jueves, 19 de agosto de 2010

La gran confusión. Por M. Martín Ferrand

El de Cantabria es un caso singular porque el PRC no siente pulsiones nacionalistas y carece de representación en el Congreso.

UN camello, según un chiste viejo, no es otra cosa que un caballo diseñado por un comité. Lo mismo que le ocurre a nuestro sistema político. La Transición, el brinco que permitió el salto de una dictadura a una democracia, tuvo que hacerse con tantas componendas que el modelo tiene sus rarezas. El problema reside en que esas rarezas —electorales, partitocráticas, autonómicas, demagógicas, sindicales, judiciales…— dan de comer a tanta gente que será difícil que quienes se benefician de ellas las repudien. El sistema electoral es una de las piezas más singulares del muestrario nacional que, hijo de consensos, genera efectos negativos como el poder desmedido de los partidos minoritarios periféricos de los que, de hecho, depende la potencialidad de Gobierno de los grandes partidos que, todavía, se dicen nacionales aunque ya no lo sean plenamente.

A la hora de la verdad, la que sigue al recuento de los votos en unas legislativas, el PNV, CiU, ERC o CC convierten en elefantiásica su representación. Lo mismo ocurre en el plano autonómico y buenos ejemplos son de ello las coaliciones que gobiernan en el País Vasco, Cataluña o Cantabria. Tres modelos de matrimonios de conveniencia que, con distintos resultados, burlan la voluntad mayoritaria expresada por los ciudadanos. El de Cantabria es un caso singular porque, de momento, el PRC de Miguel Ángel Revilla no siente pulsiones nacionalistas e, instalado en el regionalismo, carece, también de momento, de representación en el Congreso. El PRC, junto con el PSOE cántabro, ya lleva dos legislaturas birlándole al PP su mayoría minoritaria y ello, unido al populismo de Revilla, da lugar a confusiones que alcanzan condición escandalosa al hilo de los recortes en las obras públicas que, con gran frivolidad, anuncia, modifica, activa, amortiza y redistribuye el singular José Blanco.


Ramón Pérez-Maura, santanderino fino y periodista grande, quizás por su principal dedicación a lo internacional, se escandaliza con la tipología local. Ayer, en estas páginas, definía a Revilla como «prototipo del pillo de la política». ¿Cómo no habría de serlo si, desde la minoría, tiene anulados, a su favor, al PSOE y, en su contra, al PP? Es un demagogo en estado puro y, como se decía en esta columna el pasado 24 de julio, «maneja las anchoas de Santoña con la misma habilidad que un sheriff del Far West manejaba el Colt 45». Me reprocha Pérez-Maura haber escrito que Revilla «ha sabido trajinarse a Zapatero» y aceptaría su reproche si en el mismo párrafo, dos líneas más abajo, no hubiera matizado que «pudiera ser que fuera Revilla el trajinado».

ABC - Opinión

Zona de nadie. Por Ignacio Camacho

La visita de Aznar a Melilla no sólo ha dejado en evidencia la contemplativa galbana del Gobierno sino la de Rajoy.

EN la física política rige una inexorable ley de los espacios: aquéllos que uno deja vacíos acaban ocupados por el adversario. Este principio es válido tanto para la pugna de partidos como para los pulsos internos entre correligionarios; al que se duerme le comen la merienda porque en la lucha por el poder no queda sitio para zonas de nadie como la que Marruecos ha laminado en Melilla… aprovechando la pasividad española en una exacta metáfora de esta lógica espacial. Metro que uno abandona, metro que otro invade, se trate de espacios físicos, ideológicos, electorales o de oportunidad.

Por eso el Gobierno no se puede quejar de que Aznar le haya madrugado la atención que Melilla está reclamando de la política española. Con Moratinos desaparecido ignominiosamente —¿se estará escondiendo para que no le envíen de candidato a Córdoba?— en plena crisis fronteriza; con Bibiana Aído encogida ante el desprecio sufrido por las mujeres policías; con los vicepresidentes —Chaves es de Ceuta— en vacaciones o de inútil zascandileo autonómico; con Rubalcaba posponiendo una semana el contacto con su homólogo marroquí; con todo el Gabinete, en fin, refugiado en la galbana estival para minimizar la incómoda ofensiva de presión norteafricana, el vacío institucional y de liderazgo ofrecía una clara oportunidad para quien tuviese reflejos suficientes y ganas de aprovecharlo. La entusiasta recepción de los melillenses constituye una prueba manifiesta de su sentimiento de orfandad ante el quietismo oficial en un momento crítico.


Claro que la visita del ex presidente no ha dejado solamente en evidencia la falta de respuestas gubernamentales, sino que ha señalado —y es imposible que el interesado lo ignore— la apática indiferencia de un Rajoy del que lo último que han sabido los ciudadanos es que se iba de vacaciones con el cinturón de seguridad desabrochado. Con su ruidosa presencia en Melilla, Aznar ha eclipsado adrede el viaje consular de González Pons en las vísperas, enviando a la opinión pública un mensaje indisimulado de disconformidad con la posición contemplativa de su sucesor en el PP. Incapaz de dominar el hormigueo político que le desazona desde que dejó el poder y liberado de responsabilidades y compromisos, ha ido a ocupar un espacio vacante a sabiendas de que su presencia iba a formar un alboroto. Es el peligro de dejar tierra de nadie: que siempre hay alguien dispuesto a quedarse con ella.

Es evidente que el movimiento inopinado de Aznar ha pillado a toda nuestra dirigencia con el paso cambiado, provocando una sacudida de desafío en una política amodorrada. La idoneidad del gesto es discutible, especialmente en un ex mandatario que parece echarse de menos a sí mismo, pero está claro que había un margen de acción al alcance de cualquier iniciativa. A este hombre le corre sangre por las venas, aunque mezclada con una dosis considerable de resentimiento. A otros parece que no les corre más que horchata.


ABC - Opinión

Y Moratinos de vacaciones. Por Ignacio Villa

Definitivo: el Gobierno está de vacaciones. Rodríguez Zapatero se ha cuidado mucho este año para no dar una imagen de desconexión de la vida política en estas semanas de descanso. Desde el Gobierno no se han cansado de airear que este año se ha quedado en el Palacio de La Moncloa con algunos fines de semana largos para descansar. Incluso se han convocado algunos Consejos de Ministros para este mes vacacional buscando ofrecer una imagen de fotografía, de propaganda. Como estrategia puede tener su interés, nadie lo pone en duda; pero, si se está buscando el efecto de los resultados se pueden calificar como nefastos.

El aviso sobre una nueva subida de impuestos, la guerra fratricida –siempre entre sonrisas– en el PSM, la crisis de los controladores aéreos son algunas de las historias políticas que han dado color informativo a este mes de agosto. Pero desde luego lo que sobresale por encima de todo, con una gravedad más importante de lo que parece y con un fondo que, por el momento, no se ve el final es la crisis surgida en el norte de África que afecta a Melilla y que también tiene, nadie lo duda, como objetivo Ceuta. El bloqueo psicológico primero, y real después a la ciudad española de Melilla, y las vejaciones que han soportado y soportan las policías españolas en la frontera, tienen –como decía– una repercusión tremenda, que ha llevado incluso a intervenir personalmente al Rey Don Juan Carlos con el Monarca de Marruecos, pero que por el momento ha dejado al Gobierno socialista absolutamente inmovilizado.


Zapatero sumiso, Moratinos no existe y Ru-balcaba anuncia que la semana próxima acudirá a Rabat. ¡La semana próxima! ¿Qué agenda tiene el ministro del Interior para no poder acudir a las ciudades españolas en el norte de África en pleno mes de agosto? Aunque desde luego, no admite discusión, el gran desaparecido en este conflicto es el ministro de Exteriores. Moratinos, un ministro que alardea de su buena relación con el mundo árabe, en un momento de crisis diplomática con Marruecos que empieza a compararse con lo ocurrido en Perejil, ni está, ni se le espera. ¿Dónde está Moratinos? ¡Qué alguien nos lo diga!, aunque sea simplemente por vergüenza torera.

Lo que está ocurriendo en Melilla y previsiblemente también en Ceuta requiere una reacción inmediata del Gobierno socialista. Dice no estar de vacaciones, pues bien debe demostrar lo que dice y lo que no hace. En Moncloa se han puesto muy nerviosos por la presencia del popular Esteban González Pons en Melilla. Hay que decir al Gobierno: ¡menos nervios y más acción! González Pons ha hecho lo que tenía que haber hecho el Ejecutivo hace muchos días. Por lo tanto, lo dicho, menos nervios en Moncloa y una obligada rectificación. El ministro Moratinos tiene que decir y hacer algo. Y eso por lo que parece es mucho para el titular de Exteriores que no está dispuesto a dejar sus vacaciones.


La Razón - Opinión

Izquierda, derecha, crisis. Por José María Carrascal

«La debilidad de la izquierda ha sido siempre la economía. Sabe gastar el dinero. No crearlo. De ahí que en tiempos de crisis, la ciudadanía se fíe más de la derecha, incluso en los casos de que haya sido la causante de la misma, como el actual».

Una de las mayores ironías de la crisis que nos azota es que siendo la derecha la causante de ella, quien más la sufre es la izquierda. Es más, quienes están triunfando en las elecciones son los conservadores. ¿Ustedes lo entienden?

Que este crash, como el de 1929, fue causado por los excesos capitalistas —«una indigestión de mercado», he oído definirlo compasivamente—, no cabe la menor duda. Como que ha puesto en peligro la economía global, que aún no ha logrado recuperarse. Sin embargo, los gobiernos acudieron en ayuda de los causantes del desaguisado —las instituciones financieras— no por simpatía hacia ellas, sino por saber que pertenecen a quienes tienen allí depositado su dinero, no a sus directivos, aunque algunos actúan como si les perteneciesen. Los ahorros de cientos de millones de personas podían evaporarse con los fondos basura, creando un tsunami financiero de proporciones globales. No quedaba, por tanto, más remedio que acudir en su ayuda. Aunque había también que imponer normas más estrictas a dichas instituciones, cosa que todavía no se ha hecho. Es una de las causas de que la recuperación se retrase.


La principal causa, sin embargo, es que, como con los ratones y el gato, todos están de acuerdo en que hay que poner un cascabel a la crisis, pero el durísimo ajuste que ello significa se atraganta a la mayoría de los gobiernos, sobre todo a los de izquierdas, comprometidos con «lo social» y especialistas en gastar, no en crear riqueza. La debilidad de la izquierda ha sido siempre la economía, donde ha triunfado más en la teoría que en la práctica. Desde Marx, la economía de izquierdas ha significado la «nacionalización de los medios de producción». Pero todos los ensayos en ese terreno han sido un desastre. El comunismo no ha logrado ni siquiera alimentar bien a sus súbditos. Su utopismo —la creación de un paraíso en la tierra en el que cada cual recibiese según sus necesidades— ha desembocado siempre en campos de concentración. Es lo que obligó a la «nueva izquierda», la socialdemocracia, a adoptar buena parte de las normas capitalistas, ante la incapacidad manifiesta del Estado de regular los flujos económicos. De ahí que nadie hable ya de «nacionalizaciones». De lo que se habla es de «privatizaciones», incluso en ramos que tradicionalmente pertenecen al Estado: la energía, los transportes, incluso las cárceles y la educación. Ha sido una rendición en toda la regla. La «Tercera vía» de Blair no era más que un capitalismo suavizado y vigilado de lejos. Mientras Zapatero ni siquiera hizo eso: dejó que la economía neoliberal siguiese con todos sus excesos, los del ladrillo especialmente, mientras él se dedicaba a cambiar el «alma» de España, ya fuera en su articulación territorial, su memoria histórica o la laicización de su sociedad. La consecuencia fue que no vio la crisis hasta que empezó a mordernos el trasero, e incluso entonces, aplicó las medidas falsas, hasta que le llamaron la atención nuestros socios, pues estaba poniendo en peligro a todos.

Nada de extraño que la derecha esté mucho mejor preparada para la crisis que la izquierda. El capitalismo no intenta crear una sociedad perfecta, un paraíso en la tierra, como el socialismo. Se limita a dar rienda suelta a las ambiciones personales de alcanzar más de lo que se tiene y a facilitar el apetito de ascensión social de los individuos, que el socialismo, en su afán igualitario, coarta. Unidas todas esas ambiciones y apetitos individuales, se traducen en progreso del conjunto. Desigual, desde luego, pero progreso. Es algo que palpa la ciudadanía de los países desarrollados, que ante una crisis se fía más de los conservadores que de los «progresistas». De ahí que vote a la derecha incluso en los casos en que haya sido la causante del desaguisado, como el que vivimos.

Lo admite ya también la izquierda, aunque siempre quedará una minoría fanática aferrada a sus dogmas indemostrables, mientras a la mayoría de ella, cedido el terreno económico a la derecha, le quedan sólo por cambiar los usos y costumbres, las normas sociales, los modelos tradicionales de vida: el divorcio, la homosexualidad, las drogas, el aborto. Pero eso era algo que la sociedad burguesa iba ya cambiando, sin necesidad de revolución ni de alardes, lo que obliga a la izquierda a ir cada vez más lejos en su nuevo cometido. Estamos ante la desesperación del que no tiene ya nada que ofrecer, tras haber cedido la principal plaza al enemigo, y predica incluso disparates, como ocurrió en Alemania, donde llegó a considerar la pederastia una «educación sexual», hasta que la propia sociedad le dio el alto.

La presente crisis, sin embargo, nos ha llevado a una situación extrema: la izquierda carece de recetas para ella, pero las de la derecha tampoco sirven, como comprobamos tras dos años de forcejeo. La razón es que no estamos ante una crisis corriente, de las que se sale con el recorrido habitual: recesión, digestión y recuperación automática. En esta crisis, la recesión está deviniendo en depresión, de la que puede haber recuperación o no. De momento, sólo hay «brotes verdes» en aquellos países sometidos a un severo plan de ajuste. El resto sigue empantanado. Y es que esta crisis no es sólo económica, es principalmente social. No podemos seguir, al menos en el llamado mundo desarrollado, como hasta ahora, consumiendo a destajo, ganando más, trabajando menos, dejando las labores sucias a los que llegan del subdesarrollado, pues por ese camino pronto seremos él. El paraíso no existe en el socialismo ni en el capitalismo. Necesitamos regular no sólo nuestro sistema financiero, sino también nuestra forma de vida. Hay que adoptar nuevas normas laborales, nuevo cómputo de pensiones, nuevas relaciones individuales y colectivas, por la sencilla razón de que todo eso ha cambiado en las últimas décadas, sin que nos sirva ya nada de lo anterior.

El mayor escollo está en las dos corrientes contrapuestas en marcha: por un lado, la tendencia hacia la individualización. Por el otro, la marcha inexorable hacia la globalización. El individuo reclama cada vez más, en un mundo que se homogeneiza y no admite privilegios. Las reclamaciones individuales, o de pequeños grupos, en busca de perpetuar excepciones o alcanzar otras nuevas, chocan con las exigencias colectivas, que exigen un nivel común para todos. Pero estamos creando robinsones en una isla global, singularidades en medio de la uniformidad general hacia la que vamos. Algo imposible y hasta esquizofrénico, como en cierto modo es el mundo actual.

Pedir a los actuales políticos, sean de izquierdas o de derechas, que establezcan este nuevo orden mundial —que vendría a ser una nueva correlación entre derechos y deberes tanto de individuos como de naciones— son ganas de pedir peras al olmo. Los políticos actuales son lo más arcaico que hoy existe, perteneciendo la inmensa mayoría a la era prenuclear y preglobalización, por no hablar de los nacionalistas, que pertenecen a la prehistoria. Y todos ellos, como sus predecesores, no ven más allá de las próximas elecciones. Son, por tanto, incapaces de afrontar los nuevos problemas, el envejecimiento de la población, la deuda del Estado y de los particulares, la demanda creciente de energía, el cambio climático, el terrorismo, el nacionalismo excluyente, que requieren soluciones a largo plazo y afectan a todos en general y a cada uno en particular.

La crisis continúa así, arrastrándose como una inmensa boa dispuesta a tragarse a cuantos creen que esto va a arreglarse sin mayores esfuerzos o por el hundimiento del contrario. ¿Les suena?


ABC - Opinión

Rabat relaja la presión

En las últimas horas la situación en la frontera de Melilla ha experimentado una apreciable mejoría. Las gestiones institucionales, como el encuentro de ayer mismo del director general de la Policía con altos cargos marroquíes para analizar la crisis diplomática y preparar la próxima visita a Rabat del ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, parecen haber propiciado una paulatina distensión en el paso de Beni Enzar. La campaña de bloqueo de suministros a la ciudad autónoma por parte de los alborotadores marroquíes, que debía prolongarse desde ayer hasta el fin de semana, sólo ha durado un día. La limpieza de la denominada «zona de nadie», con la desaparición de los carteles denigrantes y ofensivos contra la Policía española, y, especialmente, contra las agentes, atestigua ese retorno a una cierta normalidad. Es evidente que la máxima responsabilidad del conflicto diplomático es de quien lo ha provocado, el régimen alauita; pero también de quien ha consentido que la situación degenerara, la diplomacia española, por su parálisis e incapacidad para reaccionar con eficacia ante el problema. El Gobierno tendrá que responder en sede parlamentaria de la gestión de la crisis y de sus consecuencias, y especialmente de la desaparición del ministro Moratinos y del vacío diplomático en Rabat –sin embajador ni cónsules españoles– denunciado por La Razón. Lo acontecido en Melilla ha puesto de manifiesto la falta de atención y solidaridad de las autoridades españolas hacia una parte del territorio nacional que se siente olvidada. Los titubeos del Gobierno y del PSOE han sido una prueba de cargo de esa frialdad. En este sentido, ha sido especialmente concluyente la agria reacción del Gobierno contra la presencia de dirigentes del PP en la ciudad autónoma, especialmente, la de José María Aznar. Hablar de deslealtad al Gobierno parece la pataleta de un Ejecutivo que sangra por la herida diplomática abierta por su desidia. Por no recordar el inopinado viaje de Zapatero a Marruecos como líder de la oposición en 2003, en otra crisis diplomática y con el embajador llamado a consultas; el posado del líder socialista ante un mapa en el que Ceuta, Melilla y Canarias aparecían como territorios marroquíes, o los encuentros de Felipe González con el rey alauita . Aznar, como cualquier otro español, es muy libre de visitar la ciudad española que considere conveniente. Por lo demás, no hay peor deslealtad a España y a los españoles que no defenderlos de la agresión externa. Y que un ex presidente ocupe un vacío institucional evidente y acuda a respaldar a una ciudad española en complicaciones es, ante todo, un ejercicio de responsabilidad. El último desencuentro con Marruecos no debería cerrarse como otros. Es obligado extraer conclusiones sobre las complejidades fronterizas en las ciudades autónomas, que son también los límites de la UE, y que tanto condicionan el desarrollo y la prosperidad de sus ciudadanos. Lo ideal sería establecer de una vez por todas un marco de estabilidad duradero para unas relaciones pacíficas y de buena vecindad, beneficiosas para ambas partes. Porque damos por sentado que la cita de Rubalcaba en Rabat cerrará la crisis, pero ¿hasta cuándo?

La Razón - Editorial

Aznar en Melilla

Está en su legítimo derecho de realizar actividades públicas y pronunciarse sobre cuestiones relevantes de la política española. José Blanco ha salido en tromba para criticar al líder popular, utilizando el término «deslealtad» y olvidando el viaje en 2001 de Zapatero a Rabat en plena crisis de los embajadores.

JOSÉ María Aznar fue aclamado ayer por miles de personas durante su visita a Melilla, donde se entrevistó con el presidente Juan José Imbroda y acudió —entre otros lugares— a la valla fronteriza con Marruecos. El ex presidente del Gobierno refuerza así la presencia del Partido Popular en la ciudad autónoma, tal y como hizo el día anterior el vicesecretario general de Comunicación, Esteban González Pons, en un significativo gesto de apoyo a las Fuerzas de Seguridad injustamente ofendidas. Aznar es una referencia indiscutible para el centro derecha español. Como es natural, está en su legítimo derecho de realizar actividades públicas y pronunciarse sobre cuestiones relevantes de la política española. Sin embargo, José Blanco (al parecer, el único ministro «activo» en esta etapa veraniega) ha salido en tromba para criticar al líder popular, utilizando con manifiesto exceso el término «deslealtad» y con selectivo olvido el viaje en 2001 del propio Zapatero a Rabat en plena crisis de los embajadores.

Lo cierto es que los melillenses han sabido dar cumplida respuesta a la actitud de unos y de otros, agradeciendo de forma espontánea la cercanía del PP y expresando al tiempo su rechazo ante la tibieza del PSOE en la defensa del interés general de España en este nuevo episodio de desencuentro con Marruecos. Las prudentes declaraciones del ex presidente reflejan en todo caso una realidad evidente, y es que esa ciudad española «no debe vivir entre el acoso y la dejadez». Los marroquíes radicales consideran una «provocación» esta visita de Aznar; pero no es ése precisamente el punto de vista que más interesa a la opinión pública española, perpleja —una vez más— ante la pasividad del Gobierno frente a la actitud inaceptable de determinados sectores del régimen alauí.

ABC - Editorial

Deslealtad con Melilla, deslealtad con España

Que hable de "deslealtad a España" el ministro de un Gobierno que precisamente ha hecho de esa deslealtad la base de su política hacia Marruecos es el colmo de la impostura.

El espectáculo de dejadez, cobardía e inoperancia que el Gobierno de Zapatero ha ofrecido estos días ante los intolerables insultos que el régimen marroquí ha dirigido contra la Policía destinada en los puestos fronterizos de Melilla, así como ante el bloqueo que Rabat ha instigado a la entrada de productos en la ciudad española, parecía difícilmente superable. El ministro José Blanco, sin embargo, ha querido hacerlo aún más bochornoso con unas declaraciones en las que acusa nada menos que de "deslealtad a España" al ex presidente del Gobierno, José María Aznar, por el supuesto delito de visitar esa ciudad española y transmitir a sus habitantes su solidaridad ante la situación de "acoso" y de "dejadez" que sufren.

Al margen de la mentira de Blanco de decir que Aznar "nunca visitó Melilla como presidente" –cosa que sí que hizo en dos ocasiones–, aquí la única deslealtad hacia España es la de un Gobierno que considera desleal que un ex presidente visite un territorio español y se solidarice con sus habitantes, que con fundamento sienten tanto el acoso del país vecino como la dejadez de su propio Gobierno a la hora de defenderlos. Aquí la deslealtad es la de quien, como Miguel Ángel Moratinos, desaparece en plena crisis teniendo que ser el Rey de España el que ejerza de ministro de Exteriores. Aquí la deslealtad es la de un Gobierno que, en lugar de atender las quejas que vienen haciendo las autoridades de la ciudad autónoma de Melilla, les pide que las silencie para "no contribuir a una escalada de la tensión con Marruecos". Aquí la deslealtad es la de un ministro como Rubalcaba que, en lugar de salir en defensa de nuestra policía frente a las calumnias lanzadas por Rabat, guarda un bochornoso silencio, tan desleal, por cierto, como el que durante tanto tiempo ha mantenido la ministra de Igualdad ante los insultos recibidos por las mujeres policía de nuestro país. Aquí la deslealtad es la de un Gobierno que finalmente cede y retira las mujeres policía de las fronteras de Ceuta y Melilla con Marruecos, no sin antes haber concedido a Rabat un millón de euros, tal y como denunciaba este miércoles La Razón.


Que hable de "deslealtad a España" el ministro de un Gobierno que ha hecho de esa deslealtad la base de su política hacia Marruecos es el colmo de la impostura. Con todo, puestos a hablar de "deslealtades" de ex presidentes del Gobierno, aun recordamos la que, contra la tradicional posición de España en el Sáhara y en beneficio de Marruecos, perpetró en el debate organizado por Caixaforum el 28 de septiembre del año pasado Felipe González con declaraciones tales como que en el Sáhara Occidental "no hay expoliación de recursos porque no hay ninguna actividad económica" o que el Sáhara Occidental fue parte de Marruecos pues estaba ligado por "derechos especiales" con el sultanato de Marruecos o que Marruecos es "el país con mayor espacio de libertades del mundo árabe".

Aquellas declaraciones de González, quien, dicho sea de paso, jamás visitó Melilla en sus catorce años como presidente, provocaron una justa queja del Observatorio para los Recursos del Sáhara Occidental, mientras que nuestro Gobierno guardó un condescendiente silencio. Y es que González, a diferencia de Aznar, ha brindado a Marruecos tan excelentes servicios como para recibir del propio Mohamed VI el visto bueno a la construcción en Tánger de una mansión valorada en 2,5 millones de euros sobre un terreno de 5.000 metros cuadrados en primera línea de playa. Será por lo muy leal que el ex presidente socialista ha sido con España...


Libertad Digital - Editorial

A caballo de la improvisación

Una vez más, los bandazos, desmentidos y matizaciones (de fondo) se convierten en el enrevesado eje sobre el que este Gobierno pretende articular una gestión inexistente.

SIGUIENDO la secuencia ya habitual en este Gobierno, la vicepresidenta segunda, Elena Salgado, desmintió ayer públicamente que el Ejecutivo vaya a realizar ningún tipo de reforma fiscal que implique una subida de impuestos, tal y como advirtió este pasado fin de semana el ministro de Fomento, José Blanco. Para Salgado, la «estructura fiscal» actual es suficiente para cumplir los objetivos de rebaja del déficit que se ha marcado el Ejecutivo para el próximo año y el buen comportamiento de la deuda española en los mercados internacionales permitirá incluso un margen adicional de recuperación de la inversión en infraestructuras, aproximadamente de unos quinientos millones de euros. Sin embargo, la vicepresidenta sí reconoció que habrá un pequeño ajuste «para favorecer la equidad»; lo que en realidad responde más al empeño personal del presidente en brindar un guiño a su electorado —con un aumento del IRPF sobre las rentas más altas— que a una medida real para aumentar la recaudación. Hasta tal punto llegó la corrección de Salgado a Blanco, que el ministro de Fomento se vio obligado a aclarar que sus recientes afirmaciones de homologar nuestros impuestos con los de Europa, eran en realidad una «reflexión» en voz alta sobre la necesidad de abrir un debate parlamentario respecto de la financiación y mantenimiento de las infraestructuras «de primera» que disfruta este país.

Una vez más, los bandazos, desmentidos y matizaciones (de fondo) se convierten en el enrevesado eje sobre el que este Gobierno pretende articular una gestión inexistente; y buena prueba de ello fue el reconocimiento por parte de Salgado de que la reunión con Blanco era «inusual». Pero si la reunión fue inusual, las conclusiones de la misma fueron sorprendentes. Porque dejar al albur del comportamiento de la deuda española el reajuste de la inversión resulta cuando menos aventurado, toda vez que cuando Zapatero ya insinuó una relajación en las medidas de austeridad, los mercados no tardaron un minuto en reaccionar negativamente. Quizá por eso, el ministro de Fomento aprovechó la comparecencia conjunta para «reflexionar» en voz alta sobre el horizonte que les espera a las grandes empresas adjudicatarias de Obra Pública, a las que avisó de que, pese al margen recuperado, «nada va a ser en este país como había sido hasta ahora». Y en esta parte, no cabe más que darle la razón al ministro. Porque mientras la improvisación siga dirigiendo el destino de este país, cualquier cosa puede ocurrir mañana.

ABC - Editorial

miércoles, 18 de agosto de 2010

Los impuestos que vienen. Por José María Carrascal

A la postre, pagará, como siempre, la clase media, que es a la que pueden controlarse sus ingresos.

LA forma más sencilla de saber qué ocurre hoy en España es oír lo que dice el Gobierno y pensar lo contrario. Sin importar quien habla, presidente, vicepresidentas, ministros o portavoces. Mentirán siempre. Se han metido en tal lío, han abierto tantos frentes, han cometido tales errores que ya no saben por dónde salir. La mentira es el atajo más fácil, pero incluso mentir les está resultando difícil, por contradecirles no ya la realidad, sino sus propias declaraciones.

Fíjense en lo que está ocurriendo con la subida de impuestos. ¿No habíamos quedado con que bajarlos era de izquierdas? Ahora resulta que lo de izquierdas es subirlos. «Pero no a la sufrida clase media», dice con su voz más meliflua el presidente. Entonces, ¿a quién? Pues los ricos no pagan el impuesto de las personas físicas. Tienen su dinero en sociedades, que cotizan aparte. Total, que a la postre, pagará, como siempre, la clase media, que es a la que pueden controlarse sus ingresos.

Otro tanto ocurre con lo de «pagamos menos impuestos que en los países de nuestro entorno», que ha filtrado el Gobierno junto a una serie de estadísticas muy floridas. Aparte de que ya sabemos que hay tres formas de mentir, engañando, ocultando la verdad y con estadísticas, ayer mismo, ABC demostraba que el IRPF español está por encima de la media europea. Eso, olvidando que los servicios que reciben los ciudadanos del norte y centro Europa son superiores a los que recibimos nosotros.


Pero prepárense para una subida de impuestos, porque se han quedado prácticamente secos y necesitan más dinero que un desierto la lluvia. Lo necesitan para subvencionar el paro que no cesa, para pagar las deudas internas y externas, para cuadrar el presupuesto que se echa encima, sin tener la mayoría necesaria. El PNV pide un precio exorbitante por los siete votos suyos, no solo en metálico, sino también en política. Aunque ya verán cómo al final terminan entendiéndose, pues ni al PNV le interesa que caiga un Gobierno contra las cuerdas, ni al Gobierno le interesa quedarse desnudo de presupuesto ante unos mercados internacionales que ya le miran con desconfianza. Así, de mentira en mentira y de trampa en trampa, va tirando.

Y es que sigue empeñado en afrontar la crisis desde el ángulo opuesto al correcto: el de recaudar más en vez de gastar menos. Es el gasto exorbitante de las muy distintas administraciones españolas lo que ha llevado a nuestra economía al foso en que nos encontramos y nos impide salir de ella. Es ese gasto lo que habría que recortar, en vez de subir la carga impositiva. Pero convencer a Zapatero de que se equivoca es algo así como ladrar a la luna.


ABC - Opinión

Gastroenteritis. Por Alfonso Ussía

No puedo remediarlo. He usado todo tipo de excusas para cancelar compromisos perezosos adquiridos con excesiva anterioridad. La mejor de todas, sin duda alguna, es la imprevista dolencia de una gastroenteritis. Una cosa así no se discute, y menos aún, se pone en duda. Cuando un hombre, con la voz entrecortada por el desasosiego, anuncia por teléfono que sufre de una sobrevenida y nada agradable gastroenteritis, el interlocutor y organizador del acto cancelado acepta inmediatamente la justificación. Sí, padecí una gastroenteritis, una correntía tan verdadera como inoportuna. Don Camilo cumplía ochenta años y no tuve fuerzas para presentarme en estado tan débil y mortificante. Le llamé y se lo dije. A los pocos días, recibí un tarjetón lamentando mi ausencia: «Guadalajara, 19 de mayo de 1996. Muy querido Alfonso: No somos nadie. ¡Y pensar que una cagalera te apartó de mi felicidad compartida por doscientos amigos! Mil gracias por tu recuerdo de los viejos tiempos, y por tu felicitación por la generosidad del Rey para conmigo; cuando me lo dijo, me quedé sin respiración. Ahora salgo para Galicia, pero a mi vuelta te dejaré en el Miguel Ángel los recuerdos que teníamos preparados para Pili y para ti. Para los dos, un abrazo muy fuerte de vuestro Camilo José». Unos meses más tarde, cenando en su casa con los Mingote, los Campmany y los Umbral, y amenazado por un compromiso que le daba mucha pereza cumplir le ordenó a Marina, su mujer. «Marina, mañana llamas a ese pelmazo y le dices que tengo gastroenteritis». «Alfonso la tenía cuando tu cumpleaños y tú no tienes nada», le replicó Marina. «Pero queda muy bien», sentenció Camilo, muy feliz con su falsa colitis.

Todo este preámbulo tiene un objetivo. Ofrecerle modelos de excusas a Zapatero para cancelar sus citas. El tío las cancela así como así, sin dar explicaciones. La buena educación exige siempre una justificación, aunque ésta pertenezca al ámbito de la mentira. Días atrás le dio plantón a Gómez y ayer fueron los grandes constructores los plantados. Le ofrezco una relación de excusas. «Tengo que acompañar a mis hijas a comprar ropa porque no me fío de su gusto». «Me he tenido que ir a Marbella a pagar el pufo que han dejado los Obama». «Estoy buscando a Moratinos». Y la mejor: «Ayer comí salpicón de mariscos y tengo gastroenteritis».

No conozco a nadie que viva tan alejado de su agenda como Rodríguez Zapatero. Vale menos una cita de Zapatero que una gestión de Valdano. Creo que ya no existen, pero a don José Luis le vendrían muy bien las «Luxindex», unas agendas que tenían muchas separaciones con cartulinas plastificadas de todos los colores con las que era imposible equivocarse. Tuve que dejar de usarlas por efectivas. Claro, que no es lo mismo la dejadez y aparente descortesía de un humilde escritor que la de un Presidente del Gobierno. Y también entiendo lo de la gastroenteritis. Que un individuo cualquiera padezca esa eventual porquería no es igual a que la sufra un genio de la política internacional y planetaria. La gente, que es malísima, se reiría de él. Pero algo tendrá que hacer para no adquirir fama de mal queda. Plantar a Florentino, Rivero, Entrecanales y compañía no está bien visto cuando son ellos los que están financiando las obras públicas. Agenda, Zapatero, agenda. Y una última recomendación. En la hoja correspondiente al 20 de agosto, escriba «Melilla». Y cámbiese el reloj de muñeca para recordar lo que quiere decir «Melilla». Que actúe de una puñetera vez, que parece marroquí.


La Razón - Opinión

De hormigón armado. Por M. Martín Ferrand

Ni Zapatero es un arcángel ni los presidentes de las grandes constructoras integran un grupo angelical y benéfico.

NI importa mucho si fue José Luis Rodríguez Zapatero quien canceló su reunión, prevista para hoy, con los presidentes de las grandes compañías constructoras o si fue al revés. Lo que queda claro es que al presidente y a su Gobierno no les gustan la luz ni los taquígrafos. Prefieren las sombras de la confusión y las palabras evanescentes. De ahí los espasmos, hijos de las encuestas y de los globos sonda, que marcan el ritmo monclovita y, también, la mala costumbre de gobernar de espaldas al Parlamento, como si el poder que manejan, muchas veces con exceso, les hubiera sido otorgado como un don sobrenatural por el mero hecho de llevar en la solapa un emblema con un puño y una rosa.

Ni Zapatero es un arcángel ni los presidentes de las grandes constructoras integran un grupo angelical y benéfico. El uno y los otros van a la suya y así es como debiera ser si, aunque solo en ocasiones, la suya coincidiera con la nuestra. Con los intereses generales, colectivos, de la Nación y no únicamente con las ambiciones electorales de un partido o las cuentas de explotación de unas empresas acostumbradas a trabajar con menos recursos propios, y mayor endeudamiento, de lo que marcan los cánones clásicos. Quizás no tenga nada que ver con lo que digo; pero el recién fallecido Francesco Cossiga, en sus días como presidente de la República, le preguntó a un colega italiano de los ahora plantados empresarios españoles de obras públicas: «Usted, ¿qué es lo que construye?». Con los respetos y ceremonias que son del caso, respondió el emprendedor: «Yo, señoría, construyo voluntades».


Del mismo modo que, cuando los años eran de vacas gordas, las grandes empresas constructoras no nos ofrecían, para celebrarlo, peajes gratuitos ni carreteras sin cargo al Presupuesto, cuando las vacas son flacas debieran dejar para ellos mismos la pena y el sufrimiento. Están tan acostumbrados a que el Estado, a través de sus distintas Administraciones, sea su cliente fundamental, y muchas veces facilón, que carecen de la musculatura y el espíritu de sacrificio que proporcionan el mercado verdaderamente libre, donde la competencia parece más limpia y menos condicionada a los porcentajes que Pasqual Maragall le señaló a Artur Mas y a los aires políticos dominantes en cada momento.

Las grandes constructoras, grandes pedigüeñas, no quieren parecerlo; pero, incluso para quienes no tenemos ninguna tentación socialdemócrata, resulta ya cansado que, como en la canción de Atahualpa Yupanki,

«las penas y las vaquitas
se van por la misma senda;
las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas».

ABC - Opinión

¿Qué pasa en Melilla?

Activistas marroquíes y el PP alientan de forma temeraria un conflicto sin causa conocida

La tensión en la frontera con Melilla lleva camino de convertirse en una crisis diplomática grave sin que, hasta el momento, nadie haya ofrecido una explicación clara y convincente acerca de cuáles son sus causas. En un primer momento, el Gobierno marroquí acusó a la policía española de infligir malos tratos a los subsaharianos que entraban en la ciudad autónoma, un extremo desmentido desde el Ejecutivo de Zapatero. Sobre este trasfondo, diversas asociaciones desde el lado marroquí, y el principal partido de la oposición desde el español, se han propuesto complicar en su propio beneficio el problema.

La carga de la prueba recae en quien acusa, y, por tanto, corresponde a Rabat identificar con precisión los incidentes en los que dice basar sus protestas. Y el Gobierno español, por su parte, está obligado a enfrentar la tensión a través de cauces que no alimenten el equívoco. No es fácil entender que se invoquen unas relaciones calificadas de excelentes cuando es evidente que atraviesan un momento de dificultades, aunque se ignore su gravedad. Tampoco se comprende una estrategia que coloca al Rey en primera línea, al tiempo que Exteriores se mantiene al margen y cede la iniciativa a Interior.


Sean cuales sean las causas de la tensión, no es admisible que organizaciones marroquíes exhiban carteles vejatorios para la policía española e impidan el tránsito de mercancías por la frontera. El respeto a la sociedad civil no puede justificar la inhibición de las autoridades marroquíes. Los afectados últimos del boicoteo son, sin duda, los habitantes de Melilla, pero sus organizadores están coartando la libertad de sus conciudadanos.

Desde España, el PP ha optado por el oportunismo. La visita a Melilla de su portavoz Esteban González Pons fue una exhibición de populismo veraniego. Sus declaraciones, propias de un agitador, buscaban un cierre de filas nacionalista. Solo a un inconsciente se le ocurre decir, pocas horas antes del inicio de los anunciados bloqueos, que la situación en la frontera es de "máxima tensión" y que el Gobierno tiene que recuperar la "tierra de nadie" existente entre las fronteras de España y Marruecos. Pons debería aprender del presidente de Ceuta, el popular Juan Vivas, quien manifestó su apoyo a las acciones emprendidas por el Gobierno y el Rey ante Rabat. El PP tiene que colaborar en la solución del problema. Hasta ahora ha optado solo por echar gasolina al fuego.


El País - Editorial

Desamparo emocional. Por Ignacio Camacho

Ceutíes y melillenses ven en la tibieza de los dirigentes políticos el reflejo de una sociedad desentendida.

HACE tiempo que entre la población de Ceuta y de Melilla existe un sentimiento de desamparo casi tan intenso como el de su españolidad, y acaso no resulte aventurado decir que en cierto modo el primero es consecuencia del segundo. Los habitantes de esas ciudades temen que su acendrado sentido de pertenencia se haya convertido en una extravagancia en la España del pensamiento débil y la nación de naciones, y se ven a sí mismos como eventual cabeza de turco de la pusilanimidad diplomática de un Estado al que consideran demasiado pendiente del cambiante humor de la monarquía marroquí. Esa sensación de abandono no prevalece sólo en los momentos críticos en que Marruecos aprieta la presión, ni alcanza en exclusiva a la responsabilidad del Gobierno; ceutíes y melillenses recelan también a menudo de la propia solidaridad de sus compatriotas peninsulares, y en la tibieza de la dirigencia política ven el reflejo de una sociedad desentendida en la que no encuentran el suficiente apoyo moral ante la inestabilidad perpetua de su condición fronteriza.

Por eso en situaciones de tensión como la actual es importante que la opinión pública nacional exprese sin tapujos su respaldo a esos españoles que a día de hoy acaso sean de los pocos que aún se empeñan en seguirlo siendo, y que merecen por ello el amparo emocional colectivo que la diplomacia les niega por dudosas razones estratégicas. Más allá de la crítica política al Gobierno de turno y a la tradicional pasividad de las instituciones oficiales, Ceuta y Melilla necesitan que la España de la calle dé calor a su voluntad de resistencia y entienda sinceramente la dificultad real de su posición límite. Los habitantes de esas dos plazas no sólo reclaman protección gubernamental frente a la hostilidad táctica de Marruecos, sino su derecho a una conciudadanía igualitaria y a un compromiso de adhesión sentimental tan explícito como el de cualquier otro territorio.

Y es verdad que les debemos una expresión más cálida de cohesión, que por otra parte es el único modo de que el Gobierno se sienta implicado sin ambigüedad en la defensa de los intereses territoriales. Somos nosotros, los ciudadanos, los que debemos exigir que el ministro de Exteriores comparezca en una crisis de la que se ha ausentado clamorosamente, o que la ministra de presunta Igualdad defienda a las mujeres policías del ofensivo hostigamiento de las autoridades marroquíes. Somos nosotros los que tenemos que enviar al otro lado del Estrecho el mensaje inequívoco de que sabemos que aquello es a todos los efectos un trozo de España. Quizás sea improbable que ese testimonio resuelva los problemas de estrés político en una zona tan tirante, pero al menos puede aliviar el aislamiento de unos compatriotas que se sienten como la guarnición de Fort Apache.


ABC - Opinión

Uriarte. No sufras más por nosotros, Nacho. Por Carmelo Jordá

En su brevísimo perfil biográfico en la página del PP no aparece ninguna empresa, ningún destino, ni una oposición ni tan siquiera un mísero cargo en una compañía de titularidad municipal.

El presidente de las no tan Nuevas Generaciones del PP, Nacho Uriarte, nos desvelaba este domingo en una entrevista en La Razón dos datos de especial relevancia política: el primero su pasión por el yogur de chocolate, el segundo su pánico por convertirse en un profesional de la política, una situación que de llegar a producirse le haría "huir nadando de eso".

Tan definitiva frase la pronuncia un hombre que con 30 años recién cumplidos no sólo ocupa el puesto más elevado en la organización "juvenil" de los populares sino que es diputado en el Congreso, que creo que algo cobran, y miembro del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Popular, cargo que no sé si está remunerado pero que no parece propio de un señor que simplemente pase por allí.


El caso es que no se conoce, suponemos que por modestia del propio interesado, actividad profesional alguna del señor Uriarte fuera de la política. Tiene ciertos estudios, sin llegar al nivel de licenciatura eso sí, pero en su brevísimo perfil biográfico en la página del PP no aparece ninguna empresa, ningún destino, ni una oposición ni tan siquiera un mísero cargo en una compañía de titularidad municipal.

Por otro lado, para haber llegado a la tierna edad de 26 abriles a la presidencia de las juventudes de su partido es de suponer que ingresó en las mismas poco después de salir de la pubertad, sin tan siquiera haber cumplido completamente con el trámite de la adolescencia.

Desde entonces, casi a la par que le salía la poblada barba que luce hoy en día, debió de tener que trabajar duramente (es un decir) en el seno de la organización para ir escalando posiciones, esquivando las intrigas propias de los partidos políticos y entregándose al proyecto con una determinación quizá digna de mejor empeño. Así, aportando ideas, pisando cabezas y moviéndose con singular habilidad por las covachuelas de Génova (más difíciles de conocer y dominar que las mazmorras de Mordor) alcanzó su posición de privilegio en las NNGG y, posteriormente, un sillón en la cámara de la Carrera de San Jerónimo.

Pero ahora nos enteramos de que su vocación no es la política profesional, de que él en realidad deseaba hacer otra cosa aunque todavía no sepamos el qué y de que ha sacrificado su larguísima juventud (tiene treinta tacos y sigue siendo un "juvenil"), suponemos que en aras del bien público. Y encima el bien público, la vida es en ocasiones terriblemente injusta, tampoco parece haberse enterado mucho de la esforzada labor de Uriarte.

Así las cosas, no queda sino hacer un llamamiento público, casi una súplica: Nacho, para ya, no sufras más por nosotros, deja de ser diputado, hazte mayor saliendo de las Nuevas Generaciones y abandona Génova con lágrimas en los ojos, acabas de cumplir los 30 y te mereces ser feliz.

Además, tampoco es que te vayamos a echar mucho de menos.


Libertad Digital - Opinión

La mezquita imposible

Sin prejuzgar los delgados límites entre la tolerancia y el ejercicio de la libertad de culto, de construirse en la Zona Cero, la mezquita estaría cargada de un simbolismo muy alejado de los principios que aseguran defender sus promotores.

Si el objetivo de la construcción de la mezquita «Cordoba House» en las inmediaciones de la Zona Cero era contribuir al entendimiento y la coexistencia de las religiones, es evidente que desde ese punto de vista es ya un fracaso completo. La fuerte polémica que el proyecto ha engendrado en la calle se ha trasladado a la arena política, donde la ofensiva del Partido Republicano ante la posibilidad de levantar un complejo religioso en tan significado lugar ha encontrado un fuerte apoyo popular; tanto que incluso en el partido del presidente, una figura de relevancia como es Harry Reid, líder de los demócratas en el Senado, ha hecho suyo el sentimiento mayoritario de los norteamericanos y ha mostrado también su rechazo a la ubicación. Sin prejuzgar los delgados límites entre la tolerancia y el ejercicio de la libertad de culto, no se puede ignorar que de construirse allí, la mezquita estaría cargada de un simbolismo muy alejado de los principios que aseguran defender sus promotores. El mismo Barack Obama se ha dado cuenta de que no podía sostener abiertamente el proyecto porque para dar satisfacción a unos, causaba dolor e indignación a muchos otros, lo que confirma que el presidente debería haber meditado mejor sus palabras antes de dar a entender que apoyaba una idea que divide profundamente a la sociedad norteamericana.

Nueva York tiene muchas otras mezquitas, lo que demuestra que no es el hecho en sí lo que incomoda, sino la decisión de situarla en el mismo lugar en el que se produjo un atentado criminal, cometido por fanáticos que se arrogaban la condición de defensores de la religión islámica. La mejor manera de demostrar que el Islam no defiende aquel asesinato masivo sería precisamente situar la mezquita en otro lugar.


ABC - Editorial

El lastre de las constructoras

La sorprendente suspensión del encuentro entre el presidente del Gobierno y la cúpula de las grandes constructoras ha puesto el foco en la delicada situación del sector. Más allá de las distintas versiones que circularon sobre la cita malograda, lo sustancial es el horizonte de incertidumbre que se abre para un sector clave y fundamental de la economía española, no sólo por el impacto de la crisis, sino también por las dificultades añadidas del recorte de la inversión en 6.400 millones en obra pública decidido por el Consejo de Ministros. Esa controvertida medida, encuadrada en el paquete de ajuste fiscal, ha agudizado las complicaciones para las grandes compañías y para el entramado de empresas auxiliares que operan al calor de los contratos. El estado de la situación es el de un sector sobredimensionado y con márgenes de beneficios reducidos, que afronta un escenario de restricción de la demanda y una morosidad pública de gran envergadura. Las cifras hablan por sí solas del pesado lastre que soportan las constructoras por la incapacidad de las administraciones públicas para hacer frente a sus compromisos de gasto. Según los últimos datos disponibles de la patronal del sector, Seopan, el Estado les adeuda 6.500 millones, las comunidades autónomas 4.000 y los ayuntamientos 6.000 millones de euros. Si a eso añadimos el frenazo impuesto por el Ministerio de Fomento, parece sensato y más que conveniente que el Gobierno escuche y atienda las inquietudes y necesidades del sector.

Hablamos de empresas privadas, pero también de sustanciales intereses públicos. El escenario arrastra consecuencias sobre las que el Gobierno parece no haber reflexionado lo necesario. En términos de empleo, el sector estimó ayer mismo que el último ajuste en la obra pública supondrá una pérdida de 72.000 puestos de trabajo en el corto plazo, y que a dos años y medio se incrementará hasta 160.000 empleos. En un país que va camino de los cinco millones de parados, el futuro planteado por la Administración para la obra civil no es conveniente ni oportuno. Hay alternativas viables que no pasan por una catarsis de estas dimensiones en un sector, conviene no olvidarlo, que supuso el 10 por ciento del PIB nacional en 2009, y el 10,3 por ciento del empleo del país. La ineficiencia de las administraciones públicas en la gestión de los recursos no la pueden pagar ni las empresas ni los trabajadores. El país necesita un ajuste para contener el déficit y tiene ingentes partidas recortables, pero es un tremendo error, por muy sencillo que resulte políticamente, concentrarlo en un capítulo esencial para el crecimiento como el de las infraestructuras, que además presenta unas tasas de retorno fiscal relevantes: de cada 100 euros que se gastan, 59 regresan a la Hacienda. Por todo ello, resulta necesario hablar urgentemente con las constructoras, apostar por esta inversión productiva en tiempos de crisis, agilizar el crédito y proteger, en suma, a un sector generador de riqueza y de trabajo. La recuperación de la economía no podrá arrancar si no retiramos el lastre político que castiga a decenas de miles de empresas.

La Razón - Editorial

Dilemas de Zapatero

¿Qué ajuste perjudica menos a la recuperación: recortar obras públicas o subir impuestos?

Las principales empresas de la construcción y el presidente Zapatero han cancelado, por su excesiva visibilidad, la reunión prevista para hoy. El ministro de Fomento ha lanzado un globo sonda sobre una posible subida de impuestos con el argumento de que no podemos tener servicios de primera con tributos de segunda. ¿Hay alguna relación entre ambas noticias? La reunión con los empresarios era consecuencia de las quejas del sector por el drástico recorte de 6.400 millones de euros en inversiones en infraestructuras aprobado por el Gobierno en mayo pasado. Las empresas habían advertido de que esa reducción costaría miles de empleos. También habían llamado la atención sobre la alta morosidad de los Ayuntamientos españoles con las grandes empresas de la construcción, muchas de las cuales son concesionarias de servicios públicos como la recogida de basuras y otros. Problema, el de la morosidad, agravado por la prohibición de nuevo endeudamiento de las asfixiadas corporaciones municipales.

El Gobierno ya sabía que un recorte tan grande de las inversiones tendría efectos sobre el empleo, pero en el momento crítico en que lo decidió, bajo la presión de los mercados internacionales, una reducción del déficit público como la que planteaba Bruselas (del 11% al 3% del PIB en cuatro años) solo era creíble si se basaba en las principales partidas de gasto: los salarios de los funcionarios, las pensiones y las inversiones públicas. Pero esto último era contradictorio con el objetivo de contener la recesión y el paro.

Zapatero declaró la semana pasada en Mallorca que una vez controlada la presión sobre la deuda española y tras dos trimestres de (ligerísimo) crecimiento, tal vez podría moderarse el recorte previsto en obra pública. La colocación, ayer, de más de 5.500 millones de euros en letras del Tesoro a un interés inferior al de la anterior subasta se considera prueba de una mayor confianza en la deuda española. Pero el mismo Zapatero advirtió en Mallorca de que la recuperación puede sufrir un parón en el tercer trimestre. Lo que significa que la situación es frágil y que cualquier aumento del gasto en infraestructuras debería compensarse con recortes en otras partidas.

A no ser que el efecto de la suavización del recorte de gasto se equilibre mediante una subida de impuestos. Es lo que ha sugerido el ministro de Fomento. La propuesta ha indignado a la oposición, pero nadie se la ha tomado a broma, porque hace justo un año dijo algo parecido y poco después se aprobaba la subida del IVA. Ese antecedente hace dudar de que, de producirse, sea una subida solo "para los que más tienen", como dicen Zapatero y Blanco. El riesgo para la economía es que frene el despegue del consumo; y el político, que si, como otras veces, acaba afectando sobre todo a los asalariados de las clases medias, irrite aún más a ese sector, sin cuyo apoyo ningún partido ha ganado nunca unas elecciones.


El País - Editorial

Violencia de género y desigualdad ante la ley

La sentencia avala una lamentable normativa que no sólo ha demostrado absoluta ineficacia a la hora de mitigar lo que quería combatir, sino que conculca principios constitucionales tan elementales como la igualdad ante la ley o la presunción de inocencia.

La sentencia que ha respaldado la constitucionalidad del artículo 148.4 del Código Penal, alumbrado en su actual redacción por la Ley de Protección Integral contra la Violencia de Genero de 2004, supone un aval a una lamentable normativa que no sólo ha demostrado su absoluta ineficacia a la hora de mitigar lo que quería combatir –los casos de violencia doméstica, especialmente los sufridos por mujeres, no han hecho otra cosa que aumentar desde que entró en vigor– , sino que respalda la vulneración de principios constitucionales tan elementales como la igualdad ante la ley o el derecho a la presunción de inocencia.

El artículo 148.4, que había sido recurrido por la juez titular del juzgado nº 2 de Albacete, establece que la pena por agresión puede ascender a entre dos y cinco años de prisión "si la víctima fuere o hubiese sido esposa, o mujer que estuviere o hubiere estado ligada al autor por análoga relación de afectividad", mientras que si la mujer fuera la agresora, la pena no podría superar los tres años de cárcel. Una mayoría de magistrados del Tribunal Constitucional no ha querido ver, sin embargo, ese evidente trato desigual por mera razón de sexo, alegando que el objetivo de la normativa no es otro que "prevenir las agresiones que, en el ámbito de la pareja, se producen como manifestación del dominio del hombre sobre la mujer". Semejante argumento, no viene, sin embargo, sino a consagrar una discriminación de raíz, pues se supone que lo que hay que combatir por igual es toda situación de dominio y toda manifestación de violencia que esta genere, con independencia que sea del hombre sobre la mujer o de la mujer sobre el hombre.


Naturalmente, se dan muchos más casos de violencia domestica ejercida por el hombre sobre la mujer que viceversa, pero esto es un dato estadístico, no un fundamento jurídico. Aunque en este último terreno, también sea cierto que, ante un mismo hecho delictivo, pueden existir circunstancias agravantes o atenuantes de cara al castigo, estas circunstancias no pueden venir predeterminadas y para todos los casos por el sexo del agresor o de la víctima, salvo que se quiera naturalmente elevar a precepto constitucional la paternalista expresión de "sexo débil" para referirse al género femenino.

Y es que por mucho que los magistrados interpreten que la normativa sólo pretende agravar el castigo cuando la víctima es "especialmente vulnerable", la ley y el artículo del Código Penal que la refleja otorga per se esa condición a la mujer por el mero hecho de ser mujer, mientras que al varón tiene que acreditar semejante circunstancia de vulnerabilidad para serle concedida. Así mismo, y refiriéndonos ahora al agresor, la ley y ese artículo del Código Penal establece una especie de principio de culpabilidad, al presumir, sin posibilidad de prueba en contrario, que toda acción lesiva del varón hacia la mujer posee una finalidad discriminatoria, razón que justificaría la mayor gravedad de la conducta.

Aunque no tenga reflejo en los artículos ahora recurridos, téngase en cuenta además muchas otras situaciones que alienta esta antijurídica norma, como es el hecho de que basta que una mujer presente una denuncia para que ya se tomen medidas contra el varón, muchas veces bajo la presunción de que el hombre es culpable. Así han proliferado numerosos casos de denuncias falsas, muchas veces utilizadas como medio para obtener mejores condiciones en los procesos de divorcio, que han hecho padecer a muchos hombres auténticos calvarios hasta que han podido demostrar su inocencia.

El Tribunal Constitucional ha perdido, pues, una magnífica oportunidad para restablecer una igualdad de las penas, con independencia del sexo del agresor y de evitar la discriminación del varón a la hora de obtener protección de las autoridades.

Decía un artículo de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano que "la ley debe ser igual para todos, tanto cuando protege como cuando castigue". Seguimos creyendo que este precepto tenía y tiene buen reflejo en los artículos que en nuestra Constitución proscriben cualquier clase de discriminación, incluida las que apelan a razón de sexo. Una mayoría de magistrados no han querido, sin embargo, verlo, y han preferido comportarse como mera correa de transmisión del poder político que los han designado para el cargo. Y ante esta circunstancia no podemos sino acordarnos también de otro artículo de esa misma Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano que dice que "toda sociedad en la que no se encuentre establecida la separación de poderes carece de Constitución". Así de claro, así de triste.


Libertad Digital - Editorial

Por la memoria de las víctimas

No hay libertad pública ni derecho fundamental, sea de reunión o de expresión, que se sobreponga a la dignidad y la memoria de las víctimas del terrorismo.

La Audiencia Nacional tiene en sus manos evitar que el próximo sábado se consume en Barcelona una nueva humillación a las víctimas del terrorismo, con el homenaje previsto por grupos independentistas de izquierda a la colaboradora de ETA, Laura Riera, quien abandonará la cárcel después de haber cumplido condena por prestar apoyo al sanguinario comando Barcelona. La información exclusiva publicada por ABC sobre este acto de exaltación terrorista ha dado lugar a una cadena de reacciones, que ha acabado en el Juzgado Central de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional, cuyo titular, Pablo Ruz, ha solicitado informes sobre la organización del homenaje. Es evidente que el procedimiento penal tiene que respetar unos trámites y que el juez ha de contar con información policial contrastada. Sin embargo, no cabe duda de que la apariencia de lo conocido hasta el momento es más que un indicio de delito. Celebrar la excarcelación de una terrorista es, en sí mismo, una forma de enaltecer su actividad criminal, al margen de cuáles puedan ser los contenidos de los discursos o los eslóganes que se le dediquen. Por tanto, la propaganda del acto y su intencionalidad son elementos integrantes de una manifestación enaltecedora de la violencia. Si no, no tendría sentido rendir homenaje a quien colaboró con un comando etarra autor de atentados mortales.

Es lamentable que la protesta del grupo municipal del PP y de las asociaciones de víctimas, y la denuncia de Dignidad y Justicia —la Fiscalía ha ido a remolque de los acontecimientos—, no cuente con el respaldo del Ayuntamiento de Barcelona y de la Generalitat de Cataluña, cuya pasividad es un ejercicio de deslealtad con la unidad democrática frente al terror. No hay libertad pública ni derecho fundamental, sea de reunión o de expresión, que se sobreponga a la dignidad y la memoria de las víctimas del terrorismo. Tampoco es preciso esperar a que los jueces se pronuncien siempre, porque hay comportamientos que pueden no ser delictivos, pero violentan la convivencia. Y ahí deben intervenir las Administraciones Públicas, como primeras responsables de la paz social. El consistorio barcelonés sigue lavándose las manos ante un acto que, si se celebra porque la justicia no lo prohíbe, será igualmente indigno y habrá contado con su cooperación necesaria. Con actitudes así, nunca se habría aprobado la Ley de Partidos Políticos, ni se habría ilegalizado a Batasuna, ni se habría limpiado el Parlamento de Vitoria y parte de los ayuntamientos vascos de la presencia etarra.

ABC - Editorial

martes, 17 de agosto de 2010

Amigos amorosos. Por Hermann Tertsch

Quizás pronto otro íntimo amigo, Mohammed VI, decida estrechar nuestras relaciones ocupando algún islote.

ES evidente que lo negará con obstinación e insidia la caverna del facherío que son todos aquellos españoles que no agradecen esta era de armonía, equilibrio y desarrollo que gozamos desde hace más de un sexenio y que entrará en nuestra historia como «zapaterismo». Pero lo cierto es que, quieran o no los antipatriotas, reaccionarios, cristianos, radicales liberales, peperos, neocon y demás enemigos del progreso, nunca nuestra España ha disfrutado de tan buena imagen y superlativa generosidad como ahora, cuando ya conocen bien a nuestro presidente fuera de nuestras fronteras. Y no crean que hablo sólo de Zimbabue, donde la población aclama las subvenciones españolas a sus organizaciones de homosexuales, uno de sus vectores más pujantes del desarrollo. O de Mauritania y Senegal, cuyos líderes políticos tanto prosperan gracias al dinero público español cuyo flujo es inversamente proporcional al de pateras que desde sus costas se acercan a las nuestras. La África subtropical sabe muy bien que España se comporta con hidalguía, no aires de zafio comerciante como Francia y otros. Los otros europeos, pero también la voraz China o el imperialismo americano, exigen favores o influencia cambio de ayudas. España sólo suplica se eliminen los inconvenientes que previamente se le han creado. El Gobierno socialista español es realmente un amigo amoroso. Que no repara en gastos cuando se trata de promover su infinita simpatía y ese estupendo concepto de las relaciones internacionales de que todas las ideas de bondad en el exterior han de ser obligatoriamente subvencionadas por su propia ciudadanía. Y que siempre es comprensivo cuando un régimen tercermundista con dificultades decide crearle unas cuantas a España para paliar algo las propias. Dado que el prestigio de nuestro país como donante nada exigente se ha extendido por los siete mares, no son pocos los Gobiernos que antes no sabían ni dónde estamos y hoy reclaman nuestra atención y generosidad, unas veces con un secuestro, con una partida de pateras, problemas consulares u ofertas entusiastas para la Alianza de Civilizaciones. Siempre encontrarán una respuesta en una partida presupuestaria por escondida que ésta vaya.

Pero nadie vaya a pensar que esta nueva visión de la generosa omnipresencia española se limita a las ayudas directas de dinero efectivo que reparten todos los ministerios con cariño. Por bienvenidas que éstas sean. Cuando un amigo tiene estrecheces, allí estamos para ayudar. Gibraltar por ejemplo. Mr. Caruana vive estrechamente junto al Estrecho en un pedazo de roca. Quiere crecer. Ahí está el Gobierno español dispuesto a echarle una mano. Primero le otorga categoría de parte en una mesa en la que por lógica solo había dos partes, la del país que demanda su recuperación de la soberanía y la del que desde el Tratado de Utrecht la mantiene. Buen regalo. Pero hay más. Para paliar la estrechez física de Mr. Caruana, se le permite ampliar su territorio. Cierto, no con conquistas bélicas. Dios nos libre. Sólo con camiones que aumentan la superficie de Gibraltar en detrimento de las aguas españolas. Y si nuestra Guardia Civil aún insiste en proteger estas aguas nuestras, se le advierte que ha de acomodarse al talante. Quizás pronto otro íntimo amigo, Mohammed VI, decida estrechar nuestras relaciones ocupando algún islote o puesto fronterizo español. Entonces veremos lo que es el auténtico amor del que somos capaces.

ABC - Opinión