haberse equivocado. Creyeron poder digerir el Sahara, pero se les está atragantando. Aunque tendrá que pasar mucho tiempo y ocurrir muchas desgracias antes de que el conflicto se resuelva. Si se resuelve.


ABC - Opinión

El Sáhara, un agujero negro del Gobierno Zapatero. Por Antonio Casado

El Sáhara es una muestra más del cinismo reinante en el campo de las relaciones internacionales, regidas por la ley del más fuerte en el tráfico de intereses. Como no es un descubrimiento inesperado, tampoco viene a cuento rasgarse las vestiduras. Pero si al menos la opinión pública es consciente del atropello marroquí al pueblo saharaui, consentido por la comunidad internacional, no todo estará perdido para la causa de la ley y los derechos humanos, aunque le faltará muy poco.

Cuba y Sáhara son asuntos de política nacional. Por razones históricas, los españoles son muy sensibles a todo lo que ocurre en estos dos rincones del mundo, tan distintos, tan distantes y tan queridos. Pero así como el Gobierno de España mantiene en Cuba un adecuado grado de implicación, que se corresponde con el pasado de una memoria común, en el tema del Sáhara Occidental se está malversando dicha memoria.

Se ha ido malversando a medida que la necesidad de llevarse bien con Marruecos iba engordando la coartada. La coartada ha engordado tanto que se hace insoportable la mirada distraída del Gobierno Zapatero ante el brutal asalto al campamento saharaui de Gdaim Izik y todo lo que le cuelga en materia de derechos humanos. Lo único que se le ha ocurrido a la nueva ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, es lavarse las manos y recordarnos que el problema es de la ONU.


Así, la ONU también forma parte de la coartada de España para eludir sus deberes en nuestra antigua provincia, que van más allá incluso de los que nos corresponden como antigua metrópoli del Sáhara Occidental. Qué menos que exigirle al vecino marroquí el cumplimiento del mandato de la ONU sobre un referéndum de autodeterminación, como paso previo para la descolonización del territorio. Pues ni eso.
«Cuba y Sáhara son asuntos de política nacional. Por razones históricas, los españoles son muy sensibles a todo lo que ocurre en estos dos rincones del mundo, tan distintos, tan distantes y tan queridos.»
Posición ambigua

Bien al contrario, la flojera de España se une a la de Estados Unidos y Francia. Ninguno de ellos está interesado en denunciar el incumplimento de dicho mandato. Y de ahí resulta el hecho consumado: la ocupación ilegal de un territorio por parte de un Estado miembro de la ONU. Este es el famoso elefante que se cuela en todas las negociaciones. Nadie quiere verlo, excepto los representantes de la parte ocupada.

La posición española consiste en apostar por el entendimiento de Marruecos y el Frente Polisario en el marco de la ONU, pero eso no es decir nada frente a tan flagrantes violaciones de los derechos humanos y la legalidad internacional. Es una posición ambigua, tibia, escurridiza y pragmática. Viene dictada por la política de buena vecindad y la necesidad de llevarse bien con el fuerte. El precio es dejar tirado al débil, que es el sino de las relaciones internacionales.

Respecto a los saharauis, ya lo único que practica el Gobierno de España es la caridad, que ahora se llama cooperación, en los famosos campamentos de Tinduff, donde unos 200.000 saharauis llevan 35 años esperando el retorno a su tierra. La misma que también Marruecos considera parte de su integridad territorial, lo que significa pasarse por el arco del triunfo el estatus jurídico del Sáhara a la luz de la legislación internacional. Recordemos una vez más: “territorio pendiente de descolonización” sobre el que Marruecos no tiene ningún título de soberanía.


El Confidencial - Opinión

ETA. "Sí, yo disparé". Por José García Domínguez

Al Reino Unido, la democracia más vieja de Europa, no se le apoya una pistola en la nuca impunemente. Nadie. Nunca.

Yo seguramente hubiera dado la orden de liquidarlos. Pero tuvieron suerte, el asunto dependía de González. Y por aquel entonces el One todavía no osaba firmar determinadas sentencias. Aún no. Así que conservaron sus vidas, tan preciosas, con tal de poder seguir destruyendo las del prójimo, tan insignificantes. Después, es sabido, entraría en escena la hez de la hez: Barrionuevo, Vera, Roldán, Sancristóbal, Amedo, Domínguez, Rodríguez Colorado. Quinquis de barra americana volcados en afanar hasta las mismas alfombras del Ministerio del Interior. Imposible, pues, toda coartada moral ante la náusea súbita, el asco irreprimible. Aunque eso, decía, fue más tarde.

"Sí, yo disparé", respondió en cierta ocasión Margaret Thatcher con la integridad personal que jamás conoció ni ha de conocer González. Y al punto se hizo el silencio. Callaron todos, igual laboristas que liberales y conservadores. Como en Pedro Navaja, la canción de Rubén Blades, "no hubo preguntas, no hubo curiosos, nadie lloró". Fue cuando las fuerzas especiales cosieron a balazos a varios terroristas del IRA en Gibraltar. Y es que al Reino Unido, la democracia más vieja de Europa, no se le apoya una pistola en la nuca impunemente. Nadie. Nunca. Por lo demás, no son los únicos. Perdida su Argelia tras la descolonización impulsada por De Gaulle, la Organización del Ejército Secreto se conjuró a fin de acabar con el presidente de la República, y no de una república cualquiera sino de la que inspiraron Montesquieu, Voltaire y Rousseau. Los exterminaron. Literalmente.

Al modo y manera, por cierto, de Sarkozy y su norma de arrasar a cuantos bucaneros osen abordar naves francesas en cualquier mar del planeta. O como Israel, el único Estado de derecho en Oriente Medio. Los gudaris de Hezbolá y Hamás lo saben muy bien: ninguna aduana cómplice, la del Líbano por ejemplo, podrá obsequiarles ni inmunidad ni impunidad. Ninguna. Lo que reste en pie de la cúpula de Al Qaeda tampoco lo ignora. Estén donde estén, a diferencia de tanto Hamlet celtíbero, Estados Unidos nunca dudará ni un segundo en ir a por ellos. Nunca. Como nunca se sabrá seguro el albacea criminal del Mono Jojoy en las FARC, se esconda donde se esconda. O como... ¿Hace falta seguir? ¿A qué entonces tanta lágrima de cocodrilo?


Libertad Digital - Opinión

Un desencuentro inevitable. Por Florentino Portero

«Nuestra diplomacia, tan comprometida de palabra con el multilateralismo, incumplió sus obligaciones, cedió la administración a Marruecos y Mauritania, aunque no tenía competencias para ello, y situó la descolonización del Sahara en un callejón sin salida».

DE nuevo, cual Guadiana que se oculta y reaparece, nos encontramos frente a frente con una difícil situación en nuestras relaciones con el Reino de Marruecos, que en parte deriva de intereses contradictorios y en parte de nuestros propios errores. En esta ocasión es el tratamiento de la cuestión saharaui el que nos enfrenta al Gobierno de Rabat, un problema del que no podemos librarnos, por mucho que nuestras autoridades lo deseen.

España es la potencia administradora del Sahara, el Estado que se comprometió en Naciones Unidas a gestionar la descolonización de este territorio que durante años estuvo bajo su control. Aprovechando la debilidad institucional creada por la enfermedad y muerte de Franco, el entonces Rey Hassan II planteó un reto diplomático-militar en forma de Marcha Verde, una masa humana desarmada que se dirigió hacia el Sahara en defensa de la soberanía marroquí de aquel territorio. Los dirigentes españoles de entonces valoraron sus fuerzas y optaron por ceder, en la idea de que un enfrentamiento podía desestabilizar la de por sí compleja transición del franquismo a la Monarquía democrática. La pacífica convivencia entre los españoles, la definitiva superación de la Guerra Civil, aconsejaba el sacrificio de los derechos saharauis que, por otra parte, tantos quebraderos de cabeza nos habían provocado con sus actos violentos.


No sé si el enfrentamiento con Marruecos hubiera desestabilizado la transición, lo que es evidente es que España actuó indignamente. Nuestra diplomacia, tan comprometida de palabra con el multilateralismo y tan defensora de Naciones Unidas, incumplió sus obligaciones, cedió la administración a Marruecos y Mauritania, aunque no tenía competencias para ello, y situó la descolonización del Sahara en un callejón sin salida.

Para la Monarquía alauí, la anexión del Sahara es un objetivo fundamental y hará todo lo que esté en su mano para conseguirlo, más aún si tenemos en cuenta los sacrificios —diplomáticos, económicos y militares— que ha realizado a lo largo de estos años. Nadie, ni siquiera Argelia, está dispuesto a enviar una fuerza expedicionaria para rescatar el Sahara de las manos de Marruecos. Los márgenes de acción son por lo tanto estrechos y en ese pequeño espacio se ha movido nuestra diplomacia.

Para España es esencial mantener unas relaciones correctas y equilibradas con nuestros dos grandes vecinos del sur: Marruecos y Argelia. Con los dos tenemos una relación de siglos, de los dos dependemos para aspectos capitales de nuestra actividad: seguridad, emigración, aprovisionamiento de energía. Nuestros destinos están unidos. Necesitamos que ambos países sean prósperos y que colaboren con nosotros en el esfuerzo común de garantizar la estabilidad en la zona del Estrecho. La UCD, con diplomáticos como Marcelino Oreja y Juan Pedro Pérez-Llorca, desarrolló una política exterior en la que se reivindicaba la convocatoria de un referendo para que los saharauis decidieran su futuro, tal como estableció Naciones Unidas, al tiempo que se trataba de mantener una relación positiva con Marruecos y se aumentaba la dependencia energética respecto de Argelia.

La llegada del Partido Socialista al poder nos deparó uno de esos ejemplos de incoherencia a los que nos tiene acostumbrados. De una defensa extrema de la causa saharaui se pasó a una sorprendente comprensión de las posiciones marroquíes, en el marco de una reconstrucción de los Pactos de Familia por los que la diplomacia española se subordinaba a los intereses franceses. Con disciplina leninista, medios de comunicación que habían defendido una posición pasaron a comprender la contraria, al tiempo que depuraban sus redacciones de periodistas incómodos. Con Morán se colocó sobre la mesa el argumento de que era esencial para España la estabilidad de Marruecos, de lo que se derivaba que, de nuevo, los intereses nacionales requerían el sacrificio de la causa saharaui. De forma más discreta, un segundo argumento se fue imponiendo entre políticos y diplomáticos de izquierda: servir la cesión del Sahara como garantía de tranquilidad para Ceuta y Melilla.

José María Aznar retomó la posición establecida por Marcelino Oreja y buscó reequilibrar nuestra diplomacia en el Estrecho con una posición equidistante entre Argelia y Marruecos, mientras que la relación de dependencia respecto de Francia daba paso a una política más ambiciosa y autónoma. Del éxito de esa apertura da testimonio el apoyo internacional recibido por España ante la agresión marroquí en la crisis del islote de Perejil. El joven Rey comprendió que si quería mantener en el futuro pulsos de esa naturaleza con España necesitaba mejorar sus relaciones con Washington, tarea a la que se entregó aprovechando el renacer de un antinorteamericanismo primario con la llegada de Rodríguez Zapatero a La Moncloa.

El tándem Zapatero-Moratinos dio un giro radical a nuestra política exterior, prescindiendo de la posición autónoma y atlantista, volviendo al seguidismo de Francia y profundizando en el giro pro-marroquí inaugurado por González. Una política coherente con la vuelta a una posición pro-árabe en la crisis de Oriente Medio. Esta nueva diplomacia tenía varios costes inmediatos, el primero de los cuales era la renuncia a la defensa de los derechos humanos en nuestra acción exterior, entrando de nuevo en abierta contradicción con la retórica oficial. El segundo, derivado del anterior, el abandono de la causa democrática y la aproximación y defensa de regímenes dictatoriales o gobiernos autoritarios.

En el área magrebí la opción pro-marroquí supuso una crisis seria de nuestras relaciones con Argelia, así como un alza de los precios del gas, a manera de impuesto por nuestra infidelidad. La cesión ante las demandas marroquíes y nuestra debilidad en Europa convencieron a Estados Unidos de la inviabilidad de la causa saharaui. Mohamed VI ha fortalecido el vínculo diplomático con Washington en una región crítica para la potencia norteamericana, ha estrechado la colaboración en el terreno de la inteligencia y ha realizado importantes concesiones a las empresas de ese país.

El resultado es que nuestra diplomacia se encuentra más expuesta que nunca al chantaje marroquí, siempre dispuesto a utilizar la gestión de los flujos migratorios, del contrabando, de la pesca, el islamismo, el futuro de Ceuta y Melilla y el comportamiento de la población de origen marroquí en España como palancas para forzar voluntades, sobre todo cuando no hay disposición a la defensa de los intereses nacionales. Con Moratinos o con Jiménez la diplomacia española está al albur de los movimientos de la corte marroquí, obligada a justificar violaciones de derechos humanos o cualquier otra arbitrariedad.

Marruecos sabe quién es y qué quiere. Su estabilidad no está garantizada, pero no hay por qué pensar que la nuestra es mayor. Con Zapatero la diplomacia española ha venido a reflejar la crisis de identidad nacional, la falta de valores e intereses y la carencia de firmeza necesaria para ser alguien en política internacional. Nunca estuvimos peor desde la muerte del general Franco y no recuperaremos el pulso a menos que antes pongamos en orden nuestra política interior, condición sin la cual difícilmente podremos establecer unos objetivos claros en nuestra dimensión exterior.


Florentino Portero es Profesor de Historia de la UNED

ABC - Opinión

Eguiguren contra la memoria, la dignidad y la justicia

Según Eguiguren, "te olvidas de todo cuando estás negociando". Sobre todo –añadimos nosotros– cuando no te han sacado un hijo asesinado de los escombros y te has envilecido tanto como esa "paz" con la que auguras un triunfo electoral de tu partido.

A lo largo de su historia, han sido muchas y muy variadas las humillaciones que han sufrido las víctimas del terrorismo nacionalista en nuestro país. Pocas han sido, sin embargo, tan lacerantes y continuadas en el tiempo como las que han tenido que sufrir con la figura del histórico e irredento miembro de ETA, José Antonio Urrutikoetxea, alias Josu Ternera.

Primero tuvieron que ver cómo este etarra lograba en 1998 sentarse en el parlamento autonómico vasco para ser nombrado, poco tiempo después, miembro de su Comisión de Derechos Humanos. En 2002, gracias a las confesiones de otros etarras que lo situaban como "dirigente absoluto" de ETA en el momento en que se perpetró el atentado contra la casa-cuartel de Zaragoza, la justicia lo pudo acusar de haber dado la orden de provocar aquella matanza, en la que fueron asesinadas 11 personas –entre ellos, cinco niñas– y heridas 88, pero las víctimas tuvieron que ver cómo Ternera se daba la a la fuga. Desde entonces, la orden de prisión incondicional y la orden de busca y captura internacional dirigidas contra Ternera han sido algo peor que papel mojado: han sido un imperativo de nuestro Estado de Derecho que el Gobierno de Zapatero ha burlado con total impunidad y ante los condescendientes ojos de la práctica totalidad de la clase política y mediática de este país. Y todo en pro de una "paz sucia" por la que el presidente del Gobierno se comprometió públicamente a que "todo tendrá cabida, tenga el alcance que tenga".


Por lo visto, la humillación de las víctimas no ha sido, sin embargo, bastante y este domingo el presidente del PSE y emisario de Zapatero, Jesús Eguiguren, quiso darnos en televisión una imagen afable de esa bestia que –se supone– era y sigue siendo un prófugo de la justicia: "Me entendía bien con él", "comimos bastantes veces juntos, eso da pie a hablar de muchas cosas"; "somos de la misma edad más o menos, tienes hijos, en seguida conectas con ciertas reflexiones". Y es que, según Eguiguren, "te olvidas de todo cuando estás negociando". Sobre todo –añadimos nosotros– cuando no te han sacado un hijo asesinado de los escombros y cuando te has envilecido tanto como esa "paz" con la que auguras un triunfo electoral de tu partido.

Desde aquí nos solidarizamos con la querella que Voces contra el Terrorismo ha interpuesto contra Eguiguren por la nueva e intolerable humillación que han supuesto sus palabras. Sin embargo, no podemos ocultar nuestra escasa confianza en que su justa reclamación prospere: ni la Fiscalía ni el juez lo han citado para que colabore con esa orden de búsqueda y captura que existe contra Ternera. Se ve que no quieren apretar la agenda de quien, como Eguiguren, ya está muy ocupado prestando colaboración a la defensa de Otegi. Una nueva infamia del presidente del PSE que el PSOE, en clara complicidad con Eguiguren y con todo lo que significa, se ha limitado a calificar de "visión optimista (sic) que nosotros no compartimos".

Con todo, bienvenida sea esta querella como testimonio de la dignidad, memoria y justicia que merecen las víctimas y como muestra de resistencia cívica ante esa envilecida paz que pretende destruirlas.


Libertad Digital - Editorial

Perdido entre la «X» y ETA

González y Eguiguren han dicho lo que han dicho porque no hay un Gobierno respetable que les hiciera valorar los perjuicios de sus palabras.

CUANDO el PSOE dice que la estrategia del PP para llegar a La Moncloa en 2012 consiste en no hacer nada debería empezar a preocuparse de lo que pone de su parte para que este método de esperar y ver, que achaca personalmente a Rajoy, sea eficaz. Si el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, se burla de las instrucciones de silencio del partido y hace público homenaje a sus buenas relaciones con Josu Ternera, etarra fugado, y anuncia que ETA hará tregua definitiva en Navidad; y si Felipe González confiesa que tomaba decisiones que podían haber matado o no a etarras asumiendo el control de la guerra sucia, es porque dentro del PSOE hay gente a la que le resulta indiferente el futuro del actual inquilino de La Moncloa. Gente más numerosa de la que parece, porque ni Eguiguren es solo un «verso suelto» ni Felipe González un jubilado locuaz, muy «querido» por cierto por Pérez Rubalcaba y José Bono. Eguiguren y González han dicho lo que han dicho porque no hay un Gobierno respetable que les hiciera valorar los perjuicios de sus palabras en la imagen de Zapatero, hecha trizas por más que pueda interpretarse también que el afán de Rubalcaba o González es servir como escudo de protección del líder del PSOE y recibir golpes en su lugar.

Se decía que el problema del Gobierno era la mala comunicación de su política. Hecha la remodelación, se comunica muy bien que el problema es su mala política, y esta idea toma cuerpo cuando empiezan unas apariciones públicas que se manifiestan como aparentes soluciones para camuflar la debilidad de Zapatero, pero que se están saldando con fracasos estrepitosos. No hay otra explicación posible a que, en este momento, salgan a la palestra de forma tan cruda y temeraria las implicaciones de los gobiernos de González con la guerra sucia contra ETA y su reverso de las negociaciones políticas del Gobierno de Zapatero con los terroristas. La responsabilidad, en ambos casos, es exclusiva del PSOE, a través de quien ostenta la presidencia del socialismo vasco y de quien ha sido presidente del Gobierno desde 1982 hasta 1996. Las claves internas de este caótica situación del PSOE y del Gobierno pueden perderse en especulaciones sobre teóricas operaciones de acoso y derribo a Zapatero, o de encumbramiento de sucesores, o de supervivencia personal. Pero la suma de despropósitos en los últimos días demuestra que este Gobierno se mantiene solo porque Zapatero tiene la llave de las elecciones anticipadas.

ABC - Editorial

martes, 9 de noviembre de 2010

El puritano que se iba de putas. Por Guillermo Dupuy

En el fondo lo que evidencia el GAL es un profundo nihilismo, una falta de respeto al imperio de la ley y una desconfianza hacia sus enormes posibilidades.

No les falta razón a quienes, a raíz de las declaraciones de Felipe González en El País, señalan que "él mismo se está poniendo en situación de decir que la famosa X de los GAL era él". Sin embargo, no les voy a hablar de algo que, como la responsabilidad del ex presidente del Gobierno socialista en la guerra sucia contra ETA, doy por descontado, sino del enorme ejercicio de hipocresía que siempre me pareció su práctica por parte de quienes, de forma paralela, se rasgaban las vestiduras ante cualquier requerimiento de endurecimiento legítimo del Estado de Derecho en la persecución de ETA y de su entorno.

Aquella orgía criminal, en la que se malversaron fondos públicos y en la que se asesinó, torturó y secuestró a miembros de ETA y a otras personas que nada tenían que ver con la organización terrorista, fue autorizada por quienes, al mismo tiempo y de cara a la galería, denigraban como una rémora franquista o una muestra de fascismo, no ya la aplicación con todas las garantías jurídicas de la pena de muerte, sino la mera exigencia de la aplicación íntegra de las penas de reclusión a los terroristas con delitos de sangre. Eran los mismos que también ponían a caldo a Manuel Fraga por atreverse a pedir algo como la ilegalización de la entonces Herri Batasuna. Con complejo de "nuevo demócrata", González y los suyos mantenían al Estado de Derecho al ralentí y daban una imagen papanata e impotente de la democracia que la presentaba como incompatible con el aumento de la represión del delito, en general, y del terrorismo en particular.


González ha recordado ahora la nula colaboración antiterrorista que efectivamente en aquella época cabía esperar del Gobierno francés. Pero, al margen de las nulas iniciativas legislativas de su propio Ejecutivo para endurecer la lucha legal contra ETA y su entorno, ¿cuántos reproches, quejas o protestas, dentro o fuera de nuestras fronteras, hizo públicamente el Ejecutivo de González contra el Gobierno socialista de François Mitterrand por su nula colaboración? Ninguna. Y es que entonces lo "progre" era despotricar contra un Reagan o contra una Thatcher pero no contra un Ejecutivo socialista.

A este respecto recuerdo también que, en una operación antiterrorista, los servicios secretos británicos abatieron a tres miembros del IRA en Gibraltar, y que la primera ministra zanjó el asunto diciendo en el Parlamento su célebre "he sido yo". Claro que esa operación antiterrorista nada tiene que ver con el latrocinio y la orgía criminal que se montaron aquí nuestros fariseos.

El caso es que aquel papanatismo estúpido, aquellas erradas y suicidas constricciones de quienes se negaban a poner la ley a pleno rendimiento contra ETA detonaron aquellos estallidos criminales. A mí siempre me evocó la imagen de un puritano fanático que, tras censurar el sexo, incluso en el seno del matrimonio, si no es con el objetivo exclusivo de engendrar un hijo, lo hubieran pillado en un burdel.

En el fondo lo que evidencia el GAL es un profundo nihilismo, una falta de respeto al imperio de la ley y una desconfianza hacia sus enormes posibilidades. No nos extrañe que González autorizara aquella guerra sucia contra ETA tanto como ahora ha avalado la "paz sucia" de ZP.


Libertad Digital - Opinión

La herencia de Felipe. Por Hermann Tertsch

Olvidamos la calamitosa situación en que se hallaba este país cuando González dejó el Gobierno en 1996.

«ALGUIEN llegará que bueno le hará». Viejo dicho. Eso es probablemente lo que muchos españoles creen que se hizo realidad para Felipe González con la llegada al poder, ocho años después de su partida, de Zapatero. El absoluto disparate en que éste ha embarcado a España desde el primer momento tiene tales dimensiones que es comprensible que muchos recuerden hoy a González como un político de talla, estadista, culto y versado en el escenario internacional. Ante la ramplonería torpe y zafia de la tropa sectaria que asumió el poder en el PSOE en aquel congreso trampeado del año 2000, la generación de Felipe se antoja ya una especie de sanedrín socialdemócrata de lujo, repleto de gente con brillante historial académico, extensas lecturas y mundano saber estar. No deja de ser cierta en gran parte esta apreciación, como siempre nos demuestran miembros de esa generación cuando se manifiestan. Salvo Rubalcaba, el incombustible político, comodín para cualquier gobierno que requiera insidia, trifulca y guerra sucia, se han acomodado en su mayoría en la empresa pública y privada y no hacen mucho ruido. Casi todos demuestran que no sólo el tiempo y la experiencia los ha hecho razonables y menos sectarios. Que, incluso en bruto, tenían más categoría profesional, solvencia intelectual e incluso calidad personal que todos esos jenízaros y jenízaras que pululan en torno al Gran Timonel, todos aproximadamente de la categoría, solvencia y calidad de su líder.

Porque el daño que los actuales gobernantes han hecho a España es tan inmenso y general, olvidamos la calamitosa situación en que se hallaba este país cuando González dejó el Gobierno en 1996 tras catorce años en su dirección. El paro venía a ser el que tenemos y nuestro desenganche de las economías de la Comunidad Europea parecía irreversible. Las tropelías contra el estado de Derecho, que comenzaron con la nacionalización y el saqueo de Rumasa, se habían extendido por doquier, desde la arrogancia del despotismo ilustrado que —vuelve a verse en la entrevista de marras— es la forma de gobierno en la que González cree. Mucho del lodazal actual es herencia suya. Sus chicos para todo en el aparato del Estado —esos que le preguntaron si volaban o no a la cúpula de ETA— siguieron allí más o menos tapados hasta el 11-M. Pringaron cuatro. Quedaron bien colocados mil. González gozó de impunidad hasta su final en las urnas, en una derrota ante José María Aznar que le infligió aquella humillación que siempre aflora tras su cinismo y su desprecio. Tuvo inmunidad gracias a la cobertura intelectual y moral de un aparato mediático que llegó a ser práctico monopolio de la verdad revelada del felipismo. Ahora, en ese mismo medio que le proporcionó coartadas para todo lo bueno y lo malo, González ha decidido confesarse un poquitín. Y para decepción de quienes aún le guarden cierto respeto, dice más de lo que cree. Si le quedaba algún ápice de grandeza a este hombre inteligente, se basaba en su silencio. Lo ha tirado por la borda. Debió hacer como su alma gemela francesa, Mitterrand, que se llevó a la tumba a sus cadáveres. A veces no es la opción ante un dilema moral la que define al hombre. Sino el dilema mismo. ¿Cuántas veces lo tuvo? Ordenó no matar en una ocasión. ¿Y en otras? Arrogancia incombustible es lo que refleja la entrevista. Y tristeza lo que infunde. Está claro. Fue él quien rompió aquí la brújula moral. Definitivamente, el despotismo ilustrado y cínico del «estadista» fue el nido envenenado para las camadas del despotismo encanallado que nos gobiernan.

ABC - Opinión

Apellidos. Maternal o paternal. Por Cristina Losada

El socialismo tiene la necesidad perentoria de mostrar que las mujeres son víctimas, a fin de presentarse como el único dispuesto a compensarlas y hacerles justicia. De modo que una estupidez desde el punto de vista racional resulta una astucia política.

Tras siete años en el Gobierno, los socialistas se han percatado de la existencia de una violación flagrante del mandato constitucional... en el orden de los apellidos. Respetuosos como son con todos los preceptos de la Carta Magna –sin olvidar las sentencias de su intérprete– se han puesto seriamente al trabajo para liquidar los restos de una intolerable prevalencia: la del apellido paterno. Tan grave discriminación de la mujer se le había pasado desapercibida al PSOE durante la larga era del locuaz González y hubo de ser el conservador Aznar quien permitiera elegir a los padres entre el apellido materno y el paterno al registrar a sus hijos. Sin embargo, cuando los progenitores disentían, los niños tenían que apechugar con el del padre, por decreto. Era ése un suceso infrecuente, pero no por ello menos ofensivo. Así que se ha pergeñado un proyecto en el que, en caso de discordia, el orden lo decidirá el alfabeto.

El asunto parecerá baladí a algunas mentes retrógradas, ignorantes de que en materia de apellidos el orden de los factores sí altera el producto. Tras la primacía del paterno se encuentra el horror de una sociedad machista y patriarcal. En cambio, el alfabeto y la moneda al aire –otra idea en estudio– abren la puerta al paraíso de la igualdad de hombres y mujeres. ¿Cómo no habíamos caído antes? Dirán los recalcitrantes que la igualdad ante la ley ya existe, que era posible relegar el apellido paterno al segundo puesto y que la propuesta es tan innecesaria como necia. Pero se equivocarían. El socialismo tiene la necesidad perentoria de mostrar que las mujeres son víctimas, a fin de presentarse como el único dispuesto a compensarlas y hacerles justicia. De modo que una estupidez desde el punto de vista racional resulta una astucia política.

Más allá, no obstante, de ese oportunismo de manual, visible en la espectacularidad de que han rodeado la propuesta, estamos ante la conducta típica de una izquierda que ha pasado a nutrir su ideario de políticas identitarias. El sexo, la orientación sexual y la raza se erigen en elementos definitorios de la persona y sirven para delimitar grupos de víctimas que precisan de un trato preferente. Y, por supuesto, nunca deja de aumentar el catálogo de agravios que deben de corregirse. Todos requerirán atención y soluciones políticas y, en suma, la intervención taumatúrgica del Gobierno, llámese paternal o maternal.


Libertad Digital - Opinión

Obsesión retrospectiva. Por M. Martín Ferrand

Esa costumbre retrovisora que niega la ilusión del mañana nos tiene anclados a un periodo no siempre edificante.

ESPAÑA es, desde siempre, víctima de una obsesión retrospectiva que nos dificulta enfrentarnos al futuro y mirar el mañana como esperanza mejor que como castigo. Desde que Jorge Manrique acuñó como expresión virtuosa que «cualquier tiempo pasado fue mejor», vivimos una nefasta tortícolis colectiva que nos impide mirar de frente. De ahí esa costumbre retrovisora que niega la ilusión del mañana, dificulta el gozo del presente y nos tiene anclados a un periodo no siempre edificante y habitualmente cainita y áspero, incapaz de valorar lo propio de tanto ambicionar lo ajeno.

Un acontecimiento tan sencillo y espiritual como la visita del Papa Benedicto XVI a Santiago de Compostela y Barcelona, da pie a todo un debate comparativo entre el laicismo radical con el que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero interpreta la no confesionalidad Estado que marca la Constitución con el anticlericalismo que, en el fragor de la República, especialmente desde la Revolución de Asturias hasta el final de la contienda civil, llegó al paroxismo asesino. ¿No nos basta con el presente? ¿No sería más fecunda la ensoñación de los venideros años santos compostelanos y de los días en que se concluya la construcción de la Basílica de la Sagrada Familia? La comparación, además de estéril, carece de sentido. ¿Se puede imaginar un viaje a España, en cualquiera de los años treinta del siglo pasado, del entonces Papa Pío XI?

Esa obsesión por el pasado, por su recuerdo o su invención, no parece tener límites. Felipe González, que no suele dar puntada sin hilo, le ha confesado a El País, en la persona de Juan José Millás, que en un momento dado de sus años al frente del Gobierno de España, «tuve que decidir si volaba la cúpula de ETA». ¿Puede aceptarse como mejor un tiempo pasado en el que el jefe del Ejecutivo sometía a reflexión en la intimidad de su despacho la conveniencia de autorizar un acto terrorista, un asesinato, aún teniendo la justificación (!) de la eficacia antiterrorista para tan repugnante crimen de Estado? No. El tiempo pasado nunca fue mejor y alguna razón debe haber, aunque sea de naturaleza geriátrica, para que el siempre astuto y distante González reverdezca unos recuerdos que no mejoran su imagen, debilitan la posición ética del Gobierno socialista y en los que se acredita que el entonces ministro del Interior, José Barrionuevo, tenía «detenida» a una víctima, Segundo Marey, a quien todos creíamos «secuestrado». González, por mirar hacia atrás, puede quedarse como la mujer de Lot y, ya convertido en estatua de sal, servir de monumento celebrador de la bondad del mañana.


ABC - Opinión

PP. Contra los cínicos. Por José García Domínguez

Ocurre que el empecinamiento demagógico del PP con ese asunto augura lo peor: la muy definitiva incapacidad de Rajoy con tal de sustraerse a la tentación populista.

Por ventura, el único partido de derechas que queda en España es el PSOE, azar que, amén de la gozosa tranquilidad de los poderes fácticos, empezando por los mandarines de la banca, garantiza algún rigor en el manejo institucional de las cosas de comer; al menos, desde el atribulado mes de mayo, cuando Peter Pan dio el estirón al súbito modo. De ahí, por cierto, que ya tengamos a todos los peronistas domésticos, con los descamisados del Partido de los Trabajadores en cabeza, prestos a plantarle un contencioso administrativo al Gobierno por lo de las pensiones. Pues, digan lo que digan la Comisión Europea, el FMI, la OCDE o el lucero del alba, se impone arreglarle la paga al señor padre de González Pons. Que entre Hayek y Girón de Velasco, aquí nunca ha de haber disputa.

Ocurre, en fin, que el empecinamiento demagógico del PP con ese asunto augura lo peor: la muy definitiva incapacidad de Rajoy con tal de sustraerse a la tentación populista. Un rasgo de debilidad de carácter que dejaría entrever cuando él, todo un presunto hombre de Estado, ordenó votar contra el plan de ajuste con la alegre irresponsabilidad de cualquier tertuliano de barra de bar. Por lo demás, quizá resulte cierto que ahora le place el programa de Cameron, o sea la drástica subida del IVA y los impuestos sobre el capital, tal como confesó en El País a un Moreno algo justo de reflejos.

Quien no le debe gustar ni un ápice es Cameron propiamente dicho. Esa ostentórea coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace, flor siempre tan exótica por estos lares, supone, sin duda, un agravio comparativo a ojos del de Pontevedra. Es la política, nos dirán sus propios. Procede congraciarse –insistirán– con los sectores más acéfalos del censo electoral, los primarios entre los primarios. Que después, una vez en el poder y olvidada al punto la palabra dada, se obrará según proceda. Así piensan los cínicos que hay que pensar. Olvidan, sin embargo, el rasgo común a los de su condición: la pusilanimidad. Y es que quien cede una vez frente a la multitud, sucumbe ante ella el resto de sus días. Y si no, al tiempo.


Libertad Digital - Opinión

Perdonavidas. Por Ignacio Camacho

Encapsulado en no se sabe qué remordimientos, González tiene cicatrices en el alma.

EL debate sobre los GAL está superado por la sociedad española, está políticamente depurado en las urnas, pero no está prescrito en el Código Penal. Felipe González debería recordarlo cuando hace escabrosas confesiones implícitas que sugieren su responsabilidad en la autorización de la guerra sucia, y más ahora que ya no conserva inmunidad parlamentaria. Pero el veterano «jarrón chino» continúa sin encontrar su sitio en las estanterías de su propia posteridad. González tiene cicatrices en el alma y guarda una amarga melancolía del poder. Le puede la tentación de concederse protagonismo, aunque sea a base de miradas retroactivas sobre la bruma de un pasado que ya sólo le puede importar a algún juez deseoso de abrir los armarios polvorientos donde se almacenan —literalmente— los cadáveres de la razón de Estado.

Ese Felipe perdonavidas encapsulado en no se sabe qué remordimientos —¿le duele de veras no haber mandado asesinar a la cúpula terrorista? ¿Puede un gobernante democrático confundir un secuestro con una detención?— se ha colado con sus rencores tardíos en una escena pública obligada a trascender los resquemores de un exdirigente amortizado. Sus reflexiones tienen interés histórico y morbo político, pero el debate nacional no puede enrocarse en esos viejos demonios que forman parte de páginas pasadas. Por sugestivo que resulte ese material para el memorialismo de una época, de nada sirve convertirlo ahora en el centro de una polémica política y mediática que distorsiona el enfoque de otros problemas mucho más aflictivos y urgentes. Ninguna nación ha solventado su futuro a base de ajustes de cuentas —dudosos, por otra parte— con estatuas de sal momificadas en el retrovisor de la Historia.

No es probable que González, en sus displicentes incursiones por la memoria borrosa de episodios que no le convendría resucitar, estuviese pensando en levantar cortinas de humo sobre la actualidad incierta de un país atribulado por el estancamiento económico y la quiebra social. Es demasiado soberbio para esa estrategia; más bien parece dominado por un ensimismamiento de arrogancia, embalsamado en la historicidad que se confiere a sí mismo. Por eso es inconveniente concederle a su nostalgia la capacidad de determinar una agenda que necesita de otras prioridades. Incluso para hacerle justicia objetiva; el fracaso del zapaterismo ha engrandecido por contraste el recuerdo de aquella etapa de gobernanza, pero las luces que prevalecen del felipatoson las de su inicial impulso de modernización estructural y las del pragmatismo con que supo arrinconar la adolescencia ideológica, no las de la turbia degradación de abusos de poder, corrupción institucional y terrorismo de Estado. Si hubiese que escoger entre esa ciénaga final y esta amenazadora ineptitud, al menos los de ahora siempre podrán presumir de tener las manos limpias.


ABC - Opinión

Rabat pierde los nervios

Lo que hace tres semanas empezó siendo una simple reivindicación de mejores infraestructuras urbanas y de igualdad de trato laboral ha degenerado en un conflicto sangriento a favor de la independencia del Sáhara. A falta de confirmarse con exactitud el número de víctimas mortales, de los heridos y de los detenidos, todo apunta a que el desmantelamiento policial del campamento de protesta instalado en las cercanías de El Aaiún por varios miles de saharauis ha escapado al control del Gobierno de Rabat para convertirse en un trágico episodio de repercusión internacional. Algo se barruntaba ya días atrás, cuando la Policía marroquí acribilló a balazos a un adolescente en lo que el propio régimen alauita calificó de «trágico accidente», no sin antes tratar de ocultarlo. La tensión que desde entonces se fue acumulando en la acampada saharaui hacía temer un estallido violento. La chispa, sin embargo, no saltó allí, sino en el palacio real y la prendió con muy poca prudencia el propio Mohamed VI el pasado sábado, cuando dirigió a la nación un discurso beligerante con motivo del 35 aniversario de la Marcha Verde. En vez de llamar a la calma y de contribuir a la distensión en una zona donde los saharauis se sienten perseguidos y discriminados, el monarca alauita cometió el error de exacerbar los ánimos. Se diría que preparaba ya una intervención manu militari para cortar de raíz un movimiento de protesta cada vez más nutrido y más internacionalizado. Y se explican así la agresión y veto a varios periodistas españoles y por qué Rabat decretó días atrás un riguroso apagón informativo. Tampoco era ajena a esta operación la reciente visita a Madrid del ministro de Exteriores, Taieb Fassi-Fihri, que se permitió el desahogo de arremeter contra la Prensa española, lo que los retrató a él y al Gobierno al que pertenece. Finalmente, no es casual que la operación represora se haya ejecutado el mismo día en que las delegaciones de Marruecos y el Polisario debían reunirse a instancias de la ONU. Todos los indicios sugieren que Rabat ha optado por la vía del enfrentamiento puro y duro y que no reparará en medios para imponerse por la fuerza en este conflicto. Lo cual nos remite al papel de España y a su incómoda equidistancia entre un país vecino que es amigo y un movimiento independentista que cuenta con el apoyo de un sector relevante de la sociedad española, sobre todo de la izquierda. En este contencioso, como en otros, la política exterior del Gobierno socialista ha sido errática y carente de personalidad, y no parece que la nueva ministra sea capaz de aportar lucidez a la mediocre penumbra de su predecesor. No tuvo buen debut Trinidad Jiménez con su homólogo marroquí, pues permaneció con su habitual sonrisa congelada ante el ataque desmesurado a la Prensa, como si censurar la libertad de expresión fuera una mera cuestión administrativa. Hay que reconocer, sin embargo, que la posición de España no es sencilla ni fácil, pues debe armonizar intereses y principios contradictorios, a veces irreconciliables. Cabe esperar del Gobierno, en todo caso, que no renuncie a un papel activo de moderador y que defienda sin equívocos los derechos humanos.

La Razón - Editorial

El Sáhara se encona

El asalto al campamento saharaui es una nueva torpeza marroquí en el manejo de la crisis.

Si el Gobierno marroquí pretendía poner fin a las protestas con el asalto al campamento de Agdaym Izik, lo único que ha conseguido ha sido dar carta de naturaleza a un nuevo liderazgo saharaui e iniciar una espiral de violencia de inquietante desenlace, como lo muestran los graves disturbios que han estallado en El Aaiún, con un todavía incierto número de víctimas.

La imposibilidad de alcanzar una solución tras la precipitada descolonización española se ha traducido en un grave deterioro de las condiciones de vida en la ex colonia, por las que también ha empezado a pagar un coste el Polisario. El liderazgo alternativo que ha ido surgiendo de este malestar ha antepuesto la reivindicación de mejoras sociales a la de la independencia. Se trata seguramente de una opción táctica, como teme Marruecos. Pero, en cualquier caso, coloca al Gobierno de Rabat ante una difícil alternativa: cuanto más reprima las actuales protestas, y las de ayer en El Aaiún alcanzan un peligroso nivel de gravedad, más estimulará el independentismo, puesto que ya no estará solo vinculado a la aspiración nacional abstracta que encarna el Polisario, sino también a un concreto deseo de mejorar las condiciones de vida de los saharauis.


El asalto al campamento ha sido el último error de Marruecos, pero no el único desde que se iniciaron las protestas. La muerte de un adolescente saharaui en los primeros días no puede quedar sin respuesta por parte de Rabat, que está obligado, cuando menos, a abrir una investigación con garantías y a depurar las responsabilidades que correspondan. En lugar de ello, ha atacado a la prensa y propagado bulos sobre la supuesta muerte de un manifestante en enfrentamientos con la policía española en Melilla. Con estas iniciativas, el Ejecutivo marroquí demuestra algo más grave que simple torpeza; demuestra que no ha comprendido el giro que las protestas en el campamento de Agdaym Izik podrían suponer en el desarrollo del contencioso del Sáhara.

La comunidad internacional, y también la UE y el Gobierno español, se están manteniendo en un más que discreto segundo plano para evitar cualquier roce con Marruecos en una materia de especial sensibilidad. No es una posición que favorezca la estabilidad en la zona, porque lo que está en juego es la capacidad internacional para mantener un único criterio en materia de derechos humanos o ceder, por el contrario, a la tentación de los dobles raseros. Por el momento, esta última parece ser la opción que se va abriendo paso. Marruecos es un país decisivo en el Magreb; precisamente por ello no puede actuar de manera que sus amigos y aliados deban poner en entredicho los principios que defienden.

El contencioso del Sáhara podría estar entrando en un nuevo ciclo, al estar configurándose un nuevo liderazgo con reivindicaciones inéditas. Ni Rabat ni la comunidad internacional, ni tampoco el Polisario, deberían entrar en él desde actitudes cuestionables.


El País - Editorial

Inoperancia y sumisión ante Marruecos en el Sáhara

No cabe esperar firmeza en el Sáhara por parte del equipo que gobierna Exteriores, más interesado en estar a buenas con Marruecos a cualquier coste, que en exigir que se repare una injusticia histórica como la del Sáhara Occidental.

La violencia desatada en El Aaiún por el ejército marroquí a lo largo del día de ayer con el resultado de varias víctimas mortales vuelve a traer al primer plano de la actualidad un problema internacional totalmente enquistado –el del Sáhara Occidental –, que seguirá empeorando hasta que no se alcance un acuerdo final entre las partes interesadas. Y entre éstas figura, aunque pueda parecernos sorprendente habida cuenta de la actitud de su Gobierno, la propia España.

El territorio del Sáhara Occidental fue abandonado unilateralmente por el primer Ejecutivo de la monarquía hace casi 35 años, tras el éxito de la marcha verde convocada por Hassan II. Desde entonces la ex provincia española vive en estado de guerra permanente, ocupada de un modo ilegal por Marruecos y con parte de su población exiliada forzosamente en campos de refugiados repartidos por el desierto. La comunidad internacional, con España a su cabeza, ha decidido mirar hacia otro lado dejando que el asunto fuese pudriéndose hasta llegar al bloqueo actual.


El hecho es que, mientras no se dirima la soberanía del Sáhara Occidental, España es la administradora oficial de este territorio y la responsable última de todo lo que ha sucedido allí desde que la última unidad de nuestro ejército abandonó El Aaiún en 1976. Otra cosa es que los sucesivos Gobiernos lleven más de tres décadas haciendo dejación de sus funciones, y hoy nos encontremos frente a un problema acrecentado y con Marruecos haciendo de su capa un sayo en un país que tiene por propio y cuya anexión se ha tomado muy en serio.

Si la política española en el Sáhara ha sido, cuando menos, desconcertante por su inacción, la de los Gobiernos socialistas –tanto del de González como del de Zapatero– puede calificarse de vergonzosa. Traicionándose a sí mismos y a sus bases, los socialistas españoles han sido los mejores agentes internacionales que Rabat jamás soñó tener. Con Moratinos el asunto del Sáhara simplemente se abandonó. El ex ministro, entregado a Marruecos como nunca antes lo había estado un titular de Exteriores, dejó hacer a Mohamed VI y su política adoptó en todo momento un sesgo abiertamente promarroquí. Lo cierto es que de Moratinos poco más se podía esperar. Este de Marruecos fue uno de los muchos manchones que dejó en su historial de servicio.

Con Trinidad Jiménez, más inteligente que su predecesor, cabría haber esperado que, como mínimo, recuperase parte de la dignidad perdida por la diplomacia española en el norte de África durante los últimos seis años. Pero parece que no va a ser así. Agasajar a los que mandan en Marruecos va escrito en el código genético del zapaterismo. No cabe, pues, esperar firmeza en el Sáhara por parte del equipo que gobierna Exteriores, más interesado en estar a buenas con la autocracia marroquí a cualquier coste, que en exigir que se repare una injusticia histórica como la del Sáhara Occidental.

Pero por mucho que traten Zapatero y sus ministros de esconder la cabeza, el problema va a persistir y se envenena conforme pasan los años. Más tarde o más temprano este u otro Gobierno tendrá que fijar entre sus prioridades acabar con la descolonización del que fuese Sáhara español. Es algo más que un asunto de preferencias políticas o de intereses coyunturales, es una cuestión de Estado.


Libertad Digital - Opinión

Otro grave error de Mohamed VI

Rabat solo ha conseguido larvar el conflicto con el Sahara y demostrar que los saharauis al menos merecen ser escuchados, y no aplastados.

MOHAMED VI ha cometido un grave error al ordenar el desalojo violento del campamento de protesta levantado en los alrededores de El Aaiún. En su último discurso había puesto muy difícil cualquier salida negociada al conflicto, pero al utilizar la fuerza contra la población saharaui ha demostrado con los hechos dónde se encuentra el verdadero obstáculo, que no es otro que la intransigencia ciega de su régimen. Las víctimas de este asalto, tanto los policías que cumplían órdenes como los civiles saharauis, deben ser atribuidas a la falta de visión de los responsables marroquíes, incapaces de calcular las dimensiones del malestar de la población saharaui que vive en la antigua colonia española. Con esta decisión errónea en vísperas de una ronda de negociaciones organizada por la ONU, Mohamed VI ha dañado gravemente la reputación de su país en este proceso, que espera desde hace 35 años una solución razonable. En estas tres décadas, ningún país ha reconocido la ocupación por parte de Marruecos de un territorio que jurídicamente no le pertenece, y después de que se hayan producido estos graves incidentes en El Aaiún, lo único que ha conseguido Rabat es recordar al mundo que esa disputa existe y demostrar que los saharauis merecen ser escuchados, o al menos no ser aplastados por el Ejército marroquí. El Gobierno socialista, que dio un bandazo en la posición española para pasar a apoyar sin disimulos a Rabat, debería reflexionar a la vista de su fracaso.

La disputa entre Marruecos y el Frente Polisario es de muy difícil solución, y no hace falta recordar las razones de unos y otros para comprenderlo. La opción con la que las dos partes podrían haber salido ganando era una cierta autonomía flexible, encajada de forma específica con Marruecos. Para ello, Mohamed VI debía haberse centrado en la edificación de un Marruecos democrático y abierto que hubiera hecho creíble esa oferta, y sin embargo se ha empeñado en perpetuar las viejas estructuras heredadas de su padre, adaptándolas a los tiempos en lo externo, pero manteniendo las bases de una sociedad sometida a la que se exige fidelidad ciega. Con esta política no logrará jamás atraerse la simpatía de los saharauis, ni tampoco el desarrollo de sus súbditos marroquíes.


ABC - Editorial

lunes, 8 de noviembre de 2010

La crisis que viene. Por José maría Carrascal

De todas las advertencias del ex presidente, la más inquietante es la que alude a «la siguiente crisis que se está incubando».

EXCELENTE entrevista la que Juan José Millás ha hecho a Felipe González para El País. Las preguntas van al grano y las respuestas no las esquivan. ¿Quién puede discrepar de que «la democracia se ha convertido en una mediocracia, en los dos sentidos: mediático y mediocre»? ¿O con «falta la cultura emprendedora, ligada al riesgo»? El único brindis a la galería es el «tuve que decidir si se volaba la cúpula de ETA. Dije que no», que suena a exculpación, aparte de que a ETA se le ha contado muchas veces la cabeza, y ahí sigue. El resto es de un realismo y claridad impresionantes. «En Occidente, con excepciones, estamos endeudados hasta los ojos, mientras Oriente ha ahorrado hasta las cachas». «Empezamos a discutir sobre un futuro que ya pasó». «Estamos encubando la siguiente crisis financiera y la diferencia con ésta es que los ciudadanos no tolerarán que se rescate a los bancos». Si a ello se une que en toda la entrevista no hay un solo ataque a la oposición, comprenderán mi adjetivo de «excelente». Algún lector puede echar de menos una crítica al Gobierno. Pero ¿no está implícita a lo largo de toda la entrevista?

Es la diferencia entre un político y un estadista. El político sólo piensa en las elecciones. El estadista tiene en cuenta el pasado y el futuro, para sortear los escollos del presente. En España tenemos demasiados políticos y demasiados pocos estadistas. Todo gira en torno a las próximas elecciones —Rajoy no hace más que pedirlas y el último reajuste gubernamental se ha hecho pensando en ellas—, por lo que no es extraño que vayamos de mal en peor. Cuanto se hace es demasiado frágil, demasiado contingente, demasiado poco para una crisis como la que tenemos encima y no somos capaces de sacudirnos. Pues de todas las advertencias del ex presidente del Gobierno, la más inquietante es la que alude a «la siguiente crisis que se está encubando». Que es lo que muchos expertos temen y de lo que casi nadie habla como los niños que cierran los ojos ante un peligro. Pues está visto que, con excepciones, lo único que hemos conseguido hasta ahora en evitar lo peor, pero no superarlo. Lo que de continuar, nos condenaría a un largo periodo de postración económica. ¿Por qué? Tal vez porque no hay líderes con la imaginación y coraje suficientes para afrontar la crisis en sus verdaderas proporciones y tomar las medidas apropiadas. O porque los occidentales ya no tenemos estómago para ellas. Felipe Gonzalez lo dice de otra forma: «No se premia el mérito». Podía incluso haber ido más lejos: en nuestra llamada cultura, el mérito se castiga. Puede que ahí esté la clave de nuestras miserias.

ABC - Opinión

6-N. Miseria política. Por Agapito Maestre

La convocatoria de Francisco J. Alcaraz deslegitima, una vez más, la negociación emprendida por el Gobierno con ETA.

Aunque indirecta y casualmente puedan caer extranjeros, ETA atenta sólo y exclusivamente contra españoles. ETA sólo tiene un objetivo: matar españoles. No importa que el crimen sea selectivo o al azar. Lo decisivo para esa banda criminal es que mueran españoles. Detrás de cada víctima del terrorismo de ETA está, pues, España. Los españoles. Por eso, precisamente, cuando las víctimas convocan una manifestación contra ETA, y por supuesto contra los negocios sucios que el Gobierno de Zapatero se trae con ETA, nos dan la oportunidad a todos los españoles de ejercer, en primer lugar, nuestra ciudadanía en el sentido más inmediato y judicial, o sea, por ser de un territorio tenemos ya el derecho de defenderlo y de que nadie intente robárnoslo.

Pero, además, con la organización de este tipo de actos, manifestaciones, protestas, luchas por que se les reconozca a los muertos su "memoria, dignidad y justicia", las víctimas del terrorismo nos crean el marco adecuado para ejercer la ciudadanía como un asunto moral, o sea, un esfuerzo por dignificar nuestra vida ciudadana. Ser ciudadano es algo más que un asunto jurídico. Es una lucha moral y política.


Por todo eso, porque las víctimas nos dan generosamente la oportunidad de ser mejores ciudadanos, mi pregunta es: ¿si alguien no se manifiesta contra quienes quieren sustraerle su más inmediata identidad, ser español, entonces cuál será la causa que los saque a la calle? Sospecho que no existe tal causa, o peor, ese tipo de gente forma parte de un gentío, pero nunca podrá disfrutar del gozo de ser ciudadano. Han renunciado de antemano a la posibilidad y capacidad que tienen todos los seres humanos de dignificar su vida.

En pocas palabras, quien no participara con su asistencia real o presencia espiritual de la oportunidad que el sábado nos ofrecieron las víctimas del terrorismo, de ser genuinos ciudadanos, es parte del rebaño de Zapatero y Rajoy y, por supuesto, del rebaño que le precede hacia el matadero, o sea, todos los partidos y medios de comunicación que prefieren antes una sociedad lanar que una sociedad abierta y democrática.

He ahí lo que puso de manifiesto el éxito de la manifestación de Colón contra la política antiterrorista del Gobierno: la miseria política de quienes no quieren ver lo evidente. Miseria es, en efecto, crear un sistema ideológico de mentiras y discursos "moralizantes" que ocultan lo real: las victimas del terrorismo son la fuerza más importante para desarrollar la democracia. El resto es filfa. Basura imposible de reciclar que nos lanza la casta política para abonar una "sociedad" sin patria y sin bandera. Una "comunidad" primitiva al servicio de políticos impresentables.

Zapatero, el principal irresponsable de toda esta miseria política, no hará comentario alguno del éxito del acontecimiento de la Plaza de Colón, o peor, dirá cualquier barbaridad contra las víctimas del terrorismo para exhibir músculo "político". Pero lo cierto es que la convocatoria de Francisco J. Alcaraz deslegitima, una vez más, la negociación emprendida por el Gobierno con ETA. La sociedad española en general, y la más desarrollada civil y políticamente en particular, no sólo defienden las justas reivindicaciones de las víctimas del terrorismo, sino que sencillamente defiende la democracia. Por eso, precisamente, por defender la democracia, podrían multar al bueno de Alcaraz hasta con 350.000 euros. Naturalmente, serán 350.000 razones que yo tendré para llamarles a los políticos, si llegara el caso, por su verdadero nombre: ¡Hijos de puta!


Libertad Digital - Opinión

La duda de FG. Por Félix Madero

Cuando la sinceridad es sólo un añadido de la vacilación, la que pervive es esta última.

FELIPE González es el hombre de las preguntas y las respuestas. Su sobreactuación es tan descomunal que hace que sea el dueño de la entrevista. Ahora sabemos que pudo acabar con la cúpula de ETA, volarla más bien, pero dijo que no, y no sabe si hizo lo correcto. ¿Pretende que se lo digan ahora los españoles? Que alguien que no se quita la «X» de su espalda salga un domingo diciendo a los que llevan escolta, a los familiares que tienen víctimas, a las víctimas, a los asustados, a los que no han vuelto a encontrar la paz, que tuvo la oportunidad de acabar con ETA, pero que se echó atrás, es algo que retrata al personaje. Sorprende que nos traslade sus dudas tantos años después. Los votamos para que no duden, para que resuelvan. Dudó en acabar con los jefes de ETA, pero a continuación le torturó la idea de saber cuántos asesinatos de inocentes podría haber ahorrado. Pregunta y respuesta.

La confesión del ex presidente tantos años después parece haberle acompañado con la pesadez y la angustia de un dolor de cabeza que no tiene fin. Sólo le alivia la confesión, y sobre todo le relaja trasladar a los demás lo que pudo hacer y no hizo. Esa duda estaría resuelta si alguien le pasara la lista de los asesinados a partir del día en que pudo hacer lo que no hizo. Podría despejarla imaginando, por ejemplo, a una madre con un hijo asesinado por ETA y leyendo la entrevista de ayer en El País. El ex presidente podría haber callado, irse con su secreto; es más, podría haber evitado plantear un problema que sólo él pudo resolver. Él, que dijo aquello de «gato blanco o gato negro, lo que importa es que cace ratones». Él, que nos aseguró que a la democracia también se la defiende en las alcantarillas. Él, que aún no ha despejado los interrogantes que le señalan como el Señor X de los GAL, nos cuenta lo que pudo ser y no fue.

La sinceridad te hace más completo, pero no más grande como político. Sobre todo porque cuando la sinceridad es sólo un añadido de la vacilación la que pervive es esta última. Y la vacilación muchas veces sólo te lleva a la cobardía, un territorio en el que un político de la talla de González no debería transitar. Hubiera preferido leerlo así: pude matarlos pero no lo hice porque eso no se hace. Pero nos traslada su incertidumbre. Nos invita a probar sus recelos. A favor de González sólo encuentro que tenía los datos, el lugar y el momento en que pudo acabar con los etarras. Siempre supo lo que hacían y dónde estaban. Nunca anunció tiempos mejores que luego fueron peores. A su lado, los políticos que anuncian buenos tiempos en la lucha contra ETA y al día siguiente les destrozan la T4 son estatuas. Anécdotas de la política. Y en eso estamos peor.


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