viernes, 3 de septiembre de 2010

Simpáticos y antipáticos. Por José María Carrascal

La política, sobre todo la internacional, no se mueve por ideologías ni sentimientos sino por intereses.

HAY dos clases de políticos, como de personas, los simpáticos y los antipáticos. Entre las personas, siempre preferiremos las simpáticas. Entre los políticos, dan mucho mejor resultado los antipáticos. El político simpático es aquél que cede, transige, se aviene y amolda, lo que en cuestiones trascendentes lleva al desastre, no sólo suyo, sido de aquellos a quien representa. Mientras el político antipático ni cede, ni transige, ni se amolda, no importándole lo que piensan de él con tal de conseguir lo que busca. El modelo de político antipático es Aznar. El de simpático, Zapatero.

Vienen estas reflexiones a propósito de las Memorias de Tony Blair, recién publicadas. Pese a ser socialista como él, a Zapatero le dedica sólo una frase, con aire de cumplido, de compromiso: «líder inteligente». A Aznar, en cambio, le dedica página y media, en las que muestra su admiración por su «dureza como negociador». Como ejemplo pone el que les contaba ayer en ABC Marcelo Justo desde Londres: las negociadores para el Tratado de Amsterdam, en 1997, en las que Aznar exigía que España fuese considerada un «país grande entre los grandes europeos». Tanto Kohl como Chirac, los dos pesos pesados de la Unión Europea, querían dejarla en un rango inferior. Blair trató de mediar, pero Aznar se levantó para decir que «había expuesto sus condiciones y se iba al cuarto de al lado a fumarse un puro mientras decidían si las aceptaban o no». Cuando el premier inglés fue a pedirle flexibilidad invocando la decepción general, se lo encontró, en efecto, fumando y mostrándole los muchos puros que le quedaban todavía. Se ve que por entonces la moda antitabaco no había alcanzado las dimensiones de hoy. En cualquier caso, fueron los demás quienes tuvieron que transigir. Nada de extraño que en las negociaciones de Niza consiguientes España lograra un estatuto casi igual al de las grandes potencias del continente. Estatuto que ha ido perdiendo desde entonces, hasta encontrarse en el pelotón de los torpes europeo.

Y es que la política, sobre todo la internacional, no se mueve por ideologías ni sentimientos, sino por intereses. Los ingleses lo han hecho consigna de su política exterior: «No tenemos amigos, tenemos intereses nacionales». Ya lo había dicho Quevedo hace cuatrocientos años: «De los adversarios, no queremos la alabanza, sino la victoria». Un estadista no se mide por lo que le quieran, sobre todo en el extranjero, sino por lo que le respetan, y el que aspira a ser querido, suele acabar compadecido y despreciado. No sólo él, sino también su país y su pueblo. Pero vayan ustedes con esto a nuestro Maquiavelo de la Moncloa.


ABC - Opinión

Aznar. Sé práctico, hazte socialista. Por Emilio Campmany

En el fondo de las críticas de El Mundo, está la convicción de que el PP no puede ganar unas elecciones generales con sus ideas y que sólo podrá hacerlo si participa del grueso del corpus ideológico del PSOE. Valiente victoria sería esa.

Aznar se ha ido a Israel a poner de chupa de dómine a Obama, algo intolerable más que nada porque, revelándose tan conservador, pone en peligro la victoria de su partido en 2012. No son las críticas de El País o de Público, sino las de El Mundo.

De momento, vaya por delante que la opinión que Aznar tiene de la política del presidente de los Estados Unidos me parece injusta. Porque, sin ser para tirar cohetes, lo cierto es que es muy parecida a la del último Bush. Es verdad que anunciar con años de antelación la retirada de tropas sólo sirve para animar a talibanes y terroristas a resistir en Afganistán e Irak. También lo es que ha renunciado a impedir que Irán logre poseer la bomba atómica. Pero no lo es menos que, en Afganistán, Obama sigue esforzándose por lograr que el país tenga un régimen que no dé cobijo a los terroristas de Al Qaeda y que en Irak continúa luchando para que suníes y chiíes lleguen a un acuerdo, puedan avanzar en su incipiente democracia y los atentados terroristas disminuyan poco a poco. En Irán, nada definitivo se ha perdido y, por último, el ex senador de Illinois todavía no se ha atrevido a poner a disposición de los tribunales civiles a ninguno de los terroristas presos en Guantánamo, evitando el riesgo de que sean liberados en territorio norteamericano y se conviertan en una amenaza para sus conciudadanos.


Pero el caso es que, con razón o sin ella, a Aznar no le gusta la política de Obama y tiene todo el derecho del mundo a decirlo, defenderlo y argumentarlo allí donde le parezca. Si esa opinión expresada libremente resulta ser más o menos conservadora, tal y como se queja el editorialista de El Mundo, nada hay de sorprendente en ello. Lo sorprendente sería que Aznar expresara una opinión de corte socialista, izquierdista o como quieran sus enemigos que sea.

En el fondo de estas críticas, está la convicción de que el PP no puede ganar unas elecciones generales con sus ideas y que sólo podrá hacerlo si participa del grueso del corpus ideológico del PSOE. Valiente victoria sería esa. Y qué tendría que hacer luego, ¿desenvolver su programa conservador cuidadosamente ocultado a los electores o aplicar el de los socialistas tras aguarlo y descafeinarlo cuanto se pueda para que no sea tan dañino como lo es cuando nos lo arrea el PSOE a las bravas sin anestesia ni nada?

Tony Blair ha desvelado que Aznar le confesó que apoyaba la invasión de Irak a pesar de que sólo era respaldada por el 4% de los españoles. Eso da pie a más críticas a la terquedad de Aznar y a su falta de conexión con los anhelos del pueblo español. Pero, ¿cómo podía evitar Aznar estar a favor de la invasión si realmente lo estaba? Lo que se le ha de criticar es no haber sabido (ni querido) exponer cuáles eran sus razones, que las tenía y eran de mucho peso, ni haberse esforzado por convencer a los españoles de lo necesario de aquella guerra. Pero, aunque lo hubiera intentado y hubiera fracasado, habría seguido teniendo el derecho y la obligación de hacer lo que creyera mejor para su pueblo. En eso consiste la política, y no en hacer lo que las encuestas mandan, que es lo que hacen nuestros políticos y que, por eso, cada vez son más despreciados por sus conciudadanos.


Libertad Digital - Opinión

Efectos del pluriempleo. Por M. Martín Ferrand

María Dolores de Cospedal tiende a confundirnos debido a la multifunción a la que está sometida.

LA disgregación autonómica, una de las notas diferenciales de la España actual, propicia la contradicción constante entre los líderes de un mismo partido, según sea el escenario de sus actuaciones, e incluso promueve, con más frecuencia de la que la seriedad aconseja, que un líder se contradiga a sí mismo en sucesivas apariciones públicas. Por ejemplo, la muy pluriempleada y cabal María Dolores de Cospedal es persona de formación sólida y criterios firmes que, a diferencia con muchos de los de su misma dedicación, acostumbra a decir lo que piensa después de haberlo pensado. Aún así, la multifunción a la que está sometida tiende a confundirla y a confundirnos. En su condición de presidenta del PP de Castilla-La Mancha y aspirante a la sucesión del socialista José María Barreda en la presidencia de la Comunidad, le reprochó a su antagonista regional, en el curso del último pleno de las Cortes, en Toledo, el mal uso, propagandista y despilfarrador, de la CMT, la televisión autonómica a la que llaman «La Nuestra» sin que quede previamente establecido a quién se refiere el pronombre posesivo y quepa la sospecha permanente de que sea, según la mala costumbre establecida en las televisiones públicas españolas, del titular del Ejecutivo.

En su condición de secretaria general del PP, Cospedal no suele expresarse sobre la televisión pública; pero, dado su nivel intelectual y ético, su valoración de las televisiones autonómicas de Madrid y Valencia, las dos principales de las que gestiona el PP, no puede ser muy distinta de la que ha emitido sobre la de su circunscripción regional. ¿Debiera Cospedal, en aras de la rectitud de pensamiento, reclamarle a las televisiones de Esperanza Aguirre y Francisco Camps lo que le exige a la de Barreda?

No es raro, a la vista de este ejemplo, menor entre las contradicciones a que conduce el pluriempleo político, que tome cuerpo la idea de la dimisión de Cospedal para concentrarse en el trabajo electoral de Castilla-La Mancha. Sería una pérdida notable para el PP en su dimensión nacional y un refuerzo definitivo para sus opciones presidenciales en las autonómicas del próximo mayo; pero, ¿estará el indeciso Rajoy en condiciones de evitar la sede vacante en la Secretaría General del PP? No es fácil el relevo de Cospedal y, como asegura Baura, todos somos sustituibles con la única condición de ser sustituídos. El sustituidor que la sustituya, con o sin encuestas de Pedro Arriola, buen sustituidor será. En lo que a las televisiones públicas respecta —más de 3.000 millones de despilfarro anual— lo sensato sería cerrarlas. Sin más.


ABC - Opinión

Basagoiti. Patriotismo ya no queda. Por Cristina Losada

El interés general de Rajoy prescribe que encallen los Presupuestos para forzar una convocatoria electoral. Pero, ¿qué hará para impedir que se entiendan Zapatero y los jeltzales? Podrá criticar las cesiones, pero ¿las retirará si llega al Gobierno?

Antonio Basagoiti tuvo una idea que merecía reflexión. A fin de evitar que el presidente pague religiosamente el peaje nacionalista en la aduana de los Presupuestos, se le ocurrió que seis diputados del PP –el mismo número del que dispone el PNV– podían abstenerse en la votación de las cuentas y permitir, con ese mutis, su aprobación. La propuesta sólo fue tomada en serio por los discípulos del orate Arana y únicamente, como es su estilo, para amenazar a los de Génova: ni lo penséis o ya os podéis despedir de disfrutar de nuestra benevolencia, ésa que tanta falta os va a hacer. Así ha venido funcionando la relación del nacionalismo y los dos grandes partidos, y así proseguirá si nadie lo remedia. Y voluntarios no se ven.

Me dirán que Basagoiti miraba por lo suyo, que es conservar un pacto que le confiere un papel clave en la gobernación del País Vasco. Pero, ¿quién no mira en éste, y en cualquier negocio, por su interés? La cuestión será dilucidar cuál de las particulares conveniencias en disputa pasa el filtro del interés común. Desde el trago del ajuste, Zapatero ha introducido el concepto en su retórica y, naturalmente, siempre coincide lo que necesita este país con lo que necesita él. El interés general del presidente dicta que han de salir los Presupuestos; ergo, la salvación de España está en manos del PNV, que ascendido a socio imprescindible, prepara una factura de quitar el hipo. A López también. Sea cual sea el desenlace, se refuerza la percepción que nutre de clientela a los nacionalistas: son los mejores conseguidores, los más duchos cazarecompensas; y cuantos más hostiles a la Nación, mayores son la pieza y el botín que traen de vuelta a casa.


La idea de los seis ausentes no habrá despertado a Rajoy de sus dulces sueños. Su interés general prescribe que encallen los Presupuestos para forzar una convocatoria electoral. Pero, ¿qué hará para impedir que se entiendan Zapatero y los jeltzales? ¿Subir la oferta? Podrá, cierto, criticar las cesiones, pero ¿las retirará si llega al Gobierno? Aquí, sin excepción, ha mandado santa Rita y lo que unos dan, los otros no lo quitan. Entretanto, cuélguese el cartel habitual, pero con letras más grandes: "Patriotismo ya no queda". Es una antigualla, la pobre, huérfana de demanda.

Libertad Digital - Opinión

La magdalena. Por Ignacio Camacho

El «deber» de Camps consiste en concurrir a las elecciones y ganarlas… o retirarse si acaba imputado antes.

EN las charlas intervenidas de los corruptos, que parecen hablar como temiendo ser escuchados, suele haber un argot muy primario, casi ingenuo, de alusiones veladas y eufemismos simulatorios. Bueno, no siempre: yo he leído prístinas transcripciones de mangantes andaluces que hablaban de «pegarse una jartá de marisco» (sic), de que a cierto fulano «le gusta el cazo» o de que «hay diez mil, ¿entre cuatro a cuánto cabemos?». Pero cuando la trama está un poco mejor organizada, cuando los delincuentes se consideran parte de un mundillo más selecto o son conscientes de la posibilidad de «acabar en los tebeos», emplean un código de encubrimiento que deben considerar blindado a posibles interferencias indiscretas cuando, en realidad, se trata de metáforas tan candorosas que sólo sirven para provocar, al abrirse el secreto de los sumarios, la rechifla de la opinión pública. Así, los intermediarios del caso Ollero se referían a Dragados y Construcciones (DYC) como «el whisky», al constructor Del Pino como «el árbol» y al propio Ollero como «Cacerolo»; y ahora sabemos que los conseguidores de la Gürtel, una mezcla de gente pija aficionada a los coches de lujo y nuevos ricos del cemento y la basura, hablaban de «Barcelona» para aludir a la contabilidad opaca (dinero B) o mencionaban como «la magdalena» a un tal Ortiz, empresario alicantino que lo mismo pagaba (presuntamente) facturas del Partido Popular que se jactaba de comprar otra clase de partidos en su condición de accionista de un equipo de fútbol. Al final, cuando efectivamente salen «en los tebeos» esos turbios trajines de pringue política, lo que queda es una sensación cándida y torpona de culpabilidad consciente, patente en el rudimentario disimulo de esas claves tan obvias, tan elementales, tan evidentes como la propia mangancia que tratan de encubrir con un lenguaje de cripticismo infantil y jeroglíficos de parvulario.

Esa espesa y ya rancia magdalena de Gürtel se le puede acabar atragantando a Francisco Camps en su intento de repetir como candidato a la presidencia valenciana. El visto bueno de Rajoy lleva una cláusula condicional implícita que su cónsul González Pons trasladó este verano al interesado bajo una referencia pública: «Esperamos que cumplas con tu deber», le dijo al todavía Honorable ante la cúpula regional del partido. Es simple: el deber de Camps consiste en concurrir a las elecciones y ganarlas… o retirarse si acaba imputado antes de que se celebren. En pocos casos de corrupción puede sentirse el PP tan políticamente tranquilo; ante un PSOE en descomposición, las encuestas le garantizan la victoria en Valencia con cualquier aspirante y tiene recambios solventes y a salvo de toda sospecha. Con esa magdalena en su despensa, Camps sabe que en cualquier momento se la puede tener que maltragar en el desayuno.

ABC - Opinión

La expansión del Islam radical. Por Rogelio Alonso

«Las garantías que los sistemas democráticos ofrecen constituyen a su vez elementos de vulnerabilidad de los que los extremistas intentan abusar».

La preocupación de expertos antiterroristas por las intenciones de crear una televisión en Madrid para difundir el radicalismo islámico, noticia recogida en diversos medios, revela los intereses expansionistas de una desestabilizadora y fundamentalista interpretación del islam que numerosos actores en España vienen desarrollando. La materialización de semejante proyecto tendría graves implicaciones para la correcta integración de la amplia comunidad musulmana en nuestro país y para el desarrollo de marcos justificativos de violencia terrorista. Aunque la radicalización violenta sigue siendo un fenómeno minoritario en España, sería irresponsable subestimar la expansión que el radicalismo islamista está experimentando. Tampoco conviene olvidar que la planificación de actividades terroristas no ha cesado desde el 11 M, si bien los éxitos policiales han frustrado planes instigados por conductas violentas como las que el extremismo islamista intenta consolidar en la población musulmana.

La eficacia antiterrorista al contener la amenaza terrorista no debe generar autocomplacencia, al ser innegable que numerosos actores trabajan activamente para difundir idearios con los que inspirar a nuevos radicales interesados, no solo en la práctica del terrorismo, sino también en la desestabilización que una inadecuada integración social provocaría. La acción preventiva en este segundo terreno resulta particularmente complicada, ya que a menudo obliga a intervenciones sobre ámbitos legales y en áreas de gran sensibilidad. Por ejemplo, la lógica y necesaria denegación de una concesión de licencia para el peligroso proyecto de una televisión desde la que difundir el radicalismo puede ser criticada por algunas voces como un ataque a la libertad religiosa y de expresión. Pero el temor a una posible polémica no debe inhibir acciones preventivas cuando estas son requeridas. Las garantías que los sistemas democráticos ofrecen constituyen a su vez elementos de vulnerabilidad de los que los extremistas intentan abusar. Por ello la defensa de la democracia exige delimitar una frontera entre posicionamientos radicales pero aceptables y un extremismo político o religioso intolerable que se aprovecha de la amplia protección de libertades que los regímenes democráticos garantizan. De ahí que la imprescindible intervención contra el islamismo radical sea susceptible de generar conflictos que los radicales desean explotar para dificultar la aceptación de normas y valores comunes en los que una óptima integración debe sustentarse. En ese mismo plano pueden incluirse las actividades de algunas asociaciones consideradas legales en nuestro país que, sin embargo, favorecen la creación de ambientes facilitadores para la radicalización violenta.

La corriente salafista, el Tabligh, Justicia y Caridad, o Hizb ut-Tahrir han sido definidas como «puertas de entrada» hacia la radicalización violenta al constituir entornos de socialización susceptibles de ser instrumentalizados por las radicales. Las condenas a la violencia que sus líderes articulan en público son complementadas con la defensa de principios fundamentalistas que revelan ambivalencia frente al terrorismo, lindando a veces con el radicalismo violento. Así, pese a su rechazo verbal del terrorismo yihadista, estas asociaciones se convierten en algunos casos en vehículos facilitadores para la inmersión en idearios radicales que pueden evolucionar hacia una radicalización violenta y la integración en células terroristas. En otros casos la progresión no alcanza esos niveles, obstaculizando sin embargo la integración social de sus simpatizantes, adoctrinados en idearios sustentados en la incompatibilidad del islam con el orden constitucional.

La experiencia antiterrorista confirma que estas corrientes actúan como introducción a la radicalización violenta al erigirse en focos de magnetismo que aportan una importante fuente de captación de adeptos. Lo consiguen proporcionando una cultura radical, convirtiéndose en núcleo de aprendizaje de una ideología receptiva a planteamientos violentos. En esos escenarios se desarrollan discursos comprensivos con el extremismo que coadyuvan a la radicalización violenta, pudiendo transformarse por tanto en antesalas del yihadismo. Aportan asimismo una narrativa histórica compartida y una red social en la que sus integrantes encuentran apoyo y recursos en aquellos casos en los que su radicalización progresa hasta la justificación y disposición para perpetrar atentados. Al hacer frente a esta problemática las autoridades están obligadas a mantener un delicado equilibrio: deben evitar respuestas desproporcionadas de perjudiciales consecuencias, conscientes también de los negativos efectos que acarrea cierta permisividad hacia entidades que preconizan postulados radicales como la instauración de un estado islámico mundial o la defensa de la violencia en contextos como Israel, Afganistán o Irak. Decisiva resulta además la correcta identificación de adecuados interlocutores dentro de la comunidad musulmana con los que prevenir la radicalización, debiendo ser estos actores «no radicales» a diferencia de supuestos «moderados» más bien interesados en la reproducción de una ambigüedad narrativa encaminada a la deslegitimación de valores cívicos no violentos. Los precedentes demuestran cuán contraproducente puede ser la credibilidad que determinados representantes comunitarios adquieren, alimentada por las autoridades tras una errónea definición de objetivos y planteamientos, ya que bajo una apariencia moderada encubren un peligroso radicalismo.

La permisividad hacia ciertas figuras consideradas como «moderadas» dentro del radicalismo ha resultado dañina al debilitar a auténticos «no radicales». Ilustrativa resulta la decisión adoptada por las autoridades británicas en 2009 al romper la interlocución oficial con el Consejo Musulmán Británico después de que uno de sus dirigentes respaldara la llamada de Hamás a atacar tropas extranjeras que impidieran el envío de armas a Gaza. La complejidad que la prevención de la radicalización entraña ha llevado a distintos servicios de inteligencia a apostar por el fortalecimiento de determinados interlocutores confiando en que esa relación favorecería la legitimación de agendas gubernamentales ante la comunidad musulmana. Sin embargo, en el medio y largo plazo han contribuido a difuminar la nítida e innegociable oposición frente al terrorismo que reclama la prevención de la radicalización para evitar la más mínima legitimación de conductas violentas y desestabilizadoras.

Este es el contexto en el que se plantea la creación en España de una televisión para propagar una doctrina radical del islam. Su puesta en marcha permitiría la utilización de un influyente medio de comunicación para el adoctrinamiento en una ideología exclusivista, manipulando emociones mediante la interrelación de agravios locales —entre otros, la prohibición del burka y el niqab— con referentes de solidaridad en un ámbito global. De ese modo avanzarían los radicales en su objetivo de dificultar la integración de los musulmanes en nuestro país, aislándoles de una cultura asentada en el respeto a un conjunto de valores políticos y cívicos incompatibles con una interpretación fundamentalista del islam basada en la politización e imposición de sus dogmas religiosos. La credibilidad que el medio televisivo consigue en las audiencias favorecería la amplificación de una mentalidad victimista reproducida desde algunos sectores musulmanes al surgir tensiones con el potencial de alterar la cohesión social. «Nos sentimos perseguidos», aducen algunos musulmanes cuando la normal aplicación de la legalidad choca con radicales creencias religiosas y visiones del mundo que entorpecen la integración del islam en España.

Así pues, la ausencia de éxitos terroristas por parte del yihadismo no debe hacernos minusvalorar la complejidad de un desafío como el que plantea la progresiva islamización ansiada por numerosos radicales, ni sus negativas consecuencias para una pacífica integración y su relación con futuras expresiones de violencia.

Rogelio Alonso es Profesor titular de Ciencia Política de la Universidad Rey Juan Carlos.


ABC - Opinión

Apoyando a los Castro

La actitud del Gobierno socialista hacia los que reclaman pacíficamente el respeto a los derechos humanos en Cuba ha sido el desprecio más absoluto.

LA visita oficial a La Habana de una delegación de alto nivel del PSOE constituye un gesto de apoyo a la dictadura castrista y a los esfuerzos del Gobierno de Rodríguez Zapatero para avalar la normalización de sus relaciones con la Unión Europea. Aunque intenten vestirlas con un barniz humanitario, las gestiones de Leire Pajín y de Elena Valenciano benefician sobre todo al régimen totalitario, que no ha hecho la menor concesión para mejorar la vida y la libertad de los cubanos, excepto enviar al destierro forzoso a personas que jamás debieron ser encarceladas. Para ayudar a los demócratas habría sido necesario al menos hablar con algunos de ellos, para preguntarles —siquiera por cortesía— su opinión sobre lo que el Gobierno español dice que está haciendo para favorecer la evolución política en la isla. Lamentablemente, desde que el Gobierno socialista expulsó a los disidentes de las recepciones diplomáticas en la embajada de España, su actitud hacia los que reclaman pacíficamente el respeto a los derechos humanos en Cuba ha sido el desprecio más absoluto. No hay ninguna justificación diplomática o política para esta negativa a mantener un contacto con la oposición cubana.

Por ello, los elogios de la delegación socialista al papel de la Iglesia en las negociaciones con la dictadura suenan como un pretexto instrumental para no tener que reconocer que en Cuba sigue habiendo una dictadura que no ha aflojado ni un milímetro las cadenas con las que aplasta a sus ciudadanos. En cuanto a los disidentes que siguen llegando a España, no se les puede negar nuestro apoyo y solidaridad. Al menos, que a aquellos que ahora están con nosotros no les escatimen el reconocimiento como hacen con los que siguen en Cuba.


ABC - Editorial

Opacidad en Defensa

La realidad es terca y no se presta a maquillajes o subterfugios lingüísticos para enmascarar la verdad y eso parece que es lo que está haciendo el Ministerio de Defensa con respecto a la situación de las tropas desplegadas en Afganistán, inmersas en una guerra y no en un «escenario de guerra» como se empeña en describir la situación Carme Chacón. Y no es cuestión de percepciones o de interpretaciones, sino de hechos. Según ha podido saber LA RAZÓN, el mismo día en el que murieron dos guardias civiles y su traductor en un ataque talibán, hubo otros dos a los puestos avanzados de las tropas españolas en Sang Atesh y Muqur. Estos enfrentamientos no son una excepción. Según fuentes militares, se suceden entre tres y ocho ataques diarios. Hay otro dato aun más inquietante con respecto a la labor que en realidad realizan nuestras tropas: si hace un año y medio por cada soldado que realizaba labores de reconstrucción había uno destinado al combate, ahora por cada uno que reconstruye hay cuatro que se dedican a combatir, por lo que es fácil deducir que la situación ha empeorado en los últimos dieciocho meses. Cuanto menos sorprende la peculiar política informativa de Defensa, que nunca da a conocer ni a la opinión pública ni a los propios militares la existencia de estos ataques si no hay heridos o muertos. Sólo sería entendible esa opacidad si, al difundir estos hechos, se pusiese aún más en peligro a las tropas desplegadas en la zona, algo poco probable. La información, tanto por defecto como por exceso, nunca es una buena estrategia, ya que da lugar a especulaciones, lo que es mucho más pernicioso.

Lo cierto es que este Gobierno parece estar más presto a ejercer la fluidez informativa en asuntos de menor relevancia para los españoles. Incluso, en ocasiones, se ha mostrado más que interesado en abrir debates estériles que actuaban certeramente como una cortina de humo para no abordar los problemas que de verdad nos interesan y preocupan. Ocurrió con la crisis económica y, según la información que hoy publica este periódico, también sucede con algunos temas que a Defensa le interesa que no se divulguen. Sobran los ejemplos. Mientras el departamento de Carme Chacón ofrece todo tipo de detalles, sin vulnerar la seguridad de nuestros soldados, sobre las labores de reconstrucción que desarrollan nuestras tropas en Afganistán, es más reticente en dar a conocer cualquier tipo de ataque. Parece que Defensa está más interesada en que cale entre los españoles el mensaje de que nuestras tropas están exclusivamente en misión de paz, aunque lo cierto es que están inmersos en una lucha contra los talibán. Esta ocultación además tiene otra consecuencia que merece la pena que el Ejecutivo tome en consideración: que se omitan sistemáticamente estos ataques sin víctimas puede ser percibido por nuestras Fuerzas Armadas como una falta de respeto al trabajo que diariamente, y en ocasiones a cambio de un alto precio en vidas humanas, desarrollan en la zona. Por tanto sería deseable que Defensa opte a partir de ahora por una política informativa más transparente sin, insistimos y en ese sentido no cabe reprochar nada al departamento de Chacón, poner en riesgo la seguridad sobre el terreno de nuestros soldados.

La Razón - Editorial

Ventana para la paz

Frente al escepticismo y a sus muchos enemigos, arrancan las conversaciones palestino-israelíes.

Israelíes y palestinos negocian por enésima vez la salida al conflicto que les viene enfrentando casi desde hace un siglo por la soberanía de la misma tierra. Desde la Conferencia de Madrid, en 1991, todos los presidentes norteamericanos han intentado, cada uno a su manera, sentar a las dos partes hasta alcanzar la paz, sin que ninguno haya llegado a coronar sus esfuerzos con el éxito. Quien más cerca estuvo fue Bill Clinton, en los últimos meses de su mandato, pero sus intentos fueron desbaratados por la segunda Intifada.

De los avances realizados al final de su presidencia con un Gobierno laborista en Israel salen los llamados parámetros de Clinton, que incluyen la constitución de un Estado palestino y constituyen un legado imprescindible para quien quiera alcanzar la paz. Aunque Bush fracasó con su cumbre de Annapolis, un año antes de abandonar la Casa Blanca, hay que reconocer que su visión de los dos Estados conviviendo en paz y seguridad uno al lado del otro ha contribuido a que la opinión pública más conservadora, incluida la de Israel, asuma finalmente algo que no siempre se venía aceptando como es el derecho de los palestinos a un Estado propio.


Esta es la hora de Obama, cuya idea sobre el proceso de paz es el eje de una amplia estrategia de conjunto para la región que incluye la retirada de Irak, la contención del Irán nuclear y el desenmarañamiento de la rebelión talibán entre Afganistán y Pakistán, donde Al Qaeda mantiene sus cuarteles de invierno.

El desafío es probablemente excesivo, aunque Obama lo haya situado en lo más alto de sus preferencias. Cuenta ya con el boicot de los extremistas de uno y otro lado y con el escepticismo de la mayoría tras tantos fracasos. También con dificultades de toda índole: los actos de terrorismo contra los colonos, el bloqueo de Gaza, la continuación de los asentamientos, la división del campo palestino o la fragmentación política israelí, entre muchos otros. Sin olvidar las dificultades de Obama con su opinión pública conservadora, resentida por los fracasos de Bush y sus neocons y dispuesta a atizar el choque de civilizaciones antes que entregar un éxito a un presidente demócrata.

Es también lamentable la escasa visibilidad de los europeos en la conferencia inaugural. Solo han contado dos de los mayores socios de Bush en su guerra preventiva: Tony Blair, convertido en representante de la UE por desistimiento de los Veintisiete; y Aznar, con sus pullas contra Obama, al que acusa de favoritismo con los países islámicos, en sintonía con la extrema derecha norteamericana.

A pesar de esas dificultades, la necesidad ha abierto de nuevo una ventana para la paz. Las intervenciones del primer día, incluidas las de Netanyahu y de Abbas, y el plan de trabajo presentado por el experto y exitoso negociador que es George Mitchell, permiten esperar que esta vez no vuelva a cerrarse sangrienta y bruscamente como ha venido sucediendo en todas las ocasiones anteriores.


El País - Editorial

Negociaciones frente a la "paz económica"

Israel ha optado por avanzar donde ha visto que se puede avanzar, y por más parciales que sean las mejoras económicas para alcanzar una solución, sin duda han logrado que la situación haya progresado notablemente.

En el año 2000, el Gobierno israelí liderado por Ehud Barak ofreció a los palestinos la práctica totalidad de sus exigencias a cambio de la paz. Eran concesiones con las que buena parte de su propio pueblo estaba en desacuerdo; a su entender iban demasiado lejos. Pero el Premio Nobel de la Paz Yasir Arafat la rechazó y montó su última guerra: la Segunda Intifada, que se llevó la vida de miles de personas, incluyendo unos 1.000 civiles israelís.

Desilusionados con la vía negociadora, Israel optó por tomar el toro por los cuernos y decidió desengancharse por su cuenta de los palestinos, construyendo una barrera de seguridad en Cisjordania y abandonando Gaza en 2005. Los activistas autodenominados propalestinos siempre habían culpado a la ocupación de la violencia que sufría Israel, pero sólo quien no quiere ver podría seguir manteniendo la misma conclusión después de la retirada de Gaza. Hamás ocupó el poder en la Franja y desde entonces se ha dedicado a aterrorizar las poblaciones más cercanas a base de misiles.


Los israelíes, en definitiva, están bastante desengañados tanto con las negociaciones como con las retiradas unilaterales. Por su parte, Abbas tiene poco que ofrecer, dado que no controla Gaza. Además, tanto Israel como Cisjordania están prosperando y viviendo un momento dulce, situación que muchos creen que sólo podría empeorar con un cambio en el statu quo. De modo que el proceso de paz recién iniciado no parece tener muchas perspectivas de fructificar, ni tampoco parece que las consecuencias de un fracaso fueran tan graves como las de Camp David.

Lo único seguro es que para la casi totalidad de la prensa española el culpable de los fracasos del diálogo será Israel y los padres de los éxitos serán los palestinos. No hay más que contemplar el lamentable enfoque de los últimos días, en los que los asesinatos terroristas parecen tener menos importancia que los asentamientos.

Netanyahu llegó al poder con el proyecto de alcanzar la "paz económica", la idea de que según prospere la sociedad palestina, menos interés tendrá en el enfrentamiento y más en la convivencia. Ha dado muchos pasos en esa dirección, incluyendo la eliminación de la mayoría de los puntos de control que reforzaban la seguridad pero perjudicaban la economía. Sin embargo, es cierto que en 1987, cuando estalló la primera intifada, esa "paz económica" ya se había alcanzado. No obstante, la opinión pública en Israel ha cambiado mucho desde entonces, y con un interlocutor moderado por la prosperidad estaría más que dispuesta a apoyar una retirada y la creación de un Estado palestino en Cisjordania.

Este plan es un hilo frágil que puede romperse en cualquier momento, pero que aún así cuenta con mejores perspectivas que las conversaciones que Obama ha forzado entre Abbas y Netanyahu. Sigue demasiado viva la ilusión de solucionar todos los problemas de un plumazo, mediante una sola negociación exitosa. Israel, en cambio, ha optado por avanzar donde ha visto que se puede avanzar, y por más parciales que sean las mejoras económicas para alcanzar una solución, sin duda han logrado que la situación haya progresado notablemente. Las negociaciones tendrán éxito si y sólo si no intentan abarcarlo todo y se limitan a llegar a acuerdos allí donde pueda hacerse. Desgraciadamente, es dudoso que Obama, ansioso por pasar a la historia como muñidor de la paz en Oriente Medio, se conforme con eso.


Libertad Digital - Editorial

Desempleo crónico

La recuperación solo podrá considerarse como tal cuando ni uno solo de nuestros compatriotas se añada a la lista en la que han caído en agosto 61.803 personas más. Nunca antes.

PUEDEN discutir los economistas si la cifra de 61.083 nuevos desempleados en agosto es mala, menos mala o buena, que de todo hay. Pueden los políticos utilizar los argumentos que les brinden los economistas como mejor convengan. Así, es posible que cada uno descanse con la satisfacción del deber cumplido. Justo lo que no pueden hacer las 61.083 personas añadidas en la lista de agosto. Al éxito se le presentan muchos padres. Al fracaso no. Sin embargo, la ciencia, que nunca es concluyente sobre el éxito, sí lo es con el fracaso, que utiliza para refutar hipótesis. La del Gobierno es que las cosas van mejor, que abandonamos la recesión e incluso que llegamos a crear empleo neto. Pero resulta que en agosto del año pasado trabajaban 285.000 personas más, y en agosto de 2008, 1.420.000 personas más que ahora. ¿Puede hablar de éxito un Gobierno que hace dos años se presentó a sus electores con el mensaje «Por el pleno empleo»? ¿Pueden quizá las centrales sindicales justificar el apoyo que han venido dando a un modelo que ha llevado en solo dos años a 1.720.000 personas a perder su trabajo? ¿Cuál es el modelo que propone el Gobierno para devolver el empleo a quienes lo han perdido? ¿Y qué ocurre con los que hay que añadir para llegar hasta los más de 4,6 millones de personas que según la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre declaran que buscan trabajo? Dirán los economistas que hemos de celebrar la salida técnica de la recesión por haber crecido unas pocas décimas nuestro PIB. Pero si les preguntamos, también nos dirán que la recesión real viene dada por aquella situación en la que cada vez son menos los que trabajan y más los dependientes. Ese es el caso español. Un claro ejemplo de fracaso. ¿Acaso no hay que reformarlo? ¿Cuál ha de ser el objetivo? ¿Y qué proponen las centrales sindicales?

Una de las pocas cosas por las que en nuestro modelo podemos tener legítimo orgullo es el apoyo que nuestros impuestos dan a quienes padecen la desgracia de haber perdido su trabajo. Son 2,98 millones de personas que reciben de media poco más de 800 euros al mes. Son 30.000 millones de euros que empleamos en dar un soporte básico a los más desfavorecidos. Siendo el coste alto, y aun confiando en que el ritmo de deterioro pueda moderarse, el auténtico coste es despreciar el enorme capital humano que está detrás de esas cifras. Ningún país que se considere avanzado puede permitirse semejante derroche de recursos durante mucho tiempo. La recuperación solo podrá considerarse como tal cuando no haya un parado más que añadir a la lista en la que han caído en agosto 61.803 personas más. Nunca antes.

ABC - Editorial

jueves, 2 de septiembre de 2010

Aznar y sus odiadores. Por Hermann Tertsch

Hace bastante que Aznar dejó el poder, pero pocos días hay en los que no surja alguno de esos odiadores que tanto le necesitan.

CARLOS Herrera ha institucionalizado en su programa una figura que cunde mucho y suele superar con creces en interés, y desde luego en efecto radiofónico, a los críticos morigerados o pedantes, a los aduladores y a los fósforos que es como llama el periodista a sus hinchas incondicionales. Se trata del odiador. Los odiadores, está comprobado, invierten mucho más interés y esfuerzo en una intervención que cualquier otro participante que se esfuerza por llamar al programa. Su motivación es extrema. Pena es que Herrera no tenga demasiados odiadores y que, especialmente sus odiadoras —¡qué entusiasmo; qué fidelidad!— acaben repitiéndose. Quien no tiene problema de escasez de odiadores es el ex presidente, José María Aznar. Por supuesto que en gran parte es mérito suyo. Probablemente haya sido el presidente del Gobierno más antipático de Europa desde la jubilación de Helmut Schmidt. Y le pasa mucho lo que a Duque de Edimburgo. Que como no es simpático ni lo pretende, cuando se le ocurre ser gracioso la arma. Todo ello ha facilitado la generación de toda una tropa de odiadores profesionales de Aznar, obsesionados con él, y dedicados en cuerpo y alma a demonizar al ex presidente. Pasará aún algún tiempo antes de que se pueda estudiar en profundidad y con detalle esa capacidad de Aznar para generar odio. Sus éxitos políticos indudables, su reconocimiento en el exterior, el hecho de que sus enemigos —que no adversarios, digamos las cosas claras— jamás pudieran derrotarle en las urnas, son sin duda factores contribuyentes. Pero no explican toda esa animadversión que despierta, incluso entre quienes han sido sus votantes y comparten su terreno ideológico. Hace bastante más de seis años que Aznar dejó el poder pero pocos días hay en los que no surja alguno de esos odiadores que tanto le necesitan. A veces parece que Aznar se apiada de ellos y les da algo de carnaza. Eso sí, ignorándolos siempre. Y ellos saltan felices. Estremecedor fue el entusiasmo de estos odiadores cuando Aznar decidió ir a Melilla a mostrar su solidaridad con esta ciudad acosada por Marruecos e ignorada por nuestro Gobierno. Ahora muestran su odio de grandes ocasiones porque Aznar interviene ante el Congreso Mundial Judío en Jerusalén. Y porque defiende a Israel como parte imprescindible de nuestro mundo occidental hoy amenazado. Y porque expresa serias dudas sobre una política norteamericana marcada por el diletantismo y la falta de lealtad. Toda una fiesta para los odiadores que pueden volcar sobre Aznar también su odio a Israel y su antisemitismo semicrudo. Algunos, sin embargo, estamos muy contentos de que Aznar prosiga desde su retiro en la batalla de las ideas, eso que los administrativos y vendedores de camisas que tenemos por políticos no se atreven a librar. Recuerdan aquello de «cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro». Pues eso, cuanto más conoce uno a la clase política española actual más necesario parece que Aznar entretenga a sus odiadores.

ABC - Opinión

Entre el «Jet Lag» Y «Forrest Gump». Por M. Martín Ferrand

El instinto de conservación en el cargo es la espoleta que provoca una explosión de disparates en los líderes.

LOS pedantes le dicen disritmia circadiana a lo que la mayoría conocemos, con bárbaro nombre, como jet lag. Es un trastorno frecuente entre quienes viajan en avión a largas distancias y suele manifestarse con problemas digestivos, cansancio, apatía, falta de memoria y, frecuentemente, se hace acompañar con dificultades expresivas. Algo de eso debe haberle ocurrido a José Luis Rodríguez Zapatero en el transcurso de su viaje a China y Japón porque ayer, en el equivalente nipón a nuestra Asociación de la Prensa, el presidente del Gobierno, sin inmutarse, comparó las economías de Japón y España y afirmó que «son dos historias de éxito». Si no se trata del efecto pasajero y común que producen los viajes, podría concluirse que el de León tiene serias dificultades para la percepción de la realidad. Eso explicaría algunas rarezas presidenciales que impulsan extravagancias y dislates en nuestro acontecer político.

Sin necesidad de salir de casa y después de la rotunda negativa de CiU a sus propuestas, con el único fin de conseguir el apoyo del PNV para la aprobación de los Presupuestos de 2011 —que los tiene en el alero—, Zapatero está negociando posibles nuevas transferencias al País Vasco con el principal grupo de la oposición en el Parlamento Vasco y no, como mandan los supuestos de la salud democrática y de la decencia, con el titular del Gobierno de Vitoria que, a mayor abundamiento, es Patxi López, un socialista de pro que, con la inteligente colaboración de Antonio Basagoiti, del PP, está haciendo un magnífico trabajo político con benéficos efectos sociales y económicos.


El instinto de conservación en el cargo es, muchas veces, la espoleta que provoca una explosión de disparates en los líderes que, como náufragos solitarios, navegan sin mayorías y sin horizontes claros; pero, en el caso vasco, el despropósito va más allá de la mínima decencia exigible a un gobernante. Antepone unos intereses estrictamente personales a los de su propio partido y, además, con daño a los intereses generales del Estado y de sus políticas sociales unitarias. Eso no le cuadra a quien gobierna un país «equivalente» a Japón y presume de un sentido nacional tan grande y generoso que ha querido convertirlo en retrospectivo y con efectos anteriores a la Guerra Civil. Si todavía guardan ustedes en sus casas el ejemplar del ABC de ayer, ábranlo por la página 6 y contemplen la fotografía de Associated Press en la que, frente al primer ministro chino, Wen Jiabao, traductor y adorno floral por medio, se observa a Zapatero como un remedo gráfico de Forrest Gump, pero con los calcetines caídos.

ABC - Opinión

Trini se la va a pegar y los barones socialistas se frotan las manos. Por Federico Quevedo

El presidente Rodríguez es un muerto que, sin embargo, todavía puede parecer un poco vivo. Cierto que para ello necesita de la respiración asistida que le ofrece el PNV, pero si consigue salvar los presupuestos con los votos del nacionalismo vasco, Rodríguez habrá conseguido una prórroga a su agonía y a la nuestra. Que el presidente es un cadáver, eso ya prácticamente no lo discute nadie, y lo único que a los españoles nos queda por saber es cuanto va a durar esta agonía que amenaza con llevarse por delante lo poco que queda ya de la España que heredamos de la Transición. Esto es un caos: Rodríguez ha puesto en la puerta de La Moncloa el cartel de “se vende al mejor postor”, sin importarle nada. La venta alcanza hasta sus propios calzoncillos en aras de su supervivencia política, pero hasta llegar a su ropa interior va a ir deshaciéndose del ropaje de las pocas competencias que ya le quedan al Estado y, lo que es peor, de la única caja que a modo de fondo de armario compartíamos todos, la de la Seguridad Social. Es el derrumbe del Estado de Derecho, su aniquilación definitiva a manos de un descerebrado, y ahora por fin parece que en su propio partido empiezan a darse cuenta del alcance de esta bomba atómica en la que se ha convertido el presidente.

Pero la disciplina interna manda, Y el miedo también. Fíjense en como desde las baronías socialistas se apuntan algunos síntomas de rebelión que, sin embargo, suelen quedarse en poca cosa, por no decir ninguna. El malestar existe, es innegable, entre otras cosas porque los que tienen cerca un próximo compromiso electoral están viendo como el poder se les escapa de las manos por culpa del prócer que nos gobierna. Hay, sin embargo, un hecho futuro, pero próximo, que puede dar un vuelco a esta situación: las primarias de Madrid el próximo 3 de octubre. Eso si es que llegan a celebrarse, porque ya hay quienes hacen apuestas sobre cual va a ser el momento en el que Trini va a abandonar la carrera porque no puede ni con Tomás Gómez ni con las huestes del socialismo madrileño que le han hecho frente a Rodríguez. Y he ahí la clave del asunto y la razón por la que desde el oficialismo zapateril se acusa a Gómez de ser el candidato de la derecha –que lo es, como bien decía ayer Zarzalejos, por simpatía hacia su rebelión interna- para evitar lo inevitable: su victoria en las primarias. Una victoria que, visto desde la otra órbita, supone una derrota en toda regla, no de Trini –que de esta no se levanta ni con muletas-, sino del propio Rodríguez.

Pero si la derecha, es verdad, puede estar esperando esa derrota, no es menos cierto que también la está esperando buena parte de la izquierda y del Partido Socialista, y he ahí la cuestión: los ‘barones’ que hasta ahora mantenían un prudente silencio no fuera a ser que también a ellos les montaran unas repentinas primarias, están esperando a la derrota de Trini para saltar sobre el cuello de un Rodríguez que quedaría tan tocado que ya no tendría fuerzas para provocar nuevos enfrentamientos y tensiones con sus ‘barones’, los cuales hoy por hoy, empezando por Patxi López, se identifican al cien por cien con Tomás Gómez. Ya nadie quiere a Rodríguez, ni siquiera en su propio partido, y se hacen apuestas sobre cual a va ser su siguiente derrota. El problema es que de derrota en derrota hasta el cataclismo final, nos estamos dejando jirones que afectan gravemente a la continuidad del Estado de Derecho y de la democracia española tal cual la concebimos en 1978. Pero claro, eso a los nacionalistas les importa un rábano, y no será esa la razón por la que le dejen caer definitivamente, sino porque ya no puedan exprimirle más.


El Confidencial - Opinión

Más madera. Por Ignacio Camacho

LA negociación de los presupuestos suele acabar en todas partes convertida en un mercadeo de chalanes, un tira y afloja de buhoneros, porque al fin y al cabo la política no consiste más que en el reparto de la pasta; en España además se da la circunstancia de que toda esa chamarilería se practica con cierta impunidad ante una opinión pública que suele permanecer más atenta a la superficie de los gestos, a la democracia declarativa y al imperio de las imágenes. Como casi todo el mundo vota con las tripas los gobiernos manejan el dinero a su antojo porque la sonrisa de un dirigente tiene más influencia en las elecciones que su forma de administrar las inversiones públicas. El debate presupuestario, que es lo que decide de veras la gobernanza de un país, se considera un coñazo que ni siquiera merece la atención de los líderes principales, acostumbrados a delegar en sus ministros y portavoces de Economía y Hacienda. En esa indiferencia general pescan ganancia abundante los nacionalistas, que son expertos en clientelismo y siempre están atentos a rebañar las mejores tajadas para su territorio y su gente. Favorecidos por la aritmética electoral no dan puntada sin hilo y cada voto lo alquilan con plusvalías de estraperlo.

Este año, como los catalanes de CiU están eufóricos ante la perspectiva de su victoria y no desean estropearla dando la imagen de costaleros de un Gabinete en descomposición, le ha tocado al PNV la bonoloto de la bisagra. El respaldo mercenario les va a salir un negocio redondo porque además de lo que arrimen para su tribu cada concesión que arranquen será un guantazo en la cara de su adversario Patxi López, el hombre que se atrevió a echarlos de un poder que consideraban hereditario. Zapatero está tan asfixiado y tiene tan pocos principios que ha efectuado una pirueta histórica: negocia los presupuestos con la oposición vasca en vez de que con el Gobierno autónomo, que encima es de su propio partido. Su tacticismo está llegando a extremos enfermizos, se ha vuelto capaz de cualquier cosa por arrendar un año más de mandato.

En ese afán de contratar una dosis de oxígeno, el presidente está dispuesto a romper la caja única de la Seguridad Social, que es de las pocas cosas con las que no debería jugar un socialista, para entregarle un trozo al nacionalismo vasco. En materia de competencias la autonomía de Euskadi ya no tiene mucho más recorrido sin entrar en el terreno soberanista que reclamaba Ibarretxe, aquel marciano, pero eso a ZP le da igual: lleva seis años desguazando el Estado para mantener encendida su propia caldera de poder, como los hermanos Marx en el tren del Oeste. Y si le piden más madera la dará, como se la ha venido dando a los socios catalanes, aunque acabe el mandato pilotando una locomotora vacía.


ABC - Opinión

'Paracaidistas': memoria amarga del socialismo madrileño. Por Antonio Casado

La mala noticia para la ministra Trinidad Jiménez y sus costaleros (Blanco, Rubalcaba, Hernando, Pedro Castro…) es que deciden los militantes. Y los militantes de Madrid tienen memoria amarga del paracaidismo político (estrellas invitadas), asociado a nombres tan ilustres como Fernando Morán, Cristina Almeida, Miguel Sebastián…

O la propia Trinidad Jiménez, que ya se estrelló una vez en la Alcaldía (municipales de 2003, frente a Gallardón) y ahora intenta repetir el salto en la Comunidad, previo paso por las primarias del PSM (Partido Socialista de Madrid), por encargo del estado mayor de Rodríguez Zapatero.

El líder de los socialistas madrileños, Tomás Gómez, candidato por escalafón frente a la candidata por encargo, sólo contempla la hipótesis de la doble victoria. En las primarias del 3 de octubre sobre Trinidad Jiménez, con el apoyo mayoritario de una militancia que se despierta al ruido de urnas, y en las municipales de 2011 sobre Esperanza Aguirre, por recuperación del poder para el PSOE, que en realidad no consistiría en una derrota del PP sino en la pérdida de su mayoría absoluta.


Pueden ser las cuentas de la lechera. También los equipos de Trinidad Jiménez, con Miguel Barroso en la trastienda (Barroso es, recuerden, ex secretario de Estado de Comunicación y esposo de la ministra Carmen Chacón), hacen las suyas. Con el mismo o parecido convencimiento de que los socialistas madrileños optarán por la ministra.

Lealtad a Zapatero

Después de lo ocurrido en abril de 1998, con la inesperada desafección de la militancia respecto al candidato del aparato central (Borrell ganó a Almunia contra todo pronóstico), es un misterio inescrutable saber como van a reaccionar los casi 20.000 afiliados con derecho a voto. Más de la mitad de los mismos militan en el pasotismo y el desistimiento, a raíz del caso Tamayo, aquel gol en propia meta del PSM en 2003, a mayor gloria de Esperanza Aguirre. Ojo al dato: han estado pasotas pero no dejarán de votar el 3 de octubre ¿Al candidato del escalafón, que se lo ha currado durante estos tres últimos años, o a la candidata de las encuestas de Blanco?

Demasiado pronto para hacer conjeturas cuando aún se está cubriendo el trámite de la presentación de avales. Un elemento nuevo de fácil verificación: durante las últimas semanas se ha disparado el índice de conocimiento de Tomás Gómez. El propio Gómez me contaba ayer en la distancia corta que hace dos meses nunca hubiera soñado que The Economist o Washington Post se ocuparan de él como figura política emergente. Por haberle plantado cara a Zapatero.

Es doctrina Rubalcaba: “El único activo de Tomás Gómez es haberle dicho no a Zapatero” ¿Y le parece poco? Sin embargo, Gómez no quiere cargar con ese sambenito, absolutamente alejado de su confesadísima lealtad al presidente del Gobierno y secretario general del PSOE. Y si alguien desde dentro insiste en colgárselo, él lo considerará juego sucio. Eso me dice.


El Confidencial - Opinión

¿Otro Vietnam? Peor. Por José María Carrascal

«El mundo islámico nos ve como enemigos e invasores, por más empeño y medios que movilicemos para instaurar allí una sociedad como la nuestra. Algo que no podrán alcanzar mientras sigan atrapados por una ley, un orden y una forma de vida que frena su desarrollo».

Se van los norteamericanos de Irak. Pero se quedan. Se van las tropas de combate, pero se quedan 50.000 soldados para adiestrar al ejército iraquí contra «la insurgencia». ¿Acaso no es ésa también una misión de combate?, se preguntarán algunos. A fin de cuentas, los dos guardias civiles asesinados en Afganistán cumplían idéntica tarea. Es una de las muchas preguntas sin respuesta en la guerra que Occidente libra con el fundamentalismo islámico, sin muchas posibilidades de ganarla. ¿Estamos ante otro Vietnam?, es otra. Junto a algunas diferencias, hay inquietantes semejanzas.

La primera, que Estados Unidos ha vuelto a caer en el error de creer que la democracia soluciona todos los problemas de este mundo. Cuando la cosa no es tan simple. Funcionó en Alemania y Japón. No funciona en África. Funciona en parte de Asia, a trancas y barrancas en Hispanoamérica y, curiosamente, funciona mejor de lo esperado en los países ex comunistas. La razón es muy simple: el comunismo es una invención occidental. Marx y Engels no eran sino pensadores alemanes que intentaban llevar el idealismo hegeliano a la práctica. No lo consiguieron, pues lo ideal no es de este mundo, pero dejaron la semilla para que el Este de Europa se incorpore al Oeste.


Cosa muy distinta es el mundo islámico. El islamismo viene enfrentándose con el cristianismo occidental desde que nació. A la rivalidad religiosa se une la social. Ambos han creado sociedades tan opuestas que hacen difícil la ósmosis. El gran error norteamericano en esta Tercera Guerra Mundial que se está librando es creer que el musulmán desea nuestro way of life. No, el musulmán desea nuestra tecnología. Como estilo de vida, prefiere el suyo. La mejor prueba es que los musulmanes que vienen a occidente conservan su estilo de vida y quieren que sus hijos los conserven. Del mismo modo, no sienten respeto por la democracia occidental, que consideran sinónimo de corrupción y decadencia. Consideran la suya mucho más sencilla, ordenada y directa. Partiendo del Corán como Constitución y de los intérpretes del mismo, los ulemás y ayatolás, como jueces y líderes, la democracia islámica no establece diferencia entre los distintos poderes del Estado, desapareciendo por tanto la sociedad civil, base de la democracia occidental. Si le añadimos los enormes privilegios que otorga a los hombres sobre las mujeres, se entiende el poco interés de la mayoría de los musulmanes por cambiar su democracia por cualquier otra. El último factor de esta incompatibilidad es el histórico. Estamos hablando de pueblos orgullosos, con culturas tanto o más antiguas que la nuestra y periodos de esplendor incluso superiores. Para verse luego sometidos a la humillación del colonialismo occidental y tratados como ciudadanos de segunda en sus propios países. ¿Tiene algo de extraño que miren con sospecha cuanto les llega de Occidente, empezando por su democracia, en la que ven un caballo de Troya neocolonialista? Todo ello sin contar con el «caso Israel», que el Oeste incrustó entre los musulmanes, para hacerles pagar los pecados que él había cometido contra los judíos. Algo que nunca nos perdonarán.

Son todos ellos factores de enorme peso, que, sin embargo, no han sido tenidos en cuenta por Estados Unidos al diseñar su política hacia el mundo islámico en general y hacia su terrorismo en particular. Creer que enarbolando la bandera de nuestra democracia, gastándose allí miles de millones de dólares y enviando centenares de miles de soldados podía ganarse esa guerra es, sencillamente, de una ingenuidad que asusta. La «liberación» del mundo islámico sólo podrá venir desde dentro de él. Tiene que surgir de su Lutero que proclame la relación directa del individuo con Dios, que separe Iglesia y Estado, y que acabe con el sometimiento de la mujer al hombre, con la excusa de protegerla. Pero ese Lutero, esa reforma, no se ha visto ni se ve. Es más, las reformas islámicas han venido siempre en sentido contrario: cuando la sociedad se relajaba, surgen los integristas, los «puros», los almohades o los talibanes, para imponer de nuevo la norma estricta del Corán. Hasta hoy.

Nada de esto ha sido tenido en cuenta por el Oeste, y especialmente por su líder, los Estados Unidos, en su estrategia hacia el Islam, que se mueve a bandazos entre la línea dura y la blanda, la militar y la política. O bien insiste en la panacea de las elecciones como remedio de todos los males, con el resultado de que ganan los radicales allí donde se celebran por las razones expuestas, con lo que el problema es doble, o bien despacha ejércitos contra esos radicales bajo la excusa de la ayuda humanitaria y de desarrollo, para encontrarse combatiendo a buena parte de la población. Que es lo que está ocurriendo en Irak y en Afganistán.

¿Qué remedio tiene, si tiene alguno? El único que le veo es atenerse a la realidad, en vez de a nuestros deseos. El mundo islámico nos ve como enemigos y como invasores, por más empeño y medios que movilicemos para instaurar una sociedad como la nuestra. Algo que no podrán alcanzar mientras sigan atrapados por una ley, un orden y una forma de vida que frena su desarrollo. Pero que tampoco podremos imponérselo desde fuera. Ese es el dilema en que estamos atrapados ellos y nosotros. Si usted pregunta hoy a un egipcio, a un sirio, a un afgano, a un indonesio qué es lo que más desea, no le contestará «la democracia», sino «la bomba atómica». Es su forma de reafirmar su personalidad, su autoestima. Y lo que menos necesita el mundo.

La reforma del mundo islámico, repito, sólo podrá venir desde dentro de él y sólo hay dos vías para ello: el ejército y el «autócrata benevolente». El ejército turco, bajo Mustafá Kemal, fue el único que lanzó una laicización real del Estado, como el ejército argelino fue quien impidió que el radicalismo islámico ocupase el poder en el suyo, tras ganar unas elecciones. No muy democrático, desde luego, pero menos democracia tendrían bajo los integristas. Conviene recordar que Saddam Hussein, aparte de un brutal dictador, era un militar que encarcelaba ayatolás y se enfrentaba a un Irán regido por ellos. Tenía también afanes expansionistas en una zona neurálgica del planeta, que fueron cortados en seco tras su invasión de Kuwait. Pero Bush padre se libró muy bien de invadir Irak tras ellos, para no romper el frágil equilibrio político-religioso de aquel país. Su hijo, en cambio, cometió el enorme error de invadirlo, y ahí tienen ustedes los resultados: una guerra más larga que las mundiales y abandonado a su suerte sin haberla ganado.

La «aproximación blanda», a la que pertenece la «alianza de civilizaciones», consiste en tratarles como amigos, y esperar que ellos se porten como tales. Se ensayó en el Irán del Sha, con la esperanza de que los islamistas nos lo agradeciesen. Reza Pahlevi no era, desde luego, un demócrata, pero era un déspota ilustrado que trataba de que su país alcanzase un nivel social y de desarrollo parecido al de occidente. Carter, en nombre de la democracia, se empeñó en deponerlo, y, ahora, nuestra principal preocupación es que los islamistas que le sucedieron no alcancen la bomba atómica.

En cuanto a Afganistán, los norteamericanos ayudaron a los talibanes a echar a los rusos, y ahora se encuentran luchando con los talibanes y con Al Qaeda, los primeros atacando con gases tóxicos escuelas de niñas.

¿Cómo van a acabar todos esos conflictos? Se habla mucho de un nuevo Vietnam. ¡Ojalá! En Vietnam, los vencedores fueron los comunistas. Y, como hoy sabemos, los comunistas son sólo capitalistas potenciales.


ABC - Opinión

Seguridad para Israel

Los terroristas palestinos repitieron su estrategia habitual para dinamitar cualquier posibilidad de paz en Oriente Medio. El asesinato de cuatro judíos en Hebrón en la víspera de que ambas partes reanudaran una negociación directa por primera vez en veinte meses retrata de forma trágica la nula disposición a un entendimiento con el Estado hebreo de una parte importante del pueblo palestino. Es verdad que las posibilidades creadas por la Cumbre de Washington están fundamentadas en algunas realidades. La cita, al más alto nivel, con presencia del primer ministro israelí, Benjamin Netanhayu, y del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmud Abas, y auspiciada por el anfitrión Barack Obama, es la consecuencia de un complejo proceso curtido a lo largo de siete rondas de diálogo indirecto. La sola recuperación del cara a cara es un paso que conviene valorar en un escenario inmóvil. Y muy especialmente también la voluntad de las delegaciones de no ceder ante la provocación terrorista, especialmente con la determinación del Gobierno israelí de sentarse a la mesa después de que cuatro de sus compatriotas fueran víctimas de Hamas, que controla buena parte de Palestina.

Pese a esos signos positivos, las posibilidades de éxito del encuentro no son ni más ni menos que las de otros similares en estos 19 años de cumbres desde la de Madrid. El escepticismo está más que justificado cuando en una parte se sienta una democracia, y en la otra un gobierno que ha dejado gran parte de su territorio bajo control terrorista. Para quienes depositan la esperanza en el factor Obama, los hechos y las decisiones de su política exterior son decepcionantes. La capacidad del presidente norteamericano para inhibirse de las crisis internacionales y abandonar los escenarios conflictivos comienza a ser escalofriante. José María Aznar, que participó en Jerusalén en la asamblea anual del Congreso Mundial Judío, abundó en esa reflexión cuando dijo que Obama parece «escapar de los problemas del mundo» y criticó su acercamiento al mundo musulmán en detrimento de Israel. Bajo esos parámetros, el pesimismo de Aznar sobre las conversaciones de Washington nos parece justificado.

La realidad es que el concepto de dos naciones, dos estados, puede estar asumido por las partes. Incluso se pueden contemplar progresos en aspectos cruciales del conflicto como la delimitación de las fronteras del Estado palestino, los refugiados, el agua, los asentamientos y lo que para muchos expertos supone el nudo gordiano de la disputa: la capitalidad, con la voluntad israelí, anunciada por el ministro de Defensa, de que Jerusalén Este sea la capital del Estado palestino. Pero nada de ello tendrá valor mientras persista la flagrante carencia de unas garantías de seguridad para Israel. Sin ellas el camino hacia un acuerdo es y debe ser inaccesible para una democracia acosada y rodeada por países enemigos, que se debe a sus ciudadanos por encima de todo. Si los palestinos quieren la paz, deben demostrarlo con hechos, y ésos sólo pueden partir de un combate sin tregua contra los terroristas. Lo que hoy parece una quimera.


La Razón - Editorial

Frenazo al consumo

LA realidad social y económica deja al descubierto el falso optimismo que transmite la propaganda gubernamental. Ayer se conocieron los datos de venta de vehículos en el mes de agosto, un indicador particularmente significativo sobre el consumo tanto desde el punto de vista objetivo como subjetivo. Los resultados son demoledores. En efecto, las ventas se desplomaron, con una caída del 23,8 por ciento, el peor dato desde 1989. Ello demuestra que muchos consumidores adelantaron sus compras ante la anunciada subida del IVA el día 1 de julio, a lo que se suman los efectos negativos de la supresión de las ayudas públicas en este sector especialmente sensible. Está claro que el Ejecutivo no consigue crear el clima de confianza imprescindible para que funcione la economía con el dinamismo necesario en una sociedad desarrollada. Muy al contrario, todo depende de ocurrencias para salir del paso y de circunstancias coyunturales que no dejan huella más allá de la permanente huida hacia adelante en la que está instalado un Gobierno incapaz e incoherente.

En este contexto, hay que manejar con precaución los datos sobre reducción del déficit en julio. El superávit de casi 4.000 millones de euros no se debe al supuesto rigor del equipo económico de Rodríguez Zapatero ni a los sucesivos «tijeretazos» en la inversión pública y las prestaciones sociales. Las subidas de impuestos y otras medidas que enmascaran las cuentas del día a día no sirven para generar un estado de ánimo positivo entre los consumidores. Así lo demuestra con la contundencia implacable de las cifras este «frenazo» en el sector del automóvil. El Gobierno mantiene los datos a base de respiración asistida, pero el pesimismo sigue instalado en una sociedad que afronta el regreso de vacaciones con perspectivas muy negativas.

ABC - Editorial

Reinventar Irak

Obama deja a las fuerzas políticas del país el reto de gobernarse sin tutelas extranjeras

El presidente Obama cerró el martes la Operación Libertad Iraquí e inauguró la así llamada Nuevo Amanecer, que sustituye la presencia militar por la formación de las fuerzas iraquíes y la acción diplomática. "No voy a cantar victoria", dijo Obama. Tiene razón: la insurgencia ha mostrado ya su fuerza una vez iniciada la retirada hace unos días y no sería descabellado ver a los 50.000 soldados que se han quedado complicados en nuevos conflictos. Pero el paso esencial que Obama había prometido se ha cumplido: la guerra ha terminado y ha llegado el momento de pasar página. Una guerra con la que fue muy crítico y a la que se opuso. En el momento solemne de la despedida, sin embargo, supo ser elegante y cuando se refirió a George W. Bush habló de su apoyo a los soldados, de su amor a la patria y de su compromiso con la seguridad del país. Esa es la batalla que queda pendiente y Obama aseguró que Estados Unidos terminará desmantelando y derrotando a Al Qaeda.

También el jefe provisional del Gobierno de Irak, Nuri al Maliki, se dirigió a sus compatriotas para decirles que el Ejército y la policía nacionales podían garantizar la seguridad del país. La violencia que campa por doquier no va a arreglarse con el despliegue de unas tropas, por bien pertrechadas y preparadas que estén. El problema más grave de Irak es de legitimidad política, y Maliki no explicó por qué no se ha formado aún el nuevo Gobierno que debía de haber salido de las elecciones del pasado marzo.


Después de siete años de ocupación, el futuro vuelve a manos de los iraquíes, pero el país se encuentra devastado por una guerra que no solo se llevó por delante la dictadura de Sadam Husein sino que acabó también con los cuadros militares y políticos que la sostenían, destrozó los engranajes sociales que mal que bien funcionaban y destapó los conflictos que dividen a chiíes y suníes, amén de avivar la antigua tensión de estos con los kurdos. Por frágiles que sean, son ahora los mecanismos de la democracia los que pueden hacer viable el nuevo Irak; pero, para que funcionen, los partidos deben conquistar su legitimidad más allá de tutelas extranjeras.

La diferencia entre el ganador de las últimas elecciones y el segundo es minúscula: 91 escaños del partido laico del chií Iyad Alaui, al que apoyan amplios sectores suníes, frente a los 89 de las fuerzas chiíes moderadas de Maliki. Unos y otros no han sabido durante más de cinco meses llegar a ningún acuerdo, ni han conseguido alianza alguna con la tercera fuerza más votada (70 escaños), el Consejo Supremo Islámico Iraquí. Este es el partido preferido de Teherán, acaso porque forman parte de él los chiíes más radicales, como Múqtada al Sáder, líder de la corriente sadrista dentro de esa coalición (40 escaños) y jefe del Ejército de Mahdi. "Solo los iraquíes pueden construir la democracia dentro de sus fronteras", ha dicho Obama. Es, pues, la hora de la política y de desterrar la tentación de cualquiera de las milicias de recurrir a las armas.


El País - Editorial