martes, 17 de agosto de 2010

Amigos amorosos. Por Hermann Tertsch

Quizás pronto otro íntimo amigo, Mohammed VI, decida estrechar nuestras relaciones ocupando algún islote.

ES evidente que lo negará con obstinación e insidia la caverna del facherío que son todos aquellos españoles que no agradecen esta era de armonía, equilibrio y desarrollo que gozamos desde hace más de un sexenio y que entrará en nuestra historia como «zapaterismo». Pero lo cierto es que, quieran o no los antipatriotas, reaccionarios, cristianos, radicales liberales, peperos, neocon y demás enemigos del progreso, nunca nuestra España ha disfrutado de tan buena imagen y superlativa generosidad como ahora, cuando ya conocen bien a nuestro presidente fuera de nuestras fronteras. Y no crean que hablo sólo de Zimbabue, donde la población aclama las subvenciones españolas a sus organizaciones de homosexuales, uno de sus vectores más pujantes del desarrollo. O de Mauritania y Senegal, cuyos líderes políticos tanto prosperan gracias al dinero público español cuyo flujo es inversamente proporcional al de pateras que desde sus costas se acercan a las nuestras. La África subtropical sabe muy bien que España se comporta con hidalguía, no aires de zafio comerciante como Francia y otros. Los otros europeos, pero también la voraz China o el imperialismo americano, exigen favores o influencia cambio de ayudas. España sólo suplica se eliminen los inconvenientes que previamente se le han creado. El Gobierno socialista español es realmente un amigo amoroso. Que no repara en gastos cuando se trata de promover su infinita simpatía y ese estupendo concepto de las relaciones internacionales de que todas las ideas de bondad en el exterior han de ser obligatoriamente subvencionadas por su propia ciudadanía. Y que siempre es comprensivo cuando un régimen tercermundista con dificultades decide crearle unas cuantas a España para paliar algo las propias. Dado que el prestigio de nuestro país como donante nada exigente se ha extendido por los siete mares, no son pocos los Gobiernos que antes no sabían ni dónde estamos y hoy reclaman nuestra atención y generosidad, unas veces con un secuestro, con una partida de pateras, problemas consulares u ofertas entusiastas para la Alianza de Civilizaciones. Siempre encontrarán una respuesta en una partida presupuestaria por escondida que ésta vaya.

Pero nadie vaya a pensar que esta nueva visión de la generosa omnipresencia española se limita a las ayudas directas de dinero efectivo que reparten todos los ministerios con cariño. Por bienvenidas que éstas sean. Cuando un amigo tiene estrecheces, allí estamos para ayudar. Gibraltar por ejemplo. Mr. Caruana vive estrechamente junto al Estrecho en un pedazo de roca. Quiere crecer. Ahí está el Gobierno español dispuesto a echarle una mano. Primero le otorga categoría de parte en una mesa en la que por lógica solo había dos partes, la del país que demanda su recuperación de la soberanía y la del que desde el Tratado de Utrecht la mantiene. Buen regalo. Pero hay más. Para paliar la estrechez física de Mr. Caruana, se le permite ampliar su territorio. Cierto, no con conquistas bélicas. Dios nos libre. Sólo con camiones que aumentan la superficie de Gibraltar en detrimento de las aguas españolas. Y si nuestra Guardia Civil aún insiste en proteger estas aguas nuestras, se le advierte que ha de acomodarse al talante. Quizás pronto otro íntimo amigo, Mohammed VI, decida estrechar nuestras relaciones ocupando algún islote o puesto fronterizo español. Entonces veremos lo que es el auténtico amor del que somos capaces.

ABC - Opinión

Ser español resulta caro. Por M. Martín Ferrand

A pesar de ello, José Blanco dice que los impuestos que padecemos son «bajos» y hay que subirlos.

SALVO los vecinos de autonomías uniprovinciales, que solo soportan cuatro, los españoles sostenemos el peso político y económico —fiscal— de cinco Administraciones públicas: la correspondiente a la UE, donde los funcionarios y los gastos se multiplican como conejos; la Nacional, decreciente en funciones y presupuestariamente creciente; la Autonómica, sede de todo tipo de abusos y despilfarros; la provincial —las Diputaciones—, cajón de sastre para el dispendio, y la Municipal, que suele ser mala pagadora y pésima organizadora de sus recursos. A mayor abundamiento, las Autonomías insulares, a falta de diputaciones, enriquecen el gasto público con los cabildos canarios y el consejo mallorquín. El resultado, a la vista de tantas Administraciones y hecha la proporción entre lo que nos cuesta como contribuyentes y lo que recibimos como ciudadanos, es que ser español resulta caro. Mala relación calidad precio.

A pesar de ello, el ministro José Blanco, a quien se le hinchan los mofletes cuando sopla para inflar un globo sonda, dice que los impuestos que padecemos son «bajos» y hay que subirlos. Podría ser que así fuera; pero, 1) ¿es función del titular de Fomento la proclamación de la política fiscal que perpetra el Gobierno con vistas a los próximos Presupuestos?; 2) si se tiene en cuenta que el Gobierno Zapatero acaba de subir el IVA y engordado otros tributos, ¿debiera hablarse de otra subida fiscal sin hacerla preceder de una drástica reducción del gasto público, excesivo en las cinco Administraciones que nos castigan el bolsillo?; 3) dado que ya no es de izquierdas bajar los impuestos, ¿el anuncio de Blanco conlleva una nueva orientación ideológica de su jefe político?; 4) ¿cuando se habla de presión fiscal en España se incluye en ella el costo de la Seguridad Social y todos los impuestos específicos de las cinco Administraciones que sostenemos?; y 5) ¿José Blanco es un personaje real o se trata de un muñeco que utilizan, con artes de ventrílocuo, José Luis Rodríguez Zapatero, sus tres vicepresidentes y algún otro miembro del Gabinete?

Cuando parecía que Pepiño se ganaba el derecho a ser don José, a la consideración, aunque eso no sea mucho, de una de las mejores cabezas del Gobierno, el mozo se reviste con unos hábitos que no son los suyos y nos da, también, doctrina hacendística. Algo que ya hizo el verano pasado y que, lejos de convertirle en el hazmerreír de turno, pasamos por alto. No debimos hacerlo de ese modo porque, reconfortado por el poder que ostenta y el halago, sincero o interesado, de los suyos, el ignorante termina por dárselas de sabio.


ABC - Opinión

Anuncio de subida. Los impuestos de Pepiño. Por Emilio J. González

Eso de que los impuestos en España son más bajos que en la UE y, por ello, tienen que incrementarse no es más que la excusa para subirlos sin que medie razón alguna para ello excepto el deseo de Zapatero de gastar y gastar más.

A estas alturas ya sabemos de sobra que José Blanco es en el Gobierno algo más que el ministro de Fomento; es el alter ego de Zapatero, que habla para decir lo que el presidente quiere que se diga sin que el actual inquilino de La Moncloa sufra por ello el consiguiente desgaste político. Así es que cuando Pepiño habla de cualquier cosa ajena a su departamento, ya sea relacionada con la política del Ejecutivo o con las cuestiones internas del PSOE, detrás de él se encuentra la mano de ZP moviendo los hilos. Por tanto, cuando el titular de Fomento ha dicho este pasado fin de semana que los impuestos van a subir en España porque son más bajos que en la Unión Europea en realidad no era él quien estaba hablando, sino Zapatero a través de sus palabras. Un aspecto este de suma importancia a la hora de valorar el verdadero alcance de esa nueva y dolorosa estrategia de política económica del Gabinete que va a volver a machacar a los ciudadanos.

Eso de que los impuestos en España son más bajos que en la UE y, por ello, tienen que incrementarse no es más que la excusa para subirlos sin que medie razón alguna para ello excepto el deseo de Zapatero de gastar y gastar más, a pesar de la grave crisis económica y fiscal que vive nuestro país. El presidente del Gobierno se niega a aplicar con fruición la tijera a partidas de gasto público totalmente innecesarias, pero que conforman la arquitectura ideológica de su estrategia política, y con ello condenó en un principio a uno de los pocos capítulos de gasto público que en estos momentos justifican su existencia, esto es, la inversión en infraestructuras. Ahora, sin embargo, Zapatero ha cambiado de idea. Sigue defendiendo sus gastos políticos pero también quiere apostar por las infraestructuras, en parte por las críticas que le han llovido por su estrategia de política presupuestaria, en parte para intentar relanzar la economía a base de gasto público en este capítulo y, en parte también, porque cree que, a menos de un año de las elecciones municipales y autonómicas, jugar de nuevo con esa partida presupuestaria puede depararle réditos electorales. Pero como no hay dinero para tanto dispendio, y como la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional nos exigen seguir recortando el tremendo "agujero" de las cuentas públicas españolas, pues a subir los impuestos y, de paso, a volver a dar más peso al Estado en la actividad económica, que es otra de las cosas que le ponen a ZP.


Por supuesto, en todo esto el Ministerio de Economía no pinta nada porque, a fin de cuentas, todo ello viene de Moncloa y cuando las ideas se pergeñan allí, a Zapatero le da igual ningunear al ministro o vicepresidente que toque, en este caso a Elena Salgado. Y más aún si los técnicos del Ministerio advierten que este no es momento de seguir subiendo los impuestos porque ello supone un nuevo lastre para superar la crisis económica, ya que la mayor presión fiscal deprimirá aún más tanto el consumo como los márgenes empresariales y, como es de sobra conocido, ello implica menos crecimiento económico y menos empleo. Pero a Zapatero eso le da igual. Piensa que con un nuevo tirón del sector de la construcción financiado con dinero público, o sea, con más impuestos, se generará el suficiente empleo y la suficiente actividad económica que permita compensar los efectos negativos de ese nuevo apretón al bolsillo de los ciudadanos.

Estamos ante un nuevo ejercicio de improvisación en materia de política económica, porque esto no responde a un plan a medio y largo plazo bien estructurado sino que, como siempre, es fruto de las necesidades y ocurrencias de ZP y por ello le da igual que la estrategia de los países que están saliendo de la crisis, como Alemania o Francia, sea la de bajar impuestos, justo lo contrario de lo que él hace. Zapatero quiere seguir a lo suyo y cualquier justificación, por falsa y rebuscada que sea, le vale.

Lo malo es que al presidente del Gobierno le están marcando de cerca los mercados y, posiblemente, no le dejen salirse con la suya. Después de que el diferencial de tipos con Alemania se redujera en julio en alrededor de un punto, ya está volviendo a subir y a acercarse a los dos puntos, porque los mercados temen tanto las recientes palabras de Zapatero prometiendo un mayor gasto público como, sobre todo, que la economía española es una economía débil y sin capacidad de crecer. La estrategia de Zapatero y Blanco no hace más que persistir en este error al tratar de reeditar el anterior patrón de crecimiento, basado en la construcción, que nos metió de hoz y coz en la que estamos ahora. Y eso es lo que están penalizando los mercados en estos días.

Claro que como ZP no ha hablado de subir impuestos, sino que ha sido Blanco el que lo ha dicho, al inquilino de La Moncloa le queda margen para rectificar, una vez más, si los mercados vuelven a meter presión, como ya están empezando a hacer, y aquí paz y después gloria. Sin embargo, los mercados ya se están dando cuenta que Zapatero solo hace lo que tiene que hacer bajo su presión y, en cuanto la relaja, vuelve a las andadas, con lo cual, el día que se harten, que puede que no esté muy lejos, aquí nos vamos a enterar de lo que vale un peine.


Libertad Digital - Opinión

El apretón. Por Ignacio Camacho

La maquinaria de gasto clientelar del Gobierno funciona con el combustible fiscal de las clases medias.

ESTE Gobierno tan, digamos, flexible a la hora de decir la verdad y tan experto en rectificarse a sí mismo resulta de una sinceridad y una exactitud aplastante cuando anuncia subidas de impuestos, aspecto en el que los ciudadanos serían sin duda indulgentes con las mentiras. Pero en materia fiscal no mienten ni dan marcha atrás, como ha podido verse en julio respecto al IVA. El año pasado el ministro Blanco, que ejerce de vicepresidente de facto, dejó caer el aviso por estas mismas fechas y en septiembre ya estaban los primeros papeles en los presupuestos. Así que quedan pocas esperanzas de que el nuevo anuncio sea un globo sonda; nos van a apretar las tuercas, y no va a ser leve la factura. El Gobierno volverá de vacaciones mirándonos fijamente el bolsillo de la cartera.

El objetivo es el IRPF, que es el único impuesto del que se puede extraer una recaudación significativa. Las figuras especiales «para ricos» no tienen impacto cuantitativo serio. El Gobierno busca a toda prisa dinero para mantener su maquinaria clientelar y no está dispuesto a recortar el gasto corriente de su hipertrofiada burocracia porque eso es precisamente lo que trata de mantener en el mayor volumen posible. Quiere pasta fresca y ésa está en el tributo de la renta, que en realidad es una imposición sobre las nóminas, la única bolsa contributiva de la que es imposible escapar con fraudes y triquiñuelas. Así que van a por ella. Nuestra socialdemocracia se ha convertido en un inmenso aparato clientelista que funciona con combustible fiscal; agobiado por el efecto del tímido ajuste de junio en sus expectativas de voto, el zapaterismo se dispone a exprimir a las clases medias para mantener de cualquier modo en marcha el tren de sus repartos de dádivas, contratos y subvenciones. Más madera.


El incremento de otoño se va a sumar a las subidas ya aprobadas en las autonomías bajo control socialista, lo que equivale a que muchos contribuyentes van a sufrir un alza cercana de entre el tres y el cinco por ciento: grosso modo, esos ciudadanos tendrán que trabajar casi un mes más para el Estado. Y encima los motejarán de ricos con la demagogia al uso en la retórica socialdemócrata, que suele criminalizar el éxito a escala modesta. Pero de las palabras de Blanco, que alude a la financiación general de los servicios públicos, se deduce ya una intención mucho más generalista: están estudiando subir varios tramos o crear otros nuevos, porque sólo con los tipos recaudatorios marginales no van a sacar lo que necesita la máquina de gastar.

Lejano queda el tiempo de la alegre posmodernidad en que bajar los impuestos era de izquierdas. El presidente se ha reconvertido por enésima vez a sí mismo. Para volver a los orígenes: ser de izquierdas consiste en penalizar el ahorro, frenar la inversión y lastrar el crecimiento. Como toda la vida.


ABC - Opinión

Apología del terrorismo. Homenajes a ETA, con o sin licencia. Por Guillermo Dupuy

¿Se habrían cruzado de brazos el alcalde de Barcelona o el consejero de Interior si el asesinato en el que colaboró esta "presa política" a la que ahora se quiere homenajear, en lugar de ser de un concejal del PP, hubiera sido de alguno de sus hijos?

El juez de la Audiencia Nacional Pablo Ruz ha abierto este lunes diligencias para investigar el homenaje a la colaboradora de ETA, Laura Riera, convocado para el próximo sábado en el barrio barcelonés de Gracia, y ha solicitado informes a las Fuerzas de Seguridad para tratar de determinar si podría ser constitutivo de un delito de enaltecimiento del terrorismo. Es difícil de imaginar que semejante acto pueda constituir otra cosa si tenemos en cuenta que ya en la propia convocatoria del mismo se califica de "presa política catalana" a quien, según la sentencia que la condenó, no tiene más "mérito político" que haber facilitado a la banda terrorista, desde su puesto de administrativa en la base de datos de Tráfico del Ayuntamiento de Tarrasa, el número de matrícula de varios objetivos de ETA, entre ellos el del vehículo del concejal del PP de Viladecavalls Francisco Cano, que fue asesinado con una bomba-lapa en su coche el 14 de diciembre de 2000.

Lo que resulta verdaderamente sorprendente es que desde el Ayuntamiento de Barcelona se escuden en el supuesto hecho de que no tienen "constancia oficial" de la próxima celebración de este acto, cuando lo cierto es que ha sido organizado por la Coordinadora de Fiestas Populares (CFP), está convocado en la plaza Raspall de Barcelona y forma parte del programa alternativo de las fiestas de Gràcia, según consta en la Programación de la Fiesta Mayor de 2010 de la Comissió de Festes Populars. Eso por no hablar de la web y de los carteles que lo publicitan por la ciudad y las protestas que, antes de la intervención de la Fiscalía, habían llevado a cabo representantes del PP, de Ciutadans y de la asociación de víctimas Dignidad y Justicia.


¿Es que acaso en Barcelona se pueden organizar sin licencia actos en plazas públicas y convocar marchas por calles adyacentes con antorchas encendidas, tal y como en homenaje de esta y de otras colaboradoras de ETA, han anunciado que van a hacer los organizadores del acto? ¿Se habrían cruzado de brazos el alcalde de la ciudad, Jordi Hereu, o el consejero de Interior, Joan Saura, tal y como han hecho en esta ocasión, si el asesinato en el que colaboró esta "presa política", en lugar de ser de un concejal del PP, hubiera sido de alguno de sus hijos?

Por mucho que desde el Ayuntamiento o desde la Generalidad se excusen ahora diciendo que no han concedido licencia para ese repugnante homenaje, que evidentemente constituye en sí mismo un delito de enaltecimiento del terrorismo, no podemos, desgraciadamente, sino dudar de su condescendencia. Entre otras cosas, porque en este asunto llueve sobre mojado. Ya el pasado mes de febrero, y en un espacio municipal como son las cocheras de Sants, se celebraron unas "Jornadas Antirrepresivas" en las que también se rindió un homenaje a dos colaboradores de ETA, Zígor Larredonda y Diego Sánchez, condenados en el mismo juicio que envió a prisión a Riera.

No nos enredemos pues en si se ha concedido o no licencia para estos actos de apología del terrorismo. Denunciemos, que no es poco, que los proetarras, simplemente, no la necesitan.


Libertad Digital - Opinión

Obama y sus generales

EL general Stanley McChrystal lo expresó de una forma tan grosera que tuvo que ser destituido.

EL general Stanley McChrystal lo expresó de una forma tan grosera que tuvo que ser destituido y aunque su sucesor, el general David Petraeus, lo ha hecho de forma más diplomática, ambos han revelado que existe una contradicción entre la posición de los militares que dirigen la guerra de Afganistán y la del presidente norteamericano, Barack Obama. La Casa Blanca está buscando una retirada más o menos expeditiva, y los generales insisten en que no sería razonable abandonar aquel país antes de estar seguros de que se han alcanzado los objetivos que se fijaron al inicio de la misión. El secretario de Defensa, Robert Gates, ha tenido que salir en defensa del presidente, pero lo ha hecho anunciando que también él abandonará su puesto.

Obama se está dejando arrastrar por el cansancio de la opinión pública, al igual que muchos dirigentes políticos aliados que acusan el esfuerzo político de seguir apoyando un conflicto al que no se le ve salida. Está claro que si el objetivo fuera la retirada, lo mejor sería dedicarse a ello cuanto antes, porque a partir del momento en que se ha tomado esta decisión, cualquier sacrificio futuro carece de sentido. Pero eso sería un error gravísimo, porque también haría inútiles todos los esfuerzos realizados hasta ahora y, lo que es peor, dejaría en evidencia a la Alianza Atlántica por no haber tenido la determinación política de cumplir sus propias metas.

La guerra de Afganistán pesa cada vez más en los países aliados y todo el mundo espera que termine cuanto antes. Pero debe terminar con la victoria clara de la OTAN, con la derrota de los talibanes y con un Afganistán estable puesto en manos de sus ciudadanos. Cualquier otra opción no haría más que trasladar la guerra a escenarios más cercanos.


ABC - Editorial

Vacío diplomático

En el balance de la gestión de los últimos gobiernos socialistas, no parece que la política exterior vaya a aparecer entre sus éxitos. El departamento de Miguel Ángel Moratinos ha desarrollado una diplomacia marcada por las arriesgadas alianzas, la debilidad estructural, la incapacidad para actuar con visión estratégica y una serie de erráticas decisiones que han desembocado en una pérdida de peso específico en el contexto mundial. En estos años, nuestra diplomacia se ha obstinado en tomar el pulso tarde y mal a la mayor parte de las crisis internacionales y a los conflictos bilaterales.

Marruecos ha sido un paradigma de esas actuaciones fallidas y, a remolque de los acontecimientos, de esa tendencia a rehuir las dificultades y a meter la cabeza bajo el ala. La actual crisis provocada por Rabat ha puesto otra vez de manifiesto estas carencias. El mutis del ministro Moratinos en un asunto de esta complejidad, del que increíblemente nada se sabe a pesar de los cinco comunicados de protesta marroquíes, los bloqueos en el paso de Beni Enzar y los incidentes continuos con los policías españoles, la ausencia del embajador en Rabat y los recientes relevos en los Consulados Generales de España en Tetuán, Larache y Nador demuestran un vacío diplomático insólito. Es probable que la presencia del nuevo embajador, Alberto Navarro –de vacaciones hasta el 1 de septiembre–, en la capital de nuestros vecinos del sur no hubiera impedido que la crisis se desatara, porque el rey de Marruecos ha movido los hilos en un escenario en el que España carece de la iniciativa y el empuje necesarios, pero esta circunstancia no obsta para remarcar que la desatención diplomática actual merma la capacidad de respuesta y es el mejor síntoma de la desorientación exterior de nuestro país, que tan adecuadamente personifica el ministro Moratinos.


El cambio del representante marroquí en España es una pieza en este puzle que aún está por encajar. Su condición de activista saharaui arrepentido y la posición del Gobierno español en el conflicto del Sahara son circunstancias nada ajenas al presente episodio.

Tampoco es una lectura admisible que el objetivo del Gobierno fuera reducir la crisis con Rabat a un mero encontronazo fronterizo, sin protagonismo para el ministro de Exteriores y con toda la responsabilidad para el titular del Interior, con el propósito de limitar su alcance y asegurarse una respuesta más ágil. Con todo, habrá que aguardar a la visita de Pérez Rubalcaba a Marruecos del día 23 y confiar en que sus buenas relaciones y resultados en materia de terrorismo islamista e inmigración permitan reconducir el episodio.

Pero más allá del papel del ministro del Interior, el último brote de tensión en esta frontera ha evidenciado la torpeza crónica del Gobierno para calibrar y responder a las provocaciones marroquíes. Los países que no se hacen respetar, que no tienen la determinación de actuar a tiempo y de modo enérgico, sin que ello suponga renunciar al diálogo, están condenados a pagar un alto precio por sus vacilaciones.


La Razón - Editorial

Impuestos: la puntilla para la economía española

Si el Gobierno termina llevando a cabo la reforma fiscal que ha anunciado, y es muy probable que así sea ya que subir impuestos siempre ha sido de izquierdas, la economía española se va a resentir gravemente.

A pesar del polémico e insuficiente plan de recorte de gastos que el Gobierno anunció el pasado mes de mayo las cuentas públicas siguen sin cuadrar. Hacienda cada vez recauda menos y los gastos siguen siendo cuantiosos por el empecinamiento de Zapatero en no tocar partidas presupuestarias muy onerosas, o en meter mano de una vez al desbarajuste contable de las autonomías. Así las cosas, con la Unión Europea y el FMI mirando de soslayo la preocupante evolución de la economía española, al Gobierno no le queda otro camino que apretar la tornillería fiscal a la clase media, que es quien está pagando todos los platos rotos de la crisis económica.

Subir impuestos se convierte así en la última –y previsible– tabla de salvación que le quedaba a Zapatero para poder afrontar otro año infernal, 2011, víspera electoral, que se promete aún peor y más conflictivo que el presente. Las bolsas de voto cautivo que mantiene el PSOE en Cataluña y Andalucía y los grupos de presión que viven al calor del poder exigen ser remuneradas, y no existe otro modo de hacerlo que abriendo de nuevo la espita del gasto público, ya sea en infraestructuras o en cualquier tipo de dispendio millonario encaminado a mantener la lealtad de las clientelas habituales.


Por añadidura, Zapatero no sabe de austeridades, heredó una envidiable coyuntura económica de los gobiernos de Aznar y no conoce otra manera de gobernar que gastando a manos llenas. Durante los años de bonanza esos recursos se los proporcionaba la extraordinaria actividad de la economía española fruto de la expansión del crédito y la subsiguiente burbuja inmobiliaria. Secos los dos manás de financiación pública el Estado se debate entre contraerse, que sería lo lógico, o mantener su elefantiásico tamaño actual. Privado de la política monetaria, el Gobierno sólo cuenta con una herramienta "política" para mantener el gasto: elevar los tributos tanto como sea necesario, aún a riesgo de estrangular definitivamente a la deteriorada economía nacional.

En una situación tan delicada como la actual endurecer la fiscalidad es una de las peores ideas posibles y algo muy difícil de vender ante la opinión pública, sacudida por el drama del desempleo, la restricción crediticia y la falta de expectativas. Por esa razón el Gobierno ha empezado tan pronto a preparar el terreno y lo ha hecho con una media verdad económica. Porque de los dos modos que hay de conocer la carga fiscal que soporta una sociedad ha escogido el que, estadísticamente, más le favorece, pero el económicamente menos fiable.

La mascarada pasa por convencer a los españoles de que son los que menos impuestos pagan de Europa aunque, en rigor, sea exactamente lo contrario. En lugar de tomar el indicador de "esfuerzo fiscal", que es el que ofrece una imagen más fiel de la carga tributaria que cae sobre un individuo, han tomado el de "presión fiscal", que no pasa de ser una simple relación entre recaudación y PIB. Así, se da la paradoja de que Luxemburgo tiene una "presión fiscal" nominalmente más alta que España a pesar de que los impuestos son sensiblemente más bajos en el Gran Ducado.

Los impuestos no están directamente relacionados con el PIB sino con las rentas sobre las que se aplican. Un 18% de IVA es más en España que un 25% en Dinamarca, país que duplica la renta per cápita española por mucho que José Blanco se empeñe en lo contrario. Lo mismo podría decirse de las retenciones del IRPF, que en España no son precisamente bajas, del 43% en su tramo máximo, casi la mitad del salario bruto anual de un tipo de trabajador muy productivo.

Si el Gobierno termina llevando a cabo la reforma fiscal que ha anunciado, y es muy probable que así sea ya que subir impuestos siempre ha sido de izquierdas, la economía española se va a resentir gravemente y muy probablemente se consiga justo lo contrario de lo que se persigue, es decir, que, tras el saqueo inicial, se recaudará aún menos. La salida de la crisis –si es que se sale– será aún más ardua con una economía ya definitivamente esclerotizada por el gasto público y condenada a bajas tasas de inversión.


Libertad Digital - Editorial

Un Gobierno esquivo

Los máximos responsables del sector de la construcción acudían a convencer a Zapatero de la inviabilidad de afrontar los recortes en obra pública. Pero todo ha quedado en el aire.

LA cancelación por parte de Moncloa de la reunión que el presidente del Gobierno tenía prevista para mañana miércoles con los presidentes de las principales constructoras arroja aún más incertidumbre sobre el rumbo del Ejecutivo socialista en materia económica. Los máximos responsables del sector que hasta el estallido de la crisis fue uno de los principales motores de la actividad económica de este país, acudían a la cita con el propósito de convencer a Zapatero de la inviabilidad de afrontar los recortes en materia de infraestructuras y obra pública porque, de llevarse a cabo, el daño sería tan «tremendo» que no sólo dejaría «inerme» al sector sino que podría sumir al conjunto de la economía española en una recesión de incierto horizonte. Su pretensión era que el Gobierno pusiese en marcha, tal y como ya le habían pedido en julio, un plan de reestructuración similar al puesto en práctica con la Banca. Pero todo eso ha quedado en el aire cuando más necesario era que se aclarasen las decisiones definitivas a tomar; especialmente después de que el propio Zapatero anunciase la semana pasada desde Palma de Mallorca un posible alivio en los recortes y su ministro de Fomento, José Blanco, se descolgase el fin de semana con una suerte de aviso a los españoles de que si queremos disfrutar de unas infraestructuras de primera, tenemos que «homologar» nuestros impuestos con los del resto de los europeos; mensaje que sólo puede interpretarse como la pública renuncia del Ejecutivo a cualquier otro tipo de medida anticrisis que no pase por una subida de la presión fiscal. Esta decisión sería, además de errónea —en el mapa europeo de los tipos máximos del IRPF España ya está por encima de Francia o el Reino Unido, a la par con Alemania, y sólo por debajo de Suecia, Dinamarca y Holanda—, francamente injusta, puesto que tampoco es asumible que la solución a los problemas de las constructoras, o de cualquier otro sector, se derive sobre las espaldas de los trabajadores.

La confusión y el desconcierto siguen presidiendo las decisiones de un Gobierno que la oposición ha calificado muy apropiadamente de «descompuesto» y que retoma el nefasto discurso económico de la era González. La incapacidad de Zapatero para cuadrar las cuentas del Estado y evitar constantes castigos de los mercados a nuestra deuda es más que preocupante y la política de bandazos y globos sonda a la que se ha abandonado, justo lo que menos necesita el país, aun tratándose del mes de agosto.

ABC - Editorial

lunes, 16 de agosto de 2010

Engañabobos. Por César Alonso delos Ríos

El PP ha caído en la trampa de entrar en la polémica sobre las primarias del PSM.

El PP ha caído en la trampa de entrar en la polémica sobre las primarias del PSM. Ha picado en el anzuelo de una polémica engañabobos. Consiste ésta en desplazar los grandes problemas con cuestiones menores. Se deja de hablar de la crisis económica y del paro; se relega el debate sobre los derechos de los niños a estudiar en castellano: se pasa del proceso soberanista de Cataluña y el País Vasco…

Así que mientras discutimos sobre Tomás Gómez y Trinidad Jiménez… el PNV no sólo pide una serie de nuevas transferencias para el País Vasco sino un nuevo modelo de Estado a cambio de su apoyo al Gobierno en los Presupuestos Generales. Mientras hacemos elucubraciones sobre la retirada de Gregorio Peces Barba ante la presentación de Lissavetsky a la Alcaldía de Madrid, aceptamos la respuesta de ZP al Departamento de Estado norteamericano en relación con el informe de este sobre la prohibición del castellano… Mientras el PP se pierde en los debates internos de las agrupaciones socialistas, pasa a segundo plano el debate sobre la reforma laboral.

Algunos esperan que la batalla de las primarias de Madrid afecte a Zapatero como líder nacional y como candidato a la Presidencia. Ingenuos. Se hacen ilusiones con el hecho de que la rebelión de Tomás Gómez sea el comienzo de la pérdida de prestigio del presidente y que eso suponga un adelanto de su derrota en el 2012. Llama la atención que los líderes del PP se agarren a estas cuestiones cuando han tenido y tienen tantas posibilidades de demostrar la vulnerabilidad del Gobierno. Y los hay que confían en que el comienzo de la caída del PSOE se dé en las elecciones autonómicas catalanas. Cifran sus esperanzas en que sea CiU con su victoria sobre el PSC la que marque el comienzo de la derrota del PSOE. En definitiva, se agarran al engañabobos de las primarias en vez de hacer una política sería de oposición.


ABC - Opinión

Libertad religiosa. Córdoba en Manhattan. Por José Carlos Rodríguez

No sé si la construcción de Casa Córdoba será buena o mala para la ciudad de Nueva York, que tanto aprecio. Lo que sí sé es que su prohibición será un paso atrás en las libertades de aquél país y lo acabará siendo también en nuestras libertades.

ESe va a construir una mezquita en la zona cero de Nueva York, un recinto en cuya valla se apuestan los visitantes para dejar el enorme hueco que dejó el atentado islamista de 2001. Es una provocación intolerable y, como tal, no se debe tolerar. Esa es la queja de una mayoría de estadounidenses y de no pocos de los españoles que han visto la noticia. Adórnese como se quiera, con la voz de las víctimas, con artículos de muslimes arrogándose la provocación, con el vaivén de los políticos... Esta queja, esta llamada a que se prohíba la mezquita donde cayeron las torres gemelas, es humanamente comprensible pero no tiene razón suficiente para sostener esa pretensión.

Para empezar, no es una mezquita, sino un centro cultural, y no se construye en la zona cero, sino a dos o tres manzanas de distancia. Si la principal razón para prohibirla es que constituye una provocación, dejemos claras sus circunstancias, porque las circunstancias son las que le otorgan valor. Se erigen mezquitas en muchos sitios y a ninguna de ellas se le da esta carga simbólica. Esta no es una mezquita y no ocupará el terreno del world trade center. Es un centro cultural vecino. Estará destinado a "promover la integración y la tolerancia hacia las diferencias y la cohesión de la comunidad por medio de las artes y la cultura". Claro que podría ser falso, pero si de veras fuera una provocación estaría formalmente dedicado a promover la yihad contra el infiel.


Se le ha sugerido a sus promotores que elijan una ubicación distinta. Dos manzanas, al parecer, no son suficiente distancia. ¿Lo serían cuatro? ¿Cuál es el número de calles suficiente para una provocación tolerable? Es un problema moral harto difícil. Porque la provocación está siempre en el provocado. El que la ejecuta lo hace sabiendo, o no, los razonamientos del ofendido. Debería ser evidente, con sólo plantearse la cuestión, que no podemos conocer las mentes de todos los demás para hacer un cálculo exacto, ni siquiera aproximado, del fine tunning de la provocación. ¿Cuántas indignaciones desata una mezquita y cuántas un centro cultural? ¿Cuántos dejarían de ofenderse con cada calle que se alejase de la zona cero? Una mezquita en el Pentágono, ¿sería mayor motivo de escándalo? Hay una y, por el momento, no ha producido mayor problema.

Mucha derecha está indignada. Pero derecha y liberalismo no son la misma cosa. Es cierto que es en la derecha donde mejor se ha acogido a la libertad, pero no siempre el recibimiento es acogedor, como es evidente. Hay cosas que un buen liberal sabe por instinto, o porque lo ha estudiado, o por cualquier otra razón, pero que no le permitirán traicionarse. Como, por ejemplo, que en cualquier parte del mundo, pero más en los Estados Unidos, debería prevalecer la libertad religiosa. O, más precisamente, que esa libertad, como todas las demás, emana del derecho de propiedad. Y la propiedad del terreno ha decidido vendérsela a los promotores de Casa Córdoba, que así se llama el lugar. Debiera saber que nuestra ignorancia sobre todas las circunstancias que puedan derivarse de un curso de acción u otro nos aconseja que confiemos en el libre ejercicio de cada uno con lo suyo, para que vayamos descubriendo qué es beneficioso y qué no lo es. Y que debiéramos desconfiar de que el poder se arrogue el derecho a prohibir tal o cual acción legítima sólo porque la mayoría de la población le respalde.

No sé si la construcción de Casa Córdoba será buena o mala para la ciudad de Nueva York, que tanto aprecio. Lo que sí sé es que su prohibición será un paso atrás en las libertades de aquél país y lo acabará siendo también en nuestras libertades.


Libertad Digital - Opinión

Ministro, ¿de dónde?. Por José María Carrascal

¿Qué puede esperarse de un gobierno que ha venido dando todo tipo de facilidades a Gibraltar para que alcance su sueño de miembro de pleno derecho en la CE?

INDEPENDIENTEMENTE de los derechos seculares de España sobre Melilla, siento envidia de la actitud marroquí en el contencioso. Ellos creen que la ciudad les pertenece y buscan por todos los medios anexionársela. Sin que haya la menor fisura en su actitud. Rey y pueblo, Gobierno y oposición respaldan esa postura y avanzan sus peones por todas las vías a su alcance, incluidas las ilegales. Podrá tachárseles de transgresores, pero no de antipatriotas.

¡Qué diferencia con nuestra actitud ante Gibraltar! En Gibraltar, quienes vienen transgrediendo la legalidad desde el momento mismo de su ocupación son los ingleses y los gibraltareños. Durante dos siglos y medio, España utilizó todas las armas a su alcance para recuperar la Roca, logrando que la ONU reconociese sus derechos sobre ella. Pero en el último medio siglo no ha hecho más que ceder posiciones, hasta convertirse hoy en la principal defensora de los intereses de los colonialistas, esto es, en enemiga de los suyos, pese a las injurias, escarnios y expolios que continúa sufriendo por parte de aquéllos.

Fíjense en lo que está ocurriendo en La Línea. El alcalde, para compensar las pérdidas que le supuso el bloqueo de la carta económica de 2003, intenta establecer un peaje al paso por la ciudad de los vehículos camino del Peñón. Eso, naturalmente, dañaría la economía gibraltareña, por lo que sus autoridades han puesto el grito en el cielo. Lógico. Lo ilógico es que el Gobierno español les apoye y trate de impedir el peaje. Aunque ¿qué puede esperarse de un Gobierno que ha venido dando todo tipo de facilidades a Gibraltar para que empiece a vivir por su cuenta y alcance su sueño de miembro de pleno derecho en la Comunidad Europea? Un Gobierno que ha reconocido de facto a sus autoridades, al aceptarlas en la mesa de negociaciones sobre la Roca, aunque la ONU sólo señala como interlocutores a Londres y Madrid. Un Gobierno que ha enviado a su ministro de Exteriores en viaje oficial a la colonia y viene cerrado los ojos ante el expansionismo de la misma por tierra, mar y aire, a nuestra costa, naturalmente. Pues ¿saben ustedes qué transportan esos camiones que cruzan La Línea, que el alcalde intenta gravar? Pues no sólo los alimentos que alimentan la colonia, sino también escombros con los que se está ampliando el Peñón hacia el Este, para construir un gran centro turístico en aguas nunca cedidas por España. O sea que están ampliando un Gibraltar no español con tierra y piedras españolas. A veces me pregunto de dónde es ministro de Exteriores Moratinos, de Cuba, de Venezuela, de Marruecos o de España.
Ahora comprenderán mi envidia de Marruecos al respecto.


ABC - Opinión

Impuestos. Juan de Mariana contra Zapatero. Por Gabriel Calzada

Seguir estableciendo nuevos impuestos, como bien explicaba Juan de Mariana, reduciría "poco a poco a la miseria a quienes hasta hace poco eran ricos y felices". "Proceder así", concluía el sabio autor, "sería obrar como un tirano".

Charlatanes, aduladores y tiranos

Hace ahora cuatro siglos España estaba en una situación financiera muy parecida a la actual. Durante la primera década del siglo XVII, Felipe III y el Duque de Lerma expandieron el gasto público y desequilibraron las cuentas incurriendo en un déficit que puso en jaque a toda la economía española. Al igual que ocurrió el pasado mes de mayo, la hacienda pública del hijo de Felipe II entro en quiebra técnica y los españoles sufrieron las consecuencias de las políticas irresponsables y manirrotas de sus gobernantes. Todo igualito que ahora.

A lo que no llegaron nuestros gobernantes hace 400 años es a tener la desfachatez de decirnos que nuestros impuestos "son muy bajos" cuando nuestra renta disponible –a los que por fortuna seguimos disponiendo de ella– a duras penas nos dan para llegar a fin de mes. Pues eso, ni más ni menos, es lo que ha hecho José Blanco este fin de semana y lo que llevan repitiendo Zapatero y Salgado desde el debate del estado de la nación para ir preparando la enésima subida de impuestos. Claro que Felipe III aprendió economía de su preceptor, García de Loaysa, un hombre culto y prudente que dedicó años a la formación de su alumno, mientras Zapatero aprendió en dos tardes de Jordi Sevilla, un preparado economista keynesiano que como todos los de su escuela carece de la más mínima prudencia.


Loaysa explicó a su pupilo que no tenía derecho alguno sobre los bienes y la renta de sus súbditos de tal forma que pudiera tomarlos para él o transferirlos a otros. También le enseñó que si realmente la hacienda real estaba en apuros debía esforzarse en recortar los gastos y si aun así era necesario recaudar más, debía explicar el motivo a la ciudadanía para que esta decidiera voluntariamente si estaba dispuesta a pagar más impuestos o no. Juan de Mariana, quien a su vez aconsejaba a Loaysa sobre los contenidos de las instrucciones al príncipe, añadió que quienes sostienen lo contrario "son los charlatanes y aduladores, que tanto abundan en los palacios."

Zapatero no necesita estar rodeado de charlatanes y aduladores para darnos otra vuelta de tuerca impositiva y sin embargo cuenta con una legión de fieles que nos repiten una y otra vez que si queremos servicios públicos decentes debemos pagar mucho más. Es la misma cantinela de siempre. La verdad es que si queremos mejores servicios públicos lo que necesitamos es recortar el gasto público de modo que el Estado deje de abarcar tantos aspectos de la vida de los ciudadanos y así fomentar que los servicios públicos los desarrolle y los ofrezca la sociedad civil. Esta crisis requiere adelgazar el Estado, como bien explicaba Mariana hace cuatro siglos. Tratar de salir de esta crisis cebando el leviatán conllevaría estrangular las posibilidades futuras de crecimiento de este país y requeriría seguir estableciendo nuevos impuestos que, como bien explicaba Juan de Mariana, irían "reduciendo poco a poco a la miseria a quienes hasta hace poco eran ricos y felices". "Proceder así", concluía el sabio autor, "sería obrar como un tirano, que todo lo mide por su codicia y se arroga todos los poderes".


Libertad Digital - Opinión

El muestrario de ZP. Por Félix Madero

El obsequioso Moratinos, silente. Eso qué es, ¿prudencia, diplomacia o sentido de la oportunidad?

UNA de las habilidades del Gobierno es su amplio muestrario para encontrar soluciones. Cuando yo era niño se prodigaba por los pueblos un hombre vestido con traje oscuro que viajaba en un coche pequeñito que tenía cegadas las ventanillas traseras donde llevaba su mercancía. Era el viajante, una profesión que se ha perdido, pero que conectaba al pueblo con el exterior. No sólo traía un muestrario con las telas a vender, traía noticias, sucedidos. Y si no los tenía, quizá los inventaba, que nadie en aquellos tiempos le iba a contradecir, y la mercancía había que colocarla con decisión y desparpajo. Enfrente de mi casa había tres comercios de telas, y en todos tenía yo paso franco porque sus dueños, Ginés sobre todo, conocían mi afición a quedarme con el canuto de cartón en el que iban, y van, enrolladas las telas. Los ojos de un niño vieron a ese hombre oscuro vendiendo el género con decisión y sabiduría: Es que este color no lo vendo, decía el dueño. Será porque no lo pones en el escaparate, replicaba el viajante. Es que esta tela resulta ordinaria. Será que no has dicho que Lola Flores la gasta. Es que esta otra resulta demasiado moderna. Pero bueno, exclamaba el viajante, di a tus clientas que compren el Hola y verán lo que lleva la hija de Franco. El viajante hacia su faena, se marchaba, y allí quedaba el momio, a ver quién era la guapa que quería ir vestida como en las revistas.

Esto recordaba en estos días veloces de verano cuando el viajante se me ha aparecido con la mismísima cara de Zapatero. No quiero ser irrespetuoso con el presidente que es, quiéralo o no, también el mío, pero menos querría ser descortés con los viajantes, cuyo oficio rememoro en un acto de justicia y modernidad. Vamos a ver: ¿Que cree que el Gobierno de España no es claro con el caprichoso y chocarrero Rey de Marruecos? Entonces es que ignora cómo se hace la política exterior, tan delicada y sutil. ¿Que cree que Moratinos debería estar presente cuando Marruecos provoca a nuestra Policía? Bueno, es que entonces usted no sabe para qué sirve el Rey de España. ¿Que nos quejamos porque vemos al presidente incapaz de decir que Melilla y Ceuta son España, incluso antes de que Marruecos existiera? Pues sale el errabundo Manuel Chaves y dice que estamos confundiendo prudencia con diplomacia.

El problema no es la calidad de la mercancía, la cuestión es que el vendedor y su red de agentes colegiados creen que el dueño del comercio, o sea usted amigo lector, es gilipollas y no distingue el lino del tergal. O sea, la prudencia de la diplomacia. Y el obsequioso Moratinos, silente. Eso qué es, ¿prudencia, diplomacia o sentido de la oportunidad? El viajante de mi infancia inventaba historias mientras salían del muestrario las telas que no quería nadie. Siempre estaba al quite y no descansaba, sobre todo cuando había mercancías que colocar. ¿Han visto a Mohamed VI con qué arte las despacha?


ABC - Opinión

PSOE. Tomás: ¿quién tienes detrás?. Por Emilio Campmany

Parece más probable que alguien, con aspiraciones a suceder a un Zapatero que empieza ya a oler a chamusquina, haya pensado que Tomás Gómez y su victoria en las primarias puede ser un buen estímulo para que ZP prefiera no ser candidato en 2012.

Ya es oficial. Las primarias en el PSOE de Madrid para elegir candidato a la Comunidad Autónoma serán un plebiscito para Zapatero. Quiere esto decir que su futuro como candidato del PSOE en las generales de 2012 depende en buena medida de lo que pase aquí.

El País recuerda este domingo que Madrid siempre ha sido el termómetro de lo que ocurriría en las generales siguientes. En 1979, el PSOE arrebató la capital a la UCD y ganó en 1982 las generales. En 1995, Gallardón se impuso en la comunidad y al año siguiente González sucumbió ante Aznar. Y en 2003, la derrota de Esperanza Aguirre hubiera presagiado la de Rajoy si no fuera porque el tamayazo obligó a repetir unas elecciones que el PSOE ya no fue capaz de ganar. Total, que vencer en Madrid en las autonómicas es tanto como garantizarse hacerlo en España en las generales posteriores.


Ferraz dice que Trini tiene muchas más posibilidades que Tomás y es fácil que sea así si se tiene en cuenta que la primera es mucho más conocida que el segundo y que la sobrina de Jiménez Villarejo estorba menos que el más radical ex alcalde de Parla al electorado del PP. No obstante, a pesar de todas las presiones recibidas, que han tenido que ser muchas y poderosas, Tomás Gómez ha insistido en celebrar primarias y enfrentarse al aparato del partido. Todos los analistas de izquierda coinciden que eso es lo que cabía esperar de su carácter, aunque ninguno se atrevió a adelantar esta actitud numantina cuando se conocieron las primeras presiones, de las que estuvo encargado el "hábil" Manuel Chaves.

A lo mejor es verdad que Tomás Gómez es una especie de don Erre que erre, pero parece más probable que alguien, con aspiraciones a suceder a un Zapatero que empieza ya a oler a chamusquina, haya pensado que Tomás Gómez y su victoria en las primarias puede ser un buen estímulo para que el inquilino de la Moncloa prefiera no ser candidato en 2012.

Al respecto, hay tres posibles responsabilidades a las que atribuir el ardor guerrero de Gómez. La primera es Bono, pero al manchego no se le conocen contactos leales en el PSM y políticamente huele a muerto desde hace meses. La segunda es el supuesto sucesor natural de Zapatero, don José Blanco, pero es tradición inveterada que el número dos no pueda suceder al número uno, como Guerra nunca pudo suceder a González ni Cascos a Aznar. La tercera es el felipismo prisaico, que hoy representa Rubalcaba.

Al principio, esta tercera posibilidad parecía tan improbable como las otras dos al ver a El País acudir a apoyar a Trini cuando ésta bajó a la arena de Madrid. Sin embargo, en muy pocos días, el entusiasmo prisaico se ha enfriado y ahora les da por alabar el arrojo del parleño de adopción, mientras los muy felipistas Sotillos y Peces-Barba se dan con los talones en el trasero para cantar las muchas virtudes del indómito.

De forma que habrá que leer con atención los editoriales que salgan de ca’ Janli para saber si, como empiezo a sospechar, es el conglomerado felipista el que ha insuflado al david Tomás el valor para enfrentarse al goliat Zapatero. Si así fuera, acomódense en sus butacas y hagan acopio de palomitas porque desde que Dino de Laurentis produjo Waterloo no habrán visto una batalla más espectacular.


Libertad Digital - Opinión

Córdoba house. Por Ignacio Camacho

De todos los solares de todas las ciudades de América, la Zona Cero es acaso el más inoportuno para una mezquita.

DE todos los cafés de todas las ciudades del mundo, se quejaba Rick Blaine-Bogart en «Casablanca», Ilsa-Ingrid Bergman había tenido que aparecer precisamente en el suyo para resucitar un viejo dolor enterrado. Algo así ha tenido que decir Barack (Hussein) Obama para rectificar su notable patinazo al defender el derecho de los musulmanes a construir una mezquita en la Zona Cero del 11-S: de todos los solares de todas las ciudades de todos los Estados Unidos, ése es probablemente el más inoportuno porque revive heridas mal cerradas en la conciencia de un pueblo atacado. Presa de un ataque de zapaterismo—síndrome que se manifiesta en decirle a todo el mundo lo que quiere oír—, el presidente americano sucumbió a la tentación de granjearse las simpatías islámicas durante una cena conmemorativa del Ramadán, pero la reacción irritada de sus compatriotas le ha forzado a recular ante una lógica corriente adversa de opinión pública. Al final ha dejado las cosas, acaso un poco tarde, en su justo término: el derecho a levantar mezquitas no se discute en una sociedad abierta, pero quizás en ese sitio no se trate de una buena idea.

Al fondo de toda esta polémica, que nos resulta familiar en un país también golpeado por el fundamentalismo islámico, no late tanto el problema de la tolerancia como el de la reciprocidad. El Estado liberal consagra la libertad de culto y la hace efectiva sin mayores problemas, como prueba la celebración masiva del Ramadán en Europa y América, pero esa pacífica coexistencia no debe enturbiarse con gestos interpretables como provocación innecesaria. La alianza de civilizaciones funciona de hecho en la realidad cotidiana —en España los trabajadores musulmanes gozan incluso del derecho a adaptar su jornada a la práctica del ayuno— sin trabas significativas al ejercicio de la oración ni de la prédica. Se trata de una cuestión asumida con naturalidad en el seno de las sociedades democráticas, que sin embargo no cuenta con un tratamiento recíproco en la mayoría de las naciones islámicas, donde no suelen concederse permisos para erigir iglesias cristianas ni para conmemorar la Navidad o la Semana Santa. Es esa falta de correlato lo que causa recelos y da lugar a sentimientos de agravio.

El debate de Nueva York no por eso un asunto de libertades sino de sensibilidad. Esa Córdoba House —vaya por Dios, el mito andalusí— que algún imán quiere edificar en el lugar donde más duele la tragedia no va a cicatrizar heridas, sino a reabrirlas. Y aunque queda claro que el Islam no es responsable de lo que allí ocurrió, también lo está que el impacto ambiental de una iniciativa así no acerca voluntades sino que las separa. La tolerancia es recíproca o no es tolerancia; el error de Obama sugiere que en caso de susceptibilidad al menos es menester atenerse al sentido común de la coexistencia.


ABC - Opinión

¿Impuestazo el 15 de agosto?

En la agenda del Gobierno para el próximo ejercicio figura señalado en rojo la subida de los impuestos como un instrumento esencial de las políticas de ajuste fiscal. Hasta ahora el Gobierno ha sido más bien opaco a la hora de trasladar detalles sobre el alcance de la propuesta en un intento de contener el debate y diluir en lo posible el desgaste social y político de la iniciativa. José Blanco aportó ayer algunas matizaciones y reflexiones que alteran sustancialmente el discurso oficial mantenido sobre este asunto hasta la fecha. Blanco aseguró que los impuestos españoles son «muy bajos» y apuntó que hay que «homologarlos» a la media de la Unión Europea, con el objetivo de lograr servicios e infraestructuras «de primera». Y planteó una reflexión a los españoles para sostener su juicio: «La pregunta que siempre se tienen que hacer los ciudadanos es si queremos unos servicios públicos de primera o unas infraestructuras de primera, tendremos que tener también impuestos homologables a los de los países europeos». Hasta esta aparición de José Blanco en plena festividad de agosto, el Gobierno había limitado con insistencia el incremento fiscal a las rentas más altas, algo que tras escuchar al ministro hay que dejar como mínimo en suspenso.

Sea o no otro globo sonda de los habituales del Ejecutivo, o sea, otro paso para desbrozar el camino en la liturgia previa a una decisión que evidentemente será impopular, el argumento de José Blanco resulta muy poco convincente y creíble para justificar nuevos impuestos. Lo prioritario en la reforma fiscal que está por llegar es si ayudará a la economía española en su imprescindible recuperación, en definitiva, si incentivará la actividad o no. Hablar de impuestos de primera para infraestructuras y servicios de primera en un país con cuatro millones y medio de parados casi parece una frivolidad y, desde luego, parece poco acertado. Habría también mucho que discutir sobre los juicios de valor del ministro y sobre sus verdades dogmáticas. Decir que los españoles y las empresas pagan muy pocos impuestos, sin entrar a evaluar otros parámetros económicos y circunstancias sociales de este país, es un análisis simplista que únicamente responde a la consabida habilidad política de José Blanco.

Existe una opinión mayoritaria entre los expertos y los servicios de estudios más prestigiosos en que las subidas de impuestos en general, y en épocas de crisis en particular, agostan la actividad y el consumo, y ralentizan la economía. El Gobierno tiene como principal objetivo el de aumentar rápidamente los ingresos públicos para hacer frente a las exigencias de un déficit y una deuda disparados como consecuencia de una falta de austeridad pública irresponsable. En todo caso, las políticas de ajustes impuestas por Europa serán insuficientes para corregir los desequilibrios si Gobierno y comunidades autónomas no cierran el grifo de una vez por todas. El Gobierno se equivocará si apuesta por un impuestazo que retraerá y no alentará el flujo de los capitales. Será otra muesca más en una extensa relación de decisiones erradas.


La Razón - Editorial

Libertad y respeto en la Zona Cero

Es un problema de respeto a las víctimas, no de libertad de establecimiento o de religión.

En parte tapado por muchos otros asuntos de mayor actualidad y urgencia, el debate sobre la construcción de un centro religioso, cultural y comunitario musulmán a pocos metros de la Zona Cero, llamado Casa Córdoba, ha alcanzado la primera plana tras un discurso con motivo del Ramadán en el que Obama entró en el debate reafirmando el derecho de los musulmanes a rezar donde quieran, como no podía ser de otro modo. No obstante, el presidente de los Estados Unidos rebajó al día siguiente las expectativas de quienes defienden la mezquita afirmando que eso no significaba que apoyase su construcción o dejara de hacerlo. Y es esa, en apariencia, pequeña diferencia la que marca un mundo de diferencia.

Cándido Azpiazu, el asesino de Ramón Baglietto, tiene un derecho legal a montar una cristalería enfrente de la casa en la que vive su viuda, Pilar Elías. Pero sólo una sabandija apoyaría semejante decisión. Es un problema de respeto a las víctimas, no de libertad de establecimiento. Del mismo modo, los promotores de la mezquita tienen derecho a construirla al lado de la Zona Cero, derribando para ello un edificio dañado por fragmentos de unos de los aviones del 11-S. Pero no es precisamente una idea que respete la sensibilidad del prójimo ni facilita el objetivo de "tender puentes", que es la razón que públicamente se ha dado para su construcción.


Es por eso que una mayoría de los estadounidenses y los neoyorquinos se opone a la Casa Córdoba. Cerca de un centenar de mezquitas funcionaban antes del 11-S en Manhattan y lo siguieron haciendo después con plena normalidad y sin provocar ninguna protesta. Pero este proyecto en particular ha levantado ampollas entre las víctimas y sus compatriotas. "Nadie que haya vivido la historia del 11-S y sentido el aguijón de la pérdida para nuestro país de aquel día puede creer sinceramente que someter a nuestras familias a más dolor pueda suponer un acto de paz", ha declarado Debra Burlingame, víctima del 11-S, mujer del piloto del avión que estrellaron contra el Pentágono.

Burlingame saltó a la fama como portavoz de la oposición de las víctimas a la construcción de un museo en la Zona Cero, financiado entre otros por George Soros, en el que se "contextualizaba" el ataque con referencias a la política exterior norteamericana y el viejo y falso eslogan progresista de enlazar pobreza y terrorismo. Como la responsabilidad sobre el antiguo emplazamiento de las Torres Gemelas era pública, el gobernador del estado pudo prohibir el museo. No es el caso, y aunque ha habido peticiones de convertir el edificio que se derruirá en un monumento público han fracasado, y con razón, porque no lo es.

Muchos temen que edificar la Casa Córdoba tan cerca de la Zona Cero se convierta en un símbolo para los islamistas, un acicate para seguir con su lucha. Pero es un peligro hipotético, y quizá no muy realista. Sin embargo, lo que sí es una realidad innegable es que para las víctimas esta mezquita supone un sacrilegio que viola el suelo sagrado en el que mataron a los suyos. Y que tienen la sensación de que en Estados Unidos se respeta más el derecho de los musulmanes a rezar donde quieran que el suyo a honrar a sus muertos ahí donde cayeron.

Es probable que las palabras de Obama sobre este asunto no sean más que política de la mala, la de quien dice sin decir y se niega a tomar postura. Pero sirven para recordarnos la gran diferencia entre ley y moral; que no todo lo que está permitido es bueno, y que tener derecho a algo no significa que debamos hacerlo. Si el imán Feisal Abdul Rauf, promotor de Casa Córdoba, logra entender esta diferencia y acepta la oferta de trasladarla, habrá cumplido de verdad con su publicitado objetivo de tender puentes.


Libertad Digital - Editorial

Diplomacia de brazos cruzados

La táctica de huir de los conflictos para negar su existencia no es admisible para los intereses nacionales, aunque este Gobierno la practique con excesiva asiduidad.

EL crecimiento territorial de Gibraltar —sobre aguas de soberanía española— sigue adelante gracias a la pasividad del Gobierno de Rodríguez Zapatero, que parece haber optado por cerrar los ojos ante el problema que sigue representando la colonia británica. Los trabajos que se llevan a cabo en la Roca para la futura ejecución de proyectos urbanísticos generan grandes cantidades de escombros con los que las autoridades de Gibraltar ganan terreno al mar. De esta forma, no solo se siguen vulnerando los términos del Tratado de Utrech sobre los concretos límites territoriales de las cesiones que se hicieron a las autoridades británicas, sino que se consolida un statu quoque fortalece la posición británica y debilita las opciones del Gobierno español en cualquier mesa de negociación. Es evidente que un problema histórico como el del Peñón de Gibraltar no tiene soluciones inmediatas, ni responde a diplomacias improvisadas y sincopadas. Pero sí exigen planteamientos claros y un establecimiento nítido de las prioridades, algo que a todas luces no se ha hecho en las dos legislaturas socialistas.

El criterio británico sobre la colonia está definido y es conocido, pero no se sabe cuál es el del Gobierno español ante la expansión territorial del Peñón. En los conflictos diplomáticos tan importante es hallar una solución como evitar que empeoren; y, en el caso de Gibraltar, no se está consiguiendo una cosa ni otra. A mayor abundamiento, el crecimiento territorial del Peñón a costa de aguas españolas —y con un alto impacto medioambiental en la zona— se mantiene en paralelo a una constante actitud de obstrucción por parte de sus autoridades a las labores de control del tráfico marítimo que lleva a cabo la Guardia Civil. Es decir, la cuestión gibraltareña, lejos de estar estancada, aumenta su dimensión en perjuicio de los intereses españoles. El Gobierno socialista debe establecer una estrategia diplomática que sea coherente con el desafío que supone la evolución de los acontecimientos en el Peñón. La táctica de huir de los conflictos para negar su existencia no es admisible para los intereses nacionales, aunque Zapatero la practique con excesiva asiduidad. El telón de fondo de esta «normalidad» con la que se perjudica a España en Gibraltar —lo mismo que en la frontera de Melilla, con la súbita y planificada campaña de nacionalismo marroquí que está saboteando el tráfico de mercancías hacia la ciudad autónoma— es el empequeñecimiento diplomático de nuestro país y su falta de iniciativas sólidas y estratégicas en sus principales áreas de interés internacional.

ABC - Editorial

domingo, 15 de agosto de 2010

Frivolidad veraniega. Por Germán Yanke

Zapatero inició la legislatura con un Gobierno elegido para que estuviera a gusto y no tanto para desarrollar un proyecto que, como se ha visto, no existía. Se mueven los ministros un tanto mustios, temerosos de decir algo y encontrarse horas después con unas declaraciones del líder que desbaraten lo que les parecía de sentido común. Con alguna excepción, ni tienen conexión con la sociedad ni con el partido al que representan, cada día más diluido y desconcertado. Sin embargo, si su único vínculo serio es haber sido señalados por el dedo del líder, algunos han descubierto este verano una misión tan razonable como imposible: corregir su relato, interpretarle de modo que logre que las cosas no sean aún peores.

Es difícil entender, salvo acudiendo a la irresponsabilidad o a la necesidad psicológica de autojustificar una política que hasta mayo nos llevaba al desastre, que el presidente, de pronto, sin análisis serio, asegurara que se va a corregir el ajuste de gasto en obras públicas. Cuando las consecuencias de anuncio tan «positivo» en el coste de nuestra deuda se iban haciendo palpables, algo previsible para todos salvo para Zapatero, han tenido que ser algunos ministros los que, sin éxito, expliquen que ni va a ser el gasto y que se compensará con otros ahorros hasta ahora desconocidos.

El daño de esta frivolidad del presidente es múltiple. Subraya la improvisación y de falta de convicción en el programa iniciado. Anima la desconfianza sobre lo que pueda hacerse en el futuro y, así, nuestra deuda se ha encarecido. Afianza la sospecha de que el gasto público es moneda de cambio para los apoyos al Gobierno (esta vez los Presupuestos) en vez de la negociación de un plan coherente. Y se aleja de la exigencia europea, que era algo, aunque pese al presidente, bueno para España: el coste de la deuda, que él acaba de incrementar, es más pernicioso para nuestra recuperación que el descenso de la inversión pública. Demasiado daño para que la matización de los ministros sirva de algo.


ABC - Opinión