sábado, 18 de septiembre de 2010

Hacer cumplir la ley no es racismo

La acusación de racismo es un exabrupto sin base real, porque ninguno de los expulsados por Francia lo ha sido por pertenecer a una etnia concreta. El día en que se demuestre lo contrario podremos especular con la existencia de otros motivos más oscuros.

Las deportaciones de inmigrantes rumanos de etnia gitana llevadas a cabo por Francia han provocado en el seno de la Unión Europea la controversia, en algún caso subida de tono, que cabía aventurar tratándose de un asunto tan propicio para la demagogia. La comisaria europea de Justicia, Viviane Reding, llegó a comparar estas expulsiones con las que llevaban a cabo los nazis en el III Reich, exceso que no debiera permitirse dadas sus actuales responsabilidades.

Al margen de estas salidas de tono, más propias de políticos ociosos que de representantes de altas instituciones, es evidente que lo que está haciendo el Gobierno de Sarkozy con el problema de algunos inmigrantes rumanos no tiene absolutamente nada que ver con las acusaciones de racismo y xenofobia con que los medios de masas desinforman habitualmente a sus audiencias.


Que muchos gitanos tienen una forma de vida incompatible con los usos y las leyes de las sociedades modernas es un hecho de sobra conocido. Si además su asentamiento indiscriminado en zonas comunales –y en algunos casos en plena propiedad privada–, provoca problemas de inseguridad pública, la responsabilidad del Gobierno afectado es salvaguardar la seguridad de sus ciudadanos siempre dentro de la más estricta legalidad que, salvo que se demuestre lo contrario, y aún nadie lo ha hecho, es exactamente lo que está llevando a cabo el Ejecutivo de Sarkozy.

Las leyes francesas, de acuerdo con la normativa europea para la integración progresiva de los últimos países incorporados a la UE, establecen que los rumanos pueden permanecer libremente en el país galo durante tres meses. A partir de esa fecha, han de demostrar que tienen un empleo, que están estudiando o bien cuentan con ingresos suficientes. Si ninguno de esos requisitos se cumplen, el estado francés está perfectamente capacitado para deportarlos a su país de origen, que es lo que está llevando a cabo la administración de Sarkozy de acuerdo con las leyes de cuyo cumplimiento él es el principal responsable.

La acusación de racismo es un exabrupto sin base real, porque ninguno de los expulsados por Francia lo ha sido por pertenecer a una etnia concreta. El día en que se demuestre que Sarkozy ha expulsado a un ciudadano que cumple con todos los requisitos legales para permanecer en un país miembro de la Unión Europea podremos especular con la existencia de otros motivos más oscuros.

Mención especial merece la aportación de Zapatero al debate poniéndose de parte de su homólogo francés, aunque conociendo a nuestro presidente es evidente que no se trata de un rapto de racionalidad a los que tan poco propenso resulta el personaje, sino a su deseo de saldar una vieja deuda con la comisaria Reding. Y es que la comisaria de Justicia se atrevió a calificar de chapucera la propuesta estrella de Zapatero para su presidencia semestral –una vez Obama le dio calabazas, claro–, consistente en pergeñar una normativa europea para unificar la respuesta de los gobiernos contra el maltrato de la mujer. De haber surgido las críticas a Sarkozy en otro lugar del consejo europeo, podemos estar seguros de que la reacción de Zapatero hubiera sido distinta. Es decir, tan patética como siempre.


Libertad Digital - Editorial

La inmigración rompe la izquierda

Junto a la izquierda, desarmada ideológicamente ante los principales retos de las sociedades europeas, como la inmigración, la segunda víctima de esta crisis ha sido la propia Unión Europea.

EL apoyo explícito y directo de José Luis Rodríguez Zapatero a la repatriación de gitanos rumanos emprendida por el Gobierno de Nicolas Sarkozy ha dejado estupefacta a la izquierda española, que se encuentra de nuevo ante otra contradicción insuperable entre la realidad y sus principios. Así es como, a día de hoy, el socialismo español aprueba recortes en prestaciones sociales, abarata el despido y congela pensiones, asumiendo la finitud del Estado de bienestar y la necesidad de limitar el gasto público. Con su respaldo a Sarkozy, Zapatero ha sumado a esta descolocación ideológica de la izquierda un súbito giro en materia migratoria, cuando no hace muchos años su Gobierno puso en marcha una legalización masiva de inmigrantes que provocó la alarma en Bruselas y la protesta de varios socios europeos. En un nuevo golpe de péndulo, Zapatero ha hecho renunciar al socialismo español a su propaganda multiculturalista y seráfica sobre la inmigración.

No es, en absoluto, criticable que apoye a Nicolas Sarkozy, sino que desdoble sus mensajes, diciendo en Bruselas o París lo contrario de lo que defiende, o defendía, en España. Porque, al margen de la incongruencia permanente en la que se halla la izquierda española, lo cierto es que el debate sobre la repatriación de gitanos rumanos ha puesto sobre la mesa unos diagnósticos que no son nuevos, pero que no terminan de cuajar en un tratamiento coherente. La valoración que merece la política francesa de repatriación no puede sustentarse en el sentimentalismo, ni en los desbarros dialécticos de la comisaria de Justicia, Viviane Reding. Se ha suscitado un importante debate sobre la libertad de movimiento dentro de la Unión Europea, pero sería un error de enfoque culpar al Gobierno francés. El problema es previo a la decisión de repatriar gitanos rumanos y tiene que ver con el voluntarismo aplicado a los últimos procesos de ampliación de la Unión Europea y con la lógica preeminencia de las políticas internas en asuntos de seguridad interior o cohesión social. En este sentido, la comisaria Reding ha contraído la grave responsabilidad de provocar una polémica sin medir sus fuerzas y que, al final, ha exhibido la debilidad política de Bruselas frente a los grandes Estados europeos. Junto a la izquierda, desarmada ideológicamente ante los principales retos de las sociedades europeas, como la crisis y la inmigración, la segunda víctima de esta crisis ha sido la propia Unión Europea, retratada nuevamente como una conjunción inestable de intereses nacionales sometidos a decisiones de conveniencia interna.

ABC - Editorial

viernes, 17 de septiembre de 2010

Gitanos sin romance. Por José María Carrascal

Si todos los europeos nos parecemos cada vez más, no tiene sentido que los gitanos se empeñen en ser diferentes.

LA izquierda europea se ha lanzado contra la orden francesa de expulsión de los gitanos como un hambriento hacia un bocadillo. ¡Llevaba tanto tiempo ayuna de éxitos! E incluso parte de la derecha, como esa comisaria luxemburguesa que recordó las prácticas de Hitler contra los judíos, olvidando que Francia les paga el regreso a su país y que el suyo es un pozo de dinero negro evadido del resto de la Unión. ¡Hay tanto que hacer olvidar en esta Europa de burócratas, aprovechados y demagogos!

Y una de ellas son los gitanos. Europa ha ido uniéndose económica, social y legislativamente, con leyes y normas que igualan a sus ciudadanos y difuminan sus fronteras. Pero había unos europeos para quienes ya no existían esas fronteras y esas normas: los gitanos. Desde siempre, los gitanos no se han regido por otras normas que las suyas y se han trasladado de un lugar a otro como si las fronteras no existiesen. En ese sentido, han sido los primeros europeos. Pero cuando Europa empieza a emerger como una unidad, se convierten en una anacrónica y molesta redundancia. Si todos los europeos nos parecemos cada vez más, no tiene sentido que algunos de ellos se empeñen en ser diferentes. Pues el gran problema —o virtud, vaya usted a saber— de los gitanos ha sido siempre su resistencia a integrarse. Cuando franceses, alemanes, italianos, españoles, etc., éramos distintos en prácticamente todo, la cosa no resultaba grave. Pero ahora que vamos camino de ser iguales, el «hecho diferencial» gitano toma tintes dramáticos. Quiero decir que el problema gitano no es un problema francés, ni alemán, ni italiano, ni español. Es un problema europeo, al que Europa, Bruselas exactamente, apenas ha prestado atención. Por lo que han tenido que ser los Estados quienes lo hagan. Cada año venían expulsándose de Francia entre 7.000 y 10.000 gitanos, pero sin alardes. Lo nuevo es que ahora se hace por orden gubernamental. Y lo grave, que la mayoría de los franceses lo apoyan, como lo apoyan la mayoría de los alemanes, italianos, españoles y, seguro, que luxemburgueses. Lo que se necesita es una política común europea para integrar a los gitanos. Estoy seguro de que bastantes de ellos lo aceptarían, al significar una casa digna, un trabajo todo lo fijo que hoy puede darse, seguridad social y escuela para sus hijos. Otros, en cambio, preferían seguir su vida errabunda, lindando en muchos casos con la mendicidad y la delincuencia, dominadas por las mafias. Pero ya no podrían decir que la sociedad les excluye. Son ellos los que se excluyen de la sociedad. Una tarea larga, difícil y costosa para ésta. Es mucho más fácil echar mano de la hipocresía.


ABC - Opinión

Marruecos. ¿A qué ser tan amigos de Marruecos?. Por Emilio Campmany

Desde luego, hay que procurar tener buenas relaciones con todo el mundo en la medida en que sea compatible con nuestros intereses o con nuestros principios. Pero ocurre que la amistad con Marruecos se opone a ambos.

Que lo que tenemos en España es una democracia infantil, por no decir infantiloide, lo demuestra el que los españoles no sepamos qué política exterior deseamos. Algunas grandes naciones de Occidente se encuentran a veces frente a encrucijadas que hacen que sus ciudadanos se dividan acerca de cuál es el mejor curso a seguir. Pero lo nuestro no llega ni a eso. Desconocemos cuáles son nuestros intereses nacionales y ni siquiera nos ocupamos de averiguarlo. Creemos guiarnos por principios éticos y morales de general aceptación, como es la defensa de los derechos humanos, la paz y la difusión de la democracia, pero no rechistamos cuando en nuestro nombre se apoya a tiranos que no respetan los derechos humanos, constituyen una amenaza para la paz y desde luego impiden la llegada de la democracia a sus países. Cuando, al fin se abre un debate sobre nuestra implicación en una guerra, la discusión no pasa de si es o no una guerra propiamente dicha.

El asunto de nuestras relaciones con Marruecos es paradigmático. En algún códice celosamente guardado en el Palacio de Santa Cruz puede leerse: "Hay que llevarse bien con Marruecos". ¿Por qué? No lo entiendo. Desde luego, hay que procurar tener buenas relaciones con todo el mundo en la medida en que sea compatible con nuestros intereses o con nuestros principios. Pero ocurre que la amistad con Marruecos se opone a ambos.

Es opuesto a nuestros intereses porque Marruecos es el único país del mundo que reclama abiertamente anexionarse territorios de soberanía española. Ya lo hizo con el Sahara Occidental, que era una colonia, y ahora ambiciona hacer lo mismo con Melilla, Ceuta y Canarias, que son España. Se trata de una aspiración no sólo conocida, sino también pública y confesa. Primordial objetivo de nuestra política exterior debería ser tratar de impedir que se dieran las circunstancias que hicieran posible tal anexión. Para eso, lo mejor es propiciar la inestabilidad del país vecino, pues mientras se mantenga inestable, no podrá aprovechar cualquier crisis que España sufriera, y que por desgracia no es improbable, para intentar lograr sus objetivos.

Pero es que además es opuesto a nuestros principios. Marruecos padece una tiranía donde los partidos políticos son meramente tolerados y en la que la voluntad del sultán es ley. Lo que deberíamos hacer, si es que somos realmente fieles a esos valores con los que nos llenamos la boca y por los que nada hacemos, en Marruecos o en Cuba, es alentar cambios democráticos en el país magrebí. Si Marruecos llegara a ser una democracia, sus ansias anexionistas decrecerían y, al menos mientras lo consigue, no estaría en esos afanes. ¿Qué hace nuestro rey, un rey constitucional, tratando como hermano a un dictador? Hasta que Mohamed VI no sea un rey con sólo poderes representativos, no deberíamos permitir que tratara a nuestro soberano de igual a igual si es que es verdad que la moral y la ética es lo que rige nuestro comportamiento en el exterior.

Insisto. ¿A qué ser tan amigos de Marruecos? Aznar se hizo esta misma pregunta y, no hallando respuesta, decidió que no había por qué, sobre todo a partir del episodio de Perejil, un calculado test con el que el sultán probó a ver cuán flexibles tenía los músculos el del bigote. Luego vino el 11-M y volvimos adonde solíamos, a llevarnos bien con Marruecos por más desaires que desde entonces nos han seguido haciendo. Insisto por última vez, ¿por qué?


Libertad Digital - Opinión

Un español en España. Por Ignacio Camacho

No se puede desaconsejar un viaje de Rajoy a Melilla si ningún ministro ha aparecido allí tras las crisis fronterizas.

EMPIEZA a resultar cansina la sobreactuada indignación de los jerifaltes marroquíes cada vez que una personalidad española visita Ceuta o Melilla, esa enfática actitud de protesta que esta vez, ante el viaje de Rajoy, ha llegado al extremo de considerar una «provocación» el hecho de que un español se desplace libremente por España. Marruecos lleva tiempo arrogándose al respecto una especie de veto de hecho que en la mayoría de los casos ha contado con la aceptación implícita de casi todos nuestros gobiernos y autoridades, presos de un espíritu apaciguador en el que los vecinos olfatean el inconfundible aroma de la pusilanimidad. Zapatero, que puede presumir de haber organizado una visita de los Reyes, ha procurado diluir aquel gesto de firmeza con toda clase de atenciones obsequiosas que sin embargo no han enfriado la presión sino que más bien parecen haber dado lugar a una actitud de arrogancia propia de quien se sabe con la sartén por el mango. La evidente discrepancia entre los dos grandes partidos españoles da alas al sultanato, al que las reclamaciones de soberanía proporcionan de puertas adentro las siempre eficaces coartadas de la agitación nacionalista.

Para convertir esa discrepancia en un consenso imprescindible no basta con pedir a la oposición que se pliegue sin más a la estrategia gubernamental; el consenso se basa en un acuerdo de mutuo acercamiento y en pactos claros cimentados sobre una información compartida. El Gobierno tiene sus razones y sus argumentos pero ha olvidado por completo la sensibilidad de los habitantes de las dos ciudades, españoles a los que mantiene en un aislamiento moral que los convierte en ciudadanos de segunda. No se puede impedir ni desaconsejar un viaje de Rajoy si ningún ministro ha hecho allí acto de presencia —y sí en Rabat— tras las reiteradas situaciones de crisis provocadas por Marruecos, porque en política los vacíos siempre los acaba ocupando alguien si se dejan al albur del vaivén electoralista. Y no habrá modo de disminuir reticencias si los socialistas consideran un gesto de deslealtad ajena lo que deberían estimar un deber propio y si el Gobierno no manifiesta la suficiente contundencia en la defensa del derecho de un líder democrático español a recorrer el territorio nacional en el modo que considere oportuno.

Los síntomas de mala conciencia son signos de debilidad que Marruecos interpreta siempre en beneficio propio. Y así será mientras no comprendamos todos que la delicada situación de Ceuta y Melilla no es un asunto —y un problema— del PSOE ni del PP, sino de España. Y que la discrepancia política es una afortunada consecuencia de la libertad que el régimen alauita no entiende porque jamás la ha permitido.


ABC - Opinión

El provocador. Por Alfonso Ussía

El excelentísimo señor don Abas El Fasi, primer ministro del Reino de Marruecos, ha llamado «provocador» a Mariano Rajoy por visitar Melilla. El señor El Fasi, de cuya esposa a sus pies me pongo, ignora que para un español visitar Melilla o Ceuta es como hacerlo a Sevilla, Bilbao, Barcelona, Santander o Madrid. Cuando Marruecos fue descolonizado por España, Francia y Gran Bretaña creándose el Reino de Marruecos, Melilla y Ceuta eran españolas de siglos y no entraron en el invento ni en el reparto. El provocador es el señor Abas El Fasi, a cuya esposa le reitero mi señorial postura ante sus pies, que considera una falta de respeto lo que no es más que el ejercicio del derecho de cualquier ciudadano de España.

Para protestar, los militantes dirigidos por el Gobierno de Marruecos han instituido «El Día del Enfado». De siempre he sido enemigo de los días dedicados a cualquier cosa. Ya lo he escrito. Somos nueve hermanos –éramos diez–, y nuestra madre nos reunió para comunicarnos que siempre lo sería excepto el «Día de la Madre». Aquello fue un invento comercial e ingenioso de Pepín Fernández, el propietario de «Galerías Preciados», y de Ramón Areces, el genial creador de «El Corte Inglés». Después siguieron los días del Padre, de la Mujer, del Hijo y del «Domund», que era un día convertido en hucha. Y años más tarde, el «Día del Orgullo Gay», tan colorido y vistoso. Pero a nadie se le había ocurrido en España instituir días dedicados a los estados anímicos. El «Día del Enfado» marroquí es el punto de partida. Con Zapatero en el Gobierno, en España podríamos celebrar el Día del Desánimo, de la Decepción, del Cabreo Sordo, de la Indignación, de la Indignidad, y como traca final, el Día del Cachondeo. No es mala idea la del Gobierno de Marruecos.

Para participar en el «Día del Enfado» organizado contra Mariano Rajoy por visitar una ciudad española, hay que garantizar la persistente exposición, durante veinticuatro horas, de un gesto adusto e inamistoso. También se admite el gesto distante, tan difícil de conseguir si no se ha nacido en Inglaterra. No es cuestión de racismo, pero un marroquí no está capacitado para mantener la naturalidad del gesto distante durante un día. Los ingleses nacen con él, y con su gesto se mueren. Y en España lo bordan los gallegos, precisamente, porque es una expresión natural que adoptan los hombres cuando viven entre nieblas y brumas. Es el gesto de orgullo ante la imposibilidad de disfrutar la línea del horizonte. Es gesto propio de marinos y de navegantes, pero no de habitantes fronterizos con Melilla, siempre tan clara y altiva a la vista de todos.

Le deseo de corazón una estancia feliz y aclamada a Mariano Rajoy en nuestra querida Melilla, a pesar del «Día del Enfado», eso tan divertido, que ha organizado don Abas El Fasi, al que envío desde aquí mi expresión más huraña, lo que no impide –España y yo somos así, señora–, que me ponga a los pies de su mujer. Ya me levantarán.


La Razón - Opinión

Socialismo catalán. De la Falange a Companys. Por Cristina Losada

Cuánto se han burlado y cuánto han descalificado a los que "dicen que España se rompe". Ja, ja. Pues tendrán que aparcar el chiste por una temporada, toda vez que ahora es Montilla –su Montilla– quien toca a rebato.

Aun sin haber leído al clásico, hay políticos convencidos de que, como observó Maquiavelo, "los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar". A la búsqueda de esos simples está dedicado, en cuerpo y alma, el socialismo catalán con la premura que imponen la proximidad de las urnas y el descalabro previsto. Así, mientras el favorito Artur Mas se hace acompañar por nutrida escolta de senyeras, el PSC saca a España del trastero a fin de evitar un entierro político en noviembre, mes de difuntos. Montilla, el mismo que ha gobernado con los secesionistas de Esquerra, se confiesa estos días profundamente preocupado por la deriva independentista de Cataluña. Cosas veredes.

Los más viejos de lugar, aquellos cuya memoria supere a la de los peces –que no es de tres segundos, sino de cinco meses– recordarán que el socialismo, en Madrid y en Barcelona, se ha cebado con quienes alertaban de una quiebra del orden constitucional a causa del Estatut y otras aventuras. Cuánto se han burlado y cuánto han descalificado a los que "dicen que España se rompe". Ja, ja. Pues tendrán que aparcar el chiste por una temporada, toda vez que ahora es Montilla –su Montilla– quien toca a rebato. Lo que antes era obsesión de lunáticos centralistas, es hoy el eje de la campaña del PSC. Cuidado, advierte el president, que podemos padecer una "ofensiva" destinada a consumar "la definitiva ruptura emocional y política" con España.

El hombre que tachaba de ofensivo, casposo e innecesario que el Constitucional mentara la "indisoluble unidad de la nación española" en la sentencia sobre el Estatut, ¿erigido en defensor de esa unidad? Increíble, pero cierto. Hay quien barrunta que un PSC desesperado se propone arañar los flancos débiles de la derecha y robarle votos nada menos que a su bête noire, el PP. No resulta excepcional que un partido, tras provocar un conflicto, se presente como el que mejor puede gestionarlo, pero este caso de travestismo político merece entrar en el Guinness. Abarcar el conjunto del espectro político es una fantasía de muchos que sólo unos pocos se atreven a hacer realidad. Entre esos pocos, el PSC, un partido que fabrica discursos para todos los caladeros y tanto corteja a los seguidores de la Falange como a los adoradores de Companys.


Libertad Digital - Opinión

Un viaje histórico

La Reina Isabel II ofreció al Papa una calurosa bienvenida. Ha llegado la hora de superar recelos históricos que no tienen sentido después de tantos siglos.

POR razones históricas y sociológicas, la visita de Benedicto XVI al Reino Unido ofrece perfiles muy complejos. Antes incluso de su llegada a Edimburgo, el Papa tomó la iniciativa abordando con valentía el tema de los abusos sexuales a menores y reconociendo que la Iglesia no siempre ha sido «veloz y vigilante». Ciertos sectores laicistas utilizan estos casos intolerables para lanzar una campaña injusta contra la Iglesia en su conjunto. Frente a este planteamiento radical, Benedicto XVI transmite con rigor la más firme condena de los abusos y la exigencia de una transparencia absoluta, pero también la falsedad que suponen las condenas indiscriminadas contra la institución y contra los sacerdotes en general.

La Reina Isabel II ofreció al Papa una calurosa bienvenida, con un discurso muy positivo sobre la libertad de cultos como parte esencial de la sociedad democrática y sobre la contribución de los católicos al desarrollo social, en favor sobre todo de los más necesitados. Es muy significativa también la coincidencia entre ambas personalidades acerca de los valores religiosos en el mundo actual y del fondo de doctrina común que comparten católicos y anglicanos en el marco de la fe cristiana. Ha llegado la hora de superar recelos históricos que no tienen sentido después de tantos siglos. Así, la bienvenida espontánea al Pontífice de muchos miles de personas y la asistencia multitudinaria a la misa de Glasgow son fiel reflejo de que las gentes de buena fe viven en el presente y miran al futuro sin dejarse arrastrar por viejas querellas. La figura del cardenal Newman, elogiada por el Papa y por la Reina, adquiere de este modo un señalado protagonismo que tendrá su momento culminante con el acto de beatificación de este notable intelectual convertido al catolicismo.


ABC - Editorial

Un viaje no sólo histórico

Cuando esta tarde el Papa de Roma se dirija a los notables británicos en el Palacio de Westminster estará protagonizando un hecho de hondo contenido histórico y simbólico. En ese mismo lugar, hace casi 500 años, el católico Tomás Moro fue condenado a muerte por Enrique VIII, el monarca caprichoso y brutal que causó el cisma con la Iglesia católica. Han tenido que transcurrir cinco siglos para que un Pontífice visite Gran Bretaña en calidad de Jefe de Estado y, por tanto, para que sea recibido por Su Majestad británica y cabeza de la Iglesia anglicana. Es bien cierto que el motivo fundamental de este viaje apostólico de Benedicto XVI no es mirar hacia atrás, pero no cabe duda de que una sociedad tan apegada a sus instituciones y a sus símbolos como la británica, sabe apreciar el mensaje espiritual y moral que encierra este gesto hacia la historia. Ya no se trata de reivindicar supremacías ni de confrontar sensibilidades, sino de avanzar hacia una unidad sustancial de quienes comparten un denominador común. Hay que recordar que ha sido este Papa el que ha dictado una disposición constitucional que permite a los sacerdotes anglicanos incorporarse a la Iglesia católica sin renunciar a ciertas peculiaridades. En este punto, emerge con enorme fuerza testimonial la beatificación del cardenal John Henry Newman, el presbítero anglicano que se convirtió al catolicismo en el siglo XIX, pero cuya influencia intelectual se hizo sentir en el Concilio Vaticano II, además de influir en el joven teólogo Joseph Ratzinger. El prestigio y la autoridad de Newman entre los británicos, al margen de obediencias jerárquicas, sigue intacto y no cabe duda de que en plena época victoriana marcó y sigue marcando hoy el camino espiritual de vuelta a muchos compatriotas. Porque, por encima de otras consideraciones, católicos y anglicanos se enfrentan a los mismos retos, el principal de los cuales es el laicismo radical, que en Reino Unido se alía con el ateísmo más militante y furibundo. El debate actual nada tiene que ver ya con la separación de la Iglesia y el Estado o de lo sagrado y lo profano, que ya fue resuelto y encajado en las sociedades democráticas. La cuestión de hoy es la corriente ideológica, cada vez más poderosa, de expulsar el hecho religioso y la actividad de las confesiones de la esfera pública, como si fueran nocivos para la salud social. De este modo, se cercena la vivencia pública de su fe religiosa al hombre de la calle, al niño que empieza a formarse, a las familias, a los padres, a los ancianos: a los ciudadanos, en suma. El Papa Benedicto XVI, cuyas cualidades intelectuales y analíticas son reconocidas incluso por sus más acérrimos adversarios, está persuadido de que este laicismo excluyente, anclado en el relativismo moral, es uno de los causantes de la grave crisis de valores que padece la sociedad europea. Como alemán que ha vivido en primer plano la evolución del continente tras la Segunda Guerra Mundial, el Santo Padre percibe nítidamente cómo a la vieja Europa se le seca el alma y sus raíces cristianas son sustituidas por otras religiones que avanzan vigorosas. Gran Bretaña padece este mismo mal y ése es el motivo pastoral por excelencia de su histórico viaje.

La Razón - Editorial

Europa zozobra

Sarkozy se enfrenta a Barroso por los gitanos, pero logra el apoyo gremial de los líderes de la Unión.

Las deportaciones de gitanos iniciadas este verano por el Gobierno de Nicolas Sarkozy han generado una crisis en la Unión Europea con escasos precedentes. Francia, un país fundador de la UE y motor, junto a Alemania, de las políticas comunitarias, se encontró ayer merecidamente contra las cuerdas a cuenta de una política que choca con los principios europeos de libre circulación de movimientos y no discriminación racial. Frente a la pasividad con la que Europa asistió hace dos años al censo de gitanos lanzado por Berlusconi en Italia, el populismo de Nicolas Sarkozy encontró ayer una respuesta a la altura por parte de la Comisión Europea, en abierto contraste con el sonrojante apoyo de la mayoría de líderes de la UE reunidos en el Consejo Europeo, que optaron por un diplomático pragmatismo de bajo vuelo.

Contra todo pronóstico, dada su inicial tibieza respecto a este asunto, Barroso le mantuvo el pulso a Sarkozy. Como resultado, la Comisión, guardiana de los Tratados y, por tanto, de los principios fundamentales que cohesionan a la ciudadanía europea, sale moralmente reforzada de este envite. La sintonía demostrada en esta ocasión con el Parlamento Europeo, la primera institución que clamó contra las deportaciones, será un apoyo importante a la hora de tomar, en un par de semanas, la decisión definitiva sobre el procedimiento de infracción contra Francia.


La cara más amarga de la crisis abierta en Europa fue el movimiento táctico y oportunista de la mayoría de los mandatarios que se aprestaron a arropar a Sarkozy. Para ello contaron con la involuntaria colaboración de quien destapó el escándalo, la comisaria de Justicia y Derechos Fundamentales, Viviane Reding, quien comparó las expulsiones con las deportaciones de minorías por los nazis.

Los presidentes y primeros ministros del Consejo no desaprovecharon la oportunidad para desviar la atención de la cuestión fundamental, algo que hizo con especial énfasis Rodríguez Zapatero, sin tener en cuenta que Reding ya había pedido excusas la víspera. Es muy preocupante el espectáculo ofrecido por el español, como el de Angela Merkel, al equiparar el atropello que se está cometiendo contra cientos de gitanos con las declaraciones de la comisaria. Nadie osó criticar, en cambio, el exceso verbal del propio Sarkozy cuando desafió a Luxemburgo (país de la comisaria) a acoger allí a los gitanos. El respeto que reclamó Zapatero debió demandárselo en primer lugar al arrogante autor de esa provocación.

Ya se verá si la solidaridad gremial de los líderes con Sarkozy resulta eficaz. La deportación de gitanos iniciada por París ha generado un nivel de crítica sin precedentes mundialmente, Washington incluido, y ha provocado desencuentros con otros socios europeos, como Austria o Bulgaria. También merece los máximos reproches la connivencia demostrada ayer por un Gobierno como el español, que se dice socialista y atento a la ampliación de los derechos de los ciudadanos.


El País - Editorial

El mal vecino

España no debe preocuparse por llevarse bien ante Marruecos. Debe defender lo nuestro y tener buenas relaciones sólo si eso sirve a nuestros fines.

Portugal no reclama oficialmente Olivenza. Marruecos sí exige que Ceuta y Melilla pasen a formar parte de los dominios del sultán alauita, pese a que tal reclamación tenga aún menos sentido, históricamente hablando, que una hipotética exigencia lusa. De modo que, simplificando bastante la situación, se pueda considerar a Portugal como un buen vecino, con el que nos podemos y debemos llevar bien, y a Marruecos como uno rematadamente malo. Las razones por las que, supuestamente, España debe llevarse bien con el país africano no resultan especialmente comprensibles.

Las naciones –al menos las que siguen considerándose como tales– se comportan en el concierto internacional de acuerdo a sus propios intereses. No cabe duda de que Marruecos así lo hace. Entendiendo que desea la anexión tanto del Sáhara como de las islas y ciudades españolas en África, su comportamiento resulta perfectamente comprensible y profesional. No así, en cambio, el de su contraparte española. Es cierto que Marruecos casi siempre dispone de algún elemento con el que hacernos presión –la pesca, la inmigración, el tráfico de drogas...–, pero el problema es que España casi siempre ha renunciado a hacer lo propio. Excepto en la última legislatura de Aznar, han hecho lo que han querido sin oposición alguna.


De ahí que el PSOE se echara al cuello de Aznar por visitar Melilla, calificando de "deslealtad" que un ex presidente español acudiera a una parte de nuestro territorio. Zapatero y los suyos temieron que Marruecos aumentara. No se han preocupado ni un segundo por crear redes de información en el país vecino, por financiar movimientos democráticos en su interior, por ser fuertes en la UE para poder amenazar con perjudicar el estatus comercial de Marruecos en la Unión. No, lo único que han hecho ha sido plegarse en todo a las exigencias del régimen. Que no quisieran seguirle el juego resultaba, claro, inaceptable. Pero lo único inaceptable ha sido la política del Gobierno de Zapatero hacia Marruecos durante todos estos años.

Aquella reacción no sentó muy bien entre la opinión pública, de ahí que la visita de Rajoy a Melilla –tardía, pero apropiada–, no haya provocado las mismas reacciones. Pero eso, siendo una mejora, no es ni de lejos suficiente. España no puede aceptar que Marruecos considere una "provocación" que el Rajoy acuda a una parte de nuestro territorio, ni que continúe calificando de marroquíes dos ciudades españolas. Debería exigir, por tanto, una rectificación. Y tomar represalias si no la obtiene.

Pero para que una nación se comporte como debe, defendiendo sus intereses, primero debe creerse tal. Y si España ha dado tal carta de naturaleza a sus movimientos secesionistas, ¿cómo va a defender la integridad de su territorio frente a terceros? ¿Qué esfuerzos va a hacer para luchar por unos intereses que no cree comunes? La dictadura marroquí, naturalmente, no tiene esos complejos. Por eso una reclamación tan desquiciada en el fondo ha pasado a ser parte de nuestro día a día político.

España no debe preocuparse por llevarse bien ante Marruecos. Debe defender lo nuestro y tener buenas relaciones sólo si eso sirve a nuestros fines. Es lo que hacemos todos cuando nos toca convivir con un mal vecino.


Libertad Digital - Opinión

Rajoy, en Melilla

Esparcir dudas sobre la «oportunidad» de la visita de Rajoy a Melilla equivale a interiorizar la estrategia de Marruecos sobre la falta de legitimación española de Ceuta y Melilla.

LA reacción del Gobierno marroquí a la visita del líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, a la ciudad autónoma de Melilla demuestra que el país vecino sigue instalado en una política de demagogia nacionalista que aprovecha cualquier ocasión para exhibirse. Por supuesto, calificar como «provocación» la presencia de Rajoy en Melilla, como ha hecho el primer ministro marroquí, es una burda intromisión en los asuntos internos españoles. Tan burda que sería incluso risible si no fuera porque, tras los incidentes en la frontera de hace unas semanas, el Gobierno de Rodríguez Zapatero dio por zanjados los problemas con Marruecos. Entonces, el Ejecutivo marroquí acogió con satisfacción la visita de Pérez Rubalcaba a Rabat. Ahora, se atreve a descalificar la que hizo ayer Rajoy a Melilla. Mal ha solventado el Gobierno socialista las tensiones de los últimos meses si, a la primera de cambio, el régimen marroquí vuelve a las andadas con una crítica tan desmedida y absurda como la que ha dirigido contra Rajoy. Es innecesario insistir en el derecho que tiene Rajoy a viajar a Melilla y a cualquier otro punto de España, cuando le venga en gana. Esparcir dudas sobre la «oportunidad» de la visita, error en el que incurrió ayer el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, equivale a interiorizar la estrategia de Marruecos sobre la falta de legitimación española de Ceuta y Melilla. Las relaciones con Marruecos no son un problema de oportunidad o de formas. Los convierte en problema la manipulación histórica sobre Ceuta y Melilla desde el lado marroquí para mantener viva una política irredentista.

Por eso, al Gobierno marroquí sólo le satisfacen la sumisión y el silencio ante sus bravuconadas y reivindicaciones territoriales, pero una y otra no son las respuestas que debe dar el Ejecutivo español. Tampoco serían pertinentes reacciones diplomáticas desproporcionadas, porque como bien dijo ayer Rajoy, eludiendo la polémica con la que quería entramparlo el gobierno marroquí, es más lo que une a ambos países que lo que los separa. Y es cierto que la buena relación con Marruecos es estratégica para España por razones económicas y de seguridad, pero no debe convertirse en una especie de chantaje que fuerce al Ejecutivo español a callar o fingir ante los desplantes de nuestro vecino para no perjudicar la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico o la inmigración ilegal. Desde el momento en que el ministro del Interior viajó a Rabat tras los incidentes en la valla de Melilla, el Ejecutivo español dio a Marruecos la condición de víctima que su Gobierno quería. Ahora, con Rajoy ha impostado una nueva ofensa que no ha sido suficientemente desautorizada por el Gobierno español.

ABC - Editorial

jueves, 16 de septiembre de 2010

El peligro de agradar. Por Hermann Tertsch

«Aplacar y agradar», es el lema. Sabiéndolo, Marruecos pedirá pronto la discoteca de La Meca de Águilas.

EL primer ministro marroquí, Abbas el Fasí, se ha enfadado mucho cuando se ha enterado de que el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, iba a visitar hoy Melilla. Tanto le han molestado los planes de don Mariano que le ha escrito una carta para decirle que no viaje. «No viajes que nos provocas», viene a decir en muy sucinto resumen. Como la carta no era íntima, El Fasí, la difundió a bombo, platillo y televisión. En ella nos amenaza con un terrible agravamiento de las relaciones en caso de que Rajoy ose pisar Melilla. Dice que sería una pena estropear nuestras idílicas relaciones. Eso sí, dejando claro que lo que creemos nuestro es suyo y que nos lo va a quitar: las dos ciudades españoles en África. No debe existir amistad más sólida que la que sobrevive a las continuas amenazas de uno de los amigos de robarle al otro. Para añadir dramatismo al viaje de Rajoy, que estuvo en junio en Melilla sin que nadie se inmutara, el régimen ha movilizado a sus huestes. Para organizar una de esas protestas espontáneas que la libérrima ley marroquí permite cuando sus ciudadanos quieren protestar, ya sea contra la visita de Rajoy, las torturas en las cárceles, los derechos saharauis o la subida del pan.

La respuesta de Rajoy ha tenido la forma campechana a la que tan acostumbrados nos tiene. Que no sólo irrita a marroquíes. Pero en el fondo no podía decir otra cosa. Él en España viaja a donde le da la gana y Marruecos puede decir misa. Hasta ahí todo bien. Si a Marruecos le molesta lo que pasa en España que le llore a Anasagasti. Nosotros no pedimos derecho a veto en las fiestas de Mohammed VI. Pero sí nos preocupa lo que pasa aquí. Porque —qué casualidad—, la airada carta del primer ministro marroquí contiene expresiones que parecen copiadas de un artículo que publicó el martes El País como su principal tribuna. Firmado por Ignacio Sotelo, un intelectual socialista español que el felipismo tuvo a bien jubilar de la política, el artículo aboga por entregarle a Marruecos cuanto antes Ceuta y Melilla. «Recomponer las relaciones con Marruecos», lo titula su autor. ¿Para qué recomponer si son impecables? Sotelo —como ya hizo el diplomático socialista Máximo Cajal— asume y acepta la posición y el chantaje marroquí. Está claro que Marruecos le ha cogido la medida a Zapatero. Sabe que el agónico personaje es, en su obsequiosidad, ideal para que Rabat cimente un derecho de veto sobre la normalidad de la vida en estas dos ciudades. Sabe que tiene aliados entre los socialistas que ven Ceuta y Melilla poco menos que como cuarteles de generales africanistas. A los que, si lo saben, importa un carajo que Melilla cumpla mañana 513 años de españolidad. «Si se irrita, denle. Aplacar y agradar», es el lema. Sabiéndolo, Marruecos pedirá pronto la discoteca de La Meca de Águilas. Así las cosas, se la tendrá que disputar a otros islamistas que lleguen antes.

ABC - Opinión

Afganistán. La guerra es tabú. Por Cristina Losada

Si Bush decía "guerra", era guerra –y una que merecía los peores adjetivos–, pero si es Obama quien emplea el término, entonces, como corresponde a un gran líder progresista hermanado con el nuestro, "guerra" significa misión de paz.

La primera ocasión que el Gobierno concedía al Congreso para debatir sobre la guerra en Afganistán se ha perdido en gansadas, como suele pasar. Entre ellas, ha brillado especialmente la imitación de Humpty Dumpty que nos obsequiaba el portavoz del partido gubernamental. Alonso, doctor en lenguas, sostuvo que cuando un anglosajón pronuncia la palabra "guerra", no debemos de pensar que habla de una guerra de verdad. Depende. Y depende, en corto y por derecho, de lo que nuestros socialistas tengan a bien interpretar. Por ejemplo, si Bush decía "guerra", era guerra –y una que merecía los peores adjetivos–, pero si es Obama quien emplea el término, entonces, como corresponde a un gran líder progresista hermanado con el nuestro, "guerra" significa misión de paz. Para saber si una guerra es una guerra basta fijarse en quiénes gobiernan y envían las tropas. Pues la cuestión no es, como pensaba la pequeña y anglosajona Alicia, "si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes". La cuestión es saber quién manda.

Aquí, mande quién mande, no se quiere reconocer de ningún modo que España participa en una guerra. Los de Ferraz recurren al eufemismo a fin de evitar que se identifique como operación bélica la que se desarrolla en Afganistán y hasta ocultan, cuanto pueden, que es la OTAN la que lleva las riendas. Pero los de Génova portan en su historial aquella "zona hortofrutícola" de Irak que describió Trillo en sus tiempos, además de la renuncia a explicar por qué nuestro país debía de apoyar la intervención contra Saddam. Ni el PP antes, ni el PSOE ahora, están dispuestos a enfrentarse a una mentalidad dominante en la sociedad. No se desea oír siquiera la palabra "guerra" y por eso los políticos no la pronuncian, salvo que puedan utilizarla en cortoplacistas juegos de oposición, como el de Zapatero contra Aznar.

Hay quien llama pacifismo a ese rechazo absoluto, suceda lo que suceda, al uso de la fuerza, pero ante todo se trata de una huida de la realidad. Las democracias no libran una guerra contra el terrorismo islámico por gusto, sino por necesidad. En lugar de formar e informar a la opinión pública para que acepte los sacrificios que entraña esa guerra, los dos grandes partidos se enzarzan en lo trivial. Ahora, Zapatero ha de protegerse, tras barreras semánticas, de los sentimientos que tanto contribuyó a sembrar.


Libertad Digital - Opinión

La defensa de Europa. Por M. Martín Ferrand

La deseable libre circulación de las personas tiene su límite en la observancia estricta de las leyes locales.

LOS diarios europeos propensos a anteponer los valores de la izquierda sobre los de la derecha, especialmente los españoles, experimentan un gozo especial, que rezuma en sus páginas, cuando tienen ocasión de zurrarle la badana a Angela Merkel y Nicolás Sarkozy. En eso, la izquierda tiende a ser más sañuda y corporativa que la derecha y, siempre en formación cerrada y excluyente, ensalza a los suyos con perjuicio para los ajenos. En estos días, el presidente francés se ha convertido en la diana preferida de quienes anteponen la justicia social a la Justicia propiamente dicha. Es cierto que Francia ha cometido un error ambidiestro, la puesta en circulación de una nota de su ministerio del Interior en la que apunta como preferente la expulsión del territorio nacional de los «gitanos rumanos» en situación ilegal. El toque xenófobo que apunta a los gitanos es impropio de la Nación que promulgó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano más de siglo y medio antes de que la ONU aprobara la de los Derechos Humanos que ahora se invoca contra Francia.

Al margen del error formal, grave si se quiere, que conlleva el señalamiento de los gitanos, Europa tiene la necesidad de defenderse. Cuando la comisaria de Justicia de la UE, Viviane Reding, manifiesta su «profunda irritación» por la conducta del Gobierno francés no añade en su crítica, en su condición de luxemburguesa, una invitación a los gitanos que Francia ha expulsado para instalarse en Luxemburgo. La deseable libre circulación de las personas, el espíritu que defiende el Acuerdo de Schengen, tiene su límite en la observancia estricta de las leyes locales por parte de todos sus beneficiarios desde el principio de mutua aceptación con quienes proceden de otros espacios, creencias y civilizaciones.

Europa tiene la necesidad, y el deber, de defender los fundamentos de su propia grandeza, su identidad cultural y sus legítimos intereses económicos. La competencia desleal que, en la industria y el comercio, viene de Oriente; la agresión de ideas y creencias contradictorias con las que fundamenta la Unión y el oportunismo delictivo de personas y grupos que, amparados por la Ley, burlan la Ley, son situaciones que Europa debe evitar. Sin atisbos de racismo o xenofobia, pero sin complejos de falso progresismo. Francia ha hecho mal, muy mal, al engañar a la Comisión Europea; pero hizo bien, muy bien, cuando puso en la frontera a quienes, sin respeto a lo establecido e independientemente de su perfil étnico o su origen nacional, actuaban como okupasy se ponían por montera el Código Penal, el Civil e, incluso, el de Circulación.


ABC - Opinión

Sucesión de ZP. Operación Rubalcaba: toda la verdad. Por José García Domínguez

Un imposible metafísico, ése de su desembarco en La Moncloa, que se apoya en tres poderosas razones de Estado, tres anatemas que a nadie versado en alta política se le escaparán. A saber, el primero es calvo, el segundo viejo y el tercero feo.

Creo recordar que era Stefan Zweig, aunque puede que fuese otro, quien recomendaba recalar en las librerías de cada nuevo país visitado si uno quería descubrir la fibra moral de sus nativos. En el caso español, sin embargo, tal propósito sólo se alcanza observando con la atención debida a los maniquís de la planta de caballeros de El Corte Inglés. Para quien sepa leerlo, el diagnóstico clínico de nuestro espíritu colectivo está escrito en esa colección de trajes vacíos, sonrisas petrificadas, decididos ademanes ficticios y eufórico dinamismo inmóvil. De ahí, por cierto, lo muy peregrino de las fantasías periodísticas que ahora quieren ver a Rubalcaba, Solana, o incluso a don José Blanco, pilotando lo que se ha dado en llamar poszapaterismo. Y es que ninguno de ellos alberga la más remota posibilidad de encabezar la sucesión.

Un imposible metafísico, ése de su desembarco en La Moncloa, que se apoya en tres poderosas razones de Estado, tres anatemas que a nadie versado en alta política se le escaparán. A saber, el primero es calvo, el segundo viejo y el tercero feo. Rubalcaba, el Judas más invocado en las fabulaciones gnósticas, adorna su intrigante personalidad con los supremos atributos civiles de la Galaxia Gutenberg, esto es, del Pleistoceno. Así, se le sabe formado, leído, inteligente, astuto, discreto, prudente y bregado en mil batallas. Mas, como ya se ha denunciado ahí atrás, sufre de alopecia galopante, un estigma inadmisible para las erráticas audiencias televisivas de hoy.

E igual cabría decir de su par Solana. El pueblo soberano bajo ningún concepto admitiría al mando de la nave a un hombre con su currículum académico, su experiencia nacional e internacional y sus... arrugas. Aquí, es sabido, Ronald Reagan jamás habría llegado a concejal de abastos en Betanzos. Para las cosas serias, la ciudadanía, como gustan decir los cretinos, prefiere a becarios que luzcan bonito en los planos cortos, llámense Adolfo Suárez, Felipe González o José Luis Rodríguez. Recuérdese al respecto a aquel jefe de la leal oposición, cierto Manuel Fraga, infinitamente más preparado que González e incapaz, no obstante, de batirlo en el terreno siempre ful de los medios audiovisuales. ¿Quién será el heredero, entonces? En el escaparate de la tienda de Serrano habita la respuesta.


Libertad Digital - Opinión

Liberales y liberados. Por Ignacio Camacho

Aguirre ha irrumpido con espontáneo ardor thatcheriano en el pleito fratricida de la izquierda.

POR los amplios márgenes de ambigüedad del discurso contemplativo de Rajoy ha irrumpido Esperanza Aguirre con el ardor thatcheriano y liberal de su propuesta contra los liberados sindicales, tan objetivamente razonable como acaso estratégicamente inoportuna. En las vísperas de la huelga general, que es un conflicto al fin y al cabo fratricida entre los sindicatos y el Gobierno —aunque más bien parece una pelea de guante blanco—, la presidenta madrileña se ha metido por medio de las trincheras abiertas en la izquierda ofreciendo a las partes en discordia un blanco perfecto para su fuego concentrado. Con las pocas ganas que tienen de discutir entre ellos, lo que les hacía falta era un pretexto para olvidarse de su pleito sociolaboral en torno a un enemigo común que Aguirre les ha proporcionado de forma espontánea. Los tímidos gritos de «Zapatero dimisión» que empezaban a brotar de las filas sindicales se han vuelto de repente contra el rival que más les gusta, una derecha a la que no sabían cómo implicar hasta que se ha enredado ella sola. Esperanza les ha tocado de verdad la fibra sensible, la de las cosas de comer, y si no fuese porque ya han convocado la huelga contra la política de ajuste gubernamental se la acabarían haciendo a su fetiche favorito. Raro será que no la saquen en el próximo vídeo del Chikilicuatre.

En términos objetivos, la iniciativa aguirrista es impecable y conecta con un clamor creciente contra el abuso de las prerrogativas sindicales, especialmente irritantes en tiempos de precariedad laboral y crisis económica. Si acaso tiene un punto débil es que ese abuso se ha producido —sobre todo en la Administración— con la anuencia de todos los partidos, incluido el PP, que han preferido ponerse a bien con los sindicatos haciendo la vista gorda ante el sobredimensionamiento evidente de la bolsa de liberados. A Aguirre le duele de forma especial porque la muy sindicalizada función pública se ha convertido en el ariete socialista contra su propia gobernanza. Su intención de poner pie en pared está cargada de razón aunque quizá ha elegido mal el momento, entregando al adversario una impagable baza de distracción de opinión pública.

El gran problema de los convocantes de la huelga es su escasa convicción, su escrúpulo ideológico y político por tenerle que organizar una «putada» al Gobierno hermano, y esta irrupción inesperada les permite olvidarse de sus diferencias para converger en el victimismo frente a la derecha. El zapaterismo suspira aliviado —literalmente liberado— ante la posibilidad de compartir el desgaste. Y Rajoy se da cabezazos contra la pared: para una vez que había en este país un jaleo del que nadie le echaba la culpa lo han metido desde sus propias filas en una batalla que pensaba ganar sin involucrarse.


ABC - Opinión

El viaje de Rajoy y las facturas pendientes de ZP con Marruecos. Por Federico Quevedo

El líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, viajó ayer por la tarde a Melilla donde hoy va a ser recibido por el presidente de esta ciudad autónoma, Juan José Imbroda. En circunstancias normales esto no tendría mayor relevancia, pero ayer el Gobierno de Marruecos montó en cólera y acusó al líder del PP de “provocación”.

Si este fuera un país normal, y cuando digo normal me refiero a una democracia consolidada en la que se respetan las reglas del juego y, sobre todo, las libertades y derechos de sus ciudadanos, incluida la libertad y el derecho para moverse por el territorio nacional, y esa libertad y ese derecho estuvieran protegidos como debieran por el Estado, lo lógico hubiese sido que, de inmediato, el Gobierno y, sobre todo, su representante en lo que a la política exterior se refiere, Miguel Ángel Moratinos, salieran en defensa de ese derecho y de esa libertad del señor Rajoy para viajar a una ciudad española cuando le venga en gana y por las razones que le parezcan oportunas. Pero no. Este es un Gobierno de cobardes, malditos cobardes, que se baja los pantalones ante todo sátrapa-caudillo-dictador que pueble la tierra, a costa de la dignidad nacional y nuestro orgullo como país.

Verán, lejos de cumplir con su obligación como titular de Exteriores y, por lo tanto, como defensor de los derechos y las libertades de nuestros ciudadanos, entre los que se encuentra nuestros dirigentes políticos, dentro y fuera de nuestras fronteras, lo que ha hecho Moratinos es aún más grave: ha amenazado al PP.


El martes por la tarde, sin ir más lejos, lo hizo en el Senado ante una interpelación del portavoz de Exteriores, Alejandro Muñoz Alonso, a quien le dijo, textualmente, que en Marruecos “toman nota” de la actitud del PP, y le reprochó que su partido critique las violaciones de los derechos humanos que se practican en aquel país. Lo dije una vez, cuando las agresiones y torturas a los activistas españoles, y lo reitero: me alegro de que de una vez por todas los progres comprueben hasta donde llega la doble moral de este Gobierno y su cobardía vergonzante cuando se trata de defender los derechos humanos en lugares como Marruecos o Cuba.

Si se tratara de Chile o Argentina en tiempos de la dictadura, otro gallo cantaría. Pues bien, según Moratinos, Marruecos toma nota… Y eso, ¿qué significa? Porque la experiencia dice que las ‘notas’ que toma Marruecos suelen tener consecuencias a veces muy dolorosas, y si fuera así cabría recordarle en el futuro a Moratinos sus palabras, cargadas de la demagogia totalitaria y sectaria a la que ya nos tiene acostumbrados.

Miren, lo que va a hacer hoy Mariano Rajoy es lo razonable: defender nuestra dignidad nacional ante lo que este verano ha sido una campaña vergonzante y vergonzosa de acoso por parte de las autoridades marroquíes a nuestras policías, a los ciudadanos de ambas plazas –Ceuta y Melilla- y a aquellos que libremente han elegido el camino de la defensa de los derechos de los saharauis. De eso de defender derechos sabía mucho, antes, un tal Rodríguez, que ahora se esconde debajo del turbante de Mohamed VI para no tener que dar explicaciones por su actitud humillante ante un dictador y un sátrapa que permite que en su país se violen constantemente los derechos humanos.

Pero, fíjense hasta donde llega la doble moral y el doble lenguaje de este Gobierno, que el mismo Moratinos que hace unos meses defendía el derecho de la ‘flotilla’ a invadir aguas territoriales israelíes para llevar, supuestamente, ayuda a los palestinos y protestar por su situación, violando la normativa y las leyes de Israel, ahora dice que los activistas españoles a los que la policía marroquí torturó este verano tenían que haber respetado esas mismas normas y leyes porque venían de Rabat. ¡Ah! Que si son de Rabat, si valen, pero si son de Tel Aviv, no. Impostura, engaño, mentira y cobardía. Pura cobardía. Humillante y vergonzante cobardía.

Ahora resulta que es Rajoy el que ha ‘provocado’ a Marruecos. No han sido ellos, claro, los que nos han estado provocando durante todo el verano, que va. Eso era lo normal. Que insultaran y vejaran a las policías españolas, eso no es denunciable porque como, además, forma parte de su cultura tratar a la mujer como si fuera un espantajo, hay que respetarlo… ¡No te j…! ¿Y nos tenemos que aguantar, y quedarnos tan tranquilos? Pues a lo mejor resulta que no nos da la gana. A lo mejor resulta que muchos nos seguimos preguntando qué precio está pagando Rodríguez a Marruecos y porqué, y si al final de todo esto va a resultar que más de seis años después todavía seguimos pagando las facturas de cuando Rodríguez llegó al Gobierno en marzo de 2004 y como lo hizo, y si todo eso tiene algo que ver con el resurgimiento de la amenaza de Al Qaeda contra España y la reavivación de las llamadas fanáticas a la ocupación de Ceuta y Melilla, como primer paso para la particular reconquista de Al Andalus.

Moratinos y Rodríguez tienen que dar muchas explicaciones, pero siguen escondiéndose tras el caftán del monarca alauita.


El Confidencial - Opinión

Suicidas contra España

El terrorismo islamista ha demostrado que su voluntad de destruir la democracia no es un medio para alcanzar un objetivo, sino que constituye un fin. La amenaza es global y obliga a los gobiernos y a las sociedades que se encuentran en el punto de mira a asumir sacrificios con la determinación de aquellos que saben que evitan daños mayores. En España conocemos el grado de dolor que la violencia indiscriminada puede causar. En la memoria, los atentados del 11 de marzo nos recuerdan hasta dónde pueden llegar estos enemigos de la libertad. Para quienes pretenden relativizar la amenaza, Al Qaida ha señalado a España como objetivo de sus ataques. Para aquellos que aún vacilan, pese a todo, o piensan que la guerra contra el terrorismo debe ser cosa de otros, LA RAZÓN publica hoy en exclusiva que la rama magrebí de Al Qaida, la misma que secuestró a tres cooperantes españoles en Mauritania, adiestra a terroristas suicidas para atentar en nuestro país. Un dato relevante es que este grupo dispone de la financiación suficiente para desarrollar sus planes criminales, lo que refuerza la convicción de que la cesión a los chantajes terroristas y el pago de rescates siempre arrastran consecuencias amargas. España dispone de unos magníficos Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, que han demostrado su eficacia contra las redes islamistas. Debemos confiar en ellos, por lo que no se trata de provocar un alarmismo desproporcionado, pero sí de concienciar a la opinión pública sobre los esfuerzos que nos exige a todos la lucha contra ese enemigo real, el mismo que es capaz de sembrar el terror en nuestras calles y de asesinar a tres españoles en Qala i Naw. Precisamente, Afganistán ha sido una prueba de obstáculos exigente y dolorosa para verificar nuestro grado de convicción colectivo en ese combate contra el terrorismo internacional. Aquella guerra nos ha exigido enormes sacrificios en el pasado y muy probablemente lo hará en el futuro. Los dos principales partidos demostraron ayer en el debate parlamentario sobre la guerra en el país asiático que su respaldo esencial a la misión militar se mantiene y que España no saldrá de allí «mientras estén en peligro la seguridad del país y de la región, la seguridad global y la seguridad de los españoles», en palabras de Zapatero. Un gesto de responsabilidad tanto del presidente como del líder de la oposición, más allá de que la contienda se mueva en la incertidumbre o que la falta de una planificación realista del conflicto parezca conducirlo a un callejón sin salida. Pero también hubo diferencias de calado. Mariano Rajoy denunció con razón la opacidad informativa del Gobierno y la falta de un trabajo pedagógico que ha provocado un creciente rechazo popular a la presencia de las tropas españolas. En efecto, el Gobierno ha cometido errores de envergadura, como insistir contra la fuerza de los hechos de que estábamos ante una misión humanitaria u ocultar buena parte de la verdad sobre la suerte de nuestras tropas. Ahora esperamos que cumpla con los compromisos internacionales y se mantenga firme en la convicción de que la libertad de los españoles se juega también a miles de kilómetros del país.

La Razón - Editorial

Afganistán: comparecer para no informar

Lo que denunciamos es la imposibilidad de ganar esa guerra cuando no se reconoce que estamos participando en ella, y cuando lo hacemos con el discurso más propio de una ONG que el que debería animar y llevar a cabo una misión militar.

El tan esperado pleno del Congreso dedicado a Afganistán y a nuestra presencia militar en aquel país ha servido para poner de manifiesto que Zapatero no está dispuesto a informar ni cuando tardíamente comparece, se supone que para hacerlo. Ya no es sólo que el presidente del Gobierno haya dejado por enésima vez de manifiesto su tozuda renuencia a reconocer que allí nuestros soldados están participando en una guerra, es que también se ha negado a informar con claridad y detalle por qué nuestras tropas lo están haciendo, contra quién estamos combatiendo, qué valores estamos defendiendo, cuáles son los objetivos de nuestra misión, cuál es el nivel de coordinación con nuestros aliados y hasta dónde estamos dispuestos a llegar con ellos.

El presidente del Gobierno no ha respondido más que con vaguedades a estos y otros muchos decisivos interrogantes, no todos ellos planteados por el líder de la oposición. Así, asegurar que "seguiremos haciendo todo lo posible para que pronto llegue el día en que nuestras tropas puedan abandonar el territorio afgano con la plena satisfacción del deber cumplido" está bien, siempre y cuando nos diga previamente, de forma concreta y clara, cuál es ese "deber que hay que cumplir". Referirse a él con inconcretas referencias a la "seguridad" o a la "estabilización del país" en nada lo esclarece, como tampoco lo hacen las referencias al terrorismo islámico, que parecían más destinadas a reforzar la versión oficial respecto a la autoría del 11-M que a otra cosa.

A este respecto no podemos dejar de manifestar nuestra sorpresa al ver cómo quienes dan por incontestable la autoría islamista de ese atentado, y la han utilizado para justificar nuestra precipitada retirada de Irak, la saquen ahora a colación para justificar nuestra permanencia en Afganistán. ¿Es que Zapatero aspira para Afganistán algo distinto a lo que no ha contribuido a lograr para Irak?

Somos los primeros, con independencia de la desacreditada versión oficial del 11-M, en advertir que el terrorismo islámico es una amenaza para todo el mundo libre y que Afganistán es un campo en el que hay que librar esa guerra. Lo que denunciamos es la imposibilidad de ganarla cuando no se reconoce que estamos participando en ella, y cuando lo hacemos con un discurso más propio de una ONG que el que debería animar una misión militar.

También nos ha llamado la atención que Zapatero no respondiera –ni Rajoy planteara la pregunta– sobre el grado de coherencia de luchar contra el terrorismo islámico en Afganistán, cuando además de satisfacerlo en Irak, nuestro Gobierno lo está financiando con el pago de rescates en el Sahel. Como valientemente ha denunciado Rosa Díez: "Para liberar a uno de los nuestros no se puede pagar a los que asesinan a otros de los nuestros".

El caso es que, visto lo visto, es imposible hacerse una idea sobre cuáles son los planes para Afganistán de nuestro Gobierno ni a corto ni a medio plazo ni lo que va a proponer nuestro país en la próxima cumbre de la OTAN en Lisboa. Respecto los irresponsables anuncios de retirada norteamericana, posteriormente matizados por el Gobierno de Obama, Rajoy ha estado muy acertado al advertir que "o bien los objetivos se olvidan de los plazos, o los plazos obligarán a olvidar los objetivos". El problema es que el nihilista de Zapatero no tiene claro ni los plazos ni los objetivos de nuestra presencia militar en Afganistán.


Libertad Digital - Editorial