viernes, 20 de agosto de 2010

La marcha de las verduras. Por José María Carrascal

Pese a todas sus idas, venidas, Zapatero es un cadáver político. Todo le ha salido mal y todo apunta que irá a peor.

HACE 35 años, Hassán II ordenó una «marcha verde» hacia el Sahara llamado español, que desde entonces forma parte de Marruecos. Hoy, hacia Melilla y posiblemente Ceuta, se ha ordenado una «marcha de las verduras y otros alimentos», aunque a la inversa: impidiendo el abastecimiento de las dos ciudades españolas en el Norte de África.

Si los marroquíes son los primeros en saber que rendirlas por hambre es imposible, al ser fácilmente abastecidas por mar, ¿por qué lo hacen? Pues por reinar las mismas circunstancias que en el otoño de 1975 les empujó a lanzar la «marcha verde»: por saber de la extrema debilidad de España. Entonces, Franco agonizaba y aunque decía haberlo dejado todo atado y bien atado, nadie estaba seguro de cómo iba a ser el futuro. Sólo, que iba a ser diferente, muy diferente, como resultó. En cualquier caso, lo que urgía era concentrarse en la escena nacional, no en un territorio a muchos cientos de kilómetros, que sólo ocupábamos desde 1884. En cuanto a los soldados españoles que lo custodiaban, ¿qué iban a hacer ante aquella invasión pacífica? ¿Ponerse a disparar contra los hombres, mujeres y niños desarmados que llegaban? Así se perdió el Sahara, más para los saharauis que para España.


Lo de Melilla y Ceuta, ciudades españolas desde hace siglos, es distinto en cuanto a derechos, pero no en cuanto a estrategia. Los marroquíes las consideran suyas y harán cuanto esté en su mano para anexionárselas. Si la marcha les dio resultado en el Sahara, nada de extraño que la utilicen de nuevo, ahora en dirección contraria, no con personas, sino con mercancías. Aunque de momento haya quedado suspendida, preparémonos para este tipo de bloqueos, acusaciones, maniobras y alarmas. Su estrategia es ésa. Lo que no está claro es la nuestra, si es que existe alguna.

Pues el mayor paralelismo entre 1975 y 2010 es la extrema debilidad del Gobierno español, que se extiende a España. Pese a todas sus idas, venidas, planes, contraplanes, declaraciones, desmentidos, avances y retrocesos, Zapatero es un cadáver político. Todo le ha salido mal y todo apunta que irá a peor. Ni la remodelación territorial de España, ni la negociación con ETA, ni los remedios anticrisis le están dando resultado y por no controlar, empieza a no controlar su propio partido, como ha puesto en evidencia el enfrentamiento interno desencadenado en Madrid.

Nadie lo sabe mejor que Rabat, consciente de que en igualdad de condiciones, pierde frente a España, pero que en una de sus recurrentes crisis políticas, puede ganarle. Parece creer que se encuentra en una de ellas. Quiero decir que ésta no es una crisis con Marruecos. Es una crisis española.


ABC - Opinión

Espiritismo y propaganda. Por M. Martín Ferrand

Los problemas que asfixian la vida y el futuro nacionales son de mayor envergadura que los viajes de Aznar.

A juzgar por las primeras páginas que publicaron ayer los grandes diarios españoles, y también los más pequeños, el asunto fundamental del momento, el eje de nuestra vida política, se centra en el viaje de José María Aznar a Melilla. Si los periódicos no se equivocan en su valoración, esto es Jauja. Aznar, con toda la grandeza que quiera reconocérsele o negarle, es una pieza del pasado histórico. Es como si Francisco Silvela hubiera visitado a los melillenses, puro espiritismo. De ahí que, una vez más, el mascarón de proa del Gobierno y del PSOE, José Blanco, se haya extralimitado en su ambiciosa carrera de méritos vicepresidenciales al tildar de «desleal» el proceder del ex presidente del Gobierno.

Desgraciadamente, el cúmulo de problemas que asfixian la vida y el futuro nacionales son de mayor envergadura que los viajes de Aznar, quien, dicho sea de paso, es muy dueño de ir a donde le plazca. Centrar el debate en su figura, como ha pretendido con su astucia ratonera el titular de Fomento y suplente de Propaganda, es una forma de marear la perdiz, confundir a la muy confundida y respetable, aunque no respetada, ciudadanía y trasladar apariencias de responsabilidad lejos de donde pudieran perjudicar los intereses, crecientemente descarados, del zapaterismo.


Aznar, vestido con una versión estilizada y contemporánea del uniforme del Afrika Korps, se fue a Melilla e hizo allí lo que ya debieran haber hecho José Luis Rodríguez Zapatero, o por lo menos algunos de sus ministros, y Mariano Rajoy. El conflicto de Melilla, su asedio, ya dura un mes y, aunque atenuado por el Ramadán, ese es mucho tiempo. La presencia de notables españoles, de la política o de cualquier otra actividad, tiene el doble valor de reforzar la moral de nuestros compatriotas residentes en la hermosa ciudad mediterránea y la de proclamar, para ayudar a disipar las brumas de la duda, la españolidad de España, algo que no es un retruécano, sino una idea que merece recordación.

Elena Salgado, mayor en edad, dignidad y gobierno que Blanco, ya le dio un palmetazo al de Palas de Rei por sus extralimitaciones hacendísticas y fiscales. Ignoro, en la desordenada organización del trabajo gubernamental, quién debe castigarle ahora por hablar de deslealtad a un ciudadano que ejerce unos derechos de los que no ha sido desposeído; pero mejor sería, por el bien de todos, que, lejos de desviar la atención ciudadana con maniobras de distracción, se entregaran al trabajo serio de gobernar y hacer lo que deben. Por el momento se han dedicado a dejar a deber lo poco que han hecho en seis años y pico de Gobierno.


ABC - Opinión

Misión incumplida. Por Ignacio Camacho

La gestión de la posguerra de Irak ha sido tan desastrosa que sólo la puede empeorar una retirada a destiempo.

ES curiosa la política exterior de los Estados Unidos: cuando el mundo entero se opone a la invasión de un país (Vietnam, Irak, etcétera), lo invaden velis nolis, y cuando más perjuicio puede causar que lo abandonen, se marchan por el mismo procedimiento. El supuesto guardián del planeta maneja sus intereses internacionales a tenor de los bandazos de su opinión pública. Como todos, claro, pero las demás naciones carecen de su abrumador poderío militar y no se arrogan el papel de policía universal de la democracia. La derrota de Vietnam enseñó que sólo hay algo peor que una invasión imprudente, y es una retirada precipitada. En Irak al menos ganaron la guerra —sólo faltaría, con esos medios— pero la gestión de la posguerra ha sido tan desastrosa que únicamente la pueden empeorar marchándose antes de tiempo. Y parece que eso es justo lo que van a hacer.
Con una popularidad actual casi tan baja o más que la del peor Bush, Obama está ahora más atento al cumplimiento de sus promesas electorales que a las consecuencias externas de sus decisiones. Irak le importa lo preciso: él no empezó ese lío y además no logra éxitos en Afganistán, el conflicto que eligió para diferenciar la guerra justa de la injusta. Ha ordenado recoger los bártulos en Mesopotamia a sabiendas de que América no ha cumplido el objetivo de estabilizar la zona, y desoyendo las súplicas de los propios partidos iraquíes que temen un descalzaperros cuando se larguen los marines. La prioridad es ahora calmar el descontento popular en vísperas de un otoño electoral muy comprometido, en el que los demócratas pueden perder la mayoría parlamentaria y varios gobernadores. Con todo, no se van a ir por las bravas (como otros, y perdón por la manera de señalar): dejarán cincuenta mil efectivos para cubrir las mínimas responsabilidades que adquirieron cuando se metieron donde no les llamaban. Pero en Irak aún no se pueden celebrar elecciones normales, y si las que se pueden no sirven para nada: el país lleva siete meses sin Gobierno, todo un síntoma de estabilidad y normalidaddemocrática.

Obama no un pacifista, o al menos es un pacifista pragmático y responsable, como demostró en su discurso del Nobel: si tiene «un ansia infinita de paz» sabe que una potencia como la que dirige no está en condiciones de elegir siempre la bandera blanca. Le queda Afganistán para demostrar que el liderazgo de Estados Unidos no está en entredicho, y esa guerra no la puede perder, pero no la está ganando. Al asumirla como un conflicto necesario está obligado a rechazar la hipótesis del fracaso. Si Irak vuelve al caos (supuesto que alguna vez haya salido de él) le alcanzará una cierta responsabilidad, aunque no fuese él quien se metió en el embrollo. Dos misiones fracasadas contra el mismo enemigo, sin embargo, no se las puede permitir. Tampoco el mundo libre que, guste o no, él representa aunque sus propios intereses políticos le fuercen en ocasiones a olvidarlo.


ABC - Opinión

Aznar en Melilla. Por Alfonso Ussía

Corría el año 2003. Las tensiones con Marruecos provocaron la eventual retirada de embajadores. El entonces líder de la Oposición, Rodríguez Zapatero, dio la espalda a los intereses de España y voló a Rabat a entrevistarse con el caprichoso Sultán Mohamed VI. Hablaban y sonreían con un gran cartel de fondo en el que las islas Canarias formaban parte del territorio marroquí. Hasta la isla de San Borondón, que es alucinación, sueño y prodigio de entreluces, pertenecía a Marruecos. Aquello sí supuso una grave deslealtad con España. Establecer comparaciones entre el viaje rastrero de Zapatero y el paso por Melilla de Aznar sólo es factible mediante el cinismo.

Aznar ha estado en Melilla, y ha hecho muy bien. Melilla ha sido abandonada por nuestro Gobierno, el ministro de Asuntos Exteriores se ha comportado como un gamberro, Zapatero ha demostrado que le importa un bledo el presente y futuro de la ciudad española y la sensación de desamparo se ha extendido por todos los melillenses. Y Aznar ha viajado a Melilla. No a entrometerse en nada. Lo ha hecho como un español. Es innegable que Aznar no es un ciudadano del montón, y que su condición de ex presidente del Gobierno le concede unos matices diferentes. Para lo bueno y para lo malo. En el presente caso, el primer apartado. La indignación socialista es consecuencia de su humillación ante el Sultán, y cualquier excusa le sirve al Gobierno para disfrazar su inacción, su sometimiento y su política de cuclillas permanentes. Un español no tiene que pedir permiso a nadie para visitar una ciudad española. Y si esa ciudad española está siendo objeto de toda suerte de provocaciones, menos aún.


Aznar ha pisado y paseado las calles que ha rechazado Moratinos. Aznar ha saludado a los españoles a los que Moratinos ha negado el saludo y la cordialidad. Aznar ha recordado que Melilla es España mientras Moratinos no ha movido un dedo de los pies para salir de su escondite veraniego. El compromiso de Aznar ha sido con su presencia, que no con su voz, porque se ha limitado a pronunciar unas pocas palabras que no pueden considerarse aprovechadas o inoportunas. El problema de Melilla es el Gobierno de Zapatero, no Aznar. Y si el Gobierno de Zapatero no hace nada por remediarlo, habría de comprometerse a mantener su humillante silencio y no a reaccionar con celos histéricos por una actuación individual absolutamente normal. Dice Blanco que Aznar no visitó Melilla en sus ocho años de presidente del Gobierno. Y no le falta razón. Pero no ha acudido a rendir pleitesía al Sultán en contra de los intereses de España con unas islas Canarias marroquíes como telón de fondo.

La tragedia es que el Gobierno de España ha perdido su autoestima. No se tolera a sí mismo. Y esa grieta en la estimación propia la aprovechan los de siempre. No sirve, para esta ocasión, el pase de modelos de la vicepresidenta Fernández de la Vega. A Mohamed VI, los modelos de la vicepresidenta le importan la mitad de un dátil. Él no habla con mujeres, que por algo es más que un aliado de civilizaciones. Mucho y bueno tiene Marruecos. Es el tapón del islamismo sangriento. Y nuestras relaciones, siempre a caballo del amor y del odio, necesitan de una inteligencia diplomática que hoy nos resulta inalcanzable. Zapatero es un torpe y Moratinos un vago. Aznar ha estado en Melilla y su presencia hay que interpretarla con sosiego y normalidad. Un español por España nunca es una provocación. Y más vale tarde que nunca.


La Razón - Opinión

Crisis con Marruecos. Intereses nacionales. Por Emilio Campmany

Con Aznar se acabó el ser amigo de dictaduras, por buenas que fueran las propinas que pagasen. Se acabó el depender de las limosnas francesas y alemanas para tener voz propia en Europa y se pasó a votar sólo en función de nuestros intereses.

La visita de Aznar a Melilla ha sido un revulsivo. No han dejado de tener su gracia las reacciones del Gobierno y la oposición, de los medios de derechas y de izquierdas. Ahora bien, más allá de la hilaridad que todo ello ha producido, no estaría de más preguntarse por qué en España, a diferencia de la mayoría de las democracias occidentales, Gobierno y oposición no son capaces de acordar una política exterior y de seguridad común. Se supone que, en estos ámbitos, el acuerdo es fácil, porque los intereses nacionales y el modo de defenderlos son los que son y se pueden identificar con facilidad.

El PSOE vende hoy que el PP, en materia de política exterior y seguridad, no arrima el hombro. Y es desde luego lamentable que Gobierno y oposición no compartan el núcleo de ambas políticas. Pero hay que recordar que el culpable de todo ello es en esencia el PSOE.


Fueron los socialistas los que trataron de torpedear nuestra entrada en la OTAN, y con ella toda la política exterior de la UCD, aunque luego, una vez alcanzado el poder, renunciaron a convertirnos en un no alineado. Fueron ellos quienes se empeñaron en que España continuara la tradicional política exterior de Franco, algo antiamericana, pero no mucho, además de proárabe, antijudía y protectora de Fidel Castro. Fue González quien se sometió a los dictados de Francia a cambio de que nos dejaran entrar como primos pobres en la Unión Europea. Fue el PSOE quien reventó la política antiterrorista dejando crecer el GAL y que algunos de sus militantes saquearan los fondos reservados. Fue en Ferraz donde se decidió que Marruecos era nuestro amigo. Y hay que añadir que, en lo que a la amistad con Marruecos y demás teodictaduras musulmanas se refiere, ésta es la política exterior que le gustaba y que seguramente le sigue gustando al Rey.

La llegada de Aznar al poder significó una revolución. Era natural que fuera así, porque la joven democracia española, ya integrada en el concierto internacional, no tenía ni podía tener ya los mismos intereses que una vieja dictadura de inclinaciones autárquicas aliada de casi nadie y despreciada por todos. Con Aznar se acabó el ser amigo de dictaduras, por buenas que fueran las propinas que pagasen. Se acabó el depender de las limosnas francesas y alemanas para tener voz propia en Europa y se pasó a votar sólo en función de nuestros intereses. Se acabó combatir el terrorismo al margen de la ley. Y desde luego se acabó tener por amigo a un Marruecos que sólo nos quiere para despojarnos de lo nuestro.

Puede que Aznar tenga algo de responsabilidad en no lograr la adhesión del PSOE a estas políticas creadas a la vista de cuáles son nuestros intereses nacionales. Pero parece más probable que sean los socialistas los que no tienen la más mínima intención de defender esos intereses. Zapatero, desde la oposición, torpedeó nuestra amistad con Estados Unidos, entorpeció la política de firmeza con Marruecos e incluso debilitó la lucha antiterrorista iniciando negociaciones con la ETA. Todavía no ha explicado por qué lo hizo. Luego, vino el 11-M y los socialistas volvieron al poder y revirtieron todo lo que Aznar había conseguido.

Y ahora pretenden que el PP apoye las viejas políticas que, si defienden algún interés, ya no es el nacional. Y encima Rajoy a veces parece dispuesto a hacerles caso. Menos mal que está Aznar interpretando el papel de Pepito Grillo.


Libertad Digital - Opinión

ETA en Barcelona

La actitud de lavarse las manos ofende a las víctimas porque el Ayuntamiento debería tomar la iniciativa de prohibir el homenaje.

EL Ministerio Público ha expresado al juez de la Audiencia Nacional Pablo Ruz su criterio favorable a la suspensión del acto de homenaje de una colaboradora de ETA convocado para mañana en Barcelona. Tiene toda la razón el fiscal cuando estima que dicho acto reúne todos los requisitos para que se produzca un delito de enaltecimiento del terrorismo, y es de esperar que el órgano jurisdiccional sea sensible a los argumentos que avalan la suspensión. A mayor abundamiento, los radicales anuncian su intención de utilizar las fiestas del barrio de Gracia para celebrar una marcha de antorchas exigiendo la liberación de dos supuestas «presas políticas» catalanas. Resulta particularmente sangriento el currículum delictivo de una de las integrantes del «comando Barcelona», con varios asesinatos y acciones con coche bomba en su historial, a pesar de lo cual la propaganda distribuida por los convocantes presenta una imagen juvenil e inofensiva de la etarra.

El alcalde de Barcelona se equivoca gravemente con su actitud pasiva y supuestamente «neutral», que deja toda la responsabilidad en manos de la Audiencia Nacional. Jordi Hereu está al frente de una ciudad que ha sufrido reiteradamente los zarpazos del terrorismo. Esta actitud de lavarse las manos ofende a las víctimas y a una gran mayoría social porque el Ayuntamiento debería tomar la iniciativa de prohibir el homenaje, cumpliendo así un deber elemental desde el punto de vista moral y político. Hay múltiples razones jurídicas en virtud de las cuales el juez Ruz debe impedir con su decisión ya inminente la celebración de estos actos intolerables en un Estado democrático de Derecho.

ABC - Editorial

Obama se retira de Irak

Las últimas tropas de combate de Estados Unidos abandonaron Irak el miércoles, dos semanas antes de lo previsto. Se cumple así el compromiso adquirido por Barack Obama de poner fin a las misiones en el país y completar la retirada de miles de militares estadounidenses. Como reconoció la Casa Blanca, estamos ante un momento histórico, en el que se ha dado por finalizada una guerra sangrienta de manera oficial. Atrás quedan siete años de conflicto, que arrancó en 2003 con la denominada «operación Libertad Iraquí», que acabó con el derrocamiento del dictador Sadam Hussein y que salpicó intensamente la política española.

En la hora del balance, la Administración Bush ganó una guerra arrolladoramente, pero se desfondó en una postguerra brutal en la que faltó planificación y sobró improvisación. Se acabó con un régimen criminal, responsable de un auténtico genocidio, para dar paso a un escenario fuera de control que ha costado miles de víctimas hasta contener a un terrorismo islamista que intentó ocupar el vacío institucional y político derivado del desmantelamiento de la burocracia y las élites iraquíes y de la desaparición de las Fuerzas Armadas, sin duda grandes errores de la gestión norteamericana.


Las preguntas hoy sobre la guerra de Irak son si aquel país está mejor o peor que en 2003, si la intervención estuvo justificada o no, o si el mundo es un lugar más seguro. Y las respuestas no son del todo concluyentes como para sostener con fundamento una retirada. Sin duda, para Irak y el resto de países implicados, la intervención ha conllevado enormes sacrificios, pero ha significado el final de un régimen de terror. Debemos pensar en cuáles habrían sido las consecuencias de no haber hecho nada, de haber apostado por una política de brazos cruzados. Pero más allá de esas razones de fondo, lo cierto es que el horizonte aparece marcado por incertidumbres, complejidades y amenazas. Cabe dudar de si Obama no se ha replegado prematuramente forzado por una opinión pública crítica en Estados Unidos, especialmente con la guerra de Afganistán. El tiempo dirá si el presidente norteamericano no ha tomado un atajo para desgracia de los iraquíes en un escenario en el que el pasado martes un atentado suicida causó al menos 61 muertos entre los reclutas que esperaban para alistarse en el Ejército. Es lógico también que el repliegue de los norteamericanos genere decepción y hasta indignación entre los iraquíes, que pueden sentirse justamente abandonados cuando sus propias Fuerzas Armadas reconocen que no están ni estarán preparadas para proteger el país hasta 2020.

¿Criterios políticos o argumentos militares? Más parecen los primeros que los segundos. Los mismos que mantienen a la Administración norteamericana enfrentada con sus mandos castrenses sobre el futuro de la guerra de Afganistán y el calendario de salida del otro avispero bélico. Una retirada a destiempo, y de eso sabemos algo en España, supone a la larga una derrota que convierte en baldíos los sacrificios realizados y que agrava el conflicto en lugar de apagarlo. A la vista de la realidad iraquí, los objetivos de la misión internacional están muy lejos de haberse alcanzado con el éxito necesario.


La Razón - Editorial

El miedo de Batasuna

La izquierda radical 'abertzale' evita condenar la violencia callejera por temor a ETA.

Los incidentes violentos protagonizados por enmascarados con ocasión de las fiestas patronales en media docena de localidades vascas han alertado sobre un posible rebrote de la violencia callejera y suscitado un debate sobre su significado en este momento. Quemar en una noche 33 contenedores en lugares dispersos de Zarautz corresponde sin duda a un plan organizado y no a una manifestación de gamberrismo etílico, como insinuó inicialmente la Consejería de Interior vasca. Su repetición en otros municipios ha dejado sin sentido esa cautela oficial: sí, hay un rebrote de la kale borroka, como cada año por estas fechas.

Un rebrote que queda muy lejos, sin embargo, de la importancia que llegó a tener la violencia callejera en la estrategia de intimidación dirigida por ETA. En 1997 se produjeron 1.100 actuaciones de ese tipo; el año pasado fueron 130, un 40% menos que el año anterior y un 70% menos que en 2007. Ese retroceso, que se ha mantenido hasta este verano, es consecuencia del desmantelamiento policial de los grupos juveniles especializados en los ataques, pero también de su creciente falta de absurdo sentido. Durante años fueron un factor de acoso e intimidación, y el efecto buscado era que la población en general (y no solo los policías y políticos amenazados) se sintiera concernida y reclamase al Gobierno "soluciones, ya"; es decir, una negociación con ETA. Ahora lo que suscitan los ataques es una creciente irritación contra los encapuchados y la exigencia de que los detengan ya.

También suscitan un emplazamiento a Batasuna para que condene claramente ese vandalismo. Sin embargo, su respuesta, en forma de comunicado difundido anteayer, llama la atención por su oscuridad. Reitera con pies de plomo su apuesta por las "vías políticas y democráticas", pero solo tras decir que los actos violentos se enmarcan en la defensa de los derechos conculcados a los vascos, etcétera. Es significativo que se hayan sentido obligados a decir algo, frente al silencio tradicional, pero aún lo es más la resistencia a dar un paso tan elemental pero que pudiera ser interpretado como de desacato a ETA.

Porque lo que Batasuna no ha hecho es exigir a ETA lo mismo que hace dos días le planteaba Aralar, "el levantamiento inmediato de las amenazas" a los cargos públicos y otras personas bajo coacción; y el abandono de la violencia "de forma unilateral y sin contraprestaciones políticas". Esto último está lejos de ser aceptado por ETA, y también por Batasuna.


El País - Editorial

La crisis con Marruecos

Curiosamente, cuando estaba en la oposición, Zapatero consideraba una crisis tan enorme el que Marruecos no tuviera embajador en España que decidió viajar a rendirle pleitesía al sultán Mohammed VI.

Al margen de lo que opinen partidarios y detractores del ex presidente José María Aznar, de estupideces sobre deslealtades y abdominales como las que ha proferido el cuadrumano Zarrías, lo que no cabe duda es de que la visita a Melilla ha tenido un éxito abrumador. Quería llamar la atención sobre la crisis con Marruecos y lo ha conseguido, vaya si lo ha conseguido.

Si los socialistas han saltado como fieras sobre el presidente de FAES es porque su presencia en la ciudad africana y española garantizaba que el foco de la actualidad, hicieran lo que hicieran, recaería sobre nuestras relaciones con Marruecos. Y en pocas materias como en las relaciones exteriores su ineptitud reluce con tanta intensidad. Disfrutan de la ventaja de que, en general, la atención de la opinión pública a los asuntos internacionales es escasa y poco informada. Pero la bancarrota de nuestras relaciones exteriores es aún mayor que la de nuestra economía, y garantizaría un desastre electoral si los votantes les concedieran más importancia.


En la escasa artillería política y diplomática demostrada a lo largo de los años por Miguel Ángel Moratinos destaca por la frecuencia en su uso la costumbre de negar cualquier problema y restar importancia a una crisis. De creernos al titular de la cartera de Exteriores, España no ha tenido en los últimos seis años ningún problema con ningún otro país, y su labor por tanto sería completamente prescindible. Así que no resulta sorprendente que ahora defienda el "excelente estado de las relaciones con Marruecos" y asegure que no ha existido ni conflicto ni crisis bilateral.

Curiosamente, cuando estaba en la oposición, Zapatero consideraba una crisis tan enorme el que Marruecos no tuviera embajador en España que decidió viajar a rendirle pleitesía al sultán Mohammed VI, reuniéndose en una sala adornada con un mapa en el que el Sáhara, Ceuta, Melilla y las Canarias formaban parte de reino alauí. Pocos meses después de aquella deslealtad –pues lo es dar aliento al enemigo, y no a los tuyos–, Marruecos decidió invadir Perejil.

Ahora, en cambio, de creer a Moratinos, los meses que llevamos sin embajador español en Marruecos ni marroquí en España no serían ninguna crisis; tampoco sería un conflicto los incidentes en Melilla, una clara provocación de las que suele acometer la diplomacia alauí con cierta frecuencia. Las ambiciones del sultán están claras. Las formas de presionar también. Las nuestras, gracias en buena medida a la incapacidad de Zapatero y Moratinos, están bastante disminuidas.

Aznar intentó durante su etapa de gobierno dejar atrás la política exterior heredada de la dictadura y tener voz propia en el concierto internacional. El PSOE no sólo se resistió a un cambio natural, que correspondía a una sociedad más madura y próspera, sino que prefirió volver a la vieja y falsa amistad de España con el mundo musulmán, además de amigarse con todas las dictaduras que fue capaz de encontrar en el mapa. Una política que no sólo es inmoral, sino profundamente contraria a los intereses de España. Pero claro, ¿qué otra política podría defender un Gobierno que no cree en nuestro país y ha hecho todo lo posible por perjudicarlo?


Libertad Digital - Editorial

Obama se retira de Irak

A la Casa Blanca solo le interesa dar cuanto antes el carpetazo a los dos escenarios bélicos que tiene abiertos, ahora en Irak y, en cuestión de meses, en Afganistán.

EL presidente norteamericano, Barack Obama, ha preferido que los últimos soldados de combate saliesen de Irak de forma tan discreta que ha parecido casi clandestina. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que a la Casa Blanca solo le interesa dar cuanto antes el carpetazo a los dos escenarios bélicos que tiene abiertos, ahora en Irak y, en cuestión de meses, en Afganistán. Atrás quedan más de siete años y 4.415 soldados caídos, en una de las guerras más complejas y polémicas de la historia. En 2003, el entonces presidente, George Bush, invadió el país con el apoyo prácticamente unánime de la sociedad norteamericana y Obama fue elegido en gran medida a causa del agotamiento anímico y moral de los estadounidenses. Desde el punto de vista militar, Estados Unidos y los aliados aplastaron al ejército de Saddam, pero la victoria se jugó en los múltiples errores de los primeros meses de la ocupación, en los que toda la alegría con la que los iraquíes habían recibido a los marines se transformó en amargura, rencor y finalmente desprecio. La gran lección para una potencia militar tan poderosa como Estados Unidos está clara: no basta con aplastar al enemigo; hay que ser capaz de ayudarle eficazmente a levantarse de nuevo.

El debate sobre las armas de destrucción masiva jamás encontradas no puede enturbiar eternamente el auténtico perfil de un conflicto en el que se jugaba mucho más que la caída de un siniestro dictador con ambiciones de imponerse como una potencia regional destinada a desestabilizar a sus vecinos. Saddam Husein era un gobernante que mantenía sometida a la mayoría chií de la población, que gaseaba inmisericordemente a aldeas enteras de kurdos y que castigaba a todos sin distinción, a cuenta de sus estados de ánimo. Que el Irak que conocemos hoy no sea todavía un país estable y seguro no quiere decir que lo fuera en tiempos en que era gobernado por la mano de hierro de Sadam. La diferencia es que ahora el camino hacia la libertad y la prosperidad es posible, aunque todavía lejano. Al final, el balance de la guerra estará en manos de los propios iraquíes. Obama quiere lavarse las manos con la esperanza de que sea lo mejor para la seguridad de Occidente, pero él tampoco sabe si después de esta retirada de las tropas de combate la situación empeorará a causa de los ataques terroristas. Su opción es clara: unos Estados Unidos retraídos sobre sí mismos, con poca voluntad de ejercer ningún papel dominante en el mundo. Otras fuerzas con voluntad global se alegran de ello.

ABC - Editorial

jueves, 19 de agosto de 2010

La mentira inverosímil. Por Hermann Tertsch

Sólo la pretensión de presentar al PP como fuerza traidora y antiespañola mantiene vivo el ánimo de los socialistas.

ESTÁN de los nervios. Y ya no saben más que insultar a los adversarios, desposeídos como están de cualquier argumento en esta realidad tan desagradecida con sus buenas intenciones. E inventarse teorías peregrinas que producen hilaridad. Se trata de un arma arrojadiza que ni siquiera alberga pretensiones de engañar, por lo absurdo de sus postulados. Si nunca existió la veracidad en el discurso socialista ante la crisis —la económica, la institucional, la política y todas las que sufrimos tras seis años de zapaterismo—, ahora llega despojado de toda verosimilitud. Sus soflamas ni son verdad ni pretenden serlo. Quizás el ejemplo más claro de esa impotencia agresiva se dio cuando De la Vega acusó al PP de querer que España perdiera en el Mundial de Fútbol. Todos los españoles saben que tal afirmación es mentira. Y la vicepresidenta sabe que lo saben. Da igual. Porque el titular es el ataque no el argumento. Ante el deterioro de la situación en todos los frentes del Gobierno, la proximidad de diversas elecciones y el cada vez más probable hundimiento del inmenso chiringuito clientelar socialista —tanto en Madrid como en varias autonomías—, se extiende el pánico de todo un aparato que tiene miedo. Pero no ya al futuro de sus astracanadas ideológicas y su experimentación social, sino al de sus lentejas o su Audi A8, su sueldo y la lealtad de benefactores y beneficiados. ¿Dónde buscarán cobijo cuando se les eche encima la precariedad y la angustia que tanto han ayudado a generar? ¿En la iniciativa privada? Habrán de tener mucha suerte en lo que para la mayoría de los socialistas con cargo, empezando por el presidente, es territorio ignoto.

Ante semejantes perspectivas muchos de los damnificados se muestran dispuestos a todo. Y es casi lógico que los titulares de los boletines de la feligresía socialista también hayan renunciado a la verosimilitud. No les ruborizaba denunciar una conspiración del PP contra la selección o su supuesta satisfacción ante la penuria económica. Ahora intentan presentar la crisis melillense, provocada por el régimen marroquí con el que tan íntimas y excelentes relaciones dicen tener, como resultado de insidias de la oposición. Y presentan las visitas a Melilla de dirigentes del PP como generadoras de la tensión. Saben que es mentira. Saben que todos saben que es mentira. Pero da lo mismo. Sólo la pretensión de presentar a la oposición como fuerza traidora y antiespañola mantiene vivo el ánimo de quienes han fracasado en todos sus objetivos políticos. Algo se le puede criticar al PP. Que no hayan estado ya todos sus dirigentes, Rajoy a la cabeza, en una Melilla que sufre un nuevo ensayo general de sitio. Para compensar la infinita vergüenza de que aún no haya puesto allí pie ningún ministro español. Parecen ya tan exhaustos que no tienen fuerzas ni para su especialidad del engaño.

ABC - Opinión

Estupidez y maldad. Por Edurne Uriarte

Cuando un problema fronterizo estalla públicamente, Melilla, la izquierda gobernante se esconde. Algunos ministros, Moratinos, desaparecen, los otros, Rubalcaba, retrasan las reuniones.

Con esas dos palabras, estupidez y maldad, calificaba este martes al sarkozysmo el líder de Europa Ecología Daniel Cohn-Bendit en entrevista de gran despliegue en «Le Monde». ¿Motivos de la durísima descalificación? Las políticas contra la inmigración ilegal de Sarkozy, la expulsión de los sin papeles, los gitanos asentados en poblados ilegales, en este caso, y la propuesta de retirada de la nacionalidad a los delincuentes.

La entrevista y el debate francés son una buena referencia para lo que está ocurriendo en España, ahora en Melilla. Con una sola diferencia, que en España manda la izquierda y que en Francia lo hace la derecha. Pero resulta que aquí la izquierda aplica políticas semejantes a las francesas, Rubalcaba expulsa a todos los sin papeles que puede. Ahora bien, nuestra izquierda lo hace en secreto o, al menos, en silencio. Y cuando un problema fronterizo le estalla públicamente, caso de Melilla, la izquierda gobernante se esconde. Algunos ministros, Moratinos, desaparecen, los otros, Rubalcaba, retrasan las reuniones para dar a entender que no pasa nada, y las otras, Aído, hablan sólo cuando la presión pública se les hace insoportable.


Y se esconden porque tienen miedo a los Cohn-Bendit de turno, a esa izquierda radical o alternativa que les acusa de hacer las mismas políticas que la derecha en fronteras e inmigración. Y aún tienen más miedo a sus propias contradicciones. A las derivadas de unos cuantos años de discursos sobre la xenofobia de la derecha que han acabado en la aplicación de exactamente las mismas políticas, cuando a la izquierda le ha tocado gobernar. Controlan con dureza la frontera en Ceuta y Melilla, como no podía ser de otra manera, mientras descalifican la política de Sarkozy o la nueva ley contra la antiinmigración ilegal de Arizona. Y cuando quedan en evidencia… resulta que la tensión es obra del PP.

ABC - Opinión

La gran confusión. Por M. Martín Ferrand

El de Cantabria es un caso singular porque el PRC no siente pulsiones nacionalistas y carece de representación en el Congreso.

UN camello, según un chiste viejo, no es otra cosa que un caballo diseñado por un comité. Lo mismo que le ocurre a nuestro sistema político. La Transición, el brinco que permitió el salto de una dictadura a una democracia, tuvo que hacerse con tantas componendas que el modelo tiene sus rarezas. El problema reside en que esas rarezas —electorales, partitocráticas, autonómicas, demagógicas, sindicales, judiciales…— dan de comer a tanta gente que será difícil que quienes se benefician de ellas las repudien. El sistema electoral es una de las piezas más singulares del muestrario nacional que, hijo de consensos, genera efectos negativos como el poder desmedido de los partidos minoritarios periféricos de los que, de hecho, depende la potencialidad de Gobierno de los grandes partidos que, todavía, se dicen nacionales aunque ya no lo sean plenamente.

A la hora de la verdad, la que sigue al recuento de los votos en unas legislativas, el PNV, CiU, ERC o CC convierten en elefantiásica su representación. Lo mismo ocurre en el plano autonómico y buenos ejemplos son de ello las coaliciones que gobiernan en el País Vasco, Cataluña o Cantabria. Tres modelos de matrimonios de conveniencia que, con distintos resultados, burlan la voluntad mayoritaria expresada por los ciudadanos. El de Cantabria es un caso singular porque, de momento, el PRC de Miguel Ángel Revilla no siente pulsiones nacionalistas e, instalado en el regionalismo, carece, también de momento, de representación en el Congreso. El PRC, junto con el PSOE cántabro, ya lleva dos legislaturas birlándole al PP su mayoría minoritaria y ello, unido al populismo de Revilla, da lugar a confusiones que alcanzan condición escandalosa al hilo de los recortes en las obras públicas que, con gran frivolidad, anuncia, modifica, activa, amortiza y redistribuye el singular José Blanco.


Ramón Pérez-Maura, santanderino fino y periodista grande, quizás por su principal dedicación a lo internacional, se escandaliza con la tipología local. Ayer, en estas páginas, definía a Revilla como «prototipo del pillo de la política». ¿Cómo no habría de serlo si, desde la minoría, tiene anulados, a su favor, al PSOE y, en su contra, al PP? Es un demagogo en estado puro y, como se decía en esta columna el pasado 24 de julio, «maneja las anchoas de Santoña con la misma habilidad que un sheriff del Far West manejaba el Colt 45». Me reprocha Pérez-Maura haber escrito que Revilla «ha sabido trajinarse a Zapatero» y aceptaría su reproche si en el mismo párrafo, dos líneas más abajo, no hubiera matizado que «pudiera ser que fuera Revilla el trajinado».

ABC - Opinión

Zona de nadie. Por Ignacio Camacho

La visita de Aznar a Melilla no sólo ha dejado en evidencia la contemplativa galbana del Gobierno sino la de Rajoy.

EN la física política rige una inexorable ley de los espacios: aquéllos que uno deja vacíos acaban ocupados por el adversario. Este principio es válido tanto para la pugna de partidos como para los pulsos internos entre correligionarios; al que se duerme le comen la merienda porque en la lucha por el poder no queda sitio para zonas de nadie como la que Marruecos ha laminado en Melilla… aprovechando la pasividad española en una exacta metáfora de esta lógica espacial. Metro que uno abandona, metro que otro invade, se trate de espacios físicos, ideológicos, electorales o de oportunidad.

Por eso el Gobierno no se puede quejar de que Aznar le haya madrugado la atención que Melilla está reclamando de la política española. Con Moratinos desaparecido ignominiosamente —¿se estará escondiendo para que no le envíen de candidato a Córdoba?— en plena crisis fronteriza; con Bibiana Aído encogida ante el desprecio sufrido por las mujeres policías; con los vicepresidentes —Chaves es de Ceuta— en vacaciones o de inútil zascandileo autonómico; con Rubalcaba posponiendo una semana el contacto con su homólogo marroquí; con todo el Gabinete, en fin, refugiado en la galbana estival para minimizar la incómoda ofensiva de presión norteafricana, el vacío institucional y de liderazgo ofrecía una clara oportunidad para quien tuviese reflejos suficientes y ganas de aprovecharlo. La entusiasta recepción de los melillenses constituye una prueba manifiesta de su sentimiento de orfandad ante el quietismo oficial en un momento crítico.


Claro que la visita del ex presidente no ha dejado solamente en evidencia la falta de respuestas gubernamentales, sino que ha señalado —y es imposible que el interesado lo ignore— la apática indiferencia de un Rajoy del que lo último que han sabido los ciudadanos es que se iba de vacaciones con el cinturón de seguridad desabrochado. Con su ruidosa presencia en Melilla, Aznar ha eclipsado adrede el viaje consular de González Pons en las vísperas, enviando a la opinión pública un mensaje indisimulado de disconformidad con la posición contemplativa de su sucesor en el PP. Incapaz de dominar el hormigueo político que le desazona desde que dejó el poder y liberado de responsabilidades y compromisos, ha ido a ocupar un espacio vacante a sabiendas de que su presencia iba a formar un alboroto. Es el peligro de dejar tierra de nadie: que siempre hay alguien dispuesto a quedarse con ella.

Es evidente que el movimiento inopinado de Aznar ha pillado a toda nuestra dirigencia con el paso cambiado, provocando una sacudida de desafío en una política amodorrada. La idoneidad del gesto es discutible, especialmente en un ex mandatario que parece echarse de menos a sí mismo, pero está claro que había un margen de acción al alcance de cualquier iniciativa. A este hombre le corre sangre por las venas, aunque mezclada con una dosis considerable de resentimiento. A otros parece que no les corre más que horchata.


ABC - Opinión

Y Moratinos de vacaciones. Por Ignacio Villa

Definitivo: el Gobierno está de vacaciones. Rodríguez Zapatero se ha cuidado mucho este año para no dar una imagen de desconexión de la vida política en estas semanas de descanso. Desde el Gobierno no se han cansado de airear que este año se ha quedado en el Palacio de La Moncloa con algunos fines de semana largos para descansar. Incluso se han convocado algunos Consejos de Ministros para este mes vacacional buscando ofrecer una imagen de fotografía, de propaganda. Como estrategia puede tener su interés, nadie lo pone en duda; pero, si se está buscando el efecto de los resultados se pueden calificar como nefastos.

El aviso sobre una nueva subida de impuestos, la guerra fratricida –siempre entre sonrisas– en el PSM, la crisis de los controladores aéreos son algunas de las historias políticas que han dado color informativo a este mes de agosto. Pero desde luego lo que sobresale por encima de todo, con una gravedad más importante de lo que parece y con un fondo que, por el momento, no se ve el final es la crisis surgida en el norte de África que afecta a Melilla y que también tiene, nadie lo duda, como objetivo Ceuta. El bloqueo psicológico primero, y real después a la ciudad española de Melilla, y las vejaciones que han soportado y soportan las policías españolas en la frontera, tienen –como decía– una repercusión tremenda, que ha llevado incluso a intervenir personalmente al Rey Don Juan Carlos con el Monarca de Marruecos, pero que por el momento ha dejado al Gobierno socialista absolutamente inmovilizado.


Zapatero sumiso, Moratinos no existe y Ru-balcaba anuncia que la semana próxima acudirá a Rabat. ¡La semana próxima! ¿Qué agenda tiene el ministro del Interior para no poder acudir a las ciudades españolas en el norte de África en pleno mes de agosto? Aunque desde luego, no admite discusión, el gran desaparecido en este conflicto es el ministro de Exteriores. Moratinos, un ministro que alardea de su buena relación con el mundo árabe, en un momento de crisis diplomática con Marruecos que empieza a compararse con lo ocurrido en Perejil, ni está, ni se le espera. ¿Dónde está Moratinos? ¡Qué alguien nos lo diga!, aunque sea simplemente por vergüenza torera.

Lo que está ocurriendo en Melilla y previsiblemente también en Ceuta requiere una reacción inmediata del Gobierno socialista. Dice no estar de vacaciones, pues bien debe demostrar lo que dice y lo que no hace. En Moncloa se han puesto muy nerviosos por la presencia del popular Esteban González Pons en Melilla. Hay que decir al Gobierno: ¡menos nervios y más acción! González Pons ha hecho lo que tenía que haber hecho el Ejecutivo hace muchos días. Por lo tanto, lo dicho, menos nervios en Moncloa y una obligada rectificación. El ministro Moratinos tiene que decir y hacer algo. Y eso por lo que parece es mucho para el titular de Exteriores que no está dispuesto a dejar sus vacaciones.


La Razón - Opinión

Izquierda, derecha, crisis. Por José María Carrascal

«La debilidad de la izquierda ha sido siempre la economía. Sabe gastar el dinero. No crearlo. De ahí que en tiempos de crisis, la ciudadanía se fíe más de la derecha, incluso en los casos de que haya sido la causante de la misma, como el actual».

Una de las mayores ironías de la crisis que nos azota es que siendo la derecha la causante de ella, quien más la sufre es la izquierda. Es más, quienes están triunfando en las elecciones son los conservadores. ¿Ustedes lo entienden?

Que este crash, como el de 1929, fue causado por los excesos capitalistas —«una indigestión de mercado», he oído definirlo compasivamente—, no cabe la menor duda. Como que ha puesto en peligro la economía global, que aún no ha logrado recuperarse. Sin embargo, los gobiernos acudieron en ayuda de los causantes del desaguisado —las instituciones financieras— no por simpatía hacia ellas, sino por saber que pertenecen a quienes tienen allí depositado su dinero, no a sus directivos, aunque algunos actúan como si les perteneciesen. Los ahorros de cientos de millones de personas podían evaporarse con los fondos basura, creando un tsunami financiero de proporciones globales. No quedaba, por tanto, más remedio que acudir en su ayuda. Aunque había también que imponer normas más estrictas a dichas instituciones, cosa que todavía no se ha hecho. Es una de las causas de que la recuperación se retrase.


La principal causa, sin embargo, es que, como con los ratones y el gato, todos están de acuerdo en que hay que poner un cascabel a la crisis, pero el durísimo ajuste que ello significa se atraganta a la mayoría de los gobiernos, sobre todo a los de izquierdas, comprometidos con «lo social» y especialistas en gastar, no en crear riqueza. La debilidad de la izquierda ha sido siempre la economía, donde ha triunfado más en la teoría que en la práctica. Desde Marx, la economía de izquierdas ha significado la «nacionalización de los medios de producción». Pero todos los ensayos en ese terreno han sido un desastre. El comunismo no ha logrado ni siquiera alimentar bien a sus súbditos. Su utopismo —la creación de un paraíso en la tierra en el que cada cual recibiese según sus necesidades— ha desembocado siempre en campos de concentración. Es lo que obligó a la «nueva izquierda», la socialdemocracia, a adoptar buena parte de las normas capitalistas, ante la incapacidad manifiesta del Estado de regular los flujos económicos. De ahí que nadie hable ya de «nacionalizaciones». De lo que se habla es de «privatizaciones», incluso en ramos que tradicionalmente pertenecen al Estado: la energía, los transportes, incluso las cárceles y la educación. Ha sido una rendición en toda la regla. La «Tercera vía» de Blair no era más que un capitalismo suavizado y vigilado de lejos. Mientras Zapatero ni siquiera hizo eso: dejó que la economía neoliberal siguiese con todos sus excesos, los del ladrillo especialmente, mientras él se dedicaba a cambiar el «alma» de España, ya fuera en su articulación territorial, su memoria histórica o la laicización de su sociedad. La consecuencia fue que no vio la crisis hasta que empezó a mordernos el trasero, e incluso entonces, aplicó las medidas falsas, hasta que le llamaron la atención nuestros socios, pues estaba poniendo en peligro a todos.

Nada de extraño que la derecha esté mucho mejor preparada para la crisis que la izquierda. El capitalismo no intenta crear una sociedad perfecta, un paraíso en la tierra, como el socialismo. Se limita a dar rienda suelta a las ambiciones personales de alcanzar más de lo que se tiene y a facilitar el apetito de ascensión social de los individuos, que el socialismo, en su afán igualitario, coarta. Unidas todas esas ambiciones y apetitos individuales, se traducen en progreso del conjunto. Desigual, desde luego, pero progreso. Es algo que palpa la ciudadanía de los países desarrollados, que ante una crisis se fía más de los conservadores que de los «progresistas». De ahí que vote a la derecha incluso en los casos en que haya sido la causante del desaguisado, como el que vivimos.

Lo admite ya también la izquierda, aunque siempre quedará una minoría fanática aferrada a sus dogmas indemostrables, mientras a la mayoría de ella, cedido el terreno económico a la derecha, le quedan sólo por cambiar los usos y costumbres, las normas sociales, los modelos tradicionales de vida: el divorcio, la homosexualidad, las drogas, el aborto. Pero eso era algo que la sociedad burguesa iba ya cambiando, sin necesidad de revolución ni de alardes, lo que obliga a la izquierda a ir cada vez más lejos en su nuevo cometido. Estamos ante la desesperación del que no tiene ya nada que ofrecer, tras haber cedido la principal plaza al enemigo, y predica incluso disparates, como ocurrió en Alemania, donde llegó a considerar la pederastia una «educación sexual», hasta que la propia sociedad le dio el alto.

La presente crisis, sin embargo, nos ha llevado a una situación extrema: la izquierda carece de recetas para ella, pero las de la derecha tampoco sirven, como comprobamos tras dos años de forcejeo. La razón es que no estamos ante una crisis corriente, de las que se sale con el recorrido habitual: recesión, digestión y recuperación automática. En esta crisis, la recesión está deviniendo en depresión, de la que puede haber recuperación o no. De momento, sólo hay «brotes verdes» en aquellos países sometidos a un severo plan de ajuste. El resto sigue empantanado. Y es que esta crisis no es sólo económica, es principalmente social. No podemos seguir, al menos en el llamado mundo desarrollado, como hasta ahora, consumiendo a destajo, ganando más, trabajando menos, dejando las labores sucias a los que llegan del subdesarrollado, pues por ese camino pronto seremos él. El paraíso no existe en el socialismo ni en el capitalismo. Necesitamos regular no sólo nuestro sistema financiero, sino también nuestra forma de vida. Hay que adoptar nuevas normas laborales, nuevo cómputo de pensiones, nuevas relaciones individuales y colectivas, por la sencilla razón de que todo eso ha cambiado en las últimas décadas, sin que nos sirva ya nada de lo anterior.

El mayor escollo está en las dos corrientes contrapuestas en marcha: por un lado, la tendencia hacia la individualización. Por el otro, la marcha inexorable hacia la globalización. El individuo reclama cada vez más, en un mundo que se homogeneiza y no admite privilegios. Las reclamaciones individuales, o de pequeños grupos, en busca de perpetuar excepciones o alcanzar otras nuevas, chocan con las exigencias colectivas, que exigen un nivel común para todos. Pero estamos creando robinsones en una isla global, singularidades en medio de la uniformidad general hacia la que vamos. Algo imposible y hasta esquizofrénico, como en cierto modo es el mundo actual.

Pedir a los actuales políticos, sean de izquierdas o de derechas, que establezcan este nuevo orden mundial —que vendría a ser una nueva correlación entre derechos y deberes tanto de individuos como de naciones— son ganas de pedir peras al olmo. Los políticos actuales son lo más arcaico que hoy existe, perteneciendo la inmensa mayoría a la era prenuclear y preglobalización, por no hablar de los nacionalistas, que pertenecen a la prehistoria. Y todos ellos, como sus predecesores, no ven más allá de las próximas elecciones. Son, por tanto, incapaces de afrontar los nuevos problemas, el envejecimiento de la población, la deuda del Estado y de los particulares, la demanda creciente de energía, el cambio climático, el terrorismo, el nacionalismo excluyente, que requieren soluciones a largo plazo y afectan a todos en general y a cada uno en particular.

La crisis continúa así, arrastrándose como una inmensa boa dispuesta a tragarse a cuantos creen que esto va a arreglarse sin mayores esfuerzos o por el hundimiento del contrario. ¿Les suena?


ABC - Opinión

Rabat relaja la presión

En las últimas horas la situación en la frontera de Melilla ha experimentado una apreciable mejoría. Las gestiones institucionales, como el encuentro de ayer mismo del director general de la Policía con altos cargos marroquíes para analizar la crisis diplomática y preparar la próxima visita a Rabat del ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, parecen haber propiciado una paulatina distensión en el paso de Beni Enzar. La campaña de bloqueo de suministros a la ciudad autónoma por parte de los alborotadores marroquíes, que debía prolongarse desde ayer hasta el fin de semana, sólo ha durado un día. La limpieza de la denominada «zona de nadie», con la desaparición de los carteles denigrantes y ofensivos contra la Policía española, y, especialmente, contra las agentes, atestigua ese retorno a una cierta normalidad. Es evidente que la máxima responsabilidad del conflicto diplomático es de quien lo ha provocado, el régimen alauita; pero también de quien ha consentido que la situación degenerara, la diplomacia española, por su parálisis e incapacidad para reaccionar con eficacia ante el problema. El Gobierno tendrá que responder en sede parlamentaria de la gestión de la crisis y de sus consecuencias, y especialmente de la desaparición del ministro Moratinos y del vacío diplomático en Rabat –sin embajador ni cónsules españoles– denunciado por La Razón. Lo acontecido en Melilla ha puesto de manifiesto la falta de atención y solidaridad de las autoridades españolas hacia una parte del territorio nacional que se siente olvidada. Los titubeos del Gobierno y del PSOE han sido una prueba de cargo de esa frialdad. En este sentido, ha sido especialmente concluyente la agria reacción del Gobierno contra la presencia de dirigentes del PP en la ciudad autónoma, especialmente, la de José María Aznar. Hablar de deslealtad al Gobierno parece la pataleta de un Ejecutivo que sangra por la herida diplomática abierta por su desidia. Por no recordar el inopinado viaje de Zapatero a Marruecos como líder de la oposición en 2003, en otra crisis diplomática y con el embajador llamado a consultas; el posado del líder socialista ante un mapa en el que Ceuta, Melilla y Canarias aparecían como territorios marroquíes, o los encuentros de Felipe González con el rey alauita . Aznar, como cualquier otro español, es muy libre de visitar la ciudad española que considere conveniente. Por lo demás, no hay peor deslealtad a España y a los españoles que no defenderlos de la agresión externa. Y que un ex presidente ocupe un vacío institucional evidente y acuda a respaldar a una ciudad española en complicaciones es, ante todo, un ejercicio de responsabilidad. El último desencuentro con Marruecos no debería cerrarse como otros. Es obligado extraer conclusiones sobre las complejidades fronterizas en las ciudades autónomas, que son también los límites de la UE, y que tanto condicionan el desarrollo y la prosperidad de sus ciudadanos. Lo ideal sería establecer de una vez por todas un marco de estabilidad duradero para unas relaciones pacíficas y de buena vecindad, beneficiosas para ambas partes. Porque damos por sentado que la cita de Rubalcaba en Rabat cerrará la crisis, pero ¿hasta cuándo?

La Razón - Editorial

Aznar en Melilla

Está en su legítimo derecho de realizar actividades públicas y pronunciarse sobre cuestiones relevantes de la política española. José Blanco ha salido en tromba para criticar al líder popular, utilizando el término «deslealtad» y olvidando el viaje en 2001 de Zapatero a Rabat en plena crisis de los embajadores.

JOSÉ María Aznar fue aclamado ayer por miles de personas durante su visita a Melilla, donde se entrevistó con el presidente Juan José Imbroda y acudió —entre otros lugares— a la valla fronteriza con Marruecos. El ex presidente del Gobierno refuerza así la presencia del Partido Popular en la ciudad autónoma, tal y como hizo el día anterior el vicesecretario general de Comunicación, Esteban González Pons, en un significativo gesto de apoyo a las Fuerzas de Seguridad injustamente ofendidas. Aznar es una referencia indiscutible para el centro derecha español. Como es natural, está en su legítimo derecho de realizar actividades públicas y pronunciarse sobre cuestiones relevantes de la política española. Sin embargo, José Blanco (al parecer, el único ministro «activo» en esta etapa veraniega) ha salido en tromba para criticar al líder popular, utilizando con manifiesto exceso el término «deslealtad» y con selectivo olvido el viaje en 2001 del propio Zapatero a Rabat en plena crisis de los embajadores.

Lo cierto es que los melillenses han sabido dar cumplida respuesta a la actitud de unos y de otros, agradeciendo de forma espontánea la cercanía del PP y expresando al tiempo su rechazo ante la tibieza del PSOE en la defensa del interés general de España en este nuevo episodio de desencuentro con Marruecos. Las prudentes declaraciones del ex presidente reflejan en todo caso una realidad evidente, y es que esa ciudad española «no debe vivir entre el acoso y la dejadez». Los marroquíes radicales consideran una «provocación» esta visita de Aznar; pero no es ése precisamente el punto de vista que más interesa a la opinión pública española, perpleja —una vez más— ante la pasividad del Gobierno frente a la actitud inaceptable de determinados sectores del régimen alauí.

ABC - Editorial

Deslealtad con Melilla, deslealtad con España

Que hable de "deslealtad a España" el ministro de un Gobierno que precisamente ha hecho de esa deslealtad la base de su política hacia Marruecos es el colmo de la impostura.

El espectáculo de dejadez, cobardía e inoperancia que el Gobierno de Zapatero ha ofrecido estos días ante los intolerables insultos que el régimen marroquí ha dirigido contra la Policía destinada en los puestos fronterizos de Melilla, así como ante el bloqueo que Rabat ha instigado a la entrada de productos en la ciudad española, parecía difícilmente superable. El ministro José Blanco, sin embargo, ha querido hacerlo aún más bochornoso con unas declaraciones en las que acusa nada menos que de "deslealtad a España" al ex presidente del Gobierno, José María Aznar, por el supuesto delito de visitar esa ciudad española y transmitir a sus habitantes su solidaridad ante la situación de "acoso" y de "dejadez" que sufren.

Al margen de la mentira de Blanco de decir que Aznar "nunca visitó Melilla como presidente" –cosa que sí que hizo en dos ocasiones–, aquí la única deslealtad hacia España es la de un Gobierno que considera desleal que un ex presidente visite un territorio español y se solidarice con sus habitantes, que con fundamento sienten tanto el acoso del país vecino como la dejadez de su propio Gobierno a la hora de defenderlos. Aquí la deslealtad es la de quien, como Miguel Ángel Moratinos, desaparece en plena crisis teniendo que ser el Rey de España el que ejerza de ministro de Exteriores. Aquí la deslealtad es la de un Gobierno que, en lugar de atender las quejas que vienen haciendo las autoridades de la ciudad autónoma de Melilla, les pide que las silencie para "no contribuir a una escalada de la tensión con Marruecos". Aquí la deslealtad es la de un ministro como Rubalcaba que, en lugar de salir en defensa de nuestra policía frente a las calumnias lanzadas por Rabat, guarda un bochornoso silencio, tan desleal, por cierto, como el que durante tanto tiempo ha mantenido la ministra de Igualdad ante los insultos recibidos por las mujeres policía de nuestro país. Aquí la deslealtad es la de un Gobierno que finalmente cede y retira las mujeres policía de las fronteras de Ceuta y Melilla con Marruecos, no sin antes haber concedido a Rabat un millón de euros, tal y como denunciaba este miércoles La Razón.


Que hable de "deslealtad a España" el ministro de un Gobierno que ha hecho de esa deslealtad la base de su política hacia Marruecos es el colmo de la impostura. Con todo, puestos a hablar de "deslealtades" de ex presidentes del Gobierno, aun recordamos la que, contra la tradicional posición de España en el Sáhara y en beneficio de Marruecos, perpetró en el debate organizado por Caixaforum el 28 de septiembre del año pasado Felipe González con declaraciones tales como que en el Sáhara Occidental "no hay expoliación de recursos porque no hay ninguna actividad económica" o que el Sáhara Occidental fue parte de Marruecos pues estaba ligado por "derechos especiales" con el sultanato de Marruecos o que Marruecos es "el país con mayor espacio de libertades del mundo árabe".

Aquellas declaraciones de González, quien, dicho sea de paso, jamás visitó Melilla en sus catorce años como presidente, provocaron una justa queja del Observatorio para los Recursos del Sáhara Occidental, mientras que nuestro Gobierno guardó un condescendiente silencio. Y es que González, a diferencia de Aznar, ha brindado a Marruecos tan excelentes servicios como para recibir del propio Mohamed VI el visto bueno a la construcción en Tánger de una mansión valorada en 2,5 millones de euros sobre un terreno de 5.000 metros cuadrados en primera línea de playa. Será por lo muy leal que el ex presidente socialista ha sido con España...


Libertad Digital - Editorial

A caballo de la improvisación

Una vez más, los bandazos, desmentidos y matizaciones (de fondo) se convierten en el enrevesado eje sobre el que este Gobierno pretende articular una gestión inexistente.

SIGUIENDO la secuencia ya habitual en este Gobierno, la vicepresidenta segunda, Elena Salgado, desmintió ayer públicamente que el Ejecutivo vaya a realizar ningún tipo de reforma fiscal que implique una subida de impuestos, tal y como advirtió este pasado fin de semana el ministro de Fomento, José Blanco. Para Salgado, la «estructura fiscal» actual es suficiente para cumplir los objetivos de rebaja del déficit que se ha marcado el Ejecutivo para el próximo año y el buen comportamiento de la deuda española en los mercados internacionales permitirá incluso un margen adicional de recuperación de la inversión en infraestructuras, aproximadamente de unos quinientos millones de euros. Sin embargo, la vicepresidenta sí reconoció que habrá un pequeño ajuste «para favorecer la equidad»; lo que en realidad responde más al empeño personal del presidente en brindar un guiño a su electorado —con un aumento del IRPF sobre las rentas más altas— que a una medida real para aumentar la recaudación. Hasta tal punto llegó la corrección de Salgado a Blanco, que el ministro de Fomento se vio obligado a aclarar que sus recientes afirmaciones de homologar nuestros impuestos con los de Europa, eran en realidad una «reflexión» en voz alta sobre la necesidad de abrir un debate parlamentario respecto de la financiación y mantenimiento de las infraestructuras «de primera» que disfruta este país.

Una vez más, los bandazos, desmentidos y matizaciones (de fondo) se convierten en el enrevesado eje sobre el que este Gobierno pretende articular una gestión inexistente; y buena prueba de ello fue el reconocimiento por parte de Salgado de que la reunión con Blanco era «inusual». Pero si la reunión fue inusual, las conclusiones de la misma fueron sorprendentes. Porque dejar al albur del comportamiento de la deuda española el reajuste de la inversión resulta cuando menos aventurado, toda vez que cuando Zapatero ya insinuó una relajación en las medidas de austeridad, los mercados no tardaron un minuto en reaccionar negativamente. Quizá por eso, el ministro de Fomento aprovechó la comparecencia conjunta para «reflexionar» en voz alta sobre el horizonte que les espera a las grandes empresas adjudicatarias de Obra Pública, a las que avisó de que, pese al margen recuperado, «nada va a ser en este país como había sido hasta ahora». Y en esta parte, no cabe más que darle la razón al ministro. Porque mientras la improvisación siga dirigiendo el destino de este país, cualquier cosa puede ocurrir mañana.

ABC - Editorial