miércoles, 29 de septiembre de 2010

La huelga bastarda. Por José María Carrascal

¿Quién va a ganar, quién va a perder?, se pregunta todo el mundo. La respuesta es: nadie va a ganar, todos vamos a perder.

GENERALMENTE, las huelgas se hacen contra las empresas. Pero esta huelga se hace contra el Gobierno, lo que la hace especial, por no decir espuria, para no usar el adjetivo de Fernández Toxo, «una putada». Aunque hay en ella un fondo de verdad: en España, el Gobierno, los gobiernos, mejor dicho, pues tenemos de todas clases, son los mayores empresarios en nuestro país. De ellos dependen millones de empleos, aparte de las innumerables subvenciones, subsidios, sinecuras que impiden a nuestra economía tener la flexibilidad y dinamismo que exigen los tiempos modernos y retrasan la recuperación.

La segunda anomalía de esta huelga es que sus protagonistas venían siendo los mejores socios, hasta el punto de compartir objetivos y estrategia. El Gobierno daba a los sindicatos lo que le pedían, y los sindicatos hacían lo que convenía al Gobierno, incluido acosar a la oposición. ¿Recuerdan las manifestaciones abiertamente anti-PP que organizaron? Nada de extraño que el Gobierno «comprenda las razones de los sindicatos» y trate de restablecer el anterior compadreo en cuanto pase el aquelarre de hoy, como ocurre en esas riñas matrimoniales en que ambos cónyuges saben que vendrá la calma tras la tormenta.


¿Por qué, entonces, han armado esta enorme zapatiesta (la palabra me ha salido sin querer)? Pues porque no tenían más remedio que armarla. El Gobierno se ha visto obligado a tomar las medidas de ajuste, no por gusto, sino porque se lo exigían Bruselas y los mercados, poniéndole la pistola en el pecho. Y los sindicatos no han tenido otro remedio que protestar ante los mayores recortes de los derechos de los trabajadores en lo que llevamos de democracia. Es decir, para demostrar que son unos auténticos sindicatos, y no una panda de pancistas que viven al socaire de los presupuestos generales del Estado, o sea, a costa de los demás.

Esa es la tercera anomalía de esta huelga: que sus dos protagonistas, en el fondo, no la quieren, que preferirían no hacerla, que han ido a ella forzados por las circunstancias, porque no les quedaba otra salida. Por lo que están deseando que llegue mañana para ver si reconstruyen su anterior compadreo. Pero las cosas, incluso cuando son falsas, causan efecto, y esta huelga bastarda puede salirles mal a ambos, como ocurre en los duelos a primera sangre o en los partidos amistosos. ¿Quién va a ganar, quién va a perder?, se pregunta todo el mundo. La respuesta es: nadie va a ganar, todos vamos a perder. ¿Cómo puede hacerse una huelga general en la situación en que se encuentra España? Pues precisamente para encontrarse en ella.


ABC - Opinión

Los malayos. Por Alfonso Ussía

El desfile de ingreso en la Audiencia Provincial de Málaga de los procesados en el llamado «caso Malaya» es merecedor de una reflexión. Se oyeron hasta aplausos. La cantante Isabel Pantoja también recibió calor y apoyo, pero no pudo agradecer los detalles porque no estaba convocada al tinglado. Sonrisas y saludos de los acusados. En la sala, eran tantos los encausados que parecían dispuestos a oír una interesante conferencia. Una conferencia aburrida, porque todos aparecen en la fotografía –la portada de LA RAZÓN–, muy serios y concentrados. Reporteros del corazón y del chisme televisivo. Sonrisas coquetas y guiños de complicidad. Y la señora pesada que insistía una y otra vez en preguntar por su estrella favorita: –¿Ha entrado ya Isabel Pantoja?–.

Esa popularidad, ese acceso sonriente de la mayoría de ellos, me recordó una escena de un programa de televisión de esos que va gente horrible a contar extravagancias íntimas con un público dominado por el ayudante del realizador. Ella, la presentadora, se envaró con mucha trascendencia, y anunció lo siguiente. «Hoy tenemos aquí a José Luis Flonflán. (El apellido no corresponde a la realidad). José Luis Flonflán acaba de salir de prisión después de permanecer entre rejas quince años por haber matado a su novia. Está arrepentido de lo que hizo y nos quiere contar su experiencia. Un aplauso para José Luis Flonflán». Y ante mi estupor, entró el asesino Flonflán y fue recibido con una cerrada ovación por parte del público presente.

Que se sepa, estos procesados por el «caso Malaya» no han matado a nadie, pero entre unos y otros se llevaron más de dos mil millones de euros del Ayuntamiento de Marbella. Desde la prudencia que concede la edad, me atrevo a opinar que sobraban las sonrisas y los saludos de más de uno, y los aplausos que la masa curiosa dedicó a algún otro. Alguna encausada, como Marisol Yagüe, ex alcaldesa de Marbella, arribó a la Audiencia Provincial con un generoso escote que dejaba ver un prolongado canalillo interpectoral, de muy difícil admisión en una sala de justicia.

Parecióme que su intención no era otra que poner a cien por hora a los señores jueces y fiscales, los cuales, según tengo entendido, se comportaron con una mesura y distancia dignas de sus cometidos.

Lo único que rompía la estética de los banquillos de acusados –quince filas a razón de ocho asistentes por cada una–, era la presencia de tres policías uniformados que se sentaban en las inmediaciones de Juan Antonio Roca, el presumible cerebro del trinconazo, que miraba al suelo con resignación. Otros se cubrían el rostro con sus manos, mientras las televisivas estiraban el cuello para salir más monas y cobrar posteriormente la exclusiva del juicio.

En la calle, el batiburrillo del pueblo llano. Un batiburrillo sosegadamente enfrentado. Alguien comentó que los que había allí dentro eran una pandilla de ladrones, y voló un bolsazo contra su cabeza. Era la seguidora de Isabel Pantoja, que todavía no se había enterado de nada. Deprimente espectáculo.


La Razón - Opinión

Huelga general. REC. Por Pablo Molina

No estamos dispuestos a que nos amedrenten después de habernos vaciado el bolsillo. Esta huelga ya no tiene solución, pero el documento que hagamos entre todos servirá para acabar con los restos de legitimidad de los sindicatos.

Las condiciones en la España de Zapatero para organizarle una huelga general no podrían ser más favorables si no fuera por la escasa credibilidad de los convocantes. En otras situaciones menos duras para los trabajadores, las huelgas generales convocadas por UGT y CCOO fueron un éxito de crítica y de público, como en 1988 y, más aún, en 1992, con una situación económica, social y política mucho más decente de la actual. Sin embargo, las perspectivas de éxito de la convocatoria lanzada por Méndez y Toxo no permiten aventurar que ésta vaya a ser el éxito rutilante que los sindicatos prometen a quien quiera escucharle.

Esta certeza anticipada de que la huelga puede ser un fracaso es lo que va a hacer que los piquetes sindicales aumenten sus coacciones tanto en número como en intensidad. En Canarias, Comisiones Obreras ya ha advertido a los padres que no lleven a los niños al colegio por lo que les pudiera pasar, algo que no había ocurrido hasta ahora o al menos no con tanta desfachatez. Esta preocupación por la integridad física de nuestros hijos se extiende a otras regiones como corresponde a una consigna general que los sindicatos imponen a sus liberados. En el colegio de mi hija pequeña, que está en la península, los profesores han dicho que llevemos a los niños a clase, salvo que algún piquete nos "informe" a las puertas del colegio de que es desaconsejable para la salud infantil convertir a los pequeños en esquiroles involuntarios. Si tuviéramos la certeza de habrá allí un pelotón de policías dispuesto a reducir y meter en un calabozo a los que profieran tales amenazas, el problema sería menor, pero como los sindicatos ya han declarado que las garantías constitucionales quedan suspendidas este miércoles, igual muchos padres opinan que es mejor no correr el riesgo de que su hijo vuelva a casa traumatizado por esta lección práctica de Educación para la Ciudadanía.

Cuando una organización paraestatal se apropia de las calles y el Gobierno se inhibe en la defensa de los derechos constitucionales por identidad ideológica con los organizadores de la algarada, los ciudadanos que queremos ser libres sólo podemos denunciar las agresiones de que seamos objeto. No a Zapatero, claro, sino a la sociedad entera y a la opinión pública del resto del mundo.

Por eso es necesario grabar, fotografiar y recoger por cualquier medio posible las conductas de los agitadores y la ausencia de respuesta del gobierno y hacerlas públicas a través de medios de comunicación como esta casa. No estamos dispuestos a que nos amedrenten después de habernos vaciado el bolsillo. Esta huelga general ya no tiene solución, pero el documento que hagamos entre todos servirá para acabar con los restos de legitimidad de unas organizaciones que han hecho del expolio y la coacción los únicos medios para seguir viviendo a nuestra costa. Dejemos esta noche todas las cámaras digitales y los móviles de casa cargando baterías. Mañana van a tener trabajo.


Libertad digital - Opinión

Reivindicación de Solana. Por M. Martín Ferrand

Las improvisaciones no funcionan y cuando lo hacen terminan volviéndose en contra del improvisador.

DE cuando en cuando, siempre con gran oportunidad, Felipe González se sacude el polvo del olvido y vuelve a la actualidad con el brillo que le es propio y le sirve de pedestal. Ya no suele hacerlo en primera persona. Sus presencias son las de un patriarca que, consciente de su no disminuida influencia, pastorea y recoloca a sus discípulos. Este pasado lunes, González se les apareció a los alumnos de un curso de una escuela de negocios, Esade, y, tras recordarles que Europa, España incluida, lleva quince años sin enfrentarse a problemas estructurales —casualmente, los años de su ausencia de La Moncloa—, anunció una nueva crisis financiera que ya infla una nueva burbuja. Junto a él estaban Jordi Pujol, que ya es una parodia de sí mismo, y Javier Solana, quien, después de haber sido varias veces ministro con el propio González, secretario general de la OTAN durante un quinquenio y responsable de la diplomacia de la UE toda una década, no parece cansado y se le ve pletórico y con ganas de futuro.

Puesto en campaña, González acudió anoche a la Biblioteca Nacional para, en vísperas de una Huelga General, presentar el libro que Javier Solana le ha dictado a Lluis Bassets, director adjunto de El País, un diario nada neutral en lo que al felipismo y su compaña respecta. Estamos, como dice el ex presidente del Gobierno, en una «fantástica crisis de liderazgo» que, cabe suponer, no excluye a España y a sus líderes en presencia. De ahí el valor que adquiere que, con el pretexto de un libro —casualmente, «Reivindicación de la política»—, se organice una procesión laica para recordarnos que el PSOE, esa incoherencia en la que está instalado José Luis Rodríguez Zapatero y en la que Leire Pajín confunde pequeñez con juventud, tiene «santos» de mayor envergadura y potencialidad de futuro.

Dado que los espejismos son cosa del desierto, no cabe entender como tal la súbita y oportuna reaparición de González como avalista y presentador de Javier Solana. En la política, cuando una presencia resulta brillante es porque está preparada, calculada en fondo y forma. Las improvisaciones, la gran especialidad de Zapatero, no funcionan y cuando excepcionalmente lo hacen terminan volviéndose en contra del improvisador a quien cualquier circunstancia, tal que una huelga como la de hoy, le deja con las vergüenzas al descubierto. Tanto, que si la huelga es un éxito será su fracaso como presidente del Ejecutivo y si resulta un fracaso tendrá que apuntárselo como secretario general del PSOE y director espiritual de UGT, o de lo que queda de ella. Porque, eso sí, donde Zapatero pisa no vuelve a crecer la hierba.


ABC - Opinión

Macrojuicio. Malaya. Por José García Domínguez

Los mismos que le picaban las palmas al Julián devendrán implacables calvinos y savonarolas ansiosos de ejemplares, feroces penas. Sonará más fuerte que el trueno el compungido rasgar de vestiduras entre las autoridades.

Por fin, se estrena el reality más esperado por la audiencia, ese Nuremberg de la telebasura que promete ser el juicio al maromo de la Pantoja; la gorda de la liposucción, una Yagüe, creo recordar; su pareja artística, Isabel García Marcos, La Rubia del PSOE; y el Gengis Kan del cemento armado, ese Juan Antonio Roca de la turbia estampa. Amén de otros noventa y un secundarios, propios, figurantes, choris, julays, barraganas y ganapanes de la gran cueva de Alí-Babá donde reinaba, soberano absoluto, Gil y Gil. Aquel atrabiliario don Jesús al que la España institucional, empezando por su máxima magistratura, le riera las gracias hasta el instante mismo en que desapareció tras una muy oportuna lápida de mármol de Carrara.

El Excelentísimo Ayuntamiento de Marbella, la joya de la corona de la cleptocracia del ladrillo durante los años dorados de vino y rosas. La hoguera de las vanidades celtíbera, cuando se forjó algo aún mucho más ruin que la tangentópolis que anidaría en las concejalías de urbanismo de media España al tiempo que se hinchaba la burbuja. Me refiero, huelga decirlo, a la corrupción moral de una sociedad que, sabiendo de ella, la toleró de grado hasta que el hedor termino por hacerse irrespirable. Y ahora toca la segunda parte del espectáculo, la de los autos de fe siempre tan caros a la afición. Así, los mismos que le picaban las palmas al Julián devendrán implacables calvinos y savonarolas ansiosos de ejemplares, feroces penas. Sonará más fuerte que el trueno el compungido rasgar de vestiduras entre las autoridades.

Y, a modo de clímax final, habrán de ser incinerados en la pira de la opinión pública los cuatro membrillos de turno. Como suele, al teatral modo, la pobre fibra ética de esta vieja nación a la deriva se retratará desnuda ante sí misma. Un año dicen los avisados que puede durar la vista. Dispongámonos, entonces, a contemplar un interminable desfile de atildados horteras por la pasarela del Código Penal. Una penitencia, la de la zafiedad, que suele acompañarse de un inopinado sesgo escatológico. De ahí, por cierto la predilección del tal Roca por convertir en testigos mudos de sus deposiciones en el váter a muy originales lienzos de Picasso. Atentos, pues. La función va a comenzar


Libertad Digital - Opinión

Huelga autista. Por Ignacio Camacho

Los únicos que se juegan algo en esta huelga son sus convocantes, sometidos a un desgaste social que se han ganado solo.

SI usted está leyendo este artículo en papel podrá decirse sin mucha osadía que la huelga general ha fracasado. Habrán abierto los quioscos, funcionado mal que bien los transportes y usted habrá podido comprar el periódico camino de su trabajo en un día de relativa normalidad. Si por el contrario no tiene otro modo de leerlo que en internet puede que los sindicatos hayan tenido un éxito razonable, que el país esté medio paralizado y que la convocatoria haya gozado de un eco significativo. Sucede que tanto en un caso como en otro nada va a cambiar, nada debe cambiar. Y que mañana todo seguirá más o menos como estaba… salvo que Zapatero vuelva a dar una improbable voltereta de su estilo.

Los únicos que se juegan algo serio en esta huelga son sus convocantes, sometidos a un desgaste social que se han ganado a pulso. Primero con su apalancamiento en los privilegios de la concertación social, con su dislate de liberados y sus prebendas de cursos de formación, con sus subvenciones millonarias, con su transformación en una casta blindada al margen de los avatares laborales de sus representados. Después, con su pacto con el Gobierno zapaterista, origen de una política de gasto que situó las finanzas del Estado al borde de la quiebra; cubrieron y respaldaron los errores del poder público en medio de una crisis que devastaba el tejido social sin que ellos levantasen la voz y actuaron como fuerza de protección de un Ejecutivo a la deriva. Por último, cuando Zapatero se vio obligado a rectificar bajo la presión de los socios internacionales que financian nuestra deuda, escenificaron un drama de amantes traicionados que ha desembocado en esta huelga más dirigida a salvar su propia reputación que a rectificar unas medidas imprescindibles para sostener la solvencia española.


La jornada de hoy es un órdago autista en el que los sindicatos sólo se desafían en realidad a sí mismos. La soledad política del zapaterismo encoge el ímpetu sindical porque las centrales temen desanudar los lazos con su único aliado cercano, que a su vez no desea el fracaso de sus más próximos parientes ideológicos. Ésta es una huelga llena de mala conciencia mutua, y esa sensación es tan transparente que ha motivado en las vísperas una patente indolencia ciudadana. No existe riesgo de ruptura; si acaso, de que el Gobierno encuentre un pretexto para aflojar un poco su reciente ímpetu reformista. De todos los grandes paros de la democracia el de hoy es el menos enérgico en sus motivaciones, al margen de cuál sea el resultado; al final, una huelga se decide en los transportes colectivos, y si éstos alcanzan un nivel de colapso importante la gente desiste de ir a trabajar aunque pretenda hacerlo.

Pero mañana, si el presidente cumple su palabra, todo seguirá igual. Y si no la cumple, los sindicatos podrán sacar pecho pero el país deberá contener el aliento porque volveremos al riesgo de bancarrota.


ABC - Opinión

Lecciones de «Malaya»

El «caso Malaya» es el paradigma de un mal engendrado en el sustrato del poder local y autonómico durante los últimos años. El urbanismo ha sido el origen de prácticamente todos los episodios de corrupción política descubiertos. Las respuestas de las administraciones y de la Justicia, con el objetivo de trabar la discrecionalidad de los ayuntamientos en los procesos de recalificación y de agudizar los mecanismos de intervención y de supervisión, han permitido aflorar escándalos que han salpicado a gobiernos municipales de todos los colores políticos. Aunque está por dilucidarse si los casos conocidos son los que son o cubren una realidad más preocupante, se han logrado resultados en la lucha contra una lacra que mina la respetabilidad del sistema. Como la mayor causa por corrupción municipal de la historia de España, con 95 procesados, «Malaya» es una prueba y una oportunidad para el Estado de Derecho. Una prueba para demostrar su capacidad ante una instrucción y un proceso de importantes magnitudes y una oportunidad para enviar un mensaje de tolerancia cero con la corrupción, para probar que quien la hace la paga en democracia. «Malaya» tiene claros y oscuros de los que conviene tomar nota. Hay que felicitarse de que los sistemas de control sacaran a la luz la trama que se enriquecía a la sombra del Ayuntamiento de Marbella y a costa de sus vecinos. Que no queden impunes presuntos delitos de blanqueo, malversación de fondos públicos, cohecho y prevaricación es algo positivo. Pero también es obligado reseñar, como un elemento nocivo, la incapacidad del sistema para detectar las irregularidades en su génesis, lo que permitió que la corrupción parasitara las estructuras políticas. Resulta inexplicable que en este proceso las responsabilidades de la Junta de Andalucía no hayan sido depuradas. Por acción u omisión, por connivencia o negligencia, el Gobierno socialista andaluz permitió el atropello económico de Marbella sin mover un dedo. Que se articulen blindajes o impunidades sobre administraciones competentes perjudica la credibilidad del proceso. Otra de las lecciones que nos deja el caso es la consecuencia de ese mal endémico que padece nuestra Justicia. Casi cinco años para sentar en el banquillo a los supuestos responsables de la trama es una rémora y una razón para reflexionar sobre la capacidad de nuestra democracia de actuar con contundencia, pero también con diligencia, a la hora de sustanciar comportamientos que provocan alarma social. Cabe recordar, por ejemplo, que Estados Unidos juzgó y condenó al financiero Bernard Madoff, autor de una de las mayores estafas en la historia, en sólo unos meses. Queda mucho terreno por recorrer y mucho por mejorar en esa carrera por la transparencia en la gestión pública y en el deber de los administradores por desterrar a quienes han llegado para servirse del poder y no para servir al bien común. Hay que aprender de los errores y, desde la confianza absoluta en el trabajo de la Justicia y de las Fuerzas de Seguridad, renovar y profundizar sin descanso los filtros de supervisión con el propósito de que unos pocos no manchen la imagen de esa mayoría de los servidores públicos honrados.

La Razón - Editorial

No ceder a la amenaza sindical

Si las amenazas de los sindicatos no deberían de amedrentar a ningún trabajador, menos aun lo deberían de conseguir sus engaños de última hora para capitalizar en favor de la huelga el extendido malestar que justificadamente provoca este Gobierno.

En vísperas de la huelga general, y ante el escaso respaldo ciudadano que le pronostican las encuestas, los sindicatos no han dudado en hacer cada vez más explícitas sus amenazas contra los trabajadores que no la secunden. Así, circulares como la de CCOO, en la que se "aconseja" a los trabajadores del aeropuerto de Barajas "no poner en peligro vuestra integridad física", o advertencias como la que el secretario de la Federación de Servicios de ese mismo sindicato, Pedro Moreno, ha hecho desde Canarias a los padres de alumnos para no ponerlos en "grave riesgo" al enviarlos al colegio, son sólo algunas pocas muestras del estilo mafioso al que recurren estos supuestos representantes de los trabajadores.

Incluso el secretario general de UGT, Cándido Méndez, aunque haya querido velar sus amenazas con un retórico "acatamiento" de la ley y los servicios mínimos, las ha dejado de manifiesto al advertir de que "cualquier cosa que pueda ocurrir" será responsabilidad de quien ha impuesto unos "servicios mínimos abusivos" para "cercenar el derecho a la huelga". Vamos, que no se responsabiliza de aquello que ya empieza por justificar.


Por mucho que los sindicatos traten de hacer de la amenaza directa, de la violencia de sus piquetes informativos, del pegamento y la masilla y del no menos violento corte de los transportes, sus principales instrumentos para conseguir que los trabajadores secunden la huelga, no queremos dejar tampoco sin comentario sus críticas de última hora contra el Gobierno al que, en realidad, no quieren desgastar y al que tanta complicidad han ofrecido mientras era el desempleo, y no la huelga, el que dejaba sin trabajar indefinidamente a millones de ciudadanos.

Si las amenazas de los sindicatos no deberían amedrentar a ningún trabajador, menos aun lo deberían conseguir sus engaños de última hora para capitalizar en favor de la huelga el extendido malestar que justificadamente provoca este Gobierno. Recordemos que UGT y CCOO no han hecho más que ir de la mano de Zapatero, negando primero la realidad de la crisis y proponiendo después "soluciones" destinadas a conservar el statu quo mediante el irresponsable incremento del gasto público, del déficit y del endeudamiento. Incluso ahora, cuando el Gobierno se ha dispuesto a llevar a cabo tímidas e insuficientes reformas, más por necesidad que por convicción, los sindicatos no han querido centrar en el Ejecutivo de Zapatero su malestar sino que han arremetido contra los empresarios o contra la oposición, tal y como tan elocuentemente han dejado de manifiesto en sus casposos y burdos videos de protesta.

Finalmente, a todos aquellos trabajadores que consideren que la huelga general es, en el mejor de los casos, una forma equivocada de expresar el rechazo al Gobierno, cuando no una forma de encubrir la complicidad y la responsabilidad sindical, les pedimos que no se dejen amedrentar ni por la violencia ni por las amenazas, sino que las denuncien, grabando y fotografiando allí donde se manifiesten. Hay muchas cosas que se pueden hacer para que los españoles salgamos adelante. Ninguna de ellas consiste en dejar de trabajar.


Libertad Digital - Opinión

Libertad frente a la coacción

Cualquier incumplimiento de los servicios mínimos será una vulneración de la legalidad y todo acto de coacción debe encontrar respuesta policial.

LOS sindicatos convocantes de la huelga general prevista para hoy han depositado su éxito en la paralización casi absoluta de los transportes públicos. Sin movilidad garantizada, los sindicatos confían en que se multiplicará la dimensión de un paro cuyas cifras se inflarán por la inasistencia forzosa de millones de ciudadanos. Los servicios mínimos graciosamente pactados por el Gobierno con las organizaciones sindicales no van a ser suficientes para que impere la libertad de los trabajadores que quieran trabajar o sumarse al paro. Por eso, los sindicatos han convertido al gobierno de la Comunidad de Madrid en el objetivo de la jornada de hoy, tras anunciar que no garantizarán los servicios mínimos decretados por el Ejecutivo de Esperanza Aguirre. En una Comunidad como la madrileña los transportes públicos son esenciales para el desplazamiento de los trabajadores. El Ministerio del Interior está avisado de esta advertencia de los sindicatos, cuyo significado, después de décadas de experiencia sobre los «piquetes informativos», no es otro que la amenaza de emplear la intimidación y la violencia para impedir, pura y simplemente, que los madrileños tengan libertad para moverse y trabajar. No cabe duda de que el Gobierno ve con agrado que los sindicatos hayan intercalado al PP, a través del ejecutivo madrileño, como adversario de la huelga. No en vano Zapatero está adulando a las organizaciones sindicales con nuevas ofertas de diálogo social. Es una nueva manifestación de este consenso que sindicatos de izquierda y Gobierno socialista mantienen, unas veces tácito y otras explícito, para acotar sus acuerdos y desacuerdos dentro de unos límites aceptables de compadreo.

Cualquier incumplimiento de los servicios mínimos fijados por la Comunidad de Madrid será una vulneración de la legalidad y todo acto de coacción contra los trabajadores que acudan a sus puestos de trabajo debe encontrar la respuesta contundente y proporcionada de las Fuerzas de Seguridad del Estado. Resulta inaceptable en el siglo XXI, en una democracia moderna y avanzada, basada en un Estado social y de Derecho, que las protestas laborales aún tengan expresiones de violencia e intimidación. El matonismo sindical no tiene legitimidad alguna en una sociedad que reclama en todos los ámbitos la aplicación de la ley, el respeto a los derechos y las libertades fundamentales y la solución pacífica de los conflictos.


ABC - Editorial

martes, 28 de septiembre de 2010

Los trabajadores, entre el poder sindical y el adquisitivo. Por Antonio Casado

Ya lo dijo El Roto en un alarde de lucidez. El verdadero poder es el adquisitivo. Ni el Ejecutivo ni el Legislativo. Y mucho menos el Sindical, que mañana se pone a prueba reclamando a los trabajadores la renuncia al salario de la jornada. Como se sabe, se les descuenta a los huelguistas.

Hay muchos que no se lo pueden permitir. Y bastantes más que no quieren. Malos tiempos para pedir sacrificios a quienes aún disfrutan de un puesto de trabajo. Ya ocurrió con la huelga de funcionarios del pasado 8 de junio. Y puede ocurrir de nuevo mañana si el esforzado precalentamiento liderado por Cándido Méndez y Fernández Toxo, como parece, no cala entre los trabajadores. De los cuatro millones de parados, o los autónomos, a los que, al menos formalmente, no representan los sindicatos, mejor no hablar.

En aquella movilización, la de los funcionarios, fue notoria la falta de sintonía entre los sindicatos y trabajadores de la función pública. Justamente en un estamento laboral donde la tasa de afiliación sindical es prácticamente el doble que en el resto de la población trabajadora. Si aquello fue un campo de pruebas, no me extraña que algunos analistas afirmen que la huelga general de mañana sólo conduce a la melancolía. Por la escasa disposición de los trabajadores a secundarla. Y por la ausencia de objetivos concretos, más allá de exigir al Gobierno una rectificación y “otros caminos para salir de la crisis”.


Si al menos hablasen de objetivos políticos habría coherencia con las dos causas fundamentales esgrimidas para la convocatoria: la reforma del mercado de trabajo y los planes de ajuste. Ambas decisiones son eminentemente políticas. Y las dos se aprobaron en el Parlamento, donde el Gobierno se la jugó en aras de la salud económica de un país entrampado hasta las cejas.


Ahora se la juegan los Sindicatos. No acaban de percibir los trabajadores que la huelga general sea la mejor palanca de cambio que rectifique el rumbo del Gobierno. Y si de esa falta de motivación se deriva mañana el divorcio entre convocantes y convocados, podemos estar en vísperas de la catarsis que necesitan los Sindicatos para afrontar su modernización. Ese sí sería un efecto saludable de la huelga y un buen servicio a la sociedad.

Estamos en la cuenta atrás. Lo que ocurra en Madrid puede determinar el balance de la jornada. El Gobierno de Esperanza Aguirre ha impuesto unos servicios mínimos considerados abusivos por los sindicatos. Estos ya han anunciado que se preparan para incumplirlos. Sobre todo en los transportes. Una fuente de conflictos. Ya no hacen falta, como antaño, la visitas de los llamados “piquetes informativos” a los tajos para convencer a los indiferentes. Si los sindicatos consiguen que los trabajadores y los ciudadanos en general tengan dificultades para moverse, la apariencia de éxito compensará la sensación de fracaso. En el recuento de huelguistas no se distinguirán los que no fueron a trabajar porque no quisieron de los que no fueron a trabajar porque no pudieron.


El confidencial - Opinión

La fe de Don Mariano. Por Hermann Tertsch

Zapatero y su Fouché siempre se han equivocado. Mintiéndonos a todos, incluido don Mariano.

MARIANO Rajoy dice que se considera bien informado por el Gobierno en materia antiterrorista. Y está convencido de que el Gobierno socialista no está negociando en estos momentos con la banda terrorista. Nos alegra mucho saber que don Mariano está tan tranquilo. Otros, que por naturaleza somos más retorcidos y aviesos, no lo vemos todo con su envidiable placidez. Y tenemos algo más que una mosca detrás de la oreja, como le pasa a Jaime Mayor. Comprendemos que el líder del PP crea que lo está haciendo muy bien todo. Las encuestas no dejan lugar a dudas. Algunas le dan ya trece puntos de ventaja al PP sobre el PSOE. Lo que comienza a ser una diferencia lógica entre oposición y Gobierno a la vista de que pintan bastos y de que el Partido Socialista se ha convertido en un divertimento de la descomposición y el desatino. Pero nos permitirá el líder de la oposición que le importunemos en su plácida pedalada hacia La Moncloa para advertirle. En la valoración e identificación de los peligros que emanan de Zapatero y su tropa, los cínicos, malpensados y descreídos hemos demostrado sobradamente nuestra superioridad sobre las buenas gentes, la gente de buena fe y la bendita ingenuidad. Modestia aparte, nuestros aciertos nos avalan. Lo hacemos constar, sin alegría. Mucho nos tememos que le están engañando. Y nos negamos a pensar que a él no le parece ni bien ni mal que así sea. Porque sería realmente suicida y nada nos parece menos propio de un amante de la vida como nuestro fumador de habanos. La acumulación de indicios de que estamos plenamente inmersos en la reactivación de las negociaciones del Gobierno con ETA es ya tan grande —y crece con tanta celeridad—, que don Mariano debería tomarse la molestia de ponerlos en orden. Y sopesar la posibilidad de que también en esta ocasión le estén mintiendo el presidente del Gobierno y su Alfredo Fouché. Porque lo mismo cree el líder de la oposición que por el hecho de aventajar tanto a los socialistas en las encuestas, estos dos hombres de dios le van a respetar ahora más que antes y más que a los demás. Tanto como para decirle una verdad. Eso sí que sería un grave pecado de vanidad. Puede parecer una falta de tacto recomendarle que se lea bien una intervención que tuvo hace unos días en Sevilla Jaime Mayor Oreja. En ella describe muy bien todo este proceso en marcha, con la secuencia de comunicados de ETA, la lenta pero inexorable entrada en escena de los mediadores internacionales, la manida pero eficaz externalización de ETA de la izquierda abertzalecomo interlocutor, el aumento de privilegios para los presos y la coordinación con el PNV. Esto no va a pasar, don Mariano. Ya está pasando. Ya sabemos que don Jaime es un aguafiestas que irrita tanto en Génova como en Ferraz y Moncloa. Pero también es cierto que Mayor Oreja siempre ha acertado. Con la verdad. Y Zapatero y su Fouché siempre se han equivocado. Mintiéndonos a todos, incluido don Mariano.

ABC - Opinión

La huelga del 29-S y esa rastrera moral de la izquierda. Por Federico Quevedo

Yo he visto a Cándido Méndez comiendo en el Villamagna. Y no una, sino al menos tres veces. Hará dos años cerraron el hotel por reforma y desde que lo han reabierto nadie ha vuelto a invitarme a comer allí, luego no puedo asegurar que Méndez haya seguido acudiendo, pero doy fe de que iba. ¿Es esto importante? No debería, pero el hombre ha puesto tanto empeño en desmentir su presencia a la hora del almuerzo en restaurantes caros que, dado que es evidente que sufre algún tipo de amnesia temporal o pasajera -probablemente producto del estrés por la jornada de huelga general de mañana miércoles-, es de bien nacidos recordárselo para ayudarle a recuperar la memoria perdida. Seguramente si preguntan ustedes a algunos de mis compañeros de los que habitualmente cubren la información sociolaboral, les darán cuenta también de otros tantos restaurantes de los caros a los que acude con cierta asiduidad el líder de UGT. Pero, insisto, ¿es esto importante? No debería de serlo: estamos en un país aparentemente libre, en una sociedad desarrollada en pleno siglo XXI y no tendría porqué sorprendernos que alguien con un sueldo que ya les gustaría a muchos se permita ciertos lujos. ¿Por qué este asunto suscita un debate intenso entonces? Pues por algo que ya expuse tal día como hoy la semana pasada y que me costó toda clase de insultos, improperios y amenazas, pero que voy a seguir denunciando (me cueste lo que me cueste) a pesar de los enemigos de la libertad de expresión: la doble y rastrera moral de la izquierda.

Es bien simple, y ustedes que son personas inteligentes habrán percibido sin duda alguna el sentido de mi crítica: no se puede ir por la vida presumiendo de ser la Madre Teresa de Calcuta, y después comportarse como un George Soros cualquiera. Dicho de otro modo, cuando todavía, en pleno siglo XXI, se mantiene vivo un lenguaje revolucionario, se echa la culpa al ‘capital’ de todos los males de la humanidad, se continúa demonizando al empresario y se considera la globalización como el infierno en la tierra, no cabe rendirse a los encantos del salvaje capitalismo y pretender encima el aplauso general. Da igual que se trate de unos trajes pret a porter que de comer en El Bulli, es un problema de actitud y de doble moral: si se va por la vida dando lecciones hay que ser el primero en cumplirlas. Y la izquierda tiene demasiada costumbre de dar lecciones, de repartir certificados de demócratas, de progresistas, etcétera, etcétera, y luego a la hora de la verdad resulta que los mismos que sellan esos certificados son los que atentan contra la libertad de expresión de los demás, son los que se rasgan las vestiduras a la menor crítica y vierten toda clase de improperios cuando se les descubre la trampa y la farsa sobre la que han montado su opulenta existencia. Pero se les ha visto el plumero: es tan evidente que toda esa prédica que trata de convencernos de su compromiso con los más débiles, con los que han perdido su trabajo y hoy engrosan las filas de los desencantados del socialismo, es pura fachada de cartón-piedra, más falsa de que una moneda de juguete, que resulta lógico el sentir mayoritario de los trabajadores de este país absolutamente reacios a secundar mañana la convocatoria de huelga general.

De ahí que el propio Gobierno de Rodríguez haya tenido que acudir en auxilio de las centrales sindicales, de Méndez y de Toxo, para garantizarles un éxito suficiente en el paro gracias a unos servicios mínimos que son una auténtica coña marinera, porque lejos de garantizar el derecho de los ciudadanos a acudir a su puesto de trabajo, lo que hacen es obstaculizarlo de manera consciente. Mañana, entre el Ejecutivo y los sindicatos se han propuesto que pare el suficiente porcentaje de trabajadores como para poder decir que la huelga les ha salido bien a UGT y a CCOO, pero tampoco mal al Gobierno, y así todos contentos y pasado mañana vuelta a los abrazos y las palmaditas en la espalda. ¡Pandilla de hipócritas! ¡Malditos bastardos! Esto es un engaño con todas las de la ley, un engaño a las clases más desfavorecidas, a los desempleados, a los pensionistas, a los mileuristas, a los inmigrantes, a los marginados sociales, a los dependientes y a todos aquellos que por culpa de la crisis se han visto obligados a rebajarse a niveles a los que nunca hubieran sospechado que iban a llegar: pedir en la calle, acudir a los comedores sociales, recoger ropa de las parroquias… Y todo esto aplaudido y avalado por una corte de plumíferos de pacotilla, de viles servidores del peor de los estalinismos, de tipos a los que se les debería caer la cara de vergüenza cuando se permiten encima el lujo de censurarnos a los demás nuestro derecho a la crítica.

Si hay una huelga general que nadie debería secundar es la de mañana, porque no hacerlo es más que una respuesta a los sindicatos y a su complacencia y servilismo con un Gobierno de inútiles que nos ha llevado a esta situación con el concurso de las propias centrales y su entusiasta colaboración. Es una respuesta a toda la izquierda, es una manera de decirles a estos progres sin vergüenza que nosotros lo que queremos es trabajo, trabajo y trabajo, y vivir en paz sin que nadie nos enfrente y nos divida, y poder elegir libremente lo que queremos y lo que no sin que nadie nos diga lo que tenemos y lo que podemos hacer, y que estamos hartos de ese chollo moral del que abusan para darnos lecciones a los demás y del chollo económico en el que se han instalado a costa de nuestros impuestos y que les permite vivir como los ricos a los que luego odian. Ya sé que decir esto me va a costar la reacción violenta de algunos, pero es evidente que el ejercicio de esta profesión se ha visto ensuciado y mancillado por la intrusión de gente que se dicen periodistas, pero que a la vista de lo que hacen y lo que cobran por hacerlo habría que decir que lejos de ejercer el periodismo ejercen otra profesión que también empieza por ‘p’. Pero hay que decir basta ya a ese permanente abuso de su supuesta superioridad moral, y mañana podemos hacerlo dándoles una patada en el culo de la huelga. Yo, al menos, se la voy a dar y bien gorda.


El Confidencial - Opinión

Conjuras contra ZP. Maniobras orquestales en la oscuridad. Por José García Domínguez

Brillan navajas cainitas tras las sonrisas de terciopelo y en la sinfonía del fuego amigo ya no crepitan, ¡ay!, inocuas balas de fogueo. Quién sabe, acaso algo haya de verdad en todos esos chismorreos de asonadas palaciegas.

Algo huele a podrido y no precisamente en Dinamarca. ¿Cómo entender que, a cuarenta y ocho horas de una huelga general, emerjan de esa fosa séptica que es la trastienda del felipismo las calaveras atormentadas de Lasa y Zabala? ¿O quizá hemos de admitir que el azar, siempre caprichoso, quiere verter un tonel de cal viva en la presentación de la hagiografía de Javier Solana, eterna esperanza blanca de Prisa y la vieja guardia? Brillan navajas cainitas tras las sonrisas de terciopelo y en la sinfonía del fuego amigo ya no crepitan, ¡ay!, inocuas balas de fogueo. Quién sabe, acaso algo haya de verdad en todos esos chismorreos de asonadas palaciegas.

Tal vez vayan a por él, a por Zapatero. Y de ahí, vomitiva, la halitosis moral de Amedo, Barrionuevo o Benegas, el hedor insufrible de la zahúrda de Mister X, ahora desprecintada desde el poder en defensa preventiva. Entre otras cosas, a fin de que pueda opinar Pajín, "prácticamente pequeñita" en la fecha de autos y, piadosa consecuencia, exonerada por nada saber del asunto. Una coartada enternecedora. Al efecto, repárese en que, cuando Franco, Leire no representaba nada más que el fatal destino de un pobre espermatozoide condenado sin remisión al oprobio. Muy precaria limitación biológica, la suya de entonces, que, sin embargo, jamás le ha impedido sentar cátedra a propósito de la dictadura y sus desmanes.

Al tiempo, y si en verdad existiese la conjura, se reabriría una querella que aún hoy mantiene escindidos a los expertos: la de discernir quiénes son más nocivos, los simples o los malvados. Recuérdese, sin ir más lejos, al Rey Sol. Gozosamente amancebado Luis XIV con una conspicua satanista, la siniestra madame Montespan, Francia conoció sus mejores días de gloria; desposado luego con la casta y piadosa madame d´Aubigne, la nación cayó al punto en la decadencia. La expulsión de los protestantes, primera medida que se atribuye a aquella santa mujer, sería el principio del ocaso. Ya lo formalizó Carlo Cipolla, el gran historiador, en axioma de universal validez: "Los tontos son mucho más peligrosos que los malvados, porque los malvados descansan de vez en cuando, los tontos jamás". Y aquí, el malo, convendría que nadie lo olvidase, es González.


Libertad Digital - Opinión

Marbella, ciudad sin ley. Por M. Martín Ferrand

Marbella es, en sus excesos, una muestra del modelo municipal en el que nos hemos instalado.

A Dodge City llegó el ferrocarril del mismo modo que el turismo llegó a Marbella. Dodge, en el Estado de Kansas y según nos contó Michael Curtiz, pasó a ser una «ciudad sin ley». Como Marbella, en la provincia de Málaga. Los americanos pudieron contar con Errol Flynn y aquí el privilegiado enclave turístico se convirtió en un congreso permanente de pícaros de todas las procedencias. Noventa y cinco de ellos, los que se engloban en el «caso Malaya», se sentaron ayer ante el juez y, sin prisas, dentro de un año o poco más, sus señorías ya habrán podido discernir quiénes son culpables. Para la opinión pública, antes de que empiece el juicio, inocentes no hay ninguno.

En Marbella, donde sin duda habrá siete hombres justos, optaron en su día por impulsar el «progreso» con lecturas libérrimas de las ordenanzas y subordinando la decencia a la eficacia. Ahí están los resultados. Lo verdaderamente alarmante es que la diferencia entre lo acaecido en la capital de la Costa del Sol y en otros emporios turísticos españoles radica únicamente en el descaro de quienes abordaron la tarea y en quienes la continuaron; los que ahora, salvo error u omisión, se sientan en el banquillo.


Marbella es, en sus excesos, una muestra del modelo municipal en el que nos hemos instalado y un ejemplo de la corrupción urbanística que, como método para la financiación de los Ayuntamientos, ha amancebado en demasiadas ocasiones a los ediles con los especuladores. No es una excepción aunque constituya un espectáculo que, cabe temerlo, nutrirá durante unos cuantos meses eso que unos llaman la televisión basura y otros entendemos como consecuencia inevitable de la conjunción de un modelo educativo penoso, unos medios informativos distantes de su responsabilidad y una sociedad complaciente a la que le va costando distinguir y separar el bien del mal.

En Dodge no solo tenían a Errol Flynn; sino que, además, Olivia de Havilland, la hija del editor del periódico local, se puso de su parte. En Marbella no hay sheriff y la estrella de la película, una notable tonadillera, también se sienta en el banquillo de los acusados, aunque resulte ridículo llamarle banquillo al asiento que ha de soportar casi un centenar de posaderas. Si no hubiéramos perdido, junto con la esperanza, el sentido crítico y el propósito de la enmienda, el «caso Malaya» debiera servir de estímulo para que quienes deben hacerlo, los distraídos representantes del pueblo español, abordaran una reforma profunda y simultánea del sistema electoral, la funcionalidad judicial y la financiación municipal. Los tres manantiales que nutren este desgraciado caso.


ABC - Opinión

Así, tampoco

Si las encuestas están en lo cierto, la mayoría de los trabajadores y ciudadanos no secundará la huelga general de mañana, aunque esa misma mayoría considera que hay razones suficientes para su convocatoria. Es decir, la opinión pública coincide con el lema sindical de la huelga para decirle al Gobierno «Así, no», pero al rechazar el paro, le replica a los sindicatos «Así, tampoco». No es la única paradoja aparente que hace tan atípica la jornada de mañana. Hay otras aún más llamativas, como la «comprensión» del Gobierno hacia el descontento laboral, el pacto tácito de no agresión entre ambas partes y la desviación de la agresividad sindical hacia los empresarios y la derecha política. Es la primera vez en España, y probablemente en Europa, que los líderes sindicales apuntan las baterías de la huelga general no contra el Gobierno que la ha provocado con su recorte de los derechos sociales, sino contra la oposición. La insólita campaña de videos de UGT, con groseros ataques a empresarios y emprendedores, refleja bien a las claras cómo la burocracia sindical busca en la derecha al chivo expiatorio del desastre laboral. Hay varias razones que explican esta patología que semeja la esquizofrenia, pero destacan la mala conciencia de los sindicalistas por su complicidad con una atolondrada política económica, el lastre ideológico que arrastran como fantasmas encadenados del siglo XIX y un hondo sentimiento de frustración por lo que consideran una traición de sus «hermanos» socialistas. Así se explica que los organizadores del 29-S llegaran rápidamente a un acuerdo de guante blanco con el Gobierno de Zapatero para establecer los servicios mínimos y, por el contrario, mostraran su perfil piquetero con el Gobierno de Esperanza Aguirre. Éstas son las coordenadas y las intenciones en las que se moverán mañana los huelguistas, que nada tienen que ver con la opinión y el ánimo de los ciudadanos. Es probable que el país se paralice en buena parte, pues es relativamente fácil boicotear unos transportes públicos fuertemente controlados por los sindicatos. Pero una cosa es que la actividad laboral se congele y otra bien distinta que los trabajadores se movilicen detrás de las pancartas, más allá de los miles de liberados y de los llamados «piquetes informativos», eufemismo que suele ocultar la coacción, la amenaza y hasta la agresión a quienes no desean secundar el paro. En este punto, el Gobierno no puede rehuir su obligación de garantizar el derecho a trabajar de quien así lo desee y elija. Es muy libre de juzgar con benevolencia la convocatoria del paro y de extremar su delicadeza con los huelguistas, a los que de ningún modo quiere importunar, pero no puede abdicar ni soslayar sus responsabilidades de proteger el derecho de los trabajadores a trabajar. El derecho a la huelga es, por constitucional, indiscutible e inviolable, pero en medida exactamente igual ha de defenderse el derecho a no secundarla. ¿Cumplirá el Gobierno socialista con su obligación o tratará con manga ancha a ese «sindicalismo borroka» que suele aparecer en las grandes ocasiones? Éste será otro de los test que se plantea en la jornada de mañana, primera huelga general desde 2002.

La Razón - Editorial

Plática de familia. Por Ignacio Camacho

Hay un clima de pacto, visible en el fácil acuerdo de servicios mínimos, que apunta a empate de conveniencia.

ÉSTA de mañana va a ser una huelga muy rara. Una huelga desganada en la que se atisba de lejos la falta de convicción de los convocantes y en cuyo fracaso no parece demasiado interesado el Gobierno contra el que teóricamente ha sido convocada. Una huelga sin ambiente, una huelga templada, una huelga amistosa, casi. La mayoría de los trabajadores no quieren secundarla —otra cosa será que no tengan más remedio— y los propios sindicatos dan la impresión de ir a ella contra su propia voluntad. En realidad, es así: no han tenido más remedio porque tras dos años de alianza con el zapaterismo necesitan, tras el brusco alejamiento del presidente, una relativa exhibición de fuerza social para mantener su deteriorado predicamento. Y el Gobierno que quebró de repente su pacto de hierro siente una suerte de mala conciencia ideológica por su propia traición, tal que se diría que comprende los motivos sindicales y hasta estaría, si pudiese, dispuesto a apoyarlos; al fin y al cabo, fue la política conjunta la que condujo al borde de la bancarrota que provocó el forzoso golpe de timón reformista. De hecho, Zapatero no ha parado de justificar sus reformas en el imperativo categórico de los mercados internacionales de deuda, excusando la propia responsabilidad a expensas de su margen de autonomía soberana. Pero la única pirueta que todavía no puede componer este hombre, tan dado a contradicciones y quiebros, es hacerse una huelga a sí mismo.

Por eso hay un clima de pacto tácito, visible en el fácil acuerdo sobre los servicios mínimos, que apunta a un empate de conveniencia. A una huelga lo bastante intensa para que los sindicatos salven la cara pero no tanto como para desestabilizar al poder y ponerlo contra las cuerdas. En esa atmósfera de acuerdo implícito ha irrumpido como caballo en cristalería el ímpetu liberal de Esperanza Aguirre en defensa del derecho a trabajar, ofreciéndose como blanco común para el tiroteo que los presuntos adversarios no desean entablar entre ellos. Cargada de razones de fondo, la presidenta madrileña ha cometido el error táctico de erigirse en protagonista de un paro que no iba contra ella y ha soldado un poco más los cables que quedaban sueltos en el circuito entre las centrales y el Gobierno, deseosas ambas partes de encontrar un factor de distracción que reste vigor a su simulacro de enfrentamiento y desvíe la energía del presunto conflicto hacia un tercero sobrevenido.

Pero si ni los sindicatos ni el Gobierno quieren dramatizar, no existe motivo alguno para hacerlo. Escenifiquen su huelga y pásese la página de este ejercicio hipócrita que no es más que una plática de familia, como decía el Tenorio, una polémica artificial sin ánimo de hacerse daño. Proteste ahora el que quiera protestar, y el resto ya tendrá dónde y cómo hacerlo: cuando lleguen el día y la hora de las próximas elecciones.


ABC - Opinión

España ante la huelga

Tanto Gobierno como sindicatos se enfrentan a decisiones clave sea cual sea el resultado del 29-S.

Por muchas razones, la huelga general de mañana se ha convertido no solo en una prueba de estabilidad para el Gobierno, sino también de la responsabilidad democrática de los sindicatos. De entrada, se trata de un conflicto político que promueve un enfrentamiento entre la voluntad del Congreso (la reforma laboral, motivo principal de la huelga, está aprobada en la Cámara baja) y la interpretación de las organizaciones sindicales, que imputan a la reforma, no sin argumentos, una pérdida de derechos de los trabajadores. Supuesto el derecho sindical a convocar una huelga (lo que no está en discusión en ningún caso), se plantea siempre en estos lances una disyuntiva no menor: el conflicto entre la voluntad de los representantes de la nación y una movilización instada por una parte de la sociedad, importante, pero siempre menor que el conjunto.

Si la convocatoria (y la lectura que posteriormente se realice de sus resultados) se orienta hacia objetivos generales, más allá de la reforma laboral, como el viraje de la política económica del Gobierno, entonces el asunto se complica. El Gobierno está obligado a mantener su plan de ajuste presupuestario por una razón tan sencilla como dolorosa (especialmente para un Ejecutivo socialista): los recursos públicos son insuficientes para hacer frente a las necesidades de gasto del actual Estado de bienestar, al menos mientras dure la recesión. Una parte importante de esos recursos procede de la financiación exterior y los prestamistas ya no están dispuestos a financiar sin condiciones el gasto público español. No haber tomado medidas de ajuste tras la debacle griega hubiese condenado a este país, y por ende al conjunto de sus trabajadores, a muchos años de profunda recesión. Rectificar o anular ahora esos ajustes comportaría un riesgo similar.


Esa es la razón última por la que el Gobierno no puede ni debe volverse atrás en su política económica, aunque algunos asuntos sean, por supuesto, discutibles, y por tanto objeto de negociación y discusión. También con los sindicatos. El Ejecutivo ha mostrado su disposición a negociar los reglamentos de la reforma laboral y el futuro de las pensiones, aunque en el clima actual de enfrentamiento no cabe sorprenderse de la fría acogida a su oferta.

Con razón o sin ella, una huelga general en las actuales condiciones de crisis supone un problema grave. El Gobierno cuenta con la baza de que los ciudadanos no parecen estar por la huelga. Los sindicatos tienen a su favor el malestar general con la política económica de Zapatero. En pocas ocasiones se ha producido, según muestran todos los sondeos, una brecha tan grande entre la percepción de la ciudadanía de que la gravedad de la situación sí justifica una huelga y su convencimiento de que, sopesados todos los factores, lo más sensato es no realizarla.

De ahí que la huelga de mañana sea una encrucijada para el futuro inmediato de España. En caso de éxito no debería servir para variar la política económica actual -y convendría no olvidar aquí que la alternativa política real a este Gobierno es un partido poco inclinado a compartir las tesis sindicales-. De cosechar la huelga escaso seguimiento, debería al menos servir para que los sindicatos se replanteasen la inercia que les ha llevado a concentrar su esfuerzo en la defensa del empleo fijo, esto es, de un mercado dual con contratos fijos e indemnizaciones elevadas que condena a la exclusión a la generación más joven. Para ello, resulta imperativo evitar nuevos distanciamientos de la ciudadanía y no fiar el éxito de la huelga a la violencia de los piquetes o al incumplimiento de los servicios mínimos. Si caen en la tentación de parar una ciudad por la fuerza, bloqueando metro o autobuses, los ciudadanos les pasarán factura. Y eso no redundará en beneficio de nadie. Ni de los sindicatos, ni del país en su conjunto.


El País - Editorial

La revolución marchita. Por Alvaro Delgado-Gal

«Ausentes las ideas, licenciadas las emociones, sólo permanece la curiosidad de saber si lograrán o no los sindicatos paralizar los medios de transporte en la jornada de mañana. El secuestro de los servicios de interés público constituye, por cierto, una vieja herencia blanquista»

LO habitual, en vísperas de una huelga general, es que los sindicatos hagan gárgaras, aclaren la garganta, y ensayen el registro de voz que más les convendrá usar ante el respetable cuando se levante el telón y dé inicio la gran velada. En este territorio propedéutico, o de calentamiento de motores, se sitúa la serie de vídeos que UGT ha lanzado bajo el epígrafe genérico de «Las mentiras de la crisis». Pero al sindicato no le ha salido un trémolo incipiente, sino un gallo absurdo. Tres rasgos sobresalen en los vídeos: la grosería, el acento cómico, o lúdico, o como queramos llamarlo, y el hecho de que los mensajes no parecen dirigidos contra el Gobierno sino contra los empresarios y la oposición. Lo último integra, a bote pronto, un misterio absoluto. Sobre el papel, se ha convocado la huelga con ánimo de neutralizar una ley de reforma laboral elaborada y promovida por el Gobierno de la nación. Lo natural, por consiguiente, habría sido arremeter contra éste, no contra quienes, por las razones que fuere, no votaron la ley en el Congreso. En los vídeos, sin embargo, no se habla del Gobierno. Se habla más, y con mayor encono, del PP, o incluso se menciona, en una especie de evocación retro, a Fraga. ¿Cómo explicarse esta extravagante, inaudita, falta de puntería?

La tesis que la UGT defiende implícitamente en los vídeos es que la crisis se ha generado en el ecosistema en que se mueven los empresarios y sus aliados políticos. La derecha, la nacional y la internacional, es la que ha apretado al Gobierno para que legisle en perjuicio de los trabajadores. Es más, si el representante de los malos, a saber, el PP, hubiese estado en el poder, habría redactado una ley aún más aviesa. De ahí que el enemigo auténtico no sea el que ha hecho la reforma, sino… el que no la ha hecho. No necesito decir que el razonamiento es ridículo. Un gobierno que se deja intimidar por los enemigos de los trabajadores, es, ex hypothesi, un gobierno culpable. Si el gobierno, además de culpable, es socialista, todavía peor. ¿Entonces? ¿Ha sufrido la UGT, acaso, un episodio alucinatorio?


Quia, de ninguna manera. Lo que ocurre, es que la UGT no tiene ningunas ganas de hacerle una avería a Zapatero. Ahora bien, por razones escenográficas, o simbólicas, o porque no hacer nada habría abierto un espacio decisivo a Comisiones Obreras, los ugetistas se han considerado en el deber de salir al escenario y alzar el gallo. Bien, ya están sobre las tablas. Ha llegado el momento de levantar el puño y decir algo contundente y sonoro. ¿Contra quién? Contra el enemigo de clase, un enemigo, por así decirlo, de oficio. Los de Cándido Méndez se han conducido como quien, enojado porque le han dado muy mal de comer, escribe una carta de reclamaciones contra el restaurante de al lado, al que no ha ido pero donde afirma que habría comido todavía peor. Ignoro si el sindicato logrará dejar tieso al país mañana. Su planteamiento es falaz y oblicuo, y no fácil de entender.
O si se entiende, no muy a propósito para encender el entusiasmo del currante medio.

Cabe recordar, a todo esto, que existen países, con tradiciones socialistas mucho más potentes que España, donde los sindicatos, en vez de hacer visajes y figurerías, negocian con el Gobierno, sea o no socialista, acuerdos duraderos de política laboral. Tal ocurre, por ejemplo, en Alemania. Pero entre los sindicatos alemanes y los españoles existe una diferencia crucial. Y es que los primeros, al revés que los segundos, sí están imbricados en las empresas. Son por tanto interlocutores eficaces en un diálogo enderezado a organizar de verdad el mundo del trabajo, es decir, a cambiar los pormenores y exactitudes que conforman la economía productiva de una nación. Por el contrario, la UGT, y en menor medida Comisiones, son como una sombra javanesa proyectada sobre la idea genérica de que los sindicatos son necesarios. Ocupan un lugar en la conciencia pública, y ninguno en los talleres. Su instrumento principal, en consecuencia, es la retórica. Esta reflexión me devuelve a otro de los rasgos que más me ha sorprendido en los vídeos: la grosería.

La grosería es desbordante. En el vídeo que da inicio a la serie, comenta una oficinista, después de un encuentro con el personaje grotesco (Chikilicuatre) en que se encarna la causa de los empresarios: «¿No ha dicho este tío que el PP nos sacaría de la crisis? ¡Es para mearse en las bragas!». La grosería representa en nuestro país un mal endémico. En estos tiempos en que la falta de maneras ha adquirido dimensión planetaria, la propensión nacional a la salacidad se ha acentuado. Pero esto es sólo un lado de la cuestión. Resulta más interesante observar que la grosería es más probable cuando se ha decidido, desde el primer instante, no argumentar. Los guionistas de la serie han localizado al enemigo; el enemigo es sólo eso, un enemigo; y como el sentimiento de enemistad no aparece mediado, ni articulado, por razones, saltan, fáciles, la cuchufleta y el insulto. El aparato fonador, en vez de emitir silogismos, se explaya en higas, pedorretas, y bromas de mal gusto.

Vayamos al tercer aspecto, el que he llamado «cómico» o «lúdico». La comicidad se alía naturalmente con el dicterio. De momento, ninguna sorpresa. Pero ¡atención!, una huelga general no es una pamema. El familiarizado mínimamente con la historia del movimiento obrero sabe que las huelgas generales, de inspiración más anarquista que socialista, no se formularon inicialmente como pulsos que se echa a un gobierno para conseguir tal o cual mejora en el orden laboral. El propósito era más vasto, más generoso, más apocalíptico, más redentor. Se concibieron las huelgas como movilizaciones gigantescas cuyo fin era la transformación revolucionaria de la sociedad. Con el correr del tiempo, el Estado liberal y los revolucionarios llegaron a una suerte de arreglo: los revolucionarios dejaron de ser revolucionarios y el Estado liberal se convirtió en un Estado social. La subversión telúrica ha dado paso al mero conflicto: es decir, a una pugna que ha lugar dentro de los límites establecidos por la ley.

Aún con todo, la huelga general había mantenido, hasta ahora, algo de su antiguo halo sacral. Intriga por lo mismo que los editores de los vídeos hayan evacuado su encargo tirando de los efectos más fáciles, más superficiales, de que se valen los publicitarios para instar los méritos de un quitamanchas o un euforizante sexual. El truco consiste en llamar la atención con un episodio chusco, y deslizar después algunas precisiones (menores) sobre los méritos del producto. Del drama tremendo, hemos pasado al chascarrillo mediático. Ausentes las ideas, licenciadas las emociones, sólo permanece la curiosidad de saber si lograrán o no los sindicatos paralizar los medios de transporte en la jornada de mañana. El secuestro de los servicios de interés público constituye, por cierto, una vieja herencia blanquista. Es lo único que sobrevive del sindicalismo revolucionario. Pero nadie recuerda ya quién fue Blanqui. O, por lo menos, no lo hacen quienes escogieron a Chikilicuatre para dar resalto a la pobre, penosa fantasía digital de esta UGT posmoderna y fané.


ABC - Opinión

Las urnas se plantan ante Chávez

Cabe la posibilidad de que aumente –todavía más– la violencia política en las calles de las ciudades, o de que el dictador ignore a la Asamblea y siga gobernando de la única manera que sabe hacerlo.

La oposición al chavismo no ha cometido el error de la últimas elecciones legislativas y, esta vez sí, se ha presentado a los comicios con una lista unitaria. Una lista de concentración, Mesa para la Unidad, en la que sus candidatos han cerrado filas en pos de la idea común de frenar, más que el avance del chavismo –para lo cual es tarde–, la imposición de una dictadura socialista al estilo de la cubana en Venezuela. Sabia elección la de los opositores y la del electorado, que se ha volcado masivamente con la Mesa para la Unidad otorgándole un 52% de los votos que, por artimañas legales de Chávez, se han transformado en sólo 61 diputados.

El antiguo golpista, que había pedido expresamente a sus encendidos seguidores del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) "demoler a la oposición", se encuentra con unos apoyos parlamentarios realmente mermados. De controlar la práctica totalidad de la cámara ha pasado a una mayoría simple que no le permitirá gobernar por decreto, tal y como ha venido haciendo en el último lustro. Sin esta herramienta, la de elaborar y pasar por la cámara caprichosas leyes orgánicas, el chavismo pierde uno de sus principales pilares de legitimación. A partir de ahora tendrá que negociar estas leyes –por lo general maximalistas–, o abstenerse de presentarlas ante la Asamblea Nacional, lo cual restringirá bastante su radio de acción.


Pero la principal conclusión que cabe extraer de los resultados de las legislativas no es tanto de aritmética parlamentaria, que sigue inclinada del lado de Chávez, como de fuerza popular que ha ganado en los últimos años la causa opositora. Si la Mesa para la Unidad se mantiene firme en su propósito de erradicar a Chávez del escenario político de Venezuela, tiene, con estos números en la mano, una alta probabilidad de conseguirlo en las próximas elecciones presidenciales, que tendrán lugar en el año 2013. Ahí es donde Chávez y su liberticida régimen se la juegan de verdad. La oposición tiene ahora la obligación de perseverar en los principios y valores democráticos que la han hecho acreedora de la última victoria electoral y proyectarlos tres años en el futuro.

Entretanto el panorama es aterrador. Con Chávez y su PSUV privados de la coartada parlamentaria, Venezuela se enfrenta a un nuevo tour de force bolivariano como los de hace una década. Chávez tendrá que gobernar contra la voluntad de la Asamblea y no con el propulsor moral y político de la Asamblea tal y como ha venido haciendo hasta ahora. Cabe la posibilidad de que aumente –todavía más– la violencia política en las calles de las ciudades, o de que el dictador ignore a la Asamblea y siga gobernando de la única manera que sabe hacerlo. Probablemente lo que los venezolanos tengan que padecer en el futuro inmediato sea una mezcla de ambas, violencia y desafueros, en las que el chavismo es un auténtico especialista.

La lucha por la democracia y la libertad en Venezuela será larga y tremendamente ardua. Al tiempo perdido hay que sumarle las peculiares características del gobernante en cuestión: un demagogo iluminado que carece del más mínimo respeto por el Estado de Derecho, la democracia representativa y el Imperio de la Ley. Pero torres más altas han caído. Los demócratas venezolanos no deben desfallecer un instante si algún día pretenden recuperar su país.


Libertad Digital - Editorial

La democracia contra Chávez

Desde la Asamblea es posible dar visibilidad a un candidato unitario que pueda ganar a Chávez y evitar que culmine su delirio totalitario.

CONTRARIAMENTE a lo que sugiere una lectura superficial de los resultados de las elecciones legislativas de Venezuela, Hugo Chávez ha sufrido una estrepitosa derrota. A pesar de haber hecho uso de todas las tropelías imaginables para decantar el resultado a su favor —incluyendo la manipulación de la ley electoral, la intimidación de los electores, el abuso de todos los mecanismos disponibles del Estado y la descalificación o persecución de quienes no se pliegan a sus ambiciones totalitarias— el caudillo venezolano no ha logrado superar la barrera de los dos tercios de diputados que se había propuesto. La prueba más evidente de su fracaso es que la oposición ha vencido claramente en número de votos, un resultado que no se ha traducido en un reparto más equilibrado de los escaños porque el diseño de las circunscripciones estaba previamente arreglado para favorecer a los candidatos del régimen.

Por desgracia, resulta improbable que esta mayoría insuficiente pueda disuadir a Hugo Chávez de seguir adelante con sus delirios revolucionarios. Hasta ahora no ha respetado ningún precepto legal, ni siquiera los que había establecido él mismo, como demostró cuando los venezolanos le dijeron en referéndum que no aceptaban su reelección, lo que no le impidió forzar la legalidad. La entrada del bloque opositor en la Asamblea Nacional debería entenderse, pese a todo, como un claro aviso contra sus planes de constreñir a todo el país en una ideología descabellada que sólo acepta a quienes se someten a su voluntad, aunque por desgracia es previsible que el ex militar golpista asuma este resultado como una ofensa y que reaccione en consecuencia.

La oposición, por su parte, ha conseguido un gran triunfo, pero su prometedor resultado no pasa de ser un primer paso del proceso que debe llevar a la salvación del país. A partir de ahora es necesario reforzar la unidad de todas las fuerzas políticas que se oponen a Chávez, no caer en ninguna de sus provocaciones y prepararse para el momento crucial de la elección presidencial de 2012. Desde la Asamblea es posible dar visibilidad a un candidato unitario que pueda ganar a Hugo Chávez para evitar que consiga perpetuarse en el poder y culminar su delirio totalitario destruyendo Venezuela.


ABC - Editorial