domingo, 15 de agosto de 2010

Frivolidad veraniega. Por Germán Yanke

Zapatero inició la legislatura con un Gobierno elegido para que estuviera a gusto y no tanto para desarrollar un proyecto que, como se ha visto, no existía. Se mueven los ministros un tanto mustios, temerosos de decir algo y encontrarse horas después con unas declaraciones del líder que desbaraten lo que les parecía de sentido común. Con alguna excepción, ni tienen conexión con la sociedad ni con el partido al que representan, cada día más diluido y desconcertado. Sin embargo, si su único vínculo serio es haber sido señalados por el dedo del líder, algunos han descubierto este verano una misión tan razonable como imposible: corregir su relato, interpretarle de modo que logre que las cosas no sean aún peores.

Es difícil entender, salvo acudiendo a la irresponsabilidad o a la necesidad psicológica de autojustificar una política que hasta mayo nos llevaba al desastre, que el presidente, de pronto, sin análisis serio, asegurara que se va a corregir el ajuste de gasto en obras públicas. Cuando las consecuencias de anuncio tan «positivo» en el coste de nuestra deuda se iban haciendo palpables, algo previsible para todos salvo para Zapatero, han tenido que ser algunos ministros los que, sin éxito, expliquen que ni va a ser el gasto y que se compensará con otros ahorros hasta ahora desconocidos.

El daño de esta frivolidad del presidente es múltiple. Subraya la improvisación y de falta de convicción en el programa iniciado. Anima la desconfianza sobre lo que pueda hacerse en el futuro y, así, nuestra deuda se ha encarecido. Afianza la sospecha de que el gasto público es moneda de cambio para los apoyos al Gobierno (esta vez los Presupuestos) en vez de la negociación de un plan coherente. Y se aleja de la exigencia europea, que era algo, aunque pese al presidente, bueno para España: el coste de la deuda, que él acaba de incrementar, es más pernicioso para nuestra recuperación que el descenso de la inversión pública. Demasiado daño para que la matización de los ministros sirva de algo.


ABC - Opinión

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