sábado, 8 de mayo de 2010

Instinto de conservación. Por Ignacio Camacho

LAS democracias maduras tienen dos estabilizadores: el instinto de los votantes y el sistema electoral.

Ambos han funcionado en Gran Bretaña en perjuicio del liberal Nick Clegg, cuya prometedora irrupción en la campaña había sembrado el pánico en los dos grandes partidos tradicionales hasta crear una burbuja de tercerismo. Al final, los electores han descartado la tentación aventurerista en un momento de grave incertidumbre económica y social, y han optado por las fórmulas convencionales con una conducta claramente conservadora. En doble sentido: por la ventaja de los tories y por el reflejo de conservación que implica la confianza mayoritaria en la vieja aunque imperfecta alternativa bipartidista. El mecanismo de distrito uninominal ha hecho el resto y la prevista eclosión de los liberales ha quedado diluida en un gaseoso taponazo.

Situado como bisagra de una mayoría insuficiente, Clegg plantea la reforma electoral como condición preferente de cualquier alianza a la que su balance le da derecho. Le apoya un dato objetivo: ha crecido significativamente en votos y ha retrocedido en escaños. Pero sus expectativas no han naufragado sólo por culpa de un sistema que también es injusto con los grandes -con porcentaje similar al de Cameron, repartido de otra manera en las circunscripciones, Blair obtuvo en 2005 mayoría absoluta-, sino porque el cuerpo de votantes no desea experimentos en circunstancias delicadas. Hay una lección que aprender, también en España, de ese comportamiento colectivo de los ciudadanos, que aunque en las encuestas se muestran muy decepcionados con la política clásica y valoran negativamente a sus líderes, en el momento de la verdad acaban volviéndose a echar en sus brazos con más resignación que confianza. No vamos a tardar demasiado en ver entre nosotros la impugnación de las reglas del juego; bastará que PSOE o PP cedan escaños -aunque sean autonómicos- a la aparición emergente del pequeño partido de Rosa Díez para que nos hallemos de bruces ante ese debate endiablado. Y habrá que andarse con prudencia, porque los sistemas mayoritarios no son un vicio caprichoso de una oligarquía de poder, sino un instrumento de estabilidad democrática que evita o modera las consecuencias de ocasionales sacudidas de descontento.

El resultado británico revela al tiempo la escasa pegada de Cameron y la impopularidad grisácea de Brown, pero incluso ante esos liderazgos mortecinos ha prevalecido la solidez bipartidista. El desgaste de la política tradicional no basta para dar paso a alternativas sin contraste, que necesitan algo más que brillantez dialéctica y oportunismo táctico. El obamismo, la propuesta de nuevas vías, es una seductora tentación que sólo se puede respaldar con un Obama: un líder con carisma, determinación y claridad de ideas. El mero aprovechamiento de la desilusión no suele pasar de una digna minoría privilegiada.


ABC - Opinión

Campanas sin vuelo

El atisbo de recuperación en el primer trimestre no basta para certificar el fin de la recesión

La estimación del Banco de España sobre el crecimiento del PIB en el primer trimestre de este año aporta una décima de variación positiva sobre el trimestre anterior. Es una buena noticia, después de seis trimestres consecutivos de contracción de nuestra economía. La magnitud de la variación y la base sobre la que se expresa no permite, sin embargo, echar las campanas al vuelo. Sólo puede afirmarse que hemos tocado fondo y, si no hay malos registros en próximos trimestres, la economía reiniciará una muy moderada senda de crecimiento. Tan moderada que, aceptando las previsiones de la mayoría de las agencias multilaterales y de los analistas españoles, el crecimiento del conjunto del año se cerrará con otra tasa de crecimiento negativa, en el entorno del medio punto porcentual. El Ibex volvió a hundirse ayer (-3,28%), una declaración explícita de que las cuentas del PIB en el primer trimestre todavía no despejan la incertidumbre española.

Sería un error, por tanto, conceder a esta estimación provisional el poder de prescripción sobre la evolución del conjunto de la economía española, como si ya se hubiese salido irrevocablemente de la recesión y olvidar las amenazas que siguen pesando sobre el bienestar de los españoles. El paro, el desequilibrio más grave, no va a disminuir de forma rápida. Es muy probable que se mantengan tasas de desocupación en torno al 19% en los próximos cuatro trimestres. Las perturbaciones que sufren los mercados financieros no favorecen la corrección de ese otro desequilibrio crucial, el de las finanzas públicas. Sin crecimiento ni aumento de la demanda, la reducción del déficit es muy complicada.

El otro gran desequilibrio a corregir es el de la confianza de los agentes económicos en las instituciones. Casi todas, desde el sistema bancario a las organizaciones empresariales, los partidos políticos y el propio Gobierno, están perdiendo a chorros la confianza de la opinión pública en que puedan resolver la crisis financiera y la recesión. No es problema sólo de España. Europa también tiene problemas de iniciativa y claridad de ideas. El Eurogrupo tiene que demostrar que está a la altura de las circunstancias alumbrando un acuerdo que apacigüe el ataque financiero al euro.

Flaco favor harían el Gobierno y la oposición a la urgente restauración de la confianza si se enzarzaran ahora en una discusión sobre lo que significan las décimas del PIB, en lugar de acometer en serio la solución de dos de los problemas que enunciaron Rajoy y Zapatero en su pasado encuentro. Si el Banco de España tiene razón y empieza a normalizarse el flujo del crédito, Gobierno y PP tienen que ayudar a que se consolide esa tendencia. Está pendiente la concreción del plan de ajuste del gasto público, como bien recuerdan los mercados casi todos los días. Estas son las tareas urgentes y las que merecen un acuerdo serio. Las demás, sin ser tan perentorias, son tareas importantes y podrían beneficiarse de las habilidades de las instituciones si estas dispusieran de una altura de miras distinta de la exhibida hasta ahora.


El País - Editorial

Socialismo o muerte. Por José María Marco

Volvemos a comprobar que los gobiernos no se lo pueden permitir todo, ni son capaces de rescatarnos de todas las situaciones, y que la política no sirve a la hora de generar prosperidad, que hay que respetar las reglas y las leyes.

Al principio no había crisis. La economía española estaba saneada, las cuentas del Estado libres de polvo y paja, y el sistema financiero boyante y estabilizado. Luego llegó el aciago verano de 2008, y entonces sí que hubo crisis, aunque entonces eran responsables los bancos norteamericanos y los especuladores que se habían enriquecido con unas hipotecas exóticas. No se sabe bien por qué, aquella crisis contagió a la economía española. Pero no hay mal que por bien no venga y la crisis, al fin reconocida, vino a demostrar la maldad intrínseca del capitalismo. Así que nuestros socialistas aprovecharon la ocasión para celebrar el fin del liberalismo económico.

Durante un tiempo, Rodríguez Zapatero no debió de dar crédito a lo que estaba ocurriendo. Había planteado una revolución ideológica y de costumbres, exclusivamente postmoderna. Ahora se le presentaba la oportunidad de demostrar que el socialismo seguía vigente, que estaba ahí, al alcance de la mano. Incluso lo llamaban, en tono implorante, los agentes del capitalismo en trance de perecer, arrastrados por la desvergüenza y la codicia de que habían hecho gala en los últimos veinte años... El Estado triunfaba, podía hacer lo que quería, se mostraba capaz de arreglarlo todo.

Tal vez aquellos momentos de embriaguez, que de ser cierta esta hipótesis debieron de ser memorables, expliquen lo que ha sucedido después. Como era previsible, toda aquella ilusión se ha desvanecido al cabo de no mucho tiempo. Estamos justamente en la resaca de la borrachera provocada por la inyección de ideología dura que Rodríguez Zapatero, epítome moderno de los socialistas de todos los partidos, clases y nacionalidades, se permitió con la crisis financiera. Volvemos a comprobar que los gobiernos no se lo pueden permitir todo, ni son capaces de rescatarnos de todas las situaciones, y que la política no sirve a la hora de generar prosperidad, que hay que respetar las reglas y las leyes, que no se puede saquear sistemáticamente a los contribuyentes, e incluso (esto es lo peor) que es necesario trabajar, aunque sea de vez en cuando.

Los socialistas ya han elaborado una nueva explicación, la de los especuladores contra España, contra el euro, contra Europa. Habrá quien se la crea, claro está: es sencilla, fácil de entender y permite albergar la esperanza de que se va a seguir viviendo del cuento, quiero decir del socialismo. Aun así, las cuentas ya no salen.

Rodríguez Zapatero, por su parte, no aceptará la realidad porque no se puede asumir el final de un ideal tan bello como el que creyó protagonizar hace menos dos años. Y acabaremos abrasados en la pira funeraria de quien optó, heroicamente, por inmolarse en el altar de los sueños rotos. Socialismo o muerte, compañeros liberados.


Libertad Digital - Opinión

Imposible pacto educativo

AUNQUE algunos se empeñen en disfrazar la realidad, existen no pocas razones para que el Partido Popular haya rechazado el Pacto por la Educación impulsado por el Ejecutivo.

Nadie discute las buenas intenciones y el esfuerzo desplegado por el ministro Ángel Gabilondo. Sin embargo, el objetivo político de Rodríguez Zapatero era consolidar con algún maquillaje formal un sistema fracasado y evitar cuidadosamente cualquier asunto que pudiera molestar a los nacionalistas. En definitiva, era más una quimera que un auténtico pacto con la intención de dar cobertura a un modelo que ha causado graves daños a la formación de los jóvenes españoles. El PSOE no ha querido escuchar la opinión generalizada de la comunidad escolar en relación con la libre elección de centro, la garantía del castellano como lengua vehicular en toda España y un programa mínimo de enseñanzas comunes. Dadas las circunstancias, la propia dinámica del Estado democrático exige que el PP ofrezca una opción alternativa que aborde los problemas reales en lugar de asumir un acuerdo de perfil bajo y escasa utilidad.

En efecto, no tiene ningún sentido suscribir un pacto que no implica un cambio de modelo. Hay, sin duda, algunas medidas bien orientadas y la responsabilidad del Ejecutivo es ponerlas en práctica buscando los apoyos necesarios. Pero el verdadero consenso supone una voluntad firme y efectiva de mejorar la realidad actual y no de buscar una foto para «vender» un conjunto de medidas inconexas y de dudosa eficacia. Estamos ante otro fracaso de una iniciativa gubernamental, a pesar de que desde el Ejecutivo se intenta hacer responsable de la ruptura a un supuesto interés electoralista de la oposición. ABC ha defendido siempre la urgente necesidad de un pacto social y político para la mejora del sistema educativo. Sin embargo, es muy lógico que el PP, aún reconociendo el espíritu de consenso del ministro de Educación, no haya querido dar su apoyo a un texto con escasa sustancia política y algunas decisiones muy discutibles en el terreno estrictamente pedagógico. Queda abierta la puerta para el futuro si existe verdadera voluntad política y genuino sentido de Estado.

ABC - Editorial

La hora de Cameron

Los resultados electorales británicos dan sentido a un pacto entre conservadores y liberales

Las disputadas elecciones británicas del jueves han liquidado la era de la hegemonía laborista y defraudado las expectativas suscitadas por el tercer partido, el liberal-demócrata. Y a la vez que han hecho buenos los pronósticos de un Parlamento sin mayoría absoluta, por primera vez desde 1974, han puesto de manifiesto, en su desarrollo, la improcedencia de lidiar con medios electorales del siglo XIX realidades del siglo XXI. La falta de un rotundo ganador se ha visto inmediatamente reflejada en la caída de la libra.

El sistema otorga en estas circunstancias al primer ministro la capacidad de intentar formar Gobierno. Gordon Brown lo anunció así en un postrer intento de aferrarse al cargo. Pero eso fue antes de que el victorioso líder de la oposición, David Cameron, lanzara en un terso mensaje a los liberales su propuesta de hacer un Ejecutivo estable y fuerte con la holgada mayoría en los Comunes que permite la suma de sus escaños.


Un elemental sentido común aconseja, como solicita Nick Clegg, que sean los conservadores los que lo intenten. Cameron se dice dispuesto a dar cabida en el acuerdo a la reforma del injusto sistema electoral, la mayor aspiración liberal, que a cambio de Gobiernos estables maltrata a fuerzas sin amplia base nacional. En este terreno, los resultados de ayer colocan a Clegg como árbitro, pero en peor posición que la esperada.

Londres, donde ha funcionado durante un siglo un duopolio entre laboristas y conservadores, no tiene tradición de coaliciones, pero parece llegado el momento. Aunque posible, sería poco práctico para los tories buscar un Gobierno minoritario, con apoyos puntuales de otros partidos, para sacar adelante leyes concretas. La delicada situación de Reino Unido no está para parches que aboquen en meses a nuevas elecciones, como sucediera en 1974. Es improbable que esos apoyos, aun si funcionaran en lo pequeño, sirvieran para aprobar en Westminster la reducción drástica del gasto público o la inevitable subida de impuestos.

En los días venideros habrá grandes maniobras para formar Gobierno. Lo deseable, especialmente en estas circunstancias de incontrolable volatilidad económica, es saber cuanto antes quién manda en Reino Unido. Que los partidos lleguen a pactos creíbles a tiempo para que el 25 de mayo la reina pueda anunciar en su tradicional discurso las prioridades legislativas del nuevo Gabinete.


El País - Editorial

Cameron: principios indefinidos, victoria moderada

Es cierto que Brown ha salido muy desgastado de los comicios, o que Clegg y toda la intelectualidad de izquierdas británica han fracasado por completo, pero Cameron tampoco ha logrado un triunfo que pocas veces resultaba tan asequible.

Por primera vez en 36 años y por segunda vez en casi un siglo, las elecciones en el Reino Unido no han arrojado un Parlamento con mayoría absoluta que permita conocer con seguridad quién será el próximo primer ministro y, sobre todo, qué programa de gobierno se implementará. Los conservadores han logrado alzarse con la victoria de 306 de los 650 escaños en un clima electoral donde la mayoría de la población sólo deseaba una cosa: que Gordon Brown no repitiera en el poder.

Ya sea votando a los conservadores, a los liberal-demócratas o a alguno de los parlamentarios laboristas que amenazaban con rebelarse contra el ex ministro de Economía de Blair, la mayoría de los ciudadanos ha rechazado una administración nefasta durante la cual ha quebrado todo el sistema bancario inglés, se ha disparado el déficit público por encima del 10% y la economía se ha estancado. Nada que no haya pasado en otras partes del mundo, pero no convendría olvidar que el Reino Unido se negó a entrar en el euro, manteniendo su soberanía monetaria, para que desastres como éstos no sucedieran.

El problema del resultado electoral es que, sin un claro vencedor, las imprescindibles recetas que requiere el país –como puede ser a corto plazo la reducción del déficit público sin incrementar la presión fiscal más aún de lo que lo hizo Brown– pueden quedar aplazadas u obstaculizadas o por un Gobierno de izquierdas o por un Gobierno dirigido por Cameron con el respaldo de Clegg.

Pues, no lo olvidemos, los liberal-demócratas, aun cuando se llaman a sí mismos liberales, no son más que un partido de nueva izquierda de corte obamita obsesionada por incrementar los impuestos a "los ricos" y por seguir expandiendo el Estado del Bienestar. Así, a pesar de la loable disposición inicial de Clegg de apostar por el recambio de Brown apoyando a Cameron, habrá que ver si ese apoyo no atará las manos al torie para implementar algunas de las reformas que muy tímidamente ha defendido a lo largo de la campaña electoral, como por ejemplo la reducción del gasto público para lograr equilibrar las cuentas.

Y es que, pese a tenerlo todo a su favor, pese a enfrentarse a uno de los políticos más impopulares de la historia de Reino Unido, al que incluso se le grabó insultando a una viuda, y pese a liderar un partido que lleva 13 años fuera del poder, Cameron ha sido incapaz de alcanzar una mayoría absoluta en un sistema electoral como el inglés diseñado precisamente para lograr mayorías absolutas.

Es cierto que Brown ha salido muy desgastado de los comicios, o que Clegg y toda la intelectualidad de izquierdas británica que quería crear un nuevo Mesías a imagen y semejanza de Obama han fracasado por completo tras todo el espectáculo mediático que se generó, pero Cameron tampoco ha logrado un triunfo que pocas veces resultaba tan asequible.

Una lección de la que tendría que aprender Rajoy: el perfil bajo, la imagen de centro y la tibieza en las propuestas no garantiza ni mucho menos el éxito electoral. Una oposición debe dejar claro desde el primer momento por qué es necesario un cambio de Gobierno, no hacerlo sólo sirve para regalar oxígeno al rival. Brown, por propios deméritos, llevaba enterrado políticamente desde hacía meses, pero poco antes de iniciar una campaña que se terminó volviendo desastrosa logró renacer de sus cenizas hasta el punto de competir de tú a tú con Cameron. Zapatero nunca ha estado tan degastado como Brown y probablemente tenga más arte en diseñar unas campañas basadas en la propaganda. Si Rajoy no quiere terminar hipotecado por los nacionalistas, si quiere aplicar reformas de calado como las que necesidad España, debería empezar a hacer oposición ya. Otra cosa es que sólo aspire a residir en La Moncloa al coste que sea. Entonces Cameron sí puede constituir un modelo.


Libertad Digital - Editorial

Victoria complicada para Cameron

EL veredicto de las urnas en Gran Bretaña ha sido indiscutible: los electores han dicho que no están dispuestos a seguir gobernados por los laboristas y han señalado mayoritariamente al candidato conservador, David Cameron, como el preferido para ocuparse del país.

Según el reparto de escaños, sin embargo, se ha producido el temido parlamento «colgado» o, más bien, «suspendido», que es una opción que tradicionalmente no ha encajado en la mentalidad de los británicos. En anteriores ocasiones se convirtieron en una situación transitoria hacia unas nuevas elecciones anticipadas que jugaron el papel de una especie de segunda vuelta para confirmar la tendencia señalada en la primera. Por ello, no vale la pena que el primer ministro saliente, Gordon Brown, se aferre a sus prerrogativas alegando que los conservadores no han logrado la mayoría absoluta, porque es evidente que los electores le han dado la espalda a él. La tarea que tiene ante si David Cameron es, pese a todo, muy complicada. Las encuestas que hace un año predecían que ganaría con mucha diferencia pueden haber sido la causa de que descuidase la intensidad de la campaña en los últimos meses, lo que ha permitido al primer ministro laborista mitigar su derrota.
Sin embargo, la verdadera derrota es la que ha cosechado el partido liberal-demócrata de Nick Clegg, sobre todo si se tienen en cuenta sus expectativas iniciales, y, paradójicamente, aparece como el factor más ineludible de cualquier combinación para una coalición mayoritaria. En esta situación, Cameron ha ganado pero no se atreve a cantar victoria, Brown ha perdido, aunque todavía sueña con salvar la situación, y el único que tiene claro que ha sido derrotado resulta ser la pieza clave de todas las combinaciones. Probablemente, el elemento central de las negociaciones de los liberal-demócratas en una eventual coalición de gobierno será un cambio de la ley electoral, cuando el resultado de estas elecciones es la prueba indiscutible de que la reforma que pretenden los liberales y que los laboristas están dispuestos a escuchar serviría para garantizar que situaciones como ésta, es decir, los parlamentos «colgados», fueran la norma y no la excepción como hasta ahora. Por contra, una coalición entre conservadores y liberales basada en fórmulas razonables para resolver los principales problemas del país parece de lejos la opción más conveniente para el Reino Unido y para Europa.

ABC - Editorial

viernes, 7 de mayo de 2010

Naderías. Por José María Carrascal

Y ahora, ¿qué? Pues ahora, nada, pues nada se ha resuelto, todo sigue igual. ¿De qué sirve arreglar la deuda griega si no se arregla la española? ¿De qué sirve sanear las cajas de ahorro si no se sanea el sistema productivo español?

El encuentro Zapatero-Rajoy no nos he hecho avanzar un milímetro hacia la solución, lo que el New York Times llama «problemas cruciales españoles», por la sencilla razón de que no los abordaron. Y no los abordaron porque el anfitrión sabía que, de abordarlos, las diferencias con su invitado invalidarían cualquier tipo de acuerdo. Y lo que a él le interesaba era escenificar un acuerdo aunque fuera, no ya de mínimos, sino ficticio. Pues vamos a ver, ¿es que España puede oponerse a la ayuda europea a Grecia, sabiendo que en el futuro puede necesitar esa ayuda? ¿Es que PSOE y PP pueden oponerse a la reforma de las cajas de ahorro, cuando buena parte de ellas están en bancarrota? Además, tampoco es una reforma a fondo, es un cambio de dueño. Las cajas de ahorro españolas ya están intervenidas. Por los gobiernos autonómicos, que son quienes las han llevado a la ruina. Ahora, van a ser intervenidas por el Gobierno central. Esperemos que lo haga mejor, aunque andando por medio los políticos, todo escepticismo es lícito.

Es por lo que creo que este tipo de encuentros hacen más mal que bien, al crear falsas expectativas y dar la impresión de que se ha hecho algo, cuando no se ha hecho nada. Tal vez sirva a los intereses de unos líderes políticos que sólo piensan en salir del paso. Pero no sirve a los intereses de una nación, sobre todo en momentos críticos, como los que atraviesa España. «Cuando algo no tiene arreglo, lo mejor es que se estropee del todo», dicen los ingleses, que precisamente intentan solucionar en las urnas una situación que parecía no tener arreglo. En este sur de Europa que ellos tanto aman y, para su fortuna, tan poco imitan, lo que priva es la máxima lampedusiana de «cambiarlo todo para no cambiar nada».

Seguimos los españoles, como los griegos, sin querer enterarnos de que tenemos una democracia, no una dictadura. Seguimos pensando que el gobierno, del brazo de la oposición, nos resuelva los problemas, pero sin dolor. Seguimos considerando el trabajo un castigo divino y el ocio, el último resto del paraíso. Seguimos considerando la política un medio legítimo de obtener ventajas para uno, su familia y sus compañeros de partido. Seguimos rehusando la responsabilidad y echando la culpa de todos los males a los demás. Y seguimos creyendo que la realidad puede engañarse como nos engañamos entre nosotros.

Hasta que la realidad nos suelta un bofetón que nos tira por los suelos, como les ha ocurrido a los griegos y nos ocurrirá a nosotros si seguimos organizando escenitas como la del miércoles en La Moncloa.


ABC - Opinión

Mal + Mal = Peor. Por M. Martín Ferrand

EUROPA está cansada hasta de sí misma, sin memoria de sus viejos resplandores imperiales y absorta en una crisis que se alimenta por sí sola.

Como ayer recordaba Guy Sorman en La Tercera de ABC, «el euro que debe Grecia se lo debe en realidad a un banco alemán o francés». ¿Tratamos ahora de ayudar a los griegos en sus dificultades o corremos en socorro de un sistema financiero continental instalado en el confort que le produce la protección continua y, por si fuera poco, también la de sus Estados vecinos asociados? Cuando cada palo no aguanta su vela, la embarcación se escora y tiende a naufragar. Como también decía Sorman en tan lúcido artículo, todos los Estados europeos han sido gestionados «a lo socialista», en contra de la esencia liberal que germinó la Unión, y de ahí buena parte de los males.

El mercado -tan perverso como quiera verlo la izquierda pero tan inevitable como acredita el fracaso de todas las ideologías que nacieron para negarle- conlleva el premio de un beneficio que se legitima y compensa con la posibilidad de un fracaso total. Si, en un sospechoso paternalismo público, el riesgo desaparece incluso como hipótesis, estaremos hablando de otra cosa. Algunos nos sentiríamos más tranquilos con supuestos diferentes: los de la responsabilidad, incluso penal, de los gestores de las grandes instituciones financieras -normales como los bancos o atípicas como las cajas, que de momento no tienen dueño- y en la asunción de que el fracaso es siempre efecto de una causa penosa.

La actual situación de nuestras Cajas, tan grave que un encuentro entre Zapatero y Rajoy puede consagrarse a las fórmulas de su salvación con prioridad al paro y otras facetas económicas y políticas de las crisis en presencia, se aliviaría mucho si llegáramos a ver, camino de los penales correspondientes, una cuerda de presos formada por quienes, por acción o por omisión, al servicio de la política regional o de sus propios intereses, las destrozaron y desvirtuaron. La fórmula consensuada para su salvación, fundamentada en la concentración de los monstruos no llevará a ninguna parte. Dos Cajas calamitosas -o tres, o cuatro- reunidas en una de mayor dimensión darán paso a una gran Caja inmensamente calamitosa. No hay antecedentes de que la suma de males genere un bien. Por socialdemócrata que sea carece de sentido el afán perpetuador de fórmulas de probada ineficacia.


ABC - Opinión

Rubalcaba da lecciones. Por Cristina Losada

La izquierda se desarmó ideológicamente frente a ETA y las secuelas de ese desarme permanecen. Ni siquiera ha aprendido que la supremacía moral de la democracia se manifiesta en la negativa a dar carta de naturaleza política a los que matan.

El ministro Rubalcaba es partidario de actuar dentro de la ley en la lucha contra el terrorismo. "Se puede ser más eficaz cuando se respetan las normas porque nos dan la supremacía moral", sentenció en una conferencia, a la vera de Peces-Barba. Una entiende que esas normas deben de respetarse siempre, incluso si no prometen eficacia. No obstante, bienvenido al club. Por un minuto. El minuto que se tarda en recordar que quien imparte lecciones fue miembro de un Gobierno que recurrió a la "guerra sucia". Y que lo hace junto al hombre designado para quebrar la espina dorsal de las víctimas, a fin de allanar el camino a una negociación política con ETA. La ley y la moral nunca han iluminado al PSOE en ese periplo.

Para ilustrar su tesis, Rubalcaba trazó una comparación entre la dictadura franquista y la democracia. Las leyes represivas de la primera, dijo, no consiguieron acabar con ETA; en cambio, la democracia, con su supremacía moral, va a lograrlo. Ojalá fuera tan fácil. En realidad, las dictaduras suelen terminar sin contemplaciones con los grupos terroristas y, en nuestra época, la gran mayoría de esas bandas se han desarrollado en el seno de democracias. ETA fue mucho menos activa bajo el franquismo que después de él. La frecuencia y la intensidad de sus atentados se multiplicaron durante la Transición, para llegar a su máximo entre 1978 y 1980, año en el que causó un centenar de víctimas. ETA perpetró el 29 por ciento de todos los asesinatos de su historia en ese período. Los "años de plomo" fueron en democracia.

El mito, sin embargo, quiere lo contrario. Pues en el mito de la izquierda, ETA pertenece a la familia antifranquista, aunque entonces le surja un interrogante: ¿por qué sigue? Pregunta que no contesta reconociendo que uno de los factores por los que ETA ha perdurado es la legitimidad que le concedió la izquierda, su larga y todavía latente complicidad moral con ella. La que expresa aquel grito: "vosotros, fascistas, sóis los terroristas", que aún corearon los partidarios del "proceso". La izquierda se desarmó ideológicamente frente a ETA y las secuelas de ese desarme permanecen. Ni siquiera ha aprendido que la supremacía moral de la democracia se manifiesta en la negativa a dar carta de naturaleza política a los que matan.


Libertad Digital - Opinión

La crecida. Por Ignacio Camacho

ESTÁN eufóricos en el PP, y no les faltan motivos. La cita de Moncloa fue desde el punto de vista práctico una pantomima sin resultados, un debatillo del estado de la nación, pero por primera vez en siete años Rajoy no sólo ha salido indemne de una encerrona sino que ha logrado proyectarse en ella como alternativa de poder.

Entró como víctima de la enésima operación de imagen de Zapatero, con el presidente dispuesto a endosarle una amplia cuota de su propio desgaste, y se marchó crecido, con un aura de aplomo y responsabilidad, permitiéndose incluso presentar su candidatura en la mismísima sala de prensa presidencial. Fue una decisión atrevida y algo descortés, pero dejó una clara impronta de superioridad sobre un adversario que siempre había sabido llevárselo al huerto y al que ahora se ve tan mermado, tan catatónico, que ha perdido hasta sus indiscutibles reflejos; en sus mejores momentos nunca habría permitido que le clonasen su técnica más reputada, la de la política de gestos, la de los mensajes de apariencias. Y se lo dejó hacer en su propia casa. Animado por el chute monclovita, el jefe de la oposición se fue ayer a ver a Montilla con aires de estadista. La llamada del Honorable fue en sí misma un error, salvo que lo hiciese para fastidiar a Zapatero; a todas luces parecía que quería entrevistarse con el futuro jefe del Gobierno. Rajoy no desperdició la oportunidad y se plantó en Barcelona sacando pecho. Los jarrones del Tinell quedaron hechos añicos

El tiempo y las circunstancias han invertido los papeles y ahora los socialistas catalanes, antiguos firmantes del infamante pacto aislacionista, a quien no quieren ver acercarse es al presidente. A punto han estado de vetarlo en la inminente campaña electoral, como si fuese persona no grata, y protegerse de él con un cordón sanitario. El líder del PP ha aprendido a sentirse importante y no suelta presa; no sólo se mantuvo en sus trece sobre el Estatuto, sino que le pidió a Montilla «pedagogía constitucional» y además le pasó por la cara el conflicto interno del socialismo, al recordarle que también Zapatero está de acuerdo en no renovar el TC. A Mariano le están poniendo las carambolas como a Fernando VII; no es normal que unos tipos tan duros como sus rivales le hagan dos favores así en la misma semana.

Claro que el PP no sería el PP si los aprovechase por completo. Dolores de Cospedal sigue empeñada en equivocarse, y ayer rompió el pacto de la educación sin razones claras ni argumentación convincente, justo cuando su jefe parece haber aprendido a administrar los momentos de los portazos y los momentos de las responsabilidades. Para consolidar su proyección cada vez más asentada, a Rajoy no le deberían bastar los fallos de un zapaterismo en caída libre. Tiene que hacer él también entre los suyos pedagogía del mando. Enseñar a los que no saben no es en política una obra de misericordia sino una necesidad imperativa del liderazgo.


ABC - Opinión

Las cenizas del volcán griego y el futuro político de ZP. Por Antonio Casado

Por la temperatura, solventes. Por la sensación térmica, camino del desastre. Los vientos empujan las cenizas del volcán griego hacia los cielos de España. Todos los intangibles, en picado. El optimismo no vende.

Y lo que se puede contar, pesar y medir, también a la baja. Miramos a la Bolsa -vaya semanita- y tomamos nota de la degradación de la deuda española en los mercados internacionales (ayer, récord de nuestra prima de riesgo). Números contantes y sonantes mientras la avioneta sale entre las nubes de ceniza y sobrevuela el ruedo ibérico con la pancarta: “No somos Grecia”.

Lo dice un ex ministro en la distancia corta: “No somos Grecia pero tenemos que explicarlo”. De acuerdo. Por ahí vamos mal. No se puede salir con los brazos caídos y un discurso indolente a defender la solvencia de la economía nacional. A Zapatero le falta el carisma y la firmeza necesarias para convencernos de que España no es Grecia. Si al problema de liderazgo unimos el hecho de que la crisis económica forma parte de la hoja de ruta del PP para potenciar esa falta de credibilidad del presidente del Gobierno, entenderemos mejor las horas bajas de la opinión pública española.


Hartazgo de los políticos, ánimo deprimido y ganas de ver tierra de una vez por todas. Ver tierra es en este caso disponer de una hoja de ruta, por dura que sea, y atenerse a ella. Ya hemos visto que Zapatero no es la persona indicada para contagiar su incurable optimismo a la ciudadanía. Tampoco funcionaron las ocurrencias del presidente de la Cámara de Comercio, Javier Gómez Navarro, con su campaña “estoloarreglamosentretodos”, montada sobre los componentes psicológicos de la crisis económica. De nuevo los intangibles. Se trataba de masajear la autoestima del hombre de la calle, pero eso era antes de que se desinflase la campaña.

Operación sucesoria

Al final, van a tener razón los estrategas del PP que han decidido la cacería de Zapatero. Es decir, el tiro concentrado en la figura personal del presidente del Gobierno, cuyo futuro es cada vez más incierto. “Ya, pero Zapatero es al mismo tiempo la tabla de salvación del PSOE”, dice el ex ministro. O sea, que no se irá hasta que pierda unas elecciones, salvo claro e improbable repunte de la situación económica. Sólo en ese caso anunciaría su decisión de dar por terminada su estancia en la Moncloa después de ocho años, como Aznar. Por si acaso ya está en marcha la operación sucesoria. El nombre es José Blanco, que en estos momentos reina en el partido, concentra el mayor poder inversor del Estado y hace campaña de obras en las Autonomías, incluidas las gobernadas por el PP.

El problema es el calendario. Se echa encima y eso le quita capacidad de maniobra a Zapatero. Por tanto, lo más probable es que no tenga más alternativa que presentarse de nuevo a las elecciones de 2012. Si para entonces las cosas siguen igual de mal no tendrá otro remedio que hacerlo. Sería impresentable abandonar un barco con tendencia a hundirse. Y si cuando ya ha anunciado su candidatura empieza la recuperación económica, no le daría tiempo a volverse atrás.


El Confidencial - Opinión

Rajoy, también en Cataluña

MARIANO Rajoy mantuvo ayer ante el presidente de la Generalitat, José Montilla, las tesis de Estado que debería haber defendido con igual firmeza el jefe del Ejecutivo, José Luis Rodríguez Zapatero.

ESCRIBE Rajoy reiteró a Montilla que no va a retirar el recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto catalán, que el Tribunal Constitucional está plenamente legitimado para resolverlo y que no es el momento de renovarlo. Pero el mensaje más importante de Rajoy a Montilla fue el emplazamiento para «hacer pedagogía de la Constitución», que es una manera diplomatica de reprochar al presidente del tripartito una cierta deslealtad con el texto constitucional. Es evidente que la negación de la legitimidad del TC para pronunciarse sobre el Estatuto catalán es un argumento que encierra la equivalencia entre esta norma estatutaria y la Constitución, en lo que Montilla coincide con Artur Mas, quien ayer propuso que los estatutos ratificados por referendo queden al margen del TC. En definitiva, las posturas del PP y las del frente social-nacionalista contra el TC quedaron de nuevo expuestas.

Al margen de estas discrepancias, el encuentro entre Rajoy y Montilla prestó al primero una nueva ocasión -la segunda en cuarenta y ocho horas- para reforzar su protagonismo político en dos de las grandes cuestiones nacionales: la crisis económica y la crisis institucional, asuntos en los que Rajoy ha mostrado actitudes y discursos cuya claridad contrasta con la confusión de los socialistas. El hecho mismo de que Montilla propiciara esta reunión, sin considerar sus efectos sobre el PSOE, demuestra que en el socialismo cada cual empieza a hacer la guerra por su cuenta y que la autoridad interna de Zapatero se está deteriorando, situación que se acentuará a medida que avance el año electoral que se avecina.

Sería un error interpretar esta agenda de Rajoy como concesiones a un PSOE en declive. Su papel como líder de la oposición y representante de la única alternativa posible y viable al socialismo comprende también la responsabilidad de mantener abiertas las comunicaciones con sus adversarios. Una derecha que aparente ser impermeable y cerrada no podrá atraerse el voto de aquellos ciudadanos que aún recelan del PP por los prejuicios tópicos de la izquierda.


ABC - Editorial

Contagio global

Wall Street castiga la gestión de la crisis griega desde Europa y desconfía de la solidez del euro

El pánico se apoderó ayer de Wall Street. El Dow Jones se desplomó en minutos hasta un 9,12% (aunque cerró perdiendo en torno al 3,2%) como reacción a la creciente inquietud que está provocando la gestión de la crisis griega. El diagnóstico del pánico, que está llevando a un contagio global de todos los mercados financieros (todas las Bolsas europeas cayeron ayer, con especial mención para el Ibex 35, que se desplomó casi un 3%), es la convicción de los inversores de todo el mundo de que los programas de ayuda pactados por la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI) no son la solución definitiva para Grecia. Wall Street considera que el euro está en grave peligro y que las dificultades de la economía europea van a contaminar el resto de los mercados. Detrás de esa desconfianza cabe separar dos razones de peso para los inversores. Por una parte, la torpe gestión de la crisis, evidente en las discrepancias entre Francia y Alemania sobre el ritmo y condiciones para aportar las ayudas financieras al Gobierno de Papandreu; por otra, la certeza de que 110.000 millones de euros no bastan para asegurar que Grecia podrá hacer frente a su deuda.

A falta de una dirección integrada de la economía europea, es evidente que las dificultades para gestionar la crisis griega nacen de la falta de entendimiento entre Nicolas Sarkozy y Angela Merkel para acordar una intervención económica rápida en auxilio del Gobierno griego. Esta debilidad se agrava con la falta de iniciativa de las autoridades económicas europeas. Los mercados y la opinión pública tuvieron ayer un ejemplo perfecto de esa torpeza en la intervención del presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet. Ayer, al término del Consejo de Gobierno del BCE en Lisboa, que dejó el precio del dinero en el 1%, Trichet negó el riesgo de suspensión de pagos de Grecia y señaló con insistencia que Portugal y España no son Grecia. Se esperaba algo más que precarias evidencias. Trichet dejó escapar la ocasión de transmitir a la opinión pública y a los mercados que la autoridad monetaria está dispuesta a adoptar medidas excepcionales. Por ejemplo, adquiriendo, si necesario fuera, deuda soberana de los países. Trichet se quedó ayer corto; casi tan corto como se están quedando los inversores en euros y en activos españoles.

A estas alturas de la crisis griega, los inversores esperan medidas más drásticas que un plan de ajuste del gasto que el país difícilmente podrá cumplir debido a las dificultades de crecimiento de los próximos tres años. Hoy, la solución para Grecia es, además de las ayudas pactadas, la renegociación de la deuda, y esa renegociación no será creíble sin una quita importante en el principal. Frente a los retrasos políticos y componendas para salvar la cara, Wall Street y las Bolsas europeas perciben, con dolorosa claridad, los riesgos que tiene el crash griego para el euro y para el sistema financiero mundial. Por lo pronto, Moody's insinuó ayer graves consecuencias para los bancos de Portugal, España, Reino Unido, Irlanda e Italia.

En el caso de España, las amenazas son más complejas de lo que muestran los discursos oficiales. España no es Grecia, y así lo reconoció ayer el FMI a través de su portavoz, Caroline Atkinson. Pero a continuación instó al Gobierno a aplicar con rapidez las medidas de ajuste fiscal. Es decir, España puede ser Grecia si en lugar de aplicar con rigor el plan de austeridad (Francia ha anunciado una congelación del gasto público hasta 2013) se dedica, como hasta ahora, a suponer que, por el mero hecho de enunciarlo, el recorte fiscal ya está encarrilado. La situación económica tiene soluciones, el diagnóstico está hecho y se saben las recetas; pero faltan capacidad de gestión a corto plazo, sentido del tiempo y destreza política.


El País - Opinión

Veinte años de fracaso de la LOGSE exigen un cambio

Casi todo se resume en lo mismo: libertad de elección. Libertad para escoger el centro, público o privado, donde aprender en la lengua que se prefiera y con la opción pedagógica que se considere más apropiada: cheque escolar.

Entre tantas malas noticias, es un alivio que el PP se haya decidido a hacer oposición en un asunto tan importante como es la educación. Siendo urgente un relevo en el Gobierno por la necesidad que tiene España de un giro completo en materia económica, el penoso estado de nuestro sistema de educación es, a largo plazo, crucial; también para la economía. Resulta ridículo que Zapatero pretenda cambiar el modelo productivo del país y centrarse en la I+D cuando estamos produciendo universitarios con graves problemas para leer y escribir.

Sin embargo, en su rueda de prensa de este jueves, el ministro Gabilondo ha dejado claro que cree que España "tiene un buen sistema educativo", así que resulta comprensible que haya propuesto un texto que en enfoque e importancia parece equiparable a lo que la foto de Zurbano ha supuesto para nuestra economía. Un montón de medidas menores, cosméticas, que no atacan el fondo de los problemas de la educación española. Problemas que arrancan de una pedagogía que ha arruinado las posibilidades de futuro de millones de españoles, especialmente aquellos cuyos padres carecen de recursos para paliar los efectos de la LOGSE.


Resulta ridículo que los socialistas persigan ahora "estabilidad normativa" cuando frenaron las tímidas reformas del PP por medio de un decretazo. Pero aunque pudiéramos darles el beneficio de la duda, privilegio que desde luego no merecen, un mero vistazo al pacto o a las declaraciones de Gabilondo dejan claro que no han estado dispuestos a ceder ni un milímetro a las principales reivindicaciones del PP, léase, que el sistema educativo vuelva a centrarse en la enseñanza y no en seguir dejando en evidencia el fracaso pedagógico del socialismo y que los alumnos puedan aprender en castellano en toda España si los padres así lo quieren.

Para Gabilondo acabar con el modelo fracasado de la LOGSE no es "realista". Pero veinte años después, con tres gobiernos distintos al mando, difícilmente puede calificarse de realista el empeñarse en mantener esa fantasía pedagógica progre. Para Marchesi y sus herederos, los maestros pueden ser facilitadores, pero debe ser el alumno el que "descubra" los conocimientos, como si éstos no hubiesen sido el producto de siglos y siglos de descubrimientos de las mejores mentes de cada momento de la historia de la humanidad, cada uno de los cuales pudo llegar más lejos gracias a que se subieron a los hombros de gigantes, sus predecesores. Los conocimientos se enseñan, y ningún sistema educativo que ignore esa realidad tan básica puede tener éxito.

Por otro lado, resulta increíble que a estas alturas haya que insistir en que en los colegios e institutos públicos españoles se pueda aprender en el idioma común de todos los españoles. La libertad de elegir no sólo debe referirse al centro educativo, como por otra parte también ha reclamado sin éxito el PP, sino también a una herramienta tan básica como es el idioma. Por razones puramente educativas, pues pelear con un idioma que no es el materno añade muchas dificultades al aprendizaje, como de mero sentido común: si el nacionalismo emplea la lengua para separar, un Gobierno nacional debería utilizarla para unir.

Claro que poca esperanza puede quedar para que se haga luz en este oscuro asunto cuando el propio PP, que se declara adalid de la libertad de escoger el castellano en toda España, impide esa posibilidad en las regiones bilingües donde gobierna: Galicia, Valencia y, cuando estaba en el Ejecutivo, Baleares.

Al final todo, o casi todo, se resume en lo mismo: libertad de elección. Libertad para escoger el centro, público o privado, donde aprender en la lengua que se prefiera y con la opción pedagógica que se considere más apropiada. Cheque escolar, para impedir que los pedagogos puedan aprovecharse de quienes menos tienen para sus experimentos. Autoridad para el profesor, para impedir que los alumnos conflictivos obstaculicen el aprendizaje de los demás. El ridículo pacto propuesto por Gabilondo no avanza ni un milímetro en esa dirección. Bien rechazado está.


Libertad Digital - Opinión

Fin de una era en Gran Bretaña

CON las elecciones de ayer se ha puesto fin a un largo periodo de dominio del laborismo británico, inaugurado en 1997 por un Tony Blair que sedujo a sus compatriotas y a no pocos socialistas europeos con la promesa de un ejercicio de renovación ideológica para la izquierda, la llamada «tercera vía», pero cuyo balance, trece años después, es bastante escaso.

De hecho, el paso de esta generación de líderes del laborismo no puede reclamar ningún tipo de reforma significativa en la vida del Reino Unido ni ha aportado soluciones a ninguno de los grandes problemas que tiene la sociedad británica, ni la sanidad pública, ni la cohesión social, ni la emigración ni el déficit público. Blair hizo un intento sincero por conjugar los mitos tradicionales de la socialdemocracia con una mayor dosis de realismo liberal, pero más allá de su continuidad en las grandes líneas de la política exterior -lo que ciertamente exigió un coraje extraordinario en algunos momentos- su retirada hace tres años era el anticipo de este colapso anunciado.

Su sucesor, Gordon Brown, ha llevado el timón del número 10 de Downing Street a través de un fuerte temporal financiero que ha acabado de desarbolar la nave del laborismo. Si hubiera que comparar el papel histórico del anterior periodo conservador gestionado por Margaret Thatcher y John Major con estos trece años de laborismo, es evidente que ni Blair ni Brown quedarían bien parados. Es más, para buscar una herencia más clara de esta década larga de laborismo, la más evidente ha sido la emergencia de los liberal-demócratas que lidera Nick Clegg, no a causa de los defectos del sistema electoral británico, como insisten algunos, sino precisamente porque el desprestigio que ha generado la mala gestión de los laboristas ha terminado por contagiarse al conjunto del estamento político tradicional. De Blair se dijo que era el más europeo de los británicos, pero sus fogosas declaraciones en Bruselas no ocultaron que en los hechos su Gobierno y el de Brown se han comportado siguiendo la tradición más euroescéptica. Es una de las pocas cosas que están claras sobre el resultado de las elecciones de ayer, de las que sale un Reino Unido más alejado del continente. El Partido Conservador ha consumado su divorcio con los populares europeos y David Cameron estará ausente de las reuniones de la familia de la derecha europea, que sería el entorno natural para los «tories».

ABC - Editorial

jueves, 6 de mayo de 2010

La gloria del antifascismo moderno. Por Hermann Tertsch

TRES ciudadanos griegos murieron ayer asesinados en Atenas por las llamadas fuerzas progresistas -o antifascistas, como dice aquí la tropa entusiasta de la izquierda y sus medios de difusión, que son casi todos.

Murieron asfixiados, sin poder salir de un banco al que habían prendido fuego esas maravillosas fuerzas del progreso que están demoliendo aquella ciudad en aras del movimiento antiglobalización. Y en protesta contra las medidas que el Gobierno de un Estado en quiebra ha de implantar para que otros países, con el dinero de sus ciudadanos, que tampoco están ni contentos ni sobrados, se atrevan a ayudarle. De momento, tres muertos. Veremos lo que pasa en la cuarta huelga general de un país que nos precede en el hundimiento por inepcia y mentira de los gobernantes. Los bancos, como ya saben todos ustedes, porque aquí en España se lo cuentan los sindicatos, los socialistas y todo el entorno parasoviético que se ha creado en el último lustro, son muy malos. Muy malos los bancos que, con los empresarios, con George Bush y Franco, tienen al parecer toda la culpa de que sociedades modernas se paupericen bajo Gobiernos a los que nadie sensato dejaría la gestión de un quiosco ni siquiera un fin de semana. Lo que llamaría algún dibujante y columnista de los periódicos adictos, vendidos o comprados del zapaterismo, el »capital desalmado».

Y los adolescentes o ya maduritos, en Atenas y Madrid y Barcelona, pronto probablemente en muchos más sitios, se creen ese discurso y deciden castigar al maldito capital, es decir, a los bancos y a los empresarios, porque así, suponen, se hace esa justicia popular. Ya saben, la justicia popular que tanto se practicó en las retaguardias de las guerras europeas, incluida la nuestra, por todos esos valientes que jamás aparecían por el frente. Y resulta que mueren inocentes entre las llamas que el discurso retroprogre ha alimentado con su demagogia contra la banca, contra los empresarios y el mercado. Grecia, como España, a la cola en Europa en educación, liberalidad y rigor en el Gobierno; en la Champions League de la autocomplacencia, el engaño y el izquierdismo radical, ya ha comenzado a cobrarse en vidas humanas su fracaso como sociedad democrática europea en el siglo XXI. Incapaz de superar tanta mentira, tanto desprecio a la excelencia y exaltación del igualitarismo, la mediocridad y el parasitismo.

Debiéramos estar alerta y tener cuidado todos también aquí nosotros. Esto acaba de empezar y los que se saben aparatchiks e impostores, que jamás tendrían el nivel de vida que han logrado con su demagogia, son capaces de cualquier cosa por no compartir el sino de las desafortunadas víctimas de su política. Porque hemos comenzado en Europa el siglo XXI mucho peor que el anterior. Las sociedades europeas aun en 1910 eran muy apacibles, ordenadas y prósperas. Se creía en la excelencia, en la educación y en la honestidad. Había códigos de honor que merecían tal nombre. Y después, pese a todo ello, pasó lo que pasó. No creo que haga falta recordar la primer mitad del siglo XX desde 1914. Hasta 1945 en el oeste. Hasta 1978 en España y hasta 1989 en todos los países que sufrieron la miseria del régimen totalitario más largo de la historia, el comunismo. Ese que reivindican quienes han quemado vivos a los atenienses. En ningún caso quiero asustarles más de lo que debieran estarlo. Pero después de registrar anonadado esta pasada mañana los éxitos de la cooperación política entre los dos líderes de los principales partidos nacionales, cuyo gran acuerdo, en momentos de máxima emergencia, ha sido la patética reforma de las Cajas de Ahorros para junio, hay que empezar a pensar en sobrevivir. No sólo los parados, sino todos los vivos. Reforma que por cierto, ya veremos si se cumple. Con este Gobierno y esta oposición nos vamos, queridos españoles, a un negro periodo griego. De cuyo final probablemente la gente de mi generación no vea el final.


ABC - Opinión

La Acrópolis y el «caso Zapatero». Por Valentí Puig

INTENTÁBAMOS subrayar las diferencias entre el caso de España y el desplome griego, pero resulta que una extraña coalición de catastrofistas y de incompetentes prefiere aumentar al máximo las equivalencias.

Las pancartas del sindicalismo comunista griego a la sombra de la Acrópolis van a coincidir con la apertura de los colegios electorales británicos, a pocas horas de que Zapatero y Rajoy desarruguen sus chaquetas después de haber estado hablando en el tresillo modular de La Moncloa. Está de los nervios la eurozona y los mercados de deuda no controlan tanta taquicardia.

A propósito de las elecciones generales de hoy, en el chiste de un clásico tabloide londinense un viejo matrimonio mira la televisión con el perro a sus pies: «Todavía no puedo decidir que partido político me disgusta menos». Esa es la historia doméstica de la Europa del Tratado de Lisboa en la penúltima curva de la recesión. Entre la Acrópolis y las urnas británicas, es difícil identificar alguna ilusión política.


El gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, ha dicho estos días algo que puede hacerse extensivo a casi toda Europa, y concretamente a España, sin duda. Sostiene que las medidas de austeridad necesarias para afrontar el problema del déficit británico serían tan impopulares que quien gane las elecciones no volvería a tener el poder en toda una generación. Es el precio de la austeridad fiscal, un alto precio político. Claro que más sangre, sudor y lágrimas va a costarles a los contribuyentes.

En España los informes de Funcas reiteran que la reforma más urgente es la reducción del déficit público. Ha llegado la hora de despertar del sueño, dice Funcas. Eso le coge a Rodríguez Zapatero algo soñoliento, a pesar de que los mercados bursátiles ya le hayan dado varios sustos. No hay indicios de que después de su encuentro de ayer con Mariano Rajoy vaya a cambiar de comportamiento presupuestario. Tal vez calcula seguir gobernando una legislatura más, después de haber logrado surfear la recesión y conducido las vacas flacas hasta el establo en el que engorden de modo suficiente antes de las elecciones generales. Característicamente, no advierte que el tiempo se le ha acabado. Lo dice el reloj de los mercados financieros. ¿Cómo llegar así al Consejo de Ministros que a finales de septiembre tiene que aprobar del proyecto de ley de los Presupuestos Generales?

Con un 20 por ciento de la ciudadanía en paro, a Zapatero le quedan escasísimas oportunidades para convencer a los mercados. Ayer fue una de esas oportunidades, pero más bien parece que va a esperar, demorar el tiempo de las decisiones, ir perdiendo credibilidad a chorro. De consolidarse los elementos de salida de la recesión que el Gobierno anuncia, no había mejor ocasión para lanzar una estrategia de recuperación a fondo, complementando la reforma del sistema financiero con la reforma laboral y, sobre todo, con un plan de choque contra el déficit público.

Seguir culpabilizando a las agencias de calificación y a los especuladores anglosajones es un mensaje que ya no llega a una sociedad atribulada por el paro y la deuda. Es cierto: son agencias que se han equivocado a menudo, que se han engañado y que han cometido errores notorios de imprevisión, pero -como dice incluso «Le Monde»- no son procesos por brujería lo que hace falta en la eurozona, sino medidas urgentes para su gobernación y sus estructuras. Eso en la Acrópolis, en las verdes campiñas de Kent -todavía sin euro- y a lo largo y ancho de la España de Zapatero.


ABC - Opinión

Y ZP sin enterarse. Por Emilio J. González

Mientras los mercados nos ponen cada vez más en el punto de mira, Gobierno y oposición siguen encastillados en posiciones irreconciliables por pura y simple estrategia política.

Está claro que Zapatero nos lleva a la ruina. El encuentro que acaba de celebrar con Rajoy era una ocasión que ni pintada para lanzar un verdadero mensaje de calma a los mercados, pero entre que no se entera de qué va la película y que no quiere dar su brazo a torcer bajo ningún concepto, la reunión ha terminado como era de temer, es decir, en nada verdaderamente relevante para empezar a resolver los problemas. Lo cual es bastante grave porque ahora ya no se pueden dejar las cosas para otro día, ya que en los mercados los nervios están a flor de piel, como demuestran los desplomes del Ibex, el aumento constante del diferencial de tipos con Alemania y la debilidad del euro frente al dólar, y porque hay quien aprovecha las circunstancias para quitarse presión de encima poniéndosela a España.

La reunión vino precedida del rumor acerca de que España está negociando un crédito de 280.000 millones con el Fondo Monetario Internacional, cosa que no sería de extrañar teniendo en cuenta los más que serios problemas presupuestarios que atravesamos y que este mes una delegación del FMI se va a dar una vuelta por nuestro país para estudiar nuestras cuentas públicas, claro síntoma de que en Washington, como en otros muchos sitios, se temen lo peor. La cuestión es que la difusión de ese rumor le vino muy bien a otros países, en especial a Francia y, en menor media, al Reino Unido, cuya situación presupuestaria empieza a ponerse también en entredicho.


Y teniendo en cuenta cómo se las gastan en este mundo, no sería extraño que alguien desde allí hubiera hecho circular el rumor. No es casualidad, desde luego, que la web de Le Monde, uno de los periódicos galos más importantes, el martes tuviera colgada la noticia. Vamos, que estamos en una situación en la que por Europa abundan los codazos y zancadillas con tal de no caer en la hoguera de los mercados. ¿Juego sucio? Desde luego, pero así son las cosas cuando la situación financiera internacional, o, más concretamente, europea, empieza a ser algo así como un sálvese quien pueda.

En este contexto, lo que tendrían que haber hecho Zapatero y Rajoy es haber anunciado conjuntamente la inmediata aprobación de un drástico plan de recorte del gasto público que afecte a todas las administraciones y de un amplio y profundo paquete de reformas estructurales, empezando por la laboral, todo lo cual sería fruto del pacto entre el PSOE, el PP y todas aquellas otras formaciones políticas sensatas que quisieran sumarse al mismo. Ese es el compromiso adoptado por los líderes políticos portugueses para superar la crisis y es el que cabría esperar de personas sensatas, que entienden la realidad y que actúan con lógica. Ese tipo de gente, por desgracia, es escaso en la envenenada política española y así nos va. Mientras los mercados nos ponen cada vez más en el punto de mira, Gobierno y oposición siguen encastillados en posiciones irreconciliables por pura y simple estrategia política. Mientras en otros lugares se extienden rumores sobre nosotros para tratar de evitar que otros países caigan, aquí seguimos sin enterarnos de cómo nos zancadillean por el mundo porque hay quien es incapaz de ver más allá de sus narices. Y entre unos y otros, la economía española caminando peligrosamente al borde del abismo y a punto de caer en él.

Zapatero, por supuesto, es el gran culpable. Sigue diciendo eso del compromiso del Gobierno con un ajuste presupuestario que no se ve por ninguna parte, cuando lo que están pidiendo esos mercados a los que ya engañaron en su momento Salgado y Campa es concreción tanto en las medidas como en el calendario, dos cosas que deberían haber salido de la reunión con Rajoy y que, sin embargo, no se han pactado. Seguramente, el líder del PP tiene toda la razón cuando dice que todo es cosa de ZP. Y es que el presidente del Gobierno ahora se cree que si consigue de aquí a las municipales, más o menos, arreglar la cuestión de ETA con una nueva negociación, puede salvarse políticamente. Sin embargo, probablemente está calculando mal porque quien pierde su casa o su trabajo y no tiene esperanzas ni siquiera de comer, no va a votar a ZP por lo que consiga con ETA sino que su apoyo vendrá condicionado por su situación socioeconómica. Es verdad que el terrorismo sigue siendo un problema, una preocupación de los ciudadanos, pero para muchos de ellos, la principal angustia ahora es de qué va a vivir su familia, si podrá conservar su puesto de trabajo y su casa y qué futuro le aguarda a sus hijos. Así es que Zapatero, con su empeño en no hacer lo que hay que hacer para arreglar la economía y buscar salvavidas político-electorales en otros terrenos, puede estar equivocándose de plano.

Claro que en el PP tampoco parece que lo estén haciendo mucho mejor. Rajoy le dice con razón a Zapatero que recorte el gasto público, pero eso es algo que tienen que hacer todos los niveles de la Administración, no sólo el Estado y, sin embargo, allí donde gobiernan los ‘populares’, con la excepción de la Comunidad de Madrid, eso de apretarse el cinturón es algo de lo que no quieren oír ni hablar. Basta como botón de muestra la situación financiera del ayuntamiento de la capital. Rajoy, por ello, no sólo tiene que criticar al presidente del Gobierno por todo lo que hay que criticarle. Es que, además, tiene que obligar al PP a dar ejemplo en todas las autonomías y ayuntamientos en los que detenta el poder, porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Y debe hacerlo con el fin de que las encuestas que hablan de una posible victoria del gallego y los suyos en las generales sirvan también de mensaje de tranquilidad a los mercados, en el sentido de que un cambio político supondrá de verdad un cambio económico en nuestro país, porque tal y como están las cosas con la economía dudo mucho de que Zapatero vaya a ser capaz de aguantar hasta el final de la legislatura. Pero eso sólo podrá hacerlo Rajoy si desde ya desgrana todo un conjunto de propuestas concretas para salir de esta situación y lleva a los suyos en todos los niveles de la administración a seguir las mismas políticas que predica para el Estado.

Todo lo demás no hace más que conducirnos a ese pesimismo que expresó Quevedo cuando escribió aquello de "Miré los muros de la patria mía/si un tiempo fuertes ya desmoronados". Y este país no se merece ese aciago destino.


Libertad Digital - Opinión

Una tortilla sin huevos. Por M. Martín Ferrand

ESTA España nuestra siempre, desde antes de que los Reyes Católicos llegaran a Granada, fue procelosa para sus vecinos y difícil para sus gobernantes.

Más ahora, cuando la Constitución permite, en la mayoría de las circunstancias, multiplicar por diecisiete la complejidad de los problemas cotidianos y, peor todavía, también la del acuerdo sobre sus soluciones. De ahí la importancia de la visita que Mariano Rajoy, atendiendo a la invitación de José Luis Rodríguez Zapatero, cursó ayer a La Moncloa, ese chaletito a las afueras de Madrid que tanto suele empañar la mirada de sus inquilinos y, por lo general, acelerador de sus potenciales complejos de superioridad y/o inferioridad.

Después de año y medio de desprecios mutuos, buscados aislamientos e irresponsables silencios compartidos, Zapatero y Rajoy se vieron las caras, a solas, para tratar de alcanzar algún acuerdo que, básicamente, alivie el peso de la responsabilidad que le corresponde al Gobierno.


En ese sentido, y contra pronóstico, la reunión fue un éxito. Los dos grandes partidos nacionales comparten los parámetros de la ayuda a Grecia que, si Zeus no anda distraído, puede enmendar la catástrofe que la socialdemocracia ha instalado en la patria de la democracia. Bueno es también que los líderes compartan la urgencia de reconducir el sistema financiero, especialmente la mitad que gestionan las Cajas, y que hayan pactado, con fecha límite y todo, un plazo de actuación.

Habría que preguntarle a sus maestros escolares y a sus profesores universitarios; pero, visto lo visto, Zapatero parece lento de percepción. A juzgar por sus comparecencias -mejor, apariciones- posteriores al encuentro monclovita, Rajoy volvió a decirle al responsable del Ejecutivo lo de siempre, desde la necesidad de reducir el gasto público y el déficit a la de reformar en profundidad el mercado laboral, y Zapatero volvió a salirse por la tangente mientras, tras el atril, movía las piernas como un boxeador acorralado y hacía bailar sus ojos como Marujita Díaz en sus mejores tiempos. Sigue viendo, como quien tiene visiones, «datos positivos» de recuperación económica y sanear las Cajas -privatizarlas- ya es un esfuerzo supremo para quien, hipnotizado por el Estado de bienestar, no quiere ver la realidad. Una tortilla sin huevos aleja el riesgo de la salmonelosis, pero no es tortilla tal y como no son Gobierno los «agentes sociales».


ABC - Opinión

Algunas preguntas para quienes sólo ven judeo-masones. Por Juan Ramón Rallo

¿Por qué un presunto rumor de que España va a ser rescatada hunde la bolsa española pero un rumor sobre que Alemania será rescatada por Estados Unidos no hubiese generado preocupación alguna salvo por la salud mental de quien lo lanzaba?

Ya he expresado mi admiración por esa tropa de especuladores que, al sacar su dinero de España y al intentar ajustar a la realidad el precio de nuestros activos financieros, contribuyen a trasladar al presente una pequeña parte del sufrimiento futuro que padeceremos todos los españoles si Zapatero sigue en el poder.

Sin embargo, los hay que en lugar de culpar al leonés por haber arramblado con la economía, prefieren cargar contra quienes nos recuerdan que el emperador está desnudo. Permítanme plantearles algunas cuestiones a estos individuos que ven contubernios judeo-masónicos detrás de todo fracaso zapateril.
1.- ¿Creen que existe algún tipo de deber moral o patriótico de mantener el precio de la deuda pública artificial y falseadamente elevado? ¿También pensaban en su momento que el precio de la vivienda o el de las acciones de Lehman Brothers debían sostenerse inflados frente a la presión bajista de los especuladores? ¿No opinan que todos estaríamos mejor ahora en caso de que las burbujas de precios terminaran lo antes posible?

2.- ¿Piensan que la actual situación económica de España es sostenible a dos o tres años vista? Si todo siguiera igual durante los próximos ejercicios, ¿reconocerían que nos encaminamos hacia la quiebra? ¿Opinan que algo va a cambiar (a mejor) en nuestra economía si el Gobierno no rectifica alguna de sus políticas presupuestarias o laborales? ¿O tal vez piensan que va a rectificar tras tres años de cerril inmovilismo

3.- Si admitimos que al menos las respuestas al punto 2 son cuando menos inciertas, ¿entienden que algunos o muchos dudemos de la solvencia a diez años de nuestras Administraciones? ¿Es eso un atentado a la patria o un simple ejercicio de honradez?

4.- Si hacer caso a un rumor o pronóstico que defiende que España necesitará de ayuda alemana es "especular", ¿también era especulación que alguien hiciera caso al presidente del Gobierno cuando pronosticaba en 2007 que íbamos a alcanzar el pleno empleo, que mantendríamos el superávit presupuestario, que el precio de los inmuebles no descendería de manera apreciable o que la crisis subprime no afectaría a España? Si, tal como sostiene algún chalado, hay que encerrar a los que lanzan rumores que desatan la especulación, ¿deberíamos haber encerrado a Zapatero por haber estado lanzando rumores infundados –o mintiendo directamente– sobre la situación de nuestra economía a lo largo de los últimos años (y por seguir haciéndolo)?

5.- Todos aquellos analistas, periodistas y pedigüeños varios que aseguran que el hundimiento del precio de nuestras acciones y de nuestra deuda no está justificado por la situación económica, ¿han ordenado a sus brokers que compren masivamente acciones y deuda española a precios que ellos mismos juzgan "una ganga"?

6.- ¿Por qué un presunto rumor de que España va a ser rescatada en los próximos meses hunde la bolsa española pero un rumor sobre que Alemania será rescatada por Estados Unidos no hubiese generado preocupación alguna salvo por la salud mental de quien lo lanzaba?

7.- ¿No piensan que los gobiernos irresponsables, demagogos, populistas y ladrones tienen fuertes incentivos a achacar los destrozos de su gestión a un enemigo exterior supuestamente muy interesado en destruir la armonía del grupo? ¿Acaso no ven un cierto parecido entre la situación actual y todo ese repertorio de ejemplos históricos de gobernantes –y empresarios– que acusan a los especuladores de estar atacando sin fundamento a un Estado –o a una empresa– que a los pocos meses termina quebrando?

8.- Si se ha constituido una entente exterior obsesionada con destruir nuestra economía y con derrocar al PSOE, ¿por qué Zapatero envió en febrero a Salgado y a Campa de gira extranjera? ¿Acaso buscaban razonar con los irracionales? ¿O más bien pretendían convencer a los razonablemente pesimistas inversores extranjeros de que el Gobierno encauzaría el torcido rumbo de la economía? De hecho, ¿por qué entonces nos dieron varios meses de tregua para ir implementando un plan de ajuste de la economía? ¿Pero no querían destruirnos a cualquier precio?

9.- ¿Consideran que los objetivos de ese plan de ajuste prometido se están cumpliendo? ¿Acaso nuestro déficit y nuestro desempleo no continúan creciendo en medio de la parálisis más absoluta del Ejecutivo? ¿Son esos los "datos y hechos" a los que apelaba Zapatero para calmar a los inversores?

10.- ¿Qué se siente al ser los tontos útiles o los voluntariosos propagandistas de un Gobierno que está arruinando a los españoles y nos está conduciendo a la quiebra? ¿Odian tanto a los especuladores como se deberían odiar a sí mismos?

Libertad Digital

Pantomima. Por Ignacio Camacho

NO comparecieron juntos porque ellos mismos debieron de entender que no valía la pena solemnizar un acuerdo tan magro.

El rescate de Grecia lo impone el Eurogrupo y las fusiones de cajas son un asunto de mero sentido común que no debería necesitar una cumbre. En lo demás, la discrepancia es tan evidente que empieza por la propia percepción de la crisis; Zapatero insistió en su empecinado optimismo y trató de vender los mínimos síntomas de recuperación que habían quedado solapados por la tormenta financiera del martes. No considera necesario un ajuste fuerte y presenta el déficit como una opción ideológica. En ese marco de principios no hay entendimiento posible. Rajoy continúa pensando, como la mayoría de sus votantes y cada vez más de los de su adversario, que el principal obstáculo para salir de la recesión es la propia política del presidente.

La reunión de ayer fue diseñada en un contexto diferente y con una previsión distinta. Zapatero pensaba en una semana triunfal tras el mal trago de la EPA y el susto de las agencias de rating. Quería sacar pecho, en el Congreso y en Bruselas, con un leve repunte del empleo, el consumo y la productividad, y llamó a Rajoy para apuntalar luego un pactito sobre la reforma de las cajas. Sucedió que el martes se le desmoronó el horizonte: en Europa le apretaron las tuercas, Angela Merkel deslizó dudas sobre la solvencia española, la prensa extranjera le dio un vapuleo y la Bolsa se hundió en un marasmo de huidas. De pronto, la cita se convirtió en un balón de oxígeno a la credibilidad del país frente al contagio griego. Pero para eso no había agenda; no la puede haber porque no existe un solo punto de aquiescencia. Sólo valía la foto y una trivial escenografía de cordialidad.

Eso es lo que hubo. Eso es lo que hay. Todo sigue igual: una enorme desconfianza mutua y una glacial lejanía en las recetas socioeconómicas. Zapatero no cree en el ajuste; lo ha negado demasiadas veces y con demasiado énfasis para reclamar ahora credibilidad en un proceso que rechaza por prejuicios ideológicos. Detesta los sacrificios, las políticas antipáticas. La oposición, los expertos y los mercados temen que si el Gobierno no toma medidas, las tome Europa bajo la presión del precedente helénico. Pero el presidente no acepta la evidencia: se empeña en hablar de recuperación aferrado a unos datos provisionales de raquítico optimismo. De Grecia no teme tanto la quiebra como la truculenta protesta social, sin entender que las revueltas son consecuencia de la falta de reformas a tiempo. Y se aferra a los paliativos indoloros, los mantas sostenibles y demás cháchara líquida.
Cuando terminó de hablar Rajoy, la Bolsa bajaba un punto; cuando acabó Zapatero, dos. Al final perdió 2,27. Cayeron el Ibex, la deuda y el euro. El mercado no se creyó la pantomima. La ciudadanía, probablemente, tampoco.


ABC - Opinión

Ficción matinal. Por Cristina Losada

Zapatero situó la reforma laboral en términos sesgados: ellos quieren hacerla por decreto y nosotros, por acuerdo. Nosotros: los buenos, los dialogantes y blablablá.

Es muy bonito que se reúnan vis a vis el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición. En España hay una tradición política guerracivilista, bien visible en los últimos años por el retrovisor de la izquierda, pero después tenemos estas cosas tiernas. Que dejen de pelearse y que se junten, ¡que se besen! La función que cumplen las invitaciones de Zapatero a Rajoy a presentarse en La Moncloa ha de estar relacionada con la intención de satisfacer esa querencia del público, pero siempre con el propósito de sacarle un rédito sectario: se transmite que es el Gobierno quien más pone de su parte para lograr la unión y la concordia. "Reivindico mi voluntad de diálogo", declaró el presidente, a fin de que a nadie se le escapara que las buenas intenciones son suyas, sólo suyas y no del otro.

Por lo demás, nada había –y nada hubo– que justificara el desplazamiento del foco político a las estancias del palacio. ¿Acaso se trataba de debatir algún plan de ajuste como los que han adoptado Grecia o Irlanda? ¿Iban a comprometerse a realizar de común acuerdo las reformas impopulares? Negativo en ambos casos. Es más, Zapatero situó la reforma laboral en términos sesgados: ellos quieren hacerla por decreto y nosotros, por acuerdo. Nosotros: los buenos, los dialogantes y blablablá. Tan trascendental era la convocatoria que obedecía a un intento de remedar la que habían mantenido días atrás Sócrates y Passos Coelho. ¡Menos mal que nos queda Portugal! Aunque se hace saber urbi et orbi que España no es Grecia. Otra vez, ¡menos mal! A trancas y barrancas, vamos aprendiendo geografía.

Visto el raquitismo del contenido, habrá que estudiar estos encuentros monclovitas desde la perspectiva del arte dramático. En su libro sobre Zapatero, García Abad cuenta que antes de su primera reunión con Aznar, estudió con minuciosidad en qué escalón debía de colocarse para mostrar que era más alto. El presidente no puede competir con Rajoy en altura, pero sí en capacidad de representación. A fin de cuentas, no todo el mundo entiende de política económica, pero cualquiera ve las series españolas que triunfan en la tele. Abundan la sobreactuación, los tonos y gestos inverosímiles, los escenarios improbables y, sin embargo, o por eso mismo, tienen éxito. Tal vez, la clave del éxito de ZP radique en que es mal actor. Y en que "el hombre prefiere creer lo que quiere que sea verdad" (Bacon).


Libertad Digital - Opinión

Grecia se incendia

LA aparición de episodios violentos y víctimas mortales en las protestas contra las medidas de austeridad impuestas a Grecia constituye una gravísima señal y un síntoma de que, por lo que respecta a la «zona euro», la crisis puede llevarnos a una situación que hace apenas un año hubiera parecido inconcebible.

Las maniobras de los especuladores que apuestan por la caída de la moneda única han hecho mucho daño a la estabilidad financiera de varios países, a pesar de que casi siempre se han basado en informaciones virtuales, rumores o sencillamente falsedades, como ha sucedido con España. Es fácil deducir lo que podría suceder si lo que se produce es una situación en la que el Gobierno griego pierde el control del país y es incapaz de aplicar las medidas de rigor presupuestario que le han sido impuestas para pagar sus deudas. Si Grecia no cumple, no habría más solución que una suspensión de pagos que no sólo llevaría a los griegos a una situación mucho peor que la que se les propone ahora, sino que arrastraría sin duda al desconcierto a los demás países del euro y dejaría herida de muerte a divisa. Una Grecia ardiendo por los cuatro costados y en situación insurreccional es una amenaza para la propia Unión Europea.

Se escuchan voces que critican acertadamente la falta de liderazgo en la Unión Europea, que ha permitido que una crisis que debería afectar exclusivamente a un país por su escandalosa gestión del dinero público se convierta en una epidemia de desconfianza y auge del euroescepticismo. Pero, incluso en este caso, el trabajoso acuerdo de los países de la «zona euro» para prestar 110.000 millones de euros a Grecia no ha sido más que el principio de la solución. Lo que aparece ahora como el principal problema es precisamente aplicar los dolorosos recortes que se han pedido a cambio. Los griegos tienen en sus manos una tremenda responsabilidad ante una Europa a la que sus dirigentes han engañado durante décadas y tienen razón cuando se quejan de que son los ciudadanos de a pie quienes tendrán que pagar los platos rotos. Pero lo que no pueden esperar es que se tengan que hacer cargo los contribuyentes de los demás países europeos.

ABC - Editorial