domingo, 24 de octubre de 2010

¿Y el PP, qué? Por José María Carrascal

Rajoy debe darse cuenta de que decir que el Gobierno lo está haciendo mal no basta. Eso lo sabemos todos.

QUÉ va a hacer Zapatero con su nuevo gobierno lo sabemos perfectamente: lanzar una campaña ininterrumpida para que no se hable de la crisis, mientras busca por todas partes la «pacificación» del País Vasco. Qué va a hacer Rajoy, en cambio, es una incógnita. Una cosa, sin embargo, ya sabemos: que si sigue esperando sentado a ver pasar el cadáver de su rival, puede llevarse una sorpresa, pues este rival ha hecho de la supervivencia la clave de su política, y hará cuanto sea posible, incluido adelantarle por la derecha, para seguir gobernando. Con un equipo mucho mejor que el anterior en estas lides.

Rajoy perdió la gran oportunidad de frenar a Zapatero con los presupuestos. Sabiendo que iba a sacarlos de una forma u otra, pudo ofrecerle los votos que le faltaban para que no tuviera que pedírselos al PNV. Ya sabemos que esos presupuestos no van a sacar a España de la crisis, que incluso pueden quedarse cortos a medio camino, como ha reconocido su confeccionadora, la señora Salgado. Pero al menos nos hubiéramos ahorrado un montón de dinero y evitado el riesgo de un pacto, no sólo con el PNV, sino también con una Batasuna «contrita y renovada», con todo lo que ello significa de vuelta de los nacionalistas al poder tanto en la lehendakariza como en los ayuntamientos vascos.


Rajoy debe darse cuenta de que decir que el Gobierno lo está haciendo mal no basta. Eso lo sabemos todos. Tiene que presentar una alternativa a la crisis, que no es la «blitz Krieg» mediática que se dispone a lanzar el «Marschall» Rubalcaba, sino acabar con el despilfarro que está teniendo lugar en España a todos los niveles —municipal, autonómico y nacional—, que nos impide ser productivos y competitivos. Lo ideal sería un gran pacto de Estado entre todas las fuerzas políticas, pero eso es imposible porque las más pequeñas miran sólo para sí, sin tener en cuenta el bien general. Algo que ocurre especialmente con los nacionalistas, para quienes la única nación es la suya. De ahí que el primer paso para salir de la crisis sea renunciar a todo pacto con ellos y, desde luego, a comprar sus votos para gobernar local o estatalmente. En otras palabras: necesitamos un pacto entre los dos grandes partidos. Ya sabemos que Zapatero no está por ello, es más, que está justo por lo contrario: por pactar con los nacionalistas, cuanto más extremistas, mejor. Pero estoy seguro de que en el PSOE hay gentes que sí lo están, que ven el gran peligro que corre, no ya su partido, sino España, por ese camino. Aparte de ser lo que pide la mayoría del pueblo español.

Si Rajoy no lo capitanea, corre el riesgo de encontrarse con 15 portavoces del nuevo gobierno Zapatero acusándole de ser el culpable de que no logremos la recuperación. Porque la recuperación no llegará con operaciones mediáticas.


ABC - Opinión

Rubalcaba. Por Germán Yanke

Con Rubalcaba, el presidente Rodríguez Zapatero tiene, por primera vez, un escudo.

El hecho de que todo el mundo hable de Pérez Rubalcaba, y casi de nada más, revela el éxito, al menos por el momento, de uno de los principales propósitos de la remodelación del Gobierno: el presidente Rodríguez Zapatero tiene, por primera vez, un escudo. Si fracasa la economía, si hay que rectificar hasta lo accidental y simbólico del proyecto iniciado en 2004, si se extiende el desconcierto y el desánimo en el partido, hacía falta, para empezar, una pantalla. Y ya la tiene. Hasta ahora, cualquier acierto de un socialista en cualquier confín de España, era respondido por la Oposición con alguna referencia a que el problema, de todos modos, era el presidente. Veremos lo que dura pero estos días da la impresión de que hasta los errores de Rodríguez son contestados con un sonoro: «miren a Rubalcaba».

Otra cosa es que el escudo parlante (o los quince portavoces) sirvan para resolver los problemas. Los políticos, demasiado a menudo, piensan que el mundo se reduce a su patio particular, como si un dirigente regional apaciguado y un líder de la oposición con cara de sorpresa supusiesen también el entusiasmo del ciudadano que está en la cola del paro. Dicen en Francia que Nicolas Sarkozy promueve cambios de gobierno para que, al menos de vez en cuando, los ministros puedan hablar de lo que van a hacer en vez de dar explicaciones sobre lo que un porcentaje cada vez mayor piensa que han hecho mal. En esta paradójica remodelación del Gobierno de Rodríguez Zapatero, los nuevos se comprometen a explicar lo que ya se ha hecho, como si, en vez de ministros de un nuevo proyecto adecuado a las circunstancias, fueran abogados que, mejor dotados para la retórica, apartan a sus defendidos (y al principal de ellos) de los focos y las cámaras.

Rubalcaba, para la defensa acompañada del ataque -y hay quien piensa que es la mejor- ha demostrado sus dotes. El viernes le dio por la vagancia del PP y, en pleno entusiasmo, habló de la genética del adversario para criticar el «sexismo», algo parecido a acabar con el fuego en la cocina incendiando toda la casa y que desmerece de sus sobradas habilidades. O pone por delante de una política razonable el trazo grueso con el que se consuelan los fanáticos. Pertenece todo ello a la bajeza de nuestro debate político pero el mayor riesgo, sin duda, es que ese papel lo tenga que hacer, precisamente, el ministro del Interior.


ABC - Opinión

El co-presidente. Por Ignacio Camacho

Encomendado al último eslabón del tardofelipismo, el presidente ha entonado la palinodia final de un enorme fracaso.

NI siquiera el tándem histórico de Felipe González y Alfonso Guerra admite comparación con la bicefalia que acaban de constituir Rodríguez Zapatero y Pérez Rubalcaba. Felipe nunca delegó el liderazgo, nunca renunció al número uno, y de hecho acabó liquidando a su valido tras haber prometido hacer causa común con él. Zapatero ha puesto su presente y su futuro en manos de un verdadero co-presidente cuya acumulación de poder —la policía, los servicios secretos, la coordinación ministerial y la portavocía del Gobierno— le va a permitir incluso filtrar la información de que disponga su teórico jefe. Se trata de lo más parecido a una abdicación que ha ocurrido en la política contemporánea española: un gobernante agotado, abrasado por sus errores, que entrega las llaves de su proyecto a un profesional del poder a costa de inmolarse a sí mismo como líder.

El miércoles comenzó el postzapaterismo. La copresidencia no tendría sentido si Zapatero vuelve a ser candidato porque su valor electoral está destruido. Rubalcaba queda investido de la función de decidir si será él mismo el cabeza de cartel o dará paso a una tercera persona. La misión de organizar el fin de ETA responde a la necesidad de cerrar el mandato del presidente con un legado distinto al de los cuatro millones de parados, y eventualmente proyectar sus propias aspiraciones de liderazgo. El resto de su trabajo consiste en construirle al PP un relato negativo que aminore o neutralice la ventaja que ha cobrado en los sondeos de opinión pública, y en administrar a favor de su causa el miedo que inspira su control de las cañerías secretas del Estado. Al situarlo en la verdadera cúpula del poder, Zapatero le ha otorgado la facultad de decidir sobre su propio destino. Ambos tienen seis meses, diez a lo sumo, para evaluar el éxito de esta operación terminal que medirá sus resultados en las municipales y autonómicas de mayo. Al comienzo del próximo curso como muy tarde, la socialdemocracia habrá de proponer a la sociedad española una candidatura para las generales, que son la ultima ratio de este experimento bicéfalo.

El zapaterismo ha muerto. Sólo Leire Pajín, y en cierta medida Trinidad Jiménez, permanecen como testimonio residual del liquidado pensamiento Alicia, el juvenilismo feminista de las alegres políticas ingrávidas que cayeron escombradas en el terremoto financiero de mayo. Encomendado al último eslabón del tardofelipismo, el presidente ha entonado la palinodia final de un enorme fracaso, que subraya el generalizado alivio del partido ante su maniobra de rescate a la desesperada. Pero lo que Rubalcaba va a tratar de rescatar no es el proyecto de Zapatero, ni mucho menos el rumbo de un país en quiebra social, sino la supervivencia del PSOE más allá de una experiencia fallida.


ABC - Opinión

Crisis. Ideología versus economía. Por José T. Raga

Cuando uno quiere ahorrar reduciendo la Administración Pública, tiene que hacer lo que pretenden hacer los británicos: despedir a quinientos mil empleados públicos. Pero ya sé que al presidente no se lo permite su ideología.

Apenas transcurridas cuarenta y ocho horas de la decisión del presidente del Gobierno de destituir, nombrar y reorganizar –esto último es un decir– el Gobierno, parece obligado siquiera dedicar estas líneas a lanzar algunas consideraciones que me salen al paso y, tratando de no repetir lo que otros habrán dicho, sí en cambio matizar algunos conceptos que no he visto con nitidez en las aportaciones ya realizadas.

En primer lugar, porque es lo que menos enjundia tiene, habrán visto ustedes que he huido deliberadamente del término tan común como socorrido en estos temas, como es el de crisis de Gobierno. Yo prefiero hablar de cambio, de ceses, de nombramientos, etc. porque la crisis es para el pueblo español, que somos los que sufrimos todas estas veleidades del presidente, y nuestro sufrimiento lo es en lo inmaterial –estado de ánimo, inseguridad ante el futuro, peligro para las libertades privadas y públicas, etc.– como también en lo material, pues son nuestro esfuerzo y nuestra renta, los que van a tapar todos los despropósitos que urden esa pléyade política que forma la corte del señor presidente.


Frente a nuestra crisis, el presidente salda la cuestión sacando pecho y afirmando, con la arrogancia y el fingido aplomo que le caracteriza, que éste es el Gobierno que España necesita y que viene en serio, de lo que se deduce que los que hemos tenido hasta ahora no eran los necesarios y, además, venían de broma, una broma que, de ser más ocurrente habría podido derivar en chirigota.

Por su parte, los ministros sólo con que tuvieran dos dedos de frente deberían estar felices; los que entran, porque nunca pensaron que con sus capacidades llegaran a semejante situación, y los que salen, porque se ahorran los sinsabores y además no quedan en el arroyo. Así que, de crisis, nada.

Lo que sí que se constata como crisis, y como crisis duradera, es la que viene haciéndose presente desde hace ya unos años, y a la que el presidente contempla con indiferencia, lanzando interpretaciones en unas ocasiones –para alejar la realidad de nuestros ojos– y profetizando su fin y el inicio de la recuperación a sabiendas de que engaña a propios y a extraños, pero que el asunto es ir tirando y, mientras tanto, mantener los embustes hasta las próximas elecciones, para cuyo momento a buen seguro que tendrá preparada alguna primicia, legal o ilegal, pues su hombre fuerte en el presente Gabinete –el vicepresidente Pérez Rubalcaba– tiene un vasto conocimiento, además de gran experiencia.

Pero déjenme que venga a lo que me interesa sobremanera y que supongo es también del interés de la mayor parte de los españoles. Desde luego, estoy seguro de que es de interés prioritario para aquellos españoles sobre los que más ha incidido la crisis; aquellos que perdieron el empleo, quizá todos los miembros de la familia y que, además, han perdido la casa, por no poder hacer frente a las obligaciones del crédito hipotecario y se encuentran en la calle escuchando, casi a diario, que la recuperación ya se ha iniciado.

Pues bien, ante ese panorama el señor presidente ha optado por la ideología –quizá además por una ideología sin ideas o con ideas ya abandonadas por los que dedicaron tiempo a ver y a pensar– frente a tomar en serio el problema económico y poner los remedios, aunque fueran impopulares, para salir del atolladero. Y el problema es que la economía lleva en sí misma una maldición: es extraordinariamente realista, no admite cuentos ni zarandajas, el tiempo y el euro perdidos, se han perdido para siempre, quedando la sociedad en situación de desamparo y de desesperación.

Recordaba yo, que ya tengo muchos años, precisamente a la vista del nuevo Gobierno, que de lo que Franco se dio cuenta a finales de los años cincuenta, de que la ideología por la ideología conduce a la miseria, y con gran habilidad la dejó a un lado, para hablar en serio y con gente competente de lo que interesaba a España, Zapatero aún no lo ha comprendido a finales de dos mil diez. Por eso encarga a una señora que procede de la militancia de Izquierda Unida, aunque reciclada en el PSOE, para que se ocupe del medio ambiente, sin entender que izquierda y medio ambiente son incompatibles; obsérvese, si no, el medio de que se disfruta en la antigua Unión Soviética, o compárese el medio de que se disponía en la República Federal de Alemania frente al que existía en la República Democrática vecina –la Alemania comunista.

O encarga a un señor que encabezaba la manifestación contra la reforma laboral propuesta por el Gobierno para que ponga en marcha tal reforma o engaña a los españoles diciéndoles que ha suprimido dos ministerios –Igualdad y Vivienda– pero mantiene toda la estructura ministerial de ambos ministerios, incluidas sus ministras, como Secretarías de Estado; algo así como si lo que costase dinero a los españoles fuera el título que se le otorgue y no el personal y los medios de que disponen. Cuando uno quiere ahorrar reduciendo la Administración Pública, tiene que hacer lo que pretenden hacer los británicos: despedir a quinientos mil empleados públicos. Pero ya sé que al presidente no se lo permite su ideología.

Y permitan que termine con una evidencia histórica: nunca la izquierda ha sacado a ningún país de una crisis económica, ni tampoco ha sido capaz de estimular una recuperación tras una situación de guerra o catástrofe profunda. La historia es la contraria: han hundido con el despilfarro países que eran potentes y que están en la mente de todos.


Libertad Digital - Opinión

Una España plural y funcional. Por Fernando Fernández

«La crisis económica no es en España una crisis internacional, es consecuencia de nuestros propios excesos, los inmobiliarios, fiscales, financieros y territoriales. Tenemos que devolver la solvencia y la eficiencia al Estado».

LA organización territorial del Estado ha sido, junto con la cuestión religiosa y el atraso económico, motivo de debate permanente entre españoles. Intelectuales, políticos, militares, burgueses y proletarios se han pasado medio siglo XIX y XX discutiendo las esencias de la patria. Es, como decía Ortega, un problema irresoluble, solo conllevable. Pero creo que ya va siendo hora de que los economistas aportemos también nuestro granito de arena a la discusión, porque está en juego la prosperidad común.

La Constitución de 1978, y sobre todo su interpretación posterior por el Tribunal Constitucional, el único legitimado para hacerlo, ha resultado en un Estado de las Autonomías de difícil encaje conceptual, pero que es una realidad política establecida. Su desarrollo ha coincidido con uno de los períodos más largos de crecimiento económico de la España moderna, y este hecho ha servido para legitimarlo ante los ciudadanos hasta el punto que muchos le atribuyen propiedades terapéuticas que no le corresponden. No hay ninguna evidencia empírica, ni ningún argumento doctrinal en la literatura económica, que permita concluir que un mayor grado de descentralización política o administrativa facilita el progreso y el crecimiento del bienestar. Pero en política, la concurrencia temporal es sinónimo de causalidad y son muchos los españoles que, parafraseando la pancarta clásica de la Transición, asocian de buena fe libertad, crecimiento y Estatuto de Autonomía. Puede incluso argumentarse, entiéndase como una provocación cariñosa, que ha sido precisamente cuando Madrid se ha liberado de sus obligaciones centralistas y capitalinas, cuando ha podido liberar todo su energía creadora, todo su espíritu emprendedor y ha puesto distancia considerable con sus principales rivales en el ranking de Comunidades. Como un juego del destino, la descentralización política ha resultado en concentración económica, a pesar del más que generoso sistema de transferencias corrientes y de capital que ha supuesto el Estado de las Autonomías.


El desarrollo autonómico ha seguido en nuestro país un modelo anárquico, de diferenciación-imitación, a golpe de las necesidades electorales del partido de gobierno que ha provocado un resultado no querido por nadie. Un proceso dominado por razones emocionales, por interpretaciones históricas interesadas, por elites locales, caciquiles si se permite la expresión técnica, que se han convertido en expertos buscadores de rentas, agitando presuntos agravios locales. Un proceso centrífugo imparable que, como comenta un amigo, ha llegado al ridículo. Ya no hay personaje español que no sea enterrado envuelto en su bandera autonómica, habiendo quedado reservada la bandera española para los ecuatorianos muertos en acto de servicio en Bosnia o Afganistán.

Las cosas son así, pero no pueden seguir así. Porque el sistema se ha convertido en completamente disfuncional y amenaza con llevarse por delante la libertad y prosperidad que tanto nos ha costado construir juntos. La crisis económica no es en España una crisis internacional: es consecuencia de nuestros propios excesos, los inmobiliarios, fiscales, financieros y territoriales. Tenemos que devolver la solvencia y la eficiencia al Estado. Recuperar la solvencia exige un ajuste del tamaño del Estado que la sociedad empieza a entender y asimilar. Los ciudadanos españoles sabemos, aunque no nos guste, que mantener el Estado de Bienestar exige reformarlo en profundidad. Podemos discutir del nivel adecuado de impuestos y gasto público, y eso debería ser precisamente la política presupuestaria, pero no discutimos que los números a medio plazo tienen que cuadrar. Pero no acabamos de estar cómodos con la idea de que preservar el Estado de las Autonomías exige también reformarlo en profundidad, para hacerlo viable, funcional y eficiente. Reformarlo al menos en dos direcciones: para garantizar la cohesión social, como recogía ya un documento del Consejo Económico y Social del año 2000, y para garantizar la unidad de mercado, protegida en la Constitución española, pero subordinada en la práctica al derecho a la autonomía.

La España de las Autonomías ha devenido a todos los efectos prácticos en un país federal. No estaba en el diseño original, pero es irrelevante a estas alturas, porque tampoco dejaba de estar y así han querido que fuese los sucesivos componentes del Tribunal Constitucional. También ha quedado claro que no puede ser un país confederal, porque no cabe en la Ley Fundamental del 78 y porque una amplísima mayoría social rechaza esa idea. Federalismo es incompatible con bilateralidad y supone la ordenación jerárquica de las distintas administraciones públicas. Supone también que no puede haber privilegios, prebendas ni diferencia alguna en el sistema de financiación territorial, que no puede ser a la carta de los intereses locales. Supone lealtad entre los distintos Estados federales, que renuncian explícitamente a decisiones unilaterales y se comprometen a defender y promover en su territorio también los elementos de integración, como es sin duda el castellano, un activo fortuito que nos ha caído en gracia. Y supone también que el Gobierno central, al que quizá podríamos empezar a llamar Gobierno federal, porque las palabras nunca son neutrales, responde de la soberanía nacional ante la Cámara de representación de los ciudadanos y no de los territorios.

Centrémonos pues en completar el Estado Federal en lo que es más urgente: en dotarle de instrumentos de decisión propios de un Estado Federal. Porque si no lo hacemos España dejará de ser viable. No resultará funcional y crecerá la tentación de sus partes de buscar ingenuo cobijo en Europa. Una Unión de Estados, como ha subrayado el último acuerdo de gobernanza económica alcanzado por Merkel y Sarkozy, a la que los españoles de toda región o nacionalidad le permitimos cosas que causarían furor de ser impuestas por el Gobierno central. ¿Se imaginan que Madrid y no Bruselas hubiera aprobado el ajuste fiscal que ha llevado a secar de financiación a Comunidades y Ayuntamientos? Necesitamos reglas de decisión claras y definitivas. Podríamos empezar porque la Administración central utilizara sin complejos las competencias básicas de coordinación y planificación de que dispone para exigir información y cumplimiento de los objetivos presupuestarios a todas las administraciones públicas. Seguir por la aprobación de una Ley de Coordinación entre Administraciones Públicas, que reconozca la supremacía del Gobierno federal. Y terminar convirtiendo la unidad de mercado en prioridad política, exactamente como lo hace la Unión Europea o los Estados Unidos de América, lo que tendría importantes implicaciones para la sociedad española. Pero supone sobre todo un punto de inflexión en una política que ha sacralizado lo que nos separa y castigado lo que nos une. No hay país que aguante esa deriva y no hay economía que pueda competir con esos costes de transacción. Porque se trata precisamente de que el Estado de las Autonomías no sea otra forma fallida de organización territorial.


Fernando Fernández es Profesor del IE BUSINESS SCHOOL.

ABC - Opinión

Madrid, motor de España

La Comunidad de Madrid y Esperanza Aguirre son las mejores cartas de presentación a los ciudadanos sobre la capacidad del PP en tareas de gobierno. Ése fue el principal mensaje de la Convención que el PP de Madrid ha celebrado este fin de semana y que ha supuesto un cierre de filas de los grandes líderes del partido en torno a la figura de la presidenta madrileña y una demostración de cohesión y unidad en torno al proyecto y al liderazgo nacionales que encarna Mariano Rajoy. El tono y las caras de los populares han reflejado la imagen de un partido en un buen momento, respaldado por las encuestas, que sabe a dónde va y dispone de un programa solvente para reconducir España en uno de sus peores momentos de los últimos años. Como acertadamente se ha puesto de manifiesto en la reunión, Esperanza Aguirre representa los valores de ese proyecto. Hoy ya nadie cuestiona, estadísticas en la mano, que la Comunidad de Madrid es la gran locomotora económica y social de España, y que cuenta con un eficaz equipo de trabajo representado por el vicepresidente Ignacio González. Madrid ha soportado mejor que ninguna otra región una crisis dura. Pero la región crece el doble de la media nacional y es ya la que ostenta el mayor Producto Interior Bruto (PIB) por habitante. La tasa de paro es un 3,7% inferior a la media española. También es la comunidad más competitiva del Estado, según Eurostat, y es indiscutible que su creciente proyección internacional la ha convertido en uno de los territorios más dinámicos del continente. Hasta el punto de que ha conseguido acaparar el 65% de la inversión extranjera que llega al conjunto del país. Estos datos, y algunos más, hablan de un trabajo muy positivo, con un importante componente social. Negar el gran salto adelante de Madrid en Sanidad, Educación o Dependencia es negar la realidad. Otro dato más: Familia y Asuntos Sociales ha duplicado su presupuesto en las dos últimas legislaturas.

¿La receta? Es la opuesta a la que han desarrollado las administraciones socialistas, en general, y el Gobierno de Zapatero, en particular. La dirección de Esperanza Aguirre está sustentada en cinco pilares: austeridad pública –el Presupuesto de 2011 ha sufrido un recorte del 10%–, liberalización económica, bajada de impuestos, seguridad jurídica y estabilidad institucional. Todo ello ha impulsado un marco de confianza favorable a la actividad económica y a la inversión, tanto nacional como extranjera. Con toda justicia, Rajoy elogió ayer la gestión de Aguirre e hizo hincapié en otro aspecto que sirve para valorar todavía más los resultados del Gobierno madrileño: la oposición de Zapatero y las trabas del Ejecutivo central al progreso de Madrid. La realidad demuestra que se ha querido asfixiar a Madrid, como prueba que la inversión del Estado en las comunidades creció un 40,38% en seis años, mientras que en Madrid bajó un 27,8%. A pesar de ello, el progreso de la región es la prueba de que las políticas de Aguirre no son castillos en el aire, sino que funcionan y son las mismas que también se están aplicando con éxito en Europa. Todo ello bajo la batuta de una presidenta capaz y rigurosa.


La Razón - Editorial

Sólo el PP puede hacer bueno a este Gobierno

Sólo el PP, con su cobardía o su torpeza, puede dar oxígeno a un conjunto de políticos amortizados que llegan a la poltrona con la fecha de su decapitación política fijada de antemano. Que pregunten en Génova a las bases, en lugar de a Arriola.

A cualquier observador imparcial debe parecerle excesivo el temor desatado en el PP tras la elección de los nuevos integrantes del Consejo de ministros. La ya famosa conversación entre Arenas y de Cospedal, en la que ambos mostraban su preocupación por la supuesta excelencia de algunos de los elegidos, estaría fuera de lugar en cualquier partido serio que tuviera que enfrentarse a la ruina absoluta provocada por Zapatero, un desastre nacional ante el que no cabe el menor atenuante. Sin embargo este Partido Popular, entre azorado y pusilánime, se desconcierta de buenas a primeras y confiesa su pobreza de espíritu ante unos cambios ministeriales que, en realidad, sólo van a agravar los problemas existentes hasta la llegada irremisible de las próximas elecciones generales.

Si al PP le intimidan una marxista irredenta abonada a la casa común, un sindicalista vocacional partidario del corrector líquido en materia estadística o una ignorante proteica cuyo principal aval consiste en acumular sueldos públicos a una velocidad portentosa, es que no confía demasiado en sus posibilidades o en las de sus futuros candidatos más destacados.


Ahora bien, si el partido de Mariano se empeña es capaz de hacer pasar este ramillete de indigentes, trufado con la cuota habitual del felipismo de alcantarilla, por uno de los equipos de Gobierno más solventes del panorama occidental. Sólo tiene que dejar a sus altos cargos actuar de forma tan obtusa a como lo ha hecho el alcalde de Valladolid, personaje desconocido para el gran público, que gracias a su alarde de estolidez verbal ha permitido al PSOE poner de nuevo contra las cuerdas a su rival político.

Por supuesto los socialistas no son quienes para dar lecciones de moral pública, tampoco en asuntos relativos al respeto que hombres y mujeres debemos profesarnos mutuamente, pero su habilidad para utilizar la propaganda en contra del partido rival hace que la hipocresía evidente de su conducta pase desapercibida para el gran público, que es el que hace válidos los argumentos de unos y otros en última instancia.

El gabinete con que Zapatero quiere llegar a las próximas elecciones, Rubalcaba mediante, es tan lamentable como los que viene pergeñando desde aquel infausto 14-M, hechos todos a imagen y semejanza del personaje. Sólo el PP, con su cobardía o su torpeza, puede dar oxígeno a un conjunto de políticos amortizados que llegan a la poltrona con la fecha de su decapitación política fijada de antemano. Si en Génova preguntaran a sus bases en lugar de a Arriola otro gallo les cantaría. Al PSOE también.


Libertad Digital - Editorial

El problema autonómico

Con el abuso del «hecho diferencial» y los «microestados», la organización autonómica ha degenerado en un Estado central residual.

LA crisis económica ha puesto al descubierto la insostenibilidad de la organización autonómica del Estado, al menos en las condiciones actuales. No será posible una reducción del déficit público, ni una renovación de las bases del crecimiento económico, si las administraciones regionales siguen considerándose exentas, en todo o en parte, del compromiso de austeridad que requiere la situación. También es cierto que no se puede poner a todos los gobiernos autonómicos al mismo nivel, porque los hay que están consiguiendo mantener la economía y el empleo en tasas mejores que la media. Otros siguen anclados en el discurso victimista de hace treinta años para justificar su inoperancia. Pero el derroche autonómico es efecto y no causa de los vicios del sistema. La autonomía nunca debió ser entendida como un drenaje del Estado central para satisfacer pruritos localistas. Debía ser, según su fundamentación constitucional, una forma de descentralizar competencias que hasta entonces residían en las instituciones nacionales, con precisiones singulares de la Constitución a los derechos históricos de los territorios forales. Sin embargo, entre el abuso del «hecho diferencial» y la excitación del folclore regionalista, el principio de organización autonómica ha degenerado en un Estado central residual, contra el que compiten entidades que, desde su interior, han asumido el papel de microestados. Es indudable el beneficio de la descentralización de las administraciones para el ciudadano, pero para obtenerlo no había que transformar la autonomía en coartada para el derroche en medios públicos, la duplicación de competencias o el tejido de redes clientelares.

En muchos aspectos del Estado autonómico se ha ido más lejos del modelo federal, que, por serlo, dota a las instituciones centrales de poderes de armonización y legislación básica más fuertes que los que tienen a su disposición el Gobierno y Parlamento españoles. Desde luego, nada ha sucedido por un decurso fatal de los acontecimientos, sino por políticas muy concretas que han tratado el poder autonómico como una mercancía de reparto, engordándolo hasta poner al Estado al borde su inviabilidad, como se ha visto en la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán. Pero ya no es hora de más jueces, sino de políticos que asuman que hay que cambiar sustancialmente las bases del Estado autonómico.


ABC - Editorial

sábado, 23 de octubre de 2010

Las caras de la Moncloa. Por M. Martín Ferrand

Las caras de La Moncloa, como en su día las de Bélmez, entran en la jurisdicción de lo paranormal.

LOS estrategas del felipismo, todavía de buen ver, le han robado a los romanos los planos del dios Jano y han construido uno que, según el reglamento, tiene dos caras. En una, luce el semblante cansino de quien quiso ser el señor del talante y en la otra brilla la mirada inquietante de Alfredo Pérez Rubalcaba. Es un diseño incómodo para quienes se sirven de él y perverso para el adversario. ¿Cómo podrá saber Mariano Rajoy si ese dúo presidencial va o viene, avanza o retrocede, gira hacia la izquierda o hacia la derecha? Lo único que parece claro es que los socialistas, que no saben ver llegar las crisis, pero que detectan la más leve hipótesis de pérdida de poder, andan encerrados en un cálculo decisivo: ¿Cuándo lleguen las legislativas de 2012, ocurra lo que ocurriese en los comicios previos, cuántos diputados se necesitan en La Carrera de San Jerónimo para no tener que devolver las llaves de La Moncloa?

Para el PP, en donde parecen pensar que la iniciativa es pecado, tiene una gran ventaja ese Jano con el que el PSOE trata de salvar los muebles. Darle una colleja a uno de los dos nombres máximos del Ejecutivo conlleva, por necesidad de diseño, darle en los morros al otro rostro triunfante y equívoco; pero esos son gozos para estilistas, para vocacionales de la acción política que engorda con la adrenalina del riesgo. En su actual configuración, la calle Génova es como uno de esos acreditados casinos de pueblo en los que conviene ser socio para tener derecho de asistencia; pero a los que, de verdad, no acude nadie. Por eso, la crisis de un perdedor abrumado por los acontecimientos, como la que acaba de superar el líder de León, se convierte en una derrota para las filas de la gaviota en las que, cuando alguien dice algo —pocas veces— es para poner en evidencia su mala condición, tal que el alcalde de Valladolid, Javier León de la Riva, o para perjudicar a un conmilitón con ganas y posibilidades como le ocurre en Asturias a Francisco Álvarez Cascos.

Las caras de La Moncloa, como en su día las de Bélmez, entran en la jurisdicción de lo paranormal. Podrían ser un fraude; pero, también, un ingenioso procedimiento para acentuar el pasmo de los populares y quietarles la merienda. En los laboratorios felipistas especializados en las acciones de poder han sabido, ante la imposibilidad de cambiar el jinete en mitad de la carrera, modificar su caballo hasta hacerlo pasar por una moto. En los salones en los que sestea el PP continúan con el debate sobre el modelo de silla que mejor le cuadra al penco en el que correrá Rajoy: ¿española, de doma, de salto, portuguesa, texana, inglesa...?


ABC - Opinión

Trastorno bipolar. Por Gloria Lomana

El hombre que iba a ser la estrella de la semana, el nuevo ministro de Trabajo Valeriano Gómez, por ser el único nombramiento previsible, se ha quedado literalmente arrollado por la catarsis del Gobierno. Zapatero ha creído que éste es el momento de lanzar una «fuerte ofensiva política» ante la perspectiva de perderlo todo en una lenta agonía y ha tirado del único mago posible, de Rubalcaba, para dar la vuelta a las encuestas. Pero, más le vale al nuevo ministro de Trabajo haber quedado tapado por la avalancha. De haber sido el único cambio, Valeriano Gómez estaría a estas horas abrasado políticamente. No tendría manera de explicar su comportamiento bipolar, primero redactando la reforma laboral –según Zapatero fue quien más papeles le pasó– luego acudiendo a manifestarse contra su propia reforma, y ahora prometiendo defenderla desde el Ministerio de Trabajo. El hombre asegura que sin trastorno alguno. Pero no se fíen. El comportamiento bipolar refleja estados de manía que pueden oscilar entre la alegría y la tristeza de forma repentina y patológica. O sea que el bipolar Valeriano en los estados de euforia redactaba pensionazos y recortes a los trabajadores, contra los que se manifestaba en los momentos de depresión. Trajín inconmensurable. Paradigma del sindicalismo de nuestros días. Y, por lo que se ve, prototipo de los que nos gobiernan. D. Valeriano ha prometido, a partir de ahora, padecer momentos de eufórica alegría más que de tristeza, para así aplicar los tijeretazos sin compasión alguna. Aunque no descarten que en momentos de zozobra se agarre del brazo de Cándido Méndez para manifestarse contra sí mismo.

Así las cosas, Valeriano ha superado a Zerolo en la escuela de Zapatero del zigzagueo. Hasta ahora el titular de manifestarse a favor de causas abandonadas por el PSOE (léase conflicto saharaui) era el secretario de Movimientos Sociales del PSOE. Pero Zerolo ha perdido fuelle. No estuvo en la manifestación de los sindicatos contra Zapatero y su reforma laboral, y sin embargo sí estuvo Valeriano con lo que, automáticamente, se ha alzado con el maillot amarillo del trastorno bipolar. El mejor modelo Zapatero. Lo dicho, una escuela: hago la reforma laboral y me manifiesto contra ella; apoyo los derechos sociales y los recorto; soy liberal y socialista a la vez; soy rojo y rejoneo a los trabajadores; presumo de Gobierno paritario pero el Gobierno tiene más hombres; no voy a hacer crisis, pero la hago...

A partir de ahora nos espera mejor comunicación, ha dicho Zapatero. O sea, semejantes trastornos bipolares, pero con más fotos. Así es que no descarten que Zapatero se agarre del brazo de Rubalcaba, Salgado y Valeriano, y se lance a la calle a protestar contra sí mismo. La calle siempre fue su mejor tarjeta de presentación y en tiempos de apuros todo es posible. Al fin y al cabo, el tándem Zapatero-Rubalcaba ganó las elecciones gracias a la algarabía del 13-M, y a los «nunca mais» y el «no a la guerra» que le precedieron. Y ahora toca ganar las siguientes. Comportamiento bipolar sin trastorno aparente. Pero no se fíen: o hay trastorno o nos mienten.


La Razón - Opinión

Ventanas. Los del canon celebran la sentencia. Por Antonio José Chinchetru

Lo que tampoco es una salida, eso sí, es la disparatada propuesta del presidente de NNGG: Nacho Uriarte defiende convertir la SGAE en un organismo público. Lo que faltaba, Teddy Bautista con coche oficial a cargo de los presupuestos.

A cuadros me quedé el jueves al mediodía al abrir mi correo electrónico. Habiendo leído ya la noticia del fallo del Tribunal de Justicia de la UE (TUE) que declara ilegal el cobro indiscriminado del canon digital, me encontré con una nota de prensa en la que las entidades de gestión sostienen que los jueces han dictaminado en sentido contrario del que lo han hecho. El comunicado conjunto de todas ellas informa de que "IBAU (Egeda, Dama y Aisge) y COPYESPAÑA (Agedi, Aie, Cedro y Sgae) valoran positivamente el respaldo que supone esta sentencia a la legalidad del canon digital, tanto en España como en el resto de países de la Unión Europea en los que se aplica esta compensación".

Si no nos tuvieran acostumbrados a su permanente desfachatez, resultaría sorprendente la caradura que demuestran la SGAE y compañía en el comunicado. Es cierto que la sentencia avala, por desgracia, la existencia del canon digital en los países miembros de la Unión Europea. Pero, y es lo que los Teddy Bautista boys parecen querer ocultar, lo que deja bien claro es que su aplicación en España atenta contra la normativa comunitaria. Esto supone un duro varapalo para uno de los argumentos clásicos de las entidades de gestión en defensa de la compensación por copia privada, puesto que desde estas organizaciones siempre se ha defendido que se trata de un sobreprecio que responde a la legislación de la UE.


Pero la caradura de tan peculiar celebración por parte de IBAU y COPYESPAÑA no termina ahí. A pesar de que el fallo del TUE deja claro que el canon puede ser repercutido en el precio del producto para que sea pagado por los consumidores, estas organizaciones sostienen en su nota de prensa que la compensación por copia privada "debe ser abonada a las entidades de gestión por los fabricantes, importadores o distribuidores de los dispositivos que permiten la realización de este tipo de copias". Una vez más, tratan de intoxicar a los ciudadanos.

Sin embargo, este brindis al sol tiene sentido. Las entidades van a intentar que los jueces españoles y el Gobierno hagan caso omiso de la sentencia (algo que resulta esperable de un Ejecutivo siempre presto a servir a los intereses de la SGAE y compañía), por lo que buscan intoxicar lo máximo posible en defensa de sus intereses.

A modo de conclusión, aunque la sentencia es positiva, el canon que permite cobrar sigue siendo un abuso. Como ya se ha propuesto en diversas ocasiones, debería aplicarse directamente sobre el original y no sobre dispositivos que tienen múltiples usos. Lo que tampoco es una salida, eso sí, es la disparatada propuesta del presidente de NNGG: Nacho Uriarte defiende convertir la SGAE en un organismo público. Lo que faltaba, Teddy Bautista con coche oficial a cargo de los presupuestos.


Libertad Digital - Opinión

El pánico a Rubalcaba. Por Edurne Uriarte

El miedo a Rubalcaba tiene que ver con su gestión en las sombras del poder.

La prensa progubernamental se ha divertido enormemente en las últimas horas con lo que José María Izquierdo ha llamado en El País «El pánico a Rubalcaba». O Javier Vizcaíno en Público «Tembleque de piernas y castañeteo de dientes en Carpetovetonia». Entusiasmados los columnistas de la izquierda con el profundo rechazo e inquietud que la concentración de tanto poder en Rubalcaba ha suscitado en toda la derecha política y mediática. Y poco conscientes, al parecer, de lo inquietante de que en una democracia un cargo político produzca miedo a la oposición, tanto a los periodistas como a los políticos. Incluidos los políticos de su propio partido, que se lo pregunten a Tomás Gómez.

Porque lo cierto es que estos admiradores de Rubalcaba tienen toda la razón. Este político produce un acusado temor entre los políticos y periodistas de la oposición. Y no precisamente por su inteligencia y sus dotes comunicativas. Eso causa respeto, que es otra cosa. El miedo a Rubalcaba tiene que ver con su gestión en las sombras del poder. Con la extendida percepción de que, con él al frente de Interior, no es lo mismo ser un corrupto del PP que del PSOE. Y, mucho peor, no es lo mismo ser un simple y honrado político del PP que del PSOE. O con el temor entre la clase periodística de que las críticas a Rubalcaba son más arriesgadas que a otros políticos. No se han percatado los fans de Rubalcaba, los seguidores del cuento del republicanismo cívico de Zapatero, del pequeño detalle de que el pánico al poderoso es propio de las dictaduras. Que la oposición también tiene pánico a Fidel y Raúl Castro. O a Hugo Chávez. Cuando pasa lo mismo en una democracia y al inspirador del miedo le otorgan, además, un inmenso poder, hay que hacérselo mirar. Porque algo falla en esa democracia. Quizá que el republicanismo cívico de Zapatero se haya convertido en republicanismo coactivo.


ABC - Opinión

Gómez, Gómez y Gómez. Por Alfonso Ussía

El Gómez socialista de Madrid ha sido abducido por el Gómez ministro de Trabajo. Le ha durado la gloria al Gómez madrileño muy poco tiempo. Y lo de la gloria es un decir. Nada más confuso que una coincidencia de apellidos en el mismo partido político. La extravagante pregunta «¿Qué Gómez?» va a convertirse en habitual en los próximos meses. Para mí, que el nombramiento de Valeriano Gómez como ministro de Trabajo es el primer paso de la venganza de Rubalcaba y Blanco contra el Gómez de Madrid. Porque resulta difícil comprender que un sindicalista que se ha manifestado contra el Gobierno por su reforma laboral acepte el ministerio que tiene que llevar a cabo la referida reforma. O Gómez es un caradura o Gómez es un incoherente o Gómez es un desleal. Y la gente se preguntará: ¿qué Gómez?

En este caso, el Gómez ministro, lo que no quiere decir que el otro Gómez, el de la gloria efímera, no es un caradura, es coherente y es leal. Gómez, y vuelvo al del ministerio de Trabajo, ha intentado justificar su inexplicable salto de la pancarta a la cartera, y no ha estado afortunado. En su Gómez hay dos Gómez. Y el lío se enreda aún más. Si Gómez el ministro es dos Gómez –el que se manifiesta contra el Gobierno y el que, a los diez días, forma parte de ese Gobierno–, el tercer Gómez es el de Parla, porque un candidato autonómico no puede superar en importancia a todo un ministro, que a su vez, y para mayor dificultad en la superación, está compuesto de dos personas tan enfrentadas y contradictorias como son las del Gómez sindicalista y piquetero, y el Gómez gobernante y con «Audi» en la puerta de su casa.

Gómez tiene que estar pasando por malos momentos. «¿Qué Gómez?» se preguntarán ustedes. En este caso, retorno al Gómez de Parla. El pobre Gómez de Parla no sólo se topa con un Gómez o dos Gómez más poderosos que él, sino que asiste estupefacto a otro inconveniente moral. Su vencida adversaria en las primarias de Madrid, Trinidad Jiménez, recibe en compensación a su derrota el ministerio de Asuntos Exteriores. Extraño resultado el de las primarias. El ganador, se queda en eso, en el Gómez que va a perder, y la vencida asciende con vértigo y alegría hasta la cumbre de la cancillería de España. Si yo fuera Gómez –¿qué Gómez?–, que no lo soy y me gustaría que no hubiera dudas al respecto, me mudaba a Parla y no volvía a aparecer por la Gran Vía y Callao, como muestra de dignidad. Según las estadísticas, en un mismo período de tiempo, un Gómez puede triunfar en política, e incluso dos Gómez, pero no tres. Tres Gómez conforman una multitud de Gómez. Y si ha quedado demostrado que los dos primeros Gómez viven bajo la piel del Gómez ministro, el Gómez candidato a la presidencia de la Autonomía de Madrid, no tiene nada que hacer. Si no lo tenía antes, ya me dirán ahora. Lo cantó el poeta: «Lo que era imposible antaño/ es más improbable hogaño». Los poetas son así, que no se muerden la lengua.

Pero carotas como Gómez –¿qué Gómez?–, y ahora me refiero al ministro, no abundan. «¡Reforma laboral, no! ¡Zapatero, dimisión!». Y a los diez días, ministro de Zapatero y reforma laboral, sí. Gómez, Gómez y Gómez.


La Razón - Opinión

PPC. Esta canción me suena. Por Maite Nolla

A Alicia la colocaron para neutralizar todo esto y, así, la evolución política del PP en estos dos años se resume en el manifiesto político formulado hace un mes: la única condición para pactar con CiU es una cartera.

Propongo que las elecciones catalanas se celebren ya, antes de que alguien cometa una locura o pase alguna desgracia. Aunque ya sepan que yo no soy muy partidaria, la mejor campaña la está haciendo CiU que ha optado por no hacer ni decir nada; ni visitas al notario, ni flores a Guifré el Pilós, ni nada. En cambio, para los demás partidos la campaña no sólo se puede hacer larga, sino que se arriesgan a que el que tuviera intención de votarles hace un mes no lo haga en noviembre, porque no les reconozca. Por ejemplo, el PSC ha pasado de ser nacionalista a ser español, renegando incluso de las multas por rotular en castellano. Los independentistas suman, restan, ganan o pierden posiciones según se van descubriendo nuevos extractos de la Visa del Barça. Y hasta Ciudadanos puede verse favorecido y perjudicado por partes iguales por el hecho de que no todo lo que parezca Ciudadanos sea Ciudadanos; y me refiero a la frenética actividad de Pepe Domingo y al debate, o mejor dicho, al bucle, sobre la unión con Rosa Díez y si entre bomberos se van a pisar la manguera.

Pero lo que riza incluso mis rizos es lo que ha sucedido hoy en el Partido Popular. Comprendo que ustedes añadan cierto toque autobiográfico al comentario y les doy la razón, pero no me digan que no es una sorpresa que Alicia Sánchez-Camacho haya presentado a bombo y platillo a la que fuera candidata de Ciudadanos a la alcaldía de Barcelona en 2007. Como recordarán, la que suscribe fue protagonista de un episodio similar que acabó con mi carrera política, aunque me abrió las puertas de la NBA de la opinión política, que es esRadio. Aquello, unido al fichaje de otras personalidades de más relevancia, como Carmelo González, supuso que a Daniel Sirera se le sublevaran los funcionarios del partido, incluidos algunos de los que hoy se han hecho la foto con Esperanza García. Por ejemplo, la candidata del PP en Lérida y el diputado provincial tomaron aquello como una afrenta hasta el punto de negarme la afiliación, algo que para un partido que ellos han convertido en marginal en la provincia no está mal. Vamos, que con todos los respetos no creo que estuvieran como para reservar el derecho de admisión, aunque, a lo mejor, que les voten cuatro es su objetivo político. Supongo que asegurados los cargos del diputado en Madrid y casi el de la diputada autonómica, la cosa se ve de otra manera y si quieren fichar a gente de Ciudadanos, que les fichen; como si quieren fichar a gente de Supervivientes.

A Daniel Sirera o a Carina Mejías se los han cargado porque en su momento se dieron cuenta del daño que Ciudadanos hacía al PP y, lo que es más importante, informaron a Madrid. A Alicia la colocaron para neutralizar todo esto y, así, la evolución política del PP en estos dos años se resume en el manifiesto político formulado hace un mes: la única condición para pactar con CiU es una cartera; todo lo que un no nacionalista militante busca de un partido no nacionalista. Además, si algo ha servido para reanimar y dar vidilla –un poco artificial– a Ciudadanos, después de pequeños y grandes fracasos electorales y empresariales, ha sido el campo libre que la política del PP les ha abierto durante los dos nefastos años de mandato de la señora Camacho.

Tengo que reconocer que la noticia del fichaje de Esperanza García ha sido para mí una especie de déjà vu, pero del rollo de la versión de Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton; como raro. Como dijo Josema Yuste, es lo mismo, pero no es igual.


Libertad Digital - Opinión

Un debate ensuciado. Por Ignacio Camacho

La estúpida grosería de un alcalde ha embarrado el debate sobre la nula cualificación de la ministra de Sanidad.

DESCONOZCO si el alcalde de Valladolid es un patán a tiempo completo o parcial, pero cuando ejerza de palurdo debería limitar sus zafias chocarrerías a su círculo de amigotes. Sus insinuaciones soeces sobre Leire Pajín revelan un rancio estilo de burdel anclado en el celtiberismo más chabacano, el de los monterillas de pueblo que rezongan al paso de las mozas rascándose las encías con un mondadientes. Puede que los socialistas hayan sobreactuado con su alborotado victimismo tratando de convertir una ordinariez tabernaria en un atentado machista; pero el tipo se ha retratado a sí mismo como uno de esos casposos verderones que blasonan de su desgraciado ingenio pedestre sin provocar más que el sonrojo ajeno.

La estúpida grosería del edil vallisoletano ha embarrado además un debate público que merecía la pena, y que es el de la (falta de) idoneidad de una dirigente sin currículum para hacerse cargo de un Ministerio especializado. El PSOE ha aprovechado el desliz para montar un desmedido escándalo mediático que desvía el asunto hacia el terreno del feminismo y la igualdad, en el que la izquierda se siente fuerte frente a una derecha a la que aún le asoma cierto pelo de la dehesa. Al exigir disculpas por la burda majadería de León de la Riva, los socialistas evitan dar explicaciones sobre la elección más que dudosa del presidente Zapatero, que ha causado estupor en el muy sensible sector sanitario. Un sector a cuyos profesionales se les exige una muy alta cualificación que no rige a la hora de seleccionar a quien ha de gestionar sus comprometidos problemas.


Para ser ministro/a de Sanidad no resulta en absoluto necesario haber estudiado medicina, enfermería o farmacia, pero una sociedad desarrollada requiere en su dirigencia pública ciertos méritos de capacitación específica que hasta ahora Leire Pajín no ha mostrado poseer. Carece de formación económica y de experiencia de gestión administrativa, y en el aparato del PSOE ha penado por falta de aptitudes de organización y liderazgo. Aunque la mayoría de los recursos sanitarios estén transferidos a las autonomías, entregarle una cartera tan compleja (epidemiología, prevención, consumo, protocolos clínicos y tecnológicos, etcétera) a una persona de bagaje tan escaso constituye para mucha gente cuando menos una ligereza, si no una temeridad, y hasta se puede entender como una falta de respeto al bien preparado colectivo asistencial. Al menos convendría debatir si la idea de que en política cualquiera sirve para cualquier cosa representa una concepción perniciosa y despectiva del servicio público, o si choca contra la noción de perfeccionamiento, estudio y competencia que se le supone a la alta dirección del Estado. Ésa debería ser la discusión en una sociedad moderna y civilmente fuerte, y no los morros de la ministra ni las fantasías calenturientas de un alcalde casinario.

ABC - Opinión

Tres décadas de ejemplo

Don Felipe entregó ayer en el Teatro Campoamor de Oviedo los premios Príncipe de Asturias en una ceremonia que presidió junto a Doña Letizia y a la que también asistió la Reina. Los galardones que llevan el nombre del heredero de la Corona han alcanzado la trigésima edición con una salud envidiable, amparados en una institución ejemplar como la Fundación Príncipe de Asturias, que ha convertido estas tres décadas en un incesante torrente de esfuerzos, y siempre con el sueño de distinguir a las personas que pudiesen ser identificadas como un reto, una referencia o un estímulo para sus conciudadanos de un mundo global.

Los premios Príncipe de Asturias han ganado en estos 30 años un merecido prestigio internacional que los ha convertido por derecho propio en una de las distinciones más apreciadas en el mundo de la cultura y las ciencias sociales. Baste repasar la relación de los galardonados a lo largo de estos años para entender que estamos ante un cuadro de honor del pensamiento y de la acción humanos. En esa línea de promover el reconocimiento de personas e instituciones ejemplares, la relación de los distinguidos en esta trigésima edición es un paradigma extraordinario de ese compromiso. Manos Unidas (Concordia), el equipo arqueológico de los guerreros de terracota de Qin Shihuang (Ciencias Sociales), Richard Serra (Artes), los sociólogos Zygmunt Bauman y Alain Touraine (Comunicación y Humanidades), los bioquímicos David Julius, Baruch Minke y Linda Watkins (Investigación) y The Transplantation Society y la Organización Nacional de Trasplantes (Cooperación Internacional), unidos al escritor libanés Amin Maalouf (Letras) y a la Selección española de fútbol (Deportes), componen un abanico de instituciones y personajes que son referentes mundiales en sus respectivos campos, con ese aditivo de la ejemplaridad en unas sociedades necesitadas de guías y espejos en los que mirarse.


De entre todos los acertados elogios a los premiados en el discurso del Príncipe de Asturias, merecen una mención especial sus palabras dedicadas a la gesta mundialista de la Selección, a lo que representa ese puñado de jóvenes deportistas y a la respuesta de un país orgulloso y entregado: «Sois la España joven, ambiciosa y capaz, sin complejos ni renuncias (...) y nos hicisteis sentir la emoción y el orgullo de ser españoles. De pertenecer a una gran nación».

En esa línea de capacidad nacional para superar desafíos y sobreponerse a las circunstancias más adversas, Don Felipe lanzó en su intervención un necesario y realista mensaje de optimismo y de fe en las posibilidades de una España unida para vencer a la crisis, y recordó que la nación «se ha demostrado a sí misma en muchas ocasiones a lo largo de la Historia que sabe superar los momentos más críticos. Ahora ha de volver a hacerlo», para lo que reclamó «proyectos que nos integren cada día más».

Ese proyecto de cohesión, de esfuerzo colectivo y de convicción en el potencial de nuestro país es un mensaje del Príncipe que debería calar en los gobernantes y en la sociedad.


La Razón - Editorial

Los gobiernos manirrotos, el riesgo de la Eurozona

Al final, la reforma se ha descafeinado por completo para dejar las cosas prácticamente igual a como estaban; motivo por el cual el BCE no se ha reprimido a la hora de criticar la vaciedad del texto definitivo.

Uno de los requisitos indispensables para que una unión monetaria funcione mínimamente bien es que las distintas administraciones territoriales coordinen sus políticas fiscales. No es la única condición –la flexibilidad interna de precios o la movilidad de factores son otras de enorme importancia– pero sí es una de las indispensables.

En la Eurozona esa coordinación entre políticas fiscales trató de lograrse mediante el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), en el cual, entre otras medidas, se establecía un procedimiento por déficit excesivo destinado a sancionar a aquel país miembro con un déficit persistente por encima del 3% y una deuda pública superior al 60%. Se entendía que tal era el umbral a partir del cual el endeudamiento descontrolado de las distintas administraciones públicas ya colocaba en serios problemas a la moneda única.

Sin embargo, ese PEC nació viciado, pues ninguno de quienes lo suscribieron –y en especial las principales economías de la Eurozona, como eran Francia y Alemania– tenían la mínima intención de cumplirlo. Así, tan pronto como se inició el procedimiento por déficit excesivo contra el eje francoalemán –controlado en aquel entonces por los manirrotos Gerhard Schröder y Jacques Chirac–, el pacto expiró. Ni Francia ni Alemania llegaron a ser multados porque la sanción se retrasó en sucesivas ocasiones hasta que en 2005 se reformó el PEC para flexibilizar los márgenes de endeudamiento. Además, por mucho que se superaran los ya de por sí amplios límites del PEC, el Consejo Europeo se reservaba el derecho de veto a cualquier propuesta de sanción por parte de la Comisión.


La crisis económica actual ha mostrado lo desorientada que estaba toda esta política de flexibilización del endeudamiento público. Se ha comenzado a cuestionar seriamente la unidad monetaria por la indisciplina fiscal de ciertos países como España, Grecia o Portugal; al fin y al cabo, si ellos caen, el euro se desmoronará a menos que sean rescatados por otros países que, como Alemania, están haciendo sus deberes a la hora de ajustar su presupuesto. Pero Alemania no puede convertirse en la red de todos los políticos suicidas como Zapatero, pues ni siquiera la economía más rica de la Eurozona dispone de un capital infinito para rescatar a otros Estados; de ahí que se haya planteado la necesidad de poner en vereda a los países más manirrotos a través de un sistema de sanciones mucho menos manipulable por los políticos afectados.

Alemania, la principal interesada en que los llamados PIIGS comiencen a disciplinarse y a reconducir sus insostenibles déficits, planteó una reforma por la que los países que incumplieran los objetivos del PEC fueran automáticamente castigados no sólo con multas económicas sino también con pérdida de derechos políticos en las instituciones europeas. Sin embargo, los principales Estados incumplidores, como España, se aliaron a última hora con Francia, país siempre dispuesto a abortar políticas ortodoxas y sensatas, para que las sanciones fueran sólo económicas y, sobre todo, para que el Consejo se reservara un derecho de veto por mayoría cualificada para bloquear las multas.

Al final, pues, la reforma se ha descafeinado por completo para dejar las cosas prácticamente igual a como estaban; motivo por el cual el BCE no se ha reprimido a la hora de criticar la vaciedad del texto definitivo: la moneda cuyo valor se encarga de defender se ve constantemente atacada por la creciente insolvencia de los gobiernos. Y eso en nada nos beneficia a los españoles, por mucho que a corto plazo nos libremos de las sanciones: sólo hace falta ver la satisfacción de la manirrota Salgado para comprenderlo.


Libertad Digital - Editorial

Propaganda y arenga

La oferta de Zapatero a la izquierda para que recupere el ánimo se ha quedado en arenga militante, porque, de reformas, nada.

RODRÍGUEZ Zapatero estrenó ayer el nuevo Gobierno «de la comunicación» con la primera rueda de prensa de Alfredo Pérez Rubalcaba como portavoz del Ejecutivo. No hubo sorpresas en cuanto a las formas, porque el vicepresidente primero ya tenía acreditadas sus credenciales como buen comunicador, que se hicieron aún más patentes por el contraste inevitable con su predecesora. Pero tampoco hubo novedades en cuanto a los contenidos de la nueva comunicación del Gobierno, lo que confirma las primeras impresiones de que Zapatero ha configurado un equipo de leales para frenar su caída, remontar las encuestas y neutralizar el designio de una derrota por ahora inevitable. Sin embargo, a esto no se le llama renovación, sino propaganda, pura propaganda, que la hubo y abundante en la declaración de principios que expuso Rubalcaba al inicio de la rueda de prensa. Lo que quedó claro es que Zapatero tenía asumido que el Gobierno que coordinaba De la Vega no funcionaba, lo que es tanto como reconocer su propio fracaso en la dirección política del Ejecutivo. No hay otra interpretación posible a la insistencia con que Rubalcaba anunciaba el amanecer de unos ministros reconvertidos de la noche a la mañana a la estrategia de la comunicación, para vender la superación de la crisis económica.

La oferta de Zapatero a la izquierda para que recupere el ánimo se ha quedado en arenga militante, porque, de reformas para consolidar al nuevo Gobierno, nada. Habría sido de manual que, tras una remodelación tan amplia, el nuevo equipo se presentara con una acción renovada. Puede que la haya más adelante, pero llegará a deshora. El estreno del Gobierno de la comunicación ha sido plano. Quizá, por esperar demasiado, Zapatero se enfrente a esa situación irreversible de un Ejecutivo que ya no tiene nada que decir, por más que se empeñe en que va a expresarse mejor. Desde que estalló la crisis, el Gobierno no ha tenido problemas de comunicación política. Se le entendía perfectamente cuando negaba la existencia de la crisis, cuando acusaba de antipatriotas a los que decían la verdad o cuando anunciaba falazmente una y otra vez el inicio de la recuperación. Por eso, Zapatero ha buscado en Rubalcaba el paliativo agónico para las miserias políticas del Gobierno y el revulsivo de una izquierda deprimida, a la que, a falta de creación de empleo y mejora de la economía, no se le ofrecerá más que el señuelo del fin de ETA y, sobre todo, la confrontación con el PP.

ABC - Editorial

viernes, 22 de octubre de 2010

La última bala. Por José María Carrascal

En mayo, cambió de economía. Ahora cambia de política, demostrando que no le importa una cosa ni otra.

ESTE no es el gobierno que gusta a Zapatero. Es el gobierno que le han impuesto el partido, el país y las circunstancias, como los presupuestos no son los que le gustan, sino los que le han impuesto Merkel, Obama y los mercados. En mayo, cambió de economía. Ahora, cambia de política, demostrando que no le importa una cosa ni otra. Él sólo cambia para poder seguir siendo él mismo.

Su gobierno era el de María Teresa y el de Bibiana, el progre, el posmoderno, el de Vogue. Mientras éste es un gobierno premoderno, de hombres muy maduros y muy barbados. Deja a Trini y a Leire como floreros y mete a Rosa Aguilar para defender el flanco más vulnerable, el izquierdo, a que se desangre por él. Como deja a Elena Salgado, encargada de los recortes, que ya ha advertido que pueden ampliarse. Por ese lado no hay alivio: nada de alegrías, de buenismos ni de concesiones, porque al menor descuido nos vuelven a meter con Grecia.


¿Qué salida le queda? Sólo una: la pacificación del País Vasco. La era Zapatero acaba así donde empezó. Empezó tratando de negociar con ETA la paz en Euskadi, y acaba intentando alcanzarla derrotando a ETA. Con el mismo hombre al frente, Rubalcaba, flanqueado por el PNV, con el que ya ha firmado acuerdos importantes, y por Ramón Jáuregui, que ya fue vice lehendakaricon ellos. Toda la atención del nuevo gabinete va a tener ese objetivo: Zapatero, el pacificador. ¿Y Patxi López? preguntará alguién. ¿Quién es Patxi López?, le responderán desde Moncloa.

Esas son las cuentas que allí se hacen. ¿Saldrán? Todo es posible en política, pero no probable. Por lo pronto, con ETA no se acaba en 18 meses. Se necesitarán, por desgracia, bastantes más. Luego, el PNV puede apoyar, contra pago, naturalmente, unos presupuestos, pero es difícil que apoye la derrota de ETA, al fin y a cabo sus hijos descarriados. Y lo más importante: ese plan no afecta para nada lo que más interesa a los españoles. El comando Rubalcaba puede detener muchos etarras, pero no crear empleos. Y aunque solucionar el conflicto vasco nos alegraría a todos, el paro no descenderá, aunque lo haya anunciado el nuevo ministro de Trabajo, por cierto, como lo anunció su antecesor. Ya empezamos.

Pero es la única salida que le queda a Zapatero, su última bala. Si por casualidad da en el blanco —nada que ver con don José—, se presentará a la reelección. Si no, dejará el marrón a Rubalcaba, y allá te las arregles. Pues pensar que este hombre se suicide es soñar despierto. Él prefiere suicidar a los demás, empezando por sus colaboradores, siguiendo por su partido y, si es preciso, por el país, como viene haciendo desde hace años, avalado por nuestros votos, todo sea dicho.


ABC - Opinión

Rajoy. La perpetuidad de un ministro. Por Agapito Maestre

El concepto creado por Zapatero para seguir en el poder es sencillo de comprender: "Yo soy un desastre, pero mi ministro de la Oposición es aún peor. ¡Elijan entre lo malo y lo peor!".

Este cambio de Gobierno tiene, como diría un kantiano, un carácter trascendental. Zapatero ha creado las condiciones de posibilidad para mantenerse en el poder, como mínimo, otra legislatura. El PSOE se fortalece de tal modo que comparado con la oposición en general, y el PP en particular, parece una fortaleza inexpugnable. El PSOE a través del Gobierno de Zapatero tiende a ocuparlo todo. No hay espacio público político, en España, que no sea susceptible de ser transformado en una fuerza a favor del PSOE. El nuevo Gobierno tiene capacidad para mantener un discurso viable y, además, tiene aptitud para contarlo con eficacia. Es el Gobierno más ideológico y, terriblemente, propagandístico de todos los nombrados por Zapatero; puede conseguir, con apenas esfuerzos, hacer ver que lo blanco es negro y viceversa.

El cambio de Gobierno llevado a cabo por Zapatero es tan importante que, en mi opinión, ha conseguido poner a su disposición a la pieza más peligrosa que pudiera arrebatarle el poder. No me refiero a Rubalcaba menos todavía a Blanco; por el contrario, es, precisamente, la vinculación de Zapatero a estos dos hombres, formando una terrible troica política, la jugada maestra para mantenerse en el poder. El plan de Zapatero, aparte de la vieja y estrechísima vinculación entre Rubalcaba y Blanco, cuenta con un factor determinante, a saber, mantener vivo a quien le viene acompañando, desde 2004, en todos sus triunfos.


¿Quién puede ser esa persona que, hoy por hoy, es la condición necesaria para que Zapatero revalide su mayoría en las próximas elecciones? Pues que de su primer Gobierno, formado en un lejano 2004, sólo permanecen dos personas; sí, digo bien, sólo aguantan dos personas y no una como se empeñan en repetir los medios de comunicación sin imaginación ni criterio político. Una de ellas, como todo el mundo sabe, es la señora Salgado, que ha cumplido con estricta pulcritud y escrupulosidad todas las órdenes de quien la nombró en sus diferentes cargos en el Consejo de Gobierno. Y la otra, qué duda cabe ya, es un ministro más real que metafórico, si comparamos su forma, la mayoría de las veces casi imperceptible, de hacer política con la que se hace en las democracias desarrolladas.

En verdad, creo que hay alguien inamovible en este Gabinete. Zapatero es consciente de esta realidad. El único ministro que no cambia, en efecto, es el señor ministro de la Oposición: Rajoy; incluso su reacción ante los nuevos nombramientos ha sido propia de un político dispuesto a cargar sobre sí esa responsabilidad. He ahí la mayor genialidad o, según otros, la peor maldad de Zapatero. El nuevo Gabinete tendrá su primer trabajo, en realidad, su primera autolimitación, en darle aire al jefe de la Oposición. Es vital para Zapatero mantener a Rajoy como el encargado perpetuo del Ministerio de la Oposición. Sin su colaboración este gran entramado populista y policial montado por la nueva la troica socialista, a plena luz del día y sin cortarse un pelo, corre serios peligros de fracasar.

El concepto creado por Zapatero para seguir en el poder es sencillo de comprender: "Yo soy un desastre, pero mi ministro de la Oposición es aún peor. ¡Elijan entre lo malo y lo peor!". Naturalmente, frente a este concepto vacío, un votante del PP puede seguir manteniendo la intuición: "Rajoy es mejor", pero tendrá también que reconocerme que tal intuición, a tenor de lo hecho por el jefe del PP en la oposición, es ciega. Pues eso, entre conceptos vacíos e intuiciones ciegas, los españoles se precipitan al abismo.


Libertad Digital - Opinión