viernes, 18 de febrero de 2011

Así en Sevilla como en Valencia

La solución no pasa porque en Libertad Digital y otros medios callemos ante lo que sucede en Valencia. Pasa porque otros medios miren Sevilla siquiera con una décima parte de la atención que dedican a otras latitudes.

Desde que la cacería de Garzón, Bermejo y JAG terminó en las manos de jueces de verdad, el caso Gürtel ha pasado a formar parte del paisaje político valenciano y nacional, ocupando portadas de periódico, abriendo telediarios, rellenando su cuota del debate público y obligando a ceses y dimisiones en el PP. Como debe ser. Pero, desgraciadamente, no todos los casos se examinan con la misma atención crítica.

La tela de araña andaluza demuestra en qué se termina convirtiendo una sociedad cuando sus políticos se saben seguros en sus cargos y con la suficiente confianza en que sus actos jamás tendrán consecuencias judiciales. Con la prensa domesticada, a salvo de la crítica, y con una ciudadanía a la que mayoritariamente no parece importarle lo suficiente que la roben a mansalva. Desde asuntos como esa costumbre tribal de colocar a todos los militantes y familiares posibles en la nómina pública al escándalo Mercasevilla, las corruptelas denunciadas e investigadas en Andalucía siempre han sido más numerosas y descaradas que cualquier cosa que haya podido hacer el PP, y el PSOE, en cualquier otra región española.


Ahora se ha descubierto que la Consejería de Empleo de la Junta de Andalucía disponía de un "fondo de reptiles" de casi 650 millones de euros con el que subvencionaba los Expedientes de Regulación de Empleo –es decir, los despidos masivos– de las más variadas empresas. Entre los supuestamente despedidos empezaron a aparecer personas que jamás habían trabajado en esas compañías. Personas relacionadas con el hegemónico PSOE, sin cuya aquiescencia no se mueve un papel en Andalucía.

Pero los ciudadanos no están informados de esta trama como lo han estado del caso Gürtel. A ello contribuyen dos factores. El primero es la mayor capacidad crítica que en general muestran los medios de derechas con los políticos que representan a sus lectores, y su menor tolerancia a la corrupción de los mismos. No hay más que ver la clamorosa diferencia entre el extenso tratamiento que se ha dado a las andanzas de Correa y los suyos en esos medios y las parcas menciones –cuando las hay– a los casos que manchan a Chávez, Griñán y los suyos en los medios de izquierdas. La abrumadora superioridad mediática de la izquierda permite que casos como éste, de mucha mayor cuantía que las más exageradas cuentas que se han sacado sobre Gürtel, permanezca fuera del escrutinio de buena parte de los españoles.

La solución, claro, no pasa porque en Libertad Digital y otros medios callemos ante lo que sucede en Valencia. Pasa porque otros medios miren Sevilla siquiera con una décima parte de la atención que dedican a otras latitudes. Pero parece mucho pedir.


Libertad Digital - Editorial

Jugando a enigmas

Zapatero se ha convertido en sinónimo de confusión, ambigüedad e inseguridad no solo para los ciudadanos, sino también para su Gobierno.

LA reunión de Rodríguez Zapatero con el presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, en el despacho de este durante casi dos horas, ha alimentado todo tipo de especulaciones, probablemente muchas de ellas infundadas, pero todas apoyadas en lo insólito del acontecimiento. Cualquier cosa que diga o haga Zapatero va a ser analizada milimétricamente para ponerla en relación con su futuro político a corto plazo, en concreto con su decisión de ser o no de nuevo el candidato socialista a la presidencia del Gobierno. Y si en este cultivo de rumores aparece la figura de José Bono, siempre cerca de cualquier movimiento de nombres para la candidatura socialista, lo lógico es que se inicie una cadena de interpretaciones sobre lo que trataron en esa reunión. Por otro lado, Zapatero abona este contexto personal que se ha creado de especulaciones, convirtiéndose en un político incierto y desdibujado. Ya lo demostró cuando anunció que un miembro del PSOE sabía su decisión. Por tanto, confirmó que había una decisión sobre su continuidad y puso a los medios tras el rastro del anónimo depositario del misterio. Ahora, Zapatero ha pretendido despachar su encuentro con José Bono explicando que trataron del «calendario legislativo». Con tan ambigua referencia es posible deducir que hablaron de los proyectos legislativos pendientes, o de la intención de algunos ministerios de utilizar los procedimientos de urgencia para algunas leyes, o, por qué no, de la disolución anticipada de las Cámaras, que también sería «calendario legislativo». En todo caso, no parece que sea propio de un presidente del Gobierno meterse en el despacho del presidente del Congreso para tratar estos temas, menos aún si son cuestiones técnicas de puro procedimiento legislativo. Para eso tiene un ministro de la Presidencia y un secretario de Estado de Asuntos Constitucionales y Parlamentarios. Como era previsible, Bono no perdió la ocasión de situarse en el epicentro de las informaciones con la sugerente frase dirigida a los periodistas: «Hemos hablado de lo que ustedes se imaginan».

La situación del país exige de Zapatero que mida mejor sus gestos y sus palabras, porque su debilidad política no es la condición más apropiada para promover juegos de frases crípticas, menos aún si su interlocutor es José Bono. Zapatero se ha convertido en sinónimo de confusión, ambigüedad e inseguridad no solo para los ciudadanos, sino también para su Gobierno y para su partido, que no sabe a qué carta está jugando su secretario general. Entre tanto, Zapatero sigue jugando a los enigmas.


ABC - Editorial

jueves, 17 de febrero de 2011

La zorra y el busto. Por M. Martín Ferrand

La zorra actualizada resulta ser menor de edad, y lo que el busto no tiene de seso le sobra de sexo.

CUANDO, dentro de un siglo, se escriba la crónica del que vivimos los historiadores subrayarán que en el primer tercio del XXI los líderes se llevaban largos de mano, cortos de vergüenza y carentes de talento; pero, entre todos ellos, Silvio Berlusconi ocupará un lugar de privilegio. Su desfachatez sobrepasa las medidas establecidas. Incluso en Italia, donde, desde César a Adriano, no escasearon los excesos amatorios, nunca se había llegado al nivel del que llaman «Cavalieri» y no lo parece. Recuerda Javier Pérez Pellón en republica.es que a Simoneta Cattano, la adúltera florentina casada con un Vespucci, se le perdonó el pecado, ¡en pleno siglo XV!, y llegó a considerársela como modelo de virtud después de que Botticelli la purificara al tomarla como modelo de La Primavera. Pero lo de Berlusconi va más allá. Ni estamos en el Renacimiento ni hay artista capaz de redimirle. La exhibición de su potencia sexual no tiene grandes compañeras que la dignifiquen y exculpen, sino profesionales del sexo y pedorras menores de edad. Ese es el nivel.

Europa tiene un problema con Berlusconi y España todo un problemón. El Viejo Continente, convertido en un amigable club de jefes de Estado y primeros ministros, ¿puede soportar, sin que se resquebrajen las apariencias —algo fundamental en la esencia democrática— la presencia de tú a tú de un golfo de esquina al que se le va la fuerza por la bragueta con todas las agravantes, publicidad incluida? El italiano es, en nuestro país, uno de los primeros editores y sus canales de televisión, bajo la mano encubridora de Paolo Vasile, marcan (mal) estilo en la estética, en las costumbres y adelgazan y desvirtúan la información que llega a un alto porcentaje de la población. En el panorama de la información televisual, con el triple protagonismo estelar de una televisión pública domesticada y dos grandes privadas italianizantes, escaso será el suministro de informaciones veraces y completas y opiniones libres.

Al italiano, para sus presencias públicas, le esculpen el rostro. El maquillaje se le queda corto y el resultado es un busto esperpéntico, el mascarón de proa de la decadencia continental que nos convierte en inferiores frente a los países emergentes —emergidos— y debilita nuestros supuestos democráticos de control al poder. Viéndole, se viene a la memoria la fábula infantil de Félix María de Samaniego, La zorra y el busto: «Dijo la zorra al busto, / después de olerlo: "Tu cabeza es hermosa, / pero sin seso"». La zorra actualizada resulta ser menor de edad y lo que el busto no tiene de seso le sobra de sexo. Aquí no sirve el consuelo del mal de muchos.


ABC - Opinión

El gran enjuague. Por Ignacio Camacho

Un fondo opaco necesariamente tenía que ser para operaciones opacas. Ése es el verdadero escándalo.

ES funcionario de carrera. Nivel alto en la escala administrativa de esa Junta de Andalucía cuyo Gobierno quiere colar de matute a veinte mil estampillados de las empresas públicas. En diciembre salió a la calle con otros cincuenta mil manifestantes a protestar contra la maniobra clientelista del griñanismo. «Y nos llamó fascistas un mocoso del PSOE que tendría pantalones cortos cuando algunos luchábamos por la autonomía de la que come sin merecerlo». Le pregunto por el escándalo de los ERES, pide otro café y se suelta como un torrente.

«Os estáis equivocando en los medios. Desenfocáis el núcleo del problema. Lo verdaderamente grave no es que hayan incluido en las prejubilaciones a hombres y mujeres de paja del PSOE y de la UGT; eso es la punta de la trama de financiación irregular que acabará saliendo si se investiga bien a los comisionistas y el rastro del dinero, pero el asunto nuclear es otro. Tiene que ver con la estructura administrativa que propicia el fraude. ¿Tienes tiempo?».


«Mira, el verdadero escándalo está en el procedimiento. Casi setecientos millones de euros entregados a una agencia pública para emplearlos sin control administrativo, sin fiscalización previa. Un fondo opaco que necesariamente tenía que ser para operaciones opacas. Sólo la idea en sí ya es irregular. Qué digo irregular: es una perversión. ¿Y sabes quién era el consejero de Economía y Hacienda, el que dirigía el presupuesto que contemplaba el trasvase? Sí, Griñán, el actual presidente que dice no haberse enterado de nada y que son cuatro pillos».

«Se trataba de financiar expedientes de crisis de determinadas empresas, las que ellos quisieran, porque al tratarse de dinero opaco lo podían manejar a su antojo con la complicidad sindical. Y lo manejaban a través de intermediarios del partido, claro, que son los que reparten comisiones y financiación turbia. Aquí está la otra pata del gran fraude: los despidos y jubilaciones subvencionadas tienen un procedimiento reglado, transparente, que no necesita comisionistas. Los utilizaban porque proponían expedientes que no habrían pasado control. Iban a las empresas en crisis, tantas como hay, y les decían: tienes problemas, por qué no te acoges a esto, yo lo gestiono. Los empresarios veían cielo abierto y cerraban los ojos; ¡les buscaban dinero público para echar a la gente! Todo iba como una seda, claro; los brokersllegaban con una aseguradora que pagaba las primas y luego ellos añadían unos cuantos nombres falsos a la lista de bajas incentivadas, a menudo fraudulenta también porque los sindicatos no sólo no chistaban, sino que participan en el enjuague a dos manos».

«Y ahora vuelvo al principio, a la opacidad deliberada del procedimiento: ¿tú crees que esto lo habrían consentido interventores oficiales y funcionarios de carrera? La pregunta crucial es a quién se le ocurrió la idea…y para qué. No lo olvides…»


ABC - Opinión

Berlusconi. Il Cavaliere y las velinas. Por José García Domínguez

La derecha es la precisa, exacta, definitiva antítesis de Berlusconi. Ese adiposo galán que, tras la muy apresurada huida a Túnez de su compadre Craxi, hubo de elegir entre dos incordios: entrar en política o entrar en la cárcel.

En algún sitio le tengo leído a Montanelli, quizá en sus memorias, que se puede otorgar el poder absoluto a un hombre durante no más de cinco años, pero siempre con el compromiso de fusilarlo al vencimiento del plazo. He ahí el error que los italianos cometieron en su día con Berlusconi. Una negligencia que ahora pretenden enmendar por la vía de la entrepierna. Como si la vívida afición del Cavaliere por las velinas no constituyese la más inocua de las obscenidades que retratan a la política italiana de medio siglo a esta parte. Al respecto, inmersos en ese furor calvinista que hoy asola Europa, ya nadie parece recordar, por ejemplo, las deferencias diplomáticas que imperaban en los tiempos no tan lejanos en que París aún era París.

Cuando el Gobierno de la República francesa gustaba premiar a los mandatarios extranjeros de visita oficial con una recepción en Le Chabanais, el más notable y renombrado burdel de la capital. Atenciones que el programa oficial de actos solía consignar bajo el pío epígrafe de "visita al presidente del Senado". Por lo demás, y a los efectos que nos ocupan, punible en Berlusconi no es cuanto haga o deje de hacer en su muy privada cama en compañía de adultos, sino la conducta presidencial en los ocasionales lapsos en que se aleja de ella. El ya mentado Montanelli, que como buen italiano no creía en Italia, igual dejaría escrito que jamás identificó a la derecha con una ideología, ni mucho menos aún con un partido.

Para él, como para Benedetto Croce, la derecha era una cultura, un gran contenedor moral en el que cualquier idea podía encontrar cobijo bajo la premisa de compartir los modos y formas liberales. La derecha era, y ahora sí tengo delante y literales sus palabras, "un catecismo de conductas: desinterés, corrección, horror al espectáculo y a la demagogia". Es decir, la precisa, exacta, definitiva antítesis de Berlusconi. Ese adiposo galán que, tras la apresurada huida a Túnez de su compadre Craxi, hubo de elegir entre dos incordios: entrar en política o entrar en la cárcel. El mismo que aún usufructúa un Estado que, a decir de sus compatriotas, se mantiene en píe porque ni siquiera tiene fuerza para caerse. Únicamente.




Libertad Digital - Opinión

¿Revolución o involución? Por José María Carrascal

«Que algo se mueve en el mundo musulmán tras siglos de inmovilismo es innegable, y eso solo es ya un acontecimiento histórico. Convendría aprovechar la oportunidad, que puede ser única, para aproximarse a él, tras haber vivido siempre enfrentados».

¿ESTAMOS ante la gran revolución que necesita el mundo árabe para modernizarse? Esa es la pregunta del millón, o billón, que nos hacemos todos. Sin que nadie, incluidos sus protagonistas, sea capaz de contestarla, tal vez por depender de los acontecimientos, aún en el alero. Pero no estaría de más que comenzáramos a analizarlos, para que no vuelvan a sorprendernos. Por lo pronto, hay que dejar sentado qué es una revolución. No un simple alzamiento contra los abusos, sino contra los usos, la definió Ortega. Es decir, un vuelco de los valores y estructuras de una sociedad. La substitución de la soberanía de un autócrata o de una casta privilegiada por la del pueblo. Medidas con tan estricta vara, revoluciones ha habido solo tres: la inglesa, del siglo XVII; la francesa, del XVIII, y la soviética, del XX. Las tres de inspiración occidental. Pues olvidaba decir, siguiendo también a Ortega, que la revolución es hija del idealismo griego. Por eso les cuesta tanto a las demás culturas asimilarla.

El mundo musulmán ha venido viviendo al margen de ella e incluso frente a ella. Sus «revoluciones» han sido siempre hacia atrás: una vuelta a la pureza del islamismo. Y, por si fuera poco, está formado por pueblos de civilizaciones tan antiguas o más que la nuestra —el Egipto de los faraones, el Irán de los persas, el Irak de Babilonia, la Siria de los Omeyas, la Turquía del Imperio Otomano—, reducidas a la condición de colonias por la formidable explosión europea del siglo XIX, lo que les ha creado un fondo de resentimiento. Hoy se han sacudido ese yugo, pero ¿pueden sacudirse el yugo de su pasado? ¿Puede darse en ellos la revolución, un producto occidental, ajeno a sus tradiciones?


Hay tres modelos para este cambio: el español, el de la Europa del Este y el de Irán. Seduce el español, por su suavidad y ausencia de derramamiento de sangre. Pero es el más difícil, al requerir una ancha clase media y un consenso entre las distintas fuerzas políticas para hacer el cambio. Algo que no se da hoy en el mundo árabe, donde la clase media es finísima y el consenso se limita a acabar con lo inmediato anterior, no hacia dónde ir. Tampoco sirve el modelo este-europeo. Aquellos países tienen una incipiente clase media, bien formada, y, sobre todo, ganas de unirse a Europa, a Occidente, cosa más que dudosa en el mundo árabe. En cuanto al modelo iraní, tuvo atractivo en un principio por lo que representaba de derribo de privilegios. Pero la rigidez del régimen islámico le ha ido haciendo perder glamour, sobre todo entre los jóvenes, y todo apunta a que aumentará esa tendencia.

Con lo que volvemos al punto de partida: ¿estamos ante la revolución que necesita el mundo árabe para modernizarse o ante una simple revuelta contra los abusos de sus dirigentes, que puede terminar en fundamentalismo islámico? A todos nos convendría lo primero, para que ese mundo no nos estalle bajo los pies. Lo malo es que una revolución no se reduce, como queda dicho, a corregir abusos, aprobar una nueva constitución y convocar elecciones. Esos pueblos ya han tenido elecciones y constituciones. Y el resultado ha sido gobiernos corruptos o clérigos inquisitoriales. Es mucho más fácil derribar un viejo régimen que levantar uno nuevo sobre la base de la libertad del ciudadano, entre otras cosas porque la libertad de cada uno está condicionada por la libertad de los demás. Un equilibrio inestable que solo se consigue con mucha práctica y más paciencia. Fíjense en lo que nos está costando a los españoles acostumbrarnos a ella, con un nivel económico muy superior al suyo. Sobre todo, cuando se comprueba que democracia no significa automáticamente prosperidad, que puede incluso significar empobrecimiento, al multiplicarse las reivindicaciones sociales y el desorden. La democracia no es barata, ni cómoda ni perfecta, como constatarán pronto las multitudes árabes.

Es una situación tan confusa como inquietante, ya que las dos grandes fuerzas en ese mundo, el ejército y el islamismo, parecen tocadas. La religión venía rigiendo todos los aspectos de su vida, hasta el punto de ser aquella una sociedad religiosa, con los clérigos como guías no solo espirituales, sino también terrenales, mientras los militares representaban, paradójicamente, la sociedad civil, con su cadena independiente de mandos, en estrecho contacto con sus colegas occidentales. Es como la única revolución digna de ese nombre en el mundo musulmán, la de Mustafa Kemal, en Turquía, que el actual gobierno islamista trata de atemperar, bajo la mirada atenta del ejército.

Pero de poco sirve que aquellos militares tengan planes modernizadores si se dejan arrastrar por la corrupción, como ha ocurrido en Egipto, lo que ha traído la presente crisis. Menos mal que no ordenaron disparar contra los manifestantes y obligaron a dimitir a Mubarak, pero ¿qué van a hacer cuando las demandas populares crezcan, las huelgas se multipliquen, las exigencias de castigo para los corruptos se alcen y la prosperidad no llegue? Pues las proclamas brillantes, como la del mariscal Tantauni: «La libertad del ser humano, el imperio de la ley, la fe en el valor de la igualdad, la democracia plural y la justicia social», no dan de comer. Más, pronunciadas por los mismos que apoyaron al régimen derribado. ¿O sigue siendo el mismo? Con el islamismo militante al acecho, listo para aprovechar el natural desencanto y una realidad mucho más sombría de lo imaginado en los gloriosos días de la protesta.

Pero tampoco hay que olvidar la X de todas las coyunturas históricas. Ese elemento inesperado que desbarata todas nuestras predicciones. Solemos basar estas en lo ocurrido en el pasado, que proyectamos al futuro. Pero el futuro se construye con elementos inéditos, que en este caso es la web, la red informática, que hace ocurrir todo en todas partes al mismo tiempo, acelerando los acontecimientos. ¿Qué impacto tiene en lo que está ocurriendo? Sabemos que estuvo en su origen, como detonante y propagadora, pero ¿continuará siéndolo o será apagada por uno de los dos grandes actores del drama, el ejército o el islamismo? No lo sé, ni creo que lo sepa nadie.

Pero que algo se mueve en el mundo musulmán tras siglos de inmovilismo es innegable, y eso solo es ya un acontecimiento histórico. Convendría aprovechar la oportunidad, que puede ser única, para aproximarnos a él, tras haber vivido siempre enfrentados. Para eso necesitamos tener en cuenta tanto los elementos conocidos de la situación como los nuevos que se están produciendo, esperar lo mejor y prepararnos para lo peor. Pero necesitamos sobre todo guiarnos por un principio hasta ahora desconocido en la política exterior: que en el mundo global en que vivimos sus intereses son también los nuestros, a saber, que la paz, el desarrollo y la justicia son un bien común, mientras la guerra, la miseria y la injusticia son las principales causas de nuestros males. Es tan ingenuo creer que la democracia va a florecer de un día para otro en el mundo islámico como cínico pensar que nos basta sustituir un dictador por otro para mantenerlo a raya. Nos interesa que tenga lugar en él una auténtica revolución, y el ejército es el que mejor puede garantizarla. Pero lo menos que podemos exigir a sus mandos es que no sean corruptos, ya que esa no sería una revolución, sino la más antigua e indigna de las contrarrevoluciones.

Es posible que esas masas de gentes nos digan a la postre que no quieren saber nada de nuestra democracia, que prefieren la suya, basada en el Corán, que incluso sigan considerándonos sus enemigos. Pero entonces ya no sería culpa nuestra que sigan viviendo en la miseria, la opresión y el pasado. Sería suya.


ABC - Opinión

Objetivos claros

El Gobierno y la oposición deben despejar las dudas sobre la utilización de las nucleares.

El suministro de energía, seguro, a un precio razonable y sin graves consecuencias medioambientales, será uno de los problemas más acuciantes y difíciles de resolver en el próximo futuro. Ya lo es en el presente. La energía primaria procede hoy, de forma aplastante, de los combustibles fósiles, algo claramente insostenible por los problemas de dependencia de unos pocos países productores, escasez intrínseca y las emisiones de dióxido de carbono que generan, factor determinante en el calentamiento global. Si queremos una situación más sostenible dentro de unas décadas, será necesario un cambio profundo en nuestros hábitos de vida y un aumento significativo de las otras fuentes de energía, nuclear y renovables.

Las renovables suponen hoy una fracción insignificante en términos globales, aunque haya algunas excepciones entre las que se encuentra nuestro país. De ahí la importancia de seguir impulsando este sector. Pero también es necesaria la energía nuclear, cuyas características de no intermitencia y fiabilidad combinan perfectamente con las renovables, que son intermitentes por naturaleza.


En Europa, la energía nuclear supone aproximadamente un 30% de la electricidad generada y en España, del orden del 18%. No parece verosímil poder prescindir de ella. Mientras las instalaciones existentes funcionen con garantías de seguridad, es razonable conservarlas y, cuando no sea ya posible su mantenimiento, sustituirlas por nuevos reactores, más eficientes y más seguros. De ahí que resultara difícil de entender que se fijara en el proyecto de Ley de Economía Sostenible un plazo de 40 años para la operación de las centrales nucleares. El criterio de los 40 años fue la excusa para cerrar Garoña, una prenda política pagada por el Gobierno a quienes pretenden cerrar todas las nucleares. Ahora, el Gobierno ha cambiado bruscamente de criterio, como paso necesario para aceptar que el cierre de la potencia nuclear instalada es una insensatez energética.

En nuestro país es el Consejo de Seguridad Nuclear el que emite un informe, cuando se pide una prórroga para una instalación, acerca de su seguridad para seguir operando durante el periodo solicitado, normalmente de 10 años por encima del tiempo que marca la autorización en vigor. Este mecanismo de control choca con la fijación por ley de un periodo de funcionamiento. Una central mal gestionada o diseñada debe dejar de operar independientemente del plazo fijado de antemano, pero si cumple los requisitos de seguridad, ha sido bien gestionada y se hacen las inversiones necesarias, puede seguir operando más allá de ese plazo.

La enmienda a la Ley de Economía Sostenible, aprobada en el Congreso con apoyo del PSOE, PP, CiU y PNV, ha eliminado esa limitación y permite poner en práctica el mecanismo flexible de estudio caso por caso y máximo aprovechamiento de las inversiones realizadas. Se trata de un cambio lógico que viene a corregir una anomalía que nunca debió producirse.


El País - Editorial

Violencia doméstica e incompetencia gubernamental

"Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces": eso dice el refrán, y eso mismo se le podría aplicar a los propagandísticos desvelos del Gobierno de Zapatero por atajar la violencia doméstica frente a su rotundo y clamoroso fracaso en este terreno.

"Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces": eso dice el refranero español, y eso mismo se le podría aplicar a los propagandísticos desvelos del Gobierno de Zapatero por atajar la violencia doméstica frente a su rotundo y clamoroso fracaso en este terreno.

Por puro afán propagandístico, Zapatero impulsó nada más llegar al poder la demagógica Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género, que establece penas distintas en función de si la violencia la perpetra un varón o una mujer. Además de cercenar con ello un principio constitucional como la igualdad ante la ley, esta normativa discriminatoria carecía de suficientes medidas protectoras y de la financiación necesaria, al tiempo que ignoraba normas que ofrecían un claro riesgo de solapamiento e interferencias entre administraciones. Así se lo advirtieron claramente al Gobierno órganos consultivos como el Consejo General del Poder Judicial, el Consejo de Estado y el Consejo Económico y Social. Pero el Gobierno hizo caso omiso de todo ello, con el condesciende respaldo de la oposición.


Otro tanto se podría decir del recientemente suprimido Ministerio de Igualdad, que no ha servido más que para dilapidar ingentes cantidades del dinero del contribuyente. Esta ya de por sí costosa burocracia no ha hecho otra cosa que subvencionar delirantes "estudios" sobre la mujer y el feminismo, del que se han aprovechado organizaciones afines al PSOE, al tiempo que solapaba o incluso sustituía la acción de la Justicia con "cursillos de igualdad" en sustitución del cumplimiento de la pena de reclusión a los maltratadores.

Paralelamente, el Gobierno ha escatimado medios a quienes deberían ser los principales encargados de velar por la integridad de los ciudadanos, como son los tribunales de Justicia y la policía.

El resultado de todo ello ha sido el espectacular incremento que, desde 2004 y año tras año, ha experimentado el número de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas en nuestro país. En este sentido, la última víctima mortal de la mal llamada "violencia de género", asesinada este martes en Málaga a manos de su ex pareja, no por paradigmática deja de ser un episodio más en esta sangrienta crónica de un fracaso anunciado: una comisión del antiguo Ministerio de Igualdad y de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) denegó en agosto a la víctima el servicio de teleasistencia móvil para víctimas de violencia de género. Pero lo más grave de todo es que su ex pareja y presunto asesino tenía ya una sentencia condenatoria por dos delitos de amenazas en el ámbito familiar y por un delito de maltrato simple. Su pena a dos años de prisión fue suspendida, condicionada al cumplimiento de cursillos "en materia de igualdad".

Al rifirrafe entre las distintas administraciones a la hora de echarse la culpa por la denegación de la ayuda que requirió la víctima, se suma la denuncia efectuada por policías destinados a unidades de prevención, asistencia y protección a las víctimas de malos tratos, que aseguran carecer de medios básicos para llevar a cabo su tarea, como vehículos u ordenadores.

"Algo ha fallado", ha tenido que reconocer Rubalcaba. Y tanto que sí: han fallado las demagógicas presunciones con las que este Gobierno no ha hecho otra cosa que encubrir sus carencias a la hora de combatir esta lacra social.


Libertad Digital - Editorial

Zapatero, nuclear si hace falta

Peor que no tener criterio es no tener principios y convertir la estancia en el poder en una mera lucha por la supervivencia diaria.

PUEDE llegar a ser un sarcasmo que sea precisamente Rodríguez Zapatero quien replique a Mariano Rajoy con aquello de que es mejor cambiar de criterio que no tener criterio. Ahora bien, lo que el presidente del Gobierno ha hecho con la enmienda a la ley de Economía Sostenible para incumplir todos sus compromisos electorales sobre energía nuclear es mucho más grave que cambiar de criterio y mucho peor que no tenerlo. Significa la ausencia absoluta de una mínima consideración hacia su trayectoria y relato político personal. Es evidente que las circunstancias mandan en cada momento y que la crisis económica ha obligado a Zapatero a desmantelar buena parte de su andamiaje de izquierdismo rancio para aplicar, de forma incompleta, tardía y sin convicción, algunas reformas que no hace mucho demonizaba como degradaciones antisociales del neoliberalismo. Pero en la cuestión de la energía nuclear, Zapatero ha dado un giro traumático definitivo para su credencial progresista al respaldar el funcionamiento indefinido de las centrales nucleares en España. Con el cierre de Garoña, previsto para 2013, el Gobierno quiso sacar músculo ante su electorado y no vale hoy la excusa de que cuando tomó esta decisión la crisis aún no se había mostrado tan grave como en la actualidad. Era julio de 2009 y la coartada era que Garoña había agotado su vida útil.

Ahora resulta que no hay tanto problema con la vida útil de las centrales nucleares —prevista inicialmente en 40 años— y que el mercado energético en España no está para desestabilizar una fuente de producción rentable y segura. Y lo que es más evidente aún: Zapatero no está en condiciones de negar nada a nacionalistas vascos y catalanes, que son los que, junto con el PP, han apoyado la enmienda a la ley de Economía Sostenible. Peor que no tener criterio es no tener principios y convertir la estancia en el poder en una mera lucha por la supervivencia diaria, que es en lo que está absorbido el Gobierno. De aquí al final de la legislatura solo queda la incógnita de cuántas rectificaciones o desistimientos más va a protagonizar Zapatero y, sobre todo, qué coartadas habrán de presentar sus portavoces para hacer pasar lo blanco por negro, como lo han intentado con esta renuncia incuestionable a la bandera antinuclear protagonizada por Zapatero, quien se calificó a sí mismo en 2005, ante representantes ecologistas, como «el más antinuclear del Gobierno». Hasta esta semana.

ABC - Editorial

miércoles, 16 de febrero de 2011

Internet y nuestro cine. Por José María Carrascal

Internet no será el salvador del cine español. Ni su verdugo. Para eso,se basta él solo.

ESTOY completamente de acuerdo con Álex de la Iglesia cuando dice que internet es el presente que no puede ignorarse, pues quien lo ignora acaba siendo él o ella el ignorado. No puedo, en cambio, estar de acuerdo con esa otra frase lapidaria del director de Balada triste de trompeta «internet es la salvación de nuestro cine». Al cine español sólo puede salvarle el cine español. Cuando se ponga a contarnos historias que interesen a todo el mundo, cuando se dedique a hacernos soñar despiertos en una sala a oscuras y se olvide de querer salvarnos o adoctrinarnos, cuando, en fin, sea cine, sólo cine y nada más que cine, no necesitará a nadie que le salve, se habrá salvado él solo, con o sin internet. Y aquí cabe aquello de Oscar Wilde sobre el teatro: «No existe teatro moral o inmoral. Existe sólo teatro bueno o malo». Pues eso, para nuestro cine.

En cuanto a internet, se trata de un instrumento, de una plataforma, más ancha, eso sí, mucho más accesible e infinitamente más rápida de cuantas se han descubierto hasta ahora. Como la imprenta en su día. Pero los contenidos, que es a la postre lo que importa, lo que decide, los ponen los creadores. Internet no va a matar a nadie, excepto a los que nacen ya muertos.


Se trata de una historia diez veces repetida. Recuerdo el tiempo en que se dijo que el cine iba a acabar con la novela. Ortega, en uno de los pocos momentos en que le falló el olfato, llegó a decir "un novelista se encuentra hoy como un leñador en el Sahara. Con todo cortado. «Luego, iba a ser la televisión la que iba a acabar con el todopoderoso cine. Para ser más tarde los ordenadores los que iban a matar a la televisión. Y ahora son los “móviles”, los smartphones, y últimamente las “tabletas” las que están acabando con los ordenadores. Sin embargo, hoy se publican más libros, se ruedan más películas, se venden más “móviles” y más “tabletas” que nunca. La razón es muy sencilla: cada vez hay más gente que tiene acceso a esos bienes de cultura, comunicación y entretenimiento. ¿Se han fijado que hasta los que llegan en patera tienen “móvil”? Quedando todavía centenares, miles del millones de personas sin acceso a ellos, pero que se irán incorporando de forma cada vez más rápida. Internet es el vehículo entre ellas. En él viajaremos en el futuro y se jugarán las principales partidas políticas, económicas y sociales. ¡Que se jugarán! ¡Se están jugando ya, como esa revolución, revuelta o lo que sea que tiene lugar en las calles y plazas del mundo árabe. Hasta que llegue otro vehículo más rápido, más cómodo, más barato de comunicarnos.

Pero internet no será el salvador del cine español. Ni su verdugo. Para eso, se basta él sólo. Con la ayuda del gobierno, desde luego. Nada mata más la imaginación que las subvenciones.


ABC - Opinión

Subvenciones. Guiones a 2.000 euros el folio. Por Pablo Molina

Con la que está cayendo, con más de un millón de compatriotas acudiendo a los comedores sociales, repartir cien millones de pesetas cada año entre quince cooptados a cambio de nada es ya un asunto de pura crueldad.

El cine español constituye un microcosmos ajeno por completo a las circunstancias que concurren en el mundo real, de tal forma que ni la devastación financiera más profunda como la que actualmente padece el país, con cinco millones de dramas familiares incluidos, afecta en lo más mínimo a un sector que sigue viviendo del trinque presupuestario, encantado de parasitar el esfuerzo ajeno a cambio de hacer sus tontadas.

Pero si las subvenciones al cine español, una industria cuya producción no vale en el mercado ni las ayudas que recibe, es algo escandaloso en términos generales, les sugiero que nos detengamos hoy un momento en una línea de subvenciones al cine de lo más sugestivo, tras lo cual vamos a tener una imagen fidedigna del punto exacto de cocción en el que se encuentra la desvergüenza político-cinematográfica de nuestro país. Nos referimos a las subvenciones que el Gobierno de España concede a la elaboración de guiones de largometraje, gracias a las cuales comprobaremos a quiénes y con qué requisitos entrega Zapatero el dinero extraído previamente de nuestros ya paupérrimos bolsillos.


Lo primero que llama la atención de las ayudas a la elaboración de guiones para películas de largometraje es que no resulta necesario acreditar que los textos premiados van a llegar a la pantalla grande, que es algo así como conceder una subvención a una fábrica de coches que no fabrica coches, con lo que la ayuda consiste en un empujoncito estatal para que el personal tenga una alegría presupuestaria y pueda seguir viviendo de la fabricación fantasmagórica de vehículos sin necesidad de tener que dedicarse a otra actividad productiva. En realidad ni siquiera es necesario escribir un guión para trincar la pasta, ya que, a efectos de la concesión de estas ayudas, basta con presentar una sinopsis y un tratamiento secuenciado para que el ministerio te conceda, si tienes suerte o un apellido famoso, cuarenta mil euros con cargo al bolsillo de los demás, que no otro es el importe de las quince ayudas previstas en cada convocatoria. Dividan el pastón recibido per cápita entre los 20 folios exigidos y verán que esto de hacer guiones es más rentable que realizar estudios para la Generalidad catalana sobre la almeja brillante, que hasta el momento estaba considerada como la actividad analítica más productiva de todas las que se llevan a cabo en este país.

La segunda sorpresa es el nombre de algunos de los agraciados con estos "premios" que el Ministerio de Cultura concede anualmente. En la última convocatoria resuelta, correspondiente al ejercicio 2010, podemos encontrar por ejemplo nombres tan conocidos como el de Gracia Querejeta, Emilio Martín Lázaro, Antonio Mercero (hijo) o los jóvenes y muy prometedores Jaime Chávarri y Gonzalo Suárez, especialmente este último, que a sus setenta y seis años todavía se presenta a estas convocatorias para llevarse cuarenta mil perifollos y la satisfacción de ver su nombre entre los elegidos.

Los cuarenta mil euros que los quince cineastas señalados por el dedo ministerial se embolsan anualmente con la simple presentación de veinte folios escritos por una sola cara es el doble de lo que gana al año una familia media que tiene la suerte de tener al menos uno de sus miembros en activo. Y es que esto del cine español ya ha dejado de ser un despelote presupuestario para trincones insolentes. Con la que está cayendo, con más de un millón de compatriotas acudiendo a los comedores sociales, repartir cien millones de pesetas cada año entre quince cooptados a cambio de nada es ya un asunto de pura crueldad. Por cierto, un tema excelente para un guión. Lástima que en España no haya "subvenciones" para ponerlo por escrito y presentarlo a concurso.


Libertad Digital - Opinión

DDoS. Por Gabriel Albiac

Hace años que no veo una peli española. Ni la SGAE ni Sinde recibirán un céntimo mío. Voluntariamente, al menos.

GUY Fawkes, la careta que estiliza sus rasgos, agrupa a los sin nombre, los Anonymous de internet. Quiso volar el Parlamento inglés, el 5 de noviembre de 1605. La ironía británica hizo de él —torturado y luego ejecutado— un héroe popular. Y de la fecha de su intento de reducir a cenizas al rey y a las dos cámaras, quedó el regocijo anual de la Plot Night, en la cual, más que de historia, la cosa va de juerga, cerveza y fuegos artificiales. Para los de mi edad, está ligada a la lectura más perenne de nuestra infancia: los relatos que R. Crompton tejió en torno a su William Brown, Guillermo para los amigos. Los más jóvenes lo asocian a una bonita película de los hermanos Wachowski sobre un cómic de Moore y Lloyd que rebosa anarquía y mala uva.

Anonymous es la red: nadie. Y, en ese nadie, cada uno. Es lo que hace de internet un acontecimiento único: la inteligencia de los individuos, sin mediación institucional, puede en la red potenciarse hasta hablar de tú a tú a la máquina del Estado. Y, llegado el momento, darle jaque en puntos críticos. De un modo cuya maravilla aún no llegamos a entender hasta qué punto ha cambiado nuestras vidas, la vida, la red ha trocado en hiperrealismo la utopía de Étienne de La Boétie hace cuatro siglos: no hace falta combatir a los tiranos; basta con ignorar su imperio para que éste sea ceniza. Y no, claro que Anonymous no es una organización anarquista más a menos secreta. Anonymous no es. Nada. Nada puede, por tanto, combatirlo. Ni hace tan poco nada, Anonymous. Sólo «deniega». Servicios. En eso consisten sus míticos «ataques» DDoS (distributed denial of service). Puede que a estos «denegadores» el Discurso de la servidumbre voluntariales caiga tan cerca como la escritura cuneiforme. Da lo mismo. La Boétie, cuatrocientos años después, resuena en quienes tienen la misma edad —entre los 16 y los 18, según su amigo Montaigne— que él tenía cuando formuló su hipótesis maldita: no hay tiranía que se sostenga sobre otra cosa que no sea la complacencia de los tiranizados.


Hace unos días, al pasar por la plaza de Oriente, me di con un monstruoso adefesio: una especie de invernadero enorme en aluminio y plástico cuya inmediata voladura deseé al instante. No tenía ni pajolera idea de a cuento de qué venía atentar así contra la plástica urbana madrileña. Ayer, al ver en el periódico a los burlones Guy Fawkes pitorrearse de la banda de horteras congregados en torno a Sinde, Pajín y el club de los subvencionados, me enteré —demasiado tarde— de que aquel horror era la versión castiza de la noche de los Óscar. Y he añorado el final de la peli de los Wachowsky. Cuando cientos de miles de idénticos enmascarados, millones de Anonymous, que siendo nada lo son todo, avanzan en un Londres de pronto iluminado por el celestial fuego de artificio del Parlamento sobre el cual, por una vez, Guy Fawkes estalla en atronadora carcajada.

Mis respetos, Anonymous. Hace años que no veo una peli española: me parece una estafa pagarla dos veces, una con mis impuestos y la otra en la taquilla. Ni la SGAE ni Sinde recibirán un céntimo mío. Voluntariamente, al menos. Es mi manera antediluviana de denegar servicios. Pero admiro la vuestra. Y os envidio.


ABC - Opinión

El urogallo. Por Alfonso Ussía

El faisán crece y está a un paso de convertirse en urogallo. Alfredo Pérez Rubalcaba, como buen montañés, sabe de qué se trata. Quedan muy pocos en la cordillera cantábrica. Algún cantadero en Cabuérniga, en Liébana y en los bosques de hayas astures. Un ave formidable que décadas atrás abundaba. Garzón quiso convertir al faisán en codorniz, pero el faisán creció y ahora se agiganta. Codorniz, faisán y urogallo. Todo queda entre las gallináceas. Han principiado los cacareos.

Sería terrible que la Policía Nacional hubiera recibido órdenes políticas de avisar a los terroristas con anterioridad a una acción policial. El Gobierno andaba de charlita con los criminales de la ETA. Eso, la negociación. Eso, la bomba en la Terminal 4 de Barajas. ¿Quién dio la orden? ¿El ministro, el secretario de Estado, algún alto mando de la Policía? ¿Quién se va a comer la putrefacción ajena? De ser el ministro, ¿lo hizo sin el consentimiento del Presidente del Gobierno? ¿Qué ha hecho cambiar la actitud de la Fiscalía, antaño tan reticente y hogaño tan escandalizada? El faisán ha crecido y roto en urogallo y esto no ha hecho más que empezar. Con cinco años de retraso, con Garzón suspendido, con el Fiscal obligado a intervenir, con los altos mandos de Interior en el ojo del huracán, con nuevas pruebas y evidencias, con la Guardia Civil investigando el chivatazo y con un vicepresidente y ministro que reconoce en sus círculos íntimos que el faisán se va a convertir en su talón de Aquiles.


¿Qué puede suceder si se demuestra –que se va a demostrar– que en el Ministerio del Interior ha existido colaboración con una banda armada? ¿Todo vale para no enfadar a la ETA y a Eguiguren, el defensor de los estatutos de «Sortu»? ¿Tendrá el juez Ruz el suficiente coraje para superar las agobiantes y agobiadas presiones políticas? La Justicia en España es lenta, pero segura. Y en un caso escandaloso como lo es el del «Bar Faisán» de Irún, lo lógico es que empiecen a quebrarse los silencios ordenados, las disciplinas impuestas y las lealtades momentáneas. Cuando alguien cante, como hace el urogallo cuando se enamora o el faisán al sentirse amenazado, se desmoronará todo el edificio de la ignominia, con tejado y veleta incluidos. Porque el caso «Faisán» se les ha ido de las manos desde que Garzón no puede meter las suyas en sus entrañas. Todavía – al menos hasta hoy, cuando escribo–, la libertad impera y la sociedad opina. No se trata de un escándalo más, de una corrupción más, de un abuso de poder más. Se trata, de confirmarse –que se confirmará–, de una altísima traición al Estado de Derecho perpetrada por quienes tienen la obligación y el mandato popular de cumplir y hacer cumplir las leyes. Y colaborar con una banda armada, en este caso la terrorista de la ETA, es delito de una gravedad inconcebible. No acuso a personas en concreto. No soy nadie para hacerlo. Pero sí puedo exponer mis sospechas como consecuencia de la información acumulada. Y huele muy mal. A sentina, a cloaca, a descomposición insoportable.

Sabremos quiénes han sido los hacedores del delito y, por supuesto, los responsables políticos. El faisán se está desplumando y el urogallo no está para cantar amores y simular alegrías. Entiendo ahora muchas actitudes y nerviosismos. No es una broma. Que una orden política haya servido para beneficiar a los terroristas es algo que se escapa a la imaginación del ciudadano más pesimista. Qué asco.


La Razón - Opinión

PP. Camps y el Papa Luna. Por José García Domínguez

En la política, que es ocupación de profesionales en la que nadie conoce a nadie, insiste Camps en conducirse como un amateur, al modo de esos adolescentes ociosos que no se cansan de teclear diatribas pueriles amparados en el anonimato de internet.

En el ingrato circuito de la política provincial, esa liga de segunda B donde estaba llamado a militar Francisco Camps, acaso no haga falta poseer un gran sentido del Estado, pero sí conviene tener un mínimo, elemental, sentido del ridículo. El suficiente, al menos, como para no incurrir en verbosidades que llamen a la piedad ajena. Así, sin ir más lejos, el último extravío solipsista del mentado Camps. "Soy el candidato más respaldado de todas las democracias occidentales", parece que ha dado en declamar el hombre, quizá ante un espejo cóncavo como los que adornaban el callejón del Gato. Aunque llueve sobre mojado. Pues no es la primera vez que ese don Francisco de la triste estampa abunda en desvaríos de muy parejo diagnóstico clínico.

Recuérdese cuando a propósito de sus pedestres cuitas con trapos, sisas y dobladillos, procedió a equipararse con las víctimas del Tercer Reich. Chusca desmesura que alcanzaría el culmen al emular con cómica seriedad al reverendo Martín Niemöller. "Primero fueron a por los judíos, pero yo no era judío...", recitó solemne. Episodios todos, en fin, que vendrían a corroborar lo que alguna otra vez se ha dicho aquí de Camps. A saber, que no lo recordará la posteridad por haber sido el político más disoluto de la Historia de España pero tampoco, y ahí el problema, por significarse como el más inteligente.

En la política, que es ocupación de profesionales en la que nadie conoce a nadie, insiste Camps en conducirse como un amateur, al modo de esos adolescentes ociosos que no se cansan de teclear diatribas pueriles amparados en el anonimato de internet. Al respecto, autoproclamándose candidato acaba de dar un paso más, tal vez el definitivo, para hacerse con la tiara del Papa Luna, que ya le está esperando en Peñíscola, previsible sede de su despacho oficial a partir de mayo. Y es que la horterada de los trajes, pecado venial al cabo, no va a exonerarlo de esa impericia tan suya a la hora de seleccionar a los amiguitos del alma. Las malas compañías que ahora comprometen muy altos destinos. "Yo me pago mis trajes", concedió en cierta ocasión. Más pronto que tarde, igual deberá proceder con la onerosa factura de sus muchas torpezas. Sea.




Libertad Digital - Opinión

Tarifazo. Por Ignacio Camacho

La electricidad es cara porque en un sector tan estratégico tenemos una estructura de dependencia.

ESPAÑA es el país con mayor dependencia energética de Europa —casi 80 por 100 de importación— y el que más ha subido el recibo de la luz en los últimos cinco años. Resulta imposible no establecer entre un dato y otro una relación siquiera parcial de causa-efecto. Nuestra electricidad es cara, entre otras cosas y sobre todo, porque la tenemos que comprar fuera, en especial a países que tienen menos remilgos con la producción nuclear. El déficit energético, crudos incluidos, representa alrededor del 40 por ciento del déficit comercial total; en un sector tan esencial para el desarrollo tenemos una estructura de abastecimiento subalterna, impropia de un país con aspiraciones de modernidad y dinamismo.

La tarifa eléctrica ha disparado el IPC, ha acorralado las economías domésticas y se ha convertido en un lastre industrial en un momento crítico. El consumidor paga, junto a la energía, una serie de conceptos casi ininteligibles entre los que aparte de un montón de impuestos específicos se encuentran numerosos recargos de moratorias, deudas y subvenciones que los distintos gobiernos han ido concediendo por cuenta ajena. Dicho de otra manera, estamos pagando una política improvisada y caótica, pasada, presente y, lo que es peor, futura. El poder trapichea con nuestras facturas y las utiliza para tapar los agujeros de sus chapuzas. Hace años que en España no se toman decisiones estratégicas a largo plazo porque es más fácil cargar sobre la gente el coste de los prejuicios políticos. En épocas de prosperidad se nota menos el abuso pero en tiempos de estrechez constituye un angustioso sobrepeso en las espaldas de los ciudadanos.


Forzado por las evidencias el Gobierno ha empezado a reconsiderar su caprichoso infantilismo antinuclear con una tímida revisión de la vida útil de las centrales activas y una genérica ponderación del sector atómico en el llamado mix energético. Podría valer como principio simbólico de un cierto baño de realismo, pero en términos de eficacia apenas supone más que la conformidad con un statu quoclaramente exiguo. Quedarnos como estamos es quedarnos muy cortos; tarde o temprano habrá que plantearse el incremento de la porción nuclear en la cesta de generación eléctrica para abaratar costes y reducir el nivel de dependencia. Los socialistas prefieren que lo proponga el PP para poder posicionarse en contra, agitando fantasmas fáciles de manejar ante la opinión pública. He ahí un asunto primordial en la agenda de recuperación económica de Rajoy cuando llegue al poder, si llega. Y va a hacer falta mucha pedagogía para combatir las tentaciones demagógicas.

Vincular la cuestión nuclear a un recibo de luz desbocado puede parecer a algunos un ejercicio de ventajismo oportunista. Alguna vez, sin embargo, habrá que aprovechar la oportunidad de debatir sobre las bases del futuro.


ABC - Opinión

Giro en la energía nuclear

Por fin se ha impuesto la sensatez. El Gobierno, que estaba enrocado en su posición contra las nucleares por cuestiones ideológicas y electoralistas, ha rectificado y ha apoyado una enmienda de CiU y PNV a su propia Ley de Economía Sostenible para que las centrales nucleares puedan seguir operando más allá de los 40 años si sus titulares así lo solicitan. Se tendrán en cuenta las valoraciones y decisiones del Consejo de Seguridad Nuclear y la evolución de la demanda y protección radiológica. Así, se vuelve a los requisitos que ya estaban vigentes, por los cuales los criterios técnicos priman sobre los políticos. Incluso, este cambio podría afectar al cierre de Garoña, previsto para 2013, pero sobre este particular existe discrepancias. En todo caso, sí que condiciona la supervivencia de los ocho reactores nucleares restantes, puesto que hasta pasado 2020 ninguno de ellos cumple la cuarentena. El Gobierno socialista ha entendido al fin que en este contexto de crisis, al que se añade un incremento del precio del petróleo, minusvalorar las centrales nucleares era también hipotecar nuestro futuro energético. En la actualidad, la energía nuclear aporta un 18 por ciento al mix energético, una cuota nada desdeñable que difícilmente puede ser sustituida por energías renovables, eólica o la solar, por lo que se antoja que la nuclear es imprescindible por muchas reticencias políticas e ideológicas que suscite. Prescindir de ella significaría unos costes que en el actual escenario y en los venideros serían enormemente gravoso, puesto que habría que comprar la energía a países de nuestro entorno cuando generarla, y así se ha demostrado, es más barato. Con esta decisión también se pone coto, por cuanto no va a aumentar, a uno de los grandes problemas de nuestro modelo: la dependencia energética exterior española, que supera con creces a la de los países de la UE y que nos puede colocar en una situación delicada si hay problemas de abastecimiento. Nadie ignora que la terquedad del Ejecutivo socialista ante las centrales nucleares y su empeño por limitarles la vida respondía a una serie de prejuicios que vienen de muy lejos. La oposición a las nucleares ha sido una de las banderas de la izquierda. Así, hasta el pasado lunes, su destino seguía pendiente de criterios políticos, siendo secundarios los criterios técnicos, que son los que deberían prevalecer. Afortunadamente se ha subsanado este error, quizá no a tiempo, pero mejor tarde que nunca. De la misma forma que se ha rectificado y se permitirá que las nucleares operen más de 40 años, también se debería replantear el futuro de Garoña y prolongar su vida útil más allá de 2013. No habría ningún impedimento técnico, al revés, ya que los informes avalaban diez años más de funcionamiento. Y tampoco se debería cuestionar la continuidad de Cofrentes, cuyo permiso de explotación caduca en marzo, en la que ayer se vivió un episodio de violencia protagonizado por miembros de Greenpeace, que hirieron a tres vigilantes para entrar en la central. De lo que no cabe duda es que, con el apoyo a la enmienda de CiU y PNV, el Gobierno pone fin a los bandazos y la indefinición sobre la conveniencia o no de la existencia de nucleares en nuestro país.

La Razón - Editorial

El «Caso Faisán», «Caso Rubalcaba»

El Gobierno está a merced de acontecimientos que ya no controla en una investigación judicial dirigida por un juez independiente.

NO cabe duda de que la suspensión del juez Baltasar Garzón trastocó las expectativas del Gobierno en relación con el «caso Faisán», que, lejos de quedar archivado y olvidado, se ha convertido en una losa para el vicepresidente primero del Gobierno y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. No es cuestión de prejuzgar, porque no hay pruebas concluyentes al respecto, que Pérez Rubalcaba estuviera al tanto de que se iba a producir el chivatazo a la red de extorsión etarra que operaba en el bar «Faisán». Tampoco hacen falta esas pruebas para constatar que se está cerrando el círculo de responsabilidades penales y políticas por lo que fue un acto de traición al Estado y a las víctimas del terrorismo. El instructor del caso, Pablo Ruz, ha recibido nuevas informaciones, incluidas grabaciones desconocidas, que permitirían identificar a quien entregó a Joseba Elosúa, recaudador de la red de extorsión, un móvil desde el que fue avisado de la operación que iba a desencadenarse de forma inmediata. Tales informaciones apuntan a que un funcionario policial, José María Ballesteros, entró en el bar «Faisán» en los minutos en que Elosúa fue alertado.

Es evidente que el Gobierno se encuentra a merced de acontecimientos que ya no controla en una investigación judicial dirigida por un juez independiente, y con participación de acusaciones populares que podrán acusar y pedir y obtener la apertura de juicio oral al margen de lo que haga el Ministerio Fiscal. El hilo de las pruebas tira hacia arriba, y el Gobierno tendrá que hacer frente a la versión más creíble de que el chivatazo fue una decisión política para favorecer la negociación del Ejecutivo con ETA. Quién fue el más alto cargo que tomó esa decisión es algo que podrá o no saberse en el proceso penal, pero las responsabilidades políticas ya están definidas por el organigrama de Interior. Si se repara brevemente en que este escándalo de colaboración policial con ETA no ha supuesto una sola dimisión de responsables de Interior, resulta sencillamente increíble. Asumir responsabilidades sin esperar a los jueces no solo dignifica a los políticos, sino que amortigua la gravedad de los hechos y mantiene la confianza de los ciudadanos. El Gobierno tiene dos opciones: dar el paso al frente, revelar lo que sabe y anunciar dimisiones o esperar a desayunarse todos los días una información que aumente el foco de las sospechas sobre el Ministerio del Interior.

ABC - Editorial

martes, 15 de febrero de 2011

Malversaciones. Por Hermann Tertsch

Poco botín ha sido el «caso Camps» para tanto gasto y empeño expedicionario e inquisitorial de la fiscalía.

CONFIESO que me da igual que Francisco Camps sea o no el cabeza de lista del Partido Popular en Valencia ante las próximas elecciones autonómicas. Primero, porque yo no tengo que votarle en ningún caso. Y segundo, porque es de esos muchísimos políticos que no destacan ni por sus criterios, ni por brillantez, originalidad ni audacia. Lo mejor que se puede decir de él es que su gestión se ha caracterizado por el sentido común. Lo que no es poco en estos tiempos de furor ideológico del tontiloquismo redentor del Gran Timonel. Al parecer es eso lo que convence a una abrumadora mayoría absoluta de los valencianos a inclinarse a dar su voto al PP, lo dirija el señor Camps o no. Lo que tiene gracia es que la Fiscalía Anticorrupción presuma ahora de haber ha conseguido montarle una causa a Camps por el célebre asunto de los trajes por «cohecho impropio», lo que ni siquiera conllevaría su inhabilitación y se zanjaría con una multa de algo más de 41.000 euros. Por aceptar unos regalos sin contraprestación alguna. El Ministerio Público, que tantos asuntos gravísimos se ha visto obligado a relegar a esta máxima prioridad del Estado que era el caso de esos trajes de medio pelo de Camps, reconoce no tener indicios de tráfico de influencias, contratación irregular ni financiación ilegal. ¡Por Dios, señores, qué fiasco el suyo! Después de dos años de utilizar todos los medios del Gobierno y del Estado, policía y fiscalía, amiguetes de la judicatura, de filtraciones reales o falsas, intoxicaciones múltiples y multiplicadores de opinión y agentes, éstos sí sospechosísimos de cohecho continuado y prevaricación constante en favor del rodillo socialista; ¿esto es realmente todo lo que han sabido encontrarle? Me gustaría ver a mí cuántos políticos con unos cuantos años ejerciendo tareas no ya de gobierno, sino de cierto relieve, superarían un escrutinio como el aplicado a la vida y el entorno de Camps con una acusación como esa. Por no hablar desde luego de nuestra tropa ministros y caciques. Que nos lo digan, el Pepiño de la casita costera y el «maná» a las empresas amigas, el Chaves de la niña subvencionada, el Griñán de los EREs egipcios, el Rubalcaba de los faisanes y las medallas pensionadas, el Bono «seseñero» y sus cabarellizas, la Pajín con sus subvenciones y ONGs amigas y hermanas o la niña Aido con sus cuentas del Gran Capitán del Ministerio de la Igual Dá.

¿Quién se ofrece voluntariamente a una auscultación íntima así de implacable, hostil, bien incentivada, sin reparar en gastos y con la policía dedicada «full time» a ella? ¿Con toda la atención del ministerio del interior, la fiscalía buscando éxitos y la jauría mediática, hambrienta, haciendo méritos? Estoy convencido de que no la superaría «ni el potito» con una multa semejante de menos de siete millones de pesetas. Poco botín para tanto gasto y empeño expedicionario e inquisitorial de la fiscalía. Poca presa para tan presuntuosa montería. Raya en la malversación. Qué ridícula esa multa ahora que hablamos de los 700 millones de euros del erario público con el que la trama socialista andaluza pagaba jubilaciones falsas a militantes y a sus familiares. Lo dicho, no sé ni me importa si Camps se presenta o no. Sí sé que se habla de ello porque Camps no es socialista. Como decía Esperanza Aguirre, sólo imaginen lo que quedaría de ella si hubiera concedido como Chaves diez millones a una empresa con un hijo suyo dentro. Aunque duele pensar en el dispendio del exceso de celo de la fiscalía en el «caso Camps», consuela saber que ahora volcarán su esfuerzo en aclarar las grandes estafas socialistas que asoman por todas las esquinas.

ABC - Opinión

Yo también vi la cara de Leire Pajín en la gala de los Goya. Por Federico Quevedo

Ha sido, sin lugar a dudas, el momento estelar de la entrega de los Premios Goya: ellos, inasequibles al desaliento pancartero, por un lado. El mundo, por otro. Y el rostro ajeno, símbolo del petardeo cósmico y el aburrimiento en grado sumo de Leire Pajín, como icono surrealista de ese insoportable coñazo en el que siempre se llevan los premios los mismos, es decir, los que dirigen-producen-protagonizan sus noventa puñeteros minutos de cinta milimétricamente dedicados a la ya manoseada, hasta la vomitiva saciedad, Guerra Civil Española de hace casi un siglo. ¡Viva la memoria histórica! Eso sí, pasada por el tufo anarco-nacionalista del que se sirve la izquierda para tergiversar la verdad y engañar al público objetivo.

Yo no he visto Pa negre o Pan negro en su traducción al castellano -porque lo que ya es de coña en este país de pandereta es que tengamos que doblar nuestras propias películas a nuestro propio idioma-, pero imagino que es más de lo mismo: unos, los rojos, son los buenos y otros, los azules, son los malos según la aseveración esculpida en la frente del rostro pétreo de Gregorio Peces Barba en aquella ocasión en que los buenos homenajeaban al autor intelectual -y según algunos, también el material- de los asesinatos de Paracuellos del Jarama. ¿No les digo yo que el mundo va por otro lado? Pues claro que va, pues claro.


Al mismo tiempo que los últimos de Filipinas se daban cita en los asientos purpurados del Teatro Real para aplaudirse a sí mismos por seguir empeñados en no reconocer que el tiempo ha pasado y que la tecnología se los va a llevar por delante, Anonymous se hacía fuerte en la red y en la calle y conseguía doblegar al oficialismo a base de caretas tipo V de vendetta y peligrosísimas combinaciones alfanuméricas que colapsaron las páginas web oficiales del acontecimiento.

Lo que no bloquearon, porque de eso se trataba, fue el despliegue de ingenio y sátira con el que las redes sociales saludaron la reunión de amigos de la subvención pública, y el momento culminante de la noche fue aquel en el que en Facebook surgió el grupo Yo también vi la cara de Leire Pajín en los Goya, que al cierre de estas líneas llevaba ya casi 7.000 seguidores incondicionales. Y es que esta batalla, amigos míos, la vamos a ganar. Será antes o después, pero si algo tengo claro después de la última gala de los Goya es que todo ese grupo de comensales de la sopa-boba tienen sus días contados, y que o se adaptan a los cambios que vienen o sucumbirán a ellos mientras se les pone la misma cara de yo no se qué coño pinto aquí que tenía esa noche la ministra anti-tabaco.
«Adaptarse a los cambios significa, en primer lugar, hacer lo que el público demanda y no lo que el Ministerio subvenciona. Y significa, en segundo lugar, comprender Internet como un espacio de difusión de ideas, mensajes, contenidos y creaciones.»
Y adaptarse a los cambios no significa dejar de hacer lo que hacen… No. Significa, en primer lugar, hacer lo que el público demanda y no lo que el Ministerio subvenciona, es decir, actuar como una industria y no como una secta de colgados amiguetes. Y significa, en segundo lugar, comprender Internet como un espacio de difusión de ideas, mensajes, contenidos y creaciones. Álex de la Iglesia lo entendió, y ese fue, seguramente, el otro momento culminante de la noche, el momento en el que puso cien veces colorados a los que le escuchaban atónitos pensando para sus adentros “pero, ¿este no era uno de los nuestros?”.

Lo sigue siendo, pero De la Iglesia comprendió un día que las cosas iban a cambiar, sí o sí, y que era mejor ponerse a trabajar del lado de los cambios que intentar frenarlos porque, eso, va a ser inútil. Los políticos de uno y otro lado -porque en esto han sido lo mismo PSOE que PP-, sin embargo, se han instalado en la parálisis y el inmovilismo, y aunque ha habido alguno de la oposición que se ha querido subir al carro del discurso del ya ex presidente de la Academia de Cine, lo cierto es que el PP ha actuado con una cobardía propia del estilo acomplejado del arriolismo, y de una u otra manera esa bajada de pantalones ante los dueños de las letras de papel -que están tan condenadas a desaparecer como las salas de cine- les acabará pasando una desagradable factura.

Bien, bien, bien. Es divertido ver cómo los acontecimientos se llevan por delante las cerrazones. Siendo odiosa la comparación, lo de Egipto podría servirnos de ejemplo -aunque tengo para mí que, así de entrada, han salido de Guatemala para meterse en guatepeor a la vista de las primeras decisiones tomadas por los uniformados- sobre cómo la persistencia y la perseverancia de un pueblo puede acabar con la resistencia de un tirano. En esto de la cultura oficial y subvencionada -y domesticada- hay, también, algo de tiranía contra la que se levanta la voz libre y salvaje de la red, con la ventaja añadida de que la tecnología y la ciencia se han puesto de parte de los segundos.

Ahora solo falta que también se pongan de ese lado quienes tienen la obligación de defender el interés general y el bien común, en lugar de preocuparse tanto por las cuentas de resultados de unos pocos. Internet es cultura, y es cultura cada vez más popularizada y globalizada, pero también más exigente porque Internet implica conocimiento y del conocimiento surge una mayor severidad en la elección. Por eso no ver la oportunidad, es estar ciego ante ella. Ciego, sordo y mudo.


El Confidencial - Opinión

Egipto. Hechizados por la Revolución. Por Cristina Losada

La Revolución es una aventura, un escape. Quiebra el curso administrativo de la vida cotidiana. Y se viven con euforia esos días que conmueven al mundo y luego, tantas veces, lo horrorizan.

El gran Charles Krauthammer comenzaba un lúcido artículo sobre la revuelta en Egipto con una pregunta retórica: "¿A quién no le gusta una buena revolución democrática?" Elimínese el último adjetivo y estaremos más cerca del gusto predominante. Es la Revolución el fenómeno que captura la imaginación de tantos en Occidente. Sobre todo, cuando tiene lugar a distancia. La fascinación que ejercen los sucesos revolucionarios remite a esa idea que, vulgarizada, prescribe la necesidad de la lucha y de la violencia para que la Historia avance. Así, gozan de prestigio las rupturas, mientras sufren descrédito las transiciones pactadas. La revolución, escribe Furet, señala que "los hombres pueden desprenderse de su pasado para inventar y construir una sociedad nueva". El gusto por ella es hijo del mesianismo político.

Quién sabe si en Egipto ha habido una revolución. Aún menos se conoce el calificativo que habrá de marcarla. Pero ya nada se puede hacer por preservar el significado de las palabras. La Revolución tiene buenísima prensa y mejor televisión. Transforma a aburridos reporteros en entusiastas partidarios, que apenas contienen su anhelo de fundirse en éxtasis con la multitud. ¡Qué emocionante! El mito revolucionario, pasado por los media, los twitter y los gadgets, ha engendrado actitudes frívolas. Como criticaba el historiador comunista Eric Hobsbawm a los sesentayochistas, se toma la revolución por un "Club Méditerranée de la política". Es una aventura, un escape. Quiebra el curso administrativo de la vida cotidiana. Y se viven con euforia esos días que conmueven al mundo y luego, tantas veces, lo horrorizan.

Hay, en relación a Egipto, argumentos y datos que apuntalan tanto la proyección optimista (democracia) como la pesimista (islamismo). Pero la inquietante realidad es que, a día de hoy, las revueltas sólo han tenido enjundia y logrado el éxito en países árabes pro-occidentales. Eran dictaduras o dictablandas, todas corruptas. Ni Estados Unidos ni Europa supieron presionar por su reforma a cambio del apoyo financiero. La doctrina Bush de extender la libertad era buena: óptima si la hubiera aplicado extensamente. Obama abjuró, y lo hizo en El Cairo, del "intervencionismo" democrático. Ahora, no hay sociedad civil ni partidos capaces de garantizar que la transición no sea secuestrada por "los más disciplinados, despiadados e ideologizados", que ése es el triste destino de muchas revoluciones mágicas. Aunque, de imponerse los radicales islámicos, no proferirán quejas los fetichistas de la Revolución: cuanto más totalitaria, más les chifla.


Libertad Digital - Opinión

El mérito según Zapatero. Por M. Martín Ferrand

Zapatero debiera callar después de que más de 600 millones de euros estén en el alero del «caso Mercasevilla».

ZAPATERO, el líder de las palabras huecas, tiende a confundirnos cuando habla. No por su oscuridad, que no es mucha; sino por los quiebros y transposiciones que suele utilizar en su lenguaje mitinero y propagandista. Es tanto su afán por traspasar al PP la responsabilidad de lo que pasa, de lo que él mismo ha propiciado con su confusión política y su incapacidad de respuesta a los problemas, que ha llegado a entender la potencialidad de una victoria electoral como un valor moral y no, sencilla y democráticamente, como la expresión de la voluntad de los ciudadanos que acuden a las urnas. «¡Merecemos ganar y ganaremos!», ha dicho este pasado fin de semana, en Sevilla, José Luis Rodríguez Zapatero. No constan la fuente o el marcador que le atribuye el mérito a un socialismo que, precisamente en Sevilla, debiera tener la prudencia del silencio después de que más de 600 millones de euros estén en el alero del «caso Mercasevilla», una chorizada de tomo y lomo; pero, aunque constara y resultara oportuno, ¿cómo se «merece» una victoria electoral?

El verbo merecer tiene dos usos principales. Uno, transitivo, es el que nos hace dignos de algo, bueno o malo. No creo que el desparpajo funcional del todavía presidente del Gobierno y su alejamiento de la realidad le permitan considerarse con el mérito suficiente para que, él o su sucesor en la candidatura socialista, merezca la victoria electoral del 2012. Si el uso que el líder del PSOE quiso hacer de su conjugación del verbo merecer fue el intransitivo, su despropósito crece más todavía. Obtener méritos positivos para algo es implanteable para quien tiene en su balance gestor la culpa de no haber querido advertir la presencia de una crisis y la torpeza de no haber sabido enfrentarse a ella con el resultado, de momento, de 4,7 millones de parados, el empobrecimiento general del país, el incremento del déficit y el engorde de la deuda pública.

Insiste falazmente Zapatero en desmerecer a su principal antagonista, Mariano Rajoy, atribuyéndole como muletilla dialéctica una frase de solo cinco palabras: «La culpa la tiene Zapatero». ¿Quién ha de tenerla? Rajoy, sin duda, arrastra la responsabilidad de no haber querido afrontar el coste de una moción de censura —posiblemente perdedora— que pusiera en evidencia la calamidad operativa del presidente y su Gobierno y, al tiempo, presentar a los españoles una alternativa concreta y detallada; pero esa carencia no es, de ningún modo, un mérito de Zapatero. Menos todavía «el mérito» para ganar elecciones. ¿Será superior a las fuerzas del leonés evitar el engaño en sus manifestaciones públicas?


ABC - Opinión

De risa, de llanto. Por Alfonso Ussía

No presencié la llamada «Gala de los Goya» –me pregunto qué ha hecho Goya para merecer esto–, pero sí la he visto impresa. De risa, de llanto. Leo que la entrada en el Teatro Real de políticos y cineastas no fue precisamente gloriosa. Abucheos y hasta huevos. De risa, de llanto. Una industria cuyos productos son despreciados y rechazados por la mayoría de sus posibles usuarios organiza el guateque. Porque el presumible cine español no es arte ni cultura, sino una industria arruinada que sostenemos los españoles con nuestros impuestos. De risa y de llanto. También pagamos la fiesta del domingo, arrebolada de «glamour» hispano. Y las estatuillas.

Un Goya cabreado. Motivos le sobran para estar enfadado en bronce. Dicen que Javier Bardem, el de la clínica, tiene cincos «goyas». Entiendo que se haya mudado de casa, para no verlos. Vivir con cinco «goyas» malhumorados y siniestros tiene que ser muy desagradable. El «Oscar», al fin y al cabo, es como un pirulí que se esconde en cualquier rincón de la biblioteca, suponiendo que estas personas tengan bibliotecas en sus cálidos hogares. Además, el «Oscar» tiene mérito, porque proviene de la Meca del Cine, y ése mérito no se lo voy a regatear a Javier Bardem porque sería injusto. Pero lo de los «goyas» clama al cielo.

No viven en este mundo. Lo hacen en una bóveda de vanidad y falsedad que nada tiene que ver con la realidad de la calle. Por eso la gente no pasa por taquilla y en lugar del aplauso, opta por el abucheo. Pocas autoridades. La Sinde, atractiva; la Salgado, elegante, y la Pajín…
De risa y de llanto. También acudió el ministro Sebastián, me figuro que por lo de la industria. Mario Camus, el gran director montañés, como un pulpo en un garaje. Es de los de antes, de los que sabían hacer cine. Porque nuestro cine es cangrejero. Se mueve hacia atrás. Hay menos talento en el cine español que en la cabeza de un berberecho. No necesitan pensar.

Hacen cualquier cosa y se la paga el Ministerio de Cultura, cuando en justicia el cine español tendría que administrarlo el Ministerio de Industria, y en concreto, la Subdirección General de Industrias Quebradas, porque la cultura brilla por su ausencia.

Insisto en la irrealidad de la fiesta. La alfombra roja, las falsas sonrisas, la distancia insuperable entre su pequeño y aislado mundo y los sentimientos y preocupaciones de la sociedad. Sostres recuerda a Pla cuando preguntaba ante una mesa atiborrada de delicias: «¿Quién paga todo esto?». Pues usted, el de más allá, el que cruza la calle, el que espera el autobús,el que se divierte en las mañanas de los domingos remando sobre una piragua, la piragua y servidor de ustedes. Pero ellos, que lo saben, no quieren hacerse los enterados. Y montan estos espectáculos ridículos para entregar unos premios que llevan el nombre de un genio universal que de poder hacerlo, los mandaría a todos a paseo. Risa y llanto. Risa la de ellos, y llanto el de los demás. De no obtener subvenciones, ¿de qué vivirían? Con toda probabilidad harían un cine mucho mejor, menos facilón, tópico, mejor dialogado y menos grosero en el lenguaje. Los productores se jugarían sus dineros, y se aliviaría la contumaz majadería de las actuales producciones. Pero eso, de risa y de llanto, ellos están ahí, viviendo del aire regalado, de la nada productiva, del cinismo de la «excepción cultural». Y claro, como no se enteran, la alfombra roja, las joyas, las sonrisas, los premios, y los insultos. De risa y de llanto.


La Razón - Opinión

Subvenciones. Del cine español. Por José García Domínguez

Es sabido, cuando un político oye la palabra cultura, inmediatamente, como si de un estímulo pavloviano se tratara, echa mano de la chequera.

Empresarialmente, inane; socialmente, irrelevante; estéticamente, romo; políticamente, unidimensional, el cine llamado español subsiste de parasitar al Estado merced al equívoco cultural. Es sabido, cuando un político oye la palabra cultura, inmediatamente, como si de un estímulo pavloviano se tratara, echa mano de la chequera. Sin ir más lejos, así es como una Isona Pasola, célebre autora de documentales contra España en la televisión nacionalista y entusiasta promotora de los referendos ful, resultó agraciada con tres millones y medio de euros. Euros españoles, por más señas. Que no otros han costeado ese Pa negre tan festejado por sus iguales en los Goya. De ahí, perentoria, la coartada cultural.

Concepto discutido y discutible –éste sí–, la cultura es el poso que queda cuando ya se ha olvidado todo. Cultura, por ejemplo, es recordar que eso del cine acaso tuvo algo que ver con las creaciones del espíritu en épocas remotas, cuando en tal oficio se emplearon individuos que respondían por Fellini, Buñuel o Kurosawa. Por lo demás, excepciones siempre marginales en un entretenimiento popular elaborado con la muy prosaica –y respetable– premisa mayor de hacer caja. Y es que el cine, igual el español que el de verdad, tiene tanto que ver con la cultura como las añoradas revistas de Tania Doris en el Paralelo de Barcelona, o el no menos entrañable Teatro Chino de Manolita Chen. O sea, nada.

Porque nada significa que El séptimo sello y Torrente en Marbella admitan ser proyectadas sobre idéntica pantalla. A fin de cuentas, también los relatos de Stieg Larsson o Ken Follett se presentan en encuadernaciones de papel parejas a las que contienen las obras de Flaubert o Stendahl, y no por ello alcanzarán jamás la condición de literatura. Al respecto, empecinarse en la obsesiva repulsa del sesgo ideológico de la cinematografía doméstica, en el fondo, es aceptar sus reglas del juego, las de la excepción cultural. Olvidar que la industria de la infantilización de masas que responde por cine, es eso, una industria. Eso y solo eso. Por algo, proscribir al Ministerio de Cultura toda promiscuidad con ella debiera constituir objetivo primero de cualquier programa que se quiera liberal. Ahora que la derecha parece que va aprendiendo a hacer agitprop, bueno sería que lo comprendiese.


Libertad Digital - Opinión