martes, 18 de mayo de 2010

De insólito a peligroso. Por Hermann Tertsch

TENEMOS a un presidente del Parlamento, del Congreso de los Diputados, sospechoso de ser un auténtico trilero, que se ha enriquecido de forma que sólo en los Balcanes y Asia central tiene un pase, que insulta al máximo tribunal de España. La cosa tiene poca gracia. Cargos institucionales máximos, don José Bono, el tercer representante institucional de este país, se dedica a difamar a los jueces del Tribunal Supremo. Hasta aquí hemos llegado en el sexto año triunfal de esta locura y esta tortura que se han autoinfligido los españoles a sí mismos.

Es el inefable doctor Bono. Míster Bono, el amigo de los caballos. Bono de los buenos, visto lo que le cunde todo cuanto tocan él o su hiperactiva familia. Resulta que este señor, que miente cuando no lo agreden y que al parecer sabe mover todas sus influencias de forma extremadamente peculiar, pero realmente muy peculiar, aún no ha dimitido.


Ahí sigue, y encima soltando soflamas de protección a otros sospechosos como ese juez Baltasar Garzón, tan trincado en el trinque como él mismo. Allá cada uno con su dignidad. Allá cada periódico con la culminación de su miseria moral y de credibilidad. Pero, pese a las campañas grotescas de la televisión socialista y bolchevique que sufrimos -cadenas cautivas o cobardes-, cualquier individuo medianamente educado sabe que el triunfo de Bono y Garzón sería aquí el triunfo de la chusma. Y que este país puede convertirse en algo extremadamente peligroso si fructifica el llamamiento a la chusma que estos señores ricos, cazadores y caballistas están haciendo a la chusma para que los proteja.

Todo esto resultaría insólito, por supuesto, en cualquier país de nuestro entorno. Si tenemos aún entorno. Todavía. Tengo la sospecha de que cada vez menos. Comenzamos a tener similitudes con los países de la nada. Por decencia, corrección, transparencia y probidad o por la falta de todas ellas, perdón. Todos los que tienen esas características tan aconsejables se distancian de nosotros o nos amonestan. Que nos tenga que llamar un presidente chino que ejecuta a más ciudadanos propios que ningún otro Estado del mundo dice mucho del prestigio que tenemos hoy en el mundo gracias al Gran Timonel.

El presidente de la máxima cámara del Parlamento español no responde a nada de las acusaciones de trinque directo, de él y su familia. Igual que el vicepresidente de la nada del Gobierno que es Chaves. Él y su familia. Y no pasa nada, estimados amigos. El fiscal general debe de estar de vacaciones una vez más. O echando una mano a Diaz Usabiaga, ese etarra que se ha ido a ayudar a su dependiente madre en Lasarte, gracias al ya casi ex juez Garzón, y nunca ha llegado. Este país puede estar llegando una vez más a lo último que resiste. La angustia, la miseria y la traición. Pero hay más. Bono, desde su cargo, ayuda desde un diario amigo al sospechoso de prevaricación en nada menos que tres casos, al amigo Garzón -vaya por Dios- e insulta a las máximas instituciones del Estado. Y Garzón ayuda al Gobierno en la cooperación con los etarras. No es broma. Es la traición, señoras y señores, nada menos. Si esto sucede, Dios quiera que no, estamos a punto de llegar a las manos. Que el presidente del Congreso publique un artículo advocando por la demolición del Tribunal Supremo es, cuanto menos, terrorífico. Que el petimetre cordobés que se hizo en su día con esa venerable y honorable institución de la Generalitat catalana -acuérdense de Tarradellas- haga lo mismo provoca la náusea. Hay que remontarse a los años treinta para encontrar tantos agentes enemigos del Estado de Derecho dentro de las instituciones. Y siempre son los mismos. Comprendo que Bono esté incómodo. Tiene problemas. Porque las cuentas no salen, querido presidente. Querido cristiano. Querido manchego. Querido potentado nuevo rico. Bono es probablemente, mucho más que ese personaje patético que ya es Rodriguez Zapatero, el símbolo del diagnóstico de lo que se nos avecina.


ABC - Opinión

Más feliz que una perdiz. Por Pablo Molina

No parece oportuno que un señor que ha de sentarse en el banquillo de los acusados le pida su confianza a los electores en nombre de un partido político con aspiraciones de llegar al año siguiente a La Moncloa.

El presidente valenciano se declara "más feliz que ayer" (pero menos que mañana) tras el auto del Supremo en el que se detallan los trajes y otras prendas que le fueron regaladas por el cerebro de una trama dedicada a corromper a altos cargos del PP. Desde luego es para estar feliz y, sobre todo, orgulloso de uno mismo.

Es cierto que en el montante de la corrupción partidista que campea por España unos cuantos trajes de medio pelo no suponen un delito que escandalice demasiado a los contribuyentes, porque, por más empeño que le pongan algunos medios, unos pantalones de entretiempo y unas americanas no son, pongamos por caso, un pura sangre valorado en varios cientos de miles de euros. Los trajes son más baratos que el equino y el procedimiento de adquisición no mucho más hortera, porque acudir a una tienda a que te tomen medidas o que un sastre llamado José Tomás (encima) se presente en tu despacho con la cinta métrica y los alfileres, tiene casi el mismo glamur que hacer un viaje al extranjero con un fajo de billetes escondido elegantemente en papel de periódico.


Unos tanto y otros tan poco, pensará Camps, pero el hecho es que el presidente de una comunidad autónoma no debe participar en semejantes enjuagues aunque con los años de mandato se crea por encima del resto de los mortales. Una cosa es que la empresa de mensajería te deje en la oficina un jamón por Navidad, y otra que te vayas a Madrid expresamente a elegir el tejido de unos trajes que sabes que no vas a pagar. La operación tiene su riesgo, sobre todo si los que pagan la fiesta están implicados en decenas de operaciones poco claras como es el caso de la banda de los gürtélidos, así que el presidente valenciano no puede echar las culpas a nadie de lo que le está ocurriendo salvo a él mismo.

Camps es perfectamente capaz de ganar por mayoría absoluta las próximas elecciones autonómicas en su comunidad, porque el PSOE en toda la zona de Levante es una fuerza política llamada a pasar varios lustros en la oposición gracias a que los ciudadanos todavía conservan el recuerdo de etapas anteriores. No obstante, no parece oportuno que un señor que ha de sentarse en el banquillo de los acusados le pida su confianza a los electores en nombre de un partido político con aspiraciones de llegar al año siguiente a La Moncloa.

Y es que más allá de las consecuencias penales o absolutorias que arroje finalmente el proceso, los implicados en actuaciones delictivas deben asumir sus responsabilidades políticas cuando los pillan con el carrito del helado. Aunque sólo lleve horchata, como en este caso.


Libertad digital - Opinión

El recorte de mangas. Por Tomás Cuesta

EN una semana apenas, en un decir Jesús, en menos de lo que tarda un cura loco en persignarse, el edén del optimismo a piñón fijo, de la solidaridad seráfica, del igualitarismo romo y de la modorra subsidiada, se ha convertido en un páramo asmático en el que los pensionistas ponen a remojar sus barbas en el mismo puchero en el que cuecen los garbanzos. Y todo porque Rodríguez Zapatero -el Obama pálido- se ha hecho a sí mismo un recorte de mangas y, en lugar de envainarse la cartera de Igualdad o clausurar la sinecura del compañero Chaves, ha tirado con postas contra los jubilados. A fin de cuentas, los jubilados son un muermo y la señora Aído un jubileo interminable. Por no hablar, claro está, del jubiloso enjambre de asesores sin seso y validos inválidos, soplagaitas sin fuelle y correveidiles cojitrancos que mosconea alrededor de proyectos vitales para la prosperidad doméstica y/o la planetaria como la célebre Alianza de Civilizaciones o el Plan E, por ejemplo, que es todo un planazo.

Al presidente no le ha temblado el pulso, no ha fruncido el ceño, no ha pestañeado, a la hora de aceptar las provisiones impuestas por el FMI, el Banco Central Europeo y la UE. Tal cual le llegó el recado se lo trasladó a los destinatarios. Sin alteraciones, sin adendas, sin modificar un ápice. Con esa gestualidad blandengue y desestructurada en la que se atrincheró cuando, tras haber puesto a Solbes al cabo de la calle, se dispuso a llevar las finanzas de España sin ayuda de nadie. Algo que, en su caso, viene a ser igual, o por ahí le anda, que pilotar un coche sin volante, un barco sin timón o un avión sin alas. O sea, un contradiós de tomo y lomo, un delirio aberrante, un disparate. Lo habitual, sin embargo, en un Gobierno de vuelo gallináceo que no logra alzar la cresta ni desplegar las alas a pesar del empeño que despliegan sus cómplices mediáticos y de la actitud contemplativa de la leal oposición, que gloria haya.

Tal vez lo más escatológico de este desatino sea la ruptura entre Zapatero y los sindicatos, esas hordas anquilosadas en una abstracta representatividad que se habían erigido en los comisarios político-económicos del país sin pasar ni por las urnas ni tan sólo por unas miserables oposiciones. Hasta la semana pasada, hacían y deshacían a su antojo, como si España fuera el último reducto de los soviets, tal era su predicamento en La Moncloa y en las sedes ministeriales de lo económico. Desactivadas las terminales empresariales, Méndez era el amo, el capataz, el encargado, el jefe de una cooperativa. El drama es que esa factoría era, en parte, la economía española, cogida con pinzas, imperdibles y otros artilugios de natural endebles para el vendaval que, otra vez, Solbes y Pizarro ya advertían a gritos y aspavientos desde 2008.

Sin embargo, Zapatero tocaba la lira y se gastaba los cuartos en paridas mientras incrementaba el déficit de manera compulsiva, como un ludópata desesperado aferrado a la palanca de una máquina tragaperras. Así consiguió ganar sus segundas elecciones, a base de crear un agujero en las arcas públicas que ahora van a rellenar los jubilados, los funcionarios de base, los menesterosos y los que soñaban con que el Estado Providencia iba poner remedio a sus quebrantos. Aquí termina el sueño y aquí nos han llevado.


ABC - Opinión

Camps tiene que irse. Por José García Domínguez

En política, como advirtió Fouché, los errores a veces resultan mucho peores que los crímenes. De ahí que la torpeza fatal de Camps, ésa de las malas compañías, no pueda orillarse ahora bajo el muy manido recurso al "y tú más".

Allá a principios de los setenta protagonizó Serrat una película atroz, como todas las suyas, pero de título sugerente. La lenta agonía de los peces fuera del agua, le pusieron a la cosa. Y si ahora lo recuerdo debe ser porque lo de Camps, más que a escándalo, llama a alguna compasión. Ese hombre con su risa impostada, su euforia ficticia y sus verbosidades a cada paso más extravagantes comienza a despertar piedad, al modo de las truchas cuando dan sus últimas bocanadas ya presas en la cesta del pescador. Alguna vez pusimos aquí que no pasará a la Historia de España por haber sido el político más disoluto, pero tampoco por revelarse el de superiores luces. Y es que, en el fondo –y en la forma–, su genuino talón de Aquiles no fue jurídico sino estético.

A fin de cuentas aquella horterada en apariencia venial, la de los trajes de Milano, pudiera antojarse lo de menos. Por cuatro trapos cayó en su día Pilar Miró, dama digna de todo respeto, ante la manada de lobos de Alfonso Guerra, entonces aposentado en el sillón de Gran Inquisidor. Igual que por un simple reloj de pulsera defenestrarían aquel par de licántropos, Prieto y Azaña, al ingenuo de Lerroux. Lo de más, sin embargo, es que ese don Francisco de la triste estampa se nos haya revelado incapaz de elegir a sus amiguitos del alma con algún tino, el inexcusable con tal de no comprometer a la institución que aún preside y al partido donde todavía milita.

En política, como advirtió Fouché, los errores a veces resultan mucho peores que los crímenes. De ahí que la torpeza fatal de Camps, ésa de las malas compañías, no pueda orillarse ahora bajo el muy manido recurso al "y tú más". La vía de salida del zapaterismo exigirá recuperar la razón cartesiana, eclipsada hoy por ese sentimentalismo infantil del optimista antropológico. Pero impondrá también –y sobre todo– reconstruir el valor moral de la palabra dada, un principio no menos demolido a lo largo de estos últimos años. Así, nunca antes la mentira flagrante –"Yo me pago mis trajes"– fue causa de la súbita felicidad de nadie. Y malo sería que novedad tan insólita cupiese en el proyecto regeneracionista del PP.



Libertad Digital - Opinión

Una receta eficaz. Por M. Martín Ferrand

COMO en el PP, de Mariano Rajoy hacia abajo, tienden a descansar durante los fines de semana de todo cuanto no han hecho en los días laborables, los lunes solemos encontrarnos con José María Aznar, gran centinela del centro derecha español, que se nos aparece en algún diario internacional para dar el testimonio de que nos priva su sucesor y no suplen los vecinos de Génova 13 a quienes, por sus continuadas ausencias y con merecido sarcasmo, muchos llaman ya «los habitantes de la casa deshabitada». Como la obra de Enrique Jardiel Poncela, pero sin ninguna gracia.

Ayer, Aznar se nos apareció en el Financial Times para decir, como un ventrílocuo sin muñeco y que cada cual imagine el de sus preferencias dentro del baúl de la gaviota, que el actual Ejecutivo «es incapaz de resolver los problemas de España», una perogrullada que dramáticamente resulta de precisión. A mayor abundamiento, el ex presidente señaló las ocho medidas imprescindibles para que pueda cuajar la recuperación nacional: reforma laboral, nueva política energética, rediseño de las dimensiones autonómicas, regeneración del sistema financiero, desregularización de los mercados, privatizaciones, retoques en el Estado de bienestar y renovación fiscal.

Lo inquietante es que el «programa» que propone Aznar está a parecida distancia del que, con más dudas de las debidas, esboza el Gobierno de Zapatero y del que se deriva de la interpretación de los gestos de Rajoy y su equipo de incomunicación. Con diáfana caridad, el octólogo aznarí marca un camino, menos liberal de lo que parece, capaz de zurcir los rotos de nuestra economía y reparar muchos de los daños producidos en el sexenio de Zapatero.

Como señala Aznar en el decano inglés de la prensa económica, el diario que inventó el color salmón para sus páginas, la Unión Europea, comenzando por París y Berlín, ha incumplido, unos más y otros menos, el Plan de Estabilidad y la disciplina presupuestaria y ahora, ante grandes males, es imprescindible aplicar grandísimos remedios. Tanto más grandes cuanto mayor haya sido el agujero nacional. La Historia demuestra que la socialdemocracia no es válida para acometer esas transformaciones y bueno sería, aunque sólo sea por ausencia de otras opciones de probada eficacia, recurrir a las fórmulas neoliberales.

A juzgar por su desdén, el PSOE ha recibido el mensaje de Aznar, pero no consta su recepción en el PP.


ABC - Opinión

José Bono y de las JONS. Por José García Domínguez

El vástago de Pepe –el del yugo y las flechas– ha manchado de bilis la sede de la soberanía nacional. Y allí debe ser reprobado. Es de justicia.

A José Bono y de las JONS, ya saben, el chico de Pepe el de la tienda, eso de la división de poderes le ha de sonar como a cosa de liberales, masones y demás ralea. Por lo visto, al hijo de Pepe –el de la camisa azul y el correaje– le sucede como a Gombrowicz, que abandonó la abogacía, su profesión, y Polonia, su patria, tras confesarse incapaz de distinguir a los jueces de los criminales. Pues barrunta la tercera autoridad del Estado que los más altos tribunales del Reino yacen sometidos a una vil recua de corruptos; viejos facciosos todos, añejas rémoras de cuando en el ultramarinos del camarada Pepe nunca se ponía el sol. Y así se lo acaba de sugerir a un cuate suyo, cierto Garzón reo de turbios patrocinios, en muy empalagosa misiva pública.

A los reyes es fama que su oficio les obliga a ser monárquicos; sin embargo, a los vendedores de mantas de Palencia y a los rancios demagogos de secano, como el zagal de Pepe, nada ni nadie les impone honrar la dignidad institucional que en algún instante de sus vidas pudieran ostentar. A fin de cuentas, ellos constituyen el testimonio andante de que algo hay más bajo aún que la corrupción económica: la corrupción moral. "Yo no tengo ninguna razón para callar", predica quien debiera ser garante mudo del respeto al Estado de derecho y la legitimidad de sus órganos jurisdiccionales. Alguna razón debe tener, pues, Bono para saltar justo ahora con ese furor verborreico e iconoclasta.

No obstante, a quien ya no ampara excusa alguna con tal de persistir en silencio es al Congreso de los Diputados. Al cabo, las rastreras insinuaciones contra el Tribunal Supremo de su presidente salpican al hemiciclo todo. "Ahora te quieren condenar", escribe el condenado. "¿Tu suerte hubiera sido la misma si tu empeño hubiera caminado ideológicamente en sentido contrario?", remacha, ufano, el ilustre calumniador. Con la excepción de ese fantoche tropical, Chávez, y sus émulos domésticos del tripartito, ¿cabe imaginar proceder parejo en una nación civilizada? El vástago de Pepe –el del yugo y las flechas– ha manchado de bilis la sede de la soberanía nacional. Y allí debe ser reprobado. Es de justicia.


Libertad Digital - Opinión

El presidente deconstruido. Por Ignacio Camacho

LOS socialistas españoles más optimistas empiezan a estar convencidos de que van a perder las elecciones con Zapatero. Los pesimistas creen que las van a perder de todas formas, incluso con otro candidato.

El propio presidente, que siempre ha presumido de optimismo patológico -él lo llama antropológico-, parece estar ya poco convencido de sus posibilidades de recomponerse a sí mismo tras la deconstrucción forzosa a que se ha sometido por imperativo de los líderes de Europa. Así se desprende no sólo de su patente expresión devastada, sino de la desalentadora frase con que justificó a posteriori el brusco ajuste social presentándolo como un sacrificio personal en aras del futuro de España. Al margen de que el ataque de patriotismo sólo le sobrevino tras la presión de Merkel, Sarkozy y Obama, tal declaración parece la confesión de un porvenir liquidado; en pura lógica, su prioridad interna debería ser preparar la sucesión. Pero la política no se rige por lógicas convencionales y sí por una extremada volatilidad, como lo prueba el hecho de que hasta 48 horas antes del tijeretazo el propio Zapatero continuaba defendiendo las bondades de la estrategia que tan abruptamente se ha envainado.

Las demoledoras encuestas que parecen certificar el hundimiento del zapaterismo sólo tienen el valor de una fotografía momentánea. Reflejan el inevitable cabreo popular por los recortes, la decepción de los votantes socialistas y el desconcierto de los demás por la manifiesta incoherencia presidencial. No conviene por tanto interpretarlas fuera de contexto, y se equivocará el PP -que apenas sube pese al desplome del adversario- si considera que este estado de ánimo soliviantado le va a dejar el poder en fácil herencia. A Zapatero le va a resultar difícil, casi imposible, cerrar con ajuste o sin él, con sucesor o sin él, esa horquilla de descontento; pero sí está a su alcance estrecharla. Para ello va a manejar tres bazas fundamentales. La primera, una nueva oleada de medidas fiscales acompañadas de la retórica populista contra «los ricos», las rentas altas y demás mantras al uso socialdemócrata. La segunda, un recrudecimiento de las batallas de tinte ideológico que, como la de los fantasmas del franquismo, le ayuden a movilizar al electorado radical. Y la tercera, una última intentona de acercamiento a ETA en busca de un final más o menos acordado. Sin descartar que, si las circunstancias económicas mejoran, se marque antes de las elecciones otra ronda de dádivas, regalías y subidas de salarios.

Todo eso puede quedar en el aire si el PNV le niega el apoyo a los presupuestos de 2011, en los que va a haber poco que repartir, y le obliga a acortar la legislatura sin tiempo para la opción sucesoria. A esas elecciones anticipadas en medio de un cataclismo se presentaría un zombi político, frente al que los optimistas del PP pensarán que al fin pueden ganarlas... y los pesimistas quizá se pregunten si merece la pena hacerlo.


ABC - Opinión

Y Mayor Oreja vuelve a tener razón

Si esto que tanto Basagoiti como Cospedal o Mayor Oreja tienen por seguro termina siendo cierto, estaríamos ante un punto de no retorno en el pacto vasco y en la colaboración antiterrorista entre las dos principales fuerzas políticas.

El pacto PSOE-PP en el País Vasco pende de un hilo sólo un año después de haberse firmado. Un pacto que en su momento fue histórico por necesario, que ha servido para normalizar la vida política vasca después de 30 años de hegemonía nacionalista pero que, a pesar de todo ello, desde Ferraz ven endeble. Eso en lo que toca a los socialistas, principales beneficiarios de un acuerdo que abrió la puerta de la investidura a Patxi López y que ha permitido a su partido gobernar tranquilamente durante más de doce meses.

En la bancada popular las aguas también bajas revueltas. Los de Basagoiti no se creen que el PSOE haya renunciado del todo a reiniciar las negociaciones con la ETA.


Lo que hace dos meses era una simple sospecha es hoy, a decir de los populares, un hecho corroborado por informes policiales en su poder que certifican contactos reales entre el presidente del PSE, Jesús Eguiguren, y miembros de la banda. Si esto que tanto Basagoiti como Cospedal o Mayor Oreja tienen por seguro termina siendo cierto (y todo indica que así es), estaríamos efectivamente ante un punto de no retorno en el pacto vasco y en la colaboración antiterrorista entre las dos principales fuerzas políticas españolas.

Significaría que Zapatero ha engañado dos veces seguidas a Rajoy y que no se da por vencido en su empeño de negociar por la ETA, poniendo para ello de rodillas al Estado de derecho y a la dignidad de la Nación. En tierra de nadie quedaría la negativa del Gobierno a volver sobre la senda negociadora y, sobre todo, los 12 inocentes que la banda ha asesinado desde la ruptura unilateral de la tregua-trampa en la Navidad de 2006. En este tema se despacha mucho más de lo que, en su acartonada pose pacifista, Zapatero o Eguiguren se figuran.

No nos cansaremos de repetir que con el terror ni se puede ni se debe negociar. Es, en primera instancia, una perversión legal ya que el Estado no está al mismo nivel que una recua de asesinos. Es, por lo tanto, inmoral e ilegítimo que el Gobierno se embarque en una operación de este tipo. Además, ni siquiera tiene una utilidad de orden práctico ya que todos los intentos de "diálogo" con la ETA han terminado del mismo modo, refortaleciendo a la banda y humillando a la democracia.

Si el objetivo es acabar con el terrorismo, no existe otra vía que la aplicación estricta de la ley, empezando por los ayuntamientos donde se refugia parte del entramado etarra, pasando por la derogación de la autorización parlamentaria para negociar con ETA y terminando con la suspensión de todos los improcedentes beneficios penitenciarios a los etarras. No hay otro camino, y tanto el Gobierno como el PSOE deberían saberlo ya tras el sonrojante escarmiento de la última mesa de negociación que, a bombo y platillo, Zapatero abrió contra todo pronóstico poco después de llegar al poder.


Libertad Digital - Editorial

Las esperanzas de la presidencia

LAS cumbres multilaterales deberían haber sido el colofón triunfante del semestre de presidencia española de la UE, pero no están pasando de ser el reflejo del desengaño de una política exterior en la que el presidente del Gobierno había depositado muchas de sus expectativas.

Es cierto que las ausencias no pueden deslucir la presencia de otros dirigentes iberoamericanos, dispuestos a trabajar constructivamente para que sus ciudadanos se beneficien de unas mejores relaciones con la Unión Europea: líderes como el chileno Sebastián Piñera, la recién elegida presidenta de Costa Rica, Laura Chinchilla, o el mexicano Calderón, entre otros, representan una forma de hacer política que lucha por consolidar la democracia, y en este sentido son un ejemplo para los países de la región. Pero nada de eso puede hacer olvidar el hecho de que, en realidad, la agenda de la presidencia española está vacía y que no es realista esperar grandes avances de la reunión.

El principal error del Gobierno consiste en no haber defendido con firmeza en la comunidad iberoamericana los principios de la democracia liberal que desde hace unos años están siendo abiertamente atacados por los partidarios de lo que Hugo Chávez ha bautizado como «socialismo del siglo XXI», y que no es más que una versión trasnochada e igualmente estéril del modelo que fracasó en las dictaduras de Europa del Este. Los países americanos que podrían aprovecharse ahora de una relación fructífera con Europa están profundamente divididos, sin que España haya hecho uso de su influencia para reforzar a quienes han apostado por un modelo de sociedad libre y justa. Los acuerdos interregionales se han congelado -a excepción del centroamericano- a expensas de esa división promovida desde Caracas.

Esa política ha sido también estéril para España, como se ha podido comprobar en esta cumbre. Hugo Chávez -defendiendo sus propios intereses- promovió un boicot contra el presidente de Honduras, amenazando con ausentarse de la cumbre, y, después de lograr que España pidiera a Porfirio Lobo que no asistiera, el venezolano ha respondido con el desplante de enviar a un viceministro en su lugar. Pero en el campo en el que esta política está resultando más dañina es en la obstinación por contentar a la dictadura castrista, al insistir en el cambio de la posición común de la UE hacia Cuba. El abandono de los demócratas cubanos es una actitud inmoral que España lamentará en el futuro.


ABC - Editorial

lunes, 17 de mayo de 2010

¿Credibilidad? Cero patatero. Por José María Carrascal

QUIEN se asombre del vuelco dado por Zapatero en su política económica demuestra conocerlo muy mal o tener muy mala memoria.

No es la primera vez que el presidente del gobierno cambia en horas veinticuatro un aspecto de su política. Recuerden lo de ETA. De negociar con ella «la paz en el País Vasco» pasó a perseguirla hasta debajo de las piedras. Recuerden lo del estatuto catalán. De prometer apoyar el que le enviasen los catalanes pasó a olvidarse de ello. No es que este hombre no tenga palabra. Es que no tiene principios. ¿Cómo van a confiar en él no ya sus rivales, sino sus socios? ¿Cómo va a creérsele lo que dice hoy si mañana puede decir lo contrario? Es verdad que España siempre ha cumplido sus compromisos, con la república, con la dictadura, en buenos y malos tiempos. Pero el gran déficit de la España actual no es el de la balanza de pagos. Es el de la credibilidad de su Gobierno. Y sin credibilidad, no se va a ninguna parte.

La falta de crédito se transmite a un equipo desnortado por las guiñadas de un jefe que sólo piensa en sí mismo. Es patético contemplar el desconcierto de sus colaboradores, intentando no ya explicar, sino comprender lo que están haciendo y actuando contra sus convicciones, sin que ninguno ni ninguna tenga la altura moral de marcharse.

Pero más patético aún es contemplar a sus escuadras intelectuales intentando defenderle. Como no encuentran argumentos, lo único que se les ocurre es lo de siempre: atacar al PP. «Ahora que el presidente ha hecho los recortes que pedía -claman-, en vez de apoyarle, lo critican». Otra mentira. Rajoy no pedía los recortes que Zapatero ha dispuesto. Pedía recortar los gastos de un Gobierno elefantiásico, de unas subvenciones descomunales a partidos, sindicatos, patronal, ONGs, asesores, cursos, concursos, cursillos y otros dispendios que se llevan miles de millones de euros, aparte de pedir racionalizar la Administración en sus tres niveles. ¿Saben ustedes cuántos asistentes se llevó la vicepresidenta primera a la Conferencia sobre Haiti en la ONU, donde fuimos los terceros en ayuda prometida? Cuarenta y tres. Teniendo allí una delegación permanente. ¿Cuánto nos han costado las conferencias interministeriales a todo tren en distintas ciudades españolas, con motivo de nuestra presidencia rotativa europea? Nadie lo sabe porque no han terminado. Mientras, en Nueva York, rara es la semana sin un acto español u otro, carentes de todo eco, pero ideales para que los invitados hagan turismo y vayan de compras.

Es ahí donde hay que recortar. Es ahí donde hay que dar ejemplo. Pero poner como ejemplo de seriedad a José Luís Rodríguez Zapatero es como poner a Drácula al frente de un banco de sangre,


ABC - Opinión

La Noria. Por José García Domínguez

¿Acaso procede prueba mayor de que un gobernante muy principal del Reino en nada desentona alojado en la guarida de Coto Matamoros y el novio de Falete?.

Cayó el comunismo una noche en Berlín, es cierto, pero queda su genuina heredera, la televisión, al modo de las difuntas democracias populares, igualando a todos por abajo. Sin excepción. Esa televisión que el sábado avanzó sobre la última trinchera aún ajena a su dominio, la finísima raya divisoria que todavía escindía a las dos basuras: la del (burdo) espectáculo político, cuyo paradigma moral encarna La Noria; y la de la política rebajada a espectáculo (burdo), con ese inopinado híbrido entre Pajares y Esteso, J. Blanco, encumbrado a primer actor cómico de la nueva era sincrética.

Como se decía cuando entonces, todo un genuino marco incomparable, ése de los estudios de Telecinco, siempre tan propicios a las reyertas de muleros y su rica prosa tabernaria, suprema tarima del gruñido, catedral primada del rebuzno, espejo de ganapanes, zahúrda de boceras. La Noria, ¿acaso procede prueba mayor de que un gobernante muy principal del Reino en nada desentona alojado en la guarida de Coto Matamoros y el novio de Falete? Diríase que ese ubicuo tono provinciano que aquí mantiene el debate político, tan tosco, tan pobre, tan básico, tan increíblemente ajeno a cuanto acontece más allá de nuestras fronteras, tan refractario al pensamiento, tan apegado al inmediatismo baladí y la charlatanería huera, ha dado con su genuino lugar en el mundo: el aula magna de Jordi González

Persistan los unos, pues, dando vueltas y más vueltas a la noria del pobre tío Manolo y su hipoteca variable. Y continúen los otros aferrados a su ventriloquia cantinflista, la que les lleva a repudiar el recorte por injusto e insuficiente a un tiempo; esto es, a considerarlo insuficientemente injusto, o injustamente insuficiente, que tanto monta; o sea, en buena lógica formal, a rechazarlo sólo por antojársele a Rajoy todavía muy escasos los sacrificios humanos que exige. Sigan, unos y otros, todos, abonados a ese sentimentalismo tan teatral, tan pornográfico, tan peronista. Manténganse sólo atentos a los ingeniosos juegos de manos retóricos y la preceptiva sal gorda electoralista. Permanezcan con los ojos bien cerrados a la realidad. E ignoren, sobre todo, que lo ya inevitable, un crudísimo plan de estabilización, comenzará a ofrecer algún fruto mucho tiempo después de concluida esta legislatura. Así, gane quien gane, perderemos todos. Seguro.


Libertad Digital - Opinión

El salvador de Europa. Por Ignacio Camacho

NO hace aún ni cinco meses. Tras un fragor de fuegos artificiales que celebraban la Presidencia de turno de la UE, el presidente Zapatero se sumó a la demostración pirotécnica con una exhibición de cohetería retórica en la que afirmó que España iba a mostrarle a Europa... ¡ el camino para salir de la crisis! Con la petulancia henchida por un ataque de ego, en los primeros compases el Gobierno marcó con bizarra soltura la agenda de la recuperación continental: avance de la igualdad de género e impulso de la economía sostenible. Zapaterismo en estado líquido, es decir, puro; había llegado el mesías socialdemócrata para sacar a la Unión de sus afligidas tribulaciones.

Poco después, el estratega redentor fue invitado a sentarse en el foro de Davos junto al primer ministro griego, sobre el que ya pesaba el fantasma de la suspensión de pagos, y su colega letón, líder del país líder en desempleo. Obama se excusó de asistir a la «conjunción planetaria» de Madrid y Francia y Alemania sugirieron una unión monetaria de dos velocidades en la que se atribuía a España una plaza en el vagón de segunda clase. Pero el visionario campeón del déficit no movió una ceja, ni siquiera cuando la Bolsa se desplomó mientras rezaba en Washington junto a la flor y nata del integrismo evangélico. Estaba gozando de las mieles del liderazgo mundial y no tenía tiempo para minucias de especuladores.

Cuando Grecia se desmoronó, la Presidencia de turno era ya una vaga humareda desleída en la identificación y búsqueda de la próxima nación en apuros. Le tocó a Portugal sufrir el señalamiento y apretarse el cinturón por las bravas. Luego fue España la apuntada con severas admoniciones de insolvencia en medio de un bombardeo bursátil. Autoengañado en su ilusorio voluntarismo, ajeno a una realidad que desconoce por falta de formación, Zapatero trató incluso de eludir la reunión del Eurogrupo hace dos fines de semana, donde se encontró una tormenta de reproches y amenazas que un día después el Ecofin descargó sobre la rubia cabeza de Elena Salgado. En los dos días siguientes, el teléfono de Moncloa sonó repetidas veces; Merkel y Sarkozy iban a salvar a su presunto salvador, pero tronaban exigiendo garantías para su rescate. Apremiado por ellos, Obama llamó al sobrado presidente de turno para despertarlo del sueño de grandeza. En esas 48 horas amargas tuvo que digerir un ultimátum categórico: o improvisaba un plan B, un ajuste según su célebre procedimiento «como sea», o lo dejaban caer en el temido default: la quiebra.

El miércoles pasado, los seis años de displicente y alegre zapaterato quedaron escombrados en veinte minutos de patética autodemolición política. Dentro de mes y medio termina el semestre presidencial europeo, jactanciosa ensoñación disuelta, como manriqueña verdura de las eras, en un protectorado tutelar; no habrá muchos cohetes que tirar para despedir la etapa de este humillante, estrepitoso fracaso.


ABC - Opinión

El riesgo de caer en la trampa populista del PSOE

Los populares deberían seguir las pautas que Rajoy marcó en su réplica a Zapatero el miércoles y no precipitarse por la tentadora senda de la demagogia donde el PSOE tiene la batalla ganada: plan de ajuste sí, pero recorte a los apesebrados primero.

Una cosa es que Bruselas le imponga a Zapatero su plan de ajuste presupuestario y otra, muy distinta, que el PSOE renuncie a la propaganda. Al fin y al cabo, el objetivo último de los socialistas nunca fue gobernar en beneficio de los ciudadanos, sino del propio. Poco importa si el precio de semejante fin pasa por convertir a España en un páramo nacional y económico, los intereses del partido siempre se encontraron por encima de los de un pueblo cada vez menos soberano.

Por ello, tras unos días de inevitable desconcierto, los dirigentes del PSOE se han adaptado a su nuevo y contradictorio discurso de la manera más natural posible. Como en 1984, donde Oceanía cambiaba retrospectivamente de enemigo y aliado entre Eurasia y Estasia de manera regular, los socialistas no han mostrado complejo alguno en defender en público la opción que hasta anteayer denostaban y, al mismo tiempo, criticar al PP por pretender hacer lo mismo que ellos.


Esto es, por un lado sugieren que el PP sigue siendo el famoso dóberman que sacaron a pasear en la campaña electoral del 96 y, por otro, que en estos momentos hay que ser valiente y comportarse con el gasto como un dóberman lo haría. Así, menos de una semana después de haber anunciado la primera rebaja de sueldos de los funcionarios de nuestra historia y una congelación de las pensiones que vendrá seguida en el futuro cercano por una importante rebaja, los socialistas desfilan en masa por los programas de televisión y por los mítines de partido para cargar contra el PP por haber congelado las remuneraciones de los empleados públicos en 1997 o por no haber subido tanto las pensiones como hubiese sido posible en caso de despreocuparse por la viabilidad de la Seguridad Social.

Un discurso disparatado que, no obstante, podría terminar teniendo el buscado éxito si el PP no comienza a contraatacar la propaganda socialista con una inteligente divulgación de sus propuestas políticas y con el continuo recordatorio de las mentiras del PSOE.

El PP no debe caer en la trampa de oponerse al plan de ajuste socialista apelando a "motivos sociales". Primero, porque por mucho que lo intente nunca logrará rebasar por la izquierda al PSOE; segundo, porque nada hay menos social que el paro y mientras el ajuste no se complete, éste lejos de reducirse seguirá aumentando; y, por último, porque es improbable que un eventual Ejecutivo de Rajoy pudiese hacer hoy, tras el saqueo de Zapatero, algo muy distinto a lo que se le ha impuesto desde fuera al PSOE.

Por el contrario, los populares deberían seguir las pautas que Rajoy marcó en su réplica a Zapatero el miércoles y no precipitarse por la tentadora senda de la demagogia, donde el PSOE tiene la batalla ganada: plan de ajuste sí, pero recorte a los apesebrados primero; no ya por el monto de ahorro que suponen estas partidas –aunque tampoco hay que despreciar su cuantía– sino porque resulta intolerable que los grupos que han arruinado este país sigan viviendo a su costa.

Si el PP sigue por la vía de pedirle a Zapatero que "mire a la cara a los pensionistas" y descuida la enumeración de todos los ajustes que España necesita, dejará que los populistas del PSOE se fabriquen una inmerecida imagen de estadistas sin que, al mismo tiempo, hayan perdido sus dotes de expertos demagogos. Claramente esa es la estrategia del PSOE –somos los "más sociales", pero de momento una crisis que no hemos causado nosotros nos impide serlo– y para contrarrestarla no hay que ponerse el traje de socialista, sino el de liberal con un programa político y económico serio capaz de colocar a Zapatero ante sus contradicciones, que son tan cuantiosas, flagrantes y aplastantes como para que deje de gobernar este país de inmediato.


Libertad Digital - Editorial

Incertidumbre en el PSOE

EL declive político de Rodríguez Zapatero se manifiesta de forma evidente en su fracaso al frente del Ejecutivo.

Además, como demuestra la amplia información que hoy publica ABC, esa mala gestión se empieza a prolongar en la secretaría general del PSOE, un dato especialmente significativo para un «hombre de partido» en sentido estricto. En efecto, crece el malestar interno por un liderazgo débil y errático, a pesar de los esfuerzos de José Blanco por tapar agujeros aquí y allá. Ferraz ha concebido un PSOE a imagen y semejanza del presidente, cuya caída arrastra consigo a los candidatos territoriales, que intuyen un panorama muy negativo ante las próximas elecciones. El relevo generacional se ha realizado a base de maniobras que sitúan a los aparatos regionales bajo el control de camarillas encabezadas por líderes desconocidos y con una fuerte contestación en sus propias filas. Mientras el PSC va a lo suyo, la única baza positiva del zapaterismo es Patxi López, cuyo Gobierno se asienta sobre un pacto constitucional y no sobre una mayoría partidista. Incluso los barones de mayor relieve, como José María Barreda, corren serio peligro de verse desplazados en comunidades que el PSOE controla desde tiempo inmemorial. Lo mismo ocurre en Andalucía, a pesar de que José Antonio Griñán procura dejar atrás una larga etapa marcada por la figura de Manuel Chaves, hoy en horas bajas.

En muchas federaciones socialistas imperan el desconcierto y la falta de cohesión. En Madrid, Tomás Gómez desafía a Ferraz y nadie importante quiere ser candidato a la Comunidad o el Ayuntamiento porque las posibilidades de éxito son muy reducidas. Lo peor de todo es que los aspirantes socialistas son políticos de segundo nivel, poco conocidos y mal valorados en su propio ámbito, como ocurre -entre otros- con Jorge Alarte en la Comunidad Valenciana. La sucesión de Marcelino Iglesias y de Vicente Álvarez Areces no garantiza, ni mucho menos, que el PSOE continúe gobernando en Aragón y en Asturias. El caos en Baleares es bien conocido. Pocos ciudadanos podrían recordar el nombre de los líderes socialistas en otras muchas comunidades, incluidas Canarias (tras la fallida «operación López Aguilar») o Galicia (después de la jubilación forzosa de Pérez Touriño). Así las cosas, el fracaso de Rodríguez Zapatero trae como consecuencia un partido -ya no un Gobierno- lastrado por la incertidumbre, una inquieta desazón que comienza a olfatearse, por las disputas internas y por la ausencia, a día de hoy, de un mensaje ilusionante que transmitir a los electores.

ABC - Editorial

domingo, 16 de mayo de 2010

Moción de confianza. Por Ignacio Camacho

NO ha sido una rectificación; ha sido una enmienda a la totalidad.

Por la dureza del ajuste y, sobre todo, por la contradicción radical que supone con la política y el discurso que el Gobierno ha mantenido con terquedad durante los dos últimos años, el tijeretazo de Zapatero supone una moción de censura contra sí mismo. Y no la ha presentado por convicción, ni por arrepentimiento, ni por la necesidad de adaptarse a las circunstancias, sino por el imperativo categórico de unos socios europeos decididos a cerrar el grifo de financiación de su dispendio proteccionista. Es decir, conminado y a la fuerza. De tal modo que no estamos ante un volantazo propio de la incoherencia del líquido estilo presidencial, sino ante la confesión ineludible de un terminal fracaso político.

Ese fracaso inhabilita al presidente para aplicar una política en la que no cree, cuya filosofía y términos ha impugnado con contumacia tan frívola como irresponsable. Un gobernante no puede presentarse en el Parlamento con un programa radicalmente distinto al que ha venido defendiendo sin que ese cambio determinante tenga consecuencias inmediatas. Al admitir que su política anticrisis se ha estrellado en el más estrepitoso descalabro, Zapatero ha perdido la legitimidad y el derecho a reclamar de los ciudadanos un sacrificio que él no consideraba necesario. Si quiere reinventarse ha de pasar por una elemental prueba de confianza a la que no se ha sometido.

Para ello sólo tiene tres salidas. La más elemental sería la de convocar elecciones y buscar en las urnas la ratificación de su nueva estrategia o dar paso a quien resulte elegido para aplicar la suya. No lo hará por la comprensible aunque poco patriótica razón de que perdería. La segunda posibilidad pasa por entregar el poder a otro miembro de su partido menos contaminado por el fracaso de la gestión para que se someta a la convalidación parlamentaria mediante una sesión de investidura. Y la tercera, presentar de inmediato una moción de confianza que le otorgue, si puede obtenerlo, el respaldo del que ha quedado desposeído al impugnar su propia política.

Lo único que no puede hacer es continuar como si nada hubiese ocurrido, circulando tan campante en dirección contraria de sí mismo. El poder democrático requiere un grado mínimo de responsabilidad sin el cual se convierte en un mero ejercicio de cinismo que invalida su fundamento ético. Zapatero está en estos momentos deslegitimado para desarrollar una política antitética de sus principios porque carece de autoridad moral para ejercer el liderazgo. El ajuste no es consecuencia de un cambio repentino del escenario económico y financiero, sino del naufragio de su doctrina de gasto, déficit y paliativos indoloros. Si ahora pretende empezar de cero no tiene más camino que revalidar su propia refundación en las urnas o en el Parlamento. Hasta que no lo haga será un político suspendido en el alambre de la nada.


ABC - Opinión

¿Garzón a La Haya?. Por José María Carrascal

TRAS haberse abierto proceso a Garzón y considerar el Tribunal Supremo idónea la actuación del juez instructor, al CGPJ no le quedaba otro remedio que suspenderle de funciones, si no quería ser él quien infringiese la ley.

Otra cosa es que le autorice a ocupar el puesto de «consultor externo» que le ofrece la fiscalía de la Corte Penal de la Haya. Debe de resultar tentador no ya para sus colegas, sino para buena parte de los españoles, despachar lo más lejos posible a un juez que crea más problemas que resuelve, a tenor de sus actuaciones. Pero son precisamente sus actuaciones las que aconsejan no precipitarse, para no meternos en mayores líos de los que estamos. De ahí lo oportuno de los cinco informes pedidos por la Comisión encargada del asunto, antes de pronunciarse. El primero, al fiscal de La Haya, preguntándole si sigue interesado en tener como colaborador a alguien suspendido -lo que supondría menos exigencias de la Justicia internacional que la española- y, sobre todo, si el cargo conlleva algún tipo de inmunidad, ya que entonces sería un indulto encubierto.

Respecto a los demás informes, puede adelantarse que ni el Ministerio de Exteriores ni el de la Fiscalía General del Estado contendrán objeciones. Pero tanto la Sala Segunda del Tribunal Supremo, que juzgará a Garzón, como la secretaría del CGPJ, pueden pensar de otra forma, al existir informes de sus expertos que se oponen por razones legales a conceder dicho permiso.

Añadimos otro de sentido común: con tres causas abiertas, Garzón tendrá que estar durante los próximos meses en España más que en Bruselas, dedicando a su defensa la mayor parte de sus esfuerzos.

Quedando además el rabo por desollar. No me refiero a la inmunidad que el juez suspendido puede alcanzar, sino a las atribuciones que en la Corte Internacional pueda obtener. ¿Cuáles serán? ¿Las de un fiscal ordinario o extraordinario? ¿Y si un buen día decide que la ley de amnistía que nos dimos los españoles en 1977 no se ajusta a los criterios de los crímenes contra la humanidad? ¿Y si encausa al Tribunal Supremo español por haberle impedido investigar tales crímenes? Espero no estar dando ideas a alguien tan hiperactivo como Garzón y advierto que se trata de escenarios meramente hipotéticos. Pero el caso ya es de por si bastante complicado como para complicarlo aún más. Si Garzón quiere continuar su actividad en la Haya, lo mejor para él, para la Justicia española y para la propia Corte Internacional es que se vaya con el expediento limpio. Es decir, tras haber demostrado esa inocencia que él y sus seguidores proclaman. Cualquier otra cosa tendría aroma de maniobra estratégica, de huida de la quema, de cierre en falso de un envenenado contencioso.

A no ser, naturalmente, que Baltasar Garzón y sus seguidores no crean en la Justicia española.


ABC - Opinión

El gran transformista. Por M. Martín Ferrand

ZAPATERO no es de Cabra ni de Antequera; pero quiere ir a ver al Papa, como los peregrinitos de Federico García Lorca.

Los pregones radicales de laicismo, tan excesivos como sus contrarios, no niegan el principio de que todos los caminos conducen a Roma. El cardenal Antonio Cañizares y el embajador de España ante la Santa Sede, Francisco Vázquez, trabajan para hacer posible, el mes que viene, la visita de José Luis Rodríguez Zapatero a Benedicto XVI, en el Vaticano, y así será si Dios quiere. Aquí y ahora no cabe extrañarse con nada. España, que siempre fue rarita, ha alcanzado la cima de sus mutaciones y, tras asistir a una guerra sorda, profunda e inútil entre el Gobierno y la Conferencia Episcopal, podemos contemplar ahora un giro copernicano en la actitud del líder que se dice socialista y recorta las pensiones de los viejecitos.

Antes, en el circo y el varieté, los transformistas constituían una notable atracción. Recuerdo, bajo una carpa de Ángel Cristo, un artista polaco que era capaz de cambiar de aspecto -vestuario, peluca y maquillaje- al ritmo con que contaban los asombrados espectadores: más de cien veces en tres minutos.

Eso no es nada para Zapatero. El de León, al tiempo que se traga los sables de sus mentiras precedentes nos cuenta sus nuevas verdades con la velocidad del rayo. Así, en un zas, puede saltar de ignorar una crisis a negarla, de negarla a minimizarla y de minimizarla a decir haberla superado para, como colofón y tras escuchar las inquietas voces de sus colegas internacionales, dictar medidas de recorte presupuestario que, como la crisis, había desmentido previamente.

Ahora quiere visitar al Papa. Por algo será. Si atendemos a las constantes de su vida pública en el último sexenio, tendrá que ver con la propaganda. ¿Cuántos votos puede inducir una fotografía junto a Su Santidad? Va camino Zapatero, si sus conmilitones no le frenan y la oposición no le contiene -que no lo hará -, de superar a Gregor Samsa y evolucionar de presidente a escarabajo gigante, algo más difícil que hacerlo desde el oficio de mercader de tejidos y novedades.

Atrás quedan el matrimonio gay, la reforma de la ley del aborto, la píldora del día después y otras parecidas cuestiones. Está por delante, en la carpeta gubernamental de asuntos pendientes, la reforma de la ley de libertad religiosa, pero ahora lo urgente es ver al Papa.


ABC - Opinión

Evitar el ostracismo

El compromiso europeísta exige que la oposición apoye el drástico recorte de los gastos públicos

El Gobierno ha quedado en una situación política muy precaria tras el anuncio del severo plan de ajuste hecho público esta semana. Pero la precariedad no es consecuencia del nuevo rumbo al que apuntan las medidas, sino de la recalcitrante obstinación con la que el presidente Zapatero mantuvo el anterior. Su idea de que la mayor crisis financiera tras el crac de 1929 se podía sortear con eslóganes y gesticulación propagandística hizo perder un tiempo precioso para que el país encarase en mejores condiciones una gravísima coyuntura económica; también no pocos recursos dilapidados en iniciativas que, como los diversos regalos fiscales, pretendían disfrazar como políticas sociales avanzadas simples argucias populistas, concebidas de manera irresponsable en campaña electoral.

Acuciado por el entorno europeo e internacional, el Gobierno ha tenido que poner fin abruptamente a una estrategia que, en el fondo, sólo consistía en interpretar como ocasión para las escaramuzas políticas internas una tormenta financiera internacional de la que no podía desentenderse. Ahora que se ha visto obligado a despertar de una ensoñación en la que cada día estaba más solo, es la oposición la que parece dispuesta a tomar el relevo en esta visión miope de lo que se juega el país, intentando sacar tajada electoral de un Gobierno forzado a hacer cuanto negaba hasta la víspera. La pueril propuesta de recortes del gasto, anunciada ayer por Mariano Rajoy al término de una reunión con los presidentes autonómicos del PP, demuestra fehacientemente que el partido que aspira a gobernar España carece de cualquier perspectiva realista de política económica.

El desafío inmediato al que se enfrenta la oposición, y en el que se juega su credibilidad como alternativa, es apoyar sin reservas los drásticos recortes anunciados por el Gobierno, no aprovechar la ocasión para traducir la crisis económica en una crisis política que lleve, además, a una sustitución del presidente, un Gobierno de unidad o un adelanto electoral. Cualquiera de estas alternativas no evitaría que el recorte del gasto público siguiera adelante. Lo que exige el carácter excepcional de la coyuntura son medidas igualmente excepcionales como las que se han anunciado, no trasladar la excepcionalidad al Ejecutivo.

La responsabilidad contraída por el Gobierno y su presidente en la gestión de la crisis no puede hacer que se pierda de vista su dimensión internacional. La reducción del gasto público en las tres únicas partidas en las que se puede realizar -salarios de los funcionarios, costes sociales e inversiones- es una decisión exigida por la coyuntura interna, pero sobre todo por el papel internacional que España desempeña como país miembro del euro. Ni por los efectos que tendría sobre nuestra prosperidad, ni por los que acarrearía para la economía internacional, pueden el Gobierno y las restantes fuerzas políticas faltar a sus deberes. Creer que es sólo el electorado quien está pendiente de las decisiones que adopten unos y otros sería un error garrafal; además del electorado, son los Gobiernos y los ciudadanos de países que comparten con España una moneda única y un sistema económico fuertemente interrelacionado quienes nos observan.

El compromiso europeísta ofreció a España la oportunidad de vivir los mejores años de su historia; lo que ahora demanda ese compromiso es responsabilidad; ya no cabe la alternativa castiza del ensimismamiento. Es ensimismamiento confrontar una crisis en la que los factores exteriores e internos se han potenciado recíprocamente, desde la convicción de que las decisiones económicas que se adopten en España forman parte de las escaramuzas electorales. Hasta ahora, esa convicción sólo ha acarreado el desprestigio de la clase política. En lo inmediato, puede provocar el del país, devolviéndonos al ostracismo que tantos males nos causó en el pasado.


El País - Editorial

El lastre de Camps

Si la Justicia le exime en su día de las responsabilidades que ahora se le atribuyen, nada impedirá al PP rehabilitar a Camps con todos los honores. Mientras tanto, su presencia en la cúpula del PP es un lastre que ningún partido debería permitirse.

Por mucho que en la sede nacional del Partido Popular insistan en que Francisco Camps no está imputado por la Justicia, lo cierto es que la decisión del Tribunal Supremo de reabrir la causa incoada en su día por cohecho pone al presidente valenciano en esa situación, más allá de disquisiciones jurídicas de orden anecdótico.

En efecto, antes de que el Tribunal Superior de Justicia de Valencia acordara el sobreimiento del caso que ahora revoca el Supremo, el magistrado José Flors no sólo había realizado todas las diligencias que entendió necesarias, sino que ordenó la continuación de los trámites ordinarios para abrir juicio con jurado al presidente popular. El destino inmediato de Camps, por tanto, no es otro que el banquillo de los acusados, aunque en el PP prefieran agarrarse a matices de orden procesal para no reconocer esa evidencia.


No entramos en valoraciones sobre la culpabilidad o no del presidente valenciano. La Justicia será la que dirá en su día lo que proceda en este caso. Ahora bien, lo que resulta evidente es que un personaje público acusado formalmente de haber cometido un delito de cohecho no es el mejor reclamo de presentación de un partido que aspira a llegar a La Moncloa.

Ni siquiera la circunstancia de la escasa cuantía del presunto delito, unos simples trajes, puede hacernos olvidar que la principal obligación de un cargo público es actuar con extrema pulcritud en todo lo que se relacione con el ejercicio del poder. Es cierto, asimismo, que hay dirigentes socialistas cuyo enriquecimiento obsceno suele pasar desapercibido para unos fiscales que, en cambio, se muestran implacables cuando los implicados son del PP. Mas ni siquiera la constatación de esta hemiplejía judicial debe privarnos de mostrar nuestra repugnancia ante la presencia en las listas electorales de políticos implicados en este tipo de tramas corruptas, sean del partido que sean. La limpieza del sistema democrático exige que los encargados de representar a los ciudadanos presenten un expediente impoluto en esta materia, y eso es algo que Francisco Camps no puede exhibir en su situación actual.

El colmo es que el propio Camps pretenda escenificar un acto de apoyo multitudinario con la presencia del presidente nacional de su partido, justo unos días antes del Debate sobre el Estado de la Nación, acontecimiento parlamentario que puede llegar a ser decisivo en esta aciaga legislatura y del que pueden depender, en gran medida, las posibilidades de que el PP gane las elecciones de 2012.

Camps no está legitimado en estos momentos para representar a su partido de cara a las elecciones autonómicas del año próximo. Si la Justicia le exime en su día de las responsabilidades que ahora se le atribuyen, nada impedirá a su partido rehabilitarlo con todos los honores. Mientras tanto, su presencia en la cúpula del PP es un lastre que ningún partido debería permitirse. Mucho menos uno que aspire a gobernar no sólo en Valencia sino también en toda España.


Libertad Digital - Opinión

Las urnas como solución

LOS políticos suelen esquivar el valor de las encuestas relativizando sus resultados por diversos factores coyunturales y siempre confiando en que el paso del tiempo enderezará por sí solo los datos adversos.

Sin embargo, hay cambios de ciclo político que no necesitan encuestas ni sondeos para acreditarse, porque se revelan con síntomas mucho más precisos y concluyentes que un estudio demoscópico. En estos casos no funciona el empecinamiento contra la realidad. Al contrario, afila aún más los perfiles del fin de ciclo. Zapatero está viviendo esta situación con todo su dramatismo, porque la realidad que quería negar primero y disfrazar después se le ha impuesto implacablemente, sin atenuación de ninguna clase. El hecho mismo de que su Gobierno no haya sido capaz de llevar al pasado Consejo de Ministros las medidas anunciadas dos días antes revela, por un lado, la temeraria improvisación con la que se gestó el giro absoluto en política económica, y por otro, la ausencia de equipos técnicos bien dirigidos para hacer los esfuerzos suplementarios que requiere la situación actual. Los mercados no han visto motivos para esperanzarse con el ajuste antisocial de Zapatero. Los ciudadanos han sido sorprendidos en su buena fe por el mismo Gobierno que sistemáticamente rechazaba recortar pensiones, ayudas y salarios. España está bajo la tutoría de Bruselas y el control a distancia de Washington, y nuestro crédito político ante socios y aliados es nulo.

Todo esto es un valor entendido en el balance negro del Gobierno socialista, pero no basta con reiterarlo. Debe tener consecuencias políticas inmediatas. El proyecto de Zapatero para España ha fracasado. Ha hecho y está haciendo mucho daño, pero ha fracasado. En el PSOE lo saben y, por eso, no sería extraño que empezase a engrasar los mecanismos tradicionales que este partido utiliza cuando hay que sacrificar al líder para salvar al resto. En este momento, Zapatero figura al frente de un Gobierno en el que no ejerce de presidente. No tiene margen para hacerlo. Es él a quien corresponde, en absoluto a Rajoy, tomar la decisión de oír a los únicos que aún no han hablado en esta crisis. Hasta ahora han intervenido los sindicatos, la patronal y los partidos; gurús de la economía y premios Nobel; burócratas de Bruselas y líderes de ambas orillas del Atlántico; hasta Chávez ha aportado su necedad. Todos han sido oídos, menos los únicos que, teniendo la última palabra para legitimar los gobiernos de España, están siendo los convidados de piedra. El llamamiento de los españoles a las urnas es la única decisión digna que el presidente puede tomar.

ABC - Editorial