sábado, 19 de marzo de 2011

Libia. Una guerra de mucho progreso. Por Pablo Molina

Digo esto a ver si entre todos animamos a los palanganeros supraciliares y nos dan una satisfacción desfilando por las calles con los bongos y una foto del Lewinsky leonés con uniforme de las SS, como hacían con Aznar.

Puesto que el Gobierno se conduce en materia exterior con los principios de la geopolítica progre, según la cual cualquier guerra en la que participe Norteamérica es ilegal, injusta, ilegítima e inmoral, resulta necesario señalar que la decisión de Zapatero de involucrarnos en una guerra en Libia tiene esas mismas cuatro íes a pesar de que cuente con el aval de la ONU.

Un marchamo, por cierto, que no hubiera impedido la oposición violenta del PSOE a la segunda parte de la Guerra de Irak en caso de haberse producido, como el mismo D. José Blanco, por aquellos tiempos simplemente "Pepiño", se encargó de asegurar repetidas veces en sus arengas diarias a La Brigada Ligera del Bongo (Federico dixit) y los nutridos regimientos de Lanceros Culturetas. En aquellos momentos un PSOE convencido de que no iba a llegar al poder al menos en ocho años, no se cansaba de afirmar que aunque la ONU autorizara los ataques para expulsar a Sadam del poder, los socialistas iban a salir a la calle detrás de los Bardem a llamar asesinos a Aznar y Bush.


En realidad el propio ZP se encargó de mostrar al mundo su verdadero respeto a las resoluciones de la ONU cuando se sentó al paso de la bandera norteamericana en el desfile nacional de 2003, aunque para esas fechas lo de Irak era ya una operación bendecida por todos los organismos internacionales.

Por tanto ya puede Zapatero decir misa, con perdón, pero en estos momentos es el lacayo mayor de los yanquis, a los que va a ayudar en esta nueva guerra por el petróleo, que es lo que dicen los medios progres cuando las hostilidades se declaran en Oriente Medio y los norteamericanos andan por medio.

En caso de que las tropas aliadas actúen finalmente en la patria de Gadafi, por cierto otro progresista de tronío, y dado que en toda guerra hay víctimas inocentes, supongo que los medios progresistas no tendrán inconveniente en volver a colocar en sus portadas imágenes a cinco columnas de niños destrozados por las bombas aliadas, como hacían a diario cuando estaba la derecha en el poder.

Digo esto a ver si entre todos animamos a los palanganeros supraciliares y nos dan una satisfacción desfilando por las calles con los bongos y una foto del Lewinsky leonés con uniforme de las SS, como hacían con Aznar. El éxito está asegurado, porque tres generaciones de la familia Bardem detrás de una pancarta son capaces de acabar con cualquier Gobierno belicista. ¿Qué apostamos?


Libertad Digital - Opinión

Diplomacia de sainete. Por Ignacio Camacho

Era embarazoso volver a negociar petróleo con Gadafi; la vida de los libios ha cobrado importancia de repente.

LOS que no hemos estudiado para diplomáticos no logramos entender por qué tiene más legitimidad una decisión de la ONU —en cuyo Consejo de Seguridad gozan de derecho de veto una dictadura sin paliativos como China y un régimen con dudosas libertades como Rusia— que una de la OTAN, formada íntegramente por naciones libres y que no admite socios sin estructura democrática. Quizá tampoco lo entendían los albanokosovares masacrados en Kosovo a finales de los noventa mientras los rusos bloqueaban las negociaciones de Naciones Unidas para proteger a sus aliados serbios, ni lo comprendan los libios a quienes Gadafi lleva unas semanas victimando a conciencia. La legalidad internacional vigente tiene una casuística muy rara y paradójica en la que destaca un principio fundamental: sus decisiones y acuerdos necesitan para cuajar la existencia previa de unas miles de víctimas asesinadas a hecho consumado mientras tienen lugar las intensas gestiones de la diplomacia.

También ayuda a comprender estos sofisticados mecanismos la circunstancia de que en el conflicto a tratar haya petróleo por medio, como en Libia. La vida de los resistentes a Gadafi ha cobrado importancia y sentido ante la evidencia de que el dictador estaba a punto de imponerse después de que los dirigentes europeos lo diesen por desahuciado y le considerasen reo del Tribunal de La Haya. Tener que volver a negociar con ese tipo los contratos de abastecimiento energético era sin duda una papeleta muy embarazosa, toda vez que el sátrapa se había venido arriba y parece por añadidura bastante cabreado. Así que la ONU se ha conmovido al fin por la suerte de la maltratada población civil, en una conmovedora demostración de sensibilidad humanitaria. Y allá que vamos, con barcos y aviones, los salvadores de la Humanidad afligida… y del petróleo relativamente barato.

El papelón es demasiado notable para resultar digerible cualquiera que sea la óptica política desde la que se observe. La división de la opinión pública occidental es comprensible ante una negociación de sainete: mucha gente no ve razones sólidas para intervenir en una guerra civil y los partidarios de la intervención saben que llega demasiado tarde, por más que Gadafi se haya apresurado a levantar los brazos para ganar tiempo ahora que casi ha consumado su victoria. La incompetencia diplomática de la Unión Europea ha sido tan clamorosa como lamentable y provoca sentida añoranza de los tiempos de Javier Solana. Y el doble rasero del pacifismo occidental está en evidencia porque el régimen libio es tan indefendible como evidentes las razones mercantiles de la intervención militar.

A estas alturas ya no quedan soluciones honorables; sólo cabe esperar un acuerdo mínimamente decente que quizá requiera un previo bombardeo de ablandamiento. La retórica de los grandes conceptos más vale dejarla para otra ocasión más gloriosa.


ABC - Opinión

Otra guerra para Zapatero

La comunidad internacional decidió intervenir en el conflicto libio cientos de muertos después. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó una resolución en contra de Muamar Gadafi que contempla su salida del poder, una zona de exclusión aérea y «la toma de todas las medidas necesarias para proteger civiles». La iniciativa internacional volvió a demostrar las divergencias de fondo en el tratamiento de la crisis, pues, si bien el acuerdo impulsado por Francia y Reino Unido salió adelante, lo cierto es que China, Rusia, Brasil, India y Alemania se abstuvieron. Ni siquiera Europa mantiene una posición común –Berlín no comparte la necesidad del ataque–, aunque el Gobierno español sostenga lo contrario. La amenaza de la OTAN provocó un movimiento táctico de Gadafi, que declaró un alto el fuego y la asunción de la legalidad internacional, pero el escepticismo de las cancillerías ante el personaje está justificado por su historial de falsedades.

España anunció que participará en la misión de guerra contra Libia. El presidente del Gobierno confirmó una «contribución importante» de nuestro país, que Defensa concretó en las bases aéreas de Rota (Cádiz) y Morón (Sevilla), así como en medios navales y aéreos. La determinación de Zapatero es tal que el Ejecutivo admitió que las fuerzas se podrían poner en marcha antes de que el Congreso aprobara la operación, como contempla la Ley de Defensa Nacional. Rajoy anunció con buen criterio su receptividad al acuerdo de los aliados.


El propósito final de esta medida es inobjetable, porque pretende acabar con un régimen criminal y terrorista y proteger a la población civil de las atrocidades del dictador. Pero en este momento es también oportuno recordar que ese encomiable fin propició otras intervenciones internacionales como la de Irak contra Sadam Hussein. Se mire como se mire, los argumentos de fondo son idénticos: acabar con un tirano y amparar a millones de ciudadanos inocentes. Entre ambas contiendas, el presidente y el Gobierno del «No a la guerra» han experimentado una reveladora evolución. Rodríguez Zapatero irrumpió en la presidencia con la retirada de Irak y está a un año de abandonar el poder con tropas españolas en Afganistán, Líbano, Índico y Libia, entre otras zonas. La metamorfosis es evidente pese a que los socialistas pretendan edulcorar ese historial bélico con referencias propagandísticas como misión humanitaria. Ese deambular errático no ayuda a generar credibilidad ni confianza, condiciones indispensables de una política exterior seria.

El ataque a Gadafi que se avecina demuestra también la hipocresía internacional. Libia no es la única dictadura de la zona ni del mundo. En la misma o similares circunstancias se encuentran Yemen, Bahréin, Arabia Saudí, Argelia, entre otras. Los derechos humanos son pisoteados en esos países por autocracias o teocracias, pero nadie mueve un dedo para evitarlo. El petróleo es una razón que explica la doble moral de Occidente con un proveedor principal como Libia, lo que demuestra de nuevo que los principios sucumben en ocasiones ante la «real politik», lo que no es como para sentirse orgulloso.


La Razón - Editorial

La hora de la verdad

La autorización de la ONU para atacar a Gadafi abre una fase decisiva en la crisis libia.

La decisión del Consejo de Seguridad de la ONU de detener con "todos los medios necesarios", excepto la invasión, los desmanes del coronel Gadafi es la única coherente tras más de un mes de atrocidades del tirano contra su propio pueblo. La medida, aprobada por 10 votos a favor y 5 abstenciones, entre ellas las dos cruciales de Rusia y China, permite por fin a la comunidad internacional intervenir abiertamente en el país norteafricano para proteger a sus civiles del exterminio, cumpliendo las previsiones del capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas, tan olvidadas en Bosnia, Ruanda o Darfur. Una responsabilidad que parecía descartada por la parálisis de las potencias ante la saña del régimen de Trípoli contra los insurrectos en nombre de la libertad

El conflicto libio entra ahora en territorio desconocido. Los primeros ataques contra las fuerzas de Gadafi pueden desencadenarse en horas. Y, dada la amplitud de los poderes concedidos por la ONU, exceder el cierre del espacio aéreo (una acción que implica la destrucción de radares y emplazamientos de cohetes) y ampliarse a otros objetivos militares. Que Gadafi en las últimas horas haya anunciado simultáneamente un infierno en el Mediterráneo si es atacado y a la vez un alto el fuego no verificado para cumplir con una de las exigencias de la ONU, muestra la desazón con que el lunático tirano ha acogido la tardía pero robusta reacción internacional. Horas antes de la resolución 1973, masacraba impune a sus oponentes y anunciaba el final victorioso de las hostilidades y la toma de Bengasi para la noche de hoy.


Hay más incógnitas que certezas sobre la naturaleza y alcance de la intervención aliada. ¿Se trata de congelar las posiciones de las desiguales fuerzas en liza o de sentar las condiciones para la derrota del dictador? ¿Serán Francia y Reino Unido quienes dirijan el ataque inicial, vistas las dificultades para que lo haga la OTAN? ¿Cuánto tiempo será preciso para planearlo y acumular las fuerzas mínimas necesarias? Decisiones que implicarán a la vecina España, como hizo notar ayer Rodríguez Zapatero (que se reúne hoy en París con Sarkozy, Clinton y dirigentes europeos y africanos), al autorizar el uso estadounidense de Rota y Morón. Cuestión clave es el papel que vaya a desempeñar Estados Unidos, única potencia con poder logístico y decisorio suficiente. El escaldado Barack Obama, sumado a la acción en el último minuto, intenta mantener a su país en el asiento trasero de los acontecimientos. De seguir las inclinaciones de su ministro de Defensa Gates, Washington se limitaría a ser poco más que espectador de lo que ocurre en la ensangrentada Libia.

El ataque aliado supondría para las fuerzas gubernamentales su primer enfrentamiento con un hostigamiento armado serio. Aquí también todo está por verse. Si Gadafi, pese a sus promesas de luchar hasta la muerte, se aviene a negociar; o si acaba buscando asilo entre alguno de sus amigos africanos o latinoamericanos, pese a estar en el punto de mira del Tribunal Penal Internacional.

La vía libre de la ONU inicia una nueva y crítica fase en la crisis libia. Al margen de su desenlace, hay que celebrar que los poderes terrenales hayan decidido al fin utilizar la consistente doctrina que la ley internacional ponía a su disposición para actuar contra un forajido que ha sojuzgado a su país durante décadas con la complacencia de quienes finalmente han considerado -en muy buena medida gracias al clamor de una atónita opinión pública global- que era suficiente. Que las consecuencias de permitir a Gadafi alzarse victorioso sobre su propio pueblo serían devastadoras no solo para Libia y el conjunto de países árabes que hoy acarician la dignidad, sino para el entero y precario orden internacional.


El País - Editorial

El pacifismo, principal aliado de Gadafi

¿Se atreverán las potencias occidentales a enterrar provisionalmente la visión progre de las relaciones exteriores o permitirán que Gadafi y su clan sigan señoreando Libia durante otros 42 años?

Sabido es que el pretexto de la "multilateralidad" ha servido para apuntalar las dictaduras más sanguinarias del planeta. Si para poder derrocar a un tirano resultaba exigible contar con la aquiescencia de ese propio tirano (o con alguno de sus socios comerciales), parece claro que semejante intervención jamás podría llegar a ejecutarse. Al cabo, para ello se fue incorporando al seno de la ONU a todas las autocracias planetarias y para ello esas mismas dictaduras (comenzando por la URSS) promocionaron la hipócrita ideología del pacifismo: todas las guerras son ilegítimas salvo las que inician ellas mismas.

La política exterior y de defensa de todo Occidente, incluyendo ahora mismo la de EEUU, ha quedado sometida a esas dos directrices. Nada sin la ONU y todo en nombre de la paz... incluso la guerra. La presidencia de Bush supuso un paréntesis en este orwelliano pensamiento único que ha permitido a las dictaduras campar a sus anchas. Pero precisamente por ello fue demonizado por toda la izquierda nacional y extranjera: su fariseísmo no podía tolerar que combatiera una dictadura como la de Irak sin hipotecas multilaterales y en nombre de la libertad.


Con Libia hemos vueltos a las andadas. Casi todos los líderes occidentales han venido criticando la masacre que estaba perpetrando Gadafi, pero ninguno de ellos se ha decidido a actuar hasta que Rusia y China, dos exponentes del Estado de Derecho, han aceptado darles el visto bueno en forma de abstención. Resultado: mientras tanto Gadafi ha reconquistado casi todo el territorio que los rebeldes le habían tomado.

De ahí que el dictador libio, conocedor del funcionamiento de la ONU y de las inconsistencias del pacifismo, haya movido tan rápida como inteligentemente sus fichas: si la autorización a una intervención multilateral busca poner fin a sus ataques a los rebeldes, ¿qué mejor jugada que declarar un táctico alto el fuego?

Ahora, esa improvisada coalición internacional anti-Gadafi, fruto del multilateralismo y del pacifismo, se enfrenta a sus propias inconsistencias. Casi nadie tiene ningún interés real en atacar –en especial una Alemania que ve con desconfianza las intenciones de los rebeldes–, pero todos de un modo u otro se han visto empujados con amenazar a hacerlo –Obama por su cargo y Zapatero por ir durante demasiado tiempo a remolque de la ONU–. Gadafi se ha aprovechado de la lentitud de la multilateralidad y ahora les arrebata la carta del pacifismo. ¿Se atreverán a enterrar provisionalmente la visión progre de las relaciones exteriores o permitirán que Gadafi y su clan sigan señoreando Libia durante otros 42 años?


Libertad Digital - Editorial

Occidente y el futuro de Gadafi

La comunidad internacional tiene que definir los objetivos finales de su intervención en Libia, más allá de impedir la violación de derechos humanos por parte de Gadafi.

EL dictador libio, Muamar el Gadafi, ha respondido con un alto el fuego a la resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que autoriza la implantación de zonas de exclusión aérea. Se trata de un movimiento táctico, con el que Gadafi pretende debilitar el apoyo internacional, sobre todo árabe, a una intervención militar; y, al mismo tiempo, consolidar todo el territorio que ha recuperado frente a los rebeldes en estas semanas de indecisión de Naciones Unidas. La resolución es, en todo caso, una buena noticia, pero es obvio que llega muy tarde y que no resuelve la cuestión de fondo que de verdad importa, que es la continuidad o no de Gadafi en el poder. Hay que recordar que tras la primera guerra del Golfo, los aliados establecieron dos zonas de exclusión aérea en Irak, lo que no impidió a Sadam Husein masacrar a los chiíes de Basora. Pasaron doce años hasta que otra coalición internacional puso fin a su tiranía.

La comunidad internacional tiene que definir los objetivos finales de su intervención en Libia, más allá de impedir la violación de derechos humanos por parte de Gadafi, lo que no se logrará sólo con el control aéreo del país. El peligro de limitar la actuación internacional a la exclusión aérea, sin acciones ofensivas contra las tropas leales a Gadafi, es que acabe arraigando un estatus difuso, en el que el dictador mantenga el poder bajo una tutela vacilante y contradictoria de la comunidad internacional. Es imprescindible saber si Europa y Estados Unidos van a permitir que Gadafi acabe ganando, con fuerzas terrestres mejor armadas y dirigidas que las rebeldes, la guerra civil desatada en Libia.

Lo único cierto es que Gadafi ha vuelto a convertirse en un peligro para los países occidentales, porque es un demente con armas y con petróleo. Sus amenazas de apoyar a Al Qaida o de atentar contra los aliados no deben caer en saco roto. Esto último no sería la primera vez que lo hiciera. Además, muchos líderes europeos se han manifestado expresamente en contra de su continuidad, haciéndose tributarios de sus palabras. El apoyo occidental a los rebeldes ha sido tan explícito que la comunidad internacional no debería dudar en desarrollar una estrategia de derrocamiento de Gadafi. Los temores europeos —Alemania vive mirando sólo los procesos electorales pendientes en varios estados federados— y la evidente desgana de Washington a un nuevo escenario militar duradero son las bazas a favor de Gadafi.


ABC - Editorial

viernes, 18 de marzo de 2011

Maremoto en Berlín. Por José Mª de Areiza

Al día siguiente de la catástrofe japonesa, 60.000 ciudadanos se manifestaban en Stuttgart contra las nucleares.



El devastador maremoto ha recorrido 9.000 kilómetros hasta llegar a Berlín y tendrá importantes consecuencias en la política alemana. Al día siguiente de la catástrofe japonesa, 60.000 ciudadanos se manifestaban en Stuttgart contra las nucleares. Cuarenta y ocho horas después Angela Merkel anunciaba una moratoria de tres meses de su valiente y necesaria decisión a favor de prolongar la vida de las centrales, tomada hace menos de un año. La moratoria es una medida sin respaldo parlamentario y que podría tener problemas legales. Además, ha decidido cerrar de forma temporal siete centrales construidas antes de 1980, un cese de actividad que podría convertirse en permanente. Tras haber perdido en otros feudos, la posibilidad de una derrota electoral de su partido en el estado de Baden-Württemberg el 27 de marzo ha llevado a la canciller a dar el volantazo. A pesar de que decisiones de esta envergadura deben tomarse en frío, Angela Merkel necesita apuntalar al primer ministro regional, Stefan Mappus, de la CDU, uno de los mayores defensores de la energía nuclear, quien se ha enfrentado a su correligionario el ministro de medio ambiente Norbert Roettgen por su retórica verde. Los ecologistas tienen hecha la campaña, aunque saben que deben tener cuidado para no dar la imagen de estar aprovechando una tragedia. Las encuestas antes del desastre proyectaban en la región un empate entre la CDU y la suma de verdes y socialdemócratas, en parte por la dimisión del copión de zu Guttenberg. La fortaleza política de Merkel disminuye en casa mientras su figura se agranda en la relación con sus socios europeos. Los apuros de la canciller pondrán las cosas más difíciles a los eslabones débiles del euro como España. El sentimiento antinuclear será determinante en las siguientes elecciones generales alemanas y la canciller es consciente de que para poder ejercer bien el poder, primero hay que ser poderoso.

ABC - Opinión

Terremoto. El imaginario simbólico japonés. Por Agapito Maestre

Yo, pues, deseo ser japonés, o sea, deseo tener su imaginación, porque, como dijo Aristóteles, "no hay ser que desee sin imaginación".

Olvidé decir algo importante sobre la fantasía, en la Tertulia de Dieter Brandau, que quisiera ensayar en esta columna. Si hoy hay una nación fantástica e imaginativa en el mundo, en mi opinión, se llama Japón. Su capacidad de sobrevivir a una de las tragedias más duras de la humanidad es, sencillamente, fantástica. Imaginativa. Cientos de lecciones están dando los japoneses al mundo entero. La de ciudadanía, en mi opinión, es decisiva para el resto de sociedades democráticas; ser ciudadano, comportarse como un ser libre y solidario, en esas condiciones trágicas no habría sido posible sin la inmensa capacidad de imaginar que tiene este pueblo casi desde la nada, o peor, desde la tragedia que peor pudiéramos prever.

El triple accidente que soporta esta nación es conllevada con una resignación propia de una de las sociedades más libres del planeta. Sin libertad no hay imaginación creadora. Sí, sólo en sociedades muy libres, sin la presión permanente de los Estados en la vida cotidiana, es posible inventar formas de comportamiento ciudadano que nadie hubiera podido adivinarlas en condiciones normales. A eso le llamo capacidad de inventar la política, de instituir un imaginario colectivo, que está al margen, al lado o, sencillamente, complementa las llamadas instituciones sociales y reales.

Esta forma imaginaria de sociedad, dicho con Castoriadis, está lejos de ser algo ilusorio. Por el contrario, instituye una forma ciudadana radicalmente nueva que no está determinada por nada ni por nadie y que es determinante del comportamiento colectivo, no tiene una explicación causal ni siquiera racional. Surge de la imaginación de unos individuos agrupados en sociedad. Quizá en Japón no exista una división de poderes más o menos aceptable para una democracia desarrollada. No lo sé ahora ni me importa, porque es sólo un ejemplo. Quizá el Gobierno nipón, como el español o el francés, controle el poder legislativo e incluso el legislativo. ¡Quién lo sabe! Quizá tampoco Japón, como en el resto de países democráticos, sea capaz de crear partidos políticos sin estructuras burocrático-jerárquicas, o sea, seguramente sus partidos son tan antidemocráticos como los españoles. Sin duda alguna, estos límites son reales. Son estructuras de dominación política clásicas que funcionan en Japón como en otros lugares del mundo.

Pero, y esto es lo importante, ninguno de ellos ha podido limitar, dicho brevemente, el desarrollo de unas instituciones imaginarias políticas, subyacentes a las "reales", que nos hacen mirar al pueblo japonés como un espejo de comportamiento ciudadano ejemplar. Yo, pues, deseo ser japonés, o sea, deseo tener su imaginación, porque, como dijo Aristóteles, "no hay ser que desee sin imaginación". La lección de ciudadanía de los japoneses, es decir, de comportamiento solidario y sosegado ante la trágica realidad, hubiera sido imposible sin su imaginación que, dicho sea de paso, nunca es efecto del deseo sino que es la condición del deseo, en este caso, del infinito deseo que tiene los japoneses de ser libres.


Libertad Digital - Opinión

El nuevo patio de monipodio. Por José María Carrascal

La vergüenza es algo que no se lleva en Andalucía bajo la hégira socialista, presidida por la mangancia.

ESO de que las regiones se apropien de los ríos de un país sólo puede ocurrir en España, donde las autonomías se creen naciones y la democracia se queda a los derechos sin saber nada de los deberes. Que la Junta de Andalucía, bajo control socialista desde que empezó a funcionar, se apropiase del Guadalquivir por las buenas —o las malas, según el Tribunal Constitucional—, demuestra, primero, su ignorancia institucional y, segundo, su falta de patriotismo. Una comunidad que recibe del Estado mucho más de lo que le da debería tener al menos la educación de respetar lo que al Estado pertenece, tal como quedó escrito en la Constitución. Pero se ve que ni la han leído.

Todo apunta que allá abajo se ha impuesto la norma de arramplar con cuanto pase al alcance de la mano e incluso del pie. El auténtico pillaje que revelan los ERES falsos, propiciados desde instancias gubernamentales, demuestra hasta qué punto la cultura, incultura mejor dicho, del saqueo ha arraigado en aquella comunidad, hasta la metástasis en sus más diferentes capas sociales. Aunque la célula madre cancerosa está en su cabeza, en la Junta. Un presidente que autoriza una subvención millonaria a la empresa donde trabaja su hija y su sucesor en el cargo que dice no haberse enterado de que se estaba empleando dinero para los parados en pagar pensiones e indemnizaciones fraudulentas a individuos de su partido que nunca habían trabajado en las empresas que se alegaban, hubiesen tenido que haber dimitido ya, aunque sólo fuera por vergüenza. Pero basta verles y oírles para darse cuenta de que la vergüenza es algo que no se lleva en la Andalucía bajo la hégira socialista, presidida por la mangancia, adormecida por la impunidad y convertida en un inmenso Patio de Monipodio, donde se traman los negocios más turbios y se toleran las conductas más picarescas.

Ni mucho menos es la única comunidad española donde la conciencia ciudadana está desapareciendo empujada por conductas de unos dirigentes que, de haberse dedicado a la empresa privada, ni siquiera hubieran alcanzado puestos secundarios, y de haber seguido tales conductas, hubiesen tenido serios problemas con la justicia. Es en Andalucía, sin embargo, donde tal proceder adquiere, por decirlo así, un carácter oficial. No faltan los andaluces que se sienten abochornados por ello y lo denuncian. ABC, que nació en Sevilla y tiene un gran arraigo en Andalucía, lo demuestra a diario en su información y artículos. Pero como la moneda mala desplaza a la buena, las malas costumbres se imponen a las buenas.

En estas circunstancias, ¿qué puede extrañar que la Junta quisiera apropiarse del Guadalquivir? «Todo es bueno para el convento,» decía el fraile con la puta al hombro. Aunque puestos a mangar, podía haberse apropiado de Gibraltar.


ABC - Opinión

Romance descoyuntado. Por Alfonso Ussía,

Descoyuntado me encuentro,
descoyuntado me hallo.
El día en que yo nací
nadie me ofreció un trabajo.
Y hoy, superada la cima
del vivir sexagenario
no tengo ni un triste ERE
ante mí para agarrarlo
y salir corriendo a casa
con el bolsillo forrado.
Voy a llamar a Griñán
–Chaves anda muy ocupado–
para explicarle mis cuitas,
para llorarle mi caso.

Descoyuntado me encuentro,
descoyuntado me hallo.
Me llama todos los días
el director de mi banco
para decirme que tengo
mis cifras en colorado.
Cuando el rojo cambia a negro
llega Hacienda y me da un palo,
que en España sólo paga
el que vive del trabajo.
El IVA cada tres meses,
pero el ERE, ni probarlo.
Nací en el cuarenta y ocho
año del siglo pasado,
en un doce de febrero
–le saco a Sabina un año–.

En aquel tiempo a los niños
recién salidos del parto,
nos metían en un nido,
nos daban teta y cuidado
y a los que, muy chuchurríos
nacían, sin consultarnos
–yo, entre ellos–, nos forraban
con pienso complementario
que llamaban «Pelargón»
y que daba mucho asco.
Descoyuntado me encuentro,
descoyuntado me hallo.


¿Por qué –me pregunto humilde–
nadie me ofreció un trabajo?–.

En Jerez de la Frontera
sucedía lo contrario.
Fernández, un socialista
tan decente como honrado,
militante desde el mes
segundo del embarazo,
nada más sacar el cuello
del uterino tocayo,
le dijo a la comadrona
con tono firme y airado:
«Mil gracias, señora mía,
por el mimo y el lavado.
Muy agradecido por todo,
por lo bien que me han sacado
y por dejarme el ombligo
tan bonito y tan logrado.
Estoy muy contento aquí
pero más, no puedo estarlo.

Soy un niño socialista
hijo del proletariado,
y tengo que dar ejemplo
de tesón en el trabajo.
Pídame un taxi ahora mismo
que me lleve hasta el despacho,
porque si no me incorporo
hoy mismo, en algunos años
no podré cobrar el ERE
que me tengo preparado.
Y al cabo de muchos días
y al cabo de muchos años,
el compañero Fernández
político reputado
y Consejero de Empleo
se vio, al fin, recompensado
por el ERE, por el oro,
por el ara y por el aro.
Descoyuntado me encuentro,
descoyuntado me hallo.

El compañero Fernández
es un socialista honrado.
Quien lo dude, es un fascista
y un nostálgico de Franco.
El español no perdona
que el hijo de un proletario
nazca de origen obrero
con un ERE bajo el brazo.
Y así nos va en esta tierra
de envidias, celos y espantos.
Tenemos un Presidente
que no sale de su cuarto
porque de hacerlo, los suyos
lo reciben a gorrazos.
Tenemos al juez Garzón
en el banquillo esperando.
Tenemos cinco millones
de españoles en el paro.

Tenemos a Ángela Merkel
con el bastón preparado.
Tenemos a Pachi López
a Eguiguren entregado
a Eguiguren sometido
y con «Sortu» a medio paso
de lograr que el terrorismo
vuelva a ser legalizado.
Tenemos a Bono en trance,
y a Trinidad en el Cairo
y a Leire por Benidorm
su retiro preparando.
Tenemos a Tomás Gómez
con los autobuses blancos.
Nos han prohibido fumar
pero no vender tabaco.
Tenemos al doctor Montes
en Leganés, sin trabajo.
Tenemos una nación
que se está haciendo pedazos,
y tenemos a Garoña
dispuesta contra tornados.

Y cuando un hombre ejemplar
cobra un ERE bien ganado,
tenemos muy mala uva
y al unísono dudamos
de que nada más nacer
se incorporó a su trabajo.

Desconyuntado me encuentro,
descoyuntado me hallo.


La Razón - Opinión

Fukushima. A río revuelto. Por Emilio Campmany

La insólita fuerza que los Verdes han tenido siempre en Alemania ha hecho que este país dependa energéticamente del gas ruso. Que tal situación se prolongue conviene desde luego a Rusia, que puede de este modo influir en la política germana.

La crisis de la central de Fukushima Daiichi ha desencadenado huracanes de antinuclearismo. En Alemania, los Verdes se han propuesto utilizar la tragedia para lograr la victoria en las próximas elecciones regionales del día 27 en Baden-Württemberg. Como el gallardoneo no es privativo de estos lares, los cristianodemócratas alemanes, con el comisario Oettinger a la cabeza, se han apresurado a hacerse más antinucleares que nadie a ver si consiguen retener parte de los votos que puedan perder por su izquierda sin preocuparse de que eso pueda implicar traicionar a los que les quieran seguir siendo fieles. Pero lo mejor es lo de Francia.

Sarkozy ha cogido la pala y al grito de "más madera" se ha puesto a alimentar el histerismo que campa por Europa. Ha dicho que la situación de alarma allí es de grado 6 en una escala del 1 al 7 y ha aconsejado a sus compatriotas que salgan del Japón lo antes posible. No será, digo yo, para que vuelvan a su patria, pues Francia es el país de Europa donde más centrales nucleares hay. Mientras, sin ruborizarse, alaba la política nuclear francesa frente a los pocos verdes que allí se atreven a solicitar un desmantelamiento de las centrales.


Si en el caso de los gobernantes alemanes estamos frente a un populismo barato, en el caso de los franceses estamos ante la más cruda realpolitik. Francia, como casi todos los países europeos, carece de recursos fósiles suficientes para satisfacer sus necesidades energéticas. Sin embargo, sus 59 centrales nucleares le dan un grado de independencia que los demás no disfrutan. Únicamente los británicos, gracias al petróleo del Mar del Norte y a sus 19 centrales, gozan de una situación mejor.

La insólita fuerza que los Verdes han tenido siempre en Alemania ha hecho que este país dependa energéticamente del gas ruso. Que tal situación se prolongue conviene desde luego a Rusia, que puede de este modo influir en la política germana. Pero interesa igualmente a Francia, porque ser más independiente, energéticamente hablando, que Alemania le da una oportunidad de igualar el mayor poderío económico de su eterna enemiga. Total, que las cosas han vuelto adonde estuvieron antes de la Primera Guerra Mundial, con Rusia y Francia aliándose para controlar a los peligrosos teutones.

Que esto es así lo demuestra, primero, el que el ex canciller alemán Gerhard Shröder fuera, inmediatamente después de dejar el cargo, contratado por la empresa Gazprom, la empresa pública que gestiona el gas ruso. Y segundo, el que Francia se oponga vehementemente a que el gas argelino que España adquiere pase por su territorio con destino a Alemania, lo que aliviaría su dependencia del ruso.

No digo que unos (los franceses) y otros (los rusos) estén alimentando, ni mucho menos financiando, el alarmismo que hoy cunde en Europa ante el peligro de que la crisis de Fukushima desemboque en una catástrofe nuclear. Simplemente digo que unos y otros tienen considerable interés en que sea precisamente eso lo que ocurra.

Lo más notable es que el pueblo francés es el más indulgente con sus Gobiernos cuando persiguen con crudeza el interés nacional y por eso allí los Verdes, a pesar de haber sido el presidente de su república el gobernante que más ha hecho sonar las alarmas, apenas han logrado llamar la atención de la opinión pública francesa. Y aquí, jugando con los molinillos.


Libertad Digital - Opinión

La Europa patética. Por Hermann Tertsch

La reacción europea a las dos crisis en el planeta, Japón y Libia, quedará como página indecorosa y materia de estudios.

CUANDO a los europeos se les pase el arrebato histérico de lloriqueos por la «apocalipsis nuclear» —en realidad triste llanto de autocompasión y miedo—, quizás los valientes libios que llevan un mes jugándose la vida todos los días por su libertad y la caída del payaso sanguinario de Muammar el Gadafi hayan abierto un nuevo capítulo en su historia. Y hayan evitado morir en masa en una orgía de represalia brutal que les había prometido el sátrapa para el día después de su victoria militar, que en los últimos días parecía segura. Desde luego, mucho más segura que esa «hecatombe» en Japón que llevan dando por inevitable —cuando no por consumada— tantos titulares de medios europeos. Sólo se ven superados en su desasistida angustia irresponsable por una tropa de políticos europeos directamente patéticos. En descargo de ambos, medios y políticos, sólo cabe decir que son probablemente fiel reflejo de las sociedades que hemos creado en estas democracias del bienestar y el capricho, de estos individuos desorientados y sin historia, que sólo saben exigir derechos y seguridad y sienten pánico en cuanto creen en peligro los unos o la otra. Porque no se sienten ni competentes ni con coraje suficiente para defenderlos. Pero ni el mundo ni la historia se dejan llevar por los caprichos de los más débiles, por lo que la reacción europea a las dos crisis en el planeta, Japón y Libia, quedarán como página indecorosa y materia de estudios para psicosociales o psicopolíticos. Si genera vergüenza e indignación en algunos europeos, podremos pensar que no todo está perdido. Pero cuesta trabajo tener esperanza ante la falta de sobriedad y entereza, de coraje y generosidad que se ha demostrado. Pero volvamos a Libia y a la nueva esperanza que se abre para que la pesadilla de un retorno de Gadafi al pleno poder en Libia desaparezca para siempre.

Ha sido de nuevo EE.UU. quien ha llegado a la conclusión de que la Comunidad Internacional no puede permitirse asistir a una matanza de dimensiones incalculables en las costas mediterráneas. Y ha abierto las puertas a una intervención en Libia que podría ser inmediata. Y Washington lo ha hecho en coordinación ante todo con la Liga Árabe. La colaboración de ésta se consideraba fundamental y se ha logrado. Pese a las enormes dificultades que por supuesto conlleva dicha operación. Europa ha quedado en evidencia en toda su impotencia e incapacidad de adoptar una posición común. Un permiso del Consejo de Seguridad para imponer la prohibición de vuelo en Libia, reforzada por medidas que permiten atacar a fuerzas sobre el terreno que amenacen a población civil —es decir, todo el aparato militar de Gadafi—, supone un veto de facto a la reconquista del país por parte de Gadafi. Y es una condena a muerte para el régimen. Urge revertir la suerte militar. Después se afrontarán las muchas amenazas que surgen en este terremoto democrático en los países árabes. Uno es el apoyo de Siria y Argelia a Gadafi, que con toda razón veían en el aplastamiento de la rebelión libia una eficaz disuasión para sus propios pueblos, que sin duda quieren emular al libio. Otro es la intervención saudí en Bahréin que los reyes del Golfo presentan como freno a una supuesta intervención iraní. De un Teherán que teme con razón que este seísmo deposite también su dictadura teocrática en el basurero de la historia. Se mueven muchas piezas a la vez en este tablero. Velozmente. Con el ímpetu imparable de unas generaciones que han desterrado definitivamente de sus vidas la resignación y al miedo, los pilares de todas las satrapías. Y mientras, los europeos llorando por las esquinas.

ABC - Opinión

Andalucía. El Guadalquivir y otras batallas fluviales. Por Cristina Losada

En Andalucía ha estallado una crisis política tremenda tras verse desposeído su Gobierno de esas preciadas aguas territoriales. Ya vemos a sus políticos en pose victimista: ¡nos lo han quitado! Pues pónganle puertas al río, como se las ponen al campo.

Hay quien sostiene que el nacionalismo recubre aquí localismos ancestrales y que su desembocadura natural es el cantón, un fenómeno que brindó a la posteridad escenas violentas e hilarantes. Así, la guerra entre dos potencias extranjeras como Cartagena y Alicante, y las graves advertencias de la nación independiente de Jumilla a su peligrosa vecina, la murciana. Pero, bien mirado, no son muchas las diferencias esenciales entre aquella eclosión decimonónica de particularismos y vendettas provincianas y las pueriles batallas que hoy libran las autonomías con el Estado central y entre ellas. La lucha por la propiedad de los ríos, que tienen la mala costumbre de no conocer fronteras, ha sido la faceta más ridícula de esa rivalidad de todos contra todos desatada por intereses espurios..

El Constitucional acaba de liquidar las ambiciones fluviales que Andalucía y Castilla y León habían plasmado en leyes orgánicas en relación al Guadalquivir y al Duero, y en detrimento tanto del bien común como del menos común de los sentidos. Se habían hecho con competencias exclusivas sobre el líquido elemento, que es además un elemento escaso en gran parte de España, y el alto tribunal entiende que tales atribuciones son inconstitucionales. En realidad, lo podía entender cualquiera, esto es, cualquiera que no se rindiera a la cateta demagogia, que presenta esa apropiación indebida como una cuestión de orgullo y honor regionales. ¡El Guadalquivir es nuestro y solo nuestro! Curioso que en un país donde muchos creen, y no sólo aquella ministra, que el dinero público no es de nadie, se tenga tan claro que el dueño de los ríos es una comunidad autónoma. Pero así es, y en Andalucía ha estallado una crisis política tremenda tras verse desposeído su Gobierno de esas preciadas aguas territoriales. Ya vemos a sus políticos en pose victimista: ¡nos lo han quitado! Pues pónganle puertas al río, como se las ponen al campo.

No querían compartir los ríos, pero el delirio fluvial ha sido compartido. Las piezas inconstitucionales se aprobaron con la notoria aquiescencia de los dos grandes partidos y las Cortes les dieron su placet tan tranquilas, a ver si colaba la burla a la ley y a los intereses generales. Nada como esta pugna acuática revela la cara grotesca de los Estatutos de segunda generación que propulsó Zapatero y bendijo Rajoy allí donde convenía a los suyos. Y nada muestra más gráficamente hasta qué punto se ha extendido la miseria moral que era patrimonio del nacionalismo. Qué ríos, qué espectáculo.


Libertad Digital - Opinión

De capa caída. Por M. Martín Ferrand

En la trastienda socialista, donde ya ven escasear la harina, comienza a brotar la mohína.

EN Marruecos le dicen baraka a lo que los castizos madrileños llamaban potra; pero, si bien se mira, la buena suerte no existe como tal, como un designio con el que los dioses distinguen a sus paniaguados. La suerte, decía Winston Churchill, es el cuidado de los detalles. Ese, evidentemente, no es el caso de José Luis Rodríguez Zapatero, inventor de pasados y rencores. La fortuna del líder socialista, lo que le mantiene en pie, vivito y coleando en La Moncloa, es un combinado entre la falta de responsabilidad de sus conmilitones y el ruido que generan, sin cesar, los acontecimientos exteriores. En este momento de la Historia, de no ser por el pánico que emana Fukushima y el inquietante alboroto de Muhamar el Gadafi, el presidente del Gobierno tendría un ex como una casa delante de su cargo. Añádasele al caso la eficaz colaboración del PP que, sin atreverse a una moción de censura, protege sin quererlo al de León.

La mejor demostración de que Zapatero va de capa caída nos la brindan quienes podrían sucederle en la Secretaría General del PSOE. En La Moncloa lo hará quien resulte elegido, con la mayoría suficiente, en las legislativas del año que viene. Un hombre como él, capaz de inventar la Historia y revivir la saña fratricida de la Guerra Civil, ¿cómo no va a tener capacidad y desparpajo para interpretar los males del presente como responsabilidad ajena? Va de capa caída, pero está dispuesto a arremangársela y seguir andando atribuyéndole a los demás, incluso al empedrado, lo que nace en sus complejos, indecisiones y compañías de Gobierno.

En la trastienda socialista, donde ya ven escasear la harina, comienza a brotar la mohína. Saben que, en las elecciones de mayo, si salvan Extremadura, Castilla-La Mancha y dos o tres de los grandes Ayuntamientos salvan la cara. Las maniobras para la sucesión del líder, que existen, tienen más componentes exógenos que internos. Ayer, por ejemplo, un diario como El Mundo, experto en aventar líderes sin futuro, tituló en primera página: «Afines a Chacón buscan apoyos para promover su candidatura». Bajo tan singular y llamativo grito no se citaba el nombre de ningún afín. Es el arranque de la carrera de los deseos que, como suele suceder, desbaratará la realidad implacable; pero mal están las cosas del PSOE si, de verdad, Carme Chacón, tan liviana, tiene posibilidades... y afines. Afortunadamente para ella y sus eventuales competidores en el relevo del líder caducado, las tensiones que sacuden el mundo, con minúscula, tienen un efecto de distracción y alarma que no invitan a la contemplación de lo próximo y, por sus protagonistas, pedestre.


ABC - Opinión

Dinero de los trabajadores

La gestión del escándalo de los ERE de Andalucía recuerda a los viejos casos de corrupción del felipismo. En aquellos tiempos, primero se negaron, después se intentaron controlar y, por último, estallaron y se llevaron por delante el crédito y la imagen de un partido que llegó al poder con el eslogan «Cien años de honradez». Los viejos «tics» se repiten hoy y, lo que es más sintomático, algunos protagonistas, también. Manuel Chaves y José Antonio Griñán llevan semanas achicando el agua con una versión con tantos agujeros que resulta inverosímil. El caudal probatorio es de tal magnitud que sólo demoran lo inevitable. Documentos y testimonios prueban que la Junta hizo posible una trama de ERE con irregularidades en empresas de Andalucía, con la presencia de beneficiarios que nunca habían trabajado en la compañía o que desempeñaron cargos distintos a los que figuraban sobre el papel. Una red que dispuso de 647 millones de euros, que el propio ex director general de Empleo de la Junta calificó de «fondo de reptiles». Ello fue posible porque Chaves y Griñán eligieron mecanismos al margen del Derecho administrativo y de los procedimientos presupuestarios para camuflar la presencia de ese dinero. Es poco creíble, como sostiene la defensa, que ambos dirigentes desconocieran los reiterados informes de la Intervención General que señalaban desde 2005 que el medio elegido para transferir esas partidas para los ERE a distintos entes instrumentales de la Junta no era regular.

Según Griñán, él no se enteró de nada, porque la Intervención no le elevó dato alguno cuando era consejero de Economía y Hacienda. Pero ayer su testimonio fue de nuevo rebatido con un documento oficial de 2006, que prueba que la Intervención ordenó el traslado de informe definitivo a Griñán en el que se acreditaba que se estaban tramitando subvenciones excepcionales al margen del procedimiento administrativo establecido. Evidentemente, Chaves y Griñán consintieron y no evitaron el monumental fraude que se cometió con el dinero de los trabajadores. Y es éste un elemento moral no baladí, que mide la integridad de los implicados y que los incapacita para ejercer cualquier responsabilidad pública. Hoy, la Junta reconoce casi un centenar y medio de casos irregulares. Muchos de ellos afectan a socialistas y sindicalistas de UGT. Uno muy singular es el del ex consejero de empleo de la Junta, Antonio Fernández, que pasó de números rojos a un patrimonio suculento el mes en que se le concedió el ERE. La Justicia será la que dirima qué clase de delitos y quién los ha cometido, pero existe una responsabilidad política incuestionable. Primero de Chaves, porque la trama comenzó bajo su mandato y porque parece imposible que un presidente no se entere del destino de 647 millones provenientes de sus presupuestos. Y segundo de Griñán, consejero de Economía cuando la Intervención advirtió por pasiva y por activa de lo que sucedía. Y todo ello con la sospecha de que la trama era un instrumento para la financiación ilegal del PSOE. El tiempo y las pruebas corren en contra de Chaves y Griñán, pese a la sospechosa falta de diligencia de la Fiscalía.

La Razón - Editorial

Occidente se acuerda demasiado tarde de Gadafi

Ante una rebelión interna como la que tumbó los régimenes de Ben Alí o Mubarak, la lección está clara: emular a Gadafi y masacrar sin piedad a los opositores entre la cínica charlatanería de las democracias occidentales.

Aunque las tropas de Gadafi todavía no hayan logrado aplastar por completo las revueltas que desde Túnez y Egipto se extendieron al resto de los países árabes, lo cierto es que tras los últimos días los acontecimientos han dado un importante giro que vuelve cada vez más probable la victoria del régimen.

Si hace unas semanas parecía que eran los rebeldes quienes estaban sitiando Trípoli, ahora es Gadafi quien se encuentra a las puertas de su bastión. La superioridad militar del ejército libio, especialmente en el ámbito aéreo, ha permitido masacrar a unas fuerzas opositoras heterogéneas, desorganizadas y más voluntariosas que disciplinadas.

Los regímenes occidentales han estado durante semanas mareando la perdiz, hablando de sanciones e incluso intervenciones contra la dictadura de Gadafi sin llegar a ningún acuerdo concreto. Bajo el pretexto de la búsqueda de una multilateralidad castrada por los intereses económicos de Rusia y China en Libia, los días han ido pasando sin que los rebeldes recibieran ningún tipo de ayuda o apoyo con la que contrarrestar el empuje de sus enemigos.


Las únicas medidas que hasta el momento se habían adoptado, como la congelación de las cuentas del autócrata libio y de sus hijos, apenas tenían influencia alguna a la hora de inclinar la balanza en la contienda. En este sentido, la zona de exclusión aérea que a última hora ha decidido crear la ONU debería haberse instaurado desde que los aviones del tirano comenzaron a disparar a la población y a los insurgentes. En estos momentos puede llegar ya demasiado tarde.

En definitiva, como siempre Occidente ha vuelto a hacer gala de muchas buenas palabras combinadas con una nula resolución para detener la carnicería libia; a diferencia de lo acaecido con respecto a Japón, donde el alarmismo antinuclear sí ha logrado movilizar a todos los Gobiernos para de alguna forma obstaculizar el desarrollo de esta esencial fuente energética, en Libia se han quedado de brazos cruzados. Los dictadores de la zona, pues, pueden quedarse bien tranquilos. Ante una rebelión interna como la que tumbó los régimenes de Ben Alí o Mubarak, la lección está clara: emular a Gadafi y masacrar sin piedad a los opositores entre la cínica charlatanería de las democracias occidentales.


Libertad Digital - Editorial

Entre la tragedia y el «apocalipsis»

Para una gran parte del mundo, ni siquiera las dimensiones descomunales del terremoto preocupan más que un accidente nuclear.

UN somero repaso del contenido de la mayoría de las informaciones que se ocupan estos días de la situación en Japón revela la paradoja de que se esté prestando infinitamente más atención a lo que puede suceder en la central nuclear de Fukushima que al drama cierto y concreto de la devastación causada por el «tsunami» y sus más de 6.000 muertos y 10.000 desaparecidos. Se diría que para una gran parte de la sociedad, ni siquiera las dimensiones descomunales del mayor terremoto de la historia contemporánea son capaces de superponerse a la preocupación creada por la posibilidad de un accidente nuclear. La angustia, que es un estado de miedo en el que el pensamiento no cesa de regodearse con la misma idea que lo provoca, es el término que mejor define el enfoque que prevalece en lo que se refiere al riesgo de un accidente nuclear. Ninguna cantidad de información puede ser suficiente para calmarla, precisamente porque está causada no por lo que ya se sabe, sino por lo que tememos ignorar.

Aunque la OIEA insiste en explicar que afortunadamente la situación no ha empeorado, lo cual es el mejor síntoma en este caso, decenas de gobiernos extranjeros están evacuando a sus nacionales, transmitiendo la idea de que la situación es mucho peor de lo que se dice. Sabiendo que el diseño de los reactores de Fukushima —que han resistido el terremoto— evitaría que en el peor de los casos se produjese una catástrofe como la de Chernobil, algunos responsables europeos prefieren frivolizar con escenarios apocalípticos.

La verdad es que la energía nuclear está presente en la vida cotidiana desde hace bastante más de medio siglo y en todo este tiempo ha dado a la humanidad muchos más beneficios que inconvenientes. Se ha utilizado como medio de destrucción —como muchas otras invenciones—, y en el caso de los cientos de centrales nucleares que funcionan sin incidentes hay problemas, como el de los residuos, que esperan todavía una solución satisfactoria. Nada de ello debería impedir un debate sereno y realista sobre la energía nuclear, como tampoco la catástrofe de Bhopal (que mató en 1984 a unas 20.000 personas y afectó gravemente a medio millón) ha impedido que la industria química se desarrolle y aumente sus niveles de seguridad sin necesidad de discusiones milenaristas.


ABC - Editorial

jueves, 17 de marzo de 2011

Alarmismo mediático. Algunas verdades sobre la energía nuclear. Por Emilio J. González

Todos quisiéramos que las cosas fueran perfectas desde un primer momento y que todo estuviera previsto, pero, por desgracia, la vida es así y avanzamos, corregimos errores y perfeccionamos las cosas cuando se producen fallos que nadie había previsto.

A raíz de los acontecimientos que se están produciendo en la central nuclear de Fukushima, y en medio de la demagogia habitual de políticos y medios de comunicación, hay quien quiere reabrir el debate sobre el átomo, por supuesto para acabar con este tipo de energía por razones cuando menos dudosas. Desde luego, ni yo voy a negar que lo que está sucediendo con la central japonesa es un asunto grave, ni mucho menos que es posible que las cosas todavía puedan ponerse aún peor. Pero también creo que un debate tan importante como el de la energía nuclear debe abordarse de forma fría, desapasionada y racional. Por ello creo conveniente poner algunas cosas negro sobre blanco al respecto.

De entrada, esto no es Chernobil, por mucho que algunos se empeñen en extraer paralelismos de donde no los hay, por dos sencillas razones. Primero, porque la central nuclear ucraniana estalló a causa de que los militares soviéticos se dedicaron a producir plutonio en ella con fines militares, mientras, por otra parte, desde Moscú se financiaba a los grupos pacifistas y ecologistas europeos con el fin de detener el progreso tecnológico en la que, por entonces, era la mitad libre y democrática del Viejo Continente. Segundo, porque la central de Fukushima ha demostrado una capacidad de resistencia asombrosa frente a un terremoto cuya intensidad se sitúa en el segundo nivel de los diez de que costa la escala Ritcher.


El problema ha sido que el tsunami que siguió a continuación dejó inoperativo el sistema de refrigeración, pero no afectó al sarcófago donde se encuentra el núcleo de la central. Evidentemente, ha sido un fallo, pero es un fallo que se puede corregir para incrementar aún más la seguridad de las centrales nucleares. No hay que olvidar que el progreso humano, nos guste o no, se ha construido y se construye mediante la detección de esos errores. Si hoy volar en avión es seguro es porque antes hubo accidentes que nos enseñaron cosas como que había que instalar radares de tierra en los aeropuertos, etc., y por ello nadie ha puesto en cuestión la aviación comercial.

Todos quisiéramos que las cosas fueran perfectas desde un primer momento y que todo estuviera previsto, pero, por desgracia, la vida es así y avanzamos, corregimos errores y perfeccionamos las cosas cuando se producen fallos que nadie había previsto. Quien no acepte esto, está rechazando ese progreso que está permitiendo que miles de millones de personas en este plantea vivan cada vez más y mejor. Y si el problema es el número de personas que pueden fallecer si, esperemos que no ocurra, sucede lo peor en la central de Fukushima, por la misma razón tendrían que prohibirse los coches, ya que las carreteras se cobran miles de víctimas cada año. Pero a nadie en su sano juicio se le ocurre proponer semejante cosa, ni los españoles, sabiendo cuáles son los peligros de la conducción, optan por dejar su coche en casa y viajar en transporte público. ¿Por qué, entonces, la energía nuclear va a ser diferente cuando, además, es mucho más vital para la sociedad que el automóvil?

Segunda cuestión: Europa necesita la energía nuclear para poder vivir. Esta lección la aprendieron los europeos hace ya bastante tiempo, concretamente en 1956, cuando Egipto decidió cerrar el canal de Suez, creando serios problemas de abastecimiento de petróleo al Viejo Continente. Los europeos reaccionaron de inmediato y, después de la fallida intervención militar conjunta de Francia y el Reino Unido para recuperar el control del canal, decidieron crear la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom), con el fin de promover conjuntamente el átomo para usos pacíficos. Por razones estratégicas, Europa no tiene más alternativa energética que el átomo. Es cierto que tenemos carbón, pero este combustible fósil es altamente contaminante y provoca igualmente muertes por enfermedades entre quienes respiran la contaminación que emite su combustión para producir electricidad. Pero estas muertes son silenciosas y no se producen de una sola vez, sino de forma paulatina, con lo que no da lugar a los grandes titulares que desencadena un accidente nuclear. Además, la electricidad proporciona unas condiciones de vida, en todos los sentidos, que nos permiten vivir más y mejor. Esto también hay que incorporarlo al debate porque, hoy por hoy, las renovables no tienen la menor capacidad para sustituir ni al átomo, ni al carbón, ni al gas, ni al fuel a la hora de producir energía eléctrica.

Por último está la cuestión económica. Las estrategias modernas en materia de energía se basan en tres pilares: garantía de abastecimiento, precios que no estrangulen el crecimiento económico y respeto al medio ambiente. Hoy por hoy, con una demanda de petróleo cuya tendencia a medio y largo plazo es a seguir creciendo, no cabe esperar más que el progresivo encarecimiento del crudo y, con él, del gas natural. Frente a ello está la energía nuclear, la única fuente de energía que cumple con esos tres criterios, a pesar de que, como es obvio, existe el riesgo, muy pequeño pero real, de que pueda producirse un accidente. Si queremos conservar nuestra calidad de vida, no tenemos más remedio que seguir apostando por ella.


Libertad Digital - Opinión

El otro tsunami. Por Fernando Fernández

La respuesta racional al tsunami nuclear es trabajar para hacer las centrales más seguras, sabiendo que nunca lo serán del todo.

ESCRIBIR cuando la información es limitada y los acontecimientos se precipitan es un riesgo impropio de un profesor que se precie, pero la actualidad manda. Y la actualidad está hoy vinculada a la temperatura de los reactores japoneses. El debate nuclear está encima de la mesa y será muy difícil que vuelva a ser racional, aunque merece la pena intentarlo. Calificar lo ocurrido como el apocalipsis es un exceso verbal impropio de un político responsable que nos pasará factura como europeos. Ya saben lo que pueden esperar nuestro aliados, a la primera dificultad hacemos las maletas, suspendemos los vuelos y contamos votos. Con esta política miope, Europa camina irreversiblemente a la marginalidad. Esto es cobardía y no lo que denuncia el diputado Eguiguren.

La percepción pública de la energía nuclear ha cambiado. Es absurdo negarlo. Hoy somos todos más conscientes del riesgo. No ha ocurrido un fallo técnico, sino una catástrofe natural de magnitud imprevisible. El mayor terremoto en cuatrocientos años. Pero las consecuencias pueden ser catastróficas. De haberse producido en otra zona del mundo probablemente estaríamos hablando de certezas y no de escenarios. La energía nuclear tiene riesgos que los economistas llamamos de cola de la distribución; acontecimientos de escasísima probabilidad pero con un coste elevadísimo. De alguna manera, permítanme la deformación, como las crisis financieras.


Y no hemos cerrado los bancos ni vuelto a la economía de trueque. Es más, nos hemos enorgullecido de haber evitado el proteccionismo, el mismo que ahora practicamos absurdamente frente al riesgo nuclear. Se habla más de aislar a Japón que de ayudarle de manera eficaz. Como si cerrando ese país, pudiéramos borrar de la memoria las imágenes escalofriantes y volver a nuestros menesteres como si nada hubiera pasado. La tragedia humanitaria, cientos de miles de habitantes desplazados sin hogar ni medios de subsistencia, ha pasado a un segundo plano ante la pesadilla de contaminación. El milenarismo sigue muy vivo en el imaginario colectivo y está ocupado en régimen de propiedad por la energía nuclear. Es irracional, pero muy real. Y la política es percepción, la misma que preocupa tanto a los socialistas porque el fin de su régimen se considera inevitable.

El riesgo cero no existe. No hay nada gratis y por eso hay que plantear alternativas racionales. Tratemos de construir un escenario sin energía nuclear. La gran depresión del 29 sería una broma. Hay en el mundo capacidad para aumentar la producción de petróleo en unos 10 millones de barriles al día. Para ponerlos en explotación se estima que el precio tendría que llegar a 200 dólares. Aún así no serían ni remotamente suficientes para compensar la pérdida de la nuclear. Pero traería consigo una subida de la inflación y consiguientemente de los tipos de interés que ahogaría el sistema financiero. La pérdida en nuestro nivel de vida sería dramática y duradera. Puestos a hacer demagogia, las condiciones de salud mundial se deteriorarían de manera al menos equiparable a las de una catástrofe nuclear localizada. El mundo sería un lugar menos seguro. Por eso la respuesta racional al tsunami nuclear es trabajar para hacer las centrales más seguras, sabiendo que nunca lo serán del todo, en mejorar los protocolos de actuación ante las emergencias reforzando la cooperación internacional, invertir en fuentes alternativas y eficiencia energética. Pero sabiendo que no hay alternativa, ni la habrá a corto plazo. Esto es real, lo demás es ciencia ficción o el planeta de los simios.


ABC - Opinión

Fukushima. Apocalipsis político. Por Cristina Losada

Pánico da pensar que esas serían las pautas de conducta de la UE y los gobiernos si hubiera, alguna vez, un accidente nuclear aquí, en suelo europeo.

La catástrofe en Japón ha hecho emerger la catástrofe política europea. Ciertas instituciones, determinados gobiernos y no pocos ministros descuellan en el concurso por atizar más y mejor el pánico de un público susceptible, rivalizando incluso con la entregada prensa. El alemán Günther Oettinger, comisario europeo de Energía, consideró adecuado anexar el término "apocalíptico" al accidente nuclear en Japón, al tiempo que lo declaraba "fuera de control" e instaba a revisar la buena opinión reinante sobre la competencia técnica de los japoneses. El hombre consiguió copar los titulares, pues sirvió tanto a la holgazanería como al alarmismo, y le debe haber cogido el gusto: vuelve a vaticinar catástrofes e insiste en que los nipones no tienen la menor idea de cómo resolver la crisis. A estas horas, sin embargo, no se tiene la menor idea de la información privilegiada de que Oettinger dispone para emitir esos juicios.

Sí sabemos, en cambio, que Herr Oettinger figura como comisario, no por su expertise en materia energética, sino por haber presidido el declive electoral de su partido, la CDU, en un Land del suroeste. Merkel se quitó de en medio al inútil por el procedimiento de endosarlo a la Comisión. Si el cesto europeo se trenza con esos mimbres de desecho, qué grandes días le esperan a la UE. Como estos mismos. Del lado francés, el otro gigante, también se esmeran en sembrar dudas sobre la capacidad japonesa y profetizan un desastre con "un impacto superior a Chernóbil". Para agregar alarma, y que no falte, se insinúa que las autoridades japonesas ocultan la realidad dado que en su información se detectan "incoherencias". ¡Incoherencias! Con parte del país devastado, miles de desaparecidos, cientos de miles de refugiados, escasez de energía y alimentos, cómo no va a haber incoherencias. Tan alto grado de exigencia en las condiciones en que está Japón, y cuando la población amenazada por la radioactividad es la japonesa, no la europea, revela una arrogante insensibilidad y un vacío de valores pavoroso.

Tales reacciones no sólo incrementan la desconfianza en la energía nuclear, que sería lo de menos, sino la desconfianza a secas. Pues, ¿a quién creer? ¿Al partido de Merkel, con intereses electorales que aconsejan una súbita ruptura con el átomo? ¿A Alemania y a Francia, que participan en dos empresas eléctricas competidoras de la japonesa que gestiona la central de Fukushima? Pánico da pensar que esas serían las pautas de conducta de la UE y los gobiernos si hubiera, alguna vez, un accidente nuclear aquí, en suelo europeo.


Libertad Digital - Opinión