miércoles, 17 de noviembre de 2010

Pensionistas. Esfuérzate tú, Valeriano. Por Pablo Molina

Ser trabajador cuando gobiernan los socialistas es una desgracia, pero si eres pensionista el problema se agrava, porque, además de robarte, el socialismo tiene especial cuidado en cubrirte de ignominia.

El nuevo ministro de Trabajo, de nombre tan relajante, ha ordenado a los pensionistas que hagan un esfuerzo más para salir de la crisis al igual que ya lo está haciendo el resto de la sociedad. Como buen socialista, Valeriano miente con toda sinceridad, porque no es cierto que todo el mundo se esté apretando el cinturón durante la crisis aunque él parezca convencido de que así es. Al contrario, ese sacrificio constante es el dudoso privilegio que Zapatero reserva a las clases medias y los trabajadores de forma exclusiva, haciendo honor a la tradición del socialismo en todo tiempo y lugar.

A pesar de que atravesamos una recesión sin precedentes, los grupos de presión que siguen la agenda socialista no han visto recortado su tren de vida, porque el jefe de Valeriano ha decidido que ellos no deben verse afectados por la feroz incompetencia del Gobierno en materia económica. En cambio, los pensionistas sí deben sufrir la humillación de verse expoliados de nuevo para financiar las francachelas de los cultureras y para que las ministras, por poner un ejemplo concreto, no anden borrachas por la calle a altas horas de la noche buscando un taxi.

Ser trabajador cuando gobiernan los socialistas es una desgracia, pero si eres pensionista el problema se agrava, porque, además de robarte, el socialismo tiene especial cuidado en cubrirte de ignominia. Es la sensación que deben experimentar los españoles sensatos que después de toda una vida de trabajo y esfuerzo perciben una pensión ridícula que aún ha de reducirse el año próximo, porque con lo que el Gobierno les ha afanado durante todos esos años, a los socialistas todavía no les alcanza.

A Valeriano no se le cae la cara de vergüenza cuando riñe a los pensionistas para que no protesten cuando les congelen la pensión, algo que entra dentro de lo normal porque por algo el tío es socialista. Lo raro es que los jubilados que van a ser nuevamente robados no convoquen una manifestación diaria ante el ministerio que ponga nervioso a Valeriano hasta provocarle una seria adicción a su femenino. No será porque no tienen tiempo libre.


Libertad Digital - Opinión

Sin discurso. Por Edurne Uriarte

El Sahara destruye el discurso que Zapatero construyó sobre política internacional precisamente a partir de su interpretación de Irak.

Como José María Aznar perdió el apoyo de una parte de sus votantes a su política internacional por las decisiones respecto a Irak, de la misma forma está perdiendo Zapatero el apoyo de sus votantes a su política internacional por las decisiones respecto al Sahara. Por razones completamente diferentes, eso sí. Porque Aznar quería hacer una política basada en los principios, la defensa de la libertad, a costa de sacrificios que muchos españoles no estaban dispuestos a asumir. Y porque Zapatero ha sacrificado sus principios para hacer una política de defensa de intereses que muchos españoles no acaban de entender.

El Sahara destruye el discurso que Zapatero construyó sobre política internacional precisamente a partir de Irak o a partir de su interpretación de Irak. Aquello de los derechos humanos, del pacifismo, de la legalidad internacional, de Naciones Unidas. De los principios, diferentes a los de Aznar, pero principios al fin y al cabo que Zapatero decía sostener. Principios cuya aplicación práctica sus votantes han entendido con dificultades, cuando Zapatero ha hecho en Afganistán lo mismo que Aznar en Irak. Y que no han entendido en absoluto, cuando el Gobierno los ha dejado completamente a un lado para apoyar a Marruecos. En contra de los derechos humanos, de la legalidad internacional y de Naciones Unidas.

Por eso se quedó ayer sin palabras hasta el gran comunicador Rubalcaba. En la rueda de prensa que no quiso convocar y que no tuvo más remedio que convocar, cuando un periodista le preguntó si el Gobierno persistía en su actitud de no condenar a Marruecos. «No hemos hablado de eso», respondió Rubalcaba.

Media hora antes, también se quedó sin palabras Trinidad Jiménez en el Senado: «No consideramos los datos fehacientes, tenemos que esperar», «No debemos especular», «No podemos reaccionar ante opiniones».
Es decir, nos hemos quedado sin discurso.


ABC - Opinión

Rubalcaba y el Sáhara: rueda de prensa para olvidar. Por Antonio Casado

El vicepresidente del Gobierno y ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba -en rueda de prensa posterior al encuentro con su colega marroquí, Taib Cherkaui-, y la ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez -en el Senado-, se acogieron a las generales de la ley: confianza mutua entre países vecinos y amigos. Los amigos se hablan con “sinceridad” y con “claridad”, según previa declaración de principios que no ayuda a moverse entre la niebla de un asunto tan sórdido.

A todos los efectos, el Gobierno de Marruecos se convierte en la primera y principal fuente de información del Gobierno de España para conocer lo ocurrido en el asalto policial al campamento de Gdeim Izik. Allí se instaló hace varias semanas como protesta social de los saharauis de El Aaiún por las malas condiciones de vida que llevan en su propia tierra, gobernada de hecho -sin ningún título de soberanía- por Marruecos.


Por lo tanto, y salvo que el ministro marroquí le haya contado a Rubalcaba algo distinto de lo que luego contó en vehemente y multitudinaria rueda de prensa, el Gobierno de España da por bueno que la intervención de las fuerzas marroquíes fue “pacífica”; que la muerte del ciudadano español Baby Hamday Buyema,se debió a un atropello accidental, y que los policías marroquíes fueron agredidos “brutalmente” al intentar rescatar a ciudadanos inocentes “secuestrados” por “milicias armadas” que se habían adueñado del asentamiento.
El Gobierno da por bueno que la intervención de las fuerzas marroquíes fue “pacífica”; que la muerte del ciudadano español Baby Hamday Buyema se debió a un atropello accidental, y que los policías marroquíes fueron agredidos “brutalmente”.
¿Seguro que el Gobierno español da por buena esta versión? La pregunta, formulada de tres o cuatro maneras distintas (“¿Se lo cree el Gobierno?”, “¿Se lo cree usted?”, se le preguntó a Rubalcaba) no tuvo respuesta. Visiblemente incómodos en la doctrina oficial, tanto Trinidad Jiménez frente al senador Juan Van Halen (PP) como Pérez Rubalcaba frente a los periodistas se remitieron a la versión de Marruecos. Hasta el punto de hacer aún más insoportable la sensación de desfallecimiento en una cuestión de principios. Como si se hubiese renunciado al deber de conjugar intereses con valores, que es propio de un gobernante. La derrota de los valores es, en este caso, clamorosa.

Si la percepción de nuestra opinión pública sobre los sucesos de estos días no coincide con la versión expuesta ayer en Madrid por el ministro Cherkaui, no impugnada por Rubalcaba ni por Jiménez, se debe a que la prensa española los ha “tergiversado” con el propósito de “denigrar a Marruecos”. Ni disparos, ni genocidio, ni violación de derechos humanos, como han informado los periodistas españoles, sino una “intervención completamente pacífica en el marco del respeto a la ley y bajo la supervisión de los jueces”, del que solo se ha derivado la muerte de diez agentes marroquíes y la del ciudadano español atropellado por un coche policial.

Y si se hubiera cometido algún exceso por parte marroquí, o quedase algún cabo suelto de difícil explicación en el relato “detallado” y “minucioso”del ministro Cherkaoui, no tenemos más que pedir una investigación suplementaria y el Gobierno marroquí la hará encantado, según declaró ayer el ministro Rubalcaba en una rueda de prensa para olvidar. Nos dejó un amargo sabor de boca.


El Confidencial - Opinión

Fechas. Por Alfonso Ussía

España, empujada por Marruecos, Francia y los Estados Unidos, abandonó el Sahara en 1976. Para el portavoz del PSOE, don Marcelino Iglesias, aquello sucedió en 1973 o 1974. Es decir, que Franco falleció en 1969 o1970, para ser exactos. El PSOE, en 1982, arrasó en las elecciones generales, si bien podría haberlo hecho en 1980 o 1981, según don Marcelino. Al portavoz de un partido político de la importancia del PSOE no se le puede pedir que aplique con precisión la fecha en la que Alfonso X El Sabio pernoctó por vez primera en el Puerto de Santa María. Tampoco que acierte –a pesar de ser aragonés–, el día en el que Agustina de Aragón merendó con sus padres en Calatayud, y menos aún que sepa con exactitud la fecha en la que Hernán Cortés se vio obligado a desprenderse de su armadura por los picores que le producía un extraño sarpullido epidérmico que le tuvo frito durante una semana en la llanura donde hoy se alza Jalisco o Xalisco, que con la jota y la equis los mejicanos o mexicanos llevan decenios confundiéndonos. El crítico y poeta Ricardo Bada se lo escribió al político Ordaz, que escribía «México» y pronunciaba «Méjico». «Señor licenciado Ordaz:/ si usted lo escribe con equis/ y lo pronuncia con jota,/ ¿por qué no me pide un taji/ a su manera ortodoja?». Presiento que me he ido por las ramas.

Decía que ignorar las fechas en las que se produjeron los anteriormente referidos hechos históricos, no puede ser motivo de crítica ni razón de acusación de incultura. Pero errar en dos y tres años la salida de España del Sahara, tan cercanita ella y con las repercusiones políticas y sociales que dicho abandono han arrastrado hasta la actualidad, merece la exhibición de unas enormes orejas de burro, como las que antaño se usaban en los colegios para burlarse de los alumnos torpes. Se trata de una fecha histórica triste y reciente, y recordarla es obligatorio para todo aquel que quiera presentarse como una persona bien informada, que en un portavoz de partido político se da por hecho, aunque esa responsabilidad venga heredada de Leire Pajín.

Lo que hoy sucede en el Sahara es consecuencia de aquella fecha trágica, el 14 de noviembre de 1975, cuando, con Franco en plena agonía, se firma el Acuerdo de Madrid, por el que España entrega a Marruecos y Mauritania sus territorios saharianos. Y es en 1976, cuando nuestros últimos soldados, arrían la bandera de España y embarcan rumbo a la península dejando una tierra querida que fue provincia española y a un pueblo, el saharaui, que pretendía crear un Estado independiente. Cierto que el Polisario hizo todo lo posible para perjudicar sus propios intereses, entregándose a la todavía URSS y al enemigo natural de Marruecos, Argelia. Por Madrid pululaban sus representantes y saltaban de Bogomolov a Khelladi, los embajadores de la URSS y Argelia, respectivamente, hecho que alarmó sobemanera a los franceses y americanos. El PSOE juró lealtad y ayuda a los saharauis, y en 14 años de gobiernos socialistas no llegó a los abandonados del Sahara ni ayuda ni lealtad. Pocos años atrás, con Zerolo de la mano, Trinidad Jiménez no paró de dar el tostón con la independencia del «Sahara Libre». Ahora está con Marruecos «por razones de Estado». Esta mujer es de lo que no hay. Todo sucedió antesdeayer, aunque Marcelino Iglesias nuble las fechas y se equivoque.


La Razón - Opinión

Funcionarios. Silencio: Chaves duerme. Por José García Domínguez

"Cada empleado estatal ajustará su rendimiento al del colega que, cobrando idéntica cantidad, trabaje menos". Pues no otro resulta ser el criterio empírico con que se determinan los estándares stajanovistas en el sector público patrio.

Parece que el vicepresidente Chaves, probo funcionario excedente el hombre, vive en la feliz ignorancia de que su nómina está vinculada por ley a la productividad. Y es que el señor ministro, siempre inmerso en altas cuestiones de Estado, no repara en tamañas nimiedades. Así, ni corto ni perezoso, don Manolo saltó a la palestra ayer martes con tal de anunciar al mundo una idea genial, a saber, que estudia la posibilidad de ligar las retribuciones de los empleados públicos... a la productividad. "¿Por qué no?", debió cavilar el prócer en el sublime instante de la iluminación, antes de entregarse a una merecida siesta reparadora.

Y ha tenido que ser Jáuregui quien saliese a desfacer el entuerto, recordando que ese asunto figura en el BOE desde los tiempos de María Castaña. Esto es, desde que la cesante María Teresa Fernández Etcétera y los sindicatos de la Administración lo pactaran en su día. Vistoso trozo de papel mojado, el acuerdo de marras, que no logró derogar la célebre Ley de Bronce enunciada por el catedrático Alejandro Nieto. Ésa que implacable ordena: "Cada empleado estatal ajustará su rendimiento al del colega que, cobrando idéntica cantidad, trabaje menos". Pues no otro resulta ser el criterio empírico con que se determinan los estándares stajanovistas en el sector público patrio.

Una ley de obediencia mayoritaria que, según magisterio del mismo Nieto, requiere de la recta observancia a un corolario no menos preceptivo. El que manda: "No te inmiscuyas en lo que no sea estrictamente tuyo igual que nunca habrás de tolerar que los demás metan la nariz en tu negociado. Si de tal modo procedes y no creas problemas al prójimo en el escalafón, en justa correspondencia, tampoco él te los creará a ti y todos vegetaréis con plácida armonía". A fin de cuentas, una situación muy llevadera: a nadie importa el esfuerzo que se dedique al trabajo, pero tampoco nadie vigila ni reprende. Y así van pasando los años y los Chaves y los planes de productividad sobre una Función Pública desmantelada, ya mero botín de guerra en manos de los partidos y sus clientelas, inagotable cantera de parásitos vitalicios. Mas no levantemos mucho la voz, no vaya a ser que despierte don Manolo.


Libertad Digital - Opinión

Coros y danzas. Por Ignacio Camacho

Nuestra clase política está dispuesta a cualquier sacrificio —ajeno— antes que renunciar a su cuota de telediario casero.

EN este país tan raro que vive como un rico sin serlo hay docena y media de televisiones autonómicas y varios cientos de emisoras municipales que pierden más de mil quinientos millones de euros al año sin que nadie se plantee cerrarlas o al menos someterlas a un ajuste de mercado. Cuando Europa nos presiona para recortar gasto público les metemos antes mano a las pensiones y a los sueldos de los funcionarios que a ese sumidero a fondo perdido en el que los caciquillos territoriales organizan su particular autobombo. Nuestra clase política está dispuesta a cualquier sacrificio —ajeno, por supuesto— antes que renunciar a su cuota de telediario casero. Los virreyes que lloran la falta de presupuesto para la Ley de Dependencia firman sin pestañear las subvenciones con que tratan de enjugar el déficit de sus aparatos de propaganda. En algunas comunidades hay hasta tres cadenas porque con una no basta para satisfacer el ego de esa dirigencia ensimismada en el culto a la personalidad; la mayoría de ellas dedica el grueso de su programación a un peloteo sonrojante de los sultanes de turno y banaliza la cultura autóctona con un zafio desfile de tópicos que subvierte el carácter de servicio público al reducirlo a un folklorismo de vía estrecha. Son la versión catódica o digital de los coros y danzas, a la mayor gloria de regímenes clientelares que representan la actualización, el update, del caciquismo.

A la hora de manejar el mando a distancia con que ejecutan sus consignas, socialistas, populares y nacionalistas guardan escasas diferencias de talante. Ninguno renuncia al mangoneo sectario; se calcan los vicios, se apoderan de la pantalla y cometen idéntico abuso de poder pasándole la factura a los contribuyentes. Los matices son de estilo, no de concepto; algunas emisoras son más soeces en su vulgaridad populista, otras se parapetan en la singularidad lingüística y unas pocas afinan algo las formas para disimular la manipulación con cierto envoltorio profesional. Pero al final lo único que cuenta es su disponibilidad como instrumento al servicio de la hegemonía política; funcionan como canales privados de unas nomenclaturas regionales que entre las teles y sus hipertrofiados servicios de comunicación y prensa tienen más empleados que todos los medios independientes juntos. Ventajas de no responder ante el mercado.

Algunos barones territoriales del PP han tenido al menos la decencia retórica de sugerir la privatización de estos mastodontes mediáticos, a sabiendas de que se trata de una medida que no depende de ellos; es de las pocas competencias que han quedado fuera de la centrifugación autonómica. Éste es uno de los misterios de la Administración española y una de las causas de la ruina del sistema: puede gastar mucho más de lo que ingresa pero siempre hay una ley que dificulta la reducción del despilfarro.


ABC - Opinión

Expansión.com - Descubra cuánto le cuesta su televisión autonómica según dónde viva.

El Gobierno cree a Rabat

Lo más hospitalario que se puede decir de la visita a España del ministro del Interior de Marruecos, Taib Charkaui, es calificarla de inoportuna. No parece que el principal responsable de las fuerzas policiales que protagonizaron los sangrientos episodios de El Aaiún sea el más indicado ni el más decoroso para explicar lo sucedido con objetividad. Sobre todo si se tiene en cuenta que previamente puso en circulación un video con versiones tan peregrinas como que el campamento saharaui desmantelado albergaba terroristas de Al Qaida. Si a lo que aguardaba el Gobierno español para adoptar una postura nítida y contundente era que se esclareciera la verdad de los hechos, debería haber aplazado esta visita. O si accede a recibir al representante de una parte, está obligado a hacer lo mismo con la otra. Lo que de ningún modo es aceptable es darle credibilidad al mismo que censura a la Prensa y expulsa a los periodistas que pretendían informar verazmente. Sin embargo, el Gobierno sigue empantanado desde que estalló la crisis, hace dos semanas, y cada día que pasa incurre en nuevos despropósitos, incoherencias y ambigüedades. El guirigay de los dirigentes socialistas va en aumento, y al desliz inicial del ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, atribuyendo la soberanía del Sáhara a Marruecos, se han sumado media docena de opiniones dispares, como la de Marcelino Iglesias confundiendo con indolencia las fechas de la «Marcha Verde», los balbuceos de una Trinidad Jiménez claramente sobrepasada por los acontecimientos y la inaudita irrupción de la ministra Sinde exigiendo que sobre este asunto sólo «opinen los expertos», entre los que cuenta naturalmente a sus actores afines. La falta de coordinación, ese mal que parece endémico en los equipos de Zapatero, es el síntoma visible de una política exterior confusa, acomplejada y víctima de unos prejuicios ideológicos que el PSOE arrastra como un pecado original desde que hace tres décadas apoyó al Frente Polisario, sin que entonces primaran los intereses de España sobre los de partido. Por eso, si ya resulta chocante que el estallido del conflicto sorprendiera a la ministra de Exteriores perdida en una visita muy menor a Bolivia, como si este país fuera su prioridad diplomática, lo es aún más que haya ido a remolque de los dictados de Rabat, dando la imagen de que Madrid carece de ideas y reniega de su compromiso moral en el contencioso saharahui. El vicepresidente Pérez Rubalcaba trató ayer de enderezar el desaguisado, no sin antes ser presionado por el PP para que explicara ante la Prensa la entrevista con su homólogo marroquí. Pero es muy dudoso que lo haya conseguido. Al afirmar que la versión oficial de Marruecos, «detallada y minuciosa», refuta las graves acusaciones de los saharauis, Rubalcaba le ha dado carta de naturaleza y verosimilitud a Rabat. También ha sugerido el vicepresidente que el régimen alauita autorizará en breve la entrada y libre circulación de periodistas españoles en el Sáhara. Precisamente por ello, Rubalcaba podría haber esperado a emitir su veredicto absolutorio. Nunca antes la causa saharaui había sufrido en España tal humillación.

La Razón - Editorial

Públicas y carísimas

El actual modelo deficitario de las televisiones autonómicas es insostenible en tiempo de crisis.

La televisión pública estatal lleva un año emitiendo sin publicidad, pero ese modelo no rige para las 13 autonomías que disponen de televisión propia. Ello supone un residuo de competencia desleal, según denuncian las privadas agrupadas en la Uteca. Y ocurre cuando la crisis ha impuesto fuertes restricciones del gasto público.

El secretario de Estado de Hacienda, Carlos Ocaña, opinó ayer que así como la Administración central ha hecho un esfuerzo considerable en el ajuste del gasto, hay incertidumbre sobre si un recorte similar se está produciendo en las Administraciones autónomas. Esa incertidumbre deriva en parte de la falta de transparencia de algunas comunidades, lo que es un factor de desconfianza para los mercados internacionales, dijo Ocaña.


Es cierto que las autonomías deben hacer frente en periodos de crisis a mayores responsabilidades sociales, lo que aumenta su gasto. Pero precisamente por eso, es obligación suya establecer prioridades con rigor, y difícilmente puede considerarse que una de ellas sea mantener a cualquier precio sus carísimos sistemas de televisión pública. Los 13 entes regionales tienen adjudicado espectro radioeléctrico como para poner en marcha hasta 100 canales públicos. Algunos emiten ya en cuatro cadenas diferentes, con programaciones que poco difieren de las de los operadores privados.

¿Es razonable mantener en tiempo de crisis un sistema audiovisual que multiplica por 13 el modelo que hasta hace un año era el de RTVE? Desde su nacimiento, las televisiones regionales se han convertido en un saco sin fondo. El año pasado recibieron subvenciones por 813 millones de euros y acumularon pérdidas por 772 millones. Con un coste medio de 110 euros por hogar y año, algunas comunidades gastan en su televisión más de lo que destinan a la Ley de Dependencia.

El argumento de que son un servicio público ha perdido fuerza: la mayoría de ellas tiene programaciones similares a las de las comerciales, pujan con el dinero de todos para llenar su parrilla de partidos de fútbol o carreras de fórmula 1. Y en contraste con la evolución de los informativos de las cadenas estatales, más neutrales desde que se modificó el sistema de nombramiento de sus directivos, los de la mayoría de las autonómicas siguen siendo estrechamente partidistas. Muestra de su más que dudosa gestión son los 1.480 millones de deuda que acumulan y las menguantes audiencias que registran.

Las comunidades tienen plenas competencias en materia audiovisual. Son las menos las que han seguido el sistema de nombramientos por el Parlamento aplicado por RTVE. El resto debe decidir si también lo hace como garantía de pluralidad. Y todas ellas deben decidir si renuncian a competir en el mercado de la publicidad con su doble financiación. Lo que obligaría a cambiar a un modelo más modesto. El actual ya era inviable hace años; en tiempos de crisis es además un contraejemplo de lo que debería esperarse de quienes administran el dinero de los contribuyentes.


El País - Editorial

Irlanda tampoco era Grecia

Lo que nuestro Gobierno no puede hacer es limitarse a reiterar que "España no es Irlanda" cuando lo cierto es que, tras Irlanda y Portugal, España es el país que más papeletas tiene para sufrir una crisis insuperable de financiación.

El rescate de Irlanda para sanear su crisis de deuda parece tan inminente que desde Bruselas ya hay quien lo cifra en unos 100.000 millones de euros, la mitad de los cuales se dirigiría a salvar a la banca, mientras el resto se destinaría a consolidar las finanzas del Tesoro y a evitar que tenga que seguir saliendo a los mercados de deuda, que le han exigido unos altísimos tipos de interés.

A nadie debería extrañar la insostenible situación financiera por la que atraviesa este país si tenemos en cuenta que el tamaño de su sistema bancario es de 1,3 billones de euros, mientras el PIB del país apenas llega a los 0,15 billones. De hecho, basta que los bancos irlandeses tuviesen un agujero del 10 por ciento de sus activos, para plantearse incluso si la cuantía antes mencionada del rescate va a ser suficiente para evitar la quiebra.

En cualquier caso, lo que nuestro Gobierno no puede hacer mientras tanto es limitarse a reiterar que "España no es Irlanda" y que nosotros "no tenemos un problema de solvencia", cuando lo cierto es que, tras Irlanda y Portugal, España es el país que más papeletas tiene para sufrir una crisis insuperable de financiación. De hecho, ya este mismo martes nuestro país ha tenido que pagar un 32 por ciento más para colocar su deuda, y es un secreto a voces que las advertencias genéricas tanto de Washington como de la Comisión Europea siguen teniéndonos también a los españoles como destinatarios.


Sin crear alarmas, pero sin demorar un minuto más la solución, Elena Salgado debería sacar su Plan B –si es que lo tiene– y acometer nuevos y mucho más drásticos recortes de gasto que pongan freno a un déficit que sigue estando absolutamente incontrolado. Es simplemente demencial que el Gobierno acabe de posponer el proyecto de ley de las pensiones al próximo mes de marzo o abril, fechas, por otra parte, en las que tampoco podemos confiar que se lleve a cabo si tenemos en cuenta el calendario electoral. Otro tanto, se podría decir respecto de los necesarios y drásticos recortes de gasto en todas las administraciones –empezando por la autonómica–, como de unas reformas que, como la del mercado laboral o la privatización de las cajas, no queden en un mero simulacro.

Claro que pretender que el Gobierno de Zapatero haga en periodos electorales los ajustes y reformas que no ha hecho hasta ahora es tan iluso como empieza a serlo confiar en un líder de la oposición que, con la que está cayendo, se siente "liberado" de hacer la crítica al Gobierno y prefiere hablar de deporte. El sistema financiero internacional se está derrumbando y mientras Zapatero esconde su cabeza bajo tierra, Rajoy se queda tranquilamente mirando Teledeporte. Justo lo que necesitamos para generar confianza hacia los inversores internacionales.


Libertad Digital - Editorial

Cuentas al límite y rescates

El mensaje de que España no es Grecia, Irlanda o Portugal ya resulta pueril porque no resuelve los problemas específicos de nuestra crisis particular.

LA Europa del euro vuelve a jugarse su futuro con la situación de países como Irlanda y Portugal, poniendo a prueba sus mecanismos de rescate financiero y, sobre todo, la fortaleza de su proyecto político, amenazado por el distanciamiento evidente entre las grandes potencias económicas, especialmente Alemania, y el resto de países. La probabilidad de que Bruselas tenga que rescatar a ambos países demuestra que la crisis financiera sigue en estado grave y obliga al Gobierno español a actuar con mayor realismo frente a los riesgos que se mantienen sobre su deuda pública. Ayer, nuevamente, se encareció la colocación de deuda emitida por el Tesoro, lo que refleja la exposición de la economía española a las turbulencias del pelotón de cola en el que, quiera o no reconocerlo el Gobierno, aún nos hallamos. El mensaje de que España no era Grecia, ni tampoco ahora es Irlanda o Portugal, ya resulta pueril porque no resuelve los problemas específicos de nuestra crisis. El mal de muchos —y en este caso no son tantos— ya se sabe a quién sirve, pero es un consuelo irresponsable conformarse con que otros tengan una situación peor. Por lo pronto, España se mantiene como líder en tasa de desempleo, y sin perspectivas sólidas de mejora a corto o medio plazo. La producción industrial ha vuelto a caer y el consumo privado se ha reducido. En el plano social, por mucho que se intenta rebajar el impacto del desempleo apelando a la economía sumergida, la crisis se mide por desahucios de las familias y por la extensión de la pobreza. Unicef hizo público ayer un informe sobre la infancia en España en el que alerta de que dos millones de menores están en riesgo de pobreza en nuestro país.

Mientras los mercados sitúen a España como el socio menos enfermo del club de los países en riesgo, los discursos de complacencia que lanza el Gobierno seguirán aumentando la desconfianza. Sigue sin ordenarse el sector financiero, que mantiene cerrado el grifo de la financiación, y sigue sin abordarse la reforma de las administraciones públicas. La reforma laboral pende de que el Gobierno quiera contentar a los sindicatos con una contrarreforma encubierta, mientras se veta —a medias— el debate de las pensiones y se aplaza al año que viene la revisión de su viabilidad. España, en efecto, no es Irlanda ni Portugal, como no era Grecia, pero no hay que acercarse siquiera a los niveles de crisis que padecen estos países para afrontar las reformas urgentes que hacen falta.

ABC - Editorial

martes, 16 de noviembre de 2010

Quiebra. ¿Cuánto aguantará España?. Por Emilio J. González

La responsabilidad de la posible quiebra de España recae fundamentalmente sobre quien lleva más de seis años al frente del Gobierno sin hacer nada para resolver los problemas de la economía.

Irlanda ya negocia con la Comisión Europea un rescate que oscilaría entre los 45.000 y los 90.000 millones de euros. Portugal ya empieza a ponerse la venda antes de que se produzca la herida y habla de que la probabilidad de que necesite una operación de rescate es elevada y de que es posible que se pueda producir un efecto contagio. En nuestro país, por su parte, empiezan a cundir los nervios: el Banco de España insta a que el proceso de reestructuración del sistema financiero se culmine antes de Navidad y su gobernador, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, pide a la oposición que apoye las medidas del Gobierno. ¿Cuánto aguantará España? Puede que no mucho más tiempo.

Las crisis de Irlanda y Portugal afectan a nuestro país en un triple sentido. Los mercados tienden a hacer de todas las economías periféricas de la zona euro, entre ellas España, un solo paquete, ya que sus problemas más o menos tienen la misma naturaleza. Además, la caída de Irlanda y Portugal, sobre todo del segundo, golpearía de lleno a la banca española, que está muy cargada de activos de ambos países. Un primer cálculo indica que la exposición de las entidades financieras españolas a ambas economías estaría en torno a los 90.000 millones de euros y entre ellas se encontraría el Santander y el BBVA, que están entre los 19 bancos a los que, por su elevado tamaño, el G-20 quiere poner bajo la supervisión de un Consejo Internacional, además del control de los supervisores nacionales, con el fin de evitar una nueva crisis financiera global. En este sentido, no es de extrañar que el Banco de España esté lanzando mensajes y peticiones acerca de culminar cuanto antes el proceso de concentración de cajas de ahorros porque si esta operación de saneamiento no avanza con rapidez, podría darse el caso de que coincidiera con una nueva oleada de problemas en el sector derivados de la caída de Irlanda y Portugal y con nuestros dos grandes bancos esta vez como protagonistas. Y al Banco de España posiblemente le falta músculo para lidiar con un problema, el del sector financiero, que puede alcanzar dimensiones más que preocupantes. Por ello, el supervisor quiere que se resuelva cuanto antes la cuestión de las cajas, por lo que pueda venir después.


Además, está un tercer elemento que es la cuestión política. Irlanda y Portugal caen, entre otras razones, porque Gobierno y oposición no han sido capaces de alcanzar, en el primer caso, o mantener, en el segundo, un acuerdo para superar la crisis, y las medidas a tomar se han convertido en armas arrojadizas dentro de la contienda política y electoral. Por ello, el Banco de España ahora pide a la oposición que apoye las decisiones del Ejecutivo con el fin de evitar que los mercados piensen que en nuestro país no hay consenso sobre lo que hay que hacer, que no lo hay; deduzcan, a continuación, que el Gabinete se encuentra en una situación de debilidad política que le incapacita para afrontar la crisis y, por último, actúen en consecuencia provocando la caída de la economía española. En esto, sin embargo, el Banco de España se equivoca porque a quien debe lanzar sus advertencias es al Gobierno.

No se puede afrontar una crisis como la nuestra como lo está haciendo Zapatero, anunciando medidas que luego no pone en marcha, negándose a hacer las reformas que hay que hacer porque van en contra de su ideología y, cuando los mercados le presionan, obligando a que la oposición acepte sin más lo que propone el presidente del Gobierno, sin negociación ni diálogo previo y presentándolo como un ‘trágala’. Así es imposible el entendimiento y lo que no puede hacer el Banco de España es pedir a la oposición que acepte todo esto, renunciando a desempeñar el papel que le toca en el juego político, sólo para evitar la quiebra de España cuando desde Moncloa y desde el Consejo de Ministros se actúa como se actúa. Ese es el verdadero problema en esta crisis, que ZP jamás ha querido tender puentes con la oposición y buscar soluciones conjuntas y respaldadas por todos porque su objetivo es aniquilar al PP con el fin de permanecer eternamente en el poder y seguir desplegando esas políticas de ideología tan rancia y tan propias de un adolescente inmaduro con que viene castigando desde hace años a nuestro país.

La responsabilidad de la posible quiebra de España, por tanto, recae fundamentalmente sobre quien lleva más de seis años al frente del Gobierno sin hacer nada para resolver los problemas de la economía. Es al Ejecutivo al que el Banco de España tiene que pedirle que cambie de actitud... o que se marche a su casa, porque es él quien, para bien o para mal, toma las decisiones en este país. Es él quien ahora puede dar marcha atrás en la tímida reforma laboral que aprobó hace unos meses. Es él quien se muestra incapaz de acometer el más que necesario ajuste presupuestario en todos los niveles de la Administración. Es él quien está impidiendo el ajuste de la vivienda y el saneamiento del sector financiero. Es él quien actúa con soberbia y prepotencia en vez de buscar un respaldo amplio a las duras medidas que hay que tomar. Es él quien, en definitiva, ha puesto a España en una situación como la de Irlanda y Portugal.


Libertad Digital - Opinión

Zapatero. El Papa, en campaña. Por Cristina Losada

Zapatero no es ningún transgresor de los códigos de conducta tradicionales que vilipendia. Al contrario. Casó por la iglesia, no se ha divorciado, fue a un colegio de curas y envió a sus hijas a uno de monjas. Pero es un político en busca de votos.

Los intentos de Zapatero por involucrar a la Iglesia de Roma en la campaña electoral de turno, tal que si fuera su antagonista en las urnas, son como esos trajes demodés con los que se hace el ridículo hasta en un baile de carnaval. El último de tales episodios tuvo lugar en Viladecans, donde sea por resucitar a Montilla, sea por terminar de sepultarlo, el presidente anunció campanudo que el Papa no impondrá ninguna ley en España. Incluso garantizó, por si había dudas, que el poder legislativo seguirá en el Parlamento. ¡Toma, Benedicto XVI! Si pensaba que iba a dirigir aquí el cotarro, ya sabe a qué atenerse. El valeroso líder socialista no pasará por el aro. Sólo ignoró ZP, quizá de modo deliberado, que el Vaticano dispone de idéntica capacidad para dictar nuestras leyes que los hombrecillos verdes de Marte.

En realidad, el presidente que acaba de pactar con el partido más vaticanista que ha habido en España quiso presentar al PP como la correa de transmisión de la Iglesia. A fin de cuentas, la batalla política no se libra, aunque lo pretenda, entre él y Ratzinger, sino entre él y Rajoy. Pero así da a entender que la oposición y el Pontífice están en el mismo bando y en el mismo partido, y que se proponen devolvernos a los tiempos de la Contrarreforma. Por ahora, sin embargo, las actuaciones que guardan mayor similitud con las de la Inquisición proceden de la izquierda y el nacionalismo: ahí están los más feroces guardianes de la ortodoxia. Y, en todo caso, los aspavientos del PSOE contra la influencia del catolicismo contradicen su dictamen de que España ha dejado de ser católica. Si casi nadie sigue las normas de la Iglesia, ¿por qué les importan tanto a los socialistas?

En lo personal, Zapatero no es ningún transgresor de los códigos de conducta tradicionales que vilipendia. Al contrario. Casó por la iglesia, no se ha divorciado, fue a un colegio de curas y envió a sus hijas a uno de monjas. Pero es un político en busca de votos. El ataque a los católicos y a sus convicciones morales tiene predicamento en una izquierda que ha renunciado a disponer de una alternativa global y se contenta, infantil, con los gestos de desprecio al Papa, la confrontación con los obispos y otros clásicos del anticlericalismo montaraz. Y el PSOE quiere elevar esa demagogia comecuras a la categoría de "laicismo". Qué falta de respeto.


Libertad Digital - Opinión

Sin rumbo político. Por Florentino Portero

EN diplomacia hay algo peor que equivocarse y es demostrar al mundo que no se sabe lo que se quiere. Cuando esto le ocurre a uno de los estados más antiguos de Europa, antigua potencia imperial y hasta hace unos pocos años actor de referencia en la política continental, nos encontramos ante un ejemplo perfecto de decadencia. Podríamos entender, aunque no compartir, que por crudo realismo nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores asumiera una posición claramente pro-marroquí, abandonando definitivamente la causa saharaui. Pero ni eso es capaz de hacer en su inconsistencia doctrinal, en su incapacidad para definir cuáles son los intereses nacionales y cómo defenderlos.

No puede haber política exterior sin antes resolver quiénes somos y adónde vamos. Nuestro Gobierno dedica sus energías a demoler la identidad nacional, herencia de siglos y garantía de un proyecto común.


Nuestra diplomacia no reacciona ante los abusos marroquíes contra saharauis, medios de comunicación y políticos nacionales, de la misma manera que nuestros máximos responsables económicos no son capaces de enfrentarse a las reformas necesarias o nuestros políticos no tienen el valor de poner orden en el caos de administraciones públicas. No tenemos un problema diplomático sino político y de dimensiones alarmantes. Saben lo que quieren destruir pero poco más. A su falta de visión se suma una constante de todos los gobiernos Zapatero: la falta de nivel de los designados para ocupar altos cargos, patente en esa incapacidad para reaccionar a tiempo y con criterio.

El Partido Socialista teme el chantaje marroquí en temas sensibles —islamismo, emigración, drogas— y se pliega cobardemente, olvidando sus supuestos valores. Con ello se gana a pulso el desprecio de la corte alauí y confirma ante los socios europeos nuestra condición de Estado a la deriva.


ABC - Opinión

Expolio. Puigcercós. Por José García Domínguez

Montilla asiente humilde porque, lejos de constituir un extravío individual de Puigcercós, el explícito desprecio a Andalucía y lo andaluz forma parte, y muy principal, de la cultura del catalanismo

Con esa chabacanería tan cara a los de su crianza, Joan Puigcercós acaba de subir el diapasón catalanista de la campaña. Así, aportando su saliva como única prueba de cargo, ha depuesto que en Andalucía "no paga impuestos ni Dios", tras antes pontificar solemne que "Madrid es una fiesta fiscal". Apelación, ésa suya a las genuinas esencias victimistas de la doctrina, que de inmediato ha colocado a la defensiva a sus iguales. Al punto de que Mas y el de Iznájar se han apresurado a suscribir la astracanada como suelen, esto es, al vergonzante modo, vía clamorosa omisión.

Escribió don Antonio Machado en su día que nada hay más triste que un andaluz andalucista. Se ve que tuvo la dicha de jamás haber contemplado a un andaluz catalanista. Sin embargo, igual que las meigas, haberlos haylos. Trátase, por cierto, de oscuros seres espectrales, como ese don José, tragicómico burlador de sí mismo siempre presto a besar la mano de cuantos le desprecian. Nadie se extrañe, pues, del silencio del Muy Honorable ante la baladronada. Y es que Montilla asiente humilde porque, lejos de constituir un extravío individual de Puigcercós, el explícito desprecio a Andalucía y lo andaluz forma parte, y muy principal, de la cultura del catalanismo. Al respecto, es sabido que la Unesco llama cultura al conjunto de saberes que cualquier miembro de una comunidad adquiere sin que resulte preceptivo un aprendizaje expreso.

Ergo, ha dignificado con esa voz a toda la morralla que quepa almacenar dentro de la cabeza del más lerdo de los miembros de un grupo humano históricamente constituido. De tal guisa, desde hace más de un siglo, en concreto desde que cierto medidor de cráneos, el doctor Robert, bendijo el "tancament de caixes", la cultura del catalanismo exige una España de moscas, caspa, batas de cola, toreros famélicos y funcionarios ociosos. Tal como requiere, también de forma imperiosa, volver una y otra vez a la leyenda del Madrit arcaico y parasitario que ingiere sin cesar bocadillos de calamares a su costa. Lo ordena el pensamiento mítico, único de curso legal en Cataluña desde el último cuarto de siglo. Huelga decir, en fin, que si esa España no existe, se inventa. A ser posible con saliva, que sale más económico.


Libertad Digital - Opinión




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Camisas grises. Por Ignacio Camacho

ERC ha calcado el discurso xenófobo de la Liga italiana sobre los vagos del Sur. un compromiso para el andaluz Montilla.

EN Italia hay un partido —la Liga Norte—que dice desde hace tiempo las mismas simplezas demagógicas que Puigcercós pero al menos no se adorna con el rollo de progresismo sedicente de los camisas grises de Esquerra Republicana: allí todo el mundo sabe que Bossi, Maroni y demás minervas del separatismo padano son vulgares racistas envenenados de xenofobia y ensoberbecidos por un arrogante complejo de superioridad que sueñan con un imaginario de independencia para no tener que mantener a quienes consideran agitanados haraganes del Sur que viven de la prosperidad ajena encantados de ser pobres. Sin embargo este rancio discurso de ultraderecha insolidaria lo enarbolan en España los aliados de un Partido Socialista que gobierna Cataluña con los votos de los emigrantes andaluces y extremeños y bajo la presidencia de un señor nacido en Córdoba que se ha tragado durante años la despectiva etiqueta de charnego. La política catalana se ha vuelto tan ensimismada que constituye un extraño caso de anormalidad democrática en el que el concepto de igualdad ha desaparecido bajo un manto de paroxismo particularista en el que han confluido intereses contrapuestos amalgamados por la ambición de poder. Y ahora que en campaña nadie conoce a nadie queda de manifiesto que el socialismo se ha apoyado en un partido xenófobo al que no puede desenmascarar sin dejarse en evidencia a sí mismo. Así que a callar y a disimular a ver si queda alguien que no se dé cuenta del truco.

Pero no queda porque los puigcercós de turno necesitan armar ruido y están a gusto en ese independentismo psicológico de brocha gorda. Las milongas de las balanzas fiscales y de los perezosos andaluces que no pagan impuestos y dilapidan cantando como cigarras el esfuerzo de las hormiguitas catalanas, les vienen muy bien para excitar a esa pequeña burguesía cabreada que suele constituir la base electoral del fascismo. Es la típica retórica falsaria de agitación populista. Está muy visto. Pero seguramente funciona porque el nacionalismo viaja poco y es un sentimiento de tribu pancista que se estimula con el miedo en épocas de incertidumbre económica. No merece la pena discutir; el mero hecho de hacerlo equivale a otorgarle un fundamento de realidad a ese planteamiento desquiciado y torcido que parte de la base embustera de que los impuestos los pagan y los cobran los territorios y no las personas. A los agitadores de la insolidaridad les viene bien para blindar su burbuja. Pero los socialistas que han gobernado con ellos sí tendrían que decirles algo a quienes les votaron creyendo que apoyaban otra política: a los andaluces de Hospitalet, Badalona o Cornellá, a los parientes emigrados de esos vagos indolentes que no le dan un palo al agua y viven a costa de los demás y tal y tal. Como presidente suyo que es, que diría el difunto Berlanga, Montilla les debe una explicación y esa explicación no se la va a dar.

ABC - Opinión

Fanatismo contra la Cruz

ESCRIBE AQUÍ EL ENCABEZAMIENTO

Una de las consecuencias del auge del radicalismo islamista encuentra algunas de sus aristas más sangrantes en la persecución que están sufriendo las minorías cristianas en algunos países. No sólo son amenazados por profesar su fe, también sus vidas corren peligro ante la mirada complaciente de algunos estados que amparan y avalan con sus leyes cualquier tipo de represión, incluida la pena de muerte si es necesario. Durante estos días, LA RAZÓN está publicando el testimonio de Asia Bibi, una cristiana de 45 años que ha sido sentenciada a la horca en Pakistán porque, según el mulá Muhammed Saalam, había «blasfemado» contra el Profeta y el Corán. De más está decir que este proceso judicial se ha desarrollado sin unas mínimas garantías judiciales. Éste es sólo uno de los ejemplos de cómo los cristianos están siendo acorralados con saña, hasta lograr su desaparición en muchos rincones del mundo. Ser cristiano en muchos estados es vivir en una situación de extremo riesgo. El pasado 31 de octubre, en Bagdad, Al Qaida realizó un ataque contra la Iglesia Católica Siria con el balance de 52 muertos. En países como el citado Pakistán, Irán, Irak, Egipto, Somalia, Nigeria, Sudán, Indonesia o China, por citar sólo algunos, malviven por profesar su fe tanto en el ámbito público como en el privado. En el informe sobre libertad religiosa publicado por la Comisión de Conferencias Episcopales (COMECE) se denuncia que al menos cien millones de cristianos son perseguidos en el mundo. En las sociedades de los citados estados son considerados ciudadanos de segunda, a los que se les niega unas condiciones de vida y un trabajo digno sólo por vivir con coherencia y sin ocultar sus convicciones religiosas.

Articular una respuesta eficaz y coordinada para atajar esta violación sistemática de los derechos humanos no es fácil. Los asesinatos y las vejaciones a los cristianos se suelen producir en países con un déficit endémico de democracia y, como consecuencia, con un desprecio absoluto a los principios más elementales y a la libertad religiosa. Esta situación se agudiza si, como en el caso de Asia Bibi, se vive en una sociedad donde una confesión mayoritaria doblega al resto, como ocurre en Pakistán.

Ante esta situación la comunidad internacional debe expresar una condena contundente además de hacer saber a los estados que estas prácticas que ellos mismos amparan no pueden quedar impunes. Es difícil asumir que la publicación de unas viñetas sobre Mahoma provoquen un desencuentro virulento entre Occidente y los países musulmanes y que la matanza de cristianos no merezcan ni siquiera una protesta formal, salvo en el caso de El Vaticano. La represión y la intolerancia religiosa, en especial hacia las comunidades cristianas, está alcanzando unas cotas que no pueden ser asumibles por parte de las naciones democráticas. Si la única acción es mirar hacia otro lado, con nuestro silencio estaremos alentando y legitimando al fanatismo islámico con las trágicas consecuencias ya conocidas.


La Razón - Editorial

Miedo al contagio

La crisis de Irlanda amenaza con arrastrar a Portugal y frena la recuperación española.

A pesar de que las primas de riesgo se han moderado, la estabilidad económica y financiera de la zona euro sigue sometida a la intensa presión de la crisis irlandesa. Solo razones políticas explican que Irlanda no haya invocado todavía el Fondo de Rescate Europeo, pero la intervención es prácticamente inevitable y sería deseable, además, que fuera urgente. Y lo que más urge es proceder a una recapitalización de los bancos irlandeses, que Dublín no puede afrontar. Por ello, la propuesta de la Comisión es proceder a una salvación rápida del sistema financiero irlandés y recuperar así, con un coste elevado pero medido, una parte de la confianza de los mercados. Pero el desorden no se limita a Irlanda; ha contagiado a Portugal, perjudica a Grecia, a quien Eurostat ha descubierto un déficit superior al previsto, y amenaza con contaminar a España si las autoridades españolas no gestionan el nuevo episodio de crisis con la debida competencia.

Actuar con competencia significa aceptar que existen probabilidades de contagio. Las autoridades portuguesas admitieron ayer que Lisboa podría verse obligada a recurrir al Fondo de Rescate, porque la presión de los mercados no reacciona ante las meras declaraciones de intenciones. Los ministros de Economía de la zona euro se enfrentan hoy a una situación compleja, porque en interés de la moneda común deben recomendar a Irlanda que acelere la petición de ayuda, al menos para los bancos, y porque la economía portuguesa se precipita hacia una situación parecida.


Hoy, como cuando empezó el proceso fatal que acabó con la intervención de Grecia, no basta con decir que "España no es Irlanda". No lo es, entre otras razones, porque la prima de riesgo en España ronda los 200 puntos básicos y la irlandesa supera los 600. Pero con cada episodio de crisis el diferencial de deuda estabilizado después de la vorágine es superior al anterior. La prima de riesgo no ha vuelto a los 100 puntos básicos después del repunte de la primera crisis ni a los 150 puntos después de la segunda. Y esta situación refleja el recelo latente de los inversores y encarece el coste de financiación de las empresas.

La situación de España es delicada, aunque esté todavía lejos del abismo. Su solvencia financiera depende de los planes de ajuste, de las reformas a medio camino (en especial de la reforma del sistema financiero, que debe sustanciarse de inmediato) y de las expectativas de crecimiento económico, porque es la condición imperativa para reducir el paro y el déficit.

La recuperación es difícil cuando la financiación de la economía se encarece constantemente debido al recelo de los inversores. De ahí que la gestión política tenga que ser muy cuidadosa; debería evitarse cualquier gesto que implique que los recortes del gasto no se respetarán, cualquier indicio de que la reforma financiera no se cerrará a tiempo, o cualquier sugerencia de que las reformas laboral y de las pensiones quedarán aplazadas. Pero, desgraciadamente, esta última torpeza ya se ha cometido.


El País - Editorial

Servilismo extremo ante Marruecos

Que Dios les coja confesados, a ellos y a los saharauis que osen seguir protestando contra la ocupación. Nuestro Gobierno sirve al de Marruecos con mejor gana que los propios marroquíes. Inaudito.

Tal y como presagiábamos hace una semana desde esta misma tribuna, la actitud que el Gobierno español ha tomado respecto al conflicto del Sahara es la que se esperaba de Zapatero que, si por algo se ha caracterizado en materia exterior, es por defender mejor que nadie los intereses de Marruecos. Ni la recién nombrada ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez, ni, por descontado, el presidente del Gobierno, han hecho nada útil desde que comenzase la operación de castigo por parte del ejército marroquí en El Aaiún.

Primero se escondieron. Rehusaron ambos dar explicaciones ante la prensa cuando el desafuero marroquí copaba las portadas de todos los periódicos. Jiménez, de hecho, se fue de viaje a Colombia y no hizo intención alguna de anticipar su regreso. Luego, en el momento en el que la violencia se había salido de madre y ya era imposible ocultar los desmanes de los militares marroquíes, trataron de templar gaitas quitándole hierro al asunto.


Más tarde, con la morgue llena de cadáveres –entre los que encontraba uno de origen español– y con la prensa acorralada, la ministra se limitó a protestar suavemente. Rabat, entretanto, arremetía con furia contra la prensa española y hasta contra el Partido Popular. Zapatero tan sólo acertó a trasladar su "malestar" al Gobierno marroquí al tiempo que enviaba al ex ministro Moratinos a Tánger para que se entrevistase con Fassi Fihri, ministro de Exteriores del régimen alauita.

Como se puede comprobar, una torpeza detrás de otra, impropia de un Gobierno democráticamente elegido de un país europeo que, para colmo, tiene una singular vinculación histórica con el Sahara Occidental. Poco ha importado que simpatizantes gubernamentales como los sindicatos o los actores de la ceja se manifestasen en Madrid en repulsa de la represión marroquí, o que las voces para que se detenga la matanza de El Aaiún salgan ya de todos los lados. Zapatero no quiere ni oír hablar de este asunto y permanece callado en espera de que amaine la tormenta.

A pesar de que el territorio está nominalmente administrado por nuestro Gobierno, y que España tiene una deuda moral con sus habitantes tras haberles dejado tirados hace más de tres décadas, ni en Moncloa ni en el PSOE quieren hacerse cargo del muerto. Se alcanza de este modo la mayor cota de servilismo hacia Marruecos de toda nuestra historia reciente. Marcelino Iglesias, secretario de organización de los socialistas, se ha limitado a "exigir" a Rabat que respete los derechos humanos y que deje trabajar a los periodistas. De condenas ni hablar, no vaya a ser que el tirano alauita se ofenda más de la cuenta y las cosas terminen de complicarse para los españoles que aún continúan en el Sahara realizando labores de ayuda humanitaria. Que Dios les coja confesados, a ellos y a los saharauis que osen seguir protestando contra la ocupación. Nuestro Gobierno sirve al de Marruecos con mejor gana que los propios marroquíes. Inaudito.


Libertad Digital - Editorial

Diplomacia caótica

La ausencia de condena de este Gobierno a la brutalidad empleada contra los saharauis y al trato dispensado a los periodistas es inaceptable.

EL Gobierno de la «comunicación» tampoco ha funcionado con la crisis del Sahara, mostrando nuevamente que el problema de fondo del Ejecutivo es la ausencia de dirección y de proyecto políticos. Mientras Marruecos arrasaba el campamento saharaui en Ggeim Izik, el Gobierno español no sabía si reconocer la soberanía marroquí sobre el Sahara, como hizo el ministro de presidencia en el Congreso, o limitarse a «constatar» que Marruecos ejercía su autoridad en esta región. Mientras la ministra de Asuntos Exteriores hacía gira por Bolivia y Ecuador, en una primera salida al extranjero de dudosa oportunidad, Rodríguez Zapatero rescataba al recién destituido Miguel Ángel Moratinos para que viajara a Argel a interponer sus buenos oficios. Mientras algunos miembros del Gobierno negaban que este hubiera sido avisado por Marruecos de la operación policial contra el campamento saharaui, otros lo admitían. En medio de este caos diplomático, la titular de Exteriores, Trinidad Jiménez, se afanó ayer en retomar la posición tradicional de los gobiernos españoles, reconociendo el apoyo a la autodeterminación del pueblo saharaui. Pero lo hizo intentando recomponer a toda prisa un equilibrio roto y con argumentos que demuestran que la actitud del Gobierno español está bajo un síndrome de alienación, revestido de interés estratégico, por las consecuencias que puede tener una reacción hostil de Marruecos en materia de lucha antiterrorista, narcotráfico e inmigración. La ausencia de condena explícita a la brutalidad empleada contra los saharauis y al trato dispensado a los periodistas españoles es inaceptable en un Gobierno que siempre ha querido ser visto como abanderado de la ética frente al pragmatismo. Todo el discurso buenista que construyó Zapatero para salir de Irak e invitar a los aliados a que desertaran de la coalición liderada por Estados Unidos, y toda la propaganda pacifista de la Alianza de Civilizaciones, no ha aguantado el tirón de Marruecos.

España tiene un compromiso con el Sahara que es de naturaleza moral, histórica y jurídica, en virtud de los tratados de 1975 y de las resoluciones de Naciones Unidas. Todos los gobiernos, hasta que llegó Zapatero, habían comprendido que la suerte del pueblo saharaui forma parte de la responsabilidad histórica de España. Responsabilidad que este Gobierno ha abdicado por no saber defender los intereses de España con firmeza y diplomacia.


ABC - Editorial

lunes, 15 de noviembre de 2010

Manifestación. El PP y los saharauis. Por Agapito Maestre

No entiendo, pues, qué pintaba allí este dirigente del PP, sobre todo si tenemos en cuenta que la manifestación era una cosa de la izquierda con mala conciencia. ¿O es que acaso también tiene González Pons mala conciencia?

¿Qué decir de la manifestación de los Bardem y compañía contra Marruecos? Mucho y nada. He aquí un poco de ruido para lavar conciencias sucias. Malo, amigos, si ven a los sindicalistas y actores de la zeta cogiditos del bracete. Malo, en efecto, será para los perjudicados y perseguidos por la dictadura de Marruecos; pero, por el contrario, bueno, muy bueno, será para tapar las malas conciencias de gentes que prestaron favorcitos a Zapatero. Pero peor todavía es, en mi opinión, la contemplación de ver gentes revueltas de diferentes posiciones ideológicas y morales por una causa política inexistente. No hablo de una causa moral, ojo, sino política. ¿O es acaso posible un Estado saharaui en el Sahara Occidental? Sospecho que nadie respondería afirmativamente. Nadie, naturalmente, con un poco de sesera; pues que los descerebrados de la revolución pendiente, o de la causa comunista en la zona, dirían lo contrario.

Pues bien, si es inviable ese Estado sarahui, entonces, ¿qué pintaba allí un tipo como Esteban González Pons? Este hombre del PP aparecía en un extremo de la fotografía de portada de El Mundo del domingo. Estaba como de tapadillo. He ahí toda una declaración balbuciente de la triste manera de hacer política el PP. Por favor, señor Pons, a una manifestación de ese cariz el PP sólo puede asistir como reina-madre o no asiste. Su cabecita perdida al lado de la señora Sardá componía una imagen patética. Para olvidar. La foto del representante del "gran" partido, del otro gran agente político, de España estaba diluida. Borrosa. Era tan inexistente como el Estado saharaui.

Pons era en esa foto el vivo retrato de la doctrina de Arístegui sobre el Sahara Occidental: no tenemos que comprometernos ni con unos ni con otros. Bravo, amiguitos peperos, es un buen camino para llegar a ser futuros ministros de Asuntos Exteriores. O sea para seguir a pies juntillas a Moratinos. En todo caso, si no hay que comprometerse, entonces, ¿a qué fue Pons a la manifestación de los Bardem y compañía? Quizá fue sólo a conquistar unos pocos votos. Pobre. Ingenuo. ¿Quién de la izquierda le dará el voto al PP por haber visto a González Pons en una manifestación contra Marruecos? Sospecho que nadie.

No entiendo, pues, qué pintaba allí este dirigente del PP, sobre todo si tenemos en cuenta que la manifestación era una cosa de la izquierda con mala conciencia. ¿O es que acaso también tiene González Pons mala conciencia? Creo que el PP no sabe hacer política. O mejor, rara vez consigue sacar provecho partidista de una manifestación. Cuando tenía todas las cartas en la mano para dejar que los Barden deslegitimaran un poco más al Gobierno, van y se meten en el charco.

Insisto: Patético era Pons en un extremo de la pancarta. Tenía tanta visibilidad como Rosa Díez, de UPyD, que estaba en el otro extremo de la foto pancartera.


Libertad Digital - Opinión

El desfase catalán. Por José María Carrascal

Los catalanes empiezan a percibir que Cataluña está desfasada respecto no ya del resto de España, sino del mundo.

¿Es la casa de tócame Roque? ¿El rosario de la aurora? ¿O una olla de grillos? No. Son las próximas elecciones catalanas. Una mezcla de fiesta mayor y de verbena popular, en la que no faltan el ritual litúrgico y los tiovivos, en el doble sentido de la palabra. Pero siendo decisivas, son las que menos entusiasmo despiertan. Ojeen la prensa barcelonesa —que está ofreciendo una excelente cobertura de las mismas— y encontrarán un tono más de velatorio que de bautizo: desesperanza, escepticismo, indiferencia. Un comentarista lo define así: «Tres días de campaña hubieran bastado y todos firmarían para que no fueran cuatro.» Hasta han tenido que aplazar el Barça-Madrid para que no les resten protagonismo.

¿Por qué? Pues porque todo está dicho y nada se ha cumplido. No es que los candidatos prometan lo que no van a cumplir, es que prometen lo contrario que practican. Montilla alerta contra «los riesgos de nacionalismo» después de haber pactado con los nacionalistas más furibundos. Mas no incluye en su programa la independencia, pero asegura que en un referéndum votaría por ella. Puigcercos hace campaña contra «la política que se hace en Cataluña», habiéndola hecho él últimamente. Herrera se presenta como la izquierda verdadera cuando la izquierda está incluso peor vista que la derecha. Sánchez Camacho se presenta como el valladar frente a Mas, cuando está condenada a entenderse con él. Albert Rivera presume de cintura para arriba de derechas y de cintura para debajo de izquierdas. Laporta denuncia el «expolio fiscal» con una denuncia por su gestión en el Barça. De la crisis, del paro, del cierre de empresas, de lo que de verdad interesa a los catalanes, ni palabra. Su clase política sigue en la burbuja autista de las última décadas: la identidad, la «nació», el «hecho diferencial», sin darse cuenta de que ese tiempo ha pasado. Lo envió al desván de la historia, no la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el estatut, sino la gran crisis económica, donde las prioridades son otras: la competitividad, la preparación, la interacción con propios y extraños. Los catalanes han perdido treinta años en una batalla del ayer, y sólo ahora se dan cuenta de que tras haber sido la comunidad más abierta, más emprendedora, más culta, más moderna y activa de España, van quedándose atrás respecto a los que han aprovechado este periodo de expansión para crecer y modernizarse.

Eso es lo que trae la apatía, la desilusión y el abatimiento entre el electorado. Los catalanes empiezan a percibir que Cataluña está desfasada respecto no ya del resto de España, sino del mundo. Retroceden en vez de avanzar, como venía ocurriendo. La culpa: una clase política peor incluso que la española, lo que ya es decir, y no les pongo ejemplos pues están a la vista.


ABC - Opinión

PSOE. Irrelevante Zapatero. Por Emilio Campmany

Quien manda es Rubalcaba. Lo que convierte su nombramiento como vicepresidente en un cuasigolpe de estado, ya que eleva de facto a la jefatura del Gobierno a uno que no ha sido elegido por el Congreso para ocuparla.

Creo que lo voy a echar de menos. Cuando se vaya ¿quién habrá que diga tantas gansadas como él? La última quiere ser irreverente y, a fuer de irrelevante, acaba siendo impertinente. El hombre se ha preguntado: "¿Qué leyes tengo que hacer, las que quiere el Papa o las que quiere la gente?". Naturalmente, dirá el coro de socialistas laicizantes, las que quiere la gente. Y la cuestión es que no se trata ahora de que le gusten al Papa o a la gente, sino de que sean constitucionales.

En el mismo mitin en el que Zapatero ha soltado esta sandez, ha acusado a los populares de catalanófobos. Supongo que lo dirá por recurrir al Tribunal Constitucional el estatuto que Zapatero impulsó y aprobó y algunas leyes salidas del Parlamento catalán, aunque no todas las que hubieran debido. Ocurre que en la mayoría de esos casos, y desde luego en el del estatuto, el Tribunal le ha dado la razón al PP y ha dicho que esas normas son inconstitucionales.

De forma que, con estar mal insultar a un jefe de Estado, cabeza visible de la religión que mayoritariamente profesan los españoles, de lo que se trata es de que atenga su impulso legislativo a la Constitución y vele por que los demás hagan lo mismo. Dado que es el presidente de Gobierno, que todavía no hay quien explique cómo, no parece que sea mucho pedir que tuviera algún respeto por la norma que ha prometido solemnemente acatar.


En fin, da igual lo que diga. Nadie le escucha. Hace cuatro o cinco días dijo que iba a dar un nuevo impulso a la política del Gobierno con una iniciativa sobre una agenda social de la que ya nadie ha vuelto a preguntar. En Corea del Sur se han debido de desternillar al oírle proponer soluciones internacionales al paro, él que dobla la tasa de los países de nuestro entorno. Ya ni para hacer chistes vale, pues convertido en la caricatura de sí mismo, no hay humorista que sea capaz de superar la realidad. No puede ir a ninguna parte en la que no tenga garantizada la adhesión inquebrantable de los que estén, pues hasta los de su cuerda le abuchean en un lugar y momento tan inapropiados como son la salida de la capilla ardiente de Marcelino Camacho el día de su muerte.

Quien manda es Rubalcaba. Lo que convierte su nombramiento como vicepresidente en un cuasigolpe de estado, ya que eleva de facto a la jefatura del Gobierno a uno que no ha sido elegido por el Congreso para ocuparla.

La noticia importante de ayer no son las tonterías que Zapatero pudiera decir en Viladecans, que a saber qué pecado habrán cometido allí para tener que padecer tal plaga, sino la que publicaba El País escondida en una página par: "Iglesias, Rubalcaba y Blanco sellan en secreto la paz con Tomás Gómez". Sólo el diablo sabe lo que han podido acordar. Me supongo que, de momento, le habrán salvado el antifonario al alcalde de Getafe, el agreste Pedro Castro, que se alineó con Trinidad Jiménez con el habitual entusiasmo con el que le gusta emplearse cuando se equivoca. Otra cosa es que hayan conseguido ganar a Gómez para su causa, la de elevar a Rubalcaba a la secretaría general del PSOE cuando se abra oficialmente el poszapaterismo. Ahí creo que el de Parla habrá sabido hacerse el sueco. Veremos.


Libertad Digital - Opinión

Sahara: Pecado original. Por Gabriel Albiac

España está en la línea de las trincheras sobre las cuales se jugaron los movimientos finales de la Guerra Fría.

TODO tiene un precio. También la democracia, de la cual decía Robespierre que sólo puede asentarse sobre dos pilares: o la corrupción o el terror, o el mercadeo o la guerra. Ambos dejan cicatrices.

En el otoño de 1975, no sólo el General Franco se moría largamente. También la Guerra Fría entraba en una fase resolutoria aún más larga. Y más cruenta. Que afectaba a la totalidad del planeta, pero, de un modo especialísimo, a los países del tercer mundo, sobre cuyo suelo se había venido librando durante tres decenios la más larga y probablemente la más mortífera de las tres guerras mundiales, la que se inicia en 1948, apenas consumada la victoria aliada frente al nazismo, la que confrontará, sobre campos de batalla dispersos, a los Estados Unidos de América y la URSS, hasta el desmoronamiento completo de los soviéticos en el otoño de 1989.

Esa tercera mundial, que fue irónicamente llamada Guerra Fría, enmarañó por completo las políticas nacionales e internacionales de todos los países. Porque nadie podía pretender quedar a su abrigo. No hubo «no alineados», esa fórmula casi burlesca que adoptaron algunos de los aliados vergonzantes de Moscú en la ONU. Tampoco hubo piedad por parte de estadounidense allá donde fue preciso sostener dictaduras, en diverso grado horribles, para evitar el avance de algún peón prosoviético sobre el tablero. Era la guerra, la guerra. Como el fuego real se veía sólo en Latinoamérica, en África y en el sur de Asia, era fácil construirnos la ilusión de que aquí guerra se decía sólo por modo metafórico. No era verdad.


España estaba —está— en la línea misma de las trincheras sobre las cuales se jugaron los movimientos finales de la Guerra Fría. Portugal, en el 74, fue el envite más osado de los soviéticos desde la construcción del muro berlinés: un golpe de jóvenes oficiales, con el objetivo inmediato de fundar un régimen de «democracia popular», idéntico a los puestos en pie como coraza geopolítica en torno a la URSS en los años cuarenta. Y, al otro lado del estrecho, un despotismo anacrónico: el régimen semifeudal del Sultán de Marruecos. En la terminología soviética, Rabat era el eslabón frágil. Un doble movimiento desde el Sahara —con retaguardia en la Argelia «socialista»— y desde la España que saliera del fin del franquismo, pondría en quiebra al aliado clave de los Estados Unidos en la zona: Hassán IIº. La jugada era tanto más sencilla cuanto que la ONU había dado mandato a la potencia colonial, España, de garantizar una descolonización que pasases a través de referéndum autodeterminativo. El resultado era más que previsible: nacería una República Saharaui bajo protección argelina y, por tanto, soviética. La monarquía marroquí viviría una crisis a la cual difícilmente sobreviviría.

A nadie le interesaba. Salvo a la URSS. Estados Unidos dio carta blanca a Marruecos para ocupar el Sahara. En España, las cabezas del Régimen que maquinaban ya los términos de la Transición percibieron los peligros de un conflicto militar tras la muerte de Franco. El ejemplo portugués fue decisivo. Se apostó por salvar un tránsito indoloro en España. Y que pagasen el precio los saharauis. Siguen pagándolo. Cada vez más al borde de ser aniquilados.


ABC - Opinión

Zapatero. Catalanófobos. Por José García Domínguez

La catalanofobia, esa recurrente majadería, constituye mimética traslación posmoderna de la antiespaña, aquel concepto-escupitajo tan caro al fascio redentor.

Como nada hay más atrevido que la ignorancia, tras gallear ostentóreamente de su desafección hacia la Iglesia del Papa de Roma, procedió Zapatero a clamar un "¡A buenas horas mangas verdes!" ante el asentimiento de la iconoclasta grey que le escuchaba. Sucedió el sábado y parece que con el latiguillo pretendía el hombre ridiculizar la devoción de Rajoy por Cataluña. Aunque el único oprobio del asunto habrá de recaer en sus muy sufridos maestros en aquel colegio de frailes leonés. Y es que, sin duda, el presidente desconoce el origen etimológico de la expresión. Célebre lamento, ése que capellanes y meapilas gustaban repetir ante la arribada tardía a las aldeas de la Santa Inquisición –tan distinguibles sus alguaciles por portar una franja verde en la manga–, una vez huidos judaizantes, meigas u otros heresiarcas rústicos.

Al tiempo, el Voltaire del Bierzo y Rubalcaba, que tanto monta, de nuevo han dado en estigmatizar con el sambenito de "catalanófobo" al prójimo. Empeño que, más allá su obvia ruindad, revela que en Carpetovetonia no solo moran los restos insepultos de la extrema derecha. A fin de cuentas, la catalanofobia, esa recurrente majadería, constituye mimética traslación posmoderna de la antiespaña, aquel concepto-escupitajo tan caro al fascio redentor. Recuérdese, la antiespaña, inmunda criatura siempre alerta, ogro que se alimentaba del odio sin límites a la España genuina, maquinando añagazas, contubernios y vilezas mil con tal de zaherirla en cuanto fuera posible. Ernesto Giménez Caballero, he ahí la verdadera fuente doctrinal del discípulo ful del tal Pettit.

Por cierto, quien ansíe descubrir el genuino catalanismo de Zapatero bien hará empapándose antes en la escatología de San Agustín –"Yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo"–. Así, no se escandalizará más tarde, cuando descubra que cierto José Montilla, a la sazón ministro de Industria del Reino, lució entre los abajo firmantes de la siguiente enmienda parlamentaria del PSOE contra el Estatut: "Creemos que el término ‘nación’ aplicado en el articulado de la Propuesta a Cataluña no es compatible con el artículo 1.2 de la Constitución Española (...) Por todo lo anterior, han de ser suprimidas las referencias a los ‘derechos históricos’ que pudieran interpretarse como única legitimación y fundamento del autogobierno". Ya se sabe, la catalanofobia.


Libertad Digital - Opinión

Casacas azules. Por Ignacio Camacho

La sensibilidad prosaharaui de los españoles no es ideológica sino emotiva: simpatía humanitaria por un pueblo abandonado.

MASACRE, limpieza étnica y ley del silencio. Brutalidad intimidadora, desproporción de medios, violencia metódica y expulsión de periodistas y observadores. Marruecos ha actuado en El Aaiún como los federales yanquis contra los cheyennes de «Soldado azul»: un raid expeditivo y feroz, de una crueldad gratuita, con voluntad expresa de dominancia abusiva y el tinte autoritario de un hermético blindaje ante posibles testigos incómodos. Ha expulsado a corresponsales, ha ejercido la censura y ha desoído las protestas. Ha arrasado un campamento civil a punta de metralleta. Ha desmantelado tiendas a culatazos, ha pisoteado familias y ha efectuado violentas detenciones aleatorias. Y todo ello en un territorio de cuyo control se ha apoderado mediante hechos consumados que incluyen la condescendencia pasiva de la ONU, la anuencia de Estados Unidos y la inhibición culpable del Gobierno español. El Gobierno del «ansia infinita de paz», el que tiene a una ministra pacifista al frente del Ejército, el adalid orgulloso de la legalidad internacional, no ha tenido el coraje de levantar una mala palabra de condena de ese flagrante atropello. Por vergonzante conveniencia estratégica ha dejado a los saharauis indefensos bajo las botas del sultán, y ha olvidado que ya no se trata de un asunto político, sino de una mera cuestión humanitaria.

De ahí la sacudida de indignación de la opinión pública. En España existe una manifiesta simpatía prosaharaui que no tiene que ver tanto con la causa polisaria como con motivaciones de humanitarismo solidario. Cientos de familias acogen cada verano en sus casas a niños desnutridos procedentes de Tinduf y del Sáhara en cuya mirada late el desconsuelo de un pueblo abandonado a su (mala) suerte. Hay una memoria histórica empapada de mala conciencia por el desafuero de la retirada colonial, y una indisimulada afinidad sentimental con el drama de unas gentes sin patria condenadas a un nomadismo indigno. La sensibilidad española no es ideológica sino emotiva, y está relacionada también con el rechazo popular hacia el régimen feudal marroquí. A grandes rasgos, los ciudadanos ven en el Sáhara el drama de una claudicación indecorosa: un territorio entregado de hecho por España al sultanato para mantener el statu quo de intereses geoestratégicos bajo el patrocinio francés y norteamericano. Y consideran a los saharauis víctimas inocentes de una partida de ajedrez siniestro.

El Gobierno zapaterista ha cometido un enorme error al plegarse con tan sumisa evidencia a esta arbitraria tropelía. Ha renunciado a su papel de referencia, ha ninguneado a su propia ministra de Exteriores recién nombrada, ha dejado una sensación de sometimiento medroso ante el vecino agresivo. Y, sobre todo, ha despreciado la dignidad moral de una nación que no se siente representada en su apocado, indecoroso y pusilánime pragmatismo.


ABC - Opinión