viernes, 8 de abril de 2011

Zapatero y Guardiola. Por José María Carrascal

Es posible que Guardiola peque de exceso de prudencia. Pero lo de Zapatero desborda todos los límites de la osadía.

YA sé que las comparaciones son odiosas, pero el contraste es tan grande, la disimilitud tan escandalosa, que uno no puede resistir la tentación de comentar el antipático paralelismo. Ni las victorias continuadas, ni el distanciarse de sus rivales, ni la marcha triunfal en todo tipo de competiciones impiden al entrenador del Barça advertir a los suyos que los últimos objetivos no están aún alcanzados, que no hay enemigo pequeño y que, en esta vida, la desagradable sorpresa acecha tras cada esquina. Mientras el presidente del Gobierno español, inaccesible al desaliento, a la lógica y a los números, anuncia que empezaremos a crear empleo en el segundo semestre, sonríe ante las malas noticias y se atreve a decir que «hemos superado la crisis». ¡Esta sí que es moral! Ni la orquesta del Titanic tocando mientras el barco se hundía le supera. Lo malo es que ni con optimismos ni con valses se detienen los hundimientos ni las crisis. Es posible que Guardiola peque de exceso de prudencia. Pero lo de Zapatero desborda todos los límites de la osadía, para entrar ya en los dominios de la alucinación o algo peor. Un presidente de gobierno no puede ponerse a tocar el caramillo cuando el secretario de Estado de Economía reconoce que nuestro crecimiento no da para crear empleo, el ministro de Trabajo anuncia «lustros de constricción de salarios» y el gobernador del Banco de España reconoce que «la reconversión de las Cajas debió hacerse antes». Puede que Zapatero siga creyéndose sus fantasías. Pero debe de ser el único del Gobierno. Y encima, lo de Portugal, que nos pone en primera línea de fuego. Sí, ya sé que no somos Portugal.

Pero quién sabe si nuestro caso es peor, pues a Portugal se le salva con 75.000 millones de euros. Pero ¿cuánto costaría salvar a España? Nadie lo sabe, pero los cálculos que se hacen van de 400.000 a 700.000 millones. Una cantidad que desborda las previsiones de ese fondo europeo que acaba de crearse para estas emergencias, que, en todo caso, no estará disponible de inmediato. Nada de extraño el miedo que cunde por todas partes y que nadie quiera ni siquiera hablar de un posible rescate de España.

Mientras nuestro presidente se dispone a iniciar la gira de sus «bolos» electorales. Es lo que le gusta. Darse baños de multitudes, dejarse besar por jóvenes y maduras. Pintar un horizonte rosado y dar leña el PP. Ni siquiera la chamusquina andaluza le perturba. Él no está para esas tonterías. Él está para lo importante, para levantar el ánimo de los españoles y garantizarles que la primavera ha llegado no sólo en el calendario, sino también en la política y en la economía. En tales condiciones, ¿no creen ustedes que convendría levantar la pancarta de «Guardiola for president»?


ABC - Opinión

Corrupción. Huelga de boñigas caídas. Por Emilio Campmany

El elector imparcial, a base de escudriñar entre tanta porquería que traen los periódicos, entiende que en España están unos, que son corruptos, y que luego están otros, que también lo son, pero un poquito menos.

En Andalucía pintan bastos. Allí, a todos los dirigentes socialistas se les hacen los dedos huéspedes y no hay día sin su escándalo. A Griñán, a pesar del poco tiempo que lleva al frente del cortijo, ya se le ha puesto cara de malo de spaghetti western, de mueca torcida, labio caído y mirada asesina. Sólo Dios sabe lo que esconderán esas actas del Consejo de Gobierno que ha tenido que entregar finalmente a la magistrada. De la caja fuerte donde las han guardado en el juzgado puede salir imputado medio PSOE andaluz.

Y, sin embargo, pasa que el PP parece ir a remolque de los medios de comunicación. Sus dirigentes ven y huelen la porquería, pero antes de denunciar, acusar y escandalizarse, miran a un lado y a otro a ver cómo reacciona el personal. No les falta razón porque a veces los españoles se muestran más que indulgentes con lo que podríamos llamar "pequeña corrupción extendida". Nos solivianta que un tío se apalanque una fortuna a base de quedarse con algo de dinero de muchos. Pero, en cambio, si son varios los que entre amigos, familiares y compañeros reparten el dinero del Estado, ése que no es de nadie según Carmen Calvo, entonces ya no hay para tanto.


O quizá la parálisis del PP se deba a que, cada vez que levanta el dedo acusador, a los socialistas les basta decir Gürtel para callarles la boca. Es probable que el caso Correa sea una broma comparado con el lodazal andaluz. Es posible que lo de los trajes sea más el descuido de un dirigente ingenuo que el delito de uno corrupto. Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si la trama Gürtel implicara una cascada de favores a unas determinadas empresas a cambio de financiación para el partido y comisiones para un puñado de políticos del PP valenciano? Aceptar un bolígrafo puede ser un descuido. Aceptar unos trajes a medida es una cosa muy rara. Y si fue un ingenuo error, ¿por qué dijo Camps que él se paga sus trajes si no es cierto? Dicho de otro modo, ¿por qué tiene el PP que presentar necesariamente a Camps y a su pequeño círculo de imputados a estas elecciones? ¿No hay en el PP valenciano bastantes militantes sin problemas con la Justicia que hay que recurrir a éstos?

Al final, el elector imparcial, a base de escudriñar entre tanta porquería que traen los periódicos, entiende que en España están unos, que son corruptos, y que luego están otros, que también lo son, pero un poquito menos. La conclusión no puede ser otra: la corrupción está generalizada y sólo sale a la superficie una pequeña parte de ella, la que cometen los torpes y la de quienes se fraguan demasiados y peligrosos enemigos. Y todo entre una casi generalizada indiferencia. Bonito país.


Libertad Digital - Opinión

Metternich junto al Wannsee. Por Hermann Tertsch

¡Ay, nuestra pobre ministra de Exteriores! Su intervención trasladó a tan distinguido público a un aula de parvulario.

ES difícil encontrar un marco mejor para lucirse. Pocos escenarios pueden ser más agradecidos para un político que el que le brindaba ayer a la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, el Foro Hispano-Alemán en Berlín. En la magnífica sede de la compañía Wurth en el privilegiado paisaje de la ribera boscosa del Wannsee, en las afueras de Berlín. Hasta sol lucía. Allí tenía un público atento y respetuoso, con gran parte de la crema del empresariado español y alemán. Ha sido un gran éxito de convocatoria esta sexta edición del Foro al que el Rey Juan Carlos y el presidente de Alemania tienen ya firme costumbre de acudir y agasajar con una comida en el Palacio presidencial de Bellevue. Los empresarios españoles tienen claro que Alemania ha ejercido como ángel protector al haber impuesto unas reformas en España que jamás se habrían tomado de haber dependido del talante feliz de nuestro presidente autosatisfecho. Pero más allá del momento, saben que la Alemania actual es el mejor socio imaginable para desarrollar el tejido industrial español, ese flanco tan débil. Los alemanes que estaban allí cuentan en décadas su presencia en España. Y consideran que estos vínculos tan fuertes y estrechos no pueden dinamitarlos los disparates de unos políticos insensatos. Éstos vienen y se van pero los intereses comunes permanecen y sobrevivirán a la crisis, a Zapatero, gamberradas como la sufrida por EON y otros desmanes contra la seguridad jurídica. Como recalcaron los empresarios de ambos países, también el Rey y el presidente Wulff, la alianza estratégica entre España y Alemania es lógica, histórica y permanente.

Lo dicho, un chollo de público. Allí estaban desde el jefazo del BBVA, Francisco González, pegado a su Ipad, a Miguel Antoñanzas, de EON; Cesar Alierta y su gigante Telefónica, de buen humor; el gran jefe de Airbus, Thomas Enders, muy amable; el pope de Siemens, Peter Löscher, y el jefe de la Bolsa Alemana (DBAG) y presidente de la Cámara Internacional de Comercio, Manfred Gentz. Y el comisario Almunia, sobrio, riguroso e inteligente. Y decenas de personalidades del mundo de la diplomacia, la cultura y la sociedad civil en general. Todos dedicados a hablar de sus cosas, captar mensajes políticos si los hubiere. Las ministras españolas Cristina Garmendia y Trinidad Jiménez tenían allí un público amable y condescendiente. Garmendia logró hacer una exposición razonable. Pese a la evidencia de que su jefe ya le ha contagiado esa insoportable manía de forzar el optimismo hasta los extremos del buhonero. Pero ¡ay nuestra pobre ministra de Exteriores! Su intervención trasladó inopinadamente a tan distinguido público a un aula de parvulario. Podía ser también una charla de parroquia. A los pocos minutos de comenzar, los asistentes ya se cruzaban miradas compungidas. Cuando concluyó muchos suspiraron aliviados de que no se prolongara la vergüenza. La culpa no es suya. La tiene quien la tiene. Ella sufre en cuanto la sacas del mitin de barrio. Al final dijo que para ella Europa significa que nadie quede desasistido. Podía referirse a gobiernos desastrosos que piden dinero. O a sí misma. Despertó piedad la ministra. Después habló el ya sólo ministro de Exteriores, Guido Westerwelle. Se ha quedado sin vicecancillería y sin jefatura del FDP, después de hundirlo hasta el 3 por ciento en las encuestas. No da una, el pobre hombre. Pero después de hablar Trini, Guido parecía Metternich.

ABC - Opinión

Eurodiputados. Abajo los privilegios. Por Cristina Losada

En ese ¡abajo los privilegios! suena algo más que la pura racionalidad del gasto y del ahorro. Se entromete el afán igualitario. A fin de cuentas, hablamos de clases, aunque se trate de las que rigen en los aviones.

Los representantes del pueblo no han de tener privilegios. Así dicta, en breve, el clamor que ha levantado en España la negativa de los eurodiputados a viajar en clase turista, como cualquier hijo de vecino. La propuesta de bajar de categoría aérea provenía, como es natural, de un miembro de la izquierda. De la portuguesa, para más señas. Pero el grito contra el confort viajero de los parlamentarios ha traspasado las fronteras ideológicas: un raro consenso. Es evidente que los diputados deben dar ejemplo y apretarse el cinturón en tiempo de austeridades. Incluso en sentido literal: en turista irán más comprimidos. Hasta ahí, poco que objetar. El control del gasto tendría que ser más estricto. Y, por descontado, conviene investigar y sancionar a esos listillos que se dedican a la picaresca.

La objeción afecta al concepto. El concepto en cuestión es el de representantes del pueblo. Bien mirado, la indignación por este asunto obedece a que los enojados no consideran a los eurodiputados como sus representantes. Si los tomaran por tales, querrían que viajaran en las mejores condiciones a fin de que trabajaran y rindieran al máximo. Por la misma razón que las empresas llevan a sus directivos en primera. Más aún, si los vieran como sus portavoces, desearían que viajaran –y vivieran– con la mayor dignidad posible. En suma, tendrían privilegios. El problema es que sólo los ven como parásitos inútiles. Pero, entonces, dejémonos de cataplasmas populistas y pídase el cierre de la Eurocámara.

En ese ¡abajo los privilegios! suena algo más que la pura racionalidad del gasto y del ahorro. Se entromete el afán igualitario. A fin de cuentas, hablamos de clases, aunque se trate de las que rigen en los aviones. Cuando se dice que "ellos no se pueden permitir lo que no nos podemos permitir nosotros" no se reclama la igualdad de derechos, sino la igualdad en todo. Lo propio de la izquierda, que tanto ha explotado el resentimiento social de siempre. Y en esta crisis, ese resentimiento no se dirige, como antaño, contra los banqueros, los plutócratas, los burgueses de barriga y chistera, que vivían como rajás a cuenta del proletario famélico. Retiradas de la escena esas caricaturas, el hueco de los privilegiados han pasado a ocuparlo los representantes del pueblo. Que se anden con cuidado. Las iras de la plebe ya marchan contra ellos.


Libertad Digital - Opinión

La costumbre del poder. Por Ignacio Camacho

Paradojas de la larga hegemonía en un poder viciado: Chaves ha tropezado con el fantasma de Juan Guerra.

CUANDO llegó al poder en Andalucía, en plena eclosión del «caso Juan Guerra», lo último que podía imaginar Manuel Chaves es que acabaría él mismo envuelto en acusaciones de favoritismo familiar, escarnecido ante la opinión pública por comprometedoras sospechas de nepotismo. Y defendiéndose, como los hermanos Guerra, con el escudo de una legalidad que no protege el aspecto ético de las conductas políticas. Pero al final, en la última vuelta del camino de su larga trayectoria de dirigente público, ha topado con el fantasma que provocó la caída de su antiguo mentor y ulterior enemigo: el de la complacencia, el consentimiento o la complicidad con actividades de familiares directos situadas en el límite último, si no más allá, del decoro.

Juan Guerra, al menos, tenía una cierta coartada social. Era un pobre hombre, sin oficio ni formación, que encontró en la emergencia —y el beneplácito— de su hermano una oportunidad para medrar y desclasarse sin complejos. Pero los hijos de Chaves han tenido acceso a una educación privilegiada de estudios superiores e instrucción de posgrado. Con su currículum académico y el inevitable respaldo de su apellido podían haber encontrado empleos de razonable cualificación en sectores que no rozasen el ámbito administrativo en que la posición de su padre obligaba a evitar cualquier atisbo de conflicto de intereses. Compañías multinacionales, eléctricas, telecos, bufetes, auditorías, departamentos jurídicos, todo ese amplio organigrama empresarial donde siempre puede encajar sin problemas un economista o un abogado.


Sin embargo, optaron por introducirse en la zona más resbaladiza y delicada de un tejido económico en el que la Junta de Andalucía es el principal regulador y el primer contratista: el comisionismo, la gestión de ayudas públicas, la intermediación institucional. El terreno pantanoso en el que incluso desde la más benévola de las miradas resulta imposible sustraerse a la suspicacia del trato de favor o de la utilización de las influencias para vulnerar el principio de igualdad de oportunidades.

Sin entrar en la legalidad de los procedimientos —el entonces presidente debió ausentarse como mínimo en la reunión del Gobierno que concedía una millonaria subvención a la empresa que representaba su hija—, toda esta desagradable historia de negocios filiales más o menos comprometidos bosqueja el relato de una atmósfera viciada por la costumbre del poder. Un clima de identificación natural, espontánea, entre el ámbito privado y el público, vinculada a una suerte de relajado concepto de la impunidad moral que aflojaba cualquier autocontrol, cualquier cautela, cualquier remordimiento. Un espacio en el que el hábito de la hegemonía política difuminaba las fronteras de la duda hasta perder incluso el reflejo de los escrúpulos y el respeto por las apariencias.


ABC - Opinión

Rescate e incertidumbres

La ficha de Portugal del dominó de la crisis de la deuda cayó después de una resistencia que se quebró en un contexto de crisis política, con un Gobierno interino y un proceso electoral. El revés se daba por descontado. El deterioro de su financiación hasta niveles de bono basura y las dificultades de su sistema bancario lo hacían irremediable. El mercado tenía digerida la decisión desde hacía tiempo. La reacción de ayer demostró que el rescate ha supuesto un cierto alivio en la medida en que se ha considerado que el socorro europeo ofrece una solución y una garantía de cobro. Pese a todo, el tercer procedimiento de asistencia financiera –tras Grecia e Irlanda– genera incertidumbres. La principal es el posible efecto contagio, en este caso a España. El dato inquietante es que somos el país más expuesto a la deuda de Portugal, con 79.000 millones de euros, según el Banco de España, aunque matiza que ese volumen sólo significa el 2,1% de los activos totales de las entidades de depósitos españolas, lo que representa un nivel relativamente bajo de exposición. Hay una coincidencia generalizada en que Portugal y España son casos diferentes. Esa percepción es compartida en parte por unos mercados que, no obstante, mantienen sus precauciones y siguen expectantes. Aunque es cierto que España cerró ayer la primera emisión de deuda de abril con menores intereses y buen ratio de cobertura, también lo es que la prima de riesgo país permaneció en 180 puntos básicos cuando hace un año rondaba los 75. Ese persistente y notable diferencial sugiere un estado de desconfianza latente que expone a nuestra economía a un examen casi diario. Ayer, se produjo otra decisión que alimentó las dudas. El Banco Central Europeo aumentó un cuarto de punto los tipos de interés hasta el 1,25% después de tres años sin subidas, desde julio de 2008. Es un dato negativo para España. El dinero más caro lastra a las economías débiles como la nuestra, porque castiga la demanda interna, motor fundamental de la recuperación. El alcance del daño para nuestro país dependerá de que se trate o no de una subida aislada. Si bien los pronósticos son complicados, no es un buen síntoma que la cotización de los metales preciosos –considerados un refugio seguro en épocas de inestabilidad– se haya disparado. El rescate para España está descartado a corto plazo. Nos estamos refinanciando correctamente y disponemos de cierto margen para acelerar las reformas y los ajustes necesarios. Distinto es el panorama a medio plazo. Las previsiones macro, incluidas las más optimistas del Gobierno, alimentan el escepticismo sobre nuestra resistencia económica. Más paro y menos crecimiento en un contexto de subidas de tipos de interés y altos precios del petróleo y de las materias primas configuran un escenario peligroso. Que la situación varíe 180 grados pasa por la recuperación de la confianza. Y ello sólo será posible con un nuevo impulso político y económico a cargo de otro Gobierno. Esta etapa política está finiquitada por mucho que los responsables socialistas se enroquen en el poder y en su optimismo infundado. Cuanto más se demore la alternancia, peor para España.

La Razón - Editorial

Vuelta a la ortodoxia

El BCE sube los tipos para prevenir la inflación, pero no precisa los ritmos de la nueva política.

Horas después de que Portugal pidiera oficialmente ayuda financiera a la Unión Europea, Jean-Claude Trichet, presidente del Banco Central Europeo (BCE), anunció ayer una subida del tipo de interés de 0,25 puntos, situando el precio de intervención del dinero en el 1,25% y poniendo fin así a 23 meses de política monetaria coherente con una situación recesiva en varios países de la eurozona. Dejó entrever además que habrá nuevas subidas a medio plazo.

La decisión del BCE es inoportuna, ante todo, porque no se han agotado las convulsiones financieras (la llamada de auxilio de Lisboa así lo prueba) y algunos países siguen teniendo dificultades para crecer. Pero el marco político está muy claro para Trichet: Francia y Alemania han reencontrado la senda del crecimiento y la política monetaria puede ajustarse (las facilidades de liquidez se mantienen) sin que peligre la actividad de estos dos países.


Trichet tiene razones para endurecer la política monetaria. En los últimos meses se han detectado fuertes tensiones en los precios de algunas materias primas. Por ejemplo, en los precios del petróleo y de los alimentos (el encarecimiento del precio del trigo y de los cereales tiene mucho que ver con la rebelión en los países del norte de África). El barril ya está en la frontera de los 120 dólares, lo cual presionará al alza la media del coste del crudo durante 2011. Si no hay un descenso rápido del precio en los próximos meses, el petróleo puede convertirse en un foco inflacionista a través de la elevación de las rentas. Lo que Trichet llama "efectos de segunda ronda" constituyen un riesgo cierto.

La vehemencia del discurso del presidente del BCE sugiere que en la subida del cuartillo hay mucho de fervor ortodoxo: "Estamos extremadamente alerta frente a los efectos de segunda ronda. No los vamos a tolerar, ya que a medio plazo tendríamos un nivel más alto de inflación que no estaría en línea con nuestro mandato". Ahora bien, aceptados los motivos del banco, la cuestión es si se puede compatibilizar una política preventiva de la inflación con esquemas monetarios que no frenen la recuperación de los países que tienen dificultades para conseguir tasas de crecimiento que creen empleo. En España, el encarecimiento del dinero drenará rentas necesarias para estimular el consumo y puede elevar la morosidad de la banca.

Trichet podría haber logrado esa compatibilidad si hubiera precisado el ritmo y dosis de las nuevas subidas de tipos. Los Gobiernos, los consumidores y las empresas reclaman una política monetaria conocida y dosificada. Si el dinero ha de encarecerse, que lo haga en pequeñas dosis. Pero el presidente del BCE nada precisó; se escudó en la discrecionalidad del "seguiremos adoptando decisiones que estimulen la estabilidad de los precios". Es muy poco decir con Grecia, Irlanda y Portugal en la UVI.


El País - Editorial

La casta no viaja en turista

¿Cómo pretenden que respetemos los enormes sueldos y las cuantiosas dietas de unos representantes a los que nadie, ni siquiera quienes los han puesto ahí, toman en serio?

La casta política que rige nuestros destinos parece en ocasiones completamente ciega y sorda ante lo que piensan y sienten hacia ellos los ciudadanos, que son quienes les pagan, quieran o no. Vivimos en una época difícil, una crisis durísima, que ha provocado que el paro aumente a niveles felipistas. Ante las dificultades, los políticos han recortado pensiones y sueldos y nos han subido los impuestos. A cualquier persona con sentido común le puede parecer obvio que, en tal situación, lo mínimo que podrían hacer es ajustarse ellos el cinturón. Aunque fuera un poco.

Pero no. Partidos y sindicatos siguen generosamente sufragados con nuestro dinero, y grupos privilegiados como el del cine no han visto menguar sus ingresos provenientes de nuestros bolsillos. Los ciudadanos, con razón, perciben como privilegiados a quienes viven a espaldas del mercado, es decir, sin producir bienes y servicios por los que otros pagan voluntariamente. Si además estos se embolsan cantidades muy por encima de lo que percibe un asalariado medio, y disfrutan de prebendas especialmente apetitosas, el escándalo está servido.


No otra cosa ha sucedido con la negativa de los eurodiputados a dejar de viajar en business y hacerlo en clase turista. Ni siquiera se ha protestado por el hecho de que les paguemos los viajes, cuando lo normal para el ciudadano de a pie que se marcha a trabajar al extranjero es pagarse la residencia en su nueva ciudad y los viajes para visitar a la familia de vez en cuando. Lo que indigna es que nos obliguen a sacrificarnos los mismos que consideran una necesidad irrenunciable volar en business. Por eso Mariano Rajoy le dijo a Zapatero el año pasado, en el Congreso, que si había que tomar medidas duras como la congelación de las pensiones que se hiciera, mas sólo después de rebajar el dinero que percibían, entre otros, los partidos políticos.

Pero, sobre todo, los ciudadanos no entienden que debamos pagar un Parlamento Europeo que está muy lejos de representar la soberanía popular y que la casta ha convertido en un cementerio de elefantes, el lugar donde han de terminar las carreras de los profesionales de la política a los que ya no se quiere en primera línea de fuego. ¿Cómo pretenden que respetemos los enormes sueldos y las cuantiosas dietas de unos representantes a los que nadie, ni siquiera quienes los han puesto ahí, toman en serio?

Se dirá que estos gastos son el chocolate del loro y que hay que poner la lupa en la parte mollar del presupuesto europeo, que gasta nuestro dinero, sobre todo, en las subvenciones agrícolas. Ni que fuera incompatible una cosa con la otra. Habrá quien, incoherente, se queje de los gastos suntuosos de los políticos y no de lo mucho que nos cuesta a los europeos cada vaca que nace en nuestras fronteras. No es nuestro caso.


Libertad Digital - Editorial

El desplome del «régimen» andaluz

Andalucía no puede seguir así, porque el descrédito de muchos políticos es una rémora en tiempos de crisis económica y social.

AL fin, el Ejecutivo andaluz claudica ante el ultimátum de la juez encargada del «EREgate» y entrega las actas del Consejo de Gobierno, que pueden aportar datos esenciales para la investigación. Al mismo tiempo, se acumulan los escándalos que afectan a familiares del anterior presidente de la Junta, Manuel Chaves. En concreto, su hijo Iván aparece ahora firmando contratos en calidad de «comisionista», autodefinición que ha puesto por escrito en documentos el vástago del presidente del PSOE. Por mucho que sus amigos pretendan defender lo indefendible, la larga etapa del actual vicepresidente del Gobierno al frente de la Comunidad andaluza dejó secuelas que causan lógico escándalo en la opinión pública y deberían estimular a la Fiscalía Anticorrupción para actuar con una mínima diligencia. En el plano político, resulta imposible para los socialistas andaluces ocultar el enfrentamiento abierto entre Chaves y su sucesor, José Antonio Griñán, tras el episodio reciente de la salida precipitada de Luis Pizarro, hombre fuerte del chavismo durante largos años. El conflicto ofrece dimensiones a escala nacional, teniendo en cuenta que el ex presidente de la Junta era —y sigue siendo— presidente del PSOE y que su «traslado» a Madrid fue una decisión personal de Rodríguez Zapatero, cuya sucesión ha convertido al partido en una auténtica jaula de grillos.

La opinión pública exige explicaciones convincentes, mientras se impone la idea de que la única solución razonable es un anticipo electoral, coincida o no con las elecciones generales. La alternativa que plantea Javier Arenas se percibe ya como una necesidad de higiene democrática porque todas las evidencias coinciden en que tantos años de gobierno socialista han generado pautas de control social y clientelismo político que son incompatibles con el pluralismo propio de una sociedad abierta. Andalucía no puede seguir así, porque la pérdida de confianza y el descrédito de muchos políticos son una rémora importante en tiempos de crisis económica y social. Cada día se suceden nuevas revelaciones acerca de prácticas intolerables en un Estado de Derecho, y ello requiere una solución a corto plazo mediante la decisión de los ciudadanos andaluces, indignados hoy día ante la magnitud de tantos favoritismos e irregularidades.

ABC - Editorial

jueves, 7 de abril de 2011

Nueva derecha. El buenismo de Rajoy. Por Cristina Losada

Hoy, la tentación de los conservadores es ceder a la demagogia ambiental, camuflar su identidad y renunciar a un proyecto propio.

En directa réplica a las acusaciones socialistas de que Rajoy tiene una "agenda oculta", el dirigente del PP desveló el otro día, en un lugar hostil ma non troppo, el alfa y el omega de su proyecto para España. Consiste, ni más ni menos, en "terminar con las disputas". No lo hicieron, pero las señoras que allí le aplicaban el tercer grado le hubieran podido poner contra las cuerdas. El corolario lógico de ese deseo de conciliación sería apoyar al Gobierno en todo. Así, las disputas, enojoso efecto secundario de la democracia parlamentaria y el multipartidismo, acabarían de inmediato. Aunque hay más. Pues también aclaró Rajoy que haría un programa susceptible de obtener el voto de aquellas ovejas descarriadas que, alguna vez, confiaron en Zapatero. Brazos abiertos, fin de las trifulcas, hablar con todo el mundo ("todo el mundo" es CiU), en suma, buenismo en estado puro.

En realidad, Rajoy quiere terminar con la imagen maléfica del PP que tan eficazmente rediseñaron la izquierda y el nacionalismo y que cuajó en la idea del "cordón sanitario". Dedicados todos los esfuerzos a esa ímproba tarea, no es cosa de arriesgarse, con las encuestas viento en popa, a defender un proyecto sustantivo de regeneración política y económica que pudiera, acaso, levantar ampollas y espantar al rebaño. Además, susurran, ahí está el ejemplo de Cameron, quien, por exponer a las claras cuáles eran sus propuestas de ajuste, a punto estuvo de perder. Moraleja: la ocultación es necesaria.

El caso, sin embargo, es que el ahora primer ministro británico siguió una senda similar a la que recorren los de la calle Génova. Se presentó como un chico decente, conciliador, centrista, usuario de bicicleta, nada elitista y más heredero de Blair que de Thatcher. Así, desdibujado el perfil, se diluyó la diferencia con los adversarios de tal modo que en cuanto aquellos sacaron las garras, remontaron. La historia del original y la fotocopia. Otro gran ejemplo conservador es el que ha dado Merkel. Del ¡viva la energía nuclear! pasó al ¡muera! en horas veinticuatro a fin de salvar unos comicios regionales. Perdió un bastión de la CDU, pero ¿qué pesó más? ¿El efecto Fukushima o tan palmaria muestra de falta de convicciones?

El periodista Mencken definió al demagogo como "aquel que predica doctrinas que sabe que son falsas a hombres que sabe que son idiotas". Hoy, la tentación de los conservadores es ceder a la demagogia ambiental, camuflar su identidad y renunciar a un proyecto propio. Pero yerra el político que da por sentado que los votantes son más idiotas que él.


Libertad Digital - Opinión

Maitines. Por Ignacio Camacho

El PP piensa insistir en su estrategia contra Zapatero: «La gente no entiende la renuncia a plazos»

A seis días de la saga-fuga de Zapatero muchas miradas se dirigen a la acera de enfrente. Los socialistas quieren sacar al PP de su cómoda trinchera de oposición para arrastrarlo al cuerpo a cuerpo, pero de momento Rajoy no pestañea. Para saber qué piensa el inescrutable «presidente a la espera» he llamado a uno de sus pretorianos y le he preguntado por la estrategia de los maitinesde la calle Génova.

—Por ahora no hay cambios. Vamos a seguir percutiendo contra ZP y pidiendo elecciones anticipadas; la gente no entiende la dimisión a plazos y sabemos que funciona el argumento de que si su partido no quiere que siga tampoco puede continuar en el Gobierno. Mientras esté ahí identificaremos con él y su política a todos los candidatos socialistas. Hay algo de lo que ningún dirigente del PSOE se puede zafar: los cinco millones de parados y la situación de quiebra social.

—Pero si obtienen un resultado digno se vendrán arriba.


—En mayo vamos a ganar seguro en votos, y ellos probablemente perderán Sevilla y Barcelona, que son plazas muy vistosas. Aunque la visibilidad del resultado depende mucho de Castilla-La Mancha, y está difícil. Mariano se va a volcar allí, pero admito que va a ser complicado ante un Barreda muy correoso que va por los pueblos como un vietnamita.

—Después de las primarias, si seguís apuntando a Zapatero estaréis disparándole a un fantasma.

—Un fantasma al que los ciudadanos seguirán viendo al frente del Gobierno. Y el candidato/a saldrá muy probablemente del actual Gabinete, será fácil identificarlo con las políticas que tienen a la gente cabreada. No digamos si además es Rubalcaba. La bicefalia les va a crear más problemas a ellos que a nosotros. Zapatero ha querido aliviar la presión a corto plazo pero a cambio ha abierto varios frentes más, incluso en su propio partido. Lo tiene abierto en canal, no hay más que ver la que se ha liado en Andalucía, y ha perdido el liderazgo. Es verdad que las primarias, si las hay, les van a proporcionar mucha visibilidad, pero también desgaste y bastantes heridas. Por eso muchos de ellos no las desean.

—¿Y si sale Chacón como aspirante?

—El que nos podría hacer más daño es Bono, si bien no creo que quiera pelear ni que, aunque lo hiciera, pudiese ganar las primarias; tiene mucha contestación interna. A Chacón sin duda sería más difícil desgastarla: aunque lleva años en el Gobierno, se las ha apañado para no hacer absolutamente nada. A cambio, es demasiado parecida a Zapatero y representa lo más superficial de su estilo y su política.

—¿Por qué se ha descartado la moción de censura?

—¿Crees que estamos locos? Eso es lo que les gustaría a ellos, invertir el debate y hacerlo sobre nuestro programa. Que presente ZP una moción de confianza si no se quiere ir. Ahora ya no tiene ni la de su partido…


ABC - Opinión

El ‘Clan Chaves’: negocios sucios, ¿vidas privadas?. Por Federico Quevedo

Ha dicho el ex presidente de la Junta de Andalucía y actual vicepresidente tercero del Gobierno para nada en concreto, o sea, de profesión sus labores, que todo lo que se está publicando estos días en los medios de comunicación no es más que “una campaña” contra él y su familia. Yo puedo asegurarles que eso no es cierto, que bajo ninguna circunstancia este diario participaría de campaña alguna orquestada contra nadie, sea del partido que sea, porque ese nunca ha sido el estilo de El Confidencial ni lo será, y los que trabajamos en este medio nos sentimos muy orgullosos de su independencia y de la libertad con la que trabajamos.

Libertad es una palabra de significado difícil para Manuel Chaves, entre otras cosas porque él ha gobernado durante décadas la Junta de Andalucía y lo ha hecho desde una política basada en el clientelismo y la corrupción, cercenando la libertad de elección de los ciudadanos andaluces. Lo que ahora está ocurriendo, a lo que estamos asistiendo, no es más que consecuencia lógica del desmoronamiento de un régimen, porque eso es lo que había en Andalucía, un régimen, no un sistema democrático propiamente dicho.


Y cuando el régimen se desmorona, aflora, con perdón por la expresión, toda la porquería que él mismo escondía. En Andalucía el poder político lo controlaba todo, hasta el último rincón del último despacho de cualquier institución pública o privada. Y cuando eso ocurre durante mucho tiempo, con absoluta impunidad, y sin que los propios ciudadanos fueran conscientes del daño que eso hacía al sistema, de cómo lo pervertía, la corrupción se convierte en un modo de actuar institucionalizado, en algo normal, en moneda de curso casi legal.
«Si la corrupción se ha convertido en un comportamiento normal, permitido y amparado por los poderes públicos, quien regía los destinos de la Comunidad Autónoma no podía mantenerse al margen del mismo.»
Andalucía se ha acabado pareciendo más a países como Venezuela o México que al resto de regiones que componen la realidad nacional española. Sólo le ha faltado la violencia que impera en las repúblicas bananeras para que el régimen andaluz se acabara pareciendo como dos gotas de agua al chavismo venezolano. Y si la corrupción se ha convertido en un comportamiento normal, permitido y amparado por los poderes públicos, quien regía los destinos de la Comunidad Autónoma no podía mantenerse al margen del mismo. Las noticias sobre las actividades de sus hijos están pasando una desagradable factura al ex presidente Chaves, pero de lo que hay que alegrarse es de que, por fin, impere la transparencia.

No hay campaña alguna contra él. Si me apuran, esa campaña se la están haciendo los suyos, porque a toda esta sangría de corrupción que mezcla EREs con comisiones y sucios negocios familiares, se une el enfrentamiento entre Chaves y su delfín, Griñán, y si tenemos que buscar orígenes a muchas de las cosas que están saliendo, quizás sería bueno que Chaves mirara en el patio de su propia casa, antes de buscar en patios ajenos.

Hoy por hoy Manuel Chaves es un político acabado, acorralado por escándalos que salpican toda su gestión al frente de la Junta de Andalucía, y ya les pongo sobre aviso: dimitirá, y los mismos que hoy le aplauden -cada vez con menos entusiasmo- cada miércoles cuando responde en el Congreso a alguna pregunta sobre su gestión en Andalucía poniendo el ventilador del ‘caso Gürtel’, mirarán para otro lado y le darán la espalda, como por otra parte ya han hecho otras veces en casos similares. Es probable que Chaves todavía confíe en salvarse, en que las andanzas de su ‘clan’ en el que se suman a sus hermanos, sus hijos, no le pasen factura alguna, pero todavía tenemos margen, por pequeño que sea, para confiar en que la exigencia de limpieza y ética que debe acompañar a todo político se imponga, y sean los suyos los que acaben por aconsejarle que se aparte, y puedo asegurarles que algo de eso se está empezando a mover en el PSOE.

Y es que, por mucho que Chaves se empeñe, un político no tiene vida privada, sobre todo cuando esa vida privada tiene relaciones comerciales con el Gobierno que él mismo preside. Lo del ‘clan Chaves’ es un capítulo más de negocios sucios levantados sobre el altar de la privacidad. “Se trata de mi familia”, parece decir Chaves cada vez que se le pregunta sobre estos temas, “dejen en paz a mi familia…”. Pero no es así. No existe esa clase de privacidad para los políticos. Cuando los ciudadanos exigimos limpieza, transparencia y comportamiento ético, no se limita solo a la persona del político que gobierna, sino que afecta a todo lo que le rodea, y lo primero que le rodea es su familia, y después sus amigos, y tantos unos como otros están también obligados a mantener un comportamiento igual de ético que el del político, sobre todo si por su trabajo tienen alguna clase de relación con la administración que éste preside. Y eso es lo que no ha hecho Chaves, ni su entorno. Al contrario, su familia se ha aprovechado de su cargo para enriquecerse, para obtener beneficios, y no hay nada más obsceno que la corrupción convertida en negocio familiar: Chaves S.L.


El Confidencial - Opinión

Cataluña. Si Rajoy fuera Kennedy. Por José García Domínguez

Ellos persisten en creer con la fe del carbonero que los manonacionalistas de traje y corbata, sus pares domésticos, resultan ser unos caballeros muy formales que en última instancia no aspiran a romper baraja alguna.

Conociendo el género, la verdad es que uno no esperaba del jefe de negociado de la derecha que emulara a Kennedy en su visita a Barcelona. Ciertamente, fantasear con un "Yo también soy berlinés" en boca de don Mariano, sería mucho soñar; y despiertos, para qué engañarnos. Heroicidades las justas, que terciaría el propio interesado. No obstante, entre la imposible quimera épica y su medroso "no pega mucho" a cuenta del referéndum secesionista media un trecho de apocada connivencia por omisión, de renuncia a los mínimos más elementales de testosterona, que ni los más escépticos le hubiésemos supuesto capaz de recorrer. "No pega mucho", ¡válgame un santo de palo!

Ya sabemos entonces lo que habrá de sentenciar Rajoy en cuanto el próximo chiflado vuelva proclamar el Estat català desde la Plaza de San Jaime: "Córcholis, manifiesto mi plena discrepancia con esa decisión unilateral. Y no solo eso, además tengo previsto elevar una protesta por escrito ante la instancia oportuna". Al respecto, existe una locución vernácula, "fer volar coloms", sambenito retórico a fin de distinguir a los cándidos estructurales, que retrata con precisión de laboratorio el sentir íntimo de esa gente, la mesocracia del PP, ante los airados nietos de Cambó. Y es que, digan lo que digan las casandras, impertérritos, ellos persisten en creer con la fe del carbonero que los manonacionalistas de traje y corbata, sus pares domésticos, resultan ser unos caballeros muy formales que en última instancia no aspiran a romper baraja alguna.

De ahí, por cierto, que al de Pontevedra le pegue ahora lo del "pacto fiscal". Eufemismo de ocasión que designa el afán de Mas por incumplir la sentencia del Estatut en materia de cuartos; también en materia de cuartos, se impone apostillar. Ansían, es sabido, que la Generalidad fije por su soberana voluntad el régimen tributario del resto de sus iguales autonómicos; un delirio solipsista, el enésimo brote, cuya primera cura de urgencia corrió en su día a cargo del Tribunal Constitucional. Pues no otro resulta ser el muy mezquino propósito sobre el que Rajoy ha dicho estar "dispuesto a hablar con todo el mundo". A pesar de ser los soberanistas catalanes los únicos en el mundo todo interesados en semejante vaina. "No pega mucho". Manda...


Libertad Digital - Opinión

El huerfanito. Por M. Martín Ferrand

A Elena Salgado se le va en teorías lo que a Alfredo Pérez Rubalcaba en intrigas y a Manuel Chaves en suspiros.

LA patología igualitaria, una de las enfermedades contagiosas que transmite la socialdemocracia, tiende a confundir los inalienables derechos de las personas con la realidad. De ahí la mala costumbre de las generalizaciones valorativas. Aunque estén unidos por un líder, una función y un destino no todos los ministros de José Luis Rodríguez Zapatero son la misma cosa. Según nos aclaró George Orwell en su Rebelión en la granja, «todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros». La eficacia del equipo gubernamental, nula en su conjunto, es dispar en sus individualidades. Por ejemplo, si usted, querido lector, fuera el propietario de un gran comercio y tuviese que ausentarse, ¿a quién de los ministros actuales le encomendaría la gestión y vigilancia de su negocio?

Personalmente no tengo la menor duda. José Blanco es el más capaz de todos ellos. A Elena Salgado se le va en teorías lo que a Alfredo Pérez Rubalcaba en intrigas y a Manuel Chaves en suspiros y, entre los demás, el que más parece haberse aproximado a la realidad mercantil, Miguel Sebastián, parece un frívolo de tomo y lomo. Me debe, de momento, una bombilla y un neumático que todavía no se ha fabricado. Blanco es otra cosa. Un currante que salió de su pueblo y que, con escasos estudios, aprovechó al máximo las lecciones de Filosofía que le dio en el instituto de Lugo el profesor, y hoy alcalde lucense, José López Orozco. Sabe lo que sabe que es mucho más seguro que ignorar lo que no se sabe.

Después de la renuncia de Zapatero, el actual ministro de Fomento y todavía vicesecretario general del PSOE ha reconocido paladinamente, que, políticamente, se ha quedado «huérfano». No huye del naufragio, lo asume en la cuota que le corresponde y ello, por insólito, le sube a un pedestal de notorias diferencias. Antonio Machín, que era hijo de un orensano que emigró a Sagua la Grande, en Cuba, llevó siempre en su repertorio, junto a los Angelitos negros y sus Dos gardenias, una canción que le viene al caso y que, políticamente y según su propia confesión, pudiera entonar como himno el «huérfano» de Zapatero, El huerfanito:


«Yo no tengo padre,
yo no tango madre,
yo no tengo a nadie
que me quiera a mí».

Quizás por eso confiesa estar dispuesto a buscar un «proyecto ilusionante dentro o fuera de la política». Muchos de sus compañeros de Gabinete, con mejor currículum académico y más larga trayectoria aparente, no podrían decir lo mismo. A partir de ahora, hasta que el 22 de mayo dicte sentencia, asistiremos a muchas confesiones públicas, quizás no tan edificantes, como la del «huérfano» de Orense.

ABC - Opinión

Salgado se aferra al optimismo

El Gobierno presentó ayer el nuevo cuadro macroeconómico para los años 2011, 2012 y 2013 que acompañará al programa de estabilidad presupuestaria que España presentará en Bruselas. El tono global de los nuevos pronósticos refleja que la recuperación estará plagada de contratiempos. Nuestra economía es demasiado vulnerable y el Gobierno ha agudizado sus fragilidades con sus errores. Con todo, y como ha sido su tónica en los últimos años, la vicepresidenta Elena Salgado no abandona el optimismo hasta presentar las mejores estimaciones conocidas. Especialmente relevante y significativo es el contraste con el último Boletín Económico del Banco de España, que ha rebatido las estimaciones oficiales. El nuevo escenario macro del Gobierno contempla un empeoramiento de las previsiones de desempleo para este año y los dos próximos por un aumento de la población activa, que es una forma de exculparse y de no asumir el fracaso de su política. En 2011 la tasa de paro será cinco décimas superior al pronóstico anterior, hasta dejar la tasa en el 19,8% frente al 19,3% inicial. Muy lejos del Banco de España, que prevé un 20,7%. Según Economía, el país arrastrará un 16% de paro en 2014. Ese porcentaje retrata una crisis endémica en el mercado laboral. Sorprendentemente, Salgado mantiene la previsión de crecimiento de la economía para este año, situada en el 1,3%, y sólo reduce sus cálculos para los próximos dos años por el incremento de los precios de las materias primas y los tipos de interés. En 2012 baja en dos décimas, hasta el 2,3%; y en 2013 en tres décimas, hasta el 2,4%. Sus cifras son muy poco realistas. Casi todos los analistas nacionales e internacionales coinciden en una recuperación mucho más débil. El organismo regulador apunta, por ejemplo, un aumento del PIB del 0,8%. El factor clave es la demanda nacional. Su lenta evolución condiciona el crecimiento. El Gobierno admite que su aportación al PIB será nula en lugar del 0,4% previsto, pero lo compensa con una mejora del sector exterior. No cuadra y el Ejecutivo no puede ignorarlo. Es conocido el peso del consumo nacional en nuestra economía y está asumido que no hay perspectivas alentadoras (crecerá el 0,4% en lugar del 0,9%) porque la tasa de ahorro sufrirá una severa caída. La revisión del cuadro macroeconómico no ha variado el objetivo de déficit público previsto para este año, del 6% del PIB, pese a que, por ejemplo, el «tijeretazo» en el gasto de las administraciones públicas será menor: del -1,6% al -1,3%. Como en otros parámetros, el Banco de España considera la meta oficial inalcanzable por un crecimiento económico inferior en cinco décimas al esperado por el Gobierno. Las estimaciones de Salgado son voluntaristas y su único argumento contra el resto de previsiones más pesimistas sobre España es que el Gobierno ha acertado más sin que descubramos en qué. España arrancará tarde y mal, porque se han perdido muchos años en una política que agudizó los efectos de la crisis. El escenario macroeconómico y las diferencias con el Banco de España disparan las incertidumbres y la desconfianza y el país necesita otra cosa.

La Razón - Editorial

Portugal, tan lejos, tan cerca

Aunque nuestra situación no sea la portuguesa, Zapatero debería entender que obcecarse contra los intereses generales suele conducir al abismo.

A través de una comparecencia televisada, el primer ministro portugués reconoció anoche que su país necesita recurrir a la financiación europea para hacer frente a la crítica situación económica y liberarse del creciente acoso de los mercados. Aunque en Bruselas se discutía desde hace varias semanas sobre la cuantía y la forma de canalizar el rescate de Portugal, valorado en 75.000 millones de euros, el Gobierno luso ha demorado su decisión para evitar —en plena precampaña electoral, abierta tras la dimisión de Sócrates— el peso que para la opinión pública tendrán las severas condiciones y los ajustes que el próximo Ejecutivo tendrá que asumir y trasladar a los ciudadanos tras aceptar la ayuda comunitaria.

La situación portuguesa era insostenible, porque los intereses sobre su deuda soberana no han dejado de aumentar, de forma vertiginosa, llegando a superar ayer el 10 por ciento, una sangría insoportable. La política y los intereses de partido no han contribuido precisamente a dotar de estabilidad a un país en estado de provisionalidad, tras la dimisión del primer ministro y la convocatoria de elecciones, pero quienes pretendan justificar que la continuidad de Rodríguez Zapatero como presidente del Gobierno nos blinda ante una situación de rescate como la de Portugal se equivocan. Y ello, precisamente, porque lo ocurrido allí debería servir de ejemplo de que cuando un Gobierno es incapaz lo peor es empecinarse en el poder, que es lo que le ocurrió a Sócrates hasta que se dio de bruces con la dura realidad.


España, ciertamente, no es Portugal, y nuestro sistema financiero y empresarial, con sus defectos, no resta, sino que aporta musculatura y fortaleza. Pero la gestión económica del Gobierno luso encuentra su reflejo, incluso multiplicado, en la nefasta actuación del Ejecutivo de Zapatero. Transcurridas ya 104 semanas desde que Elena Salgado pronunció su famoso «esperemos unas semanas y veremos los brotes verdes» (mayo de 2009), el Gobierno no ha hecho otra cosa que enmendarse a sí mismo. La última vez, ayer, cuando se vio obligado a dar otro bandazo y aumentar en medio punto la previsión de paro para este año (hasta el 19,8 por ciento, lo que supone 138.000 parados más), además de rebajar dos décimas el crecimiento que espera para 2012 y 2013. Con un presidente en una peligrosa huida hacia ninguna parte y con este calamitoso horizonte, España necesita con urgencia otro Gobierno. Y aunque nuestra situación no sea la de Portugal, Zapatero debería aprender que obcecarse contra los intereses generales suele conducir al abismo.

ABC - Editorial

miércoles, 6 de abril de 2011

La sombra de ZP es alargada. Por José María Carrascal

Él ha podido escapar de la quema, pero deja detrás al resto en plena chamusquina. Y esto es sólo el empezar.

EL pescado empieza a pudrirse por la cabeza, dicen las amas de casa, y la cabeza del PSOE es hoy Andalucía. Allí mandan desde los albores de la democracia, al más puro estilo de los «burgos podridos», de los que empezamos a enterarnos cuando el olor que desprenden hace la atmósfera irrespirable. Incluso para ellos. Los líderes socialistas andaluces han sacado las navajas y de sus filas emerge el grito «¡Sálvese quien pueda!». Nadie se quiere comer el marrón, quien más quien menos intenta que se lo coma el otro, aunque hay marrón para todos. No se puede gobernar una comunidad como un cortijo ni una democracia, por defectuosa que sea, puede tolerar que se cometan continuada e impunemente abusos como el de los ERE, donde se utilizó dinero destinado a los trabajadores parados a quienes no habían pisado la empresa en toda su vida. Algo que quebranta no ya la ley, sino la ética más elemental. Con el añadido de negar a la juez que instruye el caso las actas que pide para esclarecer las últimas responsabilidades. O sea que a la felonía se añade la no colaboración con la justicia. Claro que una cosa va con la otra. Pero que acabará sabiéndose no cabe la menor duda, que es lo que más temen desde Chaves al último de sus colaboradores.

Hasta qué punto ha pesado el anuncio de Zapatero de que no se presentará a la reelección es difícil de tasar, pero parece lógico que haya influido, al ser Andalucía el principal granero de votos socialistas y haber sido los guerristas una de las principales fuerzas que le permitieron hacerse con la candidatura de su partido y, como consecuencia, la posterior presidencia del gobierno.

Y ya inequívoco resulta que si Zapatero creía haberlo dejado todo atado y bien atado con su renuncia, estaba, de nuevo, equivocado, muy equivocado. Él ha podido escapar de la quema, pero deja detrás al resto en plena chamusquina. Y esto es sólo el empezar. En el PSOE, hoy, el único que sonríe es Zapatero. A los demás, cuando intentan hacerlo, les sale una mueca y a los candidatos in pectore, Rubalcaba y Chacón, ni eso, sobre todo al primero, el más consciente de lo que se le viene encima. Mientras la ministra de Defensa, con ese desparpajo que demostró al anunciar la retirada española de Kósovo sin contar con nadie, ni se da cuenta del regalo envenenado. Y es que en España suelen abundar los tipos que se apuntan incluso a un bombardeo, nunca mejor dicho.

Ese personaje melifluo que es Marcelino Iglesias asegura que Zapatero es «todavía presente y futuro». Para desgracia de su partido, todavía lo es. Tanto, que su sombra se alarga sin dejar ver otra cosa que un panorama de cadáveres, lisiados, errores, mentiras y gangrena, como la que les aqueja en el que fuera un día su emirato andaluz.


ABC - Opinión

PSOE. Andalucía en El País. Por Agapito Maestre

Lo peor es que la corrupción está concebida como un metasistema sin el cual es inconcebible el funcionamiento del sistema político, social y económico.

Las instituciones políticas en Andalucía están tan degradadas que funcionan por pura inercia. Y, ya se sabe, cuando algo funciona por inercia, basta un tropiezo para que todo se derrumbe. A eso estamos asistiendo en Andalucía. Sin una oposición demasiado dura, el régimen socialista se desmorona por todas partes. Conozco bien el nepotismo y la arbitrariedad de la Junta de Andalucía, yo mismo la he sufrido en mis propias carnes, y, por supuesto, podríamos esgrimir el argumento de que la identificación del PSOE con la Junta por una lado, y la identificación del PSOE con la mayoría del tejido social por otro, son las claves para que el régimen político andaluz sea objeto de estudio de los mejores especialistas en sociedades totalitarias.

A pesar de todo, creo que la ineficacia de los socialistas en la gestión de los problemas de esa sociedad por un lado, y la corrupción, por otro, son el fundamento del régimen andaluz. La corrupción sobrepasa todo lo imaginable en perversidad. No se trata únicamente de que ayer, por ejemplo, la Junta subvencionara una empresa donde trabajaba y seguirá trabajando la hija de Manuel Chaves, o que hoy se descubra que un familiar de Chaves haya actuado de intermediario o comisionista de la Junta, ni tampoco de que mañana alguien descubra y denuncie un nuevo fraude de cualquier ERE. Aunque todo eso es gravísimo, creo que lo peor es que la corrupción está concebida como un metasistema sin el cual es inconcebible el funcionamiento del sistema político, social y económico.


Prueba del lamentable estado de las instituciones es que Griñán, desde que llegó al poder hace menos de dos años, ha tenido cuatro crisis de Gobierno. Ahora se enfrenta, nada más y nada menos, que a la salida de su número dos, Luis Pizarro, quien ha reconocido que su dimisión obedece a discrepancias políticas de envergadura con el propio presidente Griñán. Pero, en mi opinión, la verdadera prueba de que el régimen está en almoneda es que lo reconozca el propio periódico de la Junta de Andalucía. Sí, sí, la cosa empieza a ser tan espectacular que hasta el periódico del PSOE se hace cargo de la crisis institucional de Andalucía.

El País de ayer, como si se tratara de un nuevo milagro de Pentecostés, es decir como si la noticia de la corrupción pudiera ser comprendida en todas las lenguas posibles, anunciaba que el PSOE está en bancarrota en Andalucía. Milagro. La capacidad de actualización, esa exigencia clave del Nuevo Testamento, ha llegado a El País. Es de risa si la noticia no reflejara una tragedia. En todo caso, he ahí la prueba de que la corrupción es tan brutal que no deja nada vivo. Se lo lleva todo por delante, incluso a El País. Lo verdaderamente novedoso es que un periódico, tan ideologizado como el diario de Prisa, es decir, tan dependiente de las consignas del régimen político andaluz, reconozca que el PSOE está sonado. "Va de crisis en crisis". Y él, o sea, ¿El País cómo está?


Libertad Digital - Opinión

El naufragio. Por M. Martín Ferrand

El hundimiento del Partido Socialista se asemeja más al del «Lusitania» que al del «Titanic»

NO todos los hundimientos son iguales. En tiempos políticos como los que corren, en los que escasea el talento, abunda la incertidumbre y los intereses pequeños tienden a anteponerse a los mayores, conviene tener claras las ideas. Cuando el «Titanic» naufragó en el Atlántico Norte fue un accidente. El trasatlántico, en su viaje inaugural de Queenstown a Nueva York, chocó con un iceberg y murieron millar y medio de personas. El caso del «Lusitania» es distinto. En plena Guerra Mundial en el mar de Irlanda, el submarino alemán U-20 disparó contra el buque de pasajeros y también fueron muchos los centenares de ahogados y desaparecidos. Un crimen.

El hundimiento del PSOE se asemeja más al del «Lusitania» que al «Titanic». Los efectos están ahí y se han llevado por delante un partido más que centenario y, lo que es más importante aquí y ahora, la mitad del mérito y buena parte del soporte de la Transición. La otra mitad, que ahora navega refundida bajo el símbolo de la gaviota, no ha tenido mucho que ver en el caso. El torpedo fatal del navío que capitanea todavía José Luis Rodríguez Zapatero, en dramática paradoja, lo activó el propio Zapatero y, lo que es relevante a efectos de futuro, con la ayuda imprescindible de algunos que ya no están en el puente ni en las máquinas del barco —de María Teresa Fernández de la Vega a Pedro Solbes— y de otros que, como Alfredo Pérez Rubalcaba, Carme Chacón o Elena Salgado siguen en sus puestos y no cambian un rumbo que ya ha demostrado su fatalidad.


El «capitán» Zapatero nos anunció el sábado que, al terminar la travesía, no volverá a embarcar; pero, como si nada ocurriera, sus compañeros en el mando siguen ahí, impertérritos, con ganas de ocupar su camarote y hacerse cargo de la tripulación, de la compañía naviera y del armador. Rubalcaba, por ejemplo, gran maestro en mirar hacia el norte para ver lo que ocurre en el sur, decía ayer que las dos cosas «más importantes» que hoy preocupan al PSOE son «las elecciones municipales y autonómicas». Hay que agradecerle la sinceridad; pero, cuando se ven crecer vertiginosamente las cifras del paro, quizás sus prioridades debieran ser otras. La confusión fáctica socialista entre Estado, Gobierno y Partido lleva a esos excesos. Se entiende porque, si es cierto que el actual vicepresidente aspira a la sucesión, se la juega en los comicios de mayo. La pérdida del gobierno en algunas autonomías, como Andalucía, y la del poder municipal en ciudades como Barcelona o Sevilla le convertirían al cántabro en heredero de la nada, en líder de un buen número de militantes afectados por la pérdida de sus privilegios actuales.O

ABC - Opinión

PSOE. Primarias. Por José García Domínguez

Única y exclusivamente fulanismo, puro y duro, en su variante más obscena además, la del quítate tú que me pongo yo. Nada distinto de lo que cabe esperar de ese holograma ágrafo, Chacón, en disputada reyerta telegénica contra Rubalcaba.

Allá por1907, un siglo antes de que irrumpiera en escena la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, engolada cháchara ful que tanto deslumbra a la crema de la intelectualidad doméstica, ya Julio Camba había dado con la clave del fin de la política como arte de dirigir a los hombres. Acaso creyendo él mismo que facturaba otra broma, el mejor escritor del barrio marinero de Vilanova de Arousa dio entonces en pontificar que no son los electores quienes eligen a los candidatos, sino los candidatos quienes eligen a los electores. El más exhaustivo vademécum tanto del marketing como del pensamiento político contemporáneo que cupiera imaginar, comprimido en una sola frase.

Así las cosas, muertas y enterradas las ideologías, todas, los partidos, sin embargo, se empecinan con extraño pudor en seguir ocultando al común su nueva naturaleza. Esto es, la razón única de su ser en tanto que meros gabinetes de investigación y técnicas de mercado; prosaicas agencias de mercadotecnia llamadas a gestionar la imagen de la marca; fabricar eslogans efímeros, de usar y tirar; fidelizar al público objetivo de la empresa vía estímulos emocionales, a cual más básico; y, de tanto en tanto, lanzar nuevos productos en forma de candidatos que obedezcan a los gustos y deseos de los consumidores en cada segmento de negocio. Punto. Y final. ¿Para qué, pues, congresos, primarias y, sobre todo, militantes?

Por algo, las célebres bases recuerdan cada vez más a esa tropa tan patética, la de los figurantes que emplean en la telebasura con el exclusivo fin de producir ruido, masa ovina siempre presta a aplaudir o silbar según se lo ordene el realizador de turno. ¿Y qué decir de los aspirantes? Recuérdese la querella última entre Trini, que podía, y Tomás, que quería. Ni una sola idea durante aquel parto de los montes madritense. Ningún programa, ni oficial ni oficioso. Ni una única discusión doctrinal. Ni una triste discrepancia filosófica a propósito de qué hacer con la Comunidad. Única y exclusivamente fulanismo, puro y duro, en su variante más obscena además, la del quítate tú que me pongo yo. Nada distinto de lo que cabe esperar de ese holograma ágrafo, Chacón, en disputada reyerta telegénica contra Rubalcaba. Cuánto mejor sería decirles primarios, que no primarias.


Libertad Digital - Opinión