sábado, 9 de enero de 2010

Ni hemos salido de la crisis, ni es insólito hablar del paro


Habituado como está al coro de halagos que le dedican los medios adictos a la Moncloa, que en España son la práctica totalidad, no tolera que alguien le chafe su campaña electoral permanente.

La economía española agoniza y de buena parte de esa agonía el responsable directo es el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. No supo verla venir, la negó durante meses y, cuando aceptó a regañadientes su existencia, emprendió las medidas equivocadas que no han hecho sino agravar el estado del enfermo. Estas son las credenciales que Zapatero, convertido ahora por el azar en menguado presidente de turno de la Unión Europea, puede ofrecer a la opinión pública.


No hay un solo dato que invite a pensar que, en el corto, medio e incluso largo plazo la economía nacional vaya a recuperarse. Más bien todo lo contrario. El paro alcanza máximos históricos, la inversión privada, la única que puede reactivar la economía, está bajo mínimos y no da señal alguna de avivarse durante este año. En esto ha tenido mucho que ver el propio Zapatero, padrino de la última subida de impuestos y responsable de que el gasto público esté desbocado, hipotecando con él toda esperanza de pronta recuperación. En definitiva, no hemos salido de la crisis y no vamos a salir, en el mejor de los casos, en los próximos dos años.

Zapatero, pues, miente ahora y lleva mintiendo desvergonzadamente –él y todo su gabinete­– desde antes de las elecciones de marzo de 2008. Busca desesperadamente un titular que le permita sobrevivir un día más agarrándose a la ilusión de que, la verdad, es la que los políticos construyen en las portadas de los periódicos. Evidentemente no es así. Por encima de los deseos de un Gobierno de ingenieros sociales que cree que todo es posible mediante la regulación estatal, está la realidad, siempre tozuda y siempre insobornable.

Con estos mimbres el presidente del Gobierno aún se ofende que pongan en duda su capacidad para presidir la Unión Europea llenándose la boca de propaganda demagógica y triunfalista. Y no sólo carece de capacidad –extremo ampliamente demostrado en su gestión de la crisis doméstica–, tampoco tiene autoridad para presumir de nada con su currículo de auténtica calamidad en materia económica.

Habituado como está al coro de halagos que le dedican los medios adictos a la Moncloa, que en España son la práctica totalidad, no tolera que alguien le chafe su campaña electoral permanente. En Europa, sin embargo, las sonrisas, las vaguedades y el humo no son bien recibidos y surge lo que no tiene en casa: el escepticismo y la crítica. Para esto, ni él ni su Gobierno están preparados, por lo que, en los próximos meses, Zapatero bien podría convertirse en el hombre del gesto torcido. El único, en rigor, que cabe dentro del desastre que ha provocado y que cuidadosamente mantiene haciendo exactamente lo contrario de lo que debería hacer.


Libertad Digital - Editorial

Lágrimas de cocodrilo. Por Ignacio Camacho

ES una lástima que los políticos de amplio recorrido, como Alfonso Guerra, estén presos de su biografía, porque cuando tienen razón en un análisis suelen entrar en contradicción con su trayectoria de pasadas sinrazones. Este Guerra sensato y ponderado que acusa a los dirigentes catalanes de vivir en la estratosfera y de discutir una sentencia que aún no se ha producido es el mismo que como presidente de la Comisión Constitucional se tapó la nariz ante un Estatuto que repudiaba, y el que cuando gobernaba con poderes de valido propuso, ay, asesinar a Montesquieu sometiendo el espíritu de las leyes al soplo de la política. Con la mala fortuna de que en aquel entonces su palabra era de obligado cumplimiento y la separación de poderes quedó indefectiblemente averiada por mecanismos de sumisión diseñados en su propio despacho. Le faltan remordimientos a esta lucidez intelectual del Guerra contemporáneo que tiene la sabiduría senatorial del tribuno veterano curtido en el escepticismo de la perspectiva, pero sin cuya pretérita arrogancia de poderoso no habría hoy epígono capaz de desafiar al sistema judicial con la presión preventiva de quien se cree investido de legitimidad para sentirse dueño del arbitraje.

De aquella petulante maniobra para someter a los jueces al juego de las mayorías proviene esta fatal inclinación a arrogarse la potestad de influir en el criterio de las sentencias; de aquel avasallador blitzkrieg político sobre la independencia de la magistratura se deriva esta peligrosa costumbre intimidatoria que hoy pone al propio Guerra contra el espejo de su antigua doctrina. Otra cosa es que acaso en los tiempos de la dominancia felipista no habrían pasado de presidir una diputación estos montillas que ahora se consideran capacitados para encarnar presuntos liderazgos nacionales desde los que proyectarse en la Historia. Poco le habría durado al vicetodo -poco le duraron, de hecho, los que le tocaron en suerte- un rebelde virreinal encaramado sobre privilegios territoriales; en este jacobinismo de hierro no hay reproches que formular a los antiguos gerifaltes gonzalistas, salvo el de mostrarse en exceso contemplativos con el adanismo de unos herederos dispuestos a demoler lo más sólido de su obra.

Porque quizá ése sea el aspecto más triste de estas razonables críticas de hogaño: su fondo de puñaladitas de pícaro, de lágrimas de cocodrilo, de consuelo verbal inútil y algo tardío de la desolación por una frívola deriva ante la que ya no sólo no tienen influencia de mentores con autoridad moral, sino ni siquiera fuerzas o interés para moderar más allá de un leve desahogo. Este distanciamiento descreído y mordaz no es más que una débil esgrima de salón para aplacar la desazón ante la cosquilla nostálgica de una cierta impotencia; la de comprobar que un tiempo que no es mejor no sólo los alcanza sino que los desborda.


ABC - Opinión

viernes, 8 de enero de 2010

España torpe, pero una. Por M. Martín Ferrand

ES muy discutible, contra lo que afirma la ministra de Defensa, que «la condición de ciudadano no pueda detenerse a las puertas de los cuarteles». Por razones generacionales, Carme Chacón debe de haber visto Barrio Sésamo y, sólo por ello, estar en condiciones de distinguir entre «alto» y «bajo», «ancho» y «estrecho» e, incluso, entre «civil» y «militar». La grandeza de la profesión castrense se sustenta, precisamente, en la renuncia que exige a sus miembros para mejor defender los derechos civiles de los demás. Del mismo modo que no se puede conciliar el grado de coronel con la condición de alcalde, tampoco es posible, ni deseable, que un sargento ejerza como enlace sindical. Son territorios diferentes y la situación laboral de los militares exige un tratamiento distinto, adaptado a la funcionalidad y responsabilidad de su función, del que resulta válido para los trabajadores civiles. El progresismo entendido como formulación demagógica es lo que debe detenerse a las puertas de los cuarteles.

En lo que sí acierta Chacón es al afirmar que «no puede haber unas Fuerzas Armadas a la medida de cada Gobierno». Aquí, sin grandes diferencias entre los distintos colores políticos, cada Gobierno ha querido implantar «su» Educación, «su» Justicia, «su» Sanidad, «su» Política Exterior y, naturalmente, «su» Defensa. El resultado es espasmódico y, perfeccionado por las variables que aportan las distintas Autonomías, surge un puzle en el que no ajustan las piezas ni es único el dibujo que trata de componerse. La idea del Estado como prioridad y la Nación como prevalencia parece repugnar al caciquismo anacrónico a que nos ha llevado el desmedido desarrollo del Título VIII de la Constitución en el que ya pueden vislumbrarse diecisiete bilateralidades distintas entre España y cada una de sus Autonomías. Un disparate previsible, aunque no previsto, en el que se fundamentan las principales tensiones internas que padecemos. Si se le añade al caso una política socioeconómica disparatada, de inspiración sindical y obediencia gubernamental, tendremos el marco de un cuadro terrorífico. «Una torpe España», como dicen los colegas del Financial Times. En los grandes diseños de futuro, desde la Educación a la Defensa, es exigible el acuerdo previo de, al menos, los dos grandes partidos que todavía se dicen nacionales, aunque no lo sean tanto en sus prácticas periféricas.

ABC - Opinión

Cuando la culpa la tiene el denunciante. Por Guillermo Dupuy

Culpar al PP del hecho de que las medidas del Gobierno no han evitado que un creciente número de ciudadanos pasen a depender de la caridad, es una desfachatez sólo comparable a la de culparle de una eventual declaración de inconstitucionalidad del Estatut.

Aunque las pruebas de la ilimitada desfachatez de los socialistas sean muy numerosas y vengan de largo, permítanme que les ponga nuevos ejemplos con ocasión de la reciente visita de Rajoy a un comedor social y, más recientemente, con la nueva vuelta de tuerca que el presidente de la Generalidad catalana ha dado a la presión que viene ejerciendo sobre el Tribunal Constitucional en defensa del "estatuto" soberanista catalán.


En cuanto a lo primero, es evidente que el gesto de Rajoy al ejercer de cocinero voluntario en ese comedor social no sólo fue un acto de solidaridad sino, sobre todo, un oportuno ejercicio de denuncia política destinado a poner el foco de atención sobre la situación, extremadamente grave, que viven muchos conciudadanos.

Teniendo en cuenta que la asistencia a los comedores de Cáritas casi se ha duplicado en el último año, y que el número de parados que carecen de cualquier clase de ingresos ha aumentado al millón y medio de personas, ya sería bastante desfachatez por parte del Gobierno de Zapatero alegar, como en otras ocasiones ha hecho, que no hay que hacer un "análisis catastrofista" de la situación o bien que ésta pronto va a mejorar.

La reacción de los socialistas en esta ocasión, sin embargo, no fue ésta, sino una todavía más desvergonzada como es la de culpar de la situación al Partido Popular. Aunque parezca delirante, la airada nota de prensa de los socialistas culpaba al principal partido de la oposición con la cantinela de que no "había arrimado el hombro" para apoyar las medidas tomadas por el Gobierno. Por citarla textualmente, la representante socialista Marisol Pérez afirmó que "muchos de los que hoy han comido el cocido de Rajoy no tendrían que haberlo hecho si el líder del Partido Popular hubiese gastado un solo segundo en arrimar el hombro en favor de las iniciativas sociales del Ejecutivo".

La nota pone como ejemplos de la falta de apoyo del PP la financiación autonómica, el Fondo de Inversión Local e, incluso, los Presupuestos Generales del Estado, cuando lo cierto es que el PP, a pesar de su oposición, no ha podido impedir que el Gobierno las sacara adelante gracias a sus aliados parlamentarios. Algunas otras, como el plan de rescate bancario a cargo del contribuyente, que se aprobó también con la cantinela del apoyo a las familias, el Gobierno las sacó adelante con el apoyo incluso del partido de Rajoy.

Culpar al PP del innegable hecho de que las "medidas sociales" adoptadas por el Gobierno no han evitado que un creciente número de ciudadanos pasen a depender de la caridad para poder subsistir, es de una desfachatez sólo comparable a la de José Blanco al culpar de una eventual declaración de inconstitucionalidad del Estatut al Partido Popular; partido que, como es notorio, ni redactó ni apoyó dicho engendro soberanista.

Al pedir a los catalanes que "no olviden" que si el Estatuto "sufre algún recorte" es "porque un partido lo boicoteó", en referencia al recurso planteado por el PP ante el Tribunal Constitucional, Blanco no sólo culpa de la inconstitucionalidad del texto al partido que la denunció, sino que deja en evidencia que habría preferido que esa ilegalidad hubiera pasado desapercibida. Qué tropa.


Libertad Digital - Opinión

Cataluña, camino del régimen

EL empeño del tripartito catalán en coaccionar al Tribunal Constitucional ha protagonizado las primeras declaraciones políticas de sus máximos representantes en el año nuevo, certificando así que la estrategia preventiva de deslegitimación del orden constitucional es la prioridad de la coalición social-nacionalista catalana. El coste de esta contumaz y desleal actitud de desafío al Estado va a ser, a este paso, la implantación de un régimen en Cataluña, dominado por el dogmatismo nacionalista y la sacralización de un estatuto convertido en excusa para mantener el victimismo contra el resto de España. Así es como el presidente Montilla no ha tenido reparo en dirigirse por carta a dos centenares de instituciones catalanas para agradecerles el apoyo al editorial conjunto que publicaron varios medios de comunicación para presionar al TC. La imagen que transmite esta iniciativa de Montilla desvela un panorama de subordinación de la sociedad civil a los dictados políticos, anulando la autonomía que toda sociedad democrática debe tener para mantener su capacidad crítica y su propia identidad frente a los poderes públicos. La confusión entre ideología y sociedad es el primer paso para la instauración de un auténtico régimen monopolístico.

Por eso, el problema de fondo de Cataluña es consigo misma, no con el resto de España, porque la dominación que ejerce sobre ella la clase política es patológica. La defensa del estatuto frente al TC es la coartada de esta enfermedad, como ayer expuso crudamente, sin quererlo, el consejero de Economía y Finanzas, Antoni Castells, quien apostó por replantear las relaciones entre Cataluña y España, sea cual sea el fallo del TC, porque la Transición no ha funcionado. Esta descalificación del pacto constitucional es la base de la actitud desleal de la alianza que gobierna Cataluña, más allá de lo que, en efecto, diga el TC sobre el estatuto. Por tanto, con estatuto o sin él, el problema seguirá vivo, pero agravado porque en su origen inmediato se sitúa la irresponsable decisión de Rodríguez Zapatero de inocular en el ordenamiento jurídico el virus de la cosoberanía, la relativización de la Nación española y la deslegitimación del pacto constituyente. Pretendiendo impostadamente -porque lo buscado era un mero reparto de poder- que Cataluña se sintiera «cómoda» en España, Zapatero ha conseguido que la crisis territorial sea más aguda que nunca desde 1978.

ABC - Editorial

Qué raros somos los daneses. Por Cristina Losada

Ese rigor danés a la hora de aplicar la ley resulta sorprendente en la flexible y tierna España. Nunca trataríamos como a delincuentes a unos chicos que sólo querían llamar la atención sobre la futura catástrofe planetaria. ¡Aún habría que agradecérselo!

Los hay habituados a flotar en la estratosfera de la impunidad. El caso de los miembros de Greenpeace detenidos en Dinamarca se ha hecho digno de enmarcarse. Irrumpieron en una cena oficial para desplegar una pancarta y, por una vez, su acción no les salió gratis. De haber suscrito la broma un pirado carente de unas siglas buenas que le amparasen, no estaríamos escribiendo de ello. El individuo habría dado con sus huesos en la celda sin concitar ni un mísero ritual solidario. Los cargos de allanamiento de morada, suplantación de autoridad pública y falsificación de documentos le habrían caído encima y santas y carcelarias pascuas. La justicia danesa tiene la osadía de tomar la ley en serio y creer que ante ella todos son iguales. Con los militantes ecologistas no hizo excepciones.


Ese rigor danés a la hora de aplicar la ley resulta sorprendente, inaudito y cruel en la flexible y tierna España. Nunca trataríamos como a delincuentes a unos chicos que sólo querían llamar la atención sobre la futura catástrofe planetaria. ¡Aún habría que agradecérselo! Aquí la ley suele mirar a quién. Hay bula para estropicios perpetrados al abrigo de reclamaciones políticas o sindicales. Si unos huelguistas asaltan un edificio oficial y rompen lo que encuentran, que no se le ocurra a un juez condenarlos. Llámate activista y tienes el perdón o el clamor asegurados. Natural, pues, que el director de Greenpeace España mostrara su estupefacción: "En España hemos hecho protestas similares y ni siquiera nos han detenido". Lo extraño es que, en tales ocasiones, no les hicieran sitio en la mesa y les pusieran un cubierto. Ahí se ve cuán demócratas y tolerantes que somos. Un ejemplo para el mundo.

Como el Ministerio de Exteriores. No sólo se aplicó con inusual diligencia a rescatar a los ecolos de las garras judiciales de un Estado democrático. Pidió, además, que no mezclaran a los presos verdes con los presos comunes. Según el Gobierno, entonces, hubo en Dinamarca "presos políticos" durante tres semanas. Asombroso. Menos mal que aún quedan diplomáticos. El embajador considera que nada hay que objetar al trato dispensado al cuarteto climático intruso. Resulta que, en aquellas tierras, los jueces no se dejan intimidar, aplican la ley sin mirar a quién y no atienden a las intenciones de los autores de un delito. Sólo al delito. Mira que somos raros los daneses.


Libertad Digital - Opinión

La cuestión catalana. Por José María Carrascal

ESE señor que pide a todos los catalanes hacer frente común contra una posible devaluación del Estatut es el mismo que ha sido incapaz de poner de acuerdo a los tres partidos del gobierno que preside sobre algo tan elemental como las veguerías o administraciones supramunicipales catalanas. Como sobre casi todo menos sobre mantenerse en el poder a toda costa. Y si actúan así en el gobierno, no quiero decirles cómo actuarán en la oposición.

Es este un aspecto apenas estudiado de la «cuestión catalana», por gastarse toda la pólvora en el contencioso contra España, especie de niebla que oculta las debilidades catalanas, ya que las españolas han sido expuestas, analizadas, denunciadas y caricaturizadas mil veces. Pero ¿se imaginan la que se armaría al día siguiente de obtener la reclamada autodeterminación? ¿Se imaginan un Parlament con personajes como Carod Rovira, Mas, Puigcercós, Laporta, Carme Chacón, Toni Comín, Alfons Tena, ya sin una España a quien poder echar la culpa de todas las desgracias que caen sobre Cataluña? Porque España es la gran reserva del nacionalismo catalán, su frontón en el que estrellar todas las pelotas. En realidad, lo único que les une, al tiempo que su gran coartada para no presentar un programa como nación y como estado. En el momento que se quedaran solos, aquello iba a ser un gallinero alborotado.


Una personalidad de las letras catalanas, cuyo nombre no voy a dar para que no sea arrastrado por el fango, me decía en un momento de amargura: «Lo que siempre ha faltado a Cataluña han sido líderes. Hemos tenido muchos trovadores y muchos tartarines, pero líderes de verdad, enérgicos, decididos, dispuestos a cortar por lo sano y llegar hasta el final, ninguno». Sigue sin tenerlos. Tan escasos andan de líderes que han tenido que echar mano de Montilla, que tiene de líder lo que yo de obispo. Y sin líderes no se va en política a ninguna parte, se queda uno donde está, quejándose, gimiendo, reclamando... y mostrando la falta de proyecto conjunto, la ausencia de cohesión interna. Ni siquiera sobre esas jaleadas «consultas populares» se ponen de acuerdo los nacionalistas catalanes, con unos dispuestos a seguir con ellas y otros considerándolas prematuras, inútiles o incluso peligrosas.

El nacionalismo catalán se ha detenido en el «hecho diferencial» respecto a España. Pero no se ha atrevido a dar ni un solo paso hacia algo tan importante como son los hechos diferenciales dentro de Cataluña. Que son múltiples y tan «cainitas» -palabra usada más de una vez recientemente en «La Vanguardia»- que les impide ponerse de acuerdo incluso sobre las veguerías.

Lo que demuestra que son tan españoles como los demás. O ¿qué se creen, que los demás no somos también diferentes y no nos gusta poner verde a España? Sólo que no vivimos de ello.


ABC - Opinión

La parcialidad de Garzón y la negación de la Justicia. Por Jesús Santaella

No debió ser especialmente feliz para Baltasar Garzón el día de su santo. La Sentencia del TEDH en el caso Rafael Vera no sirve seguramente para enriquecer el currículum de nuestro Juez más internacional, a pesar de que concluya que no hubo violación de derecho fundamental alguno. Todos los miembros de la Sección Tercera del tribunal han coincidido en que Garzón debió haberse abstenido en 1994 a la hora de instruir el sumario de Segundo Marey, que concluiría finalmente con la condena junto a otros antiguos altos cargos de Interior del ex Secretario de Estado de la Seguridad por el secuestro de aquel anciano en el País Vasco francés. En otras palabras, fue parcial. Y la parcialidad es la negación misma de la Justicia. El Juez parcial es el ‘no Juez’ y eso lo han dicho de Baltasar Garzón, que ha buscado hasta la saciedad el reconocimiento mundial de esa irreprochable condición, nada menos que siete Jueces de Estrasburgo. Ésa es la esencia de la decisión. Otra cosa son los matices.

La defensa de Rafael Vera consiguió que dos de sus alegaciones –la ausencia de imparcialidad de Garzón como Instructor y la insuficiencia de pruebas para destruir la presunción de inocencia- fueran examinadas. Al final, por el ajustado resultado de 4 a 3 han sido rechazadas y los disidentes han formulado sendos votos particulares. Las posibilidades de que la Grande Chambre en vista pública reestudie el caso a instancia de la parte son altas a la luz de los precedentes y las características del debate.

Para la mayoría el Juez incurrió en falta de imparcialidad objetiva, porque pudo resultar contaminado como consecuencia de su paso previo por Interior al frente de la Delegación del Gobierno sobre el Plan contra la Droga. En este sentido, Estrasburgo recuerda cómo precisamente a finales de los 90 hubo de modificarse la Ley Orgánica reguladora del poder judicial para introducir un período de carencia de tres años antes de reincorporarse a la carrera judicial aquellos que hubiesen ostentado cargos políticos. Y debió haberse abstenido entonces de instruir el caso Marey contra ex altos cargos de Interior, pero también de cualquier otro que afectase a aquel departamento ante el riesgo de haber accedido a alguna suerte de información privilegiada en su etapa política. El Tribunal considera que ese deber afecta también al Juez Instructor, aunque no esté llamado a enjuiciar finalmente el asunto, de acuerdo con lo que fue el voto particular de García Manzano en el recurso de amparo previo a la demanda de Estrasburgo.

Sentado lo anterior, la mayoría considera sin embargo que las consecuencias de tal infracción fueron convalidadas por la renovada instrucción que hizo del caso en el Tribunal Supremo el Magistrado Moner. Todos los Jueces han descartado la existencia de enemistad subjetiva y manifiesta entre Garzón y Vera, sobre todo por la dificultad de su prueba. Y concluye la sentencia con que tampoco hubo violación del derecho a la presunción de inocencia porque hubo pruebas suficientes para justificar la condena, entre las que de manera esencial figuró el testimonio de varios coimputados –los de Julián Sancristobal, Francisco Alvarez y Miguel Planchuelo-.

La doctrina de los frutos del árbol envenenado

Frente a ello se alzan dos de los votos discrepantes, que recuerdan la tradicional doctrina del TEDH en estos casos. Lo radicalmente nulo, sostienen los discrepantes, no puede ser convalidado y la condena basada en las mismas diligencias practicadas por el Instructor contaminado, luego repetidas ante el válido, y no otras, infringe la doctrina de los frutos del árbol envenenado. No parece descaminado pensar que si fueron ésas –fundamentalmente el cambio de testimonio de algunos coimputados, luego de haber padecido prolongada prisión por decisión del Juez parcial quizá para ablandar actitudes-, las pruebas determinantes de la condena, por mucho que se hubieran repetido ante el nuevo Instructor, la defensa de Rafael Vera puede estar acertada. Ahí puede haber materia para una nueva decisión en la Grande Chambre.

Otra trascendencia tiene el disentimiento del Juez Zupancic que cuestiona con carácter general la imparcialidad objetiva de todo Juez de Instrucción al que califica desde esa perspectiva como una “contradictio in terminis”. Porque, por definición, el Juez de Instrucción trata de investigar cual policía togado el crimen cometido, de manera que es fácil que perfile una hipótesis previa a la que tratará que se acomode todo aquello que instruya. Es decir, el Juez de Instrucción es el candidato perfecto a tener pre-juicios, y esa es la mayor de las parcialidades. Así, llama la atención para que de una vez por todas la Grande Chambre se pronuncie y proscriba definitivamente lo que considera un arcaísmo procedente del viejo procedimiento inquisitorial.

Muy en la línea de las ideas del Ministro Caamaño y de su anunciado propósito de modificar en tal sentido nuestra decimonónica Ley de Enjuiciamiento Criminal, en defensa de la instrucción a cargo de los Fiscales y la creación de un Juez de garantías que actúe en materia de prisión, registros e intervención de comunicaciones.

Y, a todo esto –no podía ser de otra manera cuando de Garzón se trata-, dicen que la sorpresa en Estrasburgo fue mayúscula al comprobar la filtración de la Sentencia llamada a ser colgada en la web oficial el día 14. Sin esperar la tradicional “toilettage” a que se someten las decisiones del TEDH, hubo de anticiparse a toda prisa la difusión oficial a la tarde del 6 para evitar seguramente -¿ o como consecuencia de?- la protesta de la defensa de Rafael Vera. Cuando las sentencias de Batasuna también se madrugó el conocimiento. ¿Será que el indiscreto siempre es español?


El confidencial - Opinión

Espectro radioeléctrico socialista

Precisamente porque el espectro radioeléctrico es escaso debería existir un sistema más enfocado a la propiedad privada. Ésta tiene sentido cuando de bienes escasos se trata. Que sea el Estado quien los distribuya tiene un nombre: socialismo.

Todos sabemos cuáles son las costumbres del PSOE cuando pone las manos en el sector audiovisual. Todo para los amigos, nada para los demás. Entre otras hazañas está la legalización del antenicidio o la concesión de cadenas a sus amigos, en ocasiones incumpliendo las propias reglas que se había marcado. Así, es lógico y hasta obligado que la nueva ley audiovisual sea recibida con desconfianza, especialmente si las principales características de su aprobación en el Congreso han sido la falta de consenso y las prisas para tramitarlo.


En concreto, entre todas las medidas añadidas a última hora destaca la propuesta de Coalición Canaria, que promueve la elaboración de un mapa con todas las radios que emiten con licencia en frecuencia modulada para después poder cerrar por vía administrativa las que no estén incluidas en el mismo.

A primera vista, puede parecer razonable. Las licencias se dispensan para que no se sature el espectro radioeléctrico, que es un bien escaso, y evitar que unas radios ocupen la frecuencia de otras, impidiéndoles emitir. Para que este esquema funcione, aquellos que emitan sin licencia deben dejar de hacerlo.

Sin embargo, examinado más de cerca las contradicciones empiezan a florecer. Si hay más de 3.000 radios emitiendo ilegalmente es que el espectro está muy lejos de saturarse con las licencias que los políticos han tenido a bien conceder a lo largo de los años. Además, parece claro que hay proyectos radiofónicos de todo tipo que resultan rentables y no ocupan el espacio que ha sido otorgado legalmente a otros. ¿Por qué cerrarlos, entonces?

La respuesta que los distintos gobiernos, central y autonómico, y quienes los ocupan no están interesados en que el espacio radioeléctrico sea aprovechado al máximo en beneficio de los consumidores. La radio es un poderoso medio de comunicación, con una gran capacidad de influencia entre sus oyentes. Controlar y someter las voces que emiten en las ondas es una prioridad política de primera magnitud. De ahí que sólo se concedan licencias con cuentagotas y a amigos de los poderes políticos. Permitir el cierre administrativo de las miles de emisoras sin licencia no hará sino permitir a los gobiernos quitarse de encima a quienes los molesten, destruyendo empleos y proyectos empresariales en algunos casos muy sólidos, además de ahogar la libertad de expresión.

El sistema de licencias implantado en España permite que cadenas de radio con muy poca audiencia dispongan de numerosas licencias por toda la geografía mientras otras que el público está deseando escuchar no pueden emitir más que en unos pocos lugares. Y es que precisamente porque el espectro radioeléctrico es escaso es por lo que debería existir un sistema más enfocado a la propiedad privada para su aprovechamiento. La propiedad tiene sentido de hecho cuando de bienes escasos se trata. Que sea el Estado quien los distribuya tiene un nombre: socialismo.

¿Cómo podría estar organizado un sistema más libre y eficaz? Si no se quiere abandonar del todo el control administrativo, podrían concederse licencias de forma más automática y menos arbitraria simplemente con cumplir una serie de requisitos, como contar con un capital mínimo no muy alto y dependiente de la región sobre la que se emitiría, la creación de una serie de empleos, etc., disponiendo de mecanismos para retirar el permiso a quienes abandonen la emisión. Otra vía podría ser la privatización del espectro, concediendo títulos de propiedad a quienes ahora tienen licencias y otorgando las demás a quienes las soliciten, organizando subastas en caso de que haya más de un pretendiente.

Pero como en tantas otras cosas, resulta difícil tener esperanza en que se opte por un sistema más racional y menos controlado. El principal partido de la oposición, cuando llegó al poder, no cumplió la sentencia que declaraba ilegal el antenicidio. Ahora, ante esta ley que ha criticado duramente, ha decidido abstenerse. Haría mejor en proponer un sistema más libre, justo y acorde con lo que desean sus votantes.


Libertad Digital - Editorial

La amenaza de la igualdad. Por Hermann Tertsch

Esta reflexión podría llamarse también «el éxito y la justicia de la desigualdad», si me dejan proponerles otro título que a tantos parecerá aún más provocador. Se lo parece a casi todo el mundo, ya que, salvo una minoría de irredentos, todo el espectro político ha asumido casi por igual la sacralidad incuestionable de la igualdad entre los individuos y las culturas. A quienes discuten esta religión del igualitarismo -con todos sus muchos dogmas- lo convierten directamente en paria o enemigo del bien, nada menos. Y cualquier medio es bueno para combatirlo. El fin del igualitarismo es tan sagrado que todos los medios contra los herejes gozan automáticamente de justificación y eximente plena. Esto no es nuevo. La pérdida de la libertad a través de la dictadura de la igualdad preocupaba ya a Tocqueville. Pero ya sabemos que éste era un puñetero aristócrata francés que merece estar más olvidado aún que Montesquieu, aquel maniático defensor de la separación de poderes. ¡Cuántas veces se ha hecho ya a lo largo de la historia! Acabar con la libertad en nombre de la igualdad. Volvemos a las andadas. Es una lacra intelectual con hondas raíces en la cultura occidental. Pero mientras las sociedades más sólidas cuentan con resistencias claras a esta imposición forzosa del mínimo denominador común, otras más débiles -claramente la nuestra- se revelan inermes ante la ofensiva de este igualitarismo que quiere convertir nuestra sociedad en una inmensa granja de experimentación avícola. En la que recortar las alas a todas las aves de la fauna para que tengan el vuelo de las gallinas.

«Es una lacra intelectual con hondas raíces en la cultura occidental. Pero mientras las sociedades más sólidas cuentan con resistencias claras a esta imposición forzosa del mínimo denominador común, otras más débiles -claramente la nuestra- se revelan inermes ante la ofensiva de este igualitarismo que quiere convertir nuestra sociedad en una inmensa granja de experimentación avícola.»

Y después convencerlas de que todas son aves de corral. Pocos lo explican mejor que el filósofo alemán Norbert Bolz en su gran libro titulado «El discurso de la desigualdad» (edit. Wilhelm Fink, Munich) que ha pasado desapercibido a las editoriales españolas. Quizás alguna se haya despistado a propósito porque parece un tratado sobre el origen de la miseria moral, intelectual y política de la España de Zapatero. Tampoco se ha traducido el éxito de ventas del escritor judío-polaco-alemán-austriaco, Henryk M. Broder, con su explícito título «Hurra, nos rendimos». Ni su último libro «Crítica de la tolerancia pura» (edit. Panteon, Berlín). En este principio de siglo nos caracterizan paradójicamente la igualdad impuesta y la tolerancia total. Esa tolerancia que, como dice Broder, no hace sino aumentar la osadía y la falta de escrúpulos de los enemigos de nuestra sociedad. Esa tolerancia que parte de la equiparación de todos los sistemas de vida, buenos, peores y fatales. Y que siempre es una cesión unidireccional, hacia los peores, hacia delincuentes, fanáticos y terroristas. «Esa tolerancia, dice Broder, que pacta con los agresores contra las víctimas». ¿Les recuerda a los españoles algo todo esto? ¿Quizás al pacto del Gobierno del PSOE con ETA? ¿Al caso Faisán? ¿A la simpatía hacía el terrorismo islamista que siempre asoma la patita tras los comentarios y análisis del izquierdismo español? ¿A su antisemitismo patológico?

Todo parte del secuestro del principio de que todos los seres humanos nacemos iguales en derechos ante la ley -fundamento de la democracia y la sociedad libre que nadie discute-. Nacemos iguales ante la ley y lo somos. Pero eso es todo. Lo cierto es que todos nacemos distintos. Y que las diferencias entre los individuos no dejan de aumentar con el tiempo, según las circunstancias, el talento y la biografía. En este sentido, Bolz y Broder nos advierten ambos sobre la profunda injusticia y las terribles consecuencias que tiene esa imposición del pensamiento débil que considera que debemos ser forzados a la igualdad por el bien de una sociedad supuestamente homogénea y sentimentalmente satisfecha con los dogmas de la religión del igualitarismo. Y que todas las culturas -civilizaciones las llama Zapatero- son iguales y merecen igual trato. Del mismo modo que no pueden ser tratados de igual forma un niño que obedece a sus padres y otro que los pega, ni un delincuente habitual y un ciudadano honrado, ni un trabajador esmerado y cumplidor y otro haragán y traicionero. Ni un héroe y un traidor. Ni puede equipararse a la cultura democrática occidental, que surge de la idea cristiana de que toda vida humana es un valor supremo, con las culturas medievales en las que el individuo no vale nada. Y no busca la felicidad del mismo sino imponer por la fuerza y la muerte sus designios fanáticos. ¡Ay, la tolerancia esa! ¡Ay de esa idea de la igualdad! Es la misma hipocresía que subyace a la promesa zapateril de que «de la crisis saldremos todos juntos». Como si todos fuéramos o estuviéramos igual en la crisis.

Como la igualdad es imposible sólo se puede simular con la mentira. Después se sorprenden muchos bienpensantes que surjan movimientos y líderes que aprovechen la rabia popular ante la sangrante injusticia que es la imposición de la tolerancia ante lo intolerable. Y se sorprenderán cuando ese acatamiento del dogma haga volcarse al péndulo hacia posiciones radicales de otro tipo. Esa política del pensamiento débil y dócil conlleva tanto peligro en su aplicación como en la reacción que puede provocar. Ironía es que esta política de la tolerancia sólo se puede imponer mutilando la libertad. Amedrentando a quienes se rebelan contra el bombardeo ideológico y sentimental del poder y la mayoría de los medios de comunicación. Es el páramo de la docilidad. Por convicción, dependencia o miedo a la hegemonía cultural y política del «Gutmensch», del buenismo. Y por miedo a ser castigado por destacar. No recuerdo si fue Schiller, Goethe o Lenz -alguno del «Sturm und Drang»- quien exclamó que no hay mayor envidioso que el que se cree igual a todos. Y la envidia genera odio hacia quienes no quieren ser iguales. La igualdad se convierte así en la peor amenaza para la libertad. De los individuos y de las sociedades.

«No recuerdo si fue Schiller, Goethe o Lenz -alguno del «Sturm und Drang»- quien exclamó que no hay mayor envidioso que el que se cree igual a todos. Y la envidia genera odio hacia quienes no quieren ser iguales.»

La sociedad que obliga a sus miembros desde la infancia a adaptarse al nivel del peor es una sociedad abocada al fracaso. Porque estrangula la formación de elites y así la movilización de la sociedad en el progreso real. Que está en la creación de riqueza y mayores posibilidades para cada vez mayor número de individuos. No en la repartición de las existencias confiscadas por el Estado para comprar voluntades y obediencia. No hay mecanismo eficaz de progreso sino el reconocimiento de la justicia de la desigualdad y la voluntad de los individuos y colectivos de superarse y superar a los competidores. «El proceso de civilización depende de que cada uno pueda utilizar libremente las circunstancias que la vida le otorga» dice Bolz. El ser humano tiene el derecho inalienable a buscar la felicidad, dice la Constitución americana. Nadie tiene derecho a impedírselo igualándolo por la fuerza a quién fracasa en ello. Es la cultura de la excelencia y la competencia. De la emulación y ejemplaridad. La que hizo de las sociedades occidentales las más ricas, pacíficas, abiertas y compasivas de la historia.

Ahora volvemos a estar en manos de experimentadores sociales. Que necesitan que olvidemos principios y valores, nuestra identidad. Bolz y Broder hacen la llamada de atención más lúcida habida en años sobre las consecuencias de un pensamiento único que reprime el debate en todos los problemas reales. Con éste, la selección negativa -tan evidente en la clase política española- está asegurada. Los nuevos dogmas serán triste consuelo para una sociedad postrada moralmente. Es el fruto de esa corrección política que dicta que la verdad es relativa, la libertad un valor secundario y la palabra un instrumento al servicio de la política. Que combate implacablemente a sus enemigos. Por todos los medios a su alcance, las leyes, los aparatos del Estado, la intimidación y, por supuesto la mentira. Y llegado el caso, no lo dudo, por cualquier otro.


ABC - Opinión

jueves, 7 de enero de 2010

Una foto que retrata a civiles y militares . Por Federico Jiménez Losantos

Desde que en el Parlamento se lee y los mítines se dan para el Telediario, los discursos políticos nos dicen poco, y eso las pocas veces que nos dicen algo. Para compensar, hemos de fijarnos en el “lenguaje no verbal” que hace décadas estudiara Flora Lewis y que ahora han divulgado las series de crímenes y bioquímica que nos mandan los USA. Esta foto de la Pascua Militar es una joya, casi un joyero de revelaciones sobre algunas de las instituciones básicas que, contra lo que permitirían suponer sus cargos, sueldos y juramentos, están liquidando aceleradamente España, tanto la nación como el Estado.

En primer lugar, el anfitrión, o sea, el Rey, no está. Y tras su penoso discurso de Nochebuena, casi mejor que no esté.. Así no se crean falsas expectativas y no se envaran los invitados, aunque está claro algunos vienen ya envarados de casa. Pero como el Jefe del Estado ha brillado por su ausencia en todo el proceso españicida, que siga ausente y a lo suyo, que, por desgracia, hace mucho tiempo que no es lo nuestro. Al contrario.


Pero vayamos a la foto y empecemos, como es lógico, por la Izquierda. Rubalcaba, eslabón nunca perdido del felipismo, el polanquismo y el zapaterismo sigue encarnando un gobierno que no cumple, gestiona adecuadamente ni llena el cargo. El cuello del chaqué se le va para atrás, como si no fuera suyo o sólo pudiera serlo con cuatro kilos más. Y a falta de esa talla menos, el cuello se le adelanta en un gesto mitad de afecto mitad de buitre, levemente inquietante como a él le gusta parecer, pero que en realidad sólo manifiesta lo evidente: que la responsabilidad le viene grande.

El centro de la foto lo ocupa el Poder, distinto de la rama civil o militar de la Cúpula del Estado. Chacón no es la ministra de Defensa de España sino la ministra de Cataluña en España por deferencia del PSC. Ha ensanchado caderas, y a sus anchas se siente con pantalones, porque no me la imagino abriendo así el compás con falda. Pero mujereando, sintiéndose alta y guapa, se hombrea con los dos varones que la escoltan, atienden y obsequian. Y el gesto es de mando en plaza y aun en plazas: Barcelona y Madrid. Es el suyo un poder real pero brumoso, indudable pero impreciso, amenazante por ilimitado. La única nota discordante en tanta facundia es la que parece amputación de pies o desaparición del contacto con el suelo. Porque zapatos, lo que se dice zapatos, no lleva. Alzas, coturnos o leticios, sí, porque está como encaramada a sí misma, pero como el nacionalismo catalán o el zapaterismo de los que es emblema, no toca “de peus a terra”. Es como un globo que no se sabe si se posa o se eleva y se va. Adiós, adiós.

Pero la postura más elocuente es la del JEMAD, o sea, el jefe técnico o mecánico de los ejércitos españoles, viva imagen de la nación a punto de venirse abajo. ¿Ante qué se inclina don Julio Rodríguez? ¿Ante el Gobierno representado por Rubalcaba? ¿Ante el Poder representado por Chacón? ¿Ante la endecha del Gobierno al Poder, con el que se identifica a medias, como si sus pies juntaran lo que la Ministra separa? ¿Ante el peso histórico de la representación de los ejércitos españoles, tan venidos a menos? ¿Ante la comprometida situación de un estamento, el militar, que tiene como misión última la de garantizar la unidad de España por mandato constitucional y que se reconcome en su impotencia? El gesto es de sumisión clerical, de cura con ambición de obispo o de fraile misionero a punto de que le subvencionen la ONG, razón última de tanta obsequiosidad. Aunque el gesto recuerde a Fernán Gómez adulando al jefe de cualquier cosa, no tiene nada que ver con “Balarrasa”, aquella película de los 40 en la que el golferío civil y la briosa beatitud eclesial se citaban en el más allá de todos los escalafones Este mílite no parece haber roto nunca un plato. Pero, por si acaso, se asoma al suelo para comprobarlo. Este hombre no tiene Poder ni poder, ya no puede ascender más y no podría ser más acicaladamente sumiso. Pero, en su interior, sabe que su uniforme despertará siempre recelo en la Izquierda, por lo que todo mimo siempre será poco. No sabemos lo que le pasa de lumbago para abajo, pero manos tan juntas no veíamos desde la Primera Comunión. De lumbago para arriba, un pálido rubor, un obsecuente sofoco, una virtuosa voluntad de rendición ante todo, aunque sea nada. Salvo el viento, que a lo mejor es lo que le ha torcido el tronco. Es el único que parece invitado a última hora pero agradecidísimo de que le dejen figurar en foto ajena. La Pascua Militar, dicen. Ya.

En fin, sin palabras, esto es lo que hay, lo que sobra y lo que falta. No sé qué pinta peor.


El blog de Federico

La amenaza del oráculo. Por M. Martín Ferrand

EN ocasiones, las menos, el futuro se nos presenta pintado de verde, como la esperanza. Es un augurio de bienes posibles y una renuncia a los males pasados. Las más de las veces el futuro se viste, o le visten, de amenaza y sobrevuela nuestras cabezas ciudadanas como un pájaro negro y temible. Es el pregón de calamidades nuevas o, más terrorífico todavía, la extensión de catástrofes ya experimentadas. Al empezar el año, aunque falten más de dos docenas de meses para las próximas legislativas, gusta hacerse a la idea de los cambios que, al menos en teoría, mejorarían nuestra existencia, aliviarían el paro, crearían riqueza, engordarían libertades y, en su conjunto, subrayarían nuestra condición ciudadana con el renacer democrático y la decadencia de la oligarquía partitocrática en la que estamos instalados.

José Blanco acaba de advertirnos, con aires de amenaza, que, con vistas al 2012, en el PSOE nadie contempla otras hipótesis que la de José Luis Rodríguez Zapatero como aspirante a un tercer mandato al frente del Ejecutivo. Blanco es un oráculo fiable. No suele gastar pólvora en salvas y su extemporáneo anuncio más parece una advertencia de orden interno que una proclama dirigida al público en general. En ninguno de los dos grandes partidos nacionales es posible la existencia próspera sin la cobertura y el apoyo de sus líderes actuales y esa es una de las razones de nuestra paupérrima vida política.

Zapatero y Mariano Rajoy comparten el demérito de haber eliminado cualquier nombre que pudiera darles sombra. Uno está instalado en la fuerza corruptora del poder y el otro, en la de su ambición, que no es menos demoledora y estéril. Malo es un partido político que, como dice Blanco, no contemple más de una posibilidad para su perpetuación en el poder y, aunque nuestra normativa vigente no le ponga límites a la permanencia en La Moncloa, la experiencia de Felipe González y la práctica de José María Aznar demuestran que más de ocho años resultan negativos. La contumacia es la más perversa de las formas de corrupción. Ni siquiera conlleva beneficios para quien persevera en el error y arrastra y pulveriza los logros anteriores. Si lo que ha hecho Blanco es, según el folclore socialista, lanzar un globo sonda para pulsar el ambiente conviene que tenga claro lo que ello tiene de provocación. En caso contrario es cosa de echarse a temblar.


ABC - Opinión

¡Bienvenido, Mr. Bean!. Por Federico Quevedo

La verdad es que el estreno de la Presidencia española de la UE no podía haber sido más tronchante. Es cierto que la imagen del rostro del actor y humorista británico Rowan Atkinson, más conocido como Mr. Bean, dando la bienvenida en la página oficial de esa presidencia patria, en lugar de la de Rodríguez Zapatero, tuvo una presencia corta, pero fue suficiente para que todo el mundo –en este caso mundo entendido como globo terráqueo- cayera en la cuenta de la hilaridad del parecido. Tal y como publicaba ayer este diario, hasta en Singapur se hicieron eco los medios de comunicación del hecho. Un hecho que, por cierto, más pronto o más tarde tenía que acabar sucediendo. Aquí en España ya habíamos caído en la extraordinaria coincidencia física entre ambos personajes –en este mismo Dos Palabras he dado cuenta de ese singular parecido en más de una ocasión, creo recordar-, pero ahora ya es público y notorio fuera de nuestras fronteras que Mr. Bean tiene un doble que a veces, incluso, le supera en ocurrencias, con la única diferencia de que las del humorista inglés nos hacen reír, y las del presidente español, sufrir.

Rodríguez-Mr. Bean, Mr. Bean-Rodríguez… Sin embargo, y al contrario de lo que cabría suponer, no es el presidente español quien debiera sentirse molesto por la comparación, sino el genial humorista inglés: desde un punto de vista personal, que a uno le destaquen su parecido con el campeón del paro en la UE no es ninguna alabanza, sino más bien todo lo contrario. Pero no está mal que haya sido así, porque de alguna manera este hecho ha venido a poner las cosas en su sitio respecto a un asunto que el Gobierno tenía intención de explotar hasta la saciedad, es decir, la Presidencia española de la UE.

Rodríguez tenía y tiene, y ahora ya me van a permitir que me tome esto en serio, un problema muy grave de imagen y aceptación en el ámbito internacional, que se corresponde con el fortísimo deterioro de nuestra presencia como país en los distintos órganos decisorios a este y al otro lado del Atlántico y que ni siquiera nuestra presencia a hurtadillas en las dos últimas cumbres del G-20 ha podido contrarrestar. Hoy en día España no tiene papel alguno en la escena internacional, no es un país de referencia, ni siquiera en asuntos en los que antaño teníamos el marchamo de ser imprescindibles como son los que afectan a Iberoamérica, al Norte de África e, incluso, a Oriente Medio. Hace ya tiempo que dejamos de ser lo que en el lenguaje internacional se conoce como un ‘país fiable’, y acontecimientos recientes como el secuestro del Alakrana o el ‘caso Haidar’ han contribuido a empeorar aún más la opinión que se tiene de nosotros fuera de nuestras fronteras. Francamente, lo único que puede decirse hoy por hoy es que solo servimos como lacayos de Washington para decir ‘sí’ a todo lo que surja como propuestas bélicas de la Casa Blanca, y sin derecho a poner los pies encima de la mesa del Despacho Oval.

Al nivel de los países postcomunistas


A esa pérdida indudable de presencia internacional, de papel en la resolución de conflictos y la toma de decisiones, se une además la opinión cada vez más extendida entre los organismos internacionales de que Rodríguez es un presidente en horas bajas por culpa de su gestión interna. De cara al exterior, lo que más llama la atención es cómo un país que había conseguido en muy poco tiempo asombrar al mundo con un espectacular desarrollo económico ha sido capaz de tirar por la borda todo lo conseguido en estos años atrás para situarse al nivel de los recién llegados a la UE, países post-comunistas que en muchos casos recuerdan a la España de los años 70 y 80. El ‘milagro económico español’ es ahora el ‘desastre económico español’: 4,5 millones de parados que doblan la tasa de la UE, una economía en recesión que amenaza con ser la última que despegue de toda la Unión y una tasa de déficit público y endeudamiento insostenibles. Las medidas del Gobierno no han servido para nada, y lejos de enmendar sus errores Rodríguez parece dispuesto a perpetuarse en ellos a tenor de sus propias declaraciones estos días. Todos los organismos nacionales e internacionales le han exigido reformas que el presidente no está dispuesto a acometer en la dimensión que precisan.

¿Y con esos mimbres quiere construir una Presidencia de la UE que lidere la salida de la crisis? Era lógico, completamente lógico, que a alguien se le ocurriera dar al ambicioso proyecto del Gobierno español la dimensión que precisa: la de una broma de mal gusto. Y no por Mr. Bean, sino por Rodríguez.


El confidencial - Opinión

Obama ya no sonríe. Por José María Carrascal

POR primera vez hemos visto enfadado a Obama, al anunciar al país que los servicios de información fallaron el día de Navidad, al no detectar el intento de atentado terrorista. No porque faltara información, sino por no saber evaluarla. Como el 11-S. Entonces no se prestó atención a la advertencia de una analista de la CIA sobre unos estudiantes musulmanes que tomaban extrañas clases de vuelo. Ahora ha sido el propio padre del terrorista quien advirtió de las peligrosas andanzas de su hijo. Sin que tampoco se le hiciera caso. ¿No se ha aprendido nada en ocho años?, se preguntan los norteamericanos, ¿De qué ha servido el gigantesco, costoso e incómodo mecanismo alzado para protegernos de los terroristas, si al final tienen que ser los propios pasajeros quienes se defiendan?

Aunque el verdadero héroe del episodio es el padre de ese terrorista, que tuvo el valor de acercarse a la Embajada norteamericana en Nigeria para comunicar que su hijo se había ido al Yemen para encontrar «el verdadero islam», según le decía por carta, y participar en la «gran yihad», la guerra santa, «que restablecerá el imperio musulmán sobre el mundo».

No sabemos si fue un error del funcionario de la Embajada, que no tomó en serio la denuncia, o del Departamento de Estado, que no le dio curso, o de los servicios de inteligencia, que no la evaluaron debidamente. El caso es que Omar Faruk Abdulmutalab, ese era el nombre del joven, no figuraba en la lista de personas que tienen prohibida la entrada en Estados Unidos y pudo tomar un avión para Detroit con una carga explosiva en la entrepierna. Primer error.

El segundo fue que, nada mas conocerse el caso, se dio a conocer el nombre, la profesión y el domicilio del denunciante. Convirtiéndolo en blanco de los compañeros de su hijo, que si son capaces de asesinar en Europa, más fácil lo tendrán en un poblado nigeriano. Esa no es forma de combatir el terrorismo.

Y hay todavía un tercer error. El del propio Obama. El presidente norteamericano ha criticado a sus servicios de inteligencia. Pero no ha dicho que Omar Faruk fue posiblemente adiestrado en Yemen por alguno de los presos de Guantánamo que él ha puesto en libertad, en cumplimiento de su promesa electoral de cerrar aquella prisión. Y como no tiene dónde enviarlos, los envía a sus países de origen. Para que vuelvan a las andadas.

Las promesas electorales hay que cumplirlas. Pero no al precio de poner en peligro la ciudadanía mundial. Y si esas promesas eran equivocadas, se admite y se anulan. Obama lo ha admitido implícitamente al suspender la repatriación de los 91 presos que aún quedan en Guantánamo, aunque insistiendo en que quiere cerrar la prisión. Pero tiene buenas razones para no sonreír. Como nosotros. Estamos perdiendo la guerra contra el terrorismo islámico por errores de bulto, remilgos ideológicos y galbana.


ABC - Opinión

Mr. Bean. Por Ignacio Camacho


LAS bromas sobre apellidos o parecidos físicos suelen ser injustas porque se trata de dos cosas que nadie elige, aunque el maestro Wilde decía que a partir de los cuarenta todo el mundo es responsable de su cara. Sentado este principio de rechazo a esa tendencia tan celtíbera de hacer sangre con nombres y semejanzas involuntarias hay que admitir que el tipo que ha encajado el careto de Míster Bean en la página web de la flamante europresidencia española ha dado en el clavo con tanto tino como mala leche. Y no sólo porque su destreza de hacker ha sido tan eficaz que ha dejado K.O. el sitio durante un par de días, sino porque su malévola chanza ha tenido la vitriólica propiedad de universalizar un secreto que hasta ahora sólo sabíamos los españoles. Y no me refiero al parentesco fisonómico, sino a la analogía conceptual.

Lo que vuelve hiriente la burla, el factor clave de su puntería sarcástica, no es que Zapatero se dé un aire a Míster Bean, sino que su hueca gestualidad retórica otorga a la proximidad facial el carácter de una parodia política. Y aún se podría añadir que el cómico tiene en la comparación la ventaja de que su impostada hilaridad es muda, sin la facundia vacía que en ocasiones aproxima a nuestro presidente al ridículo. Ridículo es, en efecto, que al día siguiente de proclamar muy solemnemente que va a sacar a Europa de la recesión las estadísticas le coloreen la frase con cuatro millones de parados, el doble de la tasa media de la UE. O que apenas veinticuatro horas después de anunciar el Gobierno su intención de suavizar el rigor comunitario con Cuba los cubanos devuelvan con un portazo en las narices a un conocido diputado socialista. Cuando eso ocurre de forma tan flagrante e inmediata, y además sucede en medio de una rimbombante palabrería autocomplaciente, lo lógico no es sólo que se le ponga a uno cara de Míster Bean, sino que existe el riesgo de que los demás tiendan a verlo con ella.

Así lo ha puesto de manifiesto el «Financial Times», con su demoledor editorial sobre la «España torpe», y así lo ven dentro y fuera muchos observadores alarmados ante el fatuo adanismo que pretende transformar el simple turno de coordinación directiva en un liderazgo hemiplanetario. Es ésa petulancia tan ufana, esa engreída falta de contención autocrítica y no la identidad de las cejas elevadas lo que concede verosimilitud a la caricatura convirtiéndola en un trampantojo político. Y lo que ha acentuado la popularidad de una mofa que por sí misma no pasaría de ser una vulgar travesura cabronzuela.

Claro que existe en el asunto una variable más antipática. La que se deriva de la reflexión de que acaso el problema no consista tanto en que Zapatero se parezca a Míster Bean, sino en cómo un tipo que se parece a Míster Bean puede ganar dos elecciones seguidas. Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué, decía Quevedo.


ABC - Opinión

Yáñez nos trae malas noticias de Cuba. Por Antonio Casado

Luis Yáñez es un profesional de la política que también hace turismo. O un turista cuya dedicación profesional se desarrolla en el campo político. Algo absolutamente legítimo en cualquier país donde las libertades de expresión, reunión y asociación sean de curso legal. ¿Se imaginan que Zapatero vetara unas vacaciones de George Bush en Mallorca porque además pensara reunirse con su amigo Aznar para hablar de política? Algo así le ha ocurrido al eurodiputado socialista Luis Yáñez. Las autoridades cubanas le prohibieron entrar en la isla porque, además de disfrutar unos días de vacaciones, pensaba reunirse con disidentes como Cuesta Morúa y Elisardo Sánchez.

El episodio retrata la naturaleza del régimen cubano implantado por Fidel Castro hace más de medio siglo. El país lleva la dictadura en el sustantivo. Pero tiene a España como primera potencia en el ranking de la inversión extranjera. Crucen ustedes estos dos elementos de la realidad con nuestro ramalazo sentimental pro-cubano. Y entonces verán que es una simpleza despachar el caso Yáñez con una primaria apelación al carácter dictatorial del régimen. Apelación nada inocente. Se trata de convertirla en el justificante de una política de aislamiento, como la que preconizaba Aznar en línea con la de EEUU durante el mandato de Bush. La misma simpleza es referirse al portazo a Yáñez como prueba de cargo contra la política de acercamiento inspirada por el ministro Moratinos, con la pretensión de contagiar a la Unión Europea.

El asunto es bastante más complejo. Durante el semestre de presidencia europea que España acaba de estrenar, Zapatero quiere suavizar la política común de la UE hacia Cuba, inspirada por Aznar en 1996. El régimen castrista siempre la consideró una injerencia en sus asuntos internos. Ahora marca el territorio ante las presentidas condiciones que Europa piensa exigir en materia de apertura política y respeto a los derechos humanos, a cambio de mejorar su trato a Cuba. La descortesía con el eurodiputado significa que, en esas condiciones, Europa se puede meter la revisión de la política común por donde le quepa.

Castro y demás jerarcas del régimen cubano no aceptan una bronca internacional por su distraída gestión de los derechos humanos y la falta de libertades públicas. La dictadura cubana le está diciendo a Europa que no le interesa la revisión de la famosa política común si el precio es aparecer ante el resto del mundo como un país donde se violan los derechos humanos. En estas estábamos cuando Luis Yáñez y su esposa, la diputada Carmen Hermosín, pasaron por allí. Y se convirtieron en mensajeros ocasionales de un régimen que vuelve a buscar en el cierre de filas su defensa frente al acoso exterior.

El problema ahora lo tiene España en términos diplomáticos porque lo de Yáñez debilita su capacidad de persuasión ante sus socios europeos. Desde la presidencia semestral quiere favorecer la política de acercamiento de la UE a Cuba, como ya lo viene haciendo el Gobierno Zapatero en el plano bilateral. Pero no es España la que fija unilateralmente las condiciones exigibles al régimen castrista para promover el diálogo. Suecia, Alemania, Reino Unido y los países de la antigua órbita soviética no son tan complacientes como España. Tampoco lo fueron cuando se trataba, también a instancias del Gobierno de Zapatero, de suprimir las sanciones adoptadas por la UE en 2003, a raíz del encarcelamiento de 75 disidentes. Y menos al ver que la propia Cuba solo aceptaba la supresión de las sanciones como un rasgo de justicia y no de generosidad.

Algo parecido está ocurriendo ahora. Solo aceptarán la mejoría de las relaciones con Europa como una decisión unilateral de la UE, pero no a cambio de examinarse previamente en derechos humanos y apertura política. Yáñez nos trae malas noticias en ese sentido.


El confidencial - Opinión

La amenaza preventiva de Montilla

El presidente de la Generalitat redobla su presión al Supremo con una carta a 201 instituciones y asociaciones.

EL PRESIDENTE de la Generalitat ha dado otra vuelta de tuerca a la presión que viene ejerciendo, junto a los nacionalistas, independentistas y los principales medios catalanes, sobre el Tribunal Constitucional para intentar lograr, con amenazas varias, que los magistrados avalen la constitucionalidad del Estatuto y no rebajen el contenido del texto. Montilla ha redoblado la intimidación al tribunal aprovechando el insólito editorial conjunto de finales de noviembre en el que 12 diarios catalanes advertían al Constitucional que sería un ataque contra la «dignidad» de Cataluña una posible sentencia desfavorable al Estatut tal y como fue aprobado en referéndum. El presidente de la Generalitat ha enviado una carta a 201 instituciones y asociaciones políticas, académicas, empresariales, culturales y deportivas en la que agradece su respaldo a las tesis del editorial al tiempo que les convoca a responder al unísono, se supone que en caso de una sentencia desfavorable a las pretensiones del Gobierno catalán. «Si llega el momento en el que hay que dar una respuesta política y cívica, clara y unitaria, estoy seguro de que Cataluña podrá contar con tu apoyo y con el de la institución que representas», advierte Montilla a los destinatarios de la misiva con un lenguaje que no deja lugar a dudas: estando conmigo, estás con Cataluña.


Puesto que aún el tribunal no ha fallado sobre el recurso de inconstitucionalidad presentado contra el Estatuto, sólo cabe interpretar la carta como una amenaza preventiva contra los magistrados. Con esta iniciativa, Montilla se revela como un aprendiz aventajado de los partidos nacionalistas que intentan ahogar la pluralidad de la sociedad civil -con prohibiciones, con subvenciones o con ambas cosas- para convertirla en correa de transmisión de sus planteamientos políticos. Lo cual en el caso del actual presidente de la Generalitat no deja de sorprender, ya que -siendo natural de un pueblo de Córdoba- llegó al cargo como representante del sector menos nacionalista del PSC, en contraposición con su antecesor, Pasqual Maragall.

Sin embargo, durante los cuatro años que dura ya su mandato al frente de la Generalitat, Montilla -con la furia propia del converso que se avergüenza de sus orígenes- ha ido cayendo en la deriva de sus socios, ERC e ICV, haciendo frente común con los nacionalistas de CiU en la defensa de «los objetivos del Estatut que nos tiene que permitir avanzar nacionalmente», según expresó en la toma de posesión del Consell de Garanties Estatutariès, un pseudo tribunal constitucional emanado del texto recurrido.

Pero sería una ingenuidad no vincular directamente este llamamiento de Montilla a la sociedad civil catalana-ofreciéndose como líder de la «respuesta unitaria»- con las elecciones autonómicas que están previstas para otoño de este año. Las encuestas no son precisamente favorables ni al presidente -cuya valoración como líder no acaba de despegar- ni al tripartito, ya que la mayoría pronostica la victoria de CiU con una ventaja sobre el PSC que le permitiría gobernar con el apoyo parlamentario del PP. Esta caída en la intención de voto de los socialistas catalanes no es ajena, sino todo lo contrario, a la deriva nacionalista protagonizada por Montilla, puesto que es un axioma electoral que los votantes prefieren al original antes que a la copia. Por eso es más grave la responsabilidad histórica del presidente de la Generalitat, que ha desaprovechado una ocasión de oro para poner en marcha una alternativa al nacionalismo catalán.


El Mundo - Editorial

Justa condena a Vera; justo rapapolvo a Garzón

Este respaldo de Estrasburgo a la justa condena de Vera nos debe recordar que el afán de notoriedad que empujó a Garzón a la arena política es el mismo que le empujó a aceptar como juez una causa de la que debería haberse inhibido.

El Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo acaba de dictaminar que la condena al ex secretario de Estado de Seguridad, Rafael Vera, por el secuestro del ciudadano hispanofrancés Segundo Marey, retenido durante 10 días por los GAL en 1983, fue justa, al tiempo que admite, no obstante, que el magistrado Baltasar Garzón estaba contaminado por imparcialidad para instruir el caso en el que debió abstenerse.


Aunque ambas consideraciones pudieran parecer, a primera vista, contradictorias, no tienen por qué serlo y, de hecho, consideramos que no los son en absoluto. En primer lugar, fue notoria la enemistad y hostilidad que Garzón y Vera llegaron a profesarse desde que el magistrado decidió en 1993 dar rienda suelta a su ambición política y presentarse por Madrid como número dos de González en las elecciones generales de ese año. Bien fuera porque constatase la poca predisposición de la cúpula socialista a tomar medidas enérgicas contra la corrupción, bien fuera porque hubiera aspirado a ser ministro de Justicia, el caso es que Garzón decidió abandonar su carrera política poco después de que Belloch se hiciera con las riendas de la fusión de los Ministerios de Justicia e Interior. Es de esos tiempos en los que Garzón, como secretario de Estado para el Plan Nacional sobre Drogas, coincidió con Vera en el Ministerio del Interior de donde arrancan las malas relaciones alegadas por este último para argumentar la falta de imparcialidad del magistrado.

Ahora bien, por mucho que Garzón debería haberse abstenido cuando le llegó la causa contra su enemistado compañero de Gobierno, ello no borra el hecho, como bien han recordado ahora los magistrados de Estrasburgo, que el Tribunal Supremo no se limitó a reproducir la instrucción de Garzón sino que ordenó una segunda instrucción del sumario a cargo del juez Eduardo Móner en la que pudieron corregirse los posibles defectos de la anterior.

Por mucho que en el actual dictamen de Estrasburgo haya votos discrepantes que consideran que la falta de imparcialidad de Garzón contaminó toda la instrucción sin posibilidad de reparación, lo cierto es que no hay nada que demuestre la falta de imparcialidad y probidad de Móner, de quien hay tan pocos motivos de duda como las hay sobre las pruebas que evidenciaron que Vera era, ciertamente, culpable de un secuestro ilegal y de malversación de caudales públicos.

Con todo, este respaldo de Estrasburgo a la justa condena de Vera nos debe recordar que el afán de notoriedad que empujó a Garzón a la arena política es el mismo que le empujó a aceptar como juez una causa de la que debería haberse inhibido. Bueno es que lo recuerde también Garzón, ahora que sigue como instructor del caso del chivatazo policial a ETA, a pesar de la notoria amistad que le une con el representante del Gobierno socialista que señaló ese delito de colaboración con banda armada como prueba de buena voluntad del Ejecutivo de Zapatero ante la banda terrorista.


Libertad Digital - Editorial

Pascua Militar

DE acuerdo con una arraigada tradición, el acto solemne de la Pascua Militar supone el comienzo del año para la actividad oficial de las instituciones del Estado. En su discurso de ayer, Don Juan Carlos recordó la nueva realidad internacional, que exige hacer frente a «amenazas complejas e inciertas», lo que requiere, como es lógico, determinación política para dotar a las Fuerzas Armadas de los medios necesarios y lograr una mayor eficacia en la acción exterior. Son reflexiones muy acertadas a la vista del actual panorama internacional y enlazan, sin duda, con el reconocimiento de la sociedad española hacia el cumplimiento ejemplar por parte de los Ejércitos de las funciones que tienen a su cargo, de acuerdo con la Constitución y las leyes. En especial, los ciudadanos muestran su orgullo por la imagen de España que transmiten nuestras misiones militares en el exterior, modelo de profesionalidad y en ocasiones de heroísmo. El Gobierno es responsable del desarrollo de una política de defensa a la altura de las circunstancias. Sin embargo, las máximas instancias políticas del departamento mantienen por desgracia un discurso lastrado por criterios ideológicos.

Ayer mismo, Carme Chacón reconocía la dureza de la situación en Afganistán, pero la ministra -en línea con Rodríguez Zapatero- sigue sin admitir que allí se libra una verdadera guerra contra el terrorismo. Para que las cosas salgan bien, lo primero es llamarlas por su nombre y no utilizar eufemismos que a estas alturas no engañan a nadie.

En este sentido, los recortes presupuestarios en Defensa y la normativa sobre la carrera militar crean dudas fundadas sobre la gestión de una ministra cuya retórica no siempre se corresponde con la realidad implacable de los hechos. Carme Chacón anunció ante las más altas instituciones del Estado y de las Fuerzas Armadas que no habrá ley sobre los derechos y obligaciones de los militares hasta que no exista consenso parlamentario. Hay que tomar buena nota de una promesa formulada en ocasión tan solemne, porque estamos ante un asunto de Estado y en este terreno tan sensible no se puede legislar a base de maniobras y alianzas coyunturales, como acostumbra a realizar el Grupo Socialista en los últimos tiempos.


ABC - Editorial

miércoles, 6 de enero de 2010

Todo era mentira. Por Agustín Vega Cortés

La formación Unión Progreso y Democracia, que apareció como un soplo de aire fresco en un panorama político asfixiado por la corrupción, la puerilidad y el alejamiento de la vida de los ciudadanos, de unos partidos que viven su propia realidad, se ha mostrado, desafortunadamente para la sociedad española, como un simple espejismo o una quimera en el mejor de los casos, aunque seguramente, el pequeño circulo de personas, que encabezado por Rosa Diez, se han hecho dueños y señores del partido, siempre tuvo entre sus planes llevar a cabo la gran mentira, el ignominioso fraude que esas siglas representan al día de hoy.

Donde se hablaba de pluralidad, de tolerancia, de laicismo, de participación, de democracia interna, de listas abiertas para elegir a los responsables de partido, de limite de mandatos, de separación de cargos, etc, solo queda una estructura de mando completamente vertical, casi militar, acaudillada por una líder mesiánica egocéntrica, ambiciosa y despiadada, que ha dejado en el camino a la mayoría de los que con su trabajo, su dinero y sus ilusiones, hicieron de UPYD una realidad política.


Hoy, el partido de la regeneración democrática, no es más un pudridero de ideas y valores éticos, mandado por un reducido grupo de personas, (no más de 6 o 7 ), que agrupados y sostenidos por una fidelidad casi perruna a la líder, actúa como una guardia pretorina, con la única función de “limpiar” el partido de todas los militantes que resulten “molestos”, o que simplemente, puedan llegar a serlo. De esta forma, cada día se disuelven comités locales, comarcales o provinciales, se vetan a dirigentes, se les expulsa, o se impide, a la poca estructura territorial que queda, desarrollar cualquier tipo de actividad política o tomar ninguna iniciativa en el ámbito de sus competencias, que no sea previamente aprobada por ese aparato, casi policial, instalado de Madrid.

Parece mentira que eso pueda ocurrir, pero desde la dirección nacional que encabeza Rosa Diez, se está ejecutando una verdadera labor de sabotaje interno, con el objetivo de impedir que dentro del partido se pueda desarrollar una minima estructura territorial con capacidad de hacer política en sus respectivos ámbitos, y que de lugar a la aparición de nuevos liderazgos que hagan visible al partido y sus propuestas, sin tener que depender de la omnipresencia de la caudilla. Mientras tanto Rosa Diez, es la única autora de las propuestas concretas del partido, que no son otras que las que ella misma, y sin contar con nadie, se inventa cada día sin otro norte que ir a la contra de lo que propongan los demás partidos. Por eso UPyD no es un partido con una diputada, sino una diputada con un partido a su servicio, sin otro fin que el de garantizarle la continuidad en el cargo. Todo lo demás, no es más que puro atrezzo. Por eso no quiere militantes ni estructura; solo figurantes, pega carteles y palmeros.

El discurso ético y regeracionista que, avalado por algunos intelectuales como Fernando Savater, fue capaz de seducir a una gran cantidad de hombres y mujeres de una gran valía personal, y que nunca habían militado en ningún partido, o lo habían abandonado decepcionados por sus formas de proceder, hoy es un ejercicio de hipocresía y cinismo en manos de aquellos que han secuestrado ese discurso y la siglas, en busca de un pesebre para medrar al calor de la gran vaca sagrada.

La mayoría de los mejores militantes, los más honestos, los más capaces y los más coherentes,, ya no están ahí. Se han marchado o han sido obligados a marcharse. Aún quedan algunos que se resisten a aceptar que han sido engañados y que sus esfuerzos solo ha servido para el provecho personal de un grupo de oportunistas y arribistas sin escrúpulos, pero mientras más continúen alimentando la farsa, más los beneficiaran. Las ideas y los valores que alumbraron ese proyecto siguen siendo necesarios y validos, pero no puede ser representado por el partido de Rosa Diez, porque tanto ella como los que le acompañan, personifican el paradigma de todo lo contrario.

Agustín Vega Cortés Ex cordinador de UPYD de la Comarca de Tierra de Barros. Badajoz.


El Librepensador