lunes, 27 de septiembre de 2010

Rajoy. Ideología y huelga general. Por Agapito Maestre

Rajoy está perdiendo, a pesar de que las encuestas le den ganador. Más aún, Rajoy no es nadie en términos ideológicos; ni siquiera ha sido capaz de crear un relato plausible sobre el último teatrillo del Gobierno con los sindicatos.

La izquierda política española está contenta con Rajoy. Triunfa frente a todo pronóstico. Quizá en el futuro Rajoy gane las elecciones, pero, de momento, Zapatero ya ha ganado un año más en el poder. Sacará adelante la Ley de Presupuestos Generales del Estado y, sobre todo, culminará su proyecto de destrucción de la nación española con un nuevo Estatuto para el País Vasco. El Estado plurinacional y caótico de los socialistas va adelante. Zapatero posiblemente acabará largándose, pero el zapaterismo es irreversible. En otras palabras, puede que el PP gane las próximas elecciones generales, pero, hoy por hoy, Zapatero no tiene rival.

Rajoy está perdiendo, a pesar de que las encuestas le den ganador. Más aún, Rajoy no es nadie en términos ideológicos; ni siquiera ha sido capaz de crear un relato plausible sobre el último teatrillo del Gobierno con los sindicatos; yo, al menos, apenas he oído algo más que unos balbuceos sobre los inconvenientes de una huelga general en una época de recesión económica. Llevamos oyendo cientos de peroratas sobre la huelga, desde el mismo día que se convocó, pero, por desgracia, la interpretación del PP, supuesto de que la hubiera, no ha prendido entre las masas; pues que a dos días del violento evento casi nadie duda de que los sindicatos y el Gobierno ya han ganado: la huelga es contra el PP, los empresarios, el capitalismo y, en fin, el injusto sistema.


He ahí otra prueba de la debilidad política de Rajoy. Y es débil, en mi opinión, porque en términos ideológicos ha perdido dos grandes batallas, en primer lugar, la de la nación y, en segundo lugar, porque ha sido incapaz de desmontar el tejido ideológico de Zapatero. No diré nada sobre su primera derrota, en realidad fue un juego de pérdida segura. Jugó durante estos seis últimos años al "nacionalismo periférico", aún hoy Rajoy sigue hablando como Pujol: "Quiero encajar bien a Cataluña en España". Rajoy ha jugado, en verdad, contra sí mismo; Rajoy no se atrevió a proseguir el legado dejado por Aznar. La segunda batalla es aún más triste, porque está montada sobre una idea falsa del jefe del Gobierno de España, a saber, Zapatero no es un tipo dotado para el poder.

Ese diagnóstico falsamente popular, que considera a Zapatero como un hombre poco dotado para el poder, es una creación de Rajoy. Sí, sí, esta idea de que Zapatero es un pobre individuo sin ideas políticas y que no sabe lo qué se hace es la gran genialidad de Rajoy y sus terminales mediáticas. Yo no la comparto. Nunca la he compartido; más aún, he combatido esa falaz idea contra viento y marea, y sobre todo con cientos de argumentos y pruebas, que el PP, por desgracia, consiguió imponer a la mayoría de sus votantes en la primera legislatura de Zapatero. Incluso hoy, después de que Zapatero ganase las elecciones de 2008 y haya llevado al límite la existencia del propio Estado español, el PP sigue manteniendo que Zapatero carece de capacidad intelectual para el poder.

Es obvio que esa forma de presentar a Zapatero es una falsa leyenda construida por el PP y sus medios de comunicación. Esa creación ideológica de los populares ha fracasado repetidas veces, pero el PP sigue presentando a Zapatero como un indocumentado, un tipo sin fuste suficiente para enfrentarse a sus grandes propuestas. He ahí el gran pecado de Rajoy. Su soberbia. En realidad, es la falta de inteligencia de un partido que ha renunciado a la ideología, o mejor, es incapaz de hacer crítica de la ideología. El PP de Rajoy ha preferido despreciar por inútil a Zapatero, incluso a veces recurriendo al insulto y descalificación ad hominem, antes que desmontar pieza a pieza el mecano de uno de los políticos más perversos y, sobre todo, "tacticistas" que ha dado España en toda su historia. Por eso, sólo por eso, me atrevo a mantener que el líder de la oposición, Mariano Rajoy, quizá gane las elecciones, pero se lo deberá más a la estulticia de Zapatero que a su forma de hacer oposición.

Digo más, la carencia de discurso, e incluso de ideología, de Rajoy mueve antes a la compasión que a la crítica de una derecha sin norte. Por desgracia, siento decirlo, si alguien quiere comprobar el vacío ideológico de Rajoy sólo tiene que leer la prensa del domingo; por un lado, al periódico La Razón le ha dicho que "se siente bien informado por el Gobierno en relación a ETA"; y, por otro lado, apenas ha dicho nada vertebrado y con enjundia en los últimos meses sobre la huelga convocada por los sindicatos de clase para el día 29 de septiembre. Son los dos principales asuntos que se traen entre manos Zapatero para mantenerse en el poder, pero Rajoy se siente a gusto, no se molesta demasiado ni con el pacto entre el Gobierno y el PNV ni con la huelga más ideológica, o sea, falsa y cruel, de todas las que se hayan hecho en España en los últimos veintes años. Terrible.


Libertad Digital - Opinión

Carta de un parado ante el 29-S. Por Félix Madero

Si la huelga es contra el Gobierno ¿qué hace el ministro más audaz alabando a los sindicatos?

ESTIMADOS señores Toxo, Méndez, Zapatero, Rajoy y Díaz Ferrán. Ustedes perdonarán que escriba a tantos destinatarios, pero es mayúsculo el lío que reina en mi cabeza. Vamos, que me pasa lo que Boscoe Pertwee, que hace tiempo estaba indeciso, pero ahora no estoy seguro. Si tuviera claro a quién mandar este billete, lo haría, pero para los parados el 29-S es una casilla de jeroglífico. Leo periódicos, y no me aclaro. Oigo y veo las tertulias, pero mi confusión aumenta. Cómo no va ser así si veo en la televisión que tras una entrevista que pretendía ser dura y directa le regalan un par de zapatos a Cándido Méndez. Bueno, pienso, será que se hacen ahora así las entrevistas. Será.

Es lunes, y no sé qué haré el miércoles, lo que para un parado es una novedad. Hace mucho que no me pasaba porque mis días se parecen todos. Sería útil que los sindicatos hicieran un díptico en el que, por ejemplo, en la parte de la derecha pongan contra quién es la huelga y en la de la izquierda contra quién no, porque yo no quiero ir a un sitio en el que esto no está claro. Veo a Toxo y Méndez echar sapos por la boca cuando hablan de la reforma laboral, pero nunca encuentro el origen de su enfado. Parece como si la hubiera hecho el presidente de Letonia, y eso es lo que más me inquieta, porque es lo único claro que hay en todo esto. Con mis ojos vi el día que el PSOE sacó adelante la reforma laboral; con mis ojos vi a Zapatero en Nueva York decir a los que le ordenaron que hiciera lo que ha hecho que no habrá marcha atrás. Pero me confunden. Me confunden tanto que me pierdo al pensar en ustedes y en la huelga del miércoles. Y me pregunto: ¿cómo es que un parado como yo, dos años parado, tiene dudas? Esto no debe ser razonable, me digo para mis adentros. No será razonable, pero es lo que me pasa.

Ustedes, señores Méndez y Toxo, aseguran que la del 29-S es la huelga más necesaria de la democracia; bien, pero entonces, cómo explicar que sea la que menos expectativas levanta. Si fracasa, ¿me dirán que han sido Rajoy y los empresarios los culpables? ¿O los trabajadores, que viven anestesiados por patronos sin escrúpulos que no los dejan ir a la huelga? Vi días atrás cómo pactaron los servicios mínimos con el ministro de Fomento. Vi a José Blanco explicar el acuerdo y calificarlo de histórico. Vi también cómo les alababa por su sensatez y sentido de la medida. Y entones me pregunté: si la huelga es contra el Gobierno ¿qué hace el ministro más audaz y oportunista alabando a los sindicatos? ¿Será que ya no está en el Gobierno? Y entones resolví la casilla del jeroglífico, la 29-S. Entonces, perdonen ustedes, lo vi claro. No me esperen. Me quedaré en casa.


ABC - Opinión

Rajoy. La hora para un líder. Por Emilio Campmany

Rajoy debería darse cuenta de que necesitamos un plan, una estrategia, un programa electoral y, sobre todo, un líder que lo proclame y defienda. ¿Quiere serlo él? No lo parece.

En el ajedrez y en la política, la táctica lo abarca casi todo. Por medio de ella, un jugador puede conseguir tanta ventaja que ninguna estrategia, por sabia que sea, pueda provocar un vuelco. Sin embargo, cuando los contendientes tienen parejos conocimientos tácticos y ambos aciertan a escabullirse de las trampas que les pone el otro, la superior visión estratégica se impone.

Zapatero es un magnífico táctico y sorprende a veces a sus adversarios, especialmente a los del propio partido, con hábiles celadas, pero no tiene estrategia. A Rajoy no se le da mal driblar las artimañas del otro y a veces tiene el cuajo suficiente para recurrir él a las suyas, pero su plan se limita a solazarse viendo que el otro carece de él. De forma que si Rajoy tiene alguna posibilidad de vencer en 2012 a pesar de carecer de estrategia, es porque el otro tampoco la tiene. Y si Zapatero tiene una oportunidad de volver a ganar dentro de dieciocho meses a pesar de no tener ningún plan es porque su rival adolece del mismo defecto.


Si de aquí a las próximas elecciones generales Rajoy fuera capaz de diseñar un programa ajustado a las necesidades de la mayoría de los españoles, barrería. Para convencerse, no le vendría mal leer las memorias de Tony Blair, que acaban de publicarse en el Reino Unido. Explica el político británico cómo fue puesto al frente a un partido que había perdido cuatro elecciones generales seguidas (1979, 1983, 1987 y 1992) a pesar de que los conservadores, al final, tampoco es que gobernaran con brillantez. Hasta entonces, los laboristas habían limitado su estrategia a poner de chupa de dómine a la Thatcher por haberse cargado a los sindicatos. Blair les condujo al 10 de Downing Street no sólo con eslóganes como "Nuevo laborismo" o la "Tercera vía", sino sobre todo con un programa que conectó con las aspiraciones de la gente.

Trasladada a España su experiencia, Rajoy podría aprender que a un partido al que el electorado español vota casi por inercia, como es el PSOE, no es fácil derrotarlo sólo con destacar las cosas que hace mal. Es necesario ofrecer una nueva política que le dé a los votantes la oportunidad real de mejorar, a ellos y a sus hijos. Naturalmente, hay que ofrecer algo más que palabras vacías. Pongamos algún ejemplo. En política exterior, seremos amigos de las democracias y enemigos de las dictaduras. En economía, se suprimirán las subvenciones para que el mercado sea verdaderamente libre y puedan bajarse los impuestos. En justicia, el Consejo será elegido exclusivamente por los jueces para garantizar su independencia. En educación, habrá igualdad de oportunidades haciendo que la formación que se dé en los institutos sea tan buena como la del mejor colegio privado. En administración territorial, se centralizará el Estado tanto como sea necesario hasta que la administración autonómica sea económicamente viable.

No es mi intención elaborar un programa político. Algunas de estas propuestas pueden no ser tan atractivas como a mí me lo parecen. Lo que quiero demostrar es que se puede ser relativamente concreto sin tener por eso que levantar la oposición de nadie y lograr, en cambio, ilusionar a la mayoría.

Rajoy debería darse cuenta de que necesitamos un plan, una estrategia, un programa electoral y, sobre todo, un líder que lo proclame y defienda. ¿Quiere serlo él? No lo parece.


Libertad Digital - Opinión

Huelga escénica. Por Gabriel Albiac

Llamamos sindicato hoy a una policía laboral. Y huelga, a un acto escénico.

FRENTE a la trivialización de Marx por Bernstein, Rosa Luxemburgo define, en 1899, la función del sindicato obrero: ser un engranaje necesario de la reproducción del capital, que reajuste las oscilaciones salariales en la ley de la oferta y la demanda, «la cual ley no pueden los sindicatos transgredir, sino, todo lo más, hacer cumplir». Luxemburgo, que, además de su pureza revolucionaria, poseía una buena formación académica, económica sobre todo, no podía pasar por ciertas demagogias. Su argumentación es, con El Capital de Marx en la mano, irrefutable: «Si se quiere convertir a los sindicatos en medio de reducir gradualmente el beneficio a favor del salario…, esto supondrá un retroceso al estadio anterior al del gran capitalismo». Luxemburgo lo llama la rueda de Sísifo sindical: en la que absurdo y grandeza son iguales. Pero es que Luxemburgo habla de sindicatos obreros: organizaciones autónomas —y, como tales autofinanciadas por la sola cuota de sus miembros—. Para esto a lo cual designa ahora el término, ella hubiera tenido un puñado de adjetivos muy desagradables: amarillos o esquiroles, los más caritativos. No eran insultos: eran el nombre de aquellos remedos sindicales cuyas finanzas corrían a cargo de la patronal o el Estado.

En los términos marxianos que Luxemburgo restablece, la huelga es el instrumento básico de presión de un propietario (el de la fuerza de trabajo) frente a otro (el de los medios de producción), cuando éste segundo alcanza una posición lo bastante preeminente como para violar la ley del intercambio equivalente de valores, la cual, desde Adam Smith, es la clave de bóveda del capitalismo. Sindicato y huelga blindan la lógica del capital, no la destruyen: hacen entender a la parte abusiva que violar el mercado puede salir más caro que plegarse a él.

Un trastrueque esencial tiene lugar en 1905. Lenin alza constancia de su extrañeza: la huelga general revolucionaria. Y, como Lenin, también Rosa Luxemburgo ve en ella la forma que el nuevo siglo aporta al tiempo de las revoluciones: la huelga general es la antesala de la insurrección armada. Fracasará en 1905 en Rusia. Y en la misma Rusia triunfará, en 1917. Vencerá en el Berlín espartaquista. Los socialistas la ahogarán en sangre: también, la de Luxemburgo y Liebknecht. ¿Luego? Luego, empieza el largo tiempo oscuro: fascismos, estalinismo…, el naufragio de Europa. «Huelga general» será letanía de guerra fría. Pero nadie sabe ya qué significa. Su segundo adjetivo, «revolucionaria», es eludido o bien trocado en ornamento. De la antesala de la insurrección armada, a nadie se lo ocurriría ni hacer alusión tímida. En esto, llegó el 68. Y barrió las hojas muertas. La huelga general más amplia y larga de la historia desembocaba en nada. Ponía ante nuestros ojos que la retórica miente.

Enseguida dejó de haber sindicatos. Porque ya no hubo afiliados que pagaran. Mutaron en aparatos de Estado: funcionariado no exento de privilegios. Había que preservar las resonancias léxicas para que funcionaran: «sindicato» o «huelga» pasaron a significar lo contrario de cuanto significaron. Pero el peso de las palabras puede mucho. Llamamos sindicato hoy a una policía laboral. Y huelga, a un acto escénico.


ABC - Opinión

El otoño de Zapatero calienta pero no quema. Por Antonio Casado

Rodríguez Zapatero busca el tres de tres: presupuestos, huelga general y catalanas. Tres obstáculos para quien pasa por ser un consumado funambulista. Los tres momentos difíciles de su anunciado otoño caliente. Un otoño que calienta, pero no quema. De los tres ya ha superado uno. El pacto presupuestario con el PNV le garantiza un año más de tiempo para cabalgar mientras ladran, y mientras el PSOE se sigue desplomando en las encuestas.

Nada menos que doce puntos de desventaja respecto al PP, según la difundida el viernes pasado por Antena 3 y Onda Cero. ¿Prueba de que la bifurcación tomada por Zapatero se aleja de la realidad? Puede ser, pero él sigue convencido de que la remontada es posible antes de 2012. Por supuesto, con su nombre en lo más alto del cartel electoral. Nadie a su alrededor maneja hipótesis post-zapateristas. “No le veo fuera de la política”, oigo decir a uno de sus más cercanos colaboradores.


Esta semana toca huelga general. En el precalentamiento, los sindicalistas, que no son precisamente votantes de Rajoy, gritan lo mismo que los diputados del PP: “Zapatero, dimisión”. La moción de censura que Rajoy no presenta en el Congreso la van a presentar pasado mañana los sindicatos en la calle y en los tajos. A poco que el seguimiento cubra las expectativas de los convocantes, esta huelga general debería hacer descarrilar al Gobierno o, al menos, hacerle rectificar la política “antisocial” de quien, según sus críticos por la izquierda, ha puesto a España de rodillas ante los poderes financieros.

Pero no habrá descarrilamiento. Lo saben los adversarios políticos de Zapatero, empezando por Mariano Rajoy, a su derecha, que le hace culpable de los males reales e imaginados de España, y terminando por Cayo Lara, a su izquierda, que se refiere al presidente como “un político amortizado que le está poniendo una alfombra azul a Rajoy en el camino a la Moncloa”. Y también lo sabe Cándido Méndez, que no pierde ocasión de mitigar los ecos sindicales del “¡Zapatero, dimisión!”, aclarando que en ningún caso se grita “¡Rajoy, presidente!”. Acabáramos.

El gato sindical le araña, pero Zapatero no deja de acariciarlo. Ayer prometió en Zaragoza diálogo, acercamiento, respeto y hasta cariño a los sindicatos. “Más allá de la huelga general”, precisó. O sea, un minuto después. Y un minuto antes, ni media palabra de reproche por quererle acorralar. Al revés. “Nunca saldrá de nuestras filas quien quiera restringir los derechos de los sindicatos”, dijo en clara alusión al principal adversario político, el PP, que ha decidido enredar en la espinosa cuestión de los servicios mínimos del miércoles, en plena cruzada contra los “liberados”.

Dos de tres. Moncloa se la apuntará cuando se haya consumado. Luego tocará hacerse la foto con Méndez y Toxo. Y vamos a por la tercera, la que se corresponde con los funerales del Tripartito catalán. Zapatero cuenta los días que faltan para que Artur Mas forme Gobierno y aporte sensatez, previsibilidad y sentido común, tan necesarios en la política catalana y nacional. La idea se ha instalado en su cabeza, pese a Montilla y el cantado descenso de los socialistas en Cataluña.

Si alguien piensa que Zapatero estará incómodo con la muy previsible victoria de CiU en las urnas del 28 de noviembre se equivoca. Es más, considera ese desenlace un elemento de estabilidad y está convencido de que el nacionalismo moderado catalán volverá a implicarse en la política del Estado. Y, a poco que lo permita la aritmética parlamentaria, no precisamente de la mano de quien impugnó el Estatut ante el Tribunal Constitucional. ¿Las cuentas de la lechera? Las de Moncloa, hoy por hoy.


El Confidencial - Opinión

¿Otra tregua? No, gracias. Por José María Carrascal

Si de verdad quieren la paz en Euskadi, que den un ultimátum a ETA para que se avenga a integrarse en el proceso político.

VA a resultar que tenemos que pagar porque ETA deje de asesinar y, encima, darle las gracias. Al menos eso es lo que dice el último comunicado de la banda, aparecido en Gara, donde se muestra dispuesta a «un alto el fuego permanente» e incluso a «ir más lejos», sin especificar. Pero exige a cambio «recuperar el proceso de diálogo», «establecer los derechos civiles y políticos (en Euskadi)», «desactivar los castigos añadidos impuestos a los presos políticos vascos, así como todas las situaciones de presión, injerencia y violencia». De su presión, injerencia y violencia, ni palabra. De que sus presos no son políticos, sino comunes, menos. De que en el País Vasco ya existen derechos civiles y políticos, que sólo ella viola, menos aún. Y de la entrega de armas, requisito para toda negociación, ni rastro.

Pues este documento, que no merece otro destino que la papelera, les parece a quienes vienen propagando que se ha abierto una nueva etapa en el problema vasco —la izquierda abertzale y los mediadores internacionales—, un primer paso importante para solucionar el conflicto, por lo que piden al Gobierno español que de otros hacia la confluencia, como son la derogación de la Ley de Partidos, el cese de las detenciones o el traslado de presos etarras a cárceles vascas, preludio de su amnistía.


¿Es que no han leído el texto de Gara? ¿O es que siguen empeñados en que ETA diga lo que no dice? Pues ese comunicado dice clarísimo que ETA no está dispuesta a dejar la «lucha armada» hasta que no se le conceda lo que persigue. Punto. Al menos no engaña. Ellos sí que engañan o quieren ser engañados. Y si de verdad quieren la paz y la democracia en Euskadi, que den un ultimátum a ETA para que entregue las armas y se avenga a integrarse en el proceso político. En otro caso, romperán con ella abiertamente, calificándola de lo que es: un cáncer en el País Vasco. En cuanto a los «mediadores internacionales», advertirles de una vez y para siempre que el conflicto vasco nada tiene que ver con el irlandés y, menos aún, con el sudafricano. Bien al contrario. El nacionalismo radical es en Euskadi el explotador, el exterminador, el racista. Mientras las víctimas son sus víctimas. Así que mejor que tales mediadores hagan las maletas y se vayan a casa, si no quieren convertirse en cómplices de los verdugos.

Dicho esto, no hay nada más que hablar. A no ser que en el Gobierno haya todavía quien comparta la idea de la izquierda abertzale de que se ha abierto otra oportunidad de negociar con ETA. No hay indicios de ello, pero conociendo la capacidad de sorprendernos de Zapatero, hay que estar preparados para cualquier cosa.


ABC - Opinión

Cataluña. La encuesta-esquela. Por José García Domínguez

En el fondo, la derecha españolista y sus antónimos pedáneos sienten idéntico pálpito; a saber, que los legítimos representantes de Cataluña, los únicos, los de verdad, los catalanes genuinos, son los de CiU. Y sólo ellos.

Ya ni siquiera El País se priva de administrar la extremaunción al Tripartito. Así, demoledora, la encuesta-esquela que, a modo de obituario, acaba de airear en su edición dominical. En puridad, sólo les ha faltado titular la pieza con la célebre frase que Dante el poeta mandara grabar en la antesala principal del Infierno: "Perded toda esperanza". Nadie se extrañe, pues, de que un gran clásico español, el de echar a correr en auxilio del ganador, renazca estos días entre la abatida fauna que parasita el panal de la rica miel autonómica en Barcelona. Soberbio espectáculo crepuscular el que brinda esa desaforada carrera, la de las ratitas transversales que huyen a toda prisa de la nave de Montilla con rumbo a una nómina blindada en el abrevadero de CiU.

Un muy obsceno desfile de modelos que encabeza quien fuera el portavoz oficial del PSC, cierto Jaume Sobrequés de pétreo, granítico rostro, amén de ferviente liberal de toda la vida desde hace una semana. Con decir que hasta el ínclito Vendrell anda de mudanza estos días. Vendrell, el del PP –no confundirlo con el trabucaire de la Esquerra–, ahora compañero de viaje de lo que queda del PSUC tras cooptarlo Rafael Ribó como edecán suyo en una covachuela de la Sindicatura de Greuges. Es lástima, por lo demás, que el Madrid político, por norma tan torpe, tan mediatizado por las emociones en sus diagnósticos del nanonacionalismo, esté a punto de tropezar con la misma piedra analítica de siempre; ésa que sólo existe en su imaginación, por cierto.

De tal guisa, obviando que el catalanismo, dogma por nadie cuestionado, constituye la religión oficial de la plaza, el triunfo de Convergencia habrá de ser tenido por un avance del furor secesionista. Como si la izquierda catalanista –es decir, la izquierda– encarnara un proyecto nacional en algo distinto al de los nietos de Cambó. Imposible persuadirlos de lo contrario, sin embargo. Y es que, paradoja de paradojas, en el fondo, la derecha españolista y sus antónimos pedáneos sienten idéntico pálpito; a saber, que los legítimos representantes de Cataluña, los únicos, los de verdad, los catalanes genuinos, son los de CiU. Y sólo ellos. Dispongámonos, entonces, para el inminente recital de grandilocuentes necedades. El de siempre, vaya.


Libertad Digital - Opinión

Esperpento malayo. Por Ignacio Camacho

Aquel gran latrocinio tuvo culpables morales por omisión que no se van a sentar en el banquillo.

LA prensa debería recoger el juicio de la Operación Malaya en la sección de Espectáculos, porque ese desfile de granujas no tiene mejor clave narrativa que la de lo grotesco. Dos periodistas de Marbella, Héctor Barbotta y Juan Cano, han relatado con pericia profesional el caso bajo los códigos clásicos de la novela negra, pero se trata más bien de un esperpento del siglo XXI, una farsa burlesca con personajes dignos del Callejón del Gato: el Cachuli, la Rubia, la mujer del Pantojo, la Montse, el Gitano, Sandokán, y ese Roca de los nueve teléfonos y la sonrisa glacial que parece un trasunto bananero de Don Corleone. Un manojo de truhanes envueltos en la sombra mediática de la Pantoja, que es el factor folclórico y popular del sainete, el gancho para el carrusel de la telebasura. Un fresco estrafalario y marginal de cierta España pícara, desmesurada, golfa, osada en su semianalfabetismo desvergonzado, que se coló por las rendijas de la política gracias a la anuencia y la omisión de unos poderes públicos aletargados en su deber de responsabilidad.

Es de temer que el circo malayo, con su secuela de alboroto cotilla y vecindón, acapare el primer plano de la opinión pública como señuelo populista capaz de eclipsar los verdaderos debates de una actualidad crispada. Ya no ofrece peligro de desestabilizar el statu quo; los grandes partidos permanecen al margen y el sistema que permitió aquella cleptocracia siente alivio cuando la corrupción se airea con banales ribetes de mojiganga. Los encausados son carne de cañón, gandinga para la gran máquina de picar reputaciones en prime time, material de primera clase para la pujante industria del chismorreo audiovisual. Morbo, entretenimiento y picaresca que garantiza el consumo de masas en medio de la huelga general, la subida de impuestos y la agonía de un Gobierno en estado de catalepsia.

Pero aquel gran latrocinio que durante años expolió la capital española del lujo tuvo culpables morales que no se van a sentar en el banquillo. Lo consintió en primer lugar un pueblo pancista que ignorando los síntomas manifiestos de mangancia votó con reiterada mayoría a los truhanes, y lo hizo posible la vista gorda de unas autoridades encogidas o complacientes. Las denuncias de corrupción llevaban lustros en la prensa, llegaron a saltar a juzgados que las archivaban con no se sabe qué criterios y achicharraron a unos cuantos políticos honestos que se aburrieron y se desengañaron de predicar en un desierto de silencios y aquiescencia. Ocurrió a la vista de todos; algunos cobraron las mordidaspero otros muchos las pagaron sin reparo alguno. Y quienes pudiendo parar el fraude no movieron un dedo jamás han recibido una sola factura política de su responsabilidad; antes al contrario se los puede encontrar hoy en secretarías de Estado y hasta en vicepresidencias del Gobierno.


ABC - Opinión

Los vergonzosos preparativos de una más vergonzosa huelga general

No es en absoluto de recibo que mientras los ciudadanos están haciendo enormes sacrificios para adaptarse a la complicada coyuntura, ellos sigan gozando de millonarias subvenciones y de privilegiadas posiciones jurídicas.

Llevamos ya varias semanas de lamentables preparativos para la huelga general del próximo miércoles. Conforme se ha ido acercando la fecha en la que los sindicatos "de clase" se han arrogado el derecho de "parar el país", el grado de desfachatez y de mofa explícita hacia todos los españoles no ha hecho más que aumentar de manera exponencial.

Primero llegaron unos videos de la UGT plagados de sectaria propaganda antiliberal donde se caracterizaba a los empresarios españoles de crueles explotadores, a los trabajadores de estúpidos explotados y a los sindicalistas de valientes y abnegados luchadores por el bien; luego vimos cómo las centrales sindicales se reían de todos nosotros al presionar a los distintos gobiernos para que impusieran unos servicios máximos sobre el transporte público que supondrán el primer piquete contra el derecho a trabajar de los españoles; y ahora, CCOO y UGT se alían con los subvencionados artistas españoles para persuadirnos de que la huelga no está dirigida contra el Gobierno, que los piquetes tienen como función defender a los proletarios o que los sindicatos de este país son el paradigma de la independencia y el sentido común.


En otras palabras, los grupos de presión que abrevan en el presupuesto público y que hicieron campaña electoral por Zapatero negando en todo momento la gravedad de la crisis en la que ya estábamos sumergidos, reconfiguran su discurso con tal de conservar sus prebendas sin mezclarse demasiado con un Gobierno que ya es visto universalmente como calamitoso.

Ellos, que son en parte responsables de la lamentable situación de nuestras cuentas públicas y de que se mantenga una delirante regulación laboral que se ha cobrado el puesto de trabajo de 2,5 millones de españoles en tres años, vienen ahora dando lecciones de cómo salir de la crisis. Ellos, cuyas rentas y buen vivir dependen del entramado de subvenciones que han logrado extraer año tras año de nuestros bolsillos gracias a haberse convertido en un servil grupo de presión de la izquierda, pretenden erigirse en un ejemplo de independencia e imparcialidad frente a los grupos políticos y económicos. Ellos, que son los primeros que vulnerarán los derechos de los ciudadanos a trabajar, quieren alzarse como los mayores defensores de los derechos de los trabajadores.

Aunque parece que desde los famosos recortes del gasto público de mayo el mensaje haya caído en el olvido, conviene recordarlo cada vez que de manera tan clara sindicatos, "intelectuales" y apesebrados varios nos muestran su auténtico rostro: es hora de que dejen de medrar a costa del resto de los españoles. No es en absoluto de recibo que mientras los ciudadanos están haciendo enormes sacrificios para adaptarse a la complicada coyuntura, ellos sigan gozando de millonarias subvenciones y de privilegiadas posiciones jurídicas. Mucho menos cuando, lejos de limitarse a coger el dinero y echar a correr, se dedican a "parar el país" y a amedrentar a los trabajadores.

No podemos más que estar de acuerdo con los sindicatos cuando señalan que la huelga general del próximo miércoles debe tener sus consecuencias políticas. Pero esas consecuencias deben ser muy distintas de las que ambicionan: en lugar de ver acrecentado su poder, es el momento de reducirlo al de la simple representación de sus cada vez menores afiliados. 40 millones de españoles no tenemos por qué cargar con tanta desvergüenza y sectarismo.


Libertad Digital - Editorial

ETA no merece respuesta

El final de ETA está cada días más cerca, como expresión de la legitimidad ética de la democracia frente a una banda de criminales.

ETA continúa lanzando mensajes de todo tipo a través de sus canales habituales, en particular el diario «Gara». En el último de ellos dice estar dispuesta para un alto el fuego, «y también para ir más lejos», tal vez con el objetivo de sacudirse la presión de los mediadores. A su vez, el brazo político de los terroristas persiste en sus maniobras de siempre, aparentando una autonomía que no existe respecto de los pistoleros que mandan en la organización. Por fortuna, nadie entra ya al trapo de una retórica que pretende engañar a la sociedad y dividir a los demócratas. A estas alturas, sólo cabe esperar de ETA un último comunicado que reconozca su fracaso definitivo frente al Estado de Derecho. La aplicación de la Ley por parte de los jueces, la eficacia policial y la colaboración internacional sitúan a los terroristas ante un callejón sin salida. No importan los falsos «gestos» ni los matices terminológicos que no significan nada a la hora de la verdad. ETA sigue con su actividad terrorista, como demuestra el «zulo» encontrado ayer en una localidad francesa con un buen número de placas para utilizar matrículas falsas. Estamos ante una organización criminal sin otra finalidad que cometer delitos y extorsionar al Estado y a la sociedad. Cualquier análisis de tipo ideológico sólo sirve para prolongar la situación en beneficio de los terroristas, cada día más débiles ante la respuesta eficaz de los poderes públicos.

Es positivo por todo ello que Rodríguez Zapatero se negara ayer a hablar de ETA durante un acto preelectoral en Aragón. Conviene disipar cuanto antes cualquier indicio de que algunos alimentan la tentación de volver a las andadas y, en este sentido, la mejor respuesta es el silencio. Por supuesto, la Fiscalía y todos los medios del Estado deben actuar a fondo para impedir —dentro de la más estricta legalidad— que los secuaces de la banda puedan acceder a las instituciones democráticas de las que merecen ser excluidos. También es un dato digno de mención que, en el transcurso del «Alderdi Eguna», el PNV —a través de Íñigo Urkullu— mostrara al fin una claridad de ideas ante los terroristas y su entorno que no ha sido habitual por desgracia en el seno del nacionalismo vasco. Así las cosas, el final de ETA está cada día más cerca, como expresión de la legitimidad ética y política de la democracia frente a una simple banda de criminales.

ABC - Editorial

domingo, 26 de septiembre de 2010

El tomate. Por Alfonso Ussía

Se descubrió el tomate. No era previsible, sino obligado. El Gobierno pacta la huelga con UGT y CCOO. La pacta y se suma a ella. ¿Es lógico que un Gobierno aplauda una huelga supuestamente convocada contra su política social? ¿Entra en cabeza humana elementalmente habitada que unos sindicatos convoquen una huelga contra sus financieros? ¿Contra quién la huelga? Contra Esperanza Aguirre, la Comunidad de Madrid y el Partido Popular. Entonces sí es lógica la colaboración del Gobierno y queda asegurada, para el futuro, la financiación al estilo soviético de los monstruosos gastos sindicales. Y Esperanza Aguirre, que preside la única Comunidad que genera empleo, que se fastidie. Y no sólo eso. También los madrileños, que votan masivamente a favor del Partido Popular. Y aún más. Con amenazas de violencia, que ya se sabe que en España no puede triunfar una huelga si no hay amenazas y actos violentos de por medio por parte de los piquetes «informativos». Democrática y respetuosa manera de informar. Desde el insulto soez a la información que recibe una cabeza de una informativa barra de hierro. O unas costillas de unos informativos puñetazos. O una persona que desea trabajar de unas informativas patadas en el suelo, ya derribada informativamente. O de las informativas roturas de cristales en los escaparates de los comercios que deciden abrir, o de los informativos grupos de vándalos que cortan las carreteras y las siembran de clavos. A los que no van a informar de nada y para nada, porque no les interesan, son a los casi cinco millones de parados que se hallan en situación angustiosa por culpa del Gobierno y de la complicidad de los sindicatos.

Un sindicato tiene que garantizar el derecho al trabajo, no boicotearlo con violencia. Un sindicato tiene todo el derecho de convocar una huelga, respetando a los que no quieren sumarse a ella. Un sindicato no puede cimentar el éxito de su huelga en el uso de la violencia, verbal o física. A eso se le llama terrorismo callejero. Sucede que las Fuerzas de Seguridad del Estado, dependientes del Ministerio del Interior del Gobierno socialista, recibirán órdenes de bizquera e inmovilidad. Un sindicato del siglo XXI no puede tener como enemigo a los empresarios, que son los que se juegan su dinero, pagan las nóminas y arriesgan sus bienes para crear puestos de trabajo. Sucede que los sindicatos mayoritarios en España están en los albores del siglo XX, cuando no en los estertores del XIX, y odian a la fuente de la riqueza y del empleo. No se engañen. La carísima farsa subvencionada que han montado los sindicatos para estrenar el próximo 29 no se llama «Huelga», sino «Política». Está pactada con el Gobierno y así lo ha demostrado el ministro Blanco, al que le ha faltado un empujoncito para besar a Toxo y a Méndez como Iker Casillas hiciera con Sara Carbonero minutos más tarde del triunfo en Suráfrica. Un Estado de Derecho, una democracia moderna, no puede tener unos sindicatos anclados en los totalitarismos de la izquierda del peor recuerdo. Señor Rubalcaba. Se la juega el 29 de septiembre. O actúa contra los piquetes o puede ocurrir cualquier tragedia. Roja de sangre, no de tomate.

La Razón - Opinión

Un terrorista menos, una esperanza más

La importancia de la eliminación de este cruel asesino por parte de las Fuerzas Armadas de Colombia va más allá de su papel como cabecilla, no en vano se trata de un psicópata que llevaba en la cúpula de las FARC más de treinta años.

Víctor Julio Suárez Rojas, alias "Mono Jojoy", era uno de los peores asesinos del narco-terrorismo colombiano, responsable máximo de las acciones sanguinarias de las FARC desde cuyo mando ordenó, y en ocasiones ejecutó, más de cien atentados indiscriminados contra policías, militares, políticos y población civil. El Gobierno colombiano y sus fuerzas armadas han obtenido de esta forma un gran éxito estratégico, que servirá para debilitar aún más a un grupo de asesinos que ha hecho del crimen una forma rentable de vida, por más que la mayor parte de la izquierda progresista pretenda velar esta realidad apelando al romanticismo de una supuesta lucha de clases que sólo creen los que prefieren engañarse a sí mismos y, de paso, autodegradarse en el proceso.

Pero la importancia de la eliminación de este cruel asesino por parte de las Fuerzas Armadas de Colombia va más allá de su papel como cabecilla de los grupos que ejecutaban directamente los atentados, pues, desde la desaparición de "Tirofijo" y la eliminación de "Raúl Reyes" en 2008, era sin duda el miembro de las FARC con mayor ascendiente entre el grupo de terroristas, no en vano se trata de un psicópata que llevaba cometiendo delitos por cuenta de la banda terrorista colombiana desde hace más de treinta años.

Desde el punto de vista puramente estratégico, la requisa del material informático en la operación que ha acabado con la vida de Jojoy va a aportar a las fuerzas antiterroristas colombianas un material extraordinariamente sensible, que en una primera inspección ha permitido al Gobierno calificarlo como mucho más importante que los datos extraídos de los ordenadores de "Raúl Reyes" en el golpe histórico en que cayó junto con parte de la banda.

Con esta operación antiterrorista constatamos que Juan Manuel Santos, sucesor de Uribe, mantiene el compromiso adquirido por el expresidente para acabar de una vez y para siempre con una banda de asesinos que ha sumido en el terror indiscriminado a la población colombiana durante demasiados años.

Este golpe contra las FARC debilita aún más a una organización terrorista que, afortunadamente, cuenta cada vez con menos simpatías también fuera de Hispanoamérica, a pesar de que haya políticos desnortados que siguen defendiendo el diálogo como herramienta para solucionar un problema que se reduce a acabar con un grupo terrorista organizado.

Los ciudadanos colombianos tienen motivos para confiar en que un día no lejano desaparezca el terrorismo que, en forma de guerrilla, asola su país. En ello está su Gobierno democráticamente elegido, al que sólo cabe aplaudir por su firmeza en la lucha contra el terrorismo izquierdista como han hecho ya algunos de sus colegas europeos con Sarkozy en primer lugar. La desaparición del "Mono Jojoy" con el caudal de información ahora en poder de las autoridades colombianas, es una buena noticia para Colombia pero también para los que defendemos la libertad. Por desgracia, en España no somos todos.


Libertad Digital - Opinión

Malabarismos con la huelga

El Gobierno, consciente de que su situación se debilita por momentos, necesitaba reinventar las reglas naturales de la huelga general.

EL Gobierno ha puesto en marcha una estrategia de aproximación a los sindicatos para encajar la huelga del 29-S en un discurso que la minusvalore como una protesta contra su política económica y la presente más como un acto contra el mercado, el capitalismo y, en definitiva, la derecha. Los propios «actores de la ceja» salieron ayer a escena para confesar que apoyan la huelga, pero que no van contra los socialistas, y los sindicatos han puesto de su parte la ruptura interesada de las negociaciones con la Comunidad de Madrid para fijar unos servicios mínimos en los transportes públicos. Con este enfrentamiento con el Ejecutivo madrileño, el Gobierno y los sindicatos tendrán un punto común en sus intereses: el primero, desgastar a Esperanza Aguirre —en plenas primarias socialistas en Madrid— haciéndola responsable de cualquier incidente que se produzca por la acción de piquetes, a los que se disculparía por la falta de acuerdo sobre los servicios mínimos; y los segundos, ofrecer a la izquierda un chivo expiatorio en la derecha, para rebajar las críticas de que la huelga favorece al PP. El Gobierno, consciente de que su situación se debilita por momentos, necesitaba reinventar las reglas naturales de una huelga general, que suele dirigirse contra las políticas económicas del Ejecutivo, y ha empezado a lisonjear a los sindicatos, primero, con un fácil acuerdo de servicios más que mínimos; y, después, con elogios a su responsabilidad institucional. Además, el reciente anuncio de la subida de impuestos para las rentas superiores a 120.000 euros es un señuelo del Gobierno a la izquierda. Todavía será posible oír al Gobierno felicitarse por la jornada de huelga, y no porque haya tenido más o menos éxito, sino para escenificar que no le resultará perjudicial.

El problema a partir del 29-S seguirán siendo los más de cuatro millones de parados que hay en España y la sangría de fondos públicos para financiar los costes del desempleo. Los juegos malabares para acabar desviando contra el PP las protestas sindicales tendrán un efecto nulo en cuanto dejen de ser realidad informativa. De lo que tiene que preocuparse el Gobierno el 29-S es asegurar la libertad de movimiento y el derecho al trabajo de los españoles frente a los sabotajes y la coacción de los piquetes «informativos» y no perder el tiempo con campañas de propaganda subliminal contra el PP.


ABC - Editorial

sábado, 25 de septiembre de 2010

Colombia ejemplar. Por Hermann Tertsch

La fotografía del cadáver de Víctor Julio Suárez Rojas, alias «Jorge Briceño» o «Mono Jojoy», el sanguinario jefe militar de las FARC, aún hoy la mayor organización terrorista del globo, es todo un regalo. Y no sólo para los colombianos sino para todos los demócratas del mundo, tantas veces angustiados por los éxitos de los terroristas y por la confusa y titubeante actitud ante ellos de tantos líderes políticos occidentales.

El presidente José Manuel Santos continúa con esta operación que ha liquidado al «Mono Jojoy» la brillante y ejemplar trayectoria de lucha antiterrorista de su antecesor Álvaro Uribe.

Por primera vez en casi sesenta años, desde el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán en 1948, que dividió trágicamente al país, es ya imaginable una Colombia sin guerrillas en una democracia triunfante. Si otros países latinoamericanos cayeron en terribles dictaduras en su guerra contra la insurgencia comunista, Colombia ha preservado su democracia, la ha fortalecido y convertido en ejemplar. Que haya sido así quizás tenga que ver con el condimento británico que sin duda mejora la herencia española. Los terroristas que siguen en la jungla ya saben cual es su futuro. «¡Vamos a por ustedes, no ahorraremos esfuerzo alguno y ustedes saben que nosotros sabemos cumplir!». Ese es el mensaje de Santos a los terroristas durante una alocución televisada a la nación colombiana.


Estamos ante un gran triunfo de la perseverancia, la dignidad y la voluntad democrática. Y ante una gran lección a todos los que han sido desleales con la democracia colombiana en esta gran lucha, que han sido muchos —no sólo en la izquierda— y que en parte están aquí.

Porque la cicatería en el apoyo a Uribe por parte del Gobierno español ha sido una más de las muchas vergüenzas que el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha ido acumulando en Latinoamérica. Que está directamente vinculada a otras como el apoyo a la Venezuela chavista que alimenta a la banda terrorista o a la Cuba castrista, otra aliada del felizmente muerto. Pero Colombia triunfa ahora pese a todas esas miserias.


ABC - Opinión

Zapatero quiere estrangular a las comunidades del PP. Por Federico Quevedo

Ya saben ustedes que, en su filosofía política, Rodríguez es un seguidor fiel del principio maquiavélico según el cual “el fin justifica los medios”

No recuerdo bien cuando lo dijo, pero hay una frase del que fuera primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid siendo Enrique Tierno Galván el regidor, Juan Barranco, que perfectamente se podría aplicar al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y a la manera absolutamente antidemocrática con la que está tratando de mantenerse en el poder. Decía Barranco que “el poder solo corrompe a los corruptos, hace golfos a los que son golfos e inmorales a los que ya lo eran antes”. Rodríguez, perdonen que lo diga con esta crudeza, puede ajustarse a este retrato. No un corrupto en el sentido en el que lo entendemos habitualmente, sino en el de quien ha desvirtuado por completo el Estado de Derecho y lo ha vulnerado hasta el extremo de provocar una tensión institucional sin precedentes. No un golfo en el sentido delictivo del término, sino en el de aquel que se sitúa por encima de la ley. Y si un inmoral en el sentido de quien no tiene principios ni responde a motivaciones mínimamente éticas o morales.

Rodríguez sólo se mueve por un estímulo, el del odio, y ya escribía Víctor Hugo que “cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga”. Su afán durante todo este tiempo, desde que llegara al poder en 2004, ha sido acumular más poder e intentar aniquilar a quien pudiera hacerle sombra u oposición. Así, ha actuado como un auténtico killer para los suyos, y como un caudillo déspota para quienes discrepan de él y de sus políticas. Toda su obsesión se ha centrado en un único objetivo: aniquilar al PP, y para ello ha utilizado y va a utilizar todas las armas a su alcance. Eso significa aprovechar todas las circunstancias que le favorezcan en ese objetivo, aun incluso aquellas que puedan repararle otros daños. En ese sentido, la crisis económica, lejos de ser un impedimento, se puede convertir en un aliado coyuntural a la hora de conseguir ese fin. Y ya saben ustedes que, en su filosofía política, Rodríguez es un seguidor fiel del principio maquiavélico según el cual “el fin justifica los medios”.


En los próximos meses, la Comunidad Valenciana va a protagonizar un importante vencimiento de bonos. Dado su elevado nivel de deuda, los mercados financieros ya le han dicho al Gobierno de la Generalitat que no van a renovar esa emisión, lo cual va a significar que, si no tiene liquidez, el Ejecutivo de Francisco Camps se va a ver obligado a reestructurar su deuda y, en el peor de los casos, declararse en quiebra. El asunto es grave no voy a engañarles. ¿Cómo se ha llegado a esa situación? Buena parte de culpa la tiene el propio Gobierno central que ha permitido a las Comunidades Autónomas elevar sus techos de gasto durante esos años atrás sin prever las consecuencias de esa política expansiva. Obviamente, el Gobierno Valenciano también tiene su cuota parte de responsabilidad. Pero la cuestión es que el Gobierno de Rodríguez, en lugar de ponerse a estudiar la situación y sus posibles soluciones con el Ejecutivo valenciano, a lo que se está dedicando es a airear sus dificultades en los mercados internacionales y a poner a la Comunidad Valenciana entre la espada y la pared.

¿Por qué? Es bien sencillo: si llegara a producirse una situación de suspensión de pagos, el Partido Socialista tendría un doble argumento ‘electoral’ contra el PP, es decir, que además de corruptos -por el ‘caso Gürtel’-, son malos gestores. Un argumentarlo que no solo le valdría contra el PP valenciano, sino en general contra todo el PP. De hecho, Rodríguez quiere que situaciones parecidas se produzcan en otras comunidades del PP como Madrid o en ciudades importantes como la capital de España o la de la propia Comunidad Valenciana, y de ahí la reciente medida de impedir a ambas volver a endeudarse a partir de enero de 2011, mientras que sí se abre la mano para que puedan hacerlo ciudades gobernadas por el Partido Socialista. El objetivo de Rodríguez es llevar al PP al estrangulamiento económico allí donde gobierna, en un condenable ejercicio de absoluta irresponsabilidad. El presidente está encantado pensando que eso pueda suceder, sin darse cuenta de que es igual a darnos todos un tiro en el pie. Lo es porque, de producirse esa situación, la que de verdad saldría mal parada es la imagen de España en el exterior y, sin lugar a dudas, volverían a reproducirse las tensiones sobre nuestra deuda soberana.

Eso, además de que tal situación pondría bajo la lupa al resto de comunidades autónomas, entre ellas Cataluña cuya situación financiera es igual que la valenciana, con la única diferencia de que no tiene que afrontar vencimientos de deuda inmediatos. Pero todo el mundo recuerda como este verano la Generalitat de Cataluña fue incapaz de colocar su propia deuda en los mercados internacionales. No estamos para andar con jueguecitos electorales. El asunto es de una extraordinaria gravedad, y pone de manifiesto la doblez ética de Rodríguez Zapatero, un gobernante capaz de trocear el Estado con tal de mantenerse en el poder, capaz de dar facilidades a los sindicatos para que la huelga general les salga medianamente bien y después volver a darse los acostumbrados abrazos a costa de desempleo colectivo y el drama de cientos de miles de familias españolas que no llegan a fin de mes, mientras Toxo se va de crucero de lujo y Méndez sigue vistiéndose en un sastre londinense con nuestros impuestos -que, no les quepa duda, van a subir porque el Gobierno necesita esa recaudación-. Además de un mal gobernante, Rodríguez se ha convertido en un episodio negro de la historia de este país. Echarle es un ejercicio obligado de salud democrática. Y mental.


El Confidencial - Opinión

Presupuestos «austeros». Por M. Martín Ferrand

Si nos ceñimos a la experiencia, la Ley de Presupuestos nace para no ser cumplida.

LAS terminales propagandísticas del Gobierno —tan hábiles, tan insistentes— aseguran que los Presupuestos Generales del Estado para 2011, cuyo anteproyecto aprobó ayer el Consejo de Ministros, son austeros. No es ese un adjetivo que le cuadre al caso; pero, como se sabe, la confusión es pieza indispensable para explicar lo que tiene difícil explicación. Austero es, antes que nada, lo que se ajusta a las normas de la moral. No parece, a la vista de las dispendiosas partidas que lo integran, que los Presupuestos elaborados por Elena Salgado tengan esa característica. Si nos ceñimos a la experiencia, la Ley de Presupuestos, la que debiera marcar la conducta del Gobierno y las Administraciones a lo largo de todo el año, es una Ley que nace para no ser cumplida. Es, como mucho, un boceto que permite intuir la realidad venidera; pero, a diferencia con los países más solventes, en donde obliga a los administradores, aquí les orienta sobre poco más o menos. Tampoco son sobrios y moderados estos Presupuestos. El déficit del Estado que prevén es del 9 por ciento sobre el PIB y eso, albarda sobre albarda, es mucha carga para la Nación. Las partidas del despilfarro siguen siendo muchas e inmensas y abarcan territorios que, en puridad, no entran en las competencias del Estado.

Nos está ocurriendo algo parecido, según lo cuenta Julio Verne, a lo que le pasaba al Capitán Nemo en sus 20.000 leguas de viaje submarino. A bordo del Nautilus creía comer solomillo de vaca cuando, en realidad, se zampaba uno de tortuga y, en el postre, las natillas, elaboradas con leche de ballena y endulzadas con algas del Mar del Norte, le resultaban idénticas a las de su abuelita. Después de mucho tiempo instalados en una economía irreal y tratando de mirar, para no verles, por encima de los cuatro millones y medio de parados, termina por confundirse la mermelada de anémonas con la de frutas del bosque. El Gobierno ha perdido la percepción de su entorno y, si alguna vez lo tuvo, el camino que se ajusta a su rumbo.

Estos Presupuestos resultan excesivos para quienes, con los pies en Europa, tienen conciencia de la gravedad del momento y la situación y parecen restrictivos para los que, tan insensatos como una olvidada ministra de Cultura del zapaterismo, piensan que «el dinero público no es de nadie». Naturalmente, de espaldas al Parlamento, como marcan los cánones de nuestra escasa y paródica democracia, los Presupuestos no se perfeccionarán con el debate. El Gobierno ya le ha comprado al PNV los apoyos precisos para que el Anteproyecto, sin más que un trámite litúrgico, pase a ser Ley. Tampoco es para cumplirla.


ABC - Opinión

Elecciones. La Noria es la clave. Por Maite Nolla

El mismo amigo que me decía lo de La Noria y La Clave, también me comentaba que Montilla fue convocar las elecciones y ponerse a hablar en castellano. Y hasta CiU en Sant Cugat ha moderado su discurso y ha rechazado una moción independentista de ERC.

La precampaña electoral en Cataluña empieza a ser más entretenida de lo que nos temíamos, por sorprendente. Tanto para lo bueno como para lo malo, la verdad. Por ejemplo, nunca hubiéramos imaginado que el debate entre los dos aspirantes a presidir la Generalitat se pudiera trasladar a La Noria. Como me decía un amigo esta tarde, La Noria es como La Clave, pero en 2010, valga el juego de palabras. La noticia es que Montilla seguirá los pasos de Artur Mas y parece que ya ha confirmado su presencia en el programa de Telecinco. Mucho nacionalismo y mucha tevetrés, para que los candidatos más o menos nacionalistas acaben jugándose los cuartos en un programa de entretenimiento español. Eso sí, con gran indignación de la directora de la televisión nacionalista y de su presentador estrella, que han reaccionado como Àngels Barceló y Francino cuando se negaron a entregar el premio Ondas a Jorge Javier Vázquez. Telecinco será lo que sea, pero al menos es una televisión privada. Lo otro es un centro de adoctrinamiento permanente, pagado, incluso, por los que no nos queremos dejar adoctrinar. Y a partir de ahí cualquier comparación es odiosa. Entre intentar durante años crear con dinero público una realidad que no existe para convencernos de que lo que es minoritario es lo que piensa la mayoría, y los programas, a veces zafios y cutres, preferiría no tener que elegir, la verdad; pero si hay que elegir, me quedo con los que se pagan sus cosas con la publicidad.

La cuestión es que La Noria no es como los aburridísimos desayunos con la prensa en Madrid, de poca repercusión popular y con un exceso de zumo de naranja, que a esas horas tiene que sentar fatal; La Noria es lo que ve la gente que pone la tele el sábado por la noche en Cataluña. Porque si no fuera así, los dos candidatos no hubieran decidido que les puede hacer más bien que mal dejarse entrevistar allí. Como hizo Blanco, antes de garantizar la huelga de los sindicatos, en verano, en plena guerra con los controladores.

La vida te lleva por caminos raros, que dice Quique González, y unan a este traslado del campo de batalla la voluntad de ambos candidatos de expulsar cualquier relación con el independentismo. El mismo amigo que me decía lo de La Noria y La Clave, también me comentaba que Montilla fue convocar las elecciones y ponerse a hablar en castellano. Y hasta CiU en Sant Cugat ha moderado su discurso y ha rechazado una moción de ERC que quería declarar al municipio moralmente excluido de la Constitución, por la sentencia del estatuto y todo lo que ustedes ya imaginan. Lo que sucede es que siempre hay alguno o alguna que no se entera, y Marta Ferrusola, la reina madre del nacionalismo, se ha declarado independentista, por supuesto en tevetrés. Ya saben, éramos pocos....


Libertad Digital - Opinión

Después de Cádiz. Por Ignacio Camacho

Los españoles nos las pintamos solos para dar al traste con nuestros mejores éxitos; somos expertos en suicidios colectivos.

ERAN tiempos difíciles aquellos de hace 200 años, cuando se reunieron en la Real Isla del León las Cortes de Cádiz. Un país invadido, una ciudad sitiada y una nación dividida por la eterna zanja de la conciencia civil y política. Eran tipos heterogéneos que se miraban de reojo con desconfianza: los liberales, mental y moralmente afrancesados, escindidos en su interior por la tragedia de una patria dominada por extraños a los que en el fondo admiraban; los absolutistas servilones, nostálgicos del viejo orden revocado por la expansión napoleónica; los moderados burgueses, emparedados por la vieja dialéctica de los fundamentalismos; los indianos, incorporados más tarde en medio de un proceso irreversible de descomposición imperial. No fue grato ni fácil aquel encuentro de gente tan distinta en un momento tan delicado, con una España a punto de desangrarse por una herida de conflictos superpuestos, en una crisis de mera supervivencia. Y sin embargo, lo hicieron. Un pacto colectivo, una alianza de soberanía, un acuerdo de concordia, un sueño —demasiado hermoso— de libertad. A trancas y barrancas, y entre serios conatos de fundamentalismo cainita que presagiaban el desastre posterior, se las apañaron para inventar una nación nueva, ilustrada y libre.

Y luego ellos mismos la echaron abajo, claro. Sin tiempo para disfrutarla, más pronto que tarde, apenas expulsados los franceses, en cuanto los nuestros se quedaron a solas con los demonios de siempre. Los españoles no solemos necesitar a nadie para que nos ponga la soga al cuello. Nos las pintamos solos para dar al traste con nuestros mejores éxitos, somos auténticos expertos en demoliciones y suicidios. Las cuentas pendientes de aquel compromiso heroico y milagroso, los trágalas y demás radicalismos fanáticos se saldaron bien poco después con el habitual vuelco fratricida de ida y vuelta, con el maldito vaivén trincherizo de represiones vengativas y ajustes rencorosos. Ocurre de un modo cíclico en nuestra Historia: levantamos prometedoras arquitecturas de esperanza y las derribamos luego con una pasión autodestructiva incombustible y flamígera.

Como los fracasos no se conmemoran, nadie se acordará de lo pronto que España dio al traste con aquel prometedor orden gaditano. Celebraremos el bicentenario glorioso de la Pepa con un estruendo complaciente y orgulloso, pero no se descorrerán cortinillas ni se organizarán congresos que estudien cómo se estropea una obra maestra por culpa de la intransigencia, del sectarismo y de la irresponsabilidad. La retórica de los discursos creará un bucle de melancolía solemne en torno a los pioneros constituyentes y olvidará el desgraciado destino que sufrió su entusiasta inspiración iluminada. Y seguiremos sin aprender lo fácil que es destruir una convivencia cuando se pierde el sentido de lo que cuesta lograrla.


ABC - Opinión

Sintonía Gobierno-sindicatos

Con gran entusiasmo y abuso de superlativos, el ministro de Fomento anunció ayer el acuerdo con los sindicatos sobre los servicios mínimos que deben regir el día de la huelga general, el próximo miércoles día 29. «Es un acuerdo histórico», proclamó José Blanco para subrayar que nunca antes se había logrado; igual satisfación mostraron los dirigentes sindicales, hasta el punto de que lo han puesto como ejemplo a seguir en futuras huelgas. Sin embargo, detrás de tanto parabién se percibe una estrategia política, diseñada por negociadores ideológicamente afines, para utilizar el acuerdo como arma arrojadiza contra los gobiernos autonómicos del PP. Así se ha comprobado claramente en Madrid, donde los sindicatos no han demostrado interés en consensuar nada. Muy al contrario, su actitud ha sido de confrontación y beligerancia, nada que ver con el tono conciliador empleado con el ministro de Fomento. Tensiones parecidas se han registrado en otras comunidades gobernadas por el PP, como Galicia y Castilla y León; en Valencia, el consenso ha sido precedido por descalificaciones de grueso calibre. Por el contrario, en Andalucía y Cataluña los sindicatos han sido una balsa de aceite. No parece que estos alineamientos y desencuentros carezcan de intención política. La prueba es que los servicios mínimos pactados por los sindicatos con Blanco son prácticamente los mismos que fijó Álvarez Cascos, ministro de Fomento de Aznar, para la huelga de 2002. ¿Por qué en aquel entonces los dirigentes sindicales recurrieron ante el Tribunal Supremo los servicios mínimos fijados por Cascos y ahora los presentan como un hito histórico? Sería de ingenuos esperar que el actual sindicalismo español, lastrado por los prejuicios ideológicos, tratara de igual modo a un Gobierno de izquierdas que a otro de derechas. Por encima de su actual distanciamiento, la sintonía política de CC OO y UGT con el PSOE está a salvo y es la que ha permitido al ministro de Fomento presentarse ante la opinión pública como el campeón de los pactos, cuando en realidad el verdadero pacto es muy otro: no hacerse daño entre ellos y desviar toda la agresividad política hacia el PP y sus gobiernos regionales, empezando por el más significativo: el de Esperanza Aguirre. Por lo demás, la cuestión central de los servicios mínimos no es tanto el porcentaje que se ha fijado para cada uno de ellos, pues siempre serán discutibles, cuanto su estricto cumplimiento. De nada sirve, por ejemplo, que se establezcan en un 20% los transportes de cercanías, si luego los piquetes los boicotean en las horas punta y siembran el caos para impedir que los viajeros lleguen a su puesto de trabajo. En este punto, el Gobierno debe actuar con el mismo celo y entusiasmo exhibido con los sindicatos para garantizar el derecho al trabajo de cuantos, en uso de su libertad, decidan no secundar la huelga y llevar a cabo su jornada laboral con normalidad. Tanto derecho tienen los sindicatos a parar como los trabajadores a trabajar. Si el Gobierno no pusiera los medios necesarios para hacer cumplir los servicios mínimos y para proteger a los obreros de piquetes y coacciones significaría que el «acuerdo histórico» del que se ufana Blanco incluye cláusulas secretas nada democráticas.

La Razón - Editorial

Falsear las cuentas para seguir arruinándonos

Dado que por prejuicios ideológicos no se quiere recortar el gasto, se opta por anunciar que los ingresos serán mucho mayores de lo que bajo cualquier prisma puede pensarse que van a serlo.

La ley de los Presupuestos Generales del Estado nació como una manera de limitar el poder y la discrecionalidad política. Se trata de un documento que establece las líneas maestras del gasto público a las que tiene que someterse el Ejecutivo durante un determinado ejercicio.

En España desde hace años, pero especialmente en esta última legislatura, los Presupuestos se han convertido en una representación teatral más de nuestros políticos. Son un trámite parlamentario que una vez superado da manos libres al Gobierno para que haga y deshaga a su placer. En ningún momento se espera que se cumplan, pues ya desde el comienzo se diseñan para ser incumplidos.

Previsiones macroeconómicas absurdas tras previsiones macroeconómicas absurdas, llevamos cuatro años en los que el Gobierno ha inflado de manera descabellada sus pronósticos de ingresos fiscales y sobre esa base de irrealidad ha aprobado cuantiosos despilfarros que no podíamos permitirnos bajo ningún criterio.


De aquellos lodos de falsedad hemos acumulado unos polvos cercanos a 200.000 millones de euros en nuevo endeudamiento. Dado que por prejuicios ideológicos no se quería recortar el gasto, se optó por anunciar que los ingresos iban a ser mucho mayores de lo que bajo cualquier prisma podía pensarse que iban a serlo.

El resultado de estas reiteradas mentiras ya lo estamos empezando a sufrir: si este año hemos padecido incrementos en los impuestos especiales, en la tributación del ahorro y en el IVA, para 2011 ya nos han anunciado recortes en algunas de las deducciones más importantes para las clases medias –como la de la vivienda– y aumentos en los tipos marginales del IRPF que afectan con especial intensidad a los trabajadores cualificados y, por tanto, a nuestro capital humano. Y, probablemente, esto sea sólo el principio, porque las estimaciones más optimistas –las del Gobierno– consideran que cerraremos 2011 con un déficit presupuestario de 60.000 millones de euros, lo que equivale aproximadamente a toda la recaudación anual por IRPF. Así pues, parece que las nuevas subidas de impuestos, más allá de las ya anunciadas, son inevitables bajo este Ejecutivo manirroto.

Pero lo peor de todo es que seguimos repitiendo ese ejercicio de autoengaño que tan caro nos ha sido: inflar ingresos para no tener que recortar despilfarros. El Gobierno asume que en 2011 creceremos un 1,3%, más del doble que la siguiente previsión más optimista de todos analistas. Siendo así, los ingresos serán de nuevo mucho menores de lo presupuestado y el déficit, en consecuencia, muy superior a esos 60.000 millones.

Las mentiras de Zapatero y Salgado de hoy son nuestros impuestos de mañana. El momento para pararles los pies debería ser ahora y no más adelante cuando el daño ya esté hecho (es decir, cuando la deuda pública ya esté emitida). Pero el PSOE ya se ha encargado de comprar el necesario apoyo del PNV para sacar adelante estos falseados Presupuestos.


Libertad Digital - Editorial